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RELATOS


Por José Gómez Martínez


SUEÑOS DE PESCA

Era una tarde de invierno y el viento soplaba fuerte de levante. La mar revuelta y de un color lechoso. El horizonte normalmente plano, se había convertido en una línea quebrada, con picos que apenas sobresalían. Sentado en una de las pocas rocas, en la inmensidad arenosa de la playa, observaba para percibir algún signo de vida entre las olas. El sol se estaba poniendo a mi espalda. Desde mi juventud los atardeceres, junto con los amaneceres, me habían parecido los momentos más bellos del día. Esos tonos suaves, de colores irreales, solo posible en lugares como este, de ambiente limpio, sin nada que se interpusiera entre lo observado y el observador. Llevaba más de una hora escrutando el mar, sin apreciar ninguna señal que me indicara lo que con tanto anhelo deseaba. Las olas se sucedían a un ritmo musical casi perfecto, solo roto por alguna pequeña pausa, como si las olas se tomaran un pequeño descanso, que me permitía salir del ensimismamiento que el sonido repetitivo me producía. Mi mente volaba hacia otros momentos con desigual suerte. Me acorde de aquella lubina de cuatro kilos , la más grande que había pescado y visto jamás; más de quince minutos luchando de poder a poder, entre la emoción de la captura y el miedo a perderla por mi ansia de sacarla. Aun recuerdo, como si lo estuviera viviendo en este momento, como la caña se doblaba a cada intento de huir mar adentro, obligándome a soltar hilo. Mis recuerdos se rompen de forma instantánea, al observar como a unos escasos metros de la orilla, saltan despavoridas un banco de lisas. Me incorporo como un resorte, preparándome para lanzar mi señuelo artificial de nueve centímetros y un color blanco inmaculado que tantas alegrías me ha proporcionado. El engaño vuela contra viento, lo que me hace forzarme más de lo normal para alcanzar unos escasos quince metros. Decido en este primer lance recoger a bastante velocidad. El señuelo se sumerge impulsado por una fuerza casi invisible. Tan pronto como toca arena, lo vuelvo a lanzar, así una y otra vez. Ahora recojo despacio, la siguiente a tirones con sus pequeñas pausas, y así constantemente, animado por la visión de algún pececillo que salta para librarse de la muerte. El atardecer se había convertido en casi anochecer. El frío se hacia más intenso por momentos, solo aliviado por el frenesí de lanzar y recoger. Mi esperanza iba menguando al mismo tiempo que la luz. Cansado y ante la ineficacia de mis lances, deje de liar pelo, quedando el señuelo detenido y al antojo de las olas. Resignado ante la evidencia de no haber conseguido engañar a mi presa, decido recoger el señuelo por última vez y marcharme. Recojo lentamente como si recuperara al artificial mas pesado de la tierra. Mientras giro la manivela del carrete, pienso ya a donde probaré suerte mañana, sucediéndose una a una todas las posibilidades. De pronto dejo de poder recuperar asaltándome como la luz de un rayo una pregunta, como era posible que enganchara en una playa totalmente arenosa. La respuesta fue casi de inmediata, la caña se dobló de forma bestial, ante mi perplejidad de que una roca se moviera. Todos estos pensamientos se sucedieron en una fracción de segundo, hasta que reaccione ante lo que estaba sucediendo. Dios mío he enganchado un pez, he inmediatamente afloje el freno del carrete, calculando el posible tamaño de mi presa. La caña seguía tan curvada que temía que se me rompiera. Los pensamientos se sucedían uno detrás del otro, analizando y decidiendo lo que tenia que hacer. Sabía que no podía luchar con el de poder a poder. Debía de soltar hilo si no quería que partiera, pero a la vez valoraba que no disponía de gran cantidad de metros.

