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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009
Agenda

RELATOS CORTOS

Juan Oliver

juanglot@hotmail.com


EL LAGARTO Y EL SOL

Hacía mucho calor, y los rayos de sol entraban por las puertas abiertas de mi casa como sublimes bofetadas del caos. Era un bochorno apocalíptico, parecía como si el asfalto de las calles fuera a derretirse con aquella ciega solemnidad de mediodía. Hubiera querido convertirme en piedra, que una extraña enfermedad desoladora me infectase, para que no pudiera moverme ni reflexionar. Mis carnes me quemaban, sentía un extravagante tedio, prisionero de aquel hastío perseguidor de multitudes y soledades. No pensaba en nada, mirando fijamente las frías sombras de la pared, absorto en una angustiosa espera de desconocida naturaleza. La melancolía había acudido clandestinamente a mis hundidos ojos, parecía yo mismo un espejismo sereno, fundiéndome en la sombría esencia del verano. Todo estaba quieto, la naturaleza parecía que era torpe y estaba cansada. No estaba ocupado en ninguna tarea, miraba la televisión sin escuchar nada. El presentador de las noticias, hablaba muy despacio, se ajustaba la corbata, y sus ojos parecían como una noria, persiguiendo muy lentamente las letras de las que se componía aquello que la cadena pensaba comunicar a la audiencia. Aunque hubiera prestado atención probablemente no hubiera podido comprender nada debido al pesado sinsentido de su disimulada retórica. Las agujas de mi reloj de pared, andaban muy lentamente, como si sintiesen vértigo al caer con parsimonia alrededor de la esfera. Mis pensamientos habían quedado enterrados prematuramente en algún desierto inaccesible de mi alma. No había ningún cómplice en el que confiar, aquel silencio veraniego había convertido a todas las esperanzas en piedras hacinadas a lo largo del camino. Era un luto que no podía encontrarse aunque se buscase con insistencia. Sobrevivir era posible en aquella vivencia hundida y ultrajada. Aquel día era como una batalla en que se desconocían los amigos y los enemigos. Estaba tumbado en el sofá y anclado en el tiempo, levitando en aquel cielo que había dejado de cantar la honda poesía de lo místico. Intentaba dormirme, pero una vigilia aburrida me encadenaba de modo subliminal sin que apenas pudiese oponer resistencia. La admiración no eran más que semillas que no habían podido germinar en las estériles tierras de mi intelecto, extasiadas por la nada. Aguarda impacientemente el airado viento de las conjuras, pero aquella brisa veraniega era tan débil que incluso se caía al suelo. Intentaba levantarse y proseguir su peregrinaje, pero aquel silencio omnisciente le obligaba a detener el infatigable motor de la naturaleza. La metáfora había quedado presa en el cielo, y yo apenas disponía de brío para poder rescatarla. Mientras tanto cerraba los ojos, e intentaba dormirme, pero las moribundas moscas buscaban insistentemente las partes desnudas de mi cuerpo como cripta. La historia de aquel interminable día  ya no podía escribirse con palabras sino con el silencio. Tenía mucha sed, pero me daba pereza ir a buscar un vaso de agua, llevaba toda la mañana enclaustrado en aquel sofá, sin apenas tener ninguna motivación ni fuerza para levantarme. No podía ni salvar ni asesinar a nadie, ni siquiera a mi mismo. Todos los personajes que aparecían por el televisor movían los labios como si intentasen ocultar un secreto terrible, como si ellos se estuviesen muriendo por dentro al igual que yo, infectados por aquella súbita enfermedad psíquica y colectiva, que había hecho acto de presencia, sin que ningún científico fuese capaz de darle una explicación convincente. Tal vez todo aquel dolor comunitario, no fuese más que un delirio de mi subjetividad, pero sentía como todo el mundo daba sus últimos estertores en mi interioridad. La fuente de la vida estaba a punto de agotarse, el espíritu, la llama en la que todos ardemos, parecía que estaba a punto de apagarse en el más desconsolador de los silencios. Una maldición que había sido predicha en tiempos de antaño por algún oráculo subterráneo parecía que estaba a punto de cumplirse. Hubiese deseado que mi casa se hubiese derrumbado, pero los cimientos de la vida todavía eran demasiado sólidos. Aquel silencio tal vez era creador, pero yo mantengo el credo, de que la vida siempre ha sido lo que ha sido y que ninguna religión, ni ninguna profecía hundida en el inconsciente colectivo es capaz de alterarla. No tenía fuerzas para poner lentamente los pies en el suelo, y caminar como un penitente espejismo, en aquel hogar hundido espiritualmente, estaba a la sombra de la vida, me cobijaba en su dolor y en su miseria. Hubiese querido gritar pidiendo auxilio, pero tan solo podía socorrerme aquel despiadado silencio, el mundo estaba resacoso, como si la embriaguez de la vida, estuviese dando los últimos suspiros en aquel valle de lágrimas incomprendido. Mientras intentaba ahogarme infructuosamente en mi ego lucido y trasnochado, podía ver como un modesto lagarto escalaba, como si de un deseo intangible se tratase, hasta llegar a caminar boca abajo por el techo. Lo perseguía con la mirada, con una obsesión pálida y augusta. Se movía con cierta prudencia, juzgando el mundo desde un sentido extinto, desde aquella torre de marfil donde todas las pasiones son contempladas desde la eternidad y por ello apreciadas como caricaturas de lo que nunca será o de lo que nunca ha sido. Aquel lagarto merodeaba por el filo de lo imposible, desafiando la lógica de las emociones y reconstruyéndolas bajo abismales perspectivas. El lagarto parecía que estuviese buscando algo pero no pudiese encontrarlo. Se había escindido de una lejana dimensión, y perseguía en los entresijos de aquel calor sofocante, lo que estaba perdido dentro de mí, pero no podía expulsarlo de mis pensamientos por muy sutiles que fuesen mis artimañas dialécticas. El lagarto estaba hundido dentro de aquel silencio, pero era el único que osaba intentar encontrar la salida dentro del mágico espejo de aquella enfermedad. Era obvio por el ascético e impasible caminar de aquel lagarto con patas arqueadas, que estaba acostumbrado a enterrarse dentro de la arena de mi desierto y de cualquier otro, por muy pocas promesas y religiones que habitaran en su intimidad. Sus ojos eran verdes, como una nube misteriosa que surca los cielos, como un agujero que puede catapultarte hacia otra dimensión. Sus ojos eran como un espejo de colores malditos, en el que quedan reflejados todo el odio y toda la miseria del mundo. Su caminar boca abajo era ceremonial, como si intentase conocerse a si mismo mediante un rito que hace mucho tiempo que fue segado de nuestra memoria. Aquel lagarto estaba acostumbrado al dolor ciego que causa el calor, a esa masa etérea y pura en donde se funden todas nuestras voluntades. Intentaba encontrar el camino, pero yo no podía guiarle, no estaba autorizado a prostituir mis secretos para que dejase que me desnudase por dentro. De repente aquel lagarto dio varios coletazos bélicos contra la pared, y como abogado del diablo y como enemigo del sol de mi desierto me dijo, sacando su lengua negra como el sueño más oscuro: -"He venido a robarte, pero no quiero que seas consciente de ello porque eres demasiado ingenuo, y cualquier vil latigazo del sinsentido podría vaciar tu espíritu, yo no soy un ladrón cualquiera, yo me dedico a substraer a las personas aquello que les sobra. No soy ningún salvador, mi oficio vital consiste en enseñar todos los edificios derrumbados, todos los cráneos y todas las cenizas. Deja que te robe clandestinamente, como si despedazase con mis dientes de reptil todos los negativos de tu memoria desdichada. Permite que entre en tu alcoba, y saque del armario aquello que no necesitas para nada, ya que tú no eres capaz de hacerlo, yo seré aquel que tenga que interceder". Yo le respondí en actitud altanera intentando ahuyentar a la perversa maquina del poder que intentaba despedazar, como una bestia hambrienta, a aquel rey de la poesía que fue coronado con laureles y que nunca podrá ser destronado: -"Trepa por la tapia e intenta llegar al cielo, huye muy lejos de aquí. El instinto de las enredaderas ha de conducirte hasta lo sublime, tú eres aquel que da pasos en falso en el vacío y no yo. Eres un carroñero de los sentimientos, intentas alimentarte de la sarna, pero no voy a prostituir mi memoria, para poder comprar una felicidad hueca e ilusoria. En parte me siento responsable de que tú existas, pero los pensamientos no están hechos de polvo y siempre existe algún lugar en algún manto de estrellas, en donde se refugian todos los sentimientos gloriosos del pasado. Huye de mi casa, trepa por la tapia del vecino y húrtale aquello que consideres pertinente. Tengo el poder de caminar aquella senda que me dicta mi espíritu, y no la de aquel presentimiento vital corrupto que es capaz de obedecer a la esclavitud del olvido. Tu, lagarto, tu calor, tu escalador, no eres una parte de mi mismo, tan solo eres una enfermedad mágica e inmortal, que entra en mi casa sin avisar, como lo hiciera un leve soplo de brisa". Aquella sana mortificación, que respondía con austeridad a los apocalípticos designios, de aquel emisario que quería matar a una parte de mi mismo, no tenía potestad para imponerse al ciego e omnisciente instinto de autoconservación. El lagarto podía escalar todo tipo de muros invisibles, pero no podía derramar la sangre más pura e inmanente, que galopa por mis venas a un ritmo desconcertante. No tengo sed de aquel reptil, tan solo tengo sed de la sed. El lagarto continúo guerreando con mis tentaciones en los siguientes términos: -"Deja que suba por la barandilla de la escalera, déjame que me pudra en las sombras de tu casa, déjame que perpetué a las razones exterminando a las sinrazones, el calor del sol es mi casa, por este motivo conozco todos los intrincados misterios de cada uno de los hogares. Entiendo el dolor y conozco el modo de operar a tu alma. Deja que abra el armario en donde guardas todos los vestidos de tu alma. Deja que me lleve todas aquellas sonrisas y todas aquellas lagrimas que no necesitas, substituyéndolas por otras que necesitas mucho más. Si no sabes lo que he venido a robarte, ¿porque arremetes contra mí con semejante insistencia?. Estas ansioso por conocer que es aquello que pretendo raptar de ti mismo. El calor te lo pide desde su locura, desearías poder levantarte y tirar una piedra para ahuyentarme. Pero yo soy mucho más de lo que eres tú mismo, por esta razón debes de proceder con cautela y dejar que entré en tu cautiverio, para sanarte discretamente sin que seas ni siquiera consciente del nuevo aroma del que voy a impregnar tu alma. El aire que respiras esta corrupto, deja por un instante que deje un vacío en tu alma, para posteriormente llenarlo con un aire más sano y más puro, estas deseoso que nazca esa pregunta de tus labios y que vuele como una mariposa multicolor hasta los confines del mundo, para redimirte de todas tus penas". El lagarto me desafiaba desde el techo, en cierto modo él era quien sostenía los cimientos de mi hogar, no parecía muy dispuesto a cooperar, pero él era el dueño de mi torre de marfil, y desde aquella atalaya desolada, él intentaba unir las distintas piezas de un puzzle de un pasado extraviado. Yo le respondí, levantándome del sofá, sin ningún disfraz, sin ningún perverso juego de identidades, con el dedo levantado en dirección hacía el cielo, acusando a las instancias burocráticas más nauseabundas que viven en él: - ¿porque habría de hacerte esa pregunta?, ¿es que acaso crees que aquello que es legitimo y aquello que es ilegitimo procede de la misma fuente de la vida?. No eres más que una mascara sin cara que anhela reencarnarse en cualquier rostro, para obligarle a hacer todos los gestos que considere oportuno. Tú eres el que esta perdido y no yo. Aléjate de mí, yo y el mundo estamos solos en esta guerra y tú no tienes ningún derecho a intervenir. Te has colado por alguna rendija en esta fiesta de sangre negra que no te pertenece. No eres tu el encargado de expiar mi dolor, porque el dolor se expía por si mismo sin necesidad de actores secundarios como tú. Mi sangre es demasiado inmanente y valiente y no tiene ninguna obligación de obedecer a tus tercas suplicas. Este baile, es un baile del espíritu, y el espíritu es inalienable. No existe ninguna senda recta, muchos caminos lejanos se transfiguran en uno solo, soy yo quien debo de enfrentarme a la paradoja de los únicos y de mi único origen. No eres ningún rey, tan solo el destino lo es. Aléjate de mi sin resentimiento alguno, porque eres tu quien debe de desaparecer y no yo". El lagarto fue la primera victima del sol y no yo. Se convirtió en piedra y se cayó al suelo. Acaricie aquella piedra, que conservaba la forma original del lagarto, pero ya no podía sentir sus escamas. Deje abandonada aquella estatua maldita en la calzada, mientras losltimos restos de su alma vagabunda se podrían bajo los ardientes abrazos de los infinitos rayos del sol. Murió como algo que nunca debía haber sido, como una necesaria tentación del destino que encuentra su verdugo en él mismo. Como un rey destronado, como un recuerdo y un olvido que nunca debían de haber nacido.


