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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS
Juan Oliver

juanglot@hotmail.com

Más relatos de Juan Oliver...


FRAUDE LABORAL

Sentado en la barra de un bar, a primera hora de la mañana, zarrapastroso y sin afeitar, sucio y abatido, me dispuse a leer el periódico. No me interesan los artículos de política exterior, ni interior, porque de alguna manera directa o indirecta son las responsables de mi precaria situación social. La sección de cultura ha quedado obsoleta, pues hace mucho tiempo que abandone mi condición de estudiante rezagado. No obstante siguen conservando mi interés las noticias de sucesos, porque siempre se pueden encontrar casos más desafortunados que los míos. Y como no, la sección de deportes, motivo de una extraña idolatría y mofa mezcladas, a todos aquellos que han conseguido sobrevivir con un ciclo vital parecido a mí. En ocasiones miro con detenimiento los clasificados, pero siempre se requiere experiencia, y una suerte, y un espíritu de sacrificio absolutamente ajenos a mi persona. Se han convertido en palabras borrosas, demandas arcaicas; en definitiva demandas y requerimientos que levitan en otros mares y otros horizontes. Sin embargo en aquella triste y lamentable ocasión, mi muro tenía un ínfimo resquicio, suficiente para dejar pasar a una corriente de aire tan mundana como envenenada. Mis ojos tenían un curioso afán de autosuperación, y decidieron detenerse en una página maldita. Hicieron un abominable gesto, para resistir a aquella acrobacia descarriada, y fijaron sus ojos como un sello en una carta, en uno de los anuncios que tanto aborrece mi mareada alma: "se requiere personal para un experimento científico y sociológico en una empresa de publicidad. Coordinado por un eficiente personal académico, se asegura la absoluta profesionalidad e integridad del mismo. No se necesita experiencia y nuestro departamento de recursos humanos, no se rige por las pautas convencionales. Esta es la oportunidad que estaba usted esperando. Bien remunerado, abundante compensación a su desinteresado servicio. Llamen al teléfono 11111111, o visite nuestras oficinas de administración donde se le informará con más detalle.". Hacía tiempo que me hallaba suspendido en un hilo, apunto de precipitarme a un abismo inescrutable. El hilo era fino, y mi repugnante peso mundano resultaba cada vez más antiestético. Necesitaba reducir el peso de mis pensamientos, y enfortecer aquel hilo hasta convertirlo en una robusta cuerda. Sin más preámbulos, decidí emprender aquella aventura, y en caso de no ser aceptado, mi mente pesaría un poco más en aquella interminable resaca. Pedí una moneda al camarero, pero este me la declinó con soberbia, al hacerme la brillante observación, que mi crédito en el bar, se había cancelado desde hacía dos semanas. Me puse a mendigar en las cuatro mesas sucias que había alrededor, hasta que alguien compadecido por mi desesperación, teniendo en cuenta que era por una causa justa, y en vista preliminar de que con aquella cantidad, no podría beber ni un sorbo, accedió a mis mendicantes y pordioseras suplicas. Acto seguido, llamé desde el teléfono del bar y me contestó una amable secretaria, y sin que me diera tiempo a hablar, ella empezó un interminable monologo. Parecía una cinta grabada, se notaba que había enseñado como un loro exótico, y la vibración de su voz y su perfecta entonación, parecían los de una actriz, por un momento me enamore de ella, y me la imagine desnuda. En seguida se me pasaron aquellas mediocres y altaneras ensoñaciones para prestar atención a sus palabras: - " nuestra empresa promovillage2000 es de una gran credibilidad en el mercado, y constantemente cotiza a la alta en la bolsa, es una empresa en expansión, que necesita empleados eficientes para divulgar su espíritu de trabajo a todos aquellos ciudadanos que lo necesiten, nuestra selección de personal no es muy rigurosa, e independientemente de su experiencia profesional o su estándar cultural, tiene usted muchas opciones de acceder al mercado laboral. Necesitamos a mentes sanas y cultivadas, o en su defecto un esfuerzo suplementario para alcanzar esa cima que tanto desea usted. Los días, las semanas y los meses nos avalan como una empresa prospera y fructífera. Si desea usted unirse a nuestro esfuerzo común y a nuestra solidaria causa, deberá presentarse en la calle almovogabares 138, piso 7, allí le atenderá un eficiente personal, que calificara su aptitud profesional y decidirá si su perfil profesional, es el que necesita nuestra empresa. En caso negativo, se le asignara otro destino". No pude hablar, aunque lo intentará, siempre que hacía alguna escueta y discreta pregunta, aumentaba ostensiblemente su voz, para que predominara su mensaje, en el abstracto mundo de nuestra comunicación. No obstante, los datos eran claros y concisos, y decidí presentarme, para que me vejaran, o para que me regalaran un bonito ramo de flores mortuorias. Las dos opciones parecían muy atractivas, y no me decantaba por ninguna en particular. No se me citó a ninguna hora en concreto, por lo que decidí acudir de inmediato. Podría respirar aire puro en las desoladas calles (puesto que todo el mundo trabaja), y alejarme de aquel antro repleto de nauseabundo puro de jubilado. Un paseo productivo, iría bien para mis articulaciones, y en general, para mi metabolismo en vías de extinción. De hecho estaba a 8 manzanas, en términos prácticos y estadísticos a 20 minutos a pie. No tenía posibilidad alguna de costearme el viaje mediante el transporte público. No obstante durante mi estéril viaje, tendría tiempo de meditar y pasear como un pato mareado y decrepito. Las miradas de la gente eran borrosas y difusas, y me consolaba pensando que no me miraban a mí, sino lo que aparentaba, porque lo que uno es siempre se puede buscar en un sueño, por muy utópico e irreverente que parezca. Durante el camino observaba los altos rascacielos, los homenajes al esfuerzo de unos pocos en beneficio de muchos, el signo congelado y grisáceo de lo cotidiano, como si quisiesen ocultar una sublime panorámica del cielo. Si aquella inmensa avenida fuese un papel y las personas fueran letras, yo no sería más que una tachadura, porque la tinta que utiliza nuestra sociedad es escurridiza e irreverente. Pensaba que las personas a pesar de ser letras que se mueven y cambian de lugar, en el plano de las ideas han quedado inmovilizadas y con insignes ataduras.... triste consuelo del soñador. Una cortina de espesos rayos de sol se precipitaba sobre aquellos inmensos rascacielos, adornando palabras tan insignes y majestuosas como el nombre de multinacionales, de bancos, de comercios unilaterales y de renombre internacional, supermercados inmensos, y enormes carteles publicitarios orientados para ricos y pobres. Parecía un eremita borracho, perdido en aquel complejo mapa burocrático, en aquellos edificios tan pesados e impresos en las mentes, como una palabra que se escribe en una roca. Mientras hacía estas observaciones, que no se enseñan ni en la escuela, ni en la cola del paro, ni siquiera en el bar con los amigos, mis pies temblaban como si estuviesen hundidos en agua fría y mi cabeza daba vueltas como una noria. Aquellas líneas arquitectónicas tan poco creativas, temblaban en mi deplorable visión, pero permanecían rígidos ante los saludables ojos del sistema. Mirada sutil y horizonte clausurado. En esta frase se resumían mis esfuerzos diarios por sobrevivir. De todas formas si hubiera algún ojo perdido o divino que me mirara desde aquel cielo limpio y claro, se olvidaría de mí al tropezar contra aquellos inmensos hormigones. Las paredes estaban limpias y los colores y las líneas eran saludables a la vista. Tras caminar unos cuantos estadios de fútbol (no se si utilizando el pie de Aquiles o cualquier otra medida inútil), llegué a destinación. Era un bloque de apartamentos, con una clara intención comercial. Había empresas de todo tipo: desde gabinetes de abogados, empresas de marketing, consultorios de psicólogos, empresas de trabajo temporal, etc. El ambiente era muy acogedor y un amigable portero, con una sonrisa más falsa que un billete de 6.5, me preguntó los motivos que una persona de origen tan humilde y desgarbado como la mía, tenía para visitar aquellos sitios para personas decentes y trabajadoras. Le respondí que buscaba trabajo, y que había sido citado por la empresa promovillage2000 para una entrevista. Le dije que tuviera compasión por mí, que estaba pasando por una mala época, y que a falta de dinero y de recursos había acabado en aquella mísera situación. Me arrodillé y le supliqué que me dejará pasar, porque sino nunca podría lavarme mi estigmatizada cara desahuciada, cambiarme mis harapientas vestiduras y afeitarme aquellas pobladas barbas. Entonces al observar el patetismo de mi actitud, la riqueza de mi léxico, y el vestigio borroso y dudoso de una antigua y civilizada posición social, me invitó a pasar diciéndome: - "en estos sitios no se dejan pasar a vagos y maleantes. Parece que tienes intención de rectificar, solo te dejare pasar para que compruebes con tus propios ojos que este mundo no esta hecho para mentes enfermas y débiles como la tuya. Una vez lo hayas hecho, dejaras de perder tú tiempo y el de los demás. Si te cruzas con algún guardia de seguridad por el camino, entrégale este certificado, conforme estas dentro con el permiso de las autoridades competentes". Me dio una tarjeta de visitante, de color rojo. Según sus convencionalismos había distintos tipos de tarjetas. Las blancas para los empleados, amarillas para los que buscan empleo, o han sido citados de un modo digno, las amarillas y rojas para aquellos que no han sido citados o están de paso, y las rojas para aquellos que son sospechosos de errar por allí para cometer algún acto vandálico. No obstante antes de entrar me preguntó mi nombre, mi dirección, mi número de teléfono, mi número de la seguridad social, sí tenía antecedentes penales, si consumía drogas y de que tipo, si tenía familia y sí tenía estudios. Tras este trámite burocrático, entré, no sin que aquella competente máquina administrativa, me mirara con cierto recelo. Pasé hacía una sala de estar, donde habían dos ascensores y una escalera muy atractiva que parecía haber sido plagiada de algún libro de relatos extraordinarios. Había una mesa con un conserje, pegado al auricular, y escribiendo algún recado o informe, o rellenando algún impreso. Al ver el color de mi tarjeta, se sacó un silbato del bolsillo, y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Me rogó que me detuviese y escuchase sus instrucciones: - esperase, debido a que es un visitante no grato, deberá ser acompañado por un supervisor de seguridad, cogeran el ascensor, y tras haber hecho los trámites convenientes y estipulados, se irá por donde ha venido. Cada vez que quiera dirigirle la palabra a alguien tendrá que solicitarle permiso, tan solo él tiene la potestad de dejarle ir a donde tenga que acudir, y de hablar con quien quiera. Cada vez que hable con alguien tendrá que firmar un papel, conforme usted ha dicho tal cosa. Espere en la puerta del ascensor, y en breve vendrá el supervisor de seguridad. No se mueva ni un palmo porque las cámaras y mis ojos lo están vigilando". Me aferré a la puerta del ascensor, y aguanté estoicamente veinte minutos a que viniera el supervisor de seguridad. De hecho, estaba en ese tiempo saboreando una dulce infusión, pero debido a que mi caso no urgía de una necesidad de actuar inminente, tenía el lícito derecho a satisfacer mi demanda en un tiempo muy irregular, o sea a su completa discreción. Cuando vino, me preguntó donde quería ir, le dije la planta y los motivos por los cuales iba a ser entrevistado, y me dejó ir a donde estaba estipulado. Cogimos el ascensor, no sin que antes me vendará los ojos, y me pusiera unos grilletes y unas esposas. Tras llegar a la planta deseada, tocó el timbre y abrieron la puerta, me quitó las vendas de los ojos y me hizo firmar conforme había sido conducido hasta allí. Había varias mesas y secretarias redactando informes y contestando llamadas. Algunas estaban fumando y otras tomando un café, pero ninguna cesaba de trabajar en ningún momento. Había una espesa cortina de humo, que se extendía a lo largo de toda aquella inmensa sala. No sabía cual era la persona a la cual había de preguntar y le pedí consejo al supervisor de seguridad. Estaba cansado de hacerme firmar declaraciones juradas constantemente, y me señaló a la secretaria a la que había de dirigirme. Era una muchacha rolliza y de carnes generosas y bien proporcionadas. Su semblante estaba sudoroso y pálido, no obstante a pesar de la fealdad natural de su rostro, y sus ademanes mezquinos e endiosados, causaba una seguridad y una confianza inverosímiles. Estaba pasando informes en el ordenador, y buscaba constantemente archivos perdidos. Al verme me saludó efusivamente y me dijo: - "no se preocupe usted, ha entrado como un recluso pero saldrá como un digno alcohólico rehabilitado. Las pruebas de selección de personal, no son apenas rigurosas y contratamos a un 98% de los entrevistados. Le aviso de antemano que será muy largo y duro, pero también le puedo notificar que es altamente improbable que usted no sea contratado. Ha venido al lugar adecuado y en el momento adecuado."El supervisor de seguridad no dejaba de garabatear de una manera imprecisa las palabras de la secretaria y mis respuestas trémulas y apesadumbradas. El supervisor de seguridad me guió hasta un ancho pasillo donde debía contestar a un cuestionario previo. En tal cuestionario se me preguntaba acerca de mis anteriores trabajos, mi relación con mis jefes y compañeros de trabajo, traumas en mi infancia, mi historial académico, una breve historia autobiografía acerca de mis costumbres sexuales, el domicilio donde vivía, las veces que había cambiado de domicilio, si era consumidor habitual en un sentido genérico. Después se me preguntaba en un sentido más específico, si compraba ropa y de que tipo, los motivos que me inducían a comprarla. Si era lector habitual de libros y de cuáles. Si compraba cosméticos, colonias u otros productos de belleza. Si creía que mi aspecto físico era saludable y si necesitaba de algún adelgazante. Si había necesitado atención clínica por motivos de salud mental, en caso afirmativo se me preguntaba quien era el psiquiatra que me trató, así como su número de colegiado y los sitios donde había trabajado. Si consumía drogas y de que tipo (había una cara sonriente de una mujer muy simpática, para tentar a la gente a responder que sí, que obviamente si así lo hacían jamás serían contratados). También se preguntaba si tomaba algún antidepresivo, o si lo había tomado alguna vez, junto al nombre del medicamento y la dosis correspondiente. Se me preguntaba acerca de las horas que pasaba viendo la televisión y cuáles eran mis programas favoritos, así como los programas que recordase de mi infancia. Después un largo cuestionario acerca de mis conocimientos de política (aunque bastante neutrales pues no se puede marginar a un solicitante de empleo por sus orientaciones políticas o sus partidismos). También me preguntaron acerca de mi música favorita, y de cuáles eran los discos más vendidos en el mercado. Acerca de mi relaciones con mis padres y mi pareja (en este punto fueron muy discretos y correctos pues no les importaba si estuviese casado o fuese un pendenciero). De hecho eran más de 200 hojas a rellenar y estuve más de tres horas para responder a aquel insulso papeleo, que sin duda alguna no había sido diseñado por ningún psicólogo, sino por alguien que creía serlo y que sabía a ciencia cierta quien eran las personas más rentables en la empresa. Mientras tanto el supervisor de seguridad, no dejaba de mirarme de una manera absolutamente recelosa, y tenía sus ojos pegados al papel, por si escribía algo inoportuno, pues de esta manera se podría deshacer de mí, y enviarme a la calle, pues era bastante turbador estar sentado junto a una persona tres horas consecutivas de una manera inactiva. En función de preguntas conflictivas y mis respuestas siempre pedía aclaraciones: - "¿porque le caía mal aquel profesor?, ¿porque abandono sus estudios sin el consentimiento de sus padres?, ¿porque abandono aquel empleo sin motivo alguno?, ¿porque le dejo su novia por otro?, ¿que hizo usted para merecerlo? Sus preguntas eran muy chispeantes, y su mirada convulsa y hundida en la locura me causaba un pánico aterrador. Yo le respondía escuetamente, y con muchas reservas. De hecho, el supervisor de seguridad estaba el límite entre su legitimo derecho a reprimir conductas violentas, y respetar la integridad de las personas. De vez en cuando venía algún ordenanza a dar instrucciones a las secretarias, y me miraba con horror al ver mi tarjeta de color rojo, y creía que podía agredirle sin motivo alguno en cualquier instante. Aquel ancho pasillo era el sitio adecuado para el coqueteo entre los empleados, un lugar mágico y embriagador. Pero siempre estaba vacío, porque todo el mundo estaba trabajando. Cuando acabe el cuestionario, el supervisor de seguridad, me ató con unos grilletes en aquel inmenso banco. No podría huir a menos que no arrastrase un banco de siete metros, lo cuál era harto difícil sin llamar la atención a nadie. Estuve completamente solo, durante una hora, hasta que vino un amable empleado vestido con un traje y una corbata muy llamativos. Venía junto al supervisor de seguridad. Aquel empleado encargado del capitalismo humano de aquella empresa me dijo: - "le felicito ha pasado usted la primera prueba. De momento su perfil profesional se ajusta a nuestras exigencias. He leído sus respuestas y me han parecido convenientes y no he visto indicio alguno de criminalidad en usted. No obstante en caso de que usted sea admitido en la empresa deberá visitar con regularidad a nuestro psicólogo, porque le vemos muy desorientado. A partir de ahora lucirá la tarjeta amarilla, y ya no necesitará la supervisión de este señor que lo ha atendido. No obstante necesitará un micrófono, y comunicará en todo momento su ubicación. En el momento en que sea contratado se le dará la tarjeta blanca y solo tendrá que fichar para entrar y salir, y no tendrá que dar explicaciones a nadie. Estas son las normas de protocolo." Entonces, el supervisor de seguridad me quitó los grilletes, y me puso un micrófono en el pecho, tras descordar los botones de mi harapienta camisa. Tras cumplir su obligación, cogió el ascensor y lo perdí de vista. Entonces me quedé a solas con aquel empleado de capitalismo humano. Me guió en aquel inmenso pasillo y me condujo hasta una sala de audiovisuales. No había absolutamente nadie, y la entrevista prometía ser discreta y protectora ante las miradas ajenas. Había una máquina de diapositivas preparada para la ocasión. El empleado tenía los ojos azules, y las facciones desproporcionadas, pero la locura de la naturaleza, quedaba compensada por la fuerza de su oratoria. Iluminó con el proyector y entonces me dijo: -"pasaré una secuencia de diapositivas. En cada una de ellas aparecerán anuncios nuevos o antiguos. Usted deberá recordarme el slogan de la marca registrada. Algunos de ellos son muy difíciles porque las imágenes son muy inconcretas o porque el anuncio es muy antiguo. Si usted no lo recuerda no se preocupe y pasaremos a la siguiente imagen". En aquellos instantes sabía que era crucial no dejarse influenciar por la confianza que quería transmitirse, y el ambiente cordial y distendido que aquel hombre comunicaba con sus visibles gestos de prepotencia, sabía que debía esforzarme al máximo, pues estaba pendiente una vacante en el mercado. El primer anuncio era de una comunidad hippie y de coca-cola y lo pude identificar al instante, el segundo era de carmen Sevilla anunciando una lavadora o un detergente y también lo pude identificar, el tercero era de las pinzas anti-dolor lasvi anunciadas por Jesús puente, el cuarto era de una campaña de recaptación para paliar el hambre en Ruanda, el quinto era de rappel anunciando agua imantada. Se proyectó la imagen de 40 diapositivas más y solo fallé en una, que resultó ser un anuncio de ropa interior femenina en tiempos del nodo. Estaba seguro de ser contratado, pues había respondido al milímetro, y había dado muestras de ser una erudición en temas publicitarios. El empleado me estrecho la mano, y me anunció sin reservas que había sido contratado. Me hizo firmar tres documentos sin dejar que me los leyera minuciosamente, bajo el pretexto de que urgía entrevistar a otro candidato para ocupar otra vacante. Me sentía jubiloso y radiante tras mi admisión en aquella empresa de tanto prestigio. En aquel instante mis pensamientos salieron hacía fuera como una bala, dieron varias vueltas en aquel inmenso edificio, saludaron a todas las mujeres hermosas, amaron de una manera edificante a todos los amigos y odiaron con heroica solemnidad a los enemigos, volaron hacia el cielo prometiendo volver algún día. Sin embargo, todavía había una duda no resuelta, algo que oprimía a mi espíritu rejuvenecido, algo que me recordaba a una copa de alcohol, en definitiva todavía no conocía en términos precisos, ni tan solo imprecisos en que consistía mi ocupación laboral. Se lo pregunte al empleado, pero evadió la respuesta, diciendo que tenía prisa, que tenía un asunto muy trascendente que resolver. Lo seguí como un pordiosero a lo largo del pasillo, y él aligeraba el paso como una liebre, y me daba la espalda como una idea escurridiza. Sin embargo, cansado de mis soporíferas, irreverentes y desquiciadas preguntas, me dijo gritando como si se hubiese calado fuego: - "pregúntele a la secretaria que se encuentra en la mesa 453, planta segunda, habitación 331". Seguí sus instrucciones, no sin antes pedir permiso al consejo de seguridad de aquella empresa, para emprender aquella tediosa gestión. Se me concedió el permiso, pero se me dio un plazo de 10 minutos para abandonar el edificio, pues aunque había demostrado mi honestidad y corrección, no podía merodear por ahí incordiando al resto de empleados. Subí en el ascensor y fui al lugar que se me había asignado. La oficina era prácticamente idéntica a la anterior. Todas las empleadas llevaban los mismos peinados, trabajaban con los mismos formularios y hacían idénticas gestiones administrativas. La sala de aquella oficina estaba decorada con los mismos colores en la pared, las mesas dispuestas de una manera simétrica y el mismo ritmo de las llamadas de teléfono, incluso la alfombra era la misma y estaba igual de descolorida. Tras dar varias vueltas sin que nadie me preguntase nada, ni intentase ayudarme, encontré la mesa deseada tras muchos infructuosos vaivenes. Miré el cronometro y todavía me quedaban 6 minutos. Cuando me vio supo quien era y lo que había de preguntar. En esta ocasión era una señora de mediana edad, con abundante maquillaje, y con las carnes absolutamente estropeadas, dando la apariencia de una desidia corporal, inaceptable desde un punto de vista estético, pero conforme al mercado laboral. Sin que tuviese tiempo de hacer una somera gesticulación con los labios me dijo: - tendrá usted que acudir 6 días a la semana a la discreción de la empresa, hará turno de noche, de 10 de la noche hasta las 6 de la mañana. En su contrato todavía se debe de especificar cuál será su salario, pues el trabajo es nuevo y la empresa necesita investigar con sus fondos. No se sabe todavía su rendimiento, ni lo que puede aportar a la empresa, ni tampoco las ganancias que puede aportar el experimento de la empresa. No obstante tendrá usted trabajo por dos meses con opción de renovación del contrato. Si cumple escrupulosamente con sus obligaciones laborales, y no acumula ninguna amonestación, la empresa no tendrá absolutamente ningún derecho a despedirle en el plazo de tiempo en el que figura su contrato. Su trabajo consistirá en visualizar anuncios de televenta durante 3 horas seguidas. Cada anuncio tres horas seguidas, teniendo en cuenta que el anuncio dura 12 minutos. En ese tiempo deberá usted, de anotar los detalles que le parezcan impropios, y de sugerir otras posibilidades dentro del mismo contexto del anuncio. También deberá elaborar un informando precisando bajo que circunstancias compraría ese producto, sus motivaciones personales más íntimas para adquirirlo en su hogar. Deberá escribir a mano, con buena caligrafía, para que podamos hacer un análisis grafológico de su informe. En un micrófono que tendrá usted cerca, deberá decir lo que piensa y lo que siente en cada momento. No se esfuerce en mentir porque la compañía dispone de un prestigioso polígrafo. Si por ejemplo ve un cuchillo, usted en un hipotético caso dirá violencia, sexo, odio, paz, guerra o lo que considere oportuno. Un gabinete de psiquiatras le harán varias preguntas, asociando su vida privada y el anuncio. Si por ejemplo usted ve a una pareja que se besa podrá decir: es muy guapa me fiaría de ella, o es una jodida guarra. Cualquiera de estas opciones son válidas mientras diga la verdad. Por muy violenta que sea la situación, no debe de mentir en ningún momento, pues en caso de que acumule cuatro mentiras, por muy esparcidas que estén en el tiempo, será usted despedido o sometido a un comité disciplinario que juzgará en función de las circunstancias y su aportación personal al experimento. Estas son las normas, vuelva usted hoy mismo a las 10:00, según me notifican en recepción, pues su contrato ya ha sido tramitado y tiene una absoluta vigencia". Cuando acabo de decir la última palabra, corrí como un galgo, pues mi tiempo oficial de estancia en el edificio estaba a punto de expirar. Camino del ascensor, una voz me dijo por el auricular, que si no estaba junto al conserje en dos minutos, se saltaría la alarma y cundiría el pánico en todas las plantas del edificio. Incluso era posible la inminente necesidad de desalojarlo. Por fortuna el ascensor, no estaba ocupado, y llegué a la última planta junto al conserje cinco segundos antes de que sonará la alarma. El conserje, estaba junto al supervisor de seguridad, me registraron por si había extraído algún documento confidencial, o era un espía industrial de otra empresa, pero como es natural, no encontraron absolutamente nada, salvó unas carnes malheridas y trémulas, y una cabeza mareada y desconcertada. Tras cumplir con el protocolo, me dieron una tarjeta blanca, sin dirigirme la palabra. Cuando salí fuera, el portero me dijo: -"se ha cometido una grave injusticia, usted debería de morir de delirium tremens en la calle, y no trabajar en una empresa tan digna, es usted una escoria, carne podrida, una serpiente pisoteada, un pestilente perfume profano. Lo despedirán y lo dejaran en el sitio donde lo encontraron, en la calle. Usted no merece el aire que respira. Retuerzase de dolor por sus errores descarriado criminal." Salí sin hacerle caso, y vi la hora digital reflejada en una inmensa pantalla de una compañía de seguros. Eran las 9: 45. De hecho no hacía falta obligarme a salir fuera, pero el protocolo es el protocolo, y las normas son las normas. Me senté en la entrada, pues no me daba tiempo a dar una vuelta, y observé el cielo plateado y metálico, como si me hubiese de socorrer con su filosofía caótica. Cuando el reloj digital indicaba las 9: 58 decidí entrar dentro, con una formalidad exquisita. Llevaba la tarjeta blanca y en esta ocasión nadie me dijo nada. El conserje me dijo muy amablemente y con una cortesía desconocida, que había de acudir a la primera planta, en la oficina 4, la del señor Ramírez. Me dijo que no me preocupará si llegaba dos minutos tarde, pues en un primer día se puede perdonar una pequeña falta por desconocimiento del funcionamiento de la empresa. Subí por las escaleras, y llegué antes de que cantase el gallo. Abrí la puerta sin llamar y me recibió un hombre muy gentil. Tenía acento extranjero, y me dijo que había estudiado en la universidad de harward y era licenciado en publicidad, en comunicación, y en marketing. Tenía las barbas extraordinariamente bien recortadas, los labios muy gruesos y la vestimenta impecable. Me dijo que me enseñaría mi puesto de trabajo, así como las normas más elementales de funcionamiento del mismo. Había algunas normas que habían de especificarse, o cambiarse según el transcurso de los acontecimientos. Las normas inmutables eran: - "bajo ningún concepto me podía levantar del sillón en diez horas, no podía dormirme, tenía que responder sin reflexionar a las preguntas que se me formulasen, no podía pensar en otra cosa que no fuera el anuncio ( de todas formas si se desviababa mi atención por motivos humanos, continuamente me harían preguntas acerca del anuncio), habría seis hombres custodiándome y observando mis movimientos a cada instante en un espejo opaco colgado en la pared, cuando escribiese mis observaciones acerca del anuncio, no podía dejar de escuchar el anuncio, pues me continuarían atosigando con preguntas insulsas, podía ir al baño después de las tres horas programadas para cada anuncio y volver en un tiempo no inferior a tres minutos, nunca haría observaciones que no incumbiesen a la proyección del anuncio, debía decir la verdad cuando se requiriese y mentir cuando se me pidiese específicamente, nunca había de quejarme aunque lo sintiese por dentro pues formaba parte del experimento, cada día me harían un análisis de orina para comprobar si había consumido el producto o no, cada día debía tomar anfetaminas para resistir la dureza de la prueba". En líneas generales me había convertido en el mártir del patrón de los trabajadores. No era mi mejor opción pero era la única. Durante el camino a la sala de tormentos, el señor browson (el hombre se llamaba así), me hizo sentir una persona importante. Fueron tantos los halagos y piropos, que creo que no me hubiese sentido mejor aunque me hubiese hablado una mujer. Me dijo que era una persona muy inteligente, y que la mayoría de alcohólicos lo somos. Ha habido muchos genios que lo han sido como poe o buckowsky, llevamos el alcohol y la inteligencia en los genes. Me dijo que solo las personas tan inteligentes como yo, pueden crear mientras están colocadas. Solo las personas inteligentes como yo pueden captar en su sensibilidad, los efectos estimulantes del alcohol. Me dijo que era un incomprendido, pero que debía ser una maquina mucho más potente que la burocracia en la cama. Acto seguido me enseño la sala de tormentos. Me matizó antes de que me acomodase en la silla, de que no podía conocer al personal del departamento de investigación por razones de seguridad, y para que el experimento fuera fructífero (no se en que razón puso más énfasis pero la primera parecía mucho más convincente). La sala de tormentos estaba llena de espejos, y podía verme duplicado desde infinidad de perspectivas. La iluminación era muy tenue, y la humedad insoportable. No había ningún mueble, y el suelo no estaba pavimentado (seguramente para simular un piso marginal), las paredes estaban llenas de grietas, y había pintadas obscenas (igual lo habían escrito anteriores candidatos a la vacante, o tal vez formase parte de la siniestra atmósfera que aquellos supuestos científicos habían creado). No me importaba nada la eficacia de aquel experimento y sus repercusiones en el campo del marketing, pero supuestamente tendría que abonárseme una suculenta cantidad de dinero. Tras estrecharme la mano el señor browson, se fue junto al resto de supervisores y analistas, mientras yo me quede en la silla, con un papel y un lápiz, a la espera de que aquel infame suplicio tuviese lugar. La televisión se encendió espontáneamente, y apareció un anuncio inédito ante mis ojos. Se trataba de un anuncio de telefonía móvil. En la pantalla se veían a chicos cantando y bailando una pegadiza canción, con las camisetas con el logotipo de la compañía. Estaban en un garaje o algo parecido (disculpen que no precise más pero ya lo hube de hacer en su momento y ahora resulta muy tedioso). En el garaje había un perro putrefacto y absolutamente muerto, pero debido a algún efecto especial, movía la boca cada vez que se repetía el estribillo: "ven aquí, muy dentro de mi un beso sin fin". Los chicos lo miraban y se reían del perro, y sacaban pancartas (supuestamente para no perturbar el sonido de aquella mágica sinfonía) que decían: "el amor es como un perro y el enamoramiento para perras y el sexo para sementales". De pronto aparecía una chica muy fea con la marca de un móvil de la competencia, y el perro resucitaba y la mordía con fiereza: fuese un efecto especial o no parecía muy real. Después aparecía una chica muy guapa con el móvil de la compañía (con claras tetas de silicona), y el perro resucitaba para postrarse a sus pies, mientras los chicos se arrodillaban. En aquel momento terminaba aquella odiosa música, y todos los chicos se transformaban en perros y gemían ante aquella chica (el perro muerto no volvía a aparecer). Entonces la pantalla se volvía negra en un espacio de tres segundos y se leía el siguiente mensaje: "la chica más guapa usa vodafone, por eso todos los chicos se transforman en perros". Toda esta secuencia de mensajes grotescos y machistas, duraba diez interminables minutos. En el papel escribía lo que pensaba y no dejaba de insultar con las palabras más groseras que existen en mi vocabulario, a aquella infame multinacional. Mientras tanto tenía que responder a las estupidas preguntas de mis interlocutores ocultos: - ¿a que es muy fea la primera chica?, ¿a que las tetas de la segunda están muy bien?, ¿a que todos los chicos molan?, ¿quien es más popular triunfa no?, ¿que te parece como van vestidos? , ¿Van a la moda no?, ¿llevarías en tu camisa la imagen del perro? porque esta muy bien elaborada, ¿ el móvil si esta de moda es porque es el mejor verdad". Bajo este atropello emocional, resistí tres interminables horas. A medida que me veían más cansado, las preguntas iban haciéndose cada vez más retorcidas y mezquinas. Cuanto más racionales eran mis respuestas, más insoportable resultaban sus preguntas. Al cabo de hora y media decidí seguirles el juego, e intente caerles simpático correspondiendo a su aprecio por el anuncio. Entonces cambiaban ellos de estrategia y me decían que era un alienado si no criticaba con voracidad aquel anuncio tan lamentable. Tras las tres horas reglamentarias vino la interminable repetición del segundo anuncio. Esta nueva sesión cinematográfica fue mucho más ultrajante que la anterior. Era mucho más breve, y su inagotable exposición, martilleó con indecencia a mis sentidos más íntimos. Duraba dos escasos minutos, pero tenía que prestar atención a infinidad de detalles subliminales. La trama argumental consistía en la promoción de un producto que relajaba a los sentidos. Se trataba de una espiral, con infinidad de colores, y debía colgarse en la habitación. Era un cuadro plano, pero debido a efectos ópticos creados por sus diseñadores, el inconsciente podía hacerlo girar a voluntad. En tiempos de freud se utilizaba un artilugio parecido, para todos aquellos terapeutas que no conocían el noble arte del hipnosis, y no querían sedar a sus pacientes con drogas. Se vendía al círculo intelectual de la juventud, prometiéndoles que si lo usaban con regularidad, podían substituir con mucha eficiencia el uso de alucinógenos. Mis entrevistadores invisibles, pretendían que tras ver aquella espiral, girar en la pantalla, caería en un irremisible sueño. Sin embargo no lo conseguía, porque lejos de sentir que mis sentidos se relajaban sentía que se tensaban como una piedra. Oía un eco misterioso que provenía de un rincón incierto, y que parecía que lo escucharía tras sobrevivir a mi muerte. De hecho tenía efectos muy contrarios a los prometidos por el anuncio. Ver aquella espiral girar era como consumir una ínfima dosis de una droga que no era química. Sin lugar a dudas era una manera de enganchar a la juventud, a una droga muy esotérica. Aquella visión estimulaba al organismo a sentir espasmos, y a sentir una vitalidad sumergida en algún lugar desconocido del cerebro. Sentías que te estabas ahogando, que te morías de frío (era una sensación artificiosa que podía multiplicar el doble, la vivencia de una experiencia real), pero sin embargo, deseabas estar en aquel estado, porque sentías una sensación suplementaría que resistía el dolor hasta el infinito, y no cesaba de exigir más dolor. No había posibilidad humana de dormirse aunque se me suministrase una cantidad ingente de calmantes o anestesia. Mientras tanto escuchaba voces perdidas que resonaban en algún lugar incierto de mi mente. Al parecer se trataba de las preguntas de mis interlocutores, que se escuchaban desde un mundo perdido y olvidado en la memoria. A veces recuperaba mi visión ordinaria del mundo, y entonces veía la espiral desde otra perspectiva, y una nueva ventana se abría en la celda de mi mente. Aquel producto causaba adicción al dolor, que es una de las drogas naturales, más potentes e inexplicadas que conocemos. De hecho, sería absurdo mencionar las preguntas de los científicos porque eran absolutamente incomprensibles para mí, es una enorme laguna en mi memoria que nunca he podido llenar con nada. Cuando dejaron de proyectar aquel anuncio hasta la saciedad, sentía mi sudor como la baba de un gusano. No tenía sensibilidad en ningún músculo de mi cuerpo. No obstante, podía mover los brazos y las piernas, y fruncir el ceño, como si apretase un botón de un teclado y escribiese una letra. Entonces volví a recuperar una nítida sensación del bullicio pestilente que había extraviado. Estas eran algunas de sus arrogantes preguntas: - "¿como puede un borracho decrepito como tú distinguir entre un dolor real y un dolor ficticio?, despierta si te quedan fuerzas en algún sitio, ¿has sido inspirado por tu maldad, o por un espíritu benevolente que ha venido a echarte un cable, tras padecer esta experiencia supuestamente redentora?, ¿has prostituido a tu alma o la espiral se apodero de ti?". Yo respondía escuetamente a sus preguntas con un "si" o un "no", porque no tenías fuerzas para dar explicaciones. Debido a lo exhausto que me encontraba en mi precaria situación, y a mis continuos improperios sin significado y convulsiones, decidieron darme una hora de pausa. Habían transcurrido 6 horas en la sala de tormentos y yo creía que habían pasado tres días seguidos, y que no había podido beber. De hecho estaba al filo de la deshidratación, pero el agua del baño me salvó de una muerte por la no ingestión de agua. Se agregó también mi abstinencia al alcohol, y sentía desfallecerme y convulsionarme a cada instante. Aquella hora transcurrió muy lenta, y estuve muy cerca de despedirme de mi recién adquirido empleo, pero urgía encontrar trabajo, porque sino no podría pagar a mi casero. Ya hacía cuatro meses que me había amenazado con desahuciarme, pero sorprendentemente no lo había hecho. Aquel tormentoso trabajo era una manera de purgar con mis anteriores culpas, que estaban estigmatizadas en mi mente, como unos grilletes puntiagudos. 5 minutos antes de la visualización de la última de mis torturas diarias, recuperé mis fuerzas para afrontar mi inquietante destino. El último anuncio por fortuna era mucho más relajante y llevadero que el resto. Mis interlocutores cambiaron su estrategia experimental, y no cesaban de darme ánimos, para que aguantase pacientemente la proyección de la película. En esta ocasión el anuncio trataba de un video infantil. Mis experimentadores, aunque me hacían preguntas absurdas, habían reducido ostensiblemente su nivel de agresividad. Al parecer el anuncio era de una película de dibujos animados titulada: "teo y sus amigos del colegio". No merece descripción, porque carecía de detalles relevantes que pudiesen herir a mi salud mental. Tras cumplir con mi horario laboral, el señor browson, me dijo que no había sido lo suficientemente fuerte, y que no era el sujeto experimental que ellos estaban buscando. Me dijo que le sabía muy mal, pero no era lo suficientemente interesante y lo suficientemente valiente. No me insultó simplemente sintió compasión de mi. Me dijo que la carta de despido la encontraría en conserjería. No obstante, como no tenía fuerzas para protestar por tal canallesca actitud, el señor browson me dijo: - "lo sentimos pero usted no es el candidato que nuestra empresa necesita. Tiene una personalidad muy débil, y no sabe comunicar lo que le ocurre. No nos gustan personajuchos solipsistas, que se creen que su mente es una piedra. ¿Como quiere que experimentemos con usted si no utiliza palabras convencionales y no abre su mente a las tendencias vanguardistas? Imaginese que usted es un cliente nuestro (todos aquellos que no son nuestros potenciales clientes no nos interesan) ¿Porque tendríamos que experimentar con usted? Usted no es más que un vulgar espejismo de nuestro fracaso. A nosotros nos gusta experimentar con gente convencional y fácilmente coaccionable. Nosotros creamos un lenguaje planetario, universal, cósmico, y usted habla con el lenguaje de un grano de arena en el desierto. ¿Porque nos habríamos de preocupar por partes aisladas del sistema que ni siquiera tienen voz para causar una mutación en el mismo? Vio en la espiral, justo lo contrario de lo que nosotros habíamos pronosticado. ¿De que nos sirven aquellos hechos que no se ajustan a nuestra teoría? Absolutamente para nada. Es usted un deshecho humano, una mosca con las alas cortadas. Es usted una invisible prueba de que se nos ha escapado algo por la ventana. No obstante una corriente de aire, no se ve ni dice nada, simplemente gime en el aire como un pensamiento desquiciado. No obstante en recuerdo a sus anteriores servicios en esta empresa, le dejaremos lucir la tarjeta blanca hasta que llegue a conserjería. No se haga ilusiones no la podrá utilizar más. El blanco se destellira y se convertirá en color rojo. Ya habíamos pensado en la posibilidad de su fracaso por anticipado. Como es lógico usted estaba en periodo de pruebas, y no verá ni un solo céntimo. No obstante, observará que yo soy una persona grata y compasiva con las desgracias ajenas. Tome diez euros y gasteselo en cerveza". Cogí el dinero con las manos temblorosas, y me dirigí a conserjería. El conserje con sorna me ofrecía la carta de despido y me pidió con solemnidad mi firma.rechazé su invitación conociendo de antemano que no vería mi dinero por aquel día de trabajo de ninguna de las maneras. El conserje hizo con la fotocopiadora, una fotocopia a tamaño gigante, y la colgó en la entrada del edificio a modo de escarnio y ejemplo para los empleados gandules. Yo creía que era un diploma en honor a mi valentía, y por esta razón, no emití ni una sola queja. Al salir, el portero me insultó como si fuera un asesino, y me dijo que tenía mi merecido. Pocas cosas me faltaban hacer aquel día excepto aceptar la limosna de mis opresores. Todavía me quedaba por recorrer un viaje más voluptuoso, que cuando viaje en la espiral. Dependiendo del punto de vista aquellos diez euros, podían dar mucho de sí.

