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RELATOS


Por José Antonio

 

CURVA LAGUARDIA

El inmenso tráiler abandono el Polígono Industrial con una cansina lentitud. Sus gigantescas y pesadas ruedas giraban machacando y haciendo crujir la gravilla del asfalto a su paso, como si triturasen un montón de huesos viejos y resecos.
La tierra se quejaba a sus pies, soltando tristes lamentos y extraños conjuros, como si de un satánico ritual se tratase, preparando el camión para los casi 220 km que tendría que recorrer en la próximas horas, dando a entender con ese ritual, que aquella maquina despreciaba los casi 10000 euros en juego.
Una ligera neblina bailaba impulsada por el viento y envolvía al gigante con ruedas en su lento devenir. El agua caída de la tormentosa noche anterior, se evaporaba rápidamente de la tierra ya calentada por el inminente verano.
El viento parecía querer ser otro contrincante más.
El enorme remolque, totalmente cubierto con una gruesa lona negra adornada con extraños símbolos dorados en sus laterales, parecía ligero arrastrado por la potente máquina diesel que tiraba de él. La carga que transportaba el camión en aquel viaje, superaba en poco las 10 toneladas y la hacían óptima para devorar kilómetros en pos de la victoria.
La cabina era un símbolo a la anarquía. Grandes y coloridas banderas revolucionarias se pegaban por todos los lados, el Che, Lenin, y lo que más llamaba la atención si se miraba hacia el techo, una gran figura negra del tamaño de un ser humano con una gran guadaña de color oro intensísimo cogida de su mano huesuda, parecía dirigir los designios de aquel camión.
El “Exterminador” paso rozando la señal de stop sin parar, su conductor estimaba que tenía la suficiente visibilidad, y encaro la carretera comarcal que en 2 kilómetros le llevaría a la autopista.
El conductor había elegido el nombre para su camión durante una lluviosa noche de diversión hacia ya una eternidad; acostado con una prostituta en la cabina, se le ocurrió que el nombre de “exterminador” quedaría de lujo en la alto de la luna delantera. Lo puso en letras negras con unos tonos dorados muy brillantes que se podían leer a casi 200 metros de distancia. Y el mismo se hacía llamar el conductor.
El poderoso y preparado motor Renault, rugió a 80 km hora en la larga recta, hasta que enfilo la curva que le incorporaba a la autopista, sin intermitentes y a una velocidad ligeramente más elevada de lo establecido, haciendo frenar con cierta premura a un pequeño turismo.
La carrera estaba a punto.
El tráfico era fluido. El “Exterminador” mantuvo su velocidad al terminar de incorporarse a la vía rápida. Esperando. Unos dos kilómetros a tras venia su contrincante. Hasta que no llegase a su altura y los dos camiones se pusiesen en paralelo como decían las invisibles normas, no daría comienzo la carrera.
La escasa comunicación que pudiese haber entre los dos camiones contrincantes, seria a través de una frecuencia corta a la que las autoridades seguramente prestarían muy poca atención.
El conductor no conocía personalmente a su rival ni había oído nada sobre él, ni maldita falta que le hacía. Solo le importaba que había encontrado un nuevo rival. Tan solo le conocía como Marcelo y no le gustaba su voz.
Marcelo volvió a hablar por el comunicador de radio.
-Estoy llegando a tu altura -anuncio una infantil y vibrosa voz a través de la radio-. ¿Eres el vejete de negro verdad?
Vejete de negro. La insinuación a su vieja lona negra proveniente de aquella estúpida voz, casi le saco de quicio. Maldito miserable. Pero el conductor se relajo con rapidez. Su camión tenia algunos años, eso era cierto, pero en la carretera era más veloz que cualquier otro, ya fuese recién salido del concesionario.
-Té veo -fue la agria y sobria respuesta de el conductor, que por su retrovisor veía claramente acercarse un potente y reluciente Escania blanco. No quiso fijarse en la matricula, pero por su aspecto, aquel camión no pasaría del año. Un camión nuevo y con un motor potente podía llegar a ser muy veloz en la carretera, pero la voz de su piloto no le causaba ningún respeto. Le ganaría con seguridad. Llevaba más de cinco años por aquellas carreteras y nadie le había ganado desde que comenzasen las carreras.
