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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009



Agenda

RELATOS CORTOS
Juan Oliver

juanglot@hotmail.com

Más relatos de Juan Oliver...


 

RELATO

Buenos días, buenas tardes o buenas noches según sea el caso señorita Igierne de Valtrap. 

En vista de la constante insidia que se respira en la corte he decidido ahuyentar a todas las conspiraciones de un solo golpe de viento. Sin mas dilaciones le tengo que confesar que he decidido medrar todas mis tribulaciones emprendiendo un peregrinaje espiritual. No hay manera de subsanar la perfidia que se pasea como un caballero apocalíptico cada mañana en mis almenas, parece que lo hace por escarnio. Viste una armadura de la sagrada orden de los templarios, pues luce una insignia tenebrosa y anacrónica, se trata de una cruz que se ha convertido en el legado de todas las barbaries de las cruzadas. Su corcel relincha con tal vivacidad que retumban todos mis aposentos y hasta los pasadizos subterráneos pues es su maldición tal perjura que todos los ritos eclesiásticos de mi señorío son interrumpidos ante el constante renegar de esos espíritus. Todo son confabulaciones anárquicas y exabruptas, las dueñas son demasiado liberales ante las doncellas a las que custodian, los trovadores ya no rinden pleitesía en sus glosas a la nobleza sino que se burlan de su condición, los mesnaderos solo rinden tributo ante los dineros y no son hombres de raigambre sino que perpetran constantemente un magnicidio, los adivinos ya no saben interpretar el oráculo de los astros sino que no son mas que creadores de herejías, el pueblo llano se queja constantemente de los impuestos, el rey es objeto de mofa, burla y escarnio. Es tanta la traición que se extiende como una mancha de sangre heliófila en el mar que he decidido partir en secreto de mi señorío. No me llevare ni armadura, ni escudo, ni espada, ni caballo, ni séquito. Me mezclare entre la plebe y vestiré sus harapientos atuendos. Me refugiare en cualquier mesón ante las inclemencias del tiempo y dormiré al raso a salvo de villanos y ladrones del monte. Siento como un sudor frío se reencarna lúgubremente en cualquiera de mis entrañas, Es un dolor misterioso, inefable, inescrutable, y he decidido purgar la impureza de mi sangre con el ungüento de la oración, ofrendas de palabra y obra al hacedor y con el misterio de mi éxtasis místico. Señora, yo soy una persona solemne y ceremoniosa tanto de palabra como de obra, tanto en paz como en guerra, tanto en vigilia como cuando duermo placidamente en mi alcoba. Últimamente percibo como sigilosamente un penar extraordinario se pasea en mis sueños como un doncel pálido y tembloroso invoca mientras saca a relucir su espada a la alborada de una batalla a su amada que yace en el lecho del enemigo, también sentí en un sueño como en un duelo infame un doncel me arrancaba con un cuchillo fino y bien templado el dedo en donde en principio debería guardar mi anillo de nupcias. Cuando el mar enrojece es indicio y preámbulo de una nueva era, de una nueva regencia en los condados, de un nuevo mito en los labios de los actores callejeros, de un distinto tono de voz en el animo antes entusiasta y veraz de los pregoneros, de un enmudecido suspiro en el espíritu de estas tierras. La máxima sagrada impresa en mi espíritu parece que se desvanece, es como si las columnas de mis templos se dejasen conquistar por las huestes profanas e infieles. No temo al mañana porque se que no hay futuro, no temo al ayer porque se que pronto enmudecerá ese infame concierto de citaras, trompetas y tambores, sólo veo un remolino negro que absorbe todas mis palabras para que se vuelvan a reencarnar en las velas de los pasadizos subterráneos, en las inexplicables sombras de los árboles, en los rayos y centellas que perpetuamente divulgan el ansia y el quebranto del alma cautiva, en las nubes que pasean ingrávidas en el cielo atraídas por un himno ancestral. Nada me hará callar, ni la vida, ni la muerte, ni el placer, ni el dolor, ni siquiera esa colosal ola que se acerca en el horizonte con su siniestro conjuro de voluptuosidad, pues no es mas que una inflamadora de lenguas. Si alguien en la corte pregunta los motivos de la deserción a mis compromisos bélicos, la deserción a la lealtad a mi rey, la deserción al altivo nombre de mi patria, la deserción de la regencia de mis huestes, la deserción de los feudos conquistados. Decid que un dolor se pasea por mis entrañas, es como si cada noche recibiese flechazos, navajazos y estacazos. Es un mal invisible que nada de este mundo lo puede sanar, es como una plaga oculta, como una maldición silenciosa, como una sedición infame, como un tormento sin verdugo ni instrumentos de tortura, ya nada es ya nada importa, cubrid mi rostro con un velo de seda de oriente para que nadie sea testimonio de la vergüenza y escarnio que tiene que sentir un caballero deshonrado y mancillado. Me refugiare en una gruta y allí tomare algún brebaje monástico que enmudezca el fluir de mis sentidos y el discurrir de mi razón, para que una vez exhausto y malherido pronuncie estas palabras antes de cerrar los ojos por ultima vez: nada, yo te invoco, apiádate de mí, porque yo no soy nada...aunque tengo que confesar que esta no es una muerte digna. me gustaría cabalgar con mi corcel, mientras me acerco a ese incendio en el que arden sin causa aparente cualquier sortilegio de llamas y espíritus agonizantes.  

P.S. Esta historia es pura invención, todos los personajes son inventados, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia,¿o no?

 

EL ENFERMO

Una serenidad inverosímil se esbozaba en aquel rostro aforístico, su semblante era como un microcosmos en vías de extinción. Los ojos eran como el suspiro errante del panacronismo, eran como dos cometas que peregrinan desde las atalayas del vacío para aniquilar con su fuego arcaico todas las cosechas del hado de lo impersonal. Sus oídos eran como una misteriosa gruta en la que se refugiaban todos los símbolos acústicos, eran como ondas de distintas frecuencias y de distintos colores relampagueantes que vagaban exhaustos en aquellos pasadizos oscuros sin ningún destello ni ninguna señal de transito trascendente que indicará el fin de aquellas cuevas. Eran como la concha de un caracol que se halla ahogada en las inmensidades de los mares del lenguaje incoloro; como sus aguas. Sus cabellos se hallaban indecisos y no se decantaban por ninguna doctrina artística, era su emanar como un baile en el que se mezclan gestos y posturas de todas las culturas, era como el barro virgen de conocimiento en el que el artista todavía no ha plasmado una escultura inmortal. Era su frente como una hoja de papel arrugada después de haber pasado por tantas manos, como unas paredes desgastadas después de haberlas pintado y borrado en tantas ocasiones. El enfermo yacía convaleciente en aquel improvisado sepulcro, con un respirar que tenia el mismo color inánime de la noche, pues su soplo era tan aterrador que hablaba el mismo lenguaje que los espíritus que le aguardaban en aquellos parajes. El sol como un huevo reventado esparcía frustradamente su cólera en las ultimas claras del día, eran el epilogo de muchas vanas emanaciones. Era su lecho como un liviano pájaro que levita en los cielos mientras las nubes no dejan de recitar himnos ancestrales en su honor. Sus brazos se alzaban de una manera procaz como el mástil de un barco en la tempestad, parecía que imploraran a los cielos en una actitud bastante pordiosera. Era como si buscaran algún misterioso templo al que orar, era como si su introspección en aquel extraordinario momento le hiciese vivir en todos los tiempos y lugares. De repente oyó como alguien había entrado en su casa sin llamar , pues eran tantas las trompetas, eran tantas las danzas, eran tantos los truenos que se manifestaban con estruendo en los adentros de su alma que hubiera podido haber una batalla campal en aquellas calles sin que lo hubiesen percibido los ojos de su espíritu. Aquel huésped amado y odiado entro en su casa. No tenia rostro y llevaba un extravagante vestido hecho con matorrales espinosos que no podían dañar a su piel porque era inmenso en sus adentros. Entonces me hablo con unas palabras que se congelaban antes de llegar a mis oídos pero no obstante las entendía porque quedaban suspendidas en el aire en forma de hielo cortante. El sermón del monte de los desamparados platicaba en estos términos:- no sientas miedo porque me has visto, no sabias que el abismo al que estas a punto de precipitarte es esencialmente indoloro, crees que puedes sentir vértigo de algo que no existe, porque yo no existo sino que me has inventado en tu infructuosa búsqueda de sentido, nunca hubiese podido decir que algo que no existe pueda causar tanto pánico y estupor, cada vez que te veo me avergüenzo de ti porque confundes la oscuridad de un pozo con mi nombre, confundes la desnudez de la noche con mi nombre, confundes tus pensamientos que se han caído del eterno ciclo con mi nombre, confundes la voz apagada del horizonte con mi nombre. Mira mi conjuro esta empezando a surtir efecto una palabra mía se ha descongelado y esta vaciando todas tus entrañas espirituales. 

- y,¿ cuando te llame ahora que tanto te necesito como sabré si acierto?.-llámame simplemente promesa incumplida. Cierra los ojos y tranquilízate que estas a punto de recorrer un camino muy largo sin moverte de tu sitio.

LA MANZANA Y EL GUSANO

Quisiera que mi pensamiento fluyera como el aroma hostil de un pescado podrido, quisiera que fuera una canción olvidada que compone el viento en cada crepúsculo  mediante su alma veraz y evanescente. Quisiera que los lamentos de los cautivos en el infame vidrio de sus ojos, enmudecieran con la insoportable tempestad, que se percibe en un horizonte, donde solo se respira el compasivo y armónico sollozar inconsciente de lo idéntico. Desearía que la agónica leyenda de la existencia mansa como un mar en calma devolviese mis lúgubres sentidos a la abominable claridad intranscendente de los cielos. La insania de los extraviados versos de la naturaleza insurrecta encuentra su improvisada sepultura cuando se congela con verbos plateados y grises el agua de la conciencia. Aquel día en que el viento solipsista de mi espíritu no se puede oír a si mismo, y las ruinas de mi ciudad espiritual destierren a todos los cuervos que moran en ella, una estrella inmaculada y virgen de conocimiento brillara sin saberlo en la reconciliadora y voluptuosa ingravidez del vacío. ¡ honda tribulación quiero que desfiles ante mi tal y como eres!, como una naturaleza sin lenguaje, como el pesado sueño de la música nihilista del alma, como la plática de un monólogo que se enfrenta a la podredumbre de las sanguijuelas del alma, que se manifiestan en forma de memoria aforística. Las sombras de la conciencia son como un silencioso estigma, en donde las palabras más etéreas y con más resplandor terrenal quedan ensombrecidas, por la descomunal atracción de un camino que deja de ofrecernos árboles y cielos para mostrarnos al final del sendero el autentico espejo de la existencia. Los cielos de la conciencia se vuelven grises e intempestivos, como sus raíces mismas, y ya no queda ningún ave que vuele en aquellos parajes. El alma no puede con el insoportable peso de la  totalidad y a pesar de habitar en una celda que parece todo el mundo, tan solo puede escuchar a la tierra y a los cielos mediante una lengua obscena y perversa, que se esboza en los albores del trágico conocimiento. Tras esta sucesión de sentencias malditas que halle impresas en lo más subterráneo de mi solipsismo, una entidad invisible, tuvo una inspiración invisible en una naturaleza invisible, pues pude ver para daño y vergüenza de mis ojos, una manzana podrida que se había caído al suelo. Sentí tristeza y  aversión por aquel fruto tan maloliente y olvidado. En una peregrinación introspectiva de difícil retorno, tan callados habían quedado los antiguos rumores de la plebe, el sinsentido de la esperanza de la redención del lenguaje, que no me quedaba vedado ninguna palabra ni ningún símbolo de la naturaleza. Ante mi estupor tenia la potestad para inteligir la angustiosa conversación que estaba teniendo la manzana con su homologo el gusano. Así rezaba el gusano:"- se que no me estoy portando bien contigo, se que te estoy devorando tus entrañas, se que manejo tus pensamientos a mi antojo, se que te duele mi presencia en tu presencia, pero has de tener en cuenta que yo soy la presencia, sabes que soy un dios olvidadizo con sus promesas y contundente con sus castigos, sabes que me encanta verte buscando el sentido en todas las atalayas de mi conciencia y que piensas que lo he guardado en algún sitio cuando en realidad desconozco absolutamente su existencia. se que el dolor que te estoy causando es absolutamente innecesario pero ten la bondad de no gritar tanto cuando veas que he llegado al corazón." Ante tanta insolencia paternalista la manzana le contesto al gusano: -si me haces feliz te dejo que me comas las entrañas, pero no creo que sea necesario de la misma manera que tu envenenas mi sentido yo puedo envenenarte a ti, no soy yo quien se va sino tu, no soy yo quien ha perdido sino tu que me has decepcionado.

 

LA PIEZA INSURRECTA DEL PUZZLE

Un puzzle de regencia indeterminada y con armonía arquetípica y de jerarquía eternamente insidiosa, esparció todas sus piezas sin que ellas supieran cual era la marca trascendental de su devenir. En un espacio amorfo y con un oscuro color luminoso para disimular su nacimiento ilusorio, se hallan envueltas con un aura incandescente e insensible al instinto para que nadie pueda ver la atormentadora cicatriz de su hado. De pensamiento necesariamente contradictorio y con una celeridad extraordinaria, dispersa su corrupto símbolo por doquier creyendo que se halla más allá de las fronteras de lo inteligible y lo sensible. El puzzle mira todas sus piezas perdidas a la vez sin saber nunca que se ha fragmentado. De sueños áureos y de abstracción opaca y vacía se mueve alrededor de si mismo de la misma manera y con el mismo impulso vital que todos los microcosmos. El puzzle es de pasión misántropa y estalla su ira en eternos siglos relampagueantes, pues amo y esclavo de si mismo tiene que seguir sus dictados apodícticos. De ética eludida en el sujeto, en el predicado de su acción tiñe los cristales de la existencia con la niebla de su ignorancia y con la polvareda del desierto que se esboza en su pensamiento. El puzzle nunca se atrevió, nunca se percató, jamás vio, jamás entendió que aquello subsistente explotó y se disperso en lo infinito, y que nunca más volverá a esbozarse la belleza,ni en la inmanencia de su pensamiento, ni más allá de él. El puzzle es como un alma perdida en el vacío, como un mar eternamente embravecido en el que todas las gotas suplican con agonizante voz su justa trascendencia en la insania de la sempiterna emanación de la totalidad. De idiosincrasia extraviada, escribe números, figuras geométricas, poemas que nunca acaban en ellos mismos, pero todos esos símbolos rebotan en los muros del fin del mundo y vuelven a él causando la muerte de varios de sus trozos, naciendo en su lugar trozos más oscuros y hondos en sus tribulaciones. El puzzle es un sujeto irresponsable en sus pensamientos, pues deja que vaguen errantes en su intempestiva pasión y que se aniquilen entre ellos mismos sin redención posible, es como una mente que se olvida de sus errores y los condena al olvido. El puzzle nunca puede respirar y en su eterno contener la respiración, todos sus órganos se hallan en un reposo desconcertante que causa un dolor cosmológico irreparable. Es como unos ojos que miran desde la última esfera de un mundo monádico todos los trozos de su carne esparcidos por doquier. En un instante de su aburrida y triste intelección de los sucesivos miembros de un conjunto que no puede y nunca quiere acabarse, vio a un desconcertante ente que no quería que se escribiese su nombre en el vestido que ornamenta la totalidad. Apretaba fuerte con su pluma pero tan solo le salían garabatos ininteligibles. Intentaba ficticiamente creer que encajaba simbólicamente el trozo del puzzle en su conjunto pero sorprendentemente ni siquiera logro imaginar que lo hacía. Sabía que existía pero no le supo dar un nombre puesto que un embrujo cosmológico había causado que existencia y esencia fueran ininteligibles, merodeaba por la existencia pero nadie le conocía, ni siquiera la totalidad. Ante su impotencia no le quedo otro remedio que inscribirlo en el registro civil de la totalidad bajo el nombre de conjunto vacío. Pero afortunadamente se le manifestó aunque quiso permanecer en el anonimato. Esto fue lo que le divulgó desde su naturaleza invisible: " - no quiero que me mires porque me avergüenzo del mundo al que pertenezco, no quiero que me mires porque no quiero vivir ahogado como tú, no quiero que me mires porque siempre has intentado ser un dios sin serlo, no quiero que me mires porque tu apodíctica presencia me ha dotado de una naturaleza a la cual no pertenezco, no quiero que me mires porque tú eres lo único que puedo temer, no quiero que mires porque siempre que intento simbolizarte me alejo de ti, no quiero que me mires porque solo tú dices lo que esta bien o lo que esta mal, no quiero que me mires porque ya estoy harto que me mires desnudo, no quiero que me mires puesto que solo en la praxis de una teoría se pueden ver sus absurdos y mezquindades, no quiero que me mires porque no quiero ser nada ". A pesar de las hondas entrañas de mi pasión aquel dios antiguo ni se inmutó y me respondió de una manera impersonal a través de la fugacidad de los susurros del viento como siempre ha hecho: " - por mucho que intentes escapar siempre te perseguiré allá donde vayas, reconozco que no te conozco y que mis leyes arbitrarias las he hecho sin pensar en los intereses de nadie, pero lo único que necesitas saber es que yo soy la única verdad, el único imperio, el único modo que hay para no pasar desapercibido ". Entonces yo dije mis últimas palabras antes de que me encontrara para castigarme para siempre. - nunca te molestaré, nunca prometeré, nunca te perseguiré, pero por favor déjame que me engulla la sombra del sinsentido y que se desvanezcan todas mis quimeras.

 

EL ELOGIO Y EL TRUENO

Aquel elogio decadente y con profundas capas en la esfera de lo simbólico, emerge a la superficie disfrazado de un arco iris, en el cual se plagian discretamente los colores nihilistas de la conciencia. De génesis amorfa y de manifestación indeterminada, conquista las tierras de las emanaciones de las eternas formas de la naturaleza, injuriando, blasfemando y burlándose armónicamente de la síntesis de la monadología unidimensional e inalienable de la totalidad. El elogio levanta el muro de la abstracción y cava en sus claustrofóbicas tierras un túnel cada vez más hondo y acorde con el proyecto vital, para distanciarse cada vez más del cielo que les dio impulso anímico, pero del cual reniegan constantemente de su paternidad. De deseo ciego e imprevisible y con una demente inmanencia al sujeto, se reencarna en el instinto metafórico de aquello aparentemente subsistente. La conciencia es como un profundo agujero de tenebrosas sombras en el desierto de la existencia. El elogio hurtó una sola de las piezas de la maquinaria del reloj de la naturaleza y por este motivo ya se cree inmortal, el resto de las piezas tuvo que imaginárselas puesto que tienen ausencia fenomenológica.

El elogio se tragó los vómitos de la nada y con esos desperdicios existenciales; construyo una línea mareada y de caminos irregulares, que en su ignorancia piensa que es paralela hasta el infinito con la única línea existencial, aunque en realidad ni siquiera es un hecho tan solo se trata de una existencia tránsfuga. El elogio secuestra a la vida y crea una ciencia genealógica, con eslabones torcidos y esquizofrénicos y de delirante panorámica autárquica. Se apodera del tiempo y se encadena a él con cadenas de papel, a la espera y al olvido, con aquella fábula que narraba aquella visión de unos ojos que miraban sin luz, que viajaba en los laberintos de sombras conociendo sus melancólicos senderos, que podía atravesar la niebla y trascenderla, de aquellos ojos que eran los pintores de la realidad y que creaban a partir de sus colores. El elogio siempre se halla cara a cara consigo mismo en un mundo que no es suyo, en una naturaleza que no lo crea pero que lo expulsa de ella a pesar de que se encuentra más allá de su eterno ciclo de barbarie y desolación. De presencia inmutable aunque con distintas mascaras, el elogio nunca nació sino que apareció espontáneamente en el río de la conciencia tiñendo su sangre por la de la transparencia de la realidad, hundiendo en lo más profundo de sus aguas la maldición de los cielos grises y de las nubes moribundas que reflejan su mártir pasión en la claridad de sus aguas, así como su inminente caída en el inmenso agujero en el que todo desaparece. El elogio es aquel orador que con su retórica de dudosas referencias bibliográficas, platica desde lo alto de aquella montaña teñida de oro, convocando a todos los presentes para que se unan contra un enemigo inexistente. De repente algo distrajo la atención del presidente de aquella multitudinaria asamblea. Vio un trueno que cayo en la cumbre de aquella montaña en la que tenía simbólicamente representados en sus pliegues los cánones de la lógica mística. El trueno dijo ser la reencarnación de aquel aire que se expande intempestivamente en todas las conciencias. Cuando el orador desveló aunque solo fuera por un instante la entidad del ser, enmudeció y enrojeció al saber que no estaba diciendo lo que se le había asignado, y que se hallaba en presencia del único que conocía su mentira y también ante el único ante el que era responsable. Pero a pesar del inminente estruendo del trueno le dijo: - "perjura maldita, solo tú has sido la que hace nacer la mentira de mis labios, perjura maldita, yo no puedo ser nada más que un embustero, perjura maldita pues siempre me has hecho vivir en la eterna soledad de mi mentira, perjura maldita pues el rebaño nunca se podrá conformar con lo que digo, perjura maldita pues siempre he sido el emisario de la muerte vestido con los lujosos atuendos de tus engañosos y sublimes destellos, perjura maldita, eres de la nada la cómplice y la concubina y tu la exaltas y por ella suspiras, lo se desventurada con buen conocimiento de causa, tú eres mi padre y mi madre, responde a esta pregunta, ¿Quién soy yo?.". Entonces antes de que el trueno estallará para conjurar su maldición le dijo al orador: - en ningún momento he dicho que se tenga que mentir y me has defraudado. No eres más que un cobarde, pero también eres mi instrumento para que puedas continuar sufriendo y yo prosiga mi colosal obra con impunidad, de todas formas no te mortifiques tanto puesto que nunca te voy a desterrar pues siempre quedan gentes a las que agraviar, tú eres mi único aliado y no se puede prescindir de ti con tanta facilidad, no te preocupes los que viven en el llano tienen la tierra lo suficientemente honda para que las muertes sean olvidadas con facilidad, no he venido a destruirte ese no ha sido el motivo de mi imperial visita, tan solo he venido a decorar estos parajes con mi solemne presencia para que mis testimonios sean capaces de vanagloriarse de su dolor y su sufrimiento innecesarios, para que continúen sufriendo. Tú eres el contramaestre del barco de la existencia y yo soy su tirano capitán.

 

LA RATA

Una rata mareada y con su obsceno olfato atrofiado, mendigaba sin aparente hostilidad en el cementerio de las ideas vagabundas, con una pierna gangrenada y con un ojo que daba tantas vueltas inconscientes que parecía que pretendía salirse de si mismo. La lujuriosa luna le daba de beber su néctar ansiolítico, con una lealtad áspera y sucia en el arte de iluminar el escenario, para que esta pueda hacer rimbombantes cabriolas, con el consentimiento de los espíritus dementes, que no cesan de reencarnarse en el viento para que este acaricie obscenamente las hojas de los árboles. La rata tenía hambre de sufrimiento y miraba las sombras nocturnas como alguien que goza con el caos de los orígenes dispersos por doquier. Ella era la vil funcionaria de la naturaleza que tenia el caníbal deber de alimentarse de las palabras muertas que yacían exhaustas en aquellas lapidas que carecían de nombres antiguos o aforismos desgastados. La rata se hallaba en el resplandeciente umbral de la miseria y la muerte, por este motivo siempre que inhalaba aire tránsfugo para buscar víveres insólitos nunca supo comprender la diferencia entre lo animado y lo inanimado. La rata no sabia que toda su vida era un espejismo, y este representaba un símbolo indecente, era una vigilia irritante que no cesaba de dar interpretaciones inverosímiles y harapientas de las cosas y los pensamientos que se cruzaban en su noctámbulo caminar. La rata miraba las inquietantes luces parpadeantes del firmamento y creía que se hallaban más olvidadas que todas sus delirantes vivencias pero eran lo único que podían ver sus atormentados ojos. La rata sufría tremendas convulsiones en su estomago de acero y violentas vomiteras cada vez que tenia que digerir los signos  más puros de la naturaleza, pero ya había aprendido que tan solo lo que quemase o lo que fuese demasiado frío podía mantenerla con vida. Si veía una hoguera se acercaba a ella pues podía ver como se consumían lentamente todos los estadios de conciencia de una vida, y si  nadaba en las congeladas aguas del río sentía la soledad de todo lo que se desvanece en el dormido presente, que parece que sea eterno. La rata era ingenuamente servil, y se dejaba llevar por todo aquello que pareciese vacío o de forma indefinida, pero nunca hubiese podido sospechar que si se intenta conquistar la nada lo que se llena no es mas que ella misma en su nauseabundo olor. Allá donde caminase la tullida rata se celebraban irónicas ceremonias en su honor, pues a veces desaparecía parcial o totalmente su visión real, substituyéndola total o parcialmente por el de personajes inexistentes pero temibles que la observaban con una mirada cruelmente acusadora. O bien los ruidos de aquel lugar se mezclaban de una manera anacrónica, los buhos cantaban al revés, se oía el aire antes de que acariciara la superficie del río, o bien, el aire hacia el sonido del agua y el agua hacia el sonido del aire. La rata estaba condenada a permanecer el resto de su existencia en vigilia, para no confundir a la naturaleza acerca de su vulnerabilidad, por esta razón la rata siempre confundió entre el sueño y lo real, entre la felicidad y el purgante dolor. La rata era constantemente castigada y humillada por el alma del cementerio, pues mediante sus inescrutables medios se servia para que la rata hiciese absurdos malabarismos para no caer en una piedra, que bailase con el tesón de un artista a pesar de tener la pata gangrenada, que cantase con una voz que ni siquiera era consciente que salía de las puertas de su alma, que compusiese poemas de su voluptuosa enfermedad de percepción, que se inventase otros mundos posibles y que intentase armonizarlos con el real sin el agravio de comparación, que vomitase las palabras muertas para después volver a comérselas, con la intención de que cuando vuelvan a sus entrañas antes habrán sido absolutamente desquiciadas por la realidad en el momento en que se hallaban fuera, y entonces serán mucho mas indigestas. La rata ya no tiene dientes pues los que se hallan desamparados y no quieren percatarse de su vigente situación se les quita todos los medios para defenderse. La rata se hallaba en un estado tan lamentable, que deseaba dormir, pero no podía porque en el momento en que lo hiciera, la naturaleza le borraría todos sus recuerdos y le haría soñar y vivir todo lo que ella anhela. La rata se halla tan débil que ya solo puede nutrirse con lo inmaterial, pero es tan escaso como una simple migaja de pan podrido. La rata ya no podía sentir euforia melancólica pues ya no se sentía abducida por el surrealista sueño de la noche, sino por el elogio de lo imposible que quiere poner cadenas puntiagudas en su martirizado cuerpo. La rata en un momento de debilidad que jamás antes había concedido a ninguna de sus impresiones sensibles, quiso mantener una turbia conversación con el noctámbulo espíritu que la había abducido y hecho padecer desde los primeros días de su pasión:

- ¿por qué tengo que continuar bailando para ti sino soy yo quien tendría que bailar?¿por qué quieres que vea lo que ni siquiera es mío? ¿por qué tengo que ser el absurdo si esto sólo esta destinado a lo que no puede existir o lo que quiere ser lo que no es? ¿ porque no me dejas dormir nunca y siempre tengo que fingir que mi espíritu se encuentra vivo?,¿por qué siempre tengo que ser yo el protagonista del espectáculo y no puede serlo el olvido de vuestras desgracias?,¿por qué tengo que purgar con la culpa colectiva y tengo que comerme las palabras muertas cuando podría hacerlo el olvido?,¿por qué alteráis lo más intimo que tengo, mi percepción sensible, sino es porque también quisierais alterar la vuestra y solo os conformáis con alterar las de los demás?,¿por qué tengo que ser vuestra marioneta si en realidad no tendría que ser más que una piedra en un escenario?

 

LA MOSCA Y LA MESA

Una mosca solitaria revoloteaba con el instinto de muerte indisciplinado, en una mesa de suave porcelana que se hallaba dispuesta a mancillar el alma de su arte, para que la mosca descansase en ella, junto a todas sus máximas sagradas. Era una noche templada de espíritu y con todo sortilegio de emanaciones psíquicas que fluían separadas unas de otras, y con el animo ensombrecido, tras averiguar que hacia tiempo, que tenían la forma definida y que no paraban de girar alrededor de ellas mismas. La mosca veía tanto por dentro como por fuera, puesto que gradualmente se iba cerrando el túnel de sus sentidos externos, y sólo podía sentir el torpe y mezquino fluctuar de sus patas, que se movían con un caos predeterminado y con una descoordinación entre sus peludas extremidades que dañaba a la vista. Solo sentía su cuerpo y se había olvidado que alguna vez el mundo existió. Sus alas eran leves péndulos púrpuras, que ya no se esforzaban en volar sino en imitar la más loca de las danzas de aquella sórdida noche. Brillaban con el intranquilo resplandor de la luna en su fase menos apoteósica, hubiera sido mejor que hubieran intentado imitar la sabiduría solipsista de una sombra que no se inspira en ninguna forma de la naturaleza, pero preferían manifestarse con el color del dolor antes que con el color de la nada. La mesa quisiera hundirse en las profundidades antes que tener que aceptar a aquel huésped que apestaba a soledad y con pasiones anti-cíclicas, pues ya eran suficientes inquilinos en un vaso sucio y con las huellas de algunos labios necios y compulsivos y un plato lleno de espinas de sardina. La mosca no podía ver la lejana montaña que se esbozaba antes en el horizonte de sus ojos, ni los restos vivénciales de aquella callejuela abandonada, solo veía el espacio puro a intervalos de tiempo y movimiento, en otras regiones de su visión podía mirar el vacío corrompido por los restos lumínicos de la podrida luz de la calumnia existencial. Sus ojos tenían la potestad para ver lo mismo de muchas maneras diferentes, pues cuando veía las patas de la mesa tenia la simultanea impresión de sentir que eran las patas de un congénere y que por tanto tenía que hallarse en su lomo, también creía que eran las repugnantes raíces de la materia y que por tanto ahora ella se hallaba en lo mas sublime que era el espíritu sin la mezcla del concepto. Sus ojos eran como una sala de espejos polvorientos, que se ciegan unos a otros con su negro resplandor, como muchos huevos de pez que nacen en un espacio muy reducido y que se importunan los unos a los otros en el momento en el cual deben nacer.

El mapa del cielo lo veía sin fronteras ni limites, era como si moribunda espiritualidad hubiera encontrado la sagrada unidad de la naturaleza. Antes hablaba mediante el burocrático y pesado revolotear de sus alas, comunicando las distintas interpretaciones de la estética que le producían el distinto olor de todos los seres y podía sentir y entender a la vez lo más intimo de ellos. Sin embargo ahora las alas le pesan demasiado y su vida que es su volar ha enmudecido. Tan solo hablan los ojos en Morse, como si fueran un faro que anuncian al mar las vicisitudes de la tierra, como si la tierra fuera donde nacen las penas y el cielo fueran donde se escuchasen, es como un segundo mar pero de una naturaleza mucho mas solitaria y salvaje. Es imperceptible su nueva lengua para la mayoría de las criaturas, solo los espíritus más sutiles pueden entenderlo pero no lo escuchan porque lo consideran irrelevante. A pesar de que el peso de la mosca es insignificante, la mesa siente que pesa como si tuviese cinco mesas encima de ella, y se tambalea para que la mosca caiga al suelo pero con mesura para no dañar el noble material del cual esta hecho, pero sus esfuerzos son inútiles porque la mosca se halla pegada como un sello a su carta, debido a que la superficie tiene restos de pegamento de un crío que hizo trabajos manuales en ella. La mosca se halla absolutamente adherida a su superficie. La mosca se marea como si estuviese en alta mar, pero no le importa porque fue a la mesa a morir y esa debe ser su sepultura. En tanto vaivén el vaso se derrama y unas gotas de agua desnaturalizadas, debido al calor veraniego caen en su gelatinoso cuerpo, esto hace que muchos de sus órganos internos estallen ya que su cuerpo es excesivamente permeable.

Sus patas no dejan de moverse, representan la anárquica materia en vías de extinción que actúa con una doble finalidad contradictoria: no parar de patalear para pedir a la muerte que le espere un tiempo indefinido y también cansarse para que sus miembros se puedan disgregar con mayor facilidad. Sin embargo hay otra parte de su cuerpo que mucho más sabia: las alas, que pero solo lo son por necesidad puesto que se encuentran enganchadas a la mesa y no pueden despegarse. La mosca se halla semiinconsciente y todavía tiene fuerzas para llorar. Cuando las primeras lagrimas caen de sus ojos (que más que ojos eran glóbulos peludos), un ácido que no hubiera podido ser creado por el más sabio de los químicos hace que se pueda despegar de la mesa. La mosca intenta torpemente alejarse de la mesa pero solo puede emitir una trayectoria sin sentido alrededor de la misma, debido a que sus patas están controladas solamente por las leyes de la mecánica y no por las de su decaido instinto. La mesa en aparente complicidad da pequeños saltos para dar impulso aéreo a la mosca, pero esta no tiene suficientes fuerzas para emprender el vuelo. La mosca tiene mucha hambre, a pesar de que hacia mucho tiempo que se alimentaba del agua espiritual del cielo, aquella noche extraños astros que habían aparecido espontáneamente y con un origen inexplicable habían corrompido el aura del cielo, y no podía contaminarse puesto que era como si bebiera agua pura mezclada con barro. La mosca sabe que iba a morir en pocas horas porque su ciclo vital se está eclipsando por otras criaturas que habían de nacer. No obstante no quiere morir de hambre, y a su vez con dolor espiritual, por lo que intenta trepar por otro vaso para beber la cristalina agua, como en un sacramento sagrado de aquellos insectos que creen en el áureo entendimiento de las estrellas.

La mosca no puede subir por si sola para lograr la expiación, y la mesa la ayuda inclinando el vaso para que pueda darse su ultimo baño. Entonces la mosca nota que no solo se está ahogando, y que aquello no es agua sino jugo de limón, y todo tipo de tumores nacen en sus entrañas. Antes de ahogarse en aquel vaso, la mesa intenta darle un último consuelo espiritual mediante estas palabras: " yo no soy una simple mesa, yo soy el improvisado sepulcro de todas aquellas criaturas que son las mas ínfimas en el orden natural, y que nada ni nadie las quiere, pero nunca me había encontrado con alguien tan miserable como tu por esta razón intente expulsarte de mi congregación funeraria. He visto pasar por mis dominios todo tipo de insectos pero nadie como tú, todos los insectos aceptaban estoicamente las visiones que generosamente les ofrecía la naturaleza, pero tu eres un inconformista, las moscas no deben pensar en el arte y en el sentido de la vida y la muerte, pero tu te crees que la verdad esta en ti, pero tu no eres nada porque la verdad esta fuera, lo único que tienes que hacer es mirar, no juzgues si esta bien o esta mal, tu no has venido para sentir placer o dolor, simplemente para mirar. A pesar de todo has tenido suerte en el fin de tu camino, pues el jugo de limón te dará un sacramento que ningún creyente de tu religión posee: la desintegración de tu cuerpo y el olvido de tus memorias heréticas por parte de la naturaleza. De todas formas no te preocupes pues te podrás reencarnar aunque perderás tu aborrecible idiosincrasia, cada vez que alguien mueva el brazo, que de un paso, tu serás esa manifestación mecánica que se necesita para vivir, el razonar porque se mueve algo no sirve para nada, porque lo único que somos es seres que nos movemos, todo esta preestablecido incluso en la vida espiritual."

