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RELATOS


Por José Manuel Gamito

 

LA SONRISA DEL HALCÓN

EL ACCIDENTE


Con toda la parsimonia del mundo Gonzalo Paniagua se disponía a desencaperuzar su torzuelo de baharí en medio de los áridos pagos que separaban su aldea del pueblo más cercano. Como cada día, buscaba una perdiz o un alcaraván en el que cebar a su halcón. El noble y valiente peregrino de siete mudas procedía de un inaccesible cortado, el Roquedo del Conde, situado en pleno corazón de la subbética andaluza. La autorización para su desnide le había costado a Gonzalo una larga odisea de papeles y documentos. Su primo Eduardo siempre les acompañaba cuando salían a cazar, y aunque no era cetrero, sus conocimientos sobre cetrería y aves de presa eran a veces sorprendentes. Sin embargo, y a pesar de haber vivido con ellos infinidad de lances, no terminaba de acostumbrarse a los nervios que en cada lance estrujaban el alma de Gonzalo mientras rogaba a Dios que su compañero alado no lo abandonase. Había tenido suerte, durante aquellas siete temporadas había conseguido abatir más de un centenar de piezas sin que su halcón se perdiera para siempre. Cada temporada “Pristalejo” se mostraba más seguro en sus ataques y dejaba bien claro quién era el emperador de aquel páramo.
Aquella mañana emanaba un olor diferente, un sol destemplado y una mancha negruzca en el horizonte amenazaban sin piedad. Ya desencaperuzado y con la nuca despeinada por la suave brisa, “Pristalejo” oteo el horizonte y perezosamente despegó del puño de su dueño. Presentía como por arte de magia el chapuzón que se avecinaba. En un abrir y cerrar de ojos se colocó en la vertical y esperó con ansiedad que se le levantara la pieza. El resto, como siempre, fue visto y no visto, un impacto seco reventó la perdiz y llenó a “Pristalejo” de vida. En plena cortesía comenzaron a caer tímidos goterones que rápidamente fueron aumentando en intensidad. Gonzalo encaperuzó y escuchando las quejas de su primo Eduardo partieron corriendo hacia el coche.
La lluvia era cada vez más intensa y obligó a Gonzalo a detener el coche. A pesar de todo estaba tranquilo, “Pristalejo” había cazado un día más y para él eso era lo más importante. Siempre que podía lo observaba a través del retrovisor y cuando lo veía con el papo lleno, portando con orgullo aquella vieja caperuza árabe, sus ojos revelaban que era entonces cuando la vida tenía sentido para él. Muchas veces se preguntaba qué sensaciones podía tener un halcón privado de visión por un capirote de cuero. No sé explicaba cómo podía habituarse a vivir en aquella situación, comiendo, rascándose, oleándose o durmiendo completamente cegado por la badana. Se quedaba como anestesiado contemplando y reflexionando sobre las sensaciones, los miedos y las emociones que podía vivir un animal como “Pristalejo”.
- El lance de hoy ha sido especial, no crees?
- Estás obsesionado con la caza Gonzalo, para ti cada lance es especial. Hoy ha estado simplemente bien,... los he visto mejores.
- Yo también los he visto mejores, el del sábado sin ir más lejos. Pero hoy ha sido especial, no sé; antes de partir del puño “Pristalejo” me miró de forma diferente, como queriéndome decir “no pierdas detalle de este lance”.
- Te repito que estás obsesionado con la caza y los halcones. Aparca aquí y vamos a esperar que la lluvia afloje un poco, así es imposible seguir.
- Eduardo a veces me asombro de los conocimientos que tienes sobre los pájaros, sobre la cetrería o sobre la misma naturaleza, pero creo que jamás serías capaz de establecer una relación con un ave de presa, no posees la sensibilidad necesaria.
- Gonzalo no olvides que un ave de cetrería sigue siendo un animal.
- Te equivocas Eduardo, los ojos de estas aves te susurran muchas cosas al oído.

