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Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS

Juan Oliver

juanglot@hotmail.com


 

DE CARA AL MAR

Sentado en la orilla del mar estoy mirando como transcurre el tiempo, en el más infame y sublime de los desiertos. He venido a vaciarme, he venido a quemar todas mis preguntas en un altar sagrado, he venido a borrar todas las líneas de mis mapas. Contemplo el desierto plateado y quisiera preguntarle porque su inmensidad recuerda tanto a una eternidad vacía. No creo que las olas se dignen en contestarme, porque tan solo son espumosos edificios, que se construyen y se derrumban, tal y como hace el pensamiento cotidiano. Quisiera interrogar a las gaviotas pero siempre vuelven a tierra firme, como lo hace toda esperanza, toda creencia con armadura de caballero andante, todo compromiso con las aspiraciones más trascendentes del hombre, todo enamoramiento fracasado... quisiera preguntar a la brisa marina, pero no creo que haya viajado tan lejos como mis preguntas. Solo el horizonte conoce la respuesta, pero siempre se viste con la luz del sol, como la más bella de las ideas se viste de sabiduría. Nadie quiere interrogar al horizonte, que es el guardián de la nada, nadie quiere desafiarlo, nadie pretende que tome forma humana... yo he venido a hablar con el horizonte como la vida hace con la muerte. Solamente me escuchará, si lo puedo encontrar. Nunca lo encontraré sino le miro con franqueza y le digo: el deseo es solamente terrenal, pero tú no eres deseo, tú eres los dulces límites del mundo y de sus sueños. No me puedes mostrar nada, solamente que nada hay. Miro a las olas como si fuesen conspiraciones vacías, naturaleza prepotente, es decir, el insigne y solitario lenguaje del mar. Existe algo perdido en el mar, que se encuentra en tierra en forma de sueño ahogado: el pesado y cansado lenguaje del infinito. De repente, escuche como cantaba el horizonte, no invocaba a nadie, simplemente era el himno del sinsentido que resonaba con estruendo en mis oídos. Un latido congelado que suena como una guitarra sin cuerdas, un inhóspito y tajante derrumbamiento de todos las visiones de mi alma, como si acabara de entrar en una habitación oscura, un temblor espástico e imperceptible en todos los rincones de mi cuerpo, y.... ya estoy de cara al mar. Como si fuese el espectador de una obra de teatro sin actores, sin decorado y sin guión, el horizonte me habló mediante el suave bailar de las olas, como siempre habla la eternidad al hombre, desde el instante sublime: - “mírame bien, que el sepulcral y atormentado desfile de las olas no te despiste. Mírame bien, no soy ni tan grande, ni tan pequeño como tú crees. Allá donde te llevo nada podrá confundirte porque nada existe. No estoy lejos, ni estoy cerca, siempre he estado en el mismo sitio. No soy ni un dios, ni un hombre, solamente soy el respirar que sale de tu boca y que nunca más volverá. En mi interior existe una perfecta armonía nada se destruye, ni nada se olvida”. Aquel dios me fascinó porque no estaba hambriento, no quería adoctrinarme, porque era capaz de describirme su esencia con su mera aparición. Al escuchar su voz, observé cuan fútiles e inocuas eran las olas, me di cuenta de lo charlatán que era el viento, de lo serviles que eran las aves que sobrevolaban el mar. Parecía que todo fuese un juego olvidado desde hacía millones de años, pero que por alguna razón desconocida todos los seres cumpliesen con sus reglas sin saberlo. El horizonte no me había llamado por mi nombre, porque desde que estaba de cara al mar, ya no lo tenía. Parecía como si hubiese desatado un nudo en mi pensamiento, y me marease la ligereza con la que percibía el mundo. Entonces el horizonte volvió a hablarme como un maestro habla a su alumno, como un dios habla a su creyente: - “sé que estoy muy lejos y dudo mucho que llegues hasta mí. No te preocupes hasta ahora nadie lo ha hecho. No te arrepientas, si en tu viaje hacía mí, me continúas viendo igual aunque te esfuerces mucho. Yo sabré recompensarte tú esfuerzo porque tengo en cuenta que eres fugaz. Pero has de saber, que esto representa un duelo entre tú y yo, un duelo entre el narcótico sueño de la naturaleza y su temible despertar”. Entonces mis pensamientos se convirtieron en una rígida piedra, en un círculo en llamas que no deja pasar ni al pasado ni al futuro, en un olvido y en un recuerdo funesto, en una estatua pálida y serena que ha sido expulsada del museo en donde se exponen eternidades temblorosas y silenciosas. Había aprendido a ver al mar como una eterna visión sin estaciones, como un desierto que odia las preguntas y que son engullidas en el horizonte como si de un abismo se tratase. Entonces la voz del infinito volvió a escucharse desde las encantadas aguas del desierto azul: -“creedme, nunca tu mirada volverá a ser tan profunda como la de ahora. Creedme, me miras a mi porque estas cansado de mirar en tus adentros. Creedme, a mi lado la verdad y la belleza nunca serán viejas. No te encuentras de cara al mar porque estas perdido, sino porque te encuentras desaparecido de un modo irrevocable. Tu mirada es fija y solemne, como la de un poeta desvergonzado que mezcla los asuntos de la tierra y el cielo en un mismo cuadro. Sino te aburres mirándome es porque me conoces bien, sabes que no me hace falta hablar para enseñarte el mundo. La vida es un laberinto imaginario, un cruce aparente de muchos sueños angustiados, yo en cambio soy una senda recta que no cesa de citarte el mismo aforismo desde el principio al final: - “no es necesario que mires en tus adentros porque el mundo y tu sois lo mismo”. Emprende tu último peregrinaje espiritual poeta descarriado, camina en la arena y sumérgete mar adentro, no te preocupes la marea hará desaparecer tus borrosas e ininteligibles huellas. Tu mirada encantada hacía el horizonte, ya no entiende de música y de poesía, es un instante sublime y perverso, que ya no necesita beber agua de la fuente de naturaleza en donde reposan las canciones y los poemas. Ven, no eres mi prisionero, eres mi artista favorito”. Por un instante palidecí como lo hace el sol cuando es eclipsado por una tormenta apocalíptica, caminé tres pasos como si no fuese a mi ser a quien arrastrase, sino a una idea peligrosa e incendiaria.


 