LA PIEDRA DEL RÍO

Caminaba a la orilla del río junto a mi maestro, cerca de las murallas de la ciudad. Era una mañana tranquila, los mirlos cantaban en las ramas de los robles, prestándome aquella embriaguez acústica a la que estaba acostumbrado. Nos habíamos levantado temprano, poco antes de que saliese el sol, siguiendo las huellas de una sabiduría que se escapaba a lo largo de ese camino lleno de ripios y de hierba frondosa. El maestro me despertó con el resplandor del candil y con su triste figura pernoctando, cerca de los alfeizares de aquella ventana en donde se reflejaba la luna llena. Entreabriendo los ojos, y bostezando con profundidad, le pregunté: - “¿que ocurre en medio de la noche?, ¿porque me despertáis a estas horas tan intempestivas?”. El maestro con su voz sosegada y parsimoniosa, en la que siempre me creía perder en la serenidad del cosmos me respondió: - “Tu sabiduría se ha perdido y hemos de encontrarla. La sabiduría no es como una montaña, que siempre permanece inmóvil a lo largo de las estaciones, y de todas nuestras esperanzas y derrumbamientos. Es como un río muy caudaloso, que arrastra todos nuestros recuerdos y se los lleva hasta el mar en donde necesariamente deben de fallecer. Es necesario que investiguemos tu alma, para saber en que punto del río descansa momentáneamente tu sabiduría. Tal vez se ha ido muy lejos de aquí, pues puedo ver tu aura, y ya no tiene el mismo resplandor que otros días. Una parte muy importante de ti, te ha abandonado, no puedo pasar por alto esta circunstancia, porque la ignorancia y el mal pueden secuestrarte en cualquier instante. Como maestro tuyo es mi obligación velar por tu alma noche y día, y así como los monjes rezan durante la noche, evitando que el viento apague las velas de los templos, así debo yo de sanar, lo que el tiempo se ha llevado y lo que todavía se encuentra allí”. Incorporándome del lecho, poniéndome la túnica y calzándome las sandalias, le pregunté mientras sus ojos me miraban ardiendo en la hoguera de la filosofía: - “Maestro, siempre habéis predicado que la sabiduría y el mundo son uno. Que las palabras y el alma siempre están vacías como un vaso vacío, y que ese vaso debe de llenarse encontrando a esa sabiduría imperecedera, que ha de ser inamovible como cualquier montaña o cualquier estrella. Siempre he seguido vuestras enseñanzas, intentando no torcerme nunca del recto camino. Y ahora os contradecís diciéndome que la sabiduría esta tan loca como la fortuna, y como el destino ciego. Si cada uno de nosotros debe de encontrar aquello que es o allá donde se encuentra, siguiendo el fluir del río, ¿cuando podrán descansar nuestras almas a salvo de las banales conspiraciones mundanas?, maestro, la sabiduría es una montaña y no la corriente del río, que nos lleva donde el caos quiere”. El maestro apagó la vela con un leve y apaciguado soplido, cerró las ventanas, y también la puerta, ante mi expectante y errante pensamiento, y cuando nos hubimos quedado a oscuras me dijo: - “si no hubiera ojos para ver el mundo, esté sería ciego y todos los seres vagarían en la penumbra, todo estaría permitido y no habría nada que ocultar porque nada podría verse. La bondad tan solo es aquella luz que permite que pongamos las cosas en su sitio. Si el mundo fuera oscuro como lo es esta habitación, ¿que sentido pudiera tener la justicia si nada se pudiera hacer, nada se pudiera conocer? Y ahora dime. ¿Serías capaz de deambular sin inmutarte por esta habitación sin chocar contra ningún mueble, o contra la pared, sin ni siquiera palpar con cautela, el territorio en donde pisas?”. Yo le respondí preocupado porque no podía ver el gesto de aprobación o reprobación de mi maestro: - “no”. Volvió a encender el candil, y observando aquel sereno y sabio rostro, escuché atentamente:- “el mundo y el alma son la misma sustancia. Sin embargo esa unidad originaria se dispersa a lo largo del cosmos, engañando a nuestros sentidos y a nuestra razón. Todo es un mismo ser, una única voluntad de vivir, una única perspectiva. Es como si un hombre se viera reflejado en una sala de espejos, y viera reproducida su imagen en innumerables formas. El hecho de que la voluntad originaria se haya escindido tan solo es una ilusión de los sentidos. En el trasfondo de todo lo que existe se encuentra una serenidad inalienable”. Yo le respondí: - “¿entonces no negáis que tiene que haber una verdad a partir de la cual se articula todo?”. El maestro cogió su báculo que se encontraba en la mesa, junto a los despojos de la cena de la noche anterior y me respondió: - “por supuesto estas han sido mis enseñanzas desde que te tomé por alumno, y deben de mantenerse firmes a lo largo de toda tu vida. Si ahora subscribiese la doctrina de que solo existe el azar, nunca podría ser tu maestro ni tu podrías ser mi alumno. Tiene que haber una única verdad, a partir de la cual se sostenga el pesado edificio de la realidad, en caso contrario ninguna enseñanza habría de ser mostrada. Recuerda que no solamente tu miras al mundo, el mundo también te observa a ti. Como te he dicho antes, todos somos una única persona que nos vemos reflejados en esa sala de espejos, pero todos vemos un rostro diferente del mundo, por esta razón todas nuestras voluntades son distintas y constantemente tenemos que llegar a acuerdos. Ahora tenemos que recorrer un largo camino, buscando a la sabiduría, siguiendo el caudal de ese río, para encontrar a tu alma, que ha quedado presa en él. Tu alma ha quedado presa en los espejismos que nos muestra el mundo, y no en la auténtica verdad que subyace en su interioridad inescrutable para la mayor parte de los mortales”. Mientras abríamos la verja, que comunicaba con la calle, y que separaba a los ascetas de los provincianos comunes, le interrogué en silencio como si temiese que nuestra huida fuese delictiva: - “¿no hemos de avisar a nadie de nuestra ausencia? El maestro frunció el ceño ligeramente como si mi inocente pregunta le importunase y me respondió: - “cuando la sabiduría se escapa, hay que ir a buscarla, no importa cuán lejos esté. Hay que sortear todos los espejismos malignos, y encontrar al único espejismo que nunca puede mentirnos: - “el de la buena conciencia”. No importan las opiniones de los demás, que tan solo suelen obstaculizar el recto camino, la verdad solo puede venir de nosotros mismos, y sino: ¿de quien puede venir? Cuando mañana el resto de los monjes, se den cuenta que hemos desaparecido, no tendrán ningún temor, porque les he dejado una carta, de mi mismo puño y letra, en la cual les comunico que nos ausentaremos”. Proseguí en mis preguntas, que aunque ingenuas eran las únicas que podían apaciguar el intenso zozobrar de mi espíritu: - “¿Cuánto tiempo necesitaré para recuperar la sabiduría, en nuestro viaje maestro?”. Cuando hubimos doblado la esquina, y nos hallábamos frente a la casa del comerciante, con la cual los monjes solían abastecerse de provisiones, el maestro me respondió: - “no lo sé. Tu mirada es mi cómplice, y puedo leer en ella como en un libro abierto, pero hace mucho tiempo que no te encuentro. Yo diría que ni siquiera tú te encuentras, no sabes hacía donde te diriges ni porqué. Nadie puede abandonar su alma, y tú lo estas haciendo, porque de la misma manera que los monjes podan el jardín para que no crezcan torpes enredaderas, tu has descuidado de ejercer de buen jardinero de tu alma. Tú estás abandonando el sentido del mundo. En la juventud siempre se intenta abandonar el sentido del mundo, pues habitualmente el sentido que tanto hemos intentado esquivar suele volver sucio y corrupto en la vejez. Yo quiero evitar que esto suceda, y nuestro peregrinaje espiritual a lo largo de este río en donde viajan las almas es el único ungüento que puede sanarte”. Aunque no comprendí bien sus palabras, asentí porque sabía que tenía la razón. Mientras tanto su hondo significado se forjaba con acero incandescente en mis entrañas. Importuné una vez más a mi maestro y le pregunté: - “¿porque nos ocultamos en la noche como fugitivos?, parecemos como lobos esperando alguna distracción del pastor para poder morder impunemente a sus ovejas”. El maestro bromeo para despistar a mis preocupaciones y me dijo: - “Existen ovejas que requieren más de un lobo que de un pastor”. Me reí a carcajadas puesto que sabía que hacía una alusión indirecta a aquel provincianismo tan degradante que se vivía en nuestra aldea. Poco después llegamos a las murallas de la ciudad, donde dos centinelas armados con sendas lanzas cruzadas entre sí, custodiaban la puerta que daba acceso al valle. Llevaban una armadura que pertenecía a una de las milicias más importantes de mi amada ciudad: “La de los legionarios aplasta- sombras existencialistas obscenas ”. Tenían el yelmo ornamentado con espinas, y un lagarto incrustado en el peto. Mi maestro se dirigió a los guardias y les dijo: - “yo y mi alumno debemos de salir de la ciudad. Apartad a un lado vuestras lanzas y abrid la puerta”. Los guardias estuvieron a punto de abalanzarse contra nosotros, para arrestarnos, pensando que éramos vulgares ladrones que pretendíamos huir de la ciudad. Mi maestro se dobló cuidadosamente las mangas de la túnica mostrando su tatuaje( era una serpiente roja, y solo los sacerdotes tienen la dignidad de llevar tal ornamento en su cuerpo) y al instante aquellos dos centinelas, se postraron a las rodillas de mi maestro suplicando su piedad: - “Lo sentimos mucho maestro, no hubiéramos podido imaginar que vos erais un sacerdote del templo”. Mi maestro ni siquiera se inmutó y con voz altanera les pidió: - “abrid inmediatamente la puerta”. Los guardianes obedecieron ciegamente, y cuando las primeras claras del día se cernían lentamente sobre aquella fortificación milenaria, mi espíritu se robustecía sin ser consciente de ello, al seguir los mandamientos prescritos por mi maestro. El sol estaba en lo más alto, como una verdad revelada desde tiempos de antaño, y en aquel valle húmedo, acariciaba sin apenas agacharme debido a mi reducida estatura, el rocío de aquella espesa hierba. Iba a dos o tres pasos de mi maestro, nunca se giraba para ver si me encontraba porque sabía que yo era quien lo tenía que buscar y no él a mí. Poco después llegamos al caudaloso río, y mientras observaba a una solitaria mariposa que sobrevolaba cerca de un charco de barro, le pregunté a mi maestro: - “¿Donde hemos de buscar mi sabiduría, hacía el este o hacía el oeste del río?”. Mi maestro me preguntó escuetamente: - “¿donde esta el mar?”. A lo que yo respondí: - “Hacía el este”. Proseguimos en esa ruta, y mientras observaba la corriente creía según las lúgubres leyendas que había escuchado en la aldea, que muchas veces podía escucharse la voz de los antepasados, y la confesión de horrendos crímenes si se escuchaba con atención el rumor del agua. La corriente estaba serena, y hubiese querido bañarme, pero no había venido a jugar, sino a encontrarme a mí mismo, y no podía contradecir las órdenes de mi maestro. Poco después el maestro me dijo: - “sentémonos y meditemos en silencio, imagínate que solo existe este río, húndete en su serenidad como si no existiese nada más en el mundo. Solo podrás escuchar el fluir de su agua, olvídate de todos tus otros sentidos”. Poco después mientras cerraba los ojos, vaciándome por dentro pensé: - “El mundo es uno, es imposible extraviarme”. Cuando estaba sumergido en un éxtasis que no había sido inducido por ningún capricho de la naturaleza sino por mi íntima comunión con ella, el maestro me interrogó mientras estaba en trance: - “ ¿ puedes percibir alguna piedra que la corriente arrastra?. Yo le contesté: -“No solamente una, sino muchas, cada una de ellas son deseos de personas que se perdieron en el tiempo”. A lo que el maestro me respondió: - “No son las piedras de las otras personas, la que debes de buscar sino la tuya. Esa piedra desaparecida es tu sabiduría, cuando la hayas percibido significa que habrás encontrado tu sabiduría, y que podemos volver al templo. Yo ahora voy al bosque a buscar frutas de los árboles para que podamos comer. En mi ausencia deberás de meditar, cuando vuelva comeremos”. Yo cerré los ojos, y continuaba sintiendo el fluir del agua y de la vida. Intentaba sumergirme en aquella verdad que subyace en todo lo que existe. Cuando el maestro se hubo retirado y estaba a solas junto al río, pude escuchar como la voz de una muchacha me llamaba desde la otra orilla del río. Hacía tanto tiempo que estaba con los ojos cerrados, que no me hubiera dado cuenta si hubiera habido algún duelo a muerte en el valle, o cualquier otro acontecimiento. Al principio me asuste, pensando en las supersticiones que se divulgan en la aldea. Creía en mi pueril y atormentada fantasía, que la voz de aquella muchacha no podía ser de otra naturaleza, que de ultratumba, pues tal vez fuese la de una muchacha muerta desde hacía muchos siglos que continuaba errando en la corriente del río. Estaba atemorizado y le resonó desde la otra orilla del río a los incrédulos oídos de aquella joven aldeana: - “Mancillado espíritu, no manches la pureza de mi alma, no quiero caer ante tus tentaciones y tu poder, asaltador de caminos proveniente del escondrijo de las ánimas errantes, ten piedad de mi, no evoques ningún conjuro porque todavía soy muy joven, y no podría resistir el hechizo de tus garras frías”. Las sonoras carcajadas de aquella muchacha, me hicieron encogerme, mi diminuta estatura se veía reducida aún más, cuando tras abrir mis ojos, descubrí que aquella aldeana de mi edad, me sonreía pícaramente y con complacencia, como si no comprendiese que un joven aprendiz de monje, que ha sido educado en el templo, bajo tan sabía dirección, creyese en las supercherías, que se divulgan en la aldea. Había ido al río a hacer la colada, pertenecía a la aldea vecina. Su pañuelo atado en la cabeza, junto a su coleta recogida, y sus ojos que despertaban en mí un espejo del mundo y de mi mismo que nunca había sido capaz de contemplar en ningún otro lugar, me sedujeron, haciendo arder mi inmadura llama. Hubiera querido nadar hasta el otro extremo del río, y abrazar a aquella muchacha, hasta que ya no quedaran más lágrimas en mis ojos. Yo le pregunté: - “¿Quien eres tu hermosa muchacha?”. Ella sonrió tímidamente, y me dijo: - “me llamo rosa”. Poco después compareció el maestro, y al descubrirme en actitud íntima con aquella muchacha, se sonrió en sus adentros, al adivinar que sus planes iban viento en popa. Poco después se fue sin querer interrumpir nuestro cómplice silencio, no sin antes de mencionar como última enseñanza: - “Veo que has encontrado la piedra que estábamos buscando en el río. Átala bien fuerte para que no se la lleve la corriente. Ahora has encontrado la sabiduría nunca la dejes escapar”. Cruce a nado los pocos metros que me separaban de la otra orilla, y poco después nos alejamos cogidos de la mano, bajo la protección de aquel pasillo de luz del bosque, como sabiduría que nunca se ha perdido, como pena que nunca ha existido…