 


EL DIABLO

“Me llamo rancelán aunque soy más conocido como Satanás. Vivo en la mortalidad de los hombres. Soy un espíritu con infinitas mascaras, y me alimento de la más pérfida desnudez de los seres humanos. No soy tan mezquino e ignorante como el pueblo cree, ya que como es universalmente conocido, mis aterradoras composiciones musicales suenan desde los inmensos agujeros existentes en el espacio, y desde los muros del alma que suenan a hueco. Me gusta vestirme como nadie se atreve, porque soy muy feo, pero no me preocupa porque tanto yo como dios somos muy feos. La verdad es sucia y pordiosera, y el camino para llegar a ella es absurdo y delirante, por esta razón escribo mis crónicas creando una arquitectura del sendero, simple y abismal a un mismo tiempo. Todo el mundo me cree, porque cuando se consume un instante, como el fuego hace con un trozo de papel, un espacio negro crece en nuestras mentes. Todo el mundo me cree, porque a nadie le interesa la verdad, solo le interesa vivir. De hecho cuando los humanos tropiezan conmigo, jamás me reconocen, por muy cantones que sean mis vestidos y por muy abismal que sea mi mirada, porque soy tan inmenso, que mi rostro se encuentra esparcido por doquier. Yo nunca me canso, porque soy el cansancio mismo. Me apasiona contemplar, esa mirada necia rodeada de pesadas brumas, esa proyección del pensamiento que se confunde, y que es capaz de crear civilizaciones e ideologías de la más pesada de las sombras. Me magina la soledad porque es el punto de partida y el punto de llegada, nunca he necesitado mencionar ninguna palabra al respecto, porque la palabra florece en un jarrón, porque nunca ha necesitado de las vastas extensiones de la tierra, para echar raíces. Yo jamás he afirmado ni negado nada, tampoco he emitido un juicio, porque la verdad carece de forma y estructura. La verdad es una sensación, y esa sensación, es mi presencia omnisciente. Me gusta vivir en la luz, y perfumarla con mi enfermedad cansada, me gusta guiarla encerrada en muros de piedra, y me retuerzo de placer cuando quiere quedarse encerrada en los resquicios de la piedra. Entonces la oscuridad reina en el mundo, la vida se vuelve invisible e imperceptible, los ojos se cierran porque ya no necesitan ver, las palabras se extinguen porque no necesitan ser pronunciadas. De hecho es un error decir que soy un individuo, pero son tantos los caminos que se bifurcan donde yo resido, que tengo mi cuerpo esparcido por todo el cosmos. Todo el espacio que se extiende más allá de nuestro exiguo planeta, es mi pensamiento. Es espacio puro, tiempo puro, eternidad invisible, existencialismo salvaje, muertes y vidas imperceptibles, agujeros negros indomesticables, galaxias extintas que existen con la fuerza de mis borrosos e ininteligibles designios, luces multicolores y opiáceas que sucumben ante mi voluntad. Es un pensamiento puro, sin forma alguna, y sin ningún cuerpo que pueda sustentar un pensamiento tan primitivo. Mis oídos están atentos a los lamentos más interiores e íntimos de los seres humanos. Escuchan las quejas, pero no necesito decir nada, porque por el solo hecho de saber que alguien la esta escuchando, hablo con aforismos inmutables e imperecederos. Viajo a muchas cuevas, y me apasiona sentir sus temblores y sus estériles conjuros para preservarse. Mi vista esta en la retina de cada ser humano, y no me gusta jugar con los colores, las formas y las dimensiones, porque mi pensamiento que es el espacio, juega con leyes ancestrales. Todo lo que veo es lo que soy, y todo lo que soy es lo que siento. Mi tacto no puede percibir las superficies y el volumen, solo percibe lo que es y lo que existe, o sea una línea infinita, que avanza recta hacia un camino seguro, pero que no tiene ninguna destinación. Mi gusto no existe, porque en realidad no se siente nada, todo son apariencias. Mi olfato huele la nada, por esta razón su existencia es tan abstracta y confusa. No se puede decir que tenga una residencia, porque vivo en todos los sitios a la vez, debido a una inimitable experiencia del instante. En ocasiones me gusta asistir a bailes de mascaras, aunque conozca la identidad de todas las mascaras. Porque de hecho yo soy todas las mascaras existentes. Pero nunca juego con las emociones de los demás, sino que siempre estoy jugando conmigo mismo. Yo no me defino por ser alguien malvado, perverso o mezquino, sino que soy una máquina de decir la verdad. Aquellos que me buscan no hace falta que me invoquen porque yo soy la presencia misma. De hecho yo nunca he sido instruido para sanar, ni para aliviar el dolor, sino para encontrar un escondido placer, en la herida de la vida que no cesa de sangrar. Nunca he tenido la necesidad de ser un gran orador, porque me basto con mis acciones. Las personas no son mis marionetas, ellas se unen a mí sin necesidad de coaccionarlas, porque mi único artificio de adoctrinamiento es la realidad. Me gusta entrar en las prisiones de la plebe, porque están sumergidas en los abismos de la tierra. Suelen asomarse a los barrotes, como si les faltara algo, pero en realidad lo único que tienen y lo único que les queda es su prisión. No me gusta compadecerme de nadie, porque de hecho, sería un camino largo e infructuoso. No juzgo a nadie, porque no me interesa lo que esta más allá, sino lo que se vive en cada momento. Cada vez que pasa un día, me encuentro frente a una persona diferente, y por esta razón, me es absolutamente imposible dictaminar en líneas general los trazos más característicos de tal persona. Yo solo hablo a las personas para preguntarles que van a hacer esta tarde, o lo que piensan en aquel solemne instante, porque todos los sueños y todas las quimeras se desvanecen muy pronto. Yo no soy cómplice de tal motivación de vivir, porque la vida transcurre a su ritmo, y todo el mundo sigue unas pautas dictadas por tal momento. Por esta razón todo esta permitido, porque de hecho todo lo que puede pasar, acaba ocurriendo tarde o temprano. Solo tengo que decir a los jueces que me condenan, que piensen antes de emitir su veredicto, porque de alguna forma la suma de todas las mentes es la mía. No se puede condenar a un pueblo, ni a una nación entera. Algunas veces bajo de mi colosal pedestal, me mezclo con los gases venenosos de la atmósfera, me dio un paseo por las nubes, y después me mezclo entre el bullicio cortesano. Nunca he temido que nadie me reconozca, porque soy tan parecido a ellos, que somos como dos gotas de agua. De hecho no llevo escrito en la frente que soy el diablo, porque yo no me reconozco a mi mismo como tal. Si alguien quiere llamarme así es su problema, pero aviso de antemano, que no me gusta que me etiqueten, de la misma manera que yo no etiqueto a nadie. La mayoría de ustedes se preguntara porque vengo del cielo y no de la tierra, porque la mayoría de personas me llama con el insulso apodo: “señor de las profundidades”. Pues yo responderé a su craso error. Tanto el bien, como el mal, son trascendentes, platón señalaba el cielo por alguna razón, aunque me ignorase y me calificase como algo que no tiene entidad. Yo no vengo del apetito terrenal, ni del sufrimiento del presente, ni soy aquello que quiere ocultar la verdad, ni soy la impaciencia por alcanzar el bien supremo, tampoco soy una degradación del bien. Yo tengo mi templo en las estrellas, como supuestamente dios habría de tener el suyo. Pero de hecho nunca lo he encontrado, porque no creo que halla nada más allá del universo. Yo vivo en el universo, y dios tiene su reino más allá de él. Pero de hecho jamás he tenido noticias de su existencia, porque yo vivo en el mundo, como el resto de los seres humanos. A mi nadie me ha expulsado jamás de ningún sitio, yo siempre he vivido en un mundo infinito. ¿Que puede haber más allá de un mundo infinito? Absolutamente nada. Creanme amigos, las fronteras de la existencia y la inexistencia son mucho más simples de lo que la mayoría de gente opina. De hecho nunca me he podido comunicar con dios, y nunca he podido hacer la guerra con él, porque jamás lo he visto. En lo que se refiere a las acusaciones contra mi despiadada crueldad, nadie ha dejado defenderse al acusado, en un juicio absolutamente despótico, con torpes letrados que siempre han querido acusarme con ausencia de pruebas. Escúcheme señores, antes de que tiemblen en su cabeza juicios vacuos y aleatorios. ¿Se puede culpar a un león por querer comerse una cebra?, ¿se puede culpar a una persona por querer reproducirse?, ¿quien ha dicho que el mal no sea una forma de ascetismo? La naturaleza es tan o más ascética que el ser humano. Sus entrañas tiemblan cada vez que desaparecen órganos internos y quedan substituidos por otros. La naturaleza es como un organismo, que constantemente esta engendrando nuevos órganos internos. ¿Podemos culpar a un cuerpo por sus mutaciones internas? Nadie dirá jamás, porque no se puede defender, que la muerte de un ser vivo, la desaparición de una estrella, o la explosión de un planeta, no son actos despiadados. Pero si la naturaleza tiembla, también lo harán el resto de los seres vivos. Ese temblor anímico es el mal. La vida es explosión interior, en un vacío desolado. Pues he de ser coherente con el inicio de mi exposición. Según algunas fuentes el bien es orden y el mal es desorden. Pero el orden me parece demasiado abstracto, demasiado interesado, demasiado conspirador. En cambio el mal, solo es una sincera expresión de lo que ocurre en la naturaleza. Cuando un edificio se construye, ¿quien nos puede asegurar que es geométricamente perfecto y que ha de resistir el paso del tiempo? Creanme si algo se destruye lo hace de verdad, es cierto que el mal es destructivo, pero, ¿que ocurre constantemente dejando de lado una destrucción perpetua? Absolutamente nada. El mundo es muy presumido y constantemente esta mudando de forma, ¿porque los seres humanos no han de seguir su ejemplo? Sin embargo los seres humanos acaban cansándose y el mundo no, porque solo se me puede imitar hasta ciertos límites, porque entonces el mundo perdería su identidad. Y yo soy el mundo y su identidad. Yo soy la fuente de la que todo emana, ¿entonces de que os quejáis piadosos santos? No soy el alma del mundo por presunción, ni tampoco porque me interese que emane vida de la nada, sino simplemente porque me apasiona el sufrimiento y la decadencia. Yo solo busco el sentido en la belleza, hasta sus justos límites, en cambio todos aquellos que adulteran el significado de lo que ellos mismos son y de lo que soy yo, buscan en el mundo aquello que supuestamente esta más allá. Porque en el fondo todo el mundo ansia conocerme, todo el mundo desea besar la fealdad de mi rostro. Pero si estáis tan desesperados en vuestra infatigable búsqueda, ¿porque no me venís a buscarme donde respiro? ¿Como se podría respirar donde el mundo no esta latente? Sois unos mentirosos, porque cuando habláis del mundo, lo hacéis de mi excelentísima persona. De todas maneras no os preocupéis, porque seáis creyentes en mí o no, os despedazare con mi ansia de muerte y destrucción. Siempre os habéis quejado, de que la verdad esta oculta, o bien de que esta dividida en muchos sitios en un puzzle que nunca se puede unir, o bien que es una mentira instrumental para garantizar vuestra evolución. De hecho, la verdad es dolorosa, y cuanto más se aproxima uno a ella, más envejece. Porque la verdad es vieja, y cuanto más se aproxima uno a ella, emula en mayor grado la vejez de la verdad. De hecho existir es una lucha incesante contra mi persona divina, pero siempre acabo venciendo yo. En ocasiones es una sana rivalidad entre amigos, y algunas veces es una lucha entre dos polos irreconciliables. En cierto modo comprendo vuestras desgracias, aunque no me compadezca de ellas. Siempre que sufrís, estáis inmersos en una percepción sensorial privilegiada, porque la verdad brota en vosotros como una flor marchita. Cada vez que dais un paso, que pronunciáis una palabra, o que emprendéis una acción, estáis manipulando una realidad, que no se puede manipular, porque es ciega, y además esta completamente vacía de contenido. Creánme si les vuelvo a recordar que la verdad es el dolor. La vida es una tiránica oposición a la realidad, y el dolor surge en el momento de oponerse a ella. Recuerden ustedes que donde existo yo, existe el dolor, y donde existo yo existe la realidad. Sé que el camino es largo y pesado, no conduce a ninguna senda redentora. Apenas existen incentivos para sortear obstáculos, pero debido a que el camino existencial es lo único que subsiste y que persiste, hay que seguir adelante, porque yo soy toda la realidad, y más allá de mi sustancia no existe nada.” Tras ojear este tedioso fragmento, en un libro marginal, de una biblioteca pública, sandro.o (yo) me quedé atónito y perplejo. El libro se titulaba “la existencia de Satanás” y estaba en la sección de ciencias ocultas. Carecía de ilustraciones y era de autor anónimo. La bibliotecaria me lo había recomendado, como uno de los libros punteros, en lo que respecta al conocimiento del diablo. Era una tarde libre, y había decidido consagrarla a leer un libro al azar. Tras leer estas líneas empecé a meditar profundamente, acerca del oculto mensaje del texto. Alrededor mío había varios estudiantes, que estudiaban distintas materias. Estaba rodeado de un ambiente silencioso y responsable, que invitaba a indagar acerca de los conocimientos más introspectivos que uno había almacenado durante toda su existencia. Desde los cristales que rodeaban la sala de la biblioteca, podía verse con absoluta nitidez la calle. No había ningún transeúnte, y los rayos de un azul púrpura, empezaban a inundar con parsimonia pero imperturbablemente la calzada. Las distintas estanterías, estaban muy altas, y en ocasiones era necesaria una escalera para poder alcanzar según que tipo de libros. En aquellos momentos estaba sentado en una mesa, junto a cuatro estudiantes absortos en su lectura, o resolviendo ejercicios. Estaba situado entre la sección de ciencias políticas y filosofía. Todos los lectores, pasaban las hojas como autómatas, tenían programado unos determinados minutos para cada página, y en cuanto habían aprendido lo que creían necesario de aquel libro, con movimientos computerizados se dirigían a la estantería, para aumentar sus conocimientos. La bibliotecaria atendía puntualmente a las peticiones de los lectores, y posteriormente se sentaba en su mesa, y leía un libro con suma avidez. No eran muchas personas, las que requerían de su consulta, porque parecía, que todas las personas eran asiduas a la biblioteca. Si alguien necesitaba llevarse un libro, le tomaba los datos con una fluidez desconcertante, y le indicaba el plazo de devolución. Tenía un ordenador en la mesa, pero no le hacía mucha falta, porque sabía el historial de cada persona de memoria. Sabía el número de su carné, así como la mayoría de los datos personales esenciales (número de teléfono, dirección, etc.), sabía cuales eran los libros que había pedido en el plazo de un año. En ocasiones podía hacer un perfil del lector, y recomendarle los libros que fuesen más acordes a sus intereses intelectuales. Sin lugar a dudas era la bibliotecaria más eficiente en muchos kilómetros a la redonda. Era un señora de unos cincuenta años, y según se cuenta viuda. No tuvo hijos. Vivía muy cerca de la biblioteca, por lo que era un trabajo ideal. Si alguien le preguntaba por un libro, normalmente sabía si lo tenían o no, o si estaba disponible, sin necesidad de consultar el ordenador. En algunas ocasiones no sabía responder, si el libro era extraordinariamente específico. Pero por lo menos era capaz de nombrar de memoria y de un tirón más de la mitad de los libros de la biblioteca. Era una persona de confianza, y siempre que necesitaba un consejo acerca de que libro podía leer, ella podía orientarme con suma precisión. En aquellos instantes, el ambiente estaba muy relajado, pues solo estábamos allí, las personas asiduas a la biblioteca. No había nadie que quisiese perturbar la calma de “minerva”, así que decidí ir a comentar con ella, los pormenores de mi lectura. En raras ocasiones rechazaba mi invitación a conversar, a menos que estuviese muy atareada por cuestiones administrativas, o porque hubiese tenido un día muy duro. Nunca habíamos entablado amistad, y desconocíamos mutuamente aspectos de nuestra vida personal, nuestra relación era exclusivamente académica. No obstante, resultaba muy gratificante conversar con aquel pozo de sabiduría. Sin más preámbulos, me levanté de mi mesa, sin que mis compañeros de lectura se percataran de mi ausencia. Pues los movimientos de sus ojos eran tan cíclicos y perfectos como un péndulo. Tras recorrer el pasillo de ciencias políticas, filosofía, matemáticas, y astronomía (como si estuviese ordenado según los canones de una biblioteca medieval), me encontré directamente con su escritorio. Elevo la mirada, hasta cruzarse con mis ojos, y tras unos breves instantes de reflexión: - “buenas tardes, señor sandro, espero serle de ayuda en esta ocasión. Dígame usted que le ha dejado inquieto en su lectura esta vez”. – “he estado leyendo un monologo del diablo. Su discurso parecía muy convincente y avasallador. Su doctrina parecía tan clarividente y carente de nebulosidades, que apenas deja margen para la reflexión. Cualquier persona lo cree sin más. Es un discurso mundano, intercambiable con cualquier ciudadano de a pie. Hay varios puntos filosóficos que no entiendo, pero el resto es comprensible como que dos y dos son cuatro. Es profundamente nihilista, y lo más inquietante es que su discurso carece de lagunas. Es una apología del diablo, y va contra todas las posturas tradicionales. No se dice explícitamente que hay que hacer el mal, pero no se condena en ningún momento (si alguien que hace una mala acción no se censura a sí mismo, difícilmente lo hará el diablo)”. Tras exponer mi problemática, meditó escasos segundos y me dijo: - “ha leído usted las páginas 345-347. Casualmente son las más controvertidas del libro. Me parece que no deja claro si es una alegoría su existencia, o si es capaz de tomar vida propia. Este es el eje central de su argumentación. De todos modos yo me inclino a pensar, que dice explícitamente que puede tener vida propia. Se de muchas personas que han leído esta parte, y que han tenido misteriosas experiencias. No puede asegurarle donde acaba la superstición y donde empieza la realidad. Si usted ha comprendido nítidamente su mensaje (como parece ser), puede usted tener problemas. Le aconsejo que abandone este libro, para su seguridad personal”. Tras pronunciar estas palabras, un sudor congelado empezó a emanar de su frente. Parecía como si toda su lucidez y todo su mapa del mundo, se hubiese vuelto borroso e ininteligible. La ciencia y el rigor enmudecen cada vez que el diablo se cruza en su camino, sea en la forma que sea. Su maquillaje se escurría por la cara como agua sucia. Ya no quedaba ningún rastro de su juventud. El diablo había desnudado todas sus vergüenzas. Balbuceaba de pánico y en su nuevo tono de voz, ya no quedaba la entonación femenina tan propia de la adolescencia. Tras un instante su semblante cadavérico y desnutrido, se recompuso y adquirió una serenidad aterradora. No obstante todavía quedaban vestigios de aquella amarga profecía. Me compadecí de su debilidad, pero ella no dijo nada y surgió la empatia, en aquel lenguaje silencioso y bendito que no necesita comunicarse desde sus profundidades. Dado que no teníamos que decirnos nada más, me despidi en silencio y con cordialidad, y ella me correspondió con una amable gesticulación de los labios y las cejas. Me fui silenciosamente de la biblioteca, como un gusano que se arrastra en la hoja de un árbol. No tenía intención de volver a entrar, porque mi ánimo estaba muy aturdido, y temblaba como la tierra cuando se produce un terremoto. Tenía una extraña sensación de frío, a pesar de que era una calurosa noche de verano. No obstante mis emociones y los rayos de luna que caían sobre las sombras de los cristales de la biblioteca, me causaban una ahogada sensación de hastío. Estaba paralizado, como las farolas que me rodeaban, como si yo también quisiese convertirme en un monumento cotidiano que alumbra luz. Encendí un cigarrillo, en silencio, y con aplomo, en un acto prácticamente inconsciente. El humo que desfilaba en el aire, al ritmo de aquella suave ventisca, y aquellas luces pesadas, correspondían con mi asfixiante sueño. No sentía ningún dolor corporal, ni ninguna debilidad física remarcable, simplemente sentía pasar el tiempo al ritmo de fuertes campanadas. Aquellos parajes eran solitarios, todo el mundo había desaparecido, o puede que se hubiesen escondido en la esquina respirando entrecortadamente. Detrás de los muros de la biblioteca, las palabras y el conocimiento transcurrían con fluidez y perseverancia, pero en el cotidiano lugar donde estaba, parecía que se hubiese metamorfoseado en un improvisado desierto. Escuchaba de lejos, el ruido de los coches en la carretera, y aquello era mi única conexión con la realidad. De pronto, a lo lejos, en un callejón que se situaba en el extremo izquierda de la biblioteca. vi. el esbozo o el proyecto inmaduro de una pálida sombra. Parecía sin lugar a dudas la imagen distorsionada de un hombre en la lejanía. De hecho no tenía una forma espectral, ni insólita, sino que era tan extraordinariamente cotidiano que aterraba a mis paralizados sentidos. Nunca había visto a un hombre que encajase tanto con la realidad. En la experiencia cotidiana, siempre que nos cruzamos con cualquier viandante ocasional, cualquier persona desconocida, o cualquier persona conocida en circunstancias inverosímiles, nos produce un cierto índice de extrañeza. Habitualmente no nos percatamos de ello, porque la rueda de la vida gira, sin que nos de tiempo a formularnos demasiadas preguntas. Pero aquel hombre parecía que estaba en aquel lugar, con la misma verosimilitud que cuando encontramos al sol en el cielo. Las personas se mueven al azar, y no existe ninguna ciencia matemática, ni psicológica que pueda predecir sus movimientos. De hecho los edificios se podrían haber construido de otra manera, el viento podría soplar hacía otra dirección, solemos cambiar de opinión cada cinco minutos. Sin embargo aquel hombre encajaba en aquel lugar como la misma trayectoria cíclica de la tierra, dando vueltas alrededor del sol. Decidí seguir a aquel hombre, aunque tuviese que ser lo último que hiciese en mi vida. Tal eran mi curiosidad, mi alegría y mi odio inmaduros. Obviamente no lo había visto nunca, y por esta razón, por una timidez muy justificada, me causaba tedio saludarlo o importunarlo con cualquier pregunta estúpida.venía hacía mi y siguió su camino, como si yo fuese alguien inexistente. Fue hacía un largo paseo, donde hay un estanque vacío, y frondosos árboles, a lo largo de una carretera que comunica con pueblos vecinos. Caminaba como si estuviese poseído por una vitalidad extraordinaria, y tanto más me enojaba, cuanto más sentía que me ignoraba. Cruzaba la carretera de un lado a otro, ignorando los coches, como si no existiesen. Con una precisión matemática desorbitante. Seguía su trayectoria de una manera absolutamente irracional e injustificada, pues no tenía ningún motivo, para confiar en su inútil destreza sorteando vehículos. Curiosamente los coches solo me pitaban a mí, y los conductores me gritaban desde la ventanilla solamente a mí. Como si tuviesen miedo de reñir con aquel siniestro individuo. Era un hombre de mediana edad, con la barba afeitada, algunos mechones de pelo blancos, una chaqueta de cuero, y una mirada azul y congelada. Tenía la nariz muy prominente, y sus gesticulaciones tenían mucha oratoria. Su piel no estaba muy arrugada para su edad, pues aún conservaba la mayor parte de su juventud. Cuando llegamos a una parte de la carretera que apenas era ancha, y donde había una videoteca, un bar y un supermercado, dejo de hacer acrobacias con el sinsentido. Empezó a andar en la acera, con la misma desenvoltura que antes, pero de una forma más prudente. Dos o tres personas que se cruzaron con él, aligeraron el paso, como si aquel individuo no les inspirara confianza. Tenían miedo de mirarle directamente a la cara e intentaban pasar desapercibidos como podían. Entonces el hombre desvió su rumbo, y se fue hacía la plaza del pueblo, donde se encuentran una heladería, un banco, el ayuntamiento, una academia de idiomas, un centro cívico, un par de bares y el estanco (y como no también el consultorio de mi madre). Las últimas claras de sol se habían desvanecido por completo, y el cielo estaba nublado y de color plateado. La luna llena que no estaba cubierta, iluminaba la plaza con sus rayos rojos y sanguinarios. El hombre caminaba con celeridad, como una seguridad aterradora de su paradero. Nunca había visto caminar a nadie con tanta seguridad en sí mismo. Parecía que había planeado a donde tenía que ir, desde hacía años. Tras pasar el ayuntamiento, cogió una calle que daba a la iglesia. Algunos niños sentados en bancos en el centro de la plaza, donde había una fuente, se quedaron fascinados al verle. La mayoría soltaron sus globos, como si pronunciasen un escondido deseo para ocultarse de las zarpas de aquel hombre. Continuamos a lo largo de aquella calle, unos cuantos pasos, hasta que se detuvo, para mirar fijamente algunas pintadas en la pared. Entonces abrió la boca sin dirigirme la mirada aunque si la palabra: - “veo que usted me ha seguido, porque ha encontrado algo fascinante en mi. No reprocho su comportamiento lunático porque suele pasar. La verdad es que soy alguien tan inmenso y poderoso, que no hay necesidad de que nadie me conozca. Para que sienta miedo y respeto por mi presencia. Yo curo y asesino a quien me da la gana. Independientemente que me caigan bien o mal, simplemente curo o mato al azar. Existe otro que dice que cura siempre, pero nunca he tenido el placer de conocerle. De todas maneras parece que su interés en mi persona persiste, por un motivo que usted ni siquiera se imagina. Voy a hablarle sin rodeos, usted ha leído algo acerca de mí esta tarde. Sin quererlo me ha invocado y aquí estoy. Los motivos que le han hecho a usted llamarme, no son de mi incumbencia. Lo único que necesita usted saber es que yo estoy aquí. Lo demás lo irá aclarando el tiempo, y mi deseo inconstante. De momento hablemos en paz y armonía”. En el nombre de algún desgarbado terror, los labios los tenía apretados en mis mandíbulas, y repentinamente se habían congelado. Era como si ya no tuviese sensación de su presencia. Podía mover la lengua con dificultad y hacer algunos insignificantes balbuceos, pero mi discurso era absolutamente incomprensible. Entonces la voz del trueno mortífero hablo: -“te he sellado los labios por si tienes la estúpida tentación de pronunciar mi nombre. Ya sabes que odio tanto que me llamen por mi nombre como el dios de los judíos. Te diré lo que vamos a hacer. Vamos a dirigirnos a este reloj de sol que esta junto a la iglesia, y vamos a contar los días y las estaciones “. Al ver que intentaba gritar pidiendo auxilio, me sacudió un soberbio puñetazo en el estomago. Su golpe fue enérgico e inflexible, como las finas ramas de los árboles cuando las mueve el viento. Entonces volvió a hablar, mientras me retorcía de dolor, tumbado en el suelo: -“es inútil que intentes pedir auxilio porque ya nadie nos ve, nos hemos vuelto completamente invisibles. Podría hacer que desapareciesen las personas o algunos edificios, para convencerte de quien soy verdaderamente. Pero este método de instrucción me parece más eficaz. Lo más aterrador es saber que existen personas en el mundo pero que nunca te podrán escuchar. ¿Que se puede anhelar si has nacido en una isla desierta. Si hiciera desaparecer algo, lo haría desaparecer todo, porque no puede desaparecer algo sin que desaparezca todo a su vez. Si desapareciese todo se borrarían tus recuerdos, y eso es algo que no me interesa”. Seguimos caminando, hasta el reloj de sol, pero sentía que los pies no golpeaban el suelo, y si me tocaba la cara no me sentía. Había perdido por completo la sensibilidad de mi cuerpo. Intenté dar una patada a un transeúnte, pero mi pie le atravesó su estomago. ¿Era verdaderamente mi espíritu quien erraba por aquellos lugares?, ¿había muerto en un instante sin ni siquiera percibirlo? De todas maneras en una concepción demasiado fantástica y tradicional, el hecho de que los muertos pueden visitar a los vivos. Eso solo forma parte de una alegoría popular, para que ensalcemos artificiosamente nuestro futuro. Como si fuésemos una línea simple que se ha de extender hasta el infinito. Mediante esta estrategia imprimida en el inconsciente colectivo, no podemos concebir, el instante más funesto de todos, porque parece que la vida, debe de alargarse más y más. Pero de la misma manera que no hay nada que tenga un retorno, no hay nada que se proyecte más allá de lo que la esencia del alma es. Además si pudiese confundirme por aquellos lugares, tendría que ser luz de un modo a otro, la gente me había de ver de alguna manera. Entonces el más engreído de los hombres, caído de los cielos me dijo: - “estoy leyendo tu pensamiento. No te preocupes no estas muerto. Tampoco estas paseando por estas calles, realmente. Estas viajando en una alegoría. Aunque hay que reconocer que en un cierto sentido estas paseando por estas calles, y en un cierto sentido no. tú alma duerme profundamente, pero el secreto de este viaje consiste en saber donde. Ahora mismo estas viendo lo que pasa desde una perspectiva extraordinaria. Puedes observar lo que normalmente avistas con suma dificultad. Las letras entran con sangre, creedme. Las personas se cruzaran ante ti, y podrás entender sin el menor atisbo de confusión, cada uno de sus gestos, cada una de sus miradas, y el significado de cada uno de sus pensamientos. Se dice que si una persona pudiera leer el pensamiento a muchas, perdería en un instante todas sus convicciones existenciales. Se hundiría en un instante en el sinsentido. Creeme te voy a convertir en lo que siempre has querido ser: en un mártir de tu causa”. Poco después seguí sus pasos fatigado y la vista se me nublaba. La gente pasaba ante mí, y entendía su pensamiento, con el solo fruncir del ceño, con la expresión de los ojos, o por la longitud de sus pasos. Si alguien fruncía el ceño, sentía sus pensamientos como si fuesen las olas del mar. Cada pliegue de la frente, era una ola gigantesca y pérfida, que conspiraba acerca de cómo paliar su dolor inhumano. Pero unas olas más hambrientas y resentidas que las otras, devoraban su sufrimiento con una agresividad impenitente. En la mirada de sus ojos, veía rayos de luna maléficos, como si inconscientemente pasara ante ellos el ciclo de la vida de una forma aterradora. Sus pies eran máquinas de atravesar senderos inescrutables, y los movían sin piedad y compasión. Como si cada palabra de su pensamiento fuese una chispa malévola, y ello se transformase en un arrogante espasmo en cada paso. Quería cerrar los ojos, pero la máquina de decir la verdad, no cesaba de retorcerme los brazos para que mirara. Tras vagar cerca de la iglesia y contemplar varias personas, una espesa niebla envenenada me devoraba las entrañas. Había entendido el verdadero significado de palabras como odio y dolor. Había identificado sus carencias con las mías, y me sentía tan miserable como indigno. Al ver mi expresión aterrorizada el diablo no dejaba de instruirme: - “¿crees que este viejo esta sentado en el banco porque esta cansado y solo?, ¿no te das cuenta que es tan canalla y mezquino que merece estar allí? ¿Que te crees que hace aquel hombre caminando hacía el bar? Se va a beber lo que no le han dejado en el trabajo. ¿Ves aquella jovencita tan hermosa y simpática? ¿No crees que es más mentirosa e hipócrita que la más arpía de las fulanas? ¿Ves aquella pareja que lleva a su bebe en el carrito? ¿De verdad crees que a algunos de los dos le importa la criatura, sino es para vanagloriarse a escondidas de lo que ellos son?, ¿ves aquella vieja pordiosera que busca en la basura? ¿A cuantas personas crees que ha abandonado antes que la abandonaran a ella?, ¿ves aquellos niños jugando a pelota? ¿No crees que son demasiado egoístas y se jactan de su ignorancia? Creeme, te lo aseguro, nadie en su sano juicio, creerá que en esta plaza no se ha dibujado el mapa del mundo”. De hecho sus palabras iban al ritmo de mis disertaciones, como si mi pensamiento fuese la música de la vida, y sus palabras fuesen la canción de la misma. Poco después aquella plaza quedó absolutamente desolada, porque habíamos entrado a altas horas de la madrugada. Entonces fuimos hacía el reloj de sol. El diablo me dijo: “¿ves esta sombra en el reloj que da la hora?, ¿no es sorprendente que exista aunque el sol este ausente? Esta es la inequívoca señal de que estas en mi señorío. Tu pensamiento podrá mover la aguja a discreción, y podrás entrar en el instante temporal que desees. Los días, los meses y los años, no son nada para la eternidad del dolor. Si no quieres viajar nos podemos quedar aquí, no tengo prisa en verte morir lentamente de soledad. Solo quería que girases la aguja del reloj, para que tu suplicio fuese más intenso, aunque eso sí, muchísimo más breve. He decidido que se extinga tu pensamiento, aunque podía haber decidido lo contrario, no he sido un traidor te lo aseguro”. Me negué rotundamente a su propuesta, aunque fuese el mayor de los calvarios. Estaba sentado en el suelo, en las puertas de la iglesia (no quería entrar porque yo estoy tan lejos de ella como el mismísimo diablo). El diablo miraba la cruz en lo alto, los arcos de la puerta, y las bóvedas, pero por alguna extraña superstición no quería entrar dentro. Lo miraba fijamente, como un recuerdo lejano, como una vida pasada, como una corriente de agua de un río que paso hace mucho tiempo y que jamás ha regresado. Fue entonces cuando comprendí, que el diablo es un lobo solitario, como la mayoría de los seres humanos. Siente nostalgia de lo que no ha existido jamás. Por esta razón siempre ha vivido en el mundo. Mientras tanto miraba aquella aguja hermética, pues el diablo había congelado el tiempo en las profundidades. Poco tiempo después el diablo dejó atrás las columnas, los arcos, las cruces y las bóvedas, y me dijo: - “te puedo asegurar que me da miedo tanta superstición. Nunca me había imaginado que había dejado a los seres humanos tan abandonados. ¿Como se consume la soledad con el paso del tiempo?, ¿construyendo templos como estos en honor de ídolos invisibles? Para derrumbar esta iglesia necesitaríais excavadoras o una apabullante explosión. Sin embargo con una sola de mis lágrimas amargas sería suficiente, para reducir a polvo y ceniza, esta idolatría a lo trascendente. Creeme si sientes tanto dolor es porque sabes que nadie te va a salvar. No eres tan ingenuo para pensar que te va a salvar un dios, pero todavía tienes la infundada esperanza de que te salve el amor a alguien. Creeme tanto la vida y la muerte son igual de amargas. Apenas existe diferencia entre la una y la otra.”. Poco después se sentó en un banco junto a mí, intenté tocarlo con el brazo y no rechazó mi curiosidad táctil. Quería saber como se siente una persona tras percibir las desgarradoras entrañas del demonio. De hecho no sentí, absolutamente nada, aunque estaba muy frío. Poco después aquel hombre, que presuntamente era el diablo, desapareció sin que me percatara de ello. Fue entonces cuando se convirtió en voz. Sonaba mucho más aterradora que antes, porque en aquel momento había desatendido por completo su anterior relación con el mundo. Se escuchaba desde todos los sitios, mientras la campana daba las horas, ajena a que el tiempo no transcurría. Me volvió a hablar aunque con una voz mucho más desgarradora que la anterior: - “creeme el camino que has seguido hasta ahora, ha sido tan necio, como todos aquellos que has leído esta noche. Creeme no he venido hasta aquí, para causarte un martirio innecesario, simplemente he venido a rebelarte la verdad, porque ese ha sido siempre tu deseo. Yo nunca tiento, simplemente ofrezco lo que se me pide. Si alguien se equivoca y coge mi presente por error, es un problema exclusivamente suyo. Tú has aceptado mi regalo y tienes que soportar un duro peso. Querías conocer la verdad y te la he explicado. Dios, nunca te diría la verdad, porque solo le interesa que le idolatres, para compadecerse de sí mismo. Pero lo que nunca has sabido, es que ese dios eres tú mismo, y lo sois todos. La idea de dios esta repartida por doquier. Cada uno tiene una parte de su cuerpo. Pero es un cuerpo, inútil que nunca podría funcionar. Existe alguien que tiene una anca de rana, otro tiene ojos de lechuza, otro tiene dientes de león, otro tiene el tronco de hormiga... ¿verdad que tal animal sería absolutamente imposible? Pues en la misma medida lo es dios. Dios dice que es la verdad, y la carencia de sufrimiento. Yo, en cambio digo, que soy, el sufrimiento y la verdad. Pero, habitualmente la gente me prefiere a mí, ¿porque? Porqué yo soy la verdad”. Posteriormente enmudeció pero el eco de sus palabras resonaban en la eternidad, como el peso de una roca que cae por la colina. Las líneas de mi visión perdían su fuerza y expresión y los colores se derretían. La iglesia se derretía como un caramelo envenenado. Absolutamente todo se derretía excepto, la línea del reloj de sol y su sombra, que permanecían inmutables. Parecía que el diablo, quería enseñarme lo que era: espacio vacío. En el espacio solo quedaba luz negra, pero todavía se escuchaba el sonido de las estrellas, como si fuese el de grillos lejanos. La luna permanecía pálida y serena. Entonces continuo con su interminable discurso: - “te estoy mostrando lo que yo soy, y lo que tú eres: espacio puro. Eres materia amorfa que pudo atrapar una forma concreta por accidente. Le he quitado muchas mascaras a la realidad, y solo le queda la insinuación de un rostro desencajado. De un rostro sin forma alguna. Esa es la cara del diablo y la cara de la realidad. No te estoy mostrando ninguna ficción, ni ninguna parábola, te estoy mostrando la realidad tal cual es”. Entonces su voz abismal dio un soplo helado, y toda la pintura de la realidad se desvaneció por completo. Solo quedaba mi interior de una forma un tanto abstracta, en aquella Apocalipsis repentina. Entonces mientras yo levitaba en la nada, volvió a alzar la voz: “esto es lo que te rodea cada día, lo que verdaderamente existe, y lo que nunca te has podido ni imaginar. Creeme excepto la ficción de tu experiencia cotidiana no eres absolutamente nada. Y de la misma manera, nada es absolutamente nada”. En aquellos momentos era como si me sintiera preso en una hoja en blanco. Escuchaba el mezquino latir de su corazón, que era el motor de la existencia. Lo sentía pausado, y cansado. Como si solo latiera para preservarse a si mismo. Como si no le importara el resto del cuerpo. En aquellos momentos no era ni cuerpo, ni pensamiento, ni luz, pero no obstante, sentía que no había desaparecido, para mi castigo y vergüenza. Sentía la desnudez y el sinsentido de todo lo que me rodeaba, y a un mismo tiempo sentía que me fundía en aquel mundo vacío de contenido y de sensaciones. Poco después su corazón hibernado, empezó a latir con una fuerza escalofriante, y en un instante, mi panorámica cotidiana volvió a surgir ante mí. En aquellos momentos sentía que el tiempo volvía a transcurrir, del mismo modo que en el instante en que el diablo había confiscado mi alma. La sombra del reloj de sol que marcaba la hora, desapareció. El viento volvió a soplar en el cielo, y los planetas volvían a nacer y extinguirse a millones de kilómetros de distancia. No había abandonado el banco donde me había sentado antes, y la iglesia seguía con sus cimientos íntegros. Como si el diablo pudiese destruir y reconstruir la iglesia a placer. Volvía a estar sentado a mi lado. De la chaqueta se saco un espejo de tocador, con figuras de simbología arcaica en sus bordes (parecían animales prehistóricos). Entonces me dijo: - “mírate, porque ya no eres el mismo. Alguien que ve la realidad tal cual es, nunca más puede volver al mundo aparente y crear otro sueño. Creeme las visiones amargas no son en vano”. Me mire, y observe que tenía las pupilas dilatadas. Tenía algunas canas en el pelo, y la barba había crecido hasta el pecho. Tenia arrugas en la frente y en la mandíbula, y las manos estaban muy desgastadas. Los ojos habían perdido su expresión natural, y los movimientos de mis articulaciones eran mucho más dificultosos. Tenía la cara como un estropajo, que ha absorbido mucha agua sucia, y que no ha podido escurrirla toda. Respiraba con dificultad, por un extraño cansancio que había nacido en mis pulmones. Le devolví el espejo con horror, mientras me miraba con una sonrisa irónica. Mientras tanto la liviana música estelar de la noche, me aliviaba en mi interminable sueño. Una suave brisa, movía las hojas de los árboles, y la luz de la luna, proyectaba su púrpura sabiduría noctámbula, como si aquellas hojas que levitaban en el aire, fuesen actores secundarios de mi envejecimiento prematuro. Los cristales de mis ojos estaban paralizados y secos, como si fuese imposible emocionarse en modo humano alguno. Apestaba a sudor, de la misma manera que mis ropas, que estaban absolutamente rasgadas, como si hubiese llevado la misma vestimenta durante muchos años. Una espesa bruma de color topacio, se movía lentamente en la callejuela, que iba hacía la plaza del pueblo. Entonces volvió a hablar, como si sus palabras, pudiesen empujar a un viento situado en las antípodas de donde yo me situaba: -“todo es muy mezquino y gratuito, creeme. Perdona que haya sido tan poco gentil, pero tengo tanto poder sobre ti y sobre el resto del mundo, porque me limito a decir la verdad. Como ya sabrás soy una máquina de decir la verdad. Creeme, la sociedad es como un hilo muy largo que se extiende desde la cúspide de un rascacielos, a la cúspide de otro rascacielos. Muchas personas caminan en ese hilo, e intentan hacer acrobacias para sobrevivir. Lo único que les importa es llegar a la cúspide del otro rascacielos y no tienen reparos en tirar a sus acompañantes con tal de llegar a la meta. A veces una familia, queda muy apretujada, formando una especie de escultura, pero no dejan de estrujarse los unos a los otros, y a nadie conviene que alguien se caiga, porque en ese caso se derrumbaría el castillo humano. Otros van en solitario, haciendo acrobacias muy arriesgadas y retando al resto de la gente, con la única finalidad de que intenten imitarlos, para que se caigan y les dejen el paso libre. Algunas personas hablan durante el camino, pero las conversaciones suelen ser muy mezquinas, y no tienen otra finalidad, que distraer a un purgante dolor, que se extiende desde un extremo a otro del hilo. Todos van vestidos de artistas, pero solo porque se lo exige el oficio de la vida. Durante el purgante paseo, todo el mundo debe de vestir muy elegantemente, para que nadie pase desapercibido. Si pasa desapercibido una marabunta de funambulistas lo atropella y se cae al vacío. El camino es muy largo, pero no tiene tanta importancia lo que hallan caminado, sino las piruetas que hallan hecho a lo largo del camino. Un camino corto y elegante causa admiración popular. Un camino sin apenas acrobacias, muy largo, y sin que se halla tirado al suelo a nadie, causa la indignación popular. Pero todos aquellos que llegan al final del sendero, tienen que tirar sus ropas de artista al vacío, quedarse desnudos de vergüenza, y esperar que alguien los rescate en la cúspide del otro edificio. Pero su único destino es precipitarse al vacío una vez han llegado al otro extremo del hilo de funambulista. Parecerá muy mezquino, pero todo el mundo se olvida en que parte del hilo cayeron, y que es lo que hicieron hasta llegar a la otra parte”. Aquel sermón nihilista había abierto resquicios, en los pocos muros del alma que todavía permanecían intactos. El color del espacio empezaba a ser más claro, y el filo del alba se esbozaba en el horizonte del cielo. El diablo, se levantó del banco tras pronunciar este discurso, y empezó a caminar precipitadamente hacia la parada del autobús. Noté que mis pies volvían a ser pesados, pero había de hacer más esfuerzos debido a mi adquirida vejez espiritual. De hecho volvía a ser cuerpo, tras haber retornado de mis orígenes nihilistas. No se despidió de mí tras haberme impartido aquella lección magistral, y seguía su camino olvidando que había tenido a un alumno atento y paciente. A pesar de las tremendas magulladuras anímicas que me había ocasionado, tras su tormentosa enseñanza, quería despedirme de mi severo maestro. Se había puesto una capucha, aunque en mi descalabrado esfuerzo, no le había dado importancia a tan insignificante detalle. Algunos conocidos al verme cerca de la parada del autobús, me miraban con extraña, al ver las nebulosidades de mis ojos, y aquellas arrugas tan repentinas. Nadie, me había reconocido, pero todos me miraban como un anciano extraño, que ha envejecido de una manera antinatural. Llegaba el primer autobús de la mañana, y algunos conocidos, iban bien vestidos para ir al trabajo. No obstante el diablo cada vez caminaba más rápido, y mis agrietados pies, cada vez hacían más esfuerzo, para intentar emular la elegancia y la discreción de su paso agitado. No obstante, nadie se asombraba de la presencia del diablo, y aquello me incomodaba mucho. ¿Como era posible prestar más atención a un anciano vulgar, que al eje del mal? Continuo caminando hasta la gasolinera, muy cerca de donde lo había encontrado por vez primera, la noche anterior. Los coches no dejaban de tocar el claxon, para llamarme la atención. Era un despiadado descuido vital, que un anciano caminase con tanto ímpetu sin una razón justificada. En cualquier momento podría caer exhausto al suelo, perder el conocimiento, y tal vez el aliento para siempre. No obstante ningún vehículo paró para socorrerme en la desesperada búsqueda de aquel hombre, que me iba ganando terreno paulatinamente. El aire de la mañana, soplaba fuerte, pues se moría de frío y quería encontrar temperaturas más cálidas. Los coches ya no necesitaban faros, y la luz de las farolas se había apagado recientemente. El sol se asomaba en el cielo, con extraordinaria rapidez, como si predeciese que algo extraordinario iba a acontecer, y por esta razón quería estar presente. Poco después, el diablo, cruzó una peligrosa curva y dos puentes. Lo empezaba a ver borroso pero todavía podía distinguir su presencia en la distancia que nos separaba. Un ave depredadora, se paseó por la carretera, con un aleteo y una flexibilidad de alas, desconcertante. Sus ojos mordaces eran vividos de asesinato y putrefacción. Voló hasta lo alto de un árbol que había en un extremo de la carretera y se quedo allí, expectante a mi hipotética caza del diablo, o de mi irremisible desvanecimiento. Poco después el camino, se volvió recto, y dejé atrás dos rotondas y dos puentes. El diablo ya estaba muy lejos, pero todavía podía distinguirlo, como un enorme barco que acaba de desembarcar del muelle. Todavía podía verlo porque el camino se había hecho recto, y no había curvas en una distancia considerable. Hubiera podido coger otras dos bifurcaciones para despistarme, pero parecía que quisiera seguir el camino, que yo hubiera elegido de estar en su lugar. Entonces ante mi sorpresa freno, cuando empezaba a distinguirse la frontera entre la presencia y la ausencia de mi perseguido. Los coches, no dejaban de tocar el claxon con violencia, como si estuviesen enfadados conmigo, porque estaba a punto de lograr mí ansiado reto persecutorio. Camine varios metros, mientras algunos conductores, abrían las ventanillas y me gritaban: - “le aconsejo que deje de caminar y retroceda, se encuentra usted en un grave peligro, si alcanza a su presa”. Pensé que eran insulsos gritos para desanimarme, y a pesar de que mi corazón estaba a punto de reventar o a salírseme del pecho, o bien detener repentinamente su brusco bombeo, continuaba caminando para lograr mi heroica hazaña. El ave carroñera había emprendido otro vuelo, y me seguía de cerca aunque a muchos metros de altura. Parecía que supiese que estaba a punto de llegar a mi destino, o bien a la muerte, o a ambas cosas. A pesar de que aquel hombre había frenado desde hacía varios minutos, mostrando nítidamente la actitud de aguardarme, no cesaba en mi empeño de caminar por una razón sobrenatural. De vez en cuando miraba al ave carrollera y a su imperioso plumaje multicolor, y parecía que algunos rayos de sol que acaba de parir el día, alumbrasen a su sórdido plumaje con especial interés. Tras un último esfuerzo llegue hasta mi hombre extenuado, en un camino donde se observaba una iglesia lejana, una frondosa vegetación, edificios de muy distinta arquitectura, y el mar rojo como una siniestra joya. El diablo se había puesto la capucha de un modo tan inverosímil, que le cubría el rostro. Poco antes de que llegase a él, la voz de uno de los innumerables conductores que me había chillado durante mi camino, me llamó la atención. Era nada más y nada menos que la voz de la bibliotecaria. Sin que me diese tiempo a reaccionar debido a mi cansancio, decidí ahorrar mis últimas fuerzas, a la espera de lo que me hubiese de contar aquella señora tan sabia. Aparco el coche, precipitadamente, en el extremo de la carretera, donde era practicable el paso, y había un largo sendero de barro. Debido a mi borrosa visión y a mi precaria sensación del tiempo y los movimientos, apenas tuve tiempo de reaccionar. No obstante, aquella mujer compareció junto a mí, sin que supiese como le había dado tiempo para aparcar y para correr hasta llegar a mi lado. Estaba temblando y a punto de caerme el suelo de cansancio, pero ella llego a tiempo para prestarme auxilio. Sin más dilaciones dijo:- “yo soy la única mujer de tu vida, y siempre me he preocupado de que no tengas que ver algo tan espantoso, como lo que estas a punto de ver ahora. No le quites la mascara a ese hombre porque te causara un daño irreparable. Esta noche no me hiciste caso, y ya ves las lamentables consecuencias. ¿Porque te quieres hacer daño hasta límites insospechados?, ¿acaso te he enseñado alguna vez a ser tan ascético?, ¿que tiene el dolor que tanto te atrae? Ya estas muy viejo, y eso no se puede paliar de ningún modo. Si siempre me has hecho caso, no entiendo porque no has de hacérmelo ahora. Olvídate de ese hombre, que quiere tentarte a que des el último paso en tu infatigable nomadismo existencial. Siempre que miras, tus ojos penetran en vallas llenas de espinas. ¿Porque siempre has querido saber lo que hay detrás? Solamente hay gente de mal agüero, leprosos, hambrientos y enfermos desquiciados. Ya has comprado una buena parte del dolor que hay en el mundo y estas arruinado. ¿Porque quieres que ese hombre te quite la poca dignidad que te queda? ¿Porque te dejaste avasallar tanto por ese personaje pestilente?, ¿porque te entregaste a él sin reservas?, ¿porque vendiste tú alma por un conocimiento tan mediocre y real? te llevare ahora mismo a casa, te teñiras el pelo, te haremos una operación de cirugia estética, y harás régimen para adelgazar. Seguro que todavía encontraremos una brizna de luz inocente en tu desolada alma. Seguro que todavía hay algún rincón de tu alma que lucha incesantemente contra todo tu comportamiento irresponsable. ¿Porque te apasiona tanto el dolor?, ¿porque te gustan tanto las noches en vela?, ¿porque das la única migaja de pan que te queda para satisfacer a tu pensamiento en ruinas? Ahora mismo, subirás al coche, y volverás a casa, porque sabes que ese hombre solo quiere ver como te retuerces de dolor. No consentiré que le otorgues ni el más insignificante proyecto vital que tienes entremanos. Huye de aquí, porque llegar al fin de tu laberinto no te va a ayudar en nada”. Sus palabras resonaron en mis agrietados tímpanos, como un camino antiguo simple y luminoso, con el murmullo de pájaros, y con la suave caricia del viento. Sin embargo, utilice todas las fuerzas del instante, y todas las fuerzas que se me habían consumido durante mi tediosa investigación emocional, para responder: - “mujer, se perfectamente quien es este hombre y no voy a ruborizarme al verle la cara. Conozco, de la misma manera al pajarraco que me ha estado persiguiendo hasta aquí. Mujer, yo no he elegido mi destino te lo aseguro”. Aquel hombre encapuchado, estaba sentado en el suelo, inmóvil, y sin una brizna de tensión existencial. Parecía como un animal salvaje que se mueve como un ser humano, pero al cual se le ha agotado todo su instinto vital. Parecía un monstruo que lo habían sedado, y que estaba en el suelo paralizado, ajeno a nuestra conversación. Entonces, sin más demora por mi parte, y ante los gritos de pánico de aquella mujer, que intentaba por todos los medios, sujetarme, para que no le mirase la cara a aquel hombre extraviado, procedí a cumplir con mi cometido. Le quité la capucha, y lo que vi dejo paralizados a mis sentidos, que levitaban en el cielo, rodeados de aire helado. No era ni nadie más, ni nadie menos, que la atroz imagen de mi cuerpo en estado cadavérico. Cuando intente agarrarlo por la espalda, se partió en dos, e infinidad de astillas de huesos rotos, cayeron al suelo, como si se hubiese roto un jarrón. Sus ropas estaban absolutamente vacías, y no había ningún resto de carne, solo quedaba algunos restos de huesos mancillados. El pájaro estaba en la rama de un árbol, graznando como un espíritu poseído, y moviendo las alas al raso en una atractiva danza. Su pico de ave imperial estaba muy afilado, y sus ojos brillaban como si fueran testimonios de aquellos acontecimientos, desde otra dimensión. Como si fueran el catalejo, del diablo que los espiaba desde otro mundo. La mujer se arrodilló en el suelo, y empezó a llorar desconsoladamente, pues sabía lo que iba a acontecer en breve. Los coches circulaban a todo gas, como si estuviesen huyendo de un incendio. Mientras a lo lejos en el mar, no había oleaje en absoluto, y las aguas estaban tranquilas como si fuesen las de una mar encantada. El sol sangraba con furia, y el horizonte púrpura, se comía los sentimientos de la mañana. El viento soplaba con una calma anacrónica, y las agujas de las ramas de pino se movían con suave ligereza. En aquel instante, mi verdugo carroñero, se acercó hasta mí. Era un verdugo cortés y dejo que pronunciara mis últimas palabras, mientras a aquella desconsolada mujer se le secaban los ojos: - “solo he nacido, para irme de la misma manera que he venido. Tienes razón Satanás, tal y como leí en tu monólogo: “la soledad es el punto de partida y el punto de llegada”. Solo he vivido para esperar este fatídico momento. Aplaudo tú condena Satanás, porque si tú eres todo el mundo, lo que haga el mundo tiene que estar bien a la fuerza. Quiero que me hagas sufrir mucho, porque durante el transcurso de mis días no he sufrido lo suficiente. Quiero que me picotees, recordándome con especial solemnidad a cada picotazo, todos los infames días de mi existencia. Siempre he estado en el mundo, y de alguna manera el mundo no me puede expulsar de sus salvajes entrañas. Hiereme como gustes, porque estoy seguro que lo harás muy bien. Si he confiado en vida en ti, no se porque no te he de confiar mi muerte. De alguna manera este procedimiento no es una condena, sino una legitimación de lo existente, y por eso se que es justo que masacres a mis inmundas entrañas. Vivir en el dolor, es vivir en la verdad, como tú siempre me has dicho maestro, por esta razón, no entendería que tú no fueras mi ejecutor, y también aquel que me impartiera su última enseñanza. Se que eres muy mezquino, pero tú no tienes la culpa porque la existencia es anterior a cualquier dios. Y un dios que vive en la existencia debe ser mezquino por necesidad natural. Procede a tú cometido, dios infecto, porque tu eres la enfermedad, porque la vida misma es una enfermedad. De alguna manera, el dolor es la más sublime de las rapsodias, porque se recita con los ojos abiertos, y el espíritu cansado y maltrecho. El dolor es el motor del mundo, porque es la vida misma. Me hubiera gustado ser un rayo de luz, un soplo de viento, una canción que se escucha una solo vez y no se vuelve a escuchar jamás, el inocente balanceo de un péndulo. Me encomiendo a ti asesino despiadado, eres tan trascendente como criminal. Tú, eres el filosofo, tú eres la recta razón.” Tras exponer las razones que merecía para ser conocedor de la verdad, el ave carroñera, me devolvió a mi residencia originaria, una prisión inmensa sin fronteras: el espacio puro. Descendió del árbol con su peculiar galantería carroñera, extendiendo las alas y arañando al aire con un primitivismo loable. Su vista estaba tan exaltada que parecía que me hubiese atravesado las entrañas antes de alcanzarme con su mugriento pico, con su arcaica agresividad. Yo lo esperaba con los brazos extendidos, de espaldas, mirando el cercano mar y su sincero horizonte. De repente las nubes vinieron de tierras lejanas y una mezcla de gases inéditos se mezclo en el cielo, para explotar en la más artística de las tormentas. Ocultaron al sol y le privaron de ser testigo de aquel justo ultraje al honor. El rojo y el púrpura se mezclaban con violencia, en el estallido de truenos infames y proféticos. El mar empezó a pensar con ira, y sus olas se catapultaban hacía la nada, en un espectáculo de pensamientos caóticos que se mezclan entre sí. Varias aves volaban hacía otras tierras, y se alejaban de la costa para no ser testigos de aquel ajusticiamiento sin sentido. Varios relámpagos estallaban en el seno de varias nubes descarriadas, emitiendo una electricidad ilusoria y mortífera. A pesar de aquellos gases nebulosos, el color de los relámpagos era tan intenso, que las líneas de su vida fugaz se vislumbraban de una manera más nítida que las ciencias matemáticas. La belleza bucólica de aquellos truenos, eran como la atormentada explosión de un pensamiento lejano. Daba la impresión que fuera de noche durante el transcurso de aquella tormenta épica. Aquella tormenta parecía obra de un espíritu extraviado. El ave no cesaba de dar vueltas a mí alrededor, y de hacer acrobacias aéreas elegantes, propias de un ave apocalíptica. Se quería marear en el terreno de su danza aérea, para embestir contra la indefensión de mi nihilismo, con más tesón y fuerza. La mujer se había desmayado en el suelo, porque no había podido resistir los infames prolegómenos de mi verdugo. Sin embargo, el ave se sentía demasiado insegura, como si supiese que podía ser castigada por su malévola ejecución. Su vuelo, en las cercanías de su víctima era tan innecesario, como demoledor para su instinto asesino. En aquel momento de incertidumbre, un trueno solemne muchos más inmortal que aquel ave carroñera, le atravesó las entrañas con su eléctrico abrazo, y cayo al suelo mientras convulsionó dos o tres veces hasta expirar. Cuando el ave emitió su último graznido, más infame que el resto de todos sus días de caza a víctimas indefensas, el cielo se dejo de lamentar, y las nubes se desvanecieron como un golpe de viento fugaz. El cielo se había dejado de lamentar. La mujer se había desvanecido por completo, y había caído al suelo en estado catatónico tras presenciar aquella epopeyica escena. De repente, las astillas de los huesos que estaban desparramados en el suelo, se unieron, recuperando su antigua dureza, formando un esqueleto mucho más macabro y repugnante que el anterior. El transito estaba desolado, y hacía rato que circulaban por otros sitios de la carretera, como si el camino estuviera cortado. Poco después el esqueleto recuperó la movilidad, y con una ilusoria vitalidad, se mudo, con sus anteriores ropas que estaban tendidas en el suelo. Tras aquella momentánea suspensión de mi inminente ejecución, los latidos de mi corazón habían recuperado su vigor en parte. Mis pies todavía tenían fuerza para dar otra vuelta al mundo de la barbarie y la destrucción. Entonces aquel esqueleto habló: - “debido a tu pacto con el diablo continuas vivo, aunque estás muerto. Mi presencia es la irrefutable prueba de mis palabras. Yo soy tu muerte, y tú eres yo mismo. Yo soy tu esqueleto, la prueba de tu prematura e inminente muerte”. Tras pronunciar estas palabras empezó a perseguirme, y como quería continuar viviendo en aquel ascetismo infame, intenté huir la última de las objetivaciones de mi muerte de un modo eficaz. Los dos teníamos la misma fuerza, porque yo era su vida y él era mi muerte. Corrimos los pocos metros que quedaban para llegar al pueblo vecino, tras cruzar unas vallas donde pastaban caballos, algún bar y algún supermercado, hasta llegar a la entrada del pueblo, donde había un puente en donde cruzaba el tren. A veces se sacaba un hueso, y me lo tiraba para que me rindiese a lo irremisible de mi muerte. Como esquivaba sus armas huesudas, se volvía a poner la mano, cualquier hueso de sus costillas o del cráneo. Acto seguido, se volvía a sacar otro hueso de su desquiciado esqueleto, y me lo lanzaba con puntería, aunque sin acierto. Cruzamos un camino donde había un centro comercial, que daba directamente a la parada de autobuses, y a la estación del tren. Algunas personas que nos veían, quedaban horrorizadas, al ver que me estaba persiguiendo mi propio esqueleto. Uno de los espectadores era el diablo, sentado en la parada de autobús: - como ves no necesito sicarios para matarte, tu muerte es suficiente arma para conseguir tu propia muerte. Ha sido muy fácil darte esquinazo, te he matado sin que te dieras cuenta, y esa parte de tu conciencia que todavía no lo sabe, es tu cuerpo que se pudre a momentos sin que te des cuenta. Será mejor que aceptes tu derrota, y no hagas enfurecer más a tu esqueleto. No podrás aguantar mucho, porque si te fijas, a tu esqueleto le crece carne podrida, y a ti se te cae por momentos. Habrá un momento en que tengáis un aspecto idéntico, entonces os fusionareis en la misma persona, y vuestro cadáver yacerá en el suelo”. Parecía que aquel era el momento de aceptar aquella derrota. Me tumbe en el banco de la parada de autobús, di dos bocanadas profundas de aire frío, y cerré los ojos como si hubiera de cerrar las ventanas de mi alma para siempre. El diablo me sostenía con las manos el cuello y me dijo: - duerme, duerme, tu camino se ha acabado aquí.