EL JUICIO

El teléfono sonó a las 2:30. Hora intempestiva para la mayor parte de los mortales, excepto para mi que devoro la noche, como si fuese un dulce perfume negro que se extiende por doquier, para hacer callar al tiempo. En primera instancia pensé que se trataba de una equivocación, pues no existe corazón que palpite con tanta intensidad a aquellas horas como el mío, como si fuese el sórdido motor de un microcosmos enlutado. Bajo el amparo de silenciosas lágrimas de la luna que bañan los campos en forma de rayos púrpura, la poesía duerme sumergida en borrosas y contradictorias profecías oníricas. Sin embargo a aquellas horas, un pordiosero antihéroe, se refugia en mis pensamientos, fabricando todo tipo de sutiles telarañas. Me extraño que alguien hubiese sobrevivido a la oscura alma de la noche. Pero de hecho así era. Me levanté del sofá (pues en aquel momento padecía de sucias convulsiones nihilistas), y cogí el teléfono que se hallaba encima de una mesa de cristal limpio y grueso, donde hay expuestos cuatro ceniceros. Contesté con la voz fría y apagada, dando oscuras señales de vida. Dije: - “¿diga?”. Respondió una voz familiar, y tras un breve desconcierto inicial, reconocí la identidad de mi interlocutor, se trataba del señor Fernando. Este fue su monologo introductorio: - “hola Juan, soy Fernando. Ruego disculpes mi descortesía por llamarte a estas horas, pues el tiempo suele consumirse como un papel que arde mediante una divina llama, pues en el papel es en donde se hallan escritas las memorias del día anterior. No obstante, motivos ajenos a mi voluntad, y a mí respecto a las más elementales convenciones sociales, me han forzado a tomar esta drástica decisión. Un asunto muy turbio se ha desencadenado y ni Adriana, ni dani, ni yo podemos ponerle freno. No creas que te llamo para narrarte mis preocupaciones costumbristas, pues el centro neurálgico del conflicto reside exclusivamente en ti. Tu vida depende de lo que te habré de relatar en breve. Siento no poder ser más explicito, pero el secreto que oprime a mi pecho con la furia de un volcán, no puede ser relatado en una somera conversación telefónica. Solamente puedo darte dos instrucciones que te serán de gran ayuda: primera: esperanos en la puerta de tu morada pues en cuestión de escasos minutos pasaremos a recogerte. Segunda: reza que vengamos, porque en caso contrario tu existencia se sumergirá en el más pesado y oscuro de los abismos para siempre. El tiempo apremia, no nos importan los protocolos”. Entonces colgó, sin que tuviese tiempo para reaccionar. Debido a la severidad con la que pronunciaba las palabras, y con la lucidez en que las exponía, adiviné que se trataba de un asunto de suma importancia. No tenía tiempo para pensar, pues debía seguir el consejo que me dictase mi conciencia; si hubiese pensado en aquellos instantes, probablemente habría muerto. Mis padres y mis hermanos estaban durmiendo confortablemente en sus respectivas habitaciones. Decidí dejar una nota al pie de la escalera, para prevenir el hipotético caso, en que mi sumergida tarea, se extendiese más tiempo del previsto. Cogí un papel amarillo y pegadizo y escribí: - “hoy no puedo soñar en casa, tendré que vivir mi sueño fuera. Parece un sueño peligroso. De todos modos, espero que no sea necesario que leáis esta nota. Un invisible instinto me avisa que no volveré a respirar en esta casa nunca más. No obstante, confió en que estos malos augurios, vuelvan en silencio al lugar donde nacieron: el infinito y misterioso cielo estrellado. No se si se trata de una despedida para siempre, pero es muy posible que así sea”. Salí con una camiseta de manga corta, en que había inscrita una calavera. Es una camiseta ceremonial, que solo utilizo en muy raras ocasiones, para salvaguardarme de situaciones comprometidas. Llevaba un bañador, que siempre he hecho servir como pijama. Tenía que corresponder a la hospitalidad con la que había sido tratado, tenía que hacer acto de presencia de la forma más desaliñada posible, para que mis amistades pudiesen contemplar mi frívolo espíritu noctámbulo. Si Fernando había sido impulsivo, yo tenía que serlo aún más, aquellas eran las irrevocables exigencias de aquel misterioso contratiempo. Bajé las escaleras con audacia, para que nadie percibiese mi extraño modo de proceder. No quería que se confundiesen, aquello no era una huida definitiva, era un secreto que había de tapar como fuese necesario. Abrí la puerta con sigilo, ante la boba y tranquila mirada de mi perro, blanco como la nieve, y manso como la suave brisa vespertina. Abrí la segunda puerta, que me conducía fuera de las fronteras de mi casa, y aguarde cerca del umbral de la puerta, como si fuese su férreo guardián. Me distraje mirando unas nubes rojizas que cubrían a la luna, como si estuviesen escuchando la pasión lumínica que se derramaba de ella. Poco después llego el coche, que había de guiarme en la senda de un luctuoso destino, de manera análoga a como un velero recoge en la orilla del mar, a las almas de los moribundos. Vi que el señor dani se apeó del coche. Iba vestido con un elegante traje, con una americana violeta, con una camisa cubierta de flores exóticas, y con una corbata de seda y roja de distinguido gusto. Llevaba gafas de sol, y por esta razón no pude reconocerle en un primer vistazo, rodeado de aquella espesa penumbra, que desolaba tanto mi visión interior como exterior. Llevaba vaqueros, y alpargatas. De pronto vi que en el cielo, viajaba un cometa con celeridad, desprendiendo luz espumosa y chispas de vidas pasadas y futuras. En aquellos instantes, conocí con absoluta verosimilitud la trascendencia de los hechos. Sin más preámbulos me dijo: - hola Juan, sentimos no haberte informado de lo que acontece con lujo de detalles. La razón es muy simple, no sabemos que es lo que esta pasando (en aquellos momentos se quitó las gafas de sol, como si quisiese mostrarme el más profundo de los respetos y de las gratitudes). Este infortunio no te afecta solamente a ti, aunque repercute con mayor crueldad sobre tu persona. Son muy pocos los indicios de que disponemos, las conjeturas levitan en el aire como burbujas de jabón. Solo puedo informarte de dos hechos objetivos: tenemos que celebrar un juicio, pero desgraciadamente no sabemos quien será el abogado, el juez y el fiscal. Solo sabemos que tú eres el acusado. Todavía no sabemos que crimen has cometido, pero debido a una intuición impresa en nuestro pensamiento con metal ardiente, sabemos que se trata de una falta severa que debe ser ajusticiada. Es como si por una necesidad de creación inexorable, estuviésemos pintando un cuadro, y solo tuviéramos unas manchas, sin saber ni siquiera la silueta de la imagen, y que pretende representar. Solo sabemos que tenemos que celebrar el juicio en casa de Fernando, te aviso de antemano que el castigo será severo. Te recomiendo que no intentes huir de la justicia, porque nosotros somos la justicia. En nosotros confía el sabio destino de las leyes humanas y no podemos decepcionarla. Si intentas huir traicionaras a la humanidad entera. Por favor sube al coche, y hablemos con calma, pues como habrás supuesto todas estas confesiones son extraoficiales, y no tienen todavía el vigor y la fuerza del musculoso brazo de la ley. No es ningún arresto, simplemente es un interrogatorio extraoficial. Cuando lleguemos a casa de Fernando se celebrará un juicio sumarisimo. Mientras tanto durante el trayecto podrás considerarte como nuestro huésped”. Me arrodillé y me puse las manos en la espalda, para que me introdujese unas esposas, pero con una sonrisa cordial, me indicó que no era necesario. Entré en el coche, en los asientos de detrás. Delante estaban Adriana y Fernando al volante. Adriana iba ornamentada con un lujoso vestido de noche de color azul, con diamantes resplandecientes bordados, con unas faldas muy largas, y con un peinado con dos moños. Fernando iba vestido de etiqueta, con una corbata azul, con una chaqueta azul marino y con una camisa blanca. Fernando arrancó el coche con galante contundencia, como si quisiese despegar con un cohete que lo condujese a las galaxias más lejanas. Adriana se giró, como si quisiese mirarme de frente, de un modo tan natural, como cuando se camina por la calle. Fue la primera en hablar: - “se que tal vez el procedimiento resulté un poco informal, pues todavía no ha empezado el juicio de un modo oficioso. Pero al tribunal le faltan pruebas, y no puede mancillar su nombre, celebrando un juicio con ausencia de ellas. Ahora vas a escuchar una canción, y si la reconoces tendrás que tarareármela con absoluta fidelidad a tus recuerdos y a tus conocimientos musicales. No estoy en disposición de indicarte si es bueno a malo que la recuerdes, debes de actuar con sinceridad, pues solo en ese caso nuestra valoración con respecto a tu persona nos será favorable. Escucha con atención, pues la música va a sonar. Relaja tus sentidos y escucha todas las estaciones de tu vida, pues esta música quiere hablarte de tu vida.” Fernando sin dejar de mirar hacía la carretera, introdujo un casete, en la máquina reproductora de voces ahogadas en el pasado. Dani me miraba fijamente haciendo un minucioso examen de mis emociones gestuales. Se volvió a poner las gafas de sol, para que no adivinara que un espía de un dios impersonal me estaba vigilando. La música sonó, se trataba del último minuto acústico de “the man who sold the World” interpretada por “nirvana”. Recuerdos aleatorios y dispersos se pasearon en mi mente, de la misma manera que galopa un caballo maldito en el tiempo. Tras pasar por las cercanías de un hospital, cruzamos un puente exiguo, como si fuese una olvidada frontera de mi poesía. La luz de la noche se derramaba sobre el coche, como si fuese la simpática caricia de la muerte, que nos seduce a que le lancemos todos nuestros pensamientos en forma de burbujas de agua, como si toda la vida consistiese en aguantar la respiración, y la muerte fuese emerger hasta la superficie. Cuando escuchaba esta canción, estaba quieto como una estatua, como si el veneno acústico de aquella música paralizase mis sentidos. Fernando y Adriana, miraban hacía adelante, miraban a la más solemne de las improvisaciones en mi futuro juicio. Miraban la carretera como si el espacio fuese una apariencia, como si pudiesen recortar un cuadro inmortal con tijeras. Dani pisaba la alfombrilla, siguiendo el ritmo de la canción, como si pudiese capturar las notas de mí alma que se me escapaban hacía un mundo invisible e innombrable. Fernando estaba muy sereno, aunque en ocasiones se ajustaba la corbata, porque le apretaba demasiado. De pronto la música cesó y Adriana apagó la máquina en donde se esconde la espiritualidad oculta del hombre. Sin más dilaciones, Fernando me preguntó: - “¿has sentido como se reencarna un sueño perdido en ti?”. Intenté ser prudente, pues pensaba que no podía mostrar conocimiento espiritual alguno de aquella canción, pues en caso contrario el tribunal, podría empezar a trazar el complejo mapa de mis emociones, y de esta manera sería mas vulnerable ante sus indiscriminados ataques retóricos. Hablé como si fuese un vaso repleto de agua y solo quisiese que se me derramase una ínfima gota: - “no, solo he escuchado a un gato raquítico que maúlla porque se ha caído de un árbol”. Entonces dani se indigno ante mi respuesta, y tras apretar su mano en mi cuello me dijo: - te he estado observando y mientes como un poeta desterrado de su poesía, soy tu abogado y no puedes ocultarme absolutamente nada. Comprendo que tu mentira no es constitutiva de delito porque todavía no estas ante un tribunal. Pero no por esta razón nuestro interrogatorio carece de formalidad. Cada vez que mientas, tendrás menos credibilidad y el tribunal podrá imputarte cargos tal vez inexistentes, pero que son creíbles”. Su mano no cesaba de apretarme el cuello, como si fuese un pollo indefenso. Mi frente y mis mejillas rozaban el color cadavérico, ante la presión de las férreas manos del letrado. Sin embargo aquella no era un instrumento de tortura, sino un incentivo para que mi defensa fuese más eficaz. Fernando y Adriana restaban impasibles, pues silenciaban por respeto profesional, la mala organización administrativa y procedimental de la defensa. Cuando dani cesó de desempeñar sus firmes obligaciones punitivas, pude respirar hondamente y recuperarme momentáneamente. Mientras tanto el coche giró en la segunda calle en orden horizontal que daba acceso al pueblo civilizado, para dirigirnos a la casa de la justicia. Fernando aparcó el coche en una hábil maniobra, muy cerca de su casa, y fue el primero en apearse. Se asomó a la ventana y dijo a los restantes ocupantes del vehículo:- “Juan, accidentalmente has sabido que dani debe de representarte como abogado. Sé que ha sido una negligencia profesional de considerables dimensiones, presentarse como abogado, cuando todavía nos queda mucho papeleo por hacer, e infinidad de impresos por rellenar, y ni siquiera te hemos enviado una citación judicial. Espero que este imperdonable accidente burocrático no vulnere tus derechos constitucionales. Ahora que hemos llegado a la casa de la justicia, podemos darte más detalles acerca de tu proceso. Yo soy el juez, Adriana será el fiscal, dani será el abogado, y tú serás el acusado. Antes de entrar en la casa de la justicia, te advierto que existe una ceremonia que es inquebrantable. El juez y el fiscal suben en el ascensor como símbolo de poder y autoridad, aunque sin ánimo de ofender a la parte más débil y con mayores defectos morales que son el acusado y la defensa”. Dichas estas palabras y tras abrir con la llave maestra la puerta de la casa de la justicia, el fiscal y el juez cogieron el ascensor, mientras el abogado y el acusado debimos de caminar las escaleras de tres pisos hasta llegar a la casa de la justicia. No obstante, en la puerta opaca de aquel bloque de pisos, había un cartel colgado de singulares características. Había una foto mía, en donde se citaba a todos los vecinos que así lo quisiesen para que asistiesen en calidad de público. Se me calificaba como un peligroso criminal, pero debido a la ley de presunción de inocencia, no podían rebelarse los cargos de que se me acusaba. Entonces dani me dijo: -“es recomendable, que subas los tres pisos arrodillado. La razón es muy sencilla. Si algún vecino decide asistir al juicio, sentirá conmiseración por ti al ver que estas sumamente arrepentido de tu delito. Es posible que después de que se dicte sentencia, exista un movimiento popular en pro de tu liberación. La justicia no es un muro tan sólido y elevado como piensas, yo como abogado he podido observar algunos defectos. Aunque más bien pocos. El sistema se puede mover poco, pero no para cambiar de sitio sus fundamentos más elementales, sino para menguar un poco el sufrimiento del acusado. Ahora camina de rodillas, si ves a alguien que baje las escaleras, aunque solo sea un perro, compórtate como si fueses un mendigo que necesita confesar sus pecados al primero que se encuentre”. Las rodillas me dolían mucho, y mi abogado no cesaba de increparme a que procediese con mayor sobriedad y desenvoltura, para que la comunidad de vecinos viese en mí, la ilustre figura de un criminal arrepentido. Cada escalón era interminable, y acabé por perder la sensibilidad en las rodillas. Por desgracia, había un apagón general y hube de subir las escaleras en la más desolada oscuridad. No se escuchaba ningún murmullo, mi ascenso hacía la casa de la justicia, parecía tan imperturbable como estoico. Poco después vi a un gato que maullaba en la puerta del segundo piso mendigando alimentos a Alguna viuda desconsolada. Las escaleras eran interminables, y debido a la desnudez emocional de aquellos lugares, escuchaba un silencio atroz que se extendía en todos los rincones de mi alma. Muchas veces tenía que subir y bajar del segundo al primer piso en la misma incomoda postura, con una doble finalidad según mi abogado: - “para que la penitencia me volviese más reflexivo durante el transcurso del juicio, y por si alguien pasaba y podía narrarle los pormenores de mi miseria moral”. Escuchaba algunos murmullos detrás de una de las puertas de los pisos, pero no sabía si tenían relación con alguna riña familiar intrascendente o con mi juicio. Las voces eran monótonas y graves, y a pesar de que no podía comprender su significado, parecía que no cesasen de discutir acerca de mi inminente proceso. Parecía una discusión inacabable, pero debido a la propuesta disciplinaria de mi abogado, no podía escuchar con claridad el contenido de su conversación. Parecían frases lapidarias que no cesasen de repetirse, aunque no podía comprender ninguna palabra con sentido, tan solo algunas silabas sueltas. La voz era varonil, y parecía un monologo inacabable, pero siempre iba acompañado por algunas aseveraciones tajantes de una mujer. En la otra casa a la que mis oídos tenían acceso, escuchaba el suave retumbar de un tambor, como si se tratase de una clandestina ceremonia en honor a mi inminente juicio. Sin duda alguna todos los vecinos conocían mi proceso, pero nadie tenía interés en averiguar ningún dato preciso o fidedigno acerca del desarrollo del mismo. Habría subido una decena de veces del primer al segundo piso, mientras mi abogado me miraba con los brazos cruzados al pie de la escalera, como si estuviese domesticando a una bestia ignorante. Me miraba fijamente, como si esperase que pudiese observar algún gesto gandul, para tener la oportunidad de reprobar mi conducta. Cuando creyó que estaba preparado moral e intelectualmente para el juicio, me ordenó que subiésemos al tercer piso, para entrar en el interior de la casa de la justicia. Mi última ascensión la hice como si fuese un tullido, pues a mis piernas no les llegaba el riego sanguíneo. Poco antes de llegar a las puertas del templo del saber, pasó un perro vagabundo, que habría penetrado en aquel bloque de edificios, como fruto de alguna extraña casualidad. Era muy raquítico, tenía una larga cola, las orejas gachas, tenía mucho pelo y era absolutamente negro, y una mirada hundida en un instinto desquiciado. Entonces mi abogado me recomendó que procediese. Le dije al perro que era culpable de todos los cargos, que mi conciencia ya no descansaba en el sol sino en la fría tierra, y que solo esperaba que el veredicto fuese de culpable, por muy mortificante que fuese la pena, para tener la oportunidad de resarcirme de mis pecados. El perro que creyó apreciar en mis dolidas palabras una irrevocable señal de bravuconería. Empezó a ladrar como si estuviese componiendo una dulce sinfonía barroca en honor a mi malogrado sino. Tras escuchar aquel suave canto que parecía de amistad, se abalanzó sobre mí, y me mordió en la pierna derecha, causándome una profunda herida. Después se fue indignado y bajo las escaleras como si fuese un niño pequeño que padece un insoportable ataque de megalomanía. Dani, no hizo nada para impedirlo, pues sabía que aquel incidente haría de mi una persona más bondadosa y ecuánime. Tocamos el timbre y nos recibió Fernando con una amable sonrisa y una sincera hospitalidad. Nos sentamos en el salón principal, donde había una estantería con libros y algunas fotos familiares, una televisión, dos mesas: una situada cerca del televisor y la otra en el otro extremo de la sala, había dos sofás que rodeaban a la televisión. Había algunos cuadros en donde se representaban paisajes. Por decisión del juez habíamos apagado las luces para que el juicio transcurriera en el mundo más abstracto de nuestros sentidos y nuestra inteligencia, con el fin de evitar la intromisión de nimias distracciones mundanas. Al otro lado estaba la cocina y la fiscal había ido a buscar algunos refrigerios para el juez y el abogado(al acusado no le estaba permitido porque el abogado le había recomendado “hambre metafísica”). El juez fue a buscar un mazo de la cocina que le serviría como un eficiente instrumento magistral, cuando hubiera de dictar sentencia. No se escuchaba ningún murmullo lejano proveniente de la calle, parecía como si todo el instinto del mundo respirase en aquellos lugares. Fernando tomo asiento, tras cerrar todas las cortinas y las persianas, en la mesa que se hallaba más lejos del televisor. La fiscal tomo asiento en uno de los sofás que rodeaban a la televisión, y el abogado y el acusado en el otro sofá. En el interior de aquella sala reposaba como en un ilustre pedestal la sabia justicia del mundo. La ceremonia de apertura fue dada por Fernando, tras picar con el mazo desde aquella mesa suprema y de noble madera: - “he estado discutiendo con la fiscal y hemos llegado a un acuerdo acerca de los cargos que se van a presentar contra el acusado. El cargo más importante es el de herejía- nihilista- retrograda. Toda comunidad social y política se sustenta bajo el presupuesto de una trascendencia en todos los asuntos humanos, la vida respira amparada por el perfumado aire de los valores humanos. En cambio vos pensáis, que la vida es una tormenta que nunca cesa, un juego de dados con la nada, un temblor inaudito y mezquino que lucha contra fuerzas inexistentes. Vuestro pensamiento es herético porque constituye un atentado contra la fuente de la vida, y esa fuente es el cielo en donde se alumbran todos los pensamientos y todas las emociones en el divino astro. Nuestros valores humanos son muy diversos y divergentes, pero tienen su vínculo en la devoción ingenua y servil de la vida. Dejare que la señora fiscal exponga con mayor detenimientos los cargos que se os imputa”. La señorita Adriana, fue hacía un cajón, y cogió un vetusto mamotreto en donde se hallaban recopilados todo el material acusatorio de la fiscalía. El señor dan, miro tembloroso la cuantía de valiosa información que había conseguido obtener, la parte más impersonal y divinizada de la conciencia humana (la culpa objetivada). El señor abogado había hecho muy pocas pesquisas por recomendación del juez y del sistema judicial, y apenas disponía de datos que avalasen su credibilidad profesional. Tenía detrás de sí un muro inalcanzable, una intima mirada vedada, un juego de fuegos primogénitos que era imposible apagar. Tan solo se había entrevistado de un modo informal con algunas personas que apenas frecuentaban el trato conmigo. Solo había podido conseguir mis datos bancarios y académicos y un breve historial acerca de mis cambios de domicilio. La señorita Adriana miraba al letrado como un león mira a su presa, como si hubiese gozado lanzando todos los papeles al suelo, para que dani los buscase como un profesional que espera escuchar la trompeta que anuncia su inminente despido. De hecho se había desatado un conflicto mucho más elevado, que la simple contienda para defender o desautorizar los legítimos derechos de una persona, estaba en juego la dignidad de las dos fuerzas primitivas que han vagado durante toda la historia de los sentidos en la mente humana: la estética y su aval en la naturaleza. Se miraban con un odio que no era humano, como si fuesen dos esencias puras levitando en el reino de la justicia. Tras dirigir una mirada cómplice al juez, al que este correspondió con una lozana salutación, procedió a leer cuales eran las intenciones disciplinarias de la fiscalía: - “señor juan.o., también conocido como el orgiástico de la nada, antes de que empiece el juicio de una manera solemne, habéis de saber que tanto como si se os declara culpable, como si se os declara inocente, vuestra muerte es un hecho. Si se os declara culpable, moriréis porque nuestra sociedad invisible y omnisciente del más vital de los instintos humanos, considera que habéis quebrantado la ley. En cambio si se os declara inocente, moriréis porque ese es el destino al que vuestra locura os ha de llevar, con las manos temblorosas y enfermas. Si sois consecuentes con vuestro dogma filosófico, habéis de morir, para después ser coronado en vuestro lejano reino. Y ahora expondré a leer el extenso informe que dispongo: he acudido a infinidad de lugares y he interrogado a infinidad de personas que os conocen. Los testimonios son abundantes, y sus declaraciones han llenado 1500 folios, que mi secretario ha mecanografiado con rigor. Permítame señor juez que os muestre estos informes como una confidencia, antes de que sean leídos ante la sabía luz del pueblo y de su historia”. La fiscal dio tres pasos hasta llegar a la sacra mesa del magistrado. Fernando cogió un mechero, para poder analizar los informes minuciosamente. Desde mi perspectiva, apenas podía contemplar el rostro de la justicia, tan solo podía ver una borrosa imagen de su persona, y escuchar el lejano eco de un voz desconocida y deformada. Veía aquella lejana sombra confusa, como si fuesen mis pensamientos mutilados, concentrados en una pérfida y engañosa imagen. Cuando encendió el mechero, vi como había cambiado de vestuario, y utilizaba un batín de andar por casa como toga (que habría sido bendecida por algún funcionario siniestro). Pasaba las páginas con destreza para no arrugarlas, y la leía con una vivacidad insolente para cualquier poeta dormido. En un bloc de notas tomaba apuntes, supuestamente para recordar nombres de testigos y las fechas de su entrevista. Desconozco el orden y el contenido de aquellas páginas pero debía ser muy preciso, porque no perdía el tiempo en pasar hacía delante o hacía atrás las hojas. Estaba sereno y la fiscal lo observaba detenidamente, y su mirada desprendía un fulgor sobrenatural, como si los colores enterrados en la oscuridad de aquel salón, volviesen a resurgir, ante su mirada creadora. De vez en cuando Fernando miraba de reojo a la sala, para comprobar que todo estuviese en orden. Pero no necesitaba un exhaustivo análisis porque los ojos tranquilizadores de la fiscal, informaban al juez de la rectitud, con que transcurrían los acontecimientos. De pronto, el juez observó una irregularidad en el informe, y se lo hizo saber a la fiscal en un tono afable y cordial: - “señorita fiscal, ¿entrevistó usted a la maestra de párvulos del acusado?, ¿que relevancia puede tener tal testimonio en este proceso?”. Adriana por un instante palideció, y se asombro de que aquel testigo constase en el informe. Intentó justificarse como pudo y se arrodilló ante el juez, como si fuese alguna escena de teatro que ambos hubiesen presenciado en alguna lejana ocasión. Después respondió: - “lo siento señoría, tan solo se trataba de una formalidad, pues según un libro antiquísimo de derecho canónico, se recomendaba buscar todos los datos concernientes a la infancia del acusado”. El juez la exculpó de su leve falta con un reposado gesto de sus cejas, y le dijo que podía volver a su lugar, para proseguir con su declaración formal. Dani, miró aquella escena, intentando recordar algunas nociones exiguas que había aprendido en la facultad, para actuar en casos paralelos. Nada vino a su memoria, y purgó su precaria formación profesional, apretándome el cuello, en una maniobra controlada, para que no gritase y no hubiese ningún altercado innecesario en aquel juicio. Adriana se sentó en el sofá, y prosiguió con su declaración jurada: - “en líneas generales estoy en condiciones para suscribir la tesis de que el acusado es participe del dogma: “la verdad es el dolor”. Su doctrina todavía no esta presente en los círculos académicos, y debido a que carece de retórica y de credibilidad social, solamente se ha extendido su enferma concepción de la vida, como pasatiempo en las personas más allegadas. Todavía no ha causado daños irreparables en la sociedad, pero creo firmemente que su muerte y una minuciosa higiene moral póstuma de sus convicciones, podrían prevenir una hipotética expansión de una severa enfermedad moral colectiva. Su religión carece de fundamentos sólidos pues no apela ni a la historia, ni a la vigente dinámica social, pero es contraria a toda fe y a todo orden preestablecido. Tampoco tiene madera de líder, ni podría ser el pastor de un rebaño por muy reducido que fuese. Sus convicciones no motivan a nadie, ni tampoco nadie le escucha, pero insisto en que su enfermedad se puede transmitir por vías desconocidas. Si en un rebaño de ovejas, alguna esta infectada, se la ha de exterminar cuanto antes, para evitar un forzado genocidio. El acusado es un terrorista, pues debido a su crimen nihilista, es como se llamaría en términos académicos un terrorista de la vigilia. Es un durmiente, un perezoso moral y un budista interesado. El acusado constantemente intenta transmitir una ingrata sensación de malestar a todo aquel con quien trata. Niega el derecho de la gente a ser feliz, desvirtúa todos sus éxitos y todos sus fracasos. No cree en la vida ultraterrenal, ni en ningún paraíso ni en el cielo, ni en la tierra. Es un virus de especie desconocida que hemos de erradicar cuanto antes. Dice ser un profeta, dice ser aquel que es porque niega que es. Dice ser un profeta, porque ha interrogado a los cielos y la tierra y le han dado la razón. Dice ser un profeta, porque no cesa de calumniar el orden preestablecido. Dice según algunos testigos que su cuerpo no es más que polvo, y su mente un inmenso agujero cósmico que quiere devorar el ser de todas las cosas. Es su turno señor letrado con el permiso de su señoría”. El magistrado parecía rígido como una estatua, como si las palabras del fiscal, hubiesen hecho de su señoría, una estatua sagrada que ha de levitar en la nada, para después volver al mundo y narrar sus experiencias. Parecía como si la penumbra de aquella habitación le cobijase, como si fuese un dios guerrero que aprovecha la incertidumbre de los hombres para sanar sus heridas. Miraba fijamente a su alrededor, con un gesto estudiado, y nadie hubiese podido decir si miraba al mundo o miraba a la nada. Nadie podría jamás saber si estaba sano o enfermo, si sentía que su alma se disgregaba o permanecía sólida como una roca. Así es pues la justicia, un pedestal inamovible que no sabe que o a quien gobierna. Tras un profundo silencio habló, y le dio el turno al señor abogado. Dani estaba indeciso, y se movía de un lado de la sala a otro, sin prestar atención en ningún detalle en particular. Conocía con exactitud topográfica la habitación, y a pesar de aquella oscuridad tránsfuga con la justicia abierta al público y lúcida, se movía haciendo gala de una habilidad singular para caminar a oscuras en la casa de la justicia. Parecía que bailoteaba y a veces el juez y la fiscal encendían un mechero para seguirle los movimientos. Parecía como si fuese música oculta en la imaginación del hombre, que aguarda el momento oportuno para manifestarse cuando la naturaleza estuviese rejuvenecida. Tras un breve y pesado intervalo de tiempo tomó la palabra: - “es cierto que el comportamiento ascético de mi cliente podría ocasionar irreparables daños cívicos. No apelaré a la ignorancia del mismo, porque ha demostrado tener conocimiento de causa de sus acciones durante el transcurso de su existencia. Me limitaré a exponer su doctrina, para que juzguen por ustedes mismos, si este hombre merece o no ser condenado. Aunque un hombre sostenga una doctrina políticamente incorrecta, si es fiel a sus costumbres, y cumple con los sagrados mandamientos de sus principios, nunca puede ser condenado por hereje. Es cierto que el acusado dice que la verdad es el dolor, pero: ¿hay algún momento en que haya sido insincero con sus palabras?, ¿alguna vez ha sufrido por egoísmo o por partidismo? La doctrina del acusado no puede ser juzgada desde un punto de vista político, ni social, porque no hace daño a terceros con su conducta. Es un eremita solitario, un poeta que gusta de dialogar con sus adentros, un cautivo que ama al dolor, porque es su dios. En la historia se ha deificado a toda clase de entidades, desde divinidades que viven en mundos trascendentes como inmanentes, hasta fenómenos naturales pasando por ríos, montañas y astros, terremotos y volcanes, hasta reliquias e incluso templos. ¿Porque no puede ser el dolor un dios? ¿Acaso el dolor no es el motor del mundo?, ¿acaso no es la voluntad cósmica por excelencia? Se están vulnerando el derecho de culto de mi acusado, y por muy minoritaria que sea su creencia es tan legítima como las otras. El dolor es la música del mundo, y todos nosotros somos notas dispersas de su sinfonía. El dolor es la verdad porque es lo que yace en cada ser, y subsiste porque es el dolor mismo, el dolor del mundo. El mundo es contradictorio, y no se deja interrogar porque no sabe hablar. Pues ese mutismo, esa arrogancia intempestiva del mundo, yace en el mismo corazón de la existencia, porque forma parte de su ser. La verdad no es solo la adecuación del entendimiento con la realidad o el desocultamiento de esta, la verdad es una sensación, una intuición sin nombre, una palabra impronunciable, un sentido que desconocemos que existe. Pues la verdad es la misma vida. El dolor no es solamente orgánico o espiritual, es la fuerza misma del cosmos, que no cesa de actuar en los adentros del mismo. Cuando un planeta nace, y baña con la juventud de su luz al inmenso vacío cósmico, esta sintiendo el dolor. El dolor no es exclusivamente antropocéntrico, y tampoco es un eslabón perdido en la poesía. El dolor es el movimiento mismo del ser. Todo ser tiene unas etapas, que suele empezar con su nacimiento y acabar con su destrucción. Mientras va moviéndose de un estado a otro, es participe de esta inmensa fuerza cósmica llamada dolor. Una piedra siente dolor porque se va desintegrando poco a poco. Pero el ser humano, al adquirir conciencia del mundo, siente con mayor intensidad este dolor, porque siente la existencia misma. Siente que es participe en mayor medida del movimiento, y por esta razón, siente el dolor con mayor intensidad. El dolor es inmanente, y por esta razón es verdadero, porque nos habla del mundo. Este es el origen más metafísico en lo que se refiere al dolor. Pero en cuanto a su aplicabilidad cotidiana he de decir que no representa un peligro, porque el acusado tiene todo el mundo en su pensamiento, y no necesita comunicar nada al mundo, porque ya sabe lo que piensa el mundo. Decir mundo y sufrimiento es una tautología para el acusado. He expuesto en líneas generales la doctrina del acusado. Ahora voy a exponer la auténtica motivación del acusado para sufrir, narrando a un mismo tiempo su vivencia del sufrimiento. Según el acusado el mundo es sostenido por el sufrimiento mismo. Todo lo que es verdad es sufrimiento y todo lo que es sufrimiento es verdad. El sufrimiento es la sustancia del mundo, es su esencia misma. El acusado no sufre, por una motivación moral, no juzga en la moral, nada que tenga relación alguna con la razón. El mundo carece de sentido, y si no es racional en su estructura psíquica y física tampoco debe serlo en la mente del hombre. El sufrimiento no se puede explicar con palabras, pero es a un mismo tiempo lo verdadero. Eso es algo que solo se puede sentir. Permítame el tribunal, que haga una prueba aquí mismo, demostrando que la fe del acusado, es como un candil multicolor, y que justifica la existencia del mundo con creces. Permítame su señoría que proceda”. Fernando lo miró atónito, como si fuese una estatua que hubiese estado muchos años inmóvil, y de pronto la naturaleza la hubiese despertado. Como si fuese una estatua de un templo cubierta de vegetación, y se interrogase por un momento acerca de los fundamentos de la concepción eterna de su arte. Miró a la fiscal tras encender un mechero, y su pálida imagen le inspiró el recuerdo de una vida lejana. Con una voz que se escuchaba desde la eternidad, como una ola gigantesca y de profana espuma que desemboca en la orilla, como la luz de un candil que brota del misterioso aliento de un dios apasionado, dio su consentimiento al abogado para que procediese en su cometido. El abogado con la mirada nublada, como si no hubiese sido consciente de sus palabras y hubiesen emergido del instinto lejano de algún dios, como si actuase por el dictamen de una conciencia ajena a su voluntad, se levanto del sofá como un autómata espiritual. Con su voz transfigurada en el vacío, me dijo que me levantase, pues había de enfrentarme al sabio destino del profeta. Me dijo que quería enseñarme la verdad, porque era de los pocos que estaba dispuesto a aceptarla con un corazón inmenso que bombea en honor de todos los caídos en su desdicha. El juez y la fiscal se arrodillaron por respeto, como si hubiesen entrado en un templo de una religión desconocida para ellos. Ellos esbozaban la primera línea de un triangulo místico, yo había de dibujar los otros dos catetos con la pura inocencia de mi devenir. Yo me arrodille en el suelo, mientras mi abogado me relataba las oscuras crónicas de mi inminente padecimiento. Cogió un báculo que había debajo del sofá, mientras escuchaban el ahogado respirar del juez y de la fiscal. Tenía la intención de golpearme en la espalda, hasta que conociese piedra por piedra, el inmenso edificio del mundo. Me decía en voz baja y temblorosa, que estaba dispuesto a magullarme la espalda de una manera irreversible, con el fin de que escuchase la sublime melodía de la música del mundo, en el momento en que me golpease con tesón. Había de ser una música suave y dulce, sin rastro alguno de creación humana, sin ninguna innecesaria complejidad intelectual. De pronto cuando extendía el cayado, para instruir con mayor precisión al creador del mundo acerca de su obra, me dijo: - “yo no soy digno de mostrarte la verdad, mis golpes han de ser profanos y decadentes, yo no puedo darte el sufrimiento que tu alma necesita. No puedo ser certero, porque estoy disparando una flecha a la deriva. A pesar de que el arco es el mejor, yo no soy el arquero más digno para utilizarlo. Solamente tú, eres capaz de utilizar ese cayado como tu alma necesita. No puedo utilizar ese cayado conmigo porque no estoy preparado intelectual, moral y estéticamente para conocer la verdad. Y si no puedo utilizarlo para la cosecha de mi intelecto, tampoco soy digno de recoger los frutos de otros campos. Por favor, muéstranos tú mismo como se mueven las estaciones de la vida en tus adentros”. En aquellos precisos instantes no tenía miedo de conocer la verdad, como si fuese el cautivo de una caverna que anhela conocer la luz. Entonces aconteció algo sorprendente, cuando iba a propinarme el primer golpe, estando arrodillado en mis propias espaldas. La pordiosera camiseta que llevaba en donde había inscrita una calavera, desprendía luz de una misticidad sucia y amoral, como si viajase el tiempo a una velocidad sobrenatural. Aquella era la señal que hacía tanto tiempo que estaba esperando. Mis sentidos no podían debilitarse, mis pensamientos no podían viajar a paraísos idílicos, la verdad me oprimía con todas sus palabras ahogadas en el olvido, era preciso que me esforzase para desnudarme delante del mundo con una sumisión inédita. Toda el salón de la casa de la justicia estaba bañado con la secreta luz de mi alma. Podía ver todos los objetos, todos los muebles, a los letrados y a su señoría, como si mi visión fuese el sueño más lucido de todos. Sin más preámbulos, y dado que todos los auspicios místicos me eran favorables procedí a golpearme, con el cayado de la justicia poética, con el cayado ancestral que ha enseñado la verdad a delincuentes y a hombres piadosos. Me golpeaba como el conductor de un coche hace con sus caballos, como si mi alma fuese el conductor, el coche, y el cayado opresor y redentor a un mismo tiempo y mi cuerpo fuesen los caballos. Había de llegar muy lejos con mis golpes, había de atravesar valles y montañas, había de recorrer todos los lúgubres parajes de mi alma. Mi cuerpo cada vez estaba más magullado, y la luz cada vez era más intensa y sincera. Dani me animaba con fervor a que prosiguiese con esmero en mi proyecto místico, mientras el juez me observaba con una reprimida mirada de admiración. Mi abogado cantaba himnos olvidados y malditos de alguna secta arcaica. La fiscal me miraba con indiferencia, aunque en ocasiones aplaudía sonoramente mis esfuerzos por simple cortesía. La luz cada vez era más roja y las heridas cada vez más intensas y piadosas. La calavera estaba extasiada, y reflejada en mi camiseta, parecía como un sueño rescatado de la nada. Se había proyectado en la pared la sacra imagen de la calavera, y el arte de sus gestos inmóviles cada vez era más elocuente y conmovedor. Los golpes no cesaban de caer en mis espaldas por obra de una voluntad sabia y eficaz. De pronto, poco antes de que perdiese el conocimiento debido a mi exceso anhelo de conocimiento y de virtud, escuche una música que sonaba en el salón de la justicia, como si un sueño secreto de la naturaleza se estuviese despertando. El abogado al ser testigo de aquel milagro que emanaba con tanta gratitud, en todos los rincones de la habitación, sufrió un arrebato místico, y empezó a recitar poemas en una lengua extinta. La fiscal escuchaba aquella canción perdida en el sentido con una devoción entusiasta, y el juez por un momento olvido su magistratura para alabar con unas sentidas palabras la aparición en la comunidad humana de aquel milagro. De pronto, el orden de la sala perdió sus fundamentos más básicos, y el primero en recuperar la cordura fue el juez. Poco después deje de golpearme porque mi fe había traspasado todos los mares y los océanos, mediante un soplo fino. El candil de mi fe se había apagado por mediocres razones somáticas, pues ya no podía soportar el umbral de dolor, contra el que mi cuerpo luchaba con entusiasmo dionisiaco. La luz que desprendía la calavera, dejo de iluminar al mundo con su fe entusiasta, y caí exhausto al suelo. Cuando deje de golpearme, el alma de la calavera volvió a reencarnarse en el más oscuro de los sueños, y aquella pía música dejo de escucharse en la sala. Al instante, todos recobraron sus facultades judicativas, a excepción del abogado que se arrastraba por los suelos, con indignación al ser testimonio de aquel milagro frustrado. El barullo en la sala era escandaloso, y la férrea e inmortalizada voz del magistrado quiso ordenar los asuntos terrenales y celestiales con las siguientes palabras: - “me sorprende su actitud letrado. Es cierto que hemos sido testigos de un fenómeno inaudito, pero le advierto que su comportamiento es muy poco profesional. El juicio es una ceremonia cívica inquebrantable, y usted con su pusilánime y pueril actitud esta perturbando el desarrollo del mismo. Señorita fiscal a usted nada tengo que reprenderle, pero haga el favor de continuar cooperando de un modo tan honesto como el demostrado hasta ahora. Alguacil, haga el favor de venir porque los ánimos están muy excitados.” Iván, era el alguacil, y salió del armario de la habitación de Fernando tras escuchar las severas instrucciones del magistrado. El alguacil, era un funcionario, que no tenía el sueldo muy bien remunerado, pero debido a la benevolencia del juez, le dejaba dormir en el armario a menudo. Sus ropas de alguacil estaban muy desgastadas, pero debido a la falta de fondos de aquella institución invisible, no podía renovar jamás su vestuario. El trato entre ambos jamás había sobrepasado los justos límites de la profesionalidad, y el alguacil podía vivir con la misma tranquilidad en el armario, con que un pájaro vive en su nido. Ambos guardaban siempre las distancias, y si alguna vez había de coger ropa del armario el señor magistrado, este respiraba con cautela y se ocultaba como podía en el interior del armario. No obstante, en respeto por la delicada situación económica del alguacil, siempre avisaba con un ligero golpe antes de abrir el armario. El alguacil hizo acto de presencia con un uniforme lleno de harapos. Era azul marino, y tenía gruesos botones, y una corbata muy desgastada. Los pantalones eran de franela, y del mismo color que su chaqueta. A veces lo lavaba cuando el magistrado estaba ausente de la casa de la justicia. Cuando apareció su rostro parecía artificiosamente saludable, como si alguien hubiese maquillado el espejo de su alma con esmero. El magistrado, le dijo que nos lanzase un cubo de agua para sanarnos de los sucios residuos de nuestro arrebatamiento místico. Iván fue hacía la cocina y nos lanzó el cubo de agua con parsimonia, dando claras señales de no haber sido testigo del milagro anteriormente acontecido. Aquel cubo de agua me ayudó de manera análoga, a como Jesús fue socorrido por el soldado romano tras ofrecerle una esponja en lo más alto de la cruz. El malestar emocional de dani, era mucho menor, por lo que aquel curativo baño le sentó mucho mejor. El alguacil, llevaba un candelabro, porque desde que se apago la calavera de mi camiseta, la casa de la justicia, había vuelto a sumergirse en sus oscuras leyes. Nos lanzó el cubo de agua, con la misma desidia con que una portera limpia la acera. No obstante, a pesar de que aquellas dulces gotas de agua, fuesen bastante irrespetuosas con mi penitencia, percibí que mis sentidos habían recobrado el sosiego