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Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS

Juan Oliver

juanglot@hotmail.com


¿DÓNDE VIVES TÚ?

En las fronteras de la pesada sombra de mi casa, merodeaba de vez en cuando cuatroletras, con su sombrilla rosa, con sus guantes de seda, y con sus túnicas violetas y llenas de misteriosas estrellas. Se derretía junto al sol y su sonrisa, no le avergonzaba vivir tranquilamente a la luz del día. No entendía los cantares del viento, pero se complacía en escuchar su agónica armonía. Su casa estaba al raso. Estaba sentada en una silla, junto a una mesa de mármol, situada en medio de la acera. Tomaba el té, mirando solemnemente las nubes. Un espectáculo pasajero, que resulta aburrido e incomprensible para todos aquellos que cuando piensan en su casa piensan en su vida. Tenía una silla para invitados, y en raras ocasiones estaba sin compañía. Los transeúntes cuando la veían charlaban con ella, apreciando su sincera amabilidad y sus dotes para desenmascarar aquello invisible, que tanto nos agrava y nos chantajea. Era la musa de lo profano, la hermana de la muerte, la hija de la luna. A pesar de que en las turbulentas noches, las calles siempre estaban desiertas, la vida se hinchaba sin cesar. Podían escucharse ininteligibles murmullos y perspicaces conspiraciones, pues cuatroletras estaba hablando con su madre mediante los lúgubres latidos de su corazón, mientras la luna explicaba a su hija los secretos de la poesía. Yo siempre la espiaba cautelosamente desde los muros de mi patio, sentía una extraña mezcla de recelo y esperanza, en elevadas dosis, y un buen día decidí probar el fatal elixir. Para poder hablar con ella, me intenté cerciorar con anterioridad, que mi respirar no oliese a vacío, y que mi sombra fuese ligera y bailarina. Sabía por confidencias de terceros, que sus gestos y sus elocuentes miradas, estaban tan lejos de lo profundo y tan cerca del vacío, o tan lejos del vacío y tan cerca de lo profundo, que al contemplarlas un espectador imparcial sentía que nunca había tenido casa, y que su mundo se expandía hasta límites insospechados. Sin temor a malentendidos decidí hablarle en mi lenguaje a la hija de la luna. Ella era invisible, y tan solo podía tener la potestad para manifestarse cuando nacía un suspiro inédito, y cuando le mostraba sin rodeos y sin argucias mezquinas, el borroso espejo de mi alma. Sabía de muchas personas, que debido a un ancestral conjuro, habían desaparecido junto a ella, pero sin ella. Si se conversaba con ella acerca de incidentes o emociones someras, uno podía sentir con dureza y coherencia su carne y sus huesos. Pero si se extraviaba en sus laberintos de luz mágica y perfumada, se tornaba cada vez más invisible y su voz paulatinamente más aguda, y psicológicamente sin ningún marco de referencia en el que encasillarla. El eco de su voz ya no llegaba a este mundo, y se perdía en las vastas praderas del sinsentido. Hacía mucho tiempo que ella vivía en aquella acera, pero nunca había tenido ni la motivación, ni el orgullo, ni el desprecio por la juventud y la vejez, para acercarme a curiosear al valle inmortal y condenatorio en donde se escuchan todas las tribulaciones del amor. La tentación estaba a dos pasos, ¿pero se puede realmente cambiar el mundo con una mirada paradójica y retorcida de dolor e incomprensión? Me puse una bufanda, me la enrosque cuidadosamente en el cuello, a pesar de que era verano (ciertamente fuera de casa siempre siento frío pero mucho más en estas sombrías circunstancias). Abrí la puerta silenciosamente para que nadie supiese que salía fuera a hora tan extraña y en lugar tan inverosímil(a pesar de que nadie vivía en mi casa). Supongo que solo se trata de una costumbre, que aunque vieja y desnutrida siempre se debe de respetar. Di dos o tres pasos, y como si la primavera fuese capaz de nacer con un solitario y desquiciado rayo de sol, en aquella calle llena de sueños olvidados y de quimeras marginales, la pude ver con nitidez y soltura. Me sorprendió que no necesitase de esfuerzos, para evocar aquella ilusión. El firmamento de mis emociones había perdido la cordura, las estrellas explotaban al azar, sin importarles el tiempo ni su medida. Me miró abiertamente y sin tabúes, invitándome a que me sentase en su mesa y a que bebiese su té, que estaba hecho con plantas que crecían en paisajes de pesadillas terroríficas. Sus ojos eran deslumbrantes, se notaba sin necesidad de ser un erudito en la poesía, que ella era la hija de la luna. Su sangre era el vino de los dioses, sus carnes lisas y suaves eran como palpar de un modo enfermizo la poesía de la brisa. Sus ojos un astro perdido que nunca ha podido ver nadie, pero que nos ha contemplado siempre desde una galaxia lejana. Ella se derretía placidamente junto al sol, se derretía placidamente junto a la vida. No quise preguntarle su nombre por educación, porque su sueño es un secreto misterioso que se oculta en un lugar imperceptible. Mientras aquel torrente de luz calida y palaciega, me hizo olvidar los cercanos aunque lejanos muros de mi hogar, ella me dijo mientras sostenía firmemente, como una estatua antártica, su sombrilla rosa: - "¿donde vives?". Yo le respondí tímidamente: - "no lo sé porque no sé donde vives tu". Me sonrió con una mirada cómplice, mientras se deleitaba imitando mis gestos torpes y delirantes, en una comunicación gestual que no era humana sino de hechicería. Ella volvió a insistir: - "veo que eres muy decoroso y detallista me gustas. Pero si quieres que nos conozcamos bien tendrás que ser un poco más prodigo en explicaciones". Mientras ella sorbía indiferentemente aquella taza de té, mis palabras se me escapaban de mis labios, como la sombra de mis pies: - "muy arriba, me gustaría enseñarte mi reino, pero se que no vendrás- se produjo un macabro silencio- de todas formas me encantaría hablarte de él, si dispones de un minuto". Sin decir una palabra, me invitó con una elocuente mirada a que le explicase sin embarazo mis cuitas: - "gracias por querer escucharme. Verás vivo detrás de esta tapia, mi casa es muy triste, porque tiene muchos escalones y nunca puede saberse si estas en un escalón o en otro, por esta razón siempre tropiezas". Ella me respondió interrumpiéndome entre carcajadas fraternales: - "no seas exagerado, puedo ver tu casa desde aquí y es como la de todos. Siempre hemos sido vecinos porque el aire libre y los muros siempre lo han sido. Conozco muy bien tu casa. A mi me encanta vivir al aire libre. ¿A ti no?". Yo le respondí: -"yo vivo muy arriba". Ella dijo mientras se peinaba su cabellera lisa y aterciopelada en su espejito de bolsillo: - "¿porque no bajas de vez en cuando?". Mientras la miraba frenéticamente y con el aliento confundido fui capaz de decir: - "hoy lo he hecho, traicionando mis ideales y mis arcaicas costumbres. Los que vivimos arriba somos demasiado retrógrados, hoy estoy aquí de visita, pero cuando vuelva a mi casa mi corazón latirá en todas las habitaciones. Una pregunta, ¿ves aquella ventana con barrotes de hierro, en donde crece una torpe enredadera?, allí es donde estoy durmiendo yo". Ella me dijo mientras me servia el té en una tetera con flores azules y exóticas: - "no estas durmiendo has decidido por ti mismo a venir aquí a hablar conmigo".estaba muy aturdido: - "no puede ser, yo vivo muy arriba, y no cabe posibilidad alguna de que me haya despertado". Intentando encauzar la conversación hacía otros derroteros para que no me sintiese incomodo me dijo: - "¿quieres ser mi huésped durante unas horas? ¿Podrás soportar estar al aire libre durante tanto tiempo? ¿O quieres ser descortés y tomarte mi propuesta como una invitación a quedarte aquí sentado conmigo para siempre?". Entre lágrimas de granito le dije que vivía muy arriba y que no tenía tiempo para quedarme allí. Tenía que volver a caminar incansablemente miles de peldaños para poder volver a mi casa a tiempo. Me miro con desprecio y animadversión y echándome violentamente de la mesa, quitando la silla en donde estaba sentado, invito al primero que paso a que se quedase a charlar con ella. Cuando volví a mi casa, ya no reconocí sus tinieblas y sus penumbras (lo que era una desgracia de mayor índole), me encerré dentro, y comprendí amargamente que nunca más podría intentar desear vivir al aire libre. Tenía que volver arriba de donde yo procedo, pero desgraciadamente nunca más he podido encontrar esas escaleras. Me he quedado sin mundo porque nunca más podré salir de mi casa y tampoco podré encontrar unas escaleras que me lleven lejos, porque sé positivamente que no existen.