EL OTRO DÍA DECIDÍ SUMERGIRME...

El otro día decidí sumergirme en el ahogado espíritu de un polígono industrial, situado en las afueras de la ciudad. Por alguna razón desconocida, un instinto lejano y perdido en el recuerdo me guió hasta allí. Mis pasos y mis pensamientos, no suelen extraviarse en tales derroteros, pero una fuerza gravitatoria en mi discurrir de carácter ajeno, me guió hasta allí. Nadie me esperaba en ningún sitio, y dar marcha atrás en mi experimento vital hubiese resultado obsceno. Tenía una angustia de incalculables dimensiones, pues a pesar de que nadie me estuviese buscando, y no fuese un prófugo, tenía una insoslayable necesidad de huir. Aunque me preguntasen, no hubiera podido responder con sinceridad, a los motivos de mi bohemio éxodo. No tenía ninguna deuda con nadie, ni tampoco nadie había exigido mi presencia en ningún sitio en particular. De hecho mi ciego destino se mostraba ante mí, sin necesidad de tentarme con ningún escondido placer del paraíso. El camino se abría ante mí con muchas luces áureas, aunque sin palabras que describiesen el significado estético de las mismas. Me había convertido de un modo simbólico en un rayo de luz que se precipita al suelo, por el mero influjo de leyes ópticas. Como si fuese un insecto que ha perdido su instinto y no busca alimento, ni tampoco quiere defenderse contra los depredadores. Como si fuese un insecto que camina al azar. Como si fuese una ola de mar, creada por el albedrío de un poeta, pero no por la brisa marina. Mi peregrinaje espiritual, tuvo su punto de partida, tras salir de un restaurante chino. En tal restaurante siempre puedo ver a exóticas danzadoras chinas, bailar en el televisor, haciendo gala de una sensualidad inimitable. En aquellos precisos instantes, mis pensamientos eran fluidos, pero no eran más que palabras torpes mezcladas entre sí. No fue una decisión premeditada, simplemente fue una sutil reacción de pánico, tras observar, que todos los muros de mi alma, sonaban a hueco. Era un día gris y borroso, y las nubes se vislumbraban en el cielo, como el espejo de mi alma descarriada. Me encontraba en un paseo, con bancos en ambos extremos, y con edificios cubiertos de un cemento que no resultaba demasiado atractivo para los sentidos. Yo creía que aquellos lugares era en donde se perdían los viajes de mis lecturas y los personajes de mis narraciones. Las ventanas eran como las teclas de un piano polvoriento, y mi alma componía música silenciosa y solipsista. Seguro que si soplase en una ventana, se escucharía el testimonio de algún alma errante, y si lo hiciese en otra se escucharía el murmullo de otros mundos. Y si soplase en todas las ventanas a la vez se escucharían voces caóticas que inundarían las calles de la más bella de las sinfonías urbanas. En lo más hondo del paseo, había una vía de tren, en un puente, y cuando lo veía pasar parecía que emprendiese un viaje análogo al mío. Como si el viaje preprogramado del tren en su recorrido por las distintas estaciones, tuviese correspondencias con las distintas etapas de mi espíritu, a lo largo de toda mi existencia. No prestaba demasiada atención a los transeúntes, porque aquel lugar no era solemne en un sentido burgués, aunque si que lo era en una corriente estilística de poesía que no ha aparecido todavía. Las personas no eran más que silenciosos espectros en un desierto cotidiano. En aquellos instantes, estaba sentado en un banco, sin esperar ningún acontecimiento extraordinario, porque movimientos silenciosos y compulsivos de mi transitoria representación del mundo, gobernaban a mi espíritu, en silencio, como un dios impersonal. El tiempo transcurría al ritmo de los tenues rayos de sol, que se precipitaban hacía la calzada, Como ídolos momentáneos. De pronto observe algo, que llamó mi atención. En el ático, de aquel insulso edificio, que devoraba mi vista con arrogante impaciencia, observé a un hombre. Sacudía una manta, como si hiciese señales de humo. Lo miraba con disimulo, porque no quería que juzgase mi inoportuna curiosidad, desde las ruinas de su torre de marfil. Sacudía la manta, con movimientos precisos, como si estuviese emitiendo un código poético perdido en la historia. Parecía extranjero, y aquello otorgaba mayor interés a su extraña acción. Era un curioso lugar, para extender una manta, y no eran necesarios tales artificios, para limpiarla de polvo, pero su procedimiento costumbrista, resaltaba en comparación, a aquel agresivo silencio callejero. Tal vez era un pregonero clandestino, que se comunicaba con los anónimos miembros de una sociedad secreta, aunque tales conjeturas suelen carecer de fundamentación. No obstante su acción, fue muy fugaz, porque cuando volví a dirigir mi mirada al ático, se había desvanecido. Tal vez fue un espejismo urbano, aunque tampoco tengo muchos datos para corroborar este hecho. De todos modos la transitoria y aleatoria manifestación de aquel hombre, había encendido una vela más en el templo de mis memorias. Quizá no fue más que una de las inmensas lagunas existentes en mi conciencia. Acto seguido, un extraordinario impulso existencial se apodero de mi. Me levanté del banco, y proseguí mi caminata, para trazar un meticuloso mapa, de aquellos suburbios. No perseguía a nadie, simplemente quería devorar el camino, como el tiempo lo hace con las carnes. Caminaba con un raquitismo existencial siniestro, como si fuese un bola de billar dando muchas vueltas alrededor de una superficie verde, para que me engullera un agujero negro. Movía las piernas como un autómata espiritual, como una conciencia que huye de la implacable persecución de un vacío, que la acecha en cualquier instante. Como si detrás mío, una inmensa niebla me persiguiese, e hiciese desaparecer al mundo a marchas forzadas. A mi alrededor, no había ni personas, ni coches, ni edificios, simplemente un camino que demandaba la necesidad de unirse con él. Era un camino abstracto, como si yo no fuese más que nieve que se precipita de una montaña tras un alud. Estaba a punto de llegar al puente donde circulaba el tren, como si fuese una alegoría escondida que conociese el secreto de mi divagar, como una metáfora camuflada que se manifiesta en el mundo para ser descubierta. Poco después baje unas escaleras, que conducían a un pasadizo subterráneo urbano. Si se prestaba atención, se podía escuchar, el retumbar del tren, pero en aquel contexto era necio, porque era como escuchar a nuestro propio espíritu pasar por el mundo. vi. a algunas personas, que se cruzaron en mi camino, pero nadie llamó mi atención en particular. En un momento de delirio pensé que eran robots que se habían escapado de una fábrica, para morirse de aburrimiento paseándose por las calles. Eran personas con la cara muy desgastada, y con las facciones arrugadas y maltrechas, víctimas de un instinto demasiado ruidoso. Vestían con ropas, que no cesaban de propagar a los cuatro vientos cardinales, su condición de personas liberales y alejadas del obsceno yugo de la sociedad. Tal conducta me parece apropiada, aunque insertada en aquel contexto duplicaba su fuerza por cien. El camino no estaba muy bien pavimentado, cuando salí de aquel pasadizo subterráneo, y edificios en ruinas desolaban todavía más el trascurso de mi mezquino paseo. Estaba cerca de las fronteras de un polígono industrial, pero había tantos senderos, que tuve que elegir uno. Tenía la curiosa obsesión de seguir una calle hasta el final de la misma, y una vez hubiera concluido su trayectoria, habría de tomar otra decisión al azar. En aquellos momentos, me encontré frente a frente, con un parque desolado. Había dos columpios y algunos toboganes. A lo lejos se veía un inmenso edificio desolado, rodeado de naturaleza corrompida. Había infinidad de ventanas, pero todas uniformes. Había un espacio abierto de considerables dimensiones, detrás de la verja que conducía al parque. Parecía que aquel laberinto de sensaciones perdidas, moraba en mi mente, como el eco de una experiencia extraordinaria. Hice un alto en el camino, y decidí sentarme en un columpio. Observé mis pisadas en el barro, que rodeaba el parque, y descubrí estupefacto que eran las únicas, entonces pensé: - “que extraño que habiendo un espacio abierto tan inmenso, nadie acuda aquí a jugar con veneno con su soledad”. Parecía un extranjero en las cercanías de aquel polígono industrial, y que aquel inmenso edificio desolado que devoraban mis ojos, fuese un templo en donde se cobijan las distintas religiones de la soledad. vi. pasar a dos individuos, de distinto genero, que caminaban juntos, pero no les presté, demasiada atención. Parecían obreros de alguna fábrica cercana. Aquel edificio de hormigón, parecía como un agujero negro para mi espíritu. De repente, una muchacha se asomo por una ventana. Iba vestida de un modo un tanto informal. La veía clara y distintamente, pero con discreción, porque probablemente reconocería en mí, la mirada de una persona ajena a aquellos parajes. Parecía que quería tender ropa, aunque no estoy muy seguro. Desapareció repentinamente, porque probablemente tenía otras tareas más importantes que atender. No creo que hubiese cumplido los 16, y por su aspecto desaliñado hubiese dicho que no se sentía tan sola como yo. Por esta razón decidí omitir toda clase de salutaciones. Era una dama lozana, y aunque apenas pude distinguir con claridad su rostro, supe por ciertos detalles borrosos, que acudieron a mis sentidos de un modo caótico, que me miraba como un personaje secundario de un escenario pantagruélico. Suele ser más fácil idolatrar a alguien que se asoma a la ventana que a la inversa. Porque el mundo desde una ventana se ve muy pequeño. En cambio quien observa un rascacielos desde la calle, suele creer que su vista esta observando las más altas instancias de la jerarquía mundana. En aquellos momentos, supe que nos hallábamos situados tal y como dictaban las invisibles y opacas leyes sociales. No hubiese tenido sentido que nos hubiésemos conocido desde condiciones opuestas. Necesitaba explorar con más detenimiento aquella jungla de fábricas y de pestilencia, para que mi experimento surtiese efecto. Me levanté del columpio (debido a que nadie podía fijarse en mi presencia, no me sentí avergonzado). Volví hacía la verja, para proseguir mi camino, dejando atrás aquel parque. Probablemte a otras horas, sería un lugar destinado a encuentros lujuriosos y procaces, pero a aquellas horas, estaba absolutamente desierto. Mi mirada contemplo por un instante, las ultimas claras del día que se derramaban sobre las hojas de un árbol. Después vi a varias palomas que merodeaban cerca del árbol. Parecían muy aturdidas y no respondían a mis ficticias patadas emprendiendo el vuelo. Tal vez ya no les quedaban fuerzas, para abandonar aquel parque de una manera digna. Entre aquellas palomas, resaltaba la presencia de un loro. Con su plumaje verde y exótico, destacaba en belleza y distinción al resto de las aves. Tal vez hubiese emigrado de tierras lejanas, aunque lo más probable era que se hubiese escapado de alguna jaula. Lo miré escasamente unos segundos, hasta que emprendió el vuelo con destino desconocido. Poco después llegue a un puente que se bifurcaba hacía dos lados de la carretera. Su diseño era muy elegante, aunque no proporcionaba seguridad caminar en él. La valla apenas me llegaba a la cintura. El ruido de los coches era ensordecedor, y entraban a centenares. Parecían como una estampida de búfalos con motor. Por un instante dude acerca de cual era la dirección que había de tomar, pero elegí la derecha, porque el camino del puente era más largo. Desde allí podía ver una compañía de seguros. Tras cruzar, el puente perdí todo rastro de vida urbana. Ya no había apartamentos, ni centros comerciales, tan solo fábricas alejadas entre sí. Seguí recto ciegamente, hasta perder el rastro de la civilización conocida. Poco después llegué, a la entrada de una fábrica. En las puertas de ella, había varios mozos de almacén que no cesaban de ordenar productos etiquetándolos, trabajaban sin descanso, aunque no notaba que desperdiciasen en su mirada, los síntomas de su cansancio. A mi alrededor solo había fábricas y terreno edificable. Acto seguido llegué a un barrio, y volvía a ver apartamentos y algún bar. Entré al primer bar que encontré para comprar tabaco. No disponían de máquinas expendedoras, así que esperé unos instantes en la barra a que se me atendiese. No había nadie, hasta que poco tiempo después apareció una señora de mediana edad avanzada, y me atendió. Dado que no deseaba tomar nada en especial, pero tampoco quería abandonar el local de buenas a primeras, pedí un puro. No hubiese sido de buena educación quedarme, sin ser un cliente de pago. Me fume un puro, en una mesa, y de vez en cuando miraba la televisión. A mí alrededor, nadie me inspiraba confianza, pero tampoco desconfianza, simplemente indiferencia. Estoy seguro que si nos hubiésemos encontrado en circunstancias extraordinarias, tampoco hubiese entablado una conversación, con ninguno de los presentes. Era un local, con cristales, y podía contemplar con nitidez todo lo que me rodeaba. La mayoría de la clientela eran o bien jubilados, o bien obreros que estaban en el paro, o bien obreros que disponían de un rato de descanso. Nadie me miraba, y yo creo que pasé tan inadvertido, como la televisión a quien nadie prestaba atención. Había varias máquinas lúdicas, pero nadie malgastaba su dinero en ellas. La casa siempre gana. Nunca podría decir el rato que permanecí allí, puesto que el tiempo trascurría pesado y escurridizo a pensamientos livianos. Un infatigable deseo se volvió a apoderar de mí y me levanté de la mesa cuando todavía no se me había consumido el puro. Un extraño malestar sin nombre, volvía a manifestarse intempestivamente en mi presente eterno. Era un temor existencial agudo que hacía estallar todos los colores de mi imaginación, dejando un espacio interior, negro y oscuro. Mientras caminaba la nausea penetraba en mis entrañas. Como si me hubiese picado una serpiente, y el veneno corriese con mayor celeridad en mis venas, cuanto más caminase. De hecho era adicto a aquel dolor nihilista, y lo recibía con elogios cada vez que era huésped de mi morada espiritual. Camine sin cesar, como si huyera de alguien, sin observar nada de lo que había a mí alrededor, como si me derrumbase por momentos, sin una justificación aparente. Poco después un descubrimiento banal, ahuyentó momentáneamente a los jinetes apocalípticos de mi mente. Vi una iglesia de una presunta secta. Había un gran cartel, en aquel edificio con mediocre estética de iglesia que ponía:” iglesia de la luz universal”. Había una valla, que impedía el paso a todo visitante ajeno a su organización religiosa. La entrada estaba absolutamente clausurada. Me hubiese gustado entrar de un modo clandestino, para ser testigo de sus ritos religiosos. Si hubiese podido entrar, me hubiese gustado purgar con dolor, todas mis tardes frívolas en un solo momento. Un contundente castigo por parte de personas mezquinas, era lo que necesitaba mi nihilista alma, para creer en el dolor. No obstante, adoctrinarme hubiese sido muy difícil. Y hubiesen tenido que raptarme, para satisfacer mis necesidades punitivas. Un sinfín de deseos borrosos arremetieron contra mí, como una tempestad nihilista de incalculables dimensiones. Me hubiera quedado el resto de la tarde, si hubiese sido preciso, esperando a que apareciese el profeta raquítico de mis vigilias endiosadas. Me quede mirando fijamente aquella siniestra morada espiritual, como si fuese el cementerio de todas mis ideas errantes, que hubiesen decido fallecer en aquellos lugares. Cerca de la sede de aquella secta inmunda, había un pequeño jardín que convidaba a la reflexión perdida. Tal vez estaría teniendo lugar una reunión secreta, en la cual habría de tomarse una decisión de suma trascendencia. Parecía que los últimos rayos de sol negros del día, invocaban el silencioso himno de aquella organización espiritual. Tal vez sí alguien hubiese observado mi ficticia catarsis mística, hubiese pensado que yo era un miembro de aquella secta. Aunque quizás mi vestuario convencional, y las indecisas gesticulaciones de mi rostro me hubiesen delatado. Me hubiese gustado apoyarme en la pared de la otra calzada, de una manera disimulada, aguardando la entrada de algún adepto. Observé el terreno meticulosamente para ver si podía entrar de algún modo, pero el paso estaba absolutamente vedado. No había ningún horario que anunciase el oficio religioso, por lo que supose, que se trataba de una corriente mística de carácter elitista. Tras varios segundos de reflexión mordaz y parsimonica a un mismo tiempo, decidí huir de aquellas fronteras entre lo cotidianamente aceptable y lo cotidianamente deleznable. Seguí calle abajo, y en mi ficción poética, no quise mirar atrás para no convertirme en piedra, como aconteció tras la destrucción de sodoma y gomorra. Una luz púrpura bañaba el pavimento de aquellos barrios deprimentes, y yo seguía la danza de su noctámbulo conjuro. Seguí calle abajo, y decidí dar marcha atrás porque mi paseo que era como una parábola, tenía que recorrer la semicircunferencia del camino de retorno. Cruce un semáforo con cautela cívica, pero antes de hacerlo dejé que cambiase un par de veces de verde a rojo, para observar propaganda de un partido en vías de extinción. Había un cartel en el mismo semáforo. El programa electoral de aquel partido político, consistía en un desesperado intento abolicionista en contra de la immigricación. El mensaje era muy escueto, pero rotundo y contundente. Simplemente eran estadísticas vacuas y con prejuicios previos. Mencionaba el número de desempleados en el país, el índice de criminalidad causado por la inmigración, el número de inmigrantes que consiguen trabajo de un modo desleal, y una frase más de contenido incierto. Al lado de las frases había un mapa nacional, con su inexorable bandera, y en llamas. El concepto de unidad nacional es demasiado abstracto y no creo que nadie haya entendido jamás su significado. Simplemente es una identificación muy confusa, que solo engendra violencia. Conceptos como el de unidad, y universalidad, son conceptos que nunca pueden acabar de llenarse, porque siempre hay algo que añadir a cada definición. Es una explicación muy larga y tediosa, que no es autarquica, porque siempre tiene elementos que la contradicen. Nuestro pensamiento no esta hecho para poder abarcar, la legitimidad de un constructo social, en el cuál se producen substituciones de una manera artificiosa y espurea. Si algo es grande se le llama nación, cuando el concepto de grande, pertenece a la categoría de magnitud, y eso pertenece a nuestra intuición externa del espacio. No se puede utilizar la metafísica, para incentivar el crecimiento de las doctrinas políticas. Sin embargo, lo que me dejo más perplejo, fue que alguien había tachado el logotipo de aquella cavernícola organización política. Si existe disidencia debe llevarse hasta sus últimos extremos. Debe arrancarse el papel, para que ninguna persona susceptible de engendrar odio y rencor, pueda leer semejante barbarie. Mientras estas ideas fluían por mi espíritu, como si cabalgase en el vacío, perdí tres veces la oportunidad, de cruzar la acera. De hecho tenía mareo existencial y hube de leer dos o tres veces aquellas frases para entender su contenido. Si algo se entiende después de mucho tiempo de reflexión, es favorable para la acción, porque en este caso nuestra comprensión del contexto ideológico, ha madurado de manera pertinente. Cuando hube cruzado la calle, me había olvidado acerca de lo que había leído y meditado, como si mis ideas fuesen burbujas de espuma que estallan en mi cerebro, sin causar demasiado barullo. Volví a cruzar a aquel puente, que parecía una serpiente urbana, como una diosa repugnante que saluda a los neonatos de la ciudad. En esta ocasión escuché el murmullo de los coches, con más vivacidad, con más entusiasmo. Como si creyese que el ruido de los coches, pudiesen ser un código onírico para los espíritus atentos. Desde mis alturas precarias, escuchaba aquel ruido urbano, como si fuese una marabunta, que quieren devorar todos los terrones de azúcar existentes en los centros comerciales. En aquel momento me sentí, como una bestia salvaje solitaria, como un monstruo de la soledad. Poco después, cruce el puente, sin mayores miramientos, y baje unas escaleras. Sentí que aquello era el pedestal de la soledad autocompasiva, y me baje de él, esperando un orador silencioso como relevo. Aquellos parajes eran idóneos, para los funcionarios suicidas.poco después vi una empresa de trabajo temporal. Lamenté no tener mi currículo, para ir a mendigar. Es sorprendente lo que se puede aprender si se trabaja en un sitio de tales características. Se necesita ser una máquina explicando mentiras objetivas. Buena presencia, inspirar confianza. Se debe de aprender el arte de negarlo todo afirmándolo. Probablemente para alcanzar tal nauseabunda vacante se debe de hacer unas curiosas practicas en unos estudios sumergidos en lo más degradante de la naturaleza humana. Seguro que tales personas hablan cada día con las hormigas que corretean en el suelo. Las hablan con compasión y respeto. Saben que son seres inferiores que necesitan ser guiados, para que puedan subsistir. No obstante, saben que tienen una superior inteligencia, tanto racional como moralmente. Guían a las hormigas a donde crean más oportuno, y en todo momento les hacen sentirse jubilosas. A veces les ponen veneno, y las guían hasta él. No obstante, saben que es lo mejor para ellas porque ya se han encargado de etiquetarlas y ponerles un número de serie. Saben dividir a las hormigas en distintos grupos y especializarlas en sus respectivas tareas. Conocen el funcionamiento de la conciencia colectiva, pues solo necesitan observar los impulsos nerviosos de las hormigas, para saber si les gustan más las migas de pan o el azúcar. Saben dividir a las hormigas en distintas especies, y de igual modo conocen, quien puede ejercer de dominante y quien de dominador. De esta manera pueden averiguar cual será el recorrido del grupo, y las trabas y los senderos abiertos que deben de poner en el camino. Las hormigas se rigen por un instinto colectivo, y ellos ponen suculentas migas de pan, en los lugares más inverosímiles y macabros. Necesitan experimentar, y diseñan la ruta a imagen y semejanza de sus ideas, pero no del instinto colectivo de las hormigas. Se inventan términos y cláusulas, y a partir de allí nace su particular mercado. Pude ver su centro de operaciones, desde los cristales transparentes. Habían colgadas varias ofertas de trabajo, pero ninguna de ellas se ajustaba a mi perfil profesional. Pude ver a varias chicas elegantemente vestidas pasando datos a un ordenador (seguramente estaban vendiendo los datos de los mendigos que no habían aceptado, para que la máquina burocrática fuese más poderosa y eficiente). Yo creo que tienen fichada hasta la señora de la limpieza, que viene a limpiar el sudor, de todos aquellos que han venido a mendigar, y que han sido atendidos con preguntas de un formulario que encontraron por casualidad en la basura, y con una cortesía y amabilidad, jamás observadas en ningún otro lugar. Los datos deben de introducirse en un programa, que selecciona al azar, quienes deben ser los trabajadores que deben de ocupar tal puesto. Tras navegar a la deriva, en aquel polígono industrial, había recobrado la serenidad, porque volvía a tener las riendas de mi caballo. Tras palpar a ciegas, aquel tumulto de vapores de fábrica desorientados, volvía a conocer las calles donde transitaba. Volví a pasar por los pasadizos subterráneos de la vía del tren, y volví a mi lugar de origen: el paseo. Estaba absolutamente oscuro, pero todavía no se había agotado la vela de mi peregrinaje vespertino. Todavía había muchas calles que transitar, y muchos lunáticos que observar. Las calles estaban abarrotadas, y el murmullo de los comercios era notorio. En aquellos momentos mis ojos veían tan adentro, que no creo que tuviesen la potestad de observar los detalles. Aquella oscuridad urbana era bien visible, como si fuese la silenciosa sinfonía de un sueño prematuro. Vagaba sin rumbo fijo, sin preocuparme por el paradero del gran astro extinguido. En un momento de distracción, mis ojos observaron los luminosos rótulos fosforescentes de un templo del saber. No obstante era un templo, donde solo se vendían libros, pero no se impartían cursos, ni ningún tipo de enseñanza. Había libros de muy distintos géneros, pero siempre acudía por uno en especial. En aquellos lugares el silencio se derramaba al ritmo de aquellas tórridas luces mediocres, y se escuchaban espasmos y berridos, causados por la sabiduría de aquellos libros. El precio de los libros oscilaba según la editorial, pero curiosamente la gente no compraba el libro por el renombre del escritor, sino por los protagonistas implicados en la historia. En este sentido, la creación era muy libre, y el éxito de la mercancía literaria, no dependía tanto de los cánones literarios impuestos por las academias, sino más bien por el talento del escritor a la hora de caracterizar a los personajes de una personalidad arrolladora. Había distintas salas de lectura, donde los distintos literatos, observaban en la clandestinidad, los secretos más recientes de la industria literaria. Curiosamente solían leer capítulos sueltos, debido a que no podían leer todo el libro, en el escaso tiempo que se les había asignado, para juzgar con detenimiento las novedades literarias del mercado. Aquel templo del saber, era pionero en el alquiler de libros. Puesto que normalmente los libros se compran, o se cogen prestados de una biblioteca, pero jamás se alquilan. En mi caso, me tuve que conformar con leer la portada de los libros, porque no disponía de capital para alquilar ninguno. Había algunas salas de lectura, donde algunas danzadoras, ambientaban la lectura con sus sensuales bailes. Simplemente eran artistas que infundían en el lector, un dinamismo creativo a su procedimiento intelectual, con el fin de que el lector profundizase en la narrativa histórica. Si estaba leyendo una narración medieval, las danzadoras, vestían de acuerdo con los cánones de la época. Si, en cambio, era contemporánea, vestían con los atuendos vigentes en el mercado de la moda. Aquel templo del saber, era un elegante club de caballeros, y las damas solo acudían en puntuales ocasiones. Si el género usado en las cámaras de lectura, era el de terror, los lectores sudaban mucho, debido al pavor que sentían al adentrarse en los anales de la historia. Su sudor obsceno, era terrorífico, pues su alma se convertía en el espejo de la narrativa. Poco después, el encargado de mantenimiento, venía con una fregona para limpiar aquel sudor inmundo. sIempre había acudido en calidad de visitante invitado, y nunca me había hecho socio, de aquel selecto club de caballeros. Solamente entré, para cerciorarme de la existencia o inexistencia de ciertos documentos, después salí con estruendo, para evitar el bullicio intempestivo de las miradas ajenas. En mi precipitada huida, tropecé con una dama, que sintió pavor de mis barbas y mis cabellos largos, y de mi visita a aquel club de literatos. La verdad es que fue un descuido, y no quise atropellarla, pero lo que en otras circunstancias atenuantes hubiese sido una cívica distracción, en estas se había convertido en un reproche moral, con higiene silenciosa incluida. La dama, no era muy agraciada, pero daba muestras de virtud. Sin embargo segundos después, volvió a transformarse en una peatón anónima. Me complací en un lapso de tiempo indeterminado, tras aquel lamentable y fugaz incidente, cuando vi que los robots de la fábrica volvían a circular con la monotonía acostumbrada. La cúpula del cielo me saludaba, invitándome para que volviese a mis tareas introspectivas. Así, lo hice sin reparo. Los parajes eran conocidos, aunque no conocía la ubicación exacta de mi destinación. Sabía que en breve tendría que abandonar el bullicio urbano, para coger un tren, que había de conducirme a mi pueblo nativo. Había de entrevistarme con un amigo y no podía llegar tarde al sitio que había sido citado. Mientras tanto la ciudad parpadeaba con sus místicas luces, al ritmo de los latidos de mis sueños introspectivos. Caminaba, al azar, sin una idea preestablecida, del sendero que debía de tomar, para coger el tren. Poco después, pregunté a un muchacho de mi edad, cuál era la ruta que debía conducirme, a mi tren. Lo hice cuando el semáforo, estaba en rojo, para que me respondiese con rapidez y precisión. Pues, cuando a alguien se le pregunta algo, cuando esta en una situación sumamente relajada, no suele prestar demasiada atención, a cualquier interrogante. Me indicó el camino con sencillez y formalidad, y me dio la impresión de que trabajaba de cara a un público amplio, aunque no tengo absoluta certeza de ello. Tenía una voz gangosa, y cierto defecto en su pronunciación, pero lo suplía, con el contenido de sus oraciones: transparentes y precisas. Aquel muchacho, tenía cierto don oculto de masas. Cruce el semáforo, y me metí en un callejón, que me permitían ver de una manera imprecisa y lejana, las luces de neón de la estación de tren. Creo que vi a una pareja que se besaba apasionadamente, y por un momento, un látigo invisible, me acechaba por detrás, como si quisiese castigar a mi soledad con su propia medicina. Aunque fuesen personas desconocidas, zozobré interiormente, como si aquella dama, fuese de mi harén. Desde mi ubicación, podía ver un inmenso parque, y debido a que veía constantemente el hotel de la estación, y su despampanante edificio, no había posibilidad remota de perdida. Se podía contemplar, con igual de nitidez, un complejo lúdico donde se practicaban toda clase de deportes. Cerca de mí había una puerta franca, en forma de arco, que conducían a un centro cívico, o similares. No obstante, decidí adentrarme, en la naturaleza moribunda y sensual de aquel parque. Podía ver un inmenso estanque, con cisnes, y algunos peces que me causaban pánico. Caminaba en las baldosas, del borde del estanque, jugando con la posibilidad de bañarme en sus putrefactas aguas. Mientras tanto la luz de la luna me buscaba como si fuese un mártir. Aquel estanque parecía un laberinto, y lo que en la confusión de la noche, parecían escalones accesibles, no eran más que la ruta que seguía, el agua que emanaba de la fuente a raudales. Hube de dar toda la vuelta al parque, hasta encontrar la salida, que me dejaría en las cercanías de la estación. No obstante, en ningún momento me sentí extraviado porque veía en todo momento el edificio de la estación de tren, aunque desde distintos ángulos. Sentía que aquel era un lugar idílico, para un hipotético encuentro entre amantes. La luz de la luna se derramaba en el estanque, como el eco del más arcaico de los sentimientos. El viento soplaba con fuerza, instigándome a que caminase rápidamente, para no perder el tren, y no llegar tarde a la entrevista con mi amistad. De pronto pude ver una cigüeña que emprendió el vuelo, levantando una cortina de luz abrumadora. Veía el fluir del agua en la fuente, como si fuese el fluir del alma del mundo. Aquel estanque estaba vestido de noche, y un silencio conspirador enlutaba a una nostalgia desoladora. El murmullo de las aguas, era tranquilo y reposado, y los rayos que caían en el estanque, parecían un cortejo de sueños imperecederos y atormentados. Allí, estaba el espíritu de la poesía noctámbula, y allí merodeaba yo, con mis versos multicolores. Mis pasos eran sigilosos y prudentes, como si no quisiese despertar de su sueño, a la ninfa que dormía placidamente en las profundidades de aquel estanque. En medio del estanque, había una estatua de Poseidón, con los ojos momificados en su metáfora, las barbas y los cabellos ajenos al paso del viento, y con un tridente que guerreaba como el arma de un dios olvidado. Caminaba siguiendo una trayectoria elíptica, pues a lo lejos veía unos inmensos escalones que habían de conducirme a “tierra firme”. Pude ver un pez siniestro, que tenía aspecto de ser prehistórico, o incluso venenoso. Tal vez era un pez que hubiese devorado a los ingenuos bañistas. Lo pude contemplar, aprovechando la fugacidad de un rayo de luna, y sobretodo gracias a la circunstancia de que nadaba en una zona, exenta de putrefacción. Pude ver sentados en un parque a dos enamorados, ajenos a la belleza solitaria de aquellos versos perdidos de la naturaleza, en el ahogado murmullo de las aguas. Los miré de reojo, pues seguía a la sombra de mi soledad, que se esbozaba de una manera borrosa y enigmática en aquellas hierbas púrpuras y húmedas. Hubiera intentado seguir un atajo, pero tras consultar mi reloj, observe que era prescindible. Tras llegar a la grada, observé a varios mozos, que hablaban con serenidad y destreza, tras haber practicado algún deporte en aquel complejo lúdico. Poco después llegué a la calzada, y pude ver las luces de neón de la estación de tren que devoraban a mis ojos. Cerca de la puerta mecánica había una considerable aglomeración de personas, pues probablemente eran turistas que habían dado una vuelta a la ciudad, bajo la supervisión de algún guía. Poco antes de entrar en la puerta mecánica, observé, lo que había dejado atrás (muros de la burocracia urbana). Tras haber cruzado, observé la panorámica habitual de la estación. Viajantes con maletas, niños persiguiéndose los unos a los otros, pasajeros haciendo cola para conseguir su billete, o averiguando información acerca de los enlaces de las distintas estaciones, personajes truculentos y desaparecidos del mapa que iban a los servicios a hacer tareas innobles, inmigrantes de todas las condiciones, personas que volvían del trabajo a su residencia, estudiantes que se despedían de las aulas durante el fin de semana... debido a la precaria recaptación de dinero por parte de la empresa en lo referente a la venta del ticket, se suprimieron algunos revisores y se instalaron máquinas en la entrada de cada vía, para que nadie se colase sin billete. Hacer un viaje absolutamente gratuito se había convertido en una quimera para la mayor parte de personas. De esta manera aunque el índice de la población del tren fuese sobrehumana, y el revisor no tuviese tiempo de pedir a todos los pasajeros su billete, era extraordinariamente difícil traspasar los límites de la legalidad sin ser observado por ningún supervisor de seguridad. De todas maneras como la máquina acepta todo tipo de billetes, y no tiene tiempo de comprobar la destinación de cada una de las personas, es muy fácil (aunque arriesgado), pagar por una zona y viajar varias paradas más hacía adelante. Tras cruzar el control burocrático rutinario, en una sociedad cada vez más informatizada, y con una base de datos cada vez más extensa de todos los ciudadanos y sus costumbres, bajé las escaleras en la línea 5, a la espera de la llegada de mi tren. Curiosamente, y aunque mi observación no sirva de precedente, para hacer una taxonomia psicológica de todos los pasajeros, suele haber un índice más elevado de maleantes, desaprensivos y rateros, que a lo largo y a lo ancho de una calle. Las razones son muy inciertas y confusas, pero cerca de la vía del tren, siempre suelen haber personajes grotescos e inquietantes. A veces logran camuflarse cuando hay mucho barullo, pero siempre están allí, al acecho de cualquier víctima indefensa. Aunque no necesariamente tienen que ser pordioseros rateros, en ocasiones solo se trata de artistas bohemios o personas que quieren transfigurarse en cualquier espejo cotidiano, como la vía de un tren. Las razones de tan elevado índice de maleantes o de enfermos desahuciados, tan solo es un misterio, que se oculta, en los escondidos mecanismos de la maquina burocrática. Normalmente solo vemos la máquina ejerciendo su función específica, pero sin apreciar en particular cual es su funcionamiento interno. Es como si desmontásemos cualquier electrodoméstico y viésemos todos sus circuitos y sus cables entrelazados. Pero nosotros, solo tenemos una lejana intuición de lo que sucede, tan solo vemos los hechos desfigurados. Aunque si los viésemos transparentes como un espejo, tendríamos que ejercer de mecánicos y desmontar la susodicha máquina. Tras bajar las escaleras, me encontré con una máquina de refrescos y aperitivos muy cara, que solo debe ser apta, para aquellos que no necesitan ahorrar, o que necesitan desesperadamente de un refrigerio. Encima de la máquina, se puede apreciar una pendiente que baja de un modo paulatino, pues no es más que el esbozo de las escaleras mecánicas. Si se continúa adelante, se pueden apreciar unas escaleras convencionales. Las personas suelen estar muy estresadas, debido a una jornada laboral dura, o al retraso de algún tren. Si juntamos este factor, al hecho de que se juntan gentes de condición muy dispar, ya sea cultural, de convicciones políticas, o de nivel socio-económico, los motivos para altercados verbales suelen ser mucho más frecuentes que lo que la gente cree o ha experimentado. De hecho a primera vista, parece una observación inocua y carente de trascendencia, puesto que si se encuentran dos personas desconocidas y no se dicen nada, no hay motivo de conflicto por muy divergentes que sean sus aspiraciones morales. Sin embargo cuando se acumula mucho ganado humano, la compañía ferroviaria esta en huelga, y existen contratiempos en el adecuado funcionamiento del servicio ferroviario, suelen surgir problemas ocasionales. Tales conflictos se manifiestan a la hora de tomar asiento, o a la hora de abrirse paso entre la gente. Entonces se mezclan un sinfín de posibilidades: una mirada malinterpretada, un tropiezo involuntario... entonces cualquier prejuicio preexistente se despierta y causa estragos en el civismo de los ciudadanos de a pie. Pero en aquellos momentos no me detuve en tales consideraciones, simplemente hice lo que suelo hacer cerca de la vía del tren, o en cualquier otro lugar este concurrido o no: pasear de un extremo de la vía al otro sin descanso. Normalmente la gente se queda sentada, o de pie, o apoyada en la pared, o consulta fijamente el horario de la salida de los trenes en las pantallas. Sin embargo, el motivo de mis paseos (que por cierto siempre pasan desapercibidos debido a toda la muchedumbre presente), no tienen como causa eficiente meditar precipitadamente o hacer que el tiempo transcurra más aprisa, sino congelar el tiempo. Como si creyera que a cada paso que doy, una nueva perspectiva de mi existencia se abriese ante mis ojos. Como si esperase algún encuentro inesperado, algún suceso remarcable, alguna visión inédita que había permanecido hasta entonces entre brumas. Sin embargo mis miradas chocan contra lo costumbrista, en todos los instantes de mis vivencias ciegas: contra los ojos congelados de personas vulgares, contra palabras absurdas de interlocutores ajenos que resuenan en mis oídos como el vulgar zumbido de un insecto imperceptible, contra el suelo en la mayor parte de las ocasiones, contra las paredes, contra analogías inverosímiles con recuerdos sepultados, contra el ruido de los pasos de la gente que suenan como la profecía de la repetición del eterno retorno en el mañana, contra la sórdida imagen de grotescos individuos que caminan en pareja, en definitiva contra la exterioridad pura, que es como la única palabra que articula mis disertaciones mentales. En ocasiones me gusta pensar, que no existe nadie a mí alrededor, y que doy mis paseos en el etéreo mundo de las ideas, y que viene a buscarme un tren, a una estación, donde surgen nuevas reflexiones y nuevos mundos que descubrir. De hecho aunque sean ensoñaciones gratuitas, no lo son más que la gratuidad de toda la existencia que me rodea. Me gustaría pensar que la estación de tren es un manicomio a mi imagen y semejanza, pero sin enfermeros con camisa de fuerza, o sea mi caída libre al abismo, dando vueltas sin cesar de un lado a otro de la vía. No recuerdo que esperase mucho la llegada del tren, y no tuve la oportunidad de observar a ningún conocido. De hecho, entre las infinitas posibilidades de personas que pudieran reunirse allí en cualquier hipotético orden, no creo que hubiese ninguna, que pudiese escuchar mis fantasmagóricos pasos de un lado a otro de la estación. De hecho yo tampoco escucho los fantasmagóricos pasos de nadie, porque viven demasiados mundos paralelos en uno solo. Como si existiese una jaula inmensa con infinidad de fieras, y cada una de ellas creyese que la jaula esta vacía. No dejarían de tropezar entre sí y de ahogarse sin percatarse de ello, con el sudor ajeno. No se si tuve tiempo de dar más de dos o tres vueltas a lo largo de la vía, pero aquel barullo, me impedía concentrarme en mi tarea geométrico-política- existencial. Entonces sin más preámbulos, llegó el tren. Entré por la primera puerta que vi, sin preocuparme de las personas allí hacinadas. Las puertas se cerraron detrás de mí, como si hubiese abandonado uno de mis infinitos mundos idénticos. Di varias vueltas alrededor del vagón, para averiguar si había alguien conocido, o algún asiento libre. Las dos posibilidades hubieran sustentado de igual modo a mi espíritu. Sin embargo solo se produjo la segunda condición: - “necesaria y suficiente”- pensé-. Me senté en el vagón de arriba. Siempre es preferible sentarse junto a la ventana y de cara a la dirección del tren, pero esos sitios son los primeros que suele escoger el gentío. Ninguno de los pasajeros me llamó la atención en particular. Recuerdo que había algunos extranjeros alemanes e ingleses, y sus voces se escuchaban claras e inteligibles, en relación a la del resto de los pasajeros. El tren arrancó, en breve, con suavidad, como si fuese una serpiente que se desliza sigilosamente entre la maleza. En el asiento de al lado, había un chico inglés, leyendo un libro de poca monta (lo supe por su inconfundible fisonomía y por el libro que estaba leyendo). Como no, un libro ideal para leer en un tren (un best-seller). En esos casos pocos nombres resuenan con tanta claridad como dan brown y el código da vinci. Cuando un libro es para un auditorio sin límites, siempre existe recelo acerca de su dudosa calidad literaria. He de confesar que no lo he leído, ni nunca lo voy a hacer. Sin embargo, según tengo entendido por opiniones intermediarias que han tenido el mal gusto de devorar un catálogo comercial, se que va de conjeturas insulsas, irresponsables y profanas acerca de la biografía de Leonardo. Allí se quedará, reluciendo en los estantes de cualquier librería, porque yo no pienso ir a buscarlo. Tras hacer esta observación, El tren cruzó los túneles, hasta llegar a los suburbios de las afueras de la ciudad. Durante nuestro breve paso por la oscuridad, me sentí como el amo de las cavernas, rodeado de gentes a las que no conocía en absoluto. Se ven algunas pintadas, que supuestamente han sido elaboradas en horario nocturno, para evitar un trágico atropello. Pasamos por un fábrica pestilente, que en tiempos de antaño, su pérfido olor, causaba estragos en mi ansiedad. Pero ahora no se, si el olor ya no existe o mi olfato lo ha sintetizado como un mugriento olor más. Había muchas fábricas y muchos campos de trigo. De repente sonó el teléfono a mi compañero anónimo de viaje, y mis intuiciones se cumplieron a rajatabla al descubrir que efectivamente era inglés. De todas formas no quise prestar atención a su conversación de carácter rutinario o trascendental. Las luces de la ciudad me abandonaban paulatinamente, y su espíritu solitario fluía incansablemente alejado de mi apreciación estética. Tal vez aquellas portentosas luces de neón pueden verse desde planetas lejanos, como un omnicomprensivo símbolo de nuestra civilización. Aquel baño de luces no tenía bandera y por eso era tan agradable a la vista, como si fuese una seductora ola de algún océano perdido, o incluso extinto. Como si el alma de la soledad de todas las gentes, quedasen fundidas en su cegadora luz. Se que había un caballero sentado cara a cara, pero por algún motivo desconocido, no logro recordar las facciones de su rostro, ni su indumentaria. Entonces tras haber cruzado dos estaciones y varios prados inundados de infame polución, vino el silencio. Mi mente se vacío por completo. Incluso se me había olvidado que había quedado para entrevistarme con una persona. Escuchaba voces lejanas, sepultadas en mi memoria, antiguos poemas que resucitaban en la pálida oscuridad que se vislumbraba por la ventana. Las voces desconocidas y caóticas que escuchaba por doquier parecían como un eco persistente, como si las ruinas de mis pensamientos bailasen al ritmo de su locura. Como si aquellas palabras fugaces se las tragará un agujero negro en algún lugar del vagón. Como si el movimiento del tren, tan solo fuese aparente, como si fuese una alegoría de algún sueño. Sin embargo, las fábricas, los prados, los restaurantes y los hoteles, pasaban ante mí, como una visión atormentada y mortificante. Como si cada vez que pasase por allí, hubiesen de repetirse las mismas ensoñaciones, y los mismos deseos ahogados en sí mismos. Pero a pesar de todo, me sentía seguro de mi camuflaje de estatua. Seguro, que si alguien, me observaba con detenimiento, solo hubiese podido retratar a un alma invisible. Tan solo hubiese podido ver un boquete en mi asiento, y un resplandor negro que hubiera perforado toda la maquinaria del vagón y las vías del tren. Pero de todos modos, a mi tampoco me hubiese gustado la experiencia de ver muchos boquetes y asientos vacíos. De todos modos esta segunda caracterización de la realidad la dejo a juicio del lector. En aquellos momentos, no dejaba de dar vueltas alrededor de mi mismo, como si quisiese sintetizar todas mis angustias en una palabra pesada. Hubiera podido hacerlo, pero me abstuve de ello. De vez en cuando, miraba la ventana, y a través de un curioso juego óptico, podía ver a las personas que se sentaban en la ventana de enfrente, sin que ellos lo supieran. Pero poco después, veía mi imagen y no dejaba de burlarme del sórdido monigote que se manifestaba. Entonces supe, que la cara no es un espejo del alma, tan solo una mascara permanente. Mis gesticulaciones no correspondían con mis pensamientos. El fruncir del ceño, la gesticulación de los labios, los movimientos del pómulo, y los vaivenes de las mejillas, los guiños y las vueltas del iris en su cuenca, nunca han sido vocales y silabas, sino la determinación de un instinto vital, sin forma ni nombre, y que no se puede medir de ninguna manera posible. No obstante siempre jugamos con el interior y el exterior, como si fuesen la misma realidad, y por esta razón, no es tan fácil hundirse de un modo inminente. Poco después cerré los ojos y empecé a fantasear. Me imagine que el vagón estaba vacío. Entonces confundí el roce de la pesada maquinaria del tren con la vía, con el de un retumbar inmanente a todo el vagón. Como si buscase una presencia espectral latente en mi interior, que quisiese hablarme desde fuera del mundo, y que supiese todo lo que acontece en él. No sería ninguna deidad, ni ningún arquitecto del mundo, simplemente aquello que esta fuera del mundo, y como no hay nada en él, simplemente no existe el lenguaje. No obstante en mi ficción literaria, podía hacerlo hablar. Quería hacer un experimento, y jugar con la poesía de ultratumba. Estaba muy concentrado, y no podía escuchar, ni por asomo, el bullicio de todo aquel gentío. Entonces obligué a mi personaje ficticio a hablar conmigo, estas fueron sus palabras, tras haberlo creado: - “¿con quién hablas?, ¿a quién buscas?”. La respuesta era demasiado evidente, y hubiese sido una impertinencia, responder un nombre que suena a fruta podrida y a noches tan bohemias como mediocres. De todas formas hubiese sido un ultraje responder con una banal floritura literaria. Aquellas preguntas eran muy severas y contundentes, y tenía que responder la verdad. La pregunta sonó retumbando en el suelo y las paredes, acariciando los cristales de una manera sádica. Entonces sin más preámbulos respondí a la imagen desdoblada de mi conciencia: - “busco al mundo y su vacío, busco el dolor, busco a un castigo sin nombre, busco a una vitalidad que se alimenté de su propio dolor, busco una llama raquítica oculta en mi interior, para atarla de pies y manos, y ponerle un esparadrapo en la boca para que no diga sandeces. Busco un conocimiento, que aguante todas las embestidas del eterno temporal, sin buscar consuelo en ninguna parte, simplemente respirar. Soy un camello en el desierto que camina porque si, y que solo se alimenta de agua por el simple hecho de caminar. Pues su alimento y su camino interminable hasta el oasis son una misma cosa. Quiero tener los ojos abiertos, para ver a mis verdugos cotidianos, y responder impasible a sus tormentos. Mis verdugos cotidianos son: la soledad, la eternidad y la muerte”. Esta respuesta acalló por un momento el temporal, y parecía que había asesinado al espíritu que había secuestrado del mundo de las ideas eternas, para que nunca más volviese a incordiarme. No obstante, no era consciente, que no se puede asesinar a una idea eterna, porque siempre emerge de sus profundidades, de la misma manera que el sol aparece en el horizonte del mar, en cada nuevo amanecer. Mis palabras sonaron en la construcción mental de aquel vagón vacío, como la voz de un mosquito si tuviese la facultad del habla. Tras el primer estruendo de sus palabras, que pusieron luz y colores a mi precaria representación mental, mi voz, no pudo crear nada. Poco después sentía que un vapor pestilente que nacía del suelo del vagón, como si fuese la manifestación psíquica del mundo de la nada, inundaba el vagón, de los nauseabundos sudores de sueños nihilistas. El vapor no dejaba de extenderse, y cuanto mayor era su presencia, mayor era el temor, que aguardaba a la siguiente cuestión. Volvió a hablar, y esta vez su voz destrozó algunos cristales, y causó resquebrajaduras en algunas paredes. Miraba la hora, la temperatura, la próxima parada, en aquella pantalla digital con letras rojas, situada en ambos extremos del vagón, y en mi perversa ensoñación, no podía moverse bajo ningún concepto. En ningún momento veía que cambiase ni la hora, ni la temperatura, ni la estación, pues aquel interrogatorio, tenía lugar en el presente eterno de mi desolada mente. Estas fueron sus palabras: - “mientes como un bellaco. Tú no buscas el mundo, simplemente estas esperando que el mundo te encuentre a ti, que te rescate de tu jaula dorada y narcisista. No eres un profeta del dolor, como así te haces llamar, sino un profeta del resentimiento. ¿Porque has hecho aquel paseo laberíntico esta tarde?, ¿acaso estabas huyendo de unos labios rojos?, ¿acaso huías de su desprecio?, ¿acaso huías de las fronteras de otro desierto?, ¿acaso huías de un insoportable silencio? Seguro que estabas buscando la estatua de una virgen, en cualquier plaza, en cualquier paseo, en cualquier puente, en cualquier fábrica, en las nubes del cielo, o en alguna cortina de rayos de sol. Me parece que tu cara es como el inconfundible mapa de tus emociones. En tus labios agrietados y pestilentes de tabaco esta la isla de la soledad, en el fruncir de tu ceño esta la isla de las palabras muertas, en tus ojos vacíos y flemáticos, esta la isla de los crepúsculos envenenados”. Debido a la fractura de algunos cristales, entraba aire frío y misterioso, que no eran más que los vestigios del único mundo existente, de aquel que aparecería irremisiblemente, si abría los ojos y volvía a experimentar el zozobrar de las cadenas en la realidad. Aquel aire acariciaba mi piel, como la caricia de una idea muy lejana, aunque no era nada más, que la frivolidad de lo cotidiano que quería despertarme. Entonces hablé, como si estuviese tocando un silbato, pero no pudiese emitir ninguna nota con sentido. Estas fueron mis palabras: - “lo que yo he ido hacer esta tarde no es asunto tuyo. Ni tampoco mío. No huía de nadie, pero aunque lo quisiese hacer, habría actuado de un modo ecuánime y prospero. He trazado un mapa nihilista en el cielo, y no he hecho más que seguir su imperceptible resplandor, que me ha guiado, de acuerdo con sus leyes. Los caminos que he seguido han sido múltiples, aunque ninguno de ellos me ha satisfacido en particular. No quiero que me molestes más. He de despedirme de ti y voy a abrir los ojos inminentemente. Tú no eres más que una mala espina de mi conciencia. Voy a quitarte de en medio. De aquí a poco he de jugar unas partidas de ajedrez, con un distinguido colega, y un elegante caballero. Que sabe jugar a las maderas, como Alfonso x el sabio. Con esta sabiduría geométrica y lógica he de enfrentarme, y no con tus reproches nacidos de algún agujero de mi desquiciada mente. Quiero que la herida me perfore las entrañas y que se infecte, quiero ser el anfitrión de todas las enfermedades, quiero un cadalso a mi imagen y semejanza, quiero que el sufrimiento sea una fuente inagotable de vitalidad. Quiero aprenderme de memoria todos los instrumentos de tortura, cada objeto que encuentre en el camino ha de tener un nombre obsceno”. Pronunciado este ininteligible discurso, intenté abrir los ojos pero no pude. Estaban cerrados como la puerta de un foso. Como si mis ojos fuesen el sol, y estuviesen eclipsados por un astro que es una máquina de decir la verdad. Entonces en aquel vagón abstracto empezó a centellear. Los vapores se hacían cada vez más espesos, y no dejaban de emular la figura de obscenas imágenes. Eran como nubes terrestres, que no dejaban de albergar, el estruendo de relámpagos en su interior. Se produjo un silencio espiritual breve e inexplicable que nunca se había producido. Como si no pudiese articular palabra alguna, aunque tuviera su origen en mi pensamiento. Solo podía pensar en aquellos gases, pero no podía hacer una representación mental de los mismos. Entonces de la misma pantalla digital, que marcaba la hora de un modo imperecedero, se engendro un rayo maléfico, que se deslizaba en el aire como si fuese inmortal, y estuviese guiado por un instinto ciego. Era un rayo púrpura, que dejaba escapar chispas fosforescentes. Parecía que estuviese guiado por los cánones de una justicia invisible, y se deslizo en el aire como un repugnante gusano, para ir a estrellarse contra mi pecho. Mi cuerpo sintió un espasmo, pero no se conmovió porque sabía que era una ensoñación diurna. Entonces aquella voz infernal, volvió a hablar: - “descarriado mentiroso, hueles a flores moribundas y a lapidas misteriosas. Soy el máximo representante de tú microcosmos. Soy tu amo y señor, y por mis caminos te has de guiar. Esta tarde has ido a cantar tus esperanzas a lugares ocultos, para que nadie te pudiese escuchar. Todavía guardas en tus labios palabras que quisiste enterrar en las profundidades de la tierra, pero no pudiste. Tu alma esta fracturada, y tus recuerdos son como las piezas de un puzzle perdidas en cada una de las calles, por las que hoy has caminado. No obstante las piezas del puzzle son perversas y vuelvan a reagruparse. Están unidas entre sí como si de un imán se tratase. Porque tus recuerdos no se pueden diluir en un rayo de luna, o en el espejo de un rió. Tus recuerdos no son imágenes sensibles de la realidad exterior. Sino que es un peso invisible, que no es un cuerpo alguno. No hay palabras para describir a tus recuerdos, porque es como la fuerza de un remolino que se agita en las profundidades de tu mente. Tus recuerdos no son más que sombras malévolas, que no proyectan la imagen de ningún cuerpo, sino que son el vivo e invisible retrato de experiencias vacías. En tu respirar mueren tales recuerdos sin nombre. Eres un mentiroso porque juegas con el lenguaje, como si fuese luz u oscuridad. Pero en realidad el lenguaje, no es más que la caótica representación de un deseo vacío, que no se puede encontrar en ningún sitio”. En aquel punto de su flagrante discurso, interrumpí a aquello que se encuentra más allá del espejo de mi alma. Bajo ningún motivo podía permitir, que mis pensamientos en ruinas, pensasen que estaban luchando por una causa inexistente. Aquel suplicio, había de llegar a su fin. Pero no podía huir de mi adversario durante el transcurso de nuestra batalla. Entonces hablé, interrumpiendo a aquella mezquindad que se cobijaba en mi interior: - “que no ponga nombre a mi penar, no significa que no exista. Algunas veces hablo con él, sin que nadie se de cuenta, ni siquiera yo mismo. Tal tribulación, tiene un nombre aunque me avergüence pronunciarla en voz alta. Pero a pesar de su ubicación clandestina, no se puede negar que no haya sido hospitalaria con ella. A veces la guardo en los armarios de mi habitación, a veces la oculto en palabras inventadas con un significado secreto, a veces duerme conmigo debajo de la cama. A veces abro la ventana, para que entre en forma de aire frío. A veces le abro la puerta de mi casa, y dejo que se pasee en el jardín, mientras la miro desde el interior de mi casa, como si fuese el más mezquino de mis sueños. Siempre la llevo conmigo, aunque este enterrada dentro de mi”. Mis aseveraciones habían sido tajantes, pero no lo suficientemente contundentes, porque aquel personaje invisible que había creado, continuaba rebelándose contra mi. De hecho había crecido tanto de la nada, que era como un dios para mí. No necesitaba manifestarse, porque era un espíritu tan puro, que no necesitaba del cuerpo para subsistir. En esta ocasión me habló al oído, y sus palabras sonaron como veneno: - “sigues mintiendo a tu propia carne. Y parece que no estas escuchando las dulces tentaciones de la vida, que te invocan desde lo más profundo de tu ser. Tienes razón el mundo es una sombra desnuda y absurda. De todas formas, no puedes negar que analizas la posibilidad, que mi doctrina filosófica sea cierta, porque me estas escuchando. En tal caso, yo jamás podría haber existido. Pero yo soy el espantapájaros de la muerte, y te conviene escucharme. Es cierto que la belleza de la vida, no es más que la incertidumbre que causa el fogonazo de una máquina de retratar. Es algo fugaz, y además no se puede legitimar en absoluto, porque nunca verás la fotografía de lo que han creado tus sueños. Lo que tú estas buscando no tiene sentido, te has declarado rey de una ínsula que no existe. Se que eres consciente de ello, pero a pesar de estas lamentables circunstancias no cesas, de crear un sueño que no tiene correspondencia alguna con la realidad. Deja de jugar a ciegas con el destino, y acepta la verdad: no eres más que un soplo de viento que hace mucho tiempo que se ha extinguido”. Estas palabras colmaron mi paciencia, y decidí ver el mundo tal y como era: sin alegorías, ni experimentos vitales bohemios. Abrí los ojos, y encontré el mundo tal y como lo había dejado. Algunas personas se habían apeado en la estación, pero no obstante, se respiraba la misma sensación de inquietud. El emisario del mundo de las ideas eternas, había vuelto a su patria inmortal, y me había dejado un legado incierto. La oscuridad de aquella noche prematura, permanecía igual de pálida e imperturbable. Poco después cruzamos unos túneles, pero en esta ocasión, no pensé en ninguna metáfora camuflada, simplemente dejé que mi camino transcurriera como el tiempo mismo. Parecía que aquel sueño lucido, no hubiese de acarrear consecuencias, porque la gravedad de mis palabras, es idéntica desde infinitos ángulos costumbristas. Tras cruzar los túneles, nos adentramos en algunas calas malditas que cobijan las vergüenzas de liberales bañistas, en tiempos de veraneo. A aquellas horas eran prácticamente imperceptibles, pero la luz de la luna que reposaba en las aguas, despertaban el espíritu nocturno de aquellas calas. Pude ver un estadio de fútbol, que según tengo entendido ha sido reformado en numerosas ocasiones. No tiene césped, sino asfalto. Siempre lo he visto como una mancha en el camino. Los hoteles son faustosos y tienen piscinas de elegante diseño, y hacen rejuvenecer el espíritu, pero en cambio, el campo de fútbol, parece como una verruga en una tez hermosa. Poco antes de llegar a la estación mi espíritu suspira y se encoleriza a un mismo tiempo. Cuando el tren esta frenando, se puede ver algunos bancos, algunos cipreses y un camino empedrado en el arcen de la carretera. En ese contexto se puede ver la puerta de un colegio maldito. Ese colegio alimenta la ignorancia rural de un pueblo turístico y multicultural. Son como los restos de una tradición, que ha subsistido en la mezquindad sin envejecer. Es como el orgullo ciego de unas tradiciones rurales en desuso, que tienen el dudoso honor de extender prejuicios arcaicos por doquier. En ese colegio se cultivan valores degradantes. Se enseñan principios homogeneizadores, para que se continúen fabricando muñecos en una fábrica que hace mucho tiempo que esta en ruinas. Tan solo existen dos tipos de alumnos (esto será una verdad atemporal hasta que el derrumbamiento del colegio sea un hecho), aquellos que se adaptan al sistema y repiten como papagayos las leyes de un código social y cultural que se encuentra oculto en los archivos municipales del ayuntamiento, o bien una minoría, que solo acude al centro de enseñanza para aprender valores cosmopolitas, y recibe como premio una sonora marginación autóctona. Es muy importante mantener la unidad rural, y buscar aspiraciones para promover la buena reputación de una tradición anclada en el pasado. Se deben de aprender los bailes populares del pueblo, las plantas del pueblo, las piedras del pueblo. Para incentivar la unidad rural se promueven estos proyectos académicos con una doble finalidad: - “que el estudiante no sienta nostalgia por el saber y pierda su tiempo en adquirir conocimientos, que no le servirían ni siquiera para poder trabajar en el pueblo vecino, y para adoctrinar a máquinas que sepan como detectar y castigar a todas aquellas máquinas ajenas al sistema”. A pesar de que mis palabras pueden resonar huecas y carentes de juicio, para los amantes del sistema. Tan solo invito a quien este dispuesto a corroborar la veracidad de mis palabras, a que haga un experimento simple. Obsérvese que la mayoría de alumnos en una escuela, al cabo de muy poco tiempo dejan de perder el contacto. Sin embargo, en este caso se observa todo lo contrario. Todos aquellos que en su día fueron adoctrinados por el colegio, hoy en día, continúan haciendo gala de la misma creencia etnocentrista. Siguen habiendo los mismos grupos de estudiantes(los mismos amigos que aparecían en la fotografía del curso) que se pasean por las calles, tambaleándose como mezquinos y pisoteando a todo aquel que niegue su dogma social. Tras aquel encontronazo, me cambie las vendas en los ojos, del pasado por las del presente. Tras salir del tren, existen dos escaleras, para evacuar la vía del tren, y dirigirse hacía los primeros esbozos del pueblo. Las dos suelen estar abarrotadas, por lo que suele ser difícil abrirse paso. Tras un breve pasadizo, se vuelve a subir las escaleras, y se llega a otra vía. Se llega a unas compuertas automáticas y se abandona la estación. Mi camino imperturbable y sereno había de conducirme a un conocido club de ajedrez. La luz de la noche bañaba las calles con rigor matemático. Cruce una academia de idiomas y una de música, antes de llegar a mi meta. Entre en un conocido salón, donde los ancianos juegan a cartas y a domino. En principio aquella sala lúdica, esta reservada para socios, pero podía entrar a curiosear cualquiera. Yo siempre me suelo sentar en la mesa del fondo que hace frontera con la calle, y observo el reloj de pared con detenimiento pues siempre suele estar retrasado. La televisión siempre esta encendida, pero tan solo es observada cuando se retransmiten acontecimientos deportivos. Aquellos lugares son como una mancha borrosa en el camino, como un espejo opaco del mundo. Cualquiera puede entrar y borrar todos sus recuerdos en su interior. Su luz perfumada de antiguas vivencias arcaicas, y la especial ubicación de las mesas, y las puertas transparentes que reflejan un patio y una tarima donde actúan artistas, son como un conjuro de paz y serenidad. Como una fulminante dosis de tiempo congelado. Siempre que me pierdo en esos derroteros, siento que el tiempo fluye como en un baúl oscuro. No obstante, es una buena medicina para el alma porque no se puede distinguir, dos días distintos en que visite el local. Hay varios retratos de paisajes y personajes ilustres, y para observarlos bien habría que perforar los ojos en la pared, para poder adentrarse en los cuadros. Sus asiduos visitantes, son variopintos y de singular personalidad. En su mayoría son ancianos, que acuden a leer el periódico o a jugar a cartas, pero siempre tienen una frase característica que los distingue del resto. Siempre se sientan en el mismo sitio, como si fuese un aula en donde se imparten lecciones de mus. Es como una escuela de la tercera edad, y yo acudo en calidad de oyente, pues todavía estoy pendiente de poder matricularme. Aquel sitio es un refugio para mí, porque me impide caminar a la deriva por las calles. Es el asilo de los poetas solitarios. Sin embargo siempre suelo quedarme sentado en una mesa, esperando a un contrincante, para que la lógica de mi soledad, fluya con dinamismo en la lógica del ajedrez. Poco después compareció el señor gadaffi, con su elegante traje inmaculado de trabajo y bondad, y con sus crónicas de sexualidad nihilista, y con un repertorio de bromas y chistes que siempre han conseguido llamar mi atención, debido a la profundidad de su comprensión de la naturaleza humana. Se sentó en mi mesa y empezamos a hablar acerca de los distintos torneos programados para la temporada, distintas anécdotas insulsas, y algunos eventos acontecidos en el panorama social y político. Poco después compareció el señor bisbal, físico, con una inmaculada reputación social e intelectual, el rey y la dama del tablero del club, y conocido por todas las doncellas de la facultad como el soltero de oro. En un principio habíamos pensado analizar algunas variantes, o comentar algunas recientes partidas de un torneo de elite. El señor bisbal llevaba la documentación necesaria, para poder ejercer nuestro legitimo derecho al estudio del noble arte del ajedrez. El señor gadaffi se sentó en un extremo de la mesa, y el señor bisbal en el otro, y yo me quede en una perspectiva horizontal con respecto al tablero. De pronto, por alguna razón repentina, mi sistema nervioso empezó a fluctuar a la deriva, y tenía convulsiones y espasmos silenciosos propios de un profeta. Por alguna razón indeterminada e inexplicable, sentía la inminente necesidad de que habíamos de subir hacía arriba. Habíamos de subir a la sala de ajedrez, lejos de la mirada de curiosos. Sabía que algo de naturaleza sacra estaba teniendo lugar, arriba. Se estaba alumbrando el eco de un sueño lejano, los primeros esbozos de una obra de arte, los últimos restos de una ideología extinguida que quería resucitar. Era algo muy incierto y confuso, pero sabía que era de suma trascendencia. Mis delirios internos, eran bien visibles e inconfundibles. Mi rostro estaba pálido, mis manos sudaban en abundancia. El señor gadaffi malinterpretó mis gesticulaciones, y pronunció una de sus irreverentes y suculentas bromas a las que me tiene acostumbrado. El señor bisbal, no se salía de su asombro, y su rostro sereno y su gabardina púrpura, daban cierta distinción a su connatural espíritu científico. De pronto, sin más preámbulos, pronuncie un opúsculo en una lengua extranjera, como si hablara en una lengua extinta, pero debido a la gravedad de mi discurso, pudieron comprender su significado, a pesar de su desconocimiento de lenguas arcaicas. Estas fueron mis palabras: - “vamos al salón de juego de arriba, porque allí podremos conocer la verdad. Una luz de tierras lejanas ha venido a alumbrarnos con su desaparición, acerca del más noble de los conocimientos. Vamos hacía allá, ayudadme discípulos míos, porque progresivamente pierdo el aliento, debido a la verdad que me ha sido rebelada”. Creyeron mis palabras, pues sabían que no eran las mías, sino que me había convertido en el emisario de un dios. Entonces me intentaron transportar como si fuese un cadáver. El señor gadaffi cogió mis piernas, y el señor bisbal la cabeza. Subieron las escaleras, y me condujeron como si fuese un gusano malherido, que lleva en sus entrañas todo el dolor del mundo. Los ancianos quedaron impresionados, por su aparente disidencia a las buenas costumbres ante alguien que sufre un terrible percance psicológico o físico. No obstante, el barullo, no fue de grandes dimensiones, debido a que tenían recelo de mí, pues no podían permitir que un joven como yo, entrase en su organización secreta de ancianos solitarios. Un chico que servía en la barra, les dio, las llaves con disimulo, pues al parecer había comprendido el significado de mis palabras. Estaba exhausto, y debido a mi peso, mis portadores hubieron de hacer algunas paradas. No obstante no pudieron evitar que me diera algunos mamporros contra la pared, debido a que mi cuerpo no dejaba de agitarse involuntariamente, a pesar de que estaba consciente. Subimos por una escalera inclinada, que conduce a la parte trasera de un cine. Poco después, subimos una segunda escalera no tan atractiva como la primera debido a la carencia de curvas en su estructura. Llegamos a la segunda puerta, y escuchamos música vulgar, pues en aquella sala de baile, había varias aprendices de danzadoras. Algunas niñas nos miraban estupefactos, y un pánico incontrolado y generalizado se apodero de ellas. Vino la maestra y nos dijo: - “no me importa a donde llevéis a ese moribundo, entrad por la puerta del bingo, pues aquí estamos dando clase”. Entonces el señor gadaffi y el señor bisbal repitieron como autómatas: - “no llevamos a un borracho indigno, sino que transportamos al profeta del dolor, que necesita una buena dosis de la belleza de sus versos, para purgar con la culpa de la nada. Dejadnos pasar valientes arpías, pues el profeta necesita uno de los sacramentos más importantes antes de convertirse en un dios”. De pronto, me tiraron al suelo, como un saco de patatas, mientras me retorcía de dolor en mi experiencia vital mesiánica. Cogieron el radiocasete, y seleccionaron música clásica de carácter lúgubre. Danzaron como auténticos profesionales góticos, y no dejaban de repetir en sus berridos: - “vamos a ser los testigos de la verdad”. Entonces me recogieron del suelo y me transportaron hacía la puerta que conduce a la sala de ajedrez, tras cruzar el salón de baile ante el asombro de todas aquellas pueriles danzadoras. Me volvieron a tirar al suelo, cerca de la puerta de los vestuarios, para poder abrir la puerta con comodidad. Tras encontrar los interruptores, situados en la puerta contigua a los vestuarios, iluminaron la habitación, mientras no cesaba de arrastrarme por el suelo como una serpiente a la que le ha sido extirpado el veneno. Tenía medio cuerpo dentro y medio fuera, y pude ver de manera borrosa, una cortina de luz paradisíaca que se extendía en la sala, dando vida propia a mi sueño lejano. Entonces debido a que les estorbaba el paso, el señor gadaffi, me propinó un puntapié, para que gatease como un bebe adulto. Entraron ambos en la habitación y se arrodillaron ante aquella luz, que fluía en la habitación, como si fuese el inmanente pensamiento del mundo. Empezaron a orar en voz grave y en actitud penitente y beata. Había varias fotos de ajedrecistas ilustres, y dos tableros magnéticos inmensos colgados en partes opuestas de la sala. Había un gran letrero, donde se apuntaban como en la carrera de los caballos, los resultados de los torneos ajedrecísticos. Entonces aquella luz dispersa por doquier, se junto, y escribió en aquel sitio, como Jehová hiciese con las tablas de la ley. En aquel letrero quedo impreso: -“enseñad a este hombre la verdad, con el más temible de los suplicios. Pues quiero ver yo mismo como purgáis con dolor, la lamentable vida de este desecho existencialista”. Entonces el señor gadaffi, cogió varios clavos, tras descolgar algunos cuadros, mientras que el señor bisbal me decía: - “vas a conocer la verdad, pero en ningún momento debe tú espíritu de enflaquecer. Se acerca el día del juicio final, y la humanidad debe de estar preparada. Tu serás el representante de los hombres en la tierra, y debes de estar preparado para enfrentarte a tú destino.” Entonces el señor gadaffi, cogió los dos clavos más gruesos que pudo encontrar, y el resto los tiro al suelo. Subí a la mesa, que había junto a un tablero de ajedrez colgado en la pared, cerca de unos servicios. Mientras el señor bisbal, no dejaba de retorcerme el pescuezo, para darme fuerzas. El señor gadaffi, se subió a la mesa y tiró todas las piezas del tablero magnético al fondo de la sala. A los tres nos costaba respirar, pues la maniobra de crucificarme en aquel tablero era muy difícil. Probamos varias posturas (para crucificarme naturalmente). Sentado, de pie, reclinado, pero ninguna de ellas, parecía la idónea para sacrificar el noble espíritu de un mártir. Finalmente, encontramos la adecuada. El señor gadaffi fue a buscar una mesa, para utilizar una de sus patas, como atornillador. Mientras tanto el señor bisbal, me sostenía las manos. El procedimiento fue sumamente dificultoso, hasta que se me pudo crucificar. Entonces, tras comprobar que la operación había sido un éxito. El señor gadaffi, tiro la mesa hacía el fondo de la sala, ufano y radiante. Los clavos en las manos, me dolían mucho, pues me habían atravesado las muñecas por completo. No cesaba de derramárseme sangre. Entonces quitaron la mesa, en la que me apoyaba, y realmente en aquella postura estaba crucificado. Mis pies no llegaban al suelo. Tenía una mano en a1 y la otra en h1. No cesaba de berrear de dolor, mientras a lo lejos, la profesora de baile, no dejaba de reclamar el derecho de que sus clases fuesen silenciosas, para que sus alumnas pudiesen concentrarse en sus movimientos artísticos como era debido. Mientras estaba crucificado pensaba: - “señor mío, otórgales el paraíso a estos hombres, porque me están ayudando a conocer la verdad.” Entonces se pusieron a jugar al ajedrez, y cada vez que se batían en duelo, el señor bisbal ganaba con la defensa siciliana. No me prestaban atención, pues estaban sumergidos en los rigurosos cálculos del juego. Estaban, en una mesa, que delimitaba con un ordenador. Había varios clavos esparcidos en el suelo, y en el fondo de la sala, junto a la ventana, había una mesa, con una pata rota. La pata que había sido utilizada para clavarme los clavos. Tras jugar varias partidas rápidas, vinieron hasta mi y me dijo el señor gadaffi: - “aquí, te dejamos Joan. Te hemos crucificado por tu bien, no nos guardes rencor. Sabemos que es lo que siempre has deseado. ¿No te parece honorífico morir crucificado en un tablero de ajedrez? Cuando las chicas salgan de su clase de danza, te vendrán a ver. Tal vez consigues seducir a alguna”. El señor bisbal sonreía afectuosamente, complementando con un elegantes discurso gestual, el discurso oral del señor gadaffi. Entonces yo les dije a ambos: - “muchas gracias, me habéis ayudado a conocer la verdad. Mañana si queréis venir a verme os estaré agradecidos. Se que tendréis otras cosas que hacer, pero de todos modos, lo que habéis hecho por mi, no lo hubiera podido hacer nadie nunca”. Se fueron de la sala de ajedrez y cerraron la puerta con llave, tras apagar las luces. Al cabo de pocos minutos, oí como las chicas del ballet se iban tras acabar la clase. Por desgracia ninguna de ellas vino a saludarme, aunque supuestamente el señor gadaffi, habría intentado convencerlas para que vinieran. Entonces me quede postrado en mi particular crucifixión, mirando como un rayo de luna se colaba por la ventana. Tal vez al amanecer, alguien me vendría a visitar. Estaba muy aburrido, y la crucifixión me dolía mucho. Decidí dormirme, tal vez alguien al día siguiente vendría para conversar por última vez conmigo.

