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Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS

Juan Oliver

juanglot@hotmail.com


¿QUÉ ES ESCRIBIR?

El arte de escribir es un velo obsceno, una carta interminable a una dolorosa inmanencia imperturbable que nunca puede estallar de un modo sano. Las voluntades perdidas que fueron exiliadas a la atalaya de la locura, demuestran que no hay nada transparente a excepción del lenguaje. Esos secretos incomprensibles que salen de la pluma de aquel extravagante orador, no son más que un eterno adiós, un saludo amargo a un puente lejano, que no se puede avistar, que separa lo que se puede comprender y lo que no. Un anhelado testimonio de lo imperecedero, una sonrisa irónica e inescrutable que tiende sus redes a una condena que se transfigura lentamente en el sinsentido. Escribir en un sentido estricto no es contar con los dedos de las manos los días y los años, sino que consiste en una turbia mirada a la eternidad. El escritor es un prestidigitador que puede hacer que crezca un jardín maldito en el interior de su claustrofóbica celda existencial. La hermosa arquitectura de sus palabras y sus bellas metáforas, son un espeso laberinto creado desde lo incognoscible, para que su lúgubre voluntad de vivir, se convierta en el espejo profano de vidas imposibles y arruinadas. No se deja guiar ni por la paciencia ni por la impaciencia, sino por un instinto que le ordena reconstruir el mundo constantemente, bajo unos presupuestos hostiles. Esa reconstrucción del mundo no obedece a ningún patrón sensato, porque cuando se reproduce la idealización de mundos perfectos en el pensamiento del artista, en raras ocasiones esta en juego la vida o la muerte tan solo la verdad. Escribir no es ninguna terapia, tan solo es una oscura fuente de dolor y placer que nunca concluye. Es un extraño oráculo, pues el pasado y el futuro están autorizados a mirar la vida desde la misma torre maldita. No es ningún juicio, aunque tiene toda la apariencia de ello, sino que es un retorcido éxtasis en que la vida se metamorfosea en una concentración de energía abismal, no obedeciendo a ninguna ley física o química. Sacamos del interior de un baúl las prendas que se utilizaban en extintos mundos y las utilizamos para recrear aquello que el tiempo engulló en su eterna noche, pero no pudo evitar que se volviera a reencarnar en la angustiosa cotidianidad. Escribir no necesita necesariamente de ninguna tutela, porque lo sublime puede encontrarse oculto en cualquier juego de palabras. Es pensar sin cabeza, andar sin pies, escuchar sin oídos, sumergirse en un mundo salvaje que carece de cualquier paralelismo con el pesado yugo de lo cotidiano. Es el arte que abarca más conceptos y ensoñaciones, una reproducción intempestiva y demasiado vaga del pensamiento. Un antiguo prejuicio del que nunca podremos liberarnos consiste en creer que el arte de escribir es un hecho sincero por sí y en si mismo. La reproducción de nuestro pensamiento siempre se reencarna en lo hostil, y como consecuencia se mezcla con elementos que lo alienan. El pensamiento no es el genio del arte, sino su mixtura endiablada en el mundo. Las letras no son el testimonio de su arte, ya que en el momento en que el lector reproduce esas palabras, se crea un inmenso surco que lo conduce a mundos perdidos en el recuerdo. Es una profana evocación de lo que esta perdido y lo que debe de aparecer. Por esta razón es justo en el instante de la evocación precisa en que vuelve a renacer la naturaleza en la opaca interioridad del lector, ni un momento antes ni un momento después. Escribir es jugar a los dados con una monstruosa paradoja, pero no hemos de vencer a esa paradoja tan solo atravesar su contradictoria dimensión sin poder jamás conquistarla, y después volver de ese angosto peregrinaje con una robusta salud intelectual. Porque tan solo podemos atravesar la paradoja y atravesar su territorio, pero jamás podemos conquistarla y mucho menos hacerla desaparecer, porque su oculto poder nos transciende. Escribir por escribir no es nada, tan solo tiene sentido decir que una persona es escritor porque se esta enfrentando a un duelo muy profundo. Por este motivo, cada vez que escribimos tenemos que estar citados con el dolor en el más mísero de los parajes. Escribir no es una mera virtualidad de mundos posibles, sino que es un necesario encuentro y reencuentro sucesivo con ellos. Los estados emocionales tienen que estar orientados para poder superar aquello que nos trasciende, porque el escribir es un contrato que firmamos a ciegas, sin conocer la mayor parte de sus cláusulas. Las cláusulas de ese secreto contrato con lo insondable suelen estar íntimamente vinculadas con el dolor, pero no requiere de nuestra respuesta tan solo de un asentimiento vago y que carece completamente de sentido. El escribir no es una herramienta sino que es ver pasar una infame tormenta en nuestro firmamento intelectual, hemos de seguir los compases de los rayos y las centellas, porque la llamada del sinsentido, son las necesarias grietas incomprensibles de nuestro espíritu. Hemos de afrontar nuestras frases, como si fuesen soldados de un ejército que han de enfrentarse contra el inefable escuadrón de la muerte. Escribir en algunas ocasiones puede convertirse en un eterno adiós, por esta razón, como es uno de los testamentos más poderosos que existen, nos hemos de tragar el todo y la nada en cada pensamiento que pretendemos que se vea reflejado en el papel. Escribir es una batalla que sabemos que tenemos perdida de antemano, esta es una de las razones que tenemos para enfrentarnos con una valentía inédita.

EL FUNÁMBULO DE LA NOCHE

Cuando el velo de la razón autocompasiva y servil a principios que se destruyen por si mismos, se desgarra en la pesada vigilia de la existencia, tan solo puede originar individuos temerarios de una ralea única. Suelen ser espejismos vivientes, porque aquellas personas que miran más allá de sus días y de lo que ellos son, acaban convirtiéndose en una penitente alucinación, en un falso recuerdo de lo que alguna vez existió. No obstante desde su singular mentira pueden decir mucho más del mundo que cualquier otra verdad creada en el mediocre panorama social. Un ilustrativo ejemplo de esta mortificante condena, que aunque severa es la única que se atreve a jugar a los dados con el vacío, es la de Diodoro, conocido en la estrecha mentalidad provinciana de mi pueblo como “el funámbulo de la noche”. Sus excentricidades perturban el sistema, pero desgraciadamente el silencio es un aliado demasiado poderoso que se extiende en las costumbres decadentes del vulgo como una plaga maldita. Diodoro suele pasar inadvertido, haciendo brillantes acrobacias en un cable de alta tensión. Sus pasos son silenciosos en la penumbra de la noche, todo aquel que lo ve desde la carretera le dedica una despectiva mirada y algún que otro bocinazo para recordarle que la vida se nutre de villano silencio y no de valientes demostraciones de poder. De cara a las estrellas y de espaldas al despiadado inconsciente de la masa, se adentra en las inmensidades de su sueño sagrado, nada puede perturbarle a excepción de un misterio suicida y anacoreta, que lleva dentro de sí y que encaja como el pie en un zapato de su medida. Durante el día duerme en cualquier rincón de la calle, no le importa si es un banco o el duro suelo. Dormir es el único sacrosanto néctar que puede catar su invisible e incomprensible condena. A veces los infames críos provincianos, que llevan sellada en su mentalidad las ideas y las costumbres del mismo modo que las huellas genéticas de la especie, le despiertan tirándole un cubo con agua helada, y con sus gregarias carcajadas se alejan de la plaza del pueblo dando grandes zancadas como conejos esquizofrénicos. Sus mayores siempre les riñen por armar tanto alboroto: - “dejad en paz a ese gusano, no os mezcléis con ese indigente porque nada bueno podéis aprender de él, a excepción de su indignante ejemplo”. En el pueblo nadie simpatiza con el funámbulo, su camiseta sucia y con rallas de muchos colores, su bigote de artista degradado, y los cabellos llenos de piojos hasta la altura del pecho, no es un valor que pueda intercambiarse fácilmente en la moralidad retorcida del populacho. Es un hombre entrado en años, pero de hecho no sigue el patrón de conducta de ninguna edad, sino de la genialidad de su locura. Cuando no puede dormir y se aburre, deambula por las calles, como una ola perdida en el océano. No sigue ninguna ruta, ni ningún propósito, y si alguna vez recuerda que las demás personas tienen compromisos, se suele imaginar alguno para cerrar momentáneamente el grifo de su locura. Tras recaptar algunas monedas mendigando a diestro y siniestro, se sienta en la terraza de un bar, pide una cerveza y habla solo imaginándose las más disparatadas situaciones. Todas sus palabras se han perdido en su desierto, y alguna vez escucha su eco en la lejanía, mientras vaga en las estrechas callejuelas aguardando impacientemente el ocaso. No tiene ninguna compañía, tan solo sus ideas extraviadas que suenan en su mente como una canción desafinada. Es un artista que rinde culto a dioses atrapados en la noche de los tiempos, nadie puede conocer la profundidad de sus meditaciones, porque sus deseos no son de este mundo. De día es un extravagante vagabundo y de noche se convierte en el funámbulo de la noche. Cuando todos dormimos tranquilamente en nuestras habitaciones, Diodoro se juega la vida por nosotros haciendo gala de las más insignes acrobacias en un cable de alta tensión. Es el más callado de los profetas, y desafortunadamente nadie le debe nada, aunque sostenga el sombrío espíritu de la noche con sus raquíticos hombros. Es un extraño interprete de lo que esta más allá de nuestro conocimiento, camina a ciegas en un delirante sueño, desafiando sin cesar a los muros sórdidos de la existencia. Esta clase de artistas anónimos son los secretos mártires que se encargan de purgar el dolor en la desolación por todos los errores de la sociedad. Caminando en el más absoluto de los secretos en el cable, se traga la noche como si fuese un bálsamo fatal. A veces cuando trasnocho y me voy a dar un paseo por la carretera sigo la temblorosa ruta del cable, para ver si encuentro al más valioso de los artistas. Es una de las pocas personas que cumple con aquello que se ha propuesto, aunque aquello que se haya propuesto no pueda comprenderlo nadie. Cuando la cabeza me estalla por dentro, sé que la pasión de su inescrutable misterio tiembla en mí a un ritmo vertiginoso. Son impulsos psíquicos de naturaleza desconocida que suelen conducirme a donde mora aquel insensato para algunos, y un desconocido bienhechor para una minoría tabú. Nunca me he atrevido a hablar con él, aunque siempre me han obsesionado los cabalísticos destinos de su persona. No lo sigo nunca, pero un inquietante instinto desnutrido que trasciende todas las fronteras de lo cotidiano, me persigue como los aislados destellos de lo sobrenatural a las verdades más mortíferas. Tras seguir aquel maldito cable que se extiende a lo largo de toda la carretera pude encontrar al funámbulo. Supuse que debido a la carencia de admiradores en su oficio sagrado y ocultista, no tendría problemas en sostener una larga conversación conmigo y no me equivoqué en absoluto. Mientras caminaba parsimonioso y con la mirada fría y expectante, le hablé desde unos cuantos metros y le dije: - “¿que tal se esta allá arriba?”. Se sintió sorprendido pues no tenía por costumbre hablar con alguien que se interesase por su noble arte extinguida. Por un momento vaciló y a sus pies les costó encontrar el hilo, pero era un funámbulo muy experimentado y su instinto ciego era demasiado poderoso para responder de un modo trágico. Cuando le hablé, creyó que me conocía desde mucho tiempo atrás, sabía que no era cierto, aunque no le dio importancia. Tras meditar brevemente su respuesta me contestó: - “pues como en todas partes a veces se esta bien y a veces se esta mal. Pero en mi caso concreto o estoy muy bien o estoy muy mal. De hecho yo soy el bailarín secreto de las estrellas, se que ellas admiran mi arte, y brillan con intensidad en el firmamento correspondiendo a mis gestas. Son los únicos espectadores que están a mi lado brindándome su apoyo incondicional. Cada vez que paso de un poste a otro, siento que un mundo infinito ha quedado atrás, como si mi alma navegará en una región diferente del espacio. Mi peregrinaje por esta cuerda sagrada es como un viaje psíquico en distintos sistemas solares. En ocasiones llego a un agujero negro, entonces palidezco de terror, pero mi instinto sobrenatural es demasiado poderoso, estoy demasiado acostumbrado a sufrir, no hay nada que pueda impedir que continúe ejerciendo mi arte precipitándome al vacío”. Sus ensoñaciones cósmicas eran demasiado complejas para mi, su camiseta de rallas de colores era fosforescente, incluso caminaba con un candil a mano, como si en vez de estar vagando a la deriva en un cable de alta tensión, estuviese sumergiéndose en las desconocidas estancias subterráneas de un castillo. Apenas podía ver su rostro vacío en la falta de luz de aquella noche cerrada, pero disimulando un extraño temor que crecía dentro de mí e intentando comulgar con los valores terrenales le pregunté: - “¿no temes que la corriente eléctrica atraviese tu cuerpo?”. Tras dar una doble pirueta, haciendo juegos acrobáticos demasiado vistosos, que aunque hubiesen sorprendido a cualquiera, ni mucho menos eran dignos de su arte, tan solo intentaba resaltar una turbia paranoia que desolaba su mente, como si una preocupación retorcida y extasiada le hubiese visitado sin llamar a sus puertas. Cuando aquellas extravagantes convulsiones de éxtasis descarriado cesaron, encontró una inexplicable calma, y respondió sin inmutarse: - “verás amigo, no solo he heredado el arte de mis antepasados sino también su descomunal instinto previsor, pongo los pies como lo hacen los pájaros para no electrocutarse. El espíritu de la electricidad y el mío estamos conectados en un campo psíquico, puedo saber donde fluye sin ni siquiera ser consciente de ello y mis pies actúan en consecuencia. Soy un artista que vive mucho más allá del auténtico significado del espectáculo, y por esta razón nadie es capaz de amar a mi arte. Nadie la respeta, pero no porque no la comprendan sino porque no se atreven a comprenderla”. Su voz sonaba muy lejana, como si fuese el trasfondo de una vivencia macabra que indaga en los orígenes de la vida. Escuchaba el sonido de los coches, que pasaban a toda prisa, pero apenas podía experimentar el significado de su fugacidad, aquella voz de aquel artista maldito se quedaba atrapada en la herida más profunda de la vida, como si surgiese un surco invisible en el aire en la que se pueden conectar el vacío y la eternidad. Aunque podía discernir la parte etérea y pura de aquel hombre y su parte de loco desquiciado, percibía a dos hombres a la vez al mismo tiempo que percibía a uno. Por un lado sentía sus incansables jadeos de bestia indomesticable mientras caminaba incansablemente en su desconocido camino, y por otra su parte inmortal que difícilmente puede ser identificada, aunque los indicios de aquella noche eran proverbiales. Proseguí en mi exhaustivo interrogatorio: - “¿cuando sueles bajarte de tu pedestal sagrado?”, mirando fijamente a las musas de su inspiración me respondió: - “al amanecer suele acabar el pacto sagrado entre la tierra y el cielo, cuando el color del decorado de la vida cambia de azul a blanco significa que ha llegado el momento de bajar. Nada de lo que hago durante el día es digno de mención, ciertamente durante el día podríamos decir con propiedad que no soy más que un burdo despojo de la vida. Durante la noche me convierte en un insigne artista solitario, puedo sentir las órdenes que llegan de lo más alto y me siento feliz porque las comprendo perfectamente. El equilibrio de la vida pasa por mis pies y por la electricidad que se pierde a lo largo de este cable. Durante el día no soy nada más que un durmiente desquiciado, siento con toda intensidad los azotes del desalentador espejo de la vida. Cuando deambulo por las calles, siento que soy un dios decadente que se ha mezclado entre el pueblo, no soy nada más que un actor secundario mediocre. Ese vacío que se mezcla en mis pensamientos durante el día, se convierte en una energía descomunal y amorfa durante la noche. Caminar por este cable de alta tensión, representa mi unión con lo más sublime”. Aunque diodoro se comunicaba conmigo desde lo más alto, podía escuchar aquello que me decía de un modo muy vago y muy claro a un mismo tiempo. Ciertamente aquello que viene de lo más alto, es aquello que a un mismo tiempo podemos percibir de un modo más confuso y preciso a la vez. Aunque sea lo más lejano a nosotros, paradójicamente es lo que da las instrucciones más concretas, en los asuntos más trascendentes que atendemos, incluso en los más insignificantes. Diodoro dispone de una inteligencia excepcional porque sabe descifrar los ocultos códigos que vienen de lo más alto y sabe darle una interpretación, aunque esa interpretación tan excepcional haya podido costarle la locura. Aquello que viene de lo más alto llega a nuestra mente como un destello siniestro, pero pocas personas son capaces de estar constantemente atentos al carácter sumamente críptico de sus manifestaciones a excepción de artistas como Diodoro. Mientras caminaba por la carretera persiguiendo la senda sagrada del profeta, tuve repentinamente la ocurrencia de pedirle que me dejara acompañarle en su luctuoso destino, le dije: - “funámbulo de la noche, déjame que sea tu discípulo en esta noche tan aterradora”. Diodoro no puso objeciones a mi propuesta y decidí escalar la torre hasta llegar al cable. No fue una fácil ascensión porque Diodoro caminaba muy aprisa y temía que pudiera electrocutarme durante la travesía. Cuando estuve en lo más alto, sentía que un sudor desgarrador se derramaba de mis mejillas y caía al abismo. Aquello le resultó indiferente, porque aunque nunca había tenido ningún discípulo sabía como maestro de sí mismo, que la primera fase para llegar a ser un artista consagrado consistía en deshacerse del yugo de lo individual. El velo de la razón autocomplaciente es incapaz de mostrarnos, el desorbitante sufrimiento en el cual se sumerge el artista que es capaz de contemplar el sufrimiento universal. Mientras caminaba por el cable, en más de una ocasión me sentí tentado de arrojarme al vacío, porque sabía que una descarga eléctrica era necesariamente mortal. Podía contemplar la noche en mis adentros como nunca lo había hecho: - “ como un monstruo que es capaz de devorar la interioridad hasta sumergirla en el más profundo misterio de la vida”. Mis pasos no eran seguros, aunque intentaba imitar a mi maestro. Aunque estaba más cerca que nunca de mi maestro, sentía que estaba más lejos que nunca. Por un momento se paró en seco, y retrocediendo con una cautela magistral hasta donde yo me encontraba, iluminándome con su candil pudo rebelarme desde su inexpresivo rostro: - “ créeme cuando se acabe la noche y nos veamos obligados a bajar, sentirás la abominable tentación de querer subir cada noche. Una vez que se ha entrado en el misterio de la vida no hay marcha atrás”. Apenas no di crédito a sus palabras, sentía un profundo respeto a su creencia. De algún modo si no tuve dudas en subir, significaba que algunos torpes sedimentos de alguna fe arcaica y malograda se habían depositado en mi conciencia. Poco después llegaron los primeros atisbos del día. Mi maestro me hizo una señal, porque sentía que el aire se enrarecía, que la luz se convertía en profana, que la magia del conjuro estaba llegando a su fin. Era muy peligroso proseguir la caminata en el eslabón perdido de la vida, porque mi maestro se sentía que poco a poco se ahogaba. Cuando bajamos en la primera torre de alta tensión que encontramos, mi maestro se puso a llorar amargamente, porque sabía que hasta el día siguiente tendría que convertirse necesariamente en un desgraciado. El sol brillaba en todo lo alto, inundando aquella carretera solitaria situada en la montaña de la más sibilina de las soledades. Aquel insigne funámbulo era un poeta amargado, un artista que había tenido la desgracia de encontrarse a si mismo, sabía que la tristeza era su única guía que había de acompañarle en la pesada monotonía de los días. Yo no intentaba consolarle, porque sabía que mis palabras eran demasiado vanas para un espíritu tan sabio. No sabia si al día siguiente le acompañaría en su penitencia sin fin, pero poco a poco en mi mente se estaba forjando un inquietante malestar, me había convertido en un adicto al trapecio. En aquella noche no había encontrado ni amigos ni enemigos, tan solo una pesada bruma que me había buscado desde tiempos inmemoriales y que al fin me había podido dar caza, era un dolor demasiado originario para poder ser expresado mediante meras sentencias poéticas. Acompañé al funámbulo hasta el pueblo, mientras este caminaba como si realmente fuese un borracho. Durante el día su despiadado instinto le abandona, y empieza a sentir los nauseabundos temblores terrenales. Le acompaña una sensación inseparable de vértigo, que esta estrechamente relacionada con la tensión acumulada que ha sentido durante toda la noche, sin apenas ser consciente de ello. Llegamos a la plaza del pueblo, se tumbo en un banco y se durmió como si hubiese librado una infernal batalla y necesitase reposo. Por mi parte, me convertí en un adicto del trapecio, y cada noche seguía a mi maestro, en aquella inexplicable procesión del dolor y del misterio, que parecía que no podía tener fin.