 

LA PROMESA. (SÓLO PARA VARONES)

En la mesa se hallaban dispuestos anárquicamente toda clase de discursos inconclusos o exentos de madurez. Eran garabatos escritos de puño y letra de alguien, que era observador de fragmentos de la inteligencia cósmica, y fascinado por las lagunas en blanco del espacio y el tiempo. La brisa nocturna entraba sin el beneplácito de las ideas presas en aquella alcoba. Soplaba amenazante con el auspicio de alguna profecía extinguida en las vulnerables emociones del escritor. Aquel lugar se hallaba muy cargado de polvo, del nauseabundo humo de su puro, del silencio de la noche y del prófugo conocimiento rapsódico que se exiliaba escapándose por la ventana. Había dos estanterías repletas de libros que versaban sobre narraciones extraordinarias, crónicas obsoletas y errantes en el olvido de cualquier historiador. En todos los libros había notas a pie de página redactadas por el mismo, en el cuál manifestaba su disconformidad y su apatía con aquellos artículos que no estaban bien argumentados. De todas formas aquellos libros se hallaban repletos de polvo, señal que hacía tiempo que nuestro escritor hacía tiempo que no se dedicaba a la lectura y al pormenorizado trabajo de crítica. Había dos sillas una cerca de la mesa y otra muy cerca de la ventana. No tenia ningún armario para guardar su ropa por lo que lo hacía  debajo de su cama, envuelto todo en una manta. La ventana no tenía rejas, por lo que el espíritu nocturno penetraba franco y creativo, esparciendo en toda la habitación el insalubre olor de las estrellas. Las paredes se
hallaban llenas de boquetes con distinta profundidad, en parte se debía a su deterioro, en parte a arrebatos violentos del escritor. Las paredes estaban hechas de piedra  que recordaban a las de un castillo. La iluminación era tajantemente simbólica, y no sólo por el gusto estético de su alma, ni por la misteriosa ubicación de aquella estancia, sino por una razón que se evadía de sus sentidos y su imaginación. Desprendía una emoción indescriptible y unos espasmos anímicos inconfundibles. En la mesa una frívola luz desvelaba borrosamente y de una manera casi sarcástica aquellas ideas inconclusas que reposaban de una forma amorfa encima de aquella mesa. A parte de los papeles había un libro muy arcaico y en el que el tiempo había dejado huella. Versaba sobre la interpretación de los sueños místicos de la noche, y la forma de interpretar la psicología de la naturaleza según el color del cielo, las sombras de los árboles, el murmullo de las aguas del río, el brillo de los ojos de los búhos, y otros indicios inimaginables. El escritor padecía insomnio voluntario, y solo tenía autorizado dormir a partir de las primeras claras del día. Padecía una tribulación de desconocido nacimiento, de insólita manifestación, y de inesperadas sensaciones. Sentía que el tiempo se había congelado entre aquellas cuatro paredes, puesto que sentía que un nuevo universo se había alumbrado en aquella habitación. Su hacienda era incontable, por lo que podía prescindir de compromisos laborales. Su criada le subía la comida, pero no la permitía entrar, porque según él profanaría un recinto sagrado. Solo tenía permitido abrir, y dejar la bandeja, entremedio de la habitación y del pasillo. Hacía mucho tiempo que padecía aquella incomprensible necesidad de soledad, parte de aquel sentimiento le impedía preguntarse por las razones del mismo. Había aprendido a vivir mirando en la eterna contemplación del horizonte, absorto en la ininteligibilidad del mismo. Era su pensamiento como una cadena espinosa y circular, como un dolor cíclico, como un mito inacabado, como un látigo amenazante, en definitiva como una herida abierta que reniega de su cicatriz. Aquella noche parecía un péndulo que se niega a oscilar como siempre hace. Según su extraviada concepción del tiempo tendrían que ser alrededor de las diez de la mañana, pero todavía no había amanecido. A pesar de su desarraigo con el nacimiento y la muerte, y el movimiento de los astros y de la vida, decidió echar un vistazo a la ventana. Todo parecía asfixiantemente costumbrista y paralelo con la única línea del destino. El viento respiraba como siempre, el bosque era el escenario de las acostumbradas ceremonias bucólicas, y las aves volaban con la parsimonia de tiempos inmemoriales. Sin embargo, le extraño el insólito resplandor de la luna y de la curiosa danza de las nubes que la rodeaban protegiéndola. Parecía que retase con irónica vehemencia a todo aquel que osase mirarla. Parecía que quería desnudar con violencia el alma de todo aquel que se atreviese a pensar en ella mientras la miraba. Sin embargo su inalienable corazón de ermitaño aguantó estoicamente, la agresiva embestida de aquel sueño de la naturaleza, que quería despertar pero no podía. Sin darle importancia a los extraños caprichos de la naturaleza, se sentó en la silla y cogiendo un papel en blanco, emprendió la tarea de escribir un poema acerca de un mundo que ha cesado de expandirse en las inescrutables tierras de la nada. En un momento de distracción, una extraña criatura que parecía ser un cruce entre un cuervo y un león, con  cuerpo de cuervo y con una diminuta cara de león cobarde, se posó en su ventana. Parecía que sus alas obedecían a unas esquizofrénicas leyes, puesto que, con su vuelo, dibujó una siniestra trayectoria. A pesar de estar en reposo seguían intentando moverse convulsivamente pero el peso de su cuerpo, era más rígido y permanecía en la ventana como una estaca. Su mirada de león era muy coqueta y afeminada, y su rugido era ininteligible. El brillo de sus ojos tenían  la intención de seducir y de secuestrar la tranquilidad de la noche, pero no hubieran podido conquistar ni a la más solitaria de las sombras. El escritor pensaba que se trataba de una alucinación, y no daba crédito a lo que veían sus ojos. Ante su sorpresa el cruce le habló con voz de león y con una lengua universal que pueden entender todas las criaturas, sean vegetales, animales o seres humanos: 

-" perdona por mi descuidado aspecto, pero un bastardo como yo, tiene que esconderse para que nadie perjure contra mí, y para que nadie me ataque, y no tengo tiempo para cuidar de mi apariencia física. Hace mucho tiempo que no he podido peinarme la melena, y los dientes los tengo muy deteriorados y no puedo clavarlos ni a la más débil de las presas. Perdona que no me haya presentado, yo me llamo licargonote, y soy el emisario de la luz de las estrellas. Supongo que habrás percibido que no se hace de día. Eso se debe a que tu alma que reposa en el mundo de los poetas se ha conjurado contra todos los elementos, y ha congelado e inmovilizado la luz de todo el cosmos. A pesar de lo que puedas creer eso sólo puede afectar a tu percepción, puesto que en el mundo real, ya hace 7 horas que ha amanecido. No te preocupes no es ningún castigo, sino que se trata de una metamorfosis en la cadena de acontecimientos de tu existencia. En breve, alguien vendrá y te rebelará un secreto. Es alguien a quien estas buscando desde hace mucho tiempo, pero que se niega a comparecer, porque le has cerrado todas las puertas y las ventanas de tu alma. Por eso la naturaleza esta maquillando el paisaje para que vuestro encuentro sea más idílico, puesto que vuestros lazos serán inquebrantables si os conocéis en el inconfundible momento en el cual el tiempo se congela. Pero ese momento puede venir en una eternidad o antes de que una gota de agua caiga desde el cielo. Solo depende de tu fuerza de voluntad. Mientras tanto hospédame en tu
descuidada pocilga. Porque siempre me persiguen y tengo enemigos por todas partes".  

Entonces el escritor le respondió:

- "entra fugitivo trotaconventos, y esperemos a que el sol se asome en el horizonte, a que alguien cante en donde alcanza la vista desde mi ventana, a que se exilien todas las ideas encerradas en esta habitación y se vayan a conquistar mundo, a que el grito de algún perturbado se oiga desde la entrada de todas las cavernas, a que la sangre del sol se vuelva dulce y espesa en los claros del río, a que dos estrellas lejanas se vuelvan una sola en el infinito mapa del firmamento, a que todo el mundo venga aquí, a cuantas cosas inimaginables restan por recitar".

Entonces el cruce voló como un borracho hasta mi mesa y me dijo que matará el tiempo, mientras me recitaba poemas solipsistas, mientras aguardaba a que aconteciese la promesa. Yo entablé amistad con aquel cruce y pasé varios años con él sin que me diese cuenta. No noté que estaba encerrado en la eternidad. El tiempo pasaba en vano y nunca quería amanecer. Él siempre me recomendaba ser paciente y que algún día se me juzgaría en la tierra y el cielo. Todo permanecía idéntico y siempre me despertaba de noche. El cruce me instruía sin que me diese cuenta, y me hacía creer que la eternidad era un solo día y que esperar un día es una corta espera. Pasaron cinco años y un día el cruce me dijo: 

-"supongo que te sabrás de memoria el poder espiritual de todas las estrellas en el cielo".
-"por supuesto, hace mucho tiempo que las contemplo".

- " pues tendrás que aprender el significado de cada una de ellas, yo ya te he dado los cimientos de tu casa espiritual, a partir de ahora tendrás que enseñarte a ti mismo porque debo de partir a otros derroteros. Me marcho, algún día vendrá aquello que aguardas, de aquí a muy poco amanecerá, pero no te olvides nunca de mirar el cielo por la noche." 

Entonces indignado contesto a aquel cruce:

- "eres un mentiroso, yo no he esperado en esta noche eterna para nada, eres un mentiroso, pues eres tan mezquino como un cuervo y tan cobarde como un león espantadizo, prefiero no desenmascararte para no ver tu horrible gesto, vete de aquí antes de que te estampe en la cara todos los estúpidos libros que me has hecho escribir, no eres más que un parásito del deseo, eres un abominable, tu no eres un emisario de las estrellas como dices, tú no eres la eternidad, tú no eres lo que anhela el sol y las nubes, tú no representas ni a la vida ni al arte, tú no eres el perdido canto que se escucha de una manera entrecortada en el horizonte, tú no eres el pañuelo que seca mi sudor, tú no eres el consuelo del sabio y el mezquino placer del ignorante, tú no eres el misterioso concierto que se escucha en la cumbre de una montaña, me da mucha vergüenza decir tú nombre, pero lo diré muy alto para que todo el mundo lo oiga, tú eres la mujer".

 

O.T. Y LA HOJA DE PAPEL

Algo turbaba sin avisar en el escueto y reservado pensamiento de o.t. No era tan puntual como pretendía manifestarse, ni tan disperso como lo analizaba pormenorizadamente su delicada introspección. Carecía de una naturaleza definida y comparecía en  las espásticas entrañas del espíritu, bajo la apariencia de un deseo calumniado. Conquistaba las claustrofóbicas regiones de su alma aumentando su espacio pero no su connatural anhelo de expansión.

Era una reflexión que parecía que se hallaba exhausta después de un largo viaje, aunque francamente, nació en aquel mismísimo instante dorado. Era como el cansado doblar de unas campanas oxidadas, en el campanario psíquico que anuncia la celebración de ceremonias olvidadas. Tal era el proceso de sus divagaciones, así se lo recriminaba constantemente a sí mismo. se hallaba con un ojo despierto y el otro dormido, en la inquietante espera a que cesase aquella tormenta ácida. Deseaba entrar compulsivamente en la oscura y vacía dimensión de la inconsciencia, pero un  poderoso peso lo mantenía despierto. Se hallaba tumbado en la cama con el cuerpo sedado por el cansancio y con la mente insistiendo en inútiles esfuerzos. A su alrededor  todo eran ruidos monótonos y silenciosos, pero no tenían la suficiente regularidad para poder concentrarse en ellos. El  insensible rumor de una noche callada, el auspicio de un viento que tartamudea, las gotas de agua del grifo que caen a intervalos irregulares, el penetrante ladrido de un perro vagabundo, la incognoscible música de las estrellas, y otros sucesos que acontecían sin que o.t. pudiera apreciar la magnitud de su naturaleza. El mundo se había cerrado y  o.t. se encontraba dentro. Su habitación era desgarradora pero grandilocuente en su sentimiento. Las paredes no estaban pintadas, y daban el lamentable aspecto de que uno se encontraba en una cueva. El techo era muy irregular, pues en ciertos lugares o.t. tenía que agacharse y en otros no. Pero no era gradual el ascenso o descenso de la pared según se acercase uno a la puerta o al límite de la habitación. El polvo volaba en la habitación como un conjuro que nunca se atreve a pronunciarse con precisión. La puerta era de latón y tenía grabado en ella triángulos isósceles de distintos colores. Tenía una mesa de cartón en la que guardaba tres jarrones de porcelana. El resto de la habitación no era nada más que suelo sucio. En el suelo yacía un papel amarillento y arrugado, que nunca había sido utilizado. Había envejecido olvidado en el suelo. Nunca se había desembarazado de él. No se atrevía a pisarlo porque sospechaba que pudiera tener vida. No obstante dejaba que el viento se lo llevará de un extremo a otro a la habitación. Aquel papel era lo único que no había podido madurar en su naturaleza, en aquella habitación. o.t. tenía el instinto despierto aunque el mismo lo ignorará. Aunque intentará cerrar los ojos, una copia idéntica de la realidad, sin sombras, ni claros, formas o cosas amorfas, luz o oscuridad, cuerpos o espacios vacíos, comparecía ante o.t.  estaba encerrado tanto en su interioridad como en su más intimo cruce con el mundo. Se hallaba prisionero de las dos dimensiones en la misma medida. La amenaza no era conspiradora, puesto que no disponía de elementos inteligibles o sensibles para acusar. Supuestamente porque pertenece a la invisible y necesaria línea que ata y desata todo en la realidad. Es como el hilo a partir del cual se puede tejer toda la realidad. No lo puede conocer o.t. porque es de una naturaleza mucho más sutil que sus ideas geométricas más elementales del espacio y del lenguaje. Intentaba descomponer de una manera fractal aquella habitación desde un punto de vista emocional pero no podía capturar a su enemigo invisible. Su sudor caía de sus mejillas, como un esfuerzo que huye asustado y humillado de las entrañas de su progenitor.

Una tenue luz nacía en el ínfimo espacio que separa la parte inferior de la puerta con el suelo. Parecía como si no fuese alumbrada por aquello que oculta recelosamente la puerta más allá de ella misma. Parecía como la sombra del agua del río que se agita de una manera templada y suave. 

Aquello no era nada nuevo pero en aquel mismo instante había aprendido a tener una nueva apreciación o consideración de aquel fenómeno. Los tres jarrones guardaban dentro de sí las cenizas de tres reyes, el del norte, el del sur y el del oeste. Aquello era un conjuro para que la máquina de la naturaleza no trajera maldiciones de ninguna de las direcciones mencionadas. Aquella noche, era la noche perfecta en un sentido cósmico, puesto que el tiempo se había congelado para todas las almas errantes, y todas yacían como unas estatuas levitando en el aire. Nadie podía percibirlo excepto el animal salvaje con el instinto más despierto o el mayor de los sabios. En aquellas noches de más tranquilidad era cuando o.t. se hallaba más inquieto. Algún milagro había de acontecer aprovechando el carácter de aquella flemática noche. Algún ser  tenia que despertarse de su letargo, algún poder arcaico debía de renacer, alguna narración olvidada debía de relatarse, algún muerto debía de resucitar, alguna promesa incumplida debía de cumplirse. Ese tipo de hechos se daban constantemente en la eternidad inmóvil, pero en aquella perdida dimensión se daba de una manera regular cada siglo.  Todos eran sospechosos, la puerta, la luz que nacía en ella, los tres jarrones, la misma cama en donde yacía, la mesa de cartón. Por esta misma razón miraba todo con mucho detenimiento a la espera de un inminente milagro o manifestación. Nada provechoso había de pasar, puesto que las leyes más elementales de la naturaleza de aquella dimensión, son prácticamente idénticas a la nuestra. O.t. lo sabía y por esta razón respiraba constantemente con una creciente desconfianza. El tiempo parecía que pasase en balde, pues todavía no había ningún elemento que pareciese dispuesto a revelarse. Interrogaba con tesón a todo lo que le rodeaba pero siempre recibía un aterrador silencio como respuesta. El espacio y la materia compartían el mismo lenguaje que o.t pero estos se hallaban o bien dormidos, o bien procedían de una manera procaz ocultando secretos a o.t. por fin se movió uno de los elementos de aquella aparatosa máquina. La hoja que estaba en el suelo, se despertó de su exánime sueño y empezó a doblegarse imitando las formas de todo lo que le rodeaba. Pero esto lo hizo desde el aire, puesto que el viento que provenía del este entró por la ventana y con su aliento le dio una fingida vida. O.t. miraba aquello como alguien que va al teatro por primera vez y ve actuar a los actores en una primera ocasión. En ocasiones el trozo de papel se rompía a si mismo para poder imitar a más objetos. Pero después volvía a unirse. A pesar de su nueva condición de existente, continuaba igual de viejo y amarillento, ello revelaba que su sabiduría le había enseñado a ser austero. No le gustaba presumir de ser un papel nuevo. La manera de danzar y de doblegarse en aquel ritual extraordinario, revelaba una tristeza extraordinaria que posteriormente confesaría a o.t. el papel era un inteligente aprendiz del ininteligible murmullo de la naturaleza.  Era un esclavo de aquella escena a pesar del protagonismo del cual era objeto. Tan extraordinaria era su experiencia como el asombro que causaba a o.t. el papel no se atrevía a hacer uso del verbo porque se creía que se hallaba en la eternidad, y en la eternidad nunca se puede dejar de actuar. Además era un papel fino, y tenía que contorsionarse todo su cuerpo de una forma inverosímil y extravagante para poder emitir algún sonido, por lo que temía rasgarse en exceso. Su voz era tan peculiar como irrisoria, pues ella misma se parecía a un eco desgastado,  a pesar de que no hubiera ningún eco. Le avergonzaba mucho ser alguien tan importante, y al mismo tiempo expresarse con una voz  tan poco franca a sus interlocutores. El papel sudaba un material muy parecido a la resina Y había dejado la habitación muy resbaladiza. O.t lo contemplaba con los ojos centelleantes, de la misma manera que el ojo divino del cielo mira a la tierra. Se había levantado de la cama y se había sentado en ella, con las manos firmemente agarradas a las rodillas, y con los pies temblorosos como las patas de una cucaracha, cuando esta bocabajo. O.t en aquel momento creía firmemente que todo había desaparecido paulatinamente, y que solo quedaban en aquella dimensión él y el papel. De hecho, había borrado todos sus recuerdos anteriores, y creía que solo había vivido en aquel instante.

Aquel extraordinario hecho no había pasado desapercibido por ninguna criatura. Todas las criaturas de la naturaleza habían quedado inmóviles, y se había vaciado su instinto. Lo único que quería ver aquel inesperado evento era el agua del río. Se había salido de su recipiente, con la misma prudencia que si un molusco hubiera abandonado su concha. Volaba en el aire y cuando llegó cerca de la casa, se volvió frío y una espesa capa de hielo rodeó toda aquella inmensa mansión. El hielo engendró soldados de hielo y armados con espadas de hielo intentaron saquear la mansión. Todos los soldados de hielo eran idénticos y además tenían idénticas voces por  lo que se prestaba mucho a confusión en el momento de distinguirlos. Aunque entraron muchos en la casa y otros se quedaron de centinelas, nadie se atrevió a profanar aquella ceremonia y se turnaban en la puerta para escuchar lo que acontecía. O.t se hallaba tan absorto que no se percató de su presencia. Entonces el papel amarillento ante la estupefacción de o.t. dejo de bailar y se arrinconó en la pared. Entonces muy a pesar suyo dijo: 

-Hola o.t., ahora que he recobrado la conciencia y sé quién soy, puedo platicar contigo. He venido de tus recuerdos para que me preguntes lo que quieras, no soy tan importante como tú creías puesto que no tengo tanta entidad como tú. - Cuando pudo reaccionar o.t. le preguntó: 

- ¿Cómo puedes hablar tan bien, si nunca he escrito nada en ti, y no te he contado nunca nada?. - El papel le respondió con un suspiro:

 - Debido a que el silencio es lo que más enseña, como has callado te conozco mejor que tú te conoces. Soy el más inteligente de los racionales porque nunca he tenido ninguna experiencia, y por esta razón he alcanzado la omniscencia. El mundo es como un inmenso espejo para mí. De todas maneras tienes que pensar que todo lo que esta pasando lo adivinaste hace mucho tiempo, conoces con detalle cada palabra, cada gesto y cada posterior interpretación tuya. Sin embargo, esto no me parece razón suficiente para callarme. Lo único que tendrás que hacer será recordar y entonces todo se acabará y podré volver a ti. Te aconsejo que vayas a dar un paseo y cuando hallas recobrado la memoria, vuelve .

Entonces o.t salió de su habitación para salir a tomar aire fresco. Cuando abrió la puerta se encontró cara a cara a los soldados de hielo y les recriminó su injustificado allanamiento de morada. Como en aquella dimensión la justicia funciona sin juicio, juez, fiscal ni abogado los soldados de hielo comprendieron cual era su destino. Se fueron al río y se tiraron uno a uno.

Al caer al fondo se hicieron todos añicos. Todos gritaban en la agonía hasta instantes después de haberse precipitado. A pesar de que fueran muchos gritos, parecía una sola voz que gemía desde sitios diferentes. El primero en caer fue el general de los soldados de hielo, y cayeron posteriormente todos en orden de jerarquía hasta llegar al último soldado raso. Sus gritos de agonía debido al silencio de la noche se podían escuchar en algunos valles y montañas lejanos. Cuando todos los soldados murieron o.t. se quedó más tranquilo. Se quedó en su inmenso jardín desde donde podía ver todas las montañas que lo rodeaban. Su jardín era inmenso, pero solo crecían flores exóticas de muchas especies, pues no había ninguna flor que no fuera de una especie diferente. Había de todos los colores, tamaños y formas. Había algunas tan grandes como un árbol y otras ni siquiera las podía percibir la vista. El tenía el camino bien marcado para no pisar a ninguna y siempre caminaba una curiosa trayectoria desde el portal de su casa hasta los distintos confines del jardín. Sorprendentemente las flores se morían cuando él se dormía, y cuando se despertaba otro tipo de flores habían nacido.

O.t. miró a la noche, y descubrió que callaba porque no estaba viva. Tenía la tormentosa labor de resucitarla y se esforzó en recordar. No obstante era muy difícil porque lo único que quedaba vivo era él mismo. El lenguaje de la naturaleza se había extinguido momentáneamente. Entonces descubrió que era lógico que todo enmudeciese puesto que había olvidado dar cuerda a su reloj de pared. Tal era su éxtasis que fue directamente hasta la puerta de su casa pisando todas las flores que se le cruzaban por su camino. Abrió la puerta y se fue al sótano, en donde se encontraba su reloj de pared. En el sótano habían muchos relojes, tantos como criaturas había en aquella dimensión.

Unos iban más deprisa que otros, pero todos dependían de un único reloj. Fue a dar cuerda al reloj más inmenso de todos, que ocupaba casi la mitad de la habitación, y tras hacerlo, salió del reloj un pájaro dándole las gracias y se fue a volar el cielo. De hecho cada vez que iba a dar cuerda un pájaro  distinto salía del reloj. Depende cómo hubiese sido el día eran hermosos o abominables. El de aquel día era el más abominable que hubiese visto nunca. Entonces todo volvió a la calma, los grillos empezaron a cantar, las nubes continuaron con su camino, el sol que se hallaba atrapado en el mar huyó de su cautiverio, las bestias salvajes volvieron a cazar indiscriminadamente, y las olas del mar se agitaron como no lo hubieran hecho nunca. El eterno verso volvía a recitarse. Subió las escaleras y se fue a su habitación.

Cual fue su esperada sorpresa, al ver que encima de la mesa de cartón estaba el papel. Ya no estaba en blanco sino que estaba escrito por delante y por detrás. Hubiera podido leerlo pero no lo necesitaba porque sabía lo que estaba escrito. Entonces durmió hasta el día siguiente.

 

EL GUSANO

En medio de aquella calle, azotada por una reciente tormenta, reposaba placidamente el cuerpo moribundo de un gusano. Todavía tenía fuerzas para arrastrarse por el suelo, pero a pesar de su vergüenza y de sus esfuerzos para permanecer inadvertido, el implacable suelo guardaba recelosamente las pringosas manchas rojas de su dolor. Muchos de sus anillos se hallaban desguarnecidos de su babosa piel, y sus desnudas entrañas pedían clemencia a aquel mezquino arrastrarse, para poder mantenerse con vida. Había nacido agonizando y estaba escrito que había de morir de la misma absurda manera. Sin embargo el mismo ignoraba, que era todo su ser, desde el primer al ultimo de sus anillos, la reencarnación de un misterioso instinto. No se puede aprehender con la razón, pero si se hospedara de manera fragmentaria en algún ser vivo, solo se podría apreciar debido a su nebulosa estética. Sería como la mezcla de un perfume de una concubina anciana y de vino peleón mustió olvidado en una bodega. Su desagradable manifestación seduce a todas las criaturas, desde la más villana a la más virtuosa. Por esta razón su deseo ciego no encuentra oposición dialéctica en todos los alimentos que engulle, desde la más carnosa de las manzanas a la más mustia de las hojas de un árbol. No se sabe donde nació su dolor tan solo se puede ver el resplandor de su sumergida semilla, en el abismo desde donde ilumina. Toda su vida se la ha pasado arrastrándose, pero no siente remordimientos por ello, puesto que conoce el hado de la interminable procesión del dolor. El gusano siempre que caminaba lo hacía acercándose a las sombras, puesto que quedaba absorto en la contemplación de la desnudez del alma y de la imperfección de aquello que queda reflejado. Ningún pájaro se había atrevido a comérselo puesto que sabía que el siniestro brillo de su vida era sagrado. Cuando se arrastraba entre la hojarasca su arrogante baba, que era algo parecido a sus impúdicas eternas lágrimas, se quedaban allí en una recelosa espera, aguardando que el voluptuoso sol evaporara aquel dolor tan nauseabundo y ultrajante, mezclándose disimuladamente con la pureza de los cielos. Siempre que se cruzaba con cualquier criatura, fuese insignificante como una hormiga o majestuosa como un lobo, se arrodillaban ante él. Pero no lo hacían por devoción a lo mezquino, sino por una apreciación intempestiva que estaba muy por encima de su ralea. Siempre le pedían que se arrastrara en sus cuerpos, para que en actitud pordiosera, les impregnará de aquel insigne sudor. Es asombroso concebir que el más insalubre de los espíritus, era también el más sagrado. El gusano era muy vanidoso y a veces cuando se arrastraba en el suelo, se creía que su baile era tan lozano como él de una serpiente. Aunque causaba lástima ver los círculos, que describía en el suelo, el gusano las atribuía, a un ritual divino en el cual se representaba el inmutable viaje de los astros. El gusano había llorado desde el primer día en que nació por una causa de indescifrable naturaleza, que estaba muy por encima de su miserable condición de gusano. A pesar de que le causaba pavor su innoble linaje, había un elemento de caótico devenir que siempre se manifestaba de manera diferente sin rebelar su causa primera. En aquellos momentos en que se sentía desfallecer, debido a una inquietante curiosidad decidió mirar hacía atrás. Sabía que tenía que volver hacía atrás puesto que se había olvidado algo, y también sabía que las manchas de su propia sangre habían de guiarlo en el camino. Lo intentó pero fue en vano, se impulsó hacía adelante, pero sabía que no podía llegar y que su muerte era inminente. Cabizbajo y compungido, decidió seguir la extraña marca del destino que había de llevarlo hacía su sepulcro. Expuesto a que cualquier viandante lo atropellase, el gusano se situó en el medio de aquel camino de asfalto. La razón por tal temeraria decisión, era muy sencilla: el sol le estaba mostrando en aquella soberbia iluminación un decreto que estaba reservado exclusivamente para él. El gusano seguía aquella inhóspita luz, como un ojo herido intenta distinguir entre las nieblas la imagen sagrada de sus deseos. De repente un hombre con sombrero de paja y con aspecto de campesino se cruzo en su camino. Estuvo a punto de pisarlo por descuido, y cuando percibió la desidia de su inconsciente acto, un relámpago mucho más cargado de electricidad que los del firmamento estalló en su cerebro. No sabía el motivo, pero en el mismo momento en que vio al gusano, un ciego e inquietante sentimiento de culpabilidad se despertó en su interior. Sabía que tenía que seguir el tormentoso camino de aquel gusano, pues había quedado poseído por aquella angustiosa sensación. El abismo de sus pensamientos se había vaciado en un instante, y se podría decir que ese fue el único momento de su vida en que su instinto fue puro. Mantenía clavada su mirada en el gusano como un alfiler a un trozo de fina seda. Todavía no había tocado al gusano, pero su sudor se volvió tan repugnante como la baba del gusano. Entonces su razón se volvió absolutamente agnóstica en el trágico momento, en el cuál el gusano empezó a escribir en el suelo con su propia sangre. Escribió en unos ininteligibles rasgos de escritura una palabra tan sutil como inexpresiva a un mismo tiempo: - "sígueme". Hubiera escrito más pero tendría que pedir la sangre a algún dios pero se negó a ello. El hombre rezaba por que el gusano no se muriera, pues sabía que cuanto más lejos lo llevará en aquel camino, más lejos lo llevaría en las emociones y en el tiempo. El hombre quería hablar con el gusano pero no podía por razones físicas evidentes y autosuficientes. El gusano caminaba muy lentamente debido a su agonía que ya empezaba a manifestarse con toda su plenitud, y el hombre daba un paso cada dos minutos pero había de esperar puesto que su vida dependía de aquella aparente menudencia. El hombre hubiera cogido el gusano con sus manos y le hubiera intentado curar sus heridas, pero sentía un respeto incomprensible por aquel gusano. Tan impío era dejarlo morir como tocar al sufrimiento de la humanidad. Aquel gusano era más poderoso que cualquier dios que pudiese concebir la mente humana, entre otras razones porque era el dolor puro exento de cualquier mito o tergiversación. El gusano llevaba dentro tantas lágrimas como mares existen en el inconsistente manto de la existencia racional. A veces se cruzaban otras personas, unas pasaban de largo, y otras le preguntaban en donde se perdía su mirada tan extraviada. Él ni siquiera respondía pues sabía que se le había rebelado un secreto que era inconfesable, además de muy vergonzoso por sí mismo. No obstante, estaba muy sorprendido de que nadie se diera cuenta de la majestuosidad de aquel gusano. Además, para más INRI nadie le prestaba atención a un hecho que tenía una muy difícil explicación: ¿como era posible que un solo gusano pudiera almacenar en su diminuto y repugnante cuerpo tanta sangre y además tan asquerosa?. El gusano sentía la necesidad de que su humilde verbo naciese, pero aquello era tan imposible como el conocer la inquietante naturaleza de su dolor. Entonces, cuando se presentó un desconocido indicio, de que era inminente el último suspiro del gusano, se arrodilló ante él y se puso a llorar, como lo hacen los niños desconociendo las razones últimas de sus pesares. Aquello le oprimía en un grado sumo, pero había perdido todo el sentido del ridículo y de la decencia, para cualquier espectador ajeno a las penetrantes emociones de aquella insólita y a la vez redentora escena. Entonces el gusano sintió en todas sus entrañas, el inminente y descarriado azote de la muerte. Empezó a temblar alzándose del suelo unos cuantos centímetros, de la misma manera que si hubiera un terremoto. A pesar de que el dolor que había absorbido durante toda su vida en una unidad compacta e inalienable, se intentaba dispersar como una tormenta de arena, el soplaba con fuerza para que volviese a aquella dura y rígida roca. Sabía que sí el dolor se dispersaba se desvanecería de una manera fugaz. Hizo un esfuerzo encomiable y escribió con las últimas gotas de sangre que le quedaban en su demacrado cuerpo:- mira. Tras haber cumplido con su última y más ardua de las tareas falleció. Instantáneamente y ante el estupefacto semblante  de aquel hombre el cuerpo del gusano y toda la sangre que había dejado en el camino se volatilizaron como una bocanada de aire. La muerte del gusano se había consumado definitivamente. Entonces cuando el hombre recuperó la razón y los sentidos más internos, procedió a reflexionar un interminable monologo, que parte a partir de estas palabras: - "sin lugar a dudas, todos tenemos un gusano dentro, este era el mío. Ahora vive dentro de mí. El gusano no es nada más que un mártir de la verdad y del sinsentido, mucho más profundo que cualquier creencia sobrenatural. El gusano es lo inmediato, es la resistencia a la realidad, son todos los deseos desvanecidos en un instante, el eterno despertar de un amargo sueño, la vida que se consume por momentos. El gusano nos baña con su baba el cerebro, y ensucia nuestros pensamientos, pero es la condición de que estos puedan fluir en cualquiera de los sentidos. El gusano es un parásito de la existencia, porque no hace distinciones entre vida y existencia, porque la vida no sabe que es existencia, y la existencia ignora que ella misma es existencia. El gusano siempre esta sangrando pero se cree feliz cuando ignora este hecho. La existencia es una sangrante oposición a la realidad; una lucha del absurdo por demostrar que existe. El dolor es la verdad porque es el horizonte de todo proceso vital, pero este se reencarna en el caos de la no- existencia. El arrastrarse del gusano es gratuito, él lo sabe pero no le importa, porque lo único que tiene que hacer es arrastrarse, así pues no tengas miedo gusano, te dejo que me comas las raíces más profundas de mis pensamientos, con tu baba infecta, llena el instante de sandeces, hazme sentir el dolor con todas sus dimensiones autenticas, porque el dolor es lo único que puede embriagar a la existencia. Y ahora dime la verdad gusano: ¿Eres tan empalagoso porque naciste así o porque tu infame proceso vital te volvió así?

 

EL DESIERTO

La luz de un amanecer dispar y retorcidamente caprichoso penetraba en mi ventana, como un universo en llamas en un insignificante lugar. Percibían mis sentidos recién reanimados tras la suspensión etérea de la noche, el suave y quebrantador reflejo de una inmensa espiritualidad que se había despertado, matando el incorruptible instinto de toda una persistente y arrolladora inteligencia cósmica. No me había atrevido a mirar a la ventana, pues todavía no quería conocer, la insigne obra del aliento de la nada, que se había extendido en todos los confines del mundo. No conocía todavía el sino, de aquel conocimiento atemporal que estaba creciendo dentro de mí, como una ola crece en un mar que nunca anuncia la presencia de tierra. Mis ojos y mis oídos se estaban hundiendo dentro de mí, porque no querían ni ver ni escuchar, aquella crónica tan austera y delirante. Todo era muy indeterminado y confuso, y aunque intentara buscar refugio en recuerdos perdidos y cadavéricos, aquel siniestro acontecimiento me venía a buscar, sin señales y sin pregones, con un abismal trasfondo caótico. Sabía que hacía tiempo que una araña tejía telarañas, en mis pensamientos, donde se incubaban huevos, de donde habían de nacer la pobredumbre y las más asquerosas inquietudes existenciales. 

Aquel amanecer era tan angustioso para quien lo viese, como en el interior de sus entrañas. Todavía no había mirado a la ventana, tan solo miraba un débil reflejo de lo que era aquel nuevo destino, en las paredes de mi habitación, en aquel inconfundible murmullo lumínico que se reflejaba prácticamente como un símbolo. Mis piernas estaban inmovilizadas en la cama como el mástil de un barco en una invisible tormenta. Ningún emisario había venido de tierras lejanas bajo ninguna forma natural conocida. Lo más angustiante de aquel pesado respirar del destino, era que todas sus preguntas y respuestas que estaban enterradas en mí, estaban causando un terremoto en mis emociones. En aquellos instantes sentía el dolor, de una estatua que esta siendo esculpida por un artista para toda la eternidad.

Sabía que la existencia había crecido, pues el arco del instante, se había tensado como nunca, y la flecha cayó recientemente, pero sabía que había de pasar toda una eternidad antes de encontrarla. El mundo me había venido a buscar, y yo no podía hacer más que patalear en la cama como un recién nacido. Fue entonces cuando se apagaron todas las luces de mi ciudad espiritual y nació un silencio hambriento de sí mismo. Pues solo cuando se calla con autentica solemnidad se puede percibir con claridad lo que acontece. Entonces concedí como ofrenda al nuevo destino que había nacido todo el sudor de mi frente. Estaba atrapado en una jaula tan sofisticada como inmensa, con un complejo entramado que crece en dirección a sí mismo. El silencio me llevaba con su soplo tacaño a dar vueltas, en la irrevocable decisión de la tierra y los cielos. De un brinco me levante de la cama y con una mirada tan osada como profana, decidí ver materializada aquella insidiosa conspiración de la naturaleza, que ya hacía mucho tiempo que se estaba incubando en mi interior. 

Ante mi asombro vi como la naturaleza se había simplificado. Solo permanecía idéntico el sol, aunque sin ánimos de moverse, tal y como lo estaría la idea de círculo en el pensamiento. Estaba rojo como un tomate, y no de vergüenza precisamente, sino con el temple de un guardián de algo sagrado, y que te quema en los ojos si piensas tanto en él como en su secreto que al fin y al cabo son lo mismo. El sol no estaba en el horizonte como cuando se va a morir al mar para resucitar al día siguiente, sino que estaba presente, como una aguja en un vestido, cosiendo con su luz, un vestido fúnebre con un siniestro color, mezcla de negro y de rojo. El escenario que doraba tan solo era un inmenso camino de arena grisácea, pues parecía que cada uno de los granos de arena era el mismo aunque repetido hasta la saciedad del infinito. El antiguo mundo había desaparecido y ante mi desolada vista, aparecía un enorme camino a imagen y semejanza de mí mismo. Era un camino sano y tan sublimemente vacío que el instinto ciego de la soledad estaba a salvo de sí mismo. Parecía un camino que la naturaleza había engendrado según mi perspectiva existencial, no podría haber sido de otra manera. Hasta ahora no me había enterado que el desierto y yo éramos una única persona. 

Aquello era un desierto que mirando un solo grano de arena ya se podía adivinar que era infinito. El desierto era tanto el destierro como la libertad, como un refugio que parece que tiene que sobrevivir a la muerte. Es la mayor de las vergüenzas y el mayor de los honores, que te ciegan, con un mismo sol, con un mismo pensamiento, con una idéntica quimera.  El desierto es todo lo que existe, porque no hay nada más grande que pueda ser pensado. Dentro no hay apariciones espectrales, ni encarnizadas guerras, ni ningún ruido adulador con oscuras tintas de lo prosaico y lo obsceno, tan solo se oyen los cansados pasos del peregrino que viaja alrededor de lo mismo. a veces el mundo viene sin que halla sido invitado, pero el silencio con que se encuentra le hace callar a pesar suyo, y tarda mucho en volver. Todavía no había empezado a caminar, pero leyendo el código de la línea del horizonte había podido hacer estas observaciones. 

Sabía que cuando saliese de mi casa nunca más podría volver, porque el desierto no acepta deserciones. Además cubre todas las otras dimensiones existenciales, con su implacable manto de verdad y dolor. El desierto es como una biblioteca sin libros, como un silencio que debe aprenderse a sentirse a sí mismo. En el desierto nunca pasa nada, el peregrino puede estar quieto o moverse porque el resultado siempre es él mismo. Pero a pesar de lo inútil que pueda parecer el peregrino prefiere caminar, aunque a ojos de alguien que lo viera todo con una bola de cristal, siempre estaría quieto como una estaca. Me disponía a partir y en un principio pensé que necesitaría de muchos víveres y fotos en color, que por el camino se volverían en blanco y negro. 