LLAMADAS INTEMPESTIVAS

El teléfono sonó a las 3:30 mientras miraba al techo con aire pensativo. caminé hasta llegar al auricular, con el ánimo templado y los nervios de acero. No temía quien fuese el guardián de la noche, porque el cielo estaba ahogado en sus recuerdos eternos. Con las manos frías y los pensamientos bailando como flores marchitas al ritmo de la infame brisa de la noche, descolgué el teléfono para hablar con alguna poetisa lejana. No dije nada, me confundí con mi sombra enlutada, y en mi ficción poética quise salir de mi a través de mi aliento, para jugar con mi sombra con la muerte y la vida. Mi interlocutora tampoco dijo nada, solo escuchaba el rumor de una arcaica ola que arremetía contra el espigón. Por un momento pensé: un grano de arena que se ha perdido en el desierto, un tren que se ha equivocado de estación. El tiempo corría al ritmo del murmullo de las aguas de un lago encantado, y una luz tenue y sibilina se derramaba desde la ventana, como si quisiese retratarme desde un cementerio. Escuchaba atentamente el auricular, pero solo podía percibir los acordes de una música tenebrosa. El suave aliento perfumado de concupiscencias, que nacía de tus profanos labios negros. El pendulo de mi reloj de pared oscilaba y cada vez que subía y bajaba, engendraba sin pretenderlo silabas de palabras sepultadas. El tiempo hablaba con voz severa y con la oratoria de un dios mezquino y pusilanime. Por un momento pensé: - "un pintor que se ha equivocado de retrato, un espejo que ha perdido la cordura y refleja otros mundos". El sudor corría en mis mejillas, como si la tinta de un mapa se volviese líquida, y quisiese borrar el obsceno mapa de mis emociones. Los pies temblaban como si quisiesen provocar un terremoto, y yo estaba firme, como una estatua condenada. Mis orejas estaban enganchadas al auricular, como los ojos a un cristal opaco. De repente escuché unos pasos perdidos en el recuerdo. Eran pasos perdidos en un laberinto desolado, el triste errar en un camino olvidado. Mis ojos centellearon, y miraron el auricular como si fuese un puente que conduce a las lugubres orillas del pasado. El viento soplaba con fuerza en la habitación, como si viajase sin temor hacía una cueva inexplorada. Por un momento pensé: - "un cartero que hace su ronda en una calle abandonada, un sueño extraviado". Volví a escuchar el auricular, y sentí como mi débil voz quería atravesar un denso muro, pero se extraviaba mucho antes de poder arremeter hacía él con ira. Escuchaba un silencio espectral que te rodeaba, como si escuchases el sonido de tu sombra, y quisieses hundirte en sus abismos. Miré al suelo y pensé que tendríamos más posibilidades de encontrarnos si viajabamos en los galerias subterráneas que en tierra firme. Miré el reloj, y hacía más de diez minutos que me había llamado el guardián de la noche. No nos habíamos dicho absolutamente nada. Entonces pensé, para no desanimarme: - "será un delirio dorado de la noche, una carta sin remitente ni destinatario". Estaba exhausto, y me tumbé en el suelo, con el auricular perforandome los oídos con su silencio sepulcral. Solo escuchaba el graznar de impenitentes aves nocturnas, como si fuesen las secretas pregoneras de la noche. Intentaba mover mis labios, pero no pude decir nada, porque mis palabras viajaban en un largo sendero oscuro alrededor de mi mente. Me tambaleaba por el suelo, para intentar comunicarme, mediante mis convulsiones nihilistas, pero parecía que estuviese hablando con un pozo sagrado de profundidades milagrosas. Entonces pensé: - será un peregrino que visita un templo profano, una llama que se ha equivocado de cirio". La noche entraba dentro de mí, como la luz de la luna lo hace en un castillo en ruinas. Volví a escuchar el auricular, y escuché que la poetisa lejana, soplaba con fuerza, como si quisiese derrumbar mi casa, desde las antipodas del mundo. Miré la lampara, y con su cegadora luz, parecía como si me estuviese sometiendo a un arduo interrogatorio. Escuchaba el rumor de las calles, como si pudiese escuchar la región de mis sueños que ha sido devorada por la nada. Pude ver a través del reflejo de un espejo, un ramo de flores en un jarrón. Esta mañana eran jovenes y vigorosas, y desprendían un inmaculado perfume, pero desde que había recibido aquella llamada, desde hacía ya 20 minutos, empezaban a estar palidas y mustias. Entonces pensé: - " será un camino que no sabe que no existe, un sueño que viaja en el cielo a la deriva". Volví a escuchar el auricular, y sentía como silbabas, como lo hiciera una canción que se escucha en las más lugubres callejuelas. Desde el suelo temblaba, y al ritmo de tus delirios noctambulos, mis espasmos, eran como la voz de tu música instrumental. Podía ver desde mis ventanas , como todos mis sueños estaban perdidos en la noche. Unos moraban en los distintos templos de las estrellas, y otros viajaban sin cesar impulsados por un viento errante, que no cesa de vagabundear por el mundo. No obstante, aunque cautivos, estaban vivos dentro de la naturaleza. Pero la mayoría de ellos, habían muerto en la vergonzosa frontera de mis labios y el auricular. Entonces pensé:" un viajante cansado, una huella de un paso que no quiere desaparecer". Mi habitación estaba clausurada al mundo, y sentía que la sombra de todos los muebles, eran penitentes almas, que sentían el infame peso de su cautiverio. Había pasado una hora desde que había recibido la llamada, y soplaba al auricular, como si intentase dibujar mi distorsionada alma en mi respirar. Escuchaba un murmullo de un instrumento arcaico, en los agujeros de aquel auricular maldito, como si mi poetisa lejana, me quisiese narrar las cronicas de una cosecha perdida. Aire frío entraba por la ventana, y soplaba hasta mi sombra, devorando lo más borroso de mi palido sueño. Entonces se cortó repentinamente la comunicación. En una hora, no había escuchado, ni había dicho nada. Entonces pensé: "una noche perdida en la nostalgia, una luz penitente que se ha equivocado de morada, un vagabundo desconocido que confunde el día y la noche". Y allí estaba mi arcaico sueño durmiendo en la eternidad en los abismos de aquel teléfono maldito.