EL FUSILAMIENTO

“¿Qué quieres gritar antes de morir?” me dijo mi sombra enfadada, creciendo desmesuradamente en la pared, como si fuese el niño insolente que vive en mí, que quiere despertarse prematuramente en una vivencia hostil que no esta hecha a su medida. Intento tranquilizar a mi sombra y le respondo: - “No solamente decimos lo que queremos sino lo que podemos”. Mientras tanto me servía una copa de güisqui con una mano, y con la otra encendía el puro que ya estaba en mi boca. Mi sombra crecía hasta los barrotes de mi celda, pero era igual de cobarde que yo, no quería ir más allá. Estaba muy asustada, no quería que los guardias me viniesen a buscar, pues mi destino irrevocable, era morir fusilado en el patio. Estoy aterrorizado porque mi sombra no incumple las estrictas normas de protocolo, tiene la burocracia impresa en su conciencia, y baila en la pared, como un niño asustado que teme que sus padres la castiguen por algo malo que ha hecho. La culpa de mi crimen se me escapa, no hay modo de encadenarme en la sala de torturas, aunque mi triste sombra cree que esa pesada mortificación, es la única redención posible. Mientras mi sombra corretea histéricamente en aquellos muros de piedra intentando buscar infructuosamente una salida, me dice muy bajo, para que ninguno de los guardias que custodian mi celda pueda oírlo: -“Solo una bala puede matarnos, la bala de dios. Dios obrará un milagro y desviará todas las balas del pelotón, para que tan solo pueda herirte la suya, la única sanadora, la única bendecida, la única santa…”. Interrumpí el beatífico discurso piadoso de mi sombra, hundiéndome lenta y pesadamente en el significado de mi mismo: - “si tanta fe, tienes en tu salvador, ¿Por qué intentas huir?, todo el transcurso de nuestra existencia no es más que una huida, y vosotros los cristianos queréis maniataros durante todos nuestros días, hasta que llegue el día supremo y mágico en que demos nuestros últimos estertores”. Poco después apareció una paloma, y se quedo posada cerca de los barrotes de mi celda. Había rechazado un confesor, alegando que no era cristiano, el alcaide fue condescendiente y no hizo más comentarios al respecto. Sin embargo paráclito en un intento desesperado por ordenar los asuntos terrenales y los divinos en una perfecta armonía, había venido a visitar a la turbia sombra del viajero. Extendiendo sus alas con una megalomanía galopante, y con un reflejo en sus ojos en los que mostraba el cansancio de lo divino, me dijo: - “Arrodillate e implora clemencia, tal vez aún puedas salvarte”. Yo le contesté: - “paloma sarnosa, has prostituido tu libertad para lograr que enfermen unos pocos y para que mueran otros muchos”. Dicho esto, le tiré una piedra, y mientras alzaba el vuelo, reía con cierto sarcasmo, volaba en dirección al cielo, para ver si todavía quedaban algunas almas inocentes a las que adoctrinar”. Me quedé sentado en la cama, estaba muy mareado pues el baile de aquella sombra estaba repleto de símbolos maléficos que tan solo los teólogos más sabios podían comprender. Hubiera querido dormirme, pero antes de morir tenía una última tarea que tenía encomendada:- “Hundir a mi sombra, hasta los abismos del significado para que no volviese a emerger nunca más”. Los guardias que me vigilaban constantemente, en un concierto abismal y monótono, rozando con sus porras los barrotes de mi celda, no cesaban de burlarse de mi aparente locura, y no cesaban de susurrarme en voz baja, como si creyesen que su profecía se pudiese mezclar con las desoladoras voces que escuchaba en mi interior: - “Mañana freiremos a un pollo esquizofrénico”. Yo no les prestaba atención, porque ya tenía suficiente trabajo intentando calmar la voluptuosidad religiosa de mi sombra. Poco después mi sombra se colgaba del techo intentando atravesarlo para huir por el tejado, mientras hacía estos esfuerzos inútiles decía: - “Dios sabrá protegerme condenándome, él es el único que no busca que encuentre una definición como persona, yo no tengo ninguna, todos sus mandatos son la fuente de la espiritualidad del cosmos, fluyendo sin cesar en los cuatro puntos cardinales”. Respeté el silencio de mi celda, y como no quise que se mezclase con los aterradores gritos de pánico que brotaban en mi interior, su espiritualidad quedo arrinconada, y exiliada momentáneamente en el cenit de mi pensamiento. Hilvanar mis palabras que como átomos sanguinarios intentaban destrozarse los unos a los otros, era el juego bélico más difícil al que me he enfrentado jamás. Poco después vinieron cuatro centinelas, y tras obligarme, a ponerme de cara a la pared, y de cara a un sol enfermizo que moría lentamente en el horizonte, me encadenaron los pies y las manos. Tan solo me quedaba atravesar el pasillo de la vergüenza, escuchando como mis compañeros de presidio me hacían los vituperios más insalubres e indecorosos: - “Espero que todas las balas te lleguen al cuerpo de un modo simultaneo para que mueras como súbdito de un dolor multiorgasmico”. Intentaba ignorar sus improperios, con el cinismo de mi semblante, que estaba a la altura de las circunstancias, y se fundía lentamente en ellas. Mi sombra me seguía por detrás y me decía: - “voy a redimirme, el dolor del mundo entra en mi y no quiero negarlo, solo a través de esta vía ascética podremos liberarnos. Dios tu tienes la llave del paraíso, me la habrás de conceder sin titubear en cuanto ese plomo pesado alcance todos los rincones de mi cuerpo”. Los guardianes sudaban en aquel escandaloso suplicio, me conducían hacía el patíbulo como autómatas, como si estuviesen programados, para que no hubiese ningún protocolo de mi ejecución que no fuese inexpugnable. Llegamos al patio, me ataron a un poste, y mientras el general leía los cargos que se me imputaban, podía ver como una fila de soldados, cargaba sus armas y desfilaba con precisión a las órdenes del capitán. Detrás de las alambradas había una multitud sedienta de sarna, que no cesaba de gritar convulsivamente:-“Muerte a los infieles”. El general me preguntó si tenía algún asunto que mencionar antes de proceder con la sentencia. Yo dije abandonándome en mi cinismo como un perro infectado por un tumor social incurable: - “Que mueran los provincianos, muerte a cada uno de ellos, con el arma más potente de los ateos, la del cinismo”. El general ordenó a los soldados que apuntaran. Las manos les temblaban sanguinariamente, se produjo un silencio apocalíptico, aquel público que se hacinaba en la calle, aguardaba impacientemente el estruendo de las armas para poder gritar con júbilo la sana ira de la justicia. El capitán gritó desde su silla, desde donde era testimonio y mandatario privilegiado de los acontecimientos: - “Fuego”. Mi percepción del tiempo se modificó ostensiblemente, pues podía ver como las balas navegaban en el aire, muy lentamente, y los griteríos de la plebe parecían como un eco incansable que nunca cesaba de repetirse, como un disco rallado que no puede pasar de la primera estrofa de la canción. Mi cuerpo estaba absolutamente rígido e intentaba desatarme, aprovechando aquel milagro, pero mí cuerpo iba al mismo ritmo que los acontecimientos, y ni siquiera podía gritar para expresar mi pánico porque mis labios apenas podía moverlos. Hacía fuerza con mis brazos pero estaba muy bien amarrado al poste, y además respondían de un modo anacrónico a mis órdenes. Alguien entre el público había podido desatarse de las férreas cadenas del tiempo, era un anciana que trepaba las alambradas como si de un demonio inquieto se tratase, yo era el único que podía seguirla con la reciente subjetividad de mi espíritu. Llevaba un saco en una mano, y con la otra trepaba con la agilidad de un simio, al parecer las espinas de la alambrada no lograban hacerle ninguna herida. Su cuerpo era inmune a todo tipo de agresión del mundo exterior. Yo lo miraba aterrorizado, pero no podía gritar, porque mi lengua y mi boca me pesaban mucho. Miré en dirección a los soldados y a las balas, y observé como estas se habían acercado hasta mí, se habían movido unos metros, pero todavía les quedaba recorrido hasta llegar hasta mí. La anciana se acercó hasta mi patíbulo, extrajo una paloma decapitada de aquel saco y tras mostrármela, me gritaba: -“esta muerta, esta muerta”. El pañuelo de aquella aldeana en la cabeza y sus harapos, llenos de rasgaduras, junto a la oriunda expresión de su semblante me causaban un temor indescriptible. Sus ojos estaban absolutamente vacíos por la locura, y sus arrugas se contraían en los más obscenos gestos. Poco después me dijo mirándome fijamente como si ni siquiera ella misma comprendiese lo que estaba diciendo: - “Paráclito esta muerto, paráclito esta muerto”. Depositó la paloma, a mis pies, mientras observaba aterrorizado como las balas, me rozaban el cuerpo, aunque todavía no habían llegado a mí. Mi sombra que se escapaba del poste hasta llegar a la alambrada le dio un ataque de pánico y no cesaba de susurrar con misterio: - “Sálvese quien pueda, dios ha muerto”. Aquel tremebundo espejismo agonizó y poco después sentía en una sensación apocalíptica como aquel plomo estallaba en mí. En un instante que antecedía a mi insoslayable muerte, sentía el griterío de aquella masa insaciable que se elevaba por encima de los patios de la prisión, y que hubiese jurado que había llegado hasta los suburbios más lejanos de la ciudad. Mientras cerraba los ojos escuchaba como el último eco de esta vida, el extasiado grito de un soldado: -“¿Que hace esta paloma sarnosa y decapitada yaciendo cerca de los pies del condenado?”. La anciana volvió a mezclarse entre aquel tumulto, su sonrisa maliciosa se confundía entre los histéricos berridos de aquellos provincianos, como alma negra que se mezcla en el inconsciente colectivo, como corriente de aire infernal que siempre esta en los momentos más críticos de la historia del hombre.