EL CAMPO PSÍQUICO

Que nadie me pregunte porque estoy aquí, no tengo fuerzas para evocar el pasado. Navego a la deriva silenciosamente en una balsa, dejándome arrastrar por el pensamiento milenario y monótono de un mar que quiere sepultarme en sus aguas púrpuras. Pronto vendrán los pérfidos juegos de ilusionismo, de momento tendré que conformarme con el suave y pesado discurrir de la corriente. Esta oscureciendo lentamente, solo puedo ver el horizonte, y vapores de colores de joyas malditas, que danzan en el cielo amenazando una tormenta que solo sobrevivirá al recuerdo de los lúgubres sueños etéreos. El viento sopla en dirección al sur, es frío y tranquilo. De momento no necesito achicar agua, tan solo tengo tiempo para imaginarme como será mi espantoso ocaso. No me gusta pensar en una forma de expirar en concreto, pero todo lo que me rodea me invita a pensar en ello. No me queda ni la más remota esperanza, para llegar a la costa tendría que seguir el mismo rumbo durante al menos tres semanas, y mucho antes mi precaria embarcación se hundirá o bien moriré de inanición. Hace un día que se agoto el agua de la cantimplora. He intentado buscar incansablemente alguna gota oculta, pero mis descerebrados esfuerzos han resultado totalmente en vano. Anoche hubo un amago de temporal, las olas casi destrozan a la balsa, se levantaban como gigantes enfurecidos. Creía en mis delirios que gemían de un hambre incansable, y que me querían devorar. Caí tres veces de la balsa, y no sabría decir en que ocasión me vi más perdido que la anterior. Justo cuando estaba más extenuado, y mis músculos empezaban a dejar de ofrecer resistencia, a las demacradas llamadas de la muerte, el temporal amaino. Me dormí, mirando fijamente y con una obsesión desorbitante las cristalinas aguas. Aunque pueda parecer inverosímil para algunos y triste para otros, no me siento abandonado. Empiezo a sostener la firme creencia, que por algún extraño motivo inexplicable, esta vivencia descrita, era tan necesaria a mi ser, como lo es mi cara y como son mis ojos. Baste decir que cuando tiemblo de frío, percibo en mis entrañas una calamitosa tranquilidad. Siento que navego en un sueño, una historia que se ha repetido centenares de veces y que siempre tiene el mismo desenlace. Los temblores que me rodean son una apariencia, todos los acontecimientos que se han de desencadenar en un futuro muy cercano, parecen solidamente predeterminados. Mis facultades psíquicas siguen funcionando con una precisión desconcertante, pero temo que cualquier pensamiento inoportuno, disminuya considerablemente mi potencialidad de sobrevivir unas horas más en cualquier momento. En estas circunstancias no tengo oportunidades de comportarme como un loco, pero las ideas que se crucen en mis torpes y cansados razonamientos incoherentes, pueden causar estragos en mi modo de enfrentarme a la realidad, y por tanto en mi competencia para morir de una manera más o menos digna. En más de una ocasión me he sentido tentado de atarme una cuerda al cuello, y dejar que el peso de unas piedras que guardo en la balsa, me sumerjan bruscamente, hasta mi incierta sepultura. Sin embargo, no tengo suficiente audacia para hacerlo, porque siempre he sido un artista del dolor. Siempre me he sentido inclinado hacia esa pasión, como se concentra la fuerza que se imprime a un cuerpo en movimiento. El rumor del agua, me recuerda situaciones inauditas que experimenté con anterioridad, como si su anónimo murmullo, hiciese que mis recuerdos encajasen a la perfección, en un rompecabezas construido en el abismo de mi interioridad, que crecía con una velocidad espantosa. Procuraba dormirme, sosegadamente y sin prejuicios, con un sueño profundo, aguardando inconscientemente cualquier momento en que se hundiese la embarcación, para que no pudiese despertarme nunca más. Actualmente, el instinto de muerte y la esperanza, son como dos titanes, que batallan con tal violencia, que como consecuencia, mis visiones cada vez se vuelven más rocambolescas, y con signos y fantasías que nadie pudiese interpretar debido a su complejidad y falta de raíces con la realidad. Quiero tener los ojos abiertos, desde anoche hacía tres días que no dormía, pero no puedo permitirme el lujo de volver a recaer en la vagancia y la somnolencia, no tanto por las terribles consecuencias que pudiera acarrear, sino porque he tomado la severa determinación, de que tengo que ser un fiel testigo de mi fallecimiento. No tengo otros ojos que sean testimonios de mi final, y consiguientemente, no quiero morirme en la más absoluta soledad. El mundo y yo nos hemos quedado absolutamente solos, ya no se trata de quien gane o quien pierda, sino de que la convivencia mutua sea lo más respetable posible. De vez en cuando he visto tiburones merodeando mi balsa, tal vez no han embestido, porque huelo demasiado a muerto. Intento por todos los medios no hacerme ninguna llaga accidentalmente por muy pequeña que sea con las astillas de la madera, porque su olfato es muy sensible. Los escualos parecen muy desorientados, no dejan de dar vueltas alrededor mío, como si dudaran de la existencia real de mi balsa. La superficie del agua esta a unos 30 centímetros, si estiro la mano puedo tocar el agua. En más de una ocasión he intentado pescar peces con la mano (sé que es una quimera imposible porque no tengo caña ni ningún cebo), pero las ensoñaciones de un hambriento desequilibrado pueden ser de lo más variopintas y osadas. La cuerda pudiera servirme como caña, pero no dispongo de nada que pudiera servirme como anzuelo. Tal vez si me hiciera una herida en los dedos e impregnara la cuerda con mi sangre, podría picar algún pez. Pero resultaría demasiado arriesgado porque no sabría como hacer el nudo, y porque podrían venir escualos en manada y harían un festín con mis desquiciados huesos. Tengo muchas escamas en la piel, el agua no deja de salpicarme, y mis ropas huelen a sal nauseabunda. Aunque parezca absurdo no tengo tiempo para aburrirme, constantemente fluye la actividad en cualquiera de mis tareas por muy insignificantes que sean (la más desagradable de todas es pensar en mi inminente muerte). Ver el cielo e intentar convencerme interiormente que no va a llover (aunque haya nubes en el cielo como hormigas en un caramelo), observar las olas y sus ondulaciones atentamente e intentar planear maniobras en el caso que se acercasen como Ángeles espumosos (todas ellas resultarían absolutamente inútiles pero entre ellas están: atarme con la cuerda en la embarcación tumbado, hundirme a varios metros y después salir para ir a buscar la balsa...). A decir verdad mi único compañero en quien tengo confianza es mi reloj, porque hace varios días que tuvo la delicadeza de pararse, y ya no puedo seguirlo aunque esa sea mi intención. Eso ha hecho que deje de especular filosóficamente acerca del tiempo, porque ya no existe tiempo, sino una rigurosa sucesión de acontecimientos inexplicables y carentes de sentido. Mi sed empieza a ser un problema, pero de momento no ha surgido la tentación de beber agua de mar, debido a que todo el mundo conoce sus perniciosos y atroces efectos. No tengo ninguna brújula, ni ningún aparejo o mapa estelar, que pudiera describirme mi posición de un modo preciso. Este dato es absolutamente accesorio, porque en esta época del año, las rutas comerciales de los barcos son inexistentes. El rescate no es ninguna posibilidad, pero gradualmente ha ido desapareciendo la desesperación, hasta hallarme en un estado mental en que el miedo y la angustia ya no tienen razón de ser, porque ya he sobrepasado con creces su umbral. Mi travesía en el océano es absurda, y aunque solo me quede encomendarme a algún suceso sobrenatural, he desechado esta posibilidad, porque entonces mi condena tendría mas grilletes. El mar es una inmensa sombra condenatoria, que se cierne sobre mí, sin vigorosas exaltaciones, y sin sutiles juegos de prestidigitador. Si tuviera un papel no creo que escribiese mis memorias, o un testamento vivencial para la posteridad, porque creo que es insano sumergirse demasiado en las tribulaciones personales. Ya hace tiempo que no dialogo con las estrellas, mi pensamiento se compone de miradas abominables a las profundidades marinas. Ya ha anochecido, y el firmamento brilla con una pomposidad intempestiva. El mar esta plateado y un banco de niebla se acerca a mí lentamente pero con decisión. No puedo discernir con claridad las invisibles amenazas que me rodean, a más de seis o siete metros de distancia. Empiezo a sentir un mareo agudo, como si los bailes infernales de mi cabeza tendiesen hacía las frías entrañas de este desierto azul. Mis sentidos no están mutilados, pero debido a una extraña amalgama, siento que mis distintas percepciones se mezclan entre sí, en un obsceno cuadro abstracto. Las estrellas son como infinitas farolas de una calle sin fin, una calle ovoide o cóncava para algunos y sin una trayectoria determinada para otros. El mareo tiende hacía abajo, pero un sentido desconocido que no se había manifestado nunca tiende con una fuerza inusitada hacia arriba. Esta percepción me muestra distintas proyecciones de mi mismo levitando en el aire, como si mi ser se hubiese multiplicado centenares de veces, y no pudiese encontrar la autentica imagen de mi mismo en ningún sitio. El silencio es desconcertante, el rumor de la corriente ha llegado a ser tan cotidiano, que ya no lo puedo sentir de ningún modo, el espacio de mi percepción se ha vaciado por completo, tan solo puedo comprender de un modo indistinto las ciegas y anónimas amenazas de la exterioridad. La brisa helada nocturna ha entrado con tanta agresividad en mis tímpanos que he perdido prácticamente mi facultad de escuchar. Pudiera despegar uno de los 12 tablones de madera de los cuales esta compuesta la balsa y hacerlo servir como remo, pero seguramente se desmembraría por completo, y no tendría ninguna utilidad, porque sería demasiado grande y no habría forma humana de partirlo sin herramientas. Aunque logrará mi propósito, la costa esta tan lejos, y mi salvación es tan hipotética, como la probabilidad de que haya un eclipse que no hubieran predicho los astrónomos. La niebla disminuye considerablemente las fronteras en el horizonte de mi visión. Pienso que es un mal sueño, que estoy en un canal nebuloso y que pronto estaré a salvo, pero todas las vivencias que he padecido son demasiado ciertas como para ser negadas con un mero deseo. La profunda soledad en las últimas puestas de sol, y mi íntimo acercamiento a un agujero insondable que se llama muerte en infinidad de ocasiones, me ha hecho que me olvidará de mis anteriores costumbres. Tengo la amarga impresión de que nací, en el momento en que fui abandonado a mi suerte, en este mar que de momento ha sido tan complaciente conmigo. El frío ha apretado, pero todavía no me ha ahogado. Debo tener una resistencia extraordinaria a circunstancias extremas, porque para darle una idea de la rigurosa temperatura a la que estoy sometido, debo de anunciarles que el agua no debe de sobrepasar los 10 grados. Cada vez me cuesta más respirar, y necesito cada vez más aire para los prolongados y agónicos esfuerzos que debo de hacer, para poder mantenerme a flote. He gritado con la extraña esperanza de que alguien me respondiese, pero el mar se ha tragado todas mis palabras, de la misma manera que engulle mi locura de una manera imperceptible y desgarradora. En ocasiones, debido a mis constantes espasmos debido al frío, y a un nerviosismo que ya no puedo apaciguar con ningún argumento convincente, me paseo de proa a popa y de popa a proa centenares de veces. La balsa tiene de extensión 3 metros de largo, por uno y medio de ancho, me la habré recorrido cuando la mar esta tranquila un número incalculable de veces. El mareo no cesa de agudizarse y mi dolorosa imaginación, no cesa de inventarse temibles torturas inminentes que me aguardan en cualquier momento. Creo que ha llegado el momento de pensar en aquello más embarazoso y sanguinario, que cualquier mentalidad cuerda y en una situación estable, ignora por completo, pero que en mi dramático caso, aparecen como babosos monstruos que llaman a las puertas de tu casa. ¿Como saciar el hambre?, ¿como ignorar a las matemáticas y sus fatales estadísticas?, ¿como luchar incansablemente contra un desmayo brusco que puede aparecer en cualquier momento? Mientras estas cuestiones siguen sin respuesta (debido a que carecen de ella), las murallas de mi mente han empezado a ceder, y se acercan victoriosamente diversos genios malignos de la locura. Escucho voces, que suenan aleatoriamente desde cualquier sitio, la niebla se funde en mi imaginación fatal, y puedo ver la esperpéntica figura de monstruos marinos y todo tipo de quimeras grotescas, bailando ante mis incrédulos ojos. Creo que distingo formas humanoides mezcladas con animales marinos. La figura que más se repite es la de un tiburón con cabeza humana. Tiene la cabeza desguazada, ha perdido los rasgos más característicos de la fisonomía humana, pero sin embargo tiene unos dientes de acero, prominentes y muy bien afilados. Algunas formas que puedo discernir de un modo secundario corresponden a peces prehistóricos de contundentes dimensiones, que bailan alrededor de los tiburones- humanos, con saltos acrobáticos que ni siquiera el mejor adiestrador pudiera aleccionarles, dando muestras de una inteligencia y un instinto que no son propios de ellos. Son verdes y azules, una extraña mezcla entre reptiles y sardinas, con los ojos penetrantes y atentos, con espinas de acero alrededor de su cuerpo, que pudiera medir alrededor de 5 metros de largo y dos de ancho. Saltan a unos 12 metros más allá de la superficie, como si llevaran un proyectil en el interior de su organismo. Su cuerpo es absolutamente amorfo y sería inútil hacer una descripción precisa de su forma. Ninguno de ellos tiene alas, pero por algún extraño mecanismo interior son capaces de sostenerse en el aire desafiando las leyes de la gravedad. Estoy absolutamente a su merced, pero parece como si se conjurasen entre ellos para no atacarme, como si formase aquello parte de un pacto demoníaco. Sus increíbles saltos provocan un tremendo oleaje, olas de más de 6 metros se me aproximan, pero sorprendentemente ninguna ola arremete contra mí, como si mi balsa fuese inmune a la ciega voluntad del mar. Creo que los tiburones- humanos me sonríen con su cara sangrante y llena de cicatrices, mientras la otra especie desconocida me ignora por completo. Mi balsa no se levanta ni un ápice, y todas las olas se desvían lo suficiente para no arremeter contra mí aunque sea de refilón. Las voces que antes escuchaba de un modo confuso, parece que han adquirido una fonética precisa, el contenido de sus palabras es el siguiente, no son frases con sentido, sino una amalgama de palabras aparentemente inconexas entre sí: -"sed, hombre, cielo, deseo, voluntad, cuchillo, alma, condena, tiempo, isla, horizonte, ahogo, frío (y la palabra más repetida era el temible mote: pilkema)". Toda clase de conjeturas me sobrevinieron: desde que aquello era un conjuro milenario del mar, especies alienígenas que se habían mezclado en el ecosistema marino, o bien que se trataba de un experimento fallido de algunos genetistas futuristas que trabajaban para una sociedad secreta. Sin embargo todas mis especulaciones eran inútiles, porque nunca sabré que era realmente aquello (no pudo ser el producto de un espejismo causado por la sed y el hastío porque las turbulencias del mar, y aquellos nigromantes rostros no podían provenir de ninguna imaginación que fuese humana). Ignoro el tiempo que pase a merced de aquellos monstruos, pues no sería capaz de enfocarlo con ningún matiz razonable. Mi dolor era mucho más profundo que la sed, mis palpitaciones frenéticas y aquel intenso frío. El olor era insoportable como si sus escamas expulsasen algún veneno corrosivo, que pudiese desplazarse por el aire, un virus letal que es capaz de mutar en cualquier forma de vida. No obstante, en ningún momento debí estar expuesto de un modo directo, aunque el aire que respiraba era necesariamente tóxico. Probablemente aunque hubiese estudiado farmacología, no hubiese sido capaz de dar un nombre científico a aquella peste insufrible. Debido a un extraño capricho de aquel espectáculo incansable, mortificante y tortuoso, aquel interminable desfile acuático cesó sin que pudiera averiguar el modo, ya que no había forma humana para adivinarlo. Tal vez aquellos engendros decidieron volver a sumergirse en las profundidades marinas. Aquel oleaje dantesco y aquellas corrientes de aire frenéticas, desaparecieron sin dejar rastro, de un modo exabrupto y desconcertante. Tras ser testigo de aquel milagro prodigioso caí extenuado, cerrando los ojos, aunque sin poder dormir, debido a la larga serie de pensamientos aterradores que se mezclaban en mi espíritu. La mar estaba en calma, pero era una apariencia demasiado benévola para que fuese beneficiosa para mí. No tenía fuerzas para intentar remar con las manos y alejarme de aquellos parajes malditos, la noche caí pesada y con luces verde- esmeralda sobre mi convulsa cabeza. En ningún momento desconfié de la veracidad de mis sentidos, y tal vez aquello resultará un craso error. De pronto, ante mi sorpresa, pude escuchar vocecitas de niños endemoniados que no cesaban de proferir: - " pilkema, pilkema". Aquellas voces tenían un origen incierto, pero hacer una descripción psicológica de ellas resultaría infructuoso, porque no se encontraría analogía alguna con la realidad. Veía a escasos metros de distancia, un punto de luz diminuto y resplandeciente, y de una magnitud tal, que creo que podrían verla desde costa a costa. Era una luz cegadora, y por alguna razón indescriptible, me otorgaba una desconfianza extrema. No se si era algún extraño punto de referencia de alguna civilización sumergida en lo más profundo de las aguas, pero ciertamente era cegadora, y tenía que mirarla con los ojos semiabiertos y las manos tapándome la cara. Ni siquiera se me ocurrió pensar que pudiera ser el objeto de mi salvación, aunque pocos augurios eran favorables. La niebla volvió a manifestarse de un modo más persistente, pero aquella luz era tan penetrante, que llegaba hacía mí mediante una línea imaginaria, recta, y que se extendía posiblemente a infinidad de millas más allá de mi visión. Me acercaba lentamente hacía aquel siniestro vigía situado en las inmensidades del océano. El rumor de la brisa era mi solitaria compañera, en aquella angustiosa espera, que podía significar el derrumbamiento definitivo de mi ser, o una renovada esperanza que imprimiría su sello en las profundidades del alma del mundo. Estaba exhausto, y miraba el espejo del mar con indecisión y cautela. La serenidad de sus aguas y el imperio de aquel silencio cabalístico, invitaba a una reflexión que no era grata para ninguna mentalidad, por muy amante de las inquietudes que fuese. Sin que fuese consciente, llegue a un estadio superior en mi forzosa abstinencia de alimentos, mi cuerpo cada vez era menos inmune al frío, y los espasmos esporádicos, cada vez eran más regulares y contundentes. Apenas disponía de fuerzas para pensar, mi visión era cada vez más borrosa, y sentía que desfallecía a cada instante. Tan solo podía encomendarme a aquel milagro, porque si hubiese de confiar en la regular sucesión de causas y efectos en la naturaleza, apenas dispondría de expectativas. El hecho de que dispusiese de una ínfima oportunidad para salvarme, y aquel inesperado cambio de rumbo en mi camino fatal, hizo que el miedo volviese a renacer de mis entrañas. Aquella menguada esperanza, no surgía de un vulgar truco de ilusionismo, sino del agónico espíritu de aquel mar enlutado. Miraba el pálido reflejo de aquella luz en las aguas, y junto al lejano néctar de las estrellas, formaba una mixtura desconcertante de colores ondulantes que flotaban en las aguas. Había luna llena, pero estaba oculta debido a la delicada espesura de las nubes y aquella niebla autóctona, que nacía de un ritual salvaje en el desierto azul. Mis piernas y mis brazos estaban prácticamente paralizadas debido a la extenuación. Tras largos minutos de espera, llegue a la inagotable fuente de aquella luz. En la cercanía pude apreciar de qué se trataba de una boya, resplandeciente hasta límites insospechados. Era de una electricidad interior, mediante un complejo dispositivo electrónico, con unos materiales y una tecnología que no se pueden encontrar en ningún continente. Estas deducciones las pude llevar a cabo porque su imagen proyectada en el agua, me ofrecía una sutil visión, de los complejos cables diminutos que se enredaban en un microsistema muy eficiente. De aquella boya se bifurcaban tres cuerdas. Tire de cada uno de los cabos, porque sentía que había peso y que probablemente se trataba de algún aspecto accesorio de aquella máquina (o tal vez comida o bebida). En uno de los cabos encontré un pequeño cofre, en los otros dos no había nada (tal vez estuviesen ligados entre sí de tal modo, que los tres cabos sostuviesen el mismo peso). Abrí el cofre apresuradamente, estaba encadenado meticulosamente, pero afortunadamente no se necesitaba de ninguna llave para poder abrirlo. A pesar de su relativamente reducido tamaño (medio metro de largo y unos 200 cm. de ancho), pesaba muchísimo. El material del mismo consistía en una extraña placa metálica (por usar una analogía que pueda comprenderse), de color de cobalto. No había indicios de oxidación, aunque