de un modo muy fragmentario. Pude ver borrosamente a través de aquel candelabro, como la fiscal estaba intranquila, como si hubiese perdido la absoluta confianza en mi condena. Aquello me proporcionó confianza puesto que sabía que mi muerte sería acorde con el eterno y servil sueño de mi vida. Tras una respetuosa genuflexión para saludar a la sagrada persona del juez, abandonó la sala, dejando a aquella institución invisible perdida en el laberinto de su trascendental sueño. En aquellos momentos el juicio recobró la normalidad, y todos a excepción de mi persona (debido a evidentes discapacidades motoras), tomaron asiento en sus respectivos pedestales desde donde apreciaban la estética de la naturaleza de un modo dispar. Respiraba con dificultad, pero escuchaba con dificultad las seniles y retrogradas declaraciones de la señorita fiscal: -“esta demostración de poder no debe asombrar a su señoría. Las palabras del acusado son mucho más poéticas y ornamentadas que sus vanas acciones. La tolerancia del sufrimiento no es solo resistencia al dolor somático, sino que también es resistencia a los dolores del alma. Mantengo mi convicción de que a pesar de que el acusado fuese sincero, en el cumplimiento de su doctrina en vida y obra, no es motivo suficiente para respaldar su actitud, debido principalmente a que existiría un caos irremediable en la sociedad, si todo el mundo fuese creyente de la religión del acusado. El acusado es un enemigo de la vida y de la belleza, es un enemigo del placer y de las sanas costumbres. Esta exigua demostración de poder solo nos ha dado muestras de una locura descabellada y apostasica. Esta tesis la subscribiré siempre. Miré como yace el acusado en el suelo señoría, como una rata moribunda y tullida, que busca infructuosamente la compasión de los demás. Las heridas de su cuerpo no son sagradas porque su carne no lo es, del mismo modo que ninguna carne tampoco es sagrada. Su espíritu es desconocido y por esta razón es peligroso señoría, nadie en su sano juicio permitiría que este criminal del arte y de la vida, tuviese una muerte acorde a sus perspectivas existenciales. El acusado no cree en la vida y en la muerte, y por eso quiere jugar con ambas, para olvidarse de que existen. Señoría, se que todo juicio merece un acatamiento y un respeto, pero yo recomendaría que diéramos por finalizado el juicio, y suministráramos al acusado, una dosis letal de cicuta, para que muriera como lo hiciera Sócrates. Se que en ese caso el procedimiento no sería legal, pero muchas veces se ha tenido que quebrantar la legalidad, en beneficio de causas mucho más nobles”. El juez desestimo las últimas palabras de la fiscalia, aunque sentía un profundo aprecio por ellas, aunque no podía mostrarlo porque las leyes estaban escritas como una inscripción sagrada en una espada. Acto seguido le dio la palabra al abogado. Recuperado del arrebatamiento místico, y luchando contra la oscuridad que le rodeaba como un peregrino que se ha extraviado en un laberinto de una cueva, y que siente que se ahoga por momentos debido a la falta de aire, tomó la palabra como una tormentosa nube asume su destino en el cielo: - señoría, no me quejo de las últimas palabras de la fiscalía, porque comprendo en cierto modo, la turbación metafísica y religiosa que causa este proceso. Sin embargo, he de resaltar la valentía con la que el acusado, se ha enfrentado a su destino. Ahora yace en el suelo, como un camello sin agua en el desierto. Sino declaramos al acusado inocente, todos los esfuerzos de su vida habrán sido en vano. No soy muy bueno inventando terminologías de ciencias que desconozco, pero creo que el acusado es un medico que ha sido expulsado del colegio de médicos de un modo sumamente injusto. Es un medico que receta a sus pacientes la medicina del dolor, porque el dolor es un inequívoco símbolo de salud. Cuando la vida se apaga y la luz del alma espera que una funesta brisa arremeta contra ella, solo puede propagar su tenue luz mediante el sufrimiento. Señoría, según el acusado la vida misma es una enfermedad, y solo podemos sentirnos sanos en esta enfermedad si adquirimos conciencia que sufrimos. La enfermedad de la vida es crónica, y solo podemos conocer nuestra motivación de seguir afrontando esta enfermedad con dignidad, si la enfermedad nos hace padecer dolores agudos. Cuanto más suframos, cuantos más agudos sean nuestros dolores, la enfermedad será más digna. Por esta razón el acusado necesita tener una muerte contundente, porque nunca se habrá sentido tan sano, como en el momento en que muera tras padecer de una angustiosa explosión interior de dolor. Rogamos a su señoría que piense en lo que le he dicho”. Tras pronunciar este solemne discurso volvió a tomar asiento, con la mirada expectante, a la espera de la resolución del juez. Entonces el juez dijo: - “creo que se ha defendido como si de un manual de filosofía se tratase, todas las opiniones del fiscal y de la defensa. Me he de retirar para emitir un veredicto. Antes, tengo que consagrarme a los dioses desaparecidos, para que mi mente fluya con la misma clarividencia como la luz viaja por el túnel de la vida. Mientras tanto rogaría que encadenasen el acusado. Se que no tiene fuerzas para escapar, pero es un protocolo que nunca puede ser vulnerado. Nunca hago excepciones al respecto. Ahora tiene que venir otro alguacil para encadenar al acusado, porque es una ley, que durante el transcurso de un juicio no puedan acudir a la sala de la justicia un mismo alguacil en dos ocasiones consecutivas. También es de ley, que el acusado se quede solo en la sala, para que pueda meditar acerca de su pena o de su exculpación. La sala a oscuras le parecerá muy grande y de esta manera tendrá más respeto a la justicia. El abogado y la fiscal, pueden ir a la cocina a tomar algún refrigerio, y pueden entablar amistad, pues independientemente de mi veredicto, sus obligaciones profesionales han concluido. No habrá apelación. Así se escriba así se haga, señorita alguacil, haga el favor de encadenar al acusado”. El juez se retiró a su habitación para consultar algunos manuales de jurisprudencia. Gozaba de leerlos, con una iluminación tenue, para que su meditación fuese lo más austera posible, y no interviniesen concupiscencias de genero alguno. El fiscal y el abogado, fueron a la cocina, aunque desestimaron los consejos fraternales del juez, y no dejaron de recriminarse mutuamente sus discursos improcedentes. No cesaban de recitar artículos en latín, dando muestras de una siniestra y cabal erudición. Sin embargo, poco después la situación se calmo, y hablaron amigablemente, porque convenía que la justicia fuera una. Era improcedente que hubiera disyunturas en aquella sabia institución. Escuché los pasos del alguacil, que llevaba unas pesadas cadenas, arrastrándolas por toda la casa, como si de una serpiente de hierro se tratase. Era una muchacha muy bella, y a pesar de su ruda profesión, mantenía en su rostro una serenidad femenina loable. Sus facciones eran muy bellas y harmoniosas, sus cabellos cortos y teñidos de pelirrojo, y con unas pinzas en el pelo, que ensalzaban su feminidad. Era de corta estatura y de constitución delgada. Su piel era suave y lisa como la de un infante, y le otorgaban una sensual corrupción, como si se tratase de una eterna niña perversa. A primera vista no parecía hermosa, debido a un extraño efecto óptico, pero si se profundizaba en la estética de su rostro, se alcanzaban elevados resultados poéticos. Parecía su rostro, como si fuese el espejo, de algún recuerdo perdido, de un deseo que carece de explicación pero que es muy hondo. Parecía que mirándola una sola vez, se adivinase por el caos de sus expresiones, que nunca podría conocerse aquella persona con precisión. Llevaba una linterna, y apenas pude escucharla en el momento en que entró en el salón. A pesar de lo gruesas, pesadas y bulliciosas que resultaban las cadenas al arrastrase por el suelo, solo podía prestar atención a sus pasos. Desde la puerta, a mi ubicación en el suelo, apenas habría tres o cuatro pasos. Pero debido a algún extraño juego de sombras y de luces, me parecía que contemplaba la sensual aparición de un espectro a distancias abismales. Se dirigió a mí, con una expresión indiferente. En un principio no quise decirle nada, porque se trataba de una funcionaria opresora, que ningún bien había de hacerme. Me dolía mucho la espalda ensangrentada, pero me abstuve de rogarle, que me hiciese alguna cura de urgencia. Cogió las cadenas, y me ató las manos, a las patas de la mesa con un procedimiento tan reflexivo y meticuloso como siniestro. De todos modos, mi muerte era inminente, y había de hablar con alguna persona, para que fuera participe de mis últimas confesiones. Le dije, mientras me ponía las esposas en la mano izquierda: -“de aquí a poco moriré, no tiene importancia pero es así. Me he de enfrentar a mi destino, pero la naturaleza es sabia y el cielo siempre esta contento. Se que usted, no tiene ninguna vinculación emocional conmigo, pero le rogaría que asistiese a mi ejecución, porque tal vez en mi última expresión de dolor, muestre el mundo y a mi mismo lo que nunca he sido capaz de mostrar. No quiero aburrirla con mi largo padecimiento, miré solamente el instante de mi última agonía, en el momento en que mis parpados se cierren por ultima vez, tal vez entonces usted podrá entender lo que jamás ha entendido nadie. No creo que pueda decir nada, ni tenga ninguna última inspiración trascendente, pero la expresión de mi rostro reflejará en un solo instante todo el sentido de mi doctrina y de mi sufrimiento. No se si es mucho pedir, pero le rogaría que no me maniatase con las esposas tan fuerte, porque siento un dolor tremendo e incomprensible para mi virtud. Le ruego que sea condescendiente conmigo, que mire ese fatídico momento en que cierre los ojos por última vez, y pueda expresar en un solo instante todas las verdades y todas las mentiras en un solo momento. Se que excede sus obligaciones como funcionaria, y que le estoy pidiendo un favor absolutamente personal, pero tenga en cuenta que un profeta sin tierra y ni siquiera sin mundo, ha de sentirse muy solo”. Sus ojos se encendieron como chispas, su rostro parecía como una estampa fatídica, como si su cara fuese una isla que sufre un terremoto intempestivo, sus manos temblaban de ira o de una emoción innombrable de características mucho más funestas, entonces me dijo: - “eres un baboso, déjame en paz. Siempre estas molestando a los demás, y a quien más molestas es a las mujeres. Eres un baboso, y no entiendo como a estas alturas todavía no has aprendido que no puedes darme nada. Eres un baboso, a las mujeres no les gusta que nos molesten, y tu lo estas haciendo siempre. Hace mucho tiempo que te hemos desterrado, y a nadie le interesa que vuelvas de tu exilio. La vida es para nosotras y no para ti. El mundo tiene una determinada extensión de tierra, y cada persona tiene una parcela. A ti te tocó una ciénaga, y vives en ella nunca lo olvides. La vida esta perfumada de nuestra belleza y nuestros deseos, pero no de tus palabras. No me interesa lo que piensas, porque nunca lo podré entender y porque nunca me ha preocupado. Eres un baboso, y no puedes respetar nunca mi intimidad, no sabes lo que yo quiero, simplemente porque tú no eres lo que yo quiero. Todos somos briznas de hierba, y solo pueden ensalzarse para mirar el sol aquellas briznas de hierba que lo merezcan. Eres un baboso, eres la vergüenza de la especie humana en su conjunto. Aléjate de mi, porque no podrías vender agua a un moribundo deshidratado, aléjate de mi porque tu morada espiritual esta en ruinas. Eres un autómata desagradable, un aroma pernicioso para el justo paladar, el cadáver de un burro. Déjame que proceda con mi labor, y no creas que lo hago para castigarte, pues ni siquiera me gusta eso”. Parecía que todas las venas de su cuerpo hubiesen de explotar de placer, tras pronunciar este iracundo discurso. Su cuerpo estaba encendido como una mortificante vela, que ha de propagar el fuego del cadalso de un hereje. Mi castrado discurso y su tajante replica, le proporcionaron un entusiasmo exabrupto y placentero. Me ató las esposas, muy fuerte, e hizo muchos nudos en la cadena para que me fuese imposible escapar. Me quito los zapatos e hizo lo propio con los pies. Cuando iba a retirarse tras ejecutar su tarea administrativa, me lanzó una mirada temblorosa como si fuese una diosa insatisfecha con sus sublime obras destructivas. Me propinó dos puntapiés, con sus tacones en las costillas y me dijo: - “el mundo es injusto baboso, acostúmbrate”. Se fue silbando una canción infantil, que no conseguía recordar aunque estaba en algún lugar, muy lejos en mi memoria. Entonces pensé que significaba algo para aquella hermosa criatura, porque se había dignado en hacerme padecer la volición de su misterioso cráter infernal. Aquella criatura, quería otorgarme dolor, y entonces llegue a la conclusión, de que a pesar de haber sido un ultrajante enemigo abatido según sus sagradas convicciones, de que en un cierto modo, había existido. Pues nadie hasta ahora, se había dignado en hacerme sufrir. Aquello era el principio y el fin de mis esperanzas, porque me alegraba que hubiesen muerto con tanto heroísmo, y con tanto ascetismo poético. Escuche, el ruido de sus tacones en la lejanía, y pensé que cualquier esquina no era lo suficientemente grande para ella, el mundo era inmenso y ella había de conquistarlo. Escuché como abría la puerta tras haber finalizado su ronda como funcionaria pública, y le desee suerte en la gloriosa ronda que había de iniciar en las calles anchas como su sensual feminidad. Así había de ser, así tenía que haberse escrito. Apenas podía moverme, y con los ojos cansados miraba la penumbra que me rodeaba como si fuesen las poéticas crónicas de un sueño extraviado.entonces debido a las contusiones de mis golpes, a mis heridas abiertas y a mis huesos quebrantados como una falsa promesa de la evolución, cerré los ojos, aunque no podía dormir debido a agudos espasmos místicos. Recordaba con cariño, sus patadas en las costillas, y me sumergía en la nostalgia del mar y del cielo. No creo que alguien que hubiese sido correspondido en sus deseos amorosos, hubiese sido tan afortunado como yo. De pronto escuche los pasos del magistrado y de Adriana y dani, que se dirigían al salón de la justicia con disimulo, como si temiesen que algún guardián de instancias superiores les estuviese vigilando en su noble quehacer. El primero en entrar fue el juez. Abrió las cortinas y las persianas, y encendió las luces. Después se sentó en su magistral mesa, como si fuese una obra de arte que hubiese vuelto de la eternidad. Miró la sala sin prestarme atención para comprobar que todo estaba en orden. Después hizo pasar al abogado y al fiscal, que recuperaron sus anteriores asientos en la tribuna del salón de la justicia. Ordenó que me desencadenaran, puesto que podía saltarse el protocolo, debido a que no podía moverme ni un ápice, y dani me quitó las cadenas y admiró mis heridas proféticas. El juez tras echar un breve y tradicional vistazo al sumario, hizo un galante gesto interrumpido en sus adentros y turbador. Entonces dijo: “que se levante el acusado”. Dani me levantó del suelo, porque no había más alguaciles disponibles en la casa de la justicia. Podía mantener los pies en el suelo, pero solamente si dani me cogía de la cintura. Parecía como una ficha de un tablero de ajedrez que va a ser expulsada inminentemente del tablero. Como una pieza que esta amenazada, y todas las fichas rivales se querellan en su deseo de comérsela. Entonces su señoría dictó sentencia: -“no quiero ninguna exaltación intempestiva cuando halla dictado sentencia. Quiero orden y disciplina, tanto por la parte de la fiscalía como por la parte de la defensa. Bien sin más preámbulos voy a dictar sentencia. Declaro al acusado inocente, debido a que su fe en el dolor es más grande que los cielos y la tierra. No creo que la doctrina del acusado sea difamatoria, simplemente es mirar la vida de un modo inverso a como las personas suelen apreciarla. Es como si el acusado (ya absuelto), viviese con las manos en el suelo y los pies levitando en el aire. Desde esa perspectiva es posible apreciar el mundo, de un modo muy diferente a como lo ven el resto de las personas. Juan, pues su nombre vuelve a ser puro para nosotros tras habérsele declarado inocente, camina haciendo el pino, de este modo se puede apreciar el ser de las cosas de un modo singular, aunque no herético. El riego sanguíneo aplasta a su cabeza, aunque yo creo que es su propia presión sanguínea y no el mundo mismo, quienes causan esta rara noción de la realidad en la persona de Juan. De todos modos es un sujeto inofensivo, porque es perfectamente consciente que su dialéctica es una intima lucha contra el mundo. No podemos juzgar al acusado por su locura inocente, porque cree que su verdad no puede ser conocida por ningún colectivo ni por ningún particular. Este solipsismo sadomasoquista, no aparece penado como delito en ningún artículo de la ley. Por lo tanto declaro al acusado inocente, ese es mi veredicto, y esa es mi inquebrantable decisión”. Dio un tremendo mazazo en su mesa magistral, y dictó sentencia de un modo irrevocable. La fiscal no emitió ninguna queja, pues sabía que la palabra del magistrado era sagrada. Me dio la mano, tras agacharse, pues estaba tumbado en el suelo, cansado y dolorido tras mi apoteósica victoria. El abogado me felicito, recitando un antiguo verso dadaísta que había compuesto. Todos éramos felices, porque la justicia nos había iluminado con su infinita sabiduría. La fiscal no se sentía infeliz, porque su victoria más grande había sido el desvelamiento de la verdad. Entre Fernando y dani intentaron levantarme del suelo, porque dado que era un ciudadano libre tenía derecho a reposar de mi dolor en el sofá. Estaba tumbado de espaldas, porque tenía las espaldas repletas de heridas sagradas. Entonces se abrió un nuevo debate, y a pesar de que fuera cívico y no jurídico, la gravedad del problema continuaba existiendo de un modo imperecedero. Fernando me preguntó cual era la muerte que deseaba, porque dado que era un ciudadano libre, podía elegir bajo que circunstancias habría de suspirar por última vez. Apenas disponía de recursos poéticos, por lo que no supe dar una respuesta concreta. Miles de hipótesis viajaron en mi mente, como las aves lo hacen en el cielo. El envenenamiento no era adecuado porque representaba un castigo para el cuerpo pero no para el espíritu, la crucifixión solo estaba reservada a antiguos héroes y además estaba pasado de moda y consiguientemente no era la adecuada manera de expirar, el ahorcamiento aunque terrible era demasiado fugaz, la muerte por precipitación también era muy breve aunque fuese muy poética. El mismo problema tenía con la guillotina o con el garrote vil. Debido a que se me había secado el cerebro, no disponía de medios intelectuales o morales para resolver un problema de tan suma trascendencia. Entonces les dije a los funcionarios, con quien había vuelto a entablar amistad, tras la celebración del juicio, que decidiesen por ellos mismos. Pues saber de que modo debe de morir una persona, hace desaparecer uno de los misterios más interesantes de la vida. Me había convertido en un caballo cojo a quien se tenía que sacrificar. Pero en otra vida había sido un caballo lozano, un caballo que había ganado carreras, un caballo que había ganado numerosos torneos de hípica. Les dije que a pesar de que no dispusiese de fuerzas, me ayudasen a levantarme, para trasladarme al cadalso con la mayor dignidad posible. Me apoyaba en los hombros de Fernando y dani, mientras mis pies temblaban tanto como el edificio de mis ideas. Llegamos hasta el recibidor con esfuerzo, mientras Adriana había quitado todos los obstáculos, para que mi ultima caminata fuese lo más confortable posible. Abrió la puerta, y tras dar unos cuantos pasos como un perro apaleado, estuve en condiciones de llegar al ascensor. Durante nuestro viaje en el ascensor, Fernando dijo: - “Juan, creo que sería muy hipócrita, que viajaras en algún asiento, porque un profeta autentico debe de sufrir sin tregua hasta expirar. Creo que te convendría más viajar en el maletero, para que la oscuridad te proteja de tus retorcidas ideas. En el juicio te has comportado bien, ahora no puedes fallarnos, cuando estas a punto de llegar a la meta de tu sagrado peregrinaje espiritual. Si quieres pondré música agradable, para que te sientas más cerca del otro mundo, al cual de aquí a muy poco estas a punto de viajar”. Adriana abrió el maletero, y dani y Fernando me introdujeron con suma delicadeza, para que llegase vivo al último altar al que había de rendir pleitesía: el de la muerte. Me quejé de que me tratasen con tanta consideración, pues un rudo golpe era lo que necesitaba mi ascética contemplación del mundo. Adriana me calmó, diciéndome que si quería sufrir más, tendría que esforzarme para no querer sufrir tanto. Durante el trayecto, escuche místicas canciones, de un coro religioso de olvidado nombre. Dani, me comento que se trataba de un grupo de amigos frustrados porque no habían podido entrar en el seminario, y habían decidido mostrar su descontento con el clero, con sus sublimes cantos que peregrinaban hasta el altar más sagrado de los cielos, para que el padre eterno los escuchase en sus ratos de ocio. La conversación de los tres fue bastante amena y concupiscente, y versaba acerca de los distintos establecimientos lúdicos, que podían visitar para que su juventud fuese más larga y placentera. No prestaba atención a los giros y los rumbos del vehículo, y hacía rato que no sabía donde estábamos. Sin embargo, parecía que el camino no estaba asfaltado y que nos habíamos adentrado en el campo. Le pregunté a Fernando cual era nuestra ubicación exacta y me respondió: - “hemos cruzado un complejo deportivo, y ahora estamos aparcando cerca del cementerio. Tu ejecución tendrá lugar cerca de las cuevas malditas. No te preocupes, ya hemos elegido cual será el procedimiento que utilizaremos, para que sufras con la mayor dignidad posible. Ahora no queremos decirte nada. No queremos ni que te asustes, ni que te excites al saber el profundo placer que vas a experimentar, tras conocer la verdad de un modo definitivo e irrevocable. Ahora estamos aparcando, en la puerta misma del cementerio, haz el favor de conservar la calma y de no importunarme con preguntas indiscretas y salidas de tono”. Entonces el coche frenó precipitadamente, y sus tres ocupantes salieron del vehículo. Abrieron el capo y me sacaron de allí con suma delicadeza. Veía la luna, como si fuese el lugar en donde reposasen mis sueños para siempre, como si en una gruta de una montaña de la luna, hubiese un lugar especial reservado para mis sueños. La luna era roja, la brisa soplaba con fuerza y algunas aves volaban cerca de las nubes con un sarcasmo hostil. Entonces Adriana me explicó en que consistiría mi necesario y providente suplicio: - “veras Juan, hemos traído dos palas y vamos a cavar. Quiero que te fijes bien en nuestro esfuerzo, porque eres un gandul, ni siquiera puedes construir tu propia muerte, nosotros hemos tenido que pensar por ti, como lo hacemos en todo. Cavaremos muy hondo, para asegurarnos que eres un profeta autentico y no un pestilente vendedor en el mercado, que grita con socarronería y con un entusiasmo procaz. Nunca lo olvides, en la tierra naces y en la tierra mueres. Cavar en la tierra, será como cavar en tu poesía maldita, queremos que viajes junto a tus pensamientos sagrados y no los abandones nunca más. Esta tierra es fecunda en miserias, y por esta razón vamos a enterrarte aquí, para que nazca un árbol escuálido y enfermo como la vida misma. Como tú eres. Ahora somos los obreros de tu sueño maldito, míranos trabajar, mira como desocultamos la verdad con un entusiasmo impenitente”. El señor Fernando y el señor dani, se quitaron las camisetas porque el sudor les molestaba. Trabajaban como si el hoyo que cavasen, fuese un inmenso agujero en el alma de la naturaleza. Apenas podía escucharse nada, tan solo el mecánico ruido de las palas. La tierra estaba muy húmeda y no era un terreno pedregoso, por lo que la excavación del cerebro mismo de la naturaleza, resultaba bastante plausible y gratificante. Estaba cerca de la verja del cementerio, respirando hondo, mientras Adriana me custodiaba para que no tuviese la tentación de evadirme del más glorioso de los destinos. Las nubes se acercaban a la luna en silencio, las estrellas brillaban con intensidad, y una suave brisa congelada acariciaba aquellos lúgubres parajes con elegancia. Cerca de nuestra ubicación se extendía un sendero pedregoso, y en otra dirección un camino que se extendía hasta lo más alto de aquella montaña. Escuchaba el tranquilo canto de los grillos, y veía unos árboles que me impedían apreciar las luces mundanas del pueblo. Escuché el doblar de las campanas del pueblo, con una solemnidad inusitada, como si supiesen que se estaba sepultando a un poeta misterioso. Apenas había algunos pasos, hasta los esforzados obreros de mi sepultura, pero no quise molestarles en su ardua labor, y no dije nada. Adriana estaba sentada en un pedrusco, como si fuese una estatua sagrada que me vigila. La tierra desenterrada la amontonaban a un lado, aunque hubiese de volver a su origen, para cubrir mi cuerpo enfermo y malherido. El agujero no era muy ancho, aunque si lo suficiente para que pudiese entrar mi cuerpo. De pronto Adriana me dijo: - “no quiero que te equivoques Juan, no cavamos esta sepultura para causarte dolor sin motivo alguno. La vida esta muy cansada y en ocasiones necesita ceremonias muy rimbombantes para poder resarcirse de su hastío existencial. Normalmente la gente vive la vida sin justificarla, y su muerte aunque es trascendente para estas personas, solamente es un obstáculo en su camino. En cambio, con esta sepultura estamos intentando justificar tu vida, damos un sentido a tu dolor, damos un sentido a tus pensamientos, damos un sentido a tus recuerdos. Tu muerte será frenética y solitaria a un mismo tiempo, y eso es lo que tu alma necesita. La tierra es muy fría, casi tanto como la soledad de las personas. Cubierto de tierra, y enterrado en vida, podrás apreciar lo que es la soledad y el dolor, y morirás como siempre lo has querido. Yo creo que el cerebro del planeta esta debajo de la superficie de la tierra, nosotros solo somos la mezquina fantasía de ese cerebro. Somos una región de su pensamiento prohibido, de hecho la única posible. Si te enterramos bajo tierra, serás una neurona solitaria de este inmenso cerebro terrenal. Será una vida más digna, si fluyes con independencia y entusiasmo en el cerebro de la naturaleza. No creo que te conviertas en una neurona muerta, serás libre, una idea pura que no necesita de la fantasía y de la naturaleza para subsistir. ¿Que opináis nobles sepultureros?”. Dani, cesó de cavar por un momento, y se enjuagó el frío sudor de su frente. Fernando continuaba trabajando con devoción, sin prestar atención en ningún momento a la belleza bucólica que le rodeaba. Dani se acercó hasta mi, y me dijo humildemente: - “tendrás el honor de ser una de las pocas personas que conozcan la verdad. Para llegar al conocimiento autentico se necesita estudiar mucha ciencia, y muchos libros farragosos e insignes. En cambio, con esta grata experiencia, podrás conocer la verdad en escasas horas. En cuanto a lo que dice Adriana, yo creo que tiene razón, la tierra es un cerebro inmenso. Y nosotros somos su fantasía irreal. Solo existiremos en el momento de morir. Parece contradictorio pero es así. Tan solo somos las marionetas de un sueño pesado y conspirador. No tenemos autonomía, y aunque nosotros creamos que somos entidades independientes, tan solo somos la transfiguración en el vacío de los delirios de un solo ser. La tierra almacena dentro de sí, muchos cuerpos que han sido sepultados, y estos cuerpos no son fósiles, sino que son neuronas independientes de un pensamiento creador. Los que en la vida ultraterrena son más sabios, son aquellos que han sido enterrados en vida, porque su transito hacía la otra vida, lo hacen de un modo absolutamente consciente. Normalmente en el momento de aparecer en la otra vida, todos los recuerdos de la anterior se difuminan. En cambio, en tu caso será diferente porque tu paso mediante el puente que conduce a la otra vida, será absolutamente lucido. Cuando llegues al otro extremo del puente te habrás transformado en otro ser, absolutamente real, y tendrás plena conciencia de tu anterior vida imaginaria. Creedme, esto es lo mejor que puedes hacer, solamente unas pocas personas tienen el honor y el privilegio de poder morir enterradas. Cuando hayas visto la luz, acuérdate de nosotros, que no somos más que una alegoría. Tu eterno sueño será creador para siempre, porque será un sueño que repose en la realidad misma”. Adriana lo miró como si fuese un trueno resplandeciente que brota del cielo, para comunicarnos la verdad. Fernando no cesaba de trabajar, a pesar de que estaba exhausto, hubiese querido construir un mausoleo, pero debido a la carencia de materiales y técnica, resultaba absolutamente imposible. Dani volvió al trabajo. Debido a que mi muerte era inminente, veía y escuchaba cosas, que eran tan sorprendentes y artificiosas como reales. Me dolían mucho los bastonazos que me había sacudido en mi acto de contrición, el mordisco del perro, y las patadas de mi fugaz amante, pero solo podía pensar en mi inminente sepultura. No se si moriría asfixiado, o por respirar aire putrefacto, o por inanición. En cualquier caso había adquirido conciencia de que nunca más volvería a mi casa. Caían rayos rojos de luna, sobre los primeros esbozos de mi sepultura, y bañaba el campo de un canto primitivo y solemne. No se escuchaban rumores del cementerio, ni siquiera el más leve gemido de viento. Como si la vida quisiese respirar con sarcasmo, en la ceremonia de mi funeral. Por un instante Fernando dejo de trabajar, y dani le tomó el relevo. Fernando se sentó juntó a Adriana en aquel pedrusco, y por primera vez en toda la noche, me di cuenta que tenía el batín rasgado. Supongo que debido a las intensas emociones que había vivido, no me había fijado en aquel detalle en particular. Le interrogué acerca del origen de aquellos agujeros en el batín y me contestó: - “durante el juicio, me he rasgado las vestiduras en varias ocasiones, debido a que tu proceso ha sido irregular. No obstante que hayas sido declarado inocente es absolutamente legítimo de acuerdo a las normas hoy en día existentes. Pero no hablemos de leyes, porque hoy es un día festivo, hoy se celebra un día que la humanidad no podrá olvidar fácilmente. Hoy el sueño se rebelara contra su arquitecto, hoy un espía de guerra entrará en el bando enemigo camuflado. Hoy es día grande, el cielo tiembla porque teme que alguien descubra que es un espejismo”. Fernando y Adriana continuaron sentados en aquel pedrusco y miraban fijamente al cielo, como si esperasen que les dijera algo. Bruscamente estalló una tormenta. Muchas nubes gaseadas con el pensamiento de dioses en vías de extinción, empezaron a describir líneas eléctricas multicolores. No se sabía de donde venían las nubes, puesto que aparecieron de improviso. La profecía de Fernando era cierta, el cielo estaba muy asustado. Las nubes respetaban los rojos rayos de la luna y no querían cubrirla. Parecía como si la rojiza luz de la luna fuese el pensamiento de algún dios convaleciente, y los relámpagos y truenos que se escuchaban sin cesar fuesen el coro de ese pensamiento sublime y apocalíptico. De pronto, empezó a llover y las gotas de agua eran muy espesas. El sueño de la naturaleza temblaba sin compasión. Fernando fue a ayudar a dani, a cavar mi tumba, porque no quería que aquella lluvia estropease mi sepultura. Adriana fue a ayudarlos, y cogió un pico. De pronto, la calavera de mi camiseta volvió a brillar con luz propia, aunque muy tenue. En escasos minutos aquellos parajes quedaron rodeados de charcos debido al intenso temporal. La luz de la calavera apenas podía llegar a unos metros más allá de mí, y los sepultureros ni siquiera se habían percatado del resurgimiento de aquel milagro. Intenté arrastrarme por el suelo para que viesen la luz de mi calavera, porque estaba tan asustado que no podía hablar. Estaba absolutamente empapado, y me arrastraba por los charcos como una bestia malherida. Desde donde estaba podía ver una imagen confusa de mis sepultureros, y no podía apreciar con nitidez sus rostros. Aquella tormenta por algún motivo desconocido les otorgaba en bandeja de plata, una energía macabra para que prosiguiesen con su labor. A golpe de pico y pala forjaban mi destino meticulosamente. Tras un prolongado e intenso esfuerzo pude llegar a mi sepultura. Pude apreciar desde aquella perspectiva que habrían cavado unos dos metros de largo y a tres de ancho. Hubiese cabido un ataúd, pero era innecesario, porque mi cripta no era convencional. De pronto cesaron de cavar, al creer que su obra había concluido. Me miraron fijamente, tras haber lanzado el pico y las palas al suelo. Estaban esperando una respuesta, pues no sabían si podía valerme de mi propio aliento para acceder por mi cuenta a mi sepultura o si era necesario que me ayudasen. Si me hubiese lanzado yo mismo, no hubiese sobrevivido al golpe. Entonces con una voz fría y distante, les pedí que me hiciesen el último favor, que me enterrasen ellos mismos, porque me sentía incapacitado. Fernando me cogió de los pies, y dani me cogió por la cabeza. Mientras tanto Adriana decía palabras incomprensibles e inaudibles, debido al sonoro estruendo de la tormenta. Me depositaron con sumo cuidado, Y después volvieron a tierra firme. Mi lecho era relativamente confortable, aunque mi cabeza estaba apoyada sobre una roca. Desde mi perspectiva, veía a mis sepultureros, como si fuesen los vigías de un inminente sueño negro. No les veía sus caras, porque de repente se había manifestado una espesa niebla. Los tres encendieron sus respectivos mecheros, como si aquello formase parte de un rito funerario. De hecho tanto ellos como el cielo, según mi borrosa apreciación de la realidad, se encontraban equidistantes. Tras escasos segundos, y al ver a mis sepultureros perplejos, les pregunté porque no cubrían mi cuerpo con la fría tierra. En aquellos precisos instantes la calavera de mi camiseta, deslumbró sus ojos y pude contemplar con claridad el sentido de sus emociones gestuales. Estaban los tres muy confusos, pues la siniestra luz de aquella calavera los había atemorizado. De pronto sintieron dudas acerca de sus doctrinas de la vida y de la muerte. Bailaban alrededor de mi sepultura, aguardando una respuesta de los dioses a sus inquietudes funerarias. Entonces la calavera, se proyectó como una imagen holográfica en las fronteras del agujero de mi sepultura, e incluso ascendió hasta su estatura. Me miré la camiseta y vi que su amuleto había desaparecido. Se había reencarnado en la realidad y ahora flotaba en el aire, pero no como la proyección en la pantalla de un cine, sino como si se tratase de un la aparición de un espíritu misterioso. La calavera era muy grande, pues su mandíbula nacía cerca de mi estomago, y la parte superior del cráneo alcanzaba su estatura. Podía sentir su mandíbula, y en parte me parecía el tacto de un hueso y en parte parecía una extraña energía tan amorfa como universal. Pude ver como un cuervo, se aposentaba en la base del cráneo de aquella calavera gigantesca, que respiraba aire putrefacto en mi lúgubre lápida. Mis sepultureros sentían una sensación miscelánea. En parte hubiesen querido huir de aquella espectral aparición, y en parte hubiesen querido escuchar su silenciosa presencia. El cuervo graznaba a su señor, pero la calavera no manifestaba síntomas de vida, y no parecía tener intención alguna de mover la mandíbula. Entonces Fernando me dijo: - “tal vez ha sido un poco precipitado enterrarte, sin preguntarte si querías llevar algo al otro mundo. ¿Quieres alguna joya, comida, o cualquier objeto de valor que puedas intercambiar con el más allá?”. Le contesté que unas monedas serían suficientes. Dani sacó su cartera de su bolsillo y me lanzó todo el suelto que llevaba. Lamentó no poder darme nada más, porque el resto era para gasolina. Las monedas cayeron en mi tumba, de la misma manera con que se tira una moneda en una fuente de los deseos. De pronto la calavera habló, y el retumbar de sus palabras, casi derrumbó las paredes de mi sepultura. Mientras la calavera hablaba, el cuervo graznaba con un éxtasis místico al escuchar hablar a su señor. Su voz era inhumana, como si fuese el mismísimo vacío que tuviese la facultad de hablar. Estas fueron sus palabras: - “¿no os da vergüenza darle unas solas monedas a este moribundo?, con unos míseros céntimos se morirá de hambre en el otro mundo y tendrá que volver a este, bajo otra mascara espiritual”. Le dije a la calavera que quería continuar sufriendo en el otro mundo, porque no había sentido suficientes padecimientos en este mundo. No era dinero lo que quería, sino la foto de la alguacil, de la cual me había enamorado perdidamente. De todas formas necesitaba alguna misteriosa obra de arte, para poder llevar al otro mundo, para poder pensarla eternamente. Eso era lo único que necesitaba mi espíritu, poder pensar eternamente el dolor, mediante una foto del alguacil, y mediante aquella misteriosa obra de arte. Entonces Fernando me dijo: -“creo que guardo una foto de la alguacil en la cartera, porque me la envió junto a su currículo para poder trabajar como funcionaria pública en la casa de la justicia. Siempre llevo en mi cartera la foto de todos mis empleados, debido a una extraña necesidad”. Adriana, miró con recelo a Fernando, y no se creyó fácilmente aquella excusa. Pero cuando Fernando le enseño todas las fotos de sus empleados, la curiosidad de la fiscalía quedo satisfecha. Fernando me la lanzó y traspaso la calavera, de esta manera comprobé que era puro espíritu y pura luz. Dani, me interrogó acerca de cual era aquella misteriosa obra de arte, entonces yo le respondí: - “un recuerdo muy doloroso que guardo en mi interior, un atardecer eterno, palabras perdidas en el viento, seguro que la calavera sabe de lo que estoy hablando”. La calavera asintió, mientras el cuervo me observaba con vivacidad. Adriana, Fernando y dani, prefirieron no preguntar, y tampoco lo hicieron en otra dimensión de la realidad. Entonces la calavera volvió a hablar: -“soy el guardián del otro mundo y mi obligación es velar, para que los derechos de los sepultados se cumplan a rajatabla, ya he cumplido con mi obligación. Ahora con el permiso de vuestras mercedes, vuelvo a mis orígenes. Ojala, que la próxima vez que me despierte no sea para velar por los derechos de los sepultureros de mi cliente”. El cuervo huyó asustado hacía las ramas de un árbol, y se quedo allá dormido. La calavera volvió a reencarnarse en mí, y su emblema volvió a aparecer en mi camiseta manchada de tierra fría. Aclarados todos los protocolos de mi funeral a las puertas del cementerio, Fernando me dijo: - “con tu permiso, vamos a cubrirte de tierra. No temas, porque aunque tu padecer sea muy intenso y prolongado, conocerás la verdad, y llegaras a la universidad del otro mundo, con amplios conocimientos, para matricularte en todas sus asignaturas. Cuando estés seguro te lanzaremos una tonelada de tierra”. Aquel era el momento de demostrar mi valentía, aquel era el momento de demostrar al mundo que mi profecía no era en vano. Le dije que diese el último paso en aquella inmensa escalera que era mi vida. Para no ahogarme, lanzaban tierra con las manos poco a poco, para que pudiese aguantar aquella lluvia de tierra. La tormenta todavía no se había apaciguado, mientras mis sepultureros, no cesaban de lanzarme tierra. Cuando mi cuerpo estuvo cubierto por completo, supe que el malogrado sueño de mi vida estaba llegando a su apoteósico ocaso. Al cabo de unos minutos, el agujero había sido tapado y yo yacía en su interior. Sentía un terrible peso en mi cuerpo, una agonizante sensación de claustrofobia. Podía respirar, pero moderadamente para no consumir todo el oxigeno. No podía ver absolutamente nada, como si el mundo se hubiese hecho insoportablemente pequeño en el interior de mi eterno cautiverio. Sin embargo escuchaba lejanos murmullos en tierra firme. Escuchaba los pasos de mis sepultureros, como si fuese un ruido que estuviese a punto de apaciguarse para siempre. Escuche la voz de dani, de un modo confuso, que caminaba muy cerca de mi sepultura, me preguntó: - “es imperdonable, pero se nos ha olvidado ponerte un epitafio, ¿que quieres que pongamos?”. Apenas tenía fuerzas para respirar y mucho menos para hablar, pero con un ímpetu sobrehumano grité con todas mis fuerzas y mis palabras fueron entendidas: - “aquí yace el amante del dolor, el poeta de los sueños funestos y de las profecías turbadoras”. Dani repitió mis palabras, y quedé tranquilo al saber, que si alguien pasaba por el camino, podría conocer mediante estas tres frases lo más claro y distinto de mi historia. Poco después, Fernando me dijo: - “ahora es muy tarde y tenemos que ir a dormir, ya puedo ver las primeras claras del día. El sol nace detrás de las montañas. Tu proceso, tu exculpación y tú martirio voluntario nos ha dejado fatigados. Volveremos de aquí a unas horas, para darte el último adiós. Supongo que todavía estarás vivo. En caso contrario despídete ahora de nosotros, por si en nuestro regreso ya te has quedado dormido para siempre”. Les dije un somero adiós, para reservar fuerzas, pues todavía había de sufrir mucho. Me quedé dormido, cuando se fueron, porque yo también estaba muy cansado. Al cabo de unas horas me despertó la voz de Fernando, de Adriana y de dani. Les contesté que me encontraba bien, que no sufriesen por mi, que mi martirio era mucho menos doloroso de lo que hubiese podido concebir en un principio. No obstante me sentía muy débil y les pedí que se quedasen un rato, porque probablemente la próxima vez que volvieran, ya no podría responderles de nuevo. Entonces Adriana me dijo: - “no hemos venido solos, hemos traído a alguien con nosotros. Resulta muy gratificante, cuando se puede cumplir la última voluntad de alguien. Aguardamos tu permiso, para saber si quieres hablar con esa persona”. Le pregunté cual era la identidad de aquel misterioso personaje, y Fernando me contestó fraternalmente y cordialmente que se trataba del alguacil. Medité durante un instante, y finalmente me decidí a hablar con aquella hermosa mujer, desde mi lejana, honda y polvorienta sepultura. Le dije: - “señora, os agradezco que hayáis cumplido con mis deseos, aunque lamentablemente no podréis ver el sufrimiento de mi rostro, tal y como habíamos pactado, pero a pesar de este contratiempo, podréis escuchar mi tenebrosa y pálida voz. Escuchad señora, vos sois la flor de mi poesía, que nunca se marchita, porque siempre perfumáis con vuestro delicado aroma el tiempo, la naturaleza y mis amargos sueños. Señora, esta sepultura y este luctuoso destino, no son más que menudencias, si lo comparamos con la dicha de haber tenido la oportunidad de conoceros. Señora, adiós para siempre, aquí yace vuestro caballero enlutado”. Entonces ella respondió:- “eres un baboso y un necio, solo he venido hasta aquí para asegurarme que estabas bien muerto. Eres un baboso, y solo un estupido como tú podría pensar, que una dama de alta alcurnia como yo, no habría acudido a estos lugares, si no fuera para complacerse con tu sufrimiento. Eres un baboso, y por eso quieres ahora vivir donde están los gusanos. Eres un baboso, espero que sufras mucho. Desde el primer día que te conocí te odie tanto, que desee que te enamorases de mi para que tu vida fuese turbulenta y tus sentidos un mar de tormentas desconocidas. Desee, tu muerte, desde el primer momento en que te vi. Ya te dije que la vida se divide en personas bellas y babosos, y tu eres de la segunda especie. Retuercete de dolor baboso, duerme en las profundidades con un eterno rencor. Baboso, muérete, deja de incordiar a las personas de las que no eres digno”. No podría haber muerto de un modo tan digno como aquel, aquellas palabras me proporcionaron tanto dolor en aquella bochornosa y surrealista situación, que no creo que hubiese alcanzado una verdad más sublime como aquella, aunque hubiese sido centenario. Aquellas palabras, fueron como un trueno maléfico que apagaron el candil de mi alma para siempre. Entonces morí tras respirar unas diez veces de una manera entrecortada, mientras repetía hasta la saciedad: - “he llegado a la verdad, he llegado a la verdad”. Fernando intentó decirme algo, pero al ver que ya no respondía me dieron por muerto y se fueron complacidos, porque tenían la grata y verdadera sensación de que había llegado a la verdad.