El Escania bramo y paso al carril rápido de la autopista, posición algo más ventajosa y que por norma pertenecía al nuevo contrincante. En pocos segundos se puso casi en paralelo al “Exterminador”
Cuando los dos trailers estuviesen justo en paralelo, comenzaría la carrera si no había ningún inconveniente por ambos conductores. Los dos se miraron ligeramente, aunque Marcelo solo pudo distinguir una sombra dentro de la cabina del viejo Renault. El tráfico era bastante fluido por la zona. Un tremendo bocinazo rompió el aire. Le siguió otro más leve.
La carrera dio comienzo.
Marcelo miro por el retrovisor derecho y puso en funcionamiento toda la potencia de su camión. Enseguida tomo unos metros de ventaja sobre su rival. Si conseguía adelantar nada más empezar la carrera al viejo camión y ponerse delante de él, tendría muchas posibilidades de vencer. Su camión, sin duda, era más rápido y más seguro.
Parecía que lo iba a conseguir, estaba a punto. Sin pensarlo, puso el intermitente derecho para invadir el carril interior; pero el “Exterminador” parecía sacar fuerzas y aun no le dejaba suficiente espacio para completar el adelantamiento. No debía de hacer maniobras excesivamente bruscas que pudiesen llamar la atención de los agentes de la guardia civil, que sin duda, podrían estar camuflados en la carretera; pasar inadvertido a los ojos de los agentes sin que estos se diesen cuenta de que había en marcha una carrera ilegal, era una de las claves para poder vencer en una de aquellas carreras.
Un potente turismo se le pego literalmente en su parte trasera. Empezó a darle ráfagas de luz larga pidiendo paso. “Maldito cabron” se dijo Marcelo. Sintió un ligero temblor en uno de sus pies. Sabía que podía llegar a ponerse nervioso. Era una posibilidad. Tenía mucha experiencia como conductor, pero esa era su primera carrera y eso le hacía estar en máxima tensión, además de sentir una voz interior, y conocía a esa voz, era la maldita vocecita que siempre le reprochaba los actos no totalmente adecuados según ella. Y la impertinente vocecita, había decidido por si misma que aquella carrera era uno de los peores actos que Marcelo iba a cometer en su vida. No sería para tanto y además, en aquella ocasión, la vocecita tendría que callarse. No hacia aquello por vicio. Lo hacía por dinero, un dinero que le hacía mucha falta.
A pesar de ser conductor profesional, tenía un gran respeto por la carretera y el peligro que esta encerraba en sí misma.
El respeto hacia la carretera le venía de hacía muchos años, cuando en un viaje en el viejo auto de su padre, en cuestión de segundos, su padre no pudo esquivar un choque múltiple. Los recuerdos quedaron grabados en su mente para siempre, sus padres llenos de sangre pero vivos, llorando, preguntándole una y mil veces si estaba bien. Sí, claro que salió bien de aquel accidente, al menos físicamente, pero la imagen de los ataúdes de madera que por aquel entonces se empleaban para retirar a los muertos de los accidentes del medio de la carretera, no le había abandonado definitivamente. Y probablemente, la perversa vocecita había nacido en aquel terrible momento.
Pero... A pesar de eso se había convertido en un buen conductor.
Se consideraba un buen trabajador y también, una buena persona. Y a cambio, estaba casi en la ruina.
Su vida en aquel instante, era un infierno económico.
Todo había comenzado con su separación. A parte de la situación económica en la que se había quedado, casi era más doloroso recordar que siempre se había comportado de una manera ejemplar con ella. La quería a raudales, la trataba con religioso respeto, no era celoso, la adoraba..., entonces ¿por qué? ¿Por qué ella le empezó a hacer la vida imposible? Empezó de repente. Ella le comenzó a hablar con desprecio, aparto completamente el sexo de sus vidas e incluso se fue a dormir a otra habitación. A veces ni la encontraba en casa cuando volvía de sus viajes.
Marcelo no podía entender en que había fallado en su matrimonio, pero aun así, consiguió rehacer su vida sentimental cuando se separo y consiguió encontrar a una buena mujer con la que volver a compartir su vida.
El destello de las ráfagas que el turismo le mandaba reflejadas en su retrovisor, hicieron que Marcelo parpadease durante unos interminables segundos en los que la carrera, e incluso la carretera, desaparecieron de su memoria.
