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RELATOS


Por Joaquín Gamboa Pérez
eljuaky@hotmail.com


TORMENTA DE ACERO

Todo parecía igual. Pero Hioras pensó que esta vez era diferente. El calor sofocante, el agobante peso de su armadura oxidada, el duro tacto de la empuñadura de cuero de su espada, las voces rotas de los soldados detrás de él, el sudor corriéndole por la frente, el olor a miedo, a miseria, a orines y a vómito que lo rodeaba todo. El corazón galopando en su pecho como si quisiera escapar de ese infausto lugar, de ese campo que pronto estaría plantado de cadáveres regados en sangre. Todo era igual. Había vivido esto muchas veces. Pero esta vez era diferente. Esta vez podía ser la última.

Pero el enemigo ya avanzaba hacia ellos. La mancha gris que se extendía en la planicie fue cobrando forma poco a poco. Comenzaron a vislumbrarse las legiones, y pronto los hombres que las formaban fueron distinguibles. Engalanados de cuero y metal, alzando sus escudos desde mucho antes de que pudieran serles útiles, y blandiendo espadas que habían matado a muchos hombres, el enemigo avanzaba. Pero si había una espada en aquel campo de batalla que había sido prolífica segando vidas de hombres, esa era sin duda la que descansaba en la vaina en el costado de Hioras.

Durante incontables años, que parecieron vidas, había participado en esta guerra civil. Aquel que se hacía llamar rey le había dicho que era su pericia con las armas, su bravura, su carisma, su loable patriotismo y su notable visión estratégica lo que le habían llevado a convertirse en sargento. Pero Hioras sabía que no era así. Si algo le había llevado a ser sargento, a sobrevivir durante este largo tiempo, a permitirle estar aquí hoy, en este lugar de muerte, era su miedo. El miedo a no volver a ver amanecer, el miedo a que una espada rasgase su carne, el miedo a acabar sus días sin poder contemplar una vez más los rostros de sus seres queridos, a los que no podía recordar, pero quería creer que seguían existiendo. Hioras se prometió así mismo que saldría vivo de esta guerra. Que el conflicto que nadie, ni el mismo entendía, pero que se había llevado ya a miles de personas, no acabaría con el. Y desde ese instante su espada bastarda había volado en el campo de batalla. Destrozando armaduras, mellando armas, hendiendo la carne, atravesando órganos, propinando cada golpe con la rabia incontrolable, desesperada y ciega del moribundo que da su último golpe. Pero nunca había sido el último. Lejos de liberarle, cada estocada mortal solo le había brindado la oportunidad de golpear una vez más, para matar a otro hombre. Para luchar una vez más por su vida. Pero era posible que hoy, una de esas estocadas realmente fuera la última. Hoy podía acabar esta guerra si su bando salía victorioso. Actuando a la vanguardia del ejército, debía estar más concentrado que nunca para salvaguardar su vida y la de sus hombres; lucharía por la victoria, pero no arriesgaría más de lo necesario. No había recorrido todo este camino para fallar ahora. No tan cerca del final.

Antes de que pudiera siquiera evadirse de esos pensamientos y tomar nueva consciencia de la situación, uno de los soldados enemigos ya se estaba abalanzando ante él. Su armadura de semiplacas, que algún día debió de ser plateada presentaba ahora un color parduzco, el cuero de sus junturas estaba carcomido, el casco quebrado, y las ropas amarillentas que se entreveían habían acumulado tanto tiempo cubriendo aquel cuerpo, que solo habrían podido separarlas de él usando tijeras y agua caliente. El muchacho había sido joven, no hace muchos meses, de eso no cabía duda. Tenía 19, quizá 20 años. Ahora, a través de una espesa y aceitosa barba castaña, Hioras pudo ver dos pozos vacíos y sin fondo, dos cristales grises que dejaban vislumbrar un miedo que no tenía nombre, un sufrimiento inmenso, y sobre todo una pena tan honda, que había penetrado hasta lo más profundo de su corazón, horadando todo recuerdo de una vida pasada, todo resquicio de cordura, esperanza y humanidad. Eran sus ojos, y miraban a Hioras exentos de toda expresión, inundados de pánico.

El muchacho golpeó primero. Pero la espada de Hioras se interpuso, y la espada embotada del chico reboto sobre su acero. Golpeó de nuevo, esta vez con más fuerza. Como si la adrenalina que aún podía bombear su corazón le impulsara a luchar un poco más, para poder malvivir otros míseros segundos. Esta vez Hioras lo esquivó con una finta, y su raudo y siempre eficaz brazo derecho propulsó su espada con una fuerza brutal contra la pierna que apenas sostenía al muchacho. Pudo sentir como las costuras de su ropa se rasgaban, como se abría la carne tierna mientras su espada horadaba en su cuadriceps, empapándose de sangre fresca que manaba a borbotones como queriendo huir de aquel cuerpo muerto en vida. Pudo sentir como se quebraba el hueso, explotando en mil astillas que se clavaron en sus músculos. Y entonces dejó de existir resistencia alguna, porque el metal había cortado en dos su pierna.

