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RELATOS


Por Jose Ali
joseali38@hotmail.com

 

DOÑA CARMEN LA MODISTA Y EL VIENTO NORTE

Hubo tantos personajes en mi barrio. A todos ellos los recuerdo hoy con los mismos ojos con que los mire cuando era niño.
El panadero, el carnicero, el almacenero, el verdulero, el zapatero y tantos, tantos más.
Pero mi memoria rescata la gigantesca figura de mi pequeña madre. No se.
No me explico como hizo para criarnos. Con tantas carencias no se como se las arregló con un braserito, una plancha con manija colorada que cargaba con carboncitos, el jabón en barra, la tabla de lavar y el traeme este frasquito de aceite suelto. Siempre de medio luto, con sus manos tibias aquí y allá y nuestros delantales escolares tan blancos. Por las tardes era el eje central de aquel grupo de vecinas que transformaban la cocina en taller de costura. En un rato yo hacía mis deberes en una esquina de la mesa y oía palabras que nunca supe lo que querían decir, canesú, sisa, al bies, manga ranglan, y decían también una palabra larga, decían encanderillar. Como a las tres de la tarde oían a un tal Pichirica que las hacia reír, y a las cuatro oían a Eduardo Rudy que las hacía llorar. A mi mamá le gustaba Tita Merello y Luís Sandrini y solía cantar un pedacito de caminito, siempre el mismo pedacito. Una vez oí que susurraba “No me dejes en el barro carretero, que me muero”…

Se acostaba después que todos. Pero aquellos accesos de asma no la dejaban dormir. Ella les decía ataques. Y tenía razón. Eran ataques. Para nos despertarnos con su involuntaria y ruidosa fatiga salía de la pieza y se sentaba en el corredor pero igual se oía. De día el corredor de mi casa mostraba un parral hermoso con ramas formando dibujos y arabescos imposibles y de noche, esas noches, era un lóbrego espacio con gemidos lentos y agónicos. Ay aquellas ansias desesperadas de aire, tan simple, aire, solamente aire… Y desde nuestras camas oíamos aquel sacrificio por una bocanada. Yo tendría siete u ocho años y quería ser médico o curandero, o mago o Dios. Temprano, muy pibito conocí la tristeza del dolor sordo, rabioso, impotente, el dolor pertinaz de no poder remediar nada.
Lo peor era cuando soplaba el viento norte, despiadado y tibio, le decían el viento de los locos, sí, la gente se ponía nerviosa, inquieta, no sé. Entonces se podía predecir el salvaje ataque de asma. Violentos y desgarradores quejidos salían del pecho de mi madre. No había remedio. Solo se le disminuían apenas, cuando aspiraba el humo del papel asuado que ella quemaba por pedacitos y lo acercaba a su boca abierta y anhelante de aquel aire que sus bronquios cerrados no dejaban pasar.
El medico le receto Asmocid. Fue inútil. Frasco tras frasco, inútil.
Una vecina le dijo que para el asma no había nada mejor que la caparazón de tortuga hervida y puesta tres noches al sereno. Tomar ese agua siete días si y siete no. La sugerencia se convirtió en una orden para mí. Después de la escuela y de comer algo, sin decir nada a mis amigos, iba hacia el río. Me sentía tan triste en aquella soledad de siesta, acompañado por dos o tres famélicos perros que transitaban conmigo la polvorienta calle que iba derecho a los pajonales. En aquellos bañados o zanjones encontraría una tortuga. Si era verde, mejor, habían dicho. Yo pensaba, ojala encontrara una bien grande así mi mamá se curaba pronto. Ese remedio era infalible, decían, y como no creerles si yo veía con mis propios ojos como algunas de esas vecinas curaban un cuello torcido por un golpe de aire con carboncitos en una taza de agua, o el ojeo con gotitas de aceite en un plato o para que no vinieran las gitanas se confabulaban con risitas y ponían una escoba tras la puerta.
Al segundo día de búsqueda, no mas, encontré una tortuguita verde. Verde. Increíblemente verde. Y grande, grande como mi mano. Que alegría. Le mire los ojitos infinitamente tristes y con cortinitas que bajaban y subían. Que tristeza. Llegué a mi casa corriendo y convencido de no mas fatigas, no mas asfixias, no mas dolores y quejidos, no mas sufrimiento mamá querida.
Mi madre tenia en su falda, como siempre, una prenda que cosía, estaba con dos vecinas, una cosía también, la otra, de pie, cebaba mate. Entré y con aires de triunfo, coloque la tortuguita, patas arriba, sobre una Para Ti.
No dije nada, me di vuelta y oí con el último y sonoro chupón al mate, las palabras que flotaban en esos días amenazantes y contundentes, “Ahora tenes que matarla”. Fue un cascotazo en la nuca. Era la hora de Eduardo Rudy. Esa misma tarde, al caer el sol, ya estaba subiendo el brevaje al techo. Tres días seguidos hice lo mismo. Y comenzó la toma. Siete días si, siete días no. Siete si y siete no. Sietesi sieteno.
Fue inútil. Pasaban semanas enteras y parecía, parecía, que los ataques habían cesado. Pero no. Sin embargo, resistió con resignación esos y otros embates, Aun sigo preguntándome como hizo para criarnos y amarnos mas allá de sus fuerzas.
Y siguió cosiendo sisas y ruedos y escotes y un eterno medio luto en su batón. Y lavaba, planchaba, cocinaba, y hacia, hacía, hacía,… despaciosamente, mansamente. Mis hermanas, adolescentes ya, le ayudaban en todo.
Y no era asma ni el viento norte. Ahora sabemos era el gas del acido sulfúrico que brotaba de aquellas chimeneas vomitando al cielo el humo denso y amarillo que caía sobre mi barrio. Hoy, me dijeron, aquellos árboles yacen muertos, en tierras muertas, y aquellas fábricas asesinas son ruinas esqueléticas en un paisaje desolado, al norte de Zarate. Mi ciudad.
Perdón que te maté tortuguita. Yo amé tanto a Doña Carmen la modista.