LLEGAS TARDE

Estaba absorto contemplando el mar y su recuerdo, sentado en un banco del paseo. Me encontraba escondido en mis recuerdos, quisiera devolvérselos al mar, pero desgraciadamente el mar y la mente son infinitos y se funden en una siniestra alquimia. Veía a los transeúntes, que caminaban lentamente, como si fuesen marionetas de un sueño que no era mío. Estaban muy lejos de mí, aunque accidentalmente nos habíamos reunido dentro de la misma entropía de calor, y de almas errantes. La arena de la playa estaba dorada, y el cielo era un desconcertante espejo de la historia de la humanidad. No tenía nada en los bolsillos ni en la cabeza, tan solo un triste monologo, que resonaba lenta y pulcramente en mi interioridad. Aunque mi batalla estaba teniendo lugar, en las antípodas de mi espíritu, aquel sol ceremonioso se fundía lentamente en mi soledad. Mi soledad estaba serena, perdiéndose en las inmensidades del mar. La melancolía me conducía hasta recónditos parajes y ni siquiera podía tener conciencia de ello. Era un camino que se tenía que recorrer con mucha fe y con los ojos cerrados. No era una búsqueda propiamente, sino un divagar errático, en el cuál, nunca podría encontrar una meta, ya que la cuenta atrás era eterna. Giré la cabeza en un acto irreflexivo, y perdida en aquella escena de teatro anónima, te encontré montada en tu bicicleta, con tu blusa cantona y exótica, con la mirada impredecible y una ebria sonrisa que la derretía el calor en mi sofocante imaginación. La bruma del pasado se acercaba lentamente hasta mí, como una angustia que ha sido arrastrada a la deriva en el vacío durante mucho tiempo. Nunca he sabido donde vives tú, porque eres un truco de ilusionismo demasiado sensual. Eres una lección que nunca se puede aprender, una locura que me acecha imperturbablemente, una carta que se extravío en un jardín abandonado y que nunca podrá llegar hasta los perversos oídos de la burocracia del cielo. Eres el talismán del mal y del bien, hundido en el pozo de mi alma, un tatuaje que nunca podrá borrarse por muchas metamorfosis que padezca mi visión del mundo. Tu sonrisa, es una carta que nunca podré jugarme, pero me la muestras mientras pedaleas en la lejanía con tu bicicleta, a pasos lentos y agigantados. Eres una sombra letal que se ha escapado del infierno, una flor de luto sagrada que me persigue constantemente con su adorable aroma. Mi sueño ya no solo esta dentro de mi, sino que también esta fuera, mezclándose intempestivamente en la secreta sinfonía de las olas del mar. Los despojos de una ambición que tuve en tiempos de antaño, se pasean delante de mi, íntegros y maduros, con un resplandor nostálgico y vívido. No tengo palabras, tan solo torpes miradas para que me rescates de mi enfermedad, el respirar negro del amor entra suave e intempestivamente en mis pulmones. Aparcas tu bicicleta, mientras yo me quedó atónito mirando hacía otro lado, como si no pudiese creer que aquello me estuviese pasando a mí. Le pones el candado, y te acercas hasta el banco desde donde yo te estoy odiando y amando con un furor exacerbado, como si hiciese tiempo que estuviese buscando aquella soledad que representa estar junto a ti. Tengo los ojos hundidos y vacíos, como si sintiese al ángel de la muerte demasiado cerca de mí. De pronto, mientras me sonríes de ese modo tan burlón y despiadado, intentó huir de ese desagradable regalo del diablo, tratando de hacerme uno con el mundo, pero tú eres el mundo, y por muchas acrobacias incomodas que haga, nunca podré llevarme ninguna porción del mundo por muy pequeña que sea sino estás tu. Me gustaría caminar discretamente, y abandonarte con pompa y esplendor, pero mi angustia esta demasiado cerca de mi, desde todas las perspectivas posibles. Mirando hacía otro lado, y moviendo mis envenenados labios, como si no estuviese hablando contigo, sino con un enemigo invisible que yace en mi interioridad y que nunca he podido abatir, te digo: - “¿cual es tu reino princesita? Te busco siempre sin querer encontrarte, en algunos sitios sagrados de mis sueños eres demasiado pequeña y en otros demasiado grande, no te puedo encajar en ninguno, pero sin embargo te busco en todos ellos. ¿Puedes decirme porque apareces siempre en mi pensamiento?, en todas las noches y los días, en todas las esperanzas y desesperanzas, en todas las alegrías y tristezas, en la sombra y en la luz, en el alma y el cuerpo, en el nihilismo y en la fe, en las estrellas y en los cuerpos en estado de descomposición, en las mascaras y en los rostros desnudos, en la vida y en la muerte”. Intento ofrecerte mi mano, pero mi mano tiembla demasiado, me levanto bruscamente, y no ceso de dar vueltas alrededor del banco, tu ahora estas sentada en él, y ocupas mi puesto soñando en el mar y su eternidad. Ahora tú eres la guardiana de los sueños de la vida, te he vuelto a ceder mi trono sin ser consciente de ello. De repente, hablas rompiendo un silencio de tantos años, y me preguntas: - “¿estas intentando preguntarme si te quiero?”. Dejo de dar vueltas alrededor tuyo, como una mosca que busca la miel, y me quedo firme como una estatua, quiero volver a recuperar el trono que me has arrebatado, pues tan solo tú puedes contemplas a través del mar y mis hundidas palabras, todos los amargos secretos de mi existencia. Desde mi mirada aparentemente vaciada de ira e indignada te pregunto: - ¿por qué habría de hacerte esa pregunta?, ¿es que acaso soy de aquellos que se enamoran de las causas perdidas? La tentación es un arma de doble filo, por un lado pretende que un eclipse le muestre placeres y verdades que no han existido nunca, y por el otro, quiere redimirse porque cuando el eclipse deje de iluminar a la inteligencia, el mundo necesariamente se verá inmerso en un caos que mortifica. Nunca te haré esa pregunta, aunque me persiga tu recuerdo hasta las galaxias más lejanas. Dejemos de hablar de banalidades tan sensuales, y cuéntame algo de tu vida, porque ya hace tres años que no sé nada de ti”. Ella, prácticamente sin inmutarse, tras contemplar el mar, reinándolo desde mi faro desde el cuál yo corrijo y enmiendo todos mis sueños, responde fríamente a mi pregunta: - “llego tarde”. Supongo que la interpretación más habitual a esta respuesta, es que intentaba herirme con una injuria, pero su respuesta no pretendía ofenderme, sino que era de una sutileza metafísica, de la cuál era consciente de su alcance, pero no podía adentrarme por completo en su significado. Estaba fría y serena, no se movía en absoluto, miraba el mar con atención y cautela. Yo le respondí observando en el espejo de sus ojos, todas las desgracias que estaban aconteciendo en mi mar, en mi reino…: -“¿a dónde llegas tarde?”. Ella me respondió abandonándose en un siniestro gesto demasiado complaciente, guiñándome su ojo de tigresa salvaje: - “no te lo sabría decir, pero voy a tener que coger la bicicleta e irme muy lejos, no intentes seguirme, las órdenes vienen de muy arriba, a partir de ahora tu te sentarás en este banco, porque no puede ser mío, ni tampoco de los dos”. Yo le respondí: -“ ¿ tardarás mucho en esa tarea que tienes pendiente?. Puedo esperarte todo el tiempo que necesites”. Ella me dijo, mientras se dirigía a la bicicleta, mientras la seguía como un pavo que solo tiene una pata: - “ Tal vez podría volver muy pronto pero no podría asegurártelo, aunque sería muy extraño que eso pasase. El lugar a donde voy es tan impredecible como siniestro, es un secreto que no podrías nunca comprender, ya que no logro entenderlo, ni yo misma”. Lloraba desconsoladamente, pero no creo que lo hiciese por algún temor, o por algún dolor insondable, sino porque algún grano de arena, había entrado de lleno en su pupila. Mientras abría el candado para poder marcharse, me decía: - “ tengo que irme, despídete de mi ahora, porque cuando me vaya estaré tan ocupada en llegar con antelación, al lugar que me ha sido asignado que no podré prestar atención a tus suplicas, ni siquiera podré escucharlas”. Yo le respondí asiendo fuertemente la rueda delantera de la bicicleta para que no huyese de un modo tan precipitado: - “dime adonde te arrastra tu dolor, tal vez yo pueda seguirte en ese expeditivo sendero”. Ella sin el más leve síntoma de alteración emocional, como si fuese una autómata que se hubiese programado a sí misma, obedeciendo los decretos de instancias inalcanzables, me dijo de un modo rudo: - “ llego tarde, ni siquiera puedo creer en lo que estoy diciendo, pero te puedo asegurar que estoy diciendo la verdad”. Parecía muy asustada, y yo no era el instrumento de su tormento o su molestia, tenía que obedecer órdenes pero no tenía constancia, de quien era aquel que mandaba. Le respondí muy preocupado: - ¿ a dónde vas?. Mientras me intentaba quitar la mano de la rueda, para poder acelerar en ese viaje sin retorno, dijo susurrando entre suspiros histéricos y malintencionados: - “ignoro adónde voy, cuando he de estar allí, cuanto tiempo he de estar allí, no sé si volveré muy pronto o si no retornaré nunca. No puedo darte una explicación más convincente, pero sé que estoy obligada a ir allí. Créeme las órdenes vienen de lo más alto de la pirámide burocrática, la culpa y el dolor me arrastran hasta allí”. Yo le dije muy flojo, como si el propio pánico por aquel destino insospechado no me dejase razonar, ni decir nada coherente: - “deja que te acompañe en ese baile apocalíptico hacia lo desconocido”. Entonces ella en una hábil maniobra, se escabulló, y pedaleaba tan rápido que a los pocos metros ya no podía seguirla, mientras gritaba con insistencia: - cariño, ¿dime a dónde vas?. Ella me respondió llorando, porque todavía le irritaba el grano de arena que había entrado en el espejo más sacrosanto del mundo: - “ no lo sé, no lo sé”. Poco después vi como se desvanecía, a lo largo del paseo, mientras sus gritos y sus lloros, cada vez eran más intensos, a medida que se encontraban más lejos. Desapareció como una carta fantasma que ha ganado en una partida de naipes sin haber sido jugada jamás. Mezclándose los últimos rastros de su visión, con aquel sol solitario y veraniego, que es capaz de tragarse todas las melancolías. Y aquellos bañistas, que llevando la toalla en sus hombros, se sonreían en sus adentros por mi escandalosa actitud, situados en un rincón de la playa envuelta en una misteriosa sombra causada por una aislada nube, que teñía aquella arena de un gris anacrónico e invernal. Todos los testigos de mi fracaso, se hacinaban en aquella sombra inmensa susurrando en voz baja, como si el chasquido de un látigo invisible se tratase, algo que no acertaba a comprender, por mucha atención que prestase. Mezclándose toda mi soledad y mi incertidumbre, en ese vacío que no deja de dar picotazos como ave de mal agüero.

