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Las cinco de la mañana, todo está a oscuras en mi cuarto, todo menos el pequeño haz de
luz de la vela que ilumina la pluma y el papel que dispongo a escribir. Espero a mi álter
ego divino y romántico para guiar mi mano sobre el pliego amarillento escaso de ideas.
Miro a mi alrededor, arriba, abajo, a los lados… como buscando la inspiración entre el
humo del opio que inunda la habitación. Todo se empieza a desvanecer mientras mi
mente comienza un viaje por sus laberínticos recovecos, sombras recorren la estancia en
la que me encuentro mientras me susurran ideas al oído, llevan mi mano suavemente
rellenando impulsivamente el trozo de papel dispuesto ante mí. Uno detrás de otro lleno
de garabatos aquellos escritos al igual que un pintor mancha sus lienzos con
incomprensibles trazos a lo largo de toda una noche de locura creativa.
Sumiso a los deseos de los entes que guían mi pluma me desvanezco derrotado por la
ola de esfuerzo que supone tanto derroche fugaz.
Después de dejar a su suerte a mi mano diestra, después de desconectar mi cerebro para
dejar a mi cuerpo crear de la nada, despierto entre sollozos mientras veo el montón de
folios garabateados contando una historia traída del mismísimo inframundo por aquellas
sombras que acechaban en mi morada. Ya despejado, con las ideas claras y el opio
desvanecido de mi mente, me dispongo a leer los insólitos folios, me sorprendo al ojear
la maravillosa historia que salió de la nada… ¿o quizás, sólo quizás, esto está en mi
mente esperando estímulos adyacentes? Mientras las sombras me sigan contando
historias maravillosas seguiré haciéndoles caso, dejaré mi mente a sus efímeros deseos. |