CAMBIO DE ASISTENTA

Las 8 de la mañana. ¿Dije que eran las 8 de la mañana?, ¿quien lo dijo y que motivos tendría para señalar tan fatídica hora?, ¿porqué tuvo que ser esa hora y no ser otra?, ¿ porque esos temblores vagos y amenazantes recorren mi cuerpo sin piedad alguna? el timbre suena con descaro y alevosía despertándome como de costumbre de mi augusto sueño, como si se tratase de un pregón maldito que redobla intempestivamente en mis delicados tímpanos. Es el más legítimo y el más perverso de los crímenes: el de la más indigna indigencia intelectual. Vil desafío a la monotonía, el eterno retorno de un castigo implacable y demoledor, una desdicha absurda que se multiplica al ritmo de los burdos compases del timbre. ¿Quien llama con tanto ímpetu y desgarro?, ¿quien osa perturbar la apacible calma poética de mi sueño?, ¿quien se esconde detrás de esta pordiosera actitud?, ¿ quien invoca con tanta perseverancia a un hastío que no tiene norte?. Estoy sumergido en un macabro éxtasis penitente, mi espíritu es como una gran roca compacta, y cada nuevo timbrazo es un sutil intento por disgregar en mil pedazos a la unidad de mi alma. Existen muchos despertares en la vida, pero muy pocos son tan crueles y mezquinos como el mío. Todavía no he podido abrir los ojos, y las primeras palabras que surgen como un eco lejano de la penumbra de un sueño tristemente extinguido, repiten para oponer resistencia a esos descerebrados timbrazos: - luisa, sucubo repugnante, mal entre los males, ignorancia entre las ignorancias, villanía entre las villanías, deshecho estéril de condenado polvo mortal, ¿como osas aparecer en mi casa?, ¿porque la ensucias con tu abominable presencia?, ¿ porque contaminas el aire con tu desquiciada voz de consumada arpía?. Eres una usurera deleznable, un agujero negro viviente pues toda la voluptuosidad del mundo se desvanece cada vez que alguien tiene la desgracia de mirarte a la cara. La miseria existe en ti, es la inquilina a quien más aprecias, y con la que coqueteas sin cesar, en un diálogo hostil y nauseabundo. No puedes morir atropellada por el significado del mundo, el grifo de la ignorancia esta siempre abierto, eres la más atroz de las inmortalidades: la de la inmadurez crónica. Si te preguntasen que significa para ti la vida, te quedarías perpleja, y no sabrías responder porque ni siquiera puedes ser consciente de tu existencia. Un animal salvaje nunca puede ser rebelde porque tan solo sigue las pautas de un instinto programado, y tú no eres más que una simple reacción lógica al mundo que te rodea. El tiempo que pasa en ti se siente deprimido porque no puede aprender nada de ti, cabizbajo y enrarecido pensará en sus adentros: - ¿ verdaderamente en esto consiste la eternidad?. Tienes un rostro tan despreciable, una mirada tan poco grácil, unos gestos tan impertinentes y huecos, que harían maldecir el mundo a todo aquel que intentase reconocer en ti los más leves síntomas de humanidad. No puedes comunicar nada porque no eres nada, causas irritación a todo aquel que te mira, porque no tienes nada agradable que ofrecer, el mundo exhausto y agotado no cesa de poner las cosas en su lugar porque tú eres tan perezosa que no tienes ninguna convicción para hacerlo. Nunca te he escuchado hablar con nadie, pero no puedes ir más allá del significado de las consignas mediáticas, estas dentro del corporativismo de la mezquindad, una palabra tuya, una palabra del corporativismo arrogante al cual sirves sería suficiente para derrumbar los conocimientos que muchos hombres sabios han adquirido en beneficio de la humanidad desde muchos siglos atrás. Existen mediocridades muy variopintas, pero nunca existe nadie que llegue al más absoluto desprecio por parte del observador. Siempre existe algo agradable, ya sea en las palabras, en la sonrisa, en la entonación de la voz, en las facciones del rostro, en la forma de comportarse… Pero en tu caso solo me puede conmover profundamente un exaltado desprecio que no puede encontrar consuelo en nada de lo que eres, en nada que hayas podido hacer, y en nada de lo que puedas hacer en el futuro. Ciertamente el motivo por el cuál existes me parece obsceno, nada de lo que se diga de tu persona puede ser una calumnia, cualquier insulto contra tu persona siempre resultará adecuado. Tu rostro es como un pescado podrido, los gatos muchas veces deben confundir tu delirante y contrahecha tez, con comida vomitiva que no esta reservada ni para el más infame de los carroñeros, no puedes causar ninguna lastima a aquel que te mira, tan solo un hondo pensamiento que diga: - ¿ es esto realmente el mundo?. Tu presencia siempre pasa desapercibida, porque es tanta tu simpleza que te crees que eres feliz dándole la espalda al mundo, no escuchas las conspiraciones a tu espaldas porque sabes que no las podrías comprender, combates la ignorancia con la ignorancia. Serías feliz si escuchando a muchos sabios que se han quedado atrapados en un pozo, te dijeran: - “rescátanos el mundo necesita del conocimiento”. Taparías el pozo y con tus dientes negros y de oro, mientras tu sonrisa simplona y absurda baila a un ritmo decadente en el pedestal de la vida, cubrirías mediante su sombra el único lugar del mundo que esta sano. Tu recuerdo causa una tristeza muy desagradable, un odio sin ninguna mezcla de amor o respeto, una laguna incomprensible en la cual el mundo desaparece sin darse cuenta. Una animadversión que no puede encontrar alivio en ningún horizonte. Con mi instinto creador hecho añicos, en el momento que me despierto, me levanto bruscamente de la cama como si se hubiese declarado súbitamente la guerra o hubiesen anunciado un inesperado Apocalipsis, con la mirada borrosa y vacía, doy torpes pasos alrededor de mi habitación, para intentar encontrar aquello que he perdido de mi mismo. Los espasmos absurdos acechan a mi intelecto, y este intenta defenderse como puede. Tu pesada sombra mortuoria se cierne sobre mi casa, el conjuro de tu ignorancia se confabula contra la fértil tierra de mis sueños. Tienes el más triste de los poderes: - el del silencio ciego. Cuando la ignorancia calla mientras la sabiduría se retuerce de dolor, es cuando los tiranos más decadentes se apoderan de lo cotidiano, y con ello de todas las verdades y todas las mentiras. Tus timbrazos suenan como si fuesen las campanadas de una iglesia fantasma, me causan una inagotable exasperación. Tus modales y tu falta de decencia son incorregibles, estoy seguro que si todos estuviésemos obligados a comunicarnos a través de timbrazos en vez de con palabras, tú te acostumbrarías muy fácilmente y no sentirías que ninguna parte de ti se ha perdido. Poco a poco voy adquiriendo la facultad de pensar, tus timbrazos ya no me resultan tan molestos porque ya estoy despierto. Estoy dispuesto a dejar que suenen tus timbrazos, aunque me resulten insoportables. Cuanto más odiado es un enemigo en mayor medida es tolerado el dolor o la molestia con tal que la venganza sea más dulce. No me importuna pensar que estas tocando el timbre como una descarriada, no eres digna de entrar en mi casa y sería capaz de enemistarme con cualquiera por muy funestas que fuesen las consecuencias, a todo aquel que me negase el legítimo derecho a odiarte. El poder solo se odia a si mismo cuando es consciente, pero tu poder es capaz de deslumbrar a un instante imperecedero, porque tan solo es capaz de percibir la sensación de su energía en sus formas más simples. Si tuviera la potestad, no podría encontrar inconveniente alguno, en llenar un cubo con agua helada y tirártelo por la ventana, para que escarmientes, para que seas consciente de la nulidad de todo tu ser y de todo mi inagotable desprecio. Tal vez ya hace diez minutos que he despertado, pero estoy dispuesto a prolongar esta agonizante situación, a demorar este incomprensible bombardeo de timbrazos tanto tiempo como sea necesario. El odio debe de estar vigilante, debe de mirar al cielo y lentamente sumergirse en las oscuras conspiraciones que viven en él. El odio es como un faro que debe de evitar que los barcos choquen contra el acantilado, como si cada uno de los barcos que navegan en el mar fuese una pasión funesta por la que debe de velar. En ocasiones las convenciones sociales son muy molestas, no tenemos legitimidad para expresar nuestras emociones, sin embargo, si de mi dependiera, dejaría de llamarte lucía, para llamarte luisa.¿quien se cambia el nombre sino son putas o artistas?. No creo que seas artista, es mucho más probable que seas puta. Nunca podrías ser una actriz, el director de un rodaje no te querría que aparecieras como extra, aunque hubiese que llenar un estadio para grabar una escena. No tienes encanto, eres un sueño negro viviente, todas las pasiones se desvanecen, la vida queda sepultada en tus desgarradoras facciones. El espectáculo de la vida se arrodilla ante ti para implorarte que no lo destruyas con tu mezquindad, entonces lo chantajeas y te conformas con la sucia inmundicia que te da. Tampoco creo que seas puta porque ni el más abandonado de los hombres, podría tener la tentación de mirarte a la cara con gusto, sino con un ultrajado desprecio a la belleza de la mujer, la inocencia y la maldad no viven en ti repartidas equitativamente, tienes los más desagradables despojos de cada extremo. Entonces, sino puedes ser puta, ni artista, ¿ porque coño te cambias el nombre luisa?.¿tan gilipollas y oligofrénica eres?. ¿ que pretendes aparentar con esa manera de caminar tan ostentosa y ridícula a un mismo tiempo?. Eres una persona ciertamente cruel, y tu ignorancia te ayuda a ello. No sabría decirte que llega más lejos, si tu ignorancia, tu maldad innata, o tu mediocre modo de ver la vida. Mientras un extraño tedio se apodera de mi, prosigues en tu incesante labor, parece que quieras apropiarte de la salud mental de mi morada, paseando la excrescencia de tu cuerpo, con una altanería y una falta de decoro, que ni la más infame de las mujerzuelas podría ser más osada. Abomino tus impredecibles movimientos, porque parece que quieras ocultar que estas en mi casa, para estar al acecho en los momentos más inoportunos como ha ocurrido en más de una ocasión. Paseas descalza para que nadie pueda saber donde estas, para dominar a tu antojo mi señorío. El mal siempre se oculta para pasar desapercibido en las causas más nobles, de un modo análogo te ocultas tú en los aposentos de mi morada, como un alma errática bochornosa y reprobable. El mal siempre finge ignorancia e inocencia, y eso es lo que intentas con tus pasos silenciosos y premeditados. Caminando con los pies descalzos hipnotizas al silencio mezquino y te confundes lentamente en él, para enrarecer el ambiente con tus insidiosas confabulaciones. Eres una abominable mixtura entre silencio y fealdad, un pérfido espejo con un doble fondo. Eres la perfecta transfiguración de lo banal, y consigues el poder mediante esa endiablada opacidad. Las puertas de mi casa están selladas, la dignidad vive dentro intranquila, porque sabe que será profanada. ¿ quien eres pordiosera calamidad?, ¿ a cuantas personas tienes que castigar con tu endiosada y necia mirada?, ¿ como es posible que la noble estirpe de la rebeldía naciera en tus ojos decadentes y vacíos?. Mientras continúas insistiendo, con timbrazos a mansalva, yo me mantengo en mi firme propósito de mantener vedadas las puertas de mi casa. Cuando escucho tus timbrazos, pienso que mi casa llora desconsoladamente, y en mi desesperación me retuerzo de dolor junto a ella. Me gustaría abrirte la puerta, en un gesto rápido y premeditado, correr como un beato desquiciado las escaleras, para no tener que sufrir la angosta penitencia, de ver tu insípido y demacrado rostro. Tu rostro no esta demacrado por el sufrimiento ni la excelencia, ni la virtud, sino por la degradación de una ignorancia que te ha perseguido durante años sin que quisieras ahuyentarla jamás porque es tu único salvoconducto para sobrevivir. Ese ruido esquizofrénico retumba por doquier, tu impaciencia es proverbial, pero no puedo ceder terreno a mi enemigo, sé que mi angustia es mucho más poderosa que tu pueril impaciencia, sé que no podrías entender los profundos abismos de mi odio, porque mi manera de entender el mundo se encuentra a años luz de tu primitivo firmamento intelectual. ¿Quien eres hostil parásito indigente?, ¿ como puedo ahuyentar a tu inútil obsesión para entrar en mi casa?. De pronto suena el teléfono, debe de tratarse de alguien que se queja porque no me da la gana abrirte la puerta. No quiero que entres en mi reino, no quiero que condenes a la honestidad de mi casa por los siglos de los siglos. No quiero ultrajar el sacramento del silencio, no quiero que maldigas a mi casa con tu comparecencia. Entre el avasallador sonido intermitente del teléfono, y el despiadado concierto de timbrazos, debo de elegir una penitencia. Así me lo exige el destino. Ya hace media hora que tocas el timbre, que avisas a los cuatro vientos que una plaga de peste ha llegado a mi casa. Si ya sé que ha llegado la peste, ¿ porque coño te esfuerzas tanto en mostrármelo una y otra vez?. Descuelgo el auricular, y con la voz desgastada por mi lento y fatídico suplicio respondo: ¿ sí?. Me responde mi madre, ciertamente esta furiosa con mi actitud, pero ni ella ni nadie podrán jamás comprender la magnitud de mis desavenencias con la vida, a causa de ese sucubo impregnado de excrementos. Sus quejas no podrían ser más sentidas, su amargura militante pretende eclipsar mis sentimientos, sus amenazas nunca son en vano, mi individualidad se hunde en el océano de la muerte al ritmo de la agresividad de sus reiteradas y exhaustivas reprimendas: - “Juan, ¿ quieres hacer el favor de abrir la puerta?, esa mujer no quiere hacerte nada y nunca lo ha pretendido, tan solo ha venido para limpiar la casa, para eso la pagamos, no para que complazca a tu vista. Como no abras la puerta ahora mismo se lo diré a tu padre y no me extrañaría para nada que te quisiese echar de casa, esta vez no voy a defenderte Juan, esta vez va en serio, como no abras a lucia…” interrumpo bruscamente a mi madre no por rebeldía, sino por instinto de conservación, cada vez que escucho ese exótico nombre me siento indignado, encerrado en una jaula de incomprensión y maldad, y como si mis palabras fuesen una ola gigantesca y descomunal que nace espontáneamente de mi mar rebelde, repito gritando como un siniestro profeta que se encuentra en estado de éxtasis: - “ se llama luisa, se llama luisa, se llama luisa, ¿ cuantas veces he de repetírtelo madre?”. Ante mi sorpresa mi madre, intentando tranquilizarme me dice: - “ para bien o para mal, luisa o lucia o lo que sea, no vendrá nunca más, haz el favor de abrir la puerta, supongo que lo que te he dicho suena lo suficiente contundente”. En aquellos momentos no sabía si mis pensamientos navegaban en la sorpresa más inquietante, o en la más agradable de las buenas nuevas. Ciertamente, no era posible que mis expectativas hubiesen dado un cambio de rumbo tan repentino. Hubiera preferido que me hubieran azotado públicamente, que me hubieran excarcelado, que me hubieran lapidado, que me hubieran aplicado el garrote vil, antes que soportar un día más la insoportable compañía de aquella mujer de baja ralea. Parecía poco creíble que la gratuidad del destino, me hubiera premiado con una lisonja tan bienhechora, pero en ocasiones los acontecimientos más inesperados pueden causarnos los bienes más preciados, sin necesidad de ningún esfuerzo de nuestra parte. Mi madre decidió ser pródiga en explicaciones y me deleite al averiguar el motivo por el cual el yugo de la mezquindad, nunca más volvería a mezclarse en mi vivencia cotidiana: - verás Juan, luisa ha sufrido un aparatoso accidente mientras viajaba con su escoba. No sabíamos que fuese una bruja, pero ese nimio detalle no era de nuestra incumbencia con tal que hiciese las labores domésticas. Al parecer tenía la escoba encantada y la guardaba en el cuarto trastero de su casa. Cada noche la cogía y volaba por la carretera, de hecho se dedicaba a practicar la brujería en la más absoluta clandestinidad. Mientras volaba todos podían escuchar sus ridículas carcajadas, su porte de gilipollas, y sus hechizos de tres al cuarto. Mientras volaba con su escoba destartalada, intentaba seducir a los conductores, pero como no era una mujer fatal, todos la rechazaban. Iba mucho más rápido que los coches, y los acosaba como si fuese una mosca gigante y pestilente. Era muy insistente, y todos los conductores se hartaban muy rápidamente de ella. Con la escoba podía estar en muchos sitios a la vez, y probablemente tenía tiempo de cortejar a cinco camioneros a la vez mientras viajaban por la carretera pero todos la menospreciaban. Los camioneros estaban precavidos, porque sabían que sino le prestaban atención tal y como ella consideraba que era justo, solía utilizar su brujería para que tuviesen accidentes y se saliesen de la carretera. Desde su escoba les lanzaba rayos y salían del arcén. Ese relámpago ciego y descomunal que recorría las carreteras en busca de mentes más mezquinas de ella, ha desaparecido. Ese aborto despreciable de la tierra ha desaparecido para siempre. Créeme puedes respirar tranquilo nunca más volveremos a ver a esa bruja. De hecho hizo una maniobra en falso mientras volaba con su escoba y se dio un golpe tan tremendo que por lo menos estará tres meses de baja. Yo no contrato a asistentas que practiquen el arte de la brujería. Nunca más la volverás a ver. Haz el favor de abrir la puerta…. Con una imperturbable tranquilidad fui a abrir a la nueva asistenta. Era una mujer entrada en años, con una agradable sonrisa, y una amabilidad sin par. Sin haber entablado todavía conversación con ella, deduje que era una persona honesta y en la que se podía confiar. Me excusé diciéndole que me había quedado dormido, y rogué que disculpará mi falta de atención hacía su persona, agradeciendo en igual medida su interminable espera. Solo con verla la primera vez sabía que tenía la obligación moral de ofrecerle con honestidad mi incondicional respeto. A pesar de la distancia que imponen ciertos estúpidos convencionalismos sociales, quería charlar con ella amistosamente y estaba dispuesto a conocerla como persona.