Sin embargo, no había podido rehacer su economía. Ella fue al degüello. Y él no quiso luchar. Para ella fue el piso, el coche y la pensión que debía de pasarla por los dos niños. Eran demasiados gastos, incluida la impresionante letra del Escania.
Ahora estaba de deudas hasta el cuello. Hasta su flamante camión estaba amenazado de embargo.
Fue en un bar de carretera, por casualidad, donde comiendo con otros conductores, escucho el tema de las carreras. Se mostró interesado y al cabo de unos días, alguien le llamo al móvil y le propuso competir.
Marcelo lo dudo, por supuesto que dudo, pero acepto.
Conducía camiones desde que se sacase el carnet en la mili, y de eso ya pasaban algo más de 20 años.
No tenia por que pasar nada malo en aquella carrera. No tenía porqué. Debía de ganar.
Había oído hablar del “Exterminador” y alguna vez le había visto de pasada por la carretera, y en verdad, que se había sorprendido ligeramente por la forma de circular tan agresiva de aquel camión, pero en la carretera uno se encontraba de todo; incluso él mismo había cometido pequeñas locuras traducidas en peligrosos e innecesarios adelantamientos, excesiva velocidad e incluso absurdos piques con otros camiones y turismos. Eso le había llevado a recibir alguna sanción, algo que formaba parte de su trabajo diario. Un trabajo duro y peligroso.
El “Exterminador” tomo velocidad. Marcelo intento serenarse. En menos de un kilometro, la primera de las dos pronunciadas curvas que marcaban el trazado de la carrera, obligaba al tráfico a reducir la velocidad que llevaba en la amplia recta precedente. El turismo lo acechaba. Marcelo levanto ligeramente el pie del acelerador. El “Exterminador” comenzó a alejarse por su derecha, puso el intermitente y cuando tuvo espacio, se incorporo al carril derecho siguiendo la estela del camión negro.
El BMW paso veloz por su izquierda haciéndole su conductor un grotesco gesto con su mano. Marcelo no le prestó atención. La cola del exterminador se alejaba delante suyo; aun quedaba carrera por delante y no debía desanimarse, nuevamente piso el acelerador.
El conductor del Escania tomo la curva algo más relajado a algo más de 90 kms por hora. Era la primera vez que tomaba aquella curva a tanta velocidad. El remolque tenía una estabilidad probada y mejorada a lo largo de muchos años de ensayos y en múltiples pruebas, pero aun así, noto un balanceo. Su carga de vigas metálicas apenas alcanzaba los 11000 kilos, requisito forzado para poder participar en la carrera, entre diez mil y doce mil kilos. Una carga de gran estabilidad, lo que no impidió el bamboleo.
Y el viejo camión negro aumentaba su ventaja a la salida de la curva. Marcelo sintió un escalofrío. Aquel tipo estaba realmente loco. Había oído ciertas cosas sobre él, algunas realmente muy extrañas, desde que apareciera unos cinco años atrás; se había creado una mini leyenda en torno a aquel camión y su conductor. Se decía que no se sabía quien manejaba a quien, si el hombre a la maquina o la maquina al hombre. Nunca había perdido una carrera. Se decía que aquella maquina tenia vida propia. Pero hasta aquel momento, para él solo eran meras tonterías.
Por un momento, Marcelo se pregunto qué carga llevaría su contrincante.
Tras unos pocos kilómetros, el trafico empezó a ser mucho más denso, innumerables turismos y camionetas fluían de las interminables arterias de incorporación a la autopista. Pronto varios coches se interponían entre los dos camiones.
Estaban pasando por las cercanías de un gran área metropolitano.
Marcelo tembló nervioso, debía de intentar no perderle de vista, aun quedaban poco menos de cien kilómetros y encontraría una nueva oportunidad de adelantamiento, seguro.
Al cabo de unos cuantos kilómetros, el tráfico de nuevo, se hizo más fluido. Marcelo se removió en su asiento presa de una mezcla de nervios, temor y ansiedad. Pronto la carretera apareció nuevamente despejada delante de él, con el negro asfalto exigiendo velocidad. Un par de turismos le adelantaron por su izquierda y enseguida dieron alcance al “Exterminador”, eso quería decir que el camión negro estaba a tiro de piedra. Por el retrovisor, otro tráiler recién adelantado se alejaba haciéndose pequeño paulatinamente, al tiempo que aparecía un punto gris, lo que parecía ser un gran camión volquete; Marcelo lo ignoro. Su objetivo era El “Exterminador” al que ya tenía otra vez a su alcance.