podrían haber pasado infinidad de años sumergido en el agua (tal vez estaba hecho de un material prácticamente indestructible y sin ninguna volubilidad a los agentes externos). Tras la apertura de aquel cofre, descubrí que guardaba víveres y agua. Sin ningún reparo procedí a la ingesta de aquellos opíparos manjares que tanto necesitaba mi turbulento estomago. Toda la comida estaba guardada en un recipiente hermético (no me hice preguntas de cómo aquellos alimentos podían haber estado almacenados tanto tiempo sin perder sus facultades nutricionales). La comida era poca, pero la suficiente para abatir una necesidad apremiante. Había una botella de agua mineral con un gusto muy extraño aunque sumamente agradable y desconocido (que me bebí de un solo trago debido a un impulso incontrolable sin pensar en dosificarla). En lo que respecta a los alimentos sólidos, había seis frutas del tamaño de una naranja, aunque con colores y sabores muy dispares entre sí. Algunas de las frutas me recordaron vagamente el gusto de la carne y otras las del pescado. Tras ingerir aquellas exiguas aunque indispensables provisiones, eche un vistazo al resto del contenido del cofre. Había una carta, la abrí por curiosidad para averiguar si encontraba alguna explicación racional a todo aquello que me había sucedido. En un principio me sentí decepcionado porque encontré una escritura y un alfabeto absolutamente desencriptable. Aquella lengua no podía pertenecer a ninguna civilización conocida. Sin embargo, poco después aquel papel (que yo creí que era de una naturaleza absolutamente convencional), cambió espontáneamente en la disposición de sus caracteres escritos y tras correrse la tinta de un modo automático pude leer en mi idioma una carta. El contenido de la misma era el siguiente: - "apreciado señor naufrago: espero que estas provisiones le puedan servir para sobrevivir unos días más en estas intempestivas condiciones. Tan solo queremos menguar su dolor, pero no podemos salvarle debido a motivos que son confidenciales y que no podría comprender aunque se los explicásemos. Olvide sus esperanzas, su condena es irrevocable, antes de que usted pueda ser consciente, el olvido y la adversidad lo engullirán sin clemencia. No podemos decirle quienes somos, tan solo podemos anticiparle que en cuanto usted proceda a la lectura de esta carta, nuestro mundo y nuestra civilización se habrán extinguido desde muchos millones de años atrás. Tan solo podemos advertirle de que esta en un campo de varias millas a la redonda (probablemente hará pocas horas que habrá notado sus nocivos efectos), en que se suceden sin orden ni criterio alguno, toda clase de manifestaciones extraordinarias. Lo que usted ha visto, y probablemente volverá a ser testigo en un futuro inmediato, no es ninguna ficción, ni se trata de espejismos causados por su amarga desesperación. Tan solo es un reflejo del terror y la miseria humana, que hace acto de presencia debido a causas que ni siquiera nosotros podemos conocer, aunque las hayamos investigado de un modo exhaustivo y riguroso. Lo que usted vio y verá a partir de ahora de un modo regular, no se trata de quimeras, sino el sueño agónico de un ser terrible, que tiene unas leyes de conducta y unas motivaciones interiores que ninguna ciencia ni ninguna emoción pueden predecir. Desconocemos la naturaleza de ese ser, pero todos tendemos a pensar que es absolutamente espiritual. No sabemos si es una unidad, o esta compuesto de multitud de sensaciones inconexas entre sí, terrorificas y desalentadoras para cualquier conciencia con un mínimo de estabilidad emocional. El campo de supuestas ficciones en el que usted se encuentra tiene un magnetismo de desorbitadas dimensiones, su balsa no dejará de girar alrededor de él, poseída por la fuerza de un remolino invisible, hasta muchos meses después que usted haya fallecido. Recuerde que su único enemigo son los límites de su imaginación, ese quimérico ser sabrá como sacar partido de sus deseos y sus hondas tribulaciones. El campo psíquico tiene una fuerza uniformemente repartida en todos los rincones de su extensión, y se activa con mayor viveza, cuando sus pensamientos tienden al desorden y al dolor. El campo se limita a activar lo que usted guarda dentro de sí, porque en lo más profundo de la actividad del campo su conciencia esta vacía. El campo es una bestia indomesticable que se nutre de los anhelos de las almas de los navegantes que surcan esta parte olvidada del océano. Le recomendamos que deje usted de luchar por muy irrazonable y cobarde que parezca, porque en caso contrario, será víctima de uno de los martirios que ningún individuo de su especie ha padecido jamás. Duerma usted placidamente, esperando su final, de esta manera podrá morir con dignidad y pundonor. Deje que una ola embista contra su balsa y que destruya espontáneamente todas sus potencialidades de sobrevivir. No piense, tampoco actué, ni siquiera tienda al sufrimiento o la felicidad, deje que fluya ese abismal desierto, y que conquiste todas las murallas de sus vivencias". No hice caso del contenido de aquella carta, tan solo era una insulsa advertencia de la muerte. Debía ser la incomprensible broma de un visionario mezquino, que creyéndose poseedor de una verdad que ha nacido de un ciego designio de su locura, ha decidido que cualquier navegante indefenso, sea presa de su propio pánico. Sorprendentemente y sin que tuviera indicios de ningún puente entre un acontecimiento y otro, vi como se volvía a correr la tinta, aquella carta estaba escrita en una tercera lengua. Sus grafías resultaban más comprensibles, aunque seguían igual de indescifrables. Los caracteres eran más claros, escritos con mayor fluidez y buena caligrafía, que en el contenido de la primera lengua. Hice un extraño experimento al azar para comprobar si aquel extraño papel, obedecía a algún mecanismo en concreto, que hiciera posible la redacción espontánea de una lengua a otra. Sin pensármelo dos veces dije sin titubeos: - "francés". Y vi la misma carta que había leído con anterioridad traducida al francés. Probé con el nombre de todas las lenguas que conocía de su existencia (aunque obviamente no supiera traducirlas). Y mis deseos se hicieron realidad al comprobar que aquel papel y su contenido; se había quedado impresa la traducción de 30 lenguas distintas a la velocidad de un relámpago. Debido a lo sobrenatural de aquel cofre intenté hallar algún otro objeto de valor, pero no encontré nada más. Tan solo observé una irregularidad adicional. Al tocar aquel cofre sentía palpitaciones extraordinarias, como si pudiese hacer una curiosa abstracción de mi ego y el mundo, y sintiera que aquellas palpitaciones, fueran el fluir mismo de la existencia, el secreto escondido que han buscado la ciencia y la moral a lo largo de los siglos. No me deje llevar por aquella singular percepción, y deje abandonado en las más hondas lagunas de mi espíritu, aquel mar de duda e impiedad. La verdad de aquel cofre me había sido rebelada, pero me negaba a creer, que estuviera en aquel campo maldito, en donde las ilusiones fluyen como lo hacen las sombras en la muerte. Tire aquel cofre al agua, junto a aquella carta encantada, para que sus secretos y sus oscuras conspiraciones, no fuesen un legado para la humanidad, en el improbable caso de que sobreviviese a aquel mar de penurias e identidades ocultas. Volvía a estar a solas, pues tras ingerir aquellas provisiones y la lectura de aquella epístola endiablada, aquella luz, aquel lúgubre testimonio de lo sobrenatural se apago. La boya se había hundido, ya solo me quedaba su recuerdo, su profecía fatal. La balsa empezó a navegar con celeridad, a pesar de que el viento estaba ahogado, poseído por aquel misterioso ímpetu onírico. Daba largas vueltas sin cesar, alrededor de un círculo imaginario, y me agarraba fuertemente a los palos de la balsa, para no caer al agua. Estaba inmerso en aquel campo en donde se proyectan los turbulentos sueños de un abominable monstruo difuso. Intentaba no pensar, pero una sucesión de razonamientos en cadena, me llevaban cada vez más lejos en mi desierto y en mi hambruna. Sentía que aquel círculo en donde no podía dejar de dar vueltas era una prisión, una cárcel abstracta que ha sido dotada del don de la existencia, por aquel ser, que no tiene verdaderamente ningún rostro, pero que juega con todas las identidades, ya sean reales o ficticias, animadas o inanimadas. De pronto volví a escuchar a aquel coro infantil, que como nacido de los tenues rayos de luna que desembocaban en el mar, no cesaba de repetir la desgastada palabra: - " pilkema, pilkema". Cuanto más escuchaba aquellas voces, y cuanto mayor era la contundencia en que entraban en las ventanas de mi alma, sentía que entraba en las entrañas de aquel ser, que tenía una espiritualidad difusa e inalcanzable por ninguna facultad del entendimiento. Aquella ciega palabra pronunciada en aquel campo de ilusiones, tenía un sentido mucho más elevado, que el que pueda tener en la mera lectura de estas crónicas lapidarias. Aquel campo psíquico no era monotemático, pero debido a una razón de muy difícil diagnostico, aquella palabra tenía un sentido sacro, para aquella angustiosa manifestación de lo inexpresable. Escuchaba una y otra vez aquella palabra, y el crepúsculo se acercaba al ritmo de aquella espiritualidad silenciosa, que en cualquier instante podía estallar y crear un escenario desolador. Intentaba dormir, pero aquella palabra caía una y otra vez de aquel abismo psíquico. Tenía la oreja pegada a uno de los tablones de la balsa, para escuchar atentamente los latidos del océano, con la finalidad de distanciarme emocionalmente de aquella prisión construida a partir del infinito. Pero tampoco estaba a salvo de aquel campo psíquico si viajaba con el pensamiento en las profundidades marinas, podía escuchar como si alguien golpease levemente por debajo de la superficie los tablones de la balsa, como si pidiese auxilio para que lo rescatase. Esta fue una de las últimas conjeturas que se me ocurrió, lo mas habitual hubiera sido que se tratase de algún pez gigante, pero sus ligeros golpes eran racionales, tenían un orden demasiado preciso, para tratarse del instinto de un animal. No obstante eran unos golpes desesperados, que agitaban muy levemente la balsa. Si aquella persona o criatura quisiese acceder a mi balsa estaba invitado, pues no tenía en mientes ninguna maniobra para socorrerle. Llevaba alrededor de cuatro minutos forcejeando con aquella balsa, que se desplazaba muy rápido en aquel rumbo tautológico, en aquel campo psíquico mágico. Cada uno de sus esfuerzos eran cada vez más desesperados, pero me daba mucho miedo la compañía, nadie en su sano juicio, podría creer que fuese habitual que alguien saliese del agua, porque es imposible que hubiese una embarcación cerca que lo hubiese dejado allí. En caso contrario, no podría resistir más de tres o cuatro horas en aquellas gélidas aguas. Sentía palpitaciones psíquicas de su ahogo y de su constante esfuerzo por respirar. Tal vez si no salía a la superficie podía deberse a que se hubiese quedado enganchado a los tablones de madera, pero aquello era sumamente inverosímil. Al ver que cada vez sus esfuerzos eran más torpes y patosos, y que su ahogo era irremisible, intenté ayudarlo, momentáneamente me olvidé de aquel terror narcotizante que mutilaba todos mis razonamientos y todos mis sentidos, y decidí lanzarme al agua y buscar por debajo de la balsa, para cerciorarme de que aquella interminable sucesión de esfuerzos y asfixia, no eran más que un pérfido producto de la maquinaria de aquel campo psíquico. La balsa navegaba relativamente rápido, pero un hombre a nado, a una distancia prudencial podría atraparla fácilmente. Me lancé al agua, aunque probablemente aquella fuera una de mis últimas acciones en que se necesitase un intenso esfuerzo muscular. Di varias vueltas alrededor de la balsa infructuosamente. Me sumergí hasta que los oídos me dolían, y palpe algo pesado. Abrí los ojos y me encontré a un hombre que se deslizaba muy lentamente hacía abajo. Tenía el rostro nublado, en un estado de inconsciencia profundo, la cara blanca y deteriorada. Aquella eterna noche marina era argentada, quien buceara en aquellas aguas exóticas podía sentir un desconcertante bienestar, Conteniendo la respiración, sin pensar en mi propia vida, sino solamente en unos bruscos y rápidos movimientos que pudieran salvarnos a los dos, conseguí llevar a mi compañero más allá de aquel umbral desolador, y pude llegar con él hasta la balsa. Recupero fácilmente la conciencia, y no hizo falta que lo intentará reanimar. Tenía el color de la cara muy pálido, vestía con camisa y pantalones negros y un pañuelo del mismo color atado al cuello, y rondaba los cuarenta años de edad, aunque aparentaba una vejez prematura, y adivinar su edad resultaba muy difícil. Tenía las facciones deterioradas, debido a un sufrimiento y una tortura que llevaban muchos años prolongándose. Tras expectorar (además de las agravante situación en que se encontraba debía de padecer de tuberculosis), y vomitar sangre a raudales (intenté ayudarlo pero todas mis atenciones resultaban inocuas debido a la falta de medios), pude ver como abría los ojos. Posiblemente no lo había hecho con anterioridad debido al miedo y la indecisión. La expresión de sus ojos era infantil, y no concordaba con la miseria moral que comunicaba el resto de su rostro. Intenté hablar con él tras superar la indecisión y el extravagante encuentro con aquel desconocido, pero fue él quien se adelanto al barullo y me dijo sorprendido: - "¿quien es usted?, ¿que estoy haciendo aquí?". Le respondí que estábamos perdidos en el océano, le comenté brevemente que nos encontrábamos en un campo psíquico, el incidente de la boya luminosa, el cofre, los víveres malgastados en un arrebato, y aquella carta misteriosa que lance al mar. Ninguno de los dos quisimos hablar de nuestro pasado tan solo nos importaba que llegase nuestro final lo más rápidamente posible. Pareció no sorprenderse de mis explicaciones, a pesar de que ni siquiera el mismo me supo dar una explicación lógica ni coherente, de los motivos debido a los cuales se hallaba en una situación tan delicada. Tal vez padecía de amnesia, o simplemente no tenía ninguna confianza conmigo. Me trataba como si fuésemos dos desconocidos sentados por accidente en el mismo banco de un parque, como si nos hubiésemos conocido en una situación cotidiana. Debía ser un hombre tan acostumbrado a sufrir (debido a su demacrado y anónimo rostro), que no le dio importancia al hecho de que estábamos perdidos. Intenté hablarle, para intentar sonsacarle los motivos por los cuales lo había encontrado debajo de la balsa, formule mis preguntas mientras me giraba la espalda y me contestaba con monosílabos. La única respuesta que me pudo dar con cierta coherencia fue: - "estaba debajo de la balsa porque intentaba buscar una salvación". Era un hombre de muy pocas palabras, y no cesaba de sentir recelo hacía él, y en ciertos aspectos me arrepentía por haberlo salvado. Le propuse que podíamos dormir a turnos, porque debíamos estar muy cansados, y para que en caso de que hiciese acto de presencia una tormenta repentina, uno pudiese avisar al otro. El tema de la comida era tabú. Tan solo cuando el hambre desolase a nuestras conciencias, habríamos de tomar las más desgarradoras decisiones. Compartir mi exilio en aquel dubitativo campo psíquico con aquella vida deteriorada era un contratiempo, era una estéril forma de existir, un paso en falso en mi seguro camino hasta la muerte. La mañana había aparecido, y las manifestaciones psíquicas habían enmudecido. No tenía valor para que aquel sepulcro viviente fuese participe de mis confidencias, y tampoco sentía curiosidad por conocer sus terribles secretos. La muerte nos llamaría a ambos por separado, el hecho de que estuviéramos unidos era absolutamente accidental. Volví a escuchar aquella angustiosa palabra, en esta ocasión la pude oír muy lejos, y parecía que fuese dirigida a otra persona. Parecía como una conversación lejana que incidía en mi percepción, debido a que aquella fuente de borrosas revelaciones y angustias, era omnipresente. Parecía que una parte de mis sentidos se hubiese evadido y que aquella inagotable fuente de enfermedades y de agonizantes manifestaciones psíquicas, tuviese aquel sentido oculto que todos poseemos y que nadie es capaz de transmitir y comunicar a ningún otro ser. Mi compañero estaba cabizbajo, no daba muestras de estar animado. Era extraordinariamente pusilánime y flemático, estaba sentado con las manos en las rodillas, en una sórdida postura de meditación. Las primeras claras del día penetraban en su rostro, como si intentasen alumbrar, algo decadente, algo mezquino, en definitivo, algo que no tiene razón de ser en modo alguno, pero que es el invisible motor de todo lo que acontece. Escuchaba aquella palabra, como si fuese algo que nunca hubiese existido, pero al mismo tiempo fuese la piedra filosofal de todos nuestros temores. Escuchaba aquel infame murmullo: - " pilkema, pilkema". No sentía aprecio alguno por mi compañero de viaje pero en aquella desesperada situación tenía que confiar en alguien. Nuestras vidas eran ajenas, nuestros mundos son dimensiones que no tienen ningún paralelismo psíquico y matemático entre sí, pero había que confiar en aquella invisible carta, algo que palpas absolutamente a ciegas, y que puede ser el causante de desgracias y de maldiciones que nadie es capaz de explicar. Le dije aterrado: - "¿escuchas igual que yo, aquella llamada incognoscible?". El respondió con el semblante absolutamente inexpresivo, y con una mirada visceral y efervescente en sus bélicos ojos: - "me están llamando a mi. Pero no sientas temor, porque nada ni nadie vendrá a buscarnos". Le pregunte por el significado de aquella palabra, y aunque no fue muy prodigo en explicaciones me respondió: - "ese es mi nombre, todo el mundo lo conoce, y nadie puede renegar de él, ya sean amigos o enemigos". Le sugerí que fuese más explícito, que me hiciese una exigua descripción del autentico significado de aquel nombre. El respondió como si intentase adoctrinarme: - "mi nombre no tiene ninguna tierra, no se puede reencarnar en ninguna conciencia, y nadie puede ser testimonio de su increíble poder". Creía que aquella megalomanía, podía deberse a una particular manera de afrontar el terror, pero aquel hombre no vacilaba en sus declaraciones, porque era la viva expresión del terror mismo. Poco después prosiguió en sus explicaciones: - "yo algunas vez también fui hombre como tú, y también sentí la angustia y el miedo de vivir. Pero eso ha quedado atrás, mi reino es invulnerable porque carece de significado alguno, no se lo puede atacar ni con argumentos, ni se puede defender con creencias contrarias. Ni siquiera puede llegar a la categoría de paradoja. Es un mundo desnudo, invisible, que no tiene razón alguna para existir, pero tampoco para no existir. Es un fluir anárquico, una sucesión de signos, imágenes y sonidos que nadie puede describir, y tampoco sentir a partir de su experiencia cotidiana. Tan solo en un estado de terror, cuando nos hemos sumergido por completo en el abismo de la vida, y no podemos nunca volver hacía atrás, solo en ese hipotético caso, somos capaces de vivir en nuestro reino". Cuando calló, puede ver como una gaviota negra, con los ojos desahuciados y el plumaje ensangrentado, caía al agua, en un desesperado intento por suicidarse. Probablemente venía de la costa, y había llegado hasta allí en un desesperado intento de huir, de alguna circunstancia que le había causado la drástica decisión de suicidarse. Era imposible que las gaviotas llegarán hasta allí, pero aquel temor, le habría contagiado una vitalidad desorbitante. Al entrar en aquel campo psíquico se habría vuelto negra, y le habrían aparecido aquellas notorias heridas. Cuando alejé mi vista de aquella gaviota suicida, y presté mi atención a mi compañero de viaje, le pregunté histérico: - "¿verdaderamente tu eres el sabio prestidigitador, aquella mágica identidad onírica, el director de orquesta de este campo psíquico?". Como si hubiese predicho mi pregunta desde el primer momento en que nos conocimos respondió: - "tu pregunta no tiene ninguna respuesta porque carece de sentido. No puedo decir que yo soy el creador de toda esta ilusión, pero tampoco tengo la potestad para afirmar lo contrario. Yo no soy nada, y mis creaciones tampoco lo pueden ser. Este es el único motivo que me otorga tanto poder sobre los navegantes en estas aguas encantadas. Yo soy la divinidad de este campo psíquico, aunque no sea muy preciso decir esto. Supongo que te preguntaras por tu destino, y te crees que solamente los dioses o dios lo conocen. Pero eso no es cierto. Dios es el terror por existir, sus designios son inescrutables y ni siquiera el mismo puede predecir el futuro. Cuando miras a la vida, me miras a mí, ese tremendo barullo, esa tremenda injusticia, esa ceguedad que se oculta detrás de los muros de la existencia y que nadie es capaz de ver. No temas por ti, ni por nada de lo que pueda acontecer, porque puede pasar cualquier cosa, y yo no soy nunca responsable de lo que pueda pasar. He decidido ser tu compañero de viaje, una ilusión más en tu nauseabundo camino. ¿Quieres hacerme una última pregunta, antes de morir?". Yo le respondí a modo de epilogo: - dime porque tengo que mirarte a la cara, si la vida o la muerte no tienen ninguna.