EL SEÑOR TAUROLIVACIÓN Y LA CAJA DE CARTÓN MÍSTICA

Caminaba a la orilla del río junto a mi maestro, cerca de las murallas de la ciudad. Era una mañana tranquila, los mirlos cantaban en las ramas de los robles, prestándome aquella embriaguez acústica a la que estaba acostumbrado. Nos habíamos levantado temprano, poco antes de que saliese el sol, siguiendo las huellas de una sabiduría que se escapaba a lo largo de ese camino lleno de ripios y de hierba frondosa. El maestro me despertó con el resplandor del candil y con su triste figura pernoctando, cerca de los alfeizares de aquella ventana en donde se reflejaba la luna llena. Entreabriendo los ojos, y bostezando con profundidad, le pregunté: - “¿que ocurre en medio de la noche?, ¿porque me despertáis a estas horas tan intempestivas?”. El maestro con su voz sosegada y parsimoniosa, en la que siempre me creía perder en la serenidad del cosmos me respondió: - “Tu sabiduría se ha perdido y hemos de encontrarla. La sabiduría no es como una montaña, que siempre permanece inmóvil a lo largo de las estaciones, y de todas nuestras esperanzas y derrumbamientos. Es como un río muy caudaloso, que arrastra todos nuestros recuerdos y se los lleva hasta el mar en donde necesariamente deben de fallecer. Es necesario que investiguemos tu alma, para saber en que punto del río descansa momentáneamente tu sabiduría. Tal vez se ha ido muy lejos de aquí, pues puedo ver tu aura, y ya no tiene el mismo resplandor que otros días. Una parte muy importante de ti, te ha abandonado, no puedo pasar por alto esta circunstancia, porque la ignorancia y el mal pueden secuestrarte en cualquier instante. Como maestro tuyo es mi obligación velar por tu alma noche y día, y así como los monjes rezan durante la noche, evitando que el viento apague las velas de los templos, así debo yo de sanar, lo que el tiempo se ha llevado y lo que todavía se encuentra allí”. Incorporándome del lecho, poniéndome la túnica y calzándome las sandalias, le pregunté mientras sus ojos me miraban ardiendo en la hoguera de la filosofía: - “Maestro, siempre habéis predicado que la sabiduría y el mundo son uno. Que las palabras y el alma siempre están vacías como un vaso vacío, y que ese vaso debe de llenarse encontrando a esa sabiduría imperecedera, que ha de ser inamovible como cualquier montaña o cualquier estrella. Siempre he seguido vuestras enseñanzas, intentando no torcerme nunca del recto camino. Y ahora os contradecís diciéndome que la sabiduría esta tan loca como la fortuna, y como el destino ciego. Si cada uno de nosotros debe de encontrar aquello que es o allá donde se encuentra, siguiendo el fluir del río, ¿cuando podrán descansar nuestras almas a salvo de las banales conspiraciones mundanas?, maestro, la sabiduría es una montaña y no la corriente del río, que nos lleva donde el caos quiere”. El maestro apagó la vela con un leve y apaciguado soplido, cerró las ventanas, y también la puerta, ante mi expectante y errante pensamiento, y cuando nos hubimos quedado a oscuras me dijo: - “si no hubiera ojos para ver el mundo, esté sería ciego y todos los seres vagarían en la penumbra, todo estaría permitido y no habría nada que ocultar porque nada podría verse. La bondad tan solo es aquella luz que permite que pongamos las cosas en su sitio. Si el mundo fuera oscuro como lo es esta habitación, ¿que sentido pudiera tener la justicia si nada se pudiera hacer, nada se pudiera conocer? Y ahora dime. ¿Serías capaz de deambular sin inmutarte por esta habitación sin chocar contra ningún mueble, o contra la pared, sin ni siquiera palpar con cautela, el territorio en donde pisas?”. Yo le respondí preocupado porque no podía ver el gesto de aprobación o reprobación de mi maestro: - “no”. Volvió a encender el candil, y observando aquel sereno y sabio rostro, escuché atentamente:- “el mundo y el alma son la misma sustancia. Sin embargo esa unidad originaria se dispersa a lo largo del cosmos, engañando a nuestros sentidos y a nuestra razón. Todo es un mismo ser, una única voluntad de vivir, una única perspectiva. Es como si un hombre se viera reflejado en una sala de espejos, y viera reproducida su imagen en innumerables formas. El hecho de que la voluntad originaria se haya escindido tan solo es una ilusión de los sentidos. En el trasfondo de todo lo que existe se encuentra una serenidad inalienable”. Yo le respondí: - “¿entonces no negáis que tiene que haber una verdad a partir de la cual se articula todo?”. El maestro cogió su báculo que se encontraba en la mesa, junto a los despojos de la cena de la noche anterior y me respondió: - “por supuesto estas han sido mis enseñanzas desde que te tomé por alumno, y deben de mantenerse firmes a lo largo de toda tu vida. Si ahora subscribiese la doctrina de que solo existe el azar, nunca podría ser tu maestro ni tu podrías ser mi alumno. Tiene que haber una única verdad, a partir de la cual se sostenga el pesado edificio de la realidad, en caso contrario ninguna enseñanza habría de ser mostrada. Recuerda que no solamente tu miras al mundo, el mundo también te observa a ti. Como te he dicho antes, todos somos una única persona que nos vemos reflejados en esa sala de espejos, pero todos vemos un rostro diferente del mundo, por esta razón todas nuestras voluntades son distintas y constantemente tenemos que llegar a acuerdos. Ahora tenemos que recorrer un largo camino, buscando a la sabiduría, siguiendo el caudal de ese río, para encontrar a tu alma, que ha quedado presa en él. Tu alma ha quedado presa en los espejismos que nos muestra el mundo, y no en la auténtica verdad que subyace en su interioridad inescrutable para la mayor parte de los mortales”. Mientras abríamos la verja, que comunicaba con la calle, y que separaba a los ascetas de los provincianos comunes, le interrogué en silencio como si temiese que nuestra huida fuese delictiva: - “¿no hemos de avisar a nadie de nuestra ausencia? El maestro frunció el ceño ligeramente como si mi inocente pregunta le importunase y me respondió: - “cuando la sabiduría se escapa, hay que ir a buscarla, no importa cuán lejos esté. Hay que sortear todos los espejismos malignos, y encontrar al único espejismo que nunca puede mentirnos: - “el de la buena conciencia”. No importan las opiniones de los demás, que tan solo suelen obstaculizar el recto camino, la verdad solo puede venir de nosotros mismos, y sino: ¿de quien puede venir? Cuando mañana el resto de los monjes, se den cuenta que hemos desaparecido, no tendrán ningún temor, porque les he dejado una carta, de mi mismo puño y letra, en la cual les comunico que nos ausentaremos”. Proseguí en mis preguntas, que aunque ingenuas eran las únicas que podían apaciguar el intenso zozobrar de mi espíritu: - “¿Cuánto tiempo necesitaré para recuperar la sabiduría, en nuestro viaje maestro?”. Cuando hubimos doblado la esquina, y nos hallábamos frente a la casa del comerciante, con la cual los monjes solían abastecerse de provisiones, el maestro me respondió: - “no lo sé. Tu mirada es mi cómplice, y puedo leer en ella como en un libro abierto, pero hace mucho tiempo que no te encuentro. Yo diría que ni siquiera tú te encuentras, no sabes hacía donde te diriges ni porqué. Nadie puede abandonar su alma, y tú lo estas haciendo, porque de la misma manera que los monjes podan el jardín para que no crezcan torpes enredaderas, tu has descuidado de ejercer de buen jardinero de tu alma. Tú estás abandonando el sentido del mundo. En la juventud siempre se intenta abandonar el sentido del mundo, pues habitualmente el sentido que tanto hemos intentado esquivar suele volver sucio y corrupto en la vejez. Yo quiero evitar que esto suceda, y nuestro peregrinaje espiritual a lo largo de este río en donde viajan las almas es el único ungüento que puede sanarte”. Aunque no comprendí bien sus palabras, asentí porque sabía que tenía la razón. Mientras tanto su hondo significado se forjaba con acero incandescente en mis entrañas. Importuné una vez más a mi maestro y le pregunté: - “¿porque nos ocultamos en la noche como fugitivos?, parecemos como lobos esperando alguna distracción del pastor para poder morder impunemente a sus ovejas”. El maestro bromeo para despistar a mis preocupaciones y me dijo: - “Existen ovejas que requieren más de un lobo que de un pastor”. Me reí a carcajadas puesto que sabía que hacía una alusión indirecta a aquel provincianismo tan degradante que se vivía en nuestra aldea. Poco después llegamos a las murallas de la ciudad, donde dos centinelas armados con sendas lanzas cruzadas entre sí, custodiaban la puerta que daba acceso al valle. Llevaban una armadura que pertenecía a una de las milicias más importantes de mi amada ciudad: “La de los legionarios aplasta- sombras existencialistas obscenas ”. Tenían el yelmo ornamentado con espinas, y un lagarto incrustado en el peto. Mi maestro se dirigió a los guardias y les dijo: - “yo y mi alumno debemos de salir de la ciudad. Apartad a un lado vuestras lanzas y abrid la puerta”. Los guardias estuvieron a punto de abalanzarse contra nosotros, para arrestarnos, pensando que éramos vulgares ladrones que pretendíamos huir de la ciudad. Mi maestro se dobló cuidadosamente las mangas de la túnica mostrando su tatuaje( era una serpiente roja, y solo los sacerdotes tienen la dignidad de llevar tal ornamento en su cuerpo) y al instante aquellos dos centinelas, se postraron a las rodillas de mi maestro suplicando su piedad: - “Lo sentimos mucho maestro, no hubiéramos podido imaginar que vos erais un sacerdote del templo”. Mi maestro ni siquiera se inmutó y con voz altanera les pidió: - “abrid inmediatamente la puerta”. Los guardianes obedecieron ciegamente, y cuando las primeras claras del día se cernían lentamente sobre aquella fortificación milenaria, mi espíritu se robustecía sin ser consciente de ello, al seguir los mandamientos prescritos por mi maestro. El sol estaba en lo más alto, como una verdad revelada desde tiempos de antaño, y en aquel valle húmedo, acariciaba sin apenas agacharme debido a mi reducida estatura, el rocío de aquella espesa hierba. Iba a dos o tres pasos de mi maestro, nunca se giraba para ver si me encontraba porque sabía que yo era quien lo tenía que buscar y no él a mí. Poco después llegamos al caudaloso río, y mientras observaba a una solitaria mariposa que sobrevolaba cerca de un charco de barro, le pregunté a mi maestro: - “¿Donde hemos de buscar mi sabiduría, hacía el este o hacía el oeste del río?”. Mi maestro me preguntó escuetamente: - “¿donde esta el mar?”. A lo que yo respondí: - “Hacía el este”. Proseguimos en esa ruta, y mientras observaba la corriente creía según las lúgubres leyendas que había escuchado en la aldea, que muchas veces podía escucharse la voz de los antepasados, y la confesión de horrendos crímenes si se escuchaba con atención el rumor del agua. La corriente estaba serena, y hubiese querido bañarme, pero no había venido a jugar, sino a encontrarme a mí mismo, y no podía contradecir las órdenes de mi maestro. Poco después el maestro me dijo: - “sentémonos y meditemos en silencio, imagínate que solo existe este río, húndete en su serenidad como si no existiese nada más en el mundo. Solo podrás escuchar el fluir de su agua, olvídate de todos tus otros sentidos”. Poco después mientras cerraba los ojos, vaciándome por dentro pensé: - “El mundo es uno, es imposible extraviarme”. Cuando estaba sumergido en un éxtasis que no había sido inducido por ningún capricho de la naturaleza sino por mi íntima comunión con ella, el maestro me interrogó mientras estaba en trance: - “ ¿ puedes percibir alguna piedra que la corriente arrastra?. Yo le contesté: -“No solamente una, sino muchas, cada una de ellas son deseos de personas que se perdieron en el tiempo”. A lo que el maestro me respondió: - “No son las piedras de las otras personas, la que debes de buscar sino la tuya. Esa piedra desaparecida es tu sabiduría, cuando la hayas percibido significa que habrás encontrado tu sabiduría, y que podemos volver al templo. Yo ahora voy al bosque a buscar frutas de los árboles para que podamos comer. En mi ausencia deberás de meditar, cuando vuelva comeremos”. Yo cerré los ojos, y continuaba sintiendo el fluir del agua y de la vida. Intentaba sumergirme en aquella verdad que subyace en todo lo que existe. Cuando el maestro se hubo retirado y estaba a solas junto al río, pude escuchar como la voz de una muchacha me llamaba desde la otra orilla del río. Hacía tanto tiempo que estaba con los ojos cerrados, que no me hubiera dado cuenta si hubiera habido algún duelo a muerte en el valle, o cualquier otro acontecimiento. Al principio me asuste, pensando en las supersticiones que se divulgan en la aldea. Creía en mi pueril y atormentada fantasía, que la voz de aquella muchacha no podía ser de otra naturaleza, que de ultratumba, pues tal vez fuese la de una muchacha muerta desde hacía muchos siglos que continuaba errando en la corriente del río. Estaba atemorizado y le resonó desde la otra orilla del río a los incrédulos oídos de aquella joven aldeana: - “Mancillado espíritu, no manches la pureza de mi alma, no quiero caer ante tus tentaciones y tu poder, asaltador de caminos proveniente del escondrijo de las ánimas errantes, ten piedad de mi, no evoques ningún conjuro porque todavía soy muy joven, y no podría resistir el hechizo de tus garras frías”. Las sonoras carcajadas de aquella muchacha, me hicieron encogerme, mi diminuta estatura se veía reducida aún más, cuando tras abrir mis ojos, descubrí que aquella aldeana de mi edad, me sonreía pícaramente y con complacencia, como si no comprendiese que un joven aprendiz de monje, que ha sido educado en el templo, bajo tan sabía dirección, creyese en las supercherías, que se divulgan en la aldea. Había ido al río a hacer la colada, pertenecía a la aldea vecina. Su pañuelo atado en la cabeza, junto a su coleta recogida, y sus ojos que despertaban en mí un espejo del mundo y de mi mismo que nunca había sido capaz de contemplar en ningún otro lugar, me sedujeron, haciendo arder mi inmadura llama. Hubiera querido nadar hasta el otro extremo del río, y abrazar a aquella muchacha, hasta que ya no quedaran más lágrimas en mis ojos. Yo le pregunté: - “¿Quien eres tu hermosa muchacha?”. Ella sonrió tímidamente, y me dijo: - “me llamo rosa”. Poco después compareció el maestro, y al descubrirme en actitud íntima con aquella muchacha, se sonrió en sus adentros, al adivinar que sus planes iban viento en popa. Poco después se fue sin querer interrumpir nuestro cómplice silencio, no sin antes de mencionar como última enseñanza: - “Veo que has encontrado la piedra que estábamos buscando en el río. Átala bien fuerte para que no se la lleve la corriente. Ahora has encontrado la sabiduría nunca la dejes escapar”. Cruce a nado los pocos metros que me separaban de la otra orilla, y poco después nos alejamos cogidos de la mano, bajo la protección de aquel pasillo de luz del bosque, como sabiduría que nunca se ha perdido, como pena que nunca ha existido…

