Suena el despertador como de costumbre, remoloneo en la cama durante un buen rato como también suele ser costumbre, me desperezo, voy al baño, caliento la cafetera, desayuno a toda prisa, me despido de mi esposa con un beso que apenas roza la mejilla y me dirijo a toda velocidad a la oficina. Llego a la boca de metro y ¡oh sorpresa! está cerrada, voy a otra estación que está próxima (700 m.) y el servicio está suspendido, opto por el autobús, espero en la parada durante más de veinte minutos pero no llega, tomo un taxi para llegar al trabajo solo un poco más tarde. Entro en la oficina y voy saludando a todo bicho viviente que me encuentro en el camino con una sonrisa mil veces ensayada y mil veces fingida, enciendo el ordenador, aporreo unas cuantas teclas y salgo a la calle a hacer unas gestiones. Decido que según está el transporte público es mejor ir andando, todo un éxito, he tardado bastante menos; en el camino escucho conversaciones dispares que me confunden, el contrato del seguro, los albañiles que no llegan, la entrevista de trabajo, el nieto de Lucía y la mejor inversión en bonos del tesoro, todas esas conversaciones se las escucho a personas que parece que hablan al aire o que no están bien de la cabeza y hablan solas, por fin, me doy cuenta que cada uno va andando y hablando con alguien al otro lado del teléfono pero en ese momento se me cruzan todas las conversaciones y me distraen de mis verdaderos asuntos, pienso que tengo que llamar a Lucía para decirle que invierta en bonos del tesoro, a mi mujer para felicitarla por haber tenido un nieto, a la compañía de seguros para decirles que los albañiles les han dejado plantados y a mi cuñado que es funcionario para que acuda a una entrevista de trabajo. Superada esta crisis de personalidad me acuerdo que tengo que renegociar la hipoteca, me dirijo al banco y discuto sin ganas durante media hora con el director del mismo. Continúo mi camino aturdido de tanta verborrea bancaria hasta que llego a la administración de hacienda para hacer mis gestiones. Como es de prever tengo que esperar una cola considerable donde todo el mundo se pregunta cosas, a veces, incluso se preguntan las mismas cosas unos a otros para amenizar la espera, la gente sigue llamando a todo el mundo por el teléfono móvil, a veces con gran habilidad consiguen hablar por el móvil y con la persona que tienen a su lado, increíble. Cuando por fin llegas a la ventanilla correspondiente el funcionario o funcionaria está cansado/a, cabreado/a, desesperado/a y con pocas ganas de dar explicaciones pero ante la tenacidad y la perseverancia del personal no les queda más remedio que rendirse y aunque de mala gana te informan de la ventanilla a la que tienes que acudir para hacer la gestión, a mí, me enviaron a la segunda planta.
Sin más dilación y ciertamente alborozado por haber conseguido sacar la información al cretino de la ventanilla me dirijo al segundo piso donde ¡sorpresa!, encuentro una fila de personas tres veces más grandes que la anterior; ante esta tesitura, cojo número –como en la pescadería- y empiezo a leerme, que digo, a estudiarme el periódico que llevo abrazado desde primera hora de la mañana.
Realizados los trámites de rigor llego a la oficina a última hora de la mañana, deposito los papeles encima de la mesa y junto con otros compañeros me voy al restaurante de la esquina para comer deprisa y no perder tiempo. Las conversaciones de los compañeros durante el almuerzo son invariablemente iguales, que si la caravana del fin de semana, las paperas del niño, el partido de fútbol o la separación de no sé que famoso. En la sobremesa ya entramos en terrenos más escabrosos como los informes que tenemos que entregar, los contratos que hay que preparar, y todo con suma urgencia según ha comentado el jefazo de turno. Llego de nuevo al despacho dispuesto a pelearme con el ordenador, reviso los correos electrónicos, inserto imágenes, añado adjuntos y reviso por Internet la información que preciso para completar el maldito informe, entretanto, el ordenador, sabedor de mi premura me cambia de pantalla cuantas veces desea, me bloquea el teclado, atasca la impresora –intencionadamente- hace parpadear las letras y rechaza mi contraseña cada vez que trato de acceder a algún archivo, me armo de paciencia y confío en que solo se deba a que ha pasado un mal fin de semana con las computadoras y se le pase pronto porque en otro caso estoy perdido, llevo retraso en muchos asuntos. Una vez subsanados los supuestos problemas con la máquina, desarrollo mi tarea a toda velocidad hasta que llega la hora de salida. La incertidumbre cubre mi mente una vez que pongo los pies en la calle, como voy a casa ahora me pregunto, las estaciones de metro más próximas a mi domicilio están fuera de servicio, los autobuses tardan una barbaridad y si cojo un taxi me dejo el sueldo, me decido por un agradable paseo durante cinco kilómetros y así de paso aprovecho para comprar los zumos de naranja y la leche en paquetes de diez cartones que sale más barato según dice mi mujer, a la que por cierto se le da extraordinariamente bien impartir instrucciones a todos los miembros de la familia. Cuando llego a mi casa cargado como un titiritero con una bolsa en cada mano y el cartón de leche en el hombro, deposito las mercancías encima de la mesa y trato de ponerme cómodo mientras los niños me acosan a preguntas, me describen todas las incidencias que han tenido en el colegio y me hacen una lista pormenorizada de todo lo que necesitan.
Comienzan hábilmente por los libros de texto, luego los cuadernos y los lapiceros para llegar al final de sus demandas justo cuando consideran que estoy extenuado y así poder machacarme con su petición final, necesitan unos cedes que para ellos son imprescindibles –según me cuentan- se trata de un diccionario electrónico muy completo. Al observar mi cara de perplejidad por lo inusitado de la petición, los niños confiesan que por la compra del mismo regalan diez juegos.
Mi mujer me regaña porque se me ha olvidado comprar no sé que, siempre se me olvida algo –según ella- y siempre me regaña, parece ser que no me concentro en lo que tengo que hacer. Ceno rápidamente sin apenas decir palabra antes de que se les ocurra formular algún otro reproche o solicitar una nueva petición y me meto en la cama a toda prisa.
Por cierto, que no se me olvide, mañana tengo que ir de compras con los niños a los grandes almacenes para comprarles ropa, luego tengo que llevar el coche al taller para pasar la ITV y luego tengo que comer deprisa porque luego tenemos que ir al maldito chalet de la sierra. Esto es vida.
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