Cuando estaba haciendo el equipaje, me fue a visitar un buitre. Fue entonces cuando comprendí el absurdo de mis preparativos. El buitre tenía los ojos del mismo color que el sol. Las plumas eran ásperas y cortaban tanto como un cuchillo. Su pico era muy afilado a pesar de tenerlo muy desgastado después de haber visitado a tantas víctimas. Su mirada y sus gesticulaciones obscenas, parecían las de alguien, que son muy inexpresivos la mayor parte del tiempo, pero que solo viven para expresar su particular interpretación de las leyes del desierto en el momento en que atacan. Parece como si todo él fuese una cuerda que tiene vida y que solo vive para esperar a alguien que se ahorque en ella. El buitre parecía ser el caudillo de todos los buitres que viven en mi desierto. Parecía que había venido en una formal visita de cortesía. Se había posado en la mesa mientras me miraba fijamente, antes de que fuese a buscar mi martirio.

Yo no tenía nada que decirle y tampoco me importaba que me dijese algo o que me asesinase con su indiferente silencio.  Entonces interrumpió aquel silencio aterrador para decir algo todavía más espantoso: -" llévate mucha comida porque quiero que estés muy gordito en el momento en que te ataquemos. Lo haremos cuando empieces a recordar, tarde o temprano lo harás y en ese momento, te picotearemos, y te dejaremos como un adefesio, queremos humillarte, puesto que sabemos que quien recuerda en el desierto, suele morir junto con sus recuerdos en el mismísimo desierto. Se que pasarás mucho miedo porque no sabes cuando vendremos a buscarte. En un desierto se puede ser mucho más decadente que entre la muchedumbre. Cuando el silencio explota, causa mucho vértigo, y se padece una sensación confusa en la cual se cree que no se esta en ningún sitio y a la vez se esta en muchos. El silencio a veces se enreda con palabras que tropiezan contra sí mismas, y se destruyen las unas a las otras, y se crean todo tipo de frases contradictorias y mortíferas. En el desierto nadie te presta su aliento, y los suspiros nacen envenenados en la boca, pues nunca se renuevan con el lenguaje de otros suspiros, y mueren mucho más rápidamente porque siempre son los mismos, es como si respirases en una bolsa de plástico. Cuando estés en el desierto desearás que te hagamos una visita, pero esta visita no será gratuita como la vida misma. Puesto que tu muerte será la único que tendrá un precio a pesar de que tú vida nunca ha tenido ninguno. Se que antes de empezar a caminar, ya tienes el corazón y los huesos rotos, pero cuando delires en el desierto y veas vacas muertas, te reirás de aquellos huesos, pensando en los estúpidos deseos de opulencia, odiándote a ti mismo mientras echas unas carcajadas tan monstruosas como incomprensibles. Nosotros los buitres seremos tan venerados como dioses y odiados como hombres, puesto que esperarás que tu muerte sea divina y a la vez un infame recuerdo de la vida. A pesar de estar en los huesos siempre guardarás una miga de pan, y nos la ofrecerás como un soborno, para que te expliquemos el aire que respira todo aquello que dejaste atrás, pues nosotros no queremos tu pan puesto que te queremos a ti, puesto que el desierto no se alimenta de pan sino de la soledad que vive en él. Y ahora ven rápido porque a la soledad del desierto no le satisface demasiado entretenerse en recuerdos." 

No hubiera pensado nunca que habría de dirigirle a la palabra a la más monstruosa de las formas de mi soledad , pero como me tenía arrinconado me defendí como pude: - " tú buitre eres la poesía de la muerte, eres el eco distorsionado de las palabras podridas, tu buitre eres aquello que esta enterrado bajo tierra y que se presenta después en ella a pesar de tener la más cierta de las apariencias de la muerte y la falsedad, eres un muerto resentido, que se come los insectos en su tumba para sobrevivir, tú buitre eres un pensamiento que ignora que el dolor es la verdad y todavía no lo has aceptado, niegas de la dignidad del dolor, y siempre vas detrás de tus presas. Vete ahora mismo buitre, porque nunca podrás ser mi verdugo, porque no me voy a llevar nada en este camino. En un camino tan largo como el que voy a emprender sería una afrenta llevarse comida, porque la nada ya es alimento suficiente. Lo único que quiero es que el sol me transforme la piel en la de un leproso, que la arena me azote en la cara, que el hambre de soledad me coma las entrañas, y que la verdad me azote con su látigo de macabros colores. Ahora vete buitre, nunca podrás ser mi verdugo, porque si hasta ahora he sido dueño de una vida superficial y corrosiva, ahora lo seré de una vida que nunca puede dejar de insultar a aquello que le azota implacablemente, ahora lo seré de una vida que no se ahoga su grito de rabia ni en el mismísimo horizonte, que acepta su tortura con tanto fervor existencialista, que todavía querría vivir más para sufrir más."

Tras pronunciar estas palabras, ahuyenté a pedradas a aquel pajarraco. Entonces me quité la camisa, para que el sol me comiese más rápido la piel, y para adaptarme más rápidamente al solitario espíritu de aquel desierto. No me lleve ni siquiera agua, porque sabía que en un camino tan largo y tan trascendente, es una obscenidad, llevarse el indigno sustento del espíritu, no podía llevarme las baratas palabras de la mercadería de la vigente sociedad.

 

ANGUSTIA

Como atizan estas palabras que se pasean en mi corrosiva mente como humo negro, como siento que se me clavan como una aguja despiadada que cose mi cerebro con el mismo arte que un traje de luto. Como me ahogan en mi pensamiento como si fueran agua de pantano. No hacen promesas tan solo me golpean con su bastón, flexible hasta los límites de la razón y el sentimiento. Viaja el pensamiento, como un pez que se ha tragado un anzuelo de oro macizo, y que no puede dejarlo de adorar por su inconmensurable belleza, aunque le haya dejado sin dientes y sin mandíbula. Se arrodilla a angustia ante su imperioso cabalgar en el cielo púrpura, mientras no deja de pisotear las cicatrices del cielo, y la sangre del cielo le cae como un manantial, en el decrepito rostro de la angustia. Con unas tijeras de acero oxidado recortan el tiempo con su sudoroso acero, quedando las imágenes inmortales impregnadas, de una inmundicia de la cual no se puede escapar la agonía existencial, porque aquello que mancha reposa más allá del espacio y del tiempo.

Las palabras desfilan como un escuadrón, y en su torpeza se clavan los soldados las espadas mal desenvainadas, puesto que los soldados ignoran que cada uno es una palabra, y que todas las palabras son la misma. Si la mente fuese una masa informe, las palabras serían como una sucesión de golpes de pico a una roca tan fuerte por fuera como débil por dentro, creando a una estatua abominable, que expresa en su inmutable rostro un dolor que no es mundano, sino eterno. Como granos de arena peregrinando en  una ardiente ventisca del desierto, se encuentran en una inexplicable casualidad, y juntando delirios y esfuerzo, llegan al extravagante consenso, de formar un muñeco de arena, representando una figura con facciones absurdas y de naturaleza desconocida, puesto que el dolor de la soledad no tiene nombre. Como ensombrecen mis intangibles recuerdos, como arañan mis ojos dejándolos como un cristal rallado en una vergonzosa visión que parece querer sobrevivir a todos los presentes de mi existencia. Como hielan mi aliento tras nacer en los glaciares de mis pensamientos, pareciendo que ni el mismísimo mundo, pudiera calentar a aquel sórdido hedor. Como crecen, esos caracoles sin concha, como se apretujan en mi cerebro, como se alimentan de mis esfuerzos por hacerlos desaparecer.

Palabras que os refugiáis en las cavernas de mis galerías subterráneas y que diseñáis la física de la luz de mis emociones, tanto conspiráis en las sombras, que aunque nunca visitaseis el más áureo de los presentes, si se pudiera fotografiar al alma, siempre se vería vuestra luz de carbón. Sois como un cuchillo que se clava en el agua, haciendo temblar los fundamentos ya muy inestables de por sí, y quemándola con su punta asesina presa de una venganza ciega e incomprensible. Sois como el vapor que se escapa de mi colérica pasión, y que vuelve con la impureza del conocimiento del mundo exterior, lloviendo cuando le conviene, infestando de corrupción las aguas de mi conciencia.

Palabras traidoras cómplices de misteriosas secreciones de la mente del mundo, en mis templos os albergáis, en mis templos os alimentáis, en mis templos me asesináis y a vuestro errante y gratificante exilio volvéis. Palabras que me espiáis en la intimidad, y que me acecháis con vuestras arrogantes y paradójicas preguntas, ¿No respetáis el descanso de unas manos repletas de llagas que se hallan escalando la espinosa valla de la existencia?. Me enseñáis muchos rostros, y el inquietante color de muchos velos, me enseñáis el hueco infinito de muchos semblantes y de gestos que nunca adivinan sus emociones, puesto que vosotras palabras sois como los temblores de relámpagos imposibles. Vosotras sois el ingeniero de mis obras, pero siempre murmuráis intranquilas despedazándoos las unas a las otras y solo me dejáis escuchar lo más insignificante y obsceno de vuestras conversaciones. 

Nunca teméis que os destierre, porque os refugiáis en los volcanes ardientes y salados de mis ojos y me amenazáis con enseñar al mundo mis vergüenzas. Salís de vuestras tumbas cuando os apetece y con vuestro halcón esquelético en el hombro, le pedís que me ataque en mis delirios tan pesados como conscientes, para que siempre recuerde que el cementerio de mis recuerdos, esta moviéndose siempre como un terremoto. Os movéis como una brizna de luz en una caja oscura y aprovecháis vuestra fugaz aparición para seducirnos en nuestro mundo negro y abismal. Palabras suspendidas en el aire, no teméis morir en el más vacío de los espacios, porque sabéis que fuisteis alumbradas en unas jaulas colapsadas de símbolos, y que salisteis fuera del espíritu para que no os aplastasen, pero no porque significarais algo trascendente.

Ese silencio tan ruidoso que se puede escuchar desde lo más hondo de mi pozo, no es nada más que un cubo, y ese cubo es la lengua. Es como si el cubo buscase al azar unas gotas de agua en donde se encontrase toda la verdad  del alma. Pero el cubo siempre recoge agua de la superficie y se equivoca siempre. Los pensamientos están llenos de espinas, porque nacieron con la marca de un desafortunado destino, nacieron con una horrible irritación y escozor, y solo podían redimirse si morían creando, es decir si nacían en la muerte como una necedad que nunca merece ser recordada. Estas palabras que viven en mis músculos y mis entrañas; viven encerradas en un cuerpo, pero nunca dicen nada porque la materia esta condenada a ser muda y a callar.¡silencio!

 

EL ESCRITOR

Algún desaprensivo estaba haciendo uso de mi escritorio aprovechando mi inesperada ausencia. Me había quedado dormido en un rincón apartado de mi domicilio, rindiendo tributo a aquella ceguera tan inverosímil de aquella plateada noche. La noche no me miraba en mi sudorosa vigilia y su guardián que narraba turbias leyendas y profanas alegorías soplaba en algún lugar indeterminado del tormentoso cielo. Aproveche aquella calma aparente para fusionarme con la ayuda de la metáfora, con mi propio sudor enfermizo y olvidadizo. Mi sueño me había abandonado en su vaporoso manto, frío e inanime. Tras despertarme de aquel sonido fugaz de trompetas desafinadas, vague alrededor de mi laberinto cotidiano, con el ánimo flotando en las ardientes fronteras de la paz nihilista y la guerra de una conciencia desgarbadamente simbólica. Los muebles brillaban como un agujero negro y parecía que se tragaran todas mis miradas, para que con su hechizo insalubre me quisieran convertirme en un mueble más o en la más impávida de las estatuas. Registraba mi propia morada para encontrar el lugar en donde habían muerto las insanas imágenes mentales de mi último sueño. Poco después mi esclavitud encadenada a aquellos muros asfixiados de sueños negros, enmudeció, y en su viva percepción, escuchó el relampaguear silencioso del pensamiento de un intruso mordaz y atento a todo lo que acontece. Estaba encerrado en mi propia habitación y no lo reconocí por sus invisibles movimientos sino por la moribunda luz que se escapaba por los resquicios de la puerta. En aquellos momentos desconocía cuál era el señor que servía y cuál era su actividad vigente. Sabía que no podía profanar a su imagen sagrada, y decidí escuchar sus espectrales movimientos desde la aparente cercanía del otro extremo de la puerta. Decidí mirar por el ojo de la cerradura para conocer como se sentía aquel pálido sueño que respiraba más allá de la banal pronunciación de mis cadenas de palabras malditas. Era un hombre anciano pero su vejez y sus arrugas pronunciadas otorgaban una extraña serenidad a aquel inmaculado rostro. Tenía una barba ondulada y de color azul como el mar que le llegaba hasta el pecho. Su pelo era del color del más turbio de los rojizos horizontes. Sus ojos parecían inmóviles como si no necesitaran mirar a muchos sitios a la vez para saber lo que acontecía o lo que estaba haciendo. Vestía una túnica bordada cuidadosamente en la cuál se vislumbraba de una manera absolutamente lúcida un complejo mapa de estrellas asfixiadas por su propia luz. Una de sus manos sostenía una pluma de un animal mitológico y con la otra acariciaba sus barbas como si moviera timidamente los mares en su inconsciente y mecánico conjuro. Escribía ininteligibles garabatos en una lengua muerta. El papel que utilizaba parecía un perro maltratado que ladra mientras recibe sórdidos golpes. Intentaba escaparse de aquella pluma maldita pero con su penetrante mirada lo sostenía firmemente en la mesa, a pesar de que no podía evitar que muchos de los extremos del papel se contorsionaran poseídos por una misteriosa fuente del limbo. En el interior de la habitación se encontraban también varias estatuas que habían sido torturadas por las manos de aquel loco artista. Todavía no tenían las facciones de su rostro y su cuerpo absolutamente definidas pero en sus débiles vestigios de ser obras de arte vivas, un invisible sufrimiento empezaba a esbozarse en su materia divina. Algunas estatuas habían aprendido a respirar y ello causaba un insoportable hedor en aquel improvisado templo sagrado. El papel era el atormentado instrumento del destino. Aquel hombre mestizo en sabiduría y en arcaicas costumbres parecía como el frío viento del más pesado de los sueños. Supongo que se habría percatado de mi presencia pero aunque desapareciese todo el mundo y nos miráramos cara a cara no me prestaría atención porque el destino ciego nunca mira los temblores de sus victimas. Mi habitación se había convertido en una improvisada oficina para resolver los turbios asuntos terrenales desde la más ahogada de las eternas perspectivas. La manifestación de aquel hombre era tan fugaz como eterna, tan sincera como mentirosa, tan taciturna como expresiva, tan sobria como ebria, tan privada como pública, tan terrenal como celestial… aquel hombre no había olvidado sus antiguas costumbres y estaba rígido como una roca y tan omnisciente como los secretos filosóficos de la más incomprensible de las leyes. No pronunciaba ni una sola palabra simplemente escribía como lo hiciera una gota de lluvia que cae desde el desértico cielo. Habían desaparecido todos mis muebles y mi cama y en su lugar fluía un vapor naranja y puro como el supuesto sol que brilla impasiblemente en el reino de los cielos. Habían varios cuadros colgados en la pared en el que estaban representados pictóricamente el martirio de beatos y ángeles. Por algún motivo que nunca alcanzaré a comprender aquel hombre el tiempo acontecía con una inusitada fluidez artística en el interior de aquella habitación a pesar de que sabía que se había congelado. Aunque hubiera entrado en la habitación, no hubiera tenido más protagonismo que un pensamiento invisible e imperceptible que entra en el interior de la secuencia de una película que se ha filmado muchos años atrás y en la cuál absolutamente nada puede modificarse. Absolutamente nadie podría percatarse salvo el pensamiento intruso que se refugia en acontecimientos arcanos. Aquella escena era equiparable sin duda alguna al guión de una obra de arte que intenta encontrar amparo creativo en una de las capas más profundas de la realidad, que consiste en su propia divulgación o actualización. Desde mi escondite escuche el lamento ahogado de aquellas estatuas que esperaban el trágico momento de ser esculpidas, y el de aquel papel que se había cansado de quejarse como si fuese la voz de un pueblo o de toda la humanidad y se amoldaba a aquella pérfida escritura. La tinta que utilizaba aquel hombre presuntamente era de sangre muerta. El destino escribe sus implacables designios con la muerte y la desolación. La sangre la habría extraído probablemente de alguna cripta secreta en la cuál habrían sido torturados varios infieles al reino celestial y al de la irrevocable historia de la humanidad. Miraba con detenimiento el fluir de aquel sueño eterno e inundaba a mi pensamiento de destellos y horizontes vacíos y tabúes. En un instante de confusión aquel hombre dejo de escribir y se levantó de mi silla, con movimientos precisos como las notas de una sublime melodía. Yo retrocedí espantado pues se disponía a abrir la puerta. Cuando salió de la habitación desapareció todo lo que había dejado atrás, tras escucharse un sonoro relámpago. Yo me sometía a su mirada orgullosa y altanera, porque quien lo mira todo no tiene tiempo de prestar atención a minuciosos detalles. Bajaba las escaleras como alguien que no esta acostumbrado a hacerlo, mientras yo estaba cara a cara preso de su presencia, separándonos algunos peldaños. Cuando llego al último peldaño se toco los cabellos y un viento negro azotó a todos los rincones de mi morada. Acto seguido, se tumbo en el sofá que ocupaba yo anteriormente y se quedo dormido. Nunca hubiese pensado que una deidad pudiese dormirse nunca y muchos menos en los negros albores de mi morada. Su respiración era muy similar al de un ser humano, pero su sueño era tan profundo, que el aire se congelaba formando témpanos de hielo que levitaban en el aire. Aquella deidad soñaba en el sagrado nombre de toda la humanidad. Poco después se levantó del sofá y volvió a sus labores, y como era previsible tampoco me dirigió la palabra en aquella ocasión. Yo me limitaba a seguirlo como lo hiciera con un cortejo fúnebre. Cuando volvió a mi habitación, lo volví a espiar desde el ojo de la cerradura. Todo continuaba igual, su retorno había hecho renacer espontáneamente todo lo que anteriormente se había desvanecido en el olvido. Poco después dejo de escribir y con la fuerza de sus ojos hizo que el papel volase en el suelo, y se coló por los resquicios de la puerta. Parecía que aquella deidad quería enseñarme lo que había escrito. Cogí el papel con las manos sudorosas y el ceño fruncido, al parecer aquella lengua arcaica resultaba incognoscible para mi exigua percepción de la más sacra de las realidades. Espontáneamente el papel cambio de idioma, no sin antes emitir un leve gemido, profundo y desgarrador, pues se presentaba ante mi vista la más secreta de mis introspecciones. La letra de aquella divinidad era ininteligible, pero se metamorfoseo para mi humana comprensión en letras de imprenta. Al parecer se trataba de un artículo escrito a base de aforismos retorcidos y delirantes. Versaba sobre las desgarradoras verdades de un horizonte que se había cerrado ante mis propios ojos. Aquellas palabras escritas con la negra sangre del destino eran una ofensa hacía todos los movimientos vanos y exiguos de mi vitalidad circular. Aquella profecía aseguraba, que una de las orbitas que giran alrededor del sacrosanto círculo, irremisiblemente perdería fuerza y se caería al vacío. A pesar de las apariencias los planetas algún día se cansan de girar alrededor de sí mismos. Entre las frases que puedo divulgar y que me llamaron más la atención constaban las siguientes máximas sagradas: -" el hombre gira alrededor de sí mismo en una galaxia ciega en la cual las estrellas se han olvidado de resplandecer. Todo los hechos son una fugaz apariencia, todo el universo es una mente que gira alrededor de sí misma y que poetiza sobre la alteridad.", " el destino es un remolino negro que absorbe a la voluntad y que vacía sus pulmones en su envenenado respirar", " la enfermedad no solo es quien ha escrito esta frase ni su extraviada simbología concupiscente, sino la misma aparición en cualquiera de los rincones del cosmos". Estas frases enmudecieron a mis sentidos y me volví al sofá a dormirme olvidando todo indicio de hospitalidad con aquel huésped tan divino y tan arrogantemente arcaico. En mi sueño vi a aquel hombre levantar un hacha contra mí, puesto que era un árbol espurio que miraba el firmamento con la banalidad del poeta, y él quería arrancarme de la tierra aprovechándose de la inevitable inmovilidad de mis pensamientos. Me desperté envuelto en llantos sudorosos que nacen de la piel, y me fui al encuentro de aquella divinidad para que me dejase dormir en mi habitación. También quería expulsarlo de mi morada puesto que él no había sido invitado. A pesar de que tuviese el don de la verdad, no tenía el de la moralidad, por lo que tenía todo el derecho de deshacerme de aquel hombre vanidoso y pizpireta. Sin más preámbulos abrí la puerta de mi habitación y le dije: - "déjame que me convierta en un minúsculo trozo de papel para que me pises con tu pluma profana, para que me insultes con tus palabras, para que me mancilles como a un perro maltratado, para que con esa sangre fría y muerta con la que escribes infectes los albores de todos mis sueños, pero a cambio de esta vejación, solo te pido un pequeño favor, por favor te lo suplico deja un momento de escribir aunque no sean más que unos breves instantes, para que pueda olvidar en mi congelada mente todo lo que me acontece, deja de escribir esas obscenidades aunque solo sea el tiempo que mis ojos tardan en llegar a los tuyos." Como era de esperar aquel dios inmortal continuo enfrascado en su perversa labor sin hacer caso de mis palabras tan sentidas como vacías. Lo tuve de huésped toda la noche contra mi voluntad. Cuando entraron las primeras claras del día por las ventanas, se fue para no volver nunca más. Mire al cielo y vi un inmenso agujero negro en el horizonte del mar. Estas fueron las palabras que viajaron por mi mente: - "dios nunca se olvida de sus feligreses".

 

LA ESTATUA

En algún lugar en donde no entraba nunca el incoloro sueño terrenal, un artista esculpía con un recelo arrogante y vulgar majestuosas estatuas que se parecían a los más pesados de los delirios. Creaba sus obras de arte en un escondrijo secreto, oculto en el interior de una cripta, de la que hacía muchos años que no salía. Aunque se le hubiese preguntado dónde estaba, no hubiese sabido responder, porque se le había olvidado lo que era el transcurso del tiempo y también sus difuntas memorias. No servía a ninguna causa celestial, ni a ningún poema apocalíptico, simplemente obraba porque una voz de aquel manantial subterráneo hacía mucho tiempo que había doblegado su voluntad. él nunca respondía aquella voz que se perdía en las profundidades de su conciencia, pues era como otro corazón que formaba parte de su sistema circulatorio, pero que latía en otros derroteros. Se alimentaba desde hacía varios años del agua de aquel manantial y de animales sacrificados en algún siniestro rito, que cada día aparecían súbitamente en aquel laberinto abismal. Aquella voz acuosa, era prácticamente idéntica, a la suya, pero había un matiz muy sutil que las diferenciaba, pues parecía una voz más apagada y más entrada en años. No tenía ninguna intención de respirar el aire que soplaba más allá de la caverna, porque sabía que debía todos los designios de su existencia a aquella caverna embrujada, que era su paraíso y su mecenas en el arte a un mismo tiempo. En aquel tiempo indefinido en que había pasado encerrado en aquel lúgubre pasadizo subterráneo, había visto pasar por su mente muchas imágenes distorsionadas y muchas palabras eclipsadas por aquella siniestra vitalidad. En aquella cripta habían varias antorchas y varios símbolos arcaicos representados en la pared. Eran escenas apagadas en sí mismas, en las que se esbozaban de una manera muy tenue, asesinatos en distintas circunstancias y en distintos momentos en la historia. Las víctimas eran animales antropomórficos, y los asesinos eran idolatras que tenían que vivenciar obsesivas convulsiones mortíferas para apaciguar los deseos de dioses con muchas caras y muchas reencarnaciones amorfas en el infierno terrenal. Nunca se había preguntado el significado de aquella mitología arcaica porque en su interior se había alumbrado un complejo proceso de vacío psíquico. Solamente podía percibir de una manera simultanea todas las sensaciones de aquel manantial. Se sentía como agua que flotaba en un recinto cerrado, sentía como el viento dibujaba en su lacónica superficie, ondas de carácter cíclico. Se había convertido en un espíritu puro, mártir de sus laberínticos deseos artísticos. De hecho no se sentía como un cuerpo sólido sino como una forma amorfa e indefinida de vida. Para un observador ajeno esta descripción pudiera parecer fantasiosa e insulsa, pero el trance hipnótico al que se veía sometido era de una naturaleza sin par, y no pudieran encontrarse palabras más simples y mundanas para describir su complejo artefacto sensitivo y psíquico. Sus obras eran elaboradas con un granito que nacía de lo más profundo de aquellas aguas, y que milagrosamente se secaba en el momento de salir de su luctuosa nodriza. Las herramientas que utilizaba jamas se desgastaban, pues estaban hechas de un acero que no proceden de las entrañas de la tierra, puesto que están hechas del mismo material con el cuál los dioses construyen sus hachas y sus armas de guerra. El color de aquellas aguas parecía trasparente y claro para todo aquel que lo viera sin emitir juicio alguno de su naturaleza, en el fondo parecía que se apreciaba clara y distintamente arena dorada y brillante. Pero si alguien se bañara en aquellas aguas, quedaría escarmentado, porque si abriese los ojos en el agua y mirase en lo más hondo, vería huesos humanos con armadura, puesto que parecía que se tratara de guerreros ancestrales. Aquel agua era mentirosa y traicionera. El artista tenía prohibido bañarse en el agua, porque si lo hacía disminuiría de tamaño, o se metamorfosearía en un pez de una especie extinguida, o en algo más insignificante todavía. El manantial le ordenaba constantemente que bajo ningún concepto podía abandonar aquel recinto sagrado, y que debía crear todas las esculturas que pudiese. De hecho se había convertido en un esclavo fiel y atento a los mandamientos, de aquella deidad que parecía que se hubiese engendrado de un sueño de alguien que nunca lo recordará y que probablemente nunca lo pudiera hacer. Siempre que concluía una obra la lanzaba al manantial de una manera inconsciente, en aquel preciso instante el agua se convertía en lava por unos momentos. Se podían escuchar el sonido de aquellas burbujas ardientes que hacía que temblase brevemente, puesto que sentía recuerdos confusos y agonizantes de su pasado remoto. Acto seguido, el agua se volvía a convertir en agua, y una luz indescriptible nacía de aquel manantial. Levitaba en el aire y lo teñía de una fuerza psíquica inverosímil y de olvidada ciencia. Entonces cubría su cuerpo y lo doraba como si fuese un inmaculado guerrero. Cuando aquel rito misterioso llegaba a su fin le nacían en su pálido rostro algunas arrugas y envejecía unos cuantos años. De hecho tenía la apariencia física de una persona de unos doscientos años, pero una desbordante vitalidad, le obligaba con tiranía a mantenerse en pie y a cooperar con aquella invisible organización espiritual. Seguramente si abandonase aquella cueva su cuerpo se descompondría en un lapsus de tiempo muy breve. En aquella época estaba esbozando con sus prodigiosas herramientas, la silueta de una escultura muy misteriosa. Se trataba de su propia imagen aunque no era consciente de ello. De aquel cemento inánime e inverosímil como la explosión de una galaxia, se estaba empezando a alumbrar la realista anatomía de su propia constitución física. Ya tenía confusamente trazados el tronco y las extremidades, pero todavía no tenía cabeza. El vestuario de la estatua era propio de un noble de alta alcurnia, o incluso digno de algún monarca discreto. Su martillear, seguía exactamente el mismo ritmo que el fluir del agua de aquel manantial. Aquella estatua en ocasiones parecía que le afectarán aquellos terribles martillazos, puesto que la polvareda que levitaba en el aire, y que se caía de aquella estatua, se movía poseída por algún ebrio intelecto divino. A pesar de su irrevocable inmovilidad, en su interior un indefinible vibrar en el cemento, otorgaba extraños indicios de penurias y de amargas paradojas. Cuando empezó a esbozar aquella rígida tez, en la cúpula de aquella cripta se escuchaban insólitos murmullos, y voces apagadas y trémulas. Parecía como si aquella estatua proyectara su tormentoso nacimiento en rincones alejados de su apagado mundo. Las paredes de la cripta retumbaban como un terremoto invisible, y en ocasiones las imágenes impresas en ellas adoptaban obscenas posturas y gesticulaciones. En aquella cripta había pájaros negros como el carbón, y con un pico afilado como la cumbre de una montaña. Se posaban en la cabeza de aquella estatua, y graznaban como si estuviesen pronunciando un poema profano. A veces volaban hasta la cúpula, pero oían atemorizadas los temores de aquella estatua profética. A veces rodeaban como un corro de niños pequeños al artista, y al unísono le recitaban canciones incomprensibles en su lenguaje de aves del limbo. El artista hacía tiempo que se había dormido en la inquietante conspiración, de aquella cripta, y ni siquiera podía prestar atención a aquellos ojos negros que parece que expresen el sueño de una noche oscura y sudorosa. La estatua cada vez tenía las facciones corporales más reales, y al mismo tiempo se asemejaban con mayor verosimilitud al artista. Sin embargo la expresión de su rostro era diferente, pues la estatua parecía que hiciera gala de un gesto tan imperial como doctril, como si se hubiese inmortalizado la estatua a sí misma. No obstante era una expresión inconfundible de dolor, como si lo estuvieran ahorcando en una plaza pública, o como si sintiese de una manera demasiado duradera el implacable azote de la muerte. Contrastaba sin duda alguna con las insulsas y pálidas gesticulaciones del artista. El artista sin darse cuenta había hecho un pacto con los invisibles destinos de aquella atormentada cripta, y vivía como lo hiciera un insecto apocalíptico en un campo de trigo de alguna elucubración artística sin par, vivía con los ojos abiertos y besando a la muerte sin pasión, era una sensación pura e inconfundible. Pensaba mediante los ruidos y los colores, puesto que las palabras habían desaparecido, sus emociones eran puramente pictóricas y auditivas. Su boca estaba sellada, puesto que hacía mucho tiempo que el manantial se encargaba de hablar por él. A veces entraba en aquella cripta un lobo salvaje que se había extraviado de su manada y que pedía consejo mediante desgarradores aullidos, a aquel manantial, pero nunca respondía, simplemente dejaba que el lobo se quejase en silencio. A medida que la escultura se iba perfeccionando con su tajante sentimiento, y a un mismo tiempo pesado como un edificio que se sostiene en el cielo, el manantial parecía que estableciese un misterioso dialogo artístico con la creación del artista. El manantial cada vez se enrojecía con una intensidad mayor, puesto que era el inconfundible color de la sangre. El corazón del artista gradualmente latía con una intensidad menor, pero aquello no perturbaba su precaria salud, porque se sentía mejor. Su sentimiento se congelaba como el hielo, y aquello era una bendición para su vejez prematura. Sin duda alguna, aquella sangre en el manantial, no era nada más que un signo profético. En breves momentos una violenta sensación azotaría el inmaculado pensamiento del artista. La estatua todavía necesitaba unos cuantos martillazos para ganarse la inmortalidad en un paraíso de piedra. De hecho la sangre de aquel manantial, era de una manera infalible un cruel esbozo artístico de la situación vital del artista. Había tenido un ataque al corazón pero no lo había percibido. La sangre del manantial, representaba la hemorragia causada por aquel inconmovible ataque cardiaco. De hecho había muerto, pero no se había dado cuenta de ello, y continuaba esculpiendo como si no hubiera acontecido absolutamente nada. Los pájaros que habían adivinado el significado de aquel color maldito, estaban colgados en la pared, a la espera de acechar implacablemente a su indefensa víctima. Entonces surgió algo que carece de palabras para explicarse. En uno de los innumerables martillazos que había recibido aquella pobre estatua, se escuchó un grito desgarrador que se esparció en todos los confines de aquella cripta. La estatua todavía estaba deformada, y no era todavía una imagen sagrada en un sentido estricto, pero el don de la vida le había visitado en un momento anacrónico. Aquel grito prematuro, parecía el de un pensamiento o una palabra de la cuál no puede encontrar una replica, o una explicación por el motivo de su existencia en ninguno de los resquicios más imperceptibles de la existencia. La estatua berreaba como un cordero apaleado, a cada martillazo, puesto que el artista permanecía inamovible ante aquellas quejas tan indecorosas como aterradoras. De hecho pensaba que podía aniquilar aquella vida insustancial, no quería imitaciones de su anterior vida perdida en un remolino fantástico. Había empezado a recordar y había recuperado la facultad del habla. No cesaba de insultar a la estatua mientras no cesaba de martillearla con una vitalidad sin raíz alguna, puesto que se había muerto aunque no se hubiese percatado de ello. El manantial hablaba desde sus egoístas profundidades y le suplicaba que dejase de torturar a aquella enfermedad naciente. Pero el artista no escuchaba a su propio corazón muerto, y continuaba maltratando sin piedad a aquel desperdicio existencial. A pesar de su rigidez la estatua intentaba moverse. Consiguió dar dos o tres pasos, pero debido a que su musculatura todavía era muy precaria, perdió un pie. La estatua estaba muy asustada, puesto que sentía mucho frío. Pero el artista era implacable, ya no le interesaba ser un mero verdugo del arte, sino que quería ser el patriarca de los verdugos. Perseguía a aquella estatua con el rostro deformado y con un pie de menos, pero la estatua no podía hacer nada para evitar aquellos punzantes golpes. Solamente pudo dar unos cuantos pasos, puesto que sabía que si salía de aquella cripta encontraría la salvación. En un momento de distracción el artista miró hacía atrás y vio el siniestro color de aquel manantial, adivino que aquello era el vestigio de otras edades. La estatua aprovechó el descubrimiento de su alma gemela, para encontrar calor en su interior. Su musculatura se volvió casi tan flexible como la de un cuerpo humano, y corrió hasta alcanzar la salvación. Llegó hasta el final de la caverna y cuando vio la luz, aquella estatua se redimió en apariencia de su disfuncional nacimiento. El artista se dio un cínico baño en aquellas aguas sangrientas, puesto que había descubierto que estaba muerto, pero todavía respiraba aire frío, y veía y escuchaba todo lo que pasaba en el mundo. No obstante todavía podría redimirse si exterminaba a aquella estatua fría, puesto que era recomendable en su peculiar situación, encontrar la salvación enfriando todos los tiempos de su existencia, para que su inminente muerte fuese muy pacífica y solidaria. Llegó hasta el final de la caverna y salió de aquel recinto sagrado, mientras los pájaros perseguían a aquella presa que parecía que era infatigable y que no podía detenerla ni siquiera la mismísima muerte. Cuando dio unos cuantos pasos fuera de su insana tierra prometida, vio como la estatua que él creó, además de ser él mismo, yacía inánime y pálida en el suelo, prácticamente derretida y con absolutamente ningún indicio de vida. La expresión de sus precarios ojos se habían hundido en un abismo del cuál jamás debían de haber salido. Todas sus extremidades de piedra estaban esparcidas en el suelo, y tuvo tiempo de ver, como aquella piedra se metamorfoseaba en un cadáver putrefacto que apestaba a muchos metros de distancia. En un instante y sin que se percatará se convirtió en aquello que él mismo observaba con devoción. No había ninguna duda de que ahora había muerto, pero todavía le faltaba soportar la dura prueba existencial de ser comido y picoteado por los pájaros.

