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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


José Domingo Dombriz Rodríguez
dosmanosdospies@hotmail.com

NI UNA GOTA MÁS

Con el volumen al máximo el estrés del día se vaporiza en los diez minutos de trayecto a casa.

Trabajar en el centro de negocios de la ciudad me llena de orgullo, tanto a mí, como a mi familia, y lo más importante: el estatus ante los demás.

¡Si!, soy superficial, un snob, tengo mucho dinero y me gusta que se sepa.

Dentro de poco tendré una semana de vacaciones, junto con mi familia nos daremos un lujoso viaje a una isla paradisíaca.

En el salpicadero de mi automóvil puedo ver muchas cosas: un reproductor de CDS último modelo, un posavasos móvil, en el centro una insignia de un felino al salto y el panel de mandos digno de un avión de combate.

¡Me encanta mi automóvil!, ¡es tan lujoso!.

-¡Vaya por Dios!, tengo que llenar el depósito.

Como de costumbre paré a repostar en la estación de servicio de siempre. “Bonus” es una especie de mini centro comercial de paso donde se puede encontrar prácticamente de todo, desde productos de aseo personal, artículos de limpieza, alimentos, vestuario diverso (lencería), accesorios para el coche, camping gas, e incluso pequeños muebles.

“Mi estación” está situada en la avenida 63 de camino a la incorporación de la autopista que bordea las zonas residenciales locales, a grosso modo es un “oasis” en medio del desierto pues se encuentra embebida en la soledad de un solar rodeado por estaciones auxiliares de electricidad y gas, iluminada con grandes focos.

Algo extraño ocurre hoy, la estación se encuentra en semipenumbra, salvo por una luz.

El encargado discute acaloradamente con su ayudante, al lado del único surtidor encendido. Estaciono en paralelo y desciendo del vehículo.

-¡No puedo creer que no hayas llamado a la central todavía!, ¿ a qué esperas?, ¿crees que tu sueldo lo trae una ancianita en un canasto?.

Rafael es el encargado de la estación, hasta donde llega mi memoria siempre ha estado aquí. A sus cincuenta y tantos piensa que todo el mundo se burla de el por sus pronunciadas entradas y por su abultado estado de “gestación” (prácticamente el deporte lo conoce sólo por la televisión). En la mano diestra sujeta un juego de llaves. Con torpeza intenta abrir una y otra vez la centralita de control del surtidor, a la par que espolvorea con salivazos y gritos a su ayudante.

-Jefe, le digo que ya he llamado cuatro veces y nadie responde. He dejado mensajes en el contestador.

Tomás es un joven alto y moreno que trabaja a tiempo parcial mientras intenta terminar la carrera, es un chico muy inteligente y su vida social es prácticamente inexistente. Me consta que le encantan mis propinas.

Está inclinado mirando la base del surtidor. El circo se detiene cuando entro en escena. Ambos me observan absortos, primero a mi, y luego a mi automóvil.

Tomás es el primero en romper el silencio:

-Sr. Roman, buenas noches, me temo que por hoy el surtidor ha terminado su trabajo.

Acaba la frase enseñando los dientes en una mueca que no llega a sonrisa.

-¡ pues tendrá que hacer horas extra chaval!, estoy deseando llegar a casa y ver a mi familia.¡Llénalo quieres!.

Le tiro las llaves y corro a refrescarme al aseo. Esta vez quien rompe el silencio es Rafael…:

-Sr. Roman, el chico tiene razón, estamos cerrando.

-¡pero bueno, esto es una broma ¿no?!-. Respondí.

-Tomás, revisa los niveles al señor Roman mientras me acompaña a mi despacho a aliviarnos el gaznate.

Me sorprendí al verme seguir al pequeño hombre como su perrito faldero hasta la pocilga a la que llama “despacho”.

Por el rabillo del ojo observé como Tomás con gesto de desacuerdo y reproche se disponía a levantar el capó, al fondo había también un scooter de color amarillo canario recostado contra otro surtidor, ¡curioso!, pensé que el chico se movía en bicicleta.

Rafael tomó asiento en una gran butaca de oficinista que había conocido épocas mejores, mientras a mi me señalaba una silla de mimbre descolorida (menuda dicotomía).

-Espero que no destiña-. Espeté.

-Sr. Roman, ¿ha leído la gaceta de hoy?.

-Sólo leo el periódico financiero. Mire Rafael, tengo prisa por llegar al hogar, he tenido un día duro, ¿por qué no va al grano?.

Rafael estaba alargando pesadamente un brazo para asir una botella de vino a punto de expirar. Se sirvió una copa, y le negué con la cabeza su ofrecimiento, solo faltaba que me multaran de vuelta a casa.

Después de tomar un sorbo, y con la copa en la mano el hombre habló:

-Sr. Roman, no tenga prisa por llegar a casa, hemos agotado el combustible de la estación. El país ha entrado en guerra con las grandes corporaciones por el control del suministro del crudo, todo lo disponible está siendo requisado y almacenado por el ejército en el más estricto secreto. ¡Maldita sea!..., la central ni se ha dignado en contactar con nosotros.

Era increíble, este hombre tenía el día gracioso y pretendía mofarse de mi, ¿Qué no hay combustible?.

Me incorporé, cogí el pomo de la puerta del despacho, me giré y le solté:

-¡Sabe!, mañana tengo una reunión muy importante, seguramente obtenga un aumento, nuestra flota de camiones se incrementará un cinco por ciento, y su estación dejará de ser mi favorita. Que tenga buena noche, jefe.

Cerré la puerta tras de mi, atravesé la zona del mini centro comercial (había hasta piñatas).

Cuando salí al parking de repostaje me quedé paralizado. Al lado de mi auto, en el suelo y junto al depósito de combustible había un tubo de goma de aproximadamente metro y medio.

El scooter amarillo canario había desaparecido.

-Ya se lo dije Sr. Roman…, “ni una gota más”.

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