El pez tenía gran inclinación a adentrarse hacia aguas mas profundas, alejándose de su enemigo. El tambor del carrete empezaba a quedarse sin pelo y no perecía que el animal mermara en su intención. Para ahorrar pelo, a cada avance del pez, yo avanzaba varios metros hacia el mar. El agua me llegaba hasta la rodilla, mojando mi ropa. A pesar de que el frío debía de ser intenso, no sentía nada. Solo pensaba en la estrategia que debía de seguir para poderle, para vencerle, para sacarlo de su elemento, donde el era fuerte y hábil. Por mi mente pasaba todos los recuerdos, todas las experiencias vividas, aunque ninguna se asemejaba. Las empleaba en grado superlativo.

Inesperadamente la caña se destensó, quedando en su estado natural de reposo. Empecé a liar pelo desenfrenadamente. Mi mano izquierda describía círculos a toda velocidad, impulsando la manivela del carrete. Comprendí que el animal había cometido, posiblemente, el error mas grave de su vida. Había cambiado de dirección y se dirigía hacia la orilla. Mi reacción, aunque lógica, me hizo gracia. Me veía andando hacia la orilla, a la vez que seguía recuperando hilo. Me recordaba aquellas escenas de películas mudas de Búster Keaton, en la que el protagonista corría detrás de alguien y en un cambio súbito de la situación, el perseguidor se convertía en perseguido. Estos pensamientos me hicieron reír de forma nerviosa, por lo ridículo de la situación. La arena seca, pisada por mis botas, me hizo notar la humedad en mis piernas. El frío invadió todo mi cuerpo, haciéndome sentir mal. Lo que era alegría y emoción al haber conseguido engañar a aquel pez, se convirtió en ira, haciéndome exclamar con todas mis fuerzas, ¡ cabronazo! . En aquel momento solo existía una cosa importante en el mundo vencer a aquel animal. La luz había dejado de existir, todo era penumbra, aliviada por una tímida luna en cuarto creciente. La playa se reducía a unos cuantos metros a mi alrededor. El sentimiento de soledad ante mi enemigo era total, no siendo posible la existencia de nadie más.

La caña se volvió a curvar, aunque no de forma tan acusada. En esos momentos mi cabeza estaba mas fría que mis pies. Me sentía mas seguro con pelo en el carrete para luchar con aquella bestia. Su cantidad media la vida para mi y la muerte para el.

Calculaba que aquel monstruo estaba a escasos diez metros de la linde que dividía los dos elementos, el líquido y el sólido; la vida y la muerte.

Un gran chapoteo me dio la certeza que al final de aquella línea casi invisible que nos unía, había algo real, y por el ruido que origino, más grande de lo esperado.

Trataba de adivinar su próxima reacción, suponiendo que trataría de alejarse nuevamente. Aquel animal no hacia más que sorprenderme. Nado hacia mi izquierda, paralelo a la orilla y yo, por supuesto, empecé a andar en su misma dirección. No se si para quitar tensión al momento, me imagine que éramos dos novios paseando, vigilados por una carabina a escasos metros detrás. Así fui caminando unos cuarenta metros, oponiendo resistencia de vez en cuando, con el ánimo de mermar sus fuerzas, creándome mis dudas. El anormal parecía insensible, dando la sensación que se estaba divirtiendo conmigo, y maldita la gracia que me hacia.

Llevaba quince minutos interminables y la situación era de espera por mi parte. Sabia que en ese momento era el quien decidía, quien dominaba y plegarme a sus deseos, con paciencia, con la idea fija que lo que importaba era el desenlace.

Mis reflexiones se cortaron por el chirriar del carrete, por la nueva presión que debía aguantar. El animal volvía a dirigirse a aguas profundas, y de nuevo la escena se repetía, el miedo a quedarme sin hilo con el que amortiguar su empuje, el meterme en el agua hasta las rodillas, la película antigua que me hacia reír, el pisar arena y volver a sentir aun mas frió, el paseo de novios, y vuelta a empezar. Me preguntaba si no seria este el único animal inteligente de la Tierra.