El “Exterminador” parecía vibrar en todo su conjunto mientras devoraba kilómetros, la velocidad era máxima y ya no parecía poder dar más de sí. Ya le tenía. El Escania encendió su intermitente izquierdo, ningún vehículo venia cerca, y con una ágil y veloz maniobra, invadió el carril rápido de la autopista. El camión cogió velocidad. El adelantamiento comenzó limpiamente. Las fuertes ráfagas de viento parecían romperse en mil pedazos cuando alcanzaban a los dos camiones y se fragmentaban en múltiples ráfagas más pequeñas que se perdían entre los dos remolques soltando tristes y sonoros lamentos.
En el horizonte, una serie de señales visuales y luminosas comenzaban a anunciar la llegada de una curva a la derecha con una limitación máxima de 80 km/h. Maldita sea, Marcelo se agito. Era la curva de Laguardia. Aquella curva era muy engañosa y a veces los vehículos la tomaban a una velocidad inadecuada, lo que ya había producido numerosos accidentes.
Por el retrovisor, el pequeño punto se había hecho enorme, dando clara forma a un tremendo camión volquete que se acercaba a lo que parecía una velocidad desproporcionada, a la vez que el otro camión se perdía definitivamente en la larga recta.
La curva estaba encima.
El “Exterminador”, para la creciente y lastimosa sorpresa de Marcelo, no perdía velocidad. No le iba a dar tiempo a completar el adelantamiento, debía de levantar el pie del acelerador. “A la mierda la puta carrera”, si no desaceleraba saldría volando en la curva.
En ese mismo instante, Marcelo salto en su asiento al tiempo que soltaba un grito; como las fauces de un terrible monstruo, la cabina del volquete estaba pegada prácticamente a la parte trasera de su camión. Aquel tipo estaba más loco incluso que el conductor del “Exterminador”. Si reducía la velocidad de manera que pudiese tomar la curva con seguridad, la bañera se empotraría contra él.
Marcelo comenzó a sudar. Notaba como las manos resbalaban en el volante de cuero. Noto temor, miedo, y ya no solo por la posibilidad de un terrible accidente, durante tantos años en la carretera se aprendía a vivir con ese miedo en cierta manera. Otro temor más fuerte le asfixiaba, un temor a sí mismo. Una parte de si, se aterrorizaba por lo que estaba haciendo y por lo que significaba aquella carrera, que no era otra cosa que un lúgubre aliento a la muerte.
Conocía la curva y anteriormente había visto a numerosos turismos, furgones y camiones tomarla a una velocidad auténticamente de locos. El había probado a distintas velocidades cuando el tráfico estaba totalmente despejado y las condiciones meteorológicas lo permitían, había acelerado y hecho un poco el loco. Pero en aquel momento, ninguna de las condiciones era la ideal y la velocidad era excesiva. Era una curva a derecha más cerrada de lo que en principio aparentaba y muy, muy engañosa, donde se podía ir con facilidad el vehículo, sobre todo si se tomaba por el carril abierto.
El “Exterminador” tomo la curva por el carril interior sin reducir prácticamente su velocidad. La bañera, potente y ligera al llevar seguramente su volquete vacío, volaba en manos de su conductor seguramente en pos de un nuevo cargamento que le haría aumentar sus ingresos económicos.
-Diablos -Marcelo agarro con fuerza el volante intentando que sus manos dejasen de resbalar y comenzó a girarlo lentamente en el sentido de la curva. El Escania comenzó a tomar la curva. La cabina se agarro al asalto con fuerza, pero la parte de atrás, el remolque, se tambaleo bruscamente impulsado por el viento y la fuerza centrifuga. Debía de dar pequeños volantazos con cierta violencia hacia el interior para contrarrestar aquella fuerza. Así lo hizo. Las ruedas del Escania invadieron ligeramente el carril interior. El remolque se tambaleo al tiempo que dejaba escapar un crujido hacia el lado opuesto, pareciendo que nuevamente tomaba estabilidad.