EL FUNÁMBULO

Soy un funámbulo y peregrino en una cuerda que tiembla, como lo hace la vida misma. Bailo si los espectadores me lo piden, porque la vida es necesaria perfumarla con macabras acrobacias. Soy el esclavo de los delirios de la cuerda y solo me queda el consuelo de ser el único soberano de mi inmoral respirar. Tanto si miro hacía el cielo o la tierra permanezco indiferente, porque en la cuerda nací y cayendo de la cuerda moriré. Además de caminar con soltura, he de ser un buen bailarín, la cuerda me instruye, la cuerda me condena al precipicio, sino comprendo las lúgubres palpitaciones de su naturaleza. Mediante mi danza en el trapecio creó la música, pero no puedo sentirla, porque soy solamente el dedo que acaricia la tecla de un piano. No me ha de preocupar la música, solo me ha de preocupar que mis pies se muevan, como la cuerda ordena. Ser funámbulo es mi oficio, mi horizonte, mi amanecer y mi ocaso, porque es mi inalienable pacto con la vida. Estoy condenado a no ser un artista, porque solamente el destino y la cuerda lo son, yo solamente soy los colores de un cuadro cuando tengo tiempo de pensar en mi desgracia, y soy el pincel que los pinta cuando la cuerda pierde la razón y no me deja meditar. Mi sudor se pierde en el abismo, mientras la cuerda me domestica cínicamente. La cuerda siempre esta enferma, y se retuerce mediante una inagotable obsesión, la única manera de no caer consiste en estar tan enfermo como la propia vida. Los mejores funámbulos son los que están más enfermos que la propia vida, por esta razón pueden bailar con tanta maestría y ganarse los aplausos del público. Solamente es el pie del funámbulo el que se equivoca, y la cuerda jamás lo hace. Aunque solo sea un hecho físico, en esto consiste la inmanencia de la propia vida. El funámbulo camina en un desierto, y dialoga con él, en el mezquino zozobrar de su pasión. El desierto no lo escucha, porque es el único cómplice que el trapecio universal necesita: el del silencio. El desierto nunca esta hambriento, porque siempre hurta la espiritualidad del funámbulo. La cuerda no tiene fin, es como un inmenso gusano pestilente y siempre lucha contra los sueños del funámbulo. La cuerda es mucho más poderosa que el funámbulo porque es su parturienta y su verdugo, es la que inventó su oficio, es la que le dio fama como artista, aunque la única artista sean ella y el trapecio. El funámbulo y la cuerda son como dos amantes que nunca pueden encontrarse, aunque se conozcan tan íntimamente el uno con el otro, aunque sean los actores de un único teatro. Si la cuerda le pide al funámbulo que baile este obedece porque su oficio es la inmanencia de la vida, si el funámbulo le pide a la cuerda que enmudezca su estrafalaria y mezquina pasión retorcida, en ocasiones obedece porque necesita artistas que le rindan tributo en lo más alto del trapecio. Detrás del funámbulo no hay nada, solamente el silencioso espejismo de un ensayo del cuál ningún espectador pudo apreciar su arte, delante del funámbulo solamente se escuchan las ahogadas y tullidas conspiraciones de la cuerda, si mira hacía arriba solamente puede ver el espejo opaco del mundo, si mira hacía abajo escucha los sectarios poemas de un abismo sin nombre. Solamente existe el zozobrar de la cuerda y los torpes juegos bailarines del funámbulo, todo lo demás no son más que alegorías de los espectadores y el artista. Al funámbulo nunca se le paga por su oficio, porque actúa en un desierto, y los únicos espectadores son los buitres que lo esperan en la arena o sobrevolando sarcásticamente los cielos. Nadie es testimonio de las peripecias de sus acrobacias, solamente lo es la cuerda, que se burla de él y además no cesa de retarle con sus invisibles turbulencias mesiánicas. El funámbulo camina en el aire, camina en el vacío, ese es el pedestal de la vida, y desde allí no cesa de sangrar muerte y dolor. Yo no miro, solamente actuó, yo no juzgo solamente camino, pero el camino del trapecio no me obsequia con visiones proféticas, solamente me permite actuar como si mirara, me permite caminar como si juzgara. El trapecio es un juez que no habla para emitir su veredicto, solamente es el lejano rumor de una aparición que nunca existió. Una vez durante mi camino, mientras hacía gala de mis acrobacias y de mi desprecio al sendero del trapecio, se me apareció otro funámbulo que caminaba sin intentar hacer malabarismos y con una severidad deleznable, y a pesar de estas lamentables circunstancias, el trapecio no lo castigaba. Parecía que el trapecio lo amparase, como si las cuerdas se moviesen, para que no pudiese caer por muy patoso que fuese. Era muy frívolo, se movía con una exactitud precisa, como si el vacío en donde caminaba no le asustase, como si no fuese consciente que estuviese peregrinando en el trapecio del sinsentido. Sus pasos eran sagrados, en cambio los míos no eran más que estúpidas preguntas al destino. Parecía que el trapecio no cesase de reverenciarlo, a pesar de que no se esforzase en ser un buen artista. Vestía una túnica negra y tenía la cara cubierta con una mascara, era muy alto y corpulento, y no me miraba, caminaba como un autómata espiritual. Cuando estuvo muy cerca de mi me dijo: -"soy el dueño espiritual de este espectáculo sórdido y subterráneo, yo camino a mi antojo por estos derroteros y expulso del trapecio a los artistas cansados y torpes. Tú cumples con ambos requisitos. Desde que te contratamos en el oficio de trapecista no has dejado de defraudar al buen nombre de la organización espiritual de la naturaleza. Soy invencible, y solamente yo tengo la potestad de decidir, quien continua haciendo mediocres piruetas en el sinsentido, y quien emprende un viaje sin retorno tras caer al precipicio de este trapecio. Parece que has olvidado que caminas en el vacío, y eso no es digno de ningún artista de mi compañía. Yo te condeno, porque tu pretensión de ser un artista en un mundo justificado con creces es indigno a tú condición humana. Los que quieren saber porque caminan, no pueden causar ningún beneficio al espectáculo de la vida. Solamente puedes sentir el vibrar de la cuerda, como si fuesen los latidos de tu corazón. Parece que has olvidado que el viento sopla para complacer al destino ciego, pero no a aquellos que pretenden conocerlo cuando su suave caricia bombardea a sus sentidos. Este es tu final, pero antes responde: - "mira al mundo y dime lo que ves".


EL SEPULTURERO

El guardián del cementerio me aguardaba en una verja, con el espíritu indómito y la mirada perdida en los montes de la luna. Olía a pájaros muertos y a incienso de un culto profano. Severo como el azote de la brisa noctámbula a las hojas de los árboles, y devorando con los sentidos la púrpura luz que bañaba a la turbia espiritualidad del cementerio, como si fuese la herencia de un mar ancestral, cantaba un himno olvidado en honor a las estrellas extinguidas en el firmamento. Era tan anciano como el cementerio, y en sus arrugas pude leer los sombríos pensamientos de un espejo roto. Vestido con la muerte y el dolor de la vida, y con los ojos hundidos en el desierto de un sueño infinito, custodiaba un palacio congelado, un laberinto sin bifurcaciones. Estaba acostumbrado a mirar la eternidad, y con la sepulcral poesía de su mirada, podía hacer que permaneciese latente el espíritu del fuego aunque no soplase el viento. Tocaba una flauta, y sus congeladas notas llegaban a los oídos de los durmientes, como un espigón siente el ímpetu de las olas salvajes y moribundas. No miraba el cielo porque el color de sus sueños malditos, ya no estaba influido por el opaco y nauseabundo espejo de la existencia, sino de tierra estéril y de la fiel maternidad de la muerte. No contaba el tiempo mediante su entrecortado respirar, sino mediante la profecía eterna de los rayos de la luna. No quiso mirarme y no quiso hablarme, porque sus huéspedes no querían que nadie perturbase su calma con el insoportable murmullo de los latidos de mi corazón. Entonces le dije: -"dime sepulturero, ¿cual es tu nombre en los desiertos de la luna?, ¿como se llama la canción que se escucha en las profundidades de la tierra?, ¿porque siempre viaja una luz tan lúgubre a las inscripciones de las lápidas?, ¿porque no me guías al más misterioso de los silencios?, ¿porque no me muestras como peregrinan el cielo y la tierra en el interior de este mausoleo? Dime sepulturero, ¿cual es tu nombre en nuestros sueños malditos?, ¿que es lo que canta esta luz plateada que alumbra este cementerio y que ha hecho un largo peregrinaje desde la eternidad? ¿Porque no me muestras mi sepultura?, quiero conocer lo más sagrado del ocaso de mi desierto existencial. Dime sepulturero, ¿cual es tu nombre en la tierra y en el cielo?". Aquel coloso que sostenía al mundo, como el viento sepulcral sostenía a mis palabras malditas, abrió la verja y me dejo pasar. Caminaba arrastrando unas cadenas, las cadenas que aprisionan a nuestros sueños en la almena del castillo de la vida, y podía escuchar su eco en lo más hondo de aquellas tumbas. Había ramos de flores en cada lapida, por cada una de las flores, un deseo prohibido que reposa en el turbulento néctar del sinsentido. Por un instante, cesó su caminar en el pasillo de la gloria eterna del olvido. Me miró fijamente, como lo hace el instinto puro del horizonte cuando dialogamos con él. Su sudor frío y sucio de soledad inmoral, se derramaba de su frente. Entonces me dijo con la voz de un dios cansado y egoísta: - "yo soy quien quieras que sea. Yo no condeno, ni tampoco juzgo, simplemente cumplo con mi obligación. Trabajo en el faro, que se sitúa cerca del mar en donde navegan todas las almas presentes y desaparecidas, y solo guió a aquellos barcos que se lo merecen para que no arremetan contra los peñascos. Yo soy aquel que apaga la luz de los dormitorios de los niños, con arrugas o sin ellas, que no quieren irse a dormir. Todavía no puedo decirte nada, porque estas pensando, cuando dejes de pensar, y acojas a la oscuridad como huésped de tu morada espiritual, el mundo brillara por si mismo, ya no necesitara hablar, y tu no necesitaras pensar para saber que es lo que dice". Enmudeció, y volví a recuperar la armonía de aquella brisa nocturna, que componía en su inquietante devenir, las notas musicales de una sublime composición mortuoria. Me sorprendía como las palabras de los epitafios estaban tan congeladas, tocaba sus inscripciones y mi desolada alma sentía un frío interior descomunal. Escuchaba voces apagadas, mi sueño era pálido y el fluir de mis sentidos lapidarios. El sepulturero miraba cada una de las tumbas como si fuesen teclas de algún instrumento maldito y hubiese de componer una canción eterna. De pronto, me señalo con el dedo, donde reposaba placidamente el agujero, que había nacido en la tierra y detrás de los matorrales de mis pensamientos. Enfrente de la puerta abismal en donde quedarían encerrados mis sueños para siempre, había el cadáver de un burro. Su mirada era decrepita, y parecía que en su póstuma y eternizada visión, todavía no se hubiese dado cuenta, de que había expirado. Varias aves nocturnas y ladronas, rodeaban su profanado cuerpo, estigmatizado por el olvido y la condena. Entonces el sepulturero me dijo: -"esta noche, podrás irte para que el espejismo de la vida, juegue contigo con sus alegorías sagradas. Estas condenado a vagar en las tierras de la noche y la penumbra, mediante tus mantos carnales, en la ficticia y espuria luz de la vida. Pobreza y miseria encontraras en tu camino, el sol ya no podrá instruirte nunca más. Eres un feligrés de este templo, y nunca podrás huir de él, porque tu alma esta ardiendo en uno de sus infinitos altares. Aquí la vida no sueña, simplemente levita en una nostalgia imperecedera. Todavía no te dejaré entrar en tu casa, porque no has pagado tus deudas con el laberinto profano de la vida. Ves a vivir el tiempo en la jaula de los asuntos humanos, porque la muerte es la libertad de no saber nunca que es lo que has sido. En esta tumba reposa una parte de tu alma, la única que conoce los secretos que se ocultan detrás de los muros de tu espíritu. La otra hará un viaje espiritual por las tierras y los mares, hasta que conozca los profanos secretos que se ocultan detrás del espejo de tus ojos. Este burro, ha muerto en la pobreza y en la hambruna, y tiene tu nombre en los sueños de alguna estrella desaparecida. Voy a lanzar a este burro al abismo, y te aguardará paciente en su eterna caída. Ayúdame a meterlo en tu sepultura. Los caracteres del epitafio de esta tumba, todavía están borrosos, pero cada día, los rayos de la luna, están forjando tu nombre, como un trueno fugaz lo hace en su delirante línea eléctrica. Ves más allá de estas fronteras, aunque a partir de hoy ya eres uno de nuestros más insignes huéspedes. Este burro, es la pobreza y la miseria, la condena invisible que todavía tus sentidos no pueden comprender porque todavía no entienden su lenguaje de ultratumba. Y ahora recorre el mundo, huye de aquí, pues todavía no tienes conciencia que no puedes huir. ¡Huye sin demora!


LA EUCARISTÍA DEL CUERVO

En la lontananza de los recuerdos encantados de la poesía, habita el cuervo de demacradas emociones en su ilustre señorío. Tiempo decrepito y de ciencia borrosa, reposa turbiamente en la copa de vino sagrada sobre la que se posa. Sueños y colores secretos, destellos de luz y oscuridades incomprensibles, bañan con el perfume de su conocimiento lejano, el dorado metal de la copa. El cuervo se mira en su espejo predilecto, la sacrílega serenidad de un mar sangriento. El entrecortado respirar del mundo esta a la zaga, el cuervo extiende las alas con sarcasmo, en su hambriento espejismo profético. El sueño poético del cuervo, se hunde en su espejo de alcohol, las aguas rojas como el sol de una batalla, se retuercen de dolor, al sentir el aliento congelado de la más trascendente de las aves. El cuervo quiere embriagarse, un coro de apostatas cantan el noctámbulo himno de la vida, desde los temblorosos muros de la catedral. El cuervo no tiene prisa, saborea el néctar de la vida condenada, con pompas y con esplendor. Mientras el cuervo bebe, la ilusión de la vida y de la muerte tiembla con decadencia. La imagen del altar se vuelve borrosa, como si solamente fuese una fotografía que ha quedado desenfocada. Sabor dulce y envenenado, sueño exaltado que se esparce alrededor de todo el cosmos. La fe del cuervo es como gotas de sudor sucias y ensangrentadas que se derraman en su áspero plumaje. El cuervo no dice nada, porque él mismo es una pregunta, el coro canta alumbrando a su imagen de sacrosanta estirpe. Las campanas de la catedral doblan, al mismo ritmo que los latidos del corazón del cuervo. El cuervo es místico, su aparición es el malogrado sueño del hombre terrenal, su existencia impronunciable, sus hermosos versos se escuchan en unas tierras desaparecidas. El cuervo ha cesado de beber, una cortina de niebla emerge de las profundidades del mundo. Entonces se percata de que tiene delante suyo un mendrugo de pan. El coro cesa de cantar y el director de orquesta le dice: - "cuervo cómete el pan porque en el cielo no hay, no desperdicies ni una gota de vino porque las nebulosidades de nuestros sueños necesitan de la locura de tus graznidos congelados en el tiempo y en el espacio". El cuervo escribe con la luz abismal de sus sentidos nublados, en el aire: - "baile el dolor, el más ancestral de los espejismos no pueda sentirse desilusionado en el más desolado de los valles". La soledad del mundo visita al cuervo, él sabe mostrarle el camino, en la música del viento y las estrellas que glorifican su nombre con fervor. El cuervo come el pan y la tierra empobrece, las delirantes sombras están hambrientas, el insigne arte del cuervo se plasma en la vida, como si un artista intentase retratar los macabros gritos que se escuchan desde el abismal pozo de la poesía. El señorío del cuervo es una música silenciosa, como la tela de un cuadro que no quiere ser retratada nunca. Mientras el cuervo come, los rascacielos del alma se derrumban apaciblemente, la belleza de la poesía disfruta de ser una flor enlutada, los secretos emergen de la tierra para peregrinar en el cosmos con serenidad, las cadenas se transfiguran en el encadenado, el opaco espejo de la existencia se rompe en mil pedazos. Entonces el director de orquesta vuelve a preguntar al cuervo, mientras toca el piano para aplacar el aborrecible silencio que le rodea: - "emborráchate cuervo, la copa vuelve a estar vacía, si la vida no tiembla es porque no existe. Si no hay vino, no pueden haber estrellas. Si no estas embriagado, no te vuelves tan cínico como la vida necesita. Cuervo, bebe, porque el cielo necesita saber que no tiene nada". Un ángel salió de la pared en donde estaba retratado, y llevó una jarra de vino, un vino proveniente de un río maldito que fluye incesantemente en ultratumba. Se lo sirvió discretamente, mientras el cuervo bailaba con algarabía alrededor de la copa sin rubor alguno. El ángel volvió a su pared para volver a resucitar en el mito. El cuervo degustó el vino, como el mejor de los catadores del dolor desahuciado, mientras el coro de los apostatas cantaba con tal fervor, que algún trueno casi destroza una boveda. Su cantar era eléctrico y de color púrpura, su cantar era la perfecta síntesis entre el color más salvaje de la naturaleza y el más perfecto de los estallidos. El cuervo estaba extasiado, y quería destruir y sanar todas las palabras y las obras de los hombres. Vio a una paloma blanca como la más pía de las mañanas, que intentaba ocultarse de las penumbras y sobrevolaba las partes donde quedaba algún vestigio de luz. El cuervo embriagado de música nihilista y de las amargas caricias del vino, quiso enseñar a la paloma, que el cosmos en su nacimiento y su fin siempre ha sido negro, la luz de los planetas solo es la canción enlutada del vacío. De un solo picotazo hirió mortalmente, a su conspirador enemigo, y antes de que expirará le dijo: - "la luz que es blanca, lo es porque no piensa, la luz que es blanca tampoco permite pensar en nada, tu plumaje es blanco porque nunca le has preguntado nada al cosmos, tu plumaje no es ascético, tú plumaje no conoce nada de los delirios del sol porque nunca has querido viajar hasta él. Tu plumaje no es del color de la ceniza porque nunca has asistido a ninguno de mis ritos, que celebro, para que la vida pueda temblar y pueda crear. Mi sueño nihilista gira como un remolino de viento, en cambio tu nihilismo no es ni siquiera el de una rueda. Tu sangre no forma parte de la exquisita fragancia de mi vino. Yo quiero que la vida despierte en el interior de su sueño, tú quieres que la vida no sea sueño, sino solamente amargo despertar". Dejo el cadáver del ave virginal en la región más impía de su templo, y volvió al altar en donde se fabrican los narcóticos sueños del alma del mundo, a través de la embriaguez del cuervo. La copa brillaba con nostalgia, porque anhelaba a su señor, los cánticos del coro apostata habían rejuvenecido, y glorificaban la cruzada de su deidad. Entonces el director de orquesta le dijo al cuervo: - " solamente tú has sido instruido para poder beberte nuestro dolor, y nunca te asustas de que la niebla de tus sueños sea cada vez más espesa. Tu señorío vive en las estrellas. Eres el único que habla con la pared y no le importa que sus muros acuchillen a sus palabras. Tú destino es el de la historia, porque la historia escribe sus memorias con la luz de tus sentidos descarriados. Tus ojos no son espejo de nada, y tampoco quieren encontrar ningún espejo. Tus graznidos solo nacen de la brisa que peregrina a la deriva. No te has arrodillado jamás ante ningún astro, ante ningún sueño, ante ninguna copa de vino. Beber el dolor es como respirar para ti". El director de orquesta hizo una señal al coro, y estos volvieron a componer poesía para animar al cuervo, para que continuase bebiendo la insípida y omnisciente fragancia del dolor. Tal vez el dolor en sí, no sabe a nada, pero el cuervo no cesa de marearse, ve girar a su alrededor la vida con una celeridad prodigiosa. El cuervo nunca ha cantado, porque solamente es lo que la vida canta de él. El cuervo es aquello que enlaza el principio con el desenlace, el desenlace con el principio, y cualquier punto de la línea con cualquier otro. El cuervo come pan y bebe vino, es un dios oculto que celebra su soledad en su señorío. El cuervo esta a punto de beber, la vida esta a punto de reconciliarse consigo misma, y a volver a disgregarse, así encuentra nuevos caminos. Pero todos ellos comandados bajo la ávida mirada del cuervo. ¡ cuervo no mires ni pienses en nada, simplemente bebe sin preguntar!.


VUELO INFRUCTUOSO

Quisiera volar pero mis pies alados están encadenados a la pesada sombra de la mala simiente de la tierra. El viento que es como el cansado respirar de los dioses, levita en tierra de nadie, y con su música primigenia me lleva al trono de la naturaleza. Nadie quiere sentarse en él, ni los deseos, ni las palabras, ni los mitos. Nadie habla, ni la atalaya del pasado ni la atalaya del futuro, ni la torre del norte ni la torre del sur, el tiempo juega como un niño caprichoso en mi mente y en el mundo. Nadie me llama, ni los dioses ni los hombres, y no existe canto ni poema oculto, que quiera guiarme en la senda etérea. El cielo no tiene ventanas, puesto que solamente un espejo irreverente puede ser el techo del mundo. La ficción se ahoga en el mar nebuloso del cielo, y los destellos plateados de la noche cantan la muerte del profeta. El vuelo asesina y resucita a su antojo, pero la justicia poética del cielo, es el viento que empuja a la ola, es el juez que vela por la tragedia y la comedia. Mientras el poeta subterráneo me llama con instinto abismal, como lo hiciera un cuchillo que ralla una mesa, el poeta celeste solo me puede hablar con el errante lenguaje de la luz, y enmudece como un abismo que ha cruzado todas las fronteras de la nada. En el cielo no existen cosechas, solamente luz embriagadora y enferma en donde moran las palabras espectrales de la muerte y el dolor. El cielo es como un inmenso cráneo, y el ser humano es su pensamiento, es su fuerza, que indómita juega con los relámpagos, como la tempestad juega con el mito. No hay escaleras que me lleven al cielo, no hay flecha que pueda peregrinar en las tierras de los dioses, no existe palabra congelada que haya quedado suspendida en el aire, que no vuelva a la tierra en forma de lluvia. El espíritu celeste no tiene dimensiones, ni espacio ni tiempo, solamente es el muro contra el que arremeten todas las nigromancias de la poesía. No puedo invocar a nadie, para que me lleve a dar una vuelta en el desierto plateado, porque los dioses han abandonado sus templos, y solo han dejado como herencia, el levitar de una brisa enferma, que transmite su enfermedad a través del pensamiento. El pensamiento es como aire, como la atracción imperceptible y quimérica, que empuja a las velas del bergantín del alma, por los desolados mares del cielo y la tierra. El cielo es como una inmensa habitación sin puertas, y nadie tiene intimidad, solamente se escucha el caos de voces perdidas en el vacío. No hay agujeros en el cielo, porque solamente existen surcos en el pensamiento. El cielo solamente es un sueño tranquilo y eterno, que se ha convertido en escultura, como una obra de arte eternamente inacabada, como una sala de espejos en donde distorsionadas imágenes se querellan entre sí. No puedo bailar en el cielo ni de día ni de noche, porque durante el día la luz oculta a la oscuridad, y durante la noche la oscuridad oculta a la luz. El pensamiento es una mixtura entre luz y oscuridad, pero en el cielo y en su poesía encantada solamente peregrinan palabras rígidas como columnas. Quiero volar hasta el cielo, como lo hiciera un pájaro que no mira hacía abajo y se ha olvidado que hay tierra, pero la poesía siempre vuelve a la tierra, y por esta razón se fraguan sus sagradas sentencias en las puertas de los templos. El cielo es un vestido puro sin manchas, y las nubes solamente son nuestras ilusiones que las bañan el sol y las estrellas. El cielo no envejece y descansa como el espejo de un lago, ninguna caricia del viento perturba su sagrada serenidad, no quiere mostrarnos lo que hay en sus honduras, porque él es el principio y el fin de todos los seres. A pesar de que sé, que arriba solamente existe el cementerio de los colores y los sueños, quiero ser el bailarín y el lacayo del más maldito y encantado de los tiempos. Seguramente el viento no me elevará, porque esta ocupado en expandir los latidos de la naturaleza hasta el infinito. La luz tampoco querrá hacerlo porque no le gusta jugar con sombras traicioneras y borrosas. La gravedad de la tierra, no podría hacerlo aunque quisiera porque pesa mucho más que los pensamientos. Los dioses tampoco podrán hacerlo, porque están dormidos, debido a que han olvidado la vida y su destrucción. Voy a pedirle permiso a la poesía muerta que ya ha engendrado gusanos en lo más alto de los cielos. No puedo pedirle que abra las puertas y las ventanas de los cielos, pero si que mis palabras lleguen hasta sus densos muros: - "deidad enferma y maligna, aquí donde la vida descansa, solo se escucha el suave murmullo de tu respirar mientras duermes en la eternidad. No te pido que arregles tus jardines o que inventes flores más multicolores, solamente ruego que me permitas ver tu palacio en ruinas. Comprende que no lo digo sarcásticamente porque de la vida no se burla nadie, pero nosotros que somos tus borrosos monigotes en la penumbra de tus sueños más pesados y tenemos derecho a saber, cuando el único sueño de la naturaleza, fugaz y eterno como la luz, despertará en la colosal soledad del mundo. Deidad, tu no has plantado semillas en la tierra, solamente apareces y desapareces como el respirar, pero déjame ver tu obsceno juego de sombras malditas. Déjame volar, quiero conocer la morada del vacío y a que misterioso astro insigne rinde pleitesía. Ahora levántame, y juega conmigo, como lo haces con la vida y los sueños, no hace falta que me digas tu nombre porque seguro que no lo tienes". Entonces desde lo más alto de los cielos, un trueno cayó desde los abismos de las tierras celestes, y dijo tajantemente mediante el ensordecedor verso apostasico de un único sonido: - " créeme, ningún hombre puede soportar ese peso, la mente no tiene casa, del mismo modo que el peregrinar del viento, el embiste de las olas, y el ensordecer baile apostasico de un trueno, tu casa es un viaje que nunca puedes acabar de recorrer, una senda sin nombre de la misma manera que su peregrino. Las llaves del cielo están oxidadas, y su guardián hace mucho tiempo que nadie lo ha podido despertar. La vida es una jaula, y dentro de ella solamente hay serpientes babosas y raquíticas, que reptan en una trayectoria tan desconcertante como inocua para el desarrollo de la existencia. Aquí donde yo vivo no hay acción, solamente estatuas congeladas que se mueren de frío. Es mi jardín, un desfile de estatuas encantadas que no pueden cantar ni llorar. Si quieres volar hasta los cielos, no serviría de nada aunque te lanzase flores multicolores que forjasen tu camino en los aires. Creeme el cielo no es la piel de ningún ser misterioso, porque la magia de la vida empieza y acaba con tus palabras. El cielo no canta, ni llora, ni ríe, ni baila, ni tampoco escucha, solamente es un espejo sagrado de los pensamientos, que se burla de las ondas de luz que llegan hasta él. Condenado estas a que pasen las estaciones sobre ti, los dados no se apuestan nada, los bailes de las nubes no siguen el ritmo de ninguna música celestial. ¡Vuela de pie!.