La secuencia se repitió por cuatro veces, si bien yo notaba que cada vez era mas corta. Estarían cambiando las tornas. Que era Yo el que podría empezar a dominar. Solo había una forma de confirmarlo. Apreté el freno del carrete, doblándose, aun mas, la caña; dando breves pasos en su dirección , para aflojar levemente la tensión. Había perdido la dimensión del tiempo de lucha con el animal. Parecía que el tiempo se había alargado, no recordando claramente los inicios del lance.

La tensión empezaba a disminuir entre nosotros. Desde el principio, y excluyendo los momentos en que el pez huía, contradictoriamente, en mi dirección, era la primera vez que podía recuperar línea, preludio de lo que Yo calcule que seria el principio de mi victoria. Empezaba a sentir la satisfacción del trabajo bien realizado. Mi tensión y mis miedos empezaron a desvanecerse. El animal debía estar notando el esfuerzo realizado, como si quisiera tomarse un momento de respiro, que Yo no estaba dispuesto a concederle. Un rencor almacenado se evidenciaba en la forma de tirar de la caña hacia mí, arrastrando a mi enemigo. Poco a poco atraje el pez a la orilla, como si de un saco de patatas se tratara. Salvo leves intentos de recomenzar la lucha, pero sin convicción alguna, el animal se dejaba arrimar. Vislumbre con la escasa claridad que me proporcionaba la luna , el tamaño de mi oponente, no defraudándome. Yacía en la superficie del mar encrespado, meciéndolo. Sus reflejos plateados eran cada vez más deslumbrantes. ¡ Mamónotra vez voy a tener que mojarme los pies!. Tendría que meterme en el agua y rodearle con mi brazo su cuerpo, como si del último abrazo a un moribundo. Tenia que buscar la el momento cuando rompía la ola, para que me ayudara a cruzar la línea que dividía la vida de la muerte de aquel ser tan prodigioso. No sin esfuerzo, aún con la ayuda de las olas, lo saque a mi elemento. No se porque, ni en que momento, todo el rencor hacia el vencido se fue transformando en admiración y pena. Allí estaba sobre la arena: inerte, majestuoso, moviendo agónicamente sus agallas; ¿cuanto podría resistir un animal como este sin respirar¿

Me senté en la arena junto a el, invadiéndome una serenidad muy placentera. Mi corazón volvía a su ritmo normal. Por primera vez, desde que comenzó la lucha, sentí el fuerte viento de levante en mi rostro. El frío se fue apoderando de mí y un temblor, de forma súbita, se evidencio en todo mi cuerpo. Mire a mi alrededor para situarme en que lugar de la playa me encontraba, dándome cuenta de que estaba a escasos metros del lugar donde se había producido la picada. La débil luz de la luna me permitía. Ya mas tranquilo, según me indicaba el latir de mi corazón, mire con detenimiento el pez. Me costo reconocer que se trataba de una lubina. Su cabeza era grande, con una boca descomunal, lo que hizo ponerme en el lugar de una de sus presas, tratando de adivinar lo que debían de sentir al ver, si es que lo conseguía, acercarse hacia ella, a gran velocidad, ese agujero negro, profundo, plagado de minúsculos y afilados dientes. Repasé toda la longitud de su cuerpo plateado, acorazado por escamas. Su aleta dorsal con espinas como punzones de picar hielo; su cola robusta, diseñada para hacerlo mas veloz y ágil que sus presas. Siempre me han gustado los animales estilizados, mezcla de fuerza y velocidad.