Pero el “Exterminador” iba impulsado hacia fuera.
Los dos camiones se rozaron entre un tremendo chasquido metálico, un trozo de hierro se soltó y voló a gran velocidad por los aires.
-¡Aaaaag! -Marcelo no pudo contener aquel grito. Una de sus manos volvió a resbalar del volante y por milésimas de segundo tan solo tuvo sujeto el volante con una sola mano. Por un instante, le pareció que el conductor, o lo que parecía su sombra, le miraba desde su retrovisor con una extraña y escabrosa mueca. Sin duda aquel tipo estaba loco. Y él más.
La curva se hacía interminable.
Marcelo asió con fuerza nuevamente el volante y comenzó a enderezarlo lentamente, notando como la carrocería de su camión se estabilizaba milagrosamente después del roce con el “Exterminador”.
De repente, justo delante de él, un turismo parecía salir de la curva por el carril rápido a una velocidad demasiado lenta. “¡Que diablos hacia allí en medio aquel zoquete!” Si no se apartaba o aceleraba, Marcelo tenia la seguridad de que se lo tragaría sin remedio. Golpeo el claxon. El tremendo ruido pareció dar espuelas al conductor del turismo, que seguramente asustado, acelero vivamente, dando la intermitencia de su derecha para intentar apartarse y dar paso al gran monstruo que le comía por su retrovisor.
El turismo finalmente, se incorporó con una desequilibrada maniobra al carril de la derecha, donde El “Exterminador” tuvo que frenar bruscamente haciendo derrapar todo el camión.
Marcelo sintió amargamente que aquello era el fin, que todos sus miedos se iban hacer realidad en cuestión de milésimas de segundo. El camión negro estaba a punto de volcar en medio de la carretera y solo Dios sabría qué clase de catástrofe estaba a punto de provocar. Miro por su retrovisor e inexplicablemente, vio como el conductor enderezaba su camión y controlaba la marcha, aunque eso sí, lentamente detrás del turismo que le había cerrado el paso.
La maniobra fue decisiva para que el Escania enfilase la recta dejando poco a poco atrás al “Exterminador”.
-Dios mío, Dios mío he adelantado a ese loco -fueron las palabras de desahogo de Marcelo, mientras aguantaba el volante fuertemente con su mano izquierda y aporreaba con violencia todo el nuevo y brillante salpicadero con su puño derecho.
En aquel momento, el conductor supo que prácticamente tenía la carrera perdida. Aquel miserable había sido capaz de adelantarle en la curva. De nada sirvió después de estabilizar su camión y evitar que volcase, las continuas ráfagas de luz y los bocinazos que soltó al turismo que se interponía delante. Impotente, o mejor dicho lleno de ira, tuvo que ver como el Escania y un veloz camión volquete, pasaban por su izquierda dejándole rápidamente atrás.
El turismo culpable de su retraso, totalmente pasada la curva, empezó a acelerar y alejarse de él de manera despavorida.
Pero aun tenía un último as en la manga.
Trampas. Jugar sucio como lo llamaban aquellos cretinos.
Pero para él no existía el juego sucio.
El Escania ya estaba lejos. Los 50 kilómetros que restaban eran prácticamente rectos y otra gran ciudad quedaba a la vera de la autopista, por lo que el aumento de trafico que eso suponía, hacia prácticamente imposible la victoria.
El “Exterminador” recorrió en pos de su rival los últimos kilómetros, pero el veloz camión que le precedía y el denso tráfico, apenas le permitían acercarse y menos aun, intentar un adelantamiento.
El interior de la cabina del camión se calentó, aumento de temperatura literalmente. El conductor miro hacia el techo durante unos segundos en los que la carretera desapareció de la visión de sus ojos.
Noto como la ira le invadía. Esperaría el resultado de su última jugada.
El tráfico se hizo lento hasta casi detener los vehículos, desde lo alto de su cabina detecto algo. A unos pocos metros, inmerso en la lentitud del tráfico, estaba el auto que le había hecho perder la carrera; un Renault Megan prácticamente nuevo relucía bajo el frío sol, su conductor fumaba echando el humo por la ventanilla abierta de manera distraída y algo chulesca.