El muchacho se precipito de bruces al suelo, y rodó por unos segundos. No emitió sin embargo ningún grito, apenas un quejido lastimero que el fragor de la batalla se encargó de acallar. Hioras saltó a su lado, presto a golpear de nuevo si el chico pretendía en su último aliento intentar herirle desde el suelo. Pero aquel chico ya no quería luchar. Nunca quiso. Miró a Hioras, alzando su mano hacia el, en una súplica silenciosa, pero que resonó en Hioras como el sonido de mil tambores. Pero no suplicaba por su vida. Suplicaba para que terminase pronto, aquella pesadilla que comenzó un día que ya no podía recordar, un día distante de otra vida más allá de sus recuerdos, cuando lo arrancaron de un hogar que soñó tener, y todos sus ideales de juventud se perdieron para siempre.

Y fue entonces cuando Hioras lo reconoció. Fue hace 9 meses. Su compañía se había detenido en un pueblo que les era afín. Hioras y 4 soldados más entraron en una pequeña casa pidiendo refugio por esa noche, pues partirían por la mañana. Pocas semanas antes, una familia entera habitaba esa casa, la hambruna que había parido esta guerra se había llevado al patriarca, a su mujer y al hijo de mayor de una humilde familia campesina. Tan solo el hijo mediano y su hermana de 12 años habían sobrevivido. Ella se llamaba Adela, y Tamir, él. Era un muchacho apuesto, que desde luego había sido valiente, y que estaba dispuesto a cualquier cosa, incluso a horadar la tierra helada con sus dedos con tal de conseguir una cosecha que les permitiera llegar al otoño siguiente a el y a su hermana. Aquella noche no habían dormido. Hioras pasó horas contándole al pasmado muchacho todas sus vivencias de guerra, sus planes, el devenir del conflicto. Tamir le escuchó atento, y le contó que si algún día podía dejar a su hermana en buenas manos, el mismo se uniría al ejército, para vengar a sus padres y a sus amigos que habían muerto. Que a el no le gustaba la lucha, pero llegado el momento haría lo que tenía que hacer, y buscaría venganza, buscaría lograr su libertad por medio de la espada. Decía que era algo honroso. Le contó también Tamir, que tenía miedo de que el enemigo llegara antes de que el pudiera hacer nada, pues sabía que enrolaban a la gente a la fuerza obligándoles a luchar si querían seguir con vida, y más aún, si querían que su familia, convertida ahora en esclavos, sobreviviera por el periodo de tiempo de una batalla más. Hioras se despidió esa noche de aquel muchacho, diciéndole que dentro de muy poco tiempo volvería a por él, para que pudiera luchar por el bando que el apoyaba, el que pensaba que le pertenecía, y que se encargaría de buscar un buen lugar para Adela. Hioras nunca volvió a aquella aldea.

Y ahora estaba allí de pie. Con aquel mismo muchacho tendido a sus pies, suplicando el golpe de gracia. Ya nunca lucharía en el bando que el tomaba como propio, ya nunca podría vengar a sus padres, a su hermano y sus amigos, ya no podría seguir cuidando de su hermana. Ya nunca volvería a erguirse sobre esta tierra.

Hioras le miró por última vez, entre un velo de lágrimas. Levantó su espada, exhaló una bocanada de aire y cerró los ojos. Después impulsó su espada, con una fuerza tremenda sobre aquel cuerpo demacrado, que una vez rebosó vigor, optimismo y alegría. El golpe segó su vida de cuajo, y aquel niño de 19 años descansó por fin.

¿Cuánto tiempo llevaba luchando? ¿De que servía realmente conquistar aquella tierra yerma? ¿Por qué había comenzado esta guerra que enfrentaba a hermano contra hermano, y que devastaba un país que antaño debía haber sido bello? Hioras no tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, pero realmente no le importaban. Por que la pregunta que en esos momentos atormentaba su mente, contra la que no podía luchar y que sabía que nunca podría responder era ¿Quién había sido él, antes de que todo esto comenzara? No podía recordarlo. Pero sabía que no había nacido siendo soldado, que había existido paz antes de la guerra, pero Hioras era incapaz de recordar nada de aquellos tiempos, de su yo pasado, del hombre que fue antes de la guerra.
El solo sabía una cosa: nunca volvería a ser como fue. Por que aquel hombre murió, pero no de improviso, si no lentamente, en lenta agonía conforme iba matando hombre tras hombre y veía morir a sus amigos, el antiguo Hioras también iba sucumbiendo hasta que un día todo vestigio de su ser desapareció de la Tierra, y solo quedó sobre ella un cuerpo con su mismo nombre, que vagaba de batalla en batalla, blandiendo su espada maldita y acumulando dolor, muertes y penas hasta que un día todo acabase.

Y ese día tenía que ser hoy, ya no quedaban más. No para él.

Volvió a abrir los ojos, empuño con fuerza su espada, se giró y miró al horizonte. Las huestes aliadas y enemigas seguían cargando unas contra otras, en un torbellino sin fin. Ese era su lugar, el lugar donde en vida o en muerte encontraría la paz. Gritó. Gritó con toda la furia que quedaba en su ser, un grito desesperado, surgido de años de guerra. Gritó, y se abalanzó por última vez hacia aquella tormenta de acero, huesos y sangre.

 

 


 

 

 

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