Calcule que debía de pesar unos quince kilos o quizás mas. De pronto y sin saber porque, no me había fijado en un primer momento, me encontré con sus ojos. Eran grandes, como botones de un tres cuartos militar; sin parpados que los protegiera, o dieran descaso a su mirada. Mirada fija, penetrante, carente de expresividad. Ojos que no expresaban, aun en esos momentos ni miedo, ni angustia, ni siquiera agonía. Me preguntaba cuanto debían haber visto, desde su época de alevín hasta este momento, y por un momento me dio tristeza que lo último que vieran aquellos ojos fuera a mí; al responsable de truncar la vida de aquella maravilla de la naturaleza. Lo que antes era alegría por haber coincidido ambos en aquella playa, ahora se estaba convirtiendo en un sentimiento de pesadumbre y culpabilidad. Que caprichoso había sido el destino en un momento preciso, en aquella precisa playa. Recordé la lucha que mantuve con El, minuto a minuto, segundo a segundo, disfrutando de cada momento; de su comportamiento extraño, pero a la vez lógico, quizás fruto de años de experiencia. Por momentos mi tristeza por acabar con un animal tan magnifico, y al mismo tiempo con la posibilidad que el destino nos pudiera unir en cualquier playa, repitiendo aquellos momentos de lucha, que tanto placer me habían producido en esta ocasión.

Cogíel pez por las agallas, que aun se movían, como único testimonio de vida, y lo arrastré hacia el mar, sin importarme la frialdad del agua y de mis pies. Lo mantuve sumergido y meciéndolo, en un vaivén continuo, hasta que su cola comenzó a moverse impulsándolo hacia mar adentro, lentamente, dándome tiempo mientras lo veía alejarse, a decirle: “ Espero que algún día el destino nos permita reencontrarnos, por lo menos para mi disfrute “.

Salí del agua, recogí mi caña y me marché.

SUSPIROS

Mercedes suspiraba y suspiraba mientras hacia las faenas de la casa. Recordaba que feliz era cuando entró por primera vez en aquella casa, decorada mayormente a su gusto; todo cuidadosamente en su sitio, cada uno de los muebles, cada una de las cortinas, las lámparas, los accesorios del cuarto de baño, los electrodomésticos y muebles de la cocina, los cuadros, hasta los ceniceros no siendo ella fumadora. Habían sido elegidos con exquisito esfuerzo y muchas reflexiones. Llevaba viviendo diez años en aquella casa y todo y nada había cambiado. Todo estaba en el mismo lugar que al principio, lo único que había cambiado era su ilusión. Mercedes no había pensado al elegir el color de los muebles que el polvo se notaria más, al elegir el color del suelo no había pensado que se ensuciaría más, que los electrodomésticos y los muebles de la cocina seguían lo mismo de bonitos, pero cada vez le parecían menos funcionales.

Mercedes se sentía atrapada, presa de aquella casa y de sus decisiones basadas en sus gustos y que ahora, con el tiempo, se habían convertido en sus disgustos. Suspiraba entre plato y plato que fregar; suspiraba a cada pasada del trapo para quitar el polvo de los muebles; suspiraba a cada movimiento de la fregona para que brillara el suelo. Suspiraba hasta cuando se arrojaba en el sofá a ver la televisión, agotada, desilusionada, pensando en la tortura que había terminado por hoy pero que mañana se reiniciaría.

Mercedes se despertó sudando en el sofá de la casa de sus padres, con la carta de ajuste en el televisor y suspiró de alivio al darse cuenta que todo había sido una mala pesadilla.

BOW SOW

Bou Sow era un niño alto, delgado, de finas líneas. Sus rasgos eran suaves, alegres, sobre todo la mirada de sus ojos, que le daban una expresión de estar sonriendo siempre. Bou vivía con su padre Pou, su madre Mau y su abuelo Aou en una choza que habían construido ellos mismos, con esfuerzo y esmero, dependiendo de ello su duración y su confortabilidad. En la aldea había una quince chozas, todas iguales, como si no se pudieran construir de forma diferente. Posiblemente después de muchos años de experimentación aquel diseño seria el más apropiado a las características del medio; ni siquiera se planteaban construirlas de forma diferente, siempre habían sido así y seguirán siendo.