Con una maniobra rápida y brusca, el gran tráiler cambio de carril aprovechando la lentitud del andar de los vehículos. Tan solo cinco vehículos separaban al “Exterminador” del Megan rojo. Algo más adelante, el Escania rodaba ya prácticamente inalcanzable.
El camión negro se abrió camino entre el trafico con una temeraria facilidad que casi rayaba lo inexplicable, mucho más ágil y apto que muchos turismos, entre ellos el Megan, que parecía desenvolverse con dificultad en el atasco. El conductor, parecía saberlo y observo al turismo que iba pendiente de la próxima salida de la autopista distante a un kilometro, sin duda la suya.
Los vehículos volvieron a aumentar sus velocidades a medida que el trafico se hacía menos denso, entonces, el Renault empezó a hacer signos inequívocos e impacientes de querer cambiar de carril para poder tomar la próxima salida; el conductor del turismo puso todo su empeño en incorporarse a la derecha sin señalizar y de manera que en ocasiones desconcertaba y enfurecía a los demás conductores.
El conductor, maestro de la carretera y eterno observador de los demás conductores, enseguida supo que aquel era temerario, poco hábil, imprudente e impertinente. La observación, que por supuesto le daba igual, si le facilitaba su cometido.
Por fin, el Megan encontró el suficiente espacio y se metió al carril de la derecha, unos cien metros antes de su desvío. El “Exterminador” acelero. El vehículo que seguía al Megan, ante la brusca maniobra de este, aminoro su velocidad. El “Exterminador” no. Bruscamente, el camión invadió el arcén y adelanto al vehículo precedente casi rozándole.
Justo en el momento en el que el Megan comenzaba a abandonar la autopista, el gran camión negro, impresionante a pesar de sus años, invadió el carril de desaceleración.
El del Megan, ya mucho más tranquilo después de la serie de peligrosas e inadecuadas maniobras, apenas vio al tráiler. Soltó un grito cuando de improvisto vio al camión aparecer, como salido del infierno, por su espejo retrovisor. Con el camión encima de él y sin capacidad para reaccionar, el conductor del Renault tuvo la certeza de que aquel monstruo se le iba a llevar por delante. Sus pocos y torpes reflejos, le hicieron dar un volantazo a la izquierda, haciendo que su vehículo girase de una manera brusca, derrapando y saliéndose de la pronunciada curva que trazaba el carril de desaceleración, impactando contra el guardarrail metálico y arrastrándose contra él durante unos metros entre un terrible chirrido metálico que producía una nube de chispas y humo.
El conductor vio como dentro del Megan, su ocupante parecía desesperarse de una manera frenética y agobiante, seguramente presa del pánico. Por fin, el turismo quedo quieto, pegado al guardarrail que había evitado su salida fuera de la calzada, doblado en un ángulo de casi 45 grados. El ocupante del Renault continuaba luchando por salir de su coche entre nerviosos gestos e histéricos gritos. Había tenido suerte. Aquel hombre no tendría nada más que algún rasguño, aunque aquello, nuevamente, al conductor le era indiferente, como si aquel diablo se hubiese roto el cuello en aquel momento.
El “Exterminador”, poco a poco se incorporó nuevamente a la autopista. Un vehículo paro cerca del coche accidentado. La guardia civil estaba lejos, eso lo sabía muy bien el conductor. Probablemente alguien apuntaría la matricula de su camión.
Una sonrisa de hielo apareció en su rostro. El conductor encendió la radio y los Rolling comenzaron a cantar. Era su grupo favorito.
En el horizonte ya había desaparecido totalmente el Escania.

En la cabina del camión blanco, Marcelo estaba pletórico, gracias a Dios todo había salido bien y él había ganado. Mejor dicho estaba a punto de ganar, porque el desvío, la salida de la autopista que marcaba la meta, estaba a escasos dos kilómetros. Ya incluso se divisaban los carteles que la anunciaban. Aun no se lo podía creer. Pero a pesar de la dicha por la victoria, aun perduraba en él ese pesar en forma de vocecita. Seguro que desaparecería cuando recogiese su dinero.
De repente, el ruido de unas sirenas le helo la sangre.
