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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS

Juan Oliver

juanglot@hotmail.com


CAÍDA LIBRE

Escucho como la noche tiembla con una religiosidad narcotizante, como mi borrosa visión poética se escapa por la ventana para peregrinar hacía el pasado, como recita el vigía de la soledad el pregón de una atalaya olvidada, como el deseo de mi alma se esconde en el viento errante que viaja a las tierras de las emociones vagabundas. El sueño ha nacido, mi viaje ha empezado. El abismo ha despertado, y la noche quiere ser el coro de mi canción maldita. No me acuerdo de la última vez que se escucharon mis pasos en la angosta escalera que me conduce al templo del dolor, pero hoy su colosal luz atrae a todas mis palabras estériles. El desierto estalla en mi cabeza, el cielo se convierte en el cadalso de toda mi poesía y el camino es una pesada máquina de la ficción. El temblor esta vivo, y la caída tiene una disfuncional percepción de su cuerpo. El mundo se ha convertido en un inmenso remolino, todos sus colores y toda su música se mezclan en un baile que nunca quiere cesar. La sombra del viajante es mucho más pesada que él porque antes que su vela estuviera encendida tenía que haber estado apagada. El viajante lucha contra su sombra pero siempre es la nada quien dice lo que hay que hacer. Ojos plateados y sabios como el sol, boca enigmática y creadora como una caverna cuando grita, oídos resistentes como la concha de un caracol, pero la caída conoce su camino. El viaje continua, mientras las estrellas no dejan de inventarse el destino. Estoy de pie pero mi locura se arrastra por el suelo como un gusano baboso. Los ojos abiertos como una ventana indiscreta, mientras una pálida luz se pierde en el horizonte. El mundo gira junto a todas sus palabras y puedo escuchar el estruendo de todas sus cadenas. Al mundo le encantan las preguntas obscenas, por eso mi viaje debe de proseguir su curso, cuando estoy en trance, el río ya no esta congelado, debo de seguir su caudal de agua helada hasta los valles y las montañas donde se escucha el dolor. La caída no tiene ni origen ni final, por eso el narcótico del dolor hace tantas preguntas estúpidas. Estoy mirando por la ventana, pero la luz del mundo se burla de mí. Durante mi trance destruyo todos los muros, todos los rascacielos ficticios, todos los castillos de arena, entonces la luz empieza a sangrar las heridas del sinsentido. Las paredes sudan, el suelo pesa como el principio de los tiempos, y de pronto las ventanas se cierran, y me quedo a solas con la oscuridad de mi habitación. El viaje debe de continuar en mi interior porque nunca podré comprender el baile de los astros. De repente siento como un enano me estira de los calcetines y me desata los cordones de mis zapatos para que me caiga en la oscuridad. No me gusta que el enano me moleste cuando estoy en trance, porque es un ignorante, no conoce la oscuridad solo puede ver la luz, no puede sentir la caída porque vive en tierra firme, no puede explotarle el cerebro porque es una densa masa de metal. Siempre me interrumpe en mis viajes, y no puede soportar que sea adicto al dolor, se esconde en una caja de zapatos y actúa cuando lo considera oportuno. Entonces le digo: - "enano, tus huesos nunca crecieron por eso nunca te pudiste convertir en un hombre. Cuanto más grande sea tú cabeza, un desierto mayor podrá albergar, pero en la tuya solo puede caber un jardín de flores multicolores. Enano cuanto más alto es uno, más facilidad tendrá para que pueda saltar los muros, pero tú ni siquiera te puedes percatar de su existencia. Enano, el mundo es demasiado grande y complejo para ti por eso puedes ser feliz, pero cuando el mundo es más pequeño la soledad es más grande. Enano, si todo es tan grande para ti, puedes encontrar caminos en todas partes". El enano no me hizo caso y no dejaba de jugar con mis calcetines, no temía la sombra de mi zapato, porque nunca hubiese osado pensar que un solo paso mío es un auténtico suplicio para él. Me cansé de él, y lo dejé en mi caja de zapatos, para que continuase sus investigaciones, en el único sitio en donde merece estar. De pronto, sentí como estallaba uno de los rascacielos más importantes de mi ciudad espiritual, la soledad crecía en la penumbra y no dejaban de aparecer surcos en el suelo, que querían llevarme a través de su caída muy lejos en mi locura. Escuchaba voces de todos los abismos y yo intentaba refugiarme en un rincón en donde todavía existía tierra firme. Algunos abismos intentaban seducir a mis nauseabundos sentidos en los siguientes términos: -" vacío, la ficción como una máquina perfecta, diccionario de la desesperación, escondite existencial, la soledad que conoce todos los secretos de las matemáticas, el dolor como una droga que nunca se acaba su efecto, caída libre y sin compromiso, temblor gratuito y enfermizo". En cambio la otra clase de abismos me decían: - " la felicidad como un torrente de luz, una flor de plástico que nunca teme marchitarse, el destino como una tirada de dados en la que siempre se ha de ganar, la justicia poética como una necesidad natural". Los abismos no competían entre sí, e intentaban emular lo que acontece en la máquina del mundo. Cada uno tenía su propia región, de la cual era soberano. De cada surco salía una especie de insecto distinto, y no dejaban de corretear por mis paredes como si fuesen conscientes que en una habitación, pueden caber los deseos de todo un mundo. La caída en cada abismo era libre, del mismo modo que todos nuestros deseos son tan gratuitos como vanos. Estaba muy asustado, de pie en una silla, pues el suelo de mi vida me estaba dando una magistral lección a través de aquellos abismos nacientes. Seguramente no tendría tiempo de tomar una decisión, caería en cualquier abismo al azar, como acontece en toda locura descarriada. De cada abismo salía un vapor venenoso, y no podía respirar en mi habitación, lugar de alumbramiento de todos los abismos de la vida. Finalmente me decidí por el abismo que prometía una caída libre y sin compromiso, y el dolor como una droga que nunca se acaban sus efectos. Aunque aquella caída me hiciera perder la noción de la realidad para siempre y adorará al dolor, aquel enano me ordenaría mi habitación y la mantendría siempre pulida, en honor a su desaparecido dueño.