ENFERMEDAD

Ya de antaño espero que la enfermedad venga a buscarme a mi casa. No quiero un huésped, ni siquiera un compañero, simplemente un confesor inflexible y reacio a todo divagar en vano y a crear senderos ficticios. En cualquier momento vendrá, en más de una ocasión he creído escuchar sus pasos, me ha parecido que aporreaba la puerta, que tocaba instrumentos mágicos en su umbral, que su fantasmagórica sombra viajaba por mis paredes como si fuese una secuencia de una condena interminable en algún mundo supuestamente trascendente, que escuchaba su pendenciera voz en el preciso instante de despertarme... no es alguien a quien añore en particular, ni alguien a quien tenga en elevada consideración social o metafísica, pero quiero que su discurso marginal y demasiado inmanente al mundo, perfume mi mundo onírico del más amable y oscuro de los colores. Su misterio se escucha en la música congelada del viento, en la turbia religiosidad del doblar de las campanas, en los momentos más insignificantes e insulsos en los que doy cuerda al reloj de mi vida cuando se estropea. Nunca he sentido nostalgia por su frío aunque sé positivamente, que su presencia alegórica, es la más potente de las drogas, para sumergirme en el centro neurálgico del mito más lejano de nuestro lenguaje y nuestro respirar. Nunca comparece, pero siempre esta presente de algún modo: en el brillo de los ojos de un gato enfermo, en los bailes de la luna afectados por alguna religiosidad siniestra, en la sombra enlutada de alguna persona condenada, en aquellos que viajaron a tierras lejanas y jamás regresaron, en los más escondidos auspicios de nuestra mente cuando juega con las bestias carnavalescas del pasado que se resisten a convertirse en estatuas frígidas e indecentes... se que el fuego de la enfermedad es ancestral y de insigne rito, que su baile en la tierra y el cielo no es la quimera de algún sabio que ha perdido la cordura, sé que se mueve en las nebulosidades de la muerte con una pasividad desoladora. No es un amigo, ni un enemigo quien me ha de visitar, simplemente un espejo turbio que hace mucho tiempo que no lo limpio de polvo para verme reflejado en él. Se trata de la fuerza primigenia, aquel espíritu errante que vaga desorientado en los abismos de la vida sin que nadie le ponga un nombre. No vive ni en las profundidades, ni en la superficie, ni tampoco es fronterizo entre ambas, simplemente es un ser misceláneo compuesto de todas las miserias del cielo y del infierno. A veces creo que percibo su ahogado respirar, cuando los versos de la vida enmudecen, pero no me preocupo por ello, miro hacía el más lejano de los horizontes, donde no tiene sentido hablar de dolor o de felicidad. Seguramente se trata de una bestia malherida encerrada en una jaula, a quien nadie ha domesticado, o tal vez es un caballo maldito que cabalga en el cielo al ritmo de las estaciones. De todas maneras, el lugar en donde crece el desierto existencial, no es de la incumbencia, ni de la vida, ni de la filosofía, ni de las artes. Solamente ha de sentir esa fuerza colosal, que destruye y crea, como un niño que representa todo lo que sucede a su alrededor. Ahora mismo estoy en mi escritorio, y la pluma no obedece a los remolinos endiosados de mi alma, sino a la fuerza mecánica de mis brazos que imprimen su estupor en el papel como si de un sello se tratase. La luz de mis quimeras es demasiado limpia, los pensamientos no quieren destruirse entre ellos, todos los ruidos son tan monótonos como una canción que he escuchado centenares de veces, no es ni más ni menos que el himno de la vida. Escucho los ruidos de mi reloj de pared, y sé que cada vez que el péndulo oscila, una misma muerte se vuelve a reencarnar en una misma vida y así sucesivamente. La luz que entra por la ventana no es sibilina, parece como si los soporíferos acontecimientos que tienen lugar en mi cámara, fuesen dignos de retratarse en un cuadro para la posteridad. Como si aquellas vivencias desnutridas fuesen la vigilia de un mundo de sombras funesto. Miro al cielo, y no es la eternidad la que juega inocentemente ante mis ojos, sino un mar estrellado nostálgico que se sabe encerrado en la jaula del cosmos. Delante de mi, unas paredes, delante de mi las fronteras de mis palabras que se extinguen imperceptiblemente en el vacío. De repente, ceso de escribir, pues espero a un viajante. Voy a sentarme en el diván de la sala de estar. No se como se manifestará. Tal vez sea el caudillo de una bandada de aves asesinas, que irrumpan por la ventana. Tal vez solo sea un leve y fatídico murmullo de viento, que entré por mis oídos como un veneno malhechor. Quizás sea una palabra encadenada en mi mente que se libere y me haga estallar la tapa de los sesos. Desconozco completamente la naturaleza del viajante, y no se ni siquiera si lo reconoceré en cuanto lo vea. Fuera de mi casa es invierno, y el viajante debe de estar acostumbrado a vagar en el frío y el hacinamiento de la poesía. Tal vez se trate de una espesa cortina de humo, espuria y espectral, que infecte a mi casa de enfermedad y dolor. De todos modos, solo me resta aguardar. Es como si fuese un personaje que estuviese retratado en un cuadro, y pudiese caer de la eternidad, tras percibir la mortífera mirada de algún espectador. Sin lugar a dudas ahora no es momento de adentrarse en la ciencia, ni en los rigurosos cálculos de la soledad, solamente soy una ficción que espera una caída al más silencioso y condenado de los mundos. Por mucho que intente agudizar mi ingenio, no existen prolegómenos, ni formulas de cortesías enterradas en la memoria, para tratar con educación a mi huésped. Aunque pusiera infinidad de cerrojos, el visitante entraría igualmente, porque es tan discreto y cauteloso, como el respirar de un recién nacido. Voy a poner música, porque es el más vacío de los símbolos, no importa cuál sea mientras sea instrumental. Voy a crear un mundo a partir de una manifestación ciega, pues seguramente el mundo que conocemos y el que vivimos fue creado a partir de una causa análoga. Me da mucho miedo abrir las puertas, porque temo escuchar voces que me hagan despertar, en el más encantado y pérfido de los mundos. El vacío me esta esperando en algún sitio, y no quiero luchar contra su naturaleza, simplemente quiero huir. La música suena y la amarga caricia de la noche penetra por las ventanas, como si fuese un ejército de gusanos. No se si ha llegado el momento de invocar al visitante, puesto que tal vez sea de naturaleza muy tímida, y ha estado esperando toda la noche en el umbral de mi puerta. Pero no me preocupa porque es aquel que más limosnas recibe del invierno. Debe estar hecho de tierra fría y debe de haber emergido de alguna tumba, por esta razón, le habrá sido difícil encontrar el camino, debido a un exceso de sensibilidad de la luz. Debe haberse guiado, por los tibios rayos de la luna, y por el espíritu de alguna brisa noctámbula. Todo son conjeturas, no se si voy a conocerle, pero en caso de que lo haga, me limitaré a llamarle: "señor de las profundidades". Si esta hecho de tierra y no de carne, debe de haberse descompuesto por el camino, y si no es de naturaleza sobrenatural. De repente escucho, como una fuerte corriente de aire aporrea a la puerta. Desde muy lejos puedo sentir los macabros latidos de su corazón, aunque no se si se trata de algún turbio mensaje de las profundidades de mi alma. Escucho el sonido de una brisa tan silenciosa, como aterradora, solo puede tratarse de los compases de la música fúnebre perdida en la lontananza. De repente aquella presencia desgarradora, se solidifica, parece que aquella música fúnebre se ha hecho de carne y hueso. Entonces oigo como toca la puerta con discreción. Es muy cortés, pues aquel viajante debe de haber aprendido las más escrupolosas normas de convivencia cívica. Voy a abrir la puerta, pero antes de hacerlo me doy cuenta de que su sombra es inmensa y ha inundado a toda mi casa de su espectral y malévola presencia. Antes de que le abra la puerta me dice: - "buenas noches caballero, se que estaba esperando mi visita desde tiempos muy lejanos. Sería muy grato conocerle en persona y poder ver su errático rostro. Hasta el momento solo he tenido la oportunidad de escuchar sus temblores desde el reino de las profundidades en donde resido, y he podido apreciar una locura que no tiene par. Solamente el más despiadado de los suspiros puede ser escuchado en mi señorío, de la misma manera que solamente la más extraviada de las locuras, puede llegar a percibir la más lúcida y desgarradora de las realidades. Solo aquellos suspiros que llegan al abismo, tienen derecho a ser escuchados en los altares de mi templo. Hoy el viento sopla hacía el fin del mundo, y por esta razón he salido de mi cripta para seguirlo. No puedo hacerle tanto daño como usted se cree porque pertenezco a este mundo. Le rogaría que me abriese la puerta". En aquellos momentos mi respirar y los latidos de mi corazón, parecen un reloj estropeado que necesita reparo. En cuanto abro la puerta, descubro la pálida presencia del rey de los mendigos en persona. Lleva una máscara, su túnica esta llena de polvo y suciedad. Parecen los hábitos de algún monje arcaico. Su sombra ha inundado mi casa de una extraña espiritualidad. Al entrar nuevamente en mi casa, cambio mi antigua concepción, y adquiero la nueva creencia de que mi casa ha existido desde siempre. Entonces le digo: - "no voy a llamarle por su nombre porque sé que parecería herético, no quiero importunarle con comentarios mezquinos e intrascendentes. Allá donde habita el abismo de la poesía y la trascendencia humana, es donde se escuchan los quejidos de las almas perdidas. Se que usted es el caudillo de ese reino, que no puede encontrarse ni en el tiempo, ni en el espacio, solamente en la quietud y en la eternidad. Mis suspiros y mis palabras perdidas ya deben de haberse congelado en la dimensión desconocida. Permítame que le ofrezca la hospitalidad que usted se merece. sI lo considera conveniente yo me sentaré en el diván y usted lo hará en el sofá". Aquel viajante parece que acepta de muy buen grado mis instrucciones, y no tiene reparo alguno en obedecerme. Al echar un vistazo a mí alrededor descubro que una oscuridad inmoral y una miseria espiritual sin precedentes, se ha apoderado de mi casa. Parece que el transcurso de la existencia se ha detenido más allá de las fronteras de mi morada. Ya no escucho el viento fuera de mi casa, parece que el músico de la naturaleza ya no hace uso de su insigne instrumento, solamente puedo percibir el ahogado respirar del viajante. Miro al cielo, y solamente parece el estático decorado del escenario de un teatro. Las sombras de los muebles y las mesas se han quedado inmovilizadas, como si hubiesen muerto ahogadas, y solamente pudiese ver su cadáver. No me molesto en pedirle permiso para encender la luz, porque sé que es inútil. Mi morada se ha convertido en una prisión de la eternidad. De repente, mientras la enfermedad respeta el silencio de mis meditaciones, y sus atroces descubrimientos, le miro fijamente, y descubro como sus ojos brillan, como si de un astro se tratase. Entonces me dice: - "si quieres vivir para siempre, tendrás que aprender a contemplar el espejo de mis ojos sin ruborizarte. Ante todo, permítame que me presente me llamo enfermedad. No estoy autorizado a enseñarte mi rostro porque te dormirías para siempre. Yo soy aquel, que vive detrás de las máscaras convencionales de los hombres, y ese rostro es el de la enfermedad, la miseria, la pobreza y la muerte. Detrás de mis ojos no hay absolutamente nada, por esta razón singular puede apreciar tanto esplendor y majestuosidad en mi turbia mirada. Creeme si te digo que la frontera entre la luz y sus adentros metafísicos es ínfima. El cielo es como si fuese una pared que alguien ha pintado, pero puedo asegurarte que detrás de esa capa de pintura, no existe nada, solamente el desierto de mi reino. El mundo existe como accidente, fue una explosión nihilista incomprensible, una estatua que quiso vivir y que ahora arrastra las cadenas de la existencia para toda la eternidad. En los principios de los tiempos, solamente respiraba en silencio, pero cuando cometí el pecado original y quise saber hacía donde viajaba mi augusto y soberano respirar, mi espíritu reposado estalló, la enfermedad despertó, y descubrí que estaba enfermo. Por esta razón no puedo darles nada a los hombres, porque lo que hizo explotar a la existencia fue la enfermedad. Aquellos que viajan hacía mi señorío no vuelven jamás. Tú alma esta hundida en los abismos de la naturaleza. Y hace poco despertó en el interior de mi sueño eterno. Yo no tengo siervos, solamente el apacible sueño de su sombra". Su voz era grave, los gestos de sus manos parecían tan rigurosos como un crepúsculo. Su voz se hundía en los muros de mi casa, dejaba de escucharse allá donde el mundo acababa. Parecía que la enfermedad no hubiese dormido nunca, y que me estuviese mintiendo en los artículos más importantes de su fe. Estaba seguro que su desnudez estaba tan mancillada, como el más desértico de los sueños. Me miraba fijamente, como si a cada instante pudiese encontrar el lugar, por muy remoto que fuese en donde ardía mi pasión desahuciada. No esta bien contradecir a la verdad, pero si se hace un nudo en ella, cada vez será más difícil desatarla, y es muy posible que acabe ahogándose y muriendo, para que otros mundos renazcan de sus cenizas impuras. Aquel diálogo de miradas hostiles tenía un claro vencedor, pues allá donde mi mirada intentaba evadirse, allí me encontraba la enfermedad para hacerme retroceder. Entonces le dije: - "eres el pastor del sufrimiento, nos guías hacía la cima de la montaña y después nos haces caer desde el precipicio. Nuestra vida es una ascensión hacía tus montañas, el camino es muy pedregoso, nuestro destino es incierto, pero el sonido de nuestros cascabeles siempre te orientan acerca de nuestro paradero. La voluntad de vivir, es tu lobo, no podemos resistirnos con nuestras fruslerías, porque siempre nos da caza, el más servil de tus vasallos. A veces vives enterrado en la tierra y a veces levitas hacía las estrellas, tus viajes son demasiado alegóricos, pero el estruendo de tus cadenas distrae a la eternidad de sus nauseabundas preocupaciones. Tú eres el mar bañado por los rayos del sol, y ese esplendor es el color de nuestros sueños. Tú solo eres el espejo de la eternidad que se burla de los hombres". La enfermedad me respondió: - demasiadas identidades incoherentes me atribuyes, porque mi identidad es tan simple como el origen de las matemáticas y los días. Solamente el dolor es objetivo, la felicidad solamente es un camino que se diluye en la apariencia. Los hombres pensáis que el dolor solamente es la condición de posibilidad de la felicidad, pero eso no es más que un craso error. La felicidad es la condición de posibilidad del dolor. La felicidad solamente es la subjetividad de la objetividad. La felicidad es la sirvienta del dolor. El hombre se encuentra atrapado en un pozo, y cree que con el conjuro de su deseo puede salir de él. Pero del interior de su espíritu solamente salen palabras inocuas que no pueden mezclarse en modo alguno con la realidad. Este mundo es el peor de los posibles, y sus figuras geométricas están configuradas y diseñadas por su arquitecto, para que el dolor sea lo más procaz en la medida de lo posible. Escucha bien lo que te digo al recalcarte que no hay nada más objetivo y sólido como el dolor. La felicidad no solo no es fugaz sino que además no tiene entidad. Tan solo es una quimera que vuelve locos a los hombres y a los dioses. La idea de mundo en si es dolorosa, en un sentido objetivo, no son el espacio y el tiempo la idea más primitiva de la mente sino el dolor. Si no crees en mis palabras pregunta a cualquier sombra, a cualquier ave carroñera, a cualquier gusano". A pesar de su intempestiva descripción del mundo y sus orígenes, no podía sentir en modo alguno rubor ni pánico, por alguna causa desconocida. Ante mi tenía el palpitar del corazón del mundo, que me confesaba sus crímenes sin ningún remordimiento. En aquel momento mi pensamiento era aire que no sentía el peso del cuerpo, pero era aire comprimido, aire que ha vuelto a sus excelsas tierras. Seguramente antes de que se extinga el espíritu, antes de vaciarse del peso del mundo, debe de sentir una claustrofobia inquietantemente tranquilizadora. Poco antes de que el mapa del mundo se diluya, y la última isla se sostenga en pie, debe de tener la sensación de estar encerrado en una habitación, sabiendo que el mundo ha desaparecido. Es una percepción análoga a la presente. Apenas siento la continuidad de la existencia, solo siento como cabalga la máquina del mundo a un ritmo desconcertante. La enfermedad se saca una pipa de la túnica, y mientras esta moliendo un narcótico de genero desconocido para fumárselo, me dice: - "voy a invitarte a fumar una planta que solo crece en mi reino. Se llama "sueño prohibido". Si fumas esta droga tu alma viajará hacía un trance hipocondríaco, sufrirás más que los hombres y los dioses. Necesitas sufrir para purificarte, para derrumbar todas las torres y todos los castillos de tus pensamientos, y entonces al ver tu desolada alma en ruinas, te curarás de la enfermedad de la vida. Te advierto que esta droga es muy adictiva, porque el dolor es el narcótico más fuerte que se conoce. En las puertas de tu alma entrará un vapor corrosivo, el sacramento más importante, el veneno más fuerte y dulce que se conoce. Aunque sientas que te estalla la cabeza, no puedes dejar de fumar, de la misma manera que un recién nacido no puede evitar salir por el vientre de su madre. El dolor es la única droga que no es ficticia, es la única incapaz de alterar el sagrado sentido de la realidad. Te invito, no tengas miedo, observa como yo fumo y no me pasa nada". La enfermedad se tragaba el humo, pero debido a que llevaba una mascara no podía apreciar sus emociones en su viaje astral. De alguna manera, es muy difícil observar los síntomas de la enfermedad, porque a la enfermedad no se la ve solamente se la siente. Dicho con otras palabras, la vida solo se puede sentir desde los muros de piedra del alma, pero jamás se puede percibir el fluir de la vida misma. Si esto pasara seríamos sabios en un instante. Podríamos escuchar todas las voces del mundo al unísono, sentiríamos lo que acontece en todos los lugares del mundo y sabríamos su historia. Mientras la enfermedad fumaba, en ningún momento apreciaba que tosiera, o que sus pulmones se vieran afectados por aquel humo. Seguramente la pipa debe de ser un instrumento sagrado de alguna civilización perdida. Fumaba con desgana y sin necesidad alguna, como si ya se conociese tanto, que estuviera cansado de errar por todas las bifurcaciones de su mente. Pude apreciar que no fumaba para ganarse mi confianza, sino porque necesitaba de aquella droga que no podía influenciar a su espíritu en modo alguno. La enfermedad estaba muy frustrada, cada calada que daba, era un intento para sentir el dolor. Aquello se asemejaba más a una actividad superflua que a un vano intento por volver a sus orígenes. De la pipa salía un humo muy singular. Parecían formas de gusanos, de huesos corroídos, de mariposas fúnebres, de imágenes del pasado desoladoras, de derrumbamientos de edificios, de monumentos y de templos. Aquella droga era tan fuerte, que sus visiones se transparentaban en el mundo real, como si la realidad fuese el rebelado de las fotografías del cerebro de la enfermedad. La enfermedad no sentía convulsiones como en tiempos de antaño, seguramente ya no había demasiados sueños que destruir en el mundo en donde corre el reloj en línea recta. La enfermedad estaba muy serena, y no mostraba signos de debilidad, ni de animadversión ante su fatídico peregrinaje espiritual. De pronto, tenía ganas de fumar aquella pipa. La enfermedad orientaba todas sus expectativas existenciales, para poder sentir dolor, pero parecía un proyecto fracasado. No me prestaba atención, y se entristecía al no poder sentir dolor. Por un instante, mire por la ventana, pero los halos de luz estaban paralizados en lo más alto del firmamento, las nubes no se movían. Aquello era un símbolo inequívoco, de que la enfermedad no podía sentir los efectos de aquella droga. Varías lágrimas obscenas, se derramaban en su máscara, y al caer a su túnica le quemaba aquella harapienta tela, y le salían varios agujeros. Le pedí permiso para fumar, pero no hizo caso a mis demandas. Intenté gritarle e insultarle, e incluso le amenacé con expulsarle de mi casa. Su replica fue mucha más contundente al asegurarme que si importunaba su galopar en el cielo, se quitaría la mascara y las consecuencias serían trágicas. Tenía muchas ganas de fumar, porque al sentir el putrefacto aroma de aquel narcótico, mis sentidos, sentían una necesidad descomunal de catar el nihilista mensaje del dolor. De pronto cesó de fumar y me ofreció cortésmente la pipa, como si aceptase aquella derrota sin rechistar. Puse la pipa en los labios, mientras la enfermedad me observaba con inquietud. A la primera calada, sentía que estaba nadando en un mar rodeado de una plaga de insectos, que no cesaba de intentar devorar a mis entrañas. A la segunda calada sentía que me caía en un abismo, mientras escuchaba a un mismo tiempo, voces tranquilas que no hacían caso de mi caída. A la tercera calada, veía mi cuerpo ahorcado y no podía dar crédito de que fuese yo, porque estaba en otro lugar, y no sentía la soga en el cuello. Entonces una voz misteriosa, me decía que aquella cara era la mía, pero no mi cuerpo, ya que me habían arrancado la cara a navajazos. Probablemente quería sobrevivir a costa de perder mi identidad. A la cuarta calada sentía un pánico espantoso, aunque aparentemente aquel tormento era mucho más liviano que el resto. Estaba en un pasillo, mientras una persona pasaba de largo. La verdad es que era desconocida, pero por alguna razón misteriosa, sentía un terrible pesar, tras aquel manifiesto desprecio. A la quinta calada estaba atado en un poste, a la vista de todo el pueblo en lo alto de una torre. Todo el mundo se jactaba de mi dolor, y me atemorizaba que el griterío de la plebe fuese percibido como si fuese una única voz. A la sexta calada empezaron los dolores orgánicos. Creía que sufría amputaciones de una manera aleatoria. A veces me faltaba una mano, a veces un brazo, a veces una pierna... en el momento en que una extremidad renacía de la nada, desaparecía otra, y no tenía tiempo para descansar. Cada desaparición parecía eterna, aunque solo fuese fugaz. Parecía que mis órganos internos estuviesen formados por cadáveres de insectos, y en ocasiones sentía el veneno de un insecto, en ocasiones otro veneno, y a veces venenos mezclados. A la séptima calada aparentemente había superado el umbral del dolor, y solamente sentía el vacío. Me quería despertar del sueño pero no podía. Mi espíritu no comulgaba con aquellas tierras vacías, y no podía emanciparme intelectual y moralmente de aquella angustiosa sensación. No había nada que existiese a excepción de mi conciencia vacía. Quería crear un lenguaje, para crear un mundo, pero resultaba absolutamente imposible. Cuando volvía a probar otra calada, el círculo se repetía. Mi ascetismo, era tan adicto a los mensajes de aquella droga, que no cesaba de fumar. En esta ocasión, cuando hube girado alrededor de seis círculos en aquel rito (42 caladas), la enfermedad me quitó la pipa a la fuerza, porque aquellos tormentos eran más propios de la eternidad, que de los mortales. Aquel viaje en aquel mundo tan inmanente, me había metamorfoseado por completo, pero todavía no había visto reflejado mi rostro en ningún espejo. Mi espíritu estaba muy cansado, y se sentía muy mal, al no poder sentir el dolor. La enfermedad sostenía la pipa, mientras yo lo perseguía, pero no cesaba de dar vueltas alrededor del sofá y no podía alcanzarle. Desistí en mi empeño, y me tumbé en el sofá, tras haber llegado al éxtasis de conocimiento. Para que fuese consciente de mis acciones y mi extravío moral, la enfermedad me mostró un espejo de tocador. Me sorprendió mucho reconocerme, porque era exactamente la misma persona, antes de fumar en aquella pipa. Mi espíritu había envejecido, pero mi rostro era el mismo. A pesar del pánico que sentía, no podía expresarlo a través de las gesticulaciones de mi semblante. Probablemente las consecuencias de aspirar aquel humo maléfico, eran mucho más terribles que envejecer. Me sentía como una calavera parlante, pero el mundo no me dejaba mostrar a mi espíritu decrepito a través de una faz monstruosa, o de unas facciones arrugadas y perversas. Fumar aquella pipa, equivalía a probar el elixir del dolor eterno. Me tumbé en el sofá, mientras la enfermedad me prestaba los primeros auxilios. Estaba muy mareado, y sentía la incomprensible gravedad de aquellos parajes. La enfermedad me preguntó si quería hablar con alguna de las criaturas de su reino. No tenía motivos para desconfiar de una hipotética emboscada, porque anteriormente había sido absolutamente sincero en relación a los purgantes efectos de aquel narcótico religioso. Desconocía los motivos que podía tener algún siervo suyo, para entablar una conversación conmigo. Accedí a su petición amistosamente, y sin preámbulos, un extraño ser, entró por la puerta, a pesar de que estaba cerrada con llave. Se trataba de un hombre de hielo, muy compacto, y con un vigor inquebrantable. La enfermedad me susurró con discreción al oído que solamente estaba compuesto de agua. Aquella estatua glaciar andante, caminaba muy lentamente, aunque no era debido a un problema de flexibilidad, sino a que su alma percibía el tiempo de una manera muy dispar a la nuestra. Allá donde vivía, tardaba mucho tiempo en pensar alguna cosa y en que aconteciese algo, por esta razón tardaba mucho en cobrar conciencia de sí, y en la mayor parte de sus insulsas vivencias no sabia ni siquiera quien era. Su hielo era de granito, y no podía fundirse, porque apenas sentía nada. Las conversaciones lo cansaban mucho, y lo dejaban exhausto. El silencio y la indiferencia eterna eran el secreto de su extravagante fortaleza corpórea. Si alguna vez había recordado por fruto del azar, dos palabras que fueran contradictorias o conflictivas, sentía que se derretía. Su único recurso para que se robusteciese su hielo, era lograr la calma del espíritu. Si la suerte le acompañaba, podían pasar muchos días alejado de aquella angustia, al no producirse ningún pensamiento, o bien pensamientos muy alejados entre sí en lo que respecta a su significado. Su sufrimiento era muy efímero, puesto que en raras ocasiones recordaba quien era, pero cuando lo hacía, aquel amargo despertar, era inmediatamente somatizado, y empezaba a derretirse. Le causaba pesadumbre no tener sensación de su cuerpo, y a un mismo tiempo poder ver reflejados todos sus pensamientos, en su cuerpo transparente de hielo. Si no sabía en lo que estaba pensando o no lo comprendía, intentaba mirarse en un espejo, pero debido a un hastío existencial inconmensurable, le daba mucha pereza, mirar como fluctuaban sus pensamientos a través del espejo, que reflejaban su cuerpo helado. Su pensamiento era como una cuchilla, y por esta razón nada de lo que llegará a su mente, podía sobrevivir largo tiempo. A pesar de que mi concepción del tiempo, ya era tan relativa, que mostraba una irremisible condena en aquel purgatorio ateo y existencial, todavía tenía la suficiente lucidez para percibir, que sus pasos eran muy lentos. La enfermedad me aconsejo que no hablara deprisa, y que lo hiciera muy silenciosamente, porque las ondas acústicas si eran minimamente intensas, podían destrozar su cuerpo instantáneamente. Todavía estaba mareado por los efectos de aquella droga mortífera, y veía borrosamente el imperturbable y ceremonioso caminar de aquel hombre de hielo. La enfermedad me daba instrucciones precisas, y me recomendaba reposo absoluto, y paciencia ilimitadas. Todavía me quedaban secuelas de fumar la más dolorosa y dura de las drogas, y no cesaba de convulsionarme en el sofá. La enfermedad me aconsejaba quietud espiritual, para que aquel hombre de hielo no se derritiese o se derrumbase. Tardo mucho tiempo en llegar hasta nosotros, y tan solo hubo de caminar unos siete pasos. Aquel seminario que versaba sobre el dolor, estaba a punto de empezar. La enfermedad me recomendó que pronunciase cada silaba muy lentamente y la alargase al máximo. Acto seguido, el siguiente fonema debía de seguir un procedimiento análogo al siguiente. En decir una sola frase podía tardar 5 minutos, según mi arcaica concepción del tiempo. La conversación tuvo muchos impedimentos, pero la enfermedad se ofreció como voluntaria, para ser la traductora. Le pregunté al hombre de hielo donde habitaba y cuál era su nombre. Me contestó que residía en una atalaya, en la cuál nunca nadie se ha planteado acerca de su existencia, pero que es la raíz de todo el sinsentido fluctuante en el cosmos. Me dijo que se llamaba "tiempo hundido". Yo lo hubiese bautizado con "tiempo demacrado". Me explicó que estaba hecho de hielo, porque en sus lejanas tierras, no existe el fluir de los ríos, solamente una conciencia abandonada a su mísera suerte y estática, que no quiere viajar por valles y montañas. Una de los mayores conflictos con los que debe de luchar, consiste en que la naturaleza, camina mucho más lenta que su pensamiento. No es muy objetivo, reñir contra las legislaciones de otros estados, pero aquella forma de entender el transcurso de la existencia, no me parecía el resultado de las divagaciones de un artista bohemio, sino no más bien una conspiración que aspira a devorar a todos los seres y su sufrimiento en una impía vitalidad. Le recrimine su patriotismo incondicional en los siguientes términos, mientras la enfermedad no cesaba de golpearme con sus mugrientas manos, para enmudecer a mis satíricas intenciones: - " hombre de hielo, hombre construido con el azar de la nada, hombre que se niega a que el agua acaricie al tiempo con su indeciso furor mientras es arrastrada por el río, hombre paralizado y maniatado con los nudos vehementes del nihilismo, estatua vigía de una atalaya en donde la luz de la vida no se atreve a acercarse, hombre que se niega a caerse en el abismo de la vida, y prefiere ser un parásito de su superficie, no te asustes si el tiempo relampaguea y centellea, no te acobardes si el desierto crece incesantemente en la víspera del Apocalipsis de tu microcosmos, no sostengas al mundo con tu mano, entra en su interior y crece en el dolor. Habla y piensa deprisa, y no te preocupes si te derrites, porque el agua que hay en tu interior, necesita volver al cielo, para que el ciclo de la naturaleza vuelva a renovarse. El instante se acerca, este es el momento oportuno, derrítete, porque tu sufrimiento en el tiempo hundido no le interesa a nadie. No tengas miedo en correr y quedarte mutilado, no tengas miedo en cantar y que se te rompan los pulmones. Recuerda que el pensamiento es aire, y solo sopla en las montañas y los mares, si encuentra una fuerza que quiera acompañarla. Vamos, hombre de hielo, despiertate de tu letargo derritiéndote". La enfermedad quiso ajusticiarme al pronunciar aquel discurso herético, pero desde hacía mucho tiempo tenía reservado otro destino para mí. No obstante me amonestó severamente al obligarme a fumar de nuevo en aquella pipa letal. Seguía siendo adicto a aquella droga y no tuve problemas, en volver a viajar en el más desordenado y amoroso de los mundos. El hombre de hielo habló mientras se derretía: - "casi nadie tiene la posibilidad de ver de un modo objetivo como se dispersan sus pensamientos, poco antes de morirse. Por esta razón puede redimirme de haber tenido una conciencia estática, al ver como salen de mi todas las bifurcaciones, que han entrado en mi mente, y se han enredado formando una espesa maleza. El hecho de poder desenredar la cuerda del destino es liberador, ahora me siento atraído de un modo ambivalente por el vacío y por el dolor. Eso no es más que el transcurso de la existencia misma. Nunca más volveré a ser de hielo. Quiero ser agua, quiero ser río, quiero ser nube. Nunca más será mi patrono la opaca cúpula del cielo. Yo quiero ser gas, quiero ser niebla y quiero ser luz". Sentía un dolor inmenso al pronunciar estas palabras. Cuanto más elocuente parecía su discurso más se exaltaba y no cesaba de bailar, sin percatarse que sus pies se derretían y mojaban el suelo como si fuesen cristales rotos. Su garganta se rompía en mil pedazos en sus adentros, y poco después perdió la facultad del habla. Cuanto más sufría y mas partes de su cuerpo se perdían en un charco de agua pura, más impulsos sentía por bailar a un ritmo frenético para autodestruirse. Poco después su cerebro de hielo, al ser incapaz de soportar tanta tensión existencial, se partió en mil pedazos. No obstante aunque ya no fuese un ser dotado de razón, su instinto todavía estaba vivo y no ceso de bailar, hasta que el último bloque de hielo de su cuerpo no se derritió. Cuando el baile concluyó un charco de agua yacía en el suelo. Al juzgar las fatales consecuencias de mi inconsciente y perverso comportamiento, la enfermedad me dijo de un modo muy rudo: - "¿quien va a limpiar ahora este desperdicio?, ¿en serio creías que esta agua volvería a ser vapor y volvería al cielo?, su muerte ha sido anacrónica y ahora su espíritu debe de levitar en el valle de la noche. Se que es inútil instruirte, y no te voy a dejar fumar, hasta que no entiendas las graves consecuencias de tus actos. A partir de estos instantes esta agua no es más que un espejo maldito de un sueño profano. Todo aquel que se mire en él, no vera nada más que muerte y destrucción. Este hombre de hielo era un instrumento pedagógico imprescindible para instruir a tu alma en el purgatorio