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PROSPER MÉRIMÉE Y “SU” ROMANTICISMO

Jorge Peña Argibay
jorge_penaargibay@yahoo.es

Junto al exotismo y al colorido local es, sobre todo, el elemento fantástico lo que coloca a una parte de las novelas cortas de Prosper Mérimée en las inmediaciones del Romanticismo. El fantasmal episodio en el Salón de los Estamentos del palacio real de Estocolmo pertenece, lo mismo que el legendario tema de Don Juan de Manara, que en una escena grandiosa tropieza con su propio cortejo fúnebre, al rico arsenal de lo fantástico y macabro propio del "Romanticismo negro", que pertrechado de fantasmas y vampiros emprende el asalto contra el mundo claro y ordenado del Clasicismo. Júzguese como se quiera aquello que el creyente ensalzaría como milagroso y el librepensador rechazaría como absurdo, lo seguro es que Mérimée configura repetidamente intervenciones en la vida cotidiana que permanecen en parte inaccesibles a la sana razón. Queda en pie la cuestión de si la pavorosa y fantástica procesión de fantasmas en "Las almas del Purgatorio" es una admonición del Cielo que requiere una interpretación cristiana o la visión de un cerebro calenturiento. En todo caso servirá de móvil para la conversión y el arrepentimiento del desalmado libertino en que se había tornado Don Juan en Salamanca.

El tema legendario napolitano de Federigo, que mediante simpática astucia sabe abrirse al cabo las puertas del cielo y gozar de las alegrías del paraíso, se presenta para Mérimée como "una curiosa mezcla de mitología griega y fe cristiana"; Jesucristo mismo interviene personalmente en el destino del noble Federigo, un jugador empedernido, si bien lo hace en el marco de una narración cuyo carácter de fábula está de antemano fuera de toda duda. La misteriosa trama de la novela corta "La Venus de Ille", que el mismo Mérimée consideraba su obra maestra, expone del modo quizá más cautivador, en su refinada duplicidad de temas, cuan peligrosamente puede irrumpir lo irracional en la vida cotidiana; y en el entrelazamiento del sueño y la realidad deja traslucir la postrera narración de Mérimée, "Djoûmane", que la percepción no tiene que poseer siempre y necesariamente un correlato objetivo.

En éstas y en otras novelas cortas, lo fantástico es incluido en la vida diaria como posibilidad. Un ejemplo demostrativo de lo característico que esto es, en ciertos casos, para el estilo narrativo de Mérinée, lo ofrece un error harto significativo: cuando el escritor y filósofo Roger Caillois incluye en una edición de las "Narraciones extrañas" ("Les Contes étranges de- Mérimée", 1972), al cuidado de la Académie Française, la narración romántica titulada "Pique Dame", olvida o pasa por alto que el autor de la misma es Puschkin, y Mérimée solamente su traductor.

Sin embargo, la hechura de la narración, esto es, la característica acentuación de lo fantástico, hace pensar sin más en Mérimée, quien tras de la aparición de "Pique Dame" en ver sión francesa fue considerado efectivamente como autor de la narración. Significativamente, "Pique Dame" delata la influencia de un au tor que a más tardar a partir de 1828, y gracias sobre todo a la actividad de traductor del barón de Loeve-Veimars -a quien He inrich Heine dedicará una necrología casi afectuosa—, no era ningún desconocido en la metrópoli francesa: E.T.A. Hoffmann.

En el mismo año de 1829, en que Mérimée salta a la pública p alestra con sus primeras novelas cortas, aparecen —provistas de no tables ilustraciones y recibidas por lo general con un eco positivo en la prensa- en la casa editorial Renduel las primeras narraciones fantásticas" del romántico tardío alemán. El hecho de que Hoffmann halle las puertas abiertas de par en par en la joven generación francesa se explica inequívocamente porque él practica ya evidentemente, en el campo de la narración, lo que Victor Hugo había exigido en su "Prólogo a Cromwell" (1827), ensalzado como manifiesto del Romanticismo, a saber, la Incorporación de lo feo y lo grotesco en la estructura artística. Hugo proclamó lo grotesco como parte integrante complementa­ ria de la vida, y defendió con ello —limitándose primeramente al teatro— una forma de exposición que iba más allá de la monótona y rectilínea claridad de lo solamente racional gracias precisa­ mente a esta inclusión de lo caprichoso y fantástico. Con su tendencia hacia estos elementos, que escapan paladinamente a los módulos "clásicos", a las reglas consagradas de una norma estética sentida comúnmente como algo obsoleto y anticuado, el es critor alemán encaja perfectamente en las ideas defendidas por los jóvenes franceses, que se aprestan para el combate contra los "clásicos". La poética de Hoffmann tiene que antojárseles una "poética de lo grotesco" por excelencia, con lo que nada se opone a su éxito en Francia. Charles Nodier rendirá homenaje de . ad miración a Hoffmann ya en el año 1830.

No es mero azar si las narraciones de Hoffmann son citadas a finales de la primera carta del "Abbé Aubain". Mérimée, como lo delata su epistolario, ha tomado repetido contacto con la obra del alemán, y se ha dejado inspirar por él tanto temáticamente. Como por lo que respecta a la técnica de la exposición. "II vicolo di Madama Lucrezia" evidencia ciertas coincidencias con la narración "Das öde Haus" ("La casa desierta", en los "Nachtstücke, II, I), y hasta la intercalada anécdota sobre los sucesos telepáticos recuerda a fenómenos que son objeto de cita o alusión en Hoffmann.

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