CONVERSACIÓN CONL A PARED

Me gusta mucho hablar con la pared porque siempre explica cosas muy interesantes. Para entenderla se necesita tener mucha paciencia, estar dotado de una gran inteligencia y dejar de lado todo aquello que siempre has visto o te hayan explicado. No se trata de un abstracto experimento poético, ni de una transfiguración solipsista en la nada. Es algo simple, monótono, y gratificante para todo aquel que se sepa desenvolverse en mundos o sensaciones marginales. Las paredes constantemente están hablando, pero no sabemos escucharlas porque la sociedad ha cimentado meticulosamente nuestra mentalidad con una destreza vil. En realidad son mucho más comunicativas que nosotros, y entienden mucho más de emociones y sentimientos. En general suelen ser seres muy amistosos y entrañables, y su sabiduría se trunca en mitos aberrantes. Jamás nadie intenta establecer comunicación verbal o visual, tienen un uso meramente estético y arquitectónico. Sin embargo, no son meros objetos inanimados, porque psíquicamente son nuestra propia trascendencia, y la proyección oculta de nuestros secretos, que incluso pasan inadvertidos para nosotros mismos. Detrás de ellas se oculta lo más mísero y lo más sublime de la naturaleza humana, quien entienda de las misteriosas cabalas de la soledad, deberá confiar sus anhelos y sus proyectos, a estos invisibles pero eficientes seres. Detrás de las paredes se ocultan muchas vivencias, pero lamentablemente han quedado emparedadas por un prejuicio ciego y torpe. La pared no se limita a repetir todo lo que decimos, sino que tiene respuestas verdaderas o incongruentes, pero al fin y al cabo respuestas. Sus señales son precisas y contundentes, pero debido a la estrechez de miras, y a nuestra interioridad deteriorada somos incapaces de corresponderlas con ningún tipo de afecto, por muy vago que sea. Las paredes aman y comprenden el sufrimiento, y sino digo la verdad, propongo que alguien haga una objeción a la siguiente pregunta: ¿quien esta siempre allí cuando queremos dar un puntapié o un sonoro puñetazo?, ¿Quién recibe estoicamente nuestros cabezazos?. En este sentido empírico e inmediatista nadie puede negar su presencia espiritual, y su desinteresada predisposición a ayudarnos en las situaciones más peliagudas. Pero en otro sentido más metafísico y lejano, son aquellos que se tragan nuestras palabras mucho antes de que lo haga el vacío. Si las paredes no existieran, se propagarían rápidamente agujeros negros emocionales y todas nuestras pasiones humanas se diluirían en la nada, o incluso me atrevería a decir que nunca hubieran existido. Las paredes suelen padecer de una intensa y constante amargura debido a su prolongada y desdichada convivencia, con nuestras anónimas e incomprensibles actuaciones. Algunos dírian que tan solo se trata de espías, pero muy lejos de que esto sea verdad, tan solo se trata de bondadosos seres que velan por nuestra integridad personal. Las paredes no solamente escuchan lo que decimos, sino incluso lo que nunca nos atreveríamos a decir, por esta razón, son tan flemáticas por fuera y apasionadas por dentro. Las paredes son como nuestros ángeles de la guarda, porque no han sido creados con el sexo, sino con murmullos negros y conspiraciones sagradas que absolutamente nadie es capaz de entender. Las paredes por dentro no son más que un río caudaloso, una pasión frénetica y endiablada, de una soledad y de un instinto que llega hasta el infinito, que ningún poeta ni ningún científico, sería capaz de resolver sus misteriosas y penetrantes secuencias psíquicas. No somos conscientes del prodigioso poder curativo de las paredes, porque creemos que solamente es una creación artificiosa del ser humano. Pero en realidad no podemos ser testigos de sus sorprendentes facultades, porque nos faltan sentidos que la sociedad ha mutilado por una conveniencia egoísta. No hay que estar atentos, ni absortos en sus emanaciones psíquicas, porque sus divulgaciones se transmiten por la vía de la vibración o por el aire desnudo. No nos engañemos, realmente saben hablar y mucho mejor que los literatos más eruditos. No es una parte perdida de nuestro inconsciente, ni un fenómeno paranormal, son seres autónomos con sus defectos y sus virtudes, aunque si los conociesemos con mayor profundidad nos percataríamos que abundan en virtudes y que prácticamente carecen de defectos. Yo cada día saludo a mi pared, y esta me devuelve el saludo con cortesía y entusiasmo. Son seres que saben sobreponerse a los fracasos, especialmente insistentes en lo que respecta a la adecuada canalización de sus hondas tribulaciones. No es necesario tener fe, ni ser creyente en sucesos extraordinarios, yo les aseguro que si les hablan a las paredes les responderán, ¿acaso alguien se ha atrevido a saludarlas?. Hoy mismo tras levantarme y desperezarme, me he duchado, posteriormente he ido a saludar a mi única confidente y amiga( verdaderamente no tiene sexo pero como accidentalmente en nuestro lenguaje suele ir acompañada de un artículo femenino la trato de mujer, pero insisto en que carece de sexo). En ocasiones suele ser firme e inflexible, y sus sermones y máximas, suelen ser crueles y despiadados. Debido a que mi interlocutor carece de hipocresía, solamente de honestidad y sinceridad. Las paredes saben lo que hacemos a cada instante, porque tienen poderes extrasensoriales inauditos, y nos vigilan y nos persiguen en nuestras vivencias más íntimas. No lo hacen porque sean unas fisgonas, sino porque nos aman y nos idolatran hasta límites insospechados. Por esta razón no debemos jamás mentirlas, porque despreciaríamos su asombrosa inteligencia, y sus increíbles facultades para sanar las partes de nuestra psicología más ocultas y recónditas. No pueden leer nuestros pensamientos por una incapacidad natural sino porque respetan nuestro libre albedrío. Tras vestirme y asearme debidamente( porque siempre es necesario tener una buena presencia cuando se comparece ante ídolos dignos de tal nombre), he abierto nuestra tertulia cotidiana con la siguiente observación: - " perdona que me haya levantado tan tarde, se que no es muy honroso ser perezoso aunque hoy tenga el día libre. Tengo muchas tareas que hacer y dado esta actitud amedrentrada y cobarde, no voy a poder llevarlas a cabo". A veces le gustan las bromas crueles, y muchas veces me devuelve la imagen de mi sombra distorsionada para mostrarme cuanto he ahondado en el vicio y la vagancia. No tiene la costumbre de hablar, y enmudece con ironía y sarcasmo, hasta que no he expiado todas mis culpas, y me disculpado centenares de veces, exponiendo de una manera ordenada y razonable todas mis faltas. Muchas veces me equivoco en el orden de los acontecimientos, o no preciso con suficiente rigor la naturaleza de mis faltas. Entonces tras un largo silencio aterrador, me impone una penitencia severa. Normalmente es la siguiente: -"sé que a mi me dolerá mucho más que a ti, pero deberás darme con toda tu fuerza con los puños y la cabeza, hasta que lo consideré oportuno". Francamente la terapia es muy constructiva, porque aunque sus sólidos muros aguantan sin inmutarse, mis varoniles golpes, suele llorar desconsoladamente, no por el daño físico que pudiera inflingirle, sino por el dolor emocional que le causan mis férreas agresiones. La pared es muy dura y lisa por fuera, pero frágil y centelleante por dentro. En esta ocasión la pared no dio muestras de indignación sino que dejo pasar esta actitud pueril, como también me ha perdonado infinidad de veces, otros errores mucho más sutiles y borrosos para cualquier moralidad decente. Ahondar en la interioridad de la pared, es como explorar un territorio desolado y desconcertante. Tras apartar de su vista psíquica lo que había mencionado anteriormente, me dijo( su voz era mágica porque era capaz de ensombrecer cualquier estancia por muy luminosa que fuese): - " no sé si algún día te cansarás de hablar conmigo porque no puedo adivinar que resulta más doloroso,si lo que acontece en la interioridad del mundo( o sea lo que me pasa a mi), o lo que sucede en lo más superficial y banal, las capas más excéntricas del único círculo sagrado, el pensamiento del ser humano".