Bou tenía diez años aproximadamente y era completamente feliz; todo era un juego para él, desde que se levantaba hasta que se quedaba dormido por el cansancio y las interminables historias que le contaba su abuelo. Bou comenzaba el día bastante temprano, antes de que amaneciera. Su trabajo principal y lo que menos le gustaba hacer era ir por el agua que consumiría la familia. El pozo se encontraba a unos siete Kilómetros del poblado. Bou comía una especie de gacheta licuada con leche de cabra, y sin mediar palabra, sabiendo de siempre cual era su obligación, cogía su gran cántaro de barro y se lo deposita en la cabeza. Se dirigía hacia el gran árbol donde se encontraría con su amigo Sou, algo más pequeño que él, por lo menos en altura. Casi siempre llegaban al unísono y sin más saludo comenzaban la caminata hacia el pozo, nunca antes de que el sol hubiera salido por el horizonte. Se conocían historias de niños raptados por los espíritus malos del desierto. Sou siempre le seguía sus pasos a pesar de que se sabía el camino también como él. Con paso ligero dejaban atrás el poblado sin mirar atrás, como era costumbre, para evitar la tentación de volverse. Ambos caminaban con sus cantaros sobre la cabeza, siguiendo una senda imaginaria, recorrida todos los días. Ambos conocían cada árbol, cada roca, todo tenia su significado en la distancia hacia su destino. Ambos vivían el momento o el futuro próximo, no yendo más allá de aquel mismo día. Sabían que una vez cargaran el agua y la llevaran hasta el poblado, se podrían dedicar a su juego favorito; cogerían el arco y las flechas, de dimensiones acordes a su edad y sus presas. Después de una hora caminando ya divisaban los árboles que escondían el pozo. Conforme se fueron acercando vieron sentado a la sombra del árbol mas próximo al agua a Kiu, que como todas las mañanas les esperaba para controlar que el agua se repartía equitativamente entre todos los miembros de la aldea. Kiu vivía junto al pozoen una choza más humilde que las del poblado, completamente solo, en vigilancia continua día y noche. Había heredado de su padre esta responsabilidad de cuidador del pozo. Se mantenía de lo que le aportaba el poblado. Según el abuelo de Bou, el ser cuidador del pozo era una tarea difícil e importante. La razón de que fuera hereditaria es que todos los varones primogénitos de la familia, eran inmunes a los encantos de los Espíritus del desierto. Todo comenzó hacia diez generaciones, en que el primer cuidador del pozo salio una noche al desierto, contando cuando regresó que había luchado con los espíritus, venciéndolos y consiguiendo la promesa de ellos que él y todos sus descendientes varones primogénitos podrían permanecer en el desierto por las noches sin ser atacados por los espíritus.

Bou y Sou saludaron brevemente al pocero, quien de inmediato lanzó la cuerda con el cubo al fondo, subiendo el agua con una polea rudimentaria de troncos, inventada por su abuelo para facilitarle el trabajo. Lleno los dos cantaros, ayudándoles a colocárselos en sus cabezas. Después de volver a saludar comenzaron a caminar, aun mas deprisa hacia el poblado, deseosos de llegar lo antes posible para irse de caza. Durante el trayecto solo hablaban del lugar donde darían la batida, ya que los alrededores del poblado los tenían dividido en zonas, tratando de diversificar el lugar para no esquilmar a las presas. Al llegar al gran árbol ambos se separaron en dirección hacia sus chozas, no sin antes quedando en verse junto al árbol de los tres pinchos. Bou entró en la choza, no pudiendo ver nada al principio hasta que sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Su abuelo estaba sentado mirando fijamente el fuego que ardía en el centro. Su madre andaba de acá para allá, moviéndose en cuclillas, para coger los utensilios y vigilando el guiso que estaba preparando. Bou dejó en el suelo el pesado cántaro y llenando un pequeño recipiente se lo ofreció a su abuelo, que alargó su mano, cogió el recipiente y bebió lentamente, pese a no haber bebido nada desde el día anterior, con cuidado de no derramar una sola gota, sabedor, como toda la familia que era el agua del día. Su abuelo le sonrió casi imperceptiblemente en muestra de gratitud hacia su nieto. Sin mediar palabra Bou se dirigió hacia su rincón y cogiendo su arco, fabricado por su padre y dos flechas, salio de la choza. Corriendo se dirigió hacia el árbol de los tres pinchos. Sou no había llegado aún, cosa que le extraño. Le esperó durante un rato hasta tener la certeza de que no le acompañaría hoy; posiblemente tenia que quedarse al cuidado de su hermano menor.