INTERROGARORIO

El señor Casimiro irrumpió bruscamente en la sala, acompañado de su comitiva de ebrios existencialistas. Los anteriores interrogatorios habían sido infructuosos, pues el acusado constantemente había mostrado síntomas de una debilidad mezquina e imperecedera. Las respuestas parecía que habían quedado ocultas en la tibia e imperturbable oscuridad de aquella habitación. Nadie conocía personalmente al interrogado, y de igual modo era ignorado su nombre, su linaje y su oficio. Presuntamente era un gran pensador, pero era tanta la incertidumbre, que cualquier rumor hubiera sido igualmente divulgado por la plebe. Pues el anonimato del procesado era un requisito indispensable para preservar la integridad, del procedimiento legal de aquella institución narcotizada y omnipresente. El proceso había causado mucha expectación y era la vanguardia de todas las jerarquías sociales. Nadie recordaba haber arrestado al acusado nunca, pero la verdad permanecía oculta en unos documentos que muchos meses atrás habían quedado archivados en alguna oficina de muy difícil acceso. Los funcionarios solo conocían al acusado por el tembloroso movimiento de su sombra, y por su indecisa voz que se ahogaba en los muros de la sala de interrogatorios. El acusado había sido objeto de muchas investigaciones clínicas, pero ninguno de los informes había satisfecho a aquellos que estaban encargados de evaluar su misteriosa personalidad. No se sabe cuando empezó el juicio, tan solo se puede apreciar que esta en una fase álgida, en que todas las opiniones son relevantes por muy insignificantes que sean. Sin embargo en el momento en el que se llega a un veredicto, siempre se descubre que las pruebas son inconclusas o que los cargos carecen de fundamento. Entonces la máquina logística debe renovarse y volver a reencontrarse con sus axiomas más elementales y simples. Es el transcurso de este singular juicio, como una tormenta en el cielo. Cada relámpago es una decisión inapelable, pero cuando se vuelve a escuchar otro relámpago destruye el anterior edificio burocrático, y vuelve a erigirse otro. Hasta ahora se han celebrado infinidad de interrogatorios pero todos han sido en vano. La razón es muy sencilla y compleja a un mismo tiempo. Las preguntas del cuestionario oficial son constantemente tergiversadas por aquellos que se encargan de redactarlas. Todavía nadie se ha dedicado a revisar las respuestas del acusado, la labor ha echado profundas raíces en analizar meticulosamente las preguntas. Podría parecer un problema banal, pero esta es una de las pocas instituciones jurídicas que tienen muchos más problemas en plantearse la legalidad de su procedimiento que en resolver casos reales y efectivos. Todavía no se ha podido preguntar el nombre al acusado, porque todavía se esta investigando el lugar en donde fue arrestado y la identidad de quien lo arresto. Los funcionarios tienen la obligación ciudadana de enfrentarse a una sombra, y no saben si están juzgando a un individuo o a una colectividad invisible, que un absurdo mito le puso accidentalmente el nombre de una sombra ahogada. Todo el mundo sabe donde reside el cautivo, pero a pesar de haberlo localizado e incluso apresado, nadie puede indagar acerca de los datos más superficiales y notorios de su identidad. Todavía no se ha podido fotografiar al acusado, preguntarle por su talla o peso. Incluso tampoco se conoce su sexo porque el tono de su voz es muy ambiguo. La habitación es muy oscura, y sus secretos más íntimos se hallan muy bien protegidos. Es una habitación sin ventanas, y el acusado hace uso de sus derechos constitucionales mostrando tan solo su sombra. Ninguna estratagema extraoficial ha sido eficiente para retratar de un modo eficiente al acusado. Solo se puede escuchar su turbia respiración y sus obsesas convulsiones en el suelo cuando aquella mística oscuridad tiembla como un moribundo descarriado. Tan solo se le pueden preguntar estos toscos e inútiles formulismos: - " ¿ el lenguaje acaba cuando le formulamos a usted una pregunta?, ¿ cual es la frontera entre la justicia, lo invisible y lo que vive fuera de nuestro mundo?, ¿ existe realmente una palabra digna de ser escuchada en el interior de las profundidades de la oscuridad?, sabemos que es absolutamente confidencial los cargos que se le imputan y la persona que lo arresto, ¿ pero es verdaderamente cierto que alguna vez usted fue acusado o arrestado?". Se desconoce si esta juzgando a un hombre a un dios, lo único de lo que se tiene constancia es que el lenguaje jurídico crece y se robustece. Es un árbol con infinitas ramas, que cada vez tienen mayor facilidad para comunicarse, pero cada vez el lenguaje entre rama y rama es más distante e inverosímil. El señor Casimiro estaba harto de la rutina de su procedimiento profesional, pero a pesar de todas las supercherías y todoslos abismos jurídicos contra los que luchaba y se querellaba a diario, sabía que era muy halagador saber a ciencia cierta que era la mano izquierda de la justicia. Sin embargo solo podía percibir el estruendo de los nervios de la mano, no conocía nada del funcionamiento del cerebro. Era una mano ciega que no sabía contra lo que golpeaba, solo podía sentir el impacto. Supuestamente el cerebro sabía contra lo que golpeaba, pero seguramente su visión debía de ser muy borrosa y pálida. Sabía que era el primer eslabón de aquella jerarquía jurídica, pero a pesar de ser el más sabio y el más poderoso de los hombres, tan solo tenía constancia de ser el rudo instrumento de un cerebro inexistente y omnipresente que no cesa de delirar. La manifestación objetiva de los designios de la justicia era puramente orgánica, los designios espirituales y objetivos de la justicia, estaban insertos en las leyes humanas pero su trascendencia estaba mucho más lejos de la inmanencia del pensamiento. El señor Casimiro iba acompañado por dos secuaces, llamados Constantino y Felipe. Eran hombres de vulgares costumbres, iletrados, y con el instinto abierto y pusilánime a la aceptación de nuevas expectativas. Siempre reclamaban a su jefe el uso de linternas cuando entraban en la sagrada habitación del reino de la justicia, pero este siempre les respondía: - "la justicia siempre debe ser ciega porque en caso contrario no es justicia. La justicia es la amante de la verdad, pero esta es tan bellaque nunca ha tenido la posibilidad de contemplarla. La justicia es ciega porque solo así puede ser testigo de todas las atalayas que le rodean. La justicia es instinto, un deseo natural que nunca puede ser objetivamente satisfecho, y por esta razón tiene que ver el mundo sin luz. Solo cuando
tiene los ojos cerrados puede verlo todo. Cuando nadie comparece ante la justicia es cuando la ilusión estalla, la máquina burocrática se pone en
marcha y el poder divisa todas las atalayas. La justicia es silenciosa y mezquina, porque las verdades más elevadas solo pueden ser conocidas, cuando
no han sido escritas, cuando ningún gesto intenta expresarlas y cuando nadie se pregunta acerca de su génesis o eterna manifestación. Enfrentémonos a esa
sombra, porque esa sombra es el dolor ciego e irreversible de la sociedad". Casimiro sabía que tenía razón, y sus discípulos debían de obedecerle. La
entrada en aquella habitación oracular era ceremonial. Casimiro como líder espiritual de aquella institución sagrada era el encargado de abrir la
puerta, y de adentrarse en aquella jungla crepuscular en primer lugar, porque sus temerosos discípulos todavía no habían edificado a la nada.
Entrar en aquella habitación era como penetrar en un embrión puro en donde esta sintetizado todo el pensamiento. A pesar de que habían hecho acto de
presencia en infinidad de ocasiones siempre temían tropezar en su interior a pesar de que no había muebles. Aquella habitación olía a sudor sucio, como
si se hubiese quedado encerrado en su interior el espíritu de otros testigos. Constantino y Felipe entraban atados en una cuerda, para evitar
una inesperada explosión de júbilo o melancolía causados por el hacinamiento que los motivase a intentar alumbrar aquella habitación por medios físicos y
no espirituales. Casimiro no temía a sus pulsiones interiores, y era el único cuerpo que sabía que no tenía ojos en lo más hondo de él, sino que lo
más íntimo de su esencia era un vacío cósmico inexpugnable. Constantino y Felipe siempre berreaban como corderos asustados, pero Casimiro hacía uso de
una metodología infalible para hacer callar a sus asustados discípulos. Tenía posesión de una segunda cuerda atada en sus dos bifurcaciones a los
pies de sus ayudantes, y los hacía caer al suelo cuando la locura se apoderaba de ellos. Siempre veían como la sombra se paseaba por las paredes,
como si fuese una idea maldita que espera despertarse en cualquier momento. Corrían rumores de que aquella sombra era un dios burocrático que había sido
apresado para apaciguar la insidiosa culpabilidad colectiva. Había motivos para plantearse seriamente esta hipótesis, pero las leyes de aquella
narcotizada sociedad no disponían de ningún artículo que hablase acerca de este contratiempo, sin lugar a dudas se trataba de un vacío legal. En esta
ocasión no habían informado a la comunidad de su visita al preso. Casimiro no quería ser un funcionario autónomo e independiente, pero aquellas leyes
invisibles habían llenado de gusanos su cerebro, y sus decisiones administrativas eran absolutamente impredecibles. Nadie sabía si aquel preso
era un profeta, pero todos los miembros de aquella silenciosa comunidad espiritual se habían enamorado del misterio de su sombra. Algunos decían que
aquel preso no era orgánico, sino que era una sombra que había emergido de algún abismo desolador y desconocido, de un modo espontáneo. Sin embargo
esta posibilidad era visiblemente contradictoria, porque su sistema administrativo no puede ir tan desorientado como para no saber que aquel
hombre existe aunque solo de un modo absolutamente abstracto, y que en un momento indeterminado de la historia fue arrestado por un funcionario
desconocido. Aquella puerta no tenía cristales para que no se mezclase la luz del mundo ordinario con la hacinada luz de aquella sala de
interrogatorios. Había que abrir y cerrar la puerta en una maniobra muy sutil que muy pocos funcionarios conocían, para evitar la existencia
simultanea de dos dimensiones existenciales tan contundentemente conflictivas entre sí. Habitualmente si alguien ajeno a aquella comunidad
espiritual quiere adentrarse en la sala de interrogatorios (por ejemplo un periodista o un ciudadano anónimo que ha ganado en una lotería clandestina),
suele padecer inhumanas angustias. El silencio escondido del alma nace de un modo exabrupto y tajante, no se puede pronunciar palabra alguna, la memoria
se pierde para siempre, los ojos se nublan como en la más arcaica de las tempestades, y el pensamiento se queda sentado eternamente en un diván
maldito. Son necesarias ceremonias propedéuticas para que el desierto no crezca en tierras hostiles. Hay que fingir que uno es un artista del
silencio, hay que creerse que el sufrimiento y el placer no pertenecen a los anónimos pasos de un viandante en un callejón oscuro y sin salida. Hay que
respirar la inmundicia sin ruborizarse, hay que buscar caminos que no existen para que se diluyan en la vista de la misma manera que cuando
mezclamos algún disolvente con la cuchara en un vaso de agua. Cuando los distintos testigos de lo inescrutable discuten acerca del tono de voz de
aquel preso nunca pueden ponerse de acuerdo (seguramente su prodigiosa voz tiene la potestad de escucharse de un modo distinto en la percepción de cada
individuo). Unos dicen que su sombra viaja por las paredes, otros que se mueve por el suelo y otros dicen que tal sombra no existe. Se le atribuye
secretamente a la experiencia estética del señor Casimiro como si fuese un compendio de todas las impresiones posibles, pero también se rumorea que su
percepción de la realidad sigue siendo igual de exigua e ignorante. En esta ocasión el protocolo era demasiado improvisado por no decir disfuncional.
Sus esbirros administrativos entraron sin el yugo de su líder espiritual, y el señor Casimiro entro sin su carpeta en la que estaban redactadas todas
las preguntas que eran de ley. Nunca se sabía si en aquella habitación haría mucho calor o si habían de enfrentarse a un frío glaciar. La vestimenta era
absolutamente aleatoria. La oscuridad causa extrañas reacciones orgánicas, pues a veces se siente un calor nihilista, un frío reaccionario o una mezcla
de ambos. Cuando entraron en la habitación la sombra los estaba esperando sentada en el suelo, y causaba la extraña sensación de que siempre hubiera
permanecido allí. Los subordinados de Casimiro y su persona estaban asombrados porque por primera vez se pusieron de acuerdo acerca de su
ubicación exacta. El preso les dijo en un tono de voz tajante e inconfundible: - "¿porque no os quedáis a vivir en esta habitación para
siempre?, de esta manera tendréis la certidumbre de que nunca podréis conocerme. Si vivís fuera podéis imaginar como soy hasta la saciedad, pero
aunque vuestras divagaciones sean absolutamente erróneas al menos tendréis una idea confusa de quien soy. En cambio si os quedáis a vivir aquí seréis
vosotros los interrogados, y me divertiré viendo como bailan vuestras sombras en la pared. Nunca podréis mover la mía porque es demasiado pesada,
os aconsejo que no practiquéis la retórica, porque no existe retórica más sublime e instruida que aquella que vive en el vacío y la oscuridad. Tened
paciencia serviles funcionarios todavía podéis hacerme preguntas para demostrarme que soy apto para ir más allá de las fronteras de esta
habitación condenada a la ignorancia y el olvido. En esta sala no se puede aprender nada, por esta razón soy el más sabio de los hombres. Este hecho
decanta la balanza a mi favor en esta turbia batalla de la razón contra el connatural terror de la vida". Casimiro estaba muy afligido y sus discípulos
seguían las huellas de su maestro en las desoladas tierras del olvido. No había tenido la tentación de penetrar en el área sagrada, porque los abismos
del pensamiento siempre han sido un tabú para la introspección del sujeto y para toda la humanidad. Aquella oscuridad era mística y no necesitaban velas
para apaciguar a los latidos del corazón extraviados en el sinsentido. La sombra era un eficiente abogado del diablo, un orador que pronuncia su
sermón en lo más alto de una montaña mítica, un constructo irracional que golpea con más dureza que un martillo, el anillo de compromiso con los
sueños desolados, el principio y el fin de la era onírica: el necesario cataclismo de los sentidos ante la sublime fuerza de la nada. Constantino
que tantas veces había visitado aquel pagano templo de sombras, no sabía como dirigirse ante su único dueño y señor, pues por primera vez en su vida
había adivinado que no era un investigador sino un lacayo penitente de las arrogancias de un mundo impersonal. El sudor le caía por la frente en una
procesión interminable, sentía que la realidad era un campo de fuerzas ficticias y anónimas que no podían encontrar un campo de batalla. Felipe
estaba adormecido y tenía un dolor de cabeza muy pesado, creía que era una pesada piedra que se precipitaba desde lo más alto de una colina tras un
alud. Aquel imposible dialogo con aquella sombra, era como hablar con la muerte con pesadumbre y a escondidas. Aquella sombra hablaba con los
temblores del tiempo, con una luz condenada que nunca ha tenido la potestad de alumbrar nada, con una experiencia vital aleatoria que se burla de los
cimientos del pensamiento. De pronto aquella sombra oracular volvió a dirigirles la palabra: - "si no existen muros en vuestra morada espiritual
no podréis defenderos contra la intempestiva tormenta de la existencia. Sois vosotros como un helado que se derrite en un día veraniego, vuestras casas
están hechas con migas de pan, vuestros deseos son sudor infecto que nacen en el vacío y mueren en el vacío. Si queréis resguardaros de la tormenta, no
llevéis paraguas, ni siquiera os vistáis, dejad que la vida os atropelle como una apisonadora, dejaos atropellar, pues si habéis consumido la droga
del dolor que venden en cualquier oficina, no os sentiréis como personajes atropellados, sino como fieles devotos de un gigante al cual no queréis
perturbar su recto camino con vuestras impertinencias". Casimiro sintió extrañas convulsiones, y se revolcaba por el suelo complaciéndose al tener
el honor de ser un miembro activo de aquel dolor orgiástico, que era el mayestático pendón de aquella habitación insonorizada a las sensaciones de
la vida. Poesía y movimiento, inspiración y ritmo, consignas anticuadas, pero útiles y necesarias como obedecer las ordenes de un oficial en el
ejercito. Casimiro y sus discípulos querían ver a su dios para adorarlo, querían conocer a la sombra anónima de la que emana todo lo existente,
querían verlo para soñar que se asemejaban a la perfección, no les importaba convertirse en los siervos de un recluso, querían estallar en el vacío para
que la grandilocuente proyección de su ser, se asemejase más a un sufrimiento tan inexistente como necesario que a una herida estigmatizada
que estamos obligados a ver sangrar de por vida, ante la sátira mordaz de todos aquellos personajes ilustres que nos rodean. Aquella religión
minoritaria tenía que tener un rito iniciatico. El primer paso era ver la descarnada figura opiácea del dolor, con el propósito de enmudecer para
siempre como lo hace una obra de arte. Había que iluminar a un dios que nació siendo sombra, para ser participes de su misterio. No había ventanas
en aquella habitación, tan solo una oscuridad asfixiante, que había de estallar en cualquier momento. Una vela helada y fantasmagórica sería
suficiente para desencriptar su misterio. Casimiro cogió una vela que casualmente había aparecido en el suelo, de la misma manera que un conflicto
turbio hace acto de presencia espiritual en un sueño, y la encendió con un soplo frío. Constantino y Felipe estaban arrodillados en el suelo rezando, y
observaban como aquella llama espectral era la única que podía mostrar la decrepita desnudez espiritual de aquella habitación. Entonces entendieron
que aunque hubiese instalación eléctrica en aquella sala de interrogatorios no hubiesen podido ser testigos de su siniestra espiritualidad. Aquella
habitación era como una jaula inmensa que albergaba a una bestia hambrienta. Tan solo había una silla, y su anfitrión estaba sentado de espaldas. La sala
estaba muy sucia, el suelo era cemento mal pavimentado y había muchos boquetes en las paredes. De pronto el interrogado les dijo: - "atrapadme si
podéis". No les quería enseñar el rostro y corría de espaldas a ellos. Los ángulos de visión de aquella sala de interrogatorios estaban malditos, y
solo podían ver a su cautivo desde una perspectiva rígida. Casimiro y sus esbirros intentaron perseguirle, pero los pies les pesaban como el plomo.
Llevaba pantalones de pana, una camisa a cuadros y un sombrero campestre. Tal vez no se diesen cuenta de que se habían convertido en sombras y no
dejaban de pasearse por la pared al azar. O tal vez intentasen huir de su perseguido sin ser conscientes de ello. De todos modos jugar con el
sufrimiento eterno puede resultar lúdico para algunos. Creían que habían dado muchas vueltas alrededor de la habitación, pero cuando volvieron a
percibir la firmeza de sus pies pegados en el suelo como si de un caramelo derretido se tratase, se percataron que no se habían movido un ápice de su
posición originaria. Aquel individuo continuaba de espaldas, y recelaba de mostrar su identidad a sus huéspedes. De pronto aquel sillón giratorio dio
la vuelta sin que el cuerpo del sentado diese muestras de moverse. Y pudieron ver quien ocupaba el trono de una dinastía extinta, quien era la
sombra misteriosa y sabía que velaba para que el terror de la ignorancia se extendiese, quien era aquella identidad rota que se forjaba en secreto en el vacío: un muñeco de paja.

UN MINUTO

Dicen algunos que vivimos dentro de un reloj. Agujas cortantes, ebrios movimientos que destruyen con su peregrinación cíclica las penitentes bestias que viven en el sagrado círculo. Agujas que vuelan como una flecha encantada y mecánica hacía la infatigable búsqueda del vacío. Camino inexistente e incendiario, mientras el reino del este intenta convertirse en una sombra sagrada para evitar la visita del más omnisciente de los testigos. La aguja se acerca con su cortante filo y con su limosna metálica quiere continuar dando un nombre a lo que no lo tiene. No se escucha su sonido, mientras el escarabajo que vive en el pendón del reino del este con el vibrar de sus raquíticas patas, baila para que nadie sepa que la música del tiempo esta cerca. La aguja quiere cortarle las patas para que no se escape porque se ha enamorado de su tronco negro. El reino del este enmudece, porque el cielo esta pintado con el color del vestido carnal del escarabajo. La aguja no quiere oxidarse porque cuanto más corta, más pura se vuelve. El reino del este quiere perfumarse con la fragancia del misterio de la oscuridad, no quiere tener edad, no quiere que el destello de luz de la aguja la ciegue. El escarabajo es su dios y su mito y la aguja quiere mutilarlo. La aguja no tiene dimensiones pero sabe hacía donde viaja la luz que se proyecta hacía el infinito. El escarabajo quisiera esconderse en la caja de su alma, pero la aguja, agujerea la caja para que entre la luz y para que muera de agorafobia, y por los baños de color sarcásticos de toda la gama multicolor de la realidad. La aguja no baila como si de una sombra maldita se tratase, pero el reino del este no la cree y viste a su escarabajo de luto, para que su espíritu pueda respirar tranquilamente en su sepultura. La bandera ondea a media asta, y la aguja se acerca sin saber que pertenece a una fábrica de pesada ficción que no ha sido creada por nadie. Desconoce el aspecto de la plateada luz que baña a su afilada punta cómplice y chivata, de la misma manera que no podemos tener constancia de la expresión de nuestro rostro a cada instante. El imperio del este ha caído, y el escarabajo crepuscular ha sido mutilado. La aguja se dirige hacía el reino del sur. Una mariposa coqueta y afectada de una turbia feminidad, vive dentro del pendón del imperio del sur. Revolotea cerca de las almenas de su castillo inexpugnable, y a cada movimiento de sus alas, los pigmentos de su vestido estético no cesan de cambiar. La mariposa vuela ajena a la visita apocalíptica de la aguja. La aguja quiere diseccionarla, pero la mariposa es mágica y solo le importan sus colores y no el tiempo. El sonido de la aguja se escucha y es el fiel reflejo de los lúgubres latidos de la vida. La mariposa no mira nada, ni escucha nada, solo le importan sus colores, la aguja esta hecha de metal y de chirridos, la mariposa nació de una suave melodía y de los colores de gala del cielo más solemne. La aguja baila en silencio y en la soledad, la mariposa baila en un agujero remoto del tiempo. Ambos tienen muchas cosas en común y deben de encontrarse. La mariposa quiere sentarse en su trono para morir como una reina altiva. En el cielo apocalíptico puede verse como crece la aguja. La mariposa ha sido diseccionada, el imperio del sur ha sido conquistado. La aguja continúa su labor en otra fase productiva y se dirige al reino del oeste. El reino del este y del sur se han convertido en las palpitaciones de las sombras de unas cenizas sucias. La aguja continúa girando sin pensar, porque el tiempo no piensa solamente produce. El reino del oeste es un inmenso desierto fronterizo con el fin del mundo y del tiempo. En su pendón vive un león orgiástico de la nada, tímido y salvaje, robusto por la soledad y asesino de lo que nunca ha podido existir. Las pisadas del león se extienden en la arena, como los suspiros esquizofrénico- galopantes se extienden en el cielo, como chispas fugaces y penitentes. La aguja cuando se pasea por el cielo del reino del oeste, quiere ahogar al desierto con una oscuridad asfixiante e impía. El desierto es aire y arena, el león solo esta hecho de suspiros contaminados y de cenizas doradas. El león y el desierto son lo mismo, pero la aguja sagrada quiere fracturar su megalómana alma. El león mira como la aguja corta el cielo: "como el timón suicida de un barco quiere arremeter contra un acantilado para naufragar". El león se vuelve raquítico, sus dientes se convierten en hielo, sus poderosas patas se convierten en granos de arena indiscernibles, sus ojos quedan teñidos por aquel cielo oscuro y profano. La Áurea luz que no dice nada, pero que dice todo acerca de la soledad ha desaparecido. La oscuridad es el nuevo caudillo, de un desierto antes virginal e inocente. La aguja del reloj ha dado toda la vuelta alrededor del desierto, y ha tomado posesión de sus tierras. Se dirige hacía el norte. Esta es la última parada de su trayecto. En el pendón del reino del norte vive un cuervo. Aunque esta bañado de sangre no le repugna su delito, porque al guardián y dios de la muerte, es el único cómplice y aliado del peregrinar de la aguja. No le importa que destruya su reino cada vez que se cruza con él, porque vive en lo más alto de la montaña onírica, y todo lo sarcásticamente liviano del reloj es el estigma de su espíritu. El cuervo no tiene reino porque vive en todas partes, e intenta cantar imitando el chirriar de la aguja. El cuervo vive en el norte pero a veces se va de viaje. La aguja respeta al cuervo, como la muerte respeta al silencio. El cuervo no es un poeta, pero es el rapsoda de la aguja. La aguja quiere volver a destruir al reino del norte, pero al cuervo no le importa porque la poesía de su esencia esta hecha con la fragancia de sus plumas negras. A la aguja no le interesa armar barullo, solamente quiere peregrinar en silencio, el cuervo es su compañero de viaje y por eso sabe tanto de su señor. La esfera esta a punto de congelarse, porque todos los reinos han quedado en ruinas. La aguja ha saludado al soberano del reino del norte al pasar por él, pero el cuervo ha vuelto a quedarse cataléptico en su divino trono. Cuando despierte la aguja volverá a emprender el viaje, y volverá ha seguirla. La mística ha concluido: solo ha pasado un minuto.