LA MÁQUINA DE AJEDREZ

Congregaron a todos los compañeros de mi club de ajedrez, para que se celebrase una asamblea de carácter extraordinario. El gran maestro nabosikov de elo 2733 FIDE, primer tablero indiscutible en el Cataluña por equipos, Había patentado un nuevo androide que haría las delicias de todos los aficionados al ajedrez. Todos los socios pertenecientes a nuestra hermandad ajedrecística se mostraron incrédulos, cuando recibieron por correo certificado, el diseño del robot, junto a sus meritos y habilidades, y los intrincados planes empresariales, para poder patentar su proyecto con garantía en el mercado. Invitaba a sus tocayos de juego, a que se convirtiesen en accionistas, para poder sufragar los gastos de un androide que había de cambiar el rumbo de la historia del ajedrez para siempre. En un arrebato de genio y de locura, como suele ocurrir en todos aquellos científicos que se adelantan a su época, decidió revolucionar el método de entrenamiento para aprender a jugar correctamente al ajedrez. Ya no sería necesario ni consultar libros de aperturas, analizar partidas, resolver problemas o indagar en las bases de datos. Mezclando conocimientos de mecánica, ingeniería, física, matemáticas, robótica y (y e aquí el ingrediente perdido en esta exótica combinación, en esta suculenta receta científica) sexualidad, consiguió diseñar un androide muy eficiente, y con los atractivos sexuales más voluptuosos, inspirados en infinidad de lecturas de la revista de divulgación social y tetera playboy, que era capaz de convertir al individuo más oligofrénico en una auténtica eminencia del ajedrez. Fueron muchos los años que se pasó en el laboratorio, investigando y perfeccionando su proyecto, pero finalmente tuvo su justa recompensa. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos, sino que procedamos paso a paso, no expondré ninguna ventaja venérea y ajedrecística de su patente, hasta que no exponga con detenimiento, la primera vez que fue presentada en público. Nos reunimos en la sala de juntas, todos estaban expectantes, sentados en una mesa redonda, aguardando a que aquel científico extravagante y cabaretero hiciese su triunfal aparición. Todavía no habíamos llamado a ningún sponsor, ni a ningún representante del ayuntamiento, porque aquel científico borracho y víctima de una esquizofrenia galopante, tal vez había engañado a unos cuantos inversores ingenuos para poder pagar a sus horteras concubinas, para poder ampliar la luctuosa bodega de su hogar, o simplemente porque había oído voces que le pedían que estafase a la gente, con su retórica alada e inexpugnable, para poder entregar sus concupiscentes ganancias a unos extraterrestres que vivían en una dimensión paralela a la nuestra. Perderse en las elucubraciones de aquel lunático no era recomendable para atender a nuestra salud intelectual y emocional, sin embargo su desorbitante expediente académico, junto a sus inventos tan inútiles como ingeniosos según algunos, no eran moco de pavo. Cuentan que la locura es la llave para poder entrar en el paraíso de la ciencia y la literatura, y por esta razón decidimos reunirnos, aunque no teníamos grandes esperanzas al respecto. Todos los allí presentes, nos habíamos servido una copa, porque tal y como nos anunciaba nabosikow en su carta de correo certificado, habíamos de hacer un brindis, en cuanto compareciese Monique. Así era como había decidido bautizar a su singular invención. Habíamos sido convocados a las 16 horas y llegaba medía hora tarde, algunos de los accionistas del club habían desalojado la sala, porque estaban hartos de su impuntualidad y su falta de profesionalidad de cara a los compromisos sociales y ajedrecísticos del club. Sin embargo el resto de los asistentes decidimos aguardar en actitud estoica, pensando en la honesta muerte de Seneca, pues permanecer sentados una hora más, era indoloro en comparación al desgarramiento de las entrañas de la que fue víctima aquel cónsul y abogado. Cuando nuestra paciencia estaba a punto de reventarse como un globo que cede ante la presión atmosférica, o como un pene que tiene su virilidad a punta de huevo como se diría coloquialmente, nabosikow abrió repentinamente la puerta, como si pretendiese asustarnos. De hecho era un amante del espectáculo, pues en su niñez había trabajado en un circo. Había abierto la puerta con mucho arte, como si se tratase de una aparición, o de una corriente de aire fantasmagórica. Su indumentaria era la de siempre, un bigote largo y descuidado, una bata de laboratorio blanca y que apestaba porque no se la había lavado en muchas semanas, debido al insomnio causado por sus desvelos en los distintos campos del mundo de la ciencia, su corbata verde, y sus pantalones de astronauta que lucía en las discotecas más freaks o en los clubs de carretera más decadentes. Interrumpió nuestro silencio cómplice y prácticamente autodestructivo con respecto a los intereses de nuestra comunidad ajedrecística con el siguiente discurso: - “ disculpad el retraso pero hoy monique estaba muy depresiva, pues la he programado para que se sienta como una mujer de verdad y cada 28 días se cree que tiene dolores menstruales. Después me arrepentí de haberla programado así, y le cuento que esos estímulos tan dolorosos no son más que batería oxidada que le pasa por su coñito, pero es muy terca, yo creo que es demasiado mujer, pero ya sabéis todas las obras de la naturaleza deben tener sus defectos porque sino nunca podrían ser perfectas”. El presidente se levantó bruscamente de la silla, e incitó a los demás socios para que emulasen su conducta, y dijo visiblemente irritado: - “ nos importa una mierda que monique tenga la regla, es una robot y debes de programarla para que haga cálculos y reciba órdenes. Las sutilezas metafísicas de su virtual feminidad no las tenemos en consideración. Nosotros hemos invertido nuestro dinero, en una robot que instruya a su dueño para jugar al ajedrez, no para que te haga una buena mamada, para eso ya tenemos a nuestras esposas”. Aquello se convirtió en un repentino murmurar y cuchichear de ovejas desvalidas que ignoraban el alcance metafísico del descubrimiento científico del gran maestro. Nabosikow llevaba una bolsa de plástico de un supermercado, y sacó de dentro un tablero de ajedrez electrónico, que depositó frívolamente en la mesa, respondiendo a las inquisidoras miradas de aquellos desconfiados contertulianos. Intentó calmar los ánimos de los ajedrecistas y les dijo: - “ este tablero esta sincronizado con el pensamiento concupiscente de monique. Cuanto más caliente se pone Monique mejor juega al ajedrez, ya que procesa datos más rápido y consigue una mayor precisión en sus jugadas. Para monique la sexualidad es un estimulante, pues es capaz de pensar en 1 millón de combinaciones simultáneamente, con un solo estímulo sexual( por ejemplo que alguien le de una suave palmada en su trasero), cuantas más hormonas femeninas libera( un simulacro de las humanas), mayor es su profundidad de calculo y análisis. Este tablero es como un ordenador central, y monique es su base de datos, ambos estan conectados por intranet. Todas las aperturas son jugadas por el ordenador en función de la libido de monique. Cuando monique esta muy cachonda juega aperturas abiertas como la escocesa y no hay quien la gane. En cambio cuando se encuentra en estado frígido juega aperturas muy aburridas y cerradas, como la holandesa. Sea como sea, se sienta cachonda o frígida siempre os ganará, cuando juega aperturas cerradas por aburrimiento y cuando juega aperturas abiertas por exceso de libido. Os advierto que he programado a monique para que siempre salga de dama ya que es una androide muy feminista, pues es sabido por todos que salir de dama siempre ha sido muy agresivo. Los que salen de rey no son más que los machistas calzonazos, por esta razón Monique siempre responde con la defensa francesa”. Tras averiguar la conexión causal entre la sexualidad y el mundo del arte combinatorio aplicado al ajedrez, prosiguió en sus aclaraciones: - “ ahora Monique esta aparcando el coche, esta a punto de llegar, cuando haya traspasado el umbral de esta puerta retadla, os aseguro que no ganará nadie”. Uno de los accionistas preguntó: - “hay algo que todavía no entiendo. ¿ quien coño juega al ajedrez Monique o el tablero?”. Nabosikow tras suspirar con aburrimiento prepotente les dijo a sus camaradas: - “ juegan los dos, ambos están dotados de la misma inteligencia artificial, pero monique es la que dice a la parte racional del programa lo que hay que jugar. De la misma manera que son nuestras emociones las que dictan a nuestra razón lo que tenemos que hacer( recordad la retórica de Aristóteles), monique que es la parte sexual y emocional del programa en su conjunto ordena al sistema entendido en un sentido absoluto lo que hay que jugar”. Uno de los contribuyentes pensando en la parte más comercial de su lucrativa inversión preguntó: - “¿ Monique esta buena?”. A lo que Nabosikow respondió: - “es un compendio estético de todas las fulanas que han posado para playboy, no tiene nada imperfecto salvo que por dentro en vez de huesos tiene metal, pero apenas carece de importancia, porque esta muy buena. De todos modos esta programada para fornicar tan solo con aquellos que están interesados por el ajedrez. por este motivo esta androide tan solo es recomendable para los grandes maestros porque si alguien no entrena un mínimo de 6 horas diarias junto a unos progresos demostrables, no se deja tocar ni el pelo. Yo mismo que estoy en la élite mundial, tan solo me deja que le haga un polvo al mes, es una androide muy exigente, no solo le gustan los hombres con aspecto dionisiaco, sino que tan solo permite que la toquen las eminencias mundiales en el mundo del ajedrez. cada día jugamos 10 partidas, a un ritmo de 1 hora finish, pero tan solo le puedo ganar una vez al mes, y ese es el único polvo que cree ella que merezco. De todos modos yo creo que me deja ganar, porque de alguna manera ella también tiene necesidades de follar”. Se produjo una queja gregaria y generalizada ante el elitista discurso de Nabosikow. Los accionistas allí presentes empezaron a dar caceloradas como en argentina en la época del desfalco, o como en la retorcida estafa piramidal de los malditos sellos. Fueron a la cocina del club y sacaron todas las cacerolas, formándose una concienzuda e improvisada manifestación en la sala de juntas. El presidente, y varios vocales gritaron al unísono, como si hubieran ensayado la réplica provinciana a los corporativistas intereses de Nabosikow: - “ queremos una androide que se deje tocar por todos y no solo por los grandes maestros, que se deje ganar para que no aniquile la moral del usuario”. El científico cabaretero intentó calmar la reticencia de los accionistas del proyecto “ Monique”: - “ahora mismo vendrá y cuando seáis testigos de su radiante belleza, y de su carácter profundo e incomprensible, os enamorará a todos en un grado tan elevado, que os pondréis a entrenar al ajedrez como autómatas con la finalidad de ganarla aunque solo sea una vez”. Todos enmudecieron y le concedieron el beneficio de la duda hasta que no hiciese acto de presencia Monique. Mientras tanto Nabosikow ponía las fichas en el tablero y apretó un botón que se situaba cerca de A1 para poder ponerse en contacto con Monique. El tablero no tenía nada de particular, salvo que todas las piezas eran de un diseño muy elegante y talladas con artesanía, y que el tablero brillaba con intensidad, pues estaba adornado con piedras preciosas. El científico loco, encendió a aquel autómata, y le preguntó a la libidinosa androide: - “ Monique, ¿ donde te has metido?, todos mis colegas de la junta, estamos reunidos desde hace un buen rato, pero que tu que eres la indiscutible protagonista no te dignas en comparecer”. Todos escuchamos la sensual voz de Monique: - “ cariño no me importunes, estoy haciendo las compras, he visto una tienda de ropa y no he podido evitar entrar. Además todavía no he encontrado el vestido adecuado para presentarme ante estos caballeros”. Nabosikow interrumpió a Monique: - “ sabes de sobra que estás como un tren, no seas tan tímida y rezagada y enseña tus encantos sexuales y ajedrecísticos a todos los accionistas. Ya sabes que te prometí que ellos podrían financiarte una operación de labios y tetas”. Uno de los vocales se quejó: - “ nosotros nunca prometimos nada de eso”. Pero su displicente comportamiento fue anecdótico, la belleza de Monique era algo demasiado importante como para ponerse en plan tacaño. Monique les dijo: - “Diles que esperen, todavía tengo que probarme muchos modelos y no se que comprar”. Nabosikow intentó justificarse: - “ las señoritas siempre mandan ya sabéis, quiere impresionaros, deberíais sentiros complacidos, mientras esperamos podemos catar la parte matemática y combinatoria de mi proyecto”. Los ajedrecistas allí presentes, no dieron importancia a la demora porque estaban acostumbrados a jugar a ajedrez para suplir las deficiencias sexuales. Nabosikow programó a aquel autómata para que jugarán partidas rápidas a un ritmo de partidas relámpago, para que todos los asistentes pudieran tener la oportunidad de batirse en duelo con aquella colosal máquina. No obstante les advirtió: - “recordad que este programa esta directamente conectado con el cerebro de monique, y que aunque no este aquí presente, es como si jugaseis con ella. Ahora misma en la mente de la bestia cibernética se están planteando las partidas, que vosotros le proponéis. Pero ahora Monique jugará al máximo rendimiento, ya que se esta probando diferentes modelitos de faldas y blusas, y cuando se hace abluciones ante el espejo no hay quien la gane. Cuando ella vuelva recordará todas las partidas y os las comentará con sumo gusto”. El primero en probar suerte fue el presidente que tenía 2150 ELO FIDE. Fue derrotado a la jugada 12, tras recibir un fulminante ataque sobre su enroque. Sucesivamente probaron los jugadores allí reunidos, pero nadie pasó de la jugada 20 sin haber de abandonar por honradez. No había nadie que pasase del medio juego y que llegase a un final aunque fuese con pieza de menos. La máquina se ensañaba de lo lindo con los conocimientos ajedrecísticos de los accionistas. No había modo de defenderse o de intentar cambiar piezas para hacer tablas, la máquina jugaba con tal agresividad y contundencia, con tal perfección y adiestramiento, que resultaba imposible plantarle cara. Solamente hacía jugadas perfectas, estaba conectado a tantas bases de datos de partidas de este siglo y de revistas playboy que era una quimera vencerla, ya fuese en el plan espiritual o en el plan matemático. Cuando todos habían resultado humillados por la asombrosa potencialidad de calculo de aquel automata con turgentes tetas, se resignaron a lo inevitable. Se habían cruzado con la mujer perfecta, la que estaba más buena y la que jugaba mejor al ajedrez, aunque se tratase de un androide. Sintieron que su orgullo viril había sido vencido por una mujer, aunque lo mejor estaba por llegar, puesto que todavía no habían conocido en persona a Monique. Poco después todos se sentaron abatidos en sus respectivos asientos de la sala de juntas, sudando la gota gorda, siendo víctimas de una pesadilla deleznable, de un castigo genético abominable, de una maldición que pesaba sobre sus torpes mentalidades falocéntricas, de una herencia lejana en el instinto que se había convertido en mujer y que no solamente había castrado a su mendrugo sino que también a su mente. La humillación era algo tan grande y tan pequeño a la vez como un tablero de ajedrez. Nabosikow intentó calmar la derrota viril de los accionistas: - “ no os preocupéis, yo tuve que hacer muchas renuncias para convertirme en un gran maestro. Ya desde pequeño era un niño prodigio, y la urss me utilizó en la guerra fría contra los americanos para descifrar los códigos secretos de la CIA. Me instalaron en un cuartel militar, me ataron a una silla, y no me dejaban ir a hacer pis hasta que no había dado mi opinión acerca de los maquiavélicos planes bélicos de los americanos. Todos los niños de mi edad que eran considerados en el ajedrez como Joselito lo fue en el cante, procuraban explotar sus potencialidades intelectuales al máximo. El comunismo me enseño a triunfar en el ajedrez y cuando lo conseguí, el comunismo desapareció junto a mis abismales éxitos. Cuando era un crío me llevaron a un laboratorio y me pusieron electrodos en el cerebro, me manipularon con la jodida propaganda comunista, pero me siento satisfecho por ello. El comunismo me enseño a ser un genio como él mismo lo es, aunque las jodidas envidias de los americanos acabaran con nuestra anhelada política. Pero ahora no es momento de contaros mi vida, tan solo quería informaros que no tenéis que sentiros unos desgraciados porque no sois unos grandes maestros como yo”. Se creía que era una víctima porque era un genio, y lo llevaba demasiado interiorizado en sus gestos megalomanos, palabras malgastadas, proyectos vacíos, y una ciencia que no cesa de fluir desperdiciando constantemente los logros imposibles. Antes de que cantará el gallo apareció monique, con tres botones desabrochados con su correspondiente escote de infarto, unas faldas más cortas que las gimnastas a las que tanto amaba stalin, con unos ojos azules como una droga sublime e impredecible, con unos labios que no cesaban de repetir, sin moverse en absoluto:- “ quiero que despegue tu cohete comunista en mi agujero negro”( por supuesto no se le había informado acerca de los fallidos planes de la estación espacial de la antigua unión soviética. Las mentiras históricas eran esenciales para su adoctrinamiento). Poco después dijo: - “ os enseñare las tetas en plan patriótico, si me conseguís unas tablas. Y si me conseguís ganar os dejaré que me folléis todos a una como los de fuenteovejuna. Venga viejos verdes, moved las fichas como solo vosotros sabéis hacer”. Aquella soberbia diosa con los cabellos rubios, puros, inmaculados, como una hermosa puesta de sol en el kremlin, le dijo a Nabosikow de un modo impredecible, ante una satisfecha sonrisa de todos los accionistas: - “ lo siento cariño pero hoy tendré que bajar mi nivel de juego, no forzar mi talento en absoluto, contigo es diferente porque eres demasiado soso en la cama, pero adivino que estos caballeros necesitan de mi compañía como yo necesito de la suya. Me gusta que me acosen, me gusta sentirme sucia, y este es el momento propicio para que mis encantos hagan las delicias de todos estos camaradas, lo siento papi, pero voy a tener dejar de lado mi reputación, mis sacrificios, mis celadas, mi perverso juego combinatorio, para poder aliviar a mi más que necesitada feminidad”. Nabosikow babeaba como un perro rabioso y le dijo al resto de sus compañeros de club: - “ parece ser que este androide necesita una reprogramación, dejadme que le haga unos ajustes, ¿ alguien tiene un destornillador para que le haga una trepanación a monique?, el cliente no estará contento porque nunca aprenderá a jugar a ajedrez, si Monique se lo pone tan fácil”. Los jugadores, sintieron como una mosca envenenada y célibe intentaba colarse por sus narices, y evitaron la profanación de los ritos exóticos de la secta ajedrecística en los siguientes términos: - “como no te calles te vamos a apalear como a un perro, los androides deben tener su libre albedrío y no deben actuar como unos condenados autómatas”. Dicho y hecho entre cuatro lo amarraron en una silla de pies y manos, y le taparon la boca con un pañuelo para que no pudiese gritar. Monique estaba muy triste porque no podía soportar que maltratasen a su papi, pero los asuntos de estado son los asuntos de estado, y siempre son más importantes que los intereses familiares. Alguna que otra lagrimita de acero oxidado se derramaba en sus blancas mejillas, tan pálidas como la nieve de la dulce madre Rusia. Su papi le decía: - “ acuerdate de paulic morosaw que denunció a su padre para salvar la honra de la madre Rusia, en este caso no es aplicable esta historia para el orgullo nacional, porque tu papi te ordena que ganes a estos desalmados y no te dejes tocar ni un pelo, porque sino cuando volvamos a casa, te castigare sin cena y te iras directamente a la cama jovencita”. La androide comunista le dijo: - “En paulic morosaw estaba pensando precisamente traidor de la patria. Cuando volvamos a casa papi, te iras a dormir al sofá y a mi me dejarás tu mullida cama, tal vez lleve a algunos caballeros que estan aquí presentes”. Pero Nabosikow no pudo decir nada a su bomboncito comunista porque ya había sido amordazado, intentaba gritar pero el pañuelo era un muro demasiado sutil y surrealista. Poco después empezó la temida partida de ajedrez que irritaba tanto a la bilis alcohólica de Nabosikow, desgastada por ese vodka de importación. Un portavoz al azar de los allí congregados dijo: - “ las damas eligen, ¿que prefieres blancas o negras?”. Monique dijo que prefería las blancas porque aquel era el color nebuloso y sincero de su patria. Se puso el tablero en el centro de la mesa, y todos sus contrincantes se arrinconaron en la pared, para convertirse en un comité que tenía que cantar la correspondiente jugada a su representante que se situaba en el otro lado de la mesa, para que aquella partida tuviese fríos aires aristocráticos. Monique quería volver a la época de los zares en que todavía mandaba Nicolas II. La mesa era amplia, y cada vez que monique tenía que hacer una jugada, tenía que estirarse, y sus tetazas bailaban ante la entusiasmada mirada de todos los ajedrecistas. Desde el muro de fusilamiento en donde todos estaban hacinados, que hubiera hecho las delicias del instinto sanguinario de Stalin, todos miraban desde un ángulo distinto e igual de sublime las enormes tetazas de Monique. Jugaban sin reloj, porque Monique creía que era demasiado duro para aquellos hombres que además de pensar en la correspondiente jugada tuviesen también que pensar en sus turgentes tetas. Nabosikow había sido exiliado a siberia tal y como le había acontecido al protagonista de crimen y castigo y a todos los desterrados del régimen Stalinista. Se encontraba atado en un rincón de aquella sala, llorando desconsoladamente por el corazón bimotor de Monique. O mejor dicho por su corazón infinito-motor. Empezo la partida con un extraño p4td. Monique dijo: - “lo siento quería jugar la sokowsky pero me he equivocado de peón, pero supongo que no se puede rectificar porque estamos jugando entre caballeros- acompañando estas palabras con una sonrisa burlona y maliciosa”. La réplica de los ajedrecistas fue p4r, Monique respondió con t3t y dijo: - “ ignoro si este sacrificio de calidad esta en mi base de datos, pero siempre hay que innovar”. De hecho a la jugada 14 llevaba torre de menos y una pieza, y aunque hubiese jugado desde entonces con toda la fuerza de sus circuitos no hubiese podido evitar la derrota, pero aún y así ni siquiera lo intentó. A la jugada 18 abandonó cuando estaba a punto de recibir el temido jaque mate. Felicitó a los allí asistentes por su inmortal partida, con la cual se habían alzado con la victoria, contra la androide que mejor jugaba al ajedrez en los cinco continentes. Cumplió con lo prometido, se descordó la blusa, se quitó el sujetador, y enseñó las tetas en plan patriótico a todos los ajedrecistas, que tenían el mendrugo más duro que un pan que no se ha comido en dos semanas. Dejo que todos amamantasen las tetas con grandes y suculentos pezones de la madre patria, ante la impotente mirada de Nabosikow que murmuró en sus adentros: - “ niña malcriada cuando volvamos a casa te encerraré en tu habitación, y te castigaré encerrada durante una semana entera. No tendrás tu paga semanal durante todo un año”. Poco después cuando todos hubieron satisfecho sus necesidades mamarias con orden y disciplina tal y como corresponde a todo ejército comunista, se bajo las faldas, se quito las bragas, se puso en posición en la mesa, y le dijo al pelotón de fusilamiento que podían ejecutar la sentencia cuanto antes. Todas las pistolas dispararon contra sus nalgas, hasta que no quedaron más balas en la irritada y vaciada recamara. Poco después se vistió, y les dio un beso a todos los ajedrecistas, todos la amaban con fuerza porque hacía mucho tiempo que no echaban un polvo tan bestia, ella se dejo querer para aplacar los exaltados sentimientos de aquellos aguerridos soldados. Dejo que todos la abrazasen con ternura, hasta que sus sentimientos pudiesen florecer en su jardín triste y abandonado. Todos la amaban con fervor y la aplaudían con lágrimas en los ojos. Cuando se hubo aplacado la ira sexual de los accionistas del proyecto Monique, desataron a Nabosikow que no dejaba de maldecir a diestro y siniestro, ante las descojonantes carcajadas de todos los allí presentes. Como clausura de aquel concilio ajedrecístico, de aquel conclave lujurioso y despiadado, el presidente preguntó a Nabosikow que no cesaba de aporrear a la pared como un tigre enjaulado: - “ No lo comprendemos, ¿ seguro que este androide sabe jugar tan bien al ajedrez?, ¿como es que ha jugado tan mal?, ¿ porque se ha dejado ganar?”. Nabosikow respondió mirando a monique como si tuviese la peste: - “ estúpidos esta mujer no es una androide y no tiene ni puta idea de ajedrez, es yoli, mi vecina del cuarto que se ha ofrecido como voluntaria en la presentación de mi proyecto. Lo único que vale la pena en este invento es el programa que hay en el tablero único en el mundo, que no lo puede ganar, ni una máquina ni un humano, en la puta faz de la tierra”.