 

EL ARTISTA DEL SUFRIMIENTO

En la plaza pública actuaba con regularidad un artista ambulante, con elevadas inclinaciones asceticas y con unas divagaciones silenciosas y fragiles, como la imagen que nos devuelve un espejo roto. Sin duda alguna aquella plaza se volvía mucho más sombría y pudorosa, cuando aquel insigne artista exhibia su arte que parecia que siempre iba a perder su rumbo, pero majestuosamente siempre volvía a enderezarse misteriosamente. La multitud no solía prestar atención a sus espectaculos, pero era conocido por fidedignas fuentes que disponía de un exiguo círculo de admiradores. Siempre que actuaba el cielo se oscurecia, y un extraño pavor invadía el animo de los transeuntes que solían evacuar aquel espacio público con un estrepitoso impetu. Solo se quedaban sus fieles espectadores, aunque últimamente se han ido perdiendo por el olvido o bien por un inmerecido descredito. Sus actuaciones carecían de guión aunque versaban irremisiblemente sobre un oscuro pasaje de la realidad que no suele llamar mucho la atención al auditorio: el sufrimiento. Sus espectadores siempre se hallaban disgregados, pues por ciertas conveniencias sociales, siempre debían aparentar que aquel espectaculo callejero no era digno de ser visto ni de ser oido, pues según la sabiduría de aquellas gentes, no debe de haber nada que pueda alienar el buen uso de los sentidos. Sus admiradores se situaban en posiciones estrategicas para disimular su ardiente interes por aquel siniestro rito cotidiano. Algunos vecinos, miraban desde sus ventanas con cautela, bajando un poco las persianas o las cortinas, para que ningún miembro de la multitud pudiera sospechar que aquella mezquina obra de arte que se esta despertando en la calle, pudiera ser el podrido fruto de sus pensamientos y sus preocupaciones. Otros fingían que hacían cola en alguna tienda ambulante, y estaban de espaldas al artista, pero se daban la vuelta sigilosamente para que sus conciudadanos no tuvieran mortificantes juicios acerca de su persona. La plaza era muy ancha y se extendía a lo largo de cuatro travesias. En un extremo se hallaban tiendas ambulantes de muy diferente estirpe: en unas se vendían ropa de segunda mano a muy bajo precio, diversos articulos domesticos de muy diversa indole, algunos animales de compañía tales como pajaros o cachorros de perro, o incluso se vendían muy barato libros que hacía mucho tiempo que estaban descatalogados. En el otro extremo se podían apreciar algunas tabernas, algunos hostales de muy baja ralea, y en general todos aquellos servicios al público que no se hallaban absolutamente sumergidos en la economía. El artista siempre se situaba en el lugar donde arbitrariamente lo había asignado el comerciante que lo contrato. Se hallaba de cara a una tienda en donde se vendía comida en muy mal estado y de espaldas a un burdel camuflado. El burdel se hallaba en el segundo piso de aquel edificio, pero vivían inquilinos corrientes hasta el septimo piso. El comerciante lo había contratado porque en ocasiones se hallaba muy cansado y no podía atender a su clientela, y resultaba un alivio para su prolongado esfuerzo en su comercio, la presencia del artista. La gente dejaba desierta aquella plaza, poseida por un subito instinto naciente, y en aquellos momentos, dejaba de prestar atención a su trabajo, para leer algún libro, o para consultar algun formulario de sus incontables facturas por atender. Los demas comerciantes se hallaban muy molestos por su actitud pero no se atrevían a hacerle ninguna reprimenda, porque era un hombre con muy mal temperamento y normalmente sometía a su interlocutor hasta hundirlo en la más profunda desesperación. El artista solía dormir en aquel comercio, y tenía que pagar un diezmo por su estancia y por permitirle actuar en aquellos lugares. Cuando terminaba su actuación, el artista habitualmente no había recaudado absolutamente nada, y como penitencia el comerciante lo ataba de pies y manos para que se esmerase más el día siguiente. No obstante su éxito nunca llegaba y la circulación de sus venas empezaba a colapsarse y a peligrar en su imprescindible tráfico sanguineo. El comerciante lo solía atar a conciencia, con mayor o menor rigorosidad dependiendo de su estado de animo en aquel día. El artista a pesar de los maltratos recibidos, trataba a su opresor con mucho afecto, y era objeto de su más profunda admiración. sIempre que el comerciante lo ataba flojo o en una postura poco incomoda, solía sonreirle amistosamente, y raras veces su simpatía era correspondida. La tienda ambulante del comerciante constaba de una mesa amplia y una silla. La mesa era de marmol y probablemente hubiera pertenecido a una rica estancia, pero el comerciante no podía venderla, porque era la única que disponía para exponer sus articulos. Como se ha mencionado anteriormente, se vendía comida en aquella tienda ambulante, que hacía más de tres años que no había cambiado su ubicación. La comida, era adquirida a muy bajo precio en un modesto hostal cercano. Procedía de los restos del desayuno que no habían querido comerse sus huespedes. A veces acudían los mismos huespedes a su tienda, para ahorrarse el precio de la comida en el hostal. Volviendo a las sofisticadas torturas que recibía el artista, diremos que era atado en las más tormentosas posturas. No solía llamar la atención, porque cuando el comerciante cerraba la tienda, aquella opaca manta, no translucía nada de lo que había en el interior del comercio. A veces lo ataba en una de las patas de la mesa, o a veces lo ataba tumbado en la misma. Sus actuaciones eran muy fugaces, y apenas disponía de tiempo para demostrar su talento, pero sabía que algún día algún importante empresario se fijaría en sus dotes artisticas y podría despedirse amistosamente de su tiranico opresor. Sus actuaciones eran muy irregulares y a intervalos de tiempo muy definidos, pero como se ha explicado anteriormente el cielo se nublaba. Casualmente siempre coincidía con el poco tiempo del cuál disponía para mostrar su talento. Entonces sus ojos quedaban en trance y su cuerpo era pesado como un edificio y rigido como una estatua. Normalmente siempre abría sus exiguas representaciones con un discurso con una coherente estructura gramatical, y con una creatividad que hubiera dejado pasmado a cualquier literato. Hablaba como si se encontrase encerrado en alguna cripta misteriosa, o en algún lugar alejado de la civilización, y nadie hubiera dicho por la particular entonación suave y vibrante de sus palabras, que se hallaba profundamente inmerso en la espesa jungla urbana. Citaba pormenorizadamente y con rigor pasajes de libros desconocidos y de olvidada recitación, algunos eran de religiones antiguas y otros de mitos arcaicos que solo podrían recordar algunos prestigiosos doctores. A medida que hablaba, el cielo se iba oscureciendo más y más, y las nubes soplaban histericas en su sordido peregrinaje. La luz se tornaba oscura y frivola, y la humedad aumentaba paulatinamente en intensidad. A pesar de que se tratase de un día soleado de verano, aquellos parajes se volvían lugubres e inescrutables. Sin embargo ofrecía un extraño mensaje de paz y prosperidad a los transeuntes, porque nadie lo asociaba con un mensaje apocaliptico, a pesar de que nadie osaba hablar del tema tajantemente y con verosimilitud. Hablaba con un microfono y su delirante voz podía escucharse muchas calles más allá, pero a pesar de lo ruidoso y molesto que pudiera parecer, nunca nadie se había quejado de aquella situación tan tediosa. Su voz se escuchaba más allá de su presencia como un ruido alejado en el tiempo, como una verdad que se ha ido metamorfoseandose a lo largo de los años sin dignarse en revelarse jamás. Mientras hablaba bailaba, como si estuviese poseído por un luctuoso destino, movía los pies y las manos, con una increible torpeza, y cualquier circo actuante lo hubiera contratado por lo inverosimil de sus movimientos de danza. De hecho nunca había aprendido a bailar, y cada movimiento que hacía era improvisado, pero si alguien que mueve unas marionetas hubiera intentado imitar su estilo debido a la elasticidad de los hilos y a la libertad de su expresión, hubiera sido un intento fallido. En sus discursos hablaba acerca del sufrimiento que causa la existencia y lo asociaba con la única substancia que fluye impetuosamente a lo largo de todos los tiempos. Según su doctrina el mundo es una llama que arde engendrando constantemente muerte y destrucción, la unica solución para preservar la vida y la existencia, es sufrir con intensidad, hallarse en intima relación existencial con esta llama. El ardor debe de ser negro e impio, pues el transcurrir de los días y de las horas, debe de ser un prolongado sentimiento de ardor y de temblor frío simultáneos. Es como si a cada paso que dieramos en nuestro desequilibrado pensamiento, quisieramos comulgar con la pureza del dolor, que nunca puede desvirtuarse en lo más hondo de su significado. No podemos dar un paso en nuestra incierta caminata, sin sentir ese sudor frío tan voluptuoso y profano, pues en el momento en que los sentidos se relajan la vida se mengua, pues quien se vende a las tentaciones de una vida insulsa y placentera, esta incumpliendo con los designios que se le han asignado. Su discurso versaba sobre estos derroteros. Posteriormente y tras hacer el discurso protocolario, las nubes se volvían muy grisas y tupidas en el cielo, los rayos del sol quedaban como hipnotizados por aquel siniestro conjuro y bajaban muy lentamente del cielo, como si estuviesen mareados. Aquello causaba un extraño impacto visual y sensitivo. Parecía que el tiempo solo transcurría en aquellos parajes, y que el movimiento de las cosas y los significados se habían detenido en el resto del universo. Entonces había llegado el momento más solemne y ceremonioso de su actuación. Dejaba de bailar y cerraba los ojos en actitud meditativa. Se arrodillaba en el suelo, y paulatinamente su voz se iba menguando más y más hasta confundirse con el debil soplo del viento.entonces pedía en voz muy baja y practicamente imperceptible, que los espectadores le ayudasen a comulgar con el unico fuego y la unica substancia, con la unica realidad, con el unico motivo de su existencia. Al ver que no recibia respuesta puesto que toda la multitud se había dispersado ya, y solo quedaban los ociosos comerciantes, mirando el cielo y esperando que volviese otra vez a ser claro para que volviese su clientela, se hundía en la desesperación y la miseria. Entonces mediante palabras todavía más imperceptibles y más incomprensibles si pudieran oirse realmente, imprecaba a que algún alma caritativa se acercase y le ayudase a conocer el dolor. Sus gesticulaciones eran tan limpias y claras como obscenas para cualquier juicio ajeno e ignorante de la solemnidad y religiosidad de su suplica. Para estos casos de emergencia en los cuales nadie se doblegaba ante sus imprecaciones, siempre llevaba una vara muy ligera y flexible con la cual se fustigaba la espalda y las piernas. Llevaba algodón en el interior de sus pantalones y sus camisas, y a veces dos o tres camisas y pantalones, pero no parecía que fuera suficiente para amortiguar los golpes, que eran firmes e indiscretos. Ante su expresión de dolor los comerciantes lo miraban perplejos, y no podían comprender como aquel hombre podía sentir tanto dolor sin desfallecer. Algunas veces se le acercaban y por compasión le pedían que fuesen ellos mismos quien le propinarán los golpes. No obstante siempre se enfadaba con ellos, porque no golpeaban lo suficientemente fuerte y solamente querían un protagonismo que no se merecían, porque nadie pegaba tan fuerte como él, y nadie podía conocer tanto dolor y tanta verdad como él mismo. Algunas veces se sentía muy cansado y dolorido y dejaba que los comerciantes, lo golpeasen, pero pronto sentía remordimientos y les recriminaba su incompetencia y su falta de horizontes morales tan claros como insipidos. Hasta ahora, no había encontrado a nadie que lo golpease tan fuerte como lo hacía él. Entonces el sol volvía a salir con todo su esplendor de una manera subita e improvisada. La multitud dejaba de sentir recelo y volvía a acudir masivamente a las tiendas ambulantes. Aquel momento era el que más odiaba el artista del sufrimiento. El comerciante lo venía a buscar y le pedía en voz autoritaria y convulsa que se retirase puesto que su espectaculo había finalizado al menos por un tiempo indefinido e impreciso. Sabía que aquel artista causaba una desagradable impresión y no podía permitirse el lujo de asustar a la clientela. El artista lloraba y le pedía que le dejase continuar con su actuación puesto que de esta manera nunca podría alcanzar la verdad, y ningún importante empresario podría jamás fijarse en él. Entonces el comerciante lo inmobilizaba con sus brazos de tentaculo, y mantenía sus articulaciones rigidas como el acero. Lo metía dentro de la tienda y lo ataba en una abertura secreta de la misma. Sus ligaduras le hacían retorcerse de dolor pero se sentía mucho más conforme consigo mismo y con sus perspectivas existenciales cuando predicaba su doctrina y aquello representaba un claro obstaculo para la más pura de las vitalidades. Por esta razón, pedía con un berrear lastimero desde su escondrijo que lo soltase. Entonces cuando el comerciante se percataba de la influencia negativa que podía tener el artista en los balances economicos de sus presupuestos, Cogía un pañuelo prestado a otro comerciante vecino y le amordazaba la boca. No sin antes decirle que era un pesimo artista, puesto que no golpeaba con el suficiente vigor y no conseguía llamar la atención de la plebe. Además debía de quitarse aquel algodón protector, puesto que no podía ser tan irresponsable y tan descuidado en su cometido. Entonces le arremangaba una de sus mangas y le mostraba ante sus avergonzados ojos la ausencia de cardenales y magulladuras en la superficie de su piel. Entonces lloraba en sus adentros y se recriminaba a si mismo su fragilidad como orador y como ciudadano modelico. En la tienda ambulante había una puerta secreta y el artista se hallaba amordazado y emparedado. Era algo muy parecido a estar encerrado y contorsionado todo su cuerpo en un infimo armario. Nunca podía recolectar nada y el comerciante ante tanta desidia y tan poca profesionalidad lo tenía encerrado en aquellas lamentables condiciones hasta que dejaba de fruncir el ceño con tanta hostilidad. Podían pasar en según que circunstancias desfavorables una semana entera emparedado en aquel escondrijo, pues si el comerciante no sentía absolutamente ninguna necesidad de ocio, y sus negocios fluian con claridad y precisión el artista del sufrimiento le era absolutamente prescindible. De hecho nunca era alimentado por el comerciante. Algunos de sus admiradores secretos y que nunca se habían atrevido a mostrarle su rostro, acudían a su escondrijo secreto. Le tapaban la cara y le daban de comer, pero siempre deglutía con mucha dificultad, y sus admiradores secretos habían de ser muy pacientes y cautos cuando le suministraban clandestinamente la comida. Alguna vez el comerciante los había sorprendido, y los había injuriado con las palabras más pesadas y dolorosas que existen. Les decía que aquel profeta seguia un estricto regimen y que aquellas comidas tan insanas no eran las más apropiadas, para el delicado estomago ascetico de aquel profeta, que cuando hablaba todo el cielo se volvia gris y tenebroso, y mucho más cuando se golpeaba con aquella vara, que debía de proceder sin duda de algún árbol sagrado. No obstante, a pesar de tantas objeciones en pro de la buena salud de aquel hombre que arruinaba paulatinamente su negocio, nunca le había suministrado comida. No obstante debido a los innumerables admiradores anonimos que tenía el artista del sufrimiento, nunca había padecido, ni por asomo, las terribles secuelas de hambrunas funestas para el intelecto y las más sublimes sensaciones misticas. En cierta ocasión llegó un autobus de turistas procedentes de distintos paises a las inmediaciones de aquella tienda ambulante. Casualmente el artista estaba en plena actuación, el cielo estaba gris como de costumbre, y las gentes se habían dispersado como era lo habitual. Los turistas completamente ajenos a aquella panoramica cotidiana, se extrañarón de que aquel hombre pronunciase tan extraños discursos y que nadie le prestase atención. Solo alguno de ellos conocía la lengua del orador, por lo que traducía simultaneamente todas sus palabras a los estupefactos rostros de aquel improvisado auditorio enmudecido. El artista del sufrimiento al ver que era observado con detenimiento y minuciosidad, intento extraer de su interior todos los conocimientos latentes de oratoria para poder causar una buena impresión a aquel publico tan nuevo y tan exigente. Cuando dejó de hablar pidió a todos los allí presentes, confiando ingenuamente en su prolifica espiritualidad, que le golpeasen con rigor y con pureza, para que pudiera asumir el más bello de los conocimientos y la más sana de las emociones. Un voluntario que se creía digno de llevar a cabo tal ambicioso proyecto, procedió sin demora, a satisfacer las duras exigencias de aquel artista del sufrimiento. Le propinó diversos golpes a aquel artista, en todos los rincones de sus extremidades, hasta que el artista se cayó al suelo desfallecido. Aquellos hombres se indignaron por la falta de profesionalidad de aquel artista, y dejaron en evidencia que era un falso profeta y que predicaba en unas tierras que no le correspondían. El artista del sufrimiento, se vió abandonado por sus fieles, que parecía que en un primer momento que se habían convertido a su religión. El artista del sufrimiento tenía la cara demacrada, no por el hambre de sus penitencias, sino por el hambre de la verdad. De una verdad que se escabulle en los resquicios más ocultos del alma, y que nunca desvela cual es el movimiento de su naturaleza. No obstante, entre el público había algún alma caritativa que le extendió con el brazo temblando, y con una mano huesada y cadaverica una moneda de muy escaso valor. El artista estaba en el suelo exhausto y no podía ni siquiera mover el brazo para recibir la primera retribución por su esforzado trabajo. No obstante le tiró la moneda al suelo, para que la cogiese cuando se pudiese reponer de su inhumano aunque insuficiente esfuerzo. El hombre que había echo de traductor, saludo cordialmente, a la persona que con tanta amabilidad los había atendido, a pesar de lo poco gratificante que les hubiese resultado, lo incongruente de su espectaculo, y además su poca diligencia a la hora de llevarlo a cabo. El artista dio las gracias con un gesto de asentimiento, y acto seguido los turistas, volvieron al autobus, para proseguir con su lúdica ruta turistica. El comerciante le recriminó con severidad su mediocre proceder en una situación tan trascendente, y le dijo que le correspondería una dura sanción administrativa por los desperfectos que había causado en el funcionamiento de su negocio. El artista no se podía mover del suelo, y tenía los ojos nublados, el cielo estaba gris y mantenía inflexiblemente su misma emoción cromatica durante un tiempo mucho más prolongado que el habitual, y no solo eso sino que además estaba más gris y con una perspectiva más nihilista para la visión trascendente que de costumbre. El comerciante intento mover del suelo al artista para volver a maniatarlo, pero le fue absolutamente imposible porque pesaba demasiado. Fue a pedir ayuda a algunos comerciantes, pero a pesar de las personas allí reunidas no pudieron levantar a aquel cadaver viviente del suelo. De hecho no pudieron moverlo ni un apice. Su cara se había desdibujado mucho y ahora era absolutamente irreconocible. Su rostro estaba muy palido y se hallaba practicamente en los huesos. Entonces ante el asombro general cerró los ojos para no volverlos a abrirlos jamás. Le palparón el pulso y comprobarón que sus funciones vitales se habían colapsado y ya no volverían a fluir durante el resto de la eternidad. Intentarón en vano trasladar el cadaver, pero cada vez pesaba más, y estaban convecidos que no podrían moverlo ni con la ayuda de una excavadora. No obstante, al cabo de una hora cuando la monotonía de aquellas gentes volvió a su cauce, se pudo escuchar desde otros mundos, una voz misteriosa, que procedía de aquel cadaver que todavía no había podido ser traslado, y que continuaba en el suelo ante la indiferencia de los transeuntes, y la voz rezaba en estos terminos, la siguiente frase: - “tú eres la vida que quiere engañarme, y yo soy la muerte pidiendote que te calles”. Cuando se escucharón estas palabras una flor, negra y marchita broto espontaneamente del cemento.

 

EL DADO Y EL VASO

Mirando una turbadora imagen que nace más allá de las pupilas, el angosto pasado volvía a renacer junto a su laurel marchito. El recuerdo era flexible y sutil como un sueño olvidado en las profundidades. Un dado azaroso y pueril, adornado en cada una de sus caras, con el mayestático semblante de antiguos emperadores del destino, caía irrevocablemente a lo mas hondo de un vaso vacío. El vaso flotaba en el aire, y estaba rodeado de un vapor gris y ondulado, que hacia extraños bailes fúnebres alrededor del vaso. Mientras tanto el dado abandonaba su posición originaria para volver a unas recónditas alturas. Cuando volvía por necesidad, daba miles de vueltas alrededor de si mismo, pero estaba condenado a caer siempre en el mismo sitio y bajo la misma postura. El mundo en donde nacía su visión, no tenía otro fundamento en su existencia, que el vaso y el dado. La imagen mental en ocasiones se paralizaba, y siempre renacía la esperanza que el vaso cayese bajo otros auspicios. Pero lamentablemente nunca era así, pues a pesar de las sucesivas congelaciones de su tiempo mas intimo, el vaso y el dado siempre se las ingeniaban para perpetuar sus movimientos. El origen de esta visión borrosa y recurrente, no cabe explicarla ni desde un punto de vista medico, social o religioso. Simplemente era algo que acontecía en su interior, con un paralelismo notable respecto a un hecho íntegramente físico. El pensamiento jamás lo preparaba mediante ningún tipo de premisas, porque era una visión con tanta simetría en su lógica que resultaba imposible que estuviese alumbrando el mismo sujeto aquella visión. Había una notable diferencia cuando se trataba de pensar en aquella visión, y cuando padecía la visión misma. Era algo que le resultaba muy hostil, pues la sagrada imagen del vaso y el dado, podían aparecer en cualquier momento. En el transcurso de una reunión de trabajo, en una conversación con una familiar o amigo, a la hora de la cena, entremedio de sus labores oficiosas o domesticas... lo más aparatoso y desconcertante tenia lugar cuando la imagen aparecía en el mismo instante en el cual soñaba. Se despertaba bruscamente, y desaparecía siniestramente el umbral entre el sueño y la vigilia. Entonces tenia la ardua y vaga sensación que había nacido de repente y que nunca existió el periodo de tiempo en el cual reposaba. En aquellos momentos en que la imagen impactaba contra sus anteriores pensamientos, permanecía en estado de trance. Sus amistades lo atribuían a una especie de adormecimiento o catarsis, o incluso algunos se aventuraban a pronosticar que se trataba de un estado catatónico. Sin embargo su medico lo desmintió al observar que sus constantes vitales, fluían de la misma manera que en un paciente consciente. En el intervalo del trance, apenas recibía estímulos del mundo exterior, pues en lo que respecta a su percepción del mundo exterior, cuando el trance era tangible, veía el mundo como una gran masa amorfa y opaca. Como si pudiese escuchar muchas cosas a la vez aunque de una manera difusa y distorsionada, y ver muchos senderos y grietas en estos senderos. Tan solo recordaba palabras muy concretas y acontecimientos muy poco alumbrados por la atención del presente. Tal visión hacia muchos años que había nacido en su interior, incluso con mucha mayor antigüedad que cuando aprendió a articular las primeras palabras. Sus primeros recuerdos de la infancia, se confunden con la aparición de aquella reiterada imagen en su mente. La imagen no ha cambiado jamás durante el transcurso del tiempo, como si se tratase de una idea eterna. El destello del vapor gris, su etérea danza, el girar del dado en el vacío, su posterior caída al vaso, y cada uno de los detalles del vaso, permanecían inmutables como ninguna entidad en este mundo. El vaso era opaco y cuando entraba el dado dentro de el, su pensamiento se oscurecía y se volvía muy lúgubre. Tan solo iluminaba aquel recipiente una oscuridad tan nebulosa como sincera. Cada uno de los reyes, que aparecían en cada una de las caras del dado, no habían pertenecido a ningún momento de la historia, y su indumentaria no se correspondía con ninguna mitología ni con ninguna narración fantástica. Lo que los identificaba como tales era su corona ornamentada con oro y diamantes. Podría ser que existiera una dualidad entre la dimensión en donde nacía su imagen y el mundo mismo, pero a pesar de que aquello representara una experiencia muy intima y vivenciada, se abstenía de todo juicio en lo que respecta a su visión. Le causaba un pánico vital ensordecedor, pues se trataba de una experiencia innarrable y estática, que solo podía ser explicada con palabras pero no con hechos. Su malestar iba creciendo paulatinamente a lo largo de los años como un alud, pero debido a lo inverosímil de su padecimiento, no podía encontrar una panacea universal que aliviase, su estremecedor viaje en el sinsentido. Según sus convicciones mas arraigadas, el dado no intentaba divulgar en su profecía un evento particular, sino que quería ser el mensajero de una verdad universal. La frecuencia de su delirio, era muy irregular, pero irremisiblemente volvía a manifestarse. No padecía de síntomas previos que le avisasen, ni había correlación alguna con su estado de ánimo. Simplemente era una visión caprichosa y desleal, que hacia acto de presencia aleatoriamente. Debido a su extraña fobia como llamaban algunos, o sublime delirio existencial como llamaban otros, se vio sumido en la más profunda soledad y al abandono de sus semejantes. Gradualmente y sin requerir de demasiadas explicaciones, las personas de mayor confianza fueron desapareciendo como una niebla densa y pesada. Se trataba de una persona muy introvertida, y no solía explicar sus preocupaciones mas controvertidas, pero su enmudecimiento causado por su visión, solían delatarlo antes o después. El tiempo que transcurría mientras estaba en trance siempre era de Treinta minutos exactos. Incluso en su infancia fue utilizado como cronometro humano por sus compañeros de clase, para saber cuanto les restaba de recreo o bien para saber cuanto restaba para que concluyese su clase. También su madre lo utilizaba para saber cuanto faltaba para quitar la ropa de la lavadora, o para sacar la comida del horno. Se había sometido a muchos exámenes médicos y psicológicos, sin encontrar ninguna anomalía, ni en su conducta, ni en su ciclo circadiano. Por esta razón, nadie lo considero como un enfermo real, sino como un lunático indomable y con oscuros perfiles antisociales. Sus visiones, lo privaron siempre de toda amistad duradera, y no había ninguna instancia en la sociedad a la que pudiese recurrir. Debido a su incompetencia profesional necesariamente forzada fracaso en todos sus empleos, y en los estudios no pudo superar la enseñanza básica. Cuando pasaba por el pueblo parecía que hubiesen inventado una consigna para comunicarse entre personas incluso extrañas, la presencia de aquel gandul que se dormía a cualquier hora del día sin el menor resentimiento hacia su propia persona. En los bares no lo dejaban entrar, puesto que si entraba en trance, no podría pagar en el momento en que correspondería abonar la factura. No obstante fue contratado en un circo debido a su capacidad de dormirse en las situaciones más arriesgadas e intrincadas: en la presencia de un león, en lo alto del trapecio, montando una bicicleta en miniatura en una trayectoria vertiginosa y en cualquier otra circunstancia. La señal de cara al público de que se hallaba en trance, consistía en que no podía parpadear, y estaba rígido e inmóvil como un cadáver. su profesión era muy arriesgada puesto que podía perder el equilibrio en el trapecio, ser devorado por el león al no poder hacer uso del látigo que lo domesticaba, caer en la bicicleta pequeña en el semicírculo de la rampa, y otros muy diversos riesgos con los que se enfrentaba a diario. Debido a que todo el mundo lo conocía, y era una persona con muy poca popularidad, el empresario del circo le obligaba a llevar una mascara a diario para no ser reconocido entre el publico como una escoria. El empresario, en el cartel de presentación del espectáculo decía que se trataba de una persona que padecía un insomnio incontrolable causado por una enfermedad hereditaria e incurable. Entonces el público asociaba su enfermedad a algo de carácter involuntario, con la finalidad de evitar prejuicios hacia el artista. Llevaba una mascara de una caricatura de un león, y en todos los espectáculos comparecía bajo la misma indumentaria. En algunas ocasiones se había dormido caminando en el trapecio, pero debido a su rigidez, incluso estaba mas seguro que un funámbulo nervioso que tiembla en una cuerda. En lo que respecta al león carecía de importancia, puesto que el león quedaba hipnotizado por el sueño visionario del artista. Pero en la bicicleta en miniatura, corría un severo riesgo, pero afortunadamente sus hondas miradas a lo desconocido, nunca habían tenido lugar en aquella controvertida actuación. El publico se deleitaba por el valor del artista, y a menudo le gritaban desde el pabellón, que mostrase su rostro, pero siempre respondía con voz de falsete para disimular su autentica voz, por si alguien pudiese reconocerle, que por motivos profesionales no podía quitarse la mascara. De hecho era utilizado muchas veces por el director del circo, para evitar que niños intrusos y curiosos, entrasen a molestar a los artistas. Solía mantener guardia en las puertas del circo y era como un espantapájaros de los niños curiosos. Llevaba unas ropas de muchos colores de payaso que hacia mucho tiempo que no se habían cambiado y estaban absolutamente desteñidas. Algunas veces pensaba en el dado y el vaso, y los niños aprovechaban la ocasión para entrar en el circo. Posteriormente el director del circo le recriminaba su irresponsable actitud, y lo castigaba sin cena. Dormía en la paja, cerca de donde se encontraba la primera fila de sillas. Todas las bestias estaban encerradas en sus jaulas por lo que podía dormir tranquilo. Al día siguiente lo despertaban con trompetas para que los artistas hiciesen sus correspondientes ensayos, puesto que el se hallaba excluido de ellos. Tenía un horario para ensayar diferente del resto de artistas. Los años pasaban y la sofisticada tortura del vaso y el dado, no cesaban de desolar a su martilleada mente. Tenía una gran frustración, porque siempre que pensaba en la imagen del dado y el vaso de una manera indirecta y no vivencial, podía hacer lo que quisiese con ella. En aquel momento su fantasía era libre. Teñía aquel mundo inhóspito de colores, lo decoraba a su antojo e incluso podía hacer desaparecer a aquellos incordiosos objetos. Esto solo lo pudo hacer tras muchos años y paciencia, porque en caso contrario se hubiese sumergido en una demencia de características nefastas. Pero era inevitable, el retorno de aquel hastió y aquella eterna repetición, de algo tan necio y mezquino que ni siquiera pertenecía ni a su vida personal, ni a ninguna preocupación existencial. Había aprendido a no plantearse el significado de aquella imagen, puesto que sabía que era un sueño prestado a otro mundo, y que por tanto carecía absolutamente de relevancia con respecto a la ordenada soledad que lo rodeaba. Nunca se había abierto una grieta en aquella visión, nunca había podido dialogar con ella, simplemente pasaba como una ráfaga de viento sin dar testimonio de su razón de existir. Sentía en su cerebro como si el mundo se partiese en dos, aunque prevaleciese el mundo ajeno con bastante mayor intensidad. Sin embargo un día algo extraño sucedió, que cambio su rumbo existencial para siempre. Poco después de despertarse con las trompetas acostumbradas, salio y se quedo custodiando las puertas del circo como hacia con regularidad. Era una puerta muy alta y desde la distancia parecía un enano, pero cuando uno se acercaba se daba cuenta que solo era un efecto óptico. El circo era plástico hinchable, pero tal era la cantidad, que podía hacerse pasar por un estadio cuando se inflaba del todo. Solían tardar un día entero en inflar y desinflar pero aquello no representaba inconveniente para los estoicos artistas. Por desgracia no había ningún compañero marginal con quien entablar amistad. No había ningún compañero deforme, ninguna mujer barbuda ni artistas por el estilo. Todos los artistas gozaban de una edad y un físico esplendido, puesto que tanto el público como el director del circo odiaban la vejez y la fealdad. Solo apreciaban un determinado tipo de arte, por lo que los artistas solo estaban autorizados a aprender unas determinadas acrobacias y a hacer gala de un determinado tipo de espectáculo. Cuando el artista estaba en la puerta del circo, como se comentaba anteriormente, siempre había un inmenso cubo de agua, que los artistas utilizaban para beber o lavarse tras un prolongado esfuerzo en el entrenamiento. Solía entretenerse tambaleando el cubo, y viendo como giraba un pequeño remolino en aquellas cristalinas aguas. Se imaginaba en su huérfana imaginación, que aquella era una puerta secreta a un mundo paradisíaco que había de desterrarlo de la tiranía de este y de la mendicidad del de su visión. Sorprendentemente cuanto más tiempo se quedaba mirando fijamente el cubo, mayor era el tiempo en reaparecerle su tediosa visión. Nunca había observado correlación alguna entre ninguna situación emocional y la aparición de su monótona visión. Aquello era motivo de júbilo, detrás de aquella mascara de león, pues tal vez aquel pozo podía ser la definitiva cura de su mal. Sin embargo todavía era muy temprano para hacerse ilusiones al respecto. Un día que estaba muy concentrado en la observación del cubo, vio algo que le dejo perplejo. Su visión había salido de él mismo y reposaba en las continuas espirales de la superficie del agua. No se había percatado de ello, pero aquella visión lo había abandonado para siempre. Poco después de aquella agua empezó a salir un vapor de un color gris (exactamente de la misma tonalidad que en su visión). Apareció un vaso que empezó a elevarse dos o tres metros por encima del suelo o del cubo, dependiendo del sistema de referencia. Curiosamente el vaso no estaba mojado, ni goteaba en absoluto. Poco después salio un dado del cubo y se elevo a unas decenas de metros. Entonces se arrodillo y pensó que había llegado el momento de que aquel dado malévolo, fuese el mensajero de otro sino, y que cayese en el cubo mostrando la cara de otro rey. Desgraciadamente no fue así, puesto que cuando el dado cayo de las alturas, volvió a caer de la misma manera que siempre lo había hecho. El vaso se acerco a el, como si quisiese burlarse, enseñándole lo que había caído en su inmaculado recipiente. Poco después salieron los artistas sudorosos tras su adiestramiento acrobático, y descubrieron atónitos a aquel vaso suspendido en el cielo. No había nada que lo aguantase, y no podía tratarse del truco de un hilo invisible, porque el visionario no podía disponer de aquella dote del ilusionismo de la que carecían los mismos artistas. Uno de ellos se enfureció. Cogio una escopeta y disparo contra el vaso. Sin embargo el impacto del proyectil reboto sin causar ninguna colisión ni fractura en el vaso, y casi hiere a alguno de los artistas presentes. Sabían que el responsable de aquel hecho sobrenatural era el visionario, y acusándole de practicar brujería, o ritos inmorales, decidieron expulsarle de la compañía circense, sin ni siquiera molestarse en consultar a su director. Con el vaso y el dado acompañándole allá donde fuese, nuestro visionario, tuvo que abandonar el circo para evitar un posible linchamiento de sus compañeros. No tenia ninguna posesión del circo, ni había hecho recaudado ninguna ganancia económica, se fue con sus ropas de payaso destellidas y su mascara. Puesto que su mascara era el salvoconducto para evitar los improperios de una masa escandalizada y rudamente altanera. Camino varios días hacia parajes solitarios, se adentro en el bosque para evitar miradas indiscretas. Pero a pesar de su soledad, no podía evitar la inconveniencia, de que aquel vaso le estuviese mostrando continuamente la cara que había salido tras el viaje del dado al cielo. Aunque intentase dar un puñetazo al vaso o tirarle una piedra, este le devolvía los golpes con la misma intensidad. Si le daba un puñetazo se hacia daño en los nudillos, y si le tiraba una piedra esta volvía y le golpeaba inexorablemente en la frente. Sin embargo la única ventaja de aquella materialización tan molesta de su visión añal, era que podía dormir tranquilo, si se tapaba con una manta, puesto que el vaso solo podía acariciarlo muy suavemente, y si la manta era muy tupida no podía hacerlo. Seguramente hubiese sido muy molesto si durmiese en un hostal o solicitase asilo humano, puesto que todo el mundo comprendería que no era más que el portador del destino. Decidió quedarse a vivir en el bosque y construir una cabaña, bajo la infatigable presencia del vaso, que no dejaba de mostrarle la cara del dado que había caído. Siempre intentaba cerrar la puerta de su precaria cabaña, y a pesar de que no había aberturas y que aquella cabaña era muy estrecha, el vaso siempre se las ingeniaba para entrar. Un día cansado de tanta prepotencia del destino, decidió interrogar a aquel vaso como no había hecho nunca, decidió gritarle, hasta que se le aplastasen los pulmones. Le dijo: - "yo no soy responsable de lo que me enseñas porque nunca me has enseñado lo que significa". Poco después y casi cuando la ultima silaba de esta frase había sonado, vino la respuesta rápida y mecánica del vaso, que nació de la profundidad de su recipiente: - lo que todo el mundo padece no tiene ningún significado, por esta razón, y solo por esta razón es absolutamente innecesario explicarles lo que significa, se que esto es tiránico, pero encontrarse en un sitio sin motivo ni razón, es lo mas razonable que se le puede ocurrir a una persona que existe.