EL HABITANTE DE ESPEJO

Quiero hablar con el espejo eterno, con la memoria encantada de la sustancia del mundo, con el viaje onírico por excelencia del divino cosmos, aquello que garabatea cada día la vida con temblor profético, el pedestal infinito y sin dimensiones que gobierna sin rey el alba y el ocaso de las letras y de la historia. Un espejo sin un banco de niebla pero tampoco sin lenguaje artístico, que vive en las galerías subterráneas de nuestros sueños prohibidos. Algunos dicen que el espejo es un ojo en el interior de otro ojo, y otros creen que es una bestia abismal primigenia y arcaica. El espejo aparece cuando una luz ultramundana lo alumbra en la penumbra de la eterna noche del pensamiento. Cuando se escucha una música espectral que intenta emular con su desgarradora melodía el color negro de las sombras sin dueño. Espejo sin religión, cosmicidad adulterada y narcotizante, camino infinito que empieza en el vacío, yo te invoco, haz acto de presencia espiritual, ahonda en tus pasos para que podamos seguir tus huellas. Un torrente de luz impío y opalescente, se proyecta fuera de la jaula con barrotes punzantes en donde vive mi respirar. Es un cuadro eterno y vacío, arte inmortal, es como mirar agua transparente donde no hay nada pero esta todo. Quiero dialogar con esa masa amorfa y onírica y de conocimiento exabrupto, para que me rebelen los secretos de las montañas inexploradas del deseo. De aquel espejo virginal, surge una de sus infinitas manifestaciones eternas que tan solo los hombres pueden ver, porque tenemos los ojos de plástico. Es un cuervo con el plumaje ensangrentado, mirando los surcos encantados del cielo, con los ojos brillantes como el rojizo horizonte, y sosteniendo el sueño de la vida con sus parpados escultóricos. El cuervo vive en el espejo, como nuestros sueños malditos viven en las tranquilas aguas de un río transparente. No dice nada, no mira hacía ninguna parte, con solemnes graznidos y cánticos instintivos de herencia ancestral, habla con la eternidad. Tiene las alas metálicas para surcar con mayor solemnidad el cielo apocalíptico, consume narcóticos hechos con ceniza, y sus plumas son del color del cenit. Quiero hablar con el cuervo para que me narré su viaje estático y eterno, incrustado en las profundidades de aquel espejo roto: - "cuervo, ¿eres una estatua de hielo que nunca teme derretirse?, ¿un suspiro pestilente?, ¿un sueño maldito que nunca ha cesado de caer en un abismo que nunca cesa?, ¿escribes con sangre las crónicas de la maldad de la naturaleza y la vida? Dime cuervo, ¿el sueño alguna vez despertará de su pesadilla?, ¿o tal vez la vida no es más que un espeso banco de niebla que viaja hacía la deriva? ¿Donde esta tu templo?, ¿en la eterna soledad de las estrellas o en los oscuros laberintos de nuestra experiencia cotidiana? ¿De que esta hecho el cristal de tu prisión inmortal?, ¿de la cúpula del cielo que es la frontera de las tierras de la poesía o de un vacío del cual están hechos todos los seres?". El cuervo petrificado en el cristal y hablando desde la eternidad, me miraba incrédulo. No podía concebir que la melancolía quisiera romper el espejo, para conceder la libertad del tirano, para que gobernase su profecía de ave carroñera. No quería atender a mis suplicas y me respondió: - "edad terrible, donde la música se compone con los huesos de la muerte y la podredumbre. Edad terrible, donde los palacios se construyen con el aliento congelado de los dioses profanos. Edad terrible, donde los temblores de la tierra emergen al mismo ritmo que los delirantes espasmos del artista cuando crea. Edad terrible, en que el espejo de mis ojos es el espejo del mundo. Edad terrible, en que la poesía no viaja en las letras sino junto a la brisa espectral que viaja hacía el mar del olvido. Edad terrible, en que el hombre no dispone de islas ni de continentes sino de un mar olvidado y azotado por las tempestades. Edad terrible, en que el sueño se vuelve cada vez más claustrofóbico y universal". Cuando el cuervo enmudeció el eco de sus palabras viajaron hacía tierras lejanas, porque el magnetismo de sus palabras era demasiado pesado al provenir de la eternidad. Era una explosión demasiado violenta, como si cada una de sus silabas fuese un tajante cuchillo que quisiesen clavarse en mi pecho. Quería romper aquel espejo, para liberar aquel cuervo de su cautiverio, pero no podía hacerlo porque si no podemos liberar a una fotografía de su hermetismo existencial, tampoco podemos hacerlo con la idea misma de la eternidad. No se puede romper el espejo de la eternidad, y la sagrada alegoría del cuervo que habita en su interior. El espejismo del dolor es sagrado, porque solo él puede hablar desde la eternidad, mediante su anticuado discurso punzante. Un vapor rosáceo cubre al espejo y el sacrosanto retrato del cuervo. El espejo quiere desaparecer porque ya me ha revelado su inconfensable secreto. Ya no puedo ver al cuervo, pero todavía puedo escuchar su interminable monólogo: - "edad terrible, el sol esta triste en el horizonte del mar opalaceo, y eclipsado por vapores etéreos, llora por iluminar a la eternidad con su conocimiento inútil. Edad terrible, la luna es el desierto de los poetas. Edad terrible, el tiempo es como un cuchillo asesino que no vuela sino que se encoge cada vez más. Edad terrible, la música de la vida se hunde en las profundidades de la tierra, y vuelve a emerger su angustia existencial a través de cataclismos. Edad terrible, mis ojos ya no son del color de ninguna piedra preciosa sino del vacío cósmico. Edad terrible, la luz solo viaja para volatilizarse en la penumbra. Edad terrible, no soy una metáfora, ni tampoco soy un dios, solo soy la fatalidad. Edad terrible, porque todos estamos hechos de lo que no existe. Edad terrible, porque el dolor es la sustancia del mundo, y su solo movimiento es sentir la pasión del sufrimiento. Edad terrible, la vida tiembla gratuitamente. Edad terrible, porque el horizonte puede estar en cualquier callejón oscuro, en cualquier estrella ornamentada con diamantes malditos, en cualquier pasillo subterráneo y en cualquier cabalgar en el cielo. Edad terrible, vuelvo a la eternidad porque no puedo hablar a los mortales acerca de su sueño. Edad terrible, el espejo no refleja nada.

CUERVO ASESINO

La ventana de mi habitación esta abierta como una herida que no ha podido cerrarse. Dolor vertiginoso invade mi alma, como una canción eterna que se extiende como una plaga hasta el horizonte. La noche habla con los destellos inmortales de la luna, y con un infinito palacio de estrellas que alberga huéspedes de toda estirpe. Una brisa heráldica penetra en mi habitación como un chorro de agua congelada en un vaso vacío y desértico y me cuenta: - "viene nuestro señor, el único habitante de un sueño olvidado, un oráculo de intachable reputación, la voz de los astros extintos y el trovador de las montañas volcánicas de la luna. Escucha su voz porque es de un paladar exquisito, sus versos rompen cualquier espejo existente en el alma. Es un poeta que tiene sed de las desdichas de ídolos crepusculares. Mira el cielo como si fuese la estampa de un dios que no puede enseñarnos su rostro, entonces comparecerá". Miré al cielo y pude apreciar como estaba vestido de luto, el infinito vacío de mi alma comulgaba con él a través de un sueño eterno. De pronto, pude ver como un monumento que siempre ha estado en el mismo lugar y nadie se ha percatado jamás de su existencia, se hacía visible a mis ojos mortales. Era un cuervo ensangrentado que había viajado hasta mi ventana, a través de un túnel secreto de una dimensión onírica inédita. Me miraba como si fuese el guardián de un tesoro secreto, oculto en una galería subterránea. Yo lo miraba como si fuese un artista silencioso que todavía recuerda el mundo cuando no existía. Extendía sus alas histérico, como si pretendiese continuar con su sagrado peregrinar en la penumbra, pero por algún motivo se hubiese quedado encerrado en alguna estancia prohibida del inexpugnable castillo de la conciencia, y no pudiese salir. Siempre pensaba y viajaba a ciegas, esta clase de contratiempos eran habituales en él. Entonces yo le dije: - "cuervo asesino, ¿has vuelto a hacer uso de tus pérfidas artes carroñeras en el desierto de la conciencia? No puedes negar que esta sangre no proviene de los más oscuros sueños de la humanidad. ¿el cielo no es lo suficientemente grande para ti, y tienes que esconderte entre los muros de la poesía?. Dime, ¿ con quien te has cruzado en aquel callejón sin salida en el que morabas ya fuese ayer o en otros tiempos?. Las gotas de sangre que se derraman de tus plumas son un testimonio incontrovertible de tu crimen". El cuervo, confuso y mutilado de emociones, respondía a mis preguntas a ciegas, desde ayer y mañana a un mismo tiempo. Salpicaba los cristales de mi ventana con su sangre, como si por algún extraño conjuro, no pudiese dejar de emanar la sangre de sus crímenes arcaicos y venideros. Entonces habló desde el vacío cósmico que se extiende por doquier: - " soy aquel que escribe la crónica de sus días con agudos puntillazos desde su mutilada mente. Soy un artista del crimen, un artista de sueños imposibles. Mis ojos son los de la luna, mis alas son el fluir de la vida en los cielos más apocalípticos. Siempre que asesino, comulgo con mayor perfección con la oscuridad, que mora más allá de las islas de nuestros pensamientos". Monumento a los poetas malditos, monumento a las estaciones desaparecidas que han dejado su turbia herencia en el recuerdo. El cuervo moraba en mi ventana, como una página que se ha arrancado de un libro de artes ocultas y no quiere volver a él. Hablé desde lo más hondo de mi cueva y le dije: - " cuervo asesino, ¿ matas con lo que dice el silencio o con tu pico infectado de inmundicia?. Cuervo asesino, ¿ matas con el destello secreto de las estrellas o con el recuerdo de la primera explosión que despertó a la nada de su letargo?. Los callejones sin salida, duermen con el opio de tu inmensa sombra. Tus ojos todavía no han podido ver nada, en el interminable desfile de sombras, que es la vida. Tus víctimas se asustan porque no eres de este mundo, tú todavía existías cuando el cosmos no había aprendido a respirar. Ave de inmaculada ciencia, el asesino predilecto de los sueños malditos, ¿ porque te ha conducido tu laberinto infinito hasta mis labios congelados y antárticos?. Eres una estatua dormida, un asesino que maldice eternamente al artista que lo creo porque todavía no ha podido verse en ningún espejo". El cuervo graznó, y la onda de su sonido profano, llego hasta mí como si fuese una espiral que va creciendo, un arco- iris que no cesa de crear colores fantásticos. El cuervo quisiera que alguien lo viese en la penumbra, pero en las tierras encantadas en donde habita no puede verlo nadie. Entonces el cuervo habló: - "soy aquel que nace para demostrar que la oscuridad existe, soy el cómplice de los suicidas en las noches crepusculares. Soy la escalera que lleva a los poetas malditos, a las profundidades de la tierra. Soy la escalera, que lleva a los sueños opacos y que se diseminan alrededor de todo el cosmos, hasta lo más alto de los cielos. Vuelo en el sol que rinde honor a los héroes, y en la luna que corteja con su magia a los sonámbulos de la vida, aunque siempre he sido el habitante de tu ventana sagrada, que vela en lo más superficial y lo más hondo de tus heridas. ¿ quieres que te hiera de muerte para que puedas crear desde la penumbra de mi sueño oscuro?. Deja que entré en tu casa una estatua sagrada, un monumento a la ceguera y a la inmovilidad de la vida. Los latidos de tu corazón han temblado demasiado en el vacío, y necesitan saber que es lo que mueven". El cuervo estaba expectante al filo de mi muerte, como una ola gigantesca esta a punto de embestir a un barco fantasma en el océano de un sueño sagrado. Estaba posado en el último peldaño antes de entrar en el altar de mi vida. Entonces yo le respondí: - "cuervo asesino, francas queden las puertas de mi castillo, ven con tu enfermedad y con tus plumas que no cesan de sangrar la perfidia de tus crímenes. Entra en mi herida, entra en mi casa, monumento sagrado prosigue tu camino en tu laberinto infinito. Yo seré tus ojos y tú serás mi oscuridad". El cuervo entró en mi casa y se posó en la estantería de mi habitación, en donde había libros repletos de polvo y de oscura ciencia. Entonces le dije: - " cuervo asesino que tu enfermedad llegué hasta lo más hondo de mi ser". Entonces el cuervo, como un ave carroñera oculta entre las ramas de un árbol fue a abatir a una presa indefensa. Me picoteó en los ojos para que fuese su vista en sus sueños malditos. Después voló hasta los cielos, mientras bailaba con una locura indómita alrededor de la luna. La luna se había vuelto roja, como el cuervo asesino y embaucador.

¿CÓMO DE BAJO?