EL ATERRIZAJE O LA METAMORFOSIS DEL PEREGRINO

Miro como se mueve el ala derecha de mi avion,percibo agudas turbulencias,el destino se mueve a marchas forzadas en mi estomago. siento una extrana inspiracion apagada,la luz y la tierra ya no son las mismas.mi mirada expectora,como si fuese una fuente de retorcida nicromancia.veo a los pasajeros,alineados en tres filas,su idioma desconocido se funde en la esencia de la claustrofia,mientras sus rostros lentamente adquieren rasgos mas prominentes y desmesurados,como si la creatividad de sus gestos, se despertara en la incierta burocracia de toronto.el comandante, abre subitamente la cabina del piloto,y se manifiesta desde lo mas hondo del pasillo,descolgando el auricular,y hablando a los pasajeros con esa desconcertante tranquilidad, a la que la monotonia anonima nosd tiene acostumbrados.las calles y las carreteras, paulatinamente van adquiriendo visibilidad, a medida que el avion pierde altitud, como si sus contornos y sus bifurcaciones,que tanto deliran en su inteligibilidad en las alturas, se convirtiesen en un hondo misterio, que tan solo puede ser desvelado en el aterrizaje. el sol ha envejecido mucho, aunque sabe disimular perfectamente su senectud y su oscuridad, porque la tarde no ha caido de su zozobrante cuerda. veo todos los caminos, aunque mi inmaduro ojo todavia no ha aprendido a discernirlos, tan solo puede apreciar la intensa luminosidad de su enigma, que penetra como un ladron en un hogar desguarnecido, a traves de un cegador rayo de sol, viejo y atormentado, colandose en la ventanilla.siento, como si durante el transcurso del vuelo, me hubiesen operado los ojos, sin que hubiese sido consciente de ello, como si la anestesia me la hubiesen inyectado mediante esas voces anonimas y extranjeras, esa claustrofobia que danza como una milenaria estatua de hielo, y ese sol que se mueve como una mosca moribunda en el firmamento resistiendose a envejecer. aquel intenso rayo de sol que se reflejaba en mi pupila metamorfoseada, provenia del inquietante sol moribundo, aquel inmenso ojo amarillo en donde nace la buirocracia. las turbulencias han cesado, la pista de aterrizaje esta preparada para recibirnos. el comandante da la bienvenida a todos los pasajeros, sean conocidos o desconocidos, a la ciudad de toronto. me escuecen mucho los ojos, apenas puedo abrirlos, y mis oidos son como un muro que no cesa de crecer en mi ciudad espiritual. cuando el avion se ha detenido por completo, los pasajeros se desbrochan los cinturones, y como robots que han vuelto a su patria, vuelven a sincronizar sus gestos, como si fuesen un reloj que vuelve a ponerse en hora cuando su mecanismo vuelve a captar aquella burocratica luz del sol. no me atrevo a abrir los ojos, aquel rayo de sol era portador de una siniestra enfermedad y aunque soy consciente que la he contraido todavia no soy capaz de enfrentarme a ella. bajamos de a bordo, por las escaleras del avion, mientras la tripulacion se despide personalmente de los pasajeros, que desfilan haciendo gala de un orden y una discrecion, anhelada por cualquier invisible burocracia. mi mimetismo y mi cansancio, me obligan a emular a los robots, pero por mis gestos y mi mal disimulado asombro, pueden adivinar a simple vista que soy un extranjero. tras pisar tierras canadienses...

CONVERSACIÓN CON UNA LÁMPARA

A veces creo sentir un extraño caudal de vida inteligente, en el destello de la lámpara que se encuentra frente a mi escritorio. Vela por una inteligencia, que aunque marchita y desertizada, crece con improvisados fines en los albores de mis sueños poéticos. Es una lámpara convencional, aunque baila en éxtasis junto a mi pesado insomnio nómada, haciendo gala de unos bailes salvajes e irracionales en la pared. Mi lámpara, es un pesado oráculo de la poesía, aquella que lleva las riendas de un carro, que vuela clandestinamente en un cielo tormentoso. Poco antes de intentar conciliar el sueño, le pregunté antes de apretar el interruptor a modo de ceremonia de clausura: - “¿ que es aquello que siempre va y viene a lo largo de nuestra existencia, pero que nunca se atreve a llamar a las crípticas y nubladas puertas de nuestra alma?”. La lámpara entró en trance, y empezó a parpadear, sentía como si hubiese encendido el ordenador a través del cual nos vigila, aquel lejano y olvidado dios. Empezó a mecanografiar con la luz, que nacía de su bombilla azulada y escribió en la pared: - “ ¿ es ahora cuando te has dado cuenta de la fugacidad de la vida?, ¿ es ahora cuando ese siempre anacrónico presentimiento ha cobrado vida y te ha conseguido atar con sus férreas cadenas?”. No me gusta que respondan a mi pregunta, con otra pregunta, pero la máquina del azar siempre obra prodigiosos milagros desde las profundidades, y por esta razón, decidí aceptar con resignación, los caprichos de aquella lámpara. Mirándola con tedio, y rozando la bombilla como si fuese un prestidigitador que quiere apagarla con la mente, y siguiendo aquel banco de niebla que nos lleva a lo inescrutable, le respondí: - “ yo solamente soy uno de los viajantes de tu mundo, y no me da miedo no ser más que una piedra invisible en tu edificio eterno, ¡Oh arquitecto de la eternidad y del aburrimiento!”. La lámpara que jugueteaba mientras se enroscaba y desenroscaba la bombilla para conseguir un efecto de iluminación más fascinante, me dijo: - “Incansable viajero, aquello que siempre viene y vuelve, no es un mero juego de palabras ocasional, es aquella fuerza inagotable que siempre emerge de las profundidades, es aquello que siempre has querido pero nunca ha podido o no ha sabido mirarte a la cara, infatigable peregrino, siempre que te mires en el espejo milenario del deseo nunca encontrarás a ese siniestro compañero en tu viaje”. Se me derramaban gotas de sudor plateadas de mi frente, y desembocaban en mis arrugadas mejillas, como testimonio de aquella batalla ciega contra un enemigo invisible y de impredecible naturaleza. Hice definitivamente un alto en el camino, en mi peregrinaje espiritual, porque había de estar sereno para conversar con el poder más ciego e irracional de la vida, encomendándome al silencio le dije: - “Viejo amigo y enemigo, quiero encontrarte en esta penumbra, no me importa cuán destructor y creador puedas ser, dime si es verdad la leyenda que cuenta que eres capaz de destruir todas las puertas, para que todos mis pensamientos se puedan comunicar armónicamente entre sí”. La lámpara levitando en los aires, bailando al ritmo frenético de mi angustia, me escribió en la pared: - “ yo no soy aquel visitante que aguardas desde aquella primera vez que lloraste al nacer, yo solamente soy dios, y poco puedo darte. Ese visitante que viene y vuelve y que nunca has llegado a conocer, es esa misteriosa fuerza de la vida que te incita a cometer los mayores crímenes y las mejores acciones. Ese visitante es mucho más intenso que el espectáculo de la vida, porque es aquello que le da sentido”. Me levanté de la silla, y cogí con furia a la lámpara para volver a colocarla en su sitio, porque no podía permitir que dios hiciese ostentación de aquellos bailes apocalípticos, mientras mi meditación escultórica intentaba encontrar a aquel desconocido visitante. Le pregunté a la lámpara mientras la sostenía fuertemente para que no se intentase escapar: - “¿Vive ahora mismo en mi ese desconocido visitante?”. La lámpara, o mejor dicho aquella espiritualidad anónima de dios que se había escapado de su trono, que había ejercido de maestro sin que me hubiese percatado de ello, utilizando la pared como pizarra, me respondió: - “ por supuesto que sí, porque tan solo cuando el hombre se cuestiona acerca de las preguntas más metafísicas de su existencia, comparece irremediablemente, porque nunca puede resistirse a las preguntas filosóficas. Cuando no eres consciente de tus actos es la misteriosa sombra que te gobierna”. Yo le pregunté gritando con el esplendor de las campanas, aunque probablemente mis gritos no eran escuchados en la tierra de los dioses: - “ dime quien es ese visitante, quiero llamarlo por su nombre la próxima vez que se hospede en mi alma, aunque tú eres el más inútil entre todos los dioses que existen porque eres el único, tienes que saberlo”. La lámpara no pudo resistir aquel intempestivo éxtasis y se fundió, quedándome a oscuras en mi habitación. Aunque ya no me quedaban intermediarios con el más allá, le pregunté a ese clandestino visitante: - ¿Donde estás?, ¿Que he de hacer para poder encontrarte?