ateo y existencial. Ahora no nos queda más, que un espejo que dice más verdades que las que interesan a los hombres. Ni siquiera mi soplo puede hacer desaparecer esta agua. Porque la verdad, es mucho más sugestiva, convincente y poderosa, que los mandatos de cualquier dios existencial. No mires mucho este charco porque ahora solamente es un espejo del mundo de las esencias más puras, pero cualquier mirada que no este instruida en la poesía de los cielos, puede convertir este charco de agua, en un charco de sangre. Bien, en breve te presentaré a otro de mis sirvientes, en esta ocasión te recomiendo que dejes a un lado tus travesuras y tú comportamiento pueril, porque la enseñanza que estoy impartiendo es demasiado seria". Al ver que estaba profundamente arrepentido, me permitió fumar de la pipa de la guerra y la destrucción nihilista. Creía que en la anterior ocasión había superado el umbral del dolor, que había conseguido ir más rápido que la velocidad de la luz, pero lamentablemente no era cierto. En esta ocasión viaje hacía la mazmorra de un castillo. Veía varias mariposas multicolores que volaban con elegancia cerca de mis barrotes. En el suelo había muchos capullos, que querían salir para convertirse en mariposas. De algunos capullos, no salían mariposas, sino simplemente gusanos harapientos que reptaban en las paredes de mi celda. En un cierto sentido yo era el juez del mundo, porque decidía cuales de aquellos capullos habían de romper su telaraña de seda. Aquellos que estaban condenados se quedaban en mi celda, y sus vivencias habían de ser eternamente babosas e inmanentes. Aquellos que habían nacido bajo el amparo de la sabía luz del destino, se convertían en mariposas y viajaban al más allá. No podía ver con claridad lo que había detrás de los barrotes, porque si lo hacía, muchas almas quedarían condenadas para siempre, al pisotearlas con mis pies. Había de ser un juez, que instruye un proceso colectivo sin conocimiento de causa. Solo sabía que los gusanos más viejos eran devorados por los gusanos más jóvenes, y mediante este arduo proceso de selección natural, siempre se conservaban el mismo número de almas condenadas en el mismo recinto. Esperaba que algún día volviese una mariposa, para explicarme que es lo que había detrás de las rejas, cuán grande era el mundo, como eran sus colores, y si hacía calor o frío. No había ninguna mariposa igual, todas tenían un color distinto, y todas pertenecían a especies distintas. Un día llego el momento anhelado. Una mariposa con el vuelo muy cansado, y con su revolotear a pesar de su inmaculada belleza parecía tan pesada como una mosca. Esta fue su sutil narración del aire que se respira más allá de los muros de mi prisión: - buenos días juez terrenal. Permítame decirle que al vacío no le gusta ni la belleza ni la fealdad. Todas bailamos, y tratamos de seducir al abismo de la existencia con nuestros bailes. Pero el vacío nunca quiso salvar a ninguna de nosotras. Nuestra belleza es intempestiva más allá de las almenas de este castillo. Detrás de los barrotes, solamente sentimos el perfume de una noche eterna. La mayoría de mis compañeras se muere de frío, y exhausta, se precipita hacía el vacío. En ese mundo solo existen nuestros colores, nuestros cantes y nuestros bailes. Creéme si no te mueres en la tierra, te morirás en el cielo, tú poeta y juez que vives en la tierra, has de saber que a nadie interesan tus palabras, porque nadie puede salvarse". En este trance hipocondríaco aprendí a discernir entre lo que secuestra el cielo y lo que permanece cautivo en la tierra. Sentía como si mi flujo sanguíneo fuesen ríos de lava que desolan las vastas tierras de mi cerebro. La enfermedad estaba muy seria, pues aquel nuevo personaje que quería presentarme, había de mostrarme algo muy relevante para mis aspiraciones estelares. Se trataba de un mono, sacerdote de un templo perdido en la memoria de la humanidad. Había entrado a mi casa, desde un túnel de las profundidades terrestres. Era un mono muy grosero, con facciones arrogantes y arraigadas en el egoísmo de la ciencia y el alma universal. Vestía una túnica en la que aparecían distintos triángulos místicos. Había consagrado su instinto animal al estudio de la alquimia. Caminaba de un modo muy amanerado y tenía las piernas muy cortas. La enfermedad me lo presentó: - "se llama randolph, y su alma actualmente reside en plutón. En vida fue un ídolo de una civilización perdida, su inteligencia era extraordinaria a pesar de su condición simiesca. Tenía el mismo pudor y la misma ambición que los homínido de entonces, a pesar de pertenecer a una especie retrograda y condenada a la extinción. Fue el arquitecto de su templo, el escritor de su teodicea y de las oraciones para alabar a su dios. Simio de una gran espiritualidad, y dotado del poder y la fuerza suficiente para gobernar a un estado teocrático. Su cuerpo a pesar de sus notorías imperfecciones estéticas, se amoldaba a los cánones vigentes en aquella época". Estaba tumbado en el sofá, y escuchaba la carta de presentación de aquel simio con suma indiferencia. El simio consciente de que hablaba para la eternidad, no tuvo reparo en encender una vela, para que toda su alma se fundiera en ella como símbolo de perfección. Era tan arrogante, como pordiosero, y solo dirigía su discurso a los feligreses desaparecidos: - "el hombre desciende del ser, como el resto de las criaturas existentes, ese es el único dios, el único objeto de idolatría. La luz es su sierva, la verdad su compañera infatigable. El hombre no es nada más que su camino, aunque piense que es algo distinto. Me gusta ver a los seres humanos, poniendo su nombre a todo lo que les rodea cuando en realidad, llevan el inconfundible nombre del ser, el inconfundible nombre del vacío cósmico, el inconfundible nombre de un azar perverso. La verdad tiene su trono mayestático en el campo de batalla, en aquella lucha encarnizada, en donde la sedición y el malestar de la cultura, son la moneda de trueque por tener voluntad de vivir. El tiempo gira extasiado alrededor de la esfera del dolor, y esa esfera es la sustancia de la vida. Mira cuanto pueden enseñarnos las aves que vuelan en el cielo, pues son las mensajeras del sol, y de su dolor inmutable. Mi templo vive en las profundidades de la tierra, porque allí el dolor no puede respirar. Celebramos ceremonias astrales a ciegas, inventamos nuestras propias esferas, porque no podemos ver al cielo, que es el opaco espejo de la existencia. No puede llegarnos su resplandor, no podemos percibir sus verdades eternas, porque nosotros somos aquellos que cuidamos la muerte del conocimiento y del sujeto con suma maestría. Muchas son nuestras grutas, de igual manera que muy diferentes son las muertes. Cada gruta en nuestras galerías subterráneas es un camino en vano, imitamos a la eternidad y nos burlamos de ella. Por esta razón solamente un simio puede ser el sacerdote que gobierne nuestra religiosidad subterránea, porque el hombre solo es una proyección hacía el vacío y hacía la eternidad, en cambio el instinto animal puro es una proyección hacía lo perecedero, nosotros tenemos el monopolio de lo sublime, y el hombre tiene el monopolio del desierto". La enfermedad aplaudió el soberano discurso de aquel rey y dios, porque sabe que el único dolor que puede redimir al hombre se encuentra en la tierra y su trascendencia no es más que una imagen borrosa que desaparece como una burbuja de jabón, en el trágico momento en que adquiere aspecto corpóreo. Parecía como si todo aquello fuese el teatro de la vida. El único espectador fuese el sufrimiento, y además fuese el único que tuviese fuerzas para aplaudir. Su diván estaba muy cerca del escenario. Puesto que el dolor siempre es un espectador privilegiado, y el director del teatro de la vida, siempre le ofrece la tribuna o el palco. Nadie, a excepción del dolor tiene derecho a asistir al teatro en donde se representa la vida. El actor en aquella ocasión era el simio, pero en la vida real, siempre tiene el monopolio en la farándula. La enfermedad estaba muy entusiasmada y saltaba en el diván, como un adolescente que escucha música provocativa a todo volumen. Yo padecía el síndrome de abstinencia, y no cesaba de pedirle a la enfermedad que me dejase fumar, pero la enfermedad estaba en trance tras haber escuchado el implacable discurso del simio sacerdote, y no prestaba atención alguna a mis palabras. Entonces el simio se dirigió a mi persona y me dijo: -"supongo que habrás adivinado que el cielo no es más que un mediocre decorado de una compañía teatral que se ha quedado sin presupuesto, que no hay viento debido a que no hay almas que necesiten viajar, que las estrellas han enmudecido en su parpadear eterno, que todos los caminos son desérticos. En este instante todo ha desaparecido, solo queda tu casa. Lo que existe fuera no es más que una ilusión, porque tu imaginación es incapaz de imaginar a la nada. Si quieres ven a mis galerías subterráneas que se encuentran en las ruinas de todo lo existente. Contemplarás las velas de mis templos y quedarás extasiado, veras mis columnas, cúpulas, arcos y bóvedas y quedarás extasiado. Tan solo necesitarás respirar de vez en cuando, porque el resto de tus vivencias estarán exclusivamente dedicadas a la contemplación ascética de la nada. No te creas que sea cruel lo que te impongo, aprenderás a manejar el incienso en mis ritos, hablarás con almas errantes para adoctrinarlas, y sacrificarás una eternidad imaginaria al servicio de nuestra comunidad religiosa. Ven conmigo, porque uno de los ministros de tu patrón (la enfermedad), te esta llamando". La enfermedad no me daba ni su consentimiento, ni me censuraba, que me uniera a las milicias religiosas de aquel simio. De hecho, era una decisión que había de tomar a mi libre albedrío. Mi contestación como si hubiese sido epistolar fue la siguiente: - "no quiero ir ni a las profundidades ni a las megalómanas alturas del sempiterno reino de la vida. En su superficie es donde mejor puedo apreciar el aroma del dolor. Porque de hecho lo que vivimos es la verdad, y no puede haber experiencia más gratificante que esta. Cuando el hombre esta en el mundo, el estado de su alma es armónico con la naturaleza y con el fluir de sus ríos. El hombre solo puede viajar al infinito desde el mundo mismo. El hombre siente la caricia de todas las atalayas, de todos los reinos del cosmos que le hablan de dolor. No quiero ir contigo simio, porque mi dolor no es animal sino etéreo. Simio, coge tu báculo y vuelve a tu reino, vuelve a la religión de los animales, al hombre sedentario, cazador y recolector. Mi espíritu es nómada, pero no viaja, porque piensa el mundo amparado por una burbuja de cristal que en cualquier momento puede estallar. Vuelve a tus templos, enciende tus velas, decora tu capilla de santos ecuestres, pero no perturbes mi camino, el camino del dolor que no conoce ni de religión, ni de mito fundacional. Tu metafísica no es tan ingeniosa como tú crees. El hombre que se sabe animal, no necesita de la religión para sobrevivir, porque improvisa en la historia, y crea un sistema que solo conocen unos pocos eruditos. Simio, vete a jugar en las ramas de los árboles, y mira la luna si te apetece. Que no te importe el pecado original, porque es cósmico y no humano". El simio enfurecido quiso agredirme con su báculo sagrado, y la enfermedad no hizo nada para impedirlo, porque formaba parte de mi proceso de expiación y purificación de mi espíritu. Los golpes eran solemnes porque aquel báculo estaba encantado. Sus golpes eran redentores, y eran un substituto de aquella misteriosa droga tan adictiva. No tenía fuerzas para evitar los golpes, pero tampoco lo quería hacer, de la misma manera que un velero no evita los golpes del viento. El simio que desconocía del poder de su báculo, creía que me daba la excomunión de su religión, pero solamente me estaba dando sus sólidos fundamentos eclesiásticos. Cuando acabo de ejercer su particular concepción de la justicia, con el báculo abrió un surco mágico en el suelo del salón, y volvió a su reino indignado por no haberme podido adoctrinar. Volví a quedarme a solas con la enfermedad, con el cuerpo molido a palos, y con la inminente necesidad de volver a probar aquella droga tan adictiva. En ningún modo quise ser descortés, y para ganarme la confianza de la enfermedad, quise ofrecerle algún refrigerio para aplacar su cólera. La enfermedad accedió gustosamente y le preparé un café. Debido al síndrome de abstinencia, en ocasiones sentía como caminaba sin cabeza, y que había perdido el uso de los cinco sentidos. No obstante, recordaba mecánicamente, la ubicación de la cafetera y los pasos y movimientos que debía de realizar. Cuando le ofrecí la taza de café, volví a recuperar la percepción de mi cabeza y mis cinco sentidos. Pero constantemente el dolor volvía a reencarnarse y era una situación sumamente tediosa. La enfermedad al probar el café me dijo: - "te agradezco tu hospitalidad aunque sea sesgadamente egoísta. Te felicito este café es excelente. Quieres tratar bien a la enfermedad para que la condena no sea tan abismal. Eres de los pocos hombres que ha superado el umbral del dolor, y a pesar de eso el tedio no te impide fingir tu animadversión hacia mí. Es un hecho valiente, el reconocer que el dolor no es gratuito, sino que es la esencia misma de la vida. Estos cortesanos que te he presentado hasta ahora, no son más que unos ineptos. Tal vez si mis orientaciones existenciales fluctuaran en otros derroteros serías un auténtico ministro de mi reino. Pero debes de pasar pruebas más duras y conocer testimonios de la verdad más pérfidos y grandilocuentes. Si consigues respirar todo el dolor del mundo sin derrumbarte, te ofreceré alguna ínsula perdida en mi reino para que disfrutes de tú soledad. Serás el soberano de la nada, el camino es largo y pesado, y además esta muy lejos. Pero serás el rey del desierto. Tuya es la decisión. Si eres cobarde y quieres morir, lo único que necesitas es pedirme que me quite la máscara. Pero en cambio si quieres sufrir eternamente, y ser uno de los caudillos de mi reino, tendrás que soportar estas duras pruebas, para demostrarme que eres digno de los honores que te ofrezco". La oferta de la enfermedad parecía muy atractiva, pero yo no tenía intención de sentir su enfermedad, sino purgarme existencialmente con el dolor de mi solipsismo. El mundo puede sanar y enfermarte a su antojo, pero en cambio la vivencia de uno mismo aislado del mundo, es el camino ascético por antonomasia. Si me elevo a la categoría de mundo, es como verdaderamente sentiré el sufrimiento, porque sentiré todas mis explosiones interiores, de la misma manera cono el alma del cosmos siente todas las desintegraciones de las galaxias. No quiero adentrarme en la senda interior para llegar a dios como afirmaban algunos promiscuos y amantes de su madre arrepentidos, sino que quiero adentrarme en el vacío de mi alma. Para sentir el dolor. Porque no hemos venido al mundo a disfrutar, sino a poner las cosas en su sitio, aunque sea en vano. La enfermedad en un cierto sentido es el instrumento de la especie, que nos hace sufrir para que la armonía cósmica pueda conciliarse consigo misma. A través de la fecundidad de la enfermedad mi auténtica intención tan solo consiste en ordenar mis propias vivencias, para que se armonicen el vacío y el caos del mundo a través del dolor. El caos es la fuente de la que todo emana, y la fuerza del sufrimiento consiste en lograr una pseudo armonía de acuerdo con las perspectivas del ser humano, para poder llegar al vacío y liberarme del nauseabundo peso de la existencia. Dudo mucho de ser merecedero de la promesa de la enfermedad. A pesar de que la enfermedad es la cómplice de los agonizantes estruendos de mi reloj de pared. Pero como hasta la más enferma de las hierbas necesita de la luz del sol para crecer, tengo la obligación de acatar los sabios preceptos de la enfermedad. No se quien será el vasallo de la enfermedad, pero no será una chispa de una hoguera encendida, sino una promesa y una sólida prueba de poder eterno. De repente, la enfermedad me dice: - "voy a presentarte un homúnculo. Ya se sabe hombre aunque todavía no ha nacido. No lo ha creado ninguna alquimia, ni ninguna fuerza mágica del mito, es simplemente la idea en potencia de una humanidad perfecta. No ha nacido en ningún laboratorio, todavía no ha sido alumbrado por ninguna leyenda literaria. Para algunas corrientes filosóficas sería el modelo de la idea perfecta de hombre. Es muy pequeño o muy grande dependiendo de su estado de ánimo. Pues puede ser un enano o un gigante, debido a que su estatura es la proyección de su estado de ánimo. Debido a una naturaleza psíquica y orgánica tan sincera, es sumamente sensible a las injusticias del mundo, y en la mayor parte de sus vivencias es tan pequeño que puede caber en un alfiler. En raras ocasiones crece, debido a extrañas conjeturas astrales, y una determinada e inédita configuración del mapa del firmamento. Cuando lo hace, puede superar los dos metros de estatura. Pero la mayor parte del tiempo permanece invisible, y pasa inadvertido, sin la remota posibilidad de comunicar sus padecimientos. Siempre se esconde debajo de la cama, encima de la mesa, en los estantes de la cocina. Cuando lo hace se instala durante un largo período de tiempo, porque tarda mucho en trasladarse de un lugar a otro. Algunas veces peregrina al tejado, pero muy pocas debido a que el viaje es largo, peligroso, y la mayor parte de las veces infructuoso. Habitualmente, y a pesar de los grandes esfuerzos por llegar, tiene una fuerte tendencia a retroceder, y a volver a sus escondrijos destinados para ratas porque no tiene ningún motivo para crecer. En las raras ocasiones en que logra asentar sus pensamientos y su metafísica en el tejado, contempla la inmensidad del cielo, y el fluctuar del devenir de las nubes cautiva a sus sentidos, pero ese momento dulzonamente ascético de contemplación de lo sublime, dura lo que tarda en quemarse un mísero papelito. Durante su peregrinaje espiritual en el tejado puede llegar a la estatura de un hombre normal, pero desgraciadamente nadie puede ver al hombre en su estadio superior, en su estadio ascético, en su estadio metafísico, en la cumbre de sus aspiraciones como hombre. Es un momento fugaz, un documento que siempre esta ante la vista del destino pero nunca da su consentimiento y nunca lo firma. Su ofrenda al destino de su ser siempre es tajantemente rechazada, a pesar de que había tardado mucho en redactar el susodicho documento. Entonces el homúnculo vuelve a decrecer, y tarda mucho en abandonar el tejado, las tierras de su derrota. Ahora mismo esta muy deprimido, y es muy ligero en la palma de la mano, tengo de proceder con mucha cautela para no aplastarlo. Ni siquiera ha alcanzado el tamaño del huevo de una hormiga. Hace mucho que no come, y esta muy raquítico. Es muy vulnerable a cualquier virus y a cualquier microbio que viaje por los aires, y su voz cada vez es más débil y escuálida. Ya ni siquiera piensa, porque el mundo es tan grande que ni siquiera puede reconocerse en él. Háblale muy bajo porque la más leve corriente de aire, puede hacer que se escape de mi mano. Toma un microscopio porque apenas tiene el tamaño de una mota de polvo". Por alguna extraña razón, me sentí muy identificado con aquel microscópico proyecto metafísico. La enfermedad disponía de un microscopio renacentista, que a pesar de no tener mucha gradación, podía considerarse suficiente para ver a aquel extraño espécimen. Puse el catalejo de la soledad en la mesa del comedor, y procedí a examinar a aquella pena tan arcaica. La enfermedad que todo lo escucha me hizo de traductor, pues aunque gritara hasta desgarrarse los pulmones, solo escuchaba un leve zumbido de las alas de un insecto. Estaba muy abrigado, con una bufanda protegiéndole el cuello, con cuatro jerséis de lana, y con un gorro de invierno. La cara estaba demacrada, y pálida, a pesar de que conservaba antiguos vestigios de una juventud extinguida. La mano debía de ser tan grande para él, como un anfiteatro. Nosotros debíamos ser sus dioses olímpicos que escuchábamos sus plegarías: - "ahora los hombres son dioses para mí, aunque si fuera sincero el más mísero de los insectos ya sería digno para erigirle un templo. Hoy en día solo me puede sentir fuerte, si cada vez me siento más pequeño. He ahí donde reside el secreto de mis emociones. Quiero ser muy pequeño, para que la gente no me pueda ver, y pensar en el más vacío de mis silencios. No quiero muros a mí alrededor, puesto que cuanto más grande es uno, más pequeño le parecen los rascacielos.debe de contemplarse el esplendor metafísico del mundo, desde la pobreza, desde la castidad, desde el desprecio de los hombres y las instituciones. Cuanto más pequeño se hace uno, más grande será su celda, incluso creerá que se trata de un castillo, o incluso de un estado gobernado por él. Hace tiempo que no quiero ser grande, porque el mundo realmente no tiene dimensiones. Soy un espécimen desconocido, puesto que aquellos que más alejados están del mundo, son los que más noticias reciben de él. Es como si alguien estuviese a escasos milímetros de un espejo, y no pudiese ver su proyección inconsciente en el mismo. Yo estoy a muchos metros, demasiado alejado, pero puedo ver más que la inmensa mayoría de la gente. Solo son posibles dos posturas, porque no es posible ver el espejo desde una distancia óptima. O bien estar tan cerca de él que no se ve nada, o bien muy lejos, y en ese caso solo se pueden escuchar sus cantos lejanos, pero al menos es posible discernir algún oscuro detalle de la realidad. Me da igual estar en la mano de alguien y que pueda aplastarme, porque en esta vida realmente no hemos venido a sentirnos como cazadores o presas, simplemente somos incondicionales víctimas y amantes del dolor. Estoy en las manos de la enfermedad, porque no podría haber encontrado refugio en otro sitio, no hubiera podido encontrar a nadie que me comprendiese tanto como la enfermedad. Me hubiera podido entregar a cualquier enfermedad: a la religión, a la política, al estudio de las leyes, al estudio del mercado, a la adicción al sexo. Pero me he negado a contraer ninguna de estas enfermedades, porque solamente existe una enfermedad que se llama enfermedad. Si algún día decide aplastarme, no reprobaré su actitud, porque la destrucción del mundo es mi único vínculo con él. Me ato a la palma de su justiciera mano, como un infante escucha los discursos morales de su padre. Soy muy pequeño, solamente para tener un espacio muy grande para meditar. La palma de la mano de la enfermedad es como el trono de todo lo científico, de todo lo moral y de todo lo humano. Cuando la enfermedad cierra la mano, y me priva de la contemplación del mundo, relegándome a la oscuridad, no tengo tiempo en pensar que me puede estrujar con la tensión de su mano negra, simplemente siento la soledad del mundo, que me preocupa mucho más que la titánica fuerza destructora de la máquina nihilista del mundo. Antes estaba perdido en los escondrijos de los ratones, pero la enfermedad vino a rescatarme, para que mi locura fuese lo más sana posible". La enfermedad sonrió ante la incondicional fe de su feligrés, aunque no le aseguró un augusto futuro porque sabía que eso no formaba parte de sus planes. Pude ver la sombra de su sonrisa, que ahogaba el tiempo y el aire. No tenía absolutamente nada que objetar a aquel homúnculo, tal y como había acontecido con el hombre de hielo, y con el simio. Fumar la droga del dolor y conocer al homúnculo habían resultado unas experiencias sumamente gratificantes. Me gustaría ser como el homúnculo, y subscribo su experimento vital, y sus desarraigadas concepciones del mundo. Por esta razón elogie su vida y su obra con la siguiente congratulación: - "te doy gracias homúnculo por existir, entiendo que no quieras crecer y devenir hombre, porque es tanta la insidia y la falcidia del mundo, que es mejor ser muy pequeño para que nadie pueda verte. Sin lugar a dudas, no te encuentras en un escondite, sino allá donde el misterio esta latente, y mantiene una feroz lucha interior. Me gustaría ser tu compañero en la mano de la enfermedad, pero no te preocupes, tu desierto es solamente tuyo. Quiero que la mano te estruje y sea tu verdugo cuando estés preparado para ello. Habrá un momento en que serás tan pequeño, que la enfermedad al juntar las dos palmas de sus manos, no podrá tocarte de lo pequeño que serás y no podrás morir aplastado. Serás muy pequeño, y el mundo será tan grande que ya nunca más te podrá encontrar. Y tú enfermedad, no permitas que el homúnculo se convierta en un poeta pedante y cursi, otórgale el sufrimiento, y concedele la libertad de crecer o miniaturizarse, y si algún día se emancipa de tu mano, otórgale la agorafobia que es la enfermedad opuesta de la que ahora mismo padece". La enfermedad tuvo en cuenta mi consideración, aunque tenía preparado otro destino para el pobre homúnculo. El homúnculo todavía no había alcanzado la etapa de mayor esplendor espiritual, y aprovechando su raquitismo existencial en las tierras del dolor (puesto que todavía no era lo suficientemente pequeño para sobrevivir a los ataques de la enfermedad), lo estrujo en sus manos como si fuese la migaja de una galleta diciéndole poco antes: - "tus huesos son demasiado débiles, tus facciones son demasiado grotescas y no inspiran compasión alguna. El dolor no es amigo de nadie, y tus confianzas me inspiran terror hacía el resto de la especie humana. A nadie le gusta ser un homúnculo, un proyecto fracasado de hombre como eres tú. Tal vez tu doctrina se escuche algún día lejano en las estrellas, pero en la tierra nunca. Ni siquiera ahora que te voy a estrujar con mis manos, tienes el menor interés en crecer. Sea dicho pues, sea tu vela depositada en algún templo y que alguien reze por ti". Tras quebrantar los huesos y el minúsculo cuerpo del homúnculo lo tiró con desprecio al suelo. En el momento de caer, creció, hasta alcanzar el tamaño de un bebe. Pude ver con nitidez su pálido y decrepito rostro, pues había hecho un increíble esfuerzo por crecer en varios segundos, pero no había tenido tiempo de evitar la venganza de la enfermedad contra su filantropía. Entonces la enfermedad dijo como epitafio: - "existen algunos estupidos y mezquinos, que son capaces de crecer, hasta después de muertos". A pesar de ser un filósofo consumado en las arrugas de su rostro, todavía podía ver la ingenuidad de un niño pequeño, la visión de aquel cadáver era sumamente vergonzante. Lo dejé en el encantado charco de agua del hombre de hielo, tal vez viajaría hacía su lejano señorío, para encontrar la mansedumbre. Ya nunca más sería un enano acomplejado, no le importaría crecer. De vez en cuando se acordaría de quien es y sufriría, pero eso solo podría pasarle en alguna extraña ocasión. El espejo encantado de aquella agua, se llevo el cadáver de aquel enano, para que reposase su eterna muerte en vida. El enano había muerto, ya nunca más se preocuparía de serlo. Aquello era lo justo, aquello era por lo que el sonido de los truenos y los relámpagos reclamaban. Me había quedado solo, porque en un cierto sentido, aquel enano, era una de las proyecciones invisibles y misteriosas de mi espíritu. Descansa en paz homúnculo allá donde estés. La enfermedad, para compensarme por aquella perdida, me invitó a fumar en su pipa. Mientras tanto fregaba aquella agua profana que se había llevado el cadáver del homúnculo. En esta ocasión mi viaje, fue muy diferente a los anteriores. Soñé conscientemente que estaba en una biblioteca. Había libros muy dispares y de distintos géneros, pero todos ellos versaban sobre un único tema: "el amor perdido". No había ninguna novela clásica, ni ningún tratado de las pasiones, tan solo había apuntes de experiencias personales y colectivas, el ABC de pasiones que se desvanecen en los abismos del sentimiento humano. Yo era una rata, que merodeaba por casualidad, olfateando y mordisqueando, los severos expedientes disciplinarios de la naturaleza. Aquella biblioteca era monotemática, y las distintas secciones se diferenciaban tan solo, por el minucioso análisis de distintos tipos de traiciones. No estaba autorizado a leer, solamente podía oler al azar, el aroma de la traición y la perfidia. Las ratas deben conocer mejor los libros que aquellos que los leen, porque su mezquina naturaleza puede ahondar, con la sensibilidad de su olfato, en aquello que se esconde detrás de las venenosas telarañas de la pasión: a un instrumento de la especie castigado por cumplir con su obligación lúdica. Es la belleza quien teje la tela, quien diseña su arquitectura, quien la impregna con el pagano perfume de su sensualidad corrupta. Esta tejiendo el cementerio del vitalismo, aunque la mayor parte de incautos crea que se trata de un palacio en las estrellas. La telaraña esta construida con las matemáticas de la soledad, puesto que la araña conoce todas las debilidades de sus presas. Se come a sus víctimas solamente cuando tiene necesidad, o en términos más exactos, cuando padece de un exceso de hambre narcisista. Nadie sabe que esta atrapado en una telaraña, solamente las arañas conocen el artificio de su ilusión metafísica pero no lo quieren divulgar a nadie. Mientras tanto son sus huéspedes, hasta que la araña tiene que hacer limpieza de todos sus inoportunos pretendientes, y comete el genocidio de la adulación. Entonces se siente pura, pero enseguida vuelve a sentirse mal, cuando la telaraña esta vacía. Las ratas huelen el insoportable hedor de las telarañas, aquellos castillos de sufrimiento, que con tanta ternura y voluptuosidad saben construir las arañas. Las telarañas es aquello que adorna, a todos los libros y sus confesiones. Las ratas son mucho más sabias que el común de los mortales a pesar de ser analfabetas. Como rata viajo de estantería en estantería, oliendo el más ancestral de los dolores. Aunque limpie a los libros de suciedad, la amarga semilla de la reproducción que subsiste desde la primera explosión herética del cosmos, emerge, y al instante los libros vuelven a estar sucios. Los caracteres del libro son la cultura en la que se fundamenta la tradición, sus telarañas son la belleza ascética que pretenden entenderlos pero no pueden. La vida se sustenta con la belleza, la vida es una confesión y por esta razón se puede escribir en un libro, la belleza es el engaño fundacional del mundo y por eso es la telaraña que vuelve viejo y caduco al libro. Como rata he aprendido esta verdad, y por todas las bibliotecas de civilizaciones perdidas que encuentre, iré divulgando este mensaje a todos mis congeneres. Parece que despierto de mi trance hipocondríaco, y creo que la enfermedad ha manipulado la droga, para que sea más dura y pura. Ahora la enfermedad me mira fijamente, con los ojos rojos como la aurora, quiere que le preste atención, porque va a narrarme el significado de la parábola. Se levanta del diván y con nerviosismo empieza a dar vueltas alrededor del sofá. Quiere encontrar las palabras exactas para fundamentar el mito fundacional de la creación. Las sombras muertas que nos rodean, no le dicen nada, porque el tiempo dormido no tiene la suficiente sabiduría para hablarnos del mundo. Detrás de las ventanas se encuentra mi arcaica ilusión del mundo, y tampoco le dice nada, como el decorado de una obra de teatro, nos dice muy poco de su autor y de sus actores. La enfermedad, como soberana del pozo del lenguaje, escucha las pesadas e inquietas voces que surgen de la superficie. De algún modo, esta examinando mi atormentado respirar, para encontrar las pautas adecuadas en el procedimiento de su discurso. De repente mira a su discípulo y le susurra al oído: - "créeme existen dos polos opuestos que no podrán encontrarse jamás, la belleza y la fealdad por un lado, y la vida y la muerte por el otro. La belleza finge y la fealdad confiesa su enfermedad. La belleza es efímera pero lleva la vestimenta de la eternidad con decoro, y todos creen falsamente en su oficio. La fealdad solamente es sincera cuando alguien le engaña, pero la belleza solo tiene el oficio de mostrar su arrogante cuerpo en el escenario, no le importa la verdad o la falsedad, simplemente que su rostro sea el del mundo, y pueda caber en todo el escenario. La belleza no dice lo que piensa, porque tendría que buscar en el horizonte para encontrarlo, a la fealdad no le importa confesar que necesita mendigar para conseguir un mendrugo de pan. La belleza dice que tiene suficiente con este mundo, aunque miente, porque todo lo que encuentra en este mundo lo ha robado de otro. La fealdad es nativa de este mundo y parecería estúpida si dijese que ha substraído valores y vivencias de otro mundo. La belleza es harmónica y no puede teorizarse sobre ella sin desmaquillarla, en cambio la fealdad siempre necesita teorizar sobre ella misma, porque nunca puede encontrar su ideal supremo. La belleza acompaña a la fealdad, como un ojo acompaña a un espejo, nunca encuentra lo que quiere ver, por eso siempre lo reprende y lo odia tanto, por eso le agrada quitarle todo lo que tiene, y para más sorna fingir que le agrada para después causarle más dolor. La belleza necesita mentir en todo momento y en todo lugar, porque nadie ha visto a la idea platónica de belleza, por eso siempre se hace pasar por ella, y todo el mundo la cree porque es su único testimonio. La fealdad miente al único testimonio de la armonía perfecta, para asemejarse a ella, y es capaz de decir la verdad cuando la belleza se lo pide. La belleza siempre pacta con la enfermedad para conservar su poder, la fealdad pacta con la enfermedad para no perder la cordura. La belleza conoce su nombre y no necesita preguntárselo a las estrellas, la fealdad sabe que es una empresa inútil conocer su nombre; en