GUALEGUAYCHU Y LA LECHE DE UNA MISMA VACA

Yo tenía siete u ocho años, era alto y flaco como mi papa. En razón de que se me había hinchado la barriga y me habían salido lamparones en la cara, mis padres decidieron en esas vacaciones de verano mandarme a Gualeguaychu, a la casa de mi abuela. Alguien le había dicho a mi mama que yo necesitaba tomar todos los días leche de una misma vaca. Con mi abuela tendría eso, pensaron y además "ella esta todo el día sola y le hará compañía". No recuerdo quien me llevo hasta la balsa que hacia el recorrido Zarate - Puerto Constanza, ni a quien me encargaron, el caso es que a la noche de ese mismo día ya estaba en casa de mi abuela. Ella vivía con dos hijos, mi tío Eleuterio y mi tío Andrés. Hermanos de mi mama. Corujo el apellido. Del tío Eleuterio no recuerdo casi nada. Del tío Andrés si. Lo recuerdo patente. Era rengo y trabajaba en la recolección de basura de la municipalidad de Gualeguaychu. Tenía el pelo negro, ondulado y largo, con melena. Se peinaba para atrás y se ponía brillantina. Fumaba Gavilán y usaba siempre siempre pañuelo blanco de seda al cuello. Y bombachas. Y alpargatas. Era alto, rudo, musculoso, poco reía, y todos los días, luego del almuerzo, la consabida siesta. Mi abuela tenía su pieza. Yo dormía en la de mi tío(ja ...dormía). Al segundo día empecé a extrañar mi casa, allá en Zarate, a mi madre, mis hermanas, mis amigos del barrio. Trataba de que mi tío no me oyera llorar...... Siesta de verano con el sopor húmedo de noviembre. Solo se oía el canto de las chicharras y el llanto que yo no podía silenciar. Mi tío, tan severo, me decía no sea mujercita y me daba golpecitos en la cabeza con una caña tacuara muy larga e infalible. El se acostaba en un catre en diagonal adonde yo trataba en vano de contener el lloriqueo. La siesta era una diaria tortura para mí. Apenas me movía en mi catre, zas, ahí estaba el cañazo. Mi tío no dormía la siesta. Se acostaba a descansar y a leer. Leía El Tony y El Tit-Bis. Yo leía los Tonys viejos cuando el no estaba. El Tit-Bis no porque no tenia dibujos. Cada día que pasaba extrañaba más. En mi desesperación comenzó una intima relación con ese alguien del cual hablaban los mayores. Me refiero a Dios. El era para mi un viejito de barba blanca que tenia un látigo en la mano, un ser invisible que todo lo veía y si te portabas mal, leña, y si te portabas bien, te premiaba., dandote lo que quisieras. Yo me portaba bien. Así que en las siestas y en las noches yo me acurrucaba en mi catre y cerrando los ojos decía: "si existís, cuando yo abra los ojos, quiero estar en mi casa"...y esperaba...esperaba, abría los ojos y nada...nada sucedía. Entonces me consolaba pensando que yo abría los ojos muy rápido, así que cada día, trataba de tardar más en abrirlos. Cuantas tardes y noches, cuantas. Un domingo, mi tío me llevo a la plaza a ver la retreta. Quede maravillado con aquella banda, con su música y sus brillantes instrumentos. De regreso entramos a un boliche, me compro caramelos y el tomo Lusera con caña. Bebió mucho y llegamos tarde a la casa. Respiraba resoplando y no decía ni una palabra mientras mi abuela, también sin decir palabra, lo ayudaba para acostarse. Esa noche seguí el desafío con todas mis fuerzas: " si existís, cuando abra los ojos, quiero estar en mi casa"..............Yo no se cuantos días o semanas o meses pasaron. El caso es que en esta nebulosa de tantos años, se me quedo grabado en lo mas profundo del alma aquella angustia de extrañar mi casa con mi madre tierna y dulce y los olores y el tac tac de aquella Singer tan bella y mágica donde mi mama hacia milagros para las vecinas y para nosotros, mis tres hermanas y yo. No se si regrese a casa en un Expreso Azul o en un Expreso Urquiza. No recuerdo. Si recuerdo que nunca tome leche de una misma vaca y que cuando llegue a casa abrace fuertemente a mi madre y bajo esa tibieza protectora, llore sin temor a la caña tacuara o a que me dijera mujercita. Hoy estoy tan lejos de mi Zarate y extraño tanto que me dan ganas de retar al que te dije y decir bajito, cerrando los ojos " si existís , quiero que cuando los abra, aparezca en Zarate"....esas ganas me dan , vistes.

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