 

FRACTURA EN EL ALMA

Existen muy diversos modos de fracturarse el alma. Lo más rutinario es cuando la fractura se produce en el interior del hipotálamo. Suelen cultivarse en tales casos, enfermedades psíquicas de muy diversa gradación. Sería una quimera describir pormenorizadamente todas las posibilidades clínicas, pero suelen tener un origen y unas consecuencias visibles que se podrían describir de una manera muy genérica. El origen suele remontarse a un hacinamiento existencial y a una evolución social desfavorable que suelen provocar delirios, en lo que respecta a las orientaciones trascendentales. Estas anomalías suelen manifestarse con el discurrir de los años o en la temprana infancia. Sin embargo el caso que nos ocupara esta narración es de una naturaleza tan singular y de unas tintas tan ininteligibles, que escapa a la consideración de cualquier ciencia exacta o empírica, y también se evade de los cánones mencionados anteriormente. El señor gonzalez nació en unas circunstancias tan inverosímiles como catastróficas. Fue alumbrado bajo la supervisión de una comadrona anciana en la residencia de sus padres. Los testigos de su nacimiento fueron su padre y un hermano suyo que acababa de cumplir diez años. Era un día gris de invierno, las nubes cubrían todos los confines del cielo, con su férrea y hostil capa que hería a las miradas que suelen adentrarse en la profundidad del horizonte. Prácticamente no había ningún indicio del sol, y no se prolongaría el conocimiento de su existencia, sino fluyera aquella luz tan disoluta y mermada, que parecía que tuviera el perfume de la más arcaica de las soledades. De todas maneras para no perturbar el ánimo de la parturienta, la comadrona había cerrado todas las cortinas, con la finalidad de que esta olvidase de que su vástago iba a ver la luz del mundo bajo unos auspicios tan desconcertantes. La parturienta estaba tumbada en un sofá, rodeada de una cazuela de agua caliente, y de escaso material quirúrgico que solo debía emplearse en caso de extrema necesidad. Tras unas contracciones y varios esfuerzos de considerable naturaleza, el infante emergió del sexo convulso y pálido de su progenitora, con unos llantos tan desgarradores y pronunciados que no eran los propios de un recién nacido. La voz de alarma empezó a extenderse silenciosamente y con temor en aquel desolado salón. En el mismo instante en que la comadrona practicaba la oportuna higiene al infante y le cortaba el cordón umbilical, se escucho un trueno avasallador y mortífero. Su plateada luz se extendió con tal ímpetu y fervor, que parecía que naciese de él un gas incoloro y sibilino. Fue tal el ruido, y la irrupción en la intimidad en aquel momento solemne, que por un momento se oscureció aquella sala, y quedó bañada de un azul arcaico y sobrenatural, dejando aquella sala envuelta en una sombra difusa, como si fuese la eterna estampa de un milagro. La madre respiraba con dificultad, a pesar de que había sido un parto limpio y certero, y no le había ocasionado ninguna inoportuna hemorragia vaginal. Era el frío sudor que caía de su pálida frente, como el del profeta que se sitúa en una atalaya emitiendo un grito desgarrador. el niño estaba sentado en el suelo y miraba distraídamente a su alrededor, buscando infructuosamente alguna razón para tranquilizarse. El reloj de pared, y su desnudo péndulo parecía que subiese y bajase al mismo ritmo que el respirar de aquellos testigos de aquel absurdo terror. La comadrona tomaba las constantes vitales de la parturienta, observando para su asombro que estaban congeladas y saturadas, como si su pensamiento se hubiese paralizado inexplicablemente. El padre sostenía al infante en una manta de delicada textura, mientras observaba con un aplomo implacable, como su vástago no dejaba de gesticular de una manera extraña, como si quisiese ocultar un dolor. A pesar de tener las facciones propias de las de un recién nacido, causaba pavor el significado de sus entrecortadas expresiones que rozaban la madurez. Tenía un aspecto saludable, pues tenía la piel rosada y todos sus miembros se hallaban en perfecto estado. Miraba muy fijamente, y con un brillo embriagador, y parecía haber reconocido aunque fuera de una manera lejanamente intuitiva, que era un ser extraño en el mundo. Lo más sorprendente, era que sus pulmones hubieran resistido aquel primer embiste con la vida, pues aunque un adulto hubiese llorado con tanto tesón, con toda probabilidad se le hubiesen fracturado los pulmones. En aquellos instantes había cesado de llorar, pero su semblante reflejaba un extraño pavor ahogado, y en su prematura emoción parecía para cualquier observador, que hubiese aprendido muy rápidamente a ocultar el dolor. Sus pies y sus manos se convulsionaban con timidez, y parecía que estuviese intentando escabullirse de los inflexibles y protectores brazos de su padre. Balbuceaba con un sonido prácticamente antinatural, y parecía que la frecuencia de sus sonidos fuese absolutamente regular y premeditada. El padre alejándose de las perturbadoras miradas de la comadrona y de su esposa, que parecían que lo interrogaban de una manera satírica y absorbidas en el laberinto de una inexplicable locura, decidió tumbar al infante en su lecho marital, para inspeccionar con rigor las razones de aquel comportamiento tan atípico en un recién nacido. No era un hombre supersticioso, pero examinó su cuerpo, para ver si podía encontrar alguna cicatriz extraña o algún misterioso emblema de metistofenes o de alguna fuerza impersonal desconocida. Para su tranquilidad y pudor interior, no encontró ningún estigma ni nada que recordase a una maldición. Pero entonces sucedió un fenómeno espantoso y de incalculables consecuencias, pues se iba a producir una fractura en el alma del infante. Debido a que estaba encendida la leña del fuego, no era necesario arropar al infante, pues hubiera sido somero e incluso desaconsejable para mantener la óptima temperatura corporal en el infante. El infante estaba tumbado en un lecho confortable y miraba a su progenitor fijamente, como si supiese a pesar de sus emociones teóricamente vegetativas, que su padre existiese e incluso conociese el rango y la unión filial que los asociaba como padre e hijo. Era una mirada avasalladora, que interrogaba incluso con mayor exigencia y requerimiento que la más anciana de las personas. Podía decirse que no era una mirada en absoluto indigente. Detrás de las espaldas del padre había la chimenea encendida, y el espectáculo de aquellas llamas parecía que llamaban la atención del infante, como si reconociese el peregrinaje de almas perdidas. La chimenea era de ladrillos y con un semicírculo prácticamente perfecto, y el atizador estaba colgado en la pared. El infante miraba fijamente el atizador, como si quisiese hacer un extraño conjuro en el fuego si tuviese la capacidad motora para hacerlo. De repente, el infante empezó a hacer gala de un extraño baile de convulsiones descontroladas que pareciese que quisiesen emular las ondas en espiral violetas del fuego. se movía cada vez con mayor esfuerzo, y a pesar de que el padre intentaba sostenerlo con delicadeza para que dejase de hacer aquellos esfuerzos inútiles, el infante no dejaba de contorsionarse. El padre grito con aplomo reclamando inminentemente auxilio y la comadrona acudió prestó a su súplica. Sin embargo al observar desde el umbral de la puerta, aquella escena tan aterradora, sus ojos se congelaron hipnotizados por el fuego, y se convirtió momentáneamente en una estatua viviente. Entonces el infante empezó a berrear, y en una voz tan aguda como perturbadora, como si fuese un ángel embrujado que propone una tentación extraordinaria, dijo en un tono apenas imperceptible pero lo suficientemente claro: - déjame. El padre se sobresaltó y dejó de acariciar las carnes del infante que empezaban a arder como el mismo fuego. Dio dos pasos hacía atrás y sus ojos se nublaron puesto que la mirada del infante brillaba con la misma intensidad que una estrella lejana. El infante entonces empezó a gritar y de sus carnes aparecían y desaparecían considerables bultos, como si tuviese una criatura dentro que hubiese de salir. Entonces se le perforó espontáneamente el estomago, pero no daba la impresión de que se tratase de una herida incurable, sino de un proceso absolutamente natural de su organismo. Sus carnes se movían con una perfecta organización, y no se observaba a ningún órgano interno que no cumpliese con su función eficientemente. De su estomago salió otro infante, de las mismas características físicas que el otro. Entonces su herida se le cerró y ni siquiera le quedo cicatriz. Ahora estaba absolutamente tranquilo y había perdido la profundidad de la mirada que lo había distinguido en el momento posterior de su nacimiento. De hecho en aquel preciso instante había empezado a comportarse como lo hubiera hecho realmente un infante neonato. Su respiración era tranquila y pausada y había perdido el agarrotamiento interior que lo había caracterizado anteriormente. Sin embargo el otro infante tenía un aspecto pálido y enfermizo. Asombrosamente eran idénticos en facciones y tamaño, no había ningún rasgo que los distinguiese de una manera notoria. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de gemelos, pero no eran gemelos, sino que se trataba de una fractura del alma. Los dos tenían la misma nariz respingona, los mismos labios finos y carnosos, exactamente la misma cantidad de pelo, la misma prominencia en la frente y en los pómulos, y sobretodo la misma marca de nacimiento que tenían ambos en el pie derecho. Parecía un lunar grande y abultado que iría menguándose cuando se les estirasen los huesos. Sin embargo a pesar de tantas similitudes extraordinarias, solo había un pequeño detalle que los distinguía, y era su peso. El infante que había nacido de su estomago, era muy escuálido y raquítico, y miraba de una manera desconcertante, temeroso de que cualquier silbido de aire pudiera llevárselo. Parecía un insecto baboso y asustado. Sin embargo la otra parte de su alma fracturada, tenía un aspecto vigoroso, y de una excelencia inusitada. Parecía que las secreciones de su sudor fueran agua del más puro de los manantiales. En contraposición, el niño escuálido parecía que tenía un sudor de un color azulado, si se observaba con mucho detenimiento, y su saliva parecía que fuese la de un tuberculoso. Cuando el padre adquirió el uso de la razón, tomó una decisión drástica y tajante. Para evitar comentarios acerca del indecoroso nacimiento de su vástago, y que las malas lenguas vibrasen con repugnante arte, decidió ocultar todo lo sucedido y escondió el niño enfermizo. La comadrona había sido testigo de lo sucedido, y compadeciéndose del mal sino de su padre, decidió ocultar aquel bastardo indigno en un lugar inhóspito y hostil, inaccesible para cualquier rumor malévolo. Lo envolvió en una manta sucia que había sido utilizada para lavar al infante sano, y sin preocuparle que pudiese contraer alguna infección. Salió a la calle, y decidió entregarlo a cualquier persona que aceptara hacerse cargo de él le pareciese honrado o deshonrado. Fue a la plaza pública y a pesar de que ya estaba muy avanzada la noche, pudo encontrar a alguien que aceptase una responsabilidad tan indigna. Se encontró a una anciana vagabunda y con evidentes síntomas de padecer alcoholismo. Estaba sentada en el banco y parecía que mirase con extraña aprehensión aquella luna en cuarto menguante. Tenía un saco en el que guardaba despojos de comida y ropas tan desgastadas que eran inservibles. Tenía los cabellos largos y grises como el cielo en el cuál tuvo lugar el tormentoso nacimiento de aquel infante. Tenía muchas arrugas dispersas en su rostro y una prominente cicatriz en la mejilla derecha. Iba vestida con una túnica de seda y de muchos colores, que parecía la propia de una pitonisa. Entonces miró a la comadrona como si estuviese esperando su visita y le dijo antes de que pronunciase palabra: -“ rara vez se produce una fractura del alma con consecuencias tan visibles como aberrantes, es un misterio de la misma trascendencia que la doctrina trinitaria, aunque irresoluble en un grado parecido. El niño sano y el enfermo son la misma persona. Aunque parezca mentira, no se trata de ninguna maldición, ni ninguna travesura de Belcebú, ni ningún castigo del altísimo. Simplemente se trata de una enfermedad incurable, porque nadie sabe lo que significa que ambos niños sean la misma persona, ni siquiera ellos que se conocen mejor que nadie saben lo que significa. Sin embargo existirá una extraña relación entre ambos vértices de un mismo ángulo. El niño enfermo solo podrá purgar las faltas del niño sano. El niño sano se convertirá en un bellaco, y extorsionará la virtud de todos aquellos que lo rodean. Cada vez que el niño sano cometa una mala acción, el niño enfermo recibirá espontáneamente una pequeña cicatriz en su cuerpo. El niño enfermo a pesar de que padecerá una hipocondría exacerbada durante el resto de sus días, tardará mucho tiempo en morir, puesto que vivir se convertirá en una maldición. Solo una cosa te diré vieja comadrona puritana: - el día en que el niño sano vuelva a ver la manta en que ahora mismo esta envuelto el niño enfermo, se encontrarán y algo muy extraño acontecerá.”. La comadrona le dio el niño sin reparos sin escuchar las turbadoras profecías de aquella pitonisa en decadencia. Pasaron los años y los sombríos pronósticos de la anciana se cumplieron al pie de la letra. El niño sano se convirtió en un hombre fornido, y lleno su cuerpo de tatuajes en honor de sus malévolas hazañas. Poco antes de cumplir los diez años de edad, ya sabía como humillar a su padre, y conocía perfectamente cuáles eran las debilidades de su espíritu. Hacía uso de las más pérfidas estrategias para causar culpabilidad en su corazón. Su madre murió cuando todavía no había aprendido a hablar, debido a un incontrolable ataque de ansiedad que se prolongo durante muchos meses seguidos, debido a las indiscriminadas miradas incriminatorias del infante. Sabía cuando la había de mirar y cuando había de causarle pavor y espanto. Cuando se hallaba en el cochecito y su madre se miraba al espejo, lloraba con un llanto hipnotizador, y causaba en su madre una delirante visión de su propia imagen. Poco después la madre sufrió un ataque catatonico, y fundió el espeso hielo de su trance con lloros inconcebibles y maquiavelicos. A pesar de no ser consciente de lo que hacía, su instinto se hallaba muy desarrollado, y había adquirido la destreza y la habilidad de una lechuza para capturar a su indefensa presa. Su madre envejeció muy rápidamente y en los pocos meses que duró su extraña persuasión emocional, consiguió que perdiera toda noción de la realidad, con el incomprensible conjuro de sus lloros. La mirada de su madre cada vez estaba más hundida, hasta que causaba la impresión de que no era propiamente ella la que miraba, sino una mirada eterna e impersonal como si fuera el mismísimo paso del tiempo, que hubiera conquistado toda la memoria de la madre. Sus lloros eran desgarradores y misteriosos, y no parecían los de un infante, sino los de un refinado instinto, que no puede encontrarse ni en la juventud ni en la madurez. A su hermano lo mató de una manera muy meticulosa. Le dijo cuando contaba seis años de edad, que había perdido una estampita cerca de un acantilado, y sabiendo que era una zona muy peligrosa, lo mandó allí conociendo perfectamente la dificultad del terreno, y la perfecta bravuconería de su hermano. Tropezó con una roca, que había colocado él mismo de una manera estratégica, y se precipitó al vacío. Como necesitaba la acaudalada fortuna de su padre, espero hasta alcanzar la mayoría de edad, para hacerse cargo libremente de toda su hacienda. Cuando llego el momento propició enveneno a su padre con arsénico, causándole una lenta y dolorosa muerte. Poco después amaso una gran fortuna de considerables dimensiones, mediante negocios corruptos y estafas con la rigurosidad de las ciencias matemáticas. En cambio el sino del niño enfermo fue muy distinto, pues estuvo repleto de tragedias que mermaban gradualmente su delicada salud. La anciana que estaba a su cargo, murió cuando contaba con apenas diez años de edad. Se vio obligado a mendigar, y solo pudo sobrevivir, por su raquítico aspecto incurable. Su rostro siempre fue invariablemente pálido, y amarillento como el más intrincado de los licores. Su cuerpo se fue llenando progresivamente de cicatrices, sin que pudiese adivinar su inexplicable origen. Mendigaba con las manos convulsas, como si fuesen las velas de un barco que se mueven irregularmente en una tempestad. Sus ojos se hundían en un vacío de inconmensurables dimensiones y el brillo de sus ojos centelleaban como si fuesen electricidad negra. Su sombrero siempre fue el mismo. Era de paja y lo resguardaba de los inclementes temporales. Era un mendigo ambulante, y debido a su inoperante salud, no tenía la habilidad para aprender juegos malabares, ni el entendimiento lo suficientemente fluido para pronunciar complicados discursos de oratoria que tan necesarios eran en los mendigos ambulantes. Sin embargo, su cara era como un poema de espinas y zarzas enrevesadas, y no necesitaba de ningún arte para causar compasión en el público. Su mundo era muy obsoleto e intrincado, y a pesar de aparentar la singular locura de un alma solitaria, se hallaba en sus plenas facultades mentales. No había recibido adiestramiento lingüístico de ningún tipo, pero siempre se inventaba extraños poemas que nadie entendía. Normalmente siempre quedaban inconclusos, y los olvidaba con mucha facilidad. A veces se inventaba letras de canciones, y con su voz de tuberculoso, causaba una poética admiración en todo aquel que lo observaba en la clandestinidad. Tenía los cabellos grasientos a pesar de que se lavaba con frecuencia en el río. Normalmente padecía todo tipo de enfermedades tan dolorosas como fugaces. Todos ellas eran cíclicas y solían volver con la exactitud de las agujas de un reloj. A veces sentía punzantes dolores en el estomago, agarrotamientos que paralizaban su cuerpo, vómitos convulsivos a pesar de que comiera víveres en buen estado, fiebres que aumentaban sus insondables temores existenciales, y las consabidas cicatrices que causaban la amarga impresión de que tuviera más de un cáncer a la vez. Su piel era muy blanca y no podía someterse a los rayos del sol aunque fuese invierno, por esta razón siempre iba tapado con numerosas mantas. Tenía un aspecto esquelético, y no podía correr más de un minuto seguido sin ahogarse. Cojeaba con frecuencia, pues debido a las largas caminatas que su desagradecido oficio le exigía, sufría con frecuencia contusiones, y se había fracturado el menisco o el tobillo en más de una ocasión. Solía tener abominables pesadillas, repetitivas y asfixiantes. Siempre soñaba en el cielo gris que lo vio nacer. La imagen era inmutable y absolutamente fidedigna, y a pesar de que desconocía su origen, le causaba mucho pánico. Solía soñar que estaba suspendido en el cielo, inmóvil, y que esperaba estoicamente que una nube tormentosa lo atravesase con su rayo azul. Exactamente el mismo que aconteció el día en que fue alumbrado. Sin embargo en un extraño día tuvo lugar la profecía de la anciana. Cada año acudía con frecuencia a un bosque. La razón era muy simple. Siendo niño seguía en secreto a la anciana, y observaba como se adentraba en la espesura del bosque y se quedaba mirando fijamente un árbol. En el árbol había colgado en una de sus ramas una manta, con oscuras manchas de sangre. Le causaba mucha impresión ver como ondeaba, y que a pesar de que cayese una lluvia torrencial o una fuerte corriente de viento, la manta jamás cayese, a pesar de que no estuviese atada con ningún nudo. Aquella extraña pregunta de su infancia iba a tener respuesta en su madurez. El bosque estaba repleto de frondosos pinos, sin embargo aquel árbol era completamente diferente y contrastaba con todos los demás. Se parecía a un roble, pero no lo era exactamente. El árbol siempre había tenido aspecto enfermizo, y a pesar de lo podrido que estaba, nunca había perdido ninguna de sus ramas. La senda que llevaba a aquel árbol era cómoda y confortable, estaba repleta de hojarasca, pero no había ni inmensos pedruscos entre los cuáles había que hacerse paso, ni tampoco animales salvajes. No solía morar prácticamente nadie en aquellos terrenos vírgenes salvo los caminantes que se habían perdido. Entonces el niño enfermo escucho el galope lejano de caballos, y el vociferar de jinetes que hablaban en una jerga tan arrogante como incomprensible. Se distraían disparando a todo lo que había a su paso, a pesar de que aquello no era una buena zona de cacería. Entonces uno de ellos, precisamente se trataba del niño sano. Ordeno a todos los demás que se fueran a su señorío, pues tenía que atender en privado un asunto de suma importancia. Nadie se quejo, pues todos sabían las terribles consecuencias que acarrearía desobedecer a su señor. Oyó como su comitiva se perdía en la lejanía. Sin embargo los pasos de los jinetes que se alejaban no eran ni por asomo tan solemnes como el que se acercaba a pesar de su ensordecedor bullicio. El niño sano, llevaba una armadura y un yelmo que ocultaba su rostro. Su armadura era plateada y tenía varios agujeros, vestigio de antiguos combates. Sin embargo no habían conseguido estropear la solemnidad de su vestido bélico. Entonces el niño sano se apeó de su caballo con un movimiento elegante digno del más hidalgo de los caballeros, quito las espuelas y la montura al caballo, y lo ató a un árbol. Se acercó al niño enfermo y reconoció enseguida a la parte perdida de su alma fracturada. Ambos se conocían con precisión y detalle a pesar de que no se habían visto nunca. No se saludaron ni emitieron palabra alguna, pues era absolutamente prescindible decir nada, puesto que en un solo instante, cada uno de ellos conocía acerca de la vida y obras de su parte perdida del alma con absoluta perfección. El niño sano, trepó al árbol y cogió la manta ensangrentada. Después empezó a reírse de la enfermedad y la fealdad de su parte perdida. Empezó a restregar la cara de su parte defectuosa con la manta, pronunciando en silencio toda clase de insultos y aberraciones. El niño enfermo no podía defenderse, solo podía dejar que procediese su parte corrupta. El niño sano empezó a golpear al niño enfermo y lo dejó prácticamente inconsciente en el suelo. Fue a buscar su caballo y sacó de él una cuerda. Con ayuda del caballo colgó al niño enfermo en una rama baja. Antes de dar una patada al caballo para colgar definitivamente a su parte defectuosa dijo en voz alta, a pesar de que ambos podían leerse el pensamiento: -“ te voy a colgar junto a esta abominable manta, porque me da vergüenza que un individuo tan repugnante haya podido salir de mis carnes y profanar mi sagrado nacimiento, esta manta esta corrupta, y solo te pertenece a ti, fue pura en el momento en que nací, pero cuando nuestra vieja comadrona te la dio a ti, perdió toda su pureza y se corrompió. Tú solamente eres el sufrimiento, y todas las cicatrices y recónditas enfermedades que tienes en tu cuerpo, no son más que mi humillación y vergüenza. Yo soy el placer y la vida, y quiero ser eso solamente. Cuando te halla colgado mi armadura será de oro, y desaparecerán todas sus abolladuras. Mi alma nunca más volverá a quebrantarse, será goce y belleza puros, y en el olvido quedarán el sufrimiento y el dolor. Cuando te haya colgado seré más inteligente y malvado que nunca, y nunca más nada ni nadie pondrá obstáculos a mi maldad y a mi éxito.” Dichas estas palabras que resonaron en la profundidad de los bosques, dio una patada al caballo y dejo que su parte vergonzosa se retorciese de dolor en aquella soga. Montó en su caballo y ni siquiera quiso ver como moría. Sin embargo mientras paseaba tranquilamente pocos minutos después sintió como el cuello le apretaba mucho. Perdió el conocimiento para no volver a recuperarlo nunca más. Poco después se vio como un hombre con un brazo musculoso y otro atrofiado, un hemisferio de su rostro pálido y el otro vigoroso, estaba suspendido en el aire colgado de una cuerda, con evidentes indicios de haberse suicidado.

 

UN HOMBRE FICTICIO

Un hombre ficticio, esta hundido en el mundo donde se pintan sin esmero los límites de nuestro lenguaje. Su rostro es un símbolo olvidado, una de las hojas que cayo del árbol de la fantasía de toda la humanidad. Sus tribulaciones no tienen raíces en la tierra. Escribe su historia con sangre olvidada, con pensamientos atroces que los dispersa un aire virginal y quebrantador. Pero a pesar de tan arraigados orígenes en el sinsentido siempre nace y muere en el mismo sitio. Lo pueden ustedes observar, en cualquier momento, a cualquier hora y en cualquier lugar. Su desgracia es ser ligero y escurridizo como el paso de una palabra a otra en una frase, y de carecer de nombre. Nadie ha inventado a este hombre, porque existe desde que se escucho la primera palabra en un mundo desnudo que estuvo esperando millones de años para que alguien hablase de él, o le pusiese un nombre imposible. No es un dios, sino una canción sin autor que nunca cesa de sonar, en un eco que no tiene origen en ningún punto, sino que se escucha en todos los sitios, con una vibración uniforme y consensuada. Todos los poetas, todos los ensayistas de teatro, todos los narradores de novelas, escuchan sus gritos de pánico en su inspiración. Se creen que es la iluminación de un teatro, los matemáticos gestos estandarizados de los actores, las caras que pide la plebe, un borroso sentimiento que pide que se le etiquete con un código de barras decente. Pero están en un error porque ese grito desgarrador tiene cara y ojos aunque siempre este oculto a la luz del mundo. Porque según un principio metafísico imposible de refutar, toda la realidad esta dentro de un círculo sin fronteras, y no deja de girar sin descanso. No puede existir nada fuera de las fronteras del mundo. Pero no es cierto, porque lo que esta más allá de las fronteras de la realidad, también nace, crece, se reproduce y muere. La presencia de tal hombre anónimo e impersonal es una apocadictica prueba de que la mente solo puede abarcar lo que le interesa a su código genético. Pues bien, hasta ahora solo he descrito el marco en el cuál vive tal hombre, ahora existe la necesidad de pintarlo con palabras borrosas y profanas. He descrito un mundo desnudo sin líneas, ni colores, ni dimensiones, ahora voy a proceder a correr el riesgo de todo escritor, volver de su mundo tras padecer una experiencia mesiánica, y adaptar una pasión amorfa, a un complejo mundo inmanente que tiene tediosas reglas. Pues describiré su mundo como un niño pequeño explica su dibujo a su maestra. Tal hombre escucha al mundo encadenado desde diferentes perspectivas. A veces esta encadenado en las puertas de un centro comercial, a veces en un banco en el juzgado, a veces en un banco en el congreso de los diputados, a veces en una reunión de literatos, a veces en una asamblea extraordinaria de vecinos, a veces en un aula universitaria donde tiene lugar un examen, a veces en la discusión de una pareja, en la soledad de una persona, o en cualquier lugar donde se perciba el nauseabundo aroma del sufrimiento. De hecho, siempre esta encadenado en el mismo árbol, pero se mueve al mismo ritmo del mundo, de la misma manera que la tierra gira alrededor del sol. Su vivencia es similar a la del sol. Pues esparce sus rayos por doquier y en cada región de su mente infinita, tiene el insigne testimonio de un rayo de sol. Pero son rayos de sol clónicos porque sino no podría saber quien es, y ni siquiera que es. Su mente es como una habitación con infinidad de televisiones. Y puede ver y escuchar en un solo instante lo que acontece en el mundo. Pero el árbol al que esta encadenado no tiene memoria, y no necesita crecer porque siempre ha tenido el mismo tamaño. Su tronco es absolutamente liso y homogéneo en toda su superficie. En ocasiones sus versos bailan al mismo ritmo que el mundo, como las flores malditas crecen en nuestras pesadillas. Siempre le pide a un ave ancestral e infame, que le devore una mezquina parte de su cuerpo por cada desgracia extraordinaria que acontece en el mundo. La invoca con poemas y con oraciones que se congelan en el viento. Este es una de sus oraciones canónicas: - "los lunes lloro con sangre negra, y el abatimiento de tus alas hace que el mundo se estremezca ante el paso de tu negra poesía, por una palabra borrosa ahogada en el recuerdo, y enterrada en el dolor, picotéame con finura y discreción en uno de mis dedos. Los martes mí mente se ilumina con la luz de un eclipse imposible, entonces me miras como una sombra estúpida que se retuerce de dolor en el suelo, por una mentira silenciosa y pálida, picotéame con elegancia y esplendor en el brazo derecho e izquierdo sin preocuparte por mis gritos porque nadie los podrá oír. Los miércoles el cielo parece tan metálico como el revolotear mecánico invisible de tus alas consagradas, entonces vuelas en mis cielos malditos y con la profundidad de tus ojos de ave, me encuentras en todas las nubes donde me oculto, por muy grises que sean, por un delirio malgastado y una herida que no puede cerrarse con el algodón de todas las nubes del cielo mortal, picotéame con sarcasmo y bravuconeria en mis piernas temblorosas y cobardes, sin preocuparte por el sempiterno desierto que tendré que caminar después. Los jueves un sudor frío, como el aire que entra por la ventana y me despierta cada mañana, vuelas allá donde las estrellas reposan en la sabiduría eterna, por la asquerosa tinta que fue utilizada para escribir sentencias lapidarias en un templo, picotéame con aburrida nostalgia en el estómago para averiguar cuáles son los insanos alimentos de mi espíritu. Los viernes la luz de la luna corteja a tus ojos de ave carroñera con sensuales bailes cíclicos, mientras viajas hacía la línea del horizonte alejada de mí, por una flor suave y perfumada que se pudrió en un instante en mi desolado jardín, picotéame con indiferencia y al azar en el pecho, para causarme heridas inauditas y con extraños emblemas. Los sábados te miras en el espejo plateado del mar, sin percatarte que toda la sangre de mi espíritu, intenta con esfuerzo reflejar tu mitológico semblante, por una mirada desafortunada y terrenal como el polvo, picotéame al ritmo de las pesadas agujas del reloj del campanario del mundo, hasta llegar a mi inútil corazón de plástico carnoso, pero todavía no lo enseñes al mundo porque aún no quiere dejar de sufrir. Los domingos el sol esta escondido en el horizonte del mar, las nubes las mueve un viento apocalíptico, las sombras se comen todos los recuerdos que pasan ante ellas, los labios negros pronuncian borrosos auspicios, todas las estaciones forman una extraña amalgama de sensaciones perdidas en el cielo, por un inmenso pozo que crecerá toda la eternidad en un desierto indomesticable, saca mi corazón de mis entrañas con exquisitez y ternura y enséñalo al mundo como señal de tu victoria".

 