Bou se transformaba a la hora de cazar, de ser un niño travieso e inquieto, se convertía en paciente y observador; andaba despacio, registraba cualquier escondite posible, rastreaba las huellas de los animales impresas en la ardiente arena, sabiendo a quien pertenecía y si eran nuevas o el animal hacia mucho tiempo pasado por aquel lugar. El calor aumentaba conforme el día iba avanzando calentando la arena hasta el límite que sus desnudos pies estaban acostumbrados a aguantar. Bou se detuvo ante unas huellas recientes que se dirigían en línea recta hacia unas cuantas piedras en cuyo centro había una gran mata de pinchos. Se acercó al lugar tratando de descubrir al animal que seguro que se escondía de el y sobre todo del ardiente sol. El lagarto cometió el error de moverse levemente, descubriendo su posición a Bou, que de inmediato cogió una de sus flechas y la montó en el arco, apuntando a la parte mas ancha de su cuerpo, con la intención de no fallar. Se trataba de un lagarto de buena talla, el almuerzo para mañana. Mientras tensaba el arco pensaba en lo contentos y orgullosos que se sentirían su padre y su abuelo de él. Disparo fallando el disparo yendo la flecha a la cabeza, fallo afortunado. El lagarto se movía aun pese a su herida mortal, disparándole su segunda flecha que esta vez si dio en el lugar deseado. Esperó pacientemente que muriera, sacándolo de las matas de pinchos, y con gran habilidad, no antes de desclavarle las dos flechas, lo ató de la cola y la cabeza con una cuerda, cargándoselo a la espalda. Era temprano por lo que decidió seguir cazando, aunque deseoso de volver al poblado para enseñar tan preciada pieza, sobre todo a su amigo Sou, con el que mantenía una amigable rivalidad. Bou seguía rastreando el suelo, agachándose de vez en cuando, reflexionando, imaginando los movimientos del animal. Cansado ya, se dirigía tranquilamente hacia el poblado, contento por el lagarto cazado, tocándolo constantemente para comprobar que era real. Bou se paro en seco, se quedo mirando fijamente el suelo y se agacho; aquellas huellas no eran muy comunes tan cerca del poblado, reconociéndolas de inmediato pese a no haberlas visto en muchas ocasiones, se trataba de una gacela y por la profundidad de la marca era grande y hacia poco que había pasado por allí. Las huellas se dirigían en sentido contrario al poblado, pero sin pensárselo, Bou las siguió. Comprobó que el animal arrastraba su pata trasera izquierda, lo que le hizo comprender su cercanía al poblado, estaba herido y trataba de protegerse de los depredadores acercándose al hombre. Las huellas se dirigían hacia un grupo de árboles pequeños pero muy densos, lugar que había elegido como refugio para pasar las horas más calurosas. Bou casi a la carrera se dirigió al lugar deteniéndose de vez en cuando para confirmar su predicción. Tenía los cinco sentidos puestos en la caza, agudizándolos conforme se aproximaba al lugar. Pensaba que seria la envidia de todos los niños de su edad y de algunos más mayores si apareciera con presa tan formidable, ya casi no se acordaba del lagarto transportado a su espalda. Extremo su sigilo y arrojándose al suelo, gateo hasta la linde del bosquecillo, parándose de vez en cuando para advertir algún sonido que delatara a la gacela. La arena le quemaba las rodillas y a veces el pecho. Se introdujo en la espesura arañándose con los espinos, atravesó todo el bosquecillo de árboles ripiosos por la sequía del desierto. Al asomar a un pequeño claro, vio lo que tanto deseaba, era una gacela macho de gran tamaño y con una pata quebrada, posiblemente en una carrera para salvar su vida de algún depredador. Calculo la distancia que no debía de ser de más de diez metros, armo su arco con mucho cuidado y poco a poco se fue incorporando seguro de que el animal no le podría ver ni oler, el aire soplaba en su contra. Tenso el arco y ya dispuesto a disparar ocurrió algo que le asusto tanto como para arrojarse nuevamente al suelo. Un gran resplandor cayo del cielo seguido de un sonido que nunca antes había escuchado. El sol desapareció, quedando todo en sombra como debajo del Gran Árbol. Bou no comprendía nada, se levanto y vio que la gacela ya no estaba en el lugar, se había marchado por el mismo terror que a el le invadía. Miró al cielo y vio unas nubes negras, como nunca antes había visto y del cielo empezaron a caer unas especies de piedrecillas que al llegar a su cuerpo se convertían en agua. Bou poco a poco fue saliendo de su miedo y confusión, sobre todo al recordar que su abuelo le había contado varios cuentos narrando aquella situación. Una vez le contó que del cielo cayo agua durante dos días y que llenaron todos los recipientes, no teniendo que ir al pozo, siendo un agua muy distinta, sin color y de sabor dulce. Bou abrió cuanto pudo su boca y empezó a degustar las gotas que caían directamente en ella. Se frotaba el cuerpo dejando su piel con un brillo especial. Una vez perdido el miedo bou daba saltos de alegría por que seguro que en el poblado estaría llenando los recipientes y no tendría que ir mañana al pozo, pudiéndose dedicar a su juego favorito que era caza.