DERRUMBAMIENTO

En un día lluvioso de diciembre, con la fría brisa acariciando mis manos y mi rostro con una descortés solemnidad, y caminando cerca de la orilla de la playa, emprendía el camino hacía una desolada morada cuyo propietario era una antigua amistad. Había sido citado por carta, y en el contenido de la misma, se me rogaba mi ineludible presencia. Era un amigo de la infancia, con quien apenas había entablado amistad, y con quien apenas había compartido experiencias y proyectos. Era una persona muy silenciosa y de carácter muy introspectivo, constantemente afectado de un vacío crónico y con expectativas existenciales muy nimias. Jamás solía decir nada, y permanecía ajeno a toda conversación, a pesar de que asistía en sus años mozos a innumerables eventos sociales. Su presencia por alguna razón desconocida siempre resultaba intempestiva, y su rostro pálido afectado de una insensibilidad moral sin precedentes acentuaba su mísera sociabilidad. No obstante, conozco por fuentes fidedignas, que siempre esta encerrado en su lúgubre habitación y que solo sale en determinadas noches para emprender solitarios paseos. Fuimos compañeros de escuela en el mismo curso académico, y su relación con el resto de estudiantes, quedaba limitado a una muy esporádica salutación con los ojos, y en muy raras ocasiones con las manos. Jamás respondía a las preguntas del profesor, y es muy posible que en el transcurso de un año, tan solo hubiera pronunciado dos o tres frases, en circunstancias muy puntuales. Era un estudiante muy aplicado, y constantemente emprendía trabajos de investigación, pero su relación con el personal docente era estrictamente epistolar. Cuando las aulas se quedaban vacías, y era la hora del recreo, o de volver a casa, siempre se quedaba durante un intervalo de tiempo indeterminado en su pupitre, tocando tristes melodías con su armónica. Siempre vestía con trajes de luto, y con su inseparable pañuelo rojo que siempre lo llevaba atado al cuello. A pesar de sus sentimientos mutilados, y de un silencio funesto que lo acompañaba donde fuese, nunca podía observarse en las facciones de su rostro, el más mínimo gesto emocional, ya fuese de alegría o de dolor. Sin embargo, debido a un ley no escrita, todo aquel que lo veía por primera vez, sentía por alguna razón de origen desconocido, una sensación análoga a la de observar un muñeco de un escaparate que tiene vida propia. Pero a pesar de ello su presencia carecía de respuesta emocional para todo el colectivo social. Solamente podía ser considerado como un sujeto social debido a que tenía partida de nacimiento, y a que era socio honorario de algunas comunidades científicas. Su mirada era muy profunda, pero a pesar del dinamismo de sus observaciones cotidianas, nadie era capaz de entablar una conversación con él. Su existencia era un tabú, y siempre que era nombrado accidentalmente durante el transcurso de una tertulia, el sujeto enmudecía preso de un pánico incontrolable, e intentaba maquillar su desafortunado comentario. Los días transcurrían como niebla en una callejuela, como las borrosas imágenes de un cuadro abstracto. Sin embargo, su descripción psíquica era opuesta al resto de sus familiares más cercanos y parientes. Sus familiares jamás hacían uso de su nombre en la vida pública, salvo en casos de irremisible necesidad, y estaban tan asustados como el resto del colectivo social. Poseían una acaudalada hacienda, y constantemente viajaban por razones de negocios al extranjero. Era hijo único, y desde su adolescencia había pasado largos períodos sólo en casa, debido a que sus padres no cesaban de atender sus negocios en países vecinos. Sin embargo, debido a motivos laborales, hubieron de emigrar de manera irrevocable a América, dejando a su único vástago custodiando su hogar, prácticamente a modo de herencia. Recientemente, había recibido una carta suya. Sin lugar a dudas debía ser la única que había enviado por motivos estrictamente personales. La carta era breve, aunque concisa. La letra era prácticamente ilegible y describía trazos de una naturaleza singular. La trayectoria de las líneas era anárquica, y tal vez escribía una frase torcida en un extremo de la hoja, y su continuación en el siguiente extremo. Al principio parecía una amalgama de párrafos dispersos entre sí. Reconocí su caligrafía, aunque observé que durante el transcurso de los años se había modificado ostensiblemente, debido a su irrevocable e incomprensible hacinamiento existencial. Me citaba para dos días después de haber recibido la carta. Utilizaba palabras muy barrocas, y hacía alusión a nuestra antigua amistad, para rogarme que lo visitase. Decía que era la única persona en la que podía confiar, y que no hubiera osado perturbar mi calma, ni abusar de mi buena fe, salvo para subsanar las "desquiciadas circunstancias en las que respiraba". Sabía que nuestra antigua amistad no había dejado muchas huellas, en ninguna de las dos partes, pero debido a que no podía recurrir a nadie más, mi incondicional auxilio espiritual, le resultaba absolutamente indispensable. Hacía mención, de una degradante enfermedad psíquica que padecía, aunque apenas daba matices. Decía que "un inminente derrumbamiento estaba a punto de alumbrarse en el interior de su ser de un modo perpetuo". Le gustaría ser más explicito, pero no conocía palabras para describir su enfermedad, y el hecho de hacer literatura de sus padecimientos era incompatible con su frágil salud psíquica. Sin embargo, había predecido, por motivos que no podía y que no se esforzaba en comprender, que en un espacio de tiempo fulminante, había de derrumbarse por completo. Por esta razón necesitaba mi presencia por dos motivos: En primer lugar porque necesitaba un guía espiritual, y segundo porque requería que alguien fuese testigo de su sobrenatural padecimiento, para dar testimonio al mundo del borroso crepúsculo de su existencia. Me confesaba, que me había elegido como confesor al azar, pero a pesar de su aleatoria decisión, sabía que era la más acertada. Sabía que estaba emprendiendo un lúgubre camino, y que había de elegir una senda al azar. La dirección que había de emprender, consistía en depositar sus últimas esperanzas en mí. Reflexionando brevemente acerca de su "necesario derrumbamiento", decía que necesariamente había de ser trágico, y que no tenía correspondencia con ningún delirio, sino que tenía una estrecha relación con una culpa que había arrastrado con cadenas de oro, durante muchos años, y que irremisiblemente había de purgar con su delito. Me confesaba que en sus paseos nocturnos a través de señales de dudoso rigor científico, había visto indicios del perpetuo eclipse de su vida, en infinitud de lugares. Creía conocer la ciencia del cielo, y cada rayo de luna, y los augurios de todas las estrellas. Cada vez estaba más asustado, y sus paseos nocturnos eran prácticamente inexistentes. Desde que se quedo solo, algunos años atrás, había despedido a todo el servicio. Se había convertido en el único dueño de una faustosa mansión. No obstante, todos los pasillos y todas las estancias, le causaban ataques de pánico, porque aún conservaba en su eterna vigilia, borrosos recuerdos de su infancia. Siempre estaba encerrado en su habitación, y solo podía salir hacía el jardín, a través de un recorrido determinado. Tenía que pisar las baldosas precisas. En ocasiones no podía salir de su habitación, porque la iluminación de su casa le causaba malos augurios. Temía todas las sombras de su mansión, y constantemente intentaba eludirlas. Como si el mapa de sombras de su casa, fuese un juego teosófico difícil de jugar. Padecía de insomnio crónico, pero debido a una desgarbada energía vital, sabía ordenar sus escuálidos pensamientos, con una precisión desorbitante. Durante su cautiverio, no cesaba de leer complicados libros de teología, y poesía ocultista. Tenía constantemente encendida una vela, y cuando se le consumía, sentía violentas palpitaciones en su flujo sanguíneo, y un respirar entrecortado que amenazaba una ineludible asfixia. Era entonces, cuando tenía que entrar en el pasillo, para buscar el recibidor a oscuras, pues en uno de sus armarios guardaba una abundante provisión de velas. La mayoría de las habitaciones estaban selladas, y cerradas bajo llave, porque temía entrar en alguna de ellas por accidente. En periodos de tiempos muy irregulares, se quedaba dormido, durante un intervalo de tiempo muy breve. Dado que padecía de sonambulismo, temía que sus inconscientes y desquiciados pasos, le permitiesen entrar en alguna de esas cámaras clausuradas a su memoria y a su juicio consciente. Hacía muchos años que no lo había visto, y temía no reconocerlo, tras soportar la tediosa carga de una enfermedad, que había mermado sus facultades psíquicas y sensitivas. Aquel día el cielo era tormentoso, y el color del agua del mar era de luto. Su mansión se veía a lo lejos, como si fuese un agujero negro que absorbe toda la energía psíquica de las almas errantes. En la cúpula de la mansión, había varias aves penitentes que moraban en el tejado, como si esperasen a algún invitado en especial. El jardín tenía una extensión enorme, y tenía varios cipreses que rodeaban a la mansión en forma de círculo. La tierra era estéril, pero no obstante había crecido mucha maleza debido a un lejano abandono botánico. Estaba situada en un inmenso peñasco, y constantemente las olas arremetían contra los cipreses. Sorprendía que una peña, pudiese albergar una extensión de tierra de semejantes características. Su acceso, era sumamente arduo y dificultoso, pues había de escalar un trecho bastante irregular. No obstante había extendida una escalera de cuerda, para llegar a la cima de aquel majestuoso peñasco. Por alguna razón de naturaleza incierta, en las horas cercanas al crepúsculo, siempre había una espesa niebla que rodeaba aquella mansión, como si se tratase de espíritus borrosos y dispersos, que quisiesen rendir pleitesía, a las voces apagadas de aquella morada en ruinas. Habían crecido muchas enredaderas, y las paredes permanecían prácticamente ocultas, aunque podían apreciarse algunos boquetes. En aquel jardín había numerosas mesas de acero podridas, ornamentadas con el signo de alguna religión primitiva, como si hiciese muchos años que se hubiese celebrado una multitudinaria reunión, y nadie se hubiese dignado de recogerlas. Sin más preámbulos, ascendí cómodamente por aquella escalera, y poco antes de llegar a la cima, escuché un relámpago ensordecedor, que cegó mis aturdidos ojos, tras observar su súbita génesis y defunción, en lo más alto del cielo. Era un relámpago puro y plateado, que se había extendido en una línea eléctrica con una caprichosa trayectoria singular. Poco después tras llegar a la cima, miré aquel intenso oleaje, y me sorprendió a la distancia que había escalado sin vacilar. Pues, de hecho, parecía desde mi vigente perspectiva, que me encontraba a una distancia muy superior, de la que me había concebido en un principio, tras iniciar mi escalada, desde aquella arena gris y siniestra. Tal vez solo fuese un efecto óptico, aunque carecía de una explicación racional. Desde aquel peñasco, veía las olas muy grandes, mucho más que cuando estaba en la orilla del mar. A pesar del sinsentido de mis palabras, parecía que había escalado una montaña. Conseguí hacerme paso entre aquella maleza, y tras atravesar aquellos cipreses que rodeaban aquella mansión, como si de antiguos dioses de la naturaleza se tratase. Pues cada uno tenía un símbolo diferente en su corteza. Eran letras de un alfabeto extinguido o emblemas de imposible desincriptación. Cerca de la mansión, había una fuente, con una estatua ecuestre. Era de mármol, y de estética greco-romana, y sus mancilladas aguas, llenas de toda clase de inmundicia, reflejaban el movimiento de la copa verde de los cipreses, como si fuese un espejo que padece de espasmos. En aquella mansión, no había una puerta principal, pues había inmensidad de puertas que daban acceso a la misma. Muchos vidrios de las ventanas, estaban rotos, y debido al mal estado de sus paredes, y a su envejecida arquitectura, hubiera podido decirse que una antigua y embravecida ola, había dañado la estructura de aquel colosal templo maldito. Había muchas enredaderas, que emergían de las puertas mismas. Las paredes eran prácticamente de arcilla, y sorprendía que hubiese podido construirse tal mansión, con un material tan poco resistente. Di varias vueltas alrededor de la mansión, para ver si encontraba alguna puerta abierta, pero todas estaban cerradas bajo llave. Poco después, emergió una angustia desde lo más hondo de mi ser, y grité descontroladamente, temiendo que con mis berridos de ultratumba pudiese derrumbar aquel edificio. Poco después escuché la suave melodía de un violín. Mis pasos se dejaron guiar por aquella música sensual, y tras dar varias vueltas alrededor de aquella morada condenada, y atravesar mi vista de un modo interrumpido todas las hipotéticas entradas, desesperé en mi intento de encontrar el lugar de nacimiento de aquella música. Seguramente era el anfitrión, que intentaba llamar mi atención para prevenirme acerca de algún inesperado contratiempo de la forma más sutil. Por un momento me concentré y cerré los ojos, para averiguar con calma, de donde provenía aquel himno de ultratumba. El sonido era muy monótono aunque bastante atractivo, para aquellos oídos educados en el arte musical. Sin embargo, no fueron necesarios tantos ensayos propedéuticos, porque de un modo repentino, se abrió una puerta. Tenía una forma ovalada y tenía un pequeño agujero en el cristal en la parte superior. Pude ver su ojo penetrante, pues al parecer utilizaba aquel agujero como mirador. Su ojo me recordó al de algún animal de instinto extinto. Estaba muy enrojecido y sus pupilas parecían como dos llamas ardientes y encantadas que no las puede apagar la más fuerte de las brisas. El resto del cristal era absolutamente opaco y no permitía vislumbrar el más mínimo indicio que se esbozaba en el interior. Abrió la puerta, y se manifestó ante mi incrédula mirada el coloso de la soledad. Vestía con un batín desgastado, con un violín en sus pálidas manos, con los cabellos largos hasta la altura del pecho, y con el rostro demacrado por infinidad de heridas morales. De hecho, me costó mucho reconocerlo, pero debido a una inconfundible cicatriz que tenía en la frente, pude adivinar su identidad instantáneamente. Tenía todo el pelo canoso, muchas arrugas, y una mirada inocente y fría que delataban el prematuro envejecimiento de una juventud espurea y desgastada. Con un gesto grandilocuente y demasiado artificioso con las manos, me convido a entrar, sin dejar de mirarme un solo instante. Estaba aterrado y no tenía fuerzas para articular palabra ninguna, así que deje que se sirviera de los honores, el más solemne de los anfitriones. Tras cruzar el umbral de la puerta, pude adivinar una espectral oscuridad que bañaba todos los rincones de la mansión. Entonces habló mirándome atentamente a los ojos, e incluso se agachaba cuando mi mirada repleta de pánico se hundía en aquel polvoriento suelo. Este fue su discurso de apertura: - "señor santiago Nicolás, no sabe usted cuanto agradezco su presencia en mi asilo existencial. He de reconocer que es la primera vez que hablo con usted, y por eso tengo intención de robustecer una amistad, que ha permanecido muchos años latentes en el mundo de la nada. Se que mi mansión es de muy difícil acceso, tanto por el terreno en el que se halla, como por la inmerecida reputación que muchas malas lenguas han otorgado sin piedad a estos lugares. Esta es una razón más para agradecer su incondicional amabilidad. Se que no he sido muy preciso al describir la naturaleza de mi padecimiento, pero he sido lo más sincero que he podido, porque no he encontrado palabras más francas y más precisas. Como usted ya sabrá en un periodo de tiempo muy breve, se llevara a cabo, por causas ajenas a mi comprensión, mi derrumbamiento. Carezco de síntomas que justifiquen tal insólito acontecimiento. Sin embargo, debido a la gravedad de mi salud, y a juicios realistas que han agravado ostensiblemente mi precaria situación, se que mi ocaso, puede llevarse a cabo en cualquiera de las veces que cojo aire para respirar. No se si seré víctima de una muerte repentina, o si padeceré un catatonismo crónico. En cualquier caso mi muerte funcional es inminente. Jamás he sido hipocondríaco y no he tenido antecedentes familiares de los cuales haya podido heredar tal nefasta aprehensión a la vida y la muerte. Morir, siempre ha sido en mi opinión una necesidad natural, y no he padecido jamás por un tema tan nimio y cotidiano. Pase usted a mi cuarto, puesto que como ya le he comunicado por carta, no me gusta salir de él, más tiempo del necesario. Le advierto de un modo informal, y sin ánimos de ofender su sensibilidad, que durante su estancia en mi hogar, no podrá usted salir de mi habitación en ningún momento, y bajo ninguna circunstancia. Las razones de tal ley, las adivinara en parte por mis explicaciones, y en parte por la participación en un oscuro instinto que rige en mi hogar. A pesar de tal infortunio, y si cumple con lo pactado, le aseguro que encontrará en mi, el más gentil de los anfitriones y de las amistades. Señor santiago Nicolás, tenga usted la bondad de acompañar a este enfermo desahuciado". Sus palabras vibraron en mis oídos, como si fuesen el sonido de la apertura de un ataúd. Apenas podía distinguir los muebles, pues dado que todas las cortinas estaban cerradas, no había forma posible de que penetrará la menor brizna de luz. Mi anfitrión caminaba sin cesar, y yo solamente podía guiarme por el ruido de sus pasos. No cesaba de palpar a mí alrededor, pues en más de una ocasión había tropezado con algún mueble. Escuchaba el maullido de algunos gatos, y podía ver sus brillantes ojos, como si llevasen en sus adentros, el mezquino instinto de aquellos lugares perdidos en el tiempo y la imaginación. Durante mi angosto peregrinaje por aquella oscuridad parabólica, mi anfitrión tocaba alguna nota aislada con su violín, y entonces de improviso, no dejaban de perseguirnos los gatos que había conocido en la entrada. Durante nuestro camino a su cámara fue absolutamente fiel a antiguas costumbres, y no pronunció ni una sola sílaba. Recorrimos tres pasillos, y allá donde el camino se bifurcaba, golpeaba en la pared en el lado que teníamos que girar. El aire estaba muy enrarecido, y no cesaba de topar con telarañas, y con restos de suciedad. Parecía que cada vez que nos adentrábamos más en la mansión, el aire era más irrespirable. De manera análoga la oscuridad era cada vez más intensa. A lo largo de los pasillos, había algunas sillas, y en una ocasión tropecé con una hasta perder el equilibrio. El anfitrión no decía nada, pues a cada tropiezo, tocaba el violín con mayor intensidad. Se que giré una vez hacía la izquierda y dos a la derecha. La distancia recorrida en cada pasillo, era muy difícil de precisar, dado mis torpes movimientos y lo que me costaba recorrer una docena de pasos, sorteando todos los obstáculos. Entonces tras recorrer el mencionado recorrido llegamos a unas escaleras. El anfitrión volvió a dirigirme la palabra: -"le ruego que no se haga un mapa mental, de todos los sitios por los que pasamos. Le advierto que el tiempo transcurre en el interior de esta mansión de un modo muy dispar. La oscuridad que usted percibe, probablemente no la habrá visto en ningún otro lugar. Es una oscuridad absoluta. En el exterior medimos el tiempo de acuerdo al movimiento, pero como aquí no hay luz, no existe movimiento posible. Sus pasos no son más que abstracciones de su espíritu, y todo lo que usted ve y siente no son más que oscuras reminiscencias del mundo exterior. Lo único real son mis palabras, pues estamos viajando en una alegoría". Cuando dijo estas palabras me asusté, y no sabía si había perdido la razón, o me encontraba bajo el dudoso amparo de un descerebrado, o tal vez intentase fingir una aparente locura, para que mantuviese mi espíritu atento. Tras dar unos pasos a lo largo de aquella escalera inclinada, vi. algunas antorchas encendidas. Entonces comprendí que sus palabras no se adecuaban a la realidad. Entonces se giró con brusquedad, tres o cuatro peldaños delante mío, y empezó a desternillarse, con unas carcajadas guturales, que ensordecieron en mayor grado mi precaria relación de amistad con su persona. Lo podía ver nítidamente, y creía que me hallaba delante de una estatua viviente que hubiese querido inmortalizarse, haciendo uso de aquellos groseros ademanes. Los peldaños sonaban a hueco, y temía hundirme en cualquier momento. Tras caminar aquella escalera repleta de antorchas que olían a perfumes narcotizantes, y que desprendían una luz tibia y serena, llegamos a unas galerías subterráneas. Había una inmensa alfombra que se extendía a lo largo de todo aquel pasillo, y en el techo había una superficie de cemento irregular. Habíamos de caminar agachados para no tropezar con él. La iluminación era precaria pero suficiente para orientarse. Tras dar unos pasos a lo largo de aquel pasadizo subterráneo, llegamos a la cámara donde residía. Sacó unas llaves y abrió tres cerrojos. Pues a pesar de que era muy difícil que alguien pudiese profanar su templo eremítico, siempre tomaba precauciones para subsanar los infortunios más inesperados. Entramos en el interior de la cámara. Era relativamente espaciosa, y había una vela encendida en la mesita de noche. En la habitación tan solo había una cama y varias sillas que rodeaban a la cama. Las paredes estaban mugrientas, y habían varías fotografías de paisajes paradisíacos. Con un gesto me invitó a sentarme en una de las sillas, mientras se tumbaba en la cama con desgana y aborrecimiento. Me dijo que estaba muy fatigado, y que deseaba mantener una conversación liviana conmigo. Me dijo que padecía de insomnio (tan solo me lo recordó). Me invitó a que sacase al azar alguno de los libros que guardaba debajo de la cama, y que se lo leyese en voz baja. Necesitaba ampliar su mundo constantemente, y por esta razón, necesitaba estar siempre concentrado, para construir ciudades ficticias en sus memorias. A pesar de no haber viajado nunca, creía que en los adentros de aquellos muros, estaba todo el mundo sintetizado. De hecho, aquel encierro constituía su presente eterno, y creía que todo el mundo viajaba en su interior, en lugar de viajar él alrededor de todo el mundo. De pronto empezó a tiritar, y se cubrió con las mantas. Me explicó con brevedad, y con una voz que resonaba en mi interior como si fuesen las mismas huellas del tiempo que se marcan en mi pensamiento, que cada vez que percibía una desgracia lejana, no cesaba de sentir frío en todos los rincones de su cuerpo. Me apremio con brusquedad, para que buscase en el suelo, algunas mantas, que suele guardar para ocasiones tan especiales y desagradables como aquella. Tras echar un rápido vistazo observé que no había ninguna manta en el suelo, tan solo había una oscuridad aterradora menguada por los espasmos vitales de aquella insidiosa luz. Aunque no podía ver con claridad todo lo que me rodeaba tenía la certeza física, de que no podía haber una manta en el suelo. Entonces gritó con la sangrante furia de un guerrero enfermo: - "no estas buscando bien santiago Nicolás, no me eres de gran ayuda, no eres suspicaz, no eres intrépido, no eres emprendedor. Debido a que vivo desde hace años aquí, conozco palmo a palmo todo lo que me rodea. Cada pasadizo es como una calle, y cada puerta es como un número de la calle. Por eso sé donde tengo que ir y donde no. tú en cambio a pesar de tener tantas oportunidades para conocer el mundo, no eres ni siquiera capaz de echar un vistazo a esta cámara hacinada de recuerdos inútiles y melancolía. Si vives en vastas extensiones de tierra, y no eres capaz de encontrar agua en un río caudaloso, es porque nunca te ha importado el aire que respiras. A pesar de tus prejuicios mundanos, cada momento en las profundidades de estos muros, es muy intenso y apasionante. No lo aprecias, porque solo quieres sentir un cielo insípido, que cuanto más grande y más majestuoso, menos significado tiene. La belleza no esta en el tamaño del deseo, sino en el tamaño de su sentimiento". Me fue absolutamente imposible encontrar aquella manta, a pesar de sus reiteradas imprecaciones, y de sus constantes chantajes con metáforas imperceptibles. Poco después se levantó precipitadamente de la cama, y empezó a buscarla como si intentase encontrar su anillo de compromiso con la soledad. Tras registrar concienzudamente la habitación llegó inesperadamente a la conclusión, de que se hallaba perdido en el mundo y que su derrumbamiento, no tenía porque tener causas orgánicas. Intenté tranquilizarlo, y le dije que volviese a su lecho, porque había de guardar reposo. Se arropó con las mantas en un gesto violento, pero contenido, y procedí a satisfacer su petición inicial. Busque debajo de la cama. Le pedí que me dejase hacer uso de la vela, para poder analizar con detenimiento los libros que custodiaban su eterna vigilia. Se interpuso a mi demanda, con un gesto brusco y despiadado, al levantar las cejas con un fervor paralizante, y mover la mandíbula hacía abajo, como si se hubiese tragado un anzuelo. Entonces sin rubor me confesó: - "leo los libros al azar, y el hecho de que un invitado esté conmigo, no va a hacer variar mi clásica postura con respecto a mis costumbres. Pon la mano debajo de la mesa, como si fuese una urna, y hubieses de extraer una bola. No me importa el libro que me hallas de leer, seguro que será bueno". Procedí tal y como indicó el anfitrión, extendí la mano, y extraje un libro de olvidada ciencia. Era de poemas dedicados a distintos objetos. Estaban los poemas ordenados alfabéticamente y el primero estaba dedicado a un ábaco. Los distintos colores de las bolas evocaban distintas emociones, y cada una de las bolas representaba un momento del tiempo. De repente y sin previo aviso, el anfitrión, se levantó de su lecho, tras lanzar con agresividad todas las mantas al suelo. Yo estaba sentado junto a la cama, y sentí una angustia análoga, a ver como se despierta una bestia en cautividad, estando yo en el interior de la jaula. Un sudor incipiente nacía de su arrugada frente, y su cara se volvió pálida y convulsa. Se levantó de un brinco, y daba vueltas a la habitación, como si persiguiese a un enemigo invisible. Intenté alzar la voz, y recitar con más entusiasmo, pero aquello solo servía como estimulo, a una peonza que no deja de rodar en el suelo. Caminaba desde un extremo a otro de la sala, siguiendo una trayectoria rigurosa. La habitación era cuadrangular y caminaba por los cuatro lados de la pared, mirando con devoción las sombras que nacían de aquel techo de hormigón, como si fuesen insectos de especies desaparecidas. Cuando algún cálculo geométrico, no se ajustaba a sus metódicas exigencias, gritaba con fiereza, enmudeciendo mi voz, que cada vez era más grave y solemne. Cuando acabe de leer el poema, se tranquilizó. Llegó hasta una ventana tapiada, que había en el extremo de la sala. Allá donde se vislumbraba una insigne oscuridad. Abrió las puertas y la persiana, y respiró profundamente como si no fuese consciente, que la ventana estaba tapiada. No podía ver con claridad su rostro, aunque si sus elocuentes gestos. Parecía como un espectro, que volvía a renacer, cuando se aproximaba a donde alcanzaba la tenue iluminación de la vela. Le pregunté, que significaban, aquellas abluciones ante objetos inexistentes, entonces respondió: - "desde esta ventana, se pueden ver el mar y las montañas, el cielo y la tierra, el paraíso y el infierno. A veces miro con desdén, sin embargo hoy me siento ufano, y puedo ver todas las verdades del mundo, sin necesidad de alcanzar la catarsis que padece un mártir". No sabía si aquella ensoñación, era una contundente prueba de su espíritu definitivamente extraviado, o una prueba de una lucidez demasiado comprometida con el mundo. Yo me incliné a pensar que se trataba de una surrealista manifestación de sus deseos más profundos. No obstante, intenté adivinar el significado de aquel supuesto viaje existencial y le pregunté: - "¿hablas refiriéndote a lo que tus ojos pueden ver en estos momentos, o lo que puede sentir tu espíritu? Sin vacilación alguna, y como si hubiese apretado el botón de una tecla respondió: - "mis palabras apelan a la realidad, porque lo que existe no esta en lo que vemos y en lo que se manifiesta en nuestro exterior. Nuestra mente esta compuesta de símbolos, que son como átomos capaces de crear un orden de realidad distinto a lo que existe en lo mundo que se abre ante nuestros ojos. Incluso los átomos de nuestro lenguaje, son partículas, que tienen una existencia tan clara y distinta como la materia. También son materia pero en un orden de realidad distinto. Por esta razón, si digo que veo montañas en una habitación, no puedo equivocarme jamás. Es como si yo fuera una silla, que puede verse a sí misma. No hay nada que no exista, simplemente no existe lo que no se puede mencionar". No entendí sus palabras, tan solo tuve una intuición lejana y confusa acerca del significado de las mismas. El mundo inexistente podía extenderse hasta los abismos de sus pensamientos. Quise interrumpir su ataque de lucidez, para que no se vanagloriase de su banal descubrimiento, preguntándole acerca de nuestro sustento, en aquella solitaria estancia: -"¿cuando comemos, y como sacas la comida? Entonces respondió: - supongo que no te habrás dado cuenta debido a esta lúgubre oscuridad, que debajo nuestro existe un sótano. Allí guardo mis provisiones en un frigorífico durante meses. Cada año, viene un antiguo sirviente y me trae en sacos provisiones para un año. Debido a las molestias, siempre le abono una considerable suma por su servicio anual. No se si tiene otro empleo, pero con este servicio que me presta, puede vivir sin trabajar el resto del año. Se llama domingo, y debido a su eficiencia y discreción, y a sus ayudas prestadas durante las largas ausencias de mis progenitores, le he proporcionado este cómodo y suculento empleo". Me invitó a que abriese la compuerta que permitía la entrada en el sótano. Había una anilla, debajo de la cama. Solamente había que estirar con fuerza, y una nueva cámara subterránea aparecería ante nuestros ojos. El anfitrión, hizo increíbles esfuerzos para mover la cama, puesto que me reservaba, la labor de estirar de la anilla. Los dos acabamos agotados de nuestros respectivos esfuerzos. Bajamos por una rampa estrecha, y mis ojos pudieran apreciar la sublime estética de una bodega en desuso. Olía a rancio, pues había muchos vinos catalogados en cosechas de hace más de tres siglos. Había muchas estanterías de distintas marcas de vinos, y algunos toneles. Estaban dispuestos a ambos extremos de la bodega, pues todas las estanterías se encontraban hacinadas en derredor nuestro, y se tenía que cruzar un camino muy estrecho, para evitar que se derrumbaran todos los estantes, y nos viésemos sorprendidos por una intempestiva lluvia de vino y de cristales rotos. De hecho un hombre minimamente obeso, no hubiese podido cruzar, el pasadizo de la bodega. Se escuchaba un constante goteo, pero no podía adivinar de donde procedía, porque el techo era absolutamente hermético. Algunas aves rapaces, se posaban en algunas botellas, y amenazaban con derrumbar buena parte de las estanterías. A medida que caminaba, me dí cuenta que algunas estanterías ya habían sido derribadas, y un insoportable olor a alcohol nauseabundo se extendía en todos los rincones de aquella sempiterna cámara. Después de pasar por las secciones de las botellas y los toneles, llegamos al final de aquel pasadizo inmenso. Había un frigorífico de seis metros de alto, y con infinidad de secciones, pues los manjares estaban agrupados en orden alfabético. Si alguna vez el anfitrión deseaba alguna zanahoria, tenía que coger una escalera de mano, que había apoyada junto al frigorífico. Como estábamos muy exhaustos, después de recorrer aquella inmensa galería, intentando esquivar cristales rotos y botellas que se sobresalían de su estante, y taponándonos la nariz, para no respirar aquel desagradable aroma, decidimos servirnos de almejas y avellanas. Las bebidas estaban en el estante de detrás de la puerta del frigorífico, por lo que elegimos al azar. Al emprender el camino de vuelta, el anfitrión, encontró una guitarra, en el suelo debajo de unas estanterías. Tras hacer un malabarismo prodigioso, y evitando un derrumbamiento, que hubiera perfumado su cuerpo de alcohol y de irremisibles llagas y cicatrices, logró substraer el instrumento preciado. Tras volver a nuestra confortable y oscura estancia, recuperó la serenidad, pues ya no podíamos temer hacer ninguna clase de ruido intempestivo. Entonces me dijo: - "hoy se cumplen tres años que perdí esta guitarra. No recuerdo el extraño motivo que me impulso a guardarla aquí. Solamente recuerdo la canción que estaba tocando. No se si fue esta la razón que me obligó a esconder este preciado instrumento de mi soledad. Tal vez estuviese pensando en algún problema existencial de difícil solución, y no quise que el sensual sonido de la guitarra, entorpeciese mis reflexiones. Seguro que si vuelvo a tocar la canción, recordaré el motivo de sepultar la música en aquella bodega desahuciada. Esta canción, la compuse en mi infancia. Entré en el colegio a altas horas de la noche. Pude colarme tras saltar la tapia, atravesar todo el patio, y entrar en una de las aulas, porque una de las ventanas que estaban a ras del suelo estaba abierta. Me senté en mi pupitre, y mirando a la luna dilatada y enferma, aunque no obstante desprendía un vapor rojizo que levitaba a su alrededor, tuve una inspiración pueril, que durante muchos años, no he podido olvidar jamás. Con mucho gusto, santiago Nicolás, voy a recitarte la canción que ha acompañado a mi desnuda infancia, y a mi vejez prematura. ¿Quieres placerme escuchándola?". Su sugerencia, no me resultó excesivamente terapéutica, pues sabría que evocaría recuerdos borrosos y contradictorios, que lo sumergirían en una miseria moral sin precedentes. No obstante, no podía detener su danza, porque la música ya había empezado, al recordar aquella antigua anécdota. De todos modos, si me hubiera opuesto, las consecuencias hubieran sido nefastas, porque hubiera perdido los estribos e intentado estrangularme, o incluso algo peor. Dadas las circunstancias le dije: - "procede, tu música dará luz a esta habitación empobrecida de instinto vital, las sombras dormidas en el suelo, temen por su imperio decadente, el aire nauseabundo que respiramos, florecerá y perfumará nuestros recuerdos y neonatas sensaciones". Entonces se puso en pie encima de la cama y recitó su canción: - " entra luz por la ventana, luz pálida que lleva tristes noticias de los sueños de la luna, entra luz por la ventana, luz que sangra como una herida que no se puede curar, entra luz por la ventana, luz amarga y silenciosa, entra luz por la ventana, luz que sepulta a los muertos en vida, entra luz por la ventana, luz cansada y triste que enmudece todos sus pesares, entra luz por la ventana, bañando a mi alma del más enlutado de los sueños, entra luz por la ventana, voy a dormirme bajo el amparo de tu silenciosa canción". Su voz era débil y entusiasta a un mismo tiempo, y asustaba la tristeza con la que cantaba. Los dedos le temblaban al tocar las distintas cuerdas, como lo hace el frío viento cuando acaricia las hojas de los árboles. Sus ojos parecían hundidos en un tiempo atroz, y los movía como si persiguiese el movimiento de un péndulo invisible. Cuanto más se sumergía en los adentros de la canción, más frío sentía, y tiritaba con espasmos más acentuados que cuando había estado tumbado con anterioridad en su cama. La música aunque pésimamente interpretada, era tan sórdida y lúgubre, que resonaba en mis oídos como el sonido de una espada que se clava en una armadura infranqueable, como el sonido de gotas de agua que caen del tejado a altas horas de la noche. Tras finalizar su luctuoso recital, sentía tanto frío y cansancio, que no tenía fuerzas para realizar el más leve de los movimientos. Solo sentía un ahogado vigor, para mover los labios, y para narrar sus impresiones, tras volver a interpretar aquella canción olvidada: - "ahora recuerdo el motivo que me obligó a dejar abandonada a aquella guitarra. Había comprendido el significado de la profecía de mi composición musical, y quería desnudar mi mundo de impurezas existenciales. Quería vivir en silencio, bajo el amparo de esta oscuridad, y de mis livianos temores cotidianos". Recobró aparentemente la calma, y se levantó de la silla, haciendo gala de una voluntad de vivir demasiado fingida. Un mar de sudor caía de su frente, y mientras caminaba alrededor de la habitación, con paso lento, aunque decidido y firme, decidí formularle una pregunta de fundamental interés: - "no quiero molestarte porque veo que una espesa niebla, parece que quiera ser tú huésped durante el resto de tus maltrecho días. Sé que hice una promesa y la debo de cumplir hasta el final y hasta sus últimas consecuencias. Voy a quedarme aquí, porque me he comprometido a asistir a tu derrumbamiento. Dadas las circunstancias, estoy dispuesto a creer de una manera incondicional en el hondo sentido de tus palabras. Cuando recibí tú carta, no comprendí el significado de tu sufrimiento, aunque supe que era de raíces muy extendidas en tu alma. Ahora solamente puedo ser testigo de la magnitud de tu tragedia, pero todavía no puedo comprender porque estas tan seguro, que antes que se escuche el primer relámpago en el cielo, se producirá el fallecimiento psíquico de tu persona. Veo que sufres, pero también veo, que cuanto más te hundes en tú desgracia personal, mayor es la motivación que sientes, para sufrir con más intensidad y para crear imágenes mentales más severas. Dime, pues desde que lugar y desde que palabra perdida en el tiempo se alumbran tus crónicas tribulaciones". Entonces, como si hubiese escuchado el sonido de un teléfono que suena pero no quiere responder, me contestó: - "no puedo rebelarte ciertos temores, y ciertas dudas que desalan a mi espíritu porque no estas preparado para comprenderlas. Es como si te narrase la existencia de una persona que no existe. A cada instante añadiría datos y los modificaría sin preocuparme por tu comprensión. Es como si hiciese un dibujo y constantemente borrase los rasgos más generales. El proceso de creación no tiene un centro neurálgico, y por esta razón no puedo confesarte los rasgos esenciales de la arquitectura de mi edificio. Durante toda mi vida no he sido más que una máquina defectuosa, que tiene distintas funciones discordantes entre sí, y que no se pueden conectar las unas con las otras, porque no tienen ligazón alguna". Su respuesta fue muy breve y confusa, pero no obstante acepté sus argumentos, porque el anfitrión solo podía relatarme sus vivencias enfatizando con vivacidad el color de sus emociones, pero jamás podía precisar las formas. Tras haber devorado el aperitivo, me dí cuenta que había perdido la percepción del tiempo. No podía asegurar si habían transcurrido dos o tres horas, o un día entero. Quise aclarar mi duda, e interrogué al anfitrión. Me respondió que hacía muchos años, que había perdido por completo la noción del tiempo. Nunca veía viajar en el cielo al sol y la luna. Desde el lugar en donde se encontraba había un inmenso boquete en el tiempo. Sin embargo noté que estaba muy cansado, y le pedí permiso para dormir, no sin antes hacerle otra petición de carácter trascendental:- "¿porque solo podemos estar encerrados en tu habitación? Tu mansión es inmensa, y pueden pasar muchos días antes de que conozca todas sus estancias, galerías, pasillos, escaleras y cámaras con precisión. ¿Porque no podemos vagar en tu inmensa morada exentos de preocupaciones? ¿Que es lo que te asusta?, ¿que temes?, ¿quien te persigue? No se si soy indiscreto al formularte estas torpes preguntas, pero necesito saber cuál es tu motivación para vivir hacinado en tu celda". entonces cogió una de las sillas, que había en la parte más oscura de la habitación, y sentándose junto a mí, y mirándome como si fuese alguien que esta a punto de convertirse a una religión minoritaria, me respondió: - " soy preso de esta habitación. Mi padre me encerró desde pequeño, y todavía estoy esperando que me levanté el castigo. En cierta ocasión, cuando contaba con apenas dieciséis años le pregunté, si tenía derecho a emanciparme de él, si podía hablar con las jovencitas de mi curso escolar, si podía elegir los estudios que creyese más oportunos, y si podía dar mi opinión antes de decidir siempre por mí. Se enfadó mucho, estábamos sentados mi madre, mi padre y yo, a lo largo de una mesa para banquetes, mientras el criado escanciaba el vino a mi madre. Mi madre en ningún momento dijo nada. Simplemente miró con cara de satisfacción y orgullo a mi padre, esperando la respuesta del pater familias. Entonces mi padre me dijo que estaba castigado durante el resto de mi vida, y que me condenaba él mismo a no crecer, porque en caso de que lo hiciera me convertiría en un maleante y un apestoso gandul. Decía que se avergonzaba de mi, y que a pesar de que era su único vástago, era una deshonra, y que a pesar de lo grato de mi nacimiento hacía dieciséis años, me hubiese dado en adopción si hubiese predicho mi incapacidad para satisfacer sus deseos y la honra de su familia en todos los sentidos. No obstante, ya era tarde para tomar esa decisión, y tenía que ocuparse de mí, porque así se lo exigían las autoridades. Me dijo que