Cuanto más bajo se dicen las cosas; con mayor eficacia lo entenderán mis ojos que trasnochan. No es silencio lo que piden las palabras envenenadas sino que su presencia se confunda con ligeros martillazos en la pared. Habla bajo sueño crepuscular, porque tu murmullo infame no tiene eco en las lejanas luces de neón de la ciudad. A veces creo que los versos cautivos, pueden ser raptados por el sonido de cualquier coche que deambula por la calle, hacía un destino incierto. Me gustaría esconder las profecías eternas detrás de los muros de mi alma, pero aúllan como perros apaleados. No saben donde están, en ocasiones son un ruido que pueden construir vagamente todo lo que les rodea, y a veces son una idea que puede encarnarse en cualquier emoción por fugaz y ebria que sea. No se como de bajo deben decirse las cosas para que el sol no me vea cada vez que se despierta en el horizonte. Quisiera cerrar las puertas y las ventanas, apagar las luces, y perderme en mi solitario respirar. Aislarme dentro de una botella opaca y vacía, y percibir la eternidad en su interior. Suenen los días como una metáfora vacía, como un signo sagrado que tiene infinitas manifestaciones e infinitos senderos. Quisiera ser una estatua que nadie ha visto ni ha creado jamás, un sueño perdido en una estrella lejana que nadie ha podido encontrar jamás. Un secreto debe de ser pequeño como una aguja y con él hemos de tejer toda nuestra vestimenta espiritual. Con esa aguja se puede coser el cielo y las estrellas, las supercherías y la ciencia. Cuanto más bajo se dicen las cosas, más posibilidades existen de perderse en un sueño. En un sueño profundo como un pozo sin retorno, y sabio como un mendigo que conoce todos los países. Si las palabras tuvieran tamaño me gustaría que las mías fuesen un grano de arena, que viajasen en el desierto, y que nadie pudiera saber quien estuviese hablando aunque pudiese llegar hasta el desierto. Los sueños y la vida son un misterio que solo pueden conocerse en la oscuridad. Por eso cuando habla la vida el espíritu calla y cuando la vida calla el espíritu habla. Las voces no tienen que ser psíquicas para que lleguen al alma, un desfile de sonidos inocuos es suficiente para que florezca la flor maldita en mi sensibilidad. Hablo bajo porque no estoy hablando con el tiempo, sino con lo marchito, con aquello que juega a ser nómada, en su incorruptible oscuridad. Escúchame cuando te plazca porque mi arte es muy humilde, solo soy un sonido ahogado atrapado en un papel arcaico. Escucha lo que quieras porque eres tu quien descuartizas el fruto sagrado de lo ininteligible. Hablo bajo como una mosca moribunda, como un recuerdo en ruinas, como una piedra negra que puede predecir el futuro. Dime donde empezó el pasado y yo te mostraré donde se escuchó por primera vez la primera estrofa de un poema profano. ¿A quien estas buscando voz temblorosa y decrepita? No eres más que una quimera que nunca nació en ningún lugar. Cuando imitas el sonido solamente puedes ser las ultimas palabras de un moribundo, cuando imitas a los colores solamente puedes ser un negro cósmico que no puede reencarnarse en ningún lenguaje, cuando imitas al tiempo no puedes ser jamás su música. Hablo bajo como un sueño que descansa en las tierras de la nostalgia incolora, como una obsesión que colma su pasión con un sudor multicolor que no es de este mundo, como un cuento que se escucha en las callejuelas besadas con malicia por la noche. Dime donde acaba el camino de la poesía enlutada y yo te diré donde empieza. Escúchame mirando hacía otro lado y mírame cuando no quieras escucharme. Vuelo miserablemente como si el humo de la chimenea en vez de soplar hasta el cielo quisiese caer hasta el suelo. Soy una astilla que nunca acaba de quemarse en la hoguera de la poesía. Hablo bajo como una fotografía borrosa pues sale pigmento del papel para mezclarse en un banco de niebla nómada. Soy una palabra etérea que se ha quedado atrapada en un río congelado, y sabe que no tiene camino ni en el cielo ni en la tierra. hablo bajo como un disparo que se ha quedado suspendido en el aire, como un signo de interrogación que no cesa de hacer contorsiones como el más claustrofóbico de los artistas, como un pozo que se ha llenado de inmundicia y ya no tiene profundidades en que instruirnos. Primero dime hola, entonces yo te diré adiós, después vete y no te perseguiré, entonces sabré que el silencio no tiene estaciones. Luego pensaré en voz baja como si temiese que alguien me escuchase, o que mi lápiz supiese lo que estoy escribiendo: "no he hablado bajo".

SOLEDAD NEGRA

La soledad negra viaja en el reflejo de mi pesada sombra, con un penar inverosímil y absurdo. No tiene ni palabras, ni colores, porque no necesita ni hablar, ni dibujar, su existencia. Es una sombra mágica que no imita a las formas de la vida, tan solo es un recuerdo eterno que existió antes de que nacieran la voz y la belleza. La sombra esta hambrienta, pero su condena reside en no morir de ninguna hambruna. Es un alma desahuciada, y no tuvo ni padre ni madre, el vacío cósmico la creo para vergüenza de su dueño. Mi sombra es una alegoría sagrada de mi cuerpo, y se mueve en la pared como un sueño obsceno que se ha evadido de mi corporalidad. Es silenciosa, y nadie puede escuchar sus agonizantes gritos en el vacío. La soledad la contagia de una enfermedad desconocida e incurable, y se expande hasta lo más hondo de nuestro agujero que nos separa del mundo. Nuestra sombra es mucho más sagrada que nuestra imagen en un espejo, porque nuestra alma no tiene rostro. No intenta imitar la perfección o la imperfección, tan solo lo invisible. La sombra esta condenada a ser libre, y por eso sus plegarias no pueden escucharse nunca en este mundo, sino en una esfera de realidad estática. No es la sombra quien se mueve soy yo, de la misma manera que no soy yo quien me muevo sino mi sombra. Esta hecha de lo que no existe, por eso el lecho de la soledad habita en ella. No es testimonio de lo que acontece porque ella misma es lo que acontece. La soledad negra vive en una casa que adopta infinidad de proyecciones de sí misma, pero que solo tiene un vacío que no se puede llenar en modo alguno. Es un vacío donde no se escucha la voz de la vida. La sombra es como el indescifrable estigma de lo trascendente, y aumenta o disminuye de tamaño, como un delirio que no tiene nada que expresar. Se mueve en sus tierras inescrutables como una bestia malherida, cuando la soledad le absorbe su vulnerable esencia. La sombra baila como lo hace la soledad, creciendo hasta donde le permite la carencia de luz. No siente pánico, pero tampoco imperturbabilidad, simplemente va germinando en el sinsentido con sus raíces negras. Sigue a nuestro cuerpo como el tiempo lo hace con el espacio. Repite de un modo intangible todo lo que hacemos, porque es un reproductor de sueños imposibles. Fijarnos en nuestra sombra, es como escuchar una música durante largo tiempo olvidada. Sus paseos por las paredes que cruzamos, son mucho más íntimos que nuestro respirar. La sombra no habla nunca, tampoco repite nada de lo que acontece en este mundo, tan solo se limita a imitar la eternidad. No soy nada, no tengo nada, no valgo para nada, por eso mi pálida sombra se regocija de la nada en su enlutado mundo. La sombra finge estar dormida, pero no tiene estaciones y no puede distinguir entre el día y la noche. De vivencia crónica incomunicable, no es más que un torpe simulacro del vacío, que ridiculiza nuestro presente. No es ni fuego ni oscuridad, ni ser ni no ser, porque es algo que habita lo que no existe. El viento no puede moverla por eso es tan pesada. Es expresión de infinitos mundos sintetizados en una burda imagen, por eso se hunde en el abismo cualquier hipotética interpretación de ella. Es una artista de la nada, por eso se arrastra con la droga que se consume entre la espesa frontera entre dos mundos. No sufre de estímulo alguno, porque ella es el secreto estímulo de la existencia narcotizada. Es la arquitectura de las obsesiones, la balanza que decide lo que puede existir y lo que no. La sombra suda en un vaso vacío y de humedad irrespirable, mientras los sentidos del mundo intentan volver a sus nauseabundos orígenes. No tiene afán de respirar, sino de hundirse en el abismo. La sombra no tiene camino, porque el arte de lo ultraterreno no debe de tener cánones. No persigue a ningún sueño, porque es como la pantalla misma en donde se proyectan nuestros sueños. Tan solo en el valle de las sombras muertas pueden observarse sus iracundos e inesenciales gestos. La sombra no puede engañar, ni puede decir la verdad, porque solo intenta expresar lo que no existe y lo que no se puede decir. No es ningún muro, tan solo una jaula de oscuridad que se esparce hasta el infinito. No tiene cadenas porque es una atalaya encadenada al vacío. Podemos perseguirla por las paredes o por el suelo, pero solo puede decirnos donde acaba el mundo, sin expresar que se encuentra más allá. Es demasiado profundo para tratarse de un accidente de nosotros mismos y demasiado vacuo para narrarnos cualquier ciencia o poema. Es la sombra como la brisa más congelada que existe, como el destino más maldito, como el oráculo más funesto, como el golpe de voz más inmaterial y que menos puede decirnos acerca de nuestra existencia. Nuestro cuerpo no es la prisión de nuestra sombra, sino que nuestra sombra es la prisión de nuestro cuerpo. Por eso los muertos tienen sombra después de muertos. Es nuestra sombra lo más trivial de nosotros mismos y a la vez lo más originario. No encaja con ninguna palabra ni con ninguna emoción, por eso no es ni aristocrática, ni de humilde nacimiento. Nunca conoció al sol y a la luna, porque no es ni día ni noche, solamente oscuridad. Nuestra soledad encaja en nuestra sombra, como los pies en un zapato. La sombra no delira, porque sus tormentas solo pueden escucharse en cielos pasados o en cielos que no existieron jamás. Cuando no podemos ver nuestra sombra en ningún lugar, es porque el vacío esta jugando con ella a los dados. Dependemos de nuestra sombra, como de nuestra sed mística, porque la sombra nos enseña que nuestras emociones no tienen magnitudes a pesar de que ella se mueva como un esqueleto en la pared. La sombra es la reencarnación de nuestra soledad, por eso no existe ninguna diferencia entre la sombra de una persona viva y una persona muerta. La sombra es el instrumento más sagrado para tocar música, pero nunca podemos tocarlo, por eso nunca podemos situar la música en ningún espacio. Es el olvido y el recuerdo, por eso expresa lo que no podemos entender, y entendemos lo que no puede ella nunca puede expresar. La sombra es solipsista, por eso es una malévola proyección de nuestros pensamientos malditos. No se puede escribir nada de ella, porque es nuestra vivencia que no se deja transcribir en pesadas y monótonas letras. Nuestra sombra es un sueño maldito que nunca puede despertarse, por eso la soledad crece en ella, como el negro lo hace en el espacio. Es señorial cuando no la vemos y del vulgo cuando intentamos extasiarnos de la luz de su poesía, porque solo aquello que no vemos puede formar parte de nuestra experiencia más sublime. La sombra solamente es una herida profunda, que solo puede taparse, si tapiamos nuestra experiencia del mundo. Podría decirse a ciencia cierta que la sombra humana es la única que sueña en el ser y la nada.

MI CORAZÓN LATE EN EL ABISMO

Mi corazón late en el abismo, pues no soy yo quien se ha caído por el precipicio sino el aura del sueño inmortal. Música arqueana, regresa al horizonte plateado y que se funda tu esencia y tu sentido, en los oídos de los dioses impersonales. Escríbanse las crónicas de los días con la sangre ardiente del infierno, con la mano temblorosa y enfermiza de los profetas olvidados, con el infatigable esplendor de las estrellas malditas. ¡Cabalga en el vacío espejismo doloroso!, infecta las llagas de mi alma, habla con el sol y con la luna como la luz dialoga con el dolor y como la oscuridad dialoga con el placer. El camino no es pesado ni liviano, simplemente desaparece en su sombra quimérica. El cielo no tiene llaves porque no hay puertas, de la misma manera que los ojos nublados y marchitos no tienen sueño en el que descansar. ¡Que la soledad se pierda en el intrincado misterio de las matemáticas como nuestra decrepita voz se pierde entre los muros de templos profanos! El cielo siempre ha sido hipocondríaco, por eso me apasionan sus tormentas, porque juega con el destino como lo hace el pensamiento en los laberintos de sus sueños. Quiero que tiemble la vida como la fiebre que causa un espejismo, porque el amor es la única emoción que puede sentir como se mueve el vacío. Si el infortunio me clava una espina no me la arrancaré, porque mis entrañas están tatuadas con el estigma del dolor. Estoy atado al mástil de mi barco, porque un rapsoda del sinsentido solo esta autorizado a contemplar la ingratitud del cielo, el timón solo puede gobernarlo el temblor macabro de la vida. No es el poeta quien habla sino la ciencia olvidada de los destellos de la luna, de la misma manera que no es la tristeza quien habla sino la misma nostalgia del vivir. La sed no puede decirnos nada porque se halla en intima comunión con el nauseabundo espíritu de la existencia. Vuelen los días, como aves malditas que bailan cínicamente alrededor de mi cadalso. Vuelen los días, como el viento en un castillo derrumbado. Vuelen los días, como el humo en una habitación narcotizada de soledad. Quisiera ser viento porque siempre se mueve y nunca tiene nada que decir a nadie, quisiera ser el eco de la nada para repetir que es lo que dice el vacío, quisiera ser la última nota de una canción que no va a recordarse jamás. Vivir es construir el templo de nuestra muerte, y cada piedra esta hecha de una palabra eterna y condenada al olvido. El pensamiento es como la cáscara de una nuez que se parte en mil pedazos, ante los luctuosos designios del destino, el fruto es la nada que emerge de las profundidades y se proyecta en nuestras mutiladas emociones. Somos el ojo de una aguja que puede albergar en su interior todo el universo, por eso es tan difícil que puedan nacer las emociones más grandes que existen en la vida. Quisiera ser la hoja de un árbol porque éste nunca notaría su ausencia, danzar por los aires en un vuelo vergonzante, y que el suelo fangoso fuera mi tumba. Cuanto más pequeño e insignificante es un ser, menos posibilidades tendrá para que le escuchen y para sufrir, por esta razón me complacería en ser una culebra que se arrastra por el suelo, porque a nadie puede importarle que es lo que busca con tanta insistencia. La vida esta enferma como una manzana podrida, por eso merodean tantos gusanos mezquinos en nuestros delirios apocalípticos. El reloj de la vida siempre se ha movido con agujas de oro porque es el más sabio y el más punitivo, en cambio el reloj del alma solo es la sombra asustadiza e hipocondríaca de esta aguja. El alma tiene barrotes en sus ventanas, porque su auténtica libertad no reside en contemplar el exterior, sino en morir asfixiada en su propia oscuridad. Me gustaría poder escribir con la luz en el aire, porque así no tendría que pedir explicaciones ni a mi lenguaje, ni a la dimensión moral de mi existencia. Sin embargo, no soy nada más que una piedra, que tiene el pensamiento fosilizado, no soy más que un eterno recuerdo luctuoso. Me gustaría ser una página en blanco de un libro, porque así no podría conocer nadie nada acerca de mi historia. Vivir en un triángulo porque es la figura geométrica más simple que existe, y porque no tiene que hacer excesivos esfuerzos para calcular los límites de su esencia. Por eso es tan difícil el amor, porque no se puede construir ninguna figura geométrica con dos catetos. Por desgracia el dolor crece en lo oculto porque es una proyección del vacío, no vive en el tiempo fáctico, sino que es la constante reencarnación de la sustancia del mundo. El mundo no se mueve con nuestro caminar, sino con los delirios de un camino que nunca puede construirse. Si quieres ser una estatua tendrás que enterrarte bajo tierra para que nadie te pueda ver, si quieres ser aire el vacío tendrá que explotar en tu interior, como si de una lobotomía metafísica se tratase. El sufrimiento no tiene instrucciones que acatar, porque es la misma vida en movimiento, el placer y la felicidad tienen que arrodillarse porque fueron engendrados con el aliento maldito de la vida. El sufrimiento puede modelar su rostro y reencarnarse en cualquier estatua de mármol, en cambio la felicidad como no tiene esencia, no podría reencarnarse ni en el más obsceno de los retratos. El amor es al dolor, como la verdad lo es a la sustancia del mundo, como una estatua cuando es esculpida, porque esta condenada a no ser jamás una obra de arte, tan solo una masa amorfa que se cubre con una mascara porque nunca será una eterna obra de arte. Toda una vida es como fumarse un cigarro porque cuanto más se consume, más cerca esta su fin, y más quieren los pulmones hacerse daño con el nocivo humo del tabaco. El sentido solo puede remitirse al dolor, porque el vacío puede modelarse en cualquier construcción real. La vida es como una caída, como una expulsión de unas tierras que nunca han existido. Durante la caída se tiene un vago recuerdo de algo que nunca ha existido. Quisiera ser la sombra de algo que nunca ha existido, aunque desgraciadamente eso es lo que soy. El dolor no tiene la propiedad de la simetría, porque solo es un simulacro vago y confuso, de un mundo que no existe, pero tiene mucho más peso que cualquier otro orden existencial, porque aquello que no existe es aquello que tiene más fuerza vital porque puede reencarnarse en cualquier cosa. El dolor es a la realidad, como el sonido lo es al ruido, cuanta más alta es la frecuencia, y más oscilantes son las vibraciones, la realidad se mueve con mayor celeridad y su potencia se convierte en acto. El dolor siempre ha sido una metáfora marginada, pero tuvo una existencia más perfecta antes de convertirse en metáfora. Suene la noche, que se duerma el día, porque la verdad solo puede conocerse en la eternidad, y la noche es un perfecto simulacro onírico de la eternidad. En la noche vive el dolor.