Bou escuchaba el repiqueteo de las gotas en las chapas de Uralita que servían de tejado a la nave que compartía con otras diez personas. Tumbado miraba fijamente la bombilla que colgaba del techo, alumbrando tristemente. Se levanto y se dirigió hacia la puerta. Recordó aquel día hacia trece años cuando era un niño y vio por primera vez llover y lo alegre que se encontraba. Bou se pregunto si había valido la pena un viaje de tres años, para llegar a aquel lugar donde no podía cazar, donde no podía compartir nada con su familia, ni sus amigos. La lluvia ahora significaba paro y no tener que comer aquel día. Miro al horizonte viendo el mar blanco, un blanco artificial, de plástico.

CARAMELO O CARAMELITO

Caramelo: Pasta de azúcar hecho almíbar.

Esta es la definición que da el diccionario de caramelo, la que me parece bastante fría.

La palabra caramelo ó caramelito es bastante más rica y su acepción puede cambiar según la edad o el momento.

Cuando uno es niño es muy atrayente y origen de llantos incontrolados al sernos denegado el placer de saborearlos. Hay de diferentes tamaños, colores y sabores: fresa, naranja, limón, menta etc. Todo en él es atrayente y para eso se creó. Solo quitar su envoltorio y dejarlo a la vista, ya produce una excitación y deseo mayúsculo. El color también es importante y da pie a la imaginación para adivinar su sabor. Los hay de diferentes tamaños y formas. Seria lógico que contra mas grande mejor; ¡Pues no!, en eso los niños son bastante inocentes. Un caramelo pequeño, bien presentado y con todos sus aditivos mezclados en su justa medida, puede estar exquisito, y llevar al niño al séptimo cielo. Por último está el sabor, siendo este el que produce el mayor placer. Un caramelito sabroso, hace que el niño no se canse de chuparlo, saborearlo, extraer todo su jugo, hasta dejarlo seco y casi sin color ni sabor.

He dicho que según la edad la acepción de caramelo ó caramelito puede variar, de lo que me desdigo al releer lo escrito anteriormente. El caramelo significa lo mismo sea uno niño o adulto, a fin de cuentas todos somos un poco niños.

Lo que nunca me podía imaginar es que la palabra caramelo fuera una dirección de correo electrónico, y eso si que deja frío al niño que somos todos.

PARAÍSOS IMPERFECTOS

Aparco el turismo en el mismo lugar de siempre, salgo de el con las rodillas rígidas de mantener la misma postura. Miro a mí alrededor y todo