EL VIAJE

Me desperté sobresaltado por un insidioso ataque de pánico, que había emergido de un sueño tenaz y tristemente lúcido. Eran cerca de las cuatro de la madrugada, y me hallaba en una playa solitaria. Había decidido descansar en una de las fronteras que separan a los dos únicos desiertos del planeta, porque un instinto abrumador devoraba paulatinamente los grisáceos colores de mi conciencia. Según mi concepción la playa es una atalaya del sinsentido, y avistarla con decoro, puede originar una perfecta fluidez y movimiento de todas las estatuas del pensamiento. Sin embargo mi despertar lejos de percibirse a si mismo como la curación de mis males nihilistas, adquirió conciencia de sí mismo en un acto de una obra de teatro en donde se produce una purgante catarsis. Estaba rodeado de niebla mendaz y dadivosa
con las infames agujas que se clavan en mi prematuro cerebro, experimentador de nuevos instrumentos de tortura. Apenas podía vislumbrar la orilla con claridad a pesar de que estuviese ubicado a unos pocos pasos. La niebla era como un vapor ondulado, que navegaba en el aire acariciando el vacío con una sublime mezquindad. Parecía como el vapor que sale de una olla a presión por la divulgación de su enérgica profecía, reptando en el aire aislando al tiempo de la mente en un mundo oscuro y pérfido. La niebla bailaba al ritmode un sueño maldito, causando una epidemia en las artes y en los poemas que quieren volar a lo más alto de los cielos. Aquella niebla tan espesa ocultaba la desnudez inmaculada de la playa en todos sus confines. Tan solo podía escuchar el leve murmullo de las olas que levitaban en el aire de una manera fugaz y con parsimonia. Hacia mucho calor y el sudor caía de mis mejillas y mi frente como gotas clónicas e indiferenciadas. Como un destello homogéneo y opaco. La arena ardía como si el sol no la hubiese abandonado en toda la noche. Era de color rojizo e incluso era más transparente a la
visión que la propia niebla. El cielo estaba nublado y ocultaba parcialmente a la luna llena, que estaba sumergida en un sueño púrpura. El viento soplaba con calma acariciando a la arena con suavidad. Aquella niebla parecía persistente como si estuviese aguardando a alguien, como si quisiera convertirse en la cuartada de un crimen, como si hubiese de ser el escenario de un delirante acontecimiento. De pronto fui testigo de una estremecedora visión que hizo que el palpitar de mi corazón fuese más audaz e intrépido y sonase con más pompa que todos los invisibles acontecimientos que tenían lugar en silencio, sin que mi instinto pudiese sintetizarlos en una sensación tranquilizadora. A lo lejos en el mar pude ver un resplandor del color de una esmeralda. Era una luz que no parpadeaba y se manifestaba discreta pero tenaz. Parecía como el brillo de una joya maldita. Sin lugar a dudas se trataba de una embarcación siniestra y clandestina, porque no podía tratarse del rayo perdido de un lucero o de la chispa de un espíritu ancestral. La niebla empezó a disgregarse impulsada por designios místicos, pero todavía habían de permanecer algunos vestigios de aquella imagen congelada del tiempo, que tanto había aterrorizado a mi pálido devenir. Entonces pude ver el majestuoso mar púrpura que había estado prácticamente oculto desde que me desperté. La embarcación era un velero, con el mástil muy alto causando la impresión en la distancia, que la embarcación era mucho mayor de lo que aparentaba. Sus velas ondeaban con mucho ímpetu a pesar de que el viento era muy escaso. Podía ver de una manera borrosa y encriptada a varios miembros de la tripulación que se asomaban en cubierta, como si estuviesen celebrando una reunión de suma trascendencia. Parecía que discutían de una manera mordaz, pues mi sibilino oído escuchaba el rumor de la agitación de las aguas mezclado con ciertos chillidos distorsionados. Desde aquella distancia tan abismal no hubiera podido avistar nada en condiciones normales, pero la iluminación del velero era electrizante y diáfana y el cielo era azul y limpio. Pude ver como sepultaban el ancora en el fondo de la superficie, y lanzaron un bote al agua custodiado por tres marineros. Remaban con fuerza y se dirigían con un esmero inverosímil hacía mi orilla, como si temiesen que alguien los aguardase y después los abandonase colmado por la impaciencia de su espera. A medida que se
acercaban pude distinguir con nitidez sus rostros. Vestían con telas llenas de harapos y rasgaduras y sombreros anticuados, uno de ellos era el comandante del bote, y daba instrucciones a los remeros para que aligerasen el paso. Poco después amarraron el bote para que no se lo llevase la corriente sin mediar una sola palabra conmigo. Entonces los dos remeros se quedaron custodiando el bote y aquel que tenía la voz cantante se me acercó con paso firme y decidido. Tenía la barba cerrada y canosa, los cabellos poblados de un gris parecido a la sal marina, tenía un pañuelo rojo atado al cuello, y los ojos le chispeaban con vivacidad. Se situó a una distancia prudencial a mí, a pesar de que el cuchillo que le pendía en el cinturón era un claro salvoconducto de su persona. Entonces me dijo: - "caballero de la noche pitonisa y embaucadora, jinete de cielos sin estrellas, acróbata de la filosofía oculta entre nubes grises en vuestro cielo amargo, pregonero de tormentas lejanas, rapsoda de olvidadas historias y costumbres, brillo de plata podrida que alumbra en la oscuridad, música asfixiada que se escucha en la eternidad, eco de arcaicos sufrimientos. Habéis sido condenado por el tribunal espectral a peregrinar en lo inescrutable oculto a la visión del mundo en la claustrofóbica bodega de nuestro velero". Mientras pronunciaba estas palabras la luna se reflejaba en sus ojos como un satélite a la deriva. Su rudo aspecto, y el siniestro tono de voz, le concedían una implacable autoridad, que era extraño encontrarla en ningún ser de tan baja estirpe. Al ritmo de sus palabras, sus subordinados lo seguían con
clarividentes muecas y gestos de mano fútiles y endiosados. Sin lugar a dudas los dictados morales de su superior, eran tan elocuentes, como aquella áurea luz que derrama justicia por doquier. Yo, sin embargo, no entendía aquel derroche de poesía ficticia y visceral, y como yo era el supuesto acusado y no comprendía los cargos que se me imputaban, alegue que no comprendía sus palabras, me defendí ante aquel ataque anónimo e impersonal del siguiente modo: - "¿ bajo que cargos se me acusa?, ¿ que derecho tienen ustedes a arrestarme en esta noche tan pálida y repleta de bruma?, mi único delito ha sido padecer los aciagos síntomas nihilistas que me oprimen y escuchar con tristeza las burdas conspiraciones de la noche. Tan solo estaba dormido en la playa esperándome a mí mismo, y no a un juez, tan desconsiderado como usted y con tan poco conocimiento de la ley". El supuesto juez se desgarró las vestiduras ( que por cierto ya estaban prácticamente rotas y resquebrajadas), con una dignidad propicia para pintar un cuadro que se recuerde en tiempos venideros. Sus subordinados se acercaron y me prendieron ambos de cada uno de mis brazos. Estiraban con fuerza y mis raquíticos músculos padecían un agarrotamiento insoportable. Yo no oponía resistencia porque veía brillar el cuchillo del juez como una estrella maldita en el firmamento. Aquel juez- contramaestre me leyó los cargos con voz tajante y a un mismo tiempo suave como el oleaje del mar, se saco de su bolsillo descosido un papel arrugado y procedió a la lectura del documento supuestamente oficial, pues no se veía ningún sello del juzgado del distrito:- " se os acusa de profanar las esperanzas más íntimas de la humanidad, de llamar al día noche y a la noche día, se os acusa de haber traído esta niebla ancestral y luego expulsarla para ocultarla a nuestros justos ojos como prueba de un delito nihilista, se os acusa de vejar a la sacrosanta autoridad llamándola ignorante, se os acusa de hablar desde un mundo desde el cual no podemos nunca capturaros( el de la narración), se os acusa de dormir en la playa como un vagabundo a horas intempestivas, practicando de esta manera ritos de poesía luctuosa y profana. Ahora acompañadme pues os espera un largo viaje en nuestro velero durante el resto de la eternidad." Sus esbirros me retorcían las manos y los brazos como si me estirasen con cadenas, para disuadirme de mi impracticable huída. Me obligaron a arrodillarme en el bote mirando hacía el suelo, como el más indigno de los cautivos. Entonces, el juez-contramaestre obligo a sus subordinados a remar con todas sus fuerzas, mientras él entonaba un himno triunfal. La mar estaba en calma, y plateada con una serenidad aterradora. Durante mi breve estancia en el bote intente comprender los pantagruelicos cánticos de mi opresor, que entonaba como un piano desafinado y carcomido. Pero no pude porque cantaba en una lengua extranjera o extinguida. Poco después embarcamos en el velero, subí unas escaleras mientras una multitud me aguardaba expectante en cubierta. En el mar se veían manchas de luna pura, pero hube de dejar de contemplar aquel espectáculo majestuoso porque el juez me amenazaba furioso con el cuchillo, instigándome a que subiese las escaleras con avidez. Aquella escalera de cuerda estaba untada de resina y casi tropecé varias veces, pero un ánimo seguro e imparcial me condujo hasta cubierta. Mis captores llevan férreos guantes, por lo que subieron las escaleras con suma comodidad. Fue entonces cuando entré en el velero de los sueños perdidos. En cubierta me esperaba un laberinto de hombres dispuestos en círculos concéntricos alrededor mío. La mayoría de mis raptores padecían abominables deformaciones o visibles y horrendas amputaciones. Según su gradación llevaban en la cabeza pañuelos de distintos colores. El grumete llevaba un pañuelo rosa, el vigía llevaba un pañuelo azul, el contramaestre (que se había desprendido de su vestimenta civil) llevaba un pañuelo negro, los marineros rasos llevaban un pañuelo blanco, y el resto de oficiales llevaba pañuelos marrones. Todos los marineros habían venido a recibirme como si fuera un huésped de alta alcurnia en vez de un preso común. La madera del barco estaba tan húmeda y carcomida que parecía que había naufragado varias veces. Los mástiles de la embarcación eranincomprensiblemente altos y apenas podía alcanzarse con la mirada su cima. Los nudos estaban muy mal hechos, pero a pesar de todo la vela aprovechaba el viento con nitidez. El oficio de vigía era el más arriesgado y había que practicarlo con mucha cautela. De hecho había una jerarquía en los vigías según escalasen el mástil a mayor o menor altitud. La razón era muy sencilla. Por mucho que gritase el vigía superior no podían escuchar sus informes el resto de la tripulación, y habían de transmitirse el pregón un mínimo de cuatro vigías. La arquitectura del velero era esplendida en una primera impresión, pero todavía había de ver los camarotes. En el suelo había infinidad de trampillas e infinidad de atajos supuestamente para transmitir las instrucciones del capitán con mayor eficiencia. En el velero no había izada ninguna bandera, y sus tripulantes hablaban en muy distintas lenguas, pero todos hablaban un idioma común que se había inventado el lingüista de la embarcación. Parecía un idioma no académico mezcla de todas las lenguas que se hablan en tierra. Tanto proa como popa acababan en un ornamento singular. Se trataba de una imagen sagrada, mezcla de un ángel y una sirena. Puesto que se trataba de una imagen piadosa. Al parecer habían pensado en teorizar sobre un nuevo dios, los marineros tenían frecuentes tertulias teológicas, pues incluso habían redactado las primeras líneas de un tratado de derecho canónico. Algunos literatos escribían fábulas o mitología acerca de su dios. Cada año se celebraba un certamen literario y el ganador escribía un capitulo en su libro sagrado. De hecho la religión no
estaba absolutamente instituida puesto que el nombre de su dios era diferente para cada marinero. En cubierta se practicaban todo tipo de oficios liberales: economistas, empresarios, jueces, abogados, fiscales, profesores, corredores de bolsa, ministros. el velero parecía que se tratase de un fragata pero había un palo mayor que lo alejaba de tal descripción. El capitán de la " fragata" podía decirse que era el presidente de un estado multicultural. El velero nunca zarpaba en tierra, puesto que hacía muchos años que deambulaba por todos los océanos, incluso por los glaciares. Nadie conocía el secreto para sobrevivir sin abastecerse nunca, pero esto era una cuestión que solo era de la incumbencia del capitán, y de algunos de sus consejeros más bien avenidos. Tras toda esta exposición introductoria del lugar en donde me aventuré procederé a relatar mi primera y ultima aparición en sociedad. Mis captores me miraban como un dios corrompido, como un ídolo de masas que carece de buena reputación, como una ola gigantesca fugaz que enseguida deja de llamar la atención. Había tantos tullidos y tantas personas que habían perdido sus facultades mentales, que era raro que todos persiguiesen un sueño y una meta comunes. El capitán no podía acudir a presidir mi interrogatorio, porque había demasiada gente, y hablar con un altavoz hubiese asustado a aquellas fieras que hubiesen armado un tremendo barullo. Por lo que recorrieron a una decisión comúnmente aceptada para casos como aquellos. Entre dos personas levantaron al capitán y lo tumbaron en sus hombros. De esta manera pudo hacerse paso entre aquella marabunta de hormigas desnutridas y desquiciadas; de mano en mano, lo transportaban como si hubiesen de mantearlo. Si el capitán hubiese intentado acudir al altar simbólico por iniciativa propia hubiese tardado al menos una hora en llegar hasta la presencia del acusado. Tras muchos abucheos contradictorios e
insoportables, mi juez se aproximo con el rostro visiblemente cansado y pálido, con síntomas de padecer una extraordinaria enfermedad. Respiraba con un temblor inusitado, a pesar de que su posición era privilegiada con respecto al resto de asistentes. Estas fueron sus lapidarias frases de bienvenida a su cautivo: "estáis acusado de no creer en la vida y la muerte. No podéis negar las acusaciones porque desde vuestra más temprana infancia os he estado observando con mi catalejo detector de fuerzas negativas. Este catalejo es como el prisma de la verdad, donde se acumula toda la energía espiritual del cosmos, puesto que en nuestra iconografía representa el punto medio de una recta infinita. Solo enseña lo trascendente y relevante a los ojos de cualquier mortal o inmortal. No se trata de ningún oráculo, sino que es un presente eterno que muestra con nitidez el insigne espejo de la verdad. No necesita de interpretación ni de literatura. Dado que los cargos se demuestran por si mismos procederé a explicaros quienes somos, y en que consiste vuestra condena. Tarea más difícil y extensa en mi función como magistrado, escuchad caballero de pálidas facciones. Somos el velero sin nombre, el umbral entre lo más fantástico y extraordinario y de lo más real y pesado. Somos un velero a la deriva que navega en el sinsentido por el resto de la eternidad. Construimos los días con pesadas rocas y levantamos monumentales edificios adorando la belleza de lo trascendente. Muchas veces hemos naufragado pero siempre nos hemos vuelto a despertar en el mismo sitio, puesto que somos la semilla misma del eterno retorno. Si os pareció grande y tumultuosa nuestra cubierta es porque todavía no habéis visto nuestros laberintos en las bodegas de este velero. Aquí solo se encuentran unos pocos privilegiados, que tienen el derecho a ver el semblante del mal para purificar sus almas. Nunca preguntéis, el nombre del velero, porque es lo mismo que preguntar el nombre de dios, y ambos nombres son igualmente heréticos. Nunca preguntéis el nombre a ningún tripulante porque todos lo hemos olvidado hace muchos siglos. De todas manera no os queda mucho tiempo para entablar amistad con vuestros jueces, porque la sentencia se cumplirá en breve. Os encerraremos en un calabozo, donde siempre se sufre y del cuál nunca se quiere salir. Desde ese escondrijo tan peculiar y encantado, sentiréis que el embiste de las olas se multiplica por cien. Sentiréis el temblor de todos los mortales, en el constante zozobrar de vuestro calabozo. Rayos maléficos y de ancestral conjuro os partirán las entrañas a latigazos eléctricos. Una oscuridad sin nombre os hundirá los párpados sin compasión. Los días os acontecerán al ritmo del zozobrar causado por los temporales. Y ahora, escolten al preso a su viva sepultura repleta de víboras nauseabundas." Cuando el juez emitió su veredicto, sus palabras resonaron en mis oídos como el sonido que escuchan las conchas encantadas de mares perdidos en el olvido. Tres hombres fornidos, aunque deformados y tullidos se convirtieron en mis guías hacía el inescrutable dolor perecedero. Uno de ellos tenía una cicatriz que le atravesaba todas las mugrientas mejillas y le llegaba hasta lo más abajo del cuello. Le faltaban todos los dedos de la mano derecha y cojeaba con una elegancia inusitada. Este opulento personaje no me dirigió la palabra en mi purgante senda, por lo que ignoro el origen de su historia. Otro, no dejaba de tararear absurdas canciones, y escribía en un bloc de notas las rimas que le parecían más interesantes, aunque fueran oligofrenias. Tenía solamente un ojo, por la maldición de un pérfido nacimiento. Le faltaba un brazo, pero el otro estaba robusto como el más digno de los esculturistas. Tenía el pelo escrupulosamente rizado y dorado como el oro del atardecer. Sus ojos eran felinos y acechantes. El tercer personaje era tan forzudo como una barra de hierro. Me llevaba con una sola mano como si sostuviese un saco de patatas vacío en sus herculeas espaldas. Toda la multitud se disgrego con una metodología prácticamente perfecta, y sincronización digna de la más asombrosa de las mecánicas. Empezaron a caer cabos de los mástiles tras accionar una palanca secreta. Todos se balanceaban en las cuerdas como simios perfectos. Describían sofisticadas trayectorias en el aire para no chocar los unos con los otros. Parecía como una tela de araña, que no puede atarse nunca. Otros cayeron en trampillas precipitándose en siniestros hoyos, que los conducían a sus habituales puestos de trabajo. En menos de un minuto la cubierta quedo absolutamente desolada, causando la incomprensible sensación que mi sueño se habíametamorfoseado. Entonces el de las rimas dadaístas me dijo: - "como eterno preso tenéis derecho a que el camino a vuestro cautiverio sea lo más lento posible. Os eximimos de participar de esta burocracia exagerada y mutilante de los sentidos. Os conduciremos a vuestro calabozo por sendas lentas pero seguras, para conocer con precisión los alrededores de vuestra prisión." Dichas estas cortantes palabras en el viento, el hombre hercúleo, me soltó de su brazo tirándome al suelo como una manzana podrida. El hombre manco me causó una temible luxación en mi brazo apretándolo fuertemente contra mi espalda. Mientras el hombre forzudo descontento con su anterior acción, me movía el otro brazo en todas las direcciones fracturándomelo por todos los sitios. El de las rimas dadaístas me hablaba con camaradería, y me comentaba con tranquilidad cuál era el camino que habíamos de seguir. Entonces abrimos una puerta hermética que se encontraba en el ecuador del barco. Bajamos una escalera, por un camino muy estrecho, iluminado por velas que derramaban fuego de muchos colores. Fueron pocos los escalones que nos llevaron a otra puerta. Cuando fue abierta, varias venas chispeaban en mis asombrados ojos. Un salón muy lujoso adornado con muebles de cuantiosa valía y con diamantes esparcidos por todos los confines, saludaban con educación a los hipnotizados ojos que adoraban la belleza y la riqueza. Había una inmensa fuente que respondía a los corteses narcisismos de los diamantes con la pureza de su transparencia. En la fuente había una estatua de una urraca, que parecía que cobrase vida rodeada de tanto lujo y esplendor. Había varias mesas donde distinguidos caballeros discutían acerca de política, y el humo que salía de sus puros danzaba en el aire como un cortejo de pensamientos que van a rendir pleitesía a la urraca. Un camarero los servía con una discreción que no se enseña en ninguna escuela de la vida, vertiendo el vino con una galantería sublime. El techo era incomprensiblemente alto, y no correspondía en absoluto, con los pocos escalones que habíamos bajado desde que partimos de cubierta. En el techo había pinturas de los dioses que ha creado un artista profano. Eran como personajes inmóviles sosteniendo el tiempo e inventándolo con su soplido, que otorgaban a los mortales, soplando a palacios y a monasterios, que se veían de una manera confusa en la parte inferior de la imagen sacra. En cada uno de los extremos del salón había una balaustrada de mediocre diseño. Aquellos hombres ahogados de tanto espacio imposible, no nos prestaron atención. Excepto, uno de ellos que disculpo a sus contertulianos con una formula de etiqueta que ninguna retórica hubiese podido intuir. Lucía un impecable traje de una tela exquisita, con corbata, y un reloj de bolsillo que le pendía discretamente. Tenía un peinado arcaico y que daba mucha dignidad a su avanzada madurez o incluso vejez para el observador indiscreto. Tenía el pelo y las cejas, blancas como una luz extraordinaria. La nariz prominente y los ojos pequeños como el punto de una i. sus facciones eran muy simétricas y podría decirse que describían el numero áureo. No obstante tanta elegancia y juventud tan bien conservadas contrastaban con la palidez de las expresiones de su semblante. Se acercó a nosotros, mientras el resto de tertulianos nos ignoraba por completo. Sin preámbulos y presentaciones rimbombantes propias de la alta sociedad, me dijo secamente aunque con una voz acostumbrada a hablar en público: - "como habréis observado caballero nihilista, este velero tiene más pasadizos y estancias que todos los palacios que han existido nunca. Sabed que yo no os juzgo a vos por vuestro delito, tan solo me limito a acatar ordenes del alto mando. Es mi deber informaros que estamos en un mundo, donde no cambia nunca nada. Como sois un recién llegado todavía vuestra intuición no ha podido adivinar nada de este mundo y vuestro respirar lo hace de una manera impropia. En pocos días sentiréis como los días se acortan o se alargan sin ninguna apelación a la más elemental de las causalidades. En mi camino de la mesa hasta aquí he sentido de una manera ambigua que llegaba de un solo paso, que hablaba con muchos hombres a la vez y que moría en infinidad de veces, me he sentido alegre y me he sentido triste, me he sentido joven y me he sentido anciano. Pero que no os engañen las apariencias porque aquí nadie es nadie y nada es nada. He sido todos los personajes de esta embarcación y todos sus personajes en algún momento han sido yo. La luz viene y la luz va. En definitiva, en este velero vida y muerte forman un cuerpo compacto y homogéneo". Dichas estas palabras el camarero se acercó enfurecido como un tigre, corrió como un histérico, con un pañuelo de cloroformo para sedar al caballero. Acto seguido dijo sosteniendo entre sus manos al inconsciente cuerpo del caballero: - "lo siento pero hoy el caballero no ha hecho bien la digestión, y debo llevarle a sus aposentos para que se restablezca en breve". Los caballeros que estaban en la mesa al ver la delicada situación de su camarada, acompañaron al camarero, para prestarle los cuidados necesarios a uno de los tertulianos más importantes de su selecto club social. Mientras esto acontecía el de las rimas dadaístas tocaba la guitarra como un chico que hace la confirmación, pío creyente, que acaba de ser testigo de un milagro. Sus otros dos compañeros bailaban y tocaban la pandereta diciendo con socarronería que dada es su dios. En aquel momento de distracción hubiera intentado huir, pero me dolían tanto los huesos debido a sus maltratos, que no hubiera podido escapar aunque hubiese tenido valor. Poco después mis funestos acompañantes, se relajaron y volvieron a estrujarme los huesos como a zumo de limón. Nos dirigimos a una de las paredes que había cerca de la fuente enlutada, y abrimos una de las tres puertas que allí habían. Bajamos por una escalera en forma de carcacol durante un tiempo indefinido, y fueron tanto los pasos para bajar, como los pisos de un rascacielos. En las paredes había colgadas muchas copias de un
mismo cuadro. Era el retrato de una señora mayor vestida como una moza. Cuando los escalones se acabarón, llegamos a una especie de galeria parecida a la de una penitenciaria. Atravesamos un inmenso pasadizo y nos cruzamos con celdas rocambolescas y a presos que armaban mucho barullo, o que no dejaban de emitir insufribles gritos de pánico y angustia. Si mis calculos eran racionales tras haber recorrido nuestra delirante trayectoria nos encontraríamos a 15000 metros debajo del velero, puesto que me he olvidado mentar que antes de llegar a prisión cogimos un ascensor que nos bajo 400 plantas más abajo. En la cabina del ascensor, no se veía absolutamente nada, y mis captores tocaban los botones al azar. Pero parecía que el ascensor pudiese leer el pensamiento de sus ocupantes. Tras cruzar un amplio corredor y ver a tantos presos estramboticos ( no recuerdo la cara de ninguno de ellos, pues era tan vulgar que costaba mucho acordarse de su cara aún y
habiendolos tratado un día y yo solo tuve la oportunidad de verlos unos cuantos segundos y escuchar sus gritos ahogados en la penumbra de su calabozo. Cada celda tenía un numero y recorrimos 1500 celdas hasta llegar a la mía. Finalmente el de las rimas dadaístas se sacó unas llaves del bolsillo, y abrió la puerta. Mi hercúleo guarda me sacudió un soberbio puñetazo partiendóme dos o tres dientes como señal de despedida. Me dierón una patada en el trasero, y me introdujeron dentro de la celda. curiosamente aquella sempiterna galeria de condenados ilustres, no estaba custodiada por ningún guardia. Aquello era algo muy parecido a un desierto. El de las rimas dadaístas cerró la puerta con llave y me dijo que nunca más saldría de allí, ni volvería a tener contacto humano. De hecho los gruesos muros de mi celda, volvían descabellada la idea de hablar con otros presos. Mire por la ventana y sus barrotes. Estaban cubiertos por un cristal, y desde allí podía ver
agua de mar de profundidades inverosimiles. En mi celda había un silla, repleta de cuchillos incrustados por lo que era imposible sentarse, la cama era de similares caracteristicas, pues podía ver un triangulo de tres cuchillos en la superficie de la cama. Había una mesa con varios papeles, muchos potes de tinta, supuestamente para que escribiese unas memorias que no podían concluir nunca. La luz era ténue, pero suficiente para no tropezar con aquellos potenciales riesgos ya descritos. De repente pensé en las palabras del caballero de la mesa, y surgió en mi la loca esperanza de vivir en la carne de otras gentes. Pero entonces razoné que la locura del mundo, solo esta orientada para hacer el mal, pero jamás el bien. Sin pensarmelo dos veces, cogí pluma y papel, pues sin duda alguna tendría que escribir
para defenderme de mis acusaciones durante toda la eternidad.

 