CARRETERA INFERNAL

Camino en la carretera de la hipocondría centelleante. Ascensión interminable en la edad de las calaveras tránsfugas. Me arrastro por las curvas como si fuese una aguja que no encuentra reloj, mientras mis ojos ya no encuentran reposo en la oscuridad oracular de la noche. No existe la distancia, tan solo un juego macabro de luces resplandecientes. Mis pensamientos son a la sed inmoral, como mis pies magullados lo son al asfalto. Soy una piedra andante que espera que algún destello misterioso de alguna estrella lejana la bendiga. Mi largo camino no es más que mi largo silencio, no temo desmayarme en estos inhóspitos parajes porque el sufrimiento es la religión de la noche y de la vida. Oigo rumores confusos de los delirios de mi sed, y parece que el aura profana de algún secreto inescrutable pretende ofrecerme un siniestro bálsamo. Veo la ciudad muy lejos, y su mar de luces pintadas como si fuese el mapa de una espiritualidad ultraterrena, quiere reunir todos sus áureos destellos para transformarse en una copa, que contiene el néctar de la muerte. No camino porque esté muy lejos de poder saciar mi sed, sino porque sigo el baile de mis temblores que ha de conducirme a las tierras de los sueños marchitos. No soy más que un espejo roto, que intenta encontrar los trozos de cristal perdidos en el noctámbulo mar perdido en la lejanía. No soy más que un mendigo de mi noche crepuscular, el firmamento me da su limosna porque cada estrella es una moneda. En la cara de cada moneda aparece mi semblante moribundo y narcotizado de dolor. No puedo distinguir mis pasos de mis pensamientos, porque mi pensamiento se ha reencarnado en el lúgubre murmullo de mis pasos. Camino como si alguien me persiguiera, pero mi enemigo hace tiempo que me apreso en la jaula de mi conciencia. Los colores de la noche son idénticos al fluir más arcaico de mi alma, por esta razón esta armonía nocturna resulta tan turbadora. Yo creo que esta caminata es un espejismo, pero mi sueño tiene hondas raíces en leyendas inmemoriales. La noche no me habla con signos, sino con la locura de acontecimientos fugaces e indescifrables. Es mi camino como un flujo de energía maldita, que emerge de una esfera onírica que se diluyo hace mucho tiempo en el vacío. No camino con cadenas porque no soy un preso, pero mi sed me muestra que el espacio no tiene ninguna magnitud de la misma manera que nuestras emociones más incomprensibles. Todo me parece muy lejano, y confundo el resplandor de las estrellas, con la iluminación de la ciudad. Han desaparecido todas las habitaciones de la casa de mi mente. Se trata de una casa vacía por dentro, que tan solo contiene en su interior espacio puro. No existen ni muros, ni puertas, tan solo una fuerza de impredecibles efectos. Camino en la ladera de una montaña que da vueltas como una peonza maldita en el suelo. Cuanto más giro en esa tenebrosa senda, con mayor claridad percibo que lo que esta más lejos esta más cerca y lo que esta más cerca esta más lejos. El cielo vomita su soledad en forma de bailes de luces inexpugnables. Quisiera hacer un alto en el camino y tumbarme en el arcén, pero yo quiero caminar sin pies. Juego con las honduras del terreno, para cerciorarme que mi sueño esta extraviado. No quiero tocarlo, porque no me interesa saber donde está, tan solo quiero sentirlo. En ocasiones por influencia de la sed y la deshidratación, me olvido momentáneamente de quien soy, porque lo más importante no es saber quien es uno, sino que se es. Porque cuanto más se es, menos se sabe quien es uno. Creo que he dado muchas vueltas por el mismo sitio, aunque sea topográficamente imposible. De pronto me encontré con un lozano caballo blanco, robusto y de pura casta, que cabalgaba en aquella carretera. No tenía riendas y parecía que fuese salvaje. Si lograse montarlo sería mi salvación, porque apenas podía caminar, y estaba a punto de caerme desmayado al suelo debido a una angustiosa deshidratación. Debía de ser el heraldo de los espíritus errantes de aquella carretera infernal. Aquel caballo era de noble linaje, y trotaba como si la voluntad de vivir universal le hubiese instruido. Cabalgaba en un paseo triunfal, como si hubiese encontrado a su dueño en un sueño maldito y quisiese rescatarlo. No adquiría conciencia de las curvas, y no hacía caso de las honduras del terreno y de la vida. Caminar en tierra firme o caminar en aquellos angostos parajes, representaban un idéntico experimento vital para él. Se acercó a mí ofreciéndome su cabeza, para que pudiese montarlo. Seguramente podría beber antes de perder el conocimiento, si lo montaba, y dejase que fuese mi guía en aquel tormentoso experimento vital. No obstante le dije amablemente: - "corcel nacido de la brisa salvaje, y de los gritos de dioses olvidados. No estamos viajando en la misma carretera, aunque accidentalmente nuestros sueños se hayan cruzado por el camino. Tú eres la salvación de mi locura y de mis espejismos existenciales, y pretendes con cordura que sea el dueño de mi lucidez. Tú eres muy valiente, y no me extrañaría que tuvieses alas guardadas en tus entrañas. Quieres que sea tu dueño, y por eso has venido a rescatarme de mi locura y de mi raquitismo existencial. Puedes surcar esta carretera infinita, sin preocuparte de si das vueltas alrededor de ella o no. Por esta razón tienes el suficiente vigor para poder salir de ella. Caminas tan rápido que no tienes tiempo de pensar en nada, por eso eres el más bravo de los corceles. Eres instinto puro, por eso la naturaleza te protege y te amamanta. En cambio yo no he nacido para contemplar la armonía de la naturaleza, sino para extraviarme en su sueño maldito. Por eso yo no pienso en correr para alcanzar el fin de esta carretera infernal, sino que quiero arrastrarme. Creeme si pudiera caminar con la lengua sola lo haría. No me importa desmayarme y morirme de sed, porque soy el súbdito del desierto, y solo él puede dictar que es lo que debo hacer. Mi camino no consiste en vivir o morir, sino en caminar hasta que se diluya en el espacio mi última bocanada de aire. El instinto del viento es mi enemigo, por eso cumplo sus mandamientos al pie de la letra. Cuanto más grande es el desierto, más adicto eres a él. Solo puede ser amigo del desierto aquel que ha sufrido su venenoso calor. Yo he nacido para morirme de sed en esta carretera, para arrastrarme como una culebra maldita hasta lo más hondo de mi agonía. Aplástame si quieres con tus robustas patas mis pies magullados y quebrantados, comprendo que estés indignado porque no quiero ser tu dueño y señor. Me arrastraré entonces por el suelo sin pies, porque yo he nacido para caminar sin pies. Pisotéame, porque yo no soy digno de ti, de la misma manera que tú no lo eres de mí. Lamento que nuestras parabólicas vidas se hallan cruzado en el camino". Le ofrecí mis pies al caballo, para que me pisoteara, y este cumplió con sus obligaciones punitivas, sin demora y sin reparo alguno. Después vi como se alejaba de mí, a una velocidad vertiginosa. Levantó una portentosa nube de polvo, y podía sentir en la lejanía el estruendo de una brisa inmortal. Yo me lance al suelo aullando de dolor, porque mis pies habían quedado absolutamente inservibles. A partir de ahora habría de arrastrarme como una serpiente endemoniada. No creo que llegase hasta al final de mi camino, pero había que acatar los inescrutables designios del desierto.

SOLEDAD NEGRA

la soledad negra viaja en el reflejo de mi pesada sombra, con un penar inverosimil y absurdo. No tiene ni palabras, ni colores, porque no necesita ni hablar, ni dibujar, su existencia. Es una sombra mágica que no imita a las formas de la vida, tan solo es un recuerdo eterno que existió antes de que nacieran la voz y la belleza. La sombra esta hambrienta, pero su condena reside en no morir de ninguna hambruna. Es un alma desahuciada, y no tuvo ni padre ni madre, el vacío cósmico la creo para vergüenza de su dueño. Mi sombra es una alegoría sagrada de mi cuerpo, y se mueve en la pared como un sueño obsceno que se ha evadido de mi corporalidad. Es silenciosa, y nadie puede escuchar sus agonizantes gritos en el vacío. La soledad la contagia de una enfermedad desconocida e incurable, y se expande hasta lo más hondo de nuestro agujero que nos separa del mundo. Nuestra sombra es mucho más sagrada que nuestra imagen en un espejo, porque nuestra alma no tiene rostro. No intenta imitar la perfección o la imperfección, tan solo lo invisible. La sombra esta condenada a ser libre, y por eso sus plegarias no pueden escucharse nunca en este mundo, sino en una esfera de realidad estática. No es la sombra quien se mueve soy yo, de la misma manera que no soy yo quien me muevo sino mi sombra. Esta hecha de lo que no existe, por eso el lecho de la soledad habita en ella. no es testimonio de lo que acontece porque ella misma es lo que acontece. La soledad negra vive en una casa que adopta infinidad de proyecciones de sí misma, pero que solo tiene un vacío que no se puede llenar en modo alguno. Es un vacío donde no se escucha la voz de la vida. La sombra es como el indescifrable estigma de lo trascendente, y aumenta o disminuye de tamaño, como un delirio que no tiene nada que expresar. Se mueve en sus tierras inescrutables como una bestia malherida, cuando la soledad le absorbe su vulnerable esencia. La sombra baila como lo hace la soledad, creciendo hasta donde le permite la carencia de luz. No siente pánico, pero tampoco imperturbabilidad, simplemente va germinando en el sinsentido con sus raíces negras. Sigue a nuestro cuerpo como el tiempo lo hace con el espacio. Repite de un modo intangible todo lo que hacemos, porque es un reproductor de sueños imposibles. Fijarnos en nuestra sombra, es como escuchar una música durante largo tiempo olvidada. Sus paseos por las paredes que cruzamos, son mucho más íntimos que nuestro respirar. La sombra no habla nunca, tampoco repite nada de lo que acontece en este mundo, tan solo se limita a imitar la eternidad. No soy nada, no tengo nada, no valgo para nada, por eso mi pálida sombra se regocija de la nada en su enlutado mundo. La sombra finge estar dormida, pero no tiene estaciones y no puede distinguir entre el día y la noche. De vivencia crónica incomunicable, no es más que un torpe simulacro del vacío, que ridiculiza nuestro presente. No es ni fuego ni oscuridad, ni ser ni no ser, porque es algo que habita lo que no existe. El viento no puede moverla por eso es tan pesada. Es expresión de infinitos mundos sintetizados en una burda imagen, por eso se hunde en el abismo cualquier hipotética interpretación de ella. Es una artista de la nada, por eso se arrastra con la droga que se consume entre la espesa frontera entre dos mundos. No sufre de estímulo alguno, porque ella es el secreto estímulo de la existencia narcotizada. Es la arquitectura de las obsesiones, la balanza que decide lo que puede existir y lo que no. La sombra suda en un vaso vacío y de humedad irrespirable, mientras los sentidos del mundo intentan volver a sus nauseabundos orígenes. No tiene afán de respirar, sino de hundirse en el abismo. La sombra no tiene camino, porque el arte de lo ultraterrenal no debe de tener cánones. No persigue a ningún sueño, porque es como la pantalla misma en donde se proyectan nuestros sueños. Tan solo en el valle de las sombras muertas pueden observarse sus iracundos e inesenciales gestos. La sombra no puede engañar, ni puede decir la verdad, porque solo intenta expresar lo que no existe y lo que no se puede decir. No es ningún muro, tan solo una jaula de oscuridad que se esparce hasta el infinito. No tiene cadenas porque es una atalaya encadenada al vacío. Podemos perseguirla por las paredes o por el suelo, pero solo puede decirnos donde acaba el mundo, sin expresar que se encuentra más allá. Es demasiado profundo para tratarse de un accidente de nosotros mismos y demasiado vacuo para narrarnos cualquier ciencia o poema. Es la sombra como la brisa más congelada que existe, como el destino más maldito, como el oráculo más funesto, como el golpe de voz más inmaterial y que menos puede decirnos acerca de nuestra existencia. Nuestro cuerpo no es la prisión de nuestra sombra, sino que nuestra sombra es la prisión de nuestro cuerpo. Por eso los muertos tienen sombra después de muertos. Es nuestra sombra lo más trivial de nosotros mismos y a la vez lo más originario. No encaja con ninguna palabra ni con ninguna emoción, por eso no es ni aristocrática, ni de humilde nacimiento. Nunca conoció al sol y a la luna, porque no es ni día ni noche, solamente oscuridad. Nuestra soledad encaja en nuestra sombra, como los pies en un zapato. La sombra no delira, porque sus tormentas solo pueden escucharse en cielos pasados o en cielos que no existieron jamás. Cuando no podemos ver nuestra sombra en ningún lugar, es porque el vacío esta jugando con ella a los dados. Dependemos de nuestra sombra, como de nuestra sed mística, porque la sombra nos enseña que nuestras emociones no tienen magnitudes a pesar de que ella se mueva como un esqueleto en la pared. La sombra es la reencarnación de nuestra soledad, por eso no existe ninguna diferencia entre la sombra de una persona viva y una persona muerta. La sombra es el instrumento más sagrado para tocar música, pero nunca podemos tocarlo, por eso nunca podemos situar la música en ningún espacio. Es el olvido y el recuerdo, por eso expresa lo que no podemos entender, y entendemos lo que no puede ella nunca puede expresar. La sombra es solipsista, por eso es una malévola proyección de nuestros pensamientos malditos. No se puede escribir nada de ella, porque es nuestra vivencia que no se deja transcribir en pesadas y monótonas letras. Nuestra sombra es un sueño maldito que nunca puede despertarse, por eso la soledad crece en ella, como el negro lo hace en el espacio. Es señorial cuando no la vemos y del vulgo cuando intentamos extasiarnos de la luz de su poesía, porque solo aquello que no vemos puede formar parte de nuestra experiencia más sublime. La sombra solamente es una herida profunda, que solo puede taparse, si tapiamos nuestra experiencia del mundo. Podría decirse a ciencia cierta que la sombra humana es la única que sueña en el ser y la nada.