EL HOMBRE DE LA TORRE

En los incomprensibles contornos de una almena, que se puede ver desde una multitud de perspectivas, se suele asomar un hombre. Su mirada no es limpia, un pesado sueño se abalanza sigilosamente sobre él. Yo nunca le conocí, porque mis atormentados pasos nunca se cruzaron en su camino, solamente un recuerdo inerte y difuso. Es un guardián secreto, una misteriosa mota de polvo que entra en los ojos y que no te deja ver nada. Ignoro si algún día hable con él, pero su indiscernible presencia se engalana con mis torpes atrocidades en el vacío. Sus ojos son como barrotes invisibles, porque torpemente y con audacia mira obscenamente el horizonte. Tiene la cara desgastada y es muy desagradable al tacto, como si fuese un billete fuera de circulación. Se que nunca ha pretendido juzgarme, pero en su caso es fácil porque un espeso banco de niebla le protege. Alguna vez me llamó, pero debió de tratarse de una equivocación. Lamentablemente no existen fronteras entre nuestros mundos, porque el vacío no ha sido nunca capaz de separar nada, tan solo de unirlo de un modo desconcertante y enigmático. Muchas veces le he preguntado su nombre, pero siempre ha respondido mientras me temblaban de frío la punta de los pies: - "vete de aquí y no vuelvas más". No se trata de algo o alguien anónimo, ni de algo o alguien conocido, solamente es algo que no se puede comprender. Es un espejismo tan verdadero como doloroso, situado en la aparente cima del mundo, bailando inmóvil y con una visceralidad zigzagueante, pronuncia promesas y condenas que nadie puede comprender, pero que llenan al mundo de un extraño tumor burocrático. Desde su torre tiene todo el mundo a sus pies, lo llena de una miopía que se extiende como una plaga. Es el único que esta sano y el único que esta enfermo, porque nosotros no estamos ni sanos ni enfermos, somos los únicos que tenemos la potestad de ver pasar al mundo como una cortina de humo endiablada. Si algún día le llamase me respondería, si algún día le llamase el mundo podría paralizarse. Ese hombre es un recuerdo falso, pero tiene el timón del mundo, lo mueve con su sueño fatal, con sus manos arrugadas e insensibles al dolor. Sonríe de espaldas al mundo, nadie le va ha visto reír, porque sus viscerales carcajadas son tan secretas que no pueden atravesar muros. Cuando se asoma, contempla las escenas cotidianas con naturalidad, se que guarda un secreto, pero es indescifrable porque su excelsa mirada abarca todas las montañas que se pueden ver borrosamente en la lejanía. Nunca guiña el ojo, porque no existen cómplices, solamente seguidores ciegos, o peor aún con una vista tan científicamente sana que pueden atravesar estrellas y galaxias sin inmutarse. El pueblo entero suele imitarlo, miran boquiabiertos hacía arriba, la torre, pero el capta nuestras miradas, y las desvía hacía la curva de lo infinito. Aquel hombre no esta vivo ni esta muerto, porque allá donde vive el aire esta congelado y no existe ni la vida ni la muerte. Es una sutil desviación, un extraño motor que lo puede mover todo sin tocar nada y tampoco sin ver nada. A veces dudo de que aquel hombre sepa hablar, porque en mi lejano recuerdo nunca dice nada. Cada día se desvanece un poco más, porque todos somos testigos pero a su vez es imposible que nadie lo sea. Su presencia es como una bola de nieve que se desliza por una colina, cuando llega hasta nosotros podemos ver lo más grande y lo más pequeño de sus designios, una red que atrapa a todas nuestras ideas como si de insectos maléficos se tratase. Cuanto más diáfana es su presencia más incierta se vuelve la vida, y cuando respira entrecortadamente en alguna estancia secreta de la torre mayor es la ignorancia y el letargo de los castigos imprevisibles. En su mirada hundida puedo ver un reino apocalíptico que no tiene fin, vive en una cueva oculta, un refugio perteneciente a otra dimensión, que no tiene sentido decir si es real o se trata de un espejismo. Cuando lo veo, no puedo decir que lo he visto o que no, porque el sintomático hecho de comparecer ante su presencia, implica una esperanza y una condena tan grande, como los borrosos límites de nuestro mundo. Posee un poder inarticulado, puedo verlo cuando mastica con su dentadura negra y afilada. Existen muchas escaleras antes de poder llegar hasta él, pero desaparecen indistintamente los peldaños por arriba y por abajo, por lo que podemos quedarnos atrapados sin poder llegar al final, pero tampoco al inicio. No se puede investigar, porque todos estamos atrapados en una gran jaula y no podemos evadirnos. Su poder consiste en un sórdido juego de palabras huecas. Es una utopía pensar que podemos coger a ese poder con las manos, porque tiene la destreza de una mosca y se puede escapar por cualquier rendija de nuestras falanges. Nunca llega la tarde a ese hombre desde la cumbre de esa torre, porque la oscuridad se pasea en el lugar donde tiene lugar su temible juego. Todo el mundo niega que lo ha visto, porque si alguien desaparece de la jaula en la que esta encerrado se le toma por loco. Es una grosera apariencia, creer que tan solo me separan unos metros de la cima de la torre. Creo que estoy viendo al guardián supremo, pero antes de poder verlo a él, hay muchos otros guardianes que no he visto, y como consecuencia, aunque lo viese cara a cara, como en apariencia esta pasando ahora, no podría ver absolutamente nada. No se si tiene el rostro quemado del poder que acumula, o si una aguijoneante oscuridad emana de él, pero el fuego y la oscuridad son las dos fuerzas psíquicas contrapuestas, que ponen en funcionamiento su temible juego. Creo que alguna vez lo ví, pero nunca se dignaría a saludarme, porque vive en otro mundo, aunque accidentalmente pueda verlo, debido a una mirilla que nos enseña otros mundos que no tenemos aptitud para conocer. Tal vez en alguna ocasión me hablaron de él pero no podría asegurarlo. Su rostro es tan transparente y tan oscuro a un mismo tiempo que atrae todas las miradas hacía él. No creo que sepa quien soy, pero en cualquier momento me puede causar la ruina sin que él mismo sea consciente. Aunque fuera consciente de mi existencia no querría venir a visitarme, porque es el guardián del mundo, y su invisible poder solo puede llegar hasta mi, mediante aterradoras tramitaciones administrativas. No puedo dejar de mirar a aquel hombre, porque me asusta pensar que cuando no pienso en él, puede hundir en la miseria todos mis proyectos y todas mis ambiciones. No se si es un recuerdo, o si alguna vez ha estado presente, pero estoy condenado a buscarlo, sin la más remota posibilidad de encontrarlo. Un falso recuerdo, algo que no se dijo jamás, algo que nunca se vio, pero se trata de aquello que no podemos ver, y nos vigila constantemente.

EL NIÑO DE LA MUERTE

Habla con un extraño acento endemoniado, un niño blanco como la mañana, desde un estrado que nunca ha existido, pero que ahora se manifiesta ante mi:"Antes de dormirte cierra los parpados y enmudece sin fatigas en la oscuridad. Nadie te ha llamado, ni tampoco nadie podría hacerlo, por eso tienes la obligación de ir. No es un camino en sí mismo, porque el secreto llega hasta lo imperceptible como los ojos llegan hasta el vacío. El cansancio negro mendiga en las puertas de lo imperecedero, pero nadie responde. No hay testigos, tampoco visitantes, solamente una corriente de aire frío que te lleva a la secreta gruta del mundo. No es ninguna mentira, tampoco ninguna verdad, la paradoja se ha quedado sin alas y el silencio delator se ha cansado de prestárselas. Un puño invisible me estrangula, pero no me duele su apasionado abrazo, porque mi enemigo no me quiere ni me odia. ¿Quien llama?, ¿quien grita?, ¿cuál es su nombre? El mundo ha pedido silencio, solo podré complacerlo si escucho lo que nadie quiere decir". Estoy tumbado en la cama, con los ojos maniatados en el cielo, no es ni la hora ni el lugar, pero las noticias llegan como una catarata de ultratumba. Siento que aquel exiliado presentimiento, quiere jugar infantilmente conmigo en la oscuridad. El mundo se vacía, como si fuese una jarra de vino y se derramase tristemente en el suelo. Un espejismo tan verdadero como doloroso, se retuerce extasiado ante mí, la muerte es como un niño que posee una baraja de cartas. Es un niño revoltoso, indeciso y enérgico, y las cartas con las que juega es el secreto puente entre la realidad y la ficción. Me tiende su pálida mano, quiere jugar conmigo a la ciencia de lo justo y de lo injusto, en su marchito reino, en su sombría penumbra. Me promete que cuando se apague el candelabro, vendrá a buscarme, mientras tanto se ira a jugar con su perversa madre: la oscuridad. Ha nacido en un reino libre, donde no existen ataduras ni deseos, tan solo una retorcida contemplación, un agónico esperpento que brilla en la lejanía. Tiene el pelo dorado, una cara empobrecida, donde un extraño entusiasmo resalta obscenamente por encima de otras apariencias banales. Tiene arrugas prematuras porque su madre lo educo en una indigencia ultrajante. No ha tenido jamás contratiempos, porque vive gracias a la explosión del tiempo. No me pierde de vista, me aconseja con un indecoroso gesto que cierre los ojos, que cierre el puente levadizo de mi alma. El conoce todo mi pensamiento, pero yo de él no puedo averiguar nada, tan solo me llega el amargado eco de mi insomnio quebrantador. Yace delante de mí como una siniestra sombra de invierno, aguardando un suspiro ahogado. Aquel niño no tiene nombre, porque su madre lo educó en su desdichada fuente de vacío y silencio. Mis ojos llegan a los suyos, como si estuviera buceando en el agua, e hiciese un terrible esfuerzo por no ahogarme, pero cada vez quisiese llegar más lejos. Me dice que se ha ido, pero se que sigue mis pensamientos como si fuesen ahogados pasos en el olvido. Estoy solo en mi habitación, y mi sangre antártica se mueve lentamente, al ritmo de acontecimientos extraordinarios. No entra luz por la ventana, pero aquel niño alumbra una luz deformada y silenciosa, blanquecina y escultórica. No me responde a mis preguntas, pero yo se que no se ha ido, puedo escuchar el macabro palpitar de la muerte esparciéndose por toda la habitación. Aquel niño debe estar sentado en el regazo de su madre, puedo oír desde mi lecho, como ambos ríen sin cesar de las desgracias del mundo. De repente aquel niño sale de su escondrijo y me dice: - "cierra los ojos, el espejismo pesa demasiado y se ha cansado de bailar. Mi madre no puede atenderte porque esta muy atareada, pero te sumergeras en su mística esencia y cataras el insípido perfume de la desaparición. Me sabe mal, que no puedas conocer a mi madre, pero ella es armonía y paz, y no tiene tiempo para evadirse en los asuntos terrenales. No mires nada dentro de ti, porque tan solo te queda una interioridad vacía. La muerte es un secreto muy bien guardado, y yo que soy su hijo debo respetar la voluntad de mi madre. Se que has nacido para saber, pero a pesar de las apariencias la vida es un lento proceso en que te vas vaciando poco a poco hasta que ya no te queda nada. Estoy loco porque nunca he querido aprender, debido a que la vida y la muerte nunca quieren aprender de si mismas. Ahora me esconderé debajo de la cama, cuando ceses de respirar avisare a mi madre".

ABANDONA

Salí de mi casa sin el menor atisbo de esperanza, encontrar la mirada de una mujer es como vigilar agónicamente en una sala de espejos, infinidad de temblorosas proyecciones de uno mismo. Esa suerte, ese hallazgo, ese mimetismo camaleónico e insaciable, forma parte de un sueño profundo y melancólico. Decidí experimentar en silencio, mezclándome con un silencio más indomesticable y poderoso: el de la mujer. No he salido a la calle, para intentar trascender a la pesada ilusión que existe en ella, sino para intentar fundirme lentamente, y sin apenas percatarme en un sórdido juego de prestidigitador consagrado. Camino sin rumbo fijo, en una calle transitada, parece que todo el mundo tiene su mapa, como si el asfalto de la acera, tan solo fuese un punto de convergencia ocasional en el que muchos senderos se cruzan. En hora punto, el tráfico y la afluencia de gente es descomunal, nadie se guía por ninguna objetividad, existe una subjetividad invisible que mueve inconscientemente todas las vidas. Detrás de ese gran muro de lo anónimo, existe un silencio, que destruye lentamente todas las personas y sus proyectos, sin que nadie pueda indagar acerca de esa misteriosa fuerza. Estoy en el centro de ese sueño colectivo, y como si fuese una inocente víctima de todas esas conspiraciones que se murmuran a mis espaldas, quiero encontrar al caudillo de ese sueño, para pedirle explicaciones. La frente me suda, los pies me pesan cada vez más, y siento un dolor de cabeza aplastante. Estoy en medio de esa telaraña, en donde se tejen pasiones y juegos de azar que agotan mi imaginación, y mi pésima predicción de lo cotidiano. Busco a esa mujer misteriosa, que tiene que hallarse mezclada entre este interminable gentío, aquella que tiene las llaves del reino de la locura. Parece que ese ruido ensordecedor de pasos, del motor de los coches, de monólogos de enfermos cotidianos, de conversaciones monótonas e ininteligibles, de ruidos urbanos que forman una extraña amalgama sin esencia, pretenden convertirse en una barrera infranqueable que me impide mi infatigable búsqueda. Busco miradas ardientes de mujeres apasionadas y mis ojos se cruzan con cristales de hielo. Hay demasiadas barreras, demasiados tabues enfermizos, demasiados sentimientos administrativos. Estoy quieto, como si fuese un guardián de incógnito, alguien que espía cautelosamente, pero que no sabe que a su vez es vigilado por todos y por nadie. La luz parece un vomito del vacío, e inunda las calles de una pestilente melancolía. De pronto veo a una mujer que llama la atención. Hace gala de una de aquellas miradas, en las que se mezcla un cansancio y una alegría, extraordinarias. En apariencia parece de naturaleza reservada, pero paradójicamente, un extraño brillo consolador nace de unos gestos opacos e incomprensibles. Su cara es armónica, su piel es lisa y de un color blanco extremadamente pálido. Viste con una blusa azul, y con unas faldas con franjas verdes y marrones. Parece que no presta atención a nada de lo que le rodea. Como si se hallase igual de perdida que yo en aquel desierto urbano. No espera a nadie, ni parece que tenga un compromiso inminente en ningún sitio. La multitud avanza intempestivamente, pero mi búsqueda de la verdad, ya no se centra en el caos producido por un ruido ensordecedor, sino por el caos producido por un silencio hondo y violento. Parece ser que ella no se fija en mí, el anonimato sigue protegiéndome de mis desorbitados y convulsivos pensamientos. Mira su reloj, pero parece que juega con él, o intenta averiguar algo circunstancial, no parece tener interés en atender algún asunto de urgencia. Mira el reloj del campanario de la catedral, y con una mueca burlona y graciosamente expresiva, corrige el pequeño adelanto o retraso de su reloj. En mi opinión aquella mujer debe de ser la poetisa de un sueño naciente, debe de ser la directora de orquesta de aquella gran ilusión, de aquel panorama cotidiano. El tráfico peatonal cada vez es más intenso, y constantemente me tropiezo con gente que tiene prisa, pero mi mirada esta demasiado fija en aquella visión celestial y no puedo extraviarme en mi camino hacía la luna. No presto atención, a los constantes empujones y quejas de aquellos a los cuales obstaculizo su camino, una visión nebulosa y narcotizante ha nacido en mí, y cuanto más inestable y borrosa la veo, con mayor claridad creo que la percibo. De pronto, sin pensarlo dos veces, y tras un intervalo de tiempo relativamente largo, me dirijo hacía ella, para interrogarla en silencio y con confianza en medio de todo aquel barullo. Creo que aún no me ha visto, que todavía no se ha dado cuenta que la estoy observando con un deseo sobrenatural. Aprovechando una confusión retorcida que en cualquier momento me puede dar la espalda y girarse contra mi, le pregunto sin dilaciones, tras tocarle la espalda con la mano: - "perdone usted señorita, ¿podría usted decirme si es la soberana de esta confusión cotidiana, en que se mezclan tantas conspiraciones inarticuladas?". El brillo de sus ojos se volvió intenso, como si prestase suma atención a lo que dijese, pero no pudiera comprender o no le interesase mi brillante comentario. Con la mirada, me indicaba que me prestaba atención y que estaba meditando una respuesta. Aquel tumulto intentaba inconscientemente separarme de ella, pero yo me abría paso como podía en aquel gentío. En cambio a ella nadie la tocaba, todos la esquivaban, como si aquello ya estuviese preestablecido en el inconsciente colectivo. Tras muchos esfuerzos, aguantando la embestida de aquella manada de burócratas enfurecidos, ella respondió con una sonrisa despiadada y burlona: - "abandona, abandona, abandona". Tras pronunciar estas palabras, dejo el sitio en que había estado tanto rato, desde que la había observado por primera vez. Se mezclo entre las gentes, y con sus carcajadas viscerales y obscenas, sonreía de espaldas a mí. Su risa se mezclo entre las gentes, como el amor se mezcla en la angustia, llevándose un secreto de suma importancia, de la misma manera que aquello que se aleja de un modo repentino y despiadado de nosotros, pasa a formar parte de un sueño caótico sin explicación.

