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Como cuando
el agua fresca del pozo
que acude, solícita, al conjuro
de tu falda y sus pliegues,
que nos muestra
las perdidas miradas
de la infancia
y nos devuelve el asombro
del cuerpo soñado,
del óleo tupido que consoló
el paroxismo de la lujuria,
cuando labios y manos
inadvertidas, privilegiadas,
felizmente impúdicas,
elevaron a tótem
el simple delirio del descanso.
Son, ya se sabe,
los delirios emergentes
que nublaron a los dioses
y se instalan en los muslos
del ámbar y la ambrosía,
del áspero placer
que nos inicia
en el peregrino caminar
a través del caos,
único camino,
hasta dormir en el polvo.
Nada puede el reiterado
deseo largo y el desenlace corto
de la amazona,
de sus pupilas asombradas,
delirio del corazón
y la magnolia,
si otros tiempos
pero aun hoy, nos estrechamos
a tientas y en custodia
de los amores olvidados,
pero vivos,
y gozosamente tropezamos
enarbolando bandera blanca,
y me pierdo en ti,
deslizándome apenas
del amor al desamor,
translúcido siempre,
dominando la ausencia,
la levedad morena
de tus adolescentes pechos,
hoy perdidos. O tal vez no.
Llegados a este punto,
si no puedes más, mírame
y comprenderás
cómo volver al portón
que guarda el árbol,
que sigue centinela
con sus gestos de farero
perdido en la niebla.
Todavía hoy,
amenaza el tiempo
que, sutil y despiadado,
nos arrincona en la paz
del crepúsculo.
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