Después de cuarenta minutos de incesante chaparrón que sirvieron para discutir más que hablar sobre la esencia de la cetrería, el tiempo comenzó a remitir aunque nunca dejó de caer esa llovizna que te cala sin darte cuenta. Decidieron entonces arrancar el motor y proseguir la marcha con la intención de parar en el bar La Cueva y tomar algún aperitivo antes de llegar a casa. La Cueva era un bar añejo, con solera, repleto de fotos de caballos, toreros, cantaores flamencos, verónicas y carteles de antología, que ayudaban a Manolo, su dueño, a disimular sus desmaquilladas paredes. Allí estuvieron durante un buen rato hablando y recordando días de caza y lances de ensueño. A Manolo le gustaba escuchar sus relatos sobre halcones y azores. A veces se entusiasmaba tanto que no se percataba de que alguien lo estaba llamando desde la otra punta de la barra del bar.
Después de tomar la “espuela” emprendieron de nuevo el camino de regreso. Aún caían algunas gotas de agua cuando una rápida ojeada a “Pristalejo” a través del retrovisor, llevó a Gonzalo a perder el control del vehículo en la “curva del cura”. Quiso reaccionar con dando un brusco volantazo pero no consiguió más que empeorar la trayectoria del vehículo que salió de la resbaladiza calzada dando volteretas que cesaron al estamparse contra un árbol alto y recio. El estrepitoso ruido de la chapa y de los golpes desapareció por completo con el impacto. Habían sido tres segundos eternos tras los cuales todo quedó en silencio, como si no hubiera pasado nada. No era la primera vez que aquella maldita curva conducía a un aparatoso accidente. Le llamaban la “curva del cura” porque fue a D. Tomás, el párroco que años antes había inaugurado aquel tramo de carretera, a quien primero segó la vida. Las cosas del destino. Los primeros auxilios tardaron en llegar, y lo que en principio no parecía ser gran cosa resultó ser más grave de lo esperado. Gonzalo fue trasladado urgentemente al hospital más cercano, había sufrido un fuerte traumatismo facial y tenía una clavícula partida. Se encontraba inconsciente. Eduardo tuvo peor suerte, no consiguió ser reanimado por los servicios de urgencias y falleció en la ambulancia camino del hospital. “Pristalejo”, a quien también le sorprendió todo aquel revuelo, yacía en un rincón del vehículo, la amalgama de golpes había acabado con su vida.