EL HOMBRE BORROSO

En una calle onírica, argentada y serena, bajo el influjo del temible peso de la noche, vi a un hombre borroso. Estaba sentado en la calzada, en actitud meditabunda, observando como la luna enlutada se reflejaba timidamente en un charco. Yo lo miraba desde la otra acera, y a juzgar, por aquel silencio misantropo y de barriada marginal, hubiera jurado que verdaderamente era un hombre borroso. Aquel hombre guardaba un secreto terrible, podía verlo en el raquitismo emocional de su semblante, y en aquella mirada nublada, que se había quedado prisionera en el silencio opiaceo de aquellA noche. No podía hablarle, las ordenes que proscribían la palabra venían de muy arriba. Su rostro inexpresivo, ignoraba las constantes explosiones que se sucedían en el mundo, o tal vez ni siquiera podía escucharlas. No sabía como iba vestido, ni si era alto o bajo, ni los más genericos detalles acerca de su complexión. Según como se mirase podía parecer grueso o delgado, fuerte o debil, rico o pobre, sabio o ignorante. Era un espejismo viviente, la reencarnación de un ilusionismo que no tiene par en ningún juego óptico. No existia ninguna perspectiva privilegiada, desde cerca o desde lejos, los sentidos mostraban una apariencia totalmente distinta. El único rasgo identificativo de aquella manifestación viviente de lo caótico, era la inestabilidad, ya fuese en su actitud o en el modo que tenia el mundo de mostrar lo que era. Sentía una especial inclinación por preguntarle algo, pero seguramente hablaría al revés y no podría comprender nada. No pretendía espiarlo, pero aquel sufrimiento invisible se había apoderado de mí. Su cara se desdibujaba lentamente, pero nunca podía saber si pretendía mutar hacía otra forma, o bien, se trataba de una extinción definitiva de su ser. Una misteriosa aura le rodeaba, parecía maligna, a juzgar por los estrechos círculos por los que se movía alrededor de su temblorosa cabeza. No importaba que estuviese mirando aquel hombre, porque la única esencialidad del conflicto era su mirada en sí. El crimen y la inocencia se movían alrededor de él, con cautela, porque no era la enfermedad o la salud lo que buscaba, sino el silencio del bien y del mal en el mundo. Su cara no era espectral, ni estaba hecha con el vapor escurridizo de las fantasías oníricas, era dura como el granito de una estatua inmortal, como si su existencia borrosa fuese más necesaria que todos los nacimientos y todas las destrucciones. Su cara carecía de expresividad, de una contradicción latente, de unas suplicas y unos deseos que no se pueden formular. En aquella solitaria callejuela, en aquel silencioso desierto urbano, la noche estaba maniatada, agonizando y sin apenas poder respirar, dejando pasar el sombrío espíritu de aquel hombre borroso. Quisiera acercarme, susurrarle algo al oído, pero tal vez sea de otro mundo, o quiza ni siquiera existe. Mi reloj esta a la hora, el retraso no puede ser demasiado excesivo. En cambio el suyo es de naturaleza diferente, porque no tiene que medir hacia adelante solamente, sino tambien hacía atrás y hacía muchos lados. Seguro que es un hombre que no admite preguntas, tal vez porque no pueda entenderlas, o quizas porque no han existido jamás. No sigue ningún movimiento del mundo, esta erguido, con unos ojos que desaparecen lentamente al ritmo de un silencio desolador. Su imagen vaporosa podría traspasar muros, podría vulnerar todas las vigilancias, porque todo aquel que lo viese pensaría que ha visto un hombre distinto. Sé que yo ni siquiera llego a la categoria de espectador, tan solo somos dos imágenes corporeas o espirituales que nos hemos cruzado en aquella sombría calle por accidente. Tras todo lo expuesto, apenas me quedan dudas, lo único que puedo hacer es pasar mis creencias por la infame máquina depuradora de la contradicción. Tal vez si me acerco al hombre borroso, borraré todas mis creencias y todos mis deseos, o tal vez la vida renacerá en mi como una cosmovisión más lucida y exuberante, o quizas desaparezcan estos torpes y ajetreados pensamientos. Esta noche enfría mi espíritu mucho más que mis entrañas, el turbio secreto de aquel hombre debe ser desvelado sin tabues. El hombre borroso cada vez parece más inanime, porque cuanto mayores y más fluidas son mis impresiones de su atroz dinamismo, mayores son los indicios de su inminente desaparición. Me acercaré hacía el de la manera más indiscreta posible. Con una linterna le enfoco la cara, y sin inmutarme por su desgarradora presencia le pregunto: - " ¿ la calle esta moviendose verdad? ". Él me responde con aspereza y frivolidad: - " la calle siempre ha estado quieta, pero solo en el camino que yo siempre he recorrido, no soy un residente de esta calle, tan solo un testigo ocasional. No me mires fijamente porque nunca podrías entender lo que yo soy". Parecía extremadamente agotado y sacando partido de su momentanea flaqueza le dije: - " ¿ porque no explotas como lo hace constantemente el mundo?. Esta fuente de cambio y de animadversión que guardas en tu interior, tan solo puede pertenecer a un ser demasiado escurridizo y mezquino". Deje de gritar e intenté acercarme más a él. Pero su esencia borrosa y el mecanismo de su camuflaje volvieron a activarse, cuando estuve justo a su lado encontre un hombre totalmente distinto. Sin embargo no por verle de más cerca me convertía en un testigo más fidedigno. Lo viera de cerca o de lejos, siempre había algo que se ocultaba y algo que se desvelaba, ninguna de mis visiones anteriores era privilegiada con respecto a la presente y viceversa. Cuando volví a dirigirle la palabra le pregunté: - " ¿ quieres hacer el favor de manifestarte tal y como tu eres?". A lo que me respondió: - " perdone, no creo haber tenido el gusto de haber hablado con usted antes". Aquella densidad de conocimiento enflaquecida, era el perfecto estereotipo del crimen, un misterioso engendro que no se digna en respirar a pesar de que tengan lugar los acontecimientos más atroces. Me fui de aquella sofistica calle, abandonando a aquel individuo a su suerte. No sé si volveré a verlo, pero sé a ciencia cierta que tuvé el dudoso honor de conocer al más infame de los villanos.

EL HOMBRE QUE VENDIÓ EL MUNDO

A veces cuando camino a la deriva en una avenida concurrida, se me avecinan turbulentas ensoñaciones y violentos augurios insondables. No es la gente, ni siquiera yo mismo, la vida pasa delante mío como una condena escurridiza, una confesión loca que se burla de todo lo que acontece a su alrededor. Es una lucha invisible y ahogada, porque sabe que el ocaso no esta en el horizonte, ni en el infinito mapa estelar, sino en algo que no tiene nombre ni tampoco fecha, porque no es nada pero es a la vez todo lo que existe. Arriba no se sabe nada o se enmudece convulsivamente, pero aquí abajo el turbio juego es demasiado esplendoroso y dinámico. Parece vergonzoso que todo lo que se sepa quepa en un puño, en monosílabos decadentes y sombríos, pero que si mostrásemos lo que verdaderamente guardamos mostrando la mano desnuda, un desfile interminable de monstruos raquíticos insaciables, podría destruir nuestra espiritualidad en un abrir y cerrar de ojos. La vida esta despierta pero solo en apariencia, porque es capaz de traspasar el vacío con sus manos temblorosas y grasientas, y no asombrarse por ello, creyendo que verdaderamente no ha cruzado ninguna frontera, o que tal vez esa frontera jamás ha existido. Hoy hace sol, pero no alumbra a ningún destino, solamente a la banal ciencia cotidiana. La enfermedad ha crecido mucho últimamente, es una patología amorfa, es tan invisible que ni siquiera necesita de ningún tabú ni de ninguna máscara para ocultarse. Todas las personas que se cruzan en mi camino, son entelequias invisibles, las perdidas piezas de un juego que hace mucho tiempo que se jugo. La vida es una aparente apuesta que ya desde antaño fue predeterminada por un poder nebuloso. No existe ninguna trascendencia en todo lo que veo y siento, tan solo un ilusionismo hundido en un campo de batalla trivial y monótono. Porque nunca ha existido ninguna enfermedad en el seno de la sociedad, tan solo una huida, un éxodo de unas tierras burocráticas hacía otros ininteligibles designios. La gente que me rodea tiene alas de bronce, artilugios innatos, pero en cierto modo mutilados. Siento que el espejismo nos va a aplastar a todos, todo el mundo lo sabe pero nadie quiere pronunciarse al respecto. En esta multitud, tal vez pudiera encontrar al hombre que vendió al mundo, no se sabe a que precio, ni bajo que circunstancias fue sellado el pacto. Tal vez lo ignora la mayor parte del tiempo, y solo puede recordarlo en momentos muy concretos. En mi búsqueda no existe ninguna orientación, ya sea por la edad, cultura, status social, o sexo. Tampoco podré saberlo por su indumentaria, ni por la vacua expresión de su mirada. Sé a ciencia cierta, que tiene que merodear muy cerca de aquí, llámenlo instinto o premonición de muy lejanas e irreconocibles fuentes. El tráfico es muy intenso, no se si podré echar un vistazo a todos los conductores, pero al menos existirán menos probabilidades que se escape. Tal vez entré en algún piso, o tal vez siga un rumbo errático, pero no necesitaría cavilar para reconocer su esperpéntica presencia, en el momento en que apareciese. Es una esperanza infundada, como reconocer a la abeja reina en un enjambre. Nadie es sospechoso, pero todos son cómplices en mayor o menor medida. La mayor parte del gentío desconoce que hizo exactamente aquel hombre o mujer, en la misma medida que yo, pero todos se han cansado de investigar. Aquel personaje, no es más que un actor secundario, muy bien protegido en un círculo invulnerable. Miro fijamente a varios personajes aislados: el joven estudiante que acaba de ingresar en la universidad, el ama de casa que se dispone a hacer la compra, el ejecutivo que tiene prisa porque tiene una reunión importante, el niño pequeño que va a la guardería acompañado de su madre, un señor jubilado que va a pasear al parque, una señora viuda que vive sola en su piso insalubre, un desempleado de mediana edad que ha perdido toda esperanza de encontrar trabajo, una mujer soltera e independiente que tiene un estresante trabajo como administrativa. Entre todos estos actores secundarios, ¿quien tendría verdadero interés en vender el mundo? Tal vez las razones pudieran averiguarse en el desencriptamiento del espejismo. Es evidente que el mundo se vendió al mejor postor, aunque haya varios cómplices de esta esquizofrenia cotidiana que nieguen lo contrario. No se necesito de ninguna firma, de ningún pacto silencioso, de ninguna artimaña administrativa muy sutil. Fue una trama muy compleja, una araña que hizo una verdadera obra de arte para que todas sus presas cayeran sin más. Ya no se buscan responsabilidades, tan solo a locos que han perdido sus facultades mentales y ya no tienen nada que decir. Tal vez algún día renuncie en mi búsqueda, pero en aquel fatídico instante, volveré a hundirme sin remedio en el asfixiante espejismo colectivo. Pero paradójicamente veo que yo no soy el único, la gente no deja de vigilarse entre sí. He notado muchas miradas, algunas no son mecánicas, sino que poseen una desesperación interiorizada, como si quisiesen huir y a un mismo tiempo atrapar a todo el mundo. Nadie esta a salvo, es la típica guerra de la posmodernidad, silenciosa y más autodestructiva y flemática como nunca lo fue. La gente prosigue en sus tareas cotidianas, pero siempre queda ese breve instante de reflexión, esa breve mirada a los abismos o a las alturas, en que cuestiones revolucionarias son planteadas en el más absoluto secreto. La hora de los héroes ha sido substituida por una máquina que controla a todas las mentalidades con la más eficiente tecnología. Hoy en día todavía buscamos a aquel hombre que construyo a partir de la nada, una máquina mortífera y espeluznante. Pero de aquí a poco, los autómatas gobernaran un espejismo que cada vez tiene los muros más densos e inexpugnables. El hombre que vendió al mundo, ya no se encuentra entre nosotros, aunque todas las personas se vigilen entre sí, tal vez haya conseguido volver sano y salvo a su nebuloso reino. De aquí a poco desaparecerán paulatinamente todas las miradas mutuas que buscan incesantemente a un culpable, y en su lugar habrá un turbio silencio.