Y todo paso como en una extraña y mala película, mezcla de suspense y humor. Por el retrovisor adivinaba a ver el destello azul de las sirenas de los coches de tráfico de la guardia civil. ¿Pero de donde había salido aquella patrulla? Por el amor de Dios, ya habían pasado más de 30 minutos desde el incidente de la curva de Laguardia, tiempo suficiente para que si alguien hubiese tomado nota y avisado a la policía, estos ya hubiesen tenido tiempo para darle alcance. Pero a veces la policía se retrasa. Intento calmarse, aunque le era imposible. Lo peor de todo es que aquel coche policía parecía haberse materializado detrás de él. Si, no estaba soñando. Había mirado por el retrovisor y no había visto nada y de repente, las sirenas.
Dentro de él y según se acentuaba el ruido de las sirenas, nacía una nueva y extraña sensación. Nunca antes había sentido nada igual. Era algo... sobrenatural.
“¡Maldita sea!” Se dijo Marcelo. Todo debía ser causa del cansancio y del estrés producido por la maldita carrera. Otra vez empezaba a sudar.
El coche patrulla se puso justo detrás suya y empezó a hacerle señales luminosas para que se detuviese.
Marcelo aminoro la marcha sin parar. Venían a por él, todo había terminado. La carrera aun no había concluido y no recibiría su dinero. Y la sanción que le iban a poner por temeridad iba a arruinar su vida definitivamente. Las deudas que tenía y que no iba a conseguir pagar se verían aumentadas al infinito. Y seguramente le retirarían el carnet.
Pero había otra cosa. Aquella sensación. Aquel miedo que no tenía nada que ver ni con la sanción ni con el dinero. Miedo a su integridad. Si venían a por él y no sabía si solo por el incidente de la curva. O había algo más. Entonces pensó en el “Exterminador”. Había leyendas sobre él. Nunca había perdido una carrera.
Sobrenatural.
La vocecita reprochadora e impertinente, desconocía aquella sensación y se había ocultado en algún lugar. Maldita cobarde.
El coche de la guardia civil se puso a su lado. En principio no podía ver su interior, sus lunas tintadas ocultaban cualquier visión del interior del vehículo. Entonces, la ventanilla del acompañante comenzó a bajar lentamente, a un ritmo que no parecía estar en concordancia con la realidad. Un brazo uniformado apareció e hizo señales para que se detuviese.
Por fin, Marcelo diviso dos figuras dentro del coche policial. Todo volvía a parecer normal, excepto su respiración agitada. Marcelo se asfixiaba. ¿Que le estaba pasando?
El coche verde le adelanto y el brazo continuó haciendo señales mientras invadía el arcén y paraba lentamente.
Marcelo detuvo su camión detrás, sin parar el motor.
Nadie bajaba del coche de la guardia civil.
Su respiración aumentaba de ritmo. Notaba su sudor incrustado en los más remotos rincones de su cuerpo.
Algo le iba a pasar, estaba seguro. El “Exterminador” no le perdonaba que le hubiese ganado. Marcelo echó una última y angustiosa mirada por su retrovisor exterior. La carretera estaba extrañamente despejada. Salvo...
El “Exterminador” se acercaba a toda velocidad.
Un punto negro.
Entonces se abrió una de las puertas del coche patrulla. Alguien se disponía a bajar.
Marcelo noto como sus células se llenaban de terror y desesperación, arrastrado por un impulso de supervivencia, metió la primera marcha y acelero a tope. Su morro se incrusto contra el coche patrulla arrastrándolo durante unos metros y destrozándole toda su parte trasera, después, metió marcha atrás y volvió a pisar a fondo para incorporarse a la autopista.
Marcelo no miro atrás, cambio de marchas hasta que su camión alcanzo la velocidad máxima sin saber si el camión negro venía detrás de él, hasta que una gran señal blanca le indico la salida que debía de tomar. Su salida.
El Escania abandono la autopista a una velocidad excesiva, las gruesas ruedas de la cabina pisaron la tierra que limitaba la calzada y frenaron su velocidad; Marcelo pareció recobrar el sentido común y redujo de marchas bruscamente, consiguiendo que su motor bramase dolorosamente, pero consiguiendo que el camión volviese a su domino. Ya estaba fuera de la autopista. Marcelo había ganado la carrera.
El hombre intento respirar hondo para controlar su incontrolable respiración, mientras su camión iba aminorando la marcha.