LA NEGRA CARCEL


Después de tres días en el hospital, entre curas e intervenciones quirúrgicas, Gonzalo se percató de que el fuerte impacto con el cristal delantero del vehículo le había provocado una importante lesión ocular y, como consecuencia, había perdido la visión. Aquella puñalada trapera del destino y el sentimiento de culpabilidad, que siempre y de forma irremediable emanaba de su interior quizás debido a su condición humana, lo sumergieron en una profunda depresión que le llevó en ocasiones a pensar en el suicidio como vía de escape. El clima del hospital, la negra cárcel de sus ojos, el recuerdo de su primo Eduardo y de “Pristalejo” y una tempestad de interrogantes sin respuesta, hicieron que la vida de Gonzalo atravesase su peor etapa.
Ya en casa, los progresos que mostraba su cuerpo contrastaban con la recuperación a nivel anímico. Como suele ocurrir en estos casos, se había propuesto recuperar su autonomía y levantar así el desaliento que había azotado a su familia. Algunos ensayos con su bastón por los pasillos y las habitaciones, junto con cambios necesarios llevados a cabo en la cocina y en el baño, bastaron para que Gonzalo se adaptara casi perfectamente, reconociendo las distancias, los objetos y los límites con una precisión milimétrica. Pronto fue capaz de preparar café sin ayuda de nadie, de afeitarse sin dejarse un pelo atrás, de cambiarse de ropa, de poner y quitar la mesa, de fregar los platos e incluso de cambiar la bombilla fundida del lavadero. Contra todo pronóstico, había conseguido desenvolverse en casa como pez en el agua. Araceli, que estaba convencida de que Gonzalo jamás volvería a ser una persona autónoma, no podía evitar que se le saltasen las lágrimas cada vez que le veía realizar algún trabajo doméstico, y si antes se sentía orgullosa de ser su esposa, ahora se reconocía aún más. Al principio le costaba trabajo interaccionar con él, no sabía, por ejemplo, si coger su mano para guiarle el tenedor o la cuchara, o dejar que fuera él solo quién experimentase o solicitase ayuda. La verdad es que cada vez que Gonzalo se aventuraba a realizar algo nuevo, sin ayuda de nadie, las expectativas de Araceli no eran las mejores, e inconscientemente se mordía el labio inferior pensando que iba a tropezar o se le iba a caer lo que llevaba en las manos.
Tampoco fue fácil para él, se sentía ridículo en aquellas primeras situaciones dependiendo para todo de su mujer. Además, a pesar de los avances que iba consiguiendo, Gonzalo sabía que estaba muy herido anímicamente aunque trataba de disimularlo ante su familia. Por la noche, cuando todos se acostaban, le gustaba quedarse sentado a los pies de la chimenea, solo. Era entonces cuando, oyendo el crepitar de las últimas ascuas, solía venirse abajo pensando que jamás volvería a reír viendo las expresiones de su pequeña Laura o atisbando, lascivo, la figura de su mujer contoneándose por el pasillo. Cada vez que pensaba en el cuerpo de su mujer recordaba uno de los momentos más intensos que vivió desde el accidente y que fue la primera vez que hicieron el amor. Según le contaba, sus emociones se habían multiplicado y algunos sentidos, para él olvidados, le habían provocado un cúmulo de sensaciones muy intensas. El olor de su mujer, el tacto de su piel o el sonido de su respiración entrecortada eran detalles a los que nunca prestó demasiada atención y sin embargo ahora, se habían convertido en la esencia de su relación. También para ella había sido un encuentro muy especial en el que descubrió que la llama del deseo seguía ardiendo entre ellos.
Durante quince días recibió la visita de familiares, vecinos, compañeros de trabajo y amigos, que además de llegar en los momentos más inoportunos, le “ayudaban” a revivir situaciones angustiosas. Una noche, sin embargo, recibió la visita de Pascual, un amigo cetrero al que conoció en La Cueva y con el que había compartido innumerables jornadas de caza.