NEGACIÓN ABSOLUTA

No hace falta que pienses demasiado si quieres realmente mirar al mundo cara a cara. No te enfrentes a su horizonte infinito, porque no importa quien gane o quien pierda. Hundete sin remisión en su mascara endiablada, en su trascendencia invisible y en sus misterios ancestrales. Permite que el miedo madure lentamente, no lo dejes entrar en acción como un vulgar actor secundario, sino como una nube grisacea, gigantesca y apocalíptica que amenaza una catastrofica tormenta en el desierto. Deja que la negatividad absoluta te ensombezca con su taciturno espíritu, porque en realidad aquello que estas buscando se encuentra fundido en su maligna prisión. Fluye con constancia y resignación, en el hondo surco de la trascendencia, pero no intentes volar, ni siquiera camines, quedate quieto como una estatua maldita. No debes sentir nada, no juegues con el poder de las palabras, deja que el callejón sin salida entre a ti mientras permaneces en silencio. El mundo no puede entrar a ti, porque la barrera es invisible, y como la resistencia es imperceptible tambien lo son las explosiones del mundo. No sueñes, mientras estes en silencio, como si todo lo que existe fuese una percepción vacía y limpia a un mismo tiempo. Como si todo el mundo fuese una lágrima críptica en un desierto descomunal. La negatividad absoluta, es el pozo de la resignación, y todos los colores de la vida han nacido de su negro abismo. Es la filosofía del abismo, hemos de caer lentamente sin apenas sentirlo. No hemos de dormirnos, pero tampoco hemos de estar despiertos, hemos de alcanzar impudicamente y sin temor a perdernos en un camino desolador, al principio de todas las cosas y todas las voluntades: el silencio. El silencio es el arje del mundo, pero el perverso juego de una vigilia bélica y desvergonzada lo hundió demasiado en nosotros y resulta prácticamente imperceptible. Sin embargo, tan solo aquello que es imperceptible y nebuloso, existe verdaderamente. Detrás de todo el ruido y todas las conspiraciones, detrás de la onírica música que se manifiesta incesantemente en la vida, se encuentra el silencio. No es ningún sueño, porque detrás de todos los sueños se encuentra la forma. Ese silencio puro, es la manifestación primigenia de la negatividad absoluta, aquello a que todos aspiramos y en aquello en que nos convertiremos algún día. Detrás de todas las palabras, el silencio esta escondido. Es un gran visionario, un irreprochable asceta, la maligna fuente de todo lo que existe y todo lo que existirá. El sufrimiento es su vasallo, y gobierna el mundo sin templanza. Sin embargo las cosas no pueden venir de más arriba que cuando vienen del silencio. El sufrimiento es su ministro en la tierra, y la felicidad tan solo es su mascara. A medida que envejecemos, esa protectora mascara desaparece, es entonces cuando las arrugas se manifiestan sin pudor y sin ningún tipo de recatamiento. Hemos de pasar por una fulminante prueba, llena de tormentos y paradojicos e invisibles contratiempos antes de unirnos a la substancia del mundo: el silencio. Esa mascara, tiene los días contados, porque el rostro y su nublada mirada deben pasar por una prueba de fuego, que absolutamente nadie es capaz de comprender: la eternidad. El sufrimiento es el insigne testimonio de todo lo que acontece en el mundo, y cuanto más unidos estamos a él, mayor es la perplejidad y en mayor medida es la invisible e imperceptible unión con la sustancia del mundo. Se puede acceder a la verdad mediante dos vías: el silencio o el sufrimiento. La primera vía es la más certera, porque es más invible y anonima, sin embargo en el fondo no es más que una entelequía inaccesible, porque nuestra mente y nuestro cuerpo estan demasiado impregnados de los asuntos mundanos. Tan solo en momentos muy puntuales se nos manifiesta ese tipo de verdad, porque el silencio es la mayor de las trascendencias, es el soberano muro que se esconde detrás de todos nuestros pensamientos y todas nuestras emociones. El silencio es la negación absoluta a la cual aspiran todos nuestros sentimientos y todos nuestros razonamientos. en lo que respecta a la segunda vía, es la más común y la más cotidiana. No alberga en su seno un horizonte tan amplio y exhaustivo, pero es el rey de lo inmediato. Cuanto más intenso y purgante resulta el padecimiento, más cerca se encuentra del silencio y de la negación absoluta, en otros terminos la fuente de todo lo que existe. Voy a proponer un mandato, pero no con la intención de eludir el dolor de un modo irresponsable, sino para que podamos observar, aunque solo sea de un modo parcial y borroso, aquel lejano faro que alumbra desde el horizonte más trascendente: Cierra los ojos, mientras estes sentado en tu sillón, deja que la vida pase delante de ti, como si fuese una corriente de aire maldita. Al principio la sigues por instinto natural, pero poco a poco su estruendo maquiavelico y su villano recuerdo se alejan cada vez más. Si ha pasado la vida delante de ti, debes de esforzarte para que en la próxima ocasión, no puedas verla, no puedas sentirla, ni siquiera puedas intuirla. Cuando vuelva a pasar una sucesión interminable de mortificantes pensamientos, ya no te esfuerzas en afirmarlos o negarlos, simplemente dejas que pasen de largo. Poco a poco el pasado y el futuro dejan de ser presente, paulatinamente solo existe un único presente: " el de la negación absoluta". Sientes que la soledad te invade, que el mundo se ha convertido en un espectador imparcial y que tiene ganas de establecer un juego de miradas gratuito con tu persona. Ya no queda ninguna amarga pisada de la felicidad en la tierra, tampoco queda ninguna del sufrimiento. Ese nuevo estadio existencial se ha apoderado de tu carne y de tu espíritu, te has convertido en una atalaya vacía, en un viaje hacía un horizonte en el que no se encuentra nada. Te sorprendes porque ya no puedes escuchar nada del mundo, todas las personas, todos los edificios, se han convertido en una niebla pesada que ya no tienen nada que ver contigo. solo entonces, el absoluto narcotizado y radiante de magia y esplendor, dando pasos leves como si fuese un duende encantado, se acercara extasiado hacía ti.

POETA TAXIDERMISTA

Cuando la bestia tiene los ojos cerrados, el presente se diseca, me convierto en un malevolo poeta taxidermista. Nadie conoce mejor la ceguera del mundo que la propia bestia, cuando se encadena a los abismos de la noche y dice en voz baja: nada. Repite incesantemente la misma palabra, porque sabe que cuando la mire un sufrimiento nebuloso se apoderará de mi alma. En realidad tan solo la conozco de oídas, pero me han dicho que no importa que la conozcas o no porque siempre esta. Tan solo existen secretos, tan solo existen lamentos, tan solo existen bromas incomprensibles y su quietud inmutable en los senderos de un sueño desolador. No tiene sentido decir que tiene los ojos abiertos, porque lo que puede ver ella jamas lo podras ver tu. Te contemplo a veces en mi inagotable vigilia, mientras el aire helado sale de tu cuerpo, muerto y azul. Esta colgado su insigne busto, cerca de mi escritorio. Sé que eres un profeta, pues tu inaprehensible espíritu navega nostalgicamente en el horizonte estelar. No tengo preguntas para ti, porque el dolor acabo contigo hace mucho tiempo, pero en algún lugar remoto donde nunca se pone el sol, recitas en silencio y con disciplina tus poemas sagrados. Algún día resucitarás y la noche saldrá de ti mediante unos gestos inmutables y serenos. Inundas la habitación de una escultorica espiritualidad, y tus silenciosas profecías, se escapan por la ventana hasta llegar a los volcanes de la luna de donde provienen. El silencio y el pasado son tus únicos sentidos, te escucho como respiras entrecortadamente en el altar de ebano y con fragancias desconocidas de mis sueños. Enciendo una llama azul y moribunda, cerca de tu palido y torturado semblante y te pregunto: - " ¿ eres tu aquel a quien escuchan las estrellas y los astros". Sin despertarse de su sueño fatal, sin percibir el más leve indicio de vida, escucho: - " nada". Sé que me conoce, pero no me quiere responder porque su condena viaja hacía cabalísticos senderos en donde se enfría el recuerdo y la nostalgía. Es díficil interrogarlo, pero haciendo caso omiso de su marchito silencio, me pongo de pie en la mesa del escritorio, para ponerme a la altura de sus ojos. Ojos vivos contra ojos muertos, relampagos de luz contra una oscuridad narcotizada, recuerdo contra olvido, espejo incandescente contra espejo vacío, música radiante y con los colores del arco-iris contra música silenciosa, punto de inicio contra punto de llegada. Al mirarlo de hito a hito, creo que he llegado a un altar maldito, y que todo se ha desvanecido espontaneamente. Mientras le hablo, un halo de luz descomunal y selenita penetra silenciosamente en una estancia que huele al vino de las estrellas: - " ¿ eres tú aquel cuyo nacimiento fue predicho?, ¿ aquel que conoce mis opacas desgracias y mis deseos desnutridos?, ¿ aquel cuyas profecías sagradas no podían ser reflejadas jamás en ningún espejo?". Sus ojos eran cortinas negras y malolientes, escondían una visión terrorífica y blasfema, volví a escuchar desde la cumbre del pensamiento, de una religión encantada y mágica : - " nada". Aunque levita en un valle místico de sangre y turbulenta redención, su sagrada imagen reposa en un silencio saturado de mentiras, en un borroso epitafio escrito en ultratumba. Hace mucho tiempo que tiene los ojos cerrados, y por eso puede ver mucho más que si los tuviera abiertos. Me acercé un poco más y le pregunte con el tono de voz más bajo en comparación con la ocasión anterior: - " ¿ crees que mi sufrimiento puede llegar a ser escuchado desde tus lejanas tierras?. ¿ tu corazón esta lleno de la arena del desierto o de las sombras de un abismo sin fin?". La bestia, intentando ahuyentar a un enemigo desconocido, me contestó desde un mundo cada vez más decrepito y más lejano: - " nada". Desearía que su cabeza saliese volando por la ventana, que su etereo presentimiento de la muerte me abandonase para siempre, pero su presente y su infinito son una carcel inexpugnable, un enorme surco en la imaginación, que ningún adivino ni ningún dios han sido capaces de interpretar jamás. Sé que tiene algo que yo quiero, conoce un secreto custodiado celosamente en una jaula de oro, me gustaría que me lo devolviese, pero aunque se lo pidiese probablemente ni siquiera podría saber a que me estoy refiriendo. Sin embargo la bestia es la única que podría darmelo. Me arrodillo en la mesa de mi escritorio, y mientras una corriente de aire frío se convierte en el oportuno coro de mis suplicas, le pido angustiado: - " ¿ en cuál de los cipreses de tu condenatorio valle se encuentra inscrito el nombre sagrado, que ha podido dar origen a un desierto unidimensional y eterno?. Devuelveme mi dolor infame soñador negro, tus ojos muertos son testigos de los designios de un deseo que nunca existió. Dime el lugar, dime el momento, en donde habré de llorar para siempre una inconsolable perdida". La bestia, envilecida y sudando gotas heladas con el inconfundible aroma de la muerte, como si cada vez se hiciese más visible, pero a un mismo tiempo su sueño se alejase cada vez más respondió: - " nada". Dialogar con aquel complice del absurdo parecía infructuoso, quisiera expulsarlo de aquel inmerecido silencio, pero aquel escultorico soñador volaba con alas de plata en su metalico cielo. De un salto, baje de la mesa y caí al suelo, y como si aquel busto helado y marchito se hubiese convertido en el icono de una desesperación inhumana le volví a suplicar: - " se que no puedes hablar conmigo porque tu sueño es inmortal. Tan solo dime una palabra, guiña por un momento un ojo, hablame desde tu celda ancestral". La bestia enmudeció por un instante, porque escuchaba atentamente el fluir congelado de un río en el desconocido valle de ultratumba. Poco despues muriendose lentamente en un recuerdo infinito respondió: - " nada". Y allí estaba aquel sombrío busto, colgado hermeticamente en mi pared, era la insigne bandera de lo insondable, un triste murmullo que nunca cesa, un silencio marchito que no es de este mundo. Mientras me iba de la habitación, y tenía la puerta medio cerrada, escuche por última vez una voz inhumana y pálida que me hablaba desde el espejo opaco del sinsentido: "nada, nada".