FE INFINITA

He oído hablar muchas veces a la montaña pero jamás he comprendido el científico lenguaje de la agorafobia. Quiero conocer a la montaña en lo más esencial y lo más profundo. No quiero recurrir a la jerga de la poesía crepuscular y lapidaría porque ella vendrá a mí en la más absurda y abismal de las experiencias. Quiero ver los límites del mundo desde el mundo mismo, como si existiera un pasadizo secreto en mi imaginación, que me hiciera sentir un simulacro viviente de donde acaban las distancias y donde empieza la energía pura de la nada. La pendiente esta muy inclinada porque es muy brusco el descalabro de los sentidos y la razón. Desconozco el motivo que me impulsa a emprender este angosto peregrinaje, lo único que sé es que mis pies se clavan en el suelo, como si mis huellas fuesen inmortales en el reino de la locura. La montaña dice: -"sube, sube". Yo le respondo: - "más allá de ti". La fe de la locura es como un grano de mostaza que irrita a los ojos hasta llegar al éxtasis. No se trata de alienación ni de una insumisión construida en el vacío, sino de un cuerpo atado a dos caballos que tiran en direcciones opuestas, un caballo es el ser y el otro es el no ser. En la cima de la montaña habita todo lo que existe y todo lo que no. mientras escalo dialogo con la fe miope y coja y me responde: - "soy diáfana en la oscuridad cuando el lenguaje es rígido como un monumento surrealista, y borrosa cuando el mundo quiere unirse a ti. No dispongo de palabras solamente de pasos, no dispongo de tiempo solamente ansió el azote de la eternidad, no dispongo de ninguna promesa solamente de un canto hondo que tiembla en el vacío. Soy una voz sin humanidad alguna, solamente se escuchan los ciegos designios de mi profecía en los terremotos y en los remolinos". No me atrevo a mirar hacía atrás porque es el sufrimiento quien tiene la última palabra, y no la inconmensurable magnitud del camino olvidado en la lejanía. Es como si estuviera encerrado en una jaula gigante, en una idea que no cabe ni en la tierra y en el cielo. La montaña dice: "mira el mar, mira el mapa viviente de la ciudad, mira la playa, pero no podrán decirte nada porque soy yo quien desafío a la eternidad y a las calaveras de los dioses arqueanos, yo no soy nada porque todo se ve en mi". Camino agachado sorteando las piedras y los matorrales, en una estrecha senda de piedras que se extiende en apariencia hasta lo más alto de la montaña. No persigo a un misterio, ni a una atalaya encantada, ni al olvido ni al recuerdo, porque es mi peregrinar la misma extensión del desierto de la vida. Mirando hacía abajo descubro un gran surco, en donde se esta incubando el huevo de un ave maldita, la soberana del desierto. No puedo escuchar nada, no puedo ver nada porque todo es demasiado grande, simplemente siento mi pie tembloroso que transforma mi vivencia en un presente eterno, como si nunca hubiera hecho nada más en mi vida que dar un paso. Habla la fe: - "solamente soy tu aliento, solamente soy el abismo que va creciendo a medida que escalas esta montaña, no soy ningún muro que te atrapa en la inmanencia de tu respirar, porque el vivir no tiene fronteras ni reinos idolatras de lo sagrado. Vivirás hasta que todas las atalayas de tu mente prediquen la soberanía de la soledad". Veía a lo largo de aquel pasillo pedregoso de locos enanos crepusculares y raquíticos, varias arañas venenosas que querían infectar a mi sangre blanca como un cielo eternamente silencioso, de la inmundicia y la concupiscencia de la agorafobia palpitante. Era mi proyecto tan banal como sacro por eso no podía ver nada y lo podía ver todo. Veía las montañas vecinas y me decían: - "nosotras también somos las parturientas de tu soledad, nos hagas caso de los relieves, ni de las laderas, porque nuestra hermana te ha conquistado como lo hubiéramos hecho nosotras si nos lo hubiéramos propuesto. El vacío se puede engendrar desde cualquier perspectiva y cualquier ángulo de tu visión, por eso no existe ningún poema privilegiado". La dialéctica no existía, solamente la ficción de un temblor que no puede pintar su impulso vital sino utiliza la niebla. Simplemente un delirio originario que utiliza las líneas de un cuadro para retratar infinidad de situaciones igual de absurdas. Entonces habló la fe: -"cuando hayas llegado a la cima, mira al cielo, y descubrirás que dios es una estatua de hielo que ha sido expulsada del templo del saber. Solamente soy una mirada hacía el cielo que dice cabizbaja y mediante un ininteligible susurro: - "las ideas eternas no son más que un valle de huesos carcomidos, se fabrican instrumentos musicales a partir de ellos, y esa música que suena es la surrealista pasión del hombre". No soy ninguna creencia, porque toda creencia esta determinada fácticamente en el mundo, no podrías encontrarme nunca aunque comprendieras todo lo que pasará. Vivo en el cielo, y los planetas con sus trayectorias eternas intentan en vano imitar mi existencia". El sol me abrazaba con sus cadenas de fuego, y aquel camino de piedra era tan prodigo en la esperanza como mis mancillados pasos temblorosos. El sol era un instinto infinito que acariciaba mi rostro e impulsaba a mi cuerpo con su gravedad ultraterrenal hasta lo más alto de la montaña. Entonces hablo la montaña: -"cuando llegues a la cumbre no te deleites en la contemplación del mar, de la carretera y la ciudad, de la misma manera que dios en su trono no se preocupa por los trajines de los humanos. No has venido hasta aquí para contemplarlo todo, sino para que la fe te vuelva absolutamente ciego". Parecía que quedaba poco para que aquel sendero tan inclinado llegará a su fin, y gateaba en él como un bebe lo hiciera en una cuna que volará por el cielo. El peso de mis pensamientos vacíos era tan grande, que debido a un inverosímil milagro, no consideraba concebible la caída. Entonces habló la fe: - "no me he movido nunca de mi pedestal, porque soy un esqueleto que ha profanado el altar de un dios desde el nacimiento de la especie humana. Soy una explosión en el vacío, que esta más allá de las ventanas del alma, y en eso consiste precisamente el espectáculo del mundo. La fe no es religiosa, ni tampoco es terrenal, porque aquello que no existe solamente puede crear pero nunca puede decir nada del mundo". Entonces llegué a la cima, y olvidando el sabio consejo de la montaña y la fe, decidí mirar atrás sin temor alguno. Me asusté porque descubrí que habría de caminar como un muñeco vestido como un infante, que ha perdido su juventud, para volver a mi lugar de origen. Entonces hablo la montaña: - "tú eres mi hijo quédate en lo inescrutable, te he secuestrado por tu bien. Aquí el mundo es tan real que sobrepasa el umbral de tu percepción. Aquí la angustia es infinita, deja que el mundo aplaste tú cabeza, porque todo el mundo esta aquí". La fe le respondió: - "no te quedes en la montaña, vuela hasta el cielo y cuando lo encuentres vacío vuelve a la tierra. Salta por este precipicio aunque no vendrán ningunos Ángeles a recogerte. La angustia crecerá cuando vuelvas a la tierra. Es ahora cuando el desierto habita en ti, es ahora cuando la fe crecerá en ti obrando milagrosos prodigios"

NO SÍ, SÍ NO

Sigo a la vía del tren a través de su silencio sepulcral y de las estrellas muertas que reposan en la eternidad del cielo. Los temblores de la vía son como los indecisos y perversos pensamientos de la augusta máquina del mundo. Sigo a la noche y a su sueño, mientras se cocina en secreto el brebaje del silencio de la vida y la muerte. Muchas vidas paralelas se cruzan pero todas chocan contra el infinito y la sensibilidad del mundo es excesivamente borrosa. Mis convulsos pasos en la vía no tienen edad, porque no es el tiempo quien habla sino un sueño amorfo y delirante. Veo en la lontananza el destello y la pesada velocidad onírica de un tren, que me saluda con el ininteligible peso de su profecía. Debo retirarme porque su canto hondo es afilado como un cuchillo de un carnicero asesino. No se si tendré tiempo de formularle alguna pregunta pero su inteligencia de peregrino es excelsa y privilegiada. El tren de mercancías nocturno avanza con tesón, y levanta una brisa espectral que inunda a mi alma de mísero y raquítico ascetismo. No tendré tiempo de conocerlo pero si de preguntarle: - "¿cuando podrá escucharse en los mares de gases de Júpiter la idolatría de los versos prohibidos que recita toda alma libre?". Grité con ahínco como si llevase veneno en los pulmones y quisiese purificarme. Aquel tren fantasma sin pasajeros y sin conductor me dijo mediante la electricidad chispeante de su roce en el carril: -"no sí, sí no". Triste respuesta, macabra poesía recitada desde los altares de un sueño nihilista. Había de continuar mi sendero ferroviario, porque todavía no podía discernir los prolegómenos de la siguiente estación. Mis pies habían de clavarse en las rocas de la vía, como una dulce flor es devorada por el calor del desierto del pensamiento. Veía a lo lejos el juego de luces de la ciudad, como si el dios de neón fuese una araña y atrapase a todas sus víctimas. Volvía a sentir augurios desconcertantes, un tren que cabalgaba como un caballo en el noctámbulo cielo, se acercaba a mí como los impulsos de mi cerebro a mis manos impías. Había de volver a mi rincón, para evitar su implacable embestida. Este tren iba mucho más rápido que el anterior, y tan solo podría formularle una pregunta muy breve, sin ánimos de que la respuesta fuese muy extensa. En los vagones de aquel tren era de día y de noche a la vez, porque era el tren de la eternidad. Pude ver a través de sus ventanillas la luz y la oscuridad, con la misma precisión con que siento el ruido y el silencio. De la brisa que levantaba nacían espíritus que no habían existido nunca. Entonces le pregunté: - "¿mis ojos se acercan a lo inescrutable, cuando la vida se viste con el traje mancillado y andrajoso de la felicidad?. Una de las ventanas del tren se rompió ante la solemnidad de mis palabras, y desde aquella ventana vacía como la vida misma pude escuchar: "no sí, sí no". Aquel tren se fue sin despedirse porque la muerte eterna no se despide de nadie. Todavía no había llegado a la estación a pie, todavía quedaban muchos trenes mercantiles con ingeniosas respuestas. Escuchaba el ruido de las fábricas, conspiraciones noctámbulas de raigambre. Las fábricas ahondaban en su pesada maquinaria como un estomago enfermo, mientras la brisa nocturna navegaba a la deriva. Escuchaba a los grillos, como si su canto pudiera metamorfosearse en una fotografía en blanco y negro. Como si sus notas fuesen las distintas tonalidades del blanco y del negro. No veía todavía nada en la lontananza, los latidos de mi corazón los escuchaba en los abismos de la tierra. volví a escuchar el sordo rumor de un inmoral profeta. Este nuevo tren no parecía que quisiese armar mucho barullo, circulaba con mayor celeridad que el resto, pero su golpear en el viento era demasiado limpio, demasiado portentoso, demasiado obsceno. Iba casi tan rápido como el viento, la luz huía con pavor de su sacra presencia. En su interior había una jauría humana, violentos en sus placeres imperceptibles. Parecían los habitantes de un sueño que se mueve obscenamente en aquellos parajes bucólicos. Entonces yo le pregunté a aquel tren que comerciaba con hamburguesas pensantes y que padecen de insomnio: - " allá donde se percibe el invisible y ahogado murmullo de lo oculto, ¿ con cuantos distintos nombres se conoce al amor?." La mayoría de los pasajeros estaban dormidos, o ocupados en sus vagos quehaceres, por lo que nadie me escucho. Solamente el tren respondió, porque decide a donde vamos y siempre tiene la última palabra: -"no sí, sí no". La brisa que levantó aquel tren se mezclo con mi respirar, y mi pensamiento se envenenó con la burocracia del destino. Quedaba todavía mucho hasta llegar a mi destino, aunque podía apreciar en la lejanía, los primeros esbozos borrosos de aquella estación de tren maldita que con tanto esmero perseguía. No sabía cuantos trenes más me negarían el derecho a existir, pero cuantos más fuesen, la caja hermética de mi cerebro se volvería más invulnerable a las insidiosas agresiones del destino incierto. La iluminación de aquellas fábricas abandonadas, eran como la iluminación de la más oculta de las emociones. Había de proseguir en mi infatigable búsqueda, las vibraciones de la vía iban al mismo ritmo que los latidos de mi corazón. Cuando había silencio y no merodeaba ningún tren cerca, mi corazón no latía, yo era solamente un oscuro proyecto de vida. En cambio cuando sentía vibrar a la vía, los latidos de mi corazón eran multicolores, infinidad de flores nacían y morían en mi reflexión. De pronto sentí como los cables de alta tensión zozobraban con intensidad, sin lugar a dudas, anunciaban la llegada de un nuevo emisario de la poesía caótica de mi devenir. no veía nada, pero la llegada de aquel tren docto era inminente. Cerré los ojos, porque el ruido y las vibraciones de la máquina del destino era infernal. Cuando volví a abrirlos, me escondí en un rincón, para interrogar a la máquina fantasma de mi soledad. Aquel tren iba mucho más rápido que los anteriores, porque era pura exterioridad y pura interioridad de un modo simultáneo. La mercancía que transportaba seguro que era la más ruinosa de todas. Corría en la vía como un relámpago maldito, mientras aguantaba la respiración para no perderme en su exaltada profecía. Estaba absolutamente oscuro y no tenía ventanas, era puro metal. No tenía vagones porque su pensamiento era homogéneo. Entonces le pregunté: - "¿donde se escucha la vida?. Porque toda ella no es más que un ruido amorfo y aniquilador, un murmullo que no tiene ninguna esencia que se puede escuchar en cualquier parte. Seguro que has venido desde las profundidades de la conciencia del mundo para explicarme el sentido de la existencia. Dime, ¿ la vida es un tejado lo suficientemente sólido para aguantar el himno de la muerte que se intuye en cada tormenta?". El tren respondió con el silbido de su maquinaria fatal: - " no sí, sí no". No había lugar a dudas aquel tren era el último eslabón en la jerarquía de los espíritus errantes de aquella noche. Estaba a punto de llegar a destinación, y a través de mis ojos temblorosos veía la plataforma de la misma. No podía ver el nombre de la estación, aunque veía varios carteles rojos colgados. Ante mi asombro y estupefacción pude leer el nombre de la estación: -" no sí, sí no". Pocas cosas quedaban por indagar aquella noche, la poesía me había rebelado un secreto terrible y de muy difícil confesión. Lo único que podía hacer era tumbarme en un banco y esperar a que amaneciese porque hasta el día siguiente no volverían a pasar trenes para pasajeros. Había de dormirme en un banco, con las estrellas susurrándome a los oídos terribles delirios inmortales, en la estación de tren: "no sí, sí no.