El Escania llego manso a una rotonda, tomo una bifurcación y rodó durante unos metros hasta llegar a una especie de descampado cercano a un polígono industrial. Marcelo paro el motor del camión y salto al suelo. No pudo evitar que una serie de arcadas secas revolviesen todo su cuerpo. Noto como una desagradable y húmeda amargura procedente de lo más hondo de si, le llenaba toda su boca.
Se quedo tendido allí, en el suelo, con su boca goteando una saliva amarga y espesa, hasta que su respiración se relajo.
“Dios mío que me ha pasado”. Marcelo se limpio la boca y volvió a subir a su camión. Saco su reserva. En una pequeña petaca guardaba un excelente whisky de doce años que solo empleaba en casos de celebración o de relajación. No sabía si aquel era el caso, pero echó un buen trago. Se relajo.
Volvió a poner en marcha su Escania y busco el polígono donde debía de descargar. Intento olvidar todo lo que había pasado. Seguramente su imaginación le había jugado una mala pasada.
Dios santo. Había golpeado y arrastrado un coche de la guardia civil. Ya debería de tener detrás suyo a todo un regimiento. Pero no. Ojalá todo hubiese sido una mala jugada de su imaginación. Había escuchado historias similares a la suya, gente que contaba que le habían sucedido extrañas cosas cuando realmente no había pasado nada de nada. Ojalá.
Cuando llego al polígono, había pasado poco mas una hora desde el final de la carrera. Un pinchazo en su estómago le hizo encogerse en el asiento de su camión. Allí, justo en frente suyo, al otro lado de la calle central que serpenteaba por el polígono, estaba El “Exterminador”, incrustado en un pequeño muelle de descarga. Sus faros delanteros, apagados pero relucientes entre la chapa negra, parecían mirarle de manera macabra y burlona. Marcelo intento relajarse. No era casualidad que el “Exterminador” descargase cerca de él, una de las pocas normas de la carrera era que los dos contrincantes tuviesen como destino la misma zona o ciudad, algo que en teoría daba las mismas facilidades a ambos contrincantes. De cualquier manera, se alegraba de ver aquel camión descargando. Ese hecho le devolvía a la realidad. Todo volvía a parecer normal. Aun así, un fuerte pálpito le hacía sentirse mal. La vocecita escondida parecía llorar silenciosamente en algún rincón.
Paro su camión en la cuneta.
Tenía que hacer aquello. Marcelo cruzo la calle andando y paso junto a la cabina aun caliente del “Exterminador”, que irradiaba un ligero murmullo, como si fuese una burda risa. No parecía haber nadie en su interior, aunque sí pudo ver la siniestra silueta del hombre de la guadaña en su techo.
A Marcelo parecía helársele la sangre por momentos.
Sobrenatural. Nunca había perdido una carrera. Incapaz de comprender aquella situación, continuo andando bordeando el camión. En lo alto de una de las puertas de descarga, había un viejo y negro letrero. Desde dentro, le llegaba el traqueteo y el ruido del motor de gasoil de un toro mecánico.
“Almacén forense” rezaba el letrero. Subió por una estrecha escalera de ladrillos al muelle. Una pequeña pero ruidosa carretilla, salía en aquel momento del remolque del “Exterminador”. En sus uñas transportaba un pallet perteneciente a la carga que el tráiler había transportado.
El operario, con rapidez, pero con precisión, deposito el pallet junto al resto de la carga. La vocecita dejo de llorar y se volvió a esconder en un lugar recóndito de la mente de Marcelo, esta vez para siempre. No podía dejar de mirar aquellos pallets. Marcelo temblaba, lloraba y sonreía a la vez.
Un trabajador se paro junto a él y le observo curioso.
-Sí funesta carga, sí señor. Esos mismos son los que se utilizan para recoger los muertos en los accidentes de tráfico que tantas veces vemos en la tele tirados por la carretera.
Dos pilas de pallets cargados de ataúdes oscuros, se apilaban casi simétricamente, como dos lúgubres torres, una junto a otra.
“Dios mío no puede ser, no puede ser”.
Marcelo cayó de rodillas con sus manos apretando sus sienes, aunque ya no escuchase ninguna voz, ante la carga de El “Exterminador”.

FIN

 



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