HOTEL ALMA UNIVERSAL

Hace algunos años, en un día indeterminado de octubre, hice un descubrimiento de suma importancia, por un extraño capricho del azar. Deambulaba por una siniestra callejuela, que se abría a mis sentidos como un arcaico mamotreto de dilatado conocimiento. Sus muros eran densos y rígidos, y estaban dispuestos en perfecta consonancia arquitectónica. No había ni ventanas ni puertas, se trataba de una superficie gris y pulida como una escultura virginal y neonata. Un vapor grisáceo se concentraba en aquel siniestro lugar, como las palabras profanas en los lenguajes puros. Aquellos lúgubres parajes rendían culto al olvido con un ímpetu ahogado y desquiciado. Caminaba a la luz de aquel día decadente, que empezaba ya a esbozarse pálidamente en el horizonte del cielo, con un paso mecánico y tembloroso. Aquel vapor ondulado, ocultaba el mundo conocido para mostrarme uno nuevo. En la lejanía de aquella calle, se escuchaban desgarradores ruidos silenciosos. Eran similares a cadenas oxidadas, junto a los inútiles esfuerzos de una desconocida criatura para liberarse. De hecho caminaba bajo el dudoso amparo de aquellos sórdidos flujos espectrales, que se convertían en su atormentada danza, en el visible eco de mundos olvidados. Aquel vapor era tan espeso, que me obligaba a caminar apoyado a la pared para no tropezar en aquella penumbra espectral. Seguramente aquel conjuro se expandía en su manifestación, con el mismo dinamismo que aquel vapor de tránsfuga naturaleza. A medida que avanzaba en aquel sendero inescrutable, bajo la protección de mi descarriada fantasía, escuchaba cada vez con mayor nitidez, las borrosas imprecaciones de aquel preso que moraba encadenado al final del pasadizo de aquel callejón. Solo podía ver de una manera imprecisa a un metro de distancia, y había de caminar muy atento, para no perturbar la mágica sinfonía de aquel sueño errante. Finalmente mis ojos tropezaron con las paredes del final del callejón, y con la torpe sombra de un mono. Entonces ante mi asombro y descalabro, aquel vapor viajó con una celeridad espantosa a lo largo de aquella calle, hasta llegar a su fin. Entonces ascendió y se perdió en las inmensidades del desierto que devora perpetuamente la vista. Cuando aquel vapor desfilo ante mi presencia en su repliegue infernal, me causó un agudo pinchazo en una región del cerebro desconocida por mí, hasta aquellos tenebrosos instantes. Ante mi volvió a presentarse el crepúsculo en su manifestación cíclica y cotidiana. El mono a pesar de que aquella comitiva espectral nos había abandonado no cesaba en su empeño de agitarse y de invocar al dolor de su cautiverio. Estaba encadenado en una farola, e iba vestido como el botones de un ascensor. Parecía que no se había dado cuenta de mi presencia, y que una locura pálida y borrosa se había apoderado de su visceral semblante. Tenía la estatura de un bebe, y los brazos robustos como un atleta. Detrás de la farola, limitando prácticamente con la pared, habían varios trozos de papel mecanografiados a modo de tarjetas de visita. Intente acercarme con cautela, pero el patetismo de sus agresivos ademanes me disuadieron de mi curiosidad. Pocos segundos después, aquel arrogante simio, se calmó, aunque no ceso de mirarme con una hostilidad penetrante. Con unos movimientos tan elegantes como mecánicos, se acercó al tesoro doctrinal que custodiaba, y cogió uno de los papeles que tenían el formato de una tarjeta de visita. Extendió su brazo, hasta donde le permitían sus cadenas, y logré hacerme con su fútil presente con un movimiento prácticamente inconsciente de mi brazo. Me alejé de aquel indomesticable preso, con paso firme y decidido pues sabía que mi viaje hasta lo desconocido había llegado a su fin. Entonces eche un vistazo a aquella misteriosa tarjeta que contenía en caracteres borrosos de imprenta el siguiente mensaje: - " el mundo tiene forma, no es la indeterminación de nuestras ideas matemáticas más ancestrales, esa forma es la del alma, es un alma fría y penitente. Si quiere saber algo más pregunté al guardián del cosmos, no se preocupe tropezará con él, en el mismo instante en que concluya de leer estas líneas." En aquellos momentos, había doblado la esquina de aquel callejón, y mis ojos se cruzaron accidentalmente con el reloj de un campanario. Sentí que alguien había tocado con delicadeza mi espalda y me gire con un espasmo incontrolable. Era un hombre con largas barbas, y vestido con una túnica de suave seda, de muchos colores. Por el diseño multicolor de aquella vestimenta parecía que alguien le había arrojado un bote de pintura. Era inconmensurablemente alto, y sus ojos eran glaciares, los labios los tenía pintados de negro, y era robusto como un elefante. Sin más dilaciones y tal y como vaticinó la profecía de aquella tarjeta, me habló con una voz gutural, y aprisionada en el instante y en la eternidad a un mismo instante, justo en el momento en que mi mente percibió el último de los caracteres de aquel mensaje doctrinal. Estas fueron sus palabras que se perdían con elegancia en el aire: - "mi fiel lacayo le ha entregado una de las llaves del templo del saber, ruego disculpe su mala educación simiesca pero los otros secretos no son de su incumbencia mortal. Pero debe considerarse usted afortunado porque debe investigar con esmero una de las primeras verdades del espíritu y de la conciencia. Me siento generoso, y voy a darle un consejo de escuela, que hará que vuelva a su punto de partida con éxito. Estas son mis palabras que vibran en mi lengua de dios: las frívolas noches de la humanidad no son causadas por mi condena, sino por su existencia misma. Bien, el siguiente peldaño en la escalera que conduce a las envenenadas fuentes de la vida, lo encontrará si acata los dictámenes de mis siguientes instrucciones: - mañana uno de mis siervos le hará entrega de un importante mensaje. Duerma usted plácidamente y cuando las primeras claras del día entren por las rendijas de sus ventanas, bañando su habitación de una pesadilla áurea que vuelve a despertarse, alguien llamará a su timbre". Dichas estas palabras sagradas, desapareció entre las pálidas sombras de una farola. Acto seguido, volví a mi apartamento, como si hubiese adquirido la personalidad de una marioneta, que siente los movimientos de sus articulaciones, manipulados por unos finos hilos invisibles, de tela sacra. Los ojos se me hundían como un pedrusco inmenso situado en la entrada de una caverna. Sentía mucho sueño, y los pocos pasos que me separaban de mi hogar, los marque en el suelo luchando contra una pesada gravedad que tenía potestad incluso en el vaivén de la iluminación de la calle, y en los rayos nocturnos multicolores. La luz quedaba suspendida en el aire al ritmo de un sueño palaciego. Cruce dos travesías y tropecé en el camino con varias siniestras personas, y con la bocina de varios coches, que estuvieron a punto de atropellarme. Finalmente llegue al umbral de mi puerta, y el portero creyendo que estaba borracho o narcotizado, me susurro un discurso ininteligible, que parecía moralizante. Aunque recuerdo su pálida imagen, muy borrosa y confusa. Subimos en el ascensor, y cuando llegamos a la planta deseada, abrió la puerta de mi casa, con las llaves que sacó de mi bolsillo. Entonces me susurró al oído, como si fuera el primer ruido que escucha un recién nacido, o una persona en el umbral de la muerte: - " la verdad esta muy cerca de ti, tanto que incluso la llevas en tu cruda carne, mañana se te mostrará un libro de olvidada ciencia". Cerró la puerta con contundencia, y di dos o tres pasos hasta alcanzar el sofá, pues no tenía suficiente fuerza para llegar al ansiado dormitorio. Poco antes de sumergirme en un sueño oscuro, eche un vistazo a un cuadro que había colgado en el recibidor. Era un retrato que alguien había colocado en mi ausencia. Era la viva imagen del supuesto dios con el cuál me había entrevistado con anterioridad. Parecía unos años envejecido, y entonces pensé con frivolidad: - "cada vez que dios revela un secreto envejece un poco más, porque la eternidad se congela un poco más". Esas fueron mis últimas reflexiones sobre el mundo antes de sumergirme en un siniestro sueño. Soñé que estaba dentro de una copa de champagne, y las burbujas corrían dentro del recipiente como el respirar de un mundo sumergido en la nostalgia. Cerca de mi había varios engendros de la vida. Había muchos embriones, y varios cadáveres, que nadaban en aquellos mares de alcohol, como si no supiesen nada acerca de si son embriones o cadáveres. Poco después un extraña fuerza me impulsó hacía arriba y me arrojo fuera de aquel vaso, y me sentí ultrajado como si hubiese sido expulsado del jardín del edén. Una vez estuve fuera de aquel vaso, estaba tumbado en la mesa, mientras un gigante, quiso arrojarme a otro vaso, pero era tan horrendo que decidí despertarme en aquel preciso instante. Justo en el momento en que escuche con una incomprensible serenidad, que alguien había llamado al timbre. Me levanté con los sentidos relajados, y el ánimo templado, parecía que el zozobrar de las olas del mar de mi alma había recuperado su tranquilidad habitual. Descolgué el auricular y una voz simiesca respondió en el altavoz. Le abrí la puerta y poco después llego el mono tras haber hecho un uso racional del ascensor. En breves instantes llamó a mi puerta y apareció ante mi presencia un simio singular. Era mucho más alto que su congénere, que había tenido el gusto de conocer el día anterior. Llevaba sombrero de copa e iba vestido de etiqueta, caminaba con elegancia y discreción y su paso había adquirido la rectitud y la soberbia de un ser humano. Se sacó el sombrero, para saludarme, en su particular galantería simiesca, y me habló en una voz distorsionada, aunque cuidando la adecuada pronunciación de las palabras: - " ruego disculpe, la actitud de mi hermano bastardo, pero mi señor, todavía no le ha enseñado modales. Le traigo un libro que le será de indispensable ayuda en su formación filosófica, es de poemas, y cada poema es una piedra filosofal. Sin embargo hay muchos poemas que pueden ser leídos en el libro, que no aparecen a los ojos del incrédulo o aprendiz. Un verso de un poema, puede ser mezclado con versos de otro poema y así pueden formar un poema nuevo. Una palabra se puede mezclar con palabras de otros poemas y pueden formar un nuevo poema. En este pequeño libro están escritos todos los poemas de la humanidad porque es absolutamente erudito. Además muchas palabras se pueden escribir al revés y formar otras palabras, y se pueden mezclar con otras palabras escritas al revés o con palabras en su orden natural. El titulo de un poema puede ser un poema sin necesidad de todos los versos que lo describen. Como si al núcleo de un átomo le quitamos todos sus electrones y protones. Muchas palabras aisladas también son poemas por sí mismas. Además cada poema tiene una ilustración, y en la ilustración hay palabras perdidas y sumergidas en un tiempo secreto." Sus manos peludas y temblorosas sacaron de un bolsillo de su americana, un vetusto mamotreto. Estaba muy mal encuadernado, y las hojas eran muy finas y amarillentas. Me dijo que el libro contendría al menos 10.000 páginas. Y cada página tenía dos poemas. La letra era minúscula y se necesitaban lentes especiales para poder descifrar aquellos garabatos ininteligibles. Al parecer el libro era de autor anónimo, y de editorial desconocida. En la primera página no había ni índice, ni prólogo, ni la fecha de imprenta, ni la dirección de aquella editorial sumergida en una sucursal imposible. Entonces el simio me comentó cuando tenía el libro en mis manos y lo miraba con un asombro trascendental: - "el primer poema puede considerarse como la descripción del camino que ha de recorrer todo el libro, es el pedestal y la base de toda la psicología del libro. Si se puede entender el primer poema, no es necesario leer el resto del libro, pero eso es algo que ni el más lúcido de los eruditos ha logrado conseguir jamás. El aforismo que os fue revelado ayer por nuestro dios: "el mundo tiene la forma de un alma fría y penitente", es el titulo del poema, y como le he dicho antes si se puede entender el titulo del poema, se entiende el poema entero, ergo, comprendería usted el resto del libro. No obstante os aconsejo que proceda yo mismo a la lectura del poema, con tranquilidad y sosiego, para que reflexione usted con sabiduría y cautela acerca de su significado. Mi voz simiesca es la rapsodia de todos los poetas, puesto que de mi voz nacen sonrisas, lágrimas, flores marchitas y suaves, tormentas y cielos despejados, nubes de todos los colores, sal y azucar, guerra y paz." Yo le dije correspondiendo a su simiesca educación, que se acomodase en el diván, que estaba situado en uno de los extremos de mi sofá. Le pregunté si quería café, té o cualquier aperitivo. Me respondió que solo se alimentaba de dolor, que era el sustento de su espíritu. Se alimentaba de gritos desgarradores, de senderos malditos y de ofrendas heréticas al altar nihilista. Me tumbé en el sofá, como si aquel simio hubiese de psicoanalizarme con la lectura de aquel poema universal y canónico. Entonces el simio leyó todo el poema sin ninguna inadecuada interrupción por mi parte: - "todos los colores de la mañana y de la noche, las líneas y las fuerzas del universo, los pensamientos y las cosas que pasan porque sí, el movimiento de los planetas y las estrellas, el odio y el amor, el fuego, el aire, la tierra y el viento, lo determinado y lo indeterminado, son una alegoría del alma, un espejo profano. Todo lo que el alma sensible o inteligible percibe es un discurso de segundo orden de la auténtica realidad. Nunca lo podemos ver porque es simple y escurridizo, como una palabra que no puede ser pronunciada en ningún idioma. En realidad el alma se nutre de espejismos. En realidad, todo el universo es un inmenso edificio, que no pertenece a ninguna calle, ni a ningún lugar conocido. Tiene límites definidos. Todo lo que sale de él, no existe y a un mismo tiempo no es nada. La vista no lo puede ver según el testimonio lejano de aquellos que tienen una habitación, cerca de los límites del mundo. Tampoco el tacto siente nada si alguien saca la mano por la ventana. El edificio no cesa de crecer porque siempre esta en obras, el arquitecto del mundo esta diseñando perpetuamente su figura final. Cada individuo del universo tiene una habitación reservada en el majestuoso hotel. El ascensor tiene infinitas plantas por recorrer y nunca puede llegar al ático. En cada planta hay distintas almas, y cada habitación esta ocupada por un ser diferente. Cada planta pertenece a un género diferente. En una planta por ejemplo están los elefantes, en otra las hormigas, en otra las estrellas, en otra los agujeros negros. Nadie puede ser expulsado jamás de su habitación y del hotel, y tampoco puede salir jamás de su habitación, ni correr por los pasadizos, solo puede llamar al conserje del hotel por el interfono, y muy de vez en cuando viene a visitarlo. Existen infinitas plantas, como existen infinitos géneros de seres. Incluso existen infinidad de plantas para una sola palabra, para un solo momento, o para un solo lugar. Cada género esta ordenado de infinitas maneras, a veces existen habitaciones con un solo ser entendido de muy distintas maneras por otros seres. Pero la realidad de nuestras mentes, es que solo quieren conocer lo que pueden entender. La mayoría de las plantas son absolutamente desconocidas para el género humano. Cada habitación tan solo puede intuir la borrosa presencia de un aire mágico que levita con estupor fuera de las habitaciones. Las habitaciones cambian constantemente de lugar, como si se pudiese alterar el orden de los números. Los ocupantes de las habitaciones están encerrados con llave, pero a veces miran el pasillo por el ojo de la cerradura. Su vista se aplasta en el iris de otros ojos que miran por la cerradura. Sin embargo en un sentido estricto las habitaciones no se mueven de lugar, tan solo su percepción les permite viajar hacía otras plantas". Cuando el simio concluyó de leer el poema, se desabrocho la corbata y respiro hondo, porque la lectura de un poema tan trascendente fatiga a cualquiera. Sin embargo me percaté que muchos pelos de su simiesco semblante habían emblanquecido, sus ojos estaban nublados como un cielo misterioso, y sus brazos ya no eran tan robustos como antes. Entonces añadió a modo de epilogo: - "pocas veces un mortal, puede leer este poema sagrado sin envejecer unos cuantos años, por esta razón os recomiendo que solo escuchéis, porque su lectura puede quebrantar vuestro ánimo hasta vaciaros todas vuestras palabras y todos vuestros recuerdos. Ahora voy a proceder a mostraros la ilustración correspondiente al poema. Tapare con mi mano la hoja en la que aparece escrito el poema. Ver el dibujo no es tan nocivo como leer el poema. No obstante, os recomiendo que vuestra mirada sea fugaz y ligera, porque si penetráis en lo más hondo de su ser, vuestra mirada estará tan envenenada como la lectura del susodicho poema. Os recomiendo un ejercicio espiritual previo antes de mirar el retrato del poema. Habéis de sentiros como una palabra ingrávida, como un eterno pensamiento simple. Como una pura corriente de aire que acaricia con frivolidad el sinsentido. Tendréis que mirar el poema en escasos segundos, y sin prestar atención a la infinidad de detalles que contiene. Mirad tan solo las líneas y los colores más destacados. Si algún detalle os resulta extraño o inverosímil no os detengáis excesivamente en su análisis, mirad las sombras y los esbozos que os resulten menos embarazosos y perturbadores. Mirareis el poema en un intervalo de tiempo de 20 segundos. Pasado ese tiempo cerraré el libro de golpe, porque es posible que me supliquéis con fervor, que queréis continuar devorando el arte con vuestra profana carne." Dichas estas palabras el mono se arrodillo en el suelo, como un buen lacayo de sus lacayos. Me mostró el libro no sin antes hacerme una última advertencia: - "si desobedecéis mis mandamientos, vuestros ojos se convertirán en piedra preciosas y se os caerán de vuestras cuencas, os quedaréis ciego para siempre". Con un gesto de asentimiento le induje a que procediese en su docente labor. Lo que vi hizo que mis sentidos temblasen como una bandera profana en un castillo maldito. Se trataba de un largo pasadizo oscuro y trémulo. Parecía que el tiempo fluyese en el más frío de los lugares. Aquel baño de luz tibia y ensangrentada, contrastaba con el azul de una piedra preciosa que se esparcía en ciertas regiones. Parecía un tiempo que corre silencioso aunque sin pánico a que lo viesen desnudo. Todas las puertas eran absolutamente diferentes entre sí. Había un rotulo en cada puerta, y estaba inscrito el nombre de su inquilino perpetuo, en bronce. Cuando veía el cuadro sentía como un aire libidinoso peregrinaba en aquel largo pasadizo, queriendo engendrar nuevas tempestades y calamidades. Era un rumor angustioso, el eco de mis pensamientos que mueren en siniestros mundos. Nunca había tenido la ocasión de experimentar la sublime volatizacion de mis vivas palabras mentales. He reproducido la secuencia de pensamientos que moraron en mi interior tras contemplar aquel retrato herético. Acto seguido el mono cerró el libro tal y como había prometido. Entonces habló acerca de su persona, pues tras haber cumplido con los dictados de su doctrina quería establecer una estrecha amistad conmigo:- me llamó Rancelán, vivía en la selva, y tenía la obligación de custodiar un templo, para que ningún intruso penetrara en él. Uno de los monjes, que vivía en el templo, se apiadó de mi condición simiesca y me enseño a leer y a escribir. Sin lugar a dudas he sido el más sabio de los monos guardianes. Os preguntaréis como nació la racionalidad y la conciencia social en mí. Un día el monje, me recitó el poema que a vos os he relatado, y mi mente conoció la culpa y la pena por existir. De hecho cuando me leyó el poema todavía era un cachorro. Mis huesos crecieron en un solo instante, y adquirieron un tamaño mucho mayor, que el resto de los miembros de mi especie. El cráneo modificó su estructura, para adaptarse a mi nueva condición de simio. Nuestro dios admirado por el milagro que aconteció en mí, me convirtió en uno de sus ministros más representativos en el parlamento de la humanidad. Yo siempre he conocido a la persona que vos visteis ayer. Sin embargo, no os engañéis porque no habéis visto todo el ser de dios. Solo habéis visto uno de los infinitos rayos que salen de un espejo, porque la persona divina esta esparcida en todo el cosmos, pero todavía no es un solo ser, porque todavía dios no ha aprendido a conocerse a sí mismo". Dichas estas palabras me estrechó sus peludas manos, no sin antes advertirme: - mañana, veréis el hotel, representado en el retrato que os he mostrado. Vuestra vía para visitarlo todavía es desconocida para mí. Yo nunca he estado allí, solo sé que estoy dentro de él. No se lo que es, ni como es, ni como se llega hasta él. Sin embargo un día dios me revelo el nombre del hotel, os lo puedo confesar: hotel alma universal". Acto seguido, abrió la ventana, mientras le empezaron a crecer alas en su peluda espalda, y esas fueron sus últimas palabras, antes de salir por la ventana: - " no se porque la mayoría de los mortales, piensa que los ángeles no pueden ser simios". Desapareció entre las nubes, pero antes de perder de vista su imagen vi como un relámpago verde estallaba silenciosamente en una de las innumerables nubes grises, que moraban pálidas en el cielo aquel día. Entonces, vi el reloj de pared que estaba situado en el salón de estar. Eran cerca de las 6 de la tarde, y el ángel- simio me visitó a primera hora de la mañana. Sin duda alguna, la lectura de aquel libro sagrado, había hecho que compartiese un minúsculo pedazo de eternidad, con la verdad misma. Estaba a punto de anochecer, y el cielo era púrpura. Decidí ir a dar un paseo por el barrio para recomponerme de tantas emociones. Cerré la puerta con discreción y cogí el ascensor. Durante mi somero viaje hasta la planta baja, sentí que mis oídos se destapaban, como si hubiese viajado en avión o hubiese hecho submarinismo. Tal vez, mi apartamento se había convertido en un lugar sagrado. Cuando cerré las puertas del ascensor, vi de nuevo al portero, y súbitamente recordé que era conocedor de mi experiencia mesiánica. Estaba sentado junto a una mesa de mármol que había en la recepción de aquel bloque de pisos. Fumaba un cigarrillo, con impaciencia, y miraba la calle distraídamente, como si intentase despistar a sus sentidos de sus angustiosas preocupaciones. Lo saludé con la mano distraídamente porque no quería perturbarle en sus meditaciones. Sin embargo me dijo poco antes de que abriese la puerta para salir a la calle: - la noche te espera, la luz de la anaranjada luna quiere rendir pleitesía al portavoz espiritual de la humanidad. El aire te otorgará toda clase de sutiles caricias, para que no te olvides en tu búsqueda de lo eterno, de la voluptuosidad del delirio del momento. Las luces de las farolas, brillarán con más intensidad que nunca, para que tú espera sea lo más lúdica posible. Las gentes sentirán animadversión hacía ti por un motivo que desconocen, pues a los mortales nunca nos ha causado simpatía aquel que confiesa los pecados en el nombre del pueblo. Las calles se aparecerán ante ti como un mapa confuso. Muchos números de la calle, cambiarán de lugar aleatoriamente, para despistar a aquel que diseña el mapa de la vida. Las esquinas, las plazas y las avenidas, se mezclarán entre sí, para causar un caos artístico en el mapa de la vida y del lenguaje. A las calles no les gusta que les llamen por su nombre, y tú que ahora tienes la posibilidad de dialogar con ellas, debes atenerte a sus deseos. Especialmente odian que les pongan nombres de escritores o de personalidades científicas. Aborrecen, aunque en menor medida que las bauticen con nombres de ciudades, capitales o países. Hoy las calles se removerán como un estómago que no ha hecho bien la digestión. Toma esta guía, pues cada vez que cruces un semáforo o que pases de una acera a otra tendrás que recitar un poema para aplacar la ira de las calles por las que cruzas". Entonces cogí un manual inmenso, casi tan grande como el libro que se me había mostrado con anterioridad. No sabía que fuesen necesarios tantos mapas de una sola calle, pero al parecer aquel libro describía con todo lujo de detalles las calles, por las que siempre había visitado. Cada calle, contenía un extenso artículo acerca de su historia, y de sus distintas fases de construcción y reconstrucción. Salí a la calle despidiéndome con frivolidad del portero. Cuando estuve fuera, sentía que la acera temblaba, y a un mismo tiempo que leía un artículo acerca de un bloque de apartamentos, o de cualquier establecimiento comercial, las farolas iluminaban el lugar de mi lectura, como plantas que están haciendo la fotosíntesis. Parecía que las farolas, estaban vivas, pero no tenían excesiva psicomotricidad. Entonces recordé que tenía que rendir pleitesía a cada calle con la lectura de un poema. En cada poema aparecían intimidades acerca de los distintos miembros de la comunidad. Eran poemas muy vulgares y carentes de arte. No obstante, las calles se complacían de aquellos engendros poéticos, y vibraban con entusiasmo y esplendor. En medio, de aquella euforia muchas calles se sobresaltaron e intentaron mezclarse las unas con las otras. A veces sin moverme de mi sitio, estaba en una plaza, a veces en una avenida, a veces en un largo paseo o en cualquier callejón. Aquel barrio estaba tan exaltado como las gotas de agua que se caen de una olla a presión. Los coches que estaban aparcados en una acera, espontáneamente aparecían en un lugar remoto. Veía fragmentos de edificios que se separaban del resto del edificio, con la docilidad y la tranquilidad de una pieza de puzzle. Miles de diferentes construcciones arquitectónicas viajaron ante mis ojos. Las calles a veces eran muy anchas y a veces muy estrechas. Seguramente si no hubiese recitado los poemas mágicos, todas las calles hubieran perdido la armonía caótica entre sí y se hubiesen hecho añicos. El arte del caos era francamente majestuosa. Cuando la sinfonía de aquel juego de devenires atormentados y desquiciados, estaba en su auge, podía recorrer el barrio de un extremo a otro, con dos o tres pasos. Aquel juego de cambios de lugar no era cíclico sino que tenía infinitas combinaciones. Tras haber estado en apenas una hora en todos los lugares posibles, y haber recitado algunos poemas para apaciguar la ira del caos, el juego de infinitos devenires se detuvo espontáneamente. Estaba exhausto, y acabe tumbado en el mismo lugar en el que había partido. Cuando volví el sol se había perdido por completo en el horizonte y las estrellas permanecían inmutables en el espacio. No tenía fuerzas para levantarme, y los pocos transeuntes que se cruzaban en mi punto muerto, me miraban espantados, ignorando las vicisitudes de mi peregrinaje doctrinal. Se creían que era un maleante, vencido por la locura y el hastío. Finalmente el portero me socorrió y me subió de nuevo a mi morada. Mientras subíamos en el ascensor me dijo: - has superado esta prueba con brío y rectitud. Si has podido recorrer tantos caminos, ignorando que siempre se han cruzado entre sí, significa que mañana puedes ver lo que ningún erudito, ningún bellaco, ni ningún beato han podido experimentar jamás. Recibirás una llamada de teléfono a primera hora de la mañana, que te confirmará con precisión nuevas instrucciones, acerca de tu nueva tarea en tu proceso de adoctrinamiento. Te advierto de antemano que tendrás sueños espantosos que querrán tentarte para que te tuerzas del recto camino. Hoy te acomodaré en tu lecho, para que te duermas rápido, porque tienes mucho que soñar y mucho que sufrir". Dichas estas palabras abrió la puerta del ascensor, y me condujo apoyado en sus hombros, porque tras mi anterior peregrinaje espiritual solo tenía fuerzas para respirar, y para abrir los ojos de vez en cuando. Abrió la puerta de mi domicilio y me dejo en el lugar prometido. Cerró las cortinas, porque no quería que la luz del exterior perturbara a mi sueño. No quería que se mezclara la luz del mundo, con la luz del alma, en mi sueño abismal. Cuando me abandonó cerré los ojos, y viajé a mi nuevo mundo onírico. Que de hecho era un espacio que no tiene fronteras, como todas nuestras palabras. Mi sueño empezó en un espacio negro. Sentía que todo mi ser se había metamorfoseado en un espacio puro y primitivo. En ese espacio se escuchaban silabas impronunciables, de una manera cíclica y gradual. Como si escuchase una canción impronunciable, durante toda la eternidad. Poco después aparecieron nubes mezclándose entre sí, como si estuviesen conspirando acerca del mapa de un nuevo mundo. Lo siguiente que ocurrió fue inverosímil. Me separé del espacio abstracto en forma de punto negro, y me precipité hacía un agujero de vapores de muchos colores, que se estaba esbozando en una región de un mundo unitario que se dividía por momentos. Fue como una caída del alma a un mundo nuevo y desconcertante. Poco después viajé en un remolino laberíntico de vapor, que a zonas era verde, a zonas era azul, y a zonas rojo. Vi un punto al final de mi camino cósmico, que sin duda alguna era el punto de enlace, con el nuevo mundo que se había creado de la nada. Entonces caí en las montañas volcánicas de un planeta desconocido. Respiraba azufre, y muchas criaturas repugnantes, que presuntamente eran almas caídas, formaban un corro a mi alrededor, y entonaban canciones dionisiacas. Todas eran idénticas entre sí, porque el rostro del mal es idéntico en la eterna condena. Eran seres sin sexo, amarillentos de piel y con facciones absolutamente simétricas. No tenían absolutamente ni un solo pelo en todos los rincones de su cuerpo, y estaban desnudos. Finalmente dejaron de bailar y uno de ellos me dijo antes de que me despertara: - "desearás ser tan repugnante y deleznable como nosotros durante el resto de la eternidad, antes que desvanecerte en la nada". Me despertó el teléfono que se hallaba cerca de la cocina. A pesar de que tardé mucho en responder, debido a mi abatimiento causado por mi angustioso sueño, el teléfono no cesaba de sonar. Finalmente me repuse de mi aturdimiento, y dando un brinco, corrí con desesperación, para llegar al ansiado auricular. Cuando respondí a la llamada una voz conocida me dijo: - "soy la divinidad, supongo que me recordará pues tuve el placer de conocerle hace apenas dos días. No puedo extenderme demasiado, pues tengo excesivo trabajo para atender a todos los clientes de mi hotel. En breve, le pasará a recoger mi chofer, vístase con decencia, pues como comprenderá muchos de mis clientes son muy distinguidos". Tras pronunciar este escueto mensaje, colgó, y procedí a acatar las órdenes del director del hotel. Me vestí con una chaqueta de franela, y con una corbata de rayas verdes, camisa blanca y pantalones de pana y zapatos de gamuza. Acto seguido, escuche la bocina de un coche, mire por la ventana, y vi una limusina de considerables dimensiones, aparcada enfrente de mi bloque de pisos. Como el ascensor estaba ocupado, decidí bajar las escaleras por mi mismo. Cuando llegué a la última planta vi al portero y al chofer manteniendo una acalorada conversación, como si se conocieran desde la más temprana infancia. No dejaban de hacerse estúpidas bromas entre ellos, extendiendo sus brazos, y recitando aborrecibles consignas. Entonces el chofer me dijo: - un día tengo que invitar a Stewart a visitar el hotel, pero la divinidad no me deja, porque no permite que ningún ser humano entré a menos que no este sedado. De hecho, no ha dejado entrar a nadie, aunque se encuentre sedado. Le felicito porque el director del hotel, es la primera vez que hace tan extravagante concesión. Supongo que tendrá un guía en su viaje, pero le vedará la entrada a su habitación. Como personal del hotel, conozco por voces lejanas, la descripción de algunas habitaciones importantes. Puesto que de hecho habitación y dueño son esencialmente lo mismo. Incluso me he podido enterar de los muebles que hay en mi habitación, pero desconozco su ubicación, el tamaño de la habitación, y si la luz es tenue o brillante. Ahora haga el favor de subir a la limusina. Puedo invitarle a caviar o a champagne si así lo desea usted. No se preocupe el hotel esta en las afueras de la ciudad. Pero de hecho cada año muda de lugar. A veces esta en una isla, a veces en la plaza de un pueblo, a veces en el desierto, y a veces en los subterráneos. El hotel da vueltas al azar alrededor de la tierra. De hecho, la divinidad, ha aprovechado que el hotel se encuentra cerca para que no se fatigue usted." Entonces, stewart, el portero, me saludó con cortesía para despedirse de mí. El chofer me abrió la puerta y una vez me hube acomodado y hecho las oportunas preguntas acerca de los aperitivos disponibles. El chofer arrancó con brusquedad. Tras cruzar varias calles, y varios centros comerciales, llegamos al ansiado hotel. Su ubicación asustó a mi moral, pues estaba entremedio de varios clubes de carretera. Pero a medida que nos acercábamos, el mundo iba desapareciendo paulatinamente. El chofer aparcó muy cerca, pues como es sabido tenía prohibido entrar. Se despidió con formalidad, y arrancó violentamente, para que no le cegara la visión del hotel. Poco después, cuando entré en recepción y miré a la puerta giratoria que había cruzado, me percaté, que todo lo que había dejado atrás había desaparecido. En el mundo solo quedaba el hotel, porque de hecho, era lo único que existía. El recepcionista, era un hombre de mediana edad, con la frente sudada, y no cesaba de atender llamadas de la infinita clientela del hotel. Las líneas se colapsaban con frecuencia, a pesar de que hablaba con diez auriculares a la vez. A veces no recordaba el contenido de una conversación, y tenía que pedir a su cliente, que le recordase datos que había olvidado. Dejó por un instante los teléfonos, tras percibir mi presencia, y me dijo en una tajante frase, apenas inteligible: - "la divinidad, vendrá a recibirle en breve, mientras tanto haga el favor de acomodarse en algún sillón de esta sala". Apenas me hube sentado, vino el director del hotel. De hecho se había afeitado y parecía más joven. Clavó sus ojos en los míos, y me dijo en un tono de impaciencia: - "como verá aquí todos estamos muy atareados, ruego disculpe las molestias. No podré enseñarle el hotel tal y como tenía previsto, porque tengo cita con mi cirujano. Dios debe mantenerse siempre joven y fuerte, y una operación de cirugía estética, no viene mal a nadie, ni siquiera a dios." Desapareció tras coger el ascensor. Aquel salón no era muy grande, y parecía la entrada de un hostal, más que de un hotel de infinitas estrellas. Acto seguido apareció un hombre cojo, iba vestido de botones y sus ojos desprendían un extraño brillo. Estaba muy angustiado y marcaba el paso con inquietud. Se acerco a mí y me comentó: - "yo soy el encargado de guiarlo en la necesaria búsqueda del espíritu. Como comprenderá no podré enseñarle todas las habitaciones aunque dispusiésemos de toda la eternidad, porque este hotel crece al mismo ritmo que la eternidad. Le mostraré el hotel de una manera fragmentaria, pues hay muchos lugares que no podemos visitar o bien porque no existen todavía o porque no existirán jamás. Pero sorprendentemente ya se encuentran en una parte desconocida del hotel. Hay muchos lugares que existen pero la mente no puede conocerlos. También existen lugares que la mente puede nombrar pero no puede conocer. Nos limitaremos a visitar los lugares que existen y que la mente puede nombrar, y también puede conocer. El hotel en una de sus infinitas divisiones abstractas, se clasifica en: - plantas que existen siempre igual, plantas que existieron pero que están, y plantas que están construyéndose en el vacío. Nosotros visitaremos las plantas que existieron y que están. La razón es muy sencilla. No podemos perturbar la intimidad de nadie en el presente, y tampoco podemos profanar los planes de diseño del arquitecto y director de este hotel. Esa es la única vía que puede conocer un mortal, para evitar el sinsentido eterno. A pesar de que es la única vía, también es la más dolorosa. Os advierto, que yo jamás he morado en las habitaciones de los muertos, porque mi función es la de hacer la colada a las habitaciones vivas. La divinidad me ha entregado un meticuloso plano, para que no me pierda en el hotel. Os preguntaréis como he podido acceder a tal puesto de trabajo. Es muy sencillo, no soy un ser, tan solo una idea independiente que dios ha creado en su mente con respecto al resto del hotel. Bien subamos al ascensor, nos espera un largo recurrido. Tened en cuenta, que este no es el único ascensor del hotel. Existen infinidad de ascensores e infinidad de escaleras, e infinidad de pasadillos, e infinidad de rincones escondidos que no sabe ni siquiera el arquitecto del hotel que existen.". las puertas del ascensor eran mecánicas, y cuando estuvimos dentro se cerraron de una manera tajante. En el interior del ascensor, había miles de mapas incomprensibles, y muchos botones de indefinido uso. Además contábamos con la presencia de un simio ilustre. Aquel que me encontré en aquel callejón vaporoso y que estaba encadenado. Daba saltos y estaba muy excitado, y gritaba como un poseso. Entonces el botones me comentó: - "este ascensor tiene infinidad de botones con infinidad de usos. Yo todavía no he aprendido ha utilizar el ascensor como es debido. Me sorprende que este ineficiente simio ocupe un puesto laboral que conlleva tanta responsabilidad. Para que vos os hagáis una idea de la dificultad de dominar a este ascensor escuchad: si aprieto el decimotercero botón de esta columna y después aprieto el decimoctavo de esta fila, se escuchará un sonido, si recordamos cuál es, tendremos que apretar un botón , si nos equivocamos la operación habrá sido inútil, y tendremos que volver a empezar. Hay muchos sonidos, y cada uno de ellos corresponde a un botón, en la mayoría de ocasiones, aunque a veces no. Además hay botones que no sirven para nada, botones que sirven en ocasiones extrañísimas, botones que sirven a veces y botones que no sirven nunca. Hay botones que no funcionan nunca, botones que funcionan en raras ocasiones , botones que funcionan a veces, y botones que funcionan siempre. Si queremos ir a la planta 34.500, que suelo visitar a menudo, tenemos que realizar la siguiente operación: - apretar el botón decimosexto de la tercera columna, normalmente en ese momento se escucha el sonido de un tigre, después el botón 500 de la cuarta fila, y dependiendo de la luz con que se encendiese el botón, había que apretar otro muy dispar. El simio habitualmente se equivocaba, pero deben reconocerse sus infructuosos intentos por manejar el ascensor. En aquel instante el simio nos miraba con una expresión de desconcierto en su semblante, como si aguardase nuestra indulgencia con pulcritud y discreción. El ascensor era muy estrecho, y había botones en las cuatro paredes, e incluso en el techo. Poco antes de que le diéramos las instrucciones precisas al simio acerca de nuestra destinación, se escuchó una voz computerizada. Procedía de un altavoz, escondido detrás de tantos botones. Era una voz grave y atractiva, con evidentes síntomas de haber estudiado oratoria. Este fue su siniestro mensaje: - buenos días, señor Antonio.O., bienvenido al hotel del alma universal. Le agradecemos su presencia, y esperamos que sea confortable su estancia. Esperamos que no tenga quejas acerca de nuestros servicios, pero si así fuera tiene a su disposición un libro de reclamaciones. Permítame que le recuerde las normas más indispensables de este hotel. Esta prohibido entrar en todas las habitaciones, y por razones mucho más evidentes, también se prohíbe la entrada a su habitación. De hecho la intimidad de nuestra clientela es inquebrantable, y por supuesto también la suya. Le recuerdo que ninguna de las habitaciones tiene cámara de vigilancia, puesto que preservamos el derecho a la intimidad, que es superior al de la seguridad. En lo que respecta a su visita guiada, le hemos marcado el itinerario que hemos creído conveniente. Le recordamos que si usted se pierde, es un asunto que se aleja de nuestra competencia. Le recordamos que si se pierde, se le fragmentará el alma para siempre y nunca podrá encontrarse a sí mismo. Le advertimos que las corrientes de aire son muy frías y despiadadas, y que el polvo se acumula sin piedad en infinidad de plantas, que ya nunca son restauradas, porque se ha devaluado su uso. La luz es azul como el agua. Le recordamos que usted visitará habitaciones que ya no existen para no alterar el orden del cosmos. Aunque usted grité con todas sus fuerzas en los pasadizos nadie podrá escucharle, por lo que se recomienda silencio y discreción. Dicho lo necesario, con la intención de protegerle, le agradecemos su atención. Toda la dirección del hotel, le desea una feliz y prospera estancia en este viaje introspectivo e intersubjetivo a la vez." La voz se apago, y también lo hicieron las luces de todos los botones. Una oscuridad jamás relatada invadió a nuestras almas, mientras el ascensor se elevaba como un cohete. Al parecer el simio había acertado por primera vez en la adecuada ejecución de su complejo oficio. Mi cabeza y el resto de mi cuerpo tiritaban como si se les hubiese lanzado un cubo con agua congelada, en medio de un paisaje nevado. El ascensor se detuvo bruscamente, y la cabeza me daba vueltas en todos los sentidos, como si una circunferencia diese vueltas sin cesar, hacía un lado y a otro sin motivo alguno. Las luces electrónicas volvieron a alumbrar a nuestro viaje, y las puertas se abrieron sin pedir ningún otro protocolo para poder salir. Estábamos en la planta 45678767865 billones/ SDERTFD. En esa planta moraban las personas que habían muerto en los últimos treinta años en mi vecindario (en uno de los infinitos órdenes en que pueden agruparse la muerte de un colectivo de personas). Cuando salimos del ascensor, una bocanada de aire frío y abismal, vino a recibirme con cortesía. Las paredes estaban decoradas con huesos y el aire los lamía como un perro desquiciado. En su mayoría eran cráneos, y huesos de todas las articulaciones, o dientes. El gusto por tal sórdida estética no venía impuesto por la clientela sino por las rectas razones del cosmos. Las alfombras estaban manchadas de sangre, como si alguien hubiese arrastrado a los cadáveres a sus habitaciones respectivas. Podía ver las escaleras que había dejado atrás y se contorsionaban, con un movimiento mecánico repugnante. Sin lugar a dudas se estaba construyendo otra planta que prometía ser más luctuosa que la que devoraban mis hambrientos ojos de sufrimiento. Escuchaba infinidad de palabras y conversaciones carentes de sentido, no sabía de donde procedían ni me interesaba saberlo. Sin lugar a dudas eran palabras dirigidas a los fallecidos procedentes de otras habitaciones animadas. En cada puerta había un buzón donde se acumulaba infinidad de correspondencia, que por razones evidentes nadie había prestado atención. Caminábamos avergonzados, pues no cesábamos de pisar papeles sueltos y sobres, muy importantes y que nadie podría prestar atención. Por el pasadizo nos cruzamos con un cartero. No cesaba de llorar leyendo cartas. Cuando nos vio nos dijo: - "sé que un cartero no puede leer bajo ningún concepto la correspondencia, pero me causa mucho pesar no poder leer todas las cartas. Algunas de ellas son fútiles y egocéntricas, pero otras llegan al fondo de mi alma". Lloraba, y se enjuagaba las lágrimas con su gorra, que estaba bastante descolorida, también lo estaba su uniforme. Poco después nos abandonó, pues había concluido su turno. Seguramente su oficio era el más inútil y más triste de todos los oficios que existen. Al fondo del pasillo había un cuarto trastero, había fregonas y escobas que nunca habían sido utilizadas, pues a pesar de que el personal era infinito, las plantas eran muchas más que el infinito, y no podía atender todos sus quehaceres el personal de mantenimiento. En uno de los lados de aquel laberinto de puertas cerradas con llave y de misterios incomprensibles, vimos algo fatídico. Se estaba construyendo una habitación. Una luz violeta nació de una pared, y quemaba como el fuego. Se estaba engendrando energía corrompida y ahogada en el interior de aquella habitación en obras. De pronto escuchamos ruido de sirenas. Dos hombres que llevaban una sirena en la cabeza, arrastraban una carretilla con un cadáver putrefacto. Parecían dioses computerizados. No nos prestaron atención porque tenían mucho trabajo que hacer y muy poco que pensar. Poco después el umbral de aquella puerta naciente, cambio de color, de la misma manera que una maquina de retratar hace un flash. Como si hubiese hecho una obscena fotografía que se ha de prolongar durante toda la eternidad. Aquella era la señal indicativa de que la habitación estaba construida. Nunca más podría ser demolida, ni cambiaría de lugar aunque fuese ficticiamente. Uno de aquellos androides de la muerte era muy musculoso, tiró al hombre a la habitación con la carreta incluida. De hecho a nadie le interesaba ver lo que había dentro de la habitación, porque restaba toda la eternidad para averiguarlo. Los hombres se fueron haciendo gala del insoportable sonido de aquellas sirenas. Entonces mi guía me dijo: - "esté es un espectáculo del que soy testigo a diario, pero todavía no he podido afrontarlo con dignidad. Por mucho que se piense al respecto nunca se puede tener dignidad". Yo estaba muy cansado y quería irme del hotel, pero mi guía me disuadió porque todavía tenía que aprender mucho. En nuestro camino hacía el ascensor, un olor extraño invadió mis sentidos y no podía dejar de vomitar. Entonces mi guía me dijo: - normalmente hace falta algunos minutos para adquirir una sensibilidad extrasensorial. Es en ese momento cuando se empieza a oler a muerto en estos lugares. Vayámonos rápido, esta importuna infección del alma, no debe de afectarle más de lo que usted merece". Sin embargo mi vomito desaparecía en el suelo muy rápido, porque muchas otras suciedades aparecían en el suelo sin que nos percatásemos con anterioridad. Llegamos al ascensor y nos encontramos al simio muy pálido. La angustiosa espera había narcotizado sus sentidos de un dolor melancólico. Volvimos a ejecutar una tediosa operación administrativa, que era numérica y musical, y el ascensor volvió a temblar como el cascabel de un cordero. Nos dirigimos a la planta 567676789435235476 trillones/ ERWETRUYUT, que era la de los pensamientos perdidos( una de las innumerables con tal género). Mi guía no la había visitado nunca. En esta ocasión la puerta se abrió con mucha dificultad, porque la gravedad en aquella área del hotel, era muy superior a lo normal. La razón era muy sencilla: las palabras perdidas volaban en el aire acostumbradas a repetir los mismos movimientos. Debido a la excesiva repetición de su verbo, el aire era cada vez más pesado para ellas. Pero de hecho, no tenían suficiente fuerza para escapar de su habitación y fundirse con la unidad del mundo, a pesar de ser meras palabras. Se quedaban atascadas en la cerradura y no podían salir de allí. En los pasadizos se escuchaban débiles rumores procedentes de las habitaciones, puesto que si alguna silaba indiscreta se escapaba de la habitación, pesaba mucho. Esa era la causa de aquella inmensa atracción gravitatoria. No obstante en el aire volaban letras gráficas y se mezclaban entre sí. Se mezclaban entre sí palabras perdidas de distintas habitaciones, formando frases inconexas entre sí. Las letras volaban en el aire, muy poco tiempo, pues no podían resistir la fuerza de aquella inmensa gravedad. A veces emprendían el vuelo pero era muy fugaz, porque otras palabras absurdas también querían tener una pasión fugaz, en aquel teatro de sombras insensatas. No todas las palabras absurdas podían volar en el aire. Aquello me resulto muy atractivo, interesante y lúdico hasta que comprendí el verdadero significado de aquel desfile de letras, palabras y frases incoherentes. Las palabras pesan porque les duele existir, no pueden salir de la habitación porque su significado se ha quedado encerrado en el dolor de la eternidad. De hecho no tienen fuerzas ni para quedarse en su habitación. Las letras que salen de la habitación, son suspiros ancestrales incomprensibles, y se mezclan con dispares pensamientos, para que su significado originario, resulte lo más borroso posible ante los ojos del mundo. Dos significados antónimos, pueden ser amigos entre sí. Porque se disimulan el uno al otro. Eso es lo que hacen las letras fuera de las habitaciones. Comprendí que allí estaban todas las palabras inútiles que nadie ha querido nunca. Las palabras pesan porque su eterna culpa les obliga a recitar incesantemente su pecado. El espectáculo que presencio fuera, no es ni la mitad de desagradable que lo que acontece en el interior de las habitaciones. Mi guía cuando vio que me había dejado de divertir mezclando aquellas palabras que levitaban en el aire a mi gusto, y me empezaba a causar angustia aquellas especulaciones, decidió que debíamos partir de aquella planta. Había aprendido la lección. En nuestro camino de retorno al ascensor, la gravedad aumento paulatinamente, a medida que cada vez era más consciente de la situación. Cuando llegamos, el simio estaba tan asustado como en la anterior ocasión. A veces causa tanto temor una palabra malgastada como la muerte misma. El botones, tocó los botones del ascensor adecuados, porque el simio estaba exhausto, y su cansancio podía conducirnos a la deriva metafísica por el resto de la eternidad. Nos fuimos a la planta 56767899967885676767231678 cuatrillones/ SDERFTTRGRTFRFRTFG. Era la planta de los entierros prematuros. En aquella planta, estaban varias personas que habían padecido una muerte súbita, prematura, accidentada o inesperada. En definitiva una muerte en consonancia y simbiosis absoluta con la vida misma. Si superaba aquella prueba podría partir del hotel para divulgar su secreto a la humanidad. Así me lo había confesado el guía, en el transcurso de nuestro camino hacía la última planta que habíamos conquistado. En el momento en que las puertas del ascensor se abrían, vi algo espantoso. Yo mismo estaba fuera. Mi imagen se había duplicado en aquel mundo. En alguna de las plantas debía haber quebrantado las normas sin percatarme, y el director del hotel me había sancionado. Entonces mi yo perdido y recuperado me dijo: - lamento comunicarte, que esta planta es tu destino. Nadie puede salir de este hotel con vida, no hemos sido más que un experimento de dios, para ver como reaccionan los seres humanos ante el absurdo. Todo el mundo es un absurdo te lo aseguro. Estaba esperando a que mi habitación se construyese, debido a que tú has entrado, me han echado de la mía. Me han expulsado a esta planta. En el mismo momento en que entraste en el hotel, el director del hotel, sabía lo que nos iba a pasar. Todo ha sido un montaje para que purguemos la muerte con dolor: el mensaje que te entrego el simio, tus dos sueños mesiánicos, tu paseo por calles que se mezclaban entre sí, la lectura del poema maldito, no ha sido más que una argucia de la divinidad para reírse de nosotros. De hecho no existe ni este hotel, ni su arquitecto, ni nosotros mismos. Y ahora vámonos rápido porque nuestra nueva habitación se esta construyendo. Cuanto antes entremos en la habitación, antes conoceremos la única realidad: - la muerte.