DIOS CONTRA EL MUNDO Y EL MUNDO CONTRA DIOS

Dios no pudo soportar el peso del dolor originario, por esta razón estuvo obligado a dar el primer y último paso creándolo todo. Ese enemigo invisible que lo coaccionó, le advirtió que cuando el primer infinito rayo de luz apareciese, el mundo se convertiría en un anhelo ciego e imprevisible que se enajenaría irremediablemente, de su presunta omnisciencia. De hecho, su creación no es más que un perverso juego irracional de poderes, una batalla de sombras enlutadas que surgen de un abismo incognoscible. El poder a partir del cual unas entidades desaparecen y otras consisten subsistir, no es una mera convención, sino que es la transfiguración de unos orígenes remotos e inescrutables. Dios quiere dominar el mundo, pero cuando lo intenta, son sus propias manos las que lo estrangulan, ya que ese poder ciego se reencarna en él y le causa los dolores más nauseabundos. A su vez el mundo quiere condenar a dios al patíbulo, pero el anhelado deicidio nunca puede consumarse, porque la deuda con el sinsentido nunca puede acabar de saldarse. La lucha entre dios y el mundo, es la batalla entre dos titanes ciegos, una confrontación dialéctica sin palabras, un azar ciego sin ninguna regla. El mundo tiene su parte divina y lo divino tiene su parte terrenal, porque su relación no es jerárquica como todas las religiones nos han hecho creer, sino que es la imposible comunicación entre dos cuadros vacíos por dentro y por fuera. Tanto dios como el mundo son solipsistas, son dos substancias que solo pueden encontrarse mediante las apariencias. Dios no puede encontrarse nunca con el mundo, porque no existe realmente un camino para llegar a él, y tampoco recibe noticias de él, de la misma manera que nosotros nunca recibimos noticias de él. Dios es tan vengativo como el mundo mismo, pero no puede resarcirse de sus exaltadas pasiones, porque sus pensamientos no tienen medida en ningún lugar de la creación. Al igual que nosotros es una máquina psíquica, que se mueve por un motor autónomo. Es cruel, porque no puede entenderse a sí mismo, el mundo es la huella gigantesca de su locura. Cuando el mundo duerme él esta despierto, y cuando él esta despierto el mundo duerme, porque la pésima comunicación entre dios y el mundo no se produce a través de una secuencia de tiempo ordinaria, sino a través de una intuición maléfica que se reencarna aleatoriamente. Todo aquello que existe es una inagotable fuente de azar, y el poder es la fuerza que nace en la desolada penumbra de este azar. La creación se desencadenó a partir del siguiente aforismo: - “dios se quedará para siempre sin dios y la humanidad se quedará para siempre sin humanidad”. Detrás del azar tan solo hay un peso que no puede dejar de caer. El dolor originario es ese peso que no puede dejar de caer al que me refiero. El mundo es un único átomo gigantesco desde una perspectiva física, y un gran castillo burocrático desde un punto de vista espiritual. Dios vive en ese castillo, atrapado en un pasadizo secreto. Desde su cautiverio, sabe que es único, nosotros somos sus carceleros pero nunca podemos encontrarlo. Existen algunos que lo buscan por devoción y otros por odio, y otros por la más absoluta indiferencia, pero todos lo encuentran y lo pierden en los sueños más penitentes y blasfemos. La interioridad de dios no es el mundo mismo, ni podemos encontrar a paráclito fundido en la esencia terrenal. El mundo es un vagabundo penitente en el reino de los cielos de la misma manera que dios es un desconocido extranjero en la cotidianidad. La eternidad que vive en dios esta vestida de luto, por esta razón necesita del mundo para poder identificarse a si mismo, pero nunca puede encontrarse en esta ficción errante. Según cuentan algunos dios es un espejo opaco que separa a la totalidad del mundo, de aquello que se encuentra más allá, pero la esencia divina y la esencia del mundo se encuentran fundidos en lo inescrutable, en la imaginación de un soñador empedernido. El mundo es una máquina que dios no puede controlar, porque el mundo no es más que la manifestación de un dolor ciego, que no puede dejar de hundirse hasta el fin de sus días. Ese poder inalienable trasciende a dios, porque el poder no tiene las mismas propiedades que la geometría. El mundo es un inmenso interrogante que dios debe de resolver, pero no puede porque dios es demasiado humano, y la humanidad es demasiado divina. El camino que lleva desde dios al mundo, es demasiado complejo, porque tiene los ojos de una mosca y ve multiplicada la realidad un centenar de veces. El camino que lleva desde el mundo hasta dios dispone de las mismas incomprensibles leyes ópticas. Dios y el mundo no son dos almas gemelas, ni tampoco tienen la relación de amo y esclavo. Dios quiere apropiarse del mundo y el mundo quiere apropiarse de dios, pero cuando dios quiere esclavizar al mundo se convierte en su esclavo y cuando el mundo quiere ser su amo, encuentra sin pretenderlo a su amo. Tanto dios como el hombre son rebeldes pero es el poder mismo quien se burla de ambos. La vida es un juego que carece de reglas, dios se las inventa tras suspirar hondo y el hombre también se inventa las suyas. No puede existir una relación de amor entre dios y su creación, porque todo lo que existe subsiste mediante el principio de disgregación o sea de odio. No fue el hombre quien creo a dios, ni dios quien creo al mundo, sino que ambos se inventaron mutuamente y luchan por la supremacía en una guerra que necesariamente ha de carecer de fin. Dios opina que creo al mundo y el hombre opina que creo a dios, pero no existe creador sino lo creado que intenta buscar una explicación sin poder hallarla jamás. Este último principio contradice aquello que menciono en la primera frase de mi disertación, pero yo intento buscar la verdad por un método diferente al tradicional, ya que la verdad se ha de encontrar a si misma en una sucesión interminable de contradicciones, en un remolino endemoniado que no puede dejar de girar imperturbablemente en el alma del mundo. El dolor originario fue expulsado de las entrañas de un artista asceta, y a partir de este hecho la intuición empezó a viajar hasta llegar al final de los tiempos. Dios guarda las edades de todos los tiempos en una cámara acorazada, por esta razón aunque dios es eterno no puede domeñar con el látigo a todas sus criaturas, porque la intuición viaja a pasos demasiado agigantados, porque antes de la eternidad se encuentra la intuición. La intuición es aquello que ordena ejecutar las órdenes a la temblorosa mano del poder. Dios es una puerta críptica, pero una vez la hemos atravesado nuestras dudas existenciales no pueden desvanecerse, porque la intuición esta condenada a no comprenderse jamás a sí misma. Supuestamente el hombre es la meta de dios y dios es la meta del hombre, pero no existen metas propiamente, tan solo el retorcido éxtasis de la intuición. Dios solo puede ser un oráculo a través de la virtud, pero la virtud al no poder justificarse a sí misma más allá de la selva de lo concreto, no puede escribirse legitimándose más allá de la comprensión de una determinada época. Constantemente dios intenta justificar su existencia a través del mundo, pero el mundo no deja de negarlo, el mundo es el espejo sagrado de dios y no deja de reflejar la barbarie más obscena. Dios no puede absorber en su esencia el peso del dolor originario, por esta razón se deshizo de este abominable profeta creando el mundo, el mundo aunque no puede soportar ese peso esta obligado a cargar con él. El hacedor tiene en su conciencia todo el mundo, puesto que su creación fue como una purificación de si mismo, se deshizo de las excrescencias de algo que no quiso para sí, expulsándolas de su paraíso eterno. Por lo que es falso decir que el mundo fue un error de su creador, simplemente fue lo que no quiso para sí mismo. La divinidad camina a ciegas en su paraíso, de vez en cuando recuerda a su creación, pero su penumbra maldita es demasiado tranquila. El poder se transfiguró en la divinidad por accidente, ya que las ideas eternas viven en su persona por un extraño capricho del destino. Dios no escucha al mundo, porque es tan solipsista como el mundo, no quiso para él la tempestad, se apoderó del pecado y lo sembró en la tierra. El hombre aborrece todo aquello que proviene de arriba, porque no cesa de darle inoportunas órdenes, es muy vago y le causa mucho pesar estar obligado a obedecer gratuitamente. Sabe que su salvación no depende de la gracia divina, ni de la virtud que ha necesitado para construir las naciones y su historia, debido principalmente a que no puede encontrar a esa salvación, tan solo satisfacer momentáneamente a esa voluntad de vivir. Dios necesita del mundo para poder entenderse a sí mismo, pero el mundo es demasiado rebelde y ya hace tiempo que perdió la paciencia para poder domesticarlo. El mundo supuestamente debe de encontrar su redención, pero dios le dio la espalda desde el inicio de los tiempos. Dios no es poderoso por su bondad como creen algunos, sino porque es el principio más elevado de egoísmo y se encuentra detrás de todo lo que existe y puede proporcionar respuestas, pero dios no es sabio por su esencia misma como creen todos los teólogos sino por el poder que tiene. Pero hace mucho que se desentendió del mundo, es un beato ciego que castiga implacablemente cuando le conviene. Cuanto más absoluto es un ser, más egoísta es, y a su vez más poder tiene, y dios no es ninguna excepción. La divinidad es megalómana porque el pueblo lo aclama, pero no se puede querer nunca a nadie de un modo gratuito sino en vistas a los bienes que es capaz de conceder. Dios no es el ser, tal y como afirmó el Aquinate, el ser al no disponer de ningún principio es imposible que pueda crear nada lógico. No se puede idolatrar al ser, porque al ser lo más genérico que existe , no puede decir nada de si mismo. El único ser es el poder, y ese poder es amorfo, la reencarnación accidental de las criaturas, aquello de lo que se sienten tan orgullosas. Sin embargo el poder es un regalo gratuito de la intuición, ya que no hay nada que sea en virtud de si misma, tan solo en virtud del poder. Dios no es el juez del mundo, no existe ningún juez salvo el poder, que tan solo puede apelar a sus indivisibles principios particulares. Dios es egoísta porque es demasiado poderoso, el mundo es su sombra maldita que no cesa de arder en llamas, en lágrimas y miseria. El hombre no puede nunca abandonar a dios, porque no puede justificarse a si mismo, sino es en virtud de una bondad suprema. Pero ese es un defecto innato a la razón, un espejismo colectivo, ya que lo único a que esta apelando aunque de modo erróneo es al más sagrado de sus principios: el de la supervivencia. El hombre es la sombra de dios y dios es la sombra del hombre, del mismo modo que la existencia no es más que la turbia sombra del poder. En este mundo no esta en juego el perdón ni la redención, sino la incansable lucha del poder por encontrarse a sí mismo.

EL MISTERIOSO TREN DEL APOCALIPSIS

“Mis bolsillos vacíos suelen decir cuando estamos solos y nadie puede oírnos: “la locura no se despide de nadie”. Es una inquietante hambruna que quiere deshacerse de todo excepto de ella misma. No busca la inspiración, tan solo es una duda críptica ahogada, que desafía a algo que se esconde detrás del mundo pero que nunca se dignará a comparecer. Es un anhelo ciego que ni siquiera tiene una naturaleza determinada, un pozo que esta condenado a quedarse seco para siempre y que aspira a una eternidad apagada. Un misterioso viaje que nunca se ha llevado a cabo y jamás vio la luz de este mundo, nace espontáneamente desde el abismo de mis bolsillos. Desde ese abismo hay muchos mundos dispersos e independientes entre sí que quieren liberarse, pero tan solo puede escucharse una entrecortada voz que reclama insistentemente: - “cuando hayas encontrado un motivo para que formemos parte de la batalla ciega que lleva siglos perpetrándose nos avisas”. Mis bolsillos vacíos no tienen el poder para alzar la voz, pero por desgracia mis oídos son demasiado minuciosos y pueden escuchar los más leves murmullos que proceden del reino de las sombras. Es una desesperación fatal que esta condenada a no poder venderse nunca, que se eclipsa irremediablemente en el firmamento de mis emociones. Estoy prácticamente sólo en el vagón del tren, y son las 12 de la noche, parece que me acerco a mi destino, pero el tren se detiene bruscamente, la estación esta cada vez más cerca pero a un mismo tiempo cada vez esta más lejos…”

Ceso de escribir, parece que el revisor ha entrado bruscamente en el vagón, como si buscará algo pero no pudiera encontrarlo, apenas me presta atención. Su visera azul, su uniforme abotonado y con una corbata roja, su bigote recortado y con la expresión facial desgastada hundiéndose en la sombra de la noche, parecen cómplices de un siniestro aburrimiento, de un auspicio silencioso y perverso. Revisa todas las butacas para comprobar que todo esta en orden, de vez en cuando encuentra algún periódico que algún pasajero se ha olvidado, lo ojea rápidamente página por página como si intentará encontrar alguna señal, y tras comprobar que no hay nada, lo vuelve a tirar con un aburrido gesto de desprecio a la butaca. Yo estoy en el fondo del pasillo, con las sensaciones huecas y un sueño que me devora por dentro pero que nunca se puede manifestar con plenitud. Oigo sus pasos, mientras una luz de color de loto se refleja por los cristales de la ventana. El tren cada vez corre más despacio pero nunca se puede detener del todo. El revisor mira por todos los resquicios, incluso se agacha para mirar debajo de las butacas, mientras sus grandilocuentes y ridículos gestos con las cejas se pierden en el laberinto de sombras del vagón. Tiembla con cierto decoro en una expresión muy bien disimulada de ira, se empieza a dibujar una sonrisa un poco sarcástica, pero es muy débil, la penumbra de la noche la esconde muy bien. En la otra fila de butacas, justo a mi lado, un grotesco personaje no cesa de roncar. Aunque va muy bien vestido, la expresión de su rostro es de pordiosero, incluso sumergido en un profundo sueño tiene la apariencia de ser un hombre muy peligroso. Parece que el revisor se acerca lentamente, justo en el momento en que sus borrosos labios se mueven para decirme algo, el tren se detiene por completo. Debido a mi somnolencia no me había dado cuenta, de que estaba tan cerca, no se si en el breve intervalo de tiempo me he quedado dormido aunque solo fuera un segundo. Sus labios prácticamente rozan mis oídos, en una genuflexión bastante absurda, me susurra: - “disculpe, podría enseñarme aquello que hace un momento estaba escribiendo, sino fuera demasiada molestia”. En un principio siento indiferencia, ignoro si mi sepulcral silencio, bastará para ahuyentarlo, sé que con mi rostro mudo y ensombrecido me convierto paulatinamente en un cómplice del sinsentido. Intento mirar hacía la ventana, huir como sea de la espectral presencia de aquel individuo. Mientras miro la luna llena, roja y solemne bañando el mar de luto, puedo ver a través de los cristales, como la sombra del revisor se alza bruscamente, y a medida que alza el tono de voz, su sombra se vuelve cada vez más ancha, como si tuviera un aura de burócrata conspirador. El sentido de sus palabras crece incomprensiblemente desde un trasfondo irracional, y lo que en un principio era un pueril susurrar al oído se convierte en una extraña amenaza pronunciada desde aquel hostil teatro de sombras: - “sino me enseña aquello que estaba escribiendo se meterá usted en problemas amigo”. El durmiente hostil se despierta repentinamente, sus ojos grandes y de expresión indescifrable aunque iracunda, no dan muestra alguna de que hubiese estado descansando. Se levanta bruscamente de su butaca, y a través de palmadas histéricas y de juramentos incomprensibles, hace eco a las continuas quejas del revisor. Al observar que la situación empieza a reflejar rasgos preocupantes, escondo rápidamente mi meditación nocturna en un bolsillo, para evitar que sus escrutadoras miradas pudiesen alcanzar el contenido de mi escrito. El revisor sin darme apenas explicaciones, me dice acompañado de las desquiciadas expresiones de aquel denigrante pasajero clandestino: - “en este caso debe de usted de apearse, así se lo exigen las autoridades competentes. En este tren se ha declarado un estado de excepción aunque usted sea tan torpe que no haya podido percatarse anteriormente”. Aquellos servidores de aquella confabulación tristemente endiosada, parecían una de las infinitas caras de un monstruo que no deja de perseverar en su actitud pusilánime. Parecían unos mediocres intérpretes del sinsentido, que tenían un extraño poder que les había sido concedido en una odiosa mezcla de azar y de necesidad absoluta. Su mirada inquisidora y a un mismo tiempo inexpresiva, me causaban nauseas acompañadas de una triste necesidad de quedarme dormido allí mismo. Tenía las manos fijamente asidas al bolsillo, porque sabía que el revisor conocía las retorcidas técnicas de los carteristas debido a sus muchos años de servicio en los ferrocarriles. Su cómplice aparentaba ser un subordinado, ya que asentía constantemente a las instrucciones del revisor, aunque aquello no era un dato fidedigno, porque tal vez no tenía ganas de razonar y dejaba que su subordinado lo hiciese por él. Estuve a punto de pedirle al revisor que me mostrase sus credenciales, el uniforme no era suficiente garantía de su situación de privilegio con respecto a mi persona. Habitualmente los revisores, tan solo tienen la potestad de obligarte a enseñar tu billete y en caso contrario debes de abonar una multa, pero la búsqueda del revisor iba mucho más allá de su competencia. Aquella denigrante petición no era el subproducto inevitable de un interés personal intrascendente, sino que remitía a intereses mucho más ocultos e incomprensibles. Aunque el sueño no me quería dar la espalda, intenté sacar fuerzas de flaqueza, y levantándome en un gesto imperioso intenté derrumbar aquella muralla humana de un modo pacífico, sin hacer ostentación de una violencia ilegítima propia de un funcionario sin escrúpulos que tiene autoridad de un modo absolutamente circunstancial, pero tampoco como alguien que pertenece a las altas esferas y que un mero gesto es suficiente para que todos los empleados asientan a sus órdenes en silencio. Aquellos hombres optaron por seguir una estrategia análoga a la mía, pues por un lado no arremetieron con violencia contra mí, pero continuaban franqueándome el paso. No se movieron un ápice, y la nimia fuerza que utilizaba con mis manos para empujarlos era proporcional a su resistencia. En un arrebato de ira inesperado intenté pasar al otro lado de la barrera, insultando a aquellas turbulentas deformidades de una conspiración que cada vez era más confusa: - “es lógico que tengáis este necio poder sobre la dignidad de mi persona. Dos locos siempre son más poderosos que uno, e incluso aparentan mucha mayor cordura que un individuo común. Os ocultáis los defectos el uno al otro, tenéis muy bien organizados vuestros discursos de forma que cada uno de vosotros debe de hablar sobre lo que sabe, mientras que aquel de vosotros que lo ignora enmudece disimuladamente. Formáis un perfecto dúo, con un trasfondo bastante mediocre, no obstante os han instruido muy bien desde arriba y sabéis como afrontar los problemas más variopintos. En apariencia sois idénticos porque no dejáis de hacer gala de las mismas consignas corporativistas, pero detrás de esas palabras vacías se oculta un poder ciego y subliminal que obedecéis incondicionalmente, que desvirtúa todo aquello que vosotros deseáis. Sois dos locos que tiráis con fuerza desde el mismo extremo, dos fanáticos que nunca os habéis atrevido a tirar desde el otro lado, os imagináis a los que tiran desde el otro lado de la cuerda y no podéis ni siquiera verles la cara. Creéis que aquel que tira del otro lado de la cuerda no existe, y en ocasiones ni siquiera podéis sentir esa fuerza, es un paso irracional en vuestra mezquina pasión de fanáticos, sentís que os movéis desde vuestro lugar de origen, pero ni siquiera podéis percibir esa imaginaria fuerza que os arrastra más allá de las fronteras de vuestro megalómano reino. Sois dos locos ignorantes, pero parecéis muy sabios cuando estáis juntos. Sois un espejismo muy confuso, pero demasiado simple en vuestras raíces. Tenéis los gestos demasiado bien ensayados, sois los príncipes del reino de las sombras pero cuando os alejáis de él os desvanecéis misteriosamente”. Aquella infranqueable barrera se disgregó espontáneamente, y mientras uno corría hacía un extremo del pasillo, el otro corría hacía el otro. El individuo que tenía la apariencia más ruin, cerró una puerta con llave, mientras el otro hacía exactamente lo mismo. Debido a un extraño truco de prestidigitación, absolutamente absurdo y vulgar, me había quedado encerrado en aquel vagón. El revisor picaba con fuerza los cristales, como si me quisiese decir algo. Dado que había quedado cautivo me interesaba conocer las instrucciones de mis guardianes. El revisor parecía muy nervioso, aunque lo disimulaba con un cierto automatismo en sus gestos, parecía que le costase respirar. Miré hacía el otro lado del pasillo pero el otro hombre había desaparecido. El revisor chillaba porque los cristales de la puerta eran muy gruesos, mientras yo intentaba abrirla por todos los medios que tenía a mi alcance, pero cuantos más golpes daba a la puerta, más hermética se volvía está. Cuando me resigné a mi inevitable destino de preso, pude escuchar las advertencias de mi raptor, que parecían como el molesto chirrido de la tiza en la pizarra, sus palabras me causaban una insoportable reacción alérgica, y sentía como me escocía la espalda. El revisor me dijo mientras sus labios me hablaban como si fuesen la boca de un pez muerto: - “está usted en su perfecto derecho de no mostrar aquello que le hemos pedido, no obstante habremos de avisar a las autoridades pertinentes que si tendrán potestad legal para que usted les enseñé aquello que es requerido. Voy a hablar con el conductor del tren, que es mi superior inmediato, y éste tomará la decisión correspondiente. Nosotros no tenemos derecho a utilizar la coacción física, aunque tenemos instrucciones precisas de encerar en el vagón a todo aquel que no obedezca nuestras órdenes, en situaciones de suma trascendencia como es está. No debe de ser usted curioso porque ni siquiera nosotros conocemos el contenido de su escrito, pero sí que tenemos la obligación de sonsacarle la información correspondiente. Le rogamos que tenga la amabilidad de aguardar pacientemente en el vagón, mientras viene aquel funcionario que tiene todos los derechos morales y legales sobre usted”.Cuando el revisor se fue y me quedé completamente sólo, el tren empezó a hacer marcha atrás, como si tuviesen auténtico interés en volver a la estación anterior, para que pudiese apear aquel extraño funcionario que no dejaba de mencionar constantemente el revisor. Aproveché aquel aterrador estado vital de incertidumbre para proseguir en una meditación independiente de la anterior, ya que la otra me había ocasionado una truculenta suerte:

“pensar es como tirar los dados y que siempre salga el mismo número, existe un cierto determinismo en todas nuestras ensoñaciones gratuitas, pero este determinismo tan nefasto no viene dado de fuera sino que proviene de una obsesión convulsiva, la única manera en que aquello que vivimos se pueda convertir en algo real. Pensar es como caminar a ciegas en un sueño, el sueño nos envuelve, nos conduce a un estado mental que es capaz de abarcar de manera artificiosa simultáneamente a todo el mundo, en un simulacro excepcional. Cuanto más peso existe en esa determinación ciega y espeluznante, en mayor medida se inclinará la balanza a favor de la creación. Aquello originario y singular, aquello que por su notoria genialidad, se diferencia rotundamente de todo lo vulgar, y que debido a su contraste produce la anhelada catarsis, no es más que una perfecta copia de la eternidad. El pensar, es una ficción que nos persigue constantemente, una reproducción nebulosa de la realidad, capaz de correr hacía adelante y hacía atrás en el tiempo de un modo irreal. Pensar etimológicamente proviene del latín y podría ser traducido por pesar. Pero pensar es mucho más que contrastar dos opiniones discordantes, es sumergirse en un sueño que tiene unas reglas propias…”

Mi meditación se vio interrumpida porque escuche como me hablaban desde el altavoz. La voz no correspondía con ninguno de los funcionarios que me habían interrogado exhaustivamente con anterioridad, aunque apenas se cruzaron dos o tres frases. Inferí que debía de tratarse del conductor del tren, porque tal y como me había confesado el revisor era aquél que tenía la voz cantante en aquel distorsionado juego de funcionarios que juegan a ser dios. Tras ocultar el segundo papel, en mi otro bolsillo por si hubiese una cámara oculta que me estuviese espiando, procedí a escuchar aquella desgarradora voz que parecía que no tenía ningún origen, pero que no obstante su mensaje iba dirigido a todos los pasajeros en general y a mi en particular: - “rogamos a todos los pasajeros que no se importunen por la espera. El tren esta dando marcha atrás por razones ajenas a la compañía ferroviaria. No se alarmen, repito, no se alarmen, no se trata de un ataque terrorista, simplemente uno de los pasajeros se niega a colaborar con las autoridades competentes, y en breve tendrá que ser reducido y escoltado a comisaría. Hemos utilizado todos los medios que tenemos a nuestro alcance para intentar reducirlo, pero lo hemos tenido que encerrar en un vagón para seguridad del resto de los pasajeros. En breve vendrán las fuerzas del orden, y acudirán directamente al vagón infectado por la desobediencia civil. Este es un mensaje para el pasajero que ocupa el vagón 4, permanezca tranquilo, y no tire, repito no tire aquellos papeles que usted ha escrito. En caso contrario tendríamos que interrogarlo nuevamente, y usaríamos métodos más expeditivos para sonsacarle los datos precisos”. Dado que parecía que no podía ofrecer resistencia, y que estaba acorralado, apenas podía confabular mi imaginación alguna brusca estrategia para evadirme. En los vagones circundantes al mío, había una algarabía descomunal, los pocos pasajeros que había no dejaban de cuchichearse a los oídos los unos a los otros, algo que desconocía por completo pero que parecía de suma trascendencia, debido al recelo que utilizaban, mientras se comunicaban sus desconocidos pensamientos. El tren cada vez iba más deprisa en dirección contraria, parecía que las órdenes que habían sido dado de arriba no podían ser tomadas a la ligera. En todos los vagones y también en el mío ponían música tranquila para calmar los ánimos, pero el nerviosismo de los pasajeros iba en aumento. Cuando llegamos a la estación de destino, la encontré totalmente solitaria, no había ningún rastro de las fuerzas del orden con las que amenazaba el altavoz. Parecía que la estación estaba absolutamente abandonada, y no había ninguna señal de luces, ni siquiera en la ciudad, tal vez se había producido un apagón. Cuando miré hacía los dos vagones que delimitaban con el mío, observé que no quedaba ningún pasajero. Los hubiera visto bajar, pero las puertas no se abrieron en ningún momento, y no vi ninguna torpe silueta en aquella estación oscura. Aguardé pacientemente durante una hora, pero no había señales de vida y tampoco parecía que nadie tuviese la intención de venir a buscarme ya que probablemente no había nadie. A pesar de que estaba muy preocupado debido a la inverosimilitud de aquellos acontecimientos, conseguí conciliar el sueño, porque mi temor a pesar de que cada vez era más agudo, a un mismo tiempo adquiría rasgos más monótonos, y dado que no pasaba nada decidí quedarme dormido en una butaca en el más triste de los abandonos. Supongo que parecerá una contradicción pero el miedo en ocasiones, cuando es muy intenso, nos puede dar la facultad de hibernar mentalmente en la más hostil de las situaciones. No escuchaba el menor murmullo, el menor indicio de que nada de lo que me había pasado anteriormente pudiese tener su razón de ser. Me desperté sin observar que ninguna circunstancia hubiese padecido la menor alteración. Cuando empezó a amanecer observé como una espesa maleza crecía en los raíles, como si aquella estación estuviese abandonada desde muchos años atrás. Por otro lado no reconocía a aquella estación salvo por sus ruinas. Los muros estaban prácticamente derruidos, y había muchas grietas en donde habían crecido enredaderas. Los carteles estaban muy desgastados, como si hubiesen pasado muchos años sin que nadie hubiese visitado aquella estación maldita. Había una bandada de gaviotas que merodeaban tranquilamente por el cable de alta tensión de la vía, en aquel amanecer tan impredecible como tabú para cualquier inteligencia sistemática. A pesar de que aquellos cristales eran irrompibles, intenté romperlos mediante histéricas patadas, no me importaba hacerme una herida profunda, tenía que averiguar a toda costa que es lo que había pasado y adonde se había ido el tiempo. Por fortuna, pude encontrar un martillo de seguridad que se utiliza en casos de accidente, que había sorprendentemente en el compartimiento de equipaje. Tras romper los cristales, frenéticamente, como si fuese un loco que ha perdido la razón, salté a la vía del tren, sin temor de que pudiese pasar ninguno y subí al andén. Me dirigí a donde estaba el jefe de estación y donde supuestamente tenían que estar el resto de pasajeros, y las máquinas expendedoras de billetes, pero no encontré absolutamente nada, todo estaba desierto. A pesar de que todavía era muy pronto, hacía un calor insoportable, un bochorno que derretía lentamente el pavimento de aquella estación abandonada. Ante mi sorpresa pude ver, como había algunos carteles recubiertos con cristales llenos de polvo, en donde aparecían duplicadas en infinidad de sitios, las meditaciones que había hecho aquella noche. Estaban impresas en varios colores y en varios formatos, allí donde había antiguos carteles anunciando películas, colonias, o propaganda de la compañía ferroviaria, se habían convertido en interminables duplicados de mis meditaciones nocturnas. Me senté en un banco, en vano, en un deseo absurdo de que anunciasen algo por megafonía, pero no escuché el menor síntoma de vida. Desolado por aquella soledad tan angustiosa que se me había impuesto, salí a la calle. Había muchos coches aparcados, y todos daban muestras de haber sido abandonados. No se escuchaba nada, como si el mundo hubiese desaparecido repentinamente. Tan solo podía sentir en la nublada expresión de mi rostro, aquella delirante brisa veraniega, aquella delirante brisa solipsista. Perseguía al mundo con todas mis fuerzas, pero no podía encontrar nada, todas las oficinas, y todos los bares que había en aquella calle estaban absolutamente desiertos. Me daba mucho miedo adentrarme dos o tres calles más adelante, no podía ver por mis propios ojos, como la vida y el bullicio cortesano, se habían desvanecido por completo en el más mísero de los silencios y la más villana de las conjuras. Decidí volver a la estación para cavilar, o para distraerme pensando en menudencias, aquella idea súbita de abandono cada vez era más angustioso, y aunque podía perder la razón en cualquier momento debido a la atrocidad de aquellos acontecimientos, debía de mantener la mente el blanco, debía de mantener rígidos mis muros, no podía permitir que aquel vacío desolador mancillase a todo mi ser. Me senté en un banco junto al andén, observando fijamente el tren. Parecía que aquel tiempo fantasma no había hecho mellas en él, el único desperfecto que pude encontrarle, fue el boquete que hice a una de las ventanas para poder salir. Estuve tentado de dormirme, pero debido a un temor sobrenatural aunque no por ello infundado, no pude hacerlo, ya que si la última vez que me dormí, había acontecido aquel inexplicable Apocalipsis ( ¿ que es aquello que podría ocurrir la próxima vez?). De pronto sentí como una mano me palpaba la cabeza, me giré perdiendo completamente los nervios, en una reacción totalmente desahuciada en mi interior, a pesar de que aquel hombre desconocido podía darme una explicación, mi perturbada ansía de adaptarme a aquel desierto que había surgido de la nada, no podía apaciguar mi descontrolado instinto en ningún instante. A primer vistazo, carecía de motivos para que me inspirase desconfianza, parecía un pordiosero que se había criado en un desierto surrealista. Sus largas barbas, sus dientes mellados, sus ojos de sapo loco aunque inocente, y su indecente aunque inofensiva sonrisa, no me causaban pánico. Aunque aquello que me contó me hizo estremecer por dentro y por fuera, de un modo salvaje y descontrolado. Le pregunté escuetamente, intentando ser diplomático en el más desolado de los parajes: - “¿donde estamos?”. Sin dar importancia, a los vaivenes de unas emociones que parecía que no podían tener fin, se sentó junto a mi y me explicó: - “ todos los cadáveres que he ido encontrando durante todos estos años, los he ido amontonando en los distintos vagones de este tren. Sin embargo he sentido una piedad prácticamente religiosa por el vagón maldito al que nunca he podido entrar, y lo he respetado hasta hoy día. Ignoro quien puede haber sido tan obsceno como para haberle tirado esa pedrada, pero el que lo haya hecho merece el mayor de los vituperios. Todo el mundo sabe que pesa una maldición en ese vagón desde muchos años atrás, en que se produjo un fatal Apocalipsis, ¿tienes acaso tú una idea forastero acerca de la autoría de esta atrocidad?”. Intentando disimular le respondí vehementemente que no, y después le pregunté acerca de los supervivientes: - “pues como ya sabrás amigo, se produjo hace muchos años una ruptura en el espacio y el tiempo, toda la humanidad desapareció de un modo fulminante, y según cuenta la leyenda, la culpa la tuvo un individuo que no le enseño los papeles que estaba redactando al revisor. El pensamiento de aquellas palabras junto a su trascripción en un papel, provocaron un caos cósmico que causa una desaparición fulminante sin precedentes. Algunos miembros de una secta profetizaron este trágico final de la humanidad, pero lógicamente nadie les quiso hacer caso, a pesar de que utilizaron todos los recursos mediáticos que tenían a su alcance para prevenir esta catástrofe. Muchas almas de personas no cesan de errar por dimensiones alternativas, ya que después de este caos cósmico, muchas personas viven en distintas partes del planeta según la mera subjetividad de su alma, y no según la objetividad de espacio y tiempo que ha acompañado a la humanidad durante siglos y siglos. Mi comunidad hace muchos años que vive en la playa, y debido a que un extraño vínculo une nuestras almas, no nos hemos separado jamás. Las cosas han cambiado notoriamente, pero al menos tenemos la extraña certeza de que nunca cambiaremos en esta dimensión. A veces vienen visitantes porque se pierden o porque vagan a la deriva en distintas dimensiones, aunque para serte sincero creo que el 99,9 % de las almas se diluyeron misteriosamente en un vacío absoluto. Supongo que tu debes de ser una de esas almas errantes, ¿no es cierto?”. Desvíe mi mirada hacía otro lado, y tras respirar hondo, le dije: - “ yo soy aquel que rompió el cristal porque estaba dentro del vagón”. Aquella confesión la hice impulsada por un extraño anhelo, aquel hombre me recordaba a alguien, no sabría decir a quien, pero ciertamente, parecía muy envejecido. Ciertos rasgos faciales, me hicieron pensar en el revisor, aunque tras observarlo detenidamente ratifiqué que aquella conjetura era inviable. Probablemente el revisor habría muerto, al estar directamente implicado en el caos cósmico. Aquel hombre se sorprendió notoriamente, y me pidió que le acompañase; que no viajase hacía otra dimensión, tenía muchas cosas que explicar a los miembros de su asociación espiritual. Caminamos lentamente aquellas calles desahuciadas, bajo la inagotable fuente de aquel tórrido sol, muchos cadáveres todavía no habían sido transportados hacía el tren, aquellas calles no eran más que un turbulento testimonio de lo que había pasado en tiempos inmemoriales. Los coches estaban totalmente destrozados, probablemente aquella comunidad espiritual había aplacado su estrés destrozándolos sistemáticamente. Todo estaba como muchos años atrás, sin lugar a dudas la subjetividad de aquellas almas por muy poderosa que fuese, apenas tenía la posibilidad, de alterar los residuos de una realidad, que parecían inmodificables en aquella dimensión hostil. Escuchaba el penitente sonido de las gaviotas, el viento que danzaba macabramente en aquellas calles desoladas, aquellos edificios que eran paradójicamente sostenidos por el olvido. Parecíamos tristes almas penitentes vagando en las ruinas de un Apocalipsis ancestral. Tras caminar en línea recta un par de avenidas, llegamos a la playa con el fin de unirnos a los miembros de aquella siniestra comunidad espiritual. Cuando pisé la arena de la playa noté que estaba muy fría a pesar de que hacía un calor sofocante. Todos estaban rezando en círculo alrededor de una hoguera, vestidos de monjes y con la cara tapada. En el mar había mucho oleaje, había tempestad a pesar de que aquel sofocante viento no ayudaba a que aquello pasase. El hombre que me descubrió en la estación, y que parecía que fuese el líder porque era el único que no tenía la cara tapada, dijo:- “descubrid el rostro ante el profeta que ha venido a visitarnos después de tantos años de una aparente infructuosa espera, tiene muchas cosas que contarnos, amigos míos”. Cuando todos se quitaron aquel velo endemoniado, pude reconocer a tres personas de las cincuenta que habría allí. Las conocía en la anterior vida, por ser compañeros de facultad en un caso, y antiguas compañeras de trabajo en otro. Sin embargo, ninguna de las personas allí presentes me pudo reconocer a mi. Ciertamente tenía muchas cosas que debía de explicar, no sabía por donde empezar, y ni siquiera si tenía que empezar…

