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RELATOS


Por José María Núñez Retortillo

 

ENEKO

Bajo la cúpula celeste el aire se contoneaba embravecido, soberbio, ocultando su furia desatada entre los matorrales de arbustos inanimados y las hojas imbricadas de cipreses estilizados. En su quehacer infantil se elevaba grácil hacia los cielos, o caía en vertiginoso descenso desde las alturas. Se gustaba, sí, y con la misma energía con que irrumpía, del mismo modo desaparecía. En su lugar acontecía una quietud exasperante. Una calma densa se apoderaba del cementerio en medio de aquella soledad nocturna. En su complicidad con la noche, la luna negaba su luz desde algún rincón cercano del firmamento, y la negrura se enseñoreaba entonces de aquel reino de luz fagocitada.
Eneko era uno de los pocos que se atrevía a desafiar un ambiente tan hostil. Su condición de infante desinhibido —o su temeridad— desterraba de las bastas llanuras de su pensamiento cualquier rastro de debilidad humana. Así era Eneko, a quien dos lustros de existencia lo contemplaban. Un niño travieso y revoltoso. De ideas extravagantes como un vestido de Ágata Ruiz, y de un carácter tan agreste como el del más rudo presidiario.
El pequeño no estaba solo esta noche. Otros dos jóvenes sin indicios aparentes de haber alcanzado la pubertad lo acompañaban. Los tres caminaban con un alegre trote por entre las veredas angostas del camposanto mientras se regocijaban y cuchicheaban como quien tiene miedo a despertar a alguno de los muchos inquilinos. Eneko se movía por el cementerio como un gaucho por la pampa, con soltura y conocimiento, y arrastraba consigo a los otros dos pequeños invitados. Javier —que así se llamaba uno de los pequeños— se sentía más inquieto, por lo que de vez en cuando sorprendía a la pareja con alguna de sus preguntas.
—¿Qué vamos a hacer aquí? Seguro que nuestras mamás ya se han dado cuenta de que nos hemos escapado. Es mogollón de tarde.
—¡Calla enano llorica! Es ahí —le susurró indolente Eneko—.
Junto al camino podía verse algo entre las tinieblas. Los tres las rompieron al encender una pequeña luz, una linterna de escasa potencia pero con suficiente intensidad como para delimitar la naturaleza de cuanto se percibía. Frente a los niños, y ligeramente escorada a su derecha, se podía observar una fosa cavada no hacía mucho tiempo, porque la tierra se amontonaba por encima del nivel del suelo claramente removida. A la izquierda de esta última, un agujero rectangular no muy profundo, aunque de unas dimensiones considerables, se mostraba amenazante a los niños. A Javier se le erizó el bello, y miró horrorizado a Eneko. De pronto se encontraba helado y paralizado, si bien, con voz queda pudo proferir algunos susurros casi imperceptibles.
—¡Eres un fantasma! ¡Ahí pone tu nombre! ¿Es ésa tu tumba!
En efecto, presidía el cabecero de la amalgama de tierra removida una cruz hecha con maderos, y sobre ellos se veía tallado con claridad un nombre: «Eneko».
—Es mi tumba —dijo Eneko—; pero no soy un fantasma.
Javier notó como una pala le destrozaba la cabeza por detrás, y con la inercia dio de bruces con el fondo del agujero. El tercero de aquellos pequeños sostenía aún el pesado artefacto en el aire. Lo bajó. Con la tierra extraída con anterioridad de aquella fosa comenzó a rellenar el hueco, tras lo cual se encaminaron hacia la maleza, de donde extrajeron una cruz de entre los arbustos y la colocaron clavada en la tierra junto al cabecero. En ella sólo se apreciaba un nombre tallado: «Eneko».



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