EL HUNDIMIENTO DE LA CUEVA MALDITA

En uno de mis paseos nocturnos, padecí un descalabro que dificilmente podra subsanarse por el aureo paso del tiempo. Fue una experiencia miserable, y un misterio que resuena de boca en boca, con la pomposidad y el estruendo de una catarata. Silenciosa era la noche, y quieto era el pensamiento, y paralizadas parecían las estrellas en el firmamento, como si quisiesen enmudecer un temible secreto. Paseaba por un camino que no tiene historia en las anecdotas cotidianas del gentío. Un camino desertico, solipsista, pasto de la muerte y el olvido. Se encontraba en las afueras de la ciudad, y desde su escondrijo maldito no se escuchaban los ahogados rumores noctambulos, ni las palidas luces de neón que protegen a la ciudad de su amargo silencio espiritual. Era un franco camino lleno de pedruscos. En el extremo derecho habia una pequeña montaña de contornos indefinidos y de arcaica arquitectura bucolica. En el extremo izquierdo habia frondosos arboles, que clausuraban a la vista los ultimos indicios de la ciudad y los enterraba en la destelleante memoria del instante. A pesar de que aquella senda estuviese a unos pocos pasos de los costumbristas ruidos urbanos y de una panoramica cotidiana que parece imperecedera, causaba la impresión de que todos los sedimentos putrefactos del tiempo se hallasen enterrados allí mismo. A unos pocos pasos se encontraba el cementerio, cerrado al público con una verja que recordaba a la estetica medieval. Cuando la luna llena aparecía en el tormentoso cielo, parecía pedir a gritos de luz purpura que su espiritu astral reposase a unos pocos pasos de aquel insigne cementerio. El aire que se respiraba aquella noche era asfixiante y estancado, como si toda aquella soledad que se expandía en aquellos parajes por doquier, fuese un unico ser que se ahoga con su propio respirar. Se escuchaba el sonido de los grillos que parecía que cortejasen con su autoctona lengua, aquella soledad única e inalienable. Parecía que fuesen la viva poesía de los rayos de luna que esbozan hambrientas sombras nocturnas en el suelo. Nunca había entrado en el cementerio, ni problamente nunca lo haré, porque mi deseo es selenita, pues quisiera que me entierren a unos pocos pasos del mismo cementerio. A veces se escuchan siniestros ruidos cuando se camina por aquellos lugares, pues suele haber tierra que se desmorona cuando el viento sopla con intensidad. O tal vez se trata de repugnantes serpientes campesinas, que se arrastran por la maleza acechando a los peregrinos nocturnos, para tentarlos con su nectar mortal. o quizas son roedores que se ocultan de las aves rapaces. En todo caso aquel enigmatico ruido siempre penetra en los oídos como un ritual poema apocaliptico. No obstante siempre que paseo por aquellos parajes, siento como una musica que no pueden percibir los espiritus más atentos, me perfora los timpanos, con su conjuro ancestral. A veces se mezcla con el ruido autoctono, y causa una extraña inversión del orden natural. En ocasiones se reencarna en cualquier alma cautiva, borrandole sus recuerdos, mientras se marchan de su cuerpo en forma de sudor frío. El latido de cualquier alma perdida suele merodear en las cercanias del cementerio, y se puede manifestar en cualquier soplo de tiempo intempestivo. Aquella senda guarda en su extremo izquierdo algunas cuevas, y pueden ser visitadas por los espiritus intrepidos que aman la oscuridad. Son un pasillo oscuro que se acaba en unos pocos pasos, y no existe temor si se mira hacía atrás, pues una luz blanca y palida es el servil testimonio de que el mundo todavía no ha desaparecido. Pero si solo se mira hacia delante se tiene que palpar el estrecho paso, porque la cabeza alzada nunca se encuentra a salvo. Son cuevas cerradas y sin salida, a pesar de que en el interior de las mismas existen algunas exiguas bifurcaciones. No obstante, cuando el alma de la cueva absorve los sentidos de los intrusos de su insigne templo, suelen percibir un latido monotono y aterrador, como si fuera una forma de vida amorfa y embrionaria. Para poder penetrar en el interior de las cuevas, se tiene que escalar un pequeño desnivel, pero es de muy facil acceso para la inmensa mayoria de los transeuntes. Siempre que camino por aquellos siniestros derroteros, un extraño peso embarga todos mis pensamientos, y unas oraciones sobrenaturales fluyen incesantemente de mis labios, como si un incomprensible tesón místico o una locura descarriada se apoderara de mi. El día que tuvo lugar aquel lamentable incidente, la luna era roja como la sangre y las nubes eran como su servil cortejo, que la rodeaban sin atreverse a taparla. Algunos relampagos ocasionales teñian el suelo de un blanco espectral, y los truenos eran pinturescas líneas que seducían con la fugacidad de su manifestación. Eran como la representación gráfica de las exacerbadas pulsiones de aquella noche negra. Mientras caminaba ajeno a aquel movimiento azul oscuro, pude sentir un murmullo ahogado y entrecortado, que nacía en la profundidad oscura de una de las cavernas. Era un ruido seductor y atractivo, como la voz de un dios decadente. El viento soplaba ufano y ayudaba a extinguir en el vacío a aquella voz espectral con un arte jamás contada. Para subir, tenia que apoyarme en una de las ramas de un árbol azotado por la pudredumbre, para poder sortear aquella impracticable cuesta que conducía a aquellas cavernas de cáracter divino. La vil maleza castigaba con duros aguijones a todo aquel que quisiese profanarla, pero mi tesón esquivo como de costumbre el infortunio que representaba aquel obstaculo. Me apoyé en la copa del árbol, y paseando por un estrecho camino de tierra humeda, pude alcanzar la entrada de aquellas cuevas. Ante mi desconcierto aquel gemido águdo y silencioso tenía la misma intensidad y la misma vibración, que cuando me disponía a ascender. Como si no procediese de un sitio en concreto y se expandiera por todos los alrededores con la misma generosidad. Como si fuese un ruido que fluye ahogado en el tiempo, y que no ha sido ocasionado por nada. A pesar de lo imprudente de mi acción, compensaba solo en cierta manera el intentar resguardarme de aquella insidiosa tormenta. Sin más dilaciones procedí a adentrarme en aquel universo oscuro. Cuando dí unos pocos pasos, aquella voz lejana empezó a hacerse inteligible a mis insensibles oídos. Mis pasos eran temblorosos, y por descuido causado por un panico helado, olvide agachar la cabeza y me dí un contundente golpe, que dejo una herida abierta en mi frente. Pero el terror me mantenía despierto, puesto que en circunstancias normales me habría desmayado. Aquella voz me obligaba a seguirla, aunque fuese absolutamente ajena a mi voluntad. despertaba en mi un instinto inexcrutable, lleno de fuegos de artificio, y de constantes temores justificados o no. cuando me hallaba a pocos pasos pude entender los balbuceos de aquella voz espectral. Era una voz entrecortada, puesto que al sujeto que la emitia le costaba mucho respirar. Estas fueron las frases que entendí cuando me encontre aquella extraña forma de vida, pues no quiero decir lo que era. Solo quiero que lean sus palabras para que comprendan por si mismos, lo inaudito de su condición existencial, puesto que si lo describiera con mis propias palabras tergiversaria la historia. Sin más preambulos esto fue lo que dijo: - "hace muchos años que estoy aquí encerrado, porque no me puedo morir aunque lo intente. Cuando sentí que agonizaba debido a una larga y penosa enfermedad, decidí ir al cementerio para contratar sus servicios debido a lo inminente de mi muerte. El sepulturero me dijo que era una persona demasiado humilde para ser enterrada, pues no disponía de dinero para mi tumba y para pagar los gastos del oficio religioso. Me dijo, que en esos casos se acude a una fosa común. Vivía en la más absoluta indigencia, y no tenía familiares ni amigos para hacer mis últimas confesiones, porque siempre he sido muy misantropo. Debido a mi enfermedad, mi cara se volvió deforme y monstruosa, y no había ningún antiguo conocido que me recordara. Con la esperanza de ser enterrado con dignidad, me quede en esta cueva con la infundada esperanza de encontrar alguna vacante en el cementerio. Cuando me sentí morir, fui a hablar con el sepulturero, y este me dijo que no lo molestase pues estaba cavando para clientes que efectivamente habían pagado. Cuando volví a la cueva, sentí un águdo dolor en todas mis entrañas, una nausea que hizo tambalearse a todos mis sentidos, y un paulatino decrecimiento de los latidos de mi corazón. El dolor fue inconmensurable, hasta que cuando palpe el pecho con mi mano sentí que no latía el corazón. Mis agudos dolores desaparecieron por completo, y se desvaneció toda la sensibilidad de mi cuerpo a pesar de que me podía mover. Progresivamente la carne se ha ido podriendo y abandonando mi cuerpo, pero incomprensiblemente puedo pensar y hablar aunque ya no puedo moverme. Pues tengo todos los huesos absolutamente fracturados y carcomidos aunque no lo pueda sentir. Todavía puedo arrastrarme por el suelo, y abistar un poco de luz tenue, pero me canso muy rapido y volver atrás resulta imposible. Seguramente si consiguiera salir de la cueva, la luz del día haría que me pudriera en un instante, porque todo mi cuerpo muerto no podría tolerar ni una brizna de luz. Pero a pesar de eso no quiero salir fuera, porque puedo distraerme poniendo nombres a las arañas y a toda clase de insectos que vienen a comerse mi cuerpo, si la mente no se acaba el mundo no tiene porque acabarse. Se sorprenderia cuantas cosas se pueden aprender en esta oscuridad tan congelada". Sin duda creí que aquel hombre era un vagabundo lunatico, y no dí crédito a sus palabras. Pense que el pavor de aquellas voces supuestamente fantasmagoricas, solo podían tener una causa en lo sublime de aquella noche. Recorde que habia traído unas cerillas que había guardado en mi bolsillo. Las saque y encendi una de ellas. En el momento en que frotaba la cerilla, escuche un grito desgarrador, y me quede absolutamente desconcertado. En uno o dos segundos me recuperé del sobresalto, y pude ver como aquella criatura se había tumbado en el suelo, para no ver la luz. Pude ver que su espalda y sus piernas estaban absolutamente descompuestas, y su tibia y su peroné estaban prácticamente al descubierto. Mi sorpresa fue mayúscula y mientras aquella luz errante alumbraba su desgastado cuerpo, una poesía solitaria fluía con avidez en las profundidades de aquella cueva. Agite mi temblorosa mano para apagar la cerilla. Mi pavor y mi vergüenza, no podían enseñar al mundo, aquella ruina y aquel flagarante error de aquellas tinieblas en estado de descomposición. Las telas de araña que había a mi alrededor y el polvo que quedaba suspendido en el aire, debian ser los únicos sustentos, para que aquella abismal mentalidad pudiese seguir mostrando sintomas de una vida apagada. Poco después el dueño de aquella caverna y de su propio abismo inabastable, se recompuso de mi atrevimiento inmaduro. Fue entonces cuando me dirigio las siguientes palabras: - "a aquellos cuyas facciones todavia enseñan lo sano, no pueden abstenerse de querer desvelar secretos por muy ruines y enterrados que parezcan. Tu mente todavía puede esparcirse hasta limites insospechados, pero la mía se ha quedado encerrada en esta muda oscuridad". Tras decir estas palabras un murcielago, se poso en su mano, como un aguila lo hubiera hecho en la mía. Lo sostenía con delicadeza, pues al parecer habia podido adiestrar al caudillo de la noche, a pesar de la increible sensibilidad de su sentido del oído. Entonces ante mi estupefacción sentí como mis pensamientos se habían eclipsado. Mi vida parecía que solo hubiera transcurrido en los breves instantes en que había entrado en aquella gruta. Ya no veía la palida luz de la noche aunque me girara, y hasta se me olvido que existia. Por algun motivo inexplicable existia una ciega complicidad entre aquella prisión y mis anteriores pensamientos libres. A medida que aquel engendro hablaba, mi memoria quedaba enterrada a mayor profundidad, como si todo mi ser se hubiese vaciado, y mis anteriores pensamientos me aguardasen impacientes, en la exterioridad de aquella cueva. Aquella lapidaria voz además de poseer una sabia retorica, disponía de un mimetismo y una pulcritud inverosimiles. Los relampagos apenas se escuchaban, pues parecían antiguos proverbios del pasado que no tenían razón de ser, en el oscuro olvido de aquella cueva. La voz de aquel eterno moribundo entraba en mi hipnotizada alma, como rayos de luz de un mundo desconocido, y mientras estaba en trance podía ver a todos los murcielagos e insectos de una manera simultanea. Sin lugar a dudas estaba educando mis sentidos para ser participe de un inhospito secreto, de un refugio autarquico e imperecedero. sus palabras carecían absolutamente de sentido, porque el lugar donde eran pronunciadas, no necesitaban debido a su sacra ubicación, de un lenguaje rico y prospero para el entendimiento. Mientras hablaba crecían en mi interior las largas noches del desierto, temblores desnudos y frágiles. Su voz se difuminaba en las paredes y quedaban inscritos necios símbolos en el vacío. Los murcielagos emitían lugubres sonidos, como si aquello perteneciese a un ritual de iniciación de alguna hondura paralizante. Sus ojos empezaron a enrojecerse e iluminaron subitamente aquella inmortal oscuridad. Mis sentidos y mi ahogada vitalidad habían aprendido a ver lo que los miembros de aquella sociedad secreta eran aptos para percibir. Pude ver entonces la cara de mi interlocutor, pues me había enseñado sin temor, su demacrado rostro y su esteril vivencia. Era una calavera que emitía una extraña luz azulada, y parpadeaba mientras hablaba. Su mandibula hacía mezquinos movimientos, y su hablar era como un crujido de huesos. Poco después empece a desencriptar el significado de aquella lengua subterranea, aunque no podía responderle, porque todavía estaba vivo. Fue entonces cuando me quiso hacer participe de la existencia de un tesoro escondido. Me incito a que lo siguiera, mientras los murcielagos no dejaban de dar vueltas alrededor de nuestras cabezas. Entonces con un tenebroso ademán, me dijo que le ayudara a cavar con las manos, pues habíamos de desenterrar el tesoro para que pudiese mostrarmelo. Entonces empece a sentir un latido recondito, que cada vez se manifestaba con mayor intensidad. Era un poder embriagador, que fluia proporcionando una siniestra forma de vida a todas aquellas criaturas cavernicolas. Mientras manos sanas y muertas cavaban, aquel latido iba escuchandose cada vez más comprensible y liviano, pues parecía como el vibrar de una vida negra y clandestina. Poco después encontramos el tesoro despues de sacar con las manos un buen puñado de tierra esteril. Se hallaba a pocos centimetros bajo tierra. Al parecer era el inconfundible secreto de la profana vitalidad de aquella gruta. Se trataba de un corazón arcaico, que latía con unos movimientos compulsivos, y a una velocidad mucho mayor de lo normal. Sin lugar a dudas parecía el corazón de un ser humano, pues todas las criaturas subterraneas allí presentes habían aprendido facetas y comportamientos humanos. Aquella cueva se había inundado de antropocentrismo. Los insectos mediante su instinto primitivo y tribal, eran capaces de escribir algunas letras en el suelo. los murcielagos habian aprendido a pronunciar algunas vocales, pues poco después me dí cuenta de su progreso evolutivo, cuando presté seria atención a sus desconcertantes sonidos. Entonces el dueño de la caverna me habló: - " este corazón que aquí ves, es el mio y por su manifestación psicológica y rítmica puedo mantenerme con vida. No puedo salir de esta cueva porque si me separo un instante de él, moriria fatidicamente. Sus latidos son monotonos, como la vida en el interior de esta cueva. Este corazón es el reloj del paraíso gotico, es como el peso del sufrimiento que se retuerce para mantenerse con vida. Si te fijas no tiene ni una gota de sangre, porque solo es un musculo negro y abstracto. Si quieres quedarte en esta cueva te tendré que sacar el corazón y ponerlo junto al mío. Porque un solo corazón no puede latir para dos personas y para tantas bestias cavernicolas". Dichas estas palabras comprendí que mi interlocutor era una mujer, pues los incipientes pelos que todavía crecían incesantemente en su calavera, y las vestimentas que llevaba eran propias de una mujer. Su voz en un principio me había parecido la de un varón, pero cada vez resultaba más ambigua a mi comprensión, hasta que finalmente descubri el genero de aquella criatura reclusa. Me dijo que todavía era joven y que me amaba. Aquello hizo que me asustará pero el tenebroso poder del látido de aquel corazón, causo que me mantuviera sumiso a sus imprecaciones en su ardua soledad. Me tocó la herida de mi frente y la sanó con los hechizos y artimañas de su impenitente muerte. Aquello era una fatídica muestra de afecto, pues respetaba mi salud, a pesar de su enfermedad interminable. Poco después los murcielagos empezarón a desfilar alrededor nuestro con rigor militar, y empezaron a entonar una melodia sepulcral. Entonces me extendió sus manos y empezabamos a bailar un vals apocaliptico, con la iluminación de los ojos rojos de aquellos murcielagos. Mis manos tocaban con delicadeza su esqueleto, y acariciaban aquellos cabellos que todavia estaban sedosos. Cuando finalizo el baile y los homenajes de su reencuentro con la amistad inmortal, cogio el corazón y volvio a enterrarlo en el suelo. Los murcielagos se desvanecieron en los resquicios de la pared, y volvi a sumergirme en una oscuridad absoluta. Entonces ella me dijo: - "nuestras celebraciones tienen que ser breves, porque en este mancillado mundo, tenemos que dormir mucho, porque siempre es de noche. Nos despertamos muy de vez en cuando, y recordamos viejos tiempos. Pues recuerda que aquí la vida fluye como la llama de una vela, constantemente acechada por intempestivas rafagas de viento. Siempre que te vayas a dormir coge con delicadeza mi muñeca, porque tienes que sentir constantemente el vibrar de mi corazón que esta enterrado, porque sino te morirás en un instante, porque la vida en esta cueva depende necesariamente del latir de mi corazón. De aquí a poco, te tendrás que dejar que te saque el corazón con mis huesos podridos, porque como te he dicho antes, un solo corazón no puede latir para dos, por mucho tiempo, además recuerda que la fiesta ha gastado una importante parte de mis energias". Dichas estas palabras se durmió, y yo la obedecí durmiendome a un mismo tiempo. Sabía que era su recluso, porque de alguna manera el nuevo motor de mi cuerpo, era el de aquel corazón enterrado en las profundidades. Además una extraña poesía soñolienta se estaba apoderando de mí. Poco antes de dormirme me dí cuenta, que ya no sentía aquel látido con tanta intensidad como antes. Ella se levantó bruscamente, aterrorizada, y encomendandose a un protector que la abandonaba paulatinamente. Los murcielagos empezaron a agitarse porque sabían que la linea de su horizonte empezaba a difuminarse. Los insectos de toda indole trepaban las paredes, convirtiendolas en una extraña masa de jugo negro. Ella empezó a perder los estribos, mientras me cogía fuertemente de los brazos y me suplicaba con una tajante voz extraviada y confundida, que no la abandonase en aquellos momentos tan díficiles. Mientras pronunciaba estas palabras, sentí que el corazón se había detenido por completo. Lo desenterramos e intentamos reanimarlo pero fue imposible. De hecho el corazón se habia metamorfoseado en un fósil arcaico, y no le quedaba ninguna posibilidad para volver a latir como lo hiciera antes. Entonces sentí que había de ocurrir lo inevitable, el suelo empezó a temblar, mientras no cesaba de caerme a la cabeza trozos de piedra pequeña y algún que otro pedazo de barro compacto. Del suelo salía un gas verdoso y iluminaba aquella decrepita caverna bajo un nuevo sino. El gas no era venenoso, pero hacia extraños remolinos y desaparecía. Pero a pesar de eso no cesaba de emerger del suelo. Ella empezó a hablar en una lengua extranjera, mientras sus huesos se rompían con mayor celeridad, y se caían a pedazos del suelo. Pudo dar dos o tres pasos, hasta que su columna vertebral se partió en mil pedazos y en el suelo no quedaron mas que unas cuantas astillas esparcidas por doquier. La única parte de su cuerpo que conservaba íntegra era su calavera, que no dejaba de mover la mandibula con evidentes sintomas de desesperación. Varios rayos espontaneos parecidos a truenos, se alumbraron en el interior de aquella cueva, y mezclandose con aquel gas verdoso causaban escandalosas explosiones que perforaban mis timpanos. Había llegado el temible momento de huir. Ella me suplicaba en una ininteligible voz que recogiese su calavera, pero sabía que si la sacaba fuera se pudriria en un instante, por lo que no tenía otra opción que dejarla allí abandonada. Sin más dilación, corrí hacia la salida de la caverna, mientras veía como en las paredes se formaban constantes boquetes y resquebraduras, y cada vez me caían piedras de mayor tamaño a la cabeza, que amenazaban con dejarme allí mismo sepultado. Tras dar unos cuantos pasos salí de aquella maldita caverna. Hice la misma acrobacia con la rama del árbol que había necesitado para entrar y me gire un momento hacía atrás para ver que había acontecido finalmente en el interior de la cueva. Se había derrumbado por completo, a pesar de que las dos otras cavernas circundantes habíanse mantenido inmunes. Cuando estuve fuera, había cesado la tormenta, y una extraña calma y un aire paralizante fluían por doquier. El cielo estaba plateado y las nubes se habían dispersado, olvidandose de su amenaza de lluvia. Las primeras claras del día empezaban a esbozarse timidamente mientras mantení nervioso pero firme mi camino hacía mi hogar. Al día siguiente conté el incidente a mis vecinos y nadie me creyo. Hasta que un desconocido, reconoció en la descripción de la sepultada, los recuerdos de una antigua conocida. Se acercó a mi casa para mantener una breve entrevista conmigo. Permaneció en el umbral de mi puerta y rechazó mi invitación a entrar, no obstante me confeso: - "se trata de hermenigilda. Era una joven prostitua, que cogió una terrible enfermedad que hizó que se le deformara la cara. Debido a esta circunstancia perdió su clientela, y se arruinó pasando a vivir la más triste de las indigencias. Ante esta pobreza y desesperación marginal, perdió el juicio y se encerró en una caverna desde entonces no se ha vuelto a saber nada más de aquella descarriada".

EL ANZUELO

Según cuentan voces lejanas y fuentes con merecida reputación, en tiempos inmemoriales, hubo un hombre que padeció uno de los sufrimientos más inverosímiles y agónicos de los cuales no existen crónicas paralelas, ni casos que puedan ejemplificar una vivencia tan mortífera y desgarradora. Apenas se conocen datos biográficos de ese hombre, así como su condición social, o su linaje. Las causas racionales de su trágica desaparición, no han podido ser conocidas jamás. No obstante, debido a que existió un testimonio accidental de los acontecimientos, se conserva de una manera prácticamente íntegra la crónica de su funesta muerte. La historia que se narrará a continuación, carece de hilo argumental, para justificarse a sí misma. Esta es una de las causas, por lo que no se recomienda su lectura, a todas aquellas personas que no puedan concebir fenómenos que hieren a la sabiduría de la experiencia, o quieran establecer una precaria frontera entre los espejismos existenciales y todos aquellos hechos que etiquetamos en la fábrica de nuestro conocimiento. No obstante si usted no se siente identificado con ninguna de las condiciones anteriores, queda invitado a leer este relato. Lawrence.o (así lo llamaré debido a la inexistencia de documentos que avalen de una manera fidedigna su identidad), hallabase deambulando sin rumbo fijo, en una calle muy concurrida, con el paso agitado, y la visión temblorosa y empobrecida. Miraba a los transeúntes, como si fuesen retratos a medio pintar, sombras locas que se burlan de lo que reflejan, anacronismos viles o profecías irrisorias, en definitiva como si se hallasen todos en un puente y debido a lo aleatorio de sus movimientos nunca pudiesen cruzar ninguno de sus extremos. El retrato costumbrista hubiera quedado absolutamente obsoleto, según su perspectiva errante y mendiga. Veía pasar a todo tipo de personajes siniestros y hostiles. Pero no le daba tiempo a iluminar con la luz de su poesía vanguardista a nadie en particular, porque todos los transeúntes eran efímeros y escurridizos. Todos caminaban muy deprisa, y además todos poseían algún detalle que los distinguía. En ocasiones era su lujosa o zarrapastrosa vestimenta, o sus ojos despistados o fijos en algún lugar indómito, o bien la palidez o la excesiva prodigalidad de su rostro. De hecho su pensamiento viajaba como una peonza en el suelo. Sin embargo ningún deseo, ningún miedo ni ninguna valentía, querían detener la vitalidad de aquella peonza siniestra. Aquella actividad no se sabe si desinteresada o forzada por la ingestión de algún narcótico de naturaleza misteriosa, cesó repentinamente, cuando sus ojos dejaron de ser los instrumentos de un arte destructiva y hostil, para pasar a convertirse en los jueces, de un mundo desolado y evanescente. Por un instante su arte expansiva como el cosmos, se paralizó al contemplar la inquietante presencia de un mendigo. Tenía la expresión serena y altiva como una montaña, las mejillas maquilladas de suciedad, las barbas y los cabellos largos y llenos de canas. Vestía con harapos sucios y muy desgarrados, y absolutamente descoloridos. Sus gafas no tenían cristales. Sus ojos estaban inmovilizados como el sol, pues parecía que hacía mucho tiempo que se habían cansado de buscar, y solo miraban a su alrededor como si la vista fuese un sentido accidental. Tenía la mano extendida y estaba sentado en el suelo junto a un cartón. En el cartón estaba escrito el siguiente mensaje: -"si alguien quiere darme una limosna la aceptaré gustoso, si estoy de humor tal vez les cuente algún chiste o adivinanza, o algún adagio filosófico, de todas maneras no se hagan muchas ilusiones porque no soy muy ingenioso". Instintivamente, y sin conocimiento de causa extrajo una moneda de su bolsillo, porque quería seguir pensando en aquel hombre. Pues sin percatarse de ello, lo estaba guiando en un sendero sensual y tenebroso. En el momento en que la moneda rozó su enmohecida mano, sus labios se movieron en protocolario gesto, como si una máquina se hubiese despertado de un sueño: - "no le doy a usted las gracias, ni tampoco voy a censurar su acción, porque usted no me ha dado la moneda por un motivo altruista, ni por un motivo egoísta, ni por un motivo vitalista, ni por un motivo nihilista. No obstante yo actuaré en correspondencia con su donativo. Le voy a dar algo que puede causarle dolor o puede causarle felicidad, puede otorgarle la vida o puede robarle su muerte, puede causarle temor o puede causarle serenidad. Puede usted aceptarlo o puede rechazarlo." De hecho, ya no había ninguna duda que había entrado en un laberinto de infinitas bifurcaciones, y el hecho de salir sin saber a donde conducía hubiese sido una impiedad. Aceptó sin rechistar aquel presente, creyendo que podía jugar con los colores de la vida, de la misma manera que se puede jugar con un sueño megalómano. Simplemente respondió con un "sí" que no era ni enérgico ni tenue, ni vigoroso ni pusilánime, como si formase parte de aquellas leyes no escritas, el hecho de mostrar que no existe ningún tipo de afección en sus emociones. El mendigo prosiguió con su singular propuesta: - "te voy a dar un anzuelo, que te puede servir para cazar o para ser cazado, o para cazarte a ti mismo. Existen tres posibilidades, dos de ellas son claramente mortales de necesidad, la otra puede abrirte un horizonte áureo y creador. No obstante, bajo ningún concepto debes perder este anzuelo, porque te puede venir a buscar en cualquier momento. En el momento en que lo cojas serás su dueño y él será tu esclavo, pero vuestras relaciones de señorío y servidumbre pueden intercambiarse en cualquier momento". La propuesta redundaba en lo absurdo, pero era un absurdo interesante y prometedor, y Lawrence aceptó las condiciones de aquel juego de niebla endemoniada, porque el juego y él mismo, en un cierto sentido eran la misma persona. Cogió el anzuelo con sus manos, y lo introdujo en el bolsillo. Era un anzuelo oxidado y pequeño, que tal vez hubiera servido en otros tiempos para pescar a mentes pequeñas e indefensas. Esa fue una de las razones para no meditar demasiado acerca de su decisión, ya que pensaba que se trataba de una apuesta inofensiva e inocua para su espíritu emprendedor. Poco después el mendigo le hizo una última advertencia: - "veo que no has escuchado con suficiente atención las instrucciones, pero te ruego que discurras con cautela, porque este anzuelo, es flexible a cualquier mente, pues en caso contrario la apuesta sería absolutamente injusta e indigna. Antes de que llegues a tu casa el anzuelo habrá crecido lo suficiente, para causarte una buena herida en tus piernas. Tendrás que llevarlo en la mano en la parte no punzante, y controlando su crecimiento, así como las vicisitudes de este sendero tenebroso que has decidido caminar voluntariamente". Dichas estas palabras adoptó su anterior gesticulación catatónica, como si no hubiera hablado con nadie, como si ya no recordase que hacía un instante alguien le había dado una limosna. Podría contemplarse aquel mendigo durante un discreto intervalo de tiempo, y se podría corroborar en tal experimento, que la conciencia de aquel hombre siniestro es como una raíz que continua sumergiéndose en tierra rocosa a pesar de haber encontrado agua. Tras contemplar la parsimonia inquietante de aquel mendigo, lawrence.o., supo que las normas de aquel juego eran absolutamente estrictas e inflexibles. Las últimas claras del día caían aisladamente en algunos puntos concretos del pavimento. El camino hacía su morada no era muy largo, pero debido a los muchos cruces de esquina que tenía que hacer, parecía como Aquiles pretendiendo atrapar a la tortuga. De todas formas la apariencia tan solo era una mera ilusión óptica. Durante el camino solía encontrarse con todo tipo de vendedores enigmáticos y personas desahuciadas. Sorprendentemente antes de que cruzara la primera calle, vio a un hombre con un gorro de lana y con una túnica, con los ojos repletos de un macabro jugo de alcohol etílico y con varias rasgaduras considerables en la espalda. La visión del anzuelo, lo sumergió todavía más en su trance dionisiaco. Al ver pasar a Lawrence se burló descaradamente de él y le dijo: - "no pierdas este anzuelo, hechicero inconsciente, en cualquier momento se puede despertar un mundo en que los peces tiendan cañas de pescar desde lo más hondo del océano". Tras pronunciar esta delirante frase lo intentó seguir con sigilo, pero Lawrence. O le amenazó con clavarle el anzuelo. Al sentirse cautivo de aquel anzuelo absurdo, aquel soñador errante se alejó de él, silbando una tenebrosa sinfonía arcaica, y con una risa gutural que hubiera desafiado a un león. Durante el resto del camino no tuvo más incidentes a resaltar, a excepción de muchas miradas hostiles y primitivas que miraban el anzuelo, como la reliquia de un templo perdido. Observó que había crecido un poco, y que le ocupaba toda la palma de su mano. Era absolutamente idéntico en su forma, pero el tamaño había variado ostensiblemente. Pasear por aquellas esquinas repletas de niebla asfixiante, y el encuentro con vertederos y gritos lejanos de maleantes, eran un incentivo para aligerar el paso. Poco después y tras soportar el peso gravitatorio de varias miradas hundidas en una adulación deleznable, llegó a su resquebrajada puerta, que era la entrada a su infierno personal en el que habitaba esporádicamente. Pensaba ingenuamente que el infectado olor de aquel barrio deprimente castraría las conspiraciones masoquistas de aquel anzuelo. Encontró a varios niños sucios que corrían y gritaban por las escaleras, a veces eran consignas tradicionales y a veces consignas poéticas que surgían de rumores imperceptibles. Los niños al verle hicieron un corro a su alrededor, entonando con pesadez un himno infantil con varias palabras y significados, que alteraban aquella pueril actitud. Al verle con el anzuelo le cantaron: - "el anzuelo proviene de nuestro abuelo, pesco una hermosa trucha que se pudrió en la cocina porque estaba infectada de hormigas, el anzuelo esta oxidado y no le gusta esconderse en la oscuridad de ningún armario, también teme manifestarse en cualquier mesa porque teme las miradas y las manos de desconocidos. Le gusta estar en una silla aguardando a que cualquier incauto se siente en ella". Aquella canción delirante le causó un sudor sucio, que se paseó en sus mejillas como una reptante sanguijuela. Alzó las manos y junta a ellas el anzuelo, los niños al ver su amenazante ademán se dispersaron, con los ojos coléricos y los labios ennegrecidos. Gritaban como cabras y danzaban con movimientos imposibles. Algunos salieron a la calle, otros subieron por las escaleras, y otros intentaron esconderse infructuosamente en los rincones de aquella pared repleta de sombras malditas. Lawrence aprovechó aquel desconcierto general, para subir las escaleras con discreción y apariencia de cotidianidad. Subió algunos pisos y en cada planta, podía ver a todo tipo de maleantes que conversaban en la escalera, acerca de sus hazañas o de sus pestilentes negocios callejeros. Todos se asustaron al verle, y le dejaron pasar sin preguntarle absolutamente nada. Finalmente cuando llego al umbral de su tenue puerta, la abrió con rapidez. Cuando estuvo dentro escucho los gritos de pánico de algunas ancianas, que estaban hirviendo algún mezquino brebaje, para preservar a sus familias y a la vecindad de la llegada de aquel anzuelo. Su piso era muy grande pero se encontraba en muy lamentables condiciones. No había suministro eléctrico, y aquella oscuridad encerrada en aquel lúgubre antro parecía que reposase con tranquilidad. Había varias habitaciones con muebles en malas condiciones, había muchas resquebrajaduras en las paredes y siempre había que caminar con una vela. La pintura de las paredes estaba absolutamente deteriorada y tan solo quedaba una superficie con varias grietas. En un extremo de la casa había tres dormitorios, y en el otro había un gran salón de lectura con una gran estantería y la inmensa mayoría de los libros desaparecidos. Tan solo quedaban algunos catálogos de viajes, que los antiguos dueños habían olvidado allí. Las paredes amenazaban derrumbarse en cualquier momento, y cualquier ligero temblor de tierra o cualquier ráfaga de viento intempestiva amenazaban con derrumbar aquel mísero antro. En el centro de aquel habitáculo repleto de variopintas sombras y de silenciosos ruidos inauditos, había un reloj de pared, que sonaba con esplendor para compensar el infame silencio del resto de la casa. Había un par de sillones y una mesa con varios boquetes. Había un armario con varios cajones absolutamente vacíos. En otros tiempos había servido para guardar la cubertería. Lawrence. O. decidió guardar el anzuelo en uno de los cajones de aquel armario, para que agonizase su mugriento espíritu en una oscuridad, que se encuentra en el interior de otra oscuridad. En aquel piso había muchas incomprensibles corrientes de aire, a pesar de que su espacio era hermético y sellado, a los designios del mundanal ruido. Se trataba de una atmósfera excesivamente calurosa y claustrofóbica, y si se intentase pintar y decorar, o reformar, toda aquella barbarie sumergida en el olvido, las paredes no dejarían de sudar, y los muebles escupirían todo su barniz. Por las noches escuchaba gritos ahogados, como si la gravedad del aire estuviese tan enrarecida y concentrada, que no tuviese fuerzas para transmitir el sonido. Por las noches hacía tanto calor, que uno se tenía que vestir con muchos atuendos para no quemarse la piel, pero en su defecto se cubría con varias mantas sucias. El tic-tac del reloj quedaba ahogado en el aire, como si en aquellos lúgubres parajes les costase aceptar que el tiempo pasa, como si les doliese que cuanto más tiempo transcurre, menos tiempo les resta para atormentar a sus aturdidas víctimas. El suelo estaba formado por tablones de madera desiguales. Había que caminar con cautela para que el pie no quedase hundido en el suelo, o quedase brutalmente herido por las punzantes astillas. Además había que asegurarse que los pasos no eran huecos porque podían formarse nuevos agujeros en el suelo. En el salón de estar había un cuadro, quieto y paralizado, exento de dinamismo artístico alguno. Lo adquirió como baratija en el mercado, debido a que tenía un perfecto símil con una hipotética ventana. Se trataba del retrato de una ventana que reflejaba unas doradas calles, y un iluminismo colosal. Tras haber puesto el anzuelo a buen recaudo, y viendo que la luz de la vela estaba prácticamente consumida decidió quedarse dormido en el sofá, para custodiar al anzuelo, que había condenado a un silencioso sepulcro. Había desechado la idea de utilizar aquella misteriosa arma, solo podía destruirla para su seguridad personal. Poco después se durmió y soñó en un inmenso tablero de ajedrez, viviente. El era un jugador que contaba con una única ficha: el rey. Su rival era el anzuelo y sus fichas eran seres animados. Se trataban de todas las personas que lo habían censurado satíricamente por estar en posesión de aquel anzuelo. El tablero tenía infinitas casillas y parecía que fuese imposible recibir jaque mate, pero las demás fichas se burlaban del rey y seguían su paso. No dejaba de pedir tablas al anzuelo, pero este no dejaba de escribir en la mesa de madera con su punzante filo: - "morirás bellaco". Jugaban en un jardín desolado, repleto de árboles muertos y de plantas podridas. Poco después se despertó, sumergido en la oscuridad que había dejado atrás en el día anterior. Entonces surgió en su soñolienta conciencia, un temible presagio, y encendiendo una cerilla, se fue al armario a buscar el temible anzuelo. Recordó instantáneamente que lo había guardado en el primer cajón, y lo abrió con aplomo, para buscar el motivo desquiciado de su angustiante preocupación. Ante su parálisis emocional y su desapego con los finos hilos que sostienen su neologico abismo, descubrió que había perdido su única ligazón con el mundo. Revolvió todos los cajones pero fue en vano, estaban tan vacíos y polvorientos como el primer cajón. Cojió otra cerilla en la caja que guardaba en el bolsillo, y se acercó con estupor y con el paso silencioso y menguado a la puerta de su casa, con la infructuosa esperanza de encontrar aquel anzuelo. Muchas hipotéticas soluciones discurrieron en su grisácea conciencia, repleta de vapores venenosos. Era evidente que el anzuelo, no podía haberse escondido en algún resquicio de aquella tenue morada, por lo que seguramente había sido sustraída por algún mendigo indiscreto y procaz. Sin posibilidad de cavilar y de sopesar la situación como era debido, decidió buscar aquel infame utensilio de pesca, donde le dictase el azar o el insoportable peso de aquella mezquina búsqueda incesante. Abrió la puerta de su piso y decidió preguntar en la casa de al lado, puesto que como eran los vecinos mas cercanos habrían tenido la posibilidad de escuchar una hipotética profanación de su propiedad privada. El ambiente fuera estaba muy enrarecido, y la respiración era pausada y entrecortada. Subió un humo gris del piso de abajo, pero debido a que no se escuchaba ningún murmullo inquietante, Lawrence pensó que debían estar quemando alguna baratija para aliviar el estrés. Sin más preámbulos tocó el picaporte y al instante una anciana lo recibió en la sala de estar. Llevaba un batín muy desgastado y con muchos remiendos, varias pinzas en un peinado muy estrafalario, y el sórdido aroma de un perfume indiscreto y sectario. Podía decirse que aquel perfume era de lejía aromatizada. Tenía los ojos perplejos y exhaustos, dando a entender que no había dormido y que había estado muy atareada toda la noche. Tras recibirle con un gesto más protocolario que afectivo, le dijo: - "debió usted de prestar más atención al anzuelo, porque según nuestras indagaciones es de una naturaleza muy peligrosa. Se trata de un objeto que no pertenece a ningún mundo y puede hacer lo que le plazca. Mi amiga y yo, hemos vertido en una olla, aceite de oliva y la mezcla de sangre de varios reptiles, junto a agua imantada. Mientras el agua hierve, el vapor escurridizo forma siniestras siluetas en el aire. Al principio veíamos nubes, pero tras ingerir un potente narcótico hemos empezado a ver e interpretar, el rostro de un mendigo que debió usted conocer al anochecer. Por favor, siéntese en el sillón del salón, queda usted convidado a pasar. Disculpe mi falta de cortesía como anfitriona, pero tengo que buscar unas especias, para indagar más en nuestra búsqueda". Recorrí un largo pasillo, repleto de obras de arte de muy mal gusto. Había cuadros de prostitutas viejas, algunos collares y atuendos de tribus extinguidas, y algunas estatuas de cabras y gatos. La iluminación era muy precaria, y tuve que encender varias cerillas, antes de llegar al salón. Tras unos cuantos minutos caminando a tientas en aquellos parajes desconocidos, y sin pararme para hacer alguna valoración artística de las obras de arte allí expuestas, llegué finalmente al salón. Dentro había una anciana desnuda, y en estado raquítico, con los ojos perdidos en un éxtasis incomprensible, y con unos cabellos blancos que le llegaban hasta las rodillas. No dejaba de recitar palabras en una lengua extinta y ni siquiera se percató de mi presencia. Posiblemente la ingestión de estupefacientes había mermado sus sentidos externos, para profundizar en sus sentidos más internos e íntimos. Le intenté llamar la atención varias veces pero parecía una tarea inútil. Poco después vino a socorrerme en mi intención, de establecer cordiales relaciones diplomáticas, la anfitriona de la casa. Al llegar por detrás de una manera absolutamente sigilosa dijo: - "leandra, despierta de tu letargo, ha venido el propietario del anzuelo tal y como predijo ayer aquella cortina de humo". Poco después leandra se despertó, y dijo a Lawrence. Con una mirada serena como una mar en calma: - "necesitamos hipnotizarte, porque el anzuelo te habla sin que te des cuenta de ello. En estado de trance podremos saber que es lo que te dice". Como Lawrence no tenía otro refugio que el de aquellas hechiceras, decidió emprender aquel siniestro peregrinaje mental, con la intención de recuperarse de una enfermedad que todavía no había mostrado sus síntomas. Se sentó en el sillón, mientras el vapor de aquella olla hirviendo no dejaba de esparcirse en la habitación. A su alrededor no había más que una alfombra con infinidad de manchas y con dos dedos de suciedad. No había la suficiente claridad para percibir la presencia de las paredes, pero no obstante, debían permanecer a varios metros de distancia. No obstante a pesar de que no había ninguna vela, ni ninguna lámpara cercana, en la región de la habitación donde Lawrence estaba ubicado podía distinguirse con claridad, la espesa agonía mística que lo rodeaba. La bruja desnuda y decrepita, le ayudó a sentarse en un galante gesto. En aquellos instantes empezó a sentir un agudo dolor de cabeza, debido a la insalubridad y la falta de aire puro en aquellos derroteros. La anfitriona, acto seguido, le dijo: - "mira fijamente, la voluptuosa danza de leandra, y con sus movimientos gráciles y sutiles, y al ritmo de una música oriental de mi instrumento de percusión, caerás irremisiblemente en trance. "Leandra empezó a bailar con una sensibilidad y una exquisitez desorbitadas. Al principio seguía sus movimientos con dinamismo y perseverancia, pero el sonido de aquella música extraordinaria, hacia que percibiese sus movimientos estáticos, como si al mover la mano o el pie de un lugar a otro, tuviese lugar en un instante, sin que pudiese sentir la trayectoria de sus mágicos movimientos. Poco a poco, sus parpados empezaron a hundirse, y sentía constantes latigazos en el cerebro. Su visión nítida empezó a convertirse en borrosa, y todas las líneas y todos los colores se mezclaron, como si un pintor hubiese echado un bote de pintura. Sentía que caía en un pozo, y un abismo negro penetraba en todos sus recuerdos. Sentía que sudaba a cántaros, y perdía toda la sensibilidad de su cuerpo. Fue en aquellos instantes, cuando la música y la danza se volvían cada vez más apasionadas, que Lawrence se sumergió en un profundo letargo. Estaba flotando en un espacio negro, con una serenidad aterradora. Desde aquel secreto vacío existencial, respondía a las preguntas de sus interlocutoras. La anfitriona le preguntó: -"¿que ves Lawrence?". - "que nado en una oscuridad que no esta despierta pero que tampoco sueña". - "¿sientes que algo te oprime?". - " si, pero no me preocupa lo que es, sufro de soledad y melancolía, pero quiero que esta ancestral música devore a mis sentidos". - "¿alguien te ha hablado de un anzuelo?". En aquellos instantes se agitaba como un perro rabioso, y no dejaba de echar espuma por la boca, abrió los ojos, y todas las partes de su cuerpo temblaban en el más amargo de los despertares. Empezó a decir palabras desconocidas y enigmáticas, creadas posiblemente en la dimensión negra y vacía que acababa de visitar. Entonces la anfitriona tocó con suavidad sus mejillas y sus delirios y convulsiones, desaparecieron de un modo absolutamente efímero. Empezó a respirar pausadamente, y entonces leandra le dijo tras su inesperado despertar: - "tú tienes la culpa de lo que te pasa, porque te has convertido en el anzuelo. Ahora sois la misma persona". Cuando la anfitriona comprendió el significado de las palabras de leandra y de lo que acababa de acontecer, se arrepintió de haber socorrido a Lawrence. Al ver que aquellas mujeres estaban furiosas con él, Lawrence no le quedó otro remedio que escapar de los arrebatos de aquella ira. Empezó a correr en aquel laberinto de oscuridad, mientras las mujeres no dejaban de arrojarle cazuelas y otros enseres de cocina. Recordó el camino de salida, pero a pesar de su avanzada edad aquellas mujeres corrían a un ritmo similar al suyo, aunque ligeramente inferior. Corrió en aquel pasillo, mientras toca clase de cazuelas impactaban en su cabeza. Afortunadamente la puerta estaba abierta, pero ello no le ayudó a recibir un último impacto de un mamporro, que se estrelló en su espalda. Cuando salió de su casa, aquellas brujas dejaron de perseguirle, al darse cuenta que Lawrence estaba irremisiblemente condenado. Bajó las escaleras, ante la estupefacta mirada de los vecinos, y tras haber llegado a la puerta del bloque de apartamentos, corrió unas cuantas esquinas más allá hasta que no creyó estar a salvo. Poco después se sentó en un banco para reestablecerse de tantos delirios malgastados, y para meditar acerca de la solución de un problema que crecía más rápido que la hierba. El sol permanecía absolutamente mudo y enlutado, y los cielos eran tan grises que parecía que querían comerse sus débiles pensamientos. Estaba cerca de un parque y no había ni un solo transeúnte. Incomprensiblemente las calles se habían quedado absolutamente desiertas. Sentía la solitaria presencia de las hojas caídas de los árboles que se movían impulsadas por un sórdido viento. No había nadie asomado a los balcones, parecía como si aquel vecindario hubiese sido abandonado. Entonces, repentinamente, empezó a sentir un escozor molesto en la garganta. Su respirar cada vez era más entrecortado y molesto. Sus pensamientos cada vez eran más hondos y confusos. Paulatinamente la cabeza se pudría por dentro, como si lo hubiese invadido una hueste de gusanos. Empezó a sangrar por la boca, pues la garganta cada vez estaba más irritada. Intentó pedir auxilio, pero las calles estaban vacías y nadie podía escuchar sus aterradores gritos. A los pocos instantes, su cara se puso pálida como una fruta podrida, y no dejaba de sangrar sangre negra y putrefacta por la boca. Sintió que algo lo atravesaba por dentro, y poco antes de perder la conciencia, un enorme anzuelo le salía por la boca destrozando todos sus órganos internos. Murió sin darse cuenta que ya no le quedaba ninguna esperanza para vivir. A las pocas horas de este trágico suceso, el mismo mendigo que le había dado el anzuelo, vio el cadáver y pensó: - "es demasiado terrorífico jugar con nuestros pensamientos a la deriva". Le sacó el enorme anzuelo de la boca, y se lo quedó, para dárselo a alguna víctima indefensa.




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