solo tendría derecho a asistir al colegio hasta que hubiese completado mi educación a los dieciocho años. Después me quedaría encerrado para siempre, en estas galerías subterráneas. Me dijo que me condenaba de por vida, a pasar mis días aquí. Me recomendó que cogiese los muebles y los utensilios que considerase más oportunos de mi antigua habitación. Siempre que salgo de mi cuarto, temo que algún día vuelva de América de improviso, y me encuentré fuera de mi habitación desobedeciendo sus paternales preceptos. Entonces seguro que me ataría a la cama, y me moriría de hambre atado en la cama, porque no creo que se molestase en pagar a un sirviente, para que atendiese mis necesidades diarias. Se que constantemente estoy incumpliendo sus normas y me arrepiento de ello. Se que si no cumplo con sus expectativas, estaré condenado a una muerte atroz. Despedí a todos los criados, para que ninguno de ellos, pudiese explicar mi descarriado comportamiento. Tan solo pude confiar en un sirviente, que es el que me proporciona mi sustento cada año. Pero mi padre tal vez ya tiene conciencia de mi desobediencia porque se habrá informado, gracias a la confidencia de alguno de mis antiguos sirvientes a los que despedí". Me sorprendió que me hiciese una confesión de tales dimensiones, pues una buena parte del misterio de su sobrenatural padecimiento había quedado solucionado. No quise que fuese más explícito, porque su esfuerzo en narrarme los motivos de su desdicha, eran notorios. Entonces le pregunté de un modo intempestivo: - ¿te sabe mal, que duerma durante un rato por favor?, no es necesario que sea en tu cama, porque es exclusivamente tuya. Puedo dormir en el suelo. Me situaré en la parte más sombreada de la habitación, donde no alcanza la luz de la vela. No quiero molestarte con mi presencia, si he de ausentarme durante un rato de tus temores crónicos. Si sientes que tu mal se agudiza, haz el favor de despertarme, e intentaré ayudarte en la medida que sea posible". Entonces sus ojos empezaron a navegar a la deriva alrededor de toda la habitación, su respirar era hondo y solemne, sus facciones perdieron los lejanos vestigios de cordura que todavía le quedaban. Con un gesto frenético y exacerbado se levantó de la silla. Se arrodilló delante mío, puso sus manos en sus rodillas e inclinó todo su cuerpo hacía delante, en una actitud pordiosera y servil de la cual no había sido testigo jamás. Ocultó su cara en el suelo, como si le diese miedo dar a entender, que era él mismo quien estaba hablando. Tras varios segundos congelados en mi recuerdo, habló: - "soy como un muñeco de arena, vulnerable a cualquier corriente de aire. Para preservar mi debilidad connatural, siempre he tenido una caja que cubría toda mi figura. Hace muy poco que perdí esta caja, y estoy absolutamente desnudo ante el mundo. Me sorprende que todavía no me haya derribado la más leve y silenciosa de las brisas. No te duermas, porque en cualquier momento puedo morir, sin percibir ningún síntoma premonitorio. Puede que no me de tiempo ni de emitir el más leve gemido. Si te duermes, puedo enfermar mucho más de lo que estoy, y cualquier cambio por muy leve que sea en mi interior, puede provocar la más infame de las desgracias. Pero sobretodo no salgas fuera, porque si te descubriera mi padre, las consecuencias podrían ser nefastas. Tengo estrictamente prohibido convidar a cualquier extraño. Mi padre no me lo perdonaría, y aunque a ti te trataría con fraternidad, a mi me diría los días o incluso las horas que me quedan de vida". Entonces comprendí que éramos como dos notas de la misma guitarra. Nuestra existencia solo tenía sentido si éramos tocados por las manos del destino, en un determinado intervalo de tiempo entre nota y nota, para componer arte o miseria moral. Procuré confraternizar en la medida que fuera posible, con mi compañero de cuarto. Entonces le pregunté: - estoy dispuesto a quedarme contigo, el tiempo que sea necesario. ¿Pero dime cuanto crees que será necesario? Su respuesta fue lacónica: -"en cuanto vuelva la luz a esta casa. Cuando las tinieblas desaparezcan, significará que me he derrumbado, santiago Nicolás, cuando salgas de aquí en escasas horas a lo sumo, no necesitarás ni de guía ni de vela". Su voz sonaba firme y serena, como si lo único que quedase de noble y de justo, en aquellas galerías subterráneas, fuese su voz. De repente, escuche unas voces apagadas que podían oírse detrás de los muros. Parecía que se tratase de dos personas que discutían. No podía entender el significado de sus palabras, solamente la rudeza de su tono de voz. Por alguna razón extraña su voz me resultaba familiar. Parecía que se tratase de una experiencia que hubiese vivido con anterioridad. Entonces decidí interrogar al anfitrión acerca de aquella ilusión auditiva, y esta fue su mortificante respuesta: - "somos nosotros que estamos discutiendo, ¿es que acaso no eres capaz de reconocer tu propia voz?". No sabía que sensación era más angustiosa: tal vez fuera la de sentir algo que no tiene correspondencia alguna con las leyes más elementales de mi experiencia, o la desconcertante respuesta de mi carcelero. Apenas tuve tiempo de reaccionar. El anfitrión estaba tumbado en la cama, y yo sentado en la silla, como de costumbre. Entonces las leyes del tiempo y del espacio dejaron de aplicarse por un instante, en las entrañas de aquella sórdida habitación. Cuando estaba reflexionando acerca del parabólico significado de aquellas supuestas alucinaciones, sentí de repente, una angosta opresión en el cuello. En menos de una décima de segundo, estaba tendido en el suelo, y el anfitrión, me estrujaba del cuello con contundencia. De hecho estaba intentando estrangularme. Intenté liberarme, pero sus robustos brazos, y el enorme peso que caía sobre mi cuerpo, negaban toda posibilidad de resistencia. Sus ojos asesinos, me miraban con la despiadada retórica de un criminal. Por primera vez en mi vida, pude observar, una lucidez inaudita, en la expresión de su rostro mientras me estrangulaba. Poco antes de perder el conocimiento, sus brazos dejaron de oprimirme, e intentó de dejar de ser mi verdugo, para convertirse en mi salvador. No tenía fuerzas para hablar, ni para pensar en lo extraordinario de mi siniestro estrangulamiento, solamente podía respirar con fuerza. El anfitrión utilizo todos los recursos que estaban a su alcance, para poder reanimarme. Cuando sentía que iba recobrando fuerzas, le pregunté, cuál eran los motivos que le habían inducido para intentar asesinarme, y como no me había dado cuenta, que una feroz batalla se había desatado entre nosotros. Entonces me dijo: -"no recuerdo muy bien el motivo de nuestra disputa. Solamente sé que decías que escuchabas voces detrás de la pared. De todas maneras, no te preocupes santiago Nicolás, no somos nosotros quienes hemos enloquecido, solo son los infames recuerdos que vagan a nuestro alrededor los causantes de estos irregulares acontecimientos". Entonces supe que la locura no existe, lo único que puede tener valor durante el desarrollo de nuestra existencia y de nuestras percepciones, es nuestra voluntad. No existe distorsión posible de la realidad, simplemente se habla de ella desde infinidad de perspectivas y voliciones. Quise hacer una propuesta al anfitrión. Estaba seguro que no podía negarse, porque dado el contratiempo que había sufrido nuestra amistad, debido a causas ajenas a nuestra comprensión, había que reparar el puente que unía nuestros dos mundos. Había algunas grietas y algunos desperfectos, pero la arquitectura tenía que permanecer intacta. La idea inteligible de nuestra amistad había de permanecer eternamente idéntica. Mi propuesta fue la siguiente: - "vamos a dar vueltas sin cesar alrededor de esta habitación. Iremos siempre en sentido contrario. Cada vez que nos encontremos habremos de decir una palabra al azar. La dinámica del juego consiste en lo siguiente: siempre coincidirá uno que esta en la penumbra y otro que esta alumbrado por la luz. Cuando vengas de la penumbra y nos encontremos en el centro de la cámara, tendrás que decir una palabra desagradable, o que cause en ti una emoción nauseabunda. Cuando estés en la luz y te dirijas hacía el centro, tendrás que decir una palabra bella o algún sentimiento perdido. Si necesitas tiempo para pensar, hazme una señal, y aguardaré pacientemente, en el otro extremo de la sala. No necesariamente puede ser una palabra, podría ser incluso una frase. Este juego nos ayudará a mantenernos en vigilia y a unir todas las lejanas ideas que tenemos en común". El juego se inauguró sin demoras. El anfitrión se situó en la parte oscura y yo me situé en la parte donde residía una luz tenue. Estuvimos escasos segundos meditando en silencio y caminamos para encontrarnos en el centro de la sala. Yo dije: - "el mundo esta lleno de luz". Mi contrincante dialéctico dijo: - "la luz solo es pintura, detrás de la luz solamente existe un cuadro vacío". En el siguiente turno yo dije: -" he visto una sombra que me ha asustado", mi contrincante dialéctico dijo: "las sombras son almas dormidas y apacibles". En el siguiente turno yo dije: - "nuestras almas son como pájaros mitológicos que vuelan hasta el diáfano sol", mi contrincante dialéctico respondió: - "nunca hemos dicho nada, somos mesas que piensan en conjuros imposibles, el sol miente como un bellaco". En el siguiente turno yo dije: - "la oscuridad es un instante eterno". Mi adversario dialéctico respondió: - "he visto como es el tiempo, y te aseguro que no es un reloj". En aquellos precisos instantes, decidimos por mutuo acuerdo que el juego había llegado a su fin. Habíamos hecho sin darnos cuenta un riguroso mapa de nuestro lenguaje. El anfitrión volvió a la cama y estaba muy cansado. Me dijo que a pesar del temor que sentía por morir sin percatarse de ello, estaba tan exhausto, que había de dormir. Me concedió un beneplácito, dándome la oportunidad de poder dormir. A pesar de que llevaba entre uno y tres días sin dormir, y que tenía las pupilas absolutamente dilatadas, me reservé esa grata oportunidad hasta más tarde. No obstante hicimos un pacto. El primero que se despertase de su letargo, tenía la obligación de avisar al otro. A pesar de que no anunciase que había de dormirme (pues en caso contrario mentiría), estaba cumpliendo con mi compromiso de velar por la seguridad de mi compañero. Estaba tumbado en el suelo, en el lado izquierdo de la cama, pues de esta manera, cuando alguien se despertase podría ver al otro con claridad. Al cabo de poco tiempo, el anfitrión se durmió. De su respirar hondo y su expresión absolutamente rígida como si de una estatua se tratase, deduje que hacía muchos meses e incluso más de un año, que no había tenido la oportunidad de dormir. Tal vez su insincero temor a la muerte, habría sido una de las causas que lo habían motivado para permanecer en vigilia. Alrededor de media hora permaneció con una expresión en estado cadavérico. No obstante, debido a que respiraba con profundidad, supe que todavía estaba con vida. De repente empezó a tiritar, y a padecer exacerbadas convulsiones. Su frente estaba bañada de un sudor sucio, y no dejaba de mover las articulaciones, pasando de un lado de la cama a otro, y haciendo gala de las más variopintas posturas. Entonces habló, aunque con una voz tan desconocida que parecía que no era la suya. Su voz era muy grave, pero en esta interpretación de su lenguaje sumergido en sus sueños negros, parecía muy aguda, como si fuese la que tenía en la niñez, o en la pubertad en su primera fase. Parecía que mantenía un dialogo ficticio con un personaje imaginario. Aunque lógicamente no podía escuchar sus palabras, aunque si su nombre que no era nada convencional. Estos son algunos de los restos de sus delirios que han conservado mis recuerdos: - " Asor, hoy el cielo esta muy pálido, no quiere decirme nada, y tú callas como él. El mundo nunca ha querido decirme nada, y tú te ocultas en el mismo mundo, porque quieres formar parte de él. Asor, nunca he buscado nada en el mundo, porque tú y el mundo sois una misma cosa, por eso cuando te odio a ti, odio al mundo y cuando odio al mundo, te odio a ti. Asor, hoy te he visto mientras paseaba solo en el bosque, y solo he podido ver a una estatua que devoraba todos los rayos de luna, absorbiendo todos los sueños del pasado y del futuro. Solo he podido ver a una estatua, que existía mucho antes de que el mundo hubiera nacido espontáneamente hace miles de años. Parecía que siempre hubieras estado allí, aunque solo hubiera podido verte una vez en aquel lugar. Siempre estarás en aquel banco, y tu congelada imagen permanecerá siempre en mi memoria. Se que hubiese sido estúpido saludar a una estatua, por esta razón continué mi camino a lo largo de los claros de aquel bosque. Había un ave carroñera posada en tu hombro, que me miraba por ti. Era un ave infame y colosal, pero preferías su compañía a la mía. Sus prodigiosos ojos, tenían tal mimetismo con una condena ciega y prematura, y una vitalidad tan arrogante, que hubiera querido que hubiese sobrevolado desde tu hombro, para dejarme el cuerpo lleno de picotazos. Hubiese deseado con mayor tesón que la estatua hubiese cobrado vida, y que me hubiese derrumbado con un soplo de aire frío. No obstante voy a buscarte estatua, vengo a que paralices todos mis sentidos y todas mis emociones con tu soplo de aire frío, asor el mundo cada vez es más grande y mis deseos son cada vez más pequeños". Dichas estas palabras, que no sabía si provenían de su interioridad desolada, o de su comunión con el dolor del mundo, se levantó y fui testigo de su sonambulismo. Caminaba como un alma penitente, como un muerto que se ha levantado de su tumba. Se quedó un instante paralizado en la puerta, y yo la abrí en silencio para que no pudiera despertarse. No sabía donde había de pasear con su sueño, pero sabía que se dirigía hacía donde le dictaba su moribunda voluntad. Caminaba muy despacio, a lo largo de aquel pasillo estrecho que conducía a las escaleras desde donde habíamos descendido a las galerías subterráneas. Me llevé la vela de la habitación para que nos guiase en el camino. En todo momento intenté, quitarle todos los obstáculos que había a su paso, para que no despertase, y no sintiese mala conciencia por su conducta inconsciente, y además me reprochase, mi pusilánime actitud, al permitirle aquel peligroso paseo en lo más hondo de su alma. Caminaba agachado, como si en su sueño supiese con precisión donde estaba caminando. Llegamos a las escaleras, y las subió paso a paso, con una precisión milimétrica. Parecía como si guardase un minucioso mapa en su mente de todos los sitios por los que circulábamos. Marcaba los pasos en el suelo con contundencia, sus articulaciones estaban rígidas como una roca. Tras subir las escaleras (reitero que me causó una extraña impresión su memoria táctil), llegamos a uno de los pasillos de los cuales habíamos partido. Tenía la necesidad de que me condujese más allá de las fronteras de la mansión, porque hacía mucho tiempo que ignoraba si era de día o de noche. En esta ocasión la vela me fue de gran ayuda y pude ver con claridad todas las cámaras por las que habíamos pasado antes. Todas las puertas estaban selladas, pues había muchos cerrojos en cada una de las puertas. El suelo era de mármol y del techo pendían varias lámparas ornamentadas con diamantes, colgadas con un fino hilo de acero. Las paredes estaban pintadas de negro oscuro. Algunas puertas eran rectángulos perfectos y otras tenían forma de semicírculo. La separación entre las puertas era homogénea, y entre puerta y puerta había colgado un cuadro distinto. Eran retratos ordenados en orden cronológico. La firma del pintor era distinta según la época, pues se trataba de todos sus antepasados. La dinastía se extendía hasta cuatro siglos atrás. En cada retrato había una placa que indicaba la fecha de nacimiento y la fecha de defunción. Los cuadros eran asombrosamente realistas, y todos sus familiares arcaicos habían sido retratados en la misma sala. Tal vez estuviese en la mansión, pero no había tenido la oportunidad de contemplarla. Contemplé que el apellido del pintor no variaba nunca, por lo que juzgue que su trabajo generacional era heredado. Las vestimentas de todos sus familiares desaparecidos cambiaban con la época, pero lo que permanecía inalterable, era que todos posaban con el mismo sombrero. Todos habían sido retratados a la edad de 30 años (y si habían muerto más jóvenes había un retrato suyo que el pintor había hecho para prevenir cuando eran niños). En el día de su cumpleaños. Lo deduje comparando su fecha de nacimiento, y la fecha en que el pintor firmaba el cuadro. El fondo siempre era muy oscuro, y el arte del pintor no cambiaba con los años, pues estaban obligados a mantener la tradición en lo que respecta al estilo. Detrás de las puertas probablemente había salas de estudio, o de ocio, o tal vez eran bibliotecas especializadas en alguna disciplina en particular. De todos modos fuese cual fuese su secreto, su aspecto era tan rocambolesco, que parecían las distintas habitaciones de un hospital abandonado. Después corroboré mi hipótesis de que verdaderamente eran áreas de estudio o de ocio, cuando observé tras llegar al tercer pasillo, algunos rótulos que habían caído al suelo. El anfitrión continuaba caminando sin demostrar ninguna emoción, como si su sueño fuese tan profundo que pareciese un muerto andante. Seguía inconscientemente la luz de mi vela, como si fuese el último claro de luz de su alma oscura, y no hizo falta en ningún momento que le allanase el camino. Tras llegar al último de los pasillos antes de entrar a la sala principal de la mansión, que se encontraba justo en mi punto de partida cuando adquirí por primera vez conocimiento de ella, llegamos a los tres últimos cuadros. Su madre era rubia y con la expresión melancólica, su mirada no era muy profunda pero daba a entender de una manera muy borrosa las tribulaciones de toda su familia. Era en aquel retrato una joven hermosa y lozana. Tenía las facciones armoniosas, la nariz chata y la piel clara. No tenía los labios muy pronunciados, la frente no era ni muy amplia ni muy estrecha. Llevaba los cabellos largos y rizados, aunque no se podían apreciar con demasiada claridad debido al sombrero que lucía. Estaba inscrita su fecha de nacimiento pero no la de su defunción, y tenía en aquellos momentos cerca de 60 años. El padre tenía la expresión muy serena, con porte autoritario, y con una voluntad dictatorial descomunal. Parecía que hubiese de sublevar a todas las naciones, bajo una única ideología, con el colosal poder de su mirada. Parecía invulnerable a los años y a las pesadas cadenas de la edad, como si se pudiese prevenir en aquel retrato de juventud, que hubiese de mantenerse joven por el resto de los siglos. Su mirada bélica, y sus groseras facciones varoniles, otorgaban un poder extraordinario, a su inmortal persona. Tenía la misma edad que su esposa. En último lugar había el retrato del anfitrión. Tenía un aspecto idéntico a aquella persona que conocí entre uno y tres días atrás. Por lo que deduje que su retrato era muy reciente. El cuadro todavía olía a pintura fresca por lo que corroboraba con creces mi hipótesis. Sin embargo observé que su fecha de defunción estaba inscrita en el cuadro: El 26 de diciembre de aquel mismo año. El anfitrión se detuvo por un momento en la imagen de su padre, e hizo una respetuosa genuflexión. Parecía como si fuese absolutamente consciente de sus actos, y que estuviese fingiendo su sonambulismo. Pero su mirada mortuoria sin reflejar expresión, ni volición ninguna, transparentaban su peregrinaje espiritual en el mundo onírico. Se detuvo en su retrato por un instante, pero debido al cumplimiento a rajatabla de sus paseos ceremoniales, parecía que no fuese consciente de la fecha que estaba inscrita, en el margen inferior del cuadro. Después de atravesar aquellos amplios pasillos, en donde se encontraba un sumergido museo de arte, llegamos al salón principal. Había una mesa inmensa de forma cuadrangular, en donde se había celebrado mucho tiempo atrás un banquete. Los platos no estaban recogidos, y algunos vasos de vino estaban a medias. La comida estaba desaparecida, pero todavía podían apreciarse algunos desechos. Los gatos y los insectos habrían dado cuenta de aquellos suculentos manjares. Abrí varias cortinas, para que entrara la luz del mundo, pues hacía mucho tiempo, que no sabía si era de día o de noche. Comprobé que se trataba de una noche cerrada, y con un vapor rosáceo que podía apreciarse en la cúpula del cielo. Parecía una señal que nos hacía el cielo, para que abandonásemos precipitadamente aquella mansión. Mientras tanto el anfitrión se sentó en el extremo de la mesa, reservada a un invitado muy importante, o en algunas ocasiones al mismísimo anfitrión. Normalmente era el sitio donde se sentaba el cabeza de familia, o aquel que presidía la mesa. Sus pasos hasta allí me aterrorizaron, pues caminaba como un autómata compulsivo y a un mismo tiempo con la solemnidad de una aparición espectral. Temí que tropezase con algo, pero a pesar de estar dormido conocía el terreno mucho mejor que yo. Tras sentarse habló como si creyese que hubiese mucha gente allí reunida. Estas fueron sus palabras: - "mi padre no podrá atenderles a ustedes debido a que emigró a América para instalarse a vivir allí. Ruego disculpen mi intromisión, puesto que no soy una persona tan respetable como mi padre, y no me creo digno de ocupar este sitio, que solo esta reservado para él. Se que no soy tan eficiente como mi padre, para atender sus consultas comerciales, pero debido a que soy el único representante de la familia aquí presente, debo ocupar la presidencia de la mesa muy a pesar mío. Debido a mi ignorancia, y a mi carencia de instinto comercial, debo de nombrar a un presidente que regente la amplia expansión del negocio familiar. Me gustaría que estuviese mi padre para aconsejarme, pero desgraciadamente no es así, ruego disculpen porque me he de ausentar para tomar una decisión definitiva, cuando vuelva, nombraré a alguno de ustedes presidente. Además tengo que atender otros asuntos de carácter privado. Mientras tanto sírvanse vino, y si desean algo, pidanselo a mi sirviente, que se lo proporcionará al acto". Después se levantó de la mesa, para abrir una de las puertas que conducían al jardín. Comprobé que su sueño no era tan profundo como creía, por lo que intenté seguirlo con discreción, para evitar que se despertase de su letargo. Salí detrás de él con disimulo. Se dirigía hacía la fuente, como si quisiese bañarse en ella. Desconocía el significado oculto de sus actos, pues en cualquier momento podía sorprenderme con algún insólito descubrimiento. Parecía como si su sueño siguiese un meticuloso plan, como si sus actos fuesen una idea preconcebida en los abismos de su inverosímil enfermedad. Llegó hasta la fuente, y se arrodilló en su orilla. Temí que en cualquier momento pudiese tocar el agua con las manos y despertarse. De hecho palpó el agua con las manos, mientras un ave enferma bebía agua muy cerca suyo. Parecía como si se estuviese encomendando a alguien, como si el tocar aquel agua pudiese tener un significado especial. Entonces bajo el amparo de aquella noche gélida y enlutada, con aquella suave y mortificante brisa como compañera de aterradores pesares pronuncio el siguiente discurso ceremonial: - "la luz de las estrellas baña a esta aguas de maliciosas conspiraciones y de lejanos temores que nunca pueden extinguirse. La soledad siempre ha regentado mi pensamiento en ruinas, y cada vez que veo los insidiosos auspicios de mi vida demacrada en estas putrefactas aguas, un presentimiento vil y arcaico se despierta en los rincones más alejados del mundo. Esta fuente esta maldita porque carece de estaciones, parece como si en un día lejano hubiese caído un pensamiento avasallador, para quedarse eternamente dormido en estas aguas. Todas las disfuncionalidades de mi familia, tienen su historia en el pálido reflejo de estas aguas. No me cabe ninguna duda al respecto. En el interior de esta fuente no transcurren ni los días ni las horas". Acto seguido, continuo caminando en línea recta en dirección a la cima del peñasco. Se dirigió hacía los cipreses y los sorteó, como si la ubicación de cada ciprés estuviese grabada con fuego en su memoria. Empezó a silbar y una espesa niebla fue a buscarlo. Podía seguirlo a unos pocos pasos, pero solo podía ver la confusa silueta de un hombre desaparecido en su propio sueño. Caminaba con tanta solemnidad, que incluso podía sentir los latidos de su corazón. Cada silbido parecía que evocase algún antiguo recuerdo abandonado, que había quedado desterrado en lo más hondo de su ser. Parecía como si la gélida brisa que lo perseguía, le diese inspiración para silbar de una manera tenebrosa. Dejó atrás a los cipreses, y pude ver a una marioneta enferma que se acercaba cada vez más al precipicio. Alguna de las malezas, le había clavado algún pincho, pero aparentaba serenidad e inmutabilidad. Poco después se acercaba peligrosamente hacía el precipicio. Temía que si gritase y despertase en aquel lugar con su sueño interrumpido, las consecuencias podían ser nefastas para su precaria salud emocional. En cambio si dejase que caminase a la deriva podía precipitarse a un abismo, del cual nunca podría despertarse. Tanto su caída como su despertar en aquel sueño, podrían resultar igual de nocivos. Tuve confianza en que conocería la escala de garguño tan bien como todas las estancias, los muebles y el jardín de su mansión. No cabía esperar en aquel hombre una actitud suicida, porque le apasionaba el dolor, y el hecho de dejar de sufrir hubiese sido un temor más grande que la misma muerte. Era un suicida romántico, pues toda su vida es un suicidio, pues un momento en particular no es suficiente para juzgar todos los días y todas las noches de un hombre. Tuve confianza en él y supe que un grito descarriado no era lo que aquel hombre angustiado necesitaba. Por suerte pude ver que se agarraba a un peldaño de la escalera, milésimas de segundo antes que gritase como un condenado para prevenirle de un peligro inexistente. No obstante corrí para estar muy cerca de él, mientras bajaba la escalera. Mientras bajábamos la escalera, sentí el sonido de un relámpago en el cielo. Me asombré de que era exactamente el mismo relámpago del que había sido testigo en el momento de adentrarme en el interior de aquella mansión. Su sonido era igual, y la línea eléctrica que se dibujo en el cielo era exactamente la misma. Se me ocurrió la siguiente interpretación: - "cada vez que alguien entra o sale de la mansión un antiguo sueño obsceno vuelve a despertarse". Tras bajar las escaleras, caminamos a lo largo de la orilla de aquella playa. Tras mirar aquella mansión, sentí que había empequeñecido. Es como si nos subiésemos a una silla viésemos el mundo muy pequeño, pero cuando bajáramos de ella, toda recobrará la normalidad. Caminamos a lo largo de aquella arena, que tenía el color de la arena del desierto. Había un intenso oleaje, y caminábamos alejados de la orilla, para que no nos sorprendiese alguna ola descomunal. Mi amigo se alejaba, progresivamente de la arena, como si le causase pavor caminar a la orilla del mar. Se dirigió hacía el camino pavimentado, que había en el otro extremo, donde nacía la tierra civilizada, más allá de la playa. Caminamos a lo largo de aquel paseo marítimo durante unos diez minutos. Su serenidad empezó a perder todos sus matices, se sentía débil, y caminaba cada vez con menor motivación. Volvía a sentir frío, pues había salido abrigado tan solo con un albornoz. No se si estaría padeciendo alguna inspiración poética, pero parecía que empezase a adquirir conciencia del frío que hacía. Aquel sonámbulo había visto desde los barrotes de su celda, que el mundo era inmenso. Entonces empezó a gritar con angustia: - "¿donde estas estatua maldita?, ven a narrarme los conjuros más pérfidos de ultratumba. ¿Donde estas estatua maldita?, dime donde vive la noche. ¿Donde estas estatua maldita?, dime cuantos oscuros sueños hacen falta para encontrarte. ¿Donde estas estatua maldita?, dime como se encuentran las asfixiantes palabras que un día pronuncie. ¿Donde estas estatua maldita? Dime como se llama aquel que ahora mismo te esta buscando. ¿Donde estas estatua maldita? Dime que no estas aquí porque estoy cansado de buscarte". Mientras pronunciaba estas palabras carentes de sentido, no cesaba de dar vueltas alrededor de un círculo imaginario. Poco después vi a una muchacha con una expresión flemática, que caminaba en aquellos lugares, con la misma parsimonia que lo hiciera en cualquier otro lugar del mundo. Cuando vio al sonámbulo se echó a reír. Parecía que hubiese visto al más indigno de los hombres haciendo gala del más intempestivo de los recitales poéticos. Reía con ironía y se acercó para despertarle, y para proporcionarle el soplo de aire frío que tanto creía necesitar. Impedí su grotesco cometido, interponiéndome entre su mano, y la espalda del anfitrión. Mientras tanto el sonámbulo continuaba buscando, y suplicando que alguien hiciese el favor de asesinarle allí mismo, porque estaba cansado de buscar el nauseabundo aroma de una flor enlutada. Se fue paseo abajo, mientras me quedé conversando con la estatua para impedir sus viles propósitos. Ella me dijo: - "conozco los asustados ojos de este hombre y quiero verlos abiertos, no me importa darle lo que desea. Solo ha nacido para vivir esta noche. Allá en el cielo se oculta su fétido perfume poético, pero no es necesario que peregrine con la mente tan lejos para conseguir sus propósitos, aquí mismo en tierra, se pueden pronunciar palabras desnudas que pueden vaciar todo su ser. Ese sonámbulo debe de despertar, tiene que enfrentarse al mundo, tiene que vivir su sacra alegoría hasta sus últimas consecuencias. No necesito mi ave carroñera para que sienta rubor por su sueño desnudo, me basto por mi misma para satisfacer sus frívolas exigencias. Todavía no sabe con certeza que soy una estatua eterna, tengo que mostrárselo, sin rubor ni arrepentimiento alguno. Este hombre es un traidor de su causa, porque en un momento inconsciente quiso enfrentarse al mundo. No sabe que vendió su alma al más herido de los sentimientos, no sabe que vendió su alma al más corrupto de los paraísos, no sabe que vendió su alma al más insano de los espejismos. Deja que sople a este muñeco de arena, y que pueda esparcir todos sus granos de arena en el mar, porque sabe que el mar es su último viaje, porque sabe que en el mar esta todo y a un mismo tiempo no hay nada, santiago Nicolás deja que de el último toque de gracia a esta bestia malherida". Entonces una ráfaga de viento lejana viajó de tierras extranjeras para acariciar su rostro, para demostrar que tenía razón. Su rostro brillaba a aquellas horas intempestivas, como si estuviese iluminado por luz de ceniza. Su sombra era inmensa, y se extendía hasta aquellos grisáceos arenales, e incluso mar adentro, pues en su interior estaban atrapadas infinidades de almas penitentes. Yo le respondí: - "huye muy lejos, porque sabes que solo puedes vivir en las noches ajenas, de aquí a poco el sol se esbozará en el horizonte, y tus desquiciados pensamientos, no tendrán lugar para refugiarse. Huye lejos, porque en breve empezarán a manifestarse las primeras claras del día. Huye lejos, a las antípodas del planeta, porque allí empieza a anochecer en estos precisos instantes. Solo te podrás salvar, si huyes allá donde todavía no ha nacido el sol". La estatua maldita se alejó porque al ver que el sonámbulo tenía un guardián, no sería una presa tan fácil, como hubiese creído en un principio. Se fue en dirección opuesta a nosotros, aunque no quise plantearme adonde. Me fui a buscar al sonámbulo, que todavía seguía jugando en su ilustre círculo de llamas ardientes. Hablaba en voz baja, como si temiese que alguien pudiese escuchar sus delirios silenciosos. Aquella noche cerrada lo iluminaba otorgándole su autentico rostro: "el de la soledad". Por casualidad me encontré una flauta en el suelo, estaba seguro que había de ser un instrumento estético adecuado para poder domesticar a aquella máquina de la soledad. Bajo el influjo de aquella música mortuoria, que componían mis labios al azar, pude acompañar aquel preso a su celda sin excesivas preocupaciones. Al subir por aquella escalera, volví a escuchar el relámpago con la misma intensidad que en las anteriores ocasiones. No se detuvo para rezar a la fuente, ni para conversar con contertulianos imaginarios, y se fue directamente a su habitación (sin hacer una genuflexión en el retrato de su progenitor). Se tumbó en su cama, y permaneció casi un día entero durmiendo plácidamente. Parecía que su sueño en el pasado había vuelto sano. Decidí dormirme, al comprobar que el estado del enfermo era satisfactorio. Estaba seguro que cuando despertase, saldría de su habitación, y todos sus antiguos dolores encontrarían la más digna de las redenciones. Entonces abriría todas las puertas que estaban selladas y se reconciliaría con su infancia perdida. Si su padre algún día volviese sabría enfrentarse a él. Correría todas las cortinas, y la luz diurna dejaría de afectar a sus infundados temores. Varias horas después desperté, en medio de aquella penumbra, como si el paseo noctámbulo de aquel sonámbulo hubiese sido un sueño. Tenía mucha hambre, entonces percibí que mi reloj cronológico estaba perdiendo sus raíces con aquellos lugares. Aquella oscuridad ya no afectaba a la parte más primaria y constitutiva de mí ser. El anfitrión se despertó en armonía consigo mismo. Se encontraba sano, y decidimos por mutuo acuerdo, acudir a la bodega para adquirir algunos víveres. Un rato después estábamos devorando en una bandeja todo aquello que nos habíamos servido. El anfitrión decidió que era la hora de levantar su luto, y encendió varias velas que había en la bodega, para que la iluminación de la habitación, fuese mismamente civilizada. Entonces presté atención a las fotos de paisajes, que no había podido ver con claridad durante nuestro cautiverio oscuro. Eran en su mayoría paisajes de montañas nevadas o de solitarios parajes bucólicos. Le pregunté si alguna vez había estado allí, pero me respondió tajantemente que no. entonces el enfermo que se encontraba en apariencia absolutamente reestablecido de su oscura enfermedad, me invitó a dar un paseo en sus jardines. No puse objeción alguna, puesto que necesitaba abandonar aquella lúgubre estancia lo antes posible. Por alguna razón de carácter sobrenatural, quien habitaba aquella cámara durante algunas horas, se sentía atraído por el influjo de un severo magnetismo psíquico, y perdía la noción del tiempo siendo partícipe de un sueño de un alma que no tiene forma, ni tamaño, ni nombre. Cuando paseábamos por aquel sumergido museo del arte, temí que mi amigo viese la fatal fecha inscrita en su retrato. Intenté despistarlo del mensaje constituyente de aquella maldición, preguntándole si conocía algún otro atajo que nos llevase al jardín, o simplemente que me enseñase algún secreto que no conocía de su mansión. Se negó rotundamente porque tenía la inminente necesidad de respirar aire fresco, y no existía ningún otro atajo que nos condujese al jardín. Me dijo que existían algunos pasadizos secretos, pero eran un secreto familiar, y no podía mostrármelos aunque fuese el más ilustre de los huéspedes. Mi única esperanza tras cruzar los dos primeros pasillos, era nublarle la vista bajo cualquier precepto, en el momento en que cruzásemos aquel temido cuadro. A pesar de que sabía que aquella amenaza invisible, constituía un indicio de su ineludible extinción, no quise creer en supersticiones. Intenté fijar su atención en la peculiar ubicación de su mansión, pues se hallaba en parajes desolados y era de muy difícil acceso para el denominador común de la civilización. Parecía que buscase con insistencia su cuadro, a pesar de que conocía con certeza donde se encontraba. Mis palabras vacuas sonaron en sus oídos, como un ruido cotidiano que carece de importancia. Cuando llegamos al temible lugar, fingí ciertas preocupaciones para que prestase atención a otros asuntos. Sin embargo, parecía que sabía perfectamente cuál era su destino, y comprendí que todos mis esfuerzos eran estériles. Miraba con detenimiento todos los cuadros, a pesar de que llevaban décadas colocados en el mismo lugar. Finalmente vio a pesar de todas mis argucias retóricas la temible fecha. Entonces comprendí que caminar con una vela en aquellos pasillos resultaba absolutamente anacrónico. Se arrodilló ante su imagen y pronunció una oración rindiendo culto a un dios desaparecido: - "sé que nunca he sido digno de mi nombre y mis apellidos, sé que siempre he sido un muñeco de arena en ruinas, pero no puedo derrumbarme porque mi destino así me lo exija". Intenté calmarlo diciendo que probablemente algún sirviente receloso y despiadado a quien habría despedido, habría querido vengarse con esta malévola fechoría. Me dijo que la autoría de aquellos números borrosos y misteriosos, pertenecía a una entidad sobrenatural, a algún adivino cósmico, a algún profeta errante, a una parte del futuro que ya existe sin que seamos conscientes. No dejé que el anfitrión ahondase demasiado en sus reflexiones bohemias y paralizantes, y lo conduje hasta la fuente, para alejarlo, en la medida de lo posible de su sueño terrorífico. Antes de eso, recogimos la mesa, que ya hacía muchos años, que había estado descuidada. Llevamos los platos a la cocina que se encontraban cerca del retrato de uno de sus primeros antepasados conocidos. Había sido un clérigo 200 años antes, y recaptador de impuestos de los agricultores de la zona. Llevaba un cayado y una túnica negra y bordada con exquisita seda. Me comentó que había sido su antepasado más longevo, alcanzando los 93 años de edad. Tuvo dos hijos bastardos a quienes abandonó en la puerta de un convento. El resto de su vida, estuvo enclaustrado en un monasterio meditando acerca de sus pecados. Escribió varios comentarios a la summa teológica, aunque sus autores predilectos era san agustín y san pablo, cuya biografía guardaban cierto paralelismo con la suya. Murió repentinamente tras sufrir una breve enfermedad común a la inmensa mayoría de sus antepasados: la locura. Me explicó que la locura de todos sus antepasados era idéntica, y que sus manifestaciones no entendían de épocas y costumbres. Sin embargo no entendía como su agonía era tan intensa en las emociones y tan extensa en el tiempo. La mayoría de sus antepasados habían muerto de una manera fugaz y fulminante, tras padecer los primeros síntomas de la enfermedad. Tras lavar todos los platos y cubiertos, y limpiar la mesa de toda la inmundicia acumulada durante el transcurso de los años, peregrinamos a la fuente del jardín. Fue entonces cuando me hizo una terrible confesión: - "ayer, tuve un sueño mediocre y degradante, parecía tan real como si lo hubiese experimentado. Soñé que me encontraba fuera de la mansión, tras salir de ella acompañado por ti, santiago Nicolás. Parecía que no fuese consciente de mis actos, pero que pudiese percibir todos los acontecimientos que tenían lugar a mí alrededor. Mis recuerdos son bastante confusos y abstractos, pero recuerdo la dinámica general de mi sueño. Soñé que abandonaba mi cautiverio con la insana intención, de encontrar a una valiente arpía para me diera un ungüento venenoso, para que pusiese fin a mis desdichados días. Por alguna razón desconocida, la llamaba estatua viviente. Tú me socorriste y alejaste aquella plaga de sentimientos deshidratados y escuálidos, alejando aquella mujerzuela con suprema maestría". Hube de confesarle la verdad: - "no fue un sueño en un sentido estricto de la palabra, fue una experiencia real, y yo estaba absolutamente lúcido, por eso pude cubrirte las espaldas en una situación tan comprometida". Entonces el convaleciente anfitrión me dijo: -"entonces fue verídico, no quiso curar mi enfermedad sino que quiso acabar con mis días". Empezó a llorar desconsoladamente, como si fuese un muñeco infantil que hubiese adquirido vida de repente, como si fuese un actor que hubiese actuado siempre en un escenario vacío durante toda su vida sin ser consciente que no había espectadores, como si fuese alguien que no tiene ningún rostro al que enseñar al mundo, como si fuese un actor ambulante que siempre se ha quedado encerrado en su habitación, como si fuese una persona inexistente que teme ser descubierta en cualquier momento. Una extraña y pesada verdad se había alumbrado en su conciencia, y no podía sostener a todas sus palabras en ruinas que caían de un edificio, que en un principio hubiesen parecido conjuntamente una torre de marfil inexpugnable. No dejaba de llorar tumbado en el suelo, y sus cabellos se iban volviendo cada vez más blancos, y sus últimos indicios de juventud habían desaparecido por completo. Me miró como alguien que se ha quitado su mascara infantil, y que sabe que no podrá ponérsela nunca más. No cesaba de berrear en el suelo, con una mirada y un dolor que nunca más volverían a ser pueriles. El derrumbamiento estaba a punto de consolidarse. Finalmente perdió el control de todas sus facultades motoras, tras intentarse ponerse en pie por última vez. Pudo caminar dos o tres pasos, pero finalmente se derrumbó por completo, y perdió el conocimiento tras caerse al suelo repentinamente. Cuando fui a prestarle mis primeros auxilios, no respiraba y ya no tenía pulso. Su defunción era ya un hecho irrevocable. Me alejé de aquellos lugares malditos, tras ser testigo por última vez de la fría mirada de aquel cadáver.