ASIGNATURA PENDIENTE

Como todo alumno decente, responsable y con serias perspectivas de futuro, acabé mi elitista carrera intelectualoide, con el propósito de añadirme a la lista de los fracasados que tienen voz y voto en la cola de un supermercado, en tertulias literarias insulsas pálidas y amarillas de ictericia, y en otros eventos de renombre disecados de emociones y expectativas. Ha llegado el gran momento, he de formular administrativamente mi deseo burocrático de pedir mi titulo de licenciado, no será muy ceremonioso, pero las paredes de la facultad temblaran con pompa y con esplendor. Pues allá donde acaba la carne empiezan los huesos, allá donde acaba la intranquilidad empieza la angustia paralizante, allá donde acaba la virtud y cortesía del proxeneta empieza el vello pubico mancillado de la meretriz, en fin allá donde acaba la vida empieza la muerte... tengo todos los papeles necesarios, he obedecido al sistema y este debe de corresponder con mi supremo esfuerzo y con mi buena voluntad para hallar la senda del pizpireta eficiente profesional rascamandarinas, capaz de tocar una harpía y llevar una corona de flores como un buen rapsoda, para seducir a un grasiento yuppie que aspira a poeta. Pocos pasos me separan de mi gloria y para sellar mi eterno fracaso en un papel que se guardará en un armario, criando polvo secula seculorum, para dicha de los piojos y los ministros en su hipotecado mausoleo. Llevo los papeles, como llevo mis flatulentas ideas en mi intoxicado cerebro. He consultado mi expediente, y no queda ningún margen de duda, me he convertido en un punto en una obscena fotografía en que aparecen centenares de personas posando en un desnudo multitudinario, sudorosa pornografía de hamburguesería. Y todavía hay quien cree en solipsismos cósmico-megalómanos de salón. En fin me acercó con educación al pedestal de su ministerio, y preguntó a la secretaria, la regenta de las becas, las convalidaciones, las consultas académicas y extraacadémicas y los traslados de expedientes, en fin una autentica dama de hierro, con galones de la marina, del ejercito aéreo y terrestre: - " buenas tardes, el motivo de mi visita, era para pedir formalmente y sin ánimo de importunar a la bastilla burocrática de esta universidad mi titulo universitario, pues ya he cursado satisfactoriamente los 300 créditos, precepto de ley, condición necesaria y suficiente, para colgar mi diploma ya sea en mi habitación, en el manicomio o en la cárcel, puedo asegurarle que no es asunto suyo, sin embargo si que le toca teclear como lo hiciera con el consolador cuando su marido y usted discuten, proceda usted sin más y evitemos las discusiones innecesarias". Ante aquellas gentiles y dóciles palabras fruto del mecánico y birrioso árbol de la administración docente, me contestó: - " pedanteras de mierda, dime tú nombre antes que me arrepienta y reza para que no se te abrá un expediente, más grande que el coño de tu eterno amor platónico, siéntate y suda porque si descubro alguna irregularidad, llamaré al decano para que te arranqué la piel a tiras, y te queme esa boca para que te purifique toda esa mierda que llevas dentro. No será precisamente el espíritu santo lo que entrará en ti, sino la ira y justa cólera de esta universidad que te ha dado papillitas durante cuatro años, para que después te mees en la esquina de la universidad como hacen las putas por aquí cuando no les han pagado sus respectivos clientes. Esto es una institución seria y no entiendo como no aprietas el culo para defenderte y me sueltas todas esas monsergas. Dime tu nombre y acabemos con esta estúpida conversación, con la que se ríen Ángeles y demonios, dioses e inofensivas hormigas". Detrás de la cola había dos chicas tan pijas como feas. Una iba con gafas de empollona, con rastas y vestida de sacerdotisa del sexo. La otra iba con un pañuelo en la cabeza (no tenía cáncer pero lo parecía de lo fúnebremente fea que era), llevaba un bolso muy caro, y con una túnica de alguna neo- secta casta- feminista- revolucionaria. Sin más preámbulos le dije mi nombre a la secretaria, y tras consultar mis datos académicos me dijo: - "no entiendo a que vienen tantos humos si todavía no has acabado la carrera. Eres un farsante, un raquítico amarillento con una miseria moral inmunda y de alcantarilla. No entiendo como te crees lo que dices, pues no son mariposas lo que salen por tu boca, porque te corres hablando como un perro baboso y afectado de la rabia". No pude contenerme, pues aquella mujer me estaba agrediendo verbalmente, estaba instigándome a cometer un crimen, pero yo era un estudiante pacífico. Aquella funcionaria indecente con más arrugas que un amarillento volcán senecto rodeado de moscas, quería alisar su piel con sus enérgicos y grandilocuentes insultos. Pero su cara era como un enjambre de arrugas amargadas que no dejaban de revolotear su miseria, en sus desahuciados gestos. Quise contener a aquella violenta arpía para que sus insultos gratuitos, no se convirtiesen en onanismos gratuitos. Entonces utilicé un tono seductor que sirve para camelar a cualquier rata gorda: - "secretaria de tres al cuarto, si sabes mecanografiar, mecanografíame tu número de teléfono para que me corra en él y después lo tiré por el retrete. Discúlpame pero ya tendrías que saber que el amor romántico es un compromiso demasiado grande y obsceno para algunos. Ahora dime de una vez que coño te pasa, si quieres que sea tu padre enséñame las notas para que te regañe y te castigue como es debido, si quieres que sea tu chulo bésame mis botas de macarra y mi chupa de cuero, y si quieres que sea tu amante quiero ver ahora mismo impreso mi titulo de licenciado. Trabaja esclava y sometete a mis ordenes". Entonces aquellas dos víboras, que estaban expectantes como un búho (con expresión estúpida y no de sabio), empezarón a abofetearme los mofletes como si quisiesen tocar un tambor, querían hacer música generacional mezclada con ironía hitleriana, eugenesia hippie. Intenté parar sus manos con educación, pero me abofeteaban como dos tigresas gordas y feas, amargadas por el acné juvenil, aunque más deberían preocuparse de sus varoniles piernas de una cerda tan dura como la barba de moisés. Mientras aquellas dos pijas me dejaban la cara roja como un tomate maduro, la secretaría gritaba increpando a aquellas guerreras de nueva generación, y proclamando a los cuatro vientos porque cojeaba tanto mi expediente: - "desgraciada mosca disecada, ¿es que ignoras que todavía no has aprobado aquella asignatura de libre elección que versa sobre la sexualidad? Es necesario que para que te den el titulo demuestres que no eres virgen, pues para enfrentarse al mundo profesional, es necesario que te enfrentes a una selva negra y la inundes con lluvia blanquecina. Eres una vergüenza, un escarnio, un simio expulsado de la manada y que desahogas tus necesidades en el desierto. Eres un desahuciado, lo único que te merecerías es que estas señoritas te abofeteasen hasta que hayan desahogado todo el odio que sienten por una miseria como tú. Dedícate a escarbar en la tierra cuando salgas de aquí y entierrate vivo, ves a cualquier sitio desértico donde nadie pueda encontrarte porque te aseguro que el común de los mortales serán implacables contigo. Eres un degenerado si te pesa lo que llevas en tu asqueroso y repulsivo insectito, te jodes. Pero no nos cuentes tus lúgubres problemas de alcantarilla. Lo que no funciona en el alcantarillado del pensamiento, no funciona en una rígida e inflexiva mesa de una oficina. No eres alguien apto, simplemente eres un marginado. Y ahora chicas abofetead sin cesar a ese jodido bastardo". Intentaba defenderme pero aquellas zorras gordas habían sido instruidas en defensa personal para prevenir el hipotético ataque de un violador machista con exceso de testosterona. Me tiré al suelo y me tapaba la cara con mis manos, pero siempre encontraban algún hueco de mi semblante al descubierto. La secretaria quiso unirse al linchamiento a base de bofetadas, pero no podía porque el espeso cristal de la ventana la separaba de nosotros. Pude oír como llamaba por teléfono y pedía permiso al decano para romper los cristales con una silla para unirse al linchamiento. Tras exponer brevemente las causas de aquellos disturbios, el decano accedió sin titubear, porque ninguna agresión machista puede quedar sin respuesta. Tiró la silla a la ventana de las becas y tras destrozar el cristal, saltó hasta nosotros, como un portero de la élite mundial lo hiciera para detener un penalti. Era cierto, mi tajante espada era vulnerable ante cualquier resquicio o resquebrajadura del inmenso muro de la sociedad presente y eterna. Algunas administrativas auxiliares se unieron a mi salvaje linchamiento, y en pocos minutos, tenía ante mí a siete tigresas furiosas dándome de bofetadas. Intenté escabullirme, pero había cerca muchos cristales por el suelo y no podía gatear con seguridad. Por otro lado tampoco podía dejar la cara al descubierto. Poco después entre las siete me cogieron y me llevaron hasta la sala de conferencias en sus hombros, como si hubiesen cazado a un ciervo. Para mi desgracia la sala estaba ocupada, era una charla feminista, y solo había mujeres. El tema de la conferencia versaba acerca de la positiva influencia mediática de la serie "sexo en nueva york". En la entrada se repartían gratuitamente ejemplares de "bravo", "cosmopolitan", y de la revista de ana rosa quintana. La ponencia la daba una señora de unos cincuenta años, vestida de cabaret, y a su lado su joven amante de unos 18 años. Hablaban de su gratificante relación y de cómo se habían enfrentado con valentía a los prejuicios de la sociedad. Mientras tanto aquellas mujerzuelas, acatando los preceptos de la sacrosanta ley orgánica de universidades. me ataron a una silla, en la tarima, a la vista de todas aquellas putitas finas, con la cara llena de arañazos de gata traidora e insensible, y con el resto de mi cuerpo magullado de heridas, era el cristo de los machistas. Entonces la secretaria, que era como la sacerdotisa de aquel templo de diosas que se maquillan más que una actriz de hollywood entrada en años, que ya no tiene talento para mamar, leyó en el micrófono los cargos que se me imputaban. Todas se reían de mí, cínicamente, parecía una explosión de júbilo desconcertante y obsceno. Me señalaban todas al unísono, como si quisiesen castrarme allí mismo. Perdón, estaba distraído en meditaciones políticamente incorrectas. Estos fueron literalmente los cargos de los que se me acusaba: - "este degenerado que se masturba como un obsceno orangután dominante, ha venido a pedir su titulo de licenciado en filosofía y ni siquiera ha podido introducir su erección en el agujero más profundo y misterioso que existe. Es un papanatas, escoria, un freak que en cualquier momento su polla hará crick ante nuestro omnisciente poder. Es vergonzante que semejante inmundicia, se pasee por las aulas. Debería estar reservado el derecho de admisión. Es culpable de no follar y no poder satisfacer a nadie, de exhibir su prepotencia y su elitismo arrogante, con una indecencia desorbitante. A tipos como este no se les podría dejar que mirase a ninguna mujer. Es un peligro público, en cualquier momento podría decir algo desagradable que no interesa a nadie. Miradle con odio, porque son esta clase de asquerosas cucarachas erectas, las que merodean por los pasillos y las aulas al acecho de encontrar una satisfacción absolutamente indigna para él. No es más que un robot anticuado y en desuso, un fósil que se ha evadido de su tumba para amargarnos la vida. Hasta ahora solo hemos hablado de moralidad, pero señoras, a partir de ahora remitámonos a los hechos. Este inadaptado gaseado por la basura de su deseo, ha cometido un crimen y es preciso castigarlo. Ha querido pedir un titulo sin estar en posesión legal de él, nadie que se halla licenciado en ninguna enseñanza tiene derecho a exigir el titulo sin haber fornicado anteriormente. Si no lo ha hecho significa que no esta preparado y que ya no puede enmendar su error, el castigo será eterno y severo. Simplemente, es la cáscara de un huevo. Y es asqueroso por eso nadie es digno de hacérselo con él. Señoras, solamente podemos ser fiscales, debemos negarle el titulo. No podemos permitir que el estado expida un titulo a este simio asqueroso. Es un peligro para la sociedad". Este ultrajante discurso fue el fin. Me desataron de la silla, y aquella repugnante madame prosiguió con su ponencia. Al salir de la sala, tuve que cerrar los ojos, para que aquellas miradas no acuchillasen al vulnerable iris de mis ojos. Salí junto a la secretaria, detrás suyo. Fue al ordenador, y me puso un suspenso en todas las asignaturas en que me había matriculado cada año. Me obligo a firmar, asegurándome que si me negaba el decano emprendería acciones legales contra mí. Todas las administrativas sonreían satisfechas, pues cada firma mía representaba un suspenso. Me obligo a confesar que en cada examen había hecho trampas, consiguiendo el aprobado de un modo ilícito. Tras firmar aquellos comprometidos documentos, la secretaria me dijo que me podía dar por satisfecho si me dejaban la E. G. B aprobada. Para evitarme más problemas debía de obedecer incondicionalmente. La secretaria se comportó bien conmigo teniendo en cuenta que mi expediente disciplinario todavía era un secreto. Solo se desvelaría si emprendía acciones legales apelando a las autoridades competentes. Debía de volver a estudiar el bachillerato, y tal vez de aquí a dos años, podría tener el derecho a estudiar una nueva carrera. En cierto sentido las relaciones sexuales y la labor académica son dos hechos independientes, pero este relato muestra de una manera clara y distinta que no es así.