EL PROFETA DL ABSURDO

Soy el profeta del absurdo. Me crucificaron hace tres años, en la duna de este desierto, y desde entonces nadie ha encontrado el camino que conduce a mi cruz. No puedo obrar ningún milagro y bajar de mi cruz, porque no hay ningún dios que me proteja salvo el de mi soledad. Vivo en un día eterno, pues el cielo como si un burdo decorado de teatro se tratase nunca ha cambiado. Me he aprendido todas las nubes de memoria, y hasta le he dado un nombre a cada de ellas. Como si nadie viviese en el cielo, como si todos los amigos y enemigos que siempre he creído que residen allí, hubiesen convertido al paraíso en un lugar desolado y arruinado por el olvido, por haberlo abandonado mucho tiempo atrás. El sol, a quien he bautizado como el perverso guardián de mi condena, permanece quieto, como si fuese un inmenso ojo dorado que siempre me vigila. La cálida brisa y los granos de arena acarician a mi moribundo cuerpo, y soplan hacía el infinito. Todo lo que acontece en este desierto es cíclico, como lo es mi sufrimiento. A veces suelen hacerme compañía unos cuervos que suelen resguardarse del bochorno, en la perversa sombra de mi cruz. Suelen alimentarse del riachuelo de sangre que se derrama de mis muñecas, y que se precipita poco a poco en la tabla. Raras veces suele mezclarse con la arena del desierto, porque los cuervos siempre están al acecho del derramamiento de mi sangre nihilista. Todavía no he podido dormirme nunca, porque siempre he sentido la necesidad de pisar constantemente las huellas del pasado, para que no puedan borrarse nunca. En mi cruz hay una inscripción que reza: “Aquí yace el soberano de la inspiración maligna”. En este desierto no existen más crucificados, porque todas las condenas suelen ser incomunicables. Ya no temo al pasado, sino a la eternidad, que se va forjando lentamente en mis ojos impúdicos y lunáticos. En este desierto no hay estaciones, sino el eco de un lamento eterno. Aunque hubiese un terremoto, un ciclón o un huracán, nunca caería al suelo, porque mi cruz esta fija en el suelo como una estaca. Los cuervos, en ocasiones suelen posarse en lo más alto de la cruz, y me dicen: - “majestad, ¿nosotros seremos por los siglos de los siglos los únicos que tendremos derecho a probar tu cáliz negro?”. Yo siempre les respondo:- “Claro que podéis cuervos de linaje remoto, vosotros sois los más eminentes sacerdotes, los que lleváis a cabo todas las ceremonias de mi religión solipsista, con el consentimiento de la esencia de la naturaleza de este desierto. Nadie puede superaros en bellaquería, podéis quedaros a beber mi sangre maldita, hasta que vuelva otra vez aquí, esta brisa ardiente que me esta azotando ahora mismo”. Los cuervos graznaron aterradoramente y me repitieron al unísono en una inmortal exclamación: - “¡señor, vos sabéis mejor que nosotros, que el reino de este desierto no tiene límites, y que aunque volásemos eternamente hacía el norte o el sur, nunca podríamos encontrar las huellas de ningún mortal. Esta brisa que acaricia con perfidia la palidez de vuestro rostro, tan solo volverá cuando seáis un cadáver, y os hayamos comido toda vuestra carne”. Yo siempre suelo responderles: -“sabéis que mi carne esta envenenada y que moriréis por indigestión en cuanto queráis devorarme”. Los cuervos se asustan cuando profiero tales amenazas y empiezan a revolotear histéricamente alrededor de mi cruz, en un siniestro baile, como si se quisiesen comer los últimos restos de mi sentencia que todavía pululan por el aire. Cuando me siento tranquilo, y con el corazón robusto, suelen quedarse dormidos a la sombra de mi cruz. Suelo escuchar como en sus abominables pesadillas, suelen repetir las mismas consignas: - “algún día ocuparemos tu trono, enterraremos la cruz y tu putrefacto cuerpo en algún rincón secreto del desierto, y nos proclamaremos soberanos del desierto”. Cuando mis sacerdotes sueñan, es cuando suelen ser más crueles, porque cuando están despiertos, tan solo me faltan el respeto de vez en cuando. Todo desierto tiene que tener su religión, todo desierto tiene que tener sus ministros, sus traiciones, y sus asesinatos secretos. Cuando los cuervos sueñan, un vapor sacrílego suele nacer de sus plumas negras, como si su alma ruin quisiese darse un paseo alrededor de las inmensidades del dolor. Sin embargo cuando su aura enferma, se cansa de su peregrinaje, debe de volver irremisiblemente hasta sus cuerpos. Los cuervos duermen en la sombra de mi cruz, porque es el único lugar de culto, el único lugar en donde pueden escucharse los lamentos del mundo más remotos. Mis sacerdotes no tienen la finalidad de curar mis heridas o de aliviar mi megalómana nostalgia, sino la de convertir mi cruz en mi hogar. Mi casa son dos inmensos tablones, en los que descanso con las muñecas y ambos pies atravesados, de hecho mi ser, se ha convertido en la purgación de un delito, que como no tiene esencia alguna, ni se puede explicar en modo alguno tampoco puede ser redimido. Mi alma se ha reencarnado accidentalmente en el cuerpo de un profeta, porque aunque realmente no sea un profeta, sí que soy un continuo emanar de la sustancia del mundo, que no puede ser otra que la del dolor. Los cuervos no conocen mi auténtico secreto, porque huelen en mi sangre blasfema el dolor, y por esta razón confunden lo que no tiene nombre, con lo que debe ser necesariamente un profeta. El desierto no tiene ningún profeta, pero los cuervos han sido adoctrinados para que tengan fe en todo aquello que el calor derretido mezcla en su obscena esencia. Los cuervos respetan mi cuerpo, y no me picotean, porque creen que soy un Mesías, tan solo toman mi cáliz en recuerdo de una felicidad y un paraíso que nunca existió. Si pudiera rasgar el cielo, podría traspasar la frontera que separa a la realidad de la ficción, pero la droga del sufrimiento me impide bajar de mi cruz y pedir a los cuervos, que me lleven hasta lo más alto, como si fuesen ángeles redentores, para romper la lona de aquel cielo alegórico. Sin embargo, en el transcurso de nuestros días, ¿ que hay aparte de una lisonja sin sentido?. Los cuervos conocen mi mirada demasiado bien, saben que les miento, pero también saben que si algún día puedo salir de mi desierto, ellos morirán, porque la ilusión del desierto se desvanecerá junto a ellos. También sé que si algún día pudiese dormir, el demonio del desierto se reencarnaría en mí, y mi conciencia que es lo único que no esta manchada en esta batalla celestial, se corrompería para siempre. En cierta ocasión, un cuervo me susurró al oído: - “ ¿ no ves una sombra de mujer que se acerca en el horizonte de tu visión?”. Me quedé perplejo y como si sintiese que me volviesen a clavar en mis muñecas aquellos clavos con aquel martillo sagrado, en aquella postura de sumisión a la terrorífica verdad, le respondí al cuervo: - “No me salgo de mi asombro, su sombra es mucho más colosal que la de mi propia cruz”. Era cierto, la vi subir aquella inmensa montaña de arena, con una destreza desconcertante, como si fuese alguien que esta acostumbrada a caminar en las doradas arenas de mi desierto. Cuando llego a la cima, podía verle borrosamente su hermoso rostro, mientras un suspiro helado, se convirtió instantáneamente en vapor al salir de mis labios. Ella me miró de un modo indeciso, aunque sin el menor síntoma de compasión, y me preguntó: - “¿todavía sigues allí crucificado?. ¿Eres consciente que llevas viviendo este sueño enlutado desde hace tres años?”. Yo le respondí, mientras sentía que un grano de arena había entrado en mi ojo: - “Nadie ha venido a liberarme, porque nadie puede hacerlo, solamente tú, solamente una palabra tuya puede hacer que este desierto se convierta en un florido valle. Solamente tú, puede hacer que mi mundo se despierte de su atroz pesadilla. Por favor, ayúdame a bajar de esta cruz, solamente tú, puedes romper el espejo encantado de mi soledad. Libérame de este peso, quítame los clavos y volvamos juntos a casa”. Ella me dijo mirándome con unos ojos tan inexpresivos como misteriosos: - “yo no he venido aquí a liberarte, pasaba por aquí por casualidad, debes comprenderlo nadie es capaz de obrar un milagro y seguir caminando en las inmensidades de este desierto a excepción de tu mismo”. Por primera vez en tres años, escuché una voz que me hablaba desde las antípodas del mundo que me suplicaba, tentándome: - “ si es verdad que eres el soberano de tu desierto, ¿ porque no te salvas?”. Parecía el eco lastimero de alguien que estaba a punto de expirar, pero no le hice caso, y le volví a insistir a aquella bella criatura, desde el centro de gravedad de mi propio ser: - “Tu eres mucho más inmensa que este desierto, por eso no hay modo de atraparte, tira con cuidado esta cruz al suelo, y libérame de mi condena. Tu has sido la única que me condenó y la única que me puede liberar. Estoy muy cansado y cada vez me cuesta más respirar”. Los cuervos descubrieron que yo no era su profeta, y todos se disputaban el regalo de poder subirse a los hombros de su nueva diosa. Ya no se sentían protegidos en la sombra de mi cruz, ya no consideraban a mi condena espiritualmente poderosa. Ella se sentía halagada, y los trataba con tal cariño, que no había ningún cuervo que no la idolatrase. Aquella túnica negra, aquel bastón de peregrino, y aquel pañuelo en la cabeza, me cautivaban, porque no podía haber nadie, en cualquier mundo real o imaginario, que pudiese compararse a ella. Quisiera acariciarle las mejillas, y abrazarla con fuerza, pero aquella cruz me ligaba férreamente a una tortura que había de prolongarse por siglos. Me gustaría poder mirarla cara a cara, pero el influjo de aquella condena era tan incomprensible, que me obligaba a comportarme como si fuese un dios, aunque no fuese más que un hombre. Ella me dijo mientras acariciaba el plumaje de un cuervo, que mansamente yacía en el suelo: - “ si alguna vez te crucifiqué no puedo ser consciente de ello, perdona si me he extraviado caminando en tu desierto, respeto tus normas y costumbres, pero recuerda que soy una extranjera en tu desierto y no estoy obligada a acatar todas tus leyes”. Yo le dije mientras contraía mis pulmones tratando de respirar en el vacío, a tres metros por encima (aunque según que perspectiva podía considerarse que era por debajo): - “tu no eres ninguna extranjera, tu eres la creadora y la soberana de estas montañas de arena fantásticas y de estos sufrimientos incomprensibles”. Ella se puso de puntillas, para poder palpar con ternura mis ensangrentados pies y me dijo: - “ yo no te quiero ningún mal, pero tampoco te quiero ningún bien, no puedo liberarte, porque sino querrás besarme con tus labios secos y cortados y no podría soportarlo. Recuerda, que el mundo esta dividido en dos, y que yo vivo en una parte y tú vives en otra. Accidentalmente mis pasos han llegado hasta aquí, pero no te preocupes en cuanto me vaya de aquí, borraré todas mis pisadas, para que nadie sepa que he pasado por aquí. Sé que no he sido ningún ángel contigo pero tampoco quiero comportarme como el demonio”. Yo le respondí: - “eso es imposible, con la mera fuerza de mi mente, volveré a reconstruir tus pasos desde todas las perspectivas posibles”. Ella me dijo: - “ no seas ingenuo, la fe ha sido inventada en la historia de la humanidad para los idiotas, además por muy fiel que sea uno a sus doctrinas esotéricas, el peso de la supervivencia y el egoísmo siempre acaban imponiéndose. Sino puedes bajar por tus propios medios de tu cruz, no eres digno de mi, aunque tampoco lo serías si un prodigioso milagro te socorriese y pudieses hacerlo”. Yo intenté encauzar aquella conversación hacía la tierra prometida, aunque no me veía con ánimos para hacerlo: - “ no estoy crucificado para que nazca en ti un infame sentimiento de compasión, sino para que veas por tus propios ojos hasta donde llega mi penar, y lo que soy capaz de hacer para que veas que te amo”. Ella me guiño el ojo, y me dijo poco antes de darse la vuelta para no volver nunca más: - “ no quiero quedarme más aquí, porque no quiero influir en lo más mínimo en tu condena, te dejaré a tus cuervos, pues veo que todos estan casi tan enamorados de mi, como lo estas tu mismo”. Entonces aquel sol que había estado durante tres años mudo, la persiguió con su foco de luz inmenso, como si la quisiese acompañar hasta el mismo fin del escenario( aunque ese escenario solo es finito y pequeño para ella, porque yo no creo que no podría recorrerlo aunque viviese cinco vidas más). Los cuervos se fueron a dormir a la cruz de mi sombra, con tristeza y abatimiento. Yo me quedé en preso en mi cruz, como si el influjo sobrenatural de aquel desierto, y mi cólera deshidratada hubiesen de sobrevivir a mi muerte.

 





        
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