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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Jorge Javier Dávila Abal
apoloysusninfas@hotmail.com


DIARIO DE ESCLAVO EN EL AÑO 3000

A mi alrededor todo era oscuridad. Caminé unos treinta pasos por un sendero desconocido y, de repente, sentí una voz grave y ronca que me gritaba agitadamente desde la penumbra. Elsonido flotaba en el aire, como la espesa niebla que se acumula entre las lápidas de los cementerios. Me estremecí y un escalofrío me recorrió laespalda; podíasentir como el viento silbaba a mi espalda y notaba la carne de gallina debajo de mi abrigo. En ese momento, una mano se posó en mi hombro. Rápidamente, hice el ademán de girarme y…

Los insistentes zumbidos del transistor quellevo ceñido alrededor de la muñeca resonaban distantes en un pequeño hueco de mi mente. Entreabrí los párpados, soñoliento, y los rayos deluz que se filtraban por la pequeña ventana de mi celda,hirieron misojos. Fui arrancado de las garras del sueño, al mismo tiempo que una renovada agilidad mental mepermitía situarme otra vez en el espacio y en el tiempo y, por consiguiente, en la dura realidad.

El sonido amortiguado de cientos depisadasterminódedespertarmeysupuse que los demás esclavos ya se estabandirigiendo, obedientes, al Patio de Reclusión. Consciente de que no podía demorar más mi salida, me desconecté de la Máquina de Descansotan rápido como pude. Las imágenes de mi sueño aún estaban presentes en mi cabeza, que de un modo inconsciente trataba de buscarles algún significado. Teníala ligerasensacióndequeyahabíasoñadolo mismootrasvecesyjuraríaqueaquellavoz, laquemegritabaensueños, me resultabafamiliar. Estas sensaciones siempre habíandespertadoenmí recuerdosquecreíaolvidados, peroestavezeradiferente; mesentíacomositodo unpasadoocultoenmiinteriorpugnaseporsalir. Ciertamente, había sido un sueño extraño, pero aún así me sentí afortunado. De todos los chicos con los que comparto el Centro deModificación de Conductas, yosoy el único queaún conservo la capacidad de soñar. Los transistoresconlosquenosidentificanynoscontrolanafectan también a nuestra forma de pensar y coaccionan nuestro comportamiento. Emitiendo unas ondas que actúan sobre nuestrossubconscientes, bloquean los estímulos eléctricos que nos permiten soñar, tener pensamientos violentos o incluso comunicarnos con determinadoscompañeros. Es asícomo consiguen tenernos bajocontrol, privándonos de nuestra intimidad y de nuestros pensamientos, hasta casi hacernos enloquecer.

Absorto, miréenderredorreparandoenlasdesnudasparedesdelacelda. En el fondo de la estancia y completamente automatizada sealza unaimponente puerta de crystalio, un metal transparente derivado del cristal. Esta puerta, que en realidad noes más que la entrada a laMáquina Transportadora de Materia,constituye la única vía de escape por la que los esclavospodemos salir de nuestra celda. Me situé enfrente de la entrada a la máquina, impaciente, marqué los números de mi código de identificación y me dispuse a esperar un par de minutos mientras el ordenador analizaba y comprobaba todos los datos. Instintivamente, me fijé en mi imagen reflejada en la puertacrystalizada. A mis quince años, soy bastante más alto que los demás reclusos y mucho más fuerte, pero los esfuerzos a los que aquí nos someten han hecho ya mella en mi rostro y en mis manos. Mi cabello ya medía más de la longitud permitida, por lo que pronto me lo volverían a cortar a cero.Además, mis ojos, de un castañooscuro, mehanocasionado numerosos problemas desde que estoy aquí, pues se supone que es un distintivo, un símbolo ligado al poderque sólo pueden poseerellos.

Un ligero zumbido me devolvió a larealidad. La puerta se estaba abriendo y tenía que apresurarme si no quería llegar tarde, pues de otra forma, mi impuntualidad sería considerada como una muestra de indisciplina y sería duramente castigada. Mientras era transportado al Patio de Reclusión, sentí una pequeña descarga eléctrica en la mano izquierda, no muy intensa, pero si lo suficiente como para tensarme levemente los músculos del brazo. Un aviso. Eso era uno de los tresavisos que nos daban, como máximo, de plazo.

Sentí que mi cuerpo volvía a posarse enla tierra, mientraslasimágenes de las excavaciones de Piedra Lunar en las que estamos trabajando setornaban cada vez más nítidas.

- El esclavo número 25879462 acaba de llegar a laexcavación.- escuché en cuanto finalizó el proceso de teletransporte- Cuenta con un aviso de indisciplina por llegar dos minutos tarde alazona donde está destinado.

- Esclavo, diríjase a lasala 3, cuadrante de excavación 240- prosiguió una voz metálica- Por motivo de su retraso le queda terminantemente prohibido hablar con sus compañeros de cuadrante.

Con cierto alivio busqué rápidamente mi zona de trabajo. Por esta vez no me iban a mandar al Cuarto de Reajuste Neuronal, una estancia en la que elesclavo desobediente erasometido a un proceso de desneuralización. En la vida deun recluso, conservarelcerebrointactoes un privilegio de los más diligentes. Nosotros no podemos indignarnos, ni enfadarnos con nuestros amos y, desde que somos adquiridos, nos vacían de todoinstintoderebelión.

No tenemos nombre, solamente somos un número carente de significado; no conocemos el cariñonilaamistad,pues no nos estápermitido aprender otra cosa que la dura realidad que aquí nos ofrecen; no valemos nada, ya que juntos formamos un todo pero individualmente somos prescindibles para la sociedad y para nuestros amos. Simples peones, casi autómatas, que ni siquiera podemos compadecernosde nosotros mismos porque no conocemos nada mejor.

Las horas pasaban con extremada lentitud mientras trabajaba en la extracción, en silencio. Desde allí no podíamos saber si era tarde, temprano, de día o de noche,pues las luces artificiales que iluminaban el Patio nunca variaban su intensidad. Pero, por supuesto, el tiempo transcurrió y todos fuimos llamados para dirigirnos a nuestras celdas.

Estaba muy cansado, y parecía que mis músculos se resentían con el más ligero movimiento. Pase por el Transportador y, después de un par de minutos, llegué de nuevo a mi habitáculo. Casi sinfuerzas activé el sensor de la Maquina de Descansoycerré los ojos suavemente, dispuesto a dejar volar mi subconsciente. Me decidí a olvidar por un momento la monotonía de mi vida, regida por personas que ni siquiera conozco, y el hecho de estar completamente solo en el mundo. Y así, tratando de olvidar, el sueño me envolvió en su manto infinito, mientras me sentía, a pesar de todo, alguien especial. ¿Quién sabe si esta noche no volveré a soñar otra vez?



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