momentos de nostalgia infinita se lo pregunta a las estrellas y le responden con nebulosidades. No se si has reconocido quienes son las personas implicadas en este trajín, pero en caso contrario, ayudaré a refrescarte la memoria con la vida y la muerte. A la vida le gusta mucho fingir la eternidad y por eso utiliza a la muerte para poder fundar su maldad eterna. La vida busca las huellas de la eternidad que le lleven a paraísos perdidos, en su expedición le piden a la muerte que calle, porque solo es suyo su camino. La muerte pocas cosas puede pedirle a la vida a excepción de un silencio aterrador. Muerte y vida viven eternamente separadas, pero solo pueden juntarse accidentalmente, a través del dinero, la avaricia, el lujo, la decadencia, la perfidia y la mentira. La vida le enseña a la muerte su desierto cuando esta nace y le dice: "tal vez algún día me encuentres en el cielo, pero mientras tanto camina infatigablemente, y dale el agua de tu cantimplora al cielo que la necesita mucho más que tu, porque el símbolo de la trascendencia es mucho más sublime y necesaria que cualquier hambruna y cualquier sed". La vida dispone de muchas sendas en las tierras de la muerte, y en todas es bien recibida, la muerte solo es el camino atropellado de la vida. La vida odia a la muerte y la muerte ama a la vida, la vida se aprovecha de la muerte hasta que ella misma se convierte en muerte, por esta razón nunca pueden jamás encontrarse ni en la tierra ni en el cielo. Supongo que sabrás que estoy hablando del hombre y la mujer, y aquel que no se halla reconocido en esta parábola, que se mire en el espejo, y comprenderá que dice más que cualquier poesía afeminada". La enfermedad había sido muy sincera, pero no me estaba hablando a mí, simplemente miraba a la eternidad y lloraba desconsoladamente. Me levanté del sofá, para pedirle mi dosis habitual a la enfermedad, pero esta no me hizo caso y me dijo: - "aprende a sufrir por ti mismo". No podía creer lo que estaba escuchando, mi mayor amigo y mi mayor enemigo, mi único confidente, me estaba dando la espalda. Tal vez solo estaba intentando ser enigmática, para poder alcanzarla en el más peligroso de los vuelos en el cielo. Había sido su siervo más leal, había consumido su droga hasta llegar a los tenebrosos abismos de su alma sin inmutarme, le había sido sincero y le había pagado con la austeridad poética en mi único e inmenso desierto viviente, había encerrado a ese salvaje insubordinado llamado placer en una jaula con espinas, le había dicho a la muerte que no entrara en las puertas de mi alma, porque estaba celebrando una sagrada orgía de sufrimiento, le había dicho al amor que callase porque solo era un charlatán que no comprende ni de la eternidad ni de su insoportable castigo. Le había dicho a la mujer, que me dejase abandonado en un desierto, porque no quería volver a verla más, ya que no existe ninguna que pueda comprender el invisible azote de la soledad. Le había dicho a lo pequeño y feo, que creciese aunque continuase siendo feo, le había dicho a lo grande y bello, que decreciese, porque no hay lugar para lo bello en este mundo. En ciertos aspectos el dolor es tan exigente como el placer, pero solamente él pide lo que la dignidad del alma necesita. Aunque el dolor creciera en lo más miserable siempre sería sincero, porque continuaría siendo tan objetivo, como la minutera de un reloj, pero el placer irremisiblemente crece en lo nauseabundo y en la falta de disciplina. En mi búsqueda de la verdad, la enfermedad era mi único interlocutor posible, porque la salud, solo tiene suficiente con gozar de los bienes que la sociedad ofrece. En cambio la enfermedad busca una respuesta en todas las épocas y en todas las penurias. La enfermedad al ver que estaba tan inquieto en mis adentros, y que no encontraba palabras para reconciliarme con ella me dijo: - "no te preocupes, porque solamente te estoy poniendo a prueba. No te voy a abandonar jamás ya sea por tu bien o por tu mal. Lo que no quiero es que te acostumbres demasiado a esta droga porque te puede volver loco. Existe un umbral de dolor que no se puede sobrepasar, cuando esto acontece, el ser humano se vuelve insensible al dolor, y ha llegado a la nada. La nada solamente puede ser ofrecida por la muerte. Eso es a lo que aspiras con tu aprendizaje, pero el camino es largo y pesado, y se ha de recorrer sabiamente para sortear todos los obstáculos. El sufrimiento se tiene que sentir gradualmente, de la misma manera que un hombre que se quiere acostumbrar al agua fría, tiene que echarse cubitos de hielo en cantidades discretas. Porque sino cumple con este prerrequisito no puede resistir el frío y muere congelado, y sufre mucho en un instante, pero no llega a conocer la verdad. La verdad y el sufrimiento caminan a la par, por esta razón no puede haber sufrimiento sin verdad, puesto que tú alma debe de aprender a conocer ese sufrimiento, para poder avanzar hacía el estadio siguiente. De la misma manera que un niño pequeño parecería ridículo si lo maquilláramos con arrugas de anciano, de igual modo el sufrimiento se debe de aprender en dosis discretas, aunque tampoco demasiado paupérrimas o liberales con la condición del sujeto. Cuando alguien sufre un trauma muy grande, y crece en la verdad, debe conocer los motivos de ese sufrimiento, para que el umbral de su capacidad de sufrimiento se incremente al máximo, para que pueda conocer mayor verdad. Así es como juega la naturaleza, así es como quiere que juegue el hombre. Las causas de todo lo que acontece en el mundo, en último término siempre son dolorosas, y el auténtico conocimiento nos muestra que ello es así. En un cierto sentido el dolor es tan irracional como el mundo, pero el hombre debe de encontrar una manera de enmascarar esa irracionalidad y amoldarla a sus esquemas de conocimiento, porque en caso contrario perdería la cordura, y esa locura se convertiría en un enemigo del dolor y de la verdad. Ese y solamente ese, es el camino ascético que yo te propongo". Entonces recuperé la ilusión, al comprobar que la enfermedad no solo me había abandonado, sino que además estaba dispuesta a comprenderme. Quise comprender algo de su naturaleza eterna e inmóvil y le pregunté: - "enfermedad, tu cuerpo esta hecho de las cenizas de los mortales, tu honda voz no proviene de tu cuerpo, sino que es una mezcla de todos los suspiros y los gritos de terror de los hombres, que no provienen de su materia, sino que lo cogen prestado de la infinitud, y resucitan ese pánico vital en el presente. Tu voz es una transfiguración de la desesperación del abismo, una proyección hacía un mundo ficticio y encantado. Eres lo más grande para el más débil y lo más pequeño para el más fuerte. No estás subyugado a nada, porque tu poder es como el de una sombra muerta. Te introduces en la maquinaria de todos los relojes y los estropeas, te gusta percibir como todos suenan a un ritmo diferente. Eres el sueño del sol y la lucidez de la luna, y puedes modificar el transcurso de las estaciones a tu antojo. Tu caminar en el mundo no es un camino, sino que es un empequeñecimiento del mismo. Tus huellas son eternas, en cambio las huellas de lo prospero son perecederas. Algunos dicen que solo tienes fuerza, como pueden tenerlo la música o las estrellas, pero yo creo que eres la manifestación de la vida misma. No se si eres tan viejo, como la existencia, porque la existencia también esta enferma. Quiero saber por tus propios labios negros, y por tu mirada enlutada, y por la siniestra musicalidad de tu lenguaje originario, quien eres y a quien sirves." La enfermedad, se inquietó ante mis terribles dudas existenciales, porque quería domesticar a una caída libre. No existe realidad que no ofrezca resistencias, en el complejo campo de fuerzas de la vida. Entonces el iris de sus ojos giraba como orbitas alrededor de sus pupilas. De los poros de su mascara, se evadía un vapor corrosivo, que provenía de los siniestros fluidos de su cuerpo. Su túnica empezó a brillar con un resplandor descomunal, que ni el más temible de los crepúsculos pudiera emular. Su sombra muerta, parecía que renacía en el suelo. Alzaba los brazos, como si estuviese orando. Mi casa moribunda, resucitó en sus recuerdos más temibles. Un gas multicolor, nacía del suelo y se expandía por todas las estancias de mi domicilio. Entonces me dijo: - "veo que tienes mucho interés en conocer a tu huésped. Yo no tengo casa, soy un viajante. Yo soy aquello que perfuma con lo marchito a la vida, y me llamo enfermedad. No tengo descendientes, porque soy el padre de la existencia. Me has encontrado porque me has llamado, es mucho más fácil encontrarme de lo que tú te piensas. Soy la fuerza primigenia de la música, la luz que penetra en los rincones malditos del alma, el inconfundible lenguaje matemático de la soledad, aquello que busca toda vivencia y que no se atreve a encontrar. El mundo nunca podrá redimirse, porque no es una unidad. La vida es una caída libre. La existencia es un pozo inmenso, que todavía no ha llegado a su fin. Todos nacemos y morimos cayendo, sin llegar nunca al fondo. La bondad y la maldad son unas mentirosas, porque solamente dice la verdad el dolor. La pasión del hombre no es estática, porque no vive en ninguna estrella, sino que vive en esa caída libre. La desesperación es la única arma de la que dispone el hombre, para sujetarse los pulmones mientras cae. Creo que ya hemos filosofado bastante, ha llegado el momento de pasar a la acción. ¿Porque no nos vamos a dar un paseo con la barca por el río? Aunque todo el mundo esta en ti, porque tu estas en el mundo, necesitas alejarte de tu casa en ruinas, necesitas ver al mundo desolado. Ahora te voy a hacer una pregunta crucial, que no tiene posible rectificación o enmienda. Las consecuencias serán funestas tanto si das una respuesta afirmativa, como si das una respuesta negativa, como si no la das. Y ahora dime, ¿quieres que me quite la mascara y me muestre ante ti tal y como soy?". Aquella era una propuesta fatídica, porque conocer el rostro de la muerte sin tabúes, produce de un modo inmediato la aniquilación del sujeto. Es como si a alguien se le preguntará si desea morir a cambio de conocer la verdad de la vida en un solo instante. A veces el dolor solo es la intuición de algo muy lejano, pero ver al dolor mismo es fundirse con él. Pocos rostros deben ser tan sinceros como el de la enfermedad. El mundo solo ha sido creado en el momento en que nos reconocemos en él. El enigma de la enfermedad es arduo difícil. Tal vez no tenga ni siquiera tiempo de ver al rostro y muera antes de llegar a su percepción. Tal vez puede resistir su desnudez escasos momentos, y fallezca posteriormente. Aunque quizás ni siquiera tiene sentido que pueda ver al rostro de la muerte, porque es posible que no exista ningún puente entre la vida y la muerte, como no existe ningún puente entre el alma y el cuerpo. Se que no puedo preguntarle a la enfermedad, que me pasará si la miro, porque cuando alguien va a morirse, no encuentra esa respuesta en ningún sitio. Mi hambre metafísica es insaciable, no puedo negarme a la invitación de la enfermedad, por muy autodestructiva que sea su propuesta, entonces le contesto: - "como un sabio que hace mucho tiempo que aguarda en la cumbre de la montaña a su dios, me ofrezco incondicionalmente a ti, porque tu presencia es el mayor de los regalos. Mi vida ha sido gratuita y no veo la razón para que también lo sea mi muerte. Quitate la mascara, porque no es propio de ningún dios ocultar su rostro a los hombres. Tus ministros ya me han instruido, estoy preparado para recibir el sacramento del existencialismo. Enfermedad tu eres el dios de la tierra, que muere y vuelve a resucitar, cada vez que alguien muere o nace. Tu eres la parturienta de todos los seres, enfermedad tu eres el ser, tu eres la vida, tu eres todo el tiempo habido y por venir, solo a ti puedo rendirte pleitesía. Enséñame tu rostro y después vamos a emprender ese viaje que me propones por el río". La enfermedad extasiada al ver que su discípulo había aprendido le dijo fríamente: - "limitate a mirarme fijamente, no pienses en que te digo la verdad o en que te engaño, simplemente mírame". Por un momento tuve miedo y mire hacía el suelo, podía ver la sombra de la enfermedad. Se estaba quitando la mascara con esfuerzo porque la tenía muy enganchada a su demacrado rostro, el color de la noche y de la vigilia enferma. Finalmente se quitó la mascara, aunque no me atrevía a mirarle directamente a la cara, solamente podía ver su sombra. Miraba la mascara, en el suelo, con el objeto de descubrir superficialmente, algún detalle irrelevante, antes de lanzar una fulminante mirada a la sagrada esencia de la vida. La máscara estaba repleta de tierra de cementerio, y algunos aguerridos gusanos que la estaban devorando. Entonces la enfermedad me dijo con cólera: - " mírame infiel, mira la perfidia del mundo sin temor, húndete en el abismo de la vida, mira el pecado original de la vida, observa como se retuerce de dolor la existencia misma, mírame infiel, no sientas autocompasión por todo el mal que has causado al nacer en este mundo. Mira como te sonríe sarcásticamente el espejo de tu condena, mira lo que dice un reloj que ha enmudecido. No pienses, mira". No podía mirar a la enfermedad, solo podía ver su malévola sombra como había hecho el resto de mi vida. La enfermedad estaba enfurecida por mi falta de valor, y me arrodille ante ella por respeto, pero no osaba mirarle a la cara. Entonces la enfermedad me golpeo con su bastón en las costillas, incesantemente, mientras mi apocalíptica y póstuma mirada estaba hundida en el suelo. No se si había de ver a la nada o al dolor eterno, pero ambos son cómplices de la macabra desnudez del ser, y ser su testimonio no es loable. Sentía los varazos de la enfermedad, y las llagas de mi cuerpo, no cesaban de demandarle conocimiento auxiliar, para suplir mi cobardía para enfrentarme a mi destino. Entonces, acabe cediendo, o mirando la panorámica de la existencia desde las ventanas de mi alma, según pueda apreciarse. Ante mi tuve la visión más escéptica y esplendorosa, que existe en la filosofía de todo desarraigo vital. Aquel era mi propio cadáver. Estaba amarillento, como la arena del desierto, los ojos cerrados como una cueva que no va a visitarse nunca más, y frío como el viento que trae malas noticias. Estaba sentado en el diván, dando la siniestra sensación de que todavía estaba meditando. De pronto, aquellas sombras malditas desaparecieron de mi casa. Y la suave luz plateada de la luna entraba por la ventana. Volví a escuchar los tranquilos latidos de mi reloj de pared. Escuchaba el cante de las aves nocturnas, y el zozobrar del viento que venía del sur. La naturaleza se había vuelto a despertar, tras haber soñado con un abismo enlutado. La enfermedad se había ido, pero me había dejado como herencia a mi propio cadáver. Ahora el cielo volvía a hablar desde la eternidad, con la serenidad acostumbrada. Sin embargo el mandamiento de la enfermedad parecía irrevocable. Debía de dar un paseo en barca, junto al río, conduciendo a mi propio cadáver. Antes de emprender el camino, había de vestir decentemente a mi propio cadáver. Le quité la túnica de la enfermedad. La extendí en el suelo, y al instante muchos huesos de pájaros muertos, nacieron de los hábitos de la enfermedad. No podía lavar aquella túnica porque era sagrada, la suciedad moral, la podredumbre y la muerte, estaban presentes en aquella vestimenta sacra. Pude ver la desnudez de aquel cadáver, y vi. Los numerosos golpes de los que había sido víctima mientras la enfermedad ejercitaban en mí su proselitismo. A decir verdad había sido muy cruel conmigo, pero si todavía me sentía vivo, aunque no fuese más que una ficción, debía sentirme no solo satisfecho, sino incluso halagado. Tenía que emprender una obra póstuma y apenas disponía de tiempo. Cogí mi cadáver y lo cargue a mis espaldas, como hacemos cada uno de nosotros cada día que nos despertamos. Pesaba mucho, porque la memoria es muy traicionera. Abrí la puerta de mi casa y estaba rodeado de una pesada bruma. Apenas podía reconocer nada de lo que había a mí alrededor. Solo quedaban en su sitio las montañas, la lejana vista del mar, y las estrellas en el firmamento. El camino hacía el río debía de ser el mismo, aunque ya no podía guiarme por las casas porque todas habían desaparecido. Solo quedaban surcos en la tierra. Solo se mantenía en pie mi morada. Caminaba por la carretera y había muchos gatos en el suelo que habían sido recientemente atropellados. Las aves revoloteaban de la rama de un árbol a la rama de otro, todas en perfecta armonía, como si fuese un baile satírico en honor a mi peregrinaje con mi cadáver a cuestas. Escuchaba el sonido de los grillos, el sonido del revolotear de las aves, y una suave brisa que acariciaba a los árboles. El bosque era mucho más espeso que antes, y podía apreciarlo desde el andén de la carretera. Había muchas más bestias salvajes ocultas, pero todas respetaban mi procesión a mi sepultura. El cielo era púrpura, y la luna estaba rodeada de lechuzas que bailaban a su alrededor. Quedaba muy poco para el alba, pero el sueño de la noche era muy profundo. La luz del firmamento bañaba a la carretera con una extraña espiritualidad. Solo se escuchaban mis soberanos gritos de angustia al transportar mi cadáver, el soplo del viento era muy tranquilo. Había de recorrer alrededor de un kilómetro a lo largo de la carretera, después seguir un sendero campestre que me había de conducir a las plateadas aguas de un río encantado, ancho y caudaloso. Mi camino apenas dispuso de contratiempos. Algunos lobos nos rodearon, con sus ojos asesinos bañados por la luz de la luna, pero solo querían formar parte de nuestra comitiva. Sus aullidos aunque perversos, eran bastantes conciliadores. A veces creía que mi cadáver me preguntaba: - "¿cuando llegaremos, cuando llegaremos? Pero tan solo eran flautas colgadas en los árboles, para que el soplo del viento ahuyente a los malos espíritus. En un momento de mi camino, les pedí a los lobos que se marchasen, agradeciéndoles su amabilidad. Un lobo que tenía una cicatriz en un ojo, aulló, como jefe de la manada, para que todos se dispersasen, cumpliendo así con mi deseo explícito. Algunos cuervos, con sus ojos brillantes como un diamante, me espiaban, desde las ramas más altas de los árboles. El ambiente estaba muy húmedo, y una espesa niebla nos seguía allá a donde nos dirigíamos. Hacía muy poco que había llovido, y el cielo silencioso amenazaba tormenta, con unas nubes rojizas. Estábamos en la orilla del río, y había una barca, con una cuerda, atada al tronco de un árbol. Las aguas parecía que estaban encantadas, y escuchaba suspiros silenciosos que emergían del interior de las aguas. De pronto creí que mi cadáver me decía: - "si sigues hacía el norte en el río, podrás ver a alguien que se ha ahorcado". Sin lugar a dudas debía de tratarse de una equivocación, tal vez sería la corriente del río que esta dialogando con la muerte silenciosamente. Me subí en la barca. Senté a mi cadáver en un extremo, mientras yo remaba en el otro. Las aguas estaban muy rojizas, y las ramas de los árboles se transparentaban en ellas con suma facilidad. Tenía curiosidad por saber cual eran los designios divinos, que un azar insidioso me quería mostrar. Pocas eran las conjeturas que podía hacer, simplemente había de remar hacía el norte. La corriente estaba muy tranquila, mientras la noche moría silenciosamente. Oía a los genios del bosque, detrás de la maleza, que cantaban un elogio al crepúsculo del alma. Algunas urracas se acercaron hacía la barca, y graznaban la miseria de la vida, y con sus siniestros bailes querían arrebatarnos algún objeto de valor. No tuve otro remedio que ahuyentarlas con uno de mis remos, algunas pudieron esquivar mis golpes y huyeron, y otras cayeron en picado a las aguas del olvido. Las aguas estaban congeladas, y la orilla estaba muy lejana, por lo que una caída hubiese resultado fatal. Había de manejar con destreza el remo, para compensar el desordenado peso de mi cadáver, ya que la madera de la barca era muy frágil, y cualquier peso que no estuviese debidamente compensado, podría hundirla irremisiblemente. Cuando aquellas aves rapaces huyeron, un silencio abrumador hizo acto de presencia espiritual. Me distraía mirando los halos de luz de aquellas aguas encantadas, y pensaba que el destino estaba acariciando a aquel río, con una poesía bucólica que no es de este mundo. De pronto las bestias salvajes enmudecieron, y solo podía apreciar el sonido de mis remos golpeando al agua. Parecía que no quería amanecer, aunque el cielo cada vez estaba más rosado. Era curioso mi oficio: me había convertido en el barquero de mi propio cadáver. Lo miraba fijamente con una obsesión tenaz, y parecía que acabase de expirar. Le tome el pulso y puse mi oído para ver si respiraba, pero mi empresa fue en vano. Lo miraba en silencio, y estaba tan hundido en el pozo de la vida, como el espíritu encantado de aquellas aguas. Lo había vestido con un traje de franela y con una corbata discreta, para que estuviese decente. Daba la impresión de ser un borracho que estuviese descansando de su orgía etílica con una tranquilidad aterradora, después de haber asistido a una fiesta de la alta sociedad. Cuanto más lo miraba, menos me comunicaba su presencia. Hice un alto en el camino, para mirar fijamente a la única herencia que todavía me quedaba en la tierra. No le ví mover los labios, ni su cabeza, y ninguna facción suya se arrugó, y tampoco volvieron los latidos de su corazón, pero escuché como me decía: - "no te detengas, pero tira los remos, porque solamente esta brisa crepuscular, puede llevarte a donde se encuentra el ahorcado". Desconocía cuál era la parte extraviada de mi alma que intentaba dialogar conmigo. Aquella voz la reconocí como si hubiese sido la propia. En las otras dos ocasiones, pudo tratarse de un delirio de la noche o de la extinción de mi alma en el vacío, pero esta vez reconocí indubitablemente mi voz, no podía provenir de otra fuente de la existencia, que no fuese la mía. En un principio, quise desobedecerme a mi mismo. Aunque tal vez aquella parte extinta de mi espíritu tuviese razón. Le pedí permiso a mi cadáver, para lanzar los remos al agua, y en vista de no obtener respuesta alguna, decidí acatar las órdenes de mi insigne muerte errante. El río se quedo con mis remos y estaba desnudo ante el destino. La noche empezaba a estallar en su indigencia dando paso al día. Las primeras claras del día, empezaban a brotar, y el color de las aguas empezaba a imitar a la eterna naturaleza del cielo. Un ligera brisa soplaba, y conducía a mi barca lentamente hacía el norte. Aquella noche era muy larga, y había empezado cuando la enfermedad me vino a buscar a mi casa. Escuchaba gritos de pánico de voces lejanas y pasadas en ambas orillas del río. Las aguas ya no rielaban, y se tragaban todos los suspiros de los errantes espíritus del bosque. Aquellas voces eran cantos olvidados, vitalidades aniquiladas, huellas del pasado que han cavado surcos en la tierra. Aquel coro de almas perdidas me repetía incesantemente: - "tu instinto ya no son los caballos que llevan el carruaje de tu alma. En ese carruaje llevas a un pasajero, que has encontrado en los claros del bosque. Esta muerto, es una estatua que anhela la soledad, no te deshagas de él, porque eres tú mismo. Tu vida y tu muerte residen en el mismo instante, por un extraño capricho estelar. Los caballos que conducen al carruaje, es la voz del pueblo ancestral, la naturaleza que sopla sin cesar independizada de su máquina racional. Deja que el viento lleve a tu barca a la deriva, porque ya no eres su barquero, simplemente eres un pasajero que se encuentra allí, porque así lo ha querido el azar. El silencio de la naturaleza, no es una venganza infame contra tus descarriadas preguntas, simplemente es el devenir osado que no cesa de esparcir su vitalidad inocua por doquier. Nunca más será de día. Aunque creas que el sol se alza en el horizonte, no le prestes atención, tan solo es tu fantasía perdida quien juega contigo. Estas condenado a no ver ningún otro amanecer, poco a poco muere la noche, de la misma manera que el día en cuanto despierte morirá para siempre. Escucha atentamente los bramidos del viento, escucha atentamente el fluir de las aguas, porque esta fuerza ancestral, quiere llevarte hasta el ahorcado. Tu respirar cada vez es más frío, la expresión de tu rostro se relaja y esta olvidando por momentos, las pesadas cadenas de la mortalidad. Vas a visitar a la enfermedad por última vez y dudo mucho, que en esta ocasión tenga algo interesante que relatarte". Aquella voz enmudeció tajantemente. Parecía el último mensaje de un profeta crepuscular. Hubiera tenido la tentación de lanzar al cadáver al río, pero aquello no era posible, no podía abandonar a mi propia muerte en el fondo de las aguas de aquel río. Aquella era una noche sin testimonios, una noche sin confesiones, y parecía querer morir como el resto de las noches. Ningún elemento de la naturaleza, ni ningún acontecimiento extraordinario estaba dispuesto a salvarme. Ya no quedaban ni dados, ni naipes que jugar, solo había que esperar a que soplase el viento. Tenía mucho frío y desconocía hasta que punto tiritaba por el miedo, por la temperatura o por la soledad. Nunca me había entusiasmado navegar a la deriva, pero aquella experiencia era tan extraordinaria, que mis sentidos marchitos, se dejaban seducir por la corriente del río, y por aquellos parajes que ningún eficiente cronista podría relatar con verosimilitud. No sabía hasta que punto había silencio, o si escuchaba tan solo el tajante e inexorable viaje de mi barca, el murmullo de bestias salvajes que me acechaban escondidas en la orilla, la silenciosa brisa que acariciaba a las hojas de los árboles y a la rojiza superficie del río, o el distante graznido de aves que se ocultaban en las ramas de los árboles, o de espíritus arcaicos que se habían perdido en la penumbra y no cesaban de chocar contra los troncos de los árboles. Aquellas distracciones eran livianas, en comparación a la serena contemplación de mi cadáver. Creía descubrir algo nuevo cada vez que lo miraba, pero nunca advertía el menor indicio de vida. De pronto volvía a escuchar la temblorosa voz de mi cadáver: - "nos dirigimos hacía el norte, porque el viento es mucho más sabio de lo que parece, nunca nos abandonará. La barca navega, y no puede escribir sus memorias, porque en el espíritu de este bosque solo se escuchan temblores inquietos, navega el destino, la senda esta custodiada por la verdad. Nunca amanecerá, porque la soledad de la noche no esta dispuesta a morir nunca. El temor esta vivo, la vida no cesa de crear. La vida retrocede ante su escabrosa imagen, nosotros navegamos persiguiéndola hasta el infinito. Apenas hace cinco minutos que se ha creado este mundo, nunca puedo dejar de pensar que nunca existieron mis sufrimientos pasados. Barca navega persigue a la eternidad, pero nunca tengas la desventura de alcanzarla". Ignoraba desde que montes de la luna hablaba aquel cadáver, mi muerte todavía no se había encontrado a sí misma. Paulatinamente sentía como se manifestaban las primeras claras del día, pero el errante espíritu de la luna no quería abandonar el firmamento. Al pensar notaba que muchos recuerdos habían desaparecido. Mi identidad se estaba difuminando en mi interior y no me daba cuenta de ello. Pero aquello no mudaba en absoluto la nítida percepción de aquellos lúgubres parajes. Ya no sabía lo que significaba ser niño o si algún día lo había sido, ya no recordaba que es lo que había estudiado o si tenía algún oficio. Parecía como si se hubiese un boquete en mi alma que absorbiese todas mis ideas y todas mis imágenes mentales. Aquel proceso era gradual, y cada vez encontraba menos palabras para explicar mi repentina enfermedad porque las olvidaba. Simplemente me había convertido en un cautivo del instante, en un prisionero de la corriente del río. Pero a pesar de que se me olvidase mi pasado continuaba siendo consciente, del peligro que constantemente me acechaba de un modo irreversible. Seguramente la envenenada visión de mi cadáver me causaba estos síntomas amnésicos, porque cada vez me parecía más a él. Decidí mirar lo menos posible, pero el mal ya estaba hecho, mi vida había quedado definitivamente desterrada de mi mente, en unos breves instantes. Intenté concentrarme en el nihilismo, y miraba las turbulentas aguas del río, como si fuesen un espejo que no puede reflejar nada, porque nada existe. Solo recordaba todo lo que había acontecido desde que conocí a la enfermedad, pero a pesar de este contratiempo continuaba siendo el hombre más sabio del mundo. Tumbé a mi cadáver de espaldas, para privarme de la tentación de ver su rostro marchito. El paisaje era demasiado monótono, e incluso dude que nos hubiésemos movido un ápice desde que tiré los remos. Intenté concentrarme durante varios minutos, y la secuencia de sonidos que escuchaba parecía que fuesen como un eterno retorno. De hecho la barca no había cesado de dar vueltas alrededor del mismo sitio, y mis ficticias sensaciones me habían mostrado que había recorrido unas cuantas millas. Intenté remar con las manos, pero el agua estaba demasiado fría. Padecía una inquietud sobrecogedora, y había de amansarla a fuerza de intentar mover la barca. Estaba tan desesperado que incluso hubiese utilizado a mi cadáver como instrumento, pero no me atreví por temor a una condena eterna. A cada instante creía que la madera de la proa y de la popa estaba hueca, y temía que entrase agua, pero no había nada para achicar. Parecía que hubiese boquetes por todos sitios, y no dejaba de trasladar al cadáver de proa a popa, pero por suerte, pronto comprobé que mis temores eran infundados. Por un momento recuperé la cordura y comprobé que los árboles y los arbustos eran idénticos, e incluso una lechuza con brillantes ojos, que no cesaba de observarme desde uno de ellos. Había de emprender el viaje, para encontrar al ahorcado, pero no disponía de viento suficiente. Parecía que no quería amanecer nunca, a pesar de que creía que ya llevaba más de seis horas, en aquella barca, junto a mi cadáver. No disponía de recursos, y hasta que no me enfrentase a la mordaz visión de aquel ahorcado no amanecería jamás. Tenía mucha hambre, pero no tenía tiempo de pensar en aquellas menudencias. Entonces tomé una drástica decisión para proseguir mi navegación en aquellas aguas malditas. Me lancé al agua, e intenté arrastrar a aquella barca. Las aguas estaban heladas, y mis miembros en estado glaciar, pero a pesar de este infortunio, no cesaba de empujar a la barca con todas mis fuerzas. Hasta que no volviese a soplar el viento era el único recurso que me quedaba. Habría recorrido cerca de una milla, con mi barca y mi cadáver a cuestas, hasta que me quede sin fuerzas, y decidí volver a subir a bordo. De pronto, escuche en la lejanía el estruendo de algunas olas. Espontáneamente se había formado un temporal en aquel río. Las olas nos llevaban muy lejos, y yo me ponía a cubierto, e intentaba equilibrar el peso para que no naufragásemos. No recordaba que aquel río fuese tan largo, pero aquel intempestivo baile de olas nos condujo muchas millas más allá. Ante mi presencia aparecían montañas que no había visto nunca, y la vegetación y la fauna que había en la orilla, me eran completamente desconocidas. El mareo era insoportable, y las vomiteras constantes, pero cuanto mayor malestar sentía, mas fuerzas tenía para agarrar mis manos en el timón y a los pies de mi cadáver para que no se me escapase. De pronto aquel intenso oleaje cesó. Las aguas volvían a estar tranquilas. Parecía como si aquel río hubiese tenido una pesadilla en el sueño de la noche y hubiese despertado recobrando la calma. La brisa volvió a apaciguarse. Entonces el cadáver gritó, con una voz quebrantadiza, con un timbre mucho más temeroso que en las anteriores ocasiones: - "estamos cerca, estamos cerca, la condena esta a punto de hacerse realidad. El ahorcado nos vigila, y sabe que estamos a punto de cruzarnos con él". Miré a mí alrededor, pero parecía que no había nada, pero por otro lado sentía la necesidad de escatimar en detalles. De pronto di un suspiro hondo, y vi en la más alta de las ramas de un árbol, a la inquietante silueta del ahorcado, alumbrada con las primeras claras del día. El sol empezaba a asomarse desde el horizonte, y el cielo se puso claro y sereno y la luna desapareció por completo. Se había hecho de día. Miré fijamente el rostro del ahorcado y comprendí que era la inconfundible imagen de la enfermedad. Ningún artista la hubiese podido retratar con tanta verosimilitud. Parecía un rostro humano, con facciones iracundas e innumerables arrugas. Había muchas escamas en su piel, y tenía estigmas de infinidad de enfermedades. Daba la impresión de que padecía de lepra y cólera a un mismo tiempo, y me miraba fijamente, con una sonrisa sarcástica. Sus ojos eran tan inexpresivos que causaban pánico. De pronto sentí como el cuello me apretaba mucho. Me revolcaba por cubierta y no podía respirar. La fuerza que me oprimía parecía que fuese invisible. No podía tratarse del cadáver que me estuviese estrangulando, porque yacía inerte. De pronto sentí una soga fuertemente en el cuello. Ante mi sorpresa levitaba en los aires con una soga atada en el cuello, y veía a la barca y mi cadáver en la lejanía. No había manera de deshacerme de aquella soga porque el nudo estaba muy bien hecho, y mis manos estaban atadas a mi espalda. La enfermedad era el nuevo tripulante de la barca, y me saludaba cortésmente desde ella. Parecía que se había convertido en la nueva guardiana de mi cadáver. Antes de expirar tuve tiempo de ver, como la corriente, los llevaba río abajo...