LA MORALIDAD

La moralidad es una hormiga carnívora y con las antenas estropeadas. Suele ser coja, y camina arrastrándose a la deriva en aquellos huecos de mi casa, en donde nadie la puede ver. No protege ningún tesoro, aunque en su torpe ingenuidad cree que el mundo descansa en su obsceno insomnio por encontrar la verdad. Es una hormiga mágica, que provoca los más inquietantes delirios, correteando miserablemente en la sucia mesa en donde me siento a comer. A pesar de que aparenta ser inexpugnable, no puedo convertirla en puré con un mero chasquido de mis dedos. En caso contrario su muerte misma, provocaría su reproducción espontánea en dos hormigas. Si acabará con estas dos hormigas continuarían creciendo en la misma proporción hasta el infinito. La moral es un espía envidioso, que no cesa de observarte desde su pequeñez, y que crece a partir de la iracundia. La puedo ver como carga en sus enfermas patas, una mísera miga de pan, y mientras la observo alejarse lentamente, dando incomprensibles vueltas entre mi plato, los cubiertos y el vaso, muestra síntomas de estar embriagada. No creo que yo esté tan borracho como la hormiga, porque en caso contrario no podría seguirla con la mirada. Mientras se detiene a descansar, debido a la angustia que le produce su inagotable esfuerzo pienso: - “ciertamente si la moralidad es una hormiga, hay muchos aspectos de la realidad y de nosotros mismos que se pueden explicar por sí solos. Es mucho más fácil que una hormiga se percate de nuestra presencia, mucho antes de que nosotros nos percatemos de la suya. Por esta razón no somos nosotros quienes buscamos la moralidad, sino que es ella quien nos encuentra. Pero ahora te tengo en mí poder hormiga infecta, pero desgraciadamente cuanto más nimia es una cosa, mayor es el tabú y el remordimiento por destruirla”. Lo único que puedo hacer es intentar desorientarla, para que no me encuentre, o en su defecto que me contemplé con un perfil equivocado. Mis estrategias para engañarla son muy sutiles:” -1.puedo zarandear la mesa, esto ya es suficiente para que la moral crea que hay un terremoto y piense en sus inutilizados adentros que se esta acabando el mundo. 2. puedo picar con la cuchara un vaso, y debido al sonido en uno u otro extremo de la mesa, sienta que esta en un extremo de la mesa o en otro. 3. puedo cogerla suavemente y tirarla a mi vaso de agua para que se ahogue, pero eso sería catastrófico porque cuando la moral se ahoga se venga del mundo poniendo en práctica las artimañas más nefastas. 4. podría vaciar el vaso, taparlo con una servilleta para que no pueda salir, y encerrar a la hormiga dentro. Sin embargo, no es aconsejable porque cuando la moral siente claustrofobia, siempre quiere crecer a través de lo que no existe y eso provoca los valores más horrendos y vacíos que existen. 5. puedo intentar impregnar la mesa de cloroformo para que la moral se duerma, pero sus despertares suelen ser aniquiladores, y no puedo dar prioridad a unos instantes de tranquilidad a un castigo implacable”. Debo aguardar en mi embriaguez creadora a que la hormiga siga sus alienadas vueltas alrededor de la mesa, sin apenas ofrecer resistencia a sus improvisados embistes. Me gustaría derrocar a su precario reino con mi cuchillo afilado y resplandeciente en esta tarde gris, pero si prosiguiera adelante en mis viscerales planes, probablemente se criarían huevos de hormiga en mis ojos, y lloraría las lágrimas negras de la moral. Aunque la moral no siempre es tan sádica, a veces se camufla en la sensualidad obscena. Lo mejor que me podría pasar en caso de que matará impunemente a la hormiga, es que salieran hormigas espontáneamente de mi plato y me quedará en ayunas. La hormiga prosigue navegando en su sueño solipsista, persiguiendo un imposible, mientras da vueltas infructuosas alrededor de la mesa, la hormiga es un agujero negro de las emociones demasiado pequeño, pero cualquier palabra fuera de contexto es suficiente para que me aspiré con su astucia demoníaca, hasta los lugares más inverosímiles. Mi mente no esta conectada a la suya, pero la moralidad siempre finge que así es, el cerebro de la hormiga, tiene un extraño paralelismo con el humano y puede encontrarme en la penumbra más desolada, y ese es el único lugar donde puede haber una intimidad sacra para que nos encontremos. La hormiga no es fuente de inspiración, pero la moral es la droga más potente que existe, y por esta razón puedo ver bailar a la hormiga la coreografía de una canción maldita. Ciertamente esta hormiga, solo puede procrear a través de la destrucción, y es capaz de vivir miles de años, a pesar de que nació mutilada, y que se arrastra como buenamente puede alrededor de mi mesa. La hormiga no es muy emotiva, su cosmovisión es demasiado terrorífica, lo puedo ver mientras zigzaguea, la moral es una alcohólica empedernida. Sus ojos son tan diminutos que ni siquiera puedo verlos, pero ella me ve como si fuese un gigante que debe de exterminar. Aunque me levantará de la mesa, estoy seguro que la hormiga encontraría la estratagema, para pasar inadvertida y colarse en mis bolsillos. Si tuviera una cartera dentro se daría un sensual masaje con los billetes y las monedas que llevo dentro, no le importaría que fuesen falsos, con tal que las monedas fuesen resplandecientes. Esta hormiga, es tan traviesa como necia, se cuela en los lugares más recónditos sin dar explicaciones a nadie, y después te pica causándote una irritación muy desagradable, cuando haces una mala acción. Pero mientras estoy en la mesa, me encanta ver como tropieza, como se marea porque no es nada y el mundo es demasiado grande para ella. Si le doy la espalda a esa hormiga impertinente, al momento percibo como me acaricia las mejillas, o corretea por dentro de mis piernas, con una arrogancia vana y pretenciosa. Estoy seguro que a la hormiga le gustaría envenenarme, pero sabe que si lo hiciera, la mataría sin dudar, aunque me amenazará con reproducirse hasta el infinito. Es un extraño pacto que tenemos la hormiga y yo de no agresión. La hormiga es muy escurridiza cuando le conviene, y muy visible y omnipresente cuando las circunstancias lo acompañan para que sea así. En estos momentos siento pánico de la hormiga, porque sé que si se manifiesta de un modo tan indiscreto es porque sabe que tiene un poder inmenso sobre mi persona. Me da mucho miedo, siento un impulso de darle una violenta patada y acabar con su vida, aunque las astillas de la mesa se me queden clavadas en las carnes, no puedo soportar que la moral me controlé, personificada en una hormiga; pues todo el mundo esta a la retaguardia. La hormiga en cualquier momento puede empezar a crecer y a crecer, y seguir pesando lo mismo, manchar toda mi casa con su infecta baba con la baba negra de la moralidad. Pero sé que eso nunca pasará porque a la moral le conviene pasar inadvertida para dominar a los individuos con mayor eficacia, me da temor que la hormiga pueda crecer, aunque sé que posiblemente nunca lo hará. Intentar despistar a la moral es muy difícil, puedo adoptar un perfil, sonreír irónicamente, pero la hormiga al ser tan pequeña y yo tan inmenso, siempre puede vigilarme con absoluta impunidad. No puedo huir de ti hormiga, aunque seas coja, porque corres más rápido de lo que lo hace la luz, al ser tan pequeña puedes desaparecer en cualquier momento sin levantar sospechas de que nada irracional ha acontecido. Me gustaría tirarte un vaso de agua, y aunque manchase el mantel, verte como retuerces tus patas para intentar nadar, pero sé que eres inmortal, la moralidad nunca puede ahogarse tan solo puede ahogar a los demás en un estanque sucio y maloliente. A veces pienso, ¿ seguro que yo no soy la hormiga, y la moralidad es mi cuerpo entero?. No hay nada racional que lo pruebe. Hormiga carnívora, quiero deshacerme de ti, pero no puedo. Té tengo tan cerca, y no puedo darte caza con la suela de mi zapato, porque sé que en ese instante sentiría como en mis calcetines, nacerían hormigas de diversas tonalidades del negro de la muerte y del rojo de la sangre. Hormiga déjame en paz, no quiero hacerte nada, sé que si te matará volverías en la forma más perversa de vida, para vengarte de mi persona. Moralidad, ¿ porque quieres vengarte de esta forma tan rastrera de mi, porque tu eres tan pequeña y yo soy tan grande?. Hormiga, escápate por cualquier resquicio pero no me intimides con tu banal y sucia presencia. Moral sientes claustrofobia y quieres crecer desmesuradamente a través de ese dolor tan vergonzoso.

CARTA A LA DESESPERACIÓN

Querida desesperación:

Eres un águila malhechora que sobrevoló mi desierto, y que se fue cuando el gélido viento del ocaso acarició suavemente tus sensuales alas, que siempre han jugado clandestinamente con el destino. Me hiciste desafiar a las aporías más turbulentas del vacío, que estallaban constantemente en el bloque de cemento que siempre he tenido por cabeza. Te fuiste cuando se secó el cemento, cuando descifré ante mi asombro fatal, el código maldito que predecía una irrevocable hecatombe. La luz de la vida nunca ha estado tan enferma, que desde el momento en que decidiste que se consumará el atardecer de mi espíritu en la interminable sombra de mi dolor y mis miserias. Aquella mirada de desprecio, de negación absoluta, en que te despediste de mí para siempre, no fue un gesto pasajero y circunstancial que el olvido tenga la potestad de cubrirlo con su tupido velo, sino que fue la mirada misma de la vida que me acusaba por un crimen horrendo y repulsivo, sin tener pruebas de ello. Fue la vida misma la que me acuso y me condeno en aquellos fatídicos instantes, reencarnándose en tus ojos trasnochados y ávidos de saciar una ira inagotable, y que me había de alcanzar por muy lejos que estuviese con sus funestos truenos. Te convertiste en aquella porción de tiempo indivisible, para cualquier sentimiento y cualquier emoción, en un ángel exterminador que me hacía viajar en el laberinto de mi soledad, sin tener conciencia de quien era yo o porque había sido condenado a vagar en aquel sueño fúnebre. Aquella mirada era suficiente para destruir cualquier mundo, no importaba que fuese muy excelso o que estuviese colmado de muchas virtudes. La vida se reencarnó en tus ojos y me enseño el rostro del más predilecto de sus hijos: la miseria. ¿Porque me siento tan endeble cada vez que pienso en ti?, ¿porque ese raquitismo emocional se apodera de todos mis luctuosos juegos de palabras, cada vez que te evoco en el vacío? Eres mucho más que una huella perdida en el tiempo, eres aquella presencia fantasmagórica que me persigue allá donde voy con sus inconfundibles pisadas. Eres la guardiana de un paraíso que ha perdido la cordura y que se manifiesta en mis temblorosos sueños con infinidad de formas, sin quererme mostrar nunca la auténtica esencia de su belleza. Te amo con el fiero dogmatismo con el cuál los más salvajes reaccionarios defienden su religión, porque tu recuerdo no es una mera sucesión de hechos traumáticos, sino que es una fe ciega y pura que no puede ser quebrantada bajo ninguna acusación silenciosa ni despiadada, porque esa fe nostálgica y evanescente hace que el mundo tiemble y que todo baile alrededor de ese dolor implacable y descomunal. A esa fe poco le importa la verdad o la mentira, quiere conocer a su diosa al precio que sea, y no juzga lo anticuado de sus pretensiones o su razón de ser, porque el mundo no fue construido por el azar o la necedad de lo que dicen los mediocres, sino por el destello de esa fe que puede aniquilar impunemente a todas las adversidades que salgan a su paso. Esa fe vive y se nutre de esperanzas que están mucho más allá de este mundo, porque tú desesperación viviente, eres lo que da nombre a todas mis alegrías y mis tristezas. Eres una pesada carga, pero no quiero deshacerme de ese peso, porque el hombre no ha nacido para caminar ligero y al azar por la vida, ya que necesita reencontrarse con sus orígenes antes de morir, porque la justicia no consiste en aliviar la sed de un sediento por un día para que al día siguiente continúe errando por la vida a la deriva, sino que debe de reencontrarse con esa ficción dolorosa y tristemente pusilánime, y que es capaz incomprensiblemente de ordenar al mundo y dar a cada uno lo suyo. Desde que me abandonaste, sentí por una extraña premonición que el cielo se había convertido en un desierto para siempre, porque me había abandonado aquella estrella que nunca más podía volver a encontrar en él. Sé que a estas alturas, cualquier persona sensata se habría olvidado de ti, pero a pesar de que las esperanzas hace mucho que murieron asfixiadas bajo la triste evidencia de los días y las noches, la sombra de mi soledad los persigue con amargura, esperando inútilmente el día en que cielo y tierra se puedan reconciliar. Tú, desesperación viviente, eres mucho más que un suspiro inútil y vanidoso, porque no creo que haya podido jamás odiar y amar con tanta intensidad que no sea a ti, desde que te fuiste el tiempo se convirtió en una jaula de la que no podría salir nunca más, te amo contra marea y viento, porque a pesar de la insensatez de mis palabras, tú eres la única que tiene la llave de esa jaula. Hace ya tres años, que me abandonaste, pero todavía guardo en algún lugar recóndito de mi boca, el abrasador elixir de tus besos. Siempre que veo a una mujer, que tenga el más mínimo parecido físico contigo, me detengo mirando penitentemente a esa mujer, pensando en mis adentros que existe una remota posibilidad de que seas tú. Siempre me imagino lo que haces, o que ha sido de tu vida, y sufro por ti, pensando que alguna desgracia haya podido acontecerte, porque a pesar del sinsentido de mis palabras, es como si sintiera que una parte de mi mismo se hubiera separado de mi, y vagará al azar por la vida, sin que tuviera la más mínima noción de lo que le ha ocurrido a esa parte de mi mismo que se ha separado de mi. Conozco el alcance de la obsesiva posesión que implican mis pensamientos, pero como mi amor no tiene medida alguna, al no ser de este mundo, tampoco lo pueden tener mis delirios posesivos. Siempre pienso, ¿se habrá ido a vivir al extranjero y por eso no puedo verla nunca?, ¿tendrá una pareja estable?, ¿se habrá casado?, ¿tendrá hijos?, pero siempre el silencioso viento me responde acariciando macabramente mi rostro: “abandona, abandona, yo solo conozco la respuesta, pero no es de tu incumbencia”. Aunque hace muchísimo tiempo que me resigné a mi derrota, nunca pude resignarme al olvido, porque una parte muy profunda de mi, se hundiría en el vacío, y eso no podría consentirlo jamás bajo ningún concepto. Olvidarme de ti, sería matar una parte inalienable de mi mismo, y eso no es solamente indecoroso sino que además es absolutamente imposible. Eres la penitencia más rigurosa y severa que haya visitado mi enlutado corazón, mi dolor no es una verdad que se pueda comprar en el mercado, porque fluye apasionadamente en tu sangre, en tu mirada desencarnada, y en tus fantasmagóricas gestas que se perpetran en las antípodas de mi cuerpo y mis sentimientos. El poder no viene de más arriba que de ti, y aunque ya no puedas estar para darme órdenes no tengo otro remedio que inventármelas. Inventarse órdenes es muy triste, porque no nacen de tus ambiciosos labios, sino de extravagantes palpitaciones del destino, que resuenan lúgubremente en mis magulladas carnes. Pensar en ti, es arrodillarme ante la vida y suplicar en el más melancólico de los silencios, una compasión y un indulto, que nunca se va producir. Perdona que no te llame por tu auténtico nombre, y me dirija a ti como desesperación, pero yo no quiero llamarte tal y como te llaman en la tierra, sino tal y como te llaman en el cielo y en el infierno. Pensar en ti, es como plantar una semilla maldita en mis sueños, no me importa que crezcan desoladoras enredaderas y no árboles milenarios, porque el dolor es una canción, y las distintas notas de esa canción son los distintos designios del destino. La verdad no es un pedestal esotérico que todo el mundo debería adorar, sino que fueron las confusas palabras que pronunciaste en el pasado y que cada día tengo que reconstruir y fortalecer a base de mortificantes golpes en mi espíritu. La vida se ha convertido en una abominable mascara, y tú estas detrás de esa mascara, mucho más allá de lo que pueda ser verdad o mentira para mi, porque mi sentimiento hacía ti se funde en un estadio mágico, en que la realidad y la irrealidad no son más que sus serviles lacayos. Aunque has sido, sin lugar a dudas, lo más malo que me ha pasado que nunca, no puedo renegar de ti como harían otros, sino afirmarte hasta que mi alma purgue su incesante tribulación, hasta el final de los tiempos. La noche de los tiempos esta siempre presente en mi, allí intento infructuosamente encontrar la esencia de la desesperación, que pálida y retorcida no cesa de traicionarme en la clandestinidad de mi oculto secreto. La verdad aunque fuera profanada, se dejo violar a disgusto, pero consistió en este asalto porque sabía que aquello que estaba en juego valía mucho más que la tierra y sus delirantes promesas juntas. Mis días se ocultan en la penumbra de esta confesión interminable, que aunque raquítica y amarillenta, como cualquier enlutado emisario de la muerte, se alimenta de ese sudor irracional que nace en mí. Aunque me hayas querido engañar, yo siempre he buscado en los despojos de tus decepcionantes acciones, aquellas verdades que estaban ocultas. Aunque me hayas querido hacer daño yo siempre he buscado en esas injurias, los motivos por los cuales el mundo tiembla con tanta decadencia. Aunque me hayas querido empequeñecer mediante tú incorregible soberbia, yo siempre he intentado agrandarme en tu luctuosa sombra que recorre la vida y todos sus sueños. Aunque me hayas considerado más insignificante que una mota de polvo, yo siempre he intentado mediante mi congénita debilidad, volar hasta el palacio resplandeciente de tus ojos, para mostrarte aquello que tú no puedes contemplar, y que probablemente no podrás contemplar jamás. Pero el mundo y tú sois la misma persona, y nunca se puede expresar al mundo nada sino se expresa a ti, y no te puedo expresar nada a ti, sino le expreso nada al mundo. Eres una gran masa incandescente, que no cesa de crecer en mi desierto, sé que algún día estallará y me causará la más triste de las ruinas, pero lamentablemente nunca podrás estar allí para verlo. Te amo y te odio tanto, como lo hago con la vida misma, eres un huésped de mi alma de la que sería muy ingrato deshacerse. Nunca nadie, me podrá causar tanto daño, como lo hiciste tú, aunque lo intentase, y si alguien me pidiese que sintiese indiferencia por ti, sería tan absurdo como si quisiese que no tuviese ojos para ver, y orejas para escuchar. El dolor solo tiene una referencia hacía la cuál viajar, y esa borrosa referencia no puede ser nada más que tú. Hará ya casi un año, que te vi por última vez, apareciste como una pesadilla ignomiosa en una concurrida plaza, mientras yo sentía simultáneamente y con una intensidad muy fuerte igualmente repartida, mi deseo por esquivarte, y mi deseo por mostrarte mi más sincero afecto que no podría tener cabida ni en la más artística de las tempestades de la naturaleza. Lo que más me dolía y más me consolaba en aquellos trascendentales instantes era tu indiferencia hacía mi. Pasé delante de ti, sin ni siquiera atreverme a dirigirte la mirada, porque nunca hubiera podido encontrar una expresión en mi rostro adecuada para dirigirme a tú excelencia, aunque hubiese ensayado infinidad de veces delante del espejo, y además aquella violenta prueba del destino fue absolutamente improvisada. El odio y el amor estaban muy dispersos en la confusión, hacinados en una cámara de tortura maldita. Un terror exterminador había nacido espontáneamente en mí, como si los megalómanos dioses se hubiesen convertido en sanguijuelas, y me aplicasen la más anticuada y dolorosa de las curas. Aquella fingida indiferencia mediante la cual quería traspasar los densos muros de tu anacrónica aparición, habían de verse reflejados en la frivolidad de mi rostro y en el temple de mi caminar. Tú rostro continuaba siendo una incógnita, nunca podría desvelar su significado aunque te hubiese mirado mil años ininterrumpidamente en aquel momento congelado del tiempo. Decidí escapar de allí, como alma que ahuyenta el diablo y dios juntos, pero mi deseo por huir de ti, y mi deseo por pedirte explicaciones por tu mala conducta conmigo, mi deseo por intentar encontrar una justificación a esa prolongada ausencia, e incluso el opiáceo deseo de abrazarte y de confesarte mi amor, no podían conciliarse, pues mis deseos contrapuestos, eran como dos enfermedades apocalípticas que luchaban en mi cuerpo por su supremacía. Como dos asesinos carniceros que luchan infatigablemente entre ellos, para condenarme a muerte. Me quedé sentado en un banco, creyendo a un mismo tiempo que te había dejado atrás y que el frasco de veneno se había derramado en el suelo, y por otro, que las puertas del paraíso habían decidido volver a tentarme para entrar. Eres el ángel exterminador más encantador que haya conocido jamás, hubiese querido abrazarte desconsoladamente, mientras me abrazabas con el triste pudor de la indiferencia. Estaba a la orilla del mar, y a pesar de que los vientos estaban calmados, unas olas colosales acechaban a la costa. Estaba ahogado en aquella fría y dulce pasión, en aquella exaltación irresponsable de la vida, esperando que vinieran en lucifer y dios la misma persona, para condenarme y para indultarme respectivamente. Aguardaba al juez de la vida, reencarnado milagrosamente en tu persona para que dictase sentencia. No me podía mover del banco, aunque deseaba huir hasta el final del mundo con tal de no encontrarte, pero las órdenes venían de muy arriba, me habían raptado y atado con cadenas a aquel banco. Rogaba fervorosamente a la hercúlea fuerza del hado que no pasarás por donde yo estaba, pero a un mismo tiempo, imploraba que me dijeras algo, un reencuentro por muy frívolo que fuese, era lo que necesitaban tantas noches de dudas demasiado inquisidoras y punitivas. Los segundos, pasaban como minutos, en aquella absurda esperanza, ningún desprecio por tu parte era suficiente para abatir aquel desorbitado impulso vital hacía ti. De pronto, te vi, como te acercabas a lo lejos, sonriendo con la alegría con la que acostumbrabas en tiempos de antaño. Aquella visión celestial, era demasiado impúdica, aunque no pudiese pensar en otro asunto que no fuese aquel inesperado reencuentro, tenía que mutilar como fuese aquella melancolía tan exacerbada, pero toda mi alegría y toda mi tristeza estaban delante de mí, con la mano santa del diablo velándome los ojos y sumergiéndome en un profundo sueño. Me sonreíste tres o cuatro veces y con la misma insistencia yo te giré la cara. Aquellos ojos angelicales, aquel cuerpo de grácil bailarina, aquel rostro angelical que tantas veces me había perseguido en mis pesadillas, volvía a estar allí después de dos años. Sabía que cada vez que te negaba, estaba negando la vida, porque no hay otra vida en que se mezclen de una manera más desordenada aquello que es luctuoso y aquello que es sensual. Ese sentimiento tan elevado es sospechoso de pertenecer a otro mundo, esa acusación es cierta, y consiguientemente, nadie puede comprender las proporciones de mi tumor emocional. De pronto, mi corazón dio un brinco, cuando te dignaste a acercarte a mi, y a preguntarme: - “ ¿ joan, tio, que es de la teva vida?”. Cuando te pusiste al otro lado de mi banco, hubiese podido decir como Diógenes a Alejandro magno que se apartase porque le molestaba el sol, pero el sol y su sabiduría eterna era lo que menos me importaban en aquellos momentos, eclipsabas todo el cielo y eras el único astro que brillaba en él. No me atrevía a mirarte a la cara, me sentía muy avergonzado de mi mismo y de todo lo que me habías hecho. Sentía una rabia inmensa porque no podía perdonarme a mi mismo que no me quisieras querer, del mismo modo que tampoco te lo podía perdonar a tu deidad. En aquellos instantes era tan susceptible como una hoja que se la puede llevar el viento a cualquier rincón, y tan férreo como una estatua que lleva siglos aguantando el peso de toda la historia. Ninguna de las dos naturalezas era más poderosa que la otra, y ambas bailaban en mi mente al ritmo de un fuego macabro. Había pensado en infinidad de ocasiones que es lo que tenía que decirte, si acontecía un turbulento reencuentro, escuchaba muchas voces dispersas en mi interior, pero no sabía a cual de ellas debía de escuchar. Pero permanecía inmóvil, aparentando con una frivolidad que asusta, al genio creador que llevaba tantas noches incubando en mi interior. Hubiese deseado levantarme del banco y hablarte como si fueses cualquier persona cotidiana, pero además de hipócrita, hubiese sido absolutamente imposible porque cualquier temblor me hubiese delatado. Hubiese deseado, abrazarte y llorar desconsoladamente hasta que no hubiese podido más, pero seguramente ese tipo de reacciones no tienen cabida en este mundo con personas que presuntamente son absolutamente desconocidas. Un rechazo, hubiese sido un castigo aún mayor, que cuando me repudiaste( no existe ningún adjetivo más acertado), tres años atrás. Desgraciadamente la dignidad tiene demasiado peso en la colectividad, y la única salida a aquel conflicto ciego de amor, era alegar que ella me había deshonrado, porque esa hubiese sido la única reacción digna y noble de cualquier persona mayor de edad. Temblaba en mi interior, había ensayado en el teatro de mis sueños, aquella escena infinidad de veces, pero el peso de la realidad era demasiado insoportable. Actuar como un autómata, era lo más racional que podía hacer, seguir el guión que me había prescrito mi conciencia y el influjo social. Pero aquel ángel exterminador estaba delante de mi, tenía que decirle si quería morir por su beso negro o no. De vez en cuando la miraba, pero sin pronunciar una sola palabra, con los ojos mirando al suelo, para disimular que era yo, para escapar a otro mundo, aunque sabía que aquello era imposible. Parecía el más soberbio de los eclipses que nacía en tierra firme, el del amor. Aquel silencio era aterrador, debía de cumplir con los designios de mi imperativo ético o fallecer súbitamente en la inclemente tempestad de la traición. Yo estaba muy cerca del silencio de mi conciencia, fundiéndome en él, desterrando momentáneamente a todos mis sentimientos que estaban atados en un sutil cadalso. Tú en cambio comulgabas con el mundo como lo hacías siempre. De pronto intentando encontrar aire en mis pulmones, y hablar en un escenario que no esta hecho a mi medida, deje que cayera de una manera precipitada y sumamente irresponsable todo aquel peso que había estado sosteniendo durante tu prolongada ausencia, y exclamé como si quisiera que me escuchasen todos los seres vivos que existieron desde la eternidad y que han de existir en la eternidad que todavía queda: - “ deixa´m en pau”. Apenas pude mirarte a la cara, mientras me ahogaba pronunciando una sola frase. Tú asentiste, como si comprendieras el porque de mi indignación, y me respondiste de un modo que no sé hasta que punto fue pasajero o trascendental: - “ ¿ t´en vas?. Yo proseguí un camino recto y tembloroso, sin atreverme a mirarte a la cara, con un lenguaje que aunque no fuese verbal, hubieras comprendido perfectamente. No podía mirar atrás, una sensación inagotable de vacío helaba mi cuerpo. Mis palabras sonaron como cadenas que chasquean en el aire, la cuenta atrás era eterna, quería expresarte aunque fuese paradójico mi inmortal amor hacía ti, porque sabía que una conversación trivial, hubiese sido la peor negación de todos mis desvelos y todos mis padecimientos por ti. Nunca sabré hasta que punto, pudiera importunarte mi reacción, pero el mayor de mis dolores y la causa de todos mis sofocos, es que probablemente mi protesta no llego hasta el hondo pozo de tus pensamientos, ni siquiera llegó a la categoría de una somera incidencia cotidiana. Tú creencia siempre ha sido la exterminación, la mía sobrevivir a las fuertes embestidas del destino que siempre ha sido personificado en ti. Siempre has sido para mi una enfermedad mortal, la negación más triste de la vida, la mayor de las incomprensiones y de las traiciones. Nunca me atrevería a llorar sino es en tu presencia, pues ese temor tan hondo que tengo a hacerlo, tan solo pudiera ser apaciguado por tu inmaculada persona. Para mi el hecho de no llorar, es mucho más que un compromiso, es una promesa hecha a la eternidad, y quebrantar este mandamiento sagrado, sería una espuria injuria, a las hondas e incomprensible dimensiones de aquel amor que siempre he sentido por tu excelencia. El hecho de llorar significa para mi, despertar de un largo sueño agónico y fatídico, y tan solo podría despertar de ese sueño, si tú estas a mi lado. Mi amor hacía ti, es mucho más que una promesa, es una persecución inmortal que aunque no llegue nunca a su nebulosa meta es lo único que pueda dar un significado a la angosta existencia. Es una marcha imperturbable en un laberinto encantado, y en el principio y el final del mismo, se encuentran el principio y el final de los tiempos. Aunque me he fijado en otras mujeres, e incluso he tenido la intención de enamorarme de ellas, sé que me he convertido en un hombre muy frívolo, porque todas las mujeres siempre serán una vulgares substitutas para mi, no puede haber nunca ninguna que te llegue a la suela de los zapatos. Mi vigilia atormentada siempre viajará a aquel lugar mágico del pasado, en que dos completos desconocidos se encontraron, y uno dio todo por el otro, pero el otro no dio nada por el primero. Puedo ver en un espejo sagrado, como pasa el tiempo, y como te empequeñeces cada vez más en mi interior, y como sufro hasta límites abominables porque no sé nada de ti. Pues ninguna mujer, por muy majestuosa e inmensa que aparezca ante mi, nunca podrá competir con esa sombra luctuosa de mi pasado que se extiende hasta más allá de nuestras vidas y nuestra comprensión. Todas no serán más que un consuelo pequeño, una burda imitación de lo que un vez fue el mundo. Sé que mis palabras nunca llegarían hasta ti, aunque una extraña coincidencia provocase que pudieses leer estas líneas, nunca comprenderías porque me hiciste perder la cordura. Si hay algo en la vida, que me duele y que me corroe por dentro, en una enfermedad desconocida y abismal, que envuelve todo mi ser y todos mis actos cotidianos, es que nunca me has podido comprender, y nunca has podido adivinar hasta que punto te amo ahora y te amaré siempre. Desde una luna perdida en el monte de un sueño maldito, se despide de ti:

LAS DOS DE LA MADRUGADA

Las 2 de la madrugada. Estoy sentado junto a la puerta, me he cansado de tocar el timbre, me he rendido, y junto al rellano de la escalera hay dos botellas de whisky vacías. Hace mucho calor y varios rayos de luna entran por la ventana como si fuesen los auspicios de un sueño que hace mucho tiempo que se hubiese extinguido. Siento un temblor pálido y desnutrido de cualquier emoción magistral, y la cabeza me pesa como el plomo. Intento poetizar con la ebria situación que me rodea, pero nada quiere solidarizarse conmigo, confraternizar con un artista alcohólico, amigo de los gusanos, el rey de las metáforas crueles, es como resolver un enigma que ninguna moralidad es capaz de ver, con la alumbradora luz de su verdad. Tan solo soy un suicida cotidiano que vomita la inmundicia de este mundo. Me he cansado de aporrear la puerta, con mis mugrientas e indignas manos, estoy seguro que Silvia me ha abandonado, porque no puedo percibir el menor indicio de vida. Mi casa parece un ataúd que aguarda impacientemente su cadáver. cuando me fui me olvide las llaves, seguro que ella las habrá tirado en la primera basura que habrá encontrado, habrá cogido el primer tren, y se habrá ido a buscar fortuna al pueblo más lejano que le permita el precio del ticket, para no volver a verme nunca más. Me la imagino con tristeza llorando en el compartimiento de su tren, a los brazos de cualquier desaprensivo que habrá tomado como compañero de viaje, en algún arrebato histérico que en un futuro no muy lejano habrá de causarle un daño irremediable. Esta noche no tendré nadie que me cuide, ni siquiera podré tumbarme en mi desdichada y solitaria cama, y para más INRI ni siquiera puedo abrir la puerta de mi casa. Oigo como el teléfono suena por dentro, seguro que es alguien a quien debo dinero y que necesita que salde esa deuda cuanto antes, porque debe de encontrarse en apuros, pero no es de mi incumbencia, como comprenderán no voy a coger un hacha, destrozar la puerta, para responder a una llamada que tan solo podría agraviar mi precaria situación emocional y económica. De hecho me resulta más molesto escuchar el recochineo del teléfono, que los gritos de alguien que estuviesen torturando en mi indigente morada. Aunque los gritos de un torturado no son muy agradables, el sonido del teléfono es mucho más cruel, mucho más impersonal, y absolutamente ajeno a la potencialidad creadora de la megalomanía del artista. En cambio los desquiciados berridos de alguien a quien someten a vejaciones más nauseabundas que en tiempos de la inquisición, resultan mucho más gratificantes para el instinto extraviado del artista. Procuro que mis sentidos estén despiertos, como si fuese un pez descuartizado por el anzuelo de la vida. Esta noche tiene su sombra de muerte, y debo cobijarme allí a la espera de lo inevitable. Silvia, tus ojos son ahora como dos estrellas desaparecidas que me miran desde algún lugar lejano y borroso del firmamento. Estoy demasiado cansado de vivir, pero paradójicamente la supremacía de mi instinto inmortal quiere sobrevolar las tierras más desoladoras. No me atrevo a cerrar los ojos, si ahondo demasiado en mi, alguna siniestra enfermedad del alma me estará aguardando, la verdad esta dentro de mi y no quiero profanar ese templo sagrado. Son muy hostiles las circunstancias que me esperan fuera, pero prefiero ahogarme por fuera que por dentro, porque las verdades que más duelen se encuentran almacenadas como alcohol rancio en una bodega desde hace siglos en mi interioridad. Todos los vecinos duermen, y el eco de la ciudad es silencioso, como si todo estuviese confabulado para que Silvia pudiese huir sin ninguna demora. Todo no es más que un sueño ajeno a mi que no cesa de burlarse de mis hoscas calamidades. Creo que soy un globo que Silvia soltó hace escasas horas, y mi infatigable ascenso hacía lo más alto, debe de verse turbado por la infame presión atmosférica. Moriré reventado por dentro y por fuera, tal y como le acontecería a cualquier globo que quisiese volar demasiado alto. Las turbulencias de mi breve aunque intenso viaje son demasiado mezquinas. Pienso que no somos más que una pastilla que se disuelve en un vaso de agua. El recipiente representa la vida y nosotros no somos más que la fugacidad de esa disolución. Posteriormente la vida queda impregnada de nuestro doloroso recuerdo por doquier. ¡Cuanta crueldad mancillada!, quisiera desvanecerme y convertirme en vapor para poder colarme por los resquicios de la puerta, buscar mi abandonada habitación, y quedarme allí, para infectar aquel lugar de recuerdos espurios de mi estéril alma. Seguro que el sereno no quiere abrirme, aunque se lo pidiera un millar de veces con insistencia y tesón, hace tiempo que no pago el alquiler, el propietario le habrá pedido seguramente que no me deje entrar. Ya no valdrá ningún pequeño soborno. Mi silencio no puede ahuyentar a esta noche oscura, como si fuese un camino de arena movediza, y cualquier paso pudiera acabar en un desastre que nadie se atrevería a contar. Mi cansancio es demasiado singular, no hay ninguna parte de mi cuerpo que responda a mis impulsos, pero surgen en mi sentidos olvidados, misceláneas sensaciones que fluyen en mí de un modo funesto. Podrían creer que mi ebria conducta me da la potestad de ver el mundo como nadie lo ha visto antes. No es un aislamiento propio de cualquiera que esta demasiado alejado del rebaño, es un dolor que ha traspasado las fronteras de esta vida y se acerca caóticamente hacía otras experiencias de las que nadie ha oído mencionar jamás. Ahonda en mí una siniestra percepción del mundo exterior, como si comulgará con él, de un modo absolutamente ajeno a mi persona. Lo que yo siento no puede llamarse alienación porque aquello otro que reside en mi, forma parte de mi idiosincrasia de un modo desconocido hasta ahora. Me ha venido a buscar una inspiración evanescente, que crece poco a poco, sin apenas concederme tiempo para respirar. El aire negro sopla por doquier, pero es tan discreto que ni siquiera es capaz de tirar al suelo las dos botellas de whisky. Mi pensamiento puede desdoblarse y visitar muchos paraísos desérticos espontáneamente, me he convertido en un peregrino, preso de este cuerpo andrajoso y destartalado, cuantas miserias y cuantas alegrías se funden en mi alma de un modo simultáneo. El vacío esta muy lejos, como si el muro de la existencia hubiese crecido de un modo alarmante. Ahora caben en mi muchos más pensamientos y metáforas, muchos inéditos cansancios, turbias ensoñaciones que se reproducen con más rapidez que las células. Dentro de mí ya no habitan secretos, tan solo voces prodigiosas que gritan a dioses desconocidos y sorprendentemente son escuchadas. No podría dormirme en estos momentos cruciales en que estoy descubriendo el mundo y a mi mismo, Silvia esta demasiado cerca de mi, quiero ahuyentarla pero no puedo. A cada momento me pierdo, pero cuando vuelvo a encontrar mi camino todo es esplendoroso y radiante de armonía. En la calle oigo a algunos individuos que discuten con frialdad, pero sus crípticos diálogos viajan poco a poco hasta la esquina hasta desvanecerse por completo. Un gato gatea por la barandilla de la escalera, parece que esta agonizando, no cesa de maullar lastimosamente, como si fuese consciente de algún peligro que se aproxima lentamente pero nunca puede acabar de manifestarse por completo. Lo sigo con curiosidad con la mirada, pero pronto deja de incesarme su absurda procesión de dolor en cuanto desaparece de mi vista. Oigo sus maullidos a lo lejos, tal vez encuentre su hogar aunque para ser sincero, eso no es un asunto de mi incumbencia. Las sombras de las ventanas, dan un aspecto muy gótico a esta noche de interminables suspiros. Quisiera irme a dormir afuera, pero creo que traicionaría a Silvia si lo hiciera, ella me ha encargado que cuide la soledad de mi hogar y debo de obedecer ciegamente sus mandatos. Yo creo que obedecer a una mujer es mucho más profundo que obedecer a dios. Aunque mi cuerpo me pesa como si fuese una tonelada de inmundicia que se hunde lenta, pero firmemente en las profundidades marinas, intento dar vueltas alrededor del reducido espacio vital del pasillo. De pronto veo mi sombra que se pierde en el último de los peldaños de la escalera y me asusto, parece como una imagen demasiado majestuosa de mi mismo, creo que esta noche es demasiado sarcástica conmigo. Oigo como suena el piano, algún vecino esta interpretando alguna balada fúnebre, no le conozco demasiado, pero por las pocas veces que le he visto y lo poco que me han contado de él, sé que se trata de un rentista amargado, que nunca pudo ser un virtuoso del piano y que su mujer lo abandonó recientemente. Es un hombre entrado en años, que no cesa de hablar solo. Su único amigo es el piano y no deja de conversar con la música y la voluntad perdida de la naturaleza. Tiene un extraño talento metafísico en la música que nadie ha sido capaz de comprender jamás. De pronto oigo como cierra bruscamente el piano, creo entender que da unos pocos pasos en el suelo y se cae de bruces en él. Tantas noches ininterrumpidas de trabajo agotador no pueden ser nunca buenas para nadie. Cuando el músico ha cesado de distraerme vuelvo a cerrar los ojos, pero dándome ciertas punzadas instintivas para evitar dormirme. Estoy a la espera de que alguien me llame, no me importa quien, estoy abierto a cualquier mandato, ya sea de una aparición angelical o del más andrajoso de los criminales. La noche continua abierta, como si fuese una fuerza cósmica que debe de absorber todos mis pensamientos hasta el infinito. Las manos me tiemblan, presienten algún crimen, no lo buscan, pero parece que lo han encontrado en algún lugar muy lejano. Quisiera que mi alma se separase de mi cuerpo para poder llegar hasta donde se encuentra Silvia, que fuese viento frío y anónimo y acariciase sus mejillas blancas y pálidas. No hay ninguna presencia salvo algunos bullicios puntuales. Parece que el mundo se ha olvidado que existo, tan solo las estrellas que se pasean por el firmamento y que desaparecieron hace millones de años me recuerdan. La vecindad duerme, como si se hubiese congelado el tiempo, como si yo me hubiese liberado de ese iceberg, y caminase a la deriva en su superficie, en un mar encantado, donde todas las deidades yacen en lo más hondo del océano. La triste melodía de aquel pianista, parecen como si fuesen los últimos acordes de un sueño que se ha desvanecido para siempre. El mundo no tiene porque desaparecer tras una explosión, sino tras un ruido discreto que nadie es capaz de percibir. Cuando mis vacuos sentidos de poeta están a punto de ser atrapados por esas punzantes redes del sinsentido, por aquel cazador de hombres que se llama belleza de lo insondable, siento como alguien se acerca con una discreción parsimoniosa. De pronto veo como alguien se asoma por la ventana. Me hace muecas, degeneradas de por si mismas, sus insignificantes y gráciles pasos verticales pueden sostenerlo en aquella cornisa de ensueño. Sus ojos tienen el fulgor de un planeta prohibido, es una extraña replica de una idea pesada y azarosa. Como una marioneta, de un sueño ahogado en la penumbra, limpia los cristales con un pañuelo negro como el polvo de las estrellas. Parece como la bestia que custodia el caldero del infierno. El pañuelo causa la ambigua sensación de que se va a desaparecer instantáneamente y de que va a absorber todo lo que existe a un mismo tiempo. Al lado tiene un cubo, con un agua limpia y transparente que no se podría ensuciar por muchos escombros que le tirásemos, como si perteneciese a un lago encantado. Me sonríe sarcásticamente como si me conociese desde hace mucho tiempo, pero fuese consciente que no le hubiese visto en la vida. Desafía las alturas con un estilo demasiado petulante, como si la eternidad se pasease lanzándole laureles a todos los lugares que visita. Sabe que esta en su ambiente, la cornisa no es un lugar lo suficientemente sórdido para él. Causa la impresión que todo lo que buscase lo hubiese encontrado desde mucho tiempo atrás, y su errar por la existencia, no fuese más que una aburrida ceremonia de lo que encontró un día en el camino. Su uniforme del color del polvo de las estrellas que ha perdido prácticamente todo el tinte, aunque liso como si estuviese planchado recientemente, no deja lugar a dudas de quien le da el sustento a aquel hombre. Ese limpia cristales, es uno de los infinitos hijos bastardos de la luna, sus ojos bañados de un opio mezquino son una incontrovertible prueba de ello. Su embriaguez de la vida es mucho más sublime que la mía, poderes ocultos lo protegen, ser hijo de la luna aunque tan solo sea en calidad de bastardo nunca puede dejar de ser un asunto baladí. Abro una de las ventanas contiguas a donde el mora para poder charlar con él. Me arrastro por el suelo como si fuese un ciempiés impregnado de alcohol para poder llegar a uno de los pedestales en donde se vigila la vida en silencio. Ese limpia- cristales es uno de los titanes que maneja todo lo que ocurre a su antojo. Giro la cabeza desde la otra ventana para poder dirigirle la palabra, y le digo susurrándole para no causarle vértigo por mi indiscreta intromisión en su tarea: - “– “¿quien eres?”. Parece que le he asustado, pierde el equilibrio y parece que se va a caer, pero ante mi estupor veo que flota por un momento por los aires, y que después vuelve a la cornisa. No se trata de ningún truco de prestidigitador he podido ser testimonio de cómo se paseaba por los aires desafiando las leyes de la gravedad. Poco después me responde gesticulando con su boca como si fuese una de las cavernas más misteriosas que hubiese podido crear la naturaleza: - “obra con mayor precaución, porque yo soy muy liviano, y cuando alguien me habla con el vibrar de su voz lo suficientemente brusco, es suficiente para que vuele por los aires. Mi madre que puedes ver que ahora esta en cuarto menguante, me hizo así de delicado porque me amaba más que otros de mis hermanos bastardos. Aunque no se que decirte siempre dice que nos ama a todos por igual. Nosotros somos los únicos que podemos amamantar eternamente de su luz y eso es lo que nos hace eternos. La verdad es que nos ha educado a imagen y semejanza de las pasiones humanas más perversas, por esta razón yo puedo ser tan inocente como malvado. Yo soy un ángel créeme no tengo ningún sexo, he destrozado el corazón de muchas jovencitas y muchos jovencitos, según mi madre considere que es necesario que me metamorfosee en hombre o mujer. Me gusta reencarnarme en las pasiones humanos y jugar con ellas como si fuese un dios pueril y travieso. Aunque nadie me conoce por mi nombre, la mayor parte de los humanos me conoce por las emociones encriptadas que produzco en todos aquellos a quien me manifiesto”. Aunque estaba muy borracho, las ideas se me empezaban a aclarar, caminar por la cornisa era una empresa un tanto arriesgada, pero estaba seguro que aquel ángel corsario me protegería, y sino pregúnteselo a Jesús cuando el diablo le tentó en el desierto. Aquellas gotas de sudor dolorosas eran una perfecta emulación de la lluvia, pues cuando el cielo esta cansado llueve y cuando esta muy triste nieva. Caminar en aquella cornisa era muy similar, a arrastrarme pordioseramente en un lóbrego juego de realidad virtual. La cornisa era lo suficientemente ancha para que pudiera caber con cierta seguridad, aunque no la suficiente para que estuviera tranquilo por encima de aquellas alturas tan majestuosas. Me senté junto al limpia-cristales y se inició una conversación que a pesar de que nunca me he arrepentido en el futuro siempre me ha resultado un poco obscena el recordarla. Él miraba distraído el firmamento como si formase parte de la realidad virtual de algún sueño olvidado de un dios, como si las megalómanas estrellas fuesen las neuronas de un dios sepultado, en un panteón mucho más inmenso. De pronto le pregunté serenamente sin querer distraer la atención de su sueño enlutado: - “¿eres uno de aquellos cuyo nacimiento fue predicho?”. Él limpia-cristales como justo intermediario entre los dioses y el vacío me dijo: - “mi nacimiento no lo pudo predecir nadie, pero yo puedo predecir todos los nacimientos y todas las muertes hasta el final de los tiempos. Tengo un dolor arqueano en mi pecho, que me guía para que destruya a todas las criaturas que mi madre aborrece. Mi corazón late en las profundidades de los volcanes de la luna, junto al resto de mis hermanos. De hecho en la luna laten todas las emociones que fluyen en el universo, y yo soy una de las ínfimas deidades que tiene su magistral presencia en los lugares sagrados. Todas las almas voluptuosas están invitadas a pasear por la luna, y yo soy las que las guía en su noche eterna”. El limpia-cristales parecía seducido por un misterioso éxtasis cada vez que veía el firmamento podía ver una emoción que se había perdido en el tiempo. Aunque no existía el horizonte para él, cada vez que contemplaba el universo descubría una emoción perdida. De repente aquel ángel enlutado me interrogó: - “¿donde crees que esta Silvia?”. Yo le respondí: - “¿se habrá ahogado en alguno de mis vasos de whisky?”. El me respondió cínicamente mientras observaba escrupulosamente mi mirada hundida: - “si solo hubiese sido en uno todavía permanecería a tu lado. Pero yo creo que se ha ahogado en todos ellos. Créeme todo el cielo esta repleto de anís y embriaga a los humanos de las pasiones más convulsas y decrepitas, el dios no es más que el vaso en donde se sirve ese brebaje de la más refinada alquimia”. De hecho el limpia- cristales podía predecir en él más insignificante de los gestos de mis manos cualquier acción futura mía, y a un mismo tiempo las acciones de cualquiera de los seres racionales existentes. Aquel ángel estaba tan hundido en la existencia que era imposible sentir ningún temor. Yo me enfurecí y le dije: - “miserable alcahuete de lo inescrutable, dios afeminado y estéril, que uno solo de tus soplos sin vida rebote contra ti y mueras horrorizado por la contemplación de tu siniestra alma”. Olvidando la fragilidad de aquel ser etéreo, observé como se desplomaba debido a mis centelleantes gritos y se sostenía levemente en el aire, con cierta dificultad. Había conseguido que se moviese unos 100 metros, con la sola fuerza física de mis palabras, tal era la debilidad de aquel ángel afeminado. Volvió caminando por los aires con dificultad hasta volver a sostenerse en la cornisa con las mismas fuerzas primigenias. Con la voz amargada tras recuperar su posición originaria me dijo: - recuerda que soy muy débil, aunque puedo soportar las ráfagas de viento más intempestivas, no puedo aguantar el impulso del ánima descomunal de los seres humanos. Sin embargo, todo aquello que pierdo en fragilidad, lo gano en cabalístico poder en el cual nadie puede vencerme. Yo soy aquel que se encarga de exiliar a todas las almas para que descansen en las sombras más pesadas de la luna. Mi madre oculta sabiamente sus secretos, pero a un mismo tiempo las tortura del modo más infame”. Diciendo esto, se acariciaba sus cabellos de dios sin sexo, que tenían una brillantina connatural a ellos, parecían una réplica de todas las estrellas del firmamento, cada una de ellas con un destino inmortal distinto. Aquel dios no era nada más que un niño que nunca había crecido pero que tenía una sabiduría que ninguno de nuestros eruditos humanos podía superarle en talento. Yo le respondí en plan belicista y expeditivo mientras estaba ocupado en sus abluciones: - “Dime donde esta Silvia, ángel amariconado, un amargo dolor reside en mi pecho, como si fuese el campanario de una iglesia fantasmagórica. Devuélveme lo que es mío, porque estoy dispuesto a robárselo a la mismísima muerte. No eres más que un cruel aborto de la eternidad del cual nunca ha sabido deshacerse”. El limpia- cristales irrumpía en mi intimidad con aquel frenesí despiadado, desafiando todas las reglas de mi vida, con aquella ironía, con aquella feminidad tan arrogante y tan alejada de los cánones de lo cotidiano me ruborizaba. Las palabras salían de su boca como si fuesen miel y todas las moscas catasen su voluptuoso elixir. Era un seductor que se embarcaba en ambas orillas con éxito, desde el río extasiado de la vida contemplaba el espectáculo de ambos sexos retorciéndose de dolor por la ausencia del sexo contrario. Era un ángel sin alas, pero podía volar con cierta dificultad, seguro que podía reconocer la música sagrada de los rayos de la luna, y perseguido por aquella sinfonía tenía la potestad de burlarse del campo gravitatorio que esta por encima de nuestras cabezas. Era un ángel perfumado con todas las virtudes y los vicios humanos, podía olerse la verdad y la mentira de un modo tan sensual que nadie era capaz de resistir a sus encantos. Poco después tras asirse fuertemente a la cornisa para no ser empujado de nuevo, profirió el siguiente discurso: - “yo me apoderé del alma de Silvia cuando se enamoró de ti, de hecho no conoces a Silvia de nada, tan solo me conoces a mi. Esta noche la he abandonado y ha sido capaz de ver por si misma quien eres tu realmente. Fui muy divertido seducirte, aprisionado en el grácil cuerpo de aquella jovencita. Cuando estaba en su cuerpo, disfrutaba de su naturaleza y sus encantos, era yo quien canalizaba sus sentimientos para que no se estrellase de un modo directo en la miseria pero a un mismo tiempo para que acabase en ella sin poder explicarse como. Era tan ingenua y tan poco precavida que ni siquiera podía darse cuenta que tenía un parasito en el incandescente volcán de sus emociones. ¿Quieres saber donde esta ella? Ahora mismo esta llorando en el tren, y maldice a cada momento la desgraciada manera en que te conoció. En tu lugar no iría en su busca, porque antes de abandonar su cuerpo le he hecho comprender con todo lujo de detalles quien eres realmente tú. Su voluntad esta tan lejos de la tuya como una constelación muy lejana, no puede haber atracción entre dos planetas tan distantes. Ahora Silvia ya no es un ángel sensual, esta noche ha envejecido prematuramente, y sabe mucho más de la pobreza espiritual, que un perro con sarna como tu”. Dichas estas palabras continúo con su esporádico oficio de limpia- cristales mientras yo lo miraba atónito, y avergonzado de mi mismo por haberme dejado embaucar por los hechizos amorosos del hijo bastardo de la luna. ¿Como era posible que aquel prestidigitador, aquel artista de la poesía y de lo más escabroso de la humanidad hubiese podido saber cuales eran los puntos más frágiles que viven en mí? A pesar de la tragedia que aquel niño inmaduro había provocado tenía los ojos sensatos y serenos sin el menor atisbo de arrepentimiento. Miraba a su madre con una devoción incesante y enfermiza, cuando hubo acabado de limpiar los cristales. Disponía de una escalera con la que podía trepar a través de la cornisa cuando estaba cansado de volar. Sin vacilar un instante me subí a la cornisa a pesar del vértigo que me desolaba por dentro, con la finalidad de llegar a aquella escalera, que supuse que debía de tener propiedades mágicas. Sin dirigirme la mirada, hizo una hábil maniobra para dejarme pasar. Tras observar detenidamente la escalera observé que no tenía nada de especial, el limpia-cristales me susurró al oído: - “es una escalera que utilizó a veces para rezar a mi madre, pero tan solo yo la puedo utilizar, es capaz de alzarse en el cielo hasta donde yo quiera, la utilizó muy frecuentemente ya que siempre quiero estar muy cerca de mi madre”. Tras caminar cautelosamente por la cornisa volví a donde estaba antes de encontrarme con el limpia-cristales, sentado junto a la puerta de una casa y unos recuerdos que ya no me pertenecerían nunca más. El hijo bastardo de la luna estaba de espaldas a mí, no podía escuchar las cursilerías que estaba diciendo a su madre, pero me las imaginaba y me causaba una ira que podría tener unos resultados impredecibles. Baje las escaleras hasta la puerta de la entrada del edificio para ver si podía localizar al sereno. Lo encontré tumbado, y parecía que estaba muerto porque no respiraba. O estaba en estado catatónico, o alguien lo había matado. Parecía que había padecido una muerte muy violenta por la desagradable expresión de su rostro marchito. Aunque tenía los ojos cerrados, todavía se mordía con fuerza los labios, y tenía la frente muy arrugada como si tras su muerte hubiese hecho frente a un descomunal esfuerzo. Tenía una marca de carmín en los labios, recientemente lo había besado una mujer. Su cara nublada e inmortal todavía mostraba síntomas de lucha como si las carnes de su cuerpo todavía ofreciesen resistencia a una muerte que ya se había producido. Para cerciorarme que estaba muerto le tome el pulso, e intente escuchar los latidos de su corazón, pero la frialdad de sus señales vitales me dio a entender que aquel hombre había fallecido. Me palpó la espalda con suavidad, el limpia-cristales, a lo que yo respondí con un rotundo puñetazo en la mandíbula. Su cuerpo era tan liviano, que se estampó contra la pared con fuerza a unos 6 metros detrás de mí. Tenía los labios ensangrentados, y reía como un niño pequeño que le gusta divertirse. Era una risa cruel, y adiviné por el extremo sarcasmo de sus ojos que él era el responsable de la defunción del sereno. De la sangre de sus labios, nació una flor exótica, de color violeta cantón, con algunas manchas rojas, era una flor sublime. Era una flor esotérica que podía curar cualquier enfermedad o podría matar a cualquiera con un veneno muy potente que podía ser substraído del néctar de la flor. Nació en sus manos que era donde se derramaba la sangre. Mientras la sostenía con la mano, le dedico un breve pareado: “seduces con el suave azul del día y con tu rojo sangriento te vengas de tu porfía”. Poco después se enredo la flor en el pelo y se la dejo como adorno a su angelical belleza. Mientras lo miraba estupefacto al observar el milagro que había obrado me dijo, con arrogante voz de chapero (tal vez los ángeles de verdad hablasen así: - “los hombres son muy fáciles de seducir, me he reencarnado poco antes de venir a trabajar como limpia-cristales en el cuerpo de su ex mujer. He alumbrado a su conciencia para que fabricase un potente veneno y se lo pusiese en los labios, tras seducirlo sin ninguna dificultad, le ha besado en la mejilla, y ha caído estupefacto en el suelo. Cuando he abandonado la conciencia de su mujer, está tenía muchas ganas de suicidarse por el craso error de su crimen. Estoy seguro que ya debe de estar muerta, se lo preguntaría a mi madre, pero no osaría perturbarla por tales menudencias. Me ha sorprendido en sobremanera el modo que aquella mujer tenía de amar a aquel hombre. Era un amor muy reprimido, y muy servil a un mismo tiempo. La han educado para amar a todos los hombres que puedan dominarla, y a esa clase de individuos ella los amaba con un fervor religioso. No sé si es justo lo que ha pasado, pero esta era la voluntad de mi madre, y más allá de la voluntad de mi madre no existe nada”. Maldije el despiadado instinto infantil del hijo bastardo de la luna, pero no me atrevía a decir nada por temor a acabar muerto como el portero. El mundo no es más que un nefasto tráfico con el engaño, que se intercambia con mayor facilidad que la moneda. Busqué en el cinturón del sereno, hasta encontrar mi llave, para poder entrar en mi casa, mientras el limpia-cristales me perseguía sigilosamente con su sonrisa burlona. Tras tambalearme debido al cansancio logré llegar hasta el tercer piso y abrir la puerta de mi casa. Fui hasta el dormitorio y encontré en la cama una carta de Silvia: -“si te dijera que te quiero te diría una mentira muy grande. Te odio con toda mi alma, y no entiendo como he podido estar tan ciega para no poder verlo antes. Me voy y nunca más volveré a verte. Espero que esto último se cumpla, todo lo demás entre nosotros no tiene ninguna importancia para mi”. Aunque la letra era muy resbaladiza, tenía muchas tachaduras y daba muestras de haber sido escrita por una persona muy depresiva, no había lugar a dudas de que aquella carta tan concisa había sido escrita por Silvia. Era de su puño y letra. No tenía fuerzas ni para llorar, me quedé tumbado en la cama, con los ojos secos, no tenía ganas de dormirme. Quería pensar hasta que el casero viniese a desahuciarme. Seguramente vendría escoltado por dos policías pero aquello no era de mi incumbencia no tenía ningún interés en oponer resistencia. El limpia-cristales había entrado haciendo uso de su magia perversa y tras irrumpir bruscamente en mi habitación, movió los labios de un modo un tanto obsceno y dijo imitando perfectamente la voz de Silvia: -“amor te quiero como nunca he querido a nadie”. En aquellos momentos la ira correteaba por mi cerebro como si fuese ácido sulfúrico, y olvidándome de la desigualdad de fuerzas entre aquel niño adulto y yo, cogí un puñal que tenía guardado debajo del colchón, y tras abalanzarme hacía él como si fuese una bestia salvaje poseída le asesté una docena de puñaladas en el pecho. No tuvo tiempo de reaccionar y de usar sus poderes ocultos, al parecer no había predecido que mi voluntad hubiese de mostrar indicios tan sanguinarios sobreponiéndose al bien y al mal. Mientras se convulsionaba en el suelo desafiando la muerte, no cesaba de gritar con la voz de un niño pequeño: - mama, mama ayúdame, acoge el alma de tu hijo, un mortal ha podido acabar con mis días. Mama, mama juega conmigo porque estoy a punto de morirme”. Tras pronunciar estos infantilismos que no me inspiraron ninguna compasión, expiró. Su mirada nublada buscaba la ventana en donde se reflejaba la luna. Al parecer había querido despedirse de su madre, o aguardaba que le curase, pero eso nunca lo sabremos porque no tuvo tiempo de mirar por la ventana. De su cadáver nacieron muchas flores, unas muy hermosas y otras mortuorias. Las flores bonitas debían de pertenecer a sus buenos sentimientos y las flores mortuorias a los malvados. La mayoría de las flores estaban podridas, tan solo unas pocas eran hermosas, esas debían de pertenecer al amor que le inspiraba su madre. Al día siguiente cogí un ramo con las flores encantadas que habían nacido del cadáver del limpia-cristales y me fui a buscar a Silvia pero eso es otra historia y debe de ser contada en otro momento.