LA AMENAZA

En algún rincón pálido y tembloroso del salón estaba escrito:" contarás los días pero no las noches". El turbío dialogo con mi soledad enfurecía, mientras el sanguinario tigre era domesticado por el domador circense con el vil látigo. Un abismo no tiene estaciones, por eso nunca se sabe si esta vivo o muerto. Aquella arcaica estancia enmudecia en el borroso recuerdo, aunque el mito hablaba por sí mismo. Mis labios asesinaban ante el quimerico reflejo de un espejo inexistente, mientras busco a mi jaula en la tierra y en el cielo. Pero me temo que no sea una jaula para un canario con el plumaje del arco-iris, sino la de un gorila pusilanime y belicoso. Estaba tumbado en el sofá, cansado y hastíado, y me pesaban más las palabras que los colores. Monologos de moribundo y música para perros apaleados, porque las nubes hablan de sueños pero no del destino, por eso intentan bailar. Pero hace tiempo que las estrellas olvidaron ese arte. Hay cadenas en el cielo y en la tierra, pero somos unos desgraciados porque nunca hemos visto las del cielo. El humo que se escapa de mi cigarro es sibilino, y levita en mi habitación intentando imitar el sueño de un dios olvidado, pero la luz lo atraviesa, burlandose del pasado y del futuro. Nadie quiere reflexionar conmigo, solamente mi estómago decadente y aburrido. No se si es de día o de noche porque en los sueños aparece espontaneamente la eternidad, y la infame llama venérea burlandose de la vida y de la muerte. No espero a nada ni a nadie en particular, y mi corazón late al mismo ritmo que el reloj de pared. Los cobardes lo llaman aburrimiento, pero yo lo llamo la retorcida expresión artística de la angustia cósmica. Puedo hablar con el televisor, con la silla, con la mesa, o con mi retrato colgado en la pared, pero todos responderan: - " ¿ porque no te diriges al vacío directamente?". Tal vez algún día lo haga, pero de momento intentaré maquillar a mis palabras con las sombras de promesas incumplidas. De momento he descrito un instante, férreo y maniatado en mis lecciones de soñador crepuscular, pero al fin y al cabo un instante. Lo que viene a continuación no se puede explicar, ni tan siquiera vivir, ni se puede decir que es verdad ni se puede decir que es mentira, porque una mirada tan solo es eso, una mirada. Notaba que mi vigilia pesaba como el plomo, y tras girar mi cabeza como un planeta que se gira de su trayectoria eterna, pude ver como una muchacha asustada y ausente, intentaba colarse por los barrotes de una de las ventanas del salón, tras huir de unos invisibles y fugaces raptores. Todavía ella no había recobrado la razón, pero daba muestras de que yo quería compartir un secreto con ella, o que ella quería compartir un secreto conmigo. De todas formas es indiferente, porque mi sueño o su sueño de la vida esta eclipsado, y tanto si digo la verdad como si miento, como si hablo como si callo, mi vivencia duerme placidamente en la augusta sombra de la angustia del mundo. Yo le dije: - " me complace ver tus contorsionismos, y estoy convencido que lograrás entrar aquí. Nunca nadie se había dignado a entrar en mi casa de un modo convencional, y me sorprende que la luz y la esperanza se dignen a pasearse en los jardines de la muerte y la desolación. Si se trata de una pelea entre nosotros dos, deja que yo intenté salir por los otros barrotes, para que puedas convertirte en la soberana de mi casa. Entonces viviría aquí de un modo fantasmagórico, y podrías maltratarme y humillarme como quisieses. Se que los juegos de contorsionismo no son tú fuerte, y probablemente cuando entres, querrás matarme. Deja que me escape por los otros barrotes, porque nunca hemos de encontrarnos en este mundo". Ante mi asombro, no podía ver el menor atisbo de esfuerzo emocional, a pesar de que intentaba infinidad de posturas con los brazos y las piernas, para que aquel ilusorio juego de contorsionismo pudiese vencer a la estrechez de aquellos barrotes. Se esforzaba como una máquina pero no como una persona. Me arrodillé en el suelo, rogandóle fervorosamente que me asesinase o me indultase, pero no quería que después se marchará por la puerta principal, sin darme noticias de los montes de la luna. Ella no me miraba, parecía que ni siquiera fuese consciente de que ella existía. Yo intentaba que volviese a la vida, pero solo se preocupaba de la estrechez de aquellos barrotes. Fuesen las rejas del infierno o del cielo( no puedo saberlo porque nunca he entrado o salido de mi casa de un modo tan ascético), tan solo se trataba del insulso espíritu de unas aguas que luchaban contra una presa. Su rostro era enigmático y hermoso, pero el arte cotidiano todavía no la había dotado de vida. Cuando lograse traspasar las fronteras de los barrotes sabré si tiene vida, o de si se trata de un purgante suspiro en el vacío. En ningún momento gemía de dolor, a pesar de que sus brazos y sus piernas estaban enredadas como un nudo que no se puede deshacer. No podía tratarse de una ilusión, porque podía percibir su frío y calculado respirar. Estaba casi dentro, como si se tratase de un ave que sale de su cascarón, ya tenía dentro la cabeza y el tronco. Rompió el silencio de aquel espectáculo prodigioso y me dijo: - " en la vida tan solo son reales las sombras porque es lo único que se puede interpretar, los cuerpos son tan verdaderos y esculturicos, que su silencio los mata. Si entra mi sombra maldita significa que habra entrado mi ser, si entra mi cuerpo desapareceré porque sería una presencia demasiado cotidiana y obvia". Tras lograr traspasar finalmente la ventana, dijo mientras volaba por los aires para caer en el sofá: - 5,4,3,2,1. En el momento en que intenté tocarla desapareció. Me sorprendió mucho porque creía que su manifestación había sido absolutamente sincera. No podía creerme que aquello hubiese sido una invención de mi esperanza y volví a mirar fijamente el sofá. En esta ocasión mi descubrimiento fue desgarrador y pesadamente silencioso. En realidad se trataba de un gato malherido que intentaba desesperadamente pedir auxilio. Aquel espejismo onírico constituía una seria amenaza contra mi virilidad y mi honor:" las mujeres me amenazan con la eterna soledad y la miseria moral y yo no puedo hacer nada.

PARECE QUE ESCUCHO UN RECUERDO

Parece que escucho un recuerdo mientras la puerta del dormitorio se cierra repentinamente. No he vendido ni comprado nada, pero la poesía ocultista me acecha en la oscuridad. ¿será que ha venido a visitarme el mundo vestido de actor borracho?. No es ruido, ni siquiera silencio, el mundo esta demasiado cansado para arrastrar sus cadenas sin que se entere el señor del castillo. Es mi habitación una máquina de pesar ideas, pero no una balanza a la antigua usanza, sino puntos multicolores que estallan al azar sin armonía alguna. No hay ninguna interrupción, el mundo respira pero no le concedo ninguna tregua. ¿será el críptico baile de la niebla en mis ojos invisibles y vacíos?. La angustia se ha quedado sin altar, y el dolor se hincha vulnerable como un globo que esta a punto de estallar. ¿ es que acaso se han quedado sin palabras los colores y sin colores las palabras?. Seguro que el frío viento crepuscular que se pasea en mi cadalso conoce la respuesta. Alguien ha venido, puedo escuchar sus pasos, pero aunque nunca se ha dignado a comparecer en el pesado sueño de la vida, parece que sabe desenvolverse bien pues no tropieza con ningún mueble. De la vida o de la muerte, del sueño o de la vigilia, ese grotesco ser es tan frívolo, que es capaz de venir al mundo sin mirar ni decir nada. Se sienta en mi cama, aunque solo puedo saberlo porque se ha abierto un inmenso abismo negro en mi conciencia mística. Quisiera ver su rostro, pero aquello que es demasiado hondo o no lo tiene o nunca lo quisiese enseñar. Solo esta sentado en apariencia, porque habita en todos los lugares pero a la vez nunca ha estado en ninguno. Entonces yo le digo:-"hombre o mujer, sabio o ignorante, contorsionista o de rigidez inflexible, música o silencio eterno, peregrino o estatua maldita, tú eres el tronco carcomido del árbol de la vida, y nosotros somos las hojas que algún día caeremos de lo sagrado, para vagar eternamente en el valle de la muerte. Dime, ¿ hacía donde viajan las raíces de lo imperecedero?". A aquella pesada manifestación de lo trascendente, parecía aburrirse de mis palabras, y todavía no sabía si podía alumbrar su cuerpo con alguna llama cabalística. Escuchaba sus bostezos, que a menudo se escapan del abismo de la vida, y nos causa un estupor y un raquitismo existencial de turbia fuente. Parecía que intentará dormirse, pero le resultaba muy difícil, y me sorprendía porque si su mente estaba vacía no le resultaría difícil conciliar el sueño. Su presencia era mucho más sutil que el viento, y no tenía en su alma ningún veneno ni ningún ungüento. Entonces yo le dije: - " asceta o mundano, trapecista o piedra inmóvil, caminante de senderos mágicos o eterno retrato borroso, ola colosal que nunca se acaba de derrumbar o idea eterna sin peldaños. ¿hasta donde llega tu voz?, ¿hasta nuestra sombra maldita o hasta los muros de nuestra alma?". El agujero del cielo y la conciencia, estaba muerto y vivo a la vez, pero no mostraba síntomas de querer decir nada. Tal vez solo estuviese contemplando su eterno recuerdo, pero la musicalidad de sus balbuceos iba al mismo ritmo que mis pesadas palabras. Cuanto más grande era el cuadro que quería pintar, su soplo destructor era más intenso y nihilista. Ignoro si su silencio era la frontera del fin del mundo, o lecciones para aprender a domesticar nuestros abismos. La luna llena brotaba del cielo, como si fuese una fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Tengo indicios para pensar que la miró, porque creo que se volvió más oculto y vacío. Creo que incluso se digno a asomarse por mi ventana, aunque fuese una atalaya maldita, una creación indigna de un artista que no le importa ni el espectáculo ni la creatividad. Sus ojos no son más que un vulgar catalejo, pueden llegar muy lejos, pero no saben de aquello que se encuentra más cerca. No creo que sepa componer música, porque el oyente omnisciente de todo lo que acontece, tiene los oídos congelados y tan solo le llegan los susurros incomprensibles de los moribundos y los condenados. Mi huésped no ha venido para explicarme nada, solamente para dormir. Si algún día os visita probablemente actuará del mismo modo. No quisiera descortés e interrumpir su sueño, pero la vida y su nombre, deben poder tocarse y percibirse. Creo que voy a coger un látigo para levantarlo de la cama, para que su naturaleza perezosa reaccione ante la inmensidad de la vida. Mi látigo no deja de azotar el vacío, mientras increpo a mi huésped en los siguientes términos: - " ¿ quieres que bailen el sol y la luna como lo hacen los números en tu mente de matemático consagrado?, si quieres dormir puedes hacerlo, pero la máquina del mundo se volverá loca y no dejará de crear a partir de sus espejismos sagrados y antárticos. ¿ acaso crees que te estoy pidiendo que hagas que llueva en el desierto de la vida? Yo tan solo quiero que las temperaturas sean más rigurosas, porque el mundo necesita de profetas malabaristas y no de matemáticos durmientes. Si quieres que te honre, demuéstrame que eres quien dices ser. No me extrañaría que en mi cama encuentre a un bufón, con números sagrados tatuados en su cuerpo. Pero eres ilusorio, una quimera, un poema olvidado que recitó un rapsoda poco antes de morir. Tal vez solo seas una idea pesada enterrada en mi conciencia, que emerge como lo hace un bailarín decadente que se ha quedado sin auditorio y sin arte. ¿ por que guardas contigo esta soberbia aberrante? Si eres quien dices ser demuéstramelo. Yo te propongo que abras los ojos y mires al mundo, porque llevas durmiendo muchos siglos, desde que el hombre te creó. Si no sientes la mortificante ira de mi látigo es porque sueñas en tu reino plutónico, pero no en los ríos de lava sucios que viajan por nuestras venas. El mundo te eligió como juez y ni siquiera te has atrevido a ponerte nunca la toga. Llevas un pijama con estrellas, y no creo que conozcas a ninguna personalmente. No conoces las matemáticas de la angustia, sino de aquellas que no dicen nada del mundo sino que lo dicen todo. No creo que pudieras levantarte de la cama, aunque pudieses sentir el látigo con el que te golpeo". Dado que no hacía caso de mi mortalidad y mi finitud, decidí volcar la cama, para sentir como sus ociosas carnes impactaban contra el suelo. Lo que sucedió me hizo comprender quien era el soñador y quien estaba despierto. De la cama cayeron huesos de ave carroñera, que todavía guardaban algunas plumas sagradas que el viento no se había podido llevar nunca. Seguramente aquel ave sagrada dejo de sobrevolar los cielos, y decidió morir en nuestros sueños. Pero los sueños son eternos y nunca mueren, por esta razón siempre resucita. Hace mucho tiempo que murió, pero es como una estrella lejana que explotó hace mucho tiempo, pero todavía nos llega su luz y el espejismo de su existencia arcaica. Decidí enterrar aquellos huesos de ave carroñera en el jardín, tal vez algún día vuelva al cielo para gobernarlo, pero de momento se habrá de conformar con la compañía de los gusanos. Sus plumas sagradas me las guardaré en un cajón y las utilizaré como reseña de mis libros, para no perderme en mis lecturas. Servirán para que pueda conocer en que parte del libro de la vida me he quedado.

LA AMENAZA

En algún rincón pálido y tembloroso del salón estaba escrito:" contarás los días pero no las noches". El turbio dialogo con mi soledad enfurecía, mientras el sanguinario tigre era domesticado por el domador circense con el vil látigo. Un abismo no tiene estaciones, por eso nunca se sabe si esta vivo o muerto. Aquella arcaica estancia enmudecía en el borroso recuerdo, aunque el mito hablaba por sí mismo. Mis labios asesinaban ante el quimérico reflejo de un espejo inexistente, mientras busco a mi jaula en la tierra y en el cielo. Pero me temo que no sea una jaula para un canario con el plumaje del arco-iris, sino la de un gorila pusilánime y belicoso. Estaba tumbado en el sofá, cansado y hastiado, y me pesaban más las palabras que los colores. Monólogos de moribundo y música para perros apaleados, porque las nubes hablan de sueños pero no del destino, por eso intentan bailar. Pero hace tiempo que las estrellas olvidaron ese arte. Hay cadenas en el cielo y en la tierra, pero somos unos desgraciados porque nunca hemos visto las del cielo. El humo que se escapa de mi cigarro es sibilino, y levita en mi habitación intentando imitar el sueño de un dios olvidado, pero la luz lo atraviesa, burlándose del pasado y del futuro. Nadie quiere reflexionar conmigo, solamente mi estómago decadente y aburrido. No se si es de día o de noche porque en los sueños aparece espontáneamente la eternidad, y la infame llama venérea burlándose de la vida y de la muerte. No espero a nada ni a nadie en particular, y mi corazón late al mismo ritmo que el reloj de pared. Los cobardes lo llaman aburrimiento, pero yo lo llamo la retorcida expresión artística de la angustia cósmica. Puedo hablar con el televisor, con la silla, con la mesa, o con mi retrato colgado en la pared, pero todos responderán: - "¿porque no te diriges al vacío directamente?". Tal vez algún día lo haga, pero de momento intentaré maquillar a mis palabras con las sombras de promesas incumplidas. De momento he descrito un instante, férreo y maniatado en mis lecciones de soñador crepuscular, pero al fin y al cabo un instante. Lo que viene a continuación no se puede explicar, ni tan siquiera vivir, ni se puede decir que es verdad ni se puede decir que es mentira, porque una mirada tan solo es eso, una mirada. Notaba que mi vigilia pesaba como el plomo, y tras girar mi cabeza como un planeta que se gira de su trayectoria eterna, pude ver como una muchacha asustada y ausente, intentaba colarse por los barrotes de una de las ventanas del salón, tras huir de unos invisibles y fugaces raptores. Todavía ella no había recobrado la razón, pero daba muestras de que yo quería compartir un secreto con ella, o que ella quería compartir un secreto conmigo. De todas formas es indiferente, porque mi sueño o su sueño de la vida esta eclipsado, y tanto si digo la verdad como si miento, como si hablo como si callo, mi vivencia duerme placidamente en la augusta sombra de la angustia del mundo. Yo le dije: - "me complace ver tus contorsionismos, y estoy convencido que lograrás entrar aquí. Nunca nadie se había dignado a entrar en mi casa de un modo convencional, y me sorprende que la luz y la esperanza se dignen a pasearse en los jardines de la muerte y la desolación. Si se trata de una pelea entre nosotros dos, deja que yo intenté salir por los otros barrotes, para que puedas convertirte en la soberana de mi casa. Entonces viviría aquí de un modo fantasmagórico, y podrías maltratarme y humillarme como quisieses. Se que los juegos de contorsionismo no son tú fuerte, y probablemente cuando entres, querrás matarme. Deja que me escape por los otros barrotes, porque nunca hemos de encontrarnos en este mundo". Ante mi asombro, no podía ver el menor atisbo de esfuerzo emocional, a pesar de que intentaba infinidad de posturas con los brazos y las piernas, para que aquel ilusorio juego de contorsionismo pudiese vencer a la estrechez de aquellos barrotes. Se esforzaba como una máquina pero no como una persona. Me arrodillé en el suelo, rogándole fervorosamente que me asesinase o me indultase, pero no quería que después se marchara por la puerta principal, sin darme noticias de los montes de la luna. Ella no me miraba, parecía que ni siquiera fuese consciente de que ella existía. Yo intentaba que volviese a la vida, pero solo se preocupaba de la estrechez de aquellos barrotes. Fuesen las rejas del infierno o del cielo (no puedo saberlo porque nunca he entrado o salido de mi casa de un modo tan ascético), tan solo se trataba del insulso espíritu de unas aguas que luchaban contra una presa. Su rostro era enigmático y hermoso, pero el arte cotidiano todavía no la había dotado de vida. Cuando lograse traspasar las fronteras de los barrotes sabré si tiene vida, o de si se trata de un purgante suspiro en el vacío. En ningún momento gemía de dolor, a pesar de que sus brazos y sus piernas estaban enredadas como un nudo que no se puede deshacer. No podía tratarse de una ilusión, porque podía percibir su frío y calculado respirar. Estaba casi dentro, como si se tratase de un ave que sale de su cascarón, ya tenía dentro la cabeza y el tronco. Rompió el silencio de aquel espectáculo prodigioso y me dijo: - "en la vida tan solo son reales las sombras porque es lo único que se puede interpretar, los cuerpos son tan verdaderos y escultóricos, que su silencio los mata. Si entra mi sombra maldita significa que habrá entrado mi ser, si entra mi cuerpo desapareceré porque sería una presencia demasiado cotidiana y obvia". Tras lograr traspasar finalmente la ventana, dijo mientras volaba por los aires para caer en el sofá: - 5,4,3,2,1. En el momento en que intenté tocarla desapareció. Me sorprendió mucho porque creía que su manifestación había sido absolutamente sincera. No podía creerme que aquello hubiese sido una invención de mi esperanza y volví a mirar fijamente el sofá. En esta ocasión mi descubrimiento fue desgarrador y pesadamente silencioso. En realidad se trataba de un gato malherido que intentaba desesperadamente pedir auxilio. Aquel espejismo onírico constituía una seria amenaza contra mi virilidad y mi honor:" las mujeres me amenazan con la eterna soledad y la miseria moral y yo no puedo hacer nada.

LA CUEVA Y LA SERPIENTE

Cuenta la leyenda que una serpiente famélica, escuálida y con el veneno extirpado, quiso entrar en una cueva donde se rinde culto a lo que no puede ver el tiempo ni la nostalgia. La cueva no tenía ni guardianes, ni imágenes idolatras, tan solo una oscuridad perfumada de magnánimo silencio y de secretos inconfensables que levitan sin alma y sin dios. En la cueva no llega la maligna brisa que trae las crónicas del mundo, sino sueños boca abajo en los que esta acostumbrados a dormirse la serpiente. Desde antaño que la serpiente demoníaca se tragó el monstruo del pecado y sufre de asfixia desde entonces, pero no puede vomitarlo porque se ha de nutrir de él durante centurias y milenios. El alma de la cueva es una alambrada espinosa pero a la serpiente no le importan las heridas, porque tardará una eternidad invisible y pesada para poder digerir a su presa. La cueva no tiene en su interior inscripciones de religiones arcaicas, y la serpiente probablemente no podrá plasmar en sus paredes la historia ancestral de la creación de la cueva, porque cuanto más profundo es el mito, menos se adentrará la serpiente en las grutas de la cueva. La serpiente suele reptar en el desierto, pero afortunadamente a la cueva no le importa donde peregrinan sus huéspedes. En la cueva levitan gases de espíritus maléficos, y los cánticos de desconcertantes poemas crípticos, pero la serpiente lleva un chubasquero para cuando se desate la tormenta en el interior de la cueva. La serpiente comparte la enfermedad de la vida con la cueva aunque solo sea por un instante, pero no siente temor alguno porque la dorada luz del desierto la espera impacientemente en la entrada de la cueva. La serpiente no puede llorar desconsoladamente sus tribulaciones plutónicas, aunque en la cueva haya constantes terremotos. La cueva intenta consolarla con un silencioso cataclismo sísmico, pero la luz del desierto entra como una plaga perturbando la íntima oscuridad demoníaca de la cueva. La lengua de la serpiente esta seca porque el sol habla muy deprisa en el desierto, pero la cueva es mágica y respetuosa y finge no saber distinguir el silencio y el ruido del mundo. En la cueva no hay ningún pozo donde se tiren monedas para pedir un deseo, pero la serpiente le dice dulcemente a la cueva que originariamente el mundo no fue de oro sino de oscuridad. La cueva no guarda ningún tesoro en ninguna de sus galerías subterráneas, pero a la serpiente no le causa ningún pánico porque la digestión del monstruo del pecado es molesta en igual medida dentro o fuera de la cueva. La cueva no da la bienvenida ni se despide de nadie, aunque la lengua de sus sombras es hablada en el valle sepulcral del amor. No es el tiempo lo que baila dentro de la cueva, sino la suave música de estrellas desaparecidas. La cueva no permite a la serpiente que encienda una hoguera, porque ella misma no es un lugar de culto, tan solo un laberinto breve con arquitectura divertida en el sendero de la vida. La cueva es mística aunque nunca haya querido serlo, por esta razón la serpiente quiere saber si adora a dios o al diablo. La cueva canta la canción de la espuma de las olas del mar, y la serpiente la del cielo del desierto, tal vez en algún sueño borroso coetáneo de la serpiente y la cueva, encuentren una lúgubre y fatal armonía. La serpiente estaba muy aburrida dentro de la cueva porque no sabía que el mundo fuera tan grande, pero la cueva le consuela diciéndole que la montaña mágica del mundo, tiene muchas laderas con cuevas diferentes. Mientras se pasea la serpiente por la cueva siente escalofríos, pero la cueva tiene calefacción para todas las estaciones del año y todas las épocas de la vida. La serpiente quisiese vomitar a su abominable criatura, pero la cueva guarda en su interior muchos esqueletos de animales de la misma estirpe. La serpiente sabe que aunque tuviera tiempo para llegar a recorrer todos los pasadizos secretos de la cueva, nunca podría llegar a conocer la oscuridad mística e inmanente a aquella cueva, pero los ancestrales sentidos de la serpiente han sido educados para no percibir nada. Por este motivo la cueva respeta el silencio místico de la serpiente. La serpiente sabe que cuando salga de la cueva, la luz del desierto sabrá diferente al paladar y que nunca olvidará la sensual oscuridad de la cueva, pero el mundo cambia de lenguaje al ritmo de los infinitos destellos del sol. Tanto la cueva como la serpiente están enfermos, la serpiente por engullir a la abominable criatura del pecado, y la cueva porque su oscuridad no puede decir nada del mundo y de ella misma. Poco antes de despedirse la serpiente para emprender su peregrinaje espiritual en el desierto le dijo a la cueva: - "cuando quiera sufrir y cuando quiero estar tranquilo pensaré en ti, pero tú siniestra oscuridad y la pesada luz de mi desierto, algún día se pelearán en lo más alto de los cielos, brotará de esa batalla cósmica, el hambre cuando sea de día y un tumor emocional incurable cuando sea de noche, o sea, el silencio indiferente de la vida de día y el sufrimiento de todo el genero humano cuando sea de noche. Tu cueva se quedará en la ladera de la montaña en donde vive, y yo arrastrándome por las arenas del desierto algún día lograré alumbrar a la vil criatura que llevo dentro para que me asesine al nacer. Tu frío ha paralizado momentáneamente la digestión de esa vil criatura que llevo en mis entrañas, y por esta razón recibe mi más sincero agradecimiento, y el más humilde de los afectos por haber mezclado el calor y la oscuridad de tu profundidad infinita, con el insoportable bochorno causado por el raquítico dios de mi desierto. Sé que a tu cueva no llegan noticias del cielo o del infierno, yo en cambio no soy más que una ascética serpiente que mira endiabladamente al sol y le pregunta: ¿ alguna vez volverás a eclipsarte y me mostrarás desnudas todas las cuevas que existen en el mundo?. Gracias por haberme hablado en mi eterno sueño borroso y mísero". La cueva se despidió de la serpiente con grandilocuentes temblores, mientras ésta abandonaba su templo sagrado. La serpiente miró de refilón a la cueva cuando su visión se desvanecía por completo y le confesó:- "nunca más volveremos a vernos, pero guardo en la memoria todo el placer y el dolor que me has causado". La serpiente continuaba arrastrándose infatigable en el desierto, con la lengua seca y dormida, Y con la fatal quimera que albergaba su estomago, que se metamorfoseaba al ritmo de los tenebrosos bailes del sol en el cielo. Las huellas que deja la serpiente en el desierto no las puede seguir nadie, porque el viento que viaja hasta el fin del mundo no cesa de borrar su rastro. El desierto guarda espejismos en cualquier rincón de su esencia pura, y el más temible y el más agonizante, es cuando quiere hablar y cuando dice: - " ¿ acaso crees que aunque algún día pudieras vomitar a ese miserable que guardas dentro con tanto recelo, yo me volvería más bondadoso y me esforzaría por complacerte enviándote espejismos benignos y sanos para que tu muerte fuese invisible?