 


EL MURO

 

El angustioso ruido de la taladradora, volvió a despertarme de nuevo. Esta vez parecía que iba en serio. Brunelda estaba construyendo su muro a escondidas. Nunca me ha ocultado que su casa esta en reformas, pero es muy reservada y siempre trabaja en sus más íntimos proyectos cuando no se siente observada. No sería sincero si dijera que el barullo me viene de improviso, pero siempre he temido perturbar su intimidad, pues a una gran artista nunca se la debe de importunar, especialmente si su obra versa sobre su soledad. No creo que disponga de retórica, ni de vagas emociones pasajeras que juegan a los dados con lo inescrutable, para persuadirla del sinsentido de la cabalidad de su hermetismo, pero tengo la obligación de asistir al acto inaugural de su bohemia, lúcida y nostálgica exposición artística. Desde mi cama hasta su muro de las lamentaciones, apenas existen eslabones, aunque existan inmensidad de bifurcaciones en las quimeras de nuestras ensoñaciones. Me hubiera gustado que me hubiera mostrado ella misma el muro, pero es muy tímida, y siente claustrofobia cuando el peso de sus palabras emergen a situaciones que ella no puede controlar o incluso pierden por completo su significado originario. A pesar del ocultismo con que se ha llevado a cabo esta trasgresión de nuestros valores compartidos, es necesario sopesar que la soledad es un presupuesto, un código de barras impreso en la frente de cada sujeto. Me avergüenza mucho no haber visto todavía el muro, pero las circunstancias pesan como el plomo por muy banales que sean. Siempre que salgo de casa doy un rodeo para no ver el muro. Siempre pienso: - “no debe de tener tiempo para construirlo porque siempre estamos juntos, el muro no puede ser muy sólido porque ella es una artista que constantemente esta revisando su obra y siempre encuentra imperfecciones, por las noches puedo dormir tranquilo porque no me molestan los martillazos con los que esculpe el muro, en cualquier momento podría derrumbar el muro pero tendría que pedirle permiso a brunelda”. Sin embargo son tan vagas mis razones para derrumbar el muro, como para que el muro sea construido. Pero hay algo que no encaja: ¿como es posible que sepa que el muro esta a punto de convertirse en un rígido monumento en honor al silencio y la incomprensión? Ciertamente, brunelda y yo jamás hemos hablado de ese tema y además nunca lo he visto con mis propios ojos. Solo es una intuición ciega que me previene de la existencia del muro. ¿Será una ilusión? Tal vez los martillazos solo sean indicio de una nueva era. Quizás el muro no se ha construido nunca, porque ningún vecino jamás ha visto trabajar a brunelda en tan lapidaria decisión. No puedo perder ni un solo minuto, voy a la calle a hablar con brunelda acerca de su claustrofóbica obra artística. Sin embargo cuanto más me acerco, más fuertes son los martillazos y más aguijonean a mis oídos. Salgo a la calle, y tengo mucho calor, el ruido de los martillazos parece que quiere volverme sordo. Me sorprende mucho que no haya perdido antes la facultad auditiva. A veces el temor a volverse sordo para siempre causa que nunca se quiera escuchar nada. El ruido es muy penetrante tendría que haberme acostumbrado antes. Cruzo la calle y puede ver a brunelda como trabaja con aplomo. Al ver el muro me asusto de lo denso que es, y de los sólidos cimientos que lo sustentan. El muro ocupa toda la calle, y lo ha pintado de negro- abismo. ¿Como es posible que haya tenido tiempo de erigir una colosal obra de semejante envergadura? Estoy a su lado pero ni siquiera me mira, simplemente trabaja sin cesar. Me siento en la acera y la observo con atención. Todo esfuerzo es inútil, se ha convertido en una autómata, ni siquiera me veo capaz de pedirle permiso para ayudarla. Hace mucho calor, y me seco con mi pañuelo las gotas de sudor, ella suda mucho más que yo pero solo le importa acabar con su obra. La única manera de estar a su lado es verla trabajar. Supongo que se habrá percatado de mi presencia, pero el respeto al anonimato es más valioso que cualquier palabra en vano. Todas las esperanzas se han desvanecido, no creo que me pida que derrumbemos el muro juntos porque le ha costado mucho tiempo construirlo. He de respetar su voluntad, ese muro es sagrado y sería injusto hacer cualquier objeción contra él. De pronto suspira con placer sin ningún temor a que yo la escuche, porque ya sabe que conozco su secreto. El muro se ha terminado. No es ningún suspiro irónico, ella es feliz y no tiene reparos en que comparta los nuevos horizontes de su dicha. Sonríe despreocupadamente y esta muy hermosa, me aterra no apreciar nada desconocido en la expresión de su semblante. Como siempre la he conocido, no creo que haya descubierto nada nuevo. Ahora me mira fijamente, sus ojos son tan claros como el cielo, y no existen nubes que amenacen tormenta. Entonces me levantó de la acera para estar más cerca de ella, ya nunca más existirá el momento de buscar ninguna mirada cómplice. Tras un largo silencio ella me dice: - cariño ya he acabado el muro. Espero que te guste. Nunca te he dicho que trabajaba en él porque era un secreto. Nunca te he pedido tu opinión al respecto porque no lo hubieras entendido. Me voy a quedar a vivir detrás de él, y tal vez algún día construya una casa. Ahora tengo mucho más tiempo para pensar. Siempre que pases por esta calle salúdame, y yo te responderé desde detrás del muro si no estoy ocupada. Supongo que nunca más volveremos a vernos, pero en el momento en que salte la tapia, mi imagen quedará grabada en las paredes del muro y podrás recordarme siempre que quieras. He tenido mucho más tiempo del que tú te crees para construir el muro, pero no te culpo a ti, porque desde siempre lo quise construir, y tarde o temprano lo acabaría. Este muro estaba destinado a construirse. Todos mis lamentos siempre han chocado contra él aunque no existiera, y ahora que existe soy muy feliz, porque tu lo has podido ver y se que compartes mi felicidad. Nuestras tribulaciones han de expresarse de algún modo, y solo podemos ser felices cuando han emergido de nuestro interior. Los artistas solo podemos complacernos cuando vemos acabadas nuestras obras. En este muro esta toda mi vida, mis plegarias empiezan detrás de él, y tus temblores acaban en el otro lado. Comparte mí dicha corazón, porque el mundo se construye como nosotros queremos y por fin he logrado decir lo que quería. El mundo no es un laberinto perverso de emociones inquietantes, es un sólido muro en el que mueren nuestros suspiros. La soledad es un descubrimiento, y solo puede hacer feliz a quien encuentra un corazón grande en el cual pueda caber toda su inocencia y toda su maldad. Me voy a quedar a vivir en este muro, porque solo él es capaz de entenderme. El muro es mucho más denso y firme que tu. Nunca sueñes competir con este muro, ni pretendas asemejarte a él, porque allá donde acaban tus pensamientos es donde empieza el muro. Este muro siempre ha sido ficticio, pero me siento orgullosa de él, porque ha sido mi esfuerzo y mi constancia quien ha logrado poner un nombre a mis sentimientos más íntimos. Ahora es real y gozo de tocarlo con mis manos. Este muro no es moldeable como una figura de arcilla, porque necesariamente tenía que ser así. Este muro es absolutamente verdadero y por esta razón es tan denso. No le preguntes nada al muro, porque no tiene secretos, por eso asusta tanto a todo aquel que lo ve. Ahora corazón, voy a saltar como si fuera una gata, al otro lado, nunca más volveremos a vernos. Espero que todo vaya bien”. No hago nada para evitar que ella salte, porque brunelda es su dueña. Miro a las paredes para corroborar su crepuscular profecía. Es cierto, aparece su retrato difuminado a lo largo de todo el muro. Sonríe de un modo pícaro, pero no tengo prejuicios, porque se que es su felicidad, y no es de mi incumbencia, tal y como brunelda matizó tajantemente antes de despedirnos. Ha pasado mucho tiempo desde que se construyó el muro y no la he vuelto a ver. No ha construido una casa, supongo que debe de disfrutar jugando en esa extensión de terreno. Brunelda, no es de aquellas mujeres que les gusta construir casas, es feliz imaginándolas. Alguna vez que paso por allí la saludo. Ella me devuelve el saludo, pero siempre parece triste. No quiero forzar una conversación banal, para no irritarla, porque brunelda es muy irritable a mantener conversaciones insulsas con gentes que no conoce de nada. Su retrato en la pared cada día es más borroso, eso significa que brunelda no cesa de experimentar consigo misma. Ella tenía razón: solo aquel muro podía hacerla feliz.


EL BEBÉ FILÓSOFO

La vida no emerge sino que se diseca. Lo aprendí de bebe mientras gateaba en el valle de la muerte. Las águilas querían llevarme en un vuelo nupcial hasta la cima de la montaña, pero yo les respondí: - "todavía no puedo sentir la locura gatear es divertido".la hierba acariciaba a mi sonrosada y jugosa piel. Muchos truenos quisieron deslumbrarme con su electricidad infinita, pero yo les miraba de reojo y les decía: - "villanos idolatras no es el cielo quien tiembla sino el alma del hombre". Ya me había convertido en un pequeño dinosaurio ateo, pero la fauna tan solo escuchaba mis balbuceos y se burlaba de ellos. Creía que vivía un sueño porque mi cuna no era tan grande, pero allá donde alcanza el instinto prematuro de un bebe, es donde la vida extiende sus cadenas invisibles. Un águila se acercó a mi y me dijo:- "nunca aprenderás a volar como lo puedo hacer yo, por eso todo te parecerá inalcanzable, por este singular motivo pensarás tanto". Yo le respondí: - "cuando aprenda a caminar mis silenciosos pasos serán como el ininteligible murmullo eterno de los astros". El águila pensó que estaba loco antes de que pudiera serlo, y se fue a hacer acrobacias para demostrarme que la vida era divertida y pasajera. Yo no le presté atención porque el camino todavía no tenía colores, tan solo sonidos desgarradores y ambiguos. No hablaba con palabras sino con la brisa imperceptible que arrastra el destino sin que nadie lo sepa. En aquel valle maldito, sus inocentes y pérfidas criaturas, jugaban con la esperanza y la muerte, con el sueño y la vigilia fatal, con lo que parece que es y con lo que no es. No me acuerdo si era de día o de noche, porque no me acuerdo si fue el sol o la luna quien me dijo:- " imaginate que se te concede el prodigioso don de mirar hasta donde tu quieras. ¿En donde detienes tu mirada?". Yo le contesté: - "en ningún sitio porque yo he nacido para respirar pero no para mirar". Entonces mi sombra oracular creció hasta el fin del valle, porque las preguntas y el destino son los dos implacables brazos del monstruo del mundo. Continuaba gateando y las criaturas no me saludaban porque veían las primeras chispas de locura en mis ojos enfermizos y endiablados. Sin embargo un lobo solitario que se había alejado de la manada, se acercó a mi acariciando suavemente con sus zarpas mis delicadas manos y me dijo: - "deja que te conduzca hasta mi cueva solitaria, crecerás pintando las paredes con tus sagrados signos humanos, yo te protegeré y cultivaras tu ciencia en la soledad". Yo le contesté: - "mi balbucear y mi gatear son mis únicos salvoconductos en estas tierras hostiles, todavía no he aprendido a arrastrarme como es debido. No tengo ni guía espiritual, ni guía celeste, de momento solamente me gusta gatear en el valle de la locura sin saber que estoy loco". El lobo me abandonó y buscó la ciencia en el sol y en sus afilados dientes. Me encontraba en la edad críptica cuando la fuente de mi vida llegaba desde tierras lejanas y misteriosas. De pronto escuché el sonido de un cascabel, se trataba de una vaca flaca y amarillenta que se había escapado del rebaño, pero que nadie la perseguía. Al verme con sus ojos pálidos y temblorosos me dijo:-"¿que hace un infante gateando en el valle de la locura?, ¿es que acaso se ha despertado el dolor de tu cuerpo mucho antes que fuera plausible?". Yo le respondí:-"¿y que hace una vaca tan enferma y vil como tú, en las tierras de los que nunca nacerán?, ¿es que acaso ignoras que la hambruna solo existe cuando el alma todavía no se ha desvanecido?". La vaca movía gozosa su cuello para que suene el cascabel, pero yo no podía dejarme seducir por tales lisonjas, en un estadio existencial que no comparecerá nunca. No quise mirar sus ubres porque sabía que eran negras, de algún modo la hambruna y la enfermedad ya existen antes de que el ser humano nazca en la tierra. Yo no podía saber si era un bebe corpulento o raquítico, tan solo sabía que había de gatear hasta que encontrará una puerta dimensional que me llevará hasta el vientre de una mujer. Se me acercó otra águila. Esta era muy gorda y apenas podía soportar su peso mientras volaba. No había alcanzado el mundo sublunar, tan solo podía practicar el vuelo de una gallina. Me susurro al oído, después de sentarse en el suelo, agitando sus alas compulsivamente: - "si te quedas aquí acabarás como yo. Nunca aprenderás a caminar, y todo acabará siendo desértico sin que te des cuenta. La hierba se convertirá en arena, y todas las criaturas desaparecerán, tan solo quedará el canto hondo del hombre en el desierto. Nunca crecerás, y te convertirás en un feto reptante, con la cara mancillada y los sentidos de plomo. Ahora se acerca el viento, pero pronto el destino se cansará de contarte historias, y tan solo sentirás el calor de un sol inexistente". Yo le contesté a aquel ave inválida: - "todavía soy un bebe joven en el limbo, cuando envejezca en la eternidad del dolor, aprenderé a caminar aunque no crezca y sea un enano escuálido para siempre". El ave se alejó de mi asustada, y su corazón bombeaba la miseria y la desolación. De pronto pude ver una cortina de humo que se extendía en la pradera siguiendo una trayectoria racional y consciente. Aquella tenía que ser la puerta onírica que me condujese hacía el calor corporal de alguna parturienta. Aquella cortina de humo me rodeó, y todo a mí alrededor se convirtió en un desierto. La profecía del águila gorda se había cumplido. Aquella cortina de humo era como mi placenta y pude apreciar como mi hambriento espíritu se alimentaba de la inmundicia del mundo. El cielo se diluyó en el vacío, aquella tierra estéril desapareció. Empecé un viaje cósmico, pues había entrado sin darme cuenta en la puerta dimensional. Viajaba a través de las estrellas y las galaxias, a través de un cordón umbilical que no dejaba de subministrarme las pesadas crónicas de guerra y destrucción de la humanidad. Aquel valle desapareció de mi recuerdo, aunque no se si fue real o producto de las drogas que me daban los demonios en el limbo. Pude ver un planeta que en un principio solo era una masa amorfa de gas, y que se iba transformando paulatinamente en las distintas edades del planeta. Cuando atravesé la atmósfera llegué al presente. Escuché la voz heráldica del planeta poco antes de salir del útero de mi madre: - "no has llegado el estadio supremo de la razón y la vida. Aunque hayas descendido de la esfera de los sueños narcóticos para convertirte en un auténtico ser humano, la sombra de la miseria y el dolor te acompañará incesantemente a lo largo de tus días. Solo tendrás fe en lo místico y lo escondido, pero ese sueño es una música tenebrosa y marchita. Vive con pundonor y te ganarás un monumento en el museo de los caballeros andantes". Tras escuchar estas palabras de bienvenida al mundo, lloré desconsoladamente al nacer. La enfermera me cortó el cordón umbilical y me baño en agua caliente.

 




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