CRUCIFIXIÓN ESPONTÁNEA

Siento que la vida se escapa de mis labios para proseguir su viaje en un murmullo insistente y vacío. No se que es lo que quiero decir pero tampoco me importa, estoy absorto en la contemplación del insufrible estruendo del clavo en la pared. Abre un inmenso agujero en mi soledad, pero nadie pregunta simplemente acontece. Mis sueños se han quedado dormidos en el aire, pero el clavo continua pregonando su incrustación en la pared. No tengo ningún martillo, porque aquel que actúa es mágico e invisible. El martillo nunca duerme siempre reconstruye la vida, aunque sea mediante un hecho tan banal como aporrear la pared. No existe ninguna lógica del silencio ni del ruido, porque la mente nunca se cansa de vomitarse a sí misma. No se porque me obsesionan tanto mis delirios imposibles, pero si se trata de una sinfonía infinita ha de ser capaz de llegar al vacío y causarle una inmemorial explosión. No me siento participe de los violentos designios del martillo, pues aporrea la pared con la misma contundencia con que yo respiro para vivir. Repentinamente me pregunto: -" ¿ a quien agrede el clavo? a mis oídos de un modo gratuito o a las polvorientas carnes de un profeta olvidado. Siempre pensamos: "el vacío es más hondo cuanto más ruidoso es". Pero yo respondo: "atraviesa el desierto como una mano limpia toca la luz y descubrirás que la luz no toca nada, porque su viaje hasta el infinito es eterno". Mis carnes tiemblan porque son conscientes que su instinto no tiene raíces en el artista del martillo. El martillo dice: "golpeo lo que no entiendes, lo que más te hace sufrir". Yo le respondo: "no se lo que pretendes pero tampoco me importa, porque no hay nada que provenga de la esencia de la existencia que tenga límites o que sea borroso de por sí". El martillo continúa con su embestida y me cuenta: "en el mundo solamente existe un único ojo. Su iris resplandeciente se enciende con mis martillazos. Tú vives en el blanco de aquel ojo, nebulosa frontera que no puede decir nada del mundo. Se intenta comunicar con la pupila pero no puede porque ambos son de naturaleza muy dispar. Limitate a escuchar la pesadez de la existencia, el vacío es el sueño más abominable que existe. Nunca intentes ponerme a prueba, con obedecerme será suficiente. No te golpearé cuando lo desees sino cuando surja". Escucho el martillo por doquier, como si fuese el magnetismo mismo de la vida, y mi pensamiento es como el caparazón de una tortuga que resiste estoicamente a sus ataques. Entonces el martillo me cuenta: - "imaginate que estoy en el umbral de tu puerta, ¿no ves una pesada sombra?, ese soy yo. Intenta asesinarme con una linterna y mi espíritu ciego invadirá tu morada". Entonces le respondo al martillo: - "¿porque golpeas con tanto tesón a la pared, que te induce a provocar esta algarabía nihilista?". El martillo responde: " la carne más sagrada que existe, la única que puede conocer el dolor y hablar de él, la única que puede aterrorizarse ante mis mecánicos e infinitos movimientos". Abro los ojos como si creyese que puedo encontrarlo, pero el martillo no esta en ningún sitio, porque su ruido es arbitrario y caprichoso. Podría sonar en las antípodas del mundo y derretir mis tímpanos, o tal vez podría sonar en mi interior y creer que se encuentra en alguna estrella lejana. Porque el pánico más perfecto consiste en no saber donde se plantan las semillas del mal. Entonces el martillo me dice: -"debo hacerte una confesión, observa escrupulosamente tus muñecas y dime lo que ves". Yo le contesté: "sangre negra, sangre de alcantarilla, sangre crepuscular". Lo dije irónicamente pues aunque veía mis muñecas ensangrentadas, no sentía el menor atisbo de dolor. El martillo quería causarme alucinaciones como había intentado en otras ocasiones. Sin embargo me extrañaba que el retumbar en la pared cada vez era más cercano, como si el mismo ruido pudiese colgarme en la pared. Ya no sentía la presencia del martillo y se produjo un silencio atroz. Aquel barullo se había desvanecido. De la pared goteaba sangre y había dos clavos bien firmes, de donde nacían riachuelos de sangre. Sentía que gradualmente mis manos me escocían más y más. Entonces pensé: - "si estoy viendo aquella pared vacía es porque no existe lo que estoy percibiendo". Un relámpago devoro el sórdido espíritu de aquella sala, y antes que pudiera ser consciente estaba crucificado, con las entrañas de mis muñecas atravesadas, pues aquel lúgubre sonido no eran más que los prolegómenos de mi trágica desdicha. El martillo había desaparecido para siempre, pero debía de ser inmortal en el recuerdo. Su herencia era mi crucifixión. Poco después abrió la puerta en el más descomunal de los silencios un hombre misterioso. La expresión de su rostro era arrogantemente sincera, y su barba canosa le llegaba hasta el pecho. Sus ojos parecían como dos cascabeles que suenan irónicamente al ritmo de una canción popular. Su vestimenta no era andrajosa porque no se había vendido al mundo por un canto hondo e ingenuo. Tenía arrugas de niño y su rostro parecía como el mapa de las gesticulaciones imposibles. Entonces me dijo poco antes de cerrar la puerta para siempre para vender mi agonía a los elixires baratos y nauseabundos de las estrellas: - "prometiste que cantarías todos los poemas profanos que existen y que su música haría llorar a las estrellas y a los dioses pero ni siquiera eres capaz de bajar de tu cruz". Me miró como si tuviese fuerza para hacer girar los clavos en mis carnes. Como si estuviese en un pasadizo subterráneo y solo fuese testimonio de mi dolor una fe que nunca ha existido. Se acercó a mi y tras escupirme en la cara me dijo: - "prometiste que la jaula del dolor se abriría para que pudiesen escapar todas sus bestias inmundas a las tierras del vacío y ni siquiera puedes bajar de tu cruz. Acto seguido, se dio la espalda y desapareció entre las brumas de lo que parecía ser un pasillo que te conduce a las tierras del infinito. Entonces mis músculos se contrajeron para gritar por última vez. Había de ser el más abismal y grandilocuente de los aforismos, porque mis labios quedarían sellados para siempre. Entonces dije: - "nadie se salvará, nadie, soledad....".

LECCIONES DE MALABARISMO

Ya hace mucho tiempo que desapareció la escuela de malabaristas. Era una institución singular y sus enseñanzas no se limitaban meramente a hacer prodigiosos juegos de manos, sino también a pensar en catástrofes inverosímiles y estrambóticas en ejercicios privados, mientras se sostenían las bolas en el aire, pero sobretodo cuando se actuaba de cara al público (aunque en aquellas circunstancias era cuanto más se mentía y más fingida era la representación). Según su particular concepción del arte y del espectáculo, tan solo aquellas personas que estuviesen dotados de una notoria imaginación apocalíptica eran capaces de manejar una extraordinaria cantidad de bolas. No se entrenaban con bolas cualesquiera, sino con aquellas que tuviesen un determinado color. El director de la academia siempre recomendaba a sus discípulos que pintasen las bolas del color que más dolor emocional les causase. En un principio podría resultar irrelevante, esta pequeña modificación en sus ejercicios, pero su influencia podía apreciarse tras largas horas de entrenamiento riguroso y exhaustivo. Cuando las bolas se veían borrosas tras un notorio esfuerzo psíquico y físico, los colores de las bolas empezaban a mezclarse con su pensamiento ascético. Las consecuencias en ocasiones eran negativas para el rendimiento del artista, pero en otras alcanzaba el umbral de la perfección estética. En los entrenamientos colectivos (que solían coincidir con alguna extraña conmemoración de la historia de la academia), todos los artistas estaban obligados a escuchar el anti- himno de su escuela. Pero debido a su reiterado uso prácticamente adquirió el status de himno. Se trataba de una cinta grabada en la cual se escuchaban sonidos irritantes( una tiza en una pizarra que se rallaba, un cuchillo agujereando carne, pisadas en superficies rugosas, cristales rotos, explosiones de pólvora desconcertantes, voces extremadamente desagradables que intentaban encadenar frases pero que no podían debido a un problema de locución innata o debido al consumo de narcóticos...). Cuando se estropeaba el altavoz en el pabellón, todos los artistas y sus respectivos entrenadores tenían el corazón en un puño. Dependiendo de la calidad del artista podía permitirse pedir al director que le proporcionará más entrenadores y de mayor rango. Aquel artista que actuase en solitario podía deberse a dos motivos: - "o que hubiese alcanzado la sabiduría suprema, o bien porque su arte estaba en vías de extinción y era inminente su expulsión de la academia". Sin embargo los métodos de los entrenadores estaban perfectamente concertados y reglados. Cada entrenador disponía de una pizarra. En esta pizarra anotaba las palabras más recalcitrantes y pesadas que podían sugerirle mayor vivacidad interpretativa a su alumno. No era una tarea fácil porque tenía que escribir y borrar las palabras al ritmo de un relámpago. Además tenía que observar continuamente las expresiones de su rostro, y en función de sus gesticulaciones escribir palabras de distinta intensidad emotiva. El artista no solamente había de estar atento a la adecuada coordinación de sus movimientos sino que también tenía que leer en voz alta las palabras. A medida que los ejercicios iban aumentando en dificultad, cada vez había más bolas, y estaba obligado a leer más palabras y de mayor fuerza vivencial. Según los medios y la fama que tuviese cada artista, podía ganarse el derecho a disponer de un compositor privado. Durante sus entrenamientos aquel músico componía sinfonías que estuviesen de acuerdo con el presente y la melancolía del artista. Sí por ejemplo, el artista sentía nostalgia por una mujer, el músico componía apasionadas baladas de amor. Los entrenadores también disponían de ayudantes, aunque su trabajo no estaba muy bien remunerado debido a que era muy escaso y aburrido. Según requiriese su entrenador podía ocuparse de varias facetas. Entre ellas estaba insultar enérgicamente al artista cuando fuese necesario. Ir a buscar tiza cuando faltase, apuntar todas las palabras en una libreta aparte, para posteriormente hacer un resumen analítico de todo lo que había acontecido. De hecho las bolas que volaban en el aire, eran el complejo mundo interior del malabarista que bailaba delante de todos. Siempre actuaban en el mismo lugar. Se trataba de un recinto deportivo en la que se aglomeraban en un espacio relativamente pequeño infinidad de malabaristas, entrenadores y ayudantes de entrenador. Debido a que el espacio era muy limitado, ubicaban su territorio en los sitios más insospechados: en los vestuarios, en los armarios o incluso en la oficina en donde el director de la academia no hacía más que revisar informes de la evolución artística y emocional de sus discípulos. Al director le era muy difícil concentrarse en sus quehaceres, porque siempre escuchaba a sus alumnos repetir incesantemente la secuencia de palabras absurdas que su entrenador escribía en la pizarra. Los alumnos más aventajados eran capaces de manejar 14 bolas, y de recitar versos inverosímiles que su entrenador improvisaba. Sin embargo no podían resistir mucho debido a la fatiga, y las bolas se esparcían por el suelo. A menudo los ayudantes de entrenador correteaban por el edificio buscando bolas perdidas, pero en más de una ocasión no eran compatibles con el pensamiento ascético de otros artistas. En más de una ocasión se había denunciado el robo de bolas, y dependiendo de la seriedad del caso, el director había expulsado de la academia a aquellos artistas que robasen sufrimientos íntimos de otros artistas. De hecho los ayudantes de entrenador eran jerárquicamente inferiores en la escala de complicidad, y debido a su poca responsabilidad apenas eran amonestados con penas severas. Pocos artistas guardaban siempre las mismas bolas, porque siempre robaba ideas y pensamientos, y a su vez estas ideas o pensamientos eran hurtados. Aunque si fuese sincero, el robo de bolas no solía jamás ser denunciado. El recinto siempre estaba ocupado, y los artistas tenían distintos horarios para entrenar. En la puerta de la entrada había colgado el nombre de todos los artistas y sus correspondientes horarios. Evidentemente los mejores malabaristas tenían más horas y los más mediocres apenas se les concedía tiempo. De hecho, aprender a ser malabarista, era un ejercicio que ayudaba a pensar con mucha solvencia y fluidez. En aquella escuela de malabaristas, no había ningún artista que no pensase mientras las bolas volaban en el aire. Era un ejercicio duro pero muy gratificante. Las manos manejaban los instintos más oscuros, repulsivos y dolorosos de una manera muy eficiente. Si el malabarista padecía de angustia existencial, el entrenador le proporcionaba bolas de hierro, y si en aquel momento sentía una alegría que no cabía en su pecho, el entrenador se burlaba de él, y le ordenaba ejercitarse con pompas de jabón. Al darse cuenta que no podía hacer malabarismos con sueños imposibles y desconcertantes, volvía a la antigua senda y al camino propicio en donde peregrinan todos los artistas consagrados. La mayoría de los artistas acababan con las manos repletas de llagas y eso les daba fuerza para proseguir en sus juegos malabares. Los artistas consagrados hacían malabarismos con bolas con espinas, era entonces cuando podían elevar más bolas en el aire. Debido a la ignorancia del público, tan solo hacían representaciones los artistas más mediocres y desvalidos. El público los aplaudía con fervor ignorando que sus fuegos de artificio con las manos, eran los más fingidos y los más vacíos de todos. El auditorio tan solo conocía la parte más pestilente y soez de la academia. Las grandes representaciones siempre tenían lugar en actuaciones privadas, bajo la mirada atenta y escrupulosa del director. En aquellos espectáculos interinos, las competiciones eran desgarradoras y con muy pocas reglas. Eran capaces de bailar como si aquella fuese su auténtica vocación, y a un mismo tiempo sostener a 15 bolas de hierro y con espinas por los aires. Sus pensamientos ascéticos navegaban en el vacío siguiendo trayectorias imposibles. La coreografía no era lo importante, sino ver como se deslizaba en silencio su macabro conjuro de palabras ilusorias por el aire. Habitualmente los artistas con más talento, necesitaban de constantes ungüentos en las manos, pero aquellos que tenían una reputación y un prestigio más elevado solían rechazarlos. La jerarquía de aquella academia disponía de reglas muy simples pero a su vez muy imprecisas. Aquellos que habían nacido para ser entrenadores, debían conservar la mente muy fría y despejada, y debían dominar de un modo análogo la lógica emocional y la lógica matemática. Debían de saber dibujar en la pizarra infinidad de combinaciones espacio- temporales de las bolas, y a un mismo tiempo debían ser unos poetas consagrados, porque habían de aprender a escribir palabras precisas y contundentes. No podían implicarse en las necesidades vitales del artista, su trabajo era hacer un laberinto partiendo de una línea recta. Cobraban mucho más que los artistas debido principalmente a dos motivos: - "ellos no habían nacido para pensar sino para imponer reglas imposibles, es decir que ellos eran el motor cognitivo de los artistas, y sin ellos no habría malabaristas eficientes en la academia. En segundo lugar porque el frío necesita el dinero, como la regla necesita de la imparcialidad y modestia vivencial. Los ayudantes de entrenador tenían los salarios muy bajos, porque no sabían pensar pero tampoco sabían emocionarse por nada. Eran aquellos que manejaban en secreto y discreción la máquina, pero no conocían sus reglas de uso, ni tampoco sabían a donde iba a parar la mercancía de la academia. Los malabaristas eran los más pobres y raquíticos de todos, a pesar de que todos los esfuerzos de la academia iban dirigidos a su arte y esplendor. Eran un espíritu invisible, una presencia que nadie siente, y aunque la sintiera jamás se sentiría identificado. Cuando sus entrenadores o sus auxiliares, se cruzan con ellos en la calle, no son capaces de reconocerlos, y nunca recuerdan haberlos visto por la academia, y si llegan a su reconocimiento, no son capaces de recordar ni siquiera sus nombres. Los artistas saben manejar tantas palabras en el aire, como bolas durante sus juegos malabares. En general no son más que una mesa o una silla que accidentalmente han cobrado vida, y si son irreales en el trasfondo de su ser, pueden hacer que prodigios inverosímiles emerjan a la exterioridad. Por esta razón guardan una armonía tan violenta con las bolas con las que juegan. Sus apasionados juegos malabares son utópicos, pero por eso pueden existir y dar síntomas de vida. Es cierto que se aprovechan de los robos de bolas de los ayudantes de entrenador, pero también lo es, que a estos no les incumbe de que colores son las bolas y que secreto encierran en su interior, cuando se mezclan en apasionados bailes rítmicos con otras bolas. A los malabaristas no les importa que nadie les reconozca, ni que ningún entrenador les aplauda sus exhibiciones magistrales, porque no son conscientes de sí, ni de lo que hacen, tan solo hacen lo que tienen que hacer: " que sus pensamientos vuelen en el aire mezclando colores imposibles, y juegos de artificio inimaginables, que su baile sea un misterio irresoluto, algo que se entierra pero que siempre permanece vivo en lo oculto, que su espectáculo consista en el baile de cenizas hacía las regiones más recónditas del universo. En definitiva que exista una violenta armonía entre aquello que no conocen y que les sucede, y las bolas suspendidas en el aire, intentando ser el espejo de un mundo imposible. Son lúcidos cuando juegan con las bolas al azar, e irresponsables cuando intentan situar cada uno de sus pensamientos en el espacio. Su comportamiento no suscita ninguna duda pero tampoco ninguna crítica. Porque las bolas son lo que son: entidades invisibles que alguna vez tuvieron vida y ahora ya no". Y en lo que respecta al director de la academia, ¿quien es?, algunos dicen que fue dios, otros que fue un hombre, y algunos opinan que el insoportable símbolo de todos nosotros, es decir la bandera de una patria que no ha existido jamás, pero que siempre esta presente en nuestro corazón y nuestra cabeza. Datar cronológicamente a la academia sería imposible, no se sabe cuando abrió sus puertas al público y cuando las cerró. Del único hecho del que se tiene constancia es de que ya no existe, tan solo se guarda un lúgubre recuerdo impronunciable. Desgraciadamente el mundo ya no necesita de malabaristas. Si alguna vez ven ustedes a un artista callejero o alguien del circo pregúntenle con melancolía: - "¿realmente esta sosteniendo el mundo con sus manos?". Lo más probable es que se burle de ustedes o que les ignore. Verdaderamente, el antiguo encanto y exotismo de los malabaristas se ha desvanecido por completo.

 



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