LA SONRISA DE DÑA. BERENGUELA


Pascual era un hombre entrado en años, de piel seca y arrugada, y con gran capacidad de empatía. Se acostumbró a visitar a Gonzalo todos los viernes a media tarde cuando salía de trabajar. Al cabo de poco tiempo aquellas visitas se convirtieron en el atractivo de la semana para Gonzalo que esperaba con ansiedad el relato sobre el último lance del delicado gavilán o las peripecias de caza de amigos que le narraría su amigo Pascual. Eran historias de halcones y halconeros que Gonzalo solía escuchar en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba y la boca entreabierta. Para darle más emoción Pascual exageraba un poco los lances y enfatizaba determinados momentos de sus relatos dotándolos de un realismo que emocionaban a Gonzalo, e incluso al propio narrador. Posiblemente más de una vez, escuchando aquellos relatos, se imaginó cazando en la dehesa o en el páramo acompañado como siempre de su primo Eduardo. Lo cierto es que aquellos encuentros con Pascual reavivaron poco a poco la pasión que Gonzalo sentía por las aves de presa. Para él la cetrería no había sido sólo un sistema de caza, sino una manera de concebir la vida, un amor, una medicina, un efugio y, por supuesto, un delicioso recreo. Tan arraigada era su pasión por el noble arte que su inquietud no tardó en proponerse volver a practicarlo. Sabía que aquella decisión había que meditarla muy bien pero estaba completamente seguro de que contaría una vez más con el apoyo incondicional de su mujer y, sin ningún género de dudas, eso era lo más importante.
Un día, tras comentárselo a Pascual y escuchar con atención su opinión no dudó en ponerse manos a la obra, ya habían pasado tres años desde el accidente y sentía que era el momento. Aquella misma semana comenzó a preparar los aperos cetreros que aún guardaba en el lavadero como oro en paño. Lo primero que hizo fue engrasar la lúa, le gustaba que estuviese suave para que sus dedos pudieran sentir al ave. Luego desempolvó la vieja caperuza, los cascabeles y el señuelo, quería tenerlo todo listo para cuando llegara el momento.
El segundo paso fue localizar el ave, otro halcón que como “Pristalejo” cortase el viento con sus alas de guadaña. Pascual contactó con un señor del norte que se dedicaba a importar aves de cetrería procedentes de países centroeuropeos. Sabía de sobra que encontrar un pollo de halcón peregrino por aquellas fechas en España era imposible. Así que tras los trámites burocráticos que se alargaron durante dos meses y medio, llegó por fin el día, precisamente un viernes, en que Pascual se presentó en casa con el animal. Todos estaban muy emocionados, en especial Gonzalo que ya se imaginaba llamándolo con el señuelo pico a viento. El halcón había llegado directamente desde tierras alemanas, en concreto procedía de Rosenheim, en la Alta Baviera. Era un halcón hembra de anchas espaldas, zanco grueso y dedos largos y finos. El pecho ocráceo contrastaba llamativamente con su marcada bigotera, era un auténtico neblí. Para su completa aclimatación lo dejaron tranquilo durante un par de días, decidiendo que sería el domingo por la noche cuando comenzasen con su afeitado. Lo bautizaron con el nombre de Dña. Berenguela.
En un principio, cuando Gonzalo le propuso a su mujer la idea de volver a volar un halcón ésta no se sorprendió, sabía que tarde o temprano esa iniciativa rondaría por su cabeza. Sin embargo, cuando vio a Pascual entrar en casa con el ave un intenso hormigueo conquistó todo su cuerpo. La confianza y seguridad con la que Gonzalo aprendió a desenvolverse con la ayuda de su bastón no eran suficientes para que ella se sintiera tranquila ante aquel reto.
La noche de domingo tardó en llegar. Gonzalo tuvo tiempo de volver a engrasar su guantelete y revisar de nuevo su herramental cetrero. Ya bien entrada la noche sacaron el halcón de su muda y se dispusieron a vestirlo con todos sus aperos. Mientras Gonzalo lo sujetaba envuelto en una media, Pascual le colocaba nerviosamente unas pihuelas de adobada piel de perro, ligeras y resistentes. Luego abotonó en sus tarsos una pareja de cascabeles “Filigrana”, y finalmente lo encaperuzó con la destreza que da la experiencia. Una vez armado, Gonzalo se colocó su guante en la mano izquierda y espero que Pascual depositará en él su preciado tesoro.
En aquel instante el tiempo se paró. La primera sensación que Gonzalo experimentó fue la de haber cerrado un paréntesis en su vida, un paréntesis que le había enseñado a imaginar y a ver las cosas de otra manera, escuchándolas. La magia de aquel momento desempañó la penumbra que el destino había prescrito en su pellejo y después de casi cuatro años el caudal de su vida volvía a su piedra manantía. Los dos, cegados por el amor, se imaginaban en la oscuridad uno frente a otro, nerviosos en su primera cita. El sonido de los cascabeles traducía una y otra vez aquella conversación tan particular que el silencio había creado. Su amigo Pascual se quedó mirándole y decidió permanecer en silencio mientras sus entrañas se preguntaban quién sería más esclavo, si el hombre o si el animal. Por delante quedaba toda una noche de desvelo para doblegar a la naturaleza en estado puro, con paciencia, amarrándose con fuerza a los recuerdos infinitos y sembrando la semilla de una relación que luego les unía en el aire a centenares de metros.
Araceli se había acostado temprano y despertó a media noche sobresaltada por un maldito sueño, eran las dos y veinte de la madrugada. Pascual ya se había marchado. Sin hacer ruido bajó las escaleras y desde el pasillo observó a Gonzalo sentado a los pies de la chimenea con su halcón en el puño, estaba solo. En silencio se apoyó en el marco de la puerta y dejó que la última lágrima recorriera su mejilla arrancándole la primera sonrisa.



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