LA CAMA DE FAKIR

Finalmente y tras largos años de esfuerzo constante y prolongado he conseguido crearme mi propio espacio vital. Ha sido una labor muy tediosa, pero todos mis valores descansan en la oscuridad diurna en la que vivo, a salvo de miradas intempestivas y cruelmente represivas. Es como si hubiese logrado destruir mi anterior universo arqueano y ahora reposase serenamente en un desierto cósmico, a la espera de que surja un nuevo big-bang que vuelva a estructurar mi vida de un modo distinto. Aguardo una nueva etapa, una nueva fase, un nuevo estadio existencial, en definitiva un milagro que por generación espontánea dote de pautas más firmes y seguras al inseguro transcurrir de mis días. Utilizo discursos parcos y monótonos, pero no necesariamente exentos de creatividad. Mi conversación con la vida se ha convertido en una extraña y terrible desaparición silenciosa. En lo que respecta a mis problemas mundanos (que son más íntimos si estallan en un silencio agónico en mis cavilaciones costumbristas), se podrían resumir en un escueto párrafo. Estoy cerca de llegar a la plena autonomía económica, he conseguido sentar las bases socialmente preestablecidas, para alejarme del refugio familiar. He conseguido empleo estable como funcionario, he conseguido ahorrar lo suficiente para tener una casa en propiedad. Sin embargo todas estas conquistas defraudarían a cualquier dictador ilustrado de sí mismo. La construcción de mi casa avanza al mismo ritmo que la evolución de mi mente. Quiero que detrás de los muros de mi apartamento se refleje mi vida tal cual es. Ello en apariencia es fácil porque no comparto mi vida con nadie, pero cuanto mayor son el talento y las circunstancias positivas, en la misma proporción nos sentimos defraudados. Tal vez suene algo confuso, pero mi intención es construir una casa a imagen y semejanza mía. Quiero que sea mi hábitat natural, un microcosmos enlutado, el perfecto espejo de mi alma. Estas cuestiones tan superficiales y profundas no suelen plantearse cuando se tiene pareja, cuando se tienen hijos, o cuando se comparte el piso con amistades. Porque cuando el espejo esta desnudo refleja lo primero que se le antoja, que a la vez es lo más arquetípico y cotidiano que existe. Por el momento mi proyecto va bien. Mi casa esta absolutamente vacía. No es por falta de medios económicos, sino porque quiero que mi casa este vacía, como lo esta mi ser en un estricto sentido de la palabra. Duermo en el suelo porque mi pensamiento nunca duerme, no tengo muebles porque mi pensamiento no tropieza con nada, no tengo televisión porque mis sentidos no se comunican con la exterioridad, no tengo sillas porque mi ascético camino no necesita nunca pararse, no tengo ventanas porque el mundo es una visión interiorizada y misteriosa que nunca ha de comunicarnos nada bueno ni tampoco nuevo, no tengo mesas porque no he de guardar nada encima de ellas, no tengo armarios porque no oculto ningún secreto en su interior. Quiero que mi casa este vacía como mi mente. Pocas cosas necesito a excepción de pensar, comer y trabajar, y sorprendentemente no existe nada más que pueda aportar un estado espiritual distinto. Ignoro hasta que punto estoy hablando de ascetismo y hasta que punto estoy hablando de silencio. Cuando estoy en mi señorío, no soy más que una metáfora escurridiza y pusilánime, y cuando salgo al exterior es como si fuera una tecla inservible de la máquina de mecanografiar del escritor del mundo. En mi hogar residen mis paradojas y fuera de él se destruyen al unirse a la pesada maquinaria burocrática de la sociedad. Decoro mi casa como si fuese el templo de una religión olvidada para el común de los mortales: la soledad. En un principio en mi casa no existen reglas, tan solo una infame imitación del vacío cósmico. Quiero deshacerme de la libertad, pero me persigue como lo hace lo finito a lo infinito. Fíjense que he hablado de la libertad y no de mi libertad, porque me viene impuesta como mi grupo sanguíneo. Mi rutina se puede explicar brevemente. Pero no me molestare en hacerlo porque de la misma manera que la palabra deja un espacio vacío para la palabra siguiente, un color en la escala cromática cede su puesto al siguiente. Porque es mi vivencia una sucesión matemática con estrictas leyes lógicas inmutables e inalienables. Mi divagar es infinito, pero siempre da vueltas en el mismo patio, en el del eterno retorno de mis días. Se que más allá del patio esta la calle, pero como nunca he llegado a ella, no puedo concebir su existencia. En la calle hay espesa niebla, ese vapor es el eterno levitar del sinsentido. No llevo nada en mis bolsillos, aunque alguna vez encuentro alguna antigualla accidentalmente. Es como si mi cerebro fuesen mis pantalones y mis ideas aquello que pudiera sacar de los bolsillos. Pero en mis bolsillos solo puedo encontrar innumerables cartas de despedida de seres lejanos e inmensas facturas. Me gustaría pensar que mis bolsillos están rotos y que perdí objetos de valor por el camino, pero todo lo que existe esta en la cabeza de la misma manera que todo el dolor esta en el macabro látigo del mundo. Mi casa evoluciona hacía el vacío y la oscuridad, de un modo paralelo a mi alma. Hablar de sensaciones es como hablar de relámpagos insonoros, y hablar de pensamientos es como grabar con fuego un discurso en una roca. Llamo al mundo y me responde con groseras transparencias, llamo a mi alma y me responde con pueril poesía. No soy más que una llama que arde en la orilla de un río, Una presencia fantasmagórica e invisible. El agua encantada es aquello que me separa del otro extremo del río. Muchas calaveras flotan en el río pero no me importa porque más allá de mi muerte habita lo que yo quiero. No puedo verlo con claridad porque nadie adivina de que puede tratarse, ni ninguno de mis antecesores ni ninguno de mis descendientes. De alguna manera la vida es una pregunta que puede responder el eco de mi respirar. Pero mi respirar nunca vuelve, de la misma manera que nunca podemos revivir dos vivencias idénticas. Hoy estoy solo, no tengo que trabajar, y me apetece ir a dar una vuelta. De la misma manera que podría ser igual de displicente quedarme en mi casa. No tengo reparos en hacer lo que hago, porque de la montaña de la soledad nunca se puede volver, del mismo modo que nunca se puede dejar de escalar. La soledad es una ciencia rigurosa, pero su antónimo (no existe ninguno en nuestro lenguaje), tan solo es un grito que no es de este mundo, y tan solo podemos escucharlo débilmente en circunstancias extraordinarias. Me voy de paseo, yo seré mi propio perro y me sacaré a mi mismo a pasear. Caminaré al azar, de la misma manera que una bolsa de plástico vuela por las calles. Es duro ser el caballo de tu propio carruaje pero así estaba escrito. Camino por las calles como si fuese una señal intermitente de algún localizador, aunque para mi no se trate más que de un juego absurdo e irrisorio. Pero les puedo asegurar que para aquellas fuerzas invisibles y sombrías que miran mi ubicación en el mapa no lo es. Las calles no me llaman la atención, y de aquí a poco no le haré caso ni siquiera al mismo hecho de caminar. Sería inútil describir las calles y las avenidas por las que circulo, porque me llevo muy mal con los edificios con los que me tropiezo. Para mi no son más que pestilentes mascotas de multinacionales. Pero eso si son los gigantes más grandes y los que más muerden con su dentadura hecha de monedas. De alguna manera el camino no pertenece al camino mismo sino al ingenio de quien camina, y si el caminante decide no mirar absolutamente nadie puede impedírselo. El silencio es el más sabio de todos. Detente a pensar en lo que ves ni siquiera un momento y creerán que eres un genio. Entonces te ataran a un semáforo, y con una sofisticada maquina pasaras del rojo, al ámbar, y del ámbar al verde, y creerán que ese mecanicismo es tu pensamiento entero. Los coches circularan y no se producirá ningún accidente. Serás doblemente un héroe, por pensar y por evitar accidentes de transito. Cambiando de tema, yo no suelo entrar a comprar en las tiendas artículos innecesarios. No se trata estrictamente de que sienta repulsión hacia el consumismo innecesario sino que las etiquetas son para la fábrica pero no para el consumidor. Con comprar comida y cigarros tengo suficiente. Sin embargo hoy tengo mi conciencia demasiado embriagada y debo de aprovecharme para limpiar los cristales de mi alma con barro sucio. He visto una tienda de muebles. Es el complemento ideal, para un ocupa bohemio y legal. No creo que me haga daño curiosear un poco. Tal vez en un arrebato de locura despiadada decida comprarme una cama. Mis huesos ya se han acostumbrado al suelo, pero tal vez si alguna vez invito a una dama a dormir a mi casa... bueno tal vez será mejor que dejemos esta inoportuna e intempestiva reflexión para otra ocasión. Lo hecho hecho esta, si te pierdes en el desierto debes de seguir hasta el final aunque te mueras de sed. Escoger otro camino seria muy infame y ruin. Si se ha elegido un camino debe de seguirse hasta sus últimas consecuencias. Desde fuera puedo ver en el escaparate algunas mesas y algunas camas. Por fortuna todas son demasiado caras para que me surja la tentación de comprarlas. Preguntaré sin embargo al dependiente cual es la más barata. Dormir en una cama puede ayudarme a combatir el insomnio. Resulta una ocurrencia muy controvertida porque el descanso y la serenidad son enemigos irreconciliables pero debo de aliarme con ellos, para después abandonarlos cuando me sea propicio. No debo engañarme no es una compañía lo que estoy buscando, sino pañuelos para tapar la inundación de cubierta. Deberé de confiar en el dependiente seguro que tiene una solución a mis problemas. La tienda es de lujo pero no me importa, si les he de servir mi cabeza en una bandeja con tal que me complazcan les estaré agradecidos. Ahora mismo no hay clientes, y el dependiente esta en la tarima con ojos de águila imperial. Las baldosas son de mármol azulado, y deben de estar acostumbradas a los mocasines. Toda la sala esta decorada con azul celeste, da la impresión de que se trate de unos baños greco-romanos aunque sin agua. La única agua existente es la de mi sudor. Todas las etiquetas de los precios están escondidas en los muebles, para que no se avergüence la retórica del vendedor. El excesivo aire acondicionado hace subir el grado de humedad hasta límites insospechados. En el interior aquella tienda parece mucho más grande, y las decoraciones vidriosas del techo parecen las estrellas profanas del mercantilismo. Son de un brillo tal que se derriten en la boca al mirarlos. Son cristales cortados con maestría, y brillan con tanta solemnidad como si de joyas autenticas se tratase. Todos los muebles están expuestos en círculo, siguiendo la forma de aquella inmensa sala. La tarima esta en el centro, dando la impresión de que se tratase de un local de apuestas, o de subastas, o incluso algo peor. Muchas de las camas son reliquias que algunos anticuarios datan del siglo pasado, y otros artículos más modestos son muebles que encajarían en cualquier mansión. En aquella tienda no hay lugar para la fábrica sino para artistas consagrados en el mundo del interiorismo. Existen sillas que tienen el respaldo como en forma de cuernos, armarios como si hubiesen sido diseñados para una casa de muñecas, mesas futuristas que podrían ser ubicadas en el interior de una nave espacial, camas con columnas en forma de serpiente. En fin toda una extraña mezcla de arte vanguardista y arcaico. Yo quiero lo más barato que encuentre. Desde fuera puede verse en la cúpula de aquel edificio, dos cuchillos gigantescos que se cruzan entre sí. Me abstuve de interpretar nada. El dependiente me miraba fijamente. Vestía con americana y corbata. Causaba una sensación muy fúnebre, como si en otra vida hubiese sido un mueble, y debido al conocimiento de su naturaleza fuese apto para vender muebles. Su rostro era muy pálido, del color de algún pajarraco exótico, y sus ojos eran duros como un diamante aunque no tenían ningún brillo. Sus facciones eran muy groseras, pero con tal grado de vulgaridad, que podían considerarse como una síntesis de todos los rufianes del barrio más marginal. Debido a mi aspecto humilde le costó mucho percatarse de mi presencia, a pesar de que era el único presente en aquella inmensa sala. Se dirigió a mi con cortesía y amabilidad, mientras bajaba lenta y discretamente los peldaños de aquella tarima: - "aunque no se lo imagine usted, hacía mucho tiempo que esperábamos su gratificante visita. Se puede ver a lo lejos que usted no es un cliente selecto (ruego disculpe mi sinceridad). Sin embargo existe una cama que ha de interesarle. Es muy humilde, pues el artista que lo fabrico era un bohemio que dudo mucho que tenga tantos recursos económicos como usted. Poco se sabe de su historia, pero su cama es su herencia más valorada. Muchos clientes han preguntado por esa cama misteriosa, pero debido a su escaso valor, siempre he ocultado su presencia para que la rumoro logia acerca de su elevado valor en el mercado aumente. SiN embargo nadie creerá que usted posee un bien tan preciado, y los murmullos continuaran escuchándose de muro en muro, y de corriente de aire que mueve las cortinas a corriente de aire que abre y cierra las ventanas. No se inquiete usted, pero creo que es el cliente más importante que ha aparecido en nuestra tienda desde años atrás. A pesar de que no dispone de medios económicos, es usted ahora mismo un motor misterioso que puede mover al mercado hacía direcciones inverosímiles. Esa cama que tanto usted necesita comprar y tanto necesita nuestra organización empresarial vender, se halla oculta detrás de esa puerta que pone privado". Me costó mucho trabajo encontrarla tras dar muchas vueltas con la cabeza, pero al fin la hallé en un pasillo que separaba a dos inmensas alfombras orientales, en donde se almacenaban varias camas de valor. Le dije que me guiará a aquel sitio, pero él me respondió diciéndome que habría de caminar delante suyo, porque me correspondía el honor. Tras abrir la puerta, me tape la nariz, porque hacía una peste espantosa. Las paredes parecían muy grasientas, como si alguien se hubiese dedicado a tirarles aceite en grandes cantidades. Me dijo que el hedor provenía de la misteriosa naturaleza del aceite. Me abstuve de preguntarle con exactitud en que consistía. A lo largo de aquel pasadizo había bombillas pintadas de negro, aquel misterioso aceite era un potente pegamento. Finalmente tras recorrer unos cuantos metros encontré una habitación lúgubre y vacía, y con sombras siniestras en todos sus rincones. Aquella sala era ovoide, y debido a la oscuridad no podía ver el techo. Había un hombre sentado en una silla inquieto, y a cada movimiento brusco que hacía se llenaba las manos de telarañas. Miraba fijamente la cama, y no dejaba de maldecirla. Deduje que aquel hombre, con barbas recortadas en forma de tirabuzón, con los ojos amarillentos tras largas horas de insomnio, calvo, y vestido con cartones, tenía una estrecha relación con la historia de aquella cama. La cama no la pude ver bien, pero debido a los delirios causados por el siniestro espíritu de aquella habitación, supe que de algún modo había de encontrarse allí mismo. Entonces el vendedor nos hablo a ambos sin referirse a nadie en particular, mediante un sonido que se perdía en las complicadas fronteras de aquella habitación: - "este es nuestro hombre pedro, ha venido a comprar la cama de fakir. Señor permítame que le presente al artista que hizo la cama. No te entristezcas pedro, sabías perfectamente que tarde o temprano habían de llevarse la cama. Se que te costo mucho trabajo hacerla, y que has pasado largos años en vela observándola detenidamente, pero el momento que estabas esperando acaba de llegar. Tu obra acaba de encontrar su justo dueño. Se trata de aquel que es capaz de soportar en su espalda el agobiante acoso de sus clavos". Tenía un aspecto desolado y miraba la cama como si cada uno de sus clavos fuese uno de sus solemnes recuerdos que guarda en su memoria. No me miraba a mí porque yo me había convertido en un enemigo del arte, era aquel que iba a experimentar lo que su creativa mente había diseñado para que levitase con esplendor en la esfera de las sombras solitarias. Aquel hombre había creado una serie numérica, algo tan sagrado como el numero pi, había creado las matemáticas y la geometría de la soledad. Sentía nostalgia porque el más doloroso de los tormentos tendría dueño. El era su artífice, y yo me iba a convertir en la vulgar manifestación mundana del más sagrado de sus sueños. Entonces me dijo como si su aliento divino quisiese apagar la espuria llama de lo banal: - "nuestros días no son más que el ensanchamiento de una sombra maldita que se extiende hasta el infinito, y esta cama es el lúgubre reposo del tiempo mismo. Yo no soy un científico, pero mi poesía ha llegado más lejos tanto como una mano que no quiere apartarse del fuego. Yo soy poeta y músico a un mismo tiempo, pues mis suspiros son el fluir mismo de la vida. Yo nunca me he atrevido a dormir en esta cama, porque los artistas endiosados no somos tan bohemios como el gentío cree. Esta cama de fakir es la maquina fantasma de la soledad, podría haber creado una maquina para fornicar, pero los dioses están muy tristes, y el mundo ya no esta para estos trotes. Duerme en esta cama, de la misma manera que respiras para vivir. No te resistas a su brujería, porque aunque el dolor este embrujado no cesa de pregonar la verdad en todas las atalayas que han existido y que existirán. Yo no puedo bendecirte de la misma manera que no puedo maldecirte, simplemente deseo que vivas tu vida como una sinfonía mágica e interminable, pero eso sí exenta de todo anhelo carnal y célibe. Dicen que el sentido lo construimos nosotros, pero yo creo que no es más que el absurdo viaje de nuestras palabras durante el transcurso del tiempo. Todo aquello que se dice al amor o a la persona amada sigue un viaje desorbitante y hambriento de sí mismo hasta límites insospechados. Aquello que se dice o se piensa no tiene suficiente con desaparecer de nuestra vista o de nuestro control sino que además peregrina a aquellos sitios que más odiamos y que son aborreciblemente coetáneos. Aquello que dijimos son como ratas que nos devoran el cerebro, y nos persiguen como las cadenas a un preso. Esta cama es tu única salvación, es la única compañera de la que te puedes fiar. Si duermes en el suelo como has hecho hasta ahora te quedarás sin identidad, y todo aquello que se queda sin identidad desaparece de un modo fulminante. La cama de fakir es lo único que te puede mantener sin vida pero con vida a un mismo tiempo. Finge tu muerte cada día, pero nunca te suicides, porque solamente el dolor puede dar sentido a tu existencia. Esta cama de fakir es tu reposo, porque solamente se puede reposar en el dolor". Sus ojos chispeaban como un mechero que nunca se puede encender, y no se si hablaba conmigo o con un sueño eterno sin nombre. Se fue a un rincón de la habitación, que apestaba por algún motivo desconocido. La tenue iluminación de aquella habitación me impedía ver por mis propios ojos, la misteriosa causa de aquel hedor. Desconozco completamente la naturaleza de aquella pestilencia, y no disponía de indicio alguno para atribuirle alguna causa. Entonces se puso a llorar desconsoladamente, como si le faltase aire en los pulmones, como si fuese un pez que acaba de salir del agua, y necesitase patalear para continuar respirando. El dependiente me miró indignado, pues sabía que mi persona era la causa de la desdicha de aquel hombre. No lloraba como un niño pequeño, o como una persona adulta, sino como una bestia malherida que accidentalmente ha adquirido voz humana. A medida que lloraba con más intensidad, profería palabras y sollozos incomprensibles, y del oscuro rincón en el que moraba nacía una pestilencia que cada vez resultaba más grosera y antipática. No era peste de excrementos, o de huevos podridos o de cualquier otra cosa. Tal vez era el misterioso perfume de su soledad que se había convertido debido a un extraño prodigio en un vapor de alcantarilla. La mirada del dependiente cada vez era más burda y exabrupto y pensaba que en cualquier momento me podría agredir. No se que me causaba más pánico si los sollozos de aquel desalmado o la mirada incriminatoria de aquel oscuro comerciante. Estuve tentado a huir, pero sabía que aquella cama era indispensable, para que la columna vertebral de mi soledad se endureciese. Entonces el dependiente me dijo en medio del murmullo de las narcotizantes vivencias de aquella habitación: -"hágame usted el favor de ayudarme a transportar la cama". Cogimos las patas de la cama, dos cada uno, y habíamos de maniobrar con precisión, para evitar que ninguno de los clavos nos tocase. La cama medía de largo exactamente mi estatura, y aquello constituía una prueba fehaciente que yo era el amo de aquella cama del mismo modo que el rey Arturo era el dueño de escalibur. Nuestro camino de regreso fue bastante inquietante, porque la mirada del dependiente era asesina, parecía que en cualquier momento podría tirarme la cama encima mío. Era como si nuestro juego de miradas, fuese el de dos cubos de hielo, pues el primero que se derrita, será el esclavo del otro. Si yo perdiese acabaría con aquella cama de fakir incrustada en la cara, y si ganaba yo aquel luctuoso hombre me dejaría en paz. Yo era el hielo bueno y el dependiente era el hielo malo. Sorprendentemente observe, que las paredes ya no estaban grasientas, tal vez la lujuria y la depravación hubiesen sanado momentáneamente. A lo lejos continuaba escuchando los gritos de aquel depravado, no podía verlo, pero escuchaba como sus nudillos se hacían añicos golpeando la pared. Aquel insensato no dejaba de decir: - "no pararé hasta que no halla acabado con mis manos, nunca más volveré a crear una obra de arte tan sublime. No quiero ser más un artista, no puedo, no debo". Sus tribulaciones eran incontroladas, y no disponía de ningún otro recurso para calmar su soledad. De todas maneras no debía de inquietarme porque cuando el artista muere por dentro es cuando se empiezan a sentir las cosas tal cual son. Sus gritos eran desgarradores, y llegaban hasta mis oídos como si fuesen serpientes voladoras. Cuando abrimos la puerta que ponía privado, oí un relámpago avasallador. El dios de las sombras se había llevado a aquel artista chiflado. Fue una sensación imprecisa pero lo suficientemente contundente para averiguar que la tierra se había quedado sin rey, que el cielo se había quedado sin dios, que la angustia se había apoderado del mundo. Si digo que fue un relámpago tal vez no fuera sincero, aunque realmente no se que extraña maldición emergió de las profundidades de la conciencia del mundo. Lo único que sabia con certeza era que nunca conocería a aquel hombre que vendió al mundo por el brillo de las monedas que se utilizan en el infierno. Cuando cerré aquella puerta me olvide para siempre de aquel hombre. Dejamos la cama en el suelo. La tienda estaba vacía ningún cliente se había acercado en nuestra ausencia. Entonces el dependiente tras hurgar con la mirada la tienda para comprobar que todo estaba en orden, en un movimiento de retina estudiado y calculado me dijo: - "verdaderamente eres indigno de llevarte esta cama, no mereces los sentidos que te ha dotado la naturaleza, del mismo modo que tampoco mereces pensar. Pedro ya nunca más volverá y tú eres culpable de ello. Has iniciado un viaje sin retorno sin darte cuenta y lo vas a pagar caro. No tendrás tiempo de arrepentirte, ni de meditar sobre el pasado, porque el sufrimiento acudirá hasta ti como una plaga apocalíptica. El precio por la cama es evidente. En tiempos lejanos aceptaste traicionar a la sacrosanta armonía cósmica por 30 monedas. Se que fue un momento de debilidad y que tu instinto te mintió. Pero cada vez que ves el mundo, no dejas de purgar tu pecado, porque comprendes que el mundo es como siempre ha sido y que nunca te ha querido engañar. Tú quisiste engañar al mundo, como un niño pequeño le dice a su madre que tiene fiebre y no quiere ir al colegio. El mundo fingió creer tu mentira, y te atacó repentinamente convergiéndose en espesa niebla el espejismo en el desierto en el que creíste vivir. 30 monedas fueron solamente, aunque creo que todavía no lo has gastado todo, porque sino te sería imposible vivir, porque todo el sentido del mundo resplandece en el brillo de aquellas monedas arcaicas. Todavía te debe quedar algo, aunque solo sea un céntimo, porque sino no podrías respirar. Pero el dinero se te acabara pronto sino compras inmediatamente la cama de fakir. El mundo se ha eclipsado, pero nadie sabe con certeza si ha desaparecido realmente o no. estas condenado a vivir en la incertidumbre, y con una pesada cadena atada al cuello. Ahora miserable pagare esas malditas treinta monedas, que fueron las desorbitadas y malditas ganancias de tu traición". El dependiente me estrujaba el cuello, pero yo no opuse ninguna resistencia porque sabía que era culpable. No podía respirar pero tampoco lo merecía. Veía la imagen de mi estrangulador borrosa, mezclada con los fantasmas de mi pasado levitando alrededor de él. No podía ver su cara con nitidez, y progresivamente iba perdiendo la conciencia. Estaba rígido como la estatua de un tirano que esta a punto de derrumbarse tras la caída de la dictadura. No me importaba realmente dormirme allí mismo, ante la brusca presión de sus brazos estranguladores en mi cuello, pues sabía que aquella cama habría de ser mía para siempre. No era nada que me avergonzase, ni tampoco nada que me hiciese sentir orgulloso porque aquel era mi destino. De pronto mi estrangulador ceso de torturarme y en un tono más amable que antes, aunque también mucho más irónico me dijo (eso sí sin mirarme directamente a la cara como había hecho en otras ocasiones): - "en esta cama han dormido todos los dioses antiguos y todos los mitos de la literatura, no veo la razón para que un personaje de novela viviente no pueda hacerlo. Ninguna de las posturas para dormir es recomendable por lo que no te puedo recomendar ninguna. Esta cama no se ha hecho para fines terapéuticos, sino para crear sueños abominables en el soñador. Dormirse en esta cama es como darse un paseo en las inmensas galerías subterráneas de los sueños malditos de la humanidad. Esta cama no tiene ninguna historia, porque es la expresión más perfecta de la angustia del mundo. La angustia no tiene ninguna historia, de la misma manera que la historia tampoco la tiene. No sientas esta cama como una opresora, porque la opresión es la vivencia misma del sujeto. Esta cama no se ha hecho para dormir placidamente sino para tener pesadillas. Habrás de dormir en ella desnudo sin nada que te proteja la espalda. No tengas miedo porque nunca te querrá matar, solamente quiere que tu agonía persiga al infinito, como la luz persigue a la verdad a lo largo y a lo ancho de todo el espacio exterior. Y ahora te propongo que hagamos una prueba, tumbate en la cama". Acatando sus órdenes me quité la camisa y el dependiente la tiró bruscamente al suelo tras dársela para que la guardase en algún sitio. Tras tumbarme observé que no tenía sensibilidad alguna de mi cuerpo. Durante aquellos instantes de indecisión el dependiente sonreía sarcásticamente. Aquellos clavos no eran muy punzantes, pero dejaban terribles magulladuras en la espalda. De pronto sentí como aquellos clavos presionaban a mis carnes, el dolor era agudo pero soportable para cualquier estoico. Dormir una noche en aquella cama era una autentica demostración de poder de la soledad. El dependiente me dijo que podía vestirme y que había pasado la prueba. Realmente yo era el destinatario de aquella cama. Me dijo posteriormente que le pagara las treinta monedas pactadas, pues esa era mi deuda con el orden preestablecido. Le dije que solo tenía billetes. Sin embargo el protocolo de aquella compra me obligaba a pagar con monedas en un sentido estricto, para ser sincero y fiel con la tradición. Me fui a la tienda de enfrente a pedir cambio, y volví antes de que tuviera tiempo de pensar en aquello que estaba haciendo. Tras abonarle el precio de la mercancía, el dependiente me dijo que el pago de la cama no incluía el transporte, y que tenía que llevarla hasta mi casa a rastras. Aquel era mi cometido, llevar mi deshonrosa miseria con la cabeza bien alta, y con los pies torpemente bailarines. No era muy largo el camino pero si mi vergüenza. Tal vez los transeúntes pensaran que se trataba del artilugio de algún artista callejero. Pero tan solo lo pensarían los más ingenuos, porque la mayoría razonarían adecuadamente si pensaban que se trataba de mi implacable condena. Mis gestos eran lo suficientemente indignos y sinceros como para mostrar, que mis muecas de dolor formaban parte de un calvario vergonzante. Hacía mucho calor y afortunadamente las calles estaban prácticamente desiertas. Vi a dos niños pequeños que me saludaban por la ventana de un coche, pero su madre les reprendió severamente porque no quería que sus hijos fuesen educados con tal lamentable actitud. Apenas tuve tiempo de observar su comportamiento, pero el breve tiempo que los vi, represento para mí un amargo destello desolador. Pasaba por bares, quioscos y supermercados, pero nadie se digno a dirigirme la mirada. Naturalmente nadie se ofreció como voluntario para ayudarme. Mi paseo era tan monótono como absurdo, tan soporífero como pesado. Los clavos resplandecían bajo el influjo solar, como si aquella máquina del dolor gratuita quisiese vestirse de gala en aquella ocasión tan estrambótica, como era pasear por las calles a plena luz del día, alejada de los pesados augurios de las sombras desnudas y oscuras. Mi camino parecía interminable, no recordaba que el retorno a mi hogar pudiese aparentar tanta distancia. Tenía la espalda torcida, y aquella cama se movía como un caracol. Era muy pesada y dejaba algunos boquetes en el pavimento. Podría utilizar una cuerda o ponerle ruedas debajo, pero tan solo era digno transportar aquella cama bajo estoicas condiciones. Las calles cada vez eran más borrosas, a pesar de que cada vez el sol era más intenso, seguramente mi perdida gradual de visión era la perniciosa consecuencia de aquel esfuerzo tan prolongado y desequilibrado. No me atreví a pedir ayuda a nadie, porque quería llevar mi vergüenza a solas, aunque solo fuese interiormente, en mi exterioridad el mundo no dejaba de oprimirme. Aquel lamentable esfuerzo con la cama, se estaba convirtiendo en una confesión interminable, mucho más tortuosa e insípida de lo que hubiera sido deseable. Desgraciadamente mis problemas acababan de empezar. Me encontré repentinamente al cruzar la esquina a dos jóvenes besándose apasionadamente. Para colmo de mis males aquella joven había sido objeto de mi deseo muchos años atrás, y su recuerdo seguía siendo muy doloroso. Mi cerebro estaba todavía a medio coser, pues la operación de neurocirugía hacía mucho tiempo que se estaba intentando llevar a cabo sin éxito alguno. Los médicos no trabajaban, no cesaban de discutir con mi cerebelo abierto, acerca de cual era la incisión adecuada. Pero parecía que el tumor emocional era incurable, ni la ciencia ni la poesía disponían de medios para sanar mi dolor irreversible y necesario. Yo creo que arrastraba la cama por su culpa, pero este insignificante detalle no creo que deba importarle a ella, ni mucho menos a mi. Al verme en tan pordiosera actitud se reía de mí, mientras su amante le abrazaba por la altura de la cintura. Procuré ignorarla, y olvidar su provocación. Pero su risa era de diosa, y mis esfuerzos interminables arrastrando la cama como si fuese una serpiente de baja ralea. Me contemplaba con un desprecio atroz, con una mirada sensual, como si pretendiese que su arrogante feminidad me causase pudor y hondas tribulaciones. Sus ojos encendidos eran mi incendio espiritual, pero se trataba de fuego negro, de fuego que apaga la pasión de las criaturas para siempre. Entonces le dijo a su amante aunque sin dirigirse directamente a mi: - "mira ese abominable insecto repulsivo. Ha crecido mucho desde la última vez que lo vi, pero su baba no es humana, continua siendo de insecto. Sigue siendo un asceta consumado y catatonico desde que lo abandoné sin darle ninguna explicación. Este es de aquellos que no se olvida de nadie, un rencoroso de parvulario que cree que todas las afrentas merecen un desagravio. No es humano, sino que es un tembloroso proyecto de hombree un durmiente que confunde la realidad con la ficción. Por eso lo puedes engañar cuando convenga. No puede aceptar un no por respuesta, y todavía se cree capaz de arrastrar todas sus penas en esta cama de fakir. Seguro que dormirá muchas noches en esa cama, y el muy estúpido se piensa que me complazco con su dolor. No se quien se ha creído que es, para pensar que merece mi odio. Mira como intenta fingir que no nos escucha, seguro que le pesan más mis palabras, que sus eternas noches de insomnio o pesadillas en esa cama de fakir. Este individuo es tan deleznable e ingenuo que se piensa que una palabra que queda suspendida en el aire se puede quedar allí para siempre. No se da cuenta que todo se mueve, y que una promesa es lo más irrespetuoso y descabellado que existe. Es un egoísta aquel que piensa que el tiempo no pasa. El ser humano necesita muchas identidades, y muchas muecas groseras, irrespetuosas e hipócritas para sobrevivir. El mar nunca ha existido solamente infinitas gotas de agua. Si el solo conoce una mueca o un gesto es su problema, porque yo conozco la naturaleza humana mucho mejor que él, soy una persona mucho más respetable. Por eso tengo tantas amistades y tantos romances. Por eso yo puedo tocar la canción de la vida, y el solo puede entonar repetitivamente un acorde tenebroso y solitario. Pero la vida y los milagros siempre han sido para las personas de mi condición, para los rufianes como él, solo le pueden quedar las basuras y los vómitos de mis momentos de mi debilidad, como por ejemplo cuando intente seducirlo. Pero lo más grande, lo más elocuente es aquello que nace de mis labios y mis obras, lo más ruin y lo más pordiosero son esta clase de individuos que creen que un reloj sigue el mismo ritmo para todas las personas, y que su tic-tac, es el preciso dinamismo que da vida a la ética". Continuaba arrastrando la cama, no tenía fuerzas para hablar, aunque lo intentaba con toda mi alma. La miraba de reojo, pero ella ni siquiera se dignaba a dirigirme la mirada. No era el tiempo lo que había pasado sino una sucesión de imágenes mentales carentes de sentido. No obstante allí estaba, como si fuese una visión distorsionante de la pantalla de un televisor que emite una escena subliminal. Algo frío, algo callado, algo que desafía a la lógica y a las emociones por igual. Cada una de sus palabras era un clavo de mi cama de fakir. Ella era una casa que no había encontrado nunca, y el peso de mi corazón y mi cabeza aumentaba al descubrir que aquella morada estaba vacía. Pero por alguna razón inverosímil quería entrar en el interior de aquella casa y sentir su frío paralizante y narcótico. Ella era una confesión interminable como lo es la vida. Intenté decir algo, pero la carne de mis labios se me caía a trozos debido al intenso frío polar. Fue ella quien continuo retratando el cuadro de mi desgracia: - "¿hasta donde quieres llegar con esa cama?, ¿acaso quieres acostarte con alguna zombie? Eres más viejo que el sexo. No eres más que una máquina que esta programada para buscar el dolor. Fui yo quien invento aquella máquina y quien la doto de las reglas más precisas y sofisticadas. Lo mejor que podrías hacer es mirar el cielo y decir: -"¿soy acaso yo aquel que desapareció muchos años atrás?". No busques ni en el cielo ni en la tierra, invéntate otro mundo, porque puedo asegurarte que en este no vas a triunfar. Pero estas condenado porque todo aquello que piensas deberá pertenecer a este mundo necesariamente. Los tumores emocionales solo lo tienen las ratas. Por eso experimenté contigo en el laboratorio. Piensas en términos lógicos y matemáticos, por eso me gustó pintar tus números de negro". Intenté huir porque estaba atrapado en su laberinto de macabros colores crepusculares. Entonces ella le dijo a su amante: - "si verdaderamente ha decidido dormir en esta cama, necesitará tener los huesos blandos, solo aquellos que tienen heridas incurables son capaces de dormir en esta cama sin escrúpulos. Procede, no le dejes ni un solo hueso sano, tenemos que educarle para que aguante bien el dolor". Procuré ignorar sus palabras, pero debido a la lentitud de mi recorrido apenas me había alejado unos pasos. Ella aguardo en la esquina con la mirada expectante y errática a un mismo tiempo. A decir verdad aquello resultaba muy aburrido para ella, se trataba de una simple distracción. Su amante se dispuso a ajusticiarme. De hecho era mucho más corpulento que yo, y probablemente no tendría ninguna opción de defenderme aunque lo intentase. De todas maneras no quise oponer ninguna resistencia, porque sabía que en un cierto sentido aquella sentencia era absolutamente justa. Su amante era de aspecto muy rudo, con la nariz aguileña, con los ojos grises, y con una ligera calvicie en la coronilla. Su mirada era muy expresiva y contundente, y no creo que pudiera comunicar tanto al mundo como lo hace él, aunque escribiera centenares de poemas. Tenía un tatuaje en el brazo que ponía: "adoro los coños y odio a los freakies". Por fortuna no se había tatuado con el nombre de mi antigua amante, aquello era un punto a mi favor para no sentir celos. Entonces su amante le dijo: - "no te lo tomes como algo personal, pues de hecho a mi me resulta absolutamente indiferente ajusticiarte o no. la verdad es que no me caes muy bien, pues ya habrás visto mi tatuaje en el brazo. Pero yo hago lo que mi pareja dice, hasta sus últimas consecuencias, y como tú no lo has hecho supongo que la habrás perdido por eso. No siento celos por ti, porque es evidente que mi pareja estuvo contigo para reírse de ti. No obstante hay que acatar las ordenes porque ella es un bien muy preciado que no puedo permitirme el lujo de perder (él le guiño el ojo y ella le mando un beso). Voy a explicarte de un modo meridiano cuales son las reglas de tu ajusticiamiento. Regla numero 1: no opongas ninguna resistencia. Regla numero 2: haz lo que te digo o será mucho peor. Regla numero 3: procura no gritar porque entonces me sube la testosterona y no puedo controlarme. Regla numero 4: solo ella podrá ordenarme parar, porque ella es la justicia suprema". Me ordenó estar en pie, mientras no cesaba de darme puñetazos en todas las partes de mi cuerpo. No sentía dolor alguno, porque creía en la esperanza, que en cualquier momento ella le ordenaría parar y que se acabaría mi suplicio. Ella estaba muy aburrida, y creo que prestaba más atención a las sombras de los coches aparcados, que a mi intrascendente e insípido ajusticiamiento. Su amante se esforzaba en distraerla mientras me golpeaba y no cesaba de recriminarme que yo tenía la culpa de las crisis de su relación de pareja. Su amante no le prestaba ninguna atención, aunque el intentaba atormentarme con los golpes más bruscos y contundentes. Yo tenía las manos en la espalda tal y como mi antigua amante pidió. Sus puñetazos eran muy eficientes y certeros, y yo creo que aquel hombre había sido instruido en defensa personal. Era muy probable que fuera el portero de alguna discoteca. Aunque me extrañó porque recordaba que mi antigua amante tenía gustos intelectuales muy exquisitos, y tan solo aceptaba compartir su intimidad con amantes que tuvieran un elevado coeficiente intelectual. A mi no me hizo ningún test (supongo que porque en aquella época no era tan exigente debido a una profunda crisis emocional). Finalmente mi antigua amante le ordenó a su pareja que dejará de ajusticiarme. Aquello resultó un alivio. Tenía los labios partidos, el estomago y la espalda llena de moratones, la nariz sangrando, y las piernas y los brazos hechos polvo, aunque no debía de tener ninguna fractura. Afortunadamente mis lesiones eran superficiales y no me había causado ninguna fractura. Me tiré al suelo, cansado y rendido, con las manos en las patas de la cama de fakir para que nadie me la robase. Entonces ella le dijo a su amante: - "amor, se que te has esforzado en complacerme pero la próxima vez tendrás que esforzarte mucho más. Estaba pensando silenciosamente que me querías, pero no me dabas muchas muestras de ello, mientras ajusticiabas a este infame. Ahora nos iremos a casa, y haremos lo que a ti más te gusta, aunque se que estoy siendo injusta, porque no lo has hecho tal y como te pedí. Pero tú sabes que te quiero mucho y que siempre te lo perdono todo, y esta vez tampoco será una excepción. Mi amor volvamos a casa abrazados y cuando lleguemos vamos a celebrar cuanto nos queremos". Lo cierto es que su amante estaba eufórico, pero esa alegría desorbitada no le sería propicia en su relación de pareja, porque en otras ocasiones no saldría tan bien parado como en esta ocasión. Mi antigua amante me sonrió y me dijo: "no te lo tomes a mal, pero lo hago por tu bien porque te hace mucho daño pensar en mi. Se que tras esta advertencia recapacitarás y no volverás a mirarme de reojo si alguna vez nos volvemos a encontrar". Me dio la mano para despedirse de mí. Un beso en la mejilla hubiera sido lo habitual (de hecho a ella le hubiera sido indiferente), pero tuvo el detalle de pensar en mi, porque sabía que me moría por besarla en los labios. Sin lugar a dudas fue un gesto muy fraternal entre dos antiguos amantes. Su amante se despidió con la mirada, y se alejaron calle abajo abrazados y haciendo planes de futuro. Me sorprendía que aquello no lo hubiese experimentado como una humillación, sino como el paso de una vulgar brisa que se dirige a tierras malditas. Parecía una rata que hubiese sido pisoteada, pero todavía me sentía con vigor para continuar arrastrando aquella cama con una dignidad que no es de este mundo (¿a que dignidad deberé referirme?, no lo se pero la imaginación hace milagros). El calor y las heridas me habían contagiado una somnolencia aplastante y angustiosa. Me sentí tentado de quedarme allí dormido, pero debía de seguir aquel día ilusorio, como el sueño maldito de la vida nos persigue. Conseguí ponerme en pie y estiraba con todas mis fuerzas, pero la cama apenas se movió un ápice. La cabeza estaba aplastada debido a un doble motivo: la fuerza gravitatoria de mis ideas excéntricas y la invisible e insensible paliza de aquel degenerado. Mis ideas eran como clavos ardiendo, y no sentía ninguna motivación para observar lo que había alrededor mío. Estaba en el desierto urbano con mis ideas gimiendo con solemnidad en los muros de aquellos rascacielos. En mis delirios mi cama parecía como una sombra inmensa con espinas, pero yo intentaba resguardarme de aquellas extrañas visiones proféticas en el tejado de los locos. Cada nuevo paso era como un nuevo mundo, mucho más infame y perverso que el anterior. Tras haber cruzado alrededor de cinco travesías en línea recta, desde que salí de la tienda de muebles, pude ver a dos mendigos que me miraban estupefactos. Probablemente guardaban sus cartones en alguno de aquellos callejones sin salida que se encontraban cerca. Al parecer se hallaban sobrios, como si hubiesen estado inquietos mucho tiempo tras largas horas de insomnio. Uno de ellos predicó a los cuatro vientos como si creyese que el cielo pudiera oírle: -"es nuestro rey". El otro dijo: - "ha nacido de la barroca música celestial y ha venido para convertirse en nuestro caudillo". Yo estaba exhausto y pensaba que aquellos dos hombres padecían de una alucinación proveniente de las antiguas estrellas fijas. Uno de ellos era muy alto, llevaba un sombrero de copa roto, y un bigote muy largo y cuidadosamente recortado. Llevaba un traje de gala sucio y con agujeros volcánicos de Marte. El otro llevaba un jersey de cuello alto, que debía usar tanto para invierno como verano. Tenía la cara deformada, no se sabe si por alguna enfermedad degenerativa o por algún accidente con algún producto tóxico. Aquel que me vio primero se quitó el sombrero en gesto caballeroso y juglaresco y dijo: -"bienvenido seas rey de los ascetas, sigues un camino iluminado por la sagrada luz del dolor. Tu senda es una maquinaria fatal, pues sus circuitos están diseñados con la macabra ingeniería del hombre. Esta cama es tu trono, y nosotros somos tus súbditos. Deja que te llevemos en ella como tus más fieles y humildes portadores. El cielo esta cansado y ya no le quedan lágrimas, solo consigue salir del vacío de sus pulmones cuando sufre. Los planetas están cansados de girar, y repiten eternamente: nuestras vueltas son el pensamiento cansado de los dioses sibilinos. Rey de los ascetas, tu señorío ha sido profanado por el aburrimiento de la poesía y sus costumbres. No queremos que nos guíes por senda alguna porque sabemos que no existe. Tu espíritu vivencial nos fascina porque sabemos que no ha de llevarte a ninguna parte. Por esta razón queremos ver como estalla el vacío, y como a partir de esta explosión se crean nuevos mundos nihilistas. El dolor es el ser, y nosotros somos tus sirvientes. No te pedimos dormir en esta cama porque sabemos que no somos dignos de ello. Déjanos acompañarte hasta tu casa, mientras te tumbas en la cama y nosotros te llevamos". Accedí a sus peticiones aunque sabía que realmente no eran mis sirvientes, porque el dolor no tiene ningún reino. El dolor no es de este mundo, pero como no existe nada que no exista en este mundo, el dolor es la ilusión más pesada y mortífera que existe. Porque no existe, podemos decir que existe en toda su pureza y esplendor. Sin embargo aquellos sirvientes, no eran más que súbditos de un reino que no ha existido jamás. Me ayudaron a levantarme del suelo, y me pusieron en la cama. A la cama le faltaban mantas, y mis súbditos se quitaron sus andrajosos trajes para que pudieran servirme como mantas. Aullaba de dolor, pero afortunadamente los clavos no penetraban demasiado en mis carnes. Caminaban muy rápido, y podría decirse que eran unos criados improvisados muy eficientes. Debido a su extraño fervor servil cantaban: - "una cama de fakir fue robada de la luna y nosotros nos hemos quedado con ella, el mundo necesita del insomnio, este es el tesoro más importante de la luna. A medida que corran los días crecerán nuestras desventuras. La planta del dolor tiene sus raíces en la tierra y crece hasta lo más alto de los cielos. Todos nuestros pensamientos no son más que torpes enredaderas, y nosotros escalamos a través de ellos hasta llegar al cielo. Cuando hemos llegado hasta allí los venenos gases de la atmósfera nos preguntan: - "¿de veras pensáis que aquellos que habéis visto y creído puede crecer más allá de nuestras fronteras?". Entonces las plantas se pudren y sus negras semillas vuelven a germinar en la tierra. Solamente el dolor es armónico, por esta razón puede componerse música gracias a él. La música y el dolor emergen de las profundidades de la tierra, porque el hablar es la reencarnación de la más sagrada de las composiciones musicales. Los sueños nacen de la ceguera, porque aquello que se ve es inmóvil, en cambio la música siempre se mueve, y por esta razón es ciega. La música son nuestros sueños, nuestros sueños más pesados y lucidos. Eso es el dolor mismo, la máquina fantasma de nuestra soledad que se mueve al ritmo de los narcóticos pensamientos del alma del mundo. Cada vez que nace una palabra, se reencarna del mundo de las sombras, y nace la música, nace el movimiento y nace el dolor. El mundo es un inmenso abismo que no cesa de berrear, como si fuese un cordero apaleado. Su hondura crece cada vez más, y a medida que crece podemos escuchar más fuerte sus gritos, aunque cada vez sean más hondos y siniestros". Aquellos vagabundos etéreos eran más monárquicos que el propio rey, y santificaban mi dolor con los versos más hermosos y las acciones más siniestras. Aunque paseábamos por las calles a plena luz del día, creía que vagaba en las sombras de algún laberinto onírico. Parecía como si transportar aquella cama y a su decrepito habitante no les supusiese ningún esfuerzo, como si ellos fuesen el viento divino que me hiciese volar por los cielos acostado en mi cama. Los coches parecía que se movieran como si se parase el tiempo a cada instante, y escuchaba fatídicos y exabruptos murmullos del mundo. Aquellos indigentes eran la manifestación espiritual de las enfermedades más nocivas de la vida, como si fuesen dos caballos malditos que tiran del carro de mi vida. Sus cantos eran como una sinfonía mágica que despertaba el instinto de los clavos y hacía que se hundiesen en mis carnes. No recuerdo si tardamos mucho en llegar a mi casa, pero yo creo que fue el tiempo que se necesita para soplar una vela y para que se apague. Como el soplo de un dios maligno, que con su aire puro y antártico puede despertarnos de un sueño borroso para siempre. Cuando llegamos a mi casa, le pedí a mis lacayos que me bajaran de la cama, porque el artista de sueños mortales necesita dialogar con el mundo antes de emprender su fatídico viaje. Volcaron la cama y caí al suelo como un ave que se ha quedado coja y no puede volar. Sus endemoniados semblantes me miraban fijamente, parecían sus ojos como piedras preciosas maléficas. Me preguntaron con cortesía donde quería que dejasen la cama. Yo les contesté que no tenía importancia, porque mi trono en el reino del dolor, puede estar situado en cualquier lugar. La dejaron en aquella habitación donde entraba menos luz en la casa. Les pedí que me llevasen hasta mi cama, si habían sido tan amables, para conducirme hasta allí, pero me respondieron que quien no puede llegar hasta su trono no es un auténtico rey. Se fueron precipitadamente, sin ni siquiera despedirse, como si temiesen que una siniestra maldición desolase sus imperceptibles vidas. No sabía si sería capaz de abrir la puerta de mi casa, porque las llaves las tenía un dios que dormía desde hacía muchos milenios. Aquellos miembros del coro del infierno habían podido entrar prescindiendo de su materialidad(al ser pura espiritualidad eran puro placer). La puerta tenía muchas resquebrajaduras y una patada hubiese sido suficiente para abrirla, pero no podía mantenerme en pie y me arrastraba como un ciempiés mutilado. Seguramente la cama habría adquirido naturaleza sagrada al convertirse en inquilina perpetua de mi morada, y estaba esperando con impaciencia a que alguien se acostase en ella. Ante mi sorpresa la puerta se abrió espontáneamente, el templo del dolor necesitaba de nuevos adeptos inminentemente. Quise entrar en mi casa como si fuese un intruso, como si nunca hubiese sido consciente de su existencia. Si quería modificar mi rumbo hacía una vida desconocida, toda mi vida anterior debía de ser una quimera confusa que me proporcionara señales de un modo aleatorio y surrealista. No se trataba de un olvidar recordando, sino de un sufrir aprendiendo. En mi casa hacía mucho frío, y gateando intentaba esquivar bloques de hielo. Mi casa se había convertido en un iceberg en su interior. Apenas la pude reconocer, a pesar de que los pasillos y las habitaciones no habían cambiado en un sentido estructural. No obstante estaba demasiado cansado para imaginar, mi casa imaginaba por mí. Durante mi ausencia un espíritu invisible había hecho evolucionar mi casa hasta más allá de la vida y de la muerte. El hielo era un extraño anestésico, pues al arrastrarme por los suelos, mis heridas no sanaban, sino que se escondían en un escondrijo siniestro de la sensibilidad, para después comparecer a la realidad con todo su esplendor e intensidad. Tras un largo y penoso esfuerzo pude llegar a mi cama. Estaba muy cansado, e intenté encontrar una postura en que los clavos no fuesen tan agudos y penetrantes. Pero el mismo cansancio me impedía reflexionar. Cual mayúscula fue mi sorpresa que me dormí, sin esforzarme, bajo el dudoso amparo de aquella oscuridad neonato que me rodeaba.




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