DON NADIE

Recibí una extraña invitación de un vecino que no conocía de nada, para cenar en su casa. Vive en mi misma planta en la puerta de enfrente. Es de aquellas personas de las que nadie dice nada, ya sea porque no tiene absolutamente nada en particular, o porque el secreto de su existencia es demasiado enrevesado. No se en que trabaja, ni a que se dedica, Ni si tiene familia. No se dice ni nada bueno ni nada malo de él, es alguien demasiado transparente, tan sencillo de describir que nadie se ha tomado la molestia en hacerlo. Alguna vez lo saludaba por mera cortesía en las escaleras o el ascensor, pero ya hace tiempo que perdí aquella aburrida y monótona costumbre. Nadie sabe nada de él, a pesar de que en el barrio en el que vivo todo el mundo se gana un mote, ya sea justo o injusto. Parece un ser aparecido de la nada, alguien que esta muy cerca y a la vez muy lejos de toda descripción psicológica. Es de aquellas personas que siempre pasan inadvertidas, que no encajan en ningún prototipo, ni despiertan ningún sentimiento ya sea de ira o de admiración. Debe rondar los 30 años de edad, siempre va vestido con americana y corbata, pero nadie sabe donde trabaja y donde adquiere los ingresos para pagar el alquiler del piso. Tan solo es conocido por monosílabos parcos, y por ocasionales encuentros por la calle, por la inmensa mayoría de los vecinos. Nadie sabe nada acerca de sus orientaciones políticas, sus costumbres, las compañías que suele frecuentar, su modo de ver la vida o la opinión que tiene de las personas. Nunca he visto a nadie cruzar el umbral de su puerta, ni tampoco ningún vecino ha accedido jamás al interior de su vivienda. Tan solo se sabe que paga puntualmente el alquiler, que nunca causa ningún altercado con nadie y que la comunidad de vecinos no tiene absolutamente ninguna queja de él. Por alguna nebulosa razón, conspirar o formular conjeturas acerca de su solitario modo de vida resulta muy aburrido para la inmensa mayoría de las personas, incluso las más fisgonas. No se trata de ningún tabú, porque no causa ningún temor. Tampoco existen prejuicios, ni leyendas urbanas, simplemente resulta demasiado monótono y austero hablar acerca de su invisibilidad cotidiana. SIempre que por algún motivo, surge repentinamente en algún tema de conversación, tan solo se le menciona mediante referencias indirectas, pero sin llegar nunca a pronunciar su nombre o a buscar algún adjetivo o concepto claro que lo defina. Siempre se dice: - " el individuo con americana, el individuo de la séptima planta, aquel que me encontré hace mucho tiempo pero que no he vuelto a ver... y toda clase de vagas descripciones que no orientan a nadie, y que convierten su anonimato en un asunto mucho más pesado y profundo. En esta clase de casos siempre se suele decir: - "aquel lunático, aquel hombre enjaulado, aquel hombre tímido, aquel pordiosero, ese ricachon ordinario". Pero esta clase de motes nunca llegan a traspasar las barreras del silencio y la incomprensión, como si su apariencia borrosa y enigmática fuese necesaria para las matemáticas y estrictas interacciones sociales.como si fuese una condición necesaria para preservar la integridad social que nadie supiese que es una pieza que no encaja en un puzzle, pero a un mismo tiempo nadie se asombrase. Yo no sé como se llama, ni como se apellida, y si alguna vez recibo una carta en mi buzón por equivocación, siempre tengo que consultar a otros vecinos acerca de la identidad del destinatario, habitualmente nunca obtengo una respuesta precisa, tan solo recibo indicaciones desorientadoras. Hace muchos años que vivo en el mismo piso, y si no conozco el nombre de todos los vecinos, como mínimo me suenan todos y cada uno de ellos. Pero el particular caso de este vecino anónimo es una excepción, porque su nombre o cualquier asunto que este relacionado con él, se me olvida con una facilidad inusitada. Aunque habitualmente soy muy bueno recordando detalles o incidencias con respecto a personas desconocidas o muy alejadas de mi entorno existencial. Nuestra extrañeza al entablar relación con cualquier persona, siempre despierta nuestro instinto, y solemos indagar acerca de aquella persona aunque tan solo sean rasgos muy universales y genéricos. Pero la particular transparencia, y a un mismo tiempo opacidad, en los rasgos perceptivos que utilizamos para identificar a este ciudadano anónimo siempre nos llevan muy fácilmente a un callejón sin salida. Ya no se trata de que uno olvide todo, o recuerde todo, sino que se sabe todo pero a un mismo tiempo no se recuerda nada. Por alguna extraña razón la imaginación siempre se desvía hacía unas imágenes gráficas demasiado sosas, a unos flujos de pensamiento demasiado insípidos, como si su excesiva cotidianidad nos repulsiera a trazar cualquier rasgo trascendental de aquel individuo, por muy leve que fuese. No se que se esconde detrás de aquella estancia anónima: "una casa desordenada, una casa pulcra y estéticamente ornamentada, una jungla de inmundicia y de caos, muchos libros de ciencia y filosofía, posters de mujeres desnudas, mobiliario antiguo, mobiliario contemporáneo". Cualquier hipótesis es plausible, pues la imaginación no tiene absolutamente ningún indicio para encasillar a aquel individuo en ninguna tendencia psicológica, social o cultural. Me he aprendido escrupulosamente el significado de sus gestos, de sus miradas, de sus palabras vacías, de sus pasos, el tono de su voz, su vestimenta, pero nunca he sacado nada en claro. Nunca he querido compartir mi preocupación con ningún vecino porque se me hubiese tildado de maniaco, o de loco. De hecho hablar manifiestamente de algo que todo el mundo desconoce de un modo abierto, resulta disfuncional, hasta límites que rozan lo incomprensible. A veces cuando bajo las escaleras repito en voz baja las frases con las que la gente suele identificar a aquel individuo (obviamente tan solo los nativos de aquel bloque de pisos, porque si aparece un visitante ignora mis ignominiosas referencias). Aunque creo que por muy objetivas y desnudas que sean mis declaraciones (sin ningún coloreado literario), absolutamente nadie puede saber de que estoy hablando. Aquel individuo tiene el extraño don de ser aprehendido de un modo demasiado abstracto e ilusorio por el común de las gentes. De hecho mis continuas tergiversaciones y paradojas distan todavía mucho de ser una obsesión, porque como no tengo ningún dato fidedigno acerca de la cotidianidad de aquel borroso caballero, no dispongo de ninguna experiencia, ni de nada anclado profundamente en la realidad para poder vincularme a él, del modo que sea. Pues bien, tal y como hice mención, al inicio de mi relato, recibí una invitación de aquel individuo para cenar en su apartamento. Era una invitación de carácter formal, en la que no era tuteado, y en la que no se me convidaba a indagar el motivo de aquella extraña petición, advertencia, agasajo, o requisito procolario para alguna siniestra suplica. Era un papel blanco, mecanografiado y sin sobre, con una inteligible firma con rasgos muy prominentes y desorbitados. El contenido de la misma era el siguiente: - "permítame usted que le convide a cenar en el día de hoy, para tratar un asunto en el que se precisará su naturaleza durante el transcurso de la sobremesa. Espero que la comida y los temas que deban de plantearse sean de su agrado. Atentamente (nombre ininteligible escrito a mano aunque probablemente se trate de Zacarías o jeremías), y su correspondiente firma. Me dejo la carta debajo de la puerta, e hizo bien, porque probablemente si lo hubiera encontrado en mi buzón, hubiera pensado que se trataba de una equivocación, porque nunca recuerdo su nombre. Tal vez suene extraño que no haya recibido la invitación personalmente, pero si nos hubiéramos encontrado cara a cara, probablemente no hubiera habido nada que decir por ninguna de las dos partes, y me hubiese enfrentado a una situación demasiado violenta y comprometida. Debido a que no se puntualizaba la hora en la que debía de acudir, decidí por protocolo que sería a las 9:30. Si hubiera sido algo más tarde hubiese resultado muy informal, y si hubiese sido antes, hubiera dado muestras explícitas de que me interesaba su amistad, por lo que elegí prudentemente un termino medio. A pesar de que no sabía a que debía atenerme, cuales eran las causas por las que había sido convocado, y si las circunstancias que se esbozaban en el horizonte del futuro de un modo positivo o negativo habían de influirme de un modo o de otro. Tracé un meticuloso plan, que en cualquier momento podía ser desviado hacía derroteros incomprensibles, pero que al menos debían sustentar las bases de una pauta de conducta que me guiasen como huésped, en aquel territorio tan hostil e inexplorado. Intenté improvisar cuatro normas al azar, sin meditar apenas su significado, con la finalidad de establecer un protocolo que hubiese de guiarme. Procuré aprenderme aquellas normas de memoria de un modo concienzudo, aunque careciesen de valor, dado que muy pocos eran mis conocimientos, y muchas mis aspiraciones al éxito, o al fracaso, o simplemente para sobrevivir. Las normas eran las siguientes:"1. No le mires nunca directamente a la cara, a menos que no te lo pida explícitamente en una infinidad de ocasiones. 2. Si coge el cubierto con la mano derecha, utiliza la izquierda, y viceversa. 3. Se muy reservado con la comida, no digas ni que te ha gustado ni que te ha disgustado. Procede de un modo análogo con todas las sugerencias que se planteen en tu entrevista. 4. No intentes ser más grande ni más pequeño que él, habrás de ser grande o habrás de ser pequeño en contra de lo que pretendas aparentar". Tras repetir infinidad de veces estas máximas sagradas decidí entrar en aquel túnel opaco lleno de misterio y de indiferencia social. Llame al timbre, porque si hubiese tocado la puerta se hubiese parecido a un intento de asalto. Un secreto por el que ningún vecino se interrogaba pero por el que todos soñaban amargamente en silencio estaba a punto de desvelárseme. Había tres pasos de una puerta a otra, pero en un sentido metafísico había muchos más. El espacio tan solo era un inquietante espejismo de cercanía. Me abrió la puerta, mientras intentaba recordar en silencio y sin perderme en una jungla de conceptos, los precisos cánones de conducta que me había autodiagnosticado. Su presencia se difuminaba lentamente en la pesada sombra de la puerta, como si se alejase cada vez más, a pesar de que yo me acercase un poco más. Parecía como si entrar en aquella casa, representase un retroceso, en mi exiguo conocimiento de aquel individuo. Me dijo que entrase, con una naturalidad alarmante, como si las razones que me hubiese expuesto en aquella escueta carta, fuesen tan inmensas y clarividentes, que no necesitase de ningún prologo, ni de ninguna precisa argumentación que pudiese guiarme en las espesas telarañas de sus intenciones. Su casa lejos de asombrarme, me pareció demasiado costumbrista. Un perchero en la entrada, el suelo era de mármol grisáceo, y dos o tres mesas de madera anticuada a lo largo de un pequeño pasillo, en la que se depositaban tres candelabros. Olía a incienso, que provenía de aquella profundidad tan grande y tan diminuta que se expandía a lo largo de aquel pasillo. Había mucha oscuridad, tenue, y sin indiscretas sombras ni manchas de luz impúdicas. Me invito a pasar tras hacerme una tímida y mimética reverencia, con ciertos atisbos escultóricos, y me adentré lentamente en aquel misterio. Tras llegar al salón de estar, pude ver una mesa, cubierta con un mantel de papel de periódico, un televisor apagado, y dos ventanas con las persianas cerradas. Había algunos libros expuestos en el suelo, pero no les presté demasiada atención, porque la cabalística oscuridad de aquella estancia era insoportable. Había dos cuadros colgados. Eran el retrato de dos mujeres ancianas, que parecía que me mirasen fijamente, como si desde la eternidad me interrogasen acerca de mis valores escrupulosamente. Parecían aldeanas vestidas de luto, con las facciones muy groseras y antipáticas, con modales firmes e inflexibles. Me sentía muy turbado, pues aquel hombre, se me presentaba como un doloroso espejismo, pues a veces lo veía en un lado a veces en otro, como si fuese la proyección de una imagen de cine que se manifiesta a voluntad. Se respiraba un silencio desolador. Poco después aquel hombre, se sentó en una butaca, y con un gesto me invitó a que hiciese lo mismo en el sofá. Su ánimo parecía muy sereno, aunque ensombrecido por extrañas circunstancias. Todavía no habíamos intercambiado palabra, pero cuando habló tuve la extraña sensación de que una piedra caía en el fondo de un pozo: - "supongo que usted se preguntará porque le he invitado a cenar, si apenas tengo trato con usted. Todavía desconozco el motivo de mi petición, pues mi firmamento intelectual esta muy nublado, pero poco a poco se despejará, por motivos muy ajenos y a la vez muy adecuados a mi comprensión. Sin más preámbulos le invitó a que usted se siente en la mesa, pues ahora le serviré la comida, y cenaremos en calma y distensión". Las razones que me expuso no fueron muy convincentes, pero a pesar de que mi instinto se helaba por momentos, y de que el tiempo dejaba lentamente de fluir, sentía una paz interior y una calma inusitadas. Poco después volvió, con dos platos, uno lleno y otro vacío. Nos sentamos en la mesa y le pregunté si su intención era repartir el plato entre los dos. Me contestó tajantemente que no, pues los dos estábamos por igual servidos. Nos sentamos en los dos extremos de la mesa, y procedí a degustar, tras un difuso asentimiento con sus pronunciadas cejas, aquel inmenso plato de macarrones con tomate y queso. Volví a reiterar el hecho de que su plato estaba vacío y respondió: -"no debe de preocuparse como le he dicho anteriormente los dos estamos servidos. Ruego disculpe mi impertinencia pero voy a desvelarle la primera parte del acertijo". Yo le respondí tras echar una turbia mirada al retrato de aquellas ancianas, aunque con un escaso interés por sus ininteligibles palabras: - "si es usted tan amable". Acto seguido y tras quitarse sus gafas de oficinista desguazadas me respondió: - "mi plato esta realmente vacío, no hay nada en él, pero me regocijo de ver la negatividad del mundo en su interior. Cuando miro la hondura del plato el estado de mi alma se modifica ostensiblemente, porque me encuentro cara a cara con el mundo". En un principio no presté atención a sus vaticinios de chiflado, había tomado la contundente determinación, de que cuando acabase el plato me despediría cortésmente y me iría de aquel piso. Su comida me deleitaba, cocinaba realmente bien, y a pesar de que devoraba la comida, tenía la extraña sensación de que el plato no se vaciaba en ningún momento. Por otro lado mi estomago me pedía más y más y en ningún instante parecía poder saciarse, aunque aquello no me causaba ningún malestar, sino una prolífica sensación de abundancia y bienestar. Aquel manjar era tan opíparo y suculento, que apenas podía prestar atención a la sórdida situación que me rodeaba. Poco después aquel hombre me dijo, tras ajustarse sus gafas rotas a sus inmensas y deformadas orejas en forma de pico: - "¿estas seguro de que te gusta realmente la comida?". Tras olvidarme momentáneamente de uno de los preceptos que tenía que acatar le dije: - "así es, aunque por muy inestable y paradójica que parezca mi opinión, cada vez siento que la comida tiene menos sabor y es más insípida". De hecho era cierto, la sensación de abundancia me abandonaba paulatinamente, y mi visión de la comida y del plato se modificaba por momentos. Al ver el plato del anfitrión (que de hecho no cesaba de mirar su propio plato con una obsesión convulsiva), empezaba a experimentar una sensación análoga. Miraba fijamente su plato, y por muy ridículo que pareciese, creía que podía ver desfilar en su parte honda un desierto inmenso, el eterno retorno de la nada, un espacio negro que se extiende hasta el infinito. Sus miradas escrupulosas y anquilosadas en un extravagante pensamiento etéreo, me atraían hacía los restos de una memoria olvidada y profetizada. Poco a poco, y con más intención de sentirlo, que todo aquello que percibía se manifestase tal y como era, vi mi propio plato vacío. Ya no tenía ningún modelo en que inspirarme, porque al percatarme que verdaderamente no había comido nada, veía en mi propio plato mi inmenso silencio, mis abismales dudas, sintetizadas en aquel plato sibilino que me mostraba el mundo tal y como era: un desierto vacío en el cual todos los ruidos y todas las transformaciones no son más que una apariencia mezquina y deleznable. Aquellas mujeres del retrato se volvieron más frívolas, y enmudecían cada vez más ante mi silencioso descubrimiento. Tras contemplar el auténtico retrato vacío de la realidad, ya se como he de llamar a aquel hombre en mis adentros: don nadie. Y allí estaba con don nadie, compartiendo su mesa y sus secretos más recónditos.




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