¿QUÉ HORA ES SEÑORA?

¿Que hora es señora? Le pregunto a unos labios fríos y distantes que se mueven a cámara lenta en el pasado. Sé que estas intentando contarme un secreto desde mi recuerdo sepulcral, desde la muralla eterna del amor desde donde se escuchan todos los augurios incomprensibles. Las lágrimas que nunca se han derramado de mis ojos, ahora caen en forma de lluvia ácida en mis turbias ensoñaciones. Bajas desde el séptimo cielo y apareces delante de mí, sin querer ofrecerme la mano para convertirte en el coro de mi amargo poema. ¿Que hora es señora? La que siempre ha sido, la que siempre anuncia el cielo desde que se creó el mundo. La que se oculta en tus suspiros leprosos y crípticos que huelen a una enfermedad incurable, La que no deja de pregonar la muerte en las contadas ocasiones en que es capaz de salir de las profundidades de la tierra. ¿ que hora es señora? la que se oculta en el misterio de mis ojos, aquella que ladra el perro del infierno encerrado en la soberbia torre de las torturas infames, aquella que no deja de confesar la luz del sol que cae del firmamento como un niño decrepito y maldito. ¿Que hora es señora? la de un imperio triste y cabizbajo que no puede sucumbir ante los encantos de ningún enemigo ni ningún amigo, la de un tirano moribundo que es capaz de sobrevivir a los influjos de cualquier huracán venéreo, la de aquel que brinda al vacío con su copa resplandeciente y que es capaz de beber nostálgicamente el elixir del dolor. ¿Que hora es señora? la de un viajante que abre las puertas del infierno, con sus manos cansadas e inútiles, no pregunta nada a los centinelas porque no hay nada de lo que se hable en el mundo que no pase allá dentro. ¿Que hora es señora? la de mis manos ociosas y experimentadas, que dejaron una caricia inmortal en tu rostro, que nunca ha de borrarse por muchas calumnias y arrugas que hayan de poblar tu melancólico semblante. ¿Que hora es señora? es la misma en el cielo como en el infierno, porque lo sagrado de sus eternidades dispares conviven bajo el mismo techo, bajo la misma habitación y bajo la misma alma. ¿Que hora es señora? La de las olas que se levantan majestuosamente en el océano buscando despiadadamente antes de derrumbarse un sueño que nunca han de encontrar. ¿Que hora es señora? la de mis ojos áureos que son tan poderosos que son capaces de iluminar con su sensual luz paraísos que nunca han existido. ¿Que hora es señora? la de una carta herética que vuela aterrorizada hasta las mismas antípodas desde donde vives tú, sin que pueda jamás leerla. ¿Que hora es señora? la de unas montañas fantasmas de una isla maldita que estarán cubiertas para siempre por nubes negras y enfermas. ¿Que hora es señora? la de un volcán dormido, descansando en las tierras de los dioses más poderosos que nunca entrará en erupción. ¿Que hora es señora? la hora de las supersticiones y de los extravíos de las emociones, la de la alquímica droga del desierto, poco a poco la ilusión se derrite, y el desierto no es más que chorros de tinta estériles, de un cuadro que no se debería haber pintado jamás. ¿Que hora es señora? la de una serpiente mentirosa y más roja que la lava de cualquier volcán, que jugó de modo travieso con tu serpiente azul y antártica. ¿Que hora es señora? la de una máquina de fotografiar loca que no deja de disparar flashes a una escena que hace mucho tiempo que esta ahogada en la tierra fría y estéril. ¿Que hora es señora? la de una música fantasmagórica que se oye detrás de los muros de la existencia y que nunca podrá ser escuchada. ¿Que hora es señora? la de una puerta construida con el acero más frío de las emociones, que nunca podrá cerrarse con los lloros y gemidos del viento del destino. ¿Que hora es señora? la de una obra teatral inmortal que siempre será representada en tus frívolos sueños ocultistas, con los mismos personajes, las mismas voluntades y los mismos castigos. ¿Que hora es señora? la de un laberinto que no pudo ser atravesado en el pasado, y como penitencia por el dios del amor, cada una de sus infinitas bifurcaciones se multiplicó hasta el infinito sin piedad. Cada uno de los recuerdos que tienes de mi, es uno de los pasadizos de ese sensual y abismal laberinto, y se extiende hasta donde la imaginación te permite. ¿Que hora es señora? La de una bestia claustrofóbica que mira el mundo con una sensación miscelánea de terror y crueldad. ¿Que hora es señora? Pues la que ahora es en el mundo, las 2:15 del día 7 de junio del año 2006. ¿Y cual es esa hora señora? la hora de la verdad. ¿Y que es lo que dice la verdad incesantemente en tu noble corazón señora? que debes de olvidarme. Entonces le doy la espalda al mundo e incluso a todo lo que he dejado atrás, como si tan solo existiésemos tu y yo, devoro a tus ojos centelleantes y divinos como si estuviese mirando directamente al sol y te pregunto: la verdad, ¿Que es la verdad?.

LOS SUEÑOS Y LA MUERTE

Dormir es un acto intrínsecamente arriesgado, un equilibrio nefasto, un estado de conciencia, en que buscamos a la muerte persiguiendo inconscientemente a las señales subliminales de nuestro instinto. El alma se sumerge en un vacío agónico, una tranquilidad extasiada que no tiene parangón con el estado de vigilia. Dormir es como bucear en el océano de la muerte, palpando a ciegas nuestros deseos más secretos e imperceptibles. Es un juego sin reglas, un solipsismo hundido en la miseria, el muro de la realidad cambia constantemente de forma, incluso se desvanece por momentos. Es un viaje en que la abstracción, se convierte en un niño sabio que juega a dados con la muerte. El espíritu se siente impotente porque intenta domeñar a la nada, pero esta es una droga demasiado atractiva y adictiva. La nada es un espacio metafísico, que se encuentra más allá del lenguaje del alma, ya sea este de naturaleza racional o emotiva. Soñar es hacer acrobacias con símbolos, nosotros somos los artistas combinando como perfectos matemáticos de las emociones tales símbolos. Cada símbolo es una bola de un color diferente, en nuestros sueños intentamos mantener el equilibrio de nuestra psiqué, haciendo juegos malabares, con bolas de distintos colores. Soñar es un acto determinista de por si, pero tan solo lo es en cuanto a los fines( que son como horizontes que cambian constantemente de orientación porque así lo hace el foco de irradiación), pero en cuanto a los medios es de una naturaleza muy inestable y caricaturesca. Dormir es la más cruel de las guerras, porque no solo se batalla contra el mundo sino también contra el individuo en sí. No hay nadie a quien salvar, todo se tiene que destruir, en función de un anhelo ciego e inescrutable. En los sueños se produce la búsqueda del ego sagrado del individuo por antonomasia. El mundo onírico es como un pozo profundo, en donde yacen en las honduras de la psiqué, y de un modo atemporal, la voluntad originaria del alma y todas sus supercherías. Las distintas afirmaciones y negaciones a lo largo de nuestra existencia, tienen su lejano eco en esa abstrusa burocracia que dicta todos los mandatos, yaciendo como un muerto viviente en la tierra fría de nuestra alma. No solo es la tierra la que se traga la vida, también el alma es capaz de engullir a las palabras, con una precisión desconcertante, de un modo análogo a como lo hace la naturaleza con los seres vivos. Nosotros mismos programamos nuestros sueños, de la misma manera que programamos a los ordenadores, pero no interviene nuestro arbitrio de un modo directo, ya que es nuestra misma intencionalidad directa quien se programa a sí misma, todas nuestras intenciones superficiales, no son más que las fichas del tablero que se pueden sacrificar en cualquier momento, a voluntad de la naturaleza que ha programado nuestra compleja psicología. Y esa naturaleza tan lejana a la que me aferro contra viento y marea no es nada más que nosotros mismos en su parte más esencial. Los sueños no están directamente subordinados a los sentidos, sino al peso de la existencia, que se intenta reencarnar en la realidad en sus formas más retorcidas y paradójicas. Soñar es un viaje alrededor de una historia confusa, los pasos perdidos en el camino que vuelven con más intensidad que nunca. Soñar no es un hecho determinado por los impulsos del organismo, sino por esa voluntad ciega que nos persigue. Los sueños son opacos espejos de nuestras alienaciones, que navegan a la deriva, en el pozo de nuestra psiqué. Nuestros sueños son como muñecos de arena, obras de arte macabras que nacen de nuestra inspiración más intima. Esos muñecos han sido modelados a imagen y semejanza del dolor originario. Son fieras domesticadas por nuestros deseos más efímeros. Han sido construidos con la arena del desierto, y suelen derretirse sus abismales símbolos, bajo la perniciosa influencia del sol justiciero. Ese sol no se debe de interpretar en sentido platónico como la verdad que nos ciega, sino que es un sol irracional y caótico, el soberano de nuestra melancolía incomprensible. Esos titanes efímeros, luchan entre ellos, pues las distintas partes del alma se disputan el gobierno del destino. Soñar es cerrar los ojos en lo cotidiano y abrirlos en la nada. Abrir los ojos en la nada, es la máxima de las aspiraciones del instinto de muerte, es el contacto intempestivo con el ser supremo del mundo, con la más genérica de las sustancias. Dormir no nos causa nunca miedo por la costumbre, pero si meditamos acerca de ello de un modo imparcial, nos sobreviene un espasmo al averiguar, que el hecho de dormir no tiene otra función fisiológica y antropológica que prepararnos para la muerte. Dado que la muerte es un hecho que no necesita ninguna demostración, y es absolutamente apodíctico, imaginemos que sería de nosotros, si la evolución nos hubiese reservado otro destino, y estuviésemos siempre despiertos. ¿Que idea podríamos tener de la muerte?, ¿que otra metáfora podríamos utilizar para que la historia, la cultura y la literatura la representasen?.Una de las muchas funciones de nuestra vitalidad es prepararse para la muerte, lo hacemos mediante nuestros éxitos y nuestros fracasos, pues la muerte es un edificio irracional que no cesa de construirse a diario aunque no tengamos ninguna experiencia cercana gracias a la cual nos familiaricemos con ella. Los sueños y la muerte son almas gemelas, que se buscan en el firmamento de la poesía, y que solo pueden encontrarse durante un fatídico instante. ¿Porque no podemos aburrirnos mientras dormimos y en cambio cuando no hacemos nada en la vigilia el tedio se apodera de nosotros?, la respuesta es muy sencilla, porque solo podemos sentir tranquilidad en un estadio existencial que sea muy similar a la muerte. Todos aquellos que piensan que el alma puede desdoblarse del cuerpo( viajes astrales y demás pernoctaciones delirantes), cometen un craso error, porque cuerpo y alma son el mismo ser, lo que el cuerpo se diferencia del alma porque es el vestido inalienable de esta. No puede existir vestido sin cuerpo, ni cuerpo sin vestido. ¿Podríamos imaginar un sastre que diseñase un vestido sin tener conciencia de que existen cuerpos?. Por esta razón los sueños se pueden desdoblar del mundo, pero tan solo en el sentido de la interioridad, porque la interioridad es un motor psíquico que no cesa de desdoblarse con respecto a si misma. Los sueños no están tan alejados de nuestra monotonía como la mayor parte de los mortales piensa, sino que son los símbolos originarios de nuestra psicología que desean poder ser alumbrados en la realidad. Esos símbolos son como una semilla que pueden germinar en la tierra de nuestro intelecto. El sueño es intrínsecamente solipsista, por lo que queda desechada toda posibilidad de comunicación con cualquier otra alma, o con cualquier hecho que sea exterior a nosotros. Soñar es hundirse en sí mismo, por esta razón el hecho de morir representa hundirse de un modo tan profundo que no se puede volver nunca más. Los estados de éxtasis, no son más que un subliminal acercamiento a un viaje sin retorno. Las mortificaciones de los santos, no pueden tener otro sentido antropológico que esa perforación de los muros de lo cotidiano, en la cual el individuo descubre que en su interioridad no había tantas fronteras como concebía en un principio, pero a un mismo tiempo al tener un conocimiento tan introspectivo descubre que en esa inmensidad se aproxima sigilosamente el espectro de un futuro cadáver. La soledad no puede tener otro significado, que aislarse en nuestra celda solipsista, por este motivo, la soledad desgarradora, es uno de los preámbulos del suicidio y la muerte. Porque esa metáfora del hundimiento en sí mismo es aplicable de un modo igual de inteligible a los sueños, como a la soledad. La nada es análoga a la inmensidad de nuestra espiritualidad, esta es la causa de que esa sombra infinita en la que estamos sumergidos cuando dormimos, nos proporcione esa serenidad tan clandestina. Los sueños son libres, pero tan solo dentro de su cárcel. Aquellos que dicen adivinar el futuro mediante sus sueños, no lo hacen porque tengan la potestad de proyectarse más allá de sí mismos, sino porque descubren en ese vasto territorio onírico, conocimientos de la exterioridad que se encuentran desterrados en la idiosincrasia. Los sueños incentivan mediante su letargo, como si apretarán un botón que hiciera que nuestra alma tenga la potestad de metamorfosearse en un ser distinto, o siendo más precisos, con el componente eterno que esta integrado en nuestra condición mortal. El mundo del sueño es un esclavo a nuestra disposición, puede obedecer las órdenes más crueles y las órdenes más benévolas, tan solo es la idea de mundo la que puede poner límites a nuestros designios. Los sueños interpretados en sentido genérico son como amantes, que nos buscan en la penumbra y que jamás pueden localizar nuestro escondrijo. El fondo de los sueños ha sido creado por la naturaleza, y los personajes que vociferan en su interior son creaciones nuestras. La naturaleza pone la pantalla y nosotros ponemos las imágenes. Los personajes no dejan de idolatrarse a sí mismos y todo lo que les rodea, en ese escenario surrealista que es gobernado por ese dolor originario que no cesa de planear estrategias para poder sobrevivir a las emanaciones de su interioridad. Soñar es como subir unas escaleras fantasmagóricas que no llevan a ningún sitio, como si siempre pisásemos siempre los mismos peldaños y por un extraño juego de ilusionismo creyésemos que estamos ascendiendo dentro de nosotros mismos, sin embargo, la única verdad atemporal consiste en que el dolor originario no cesa de guerrear en campos de batalla diferentes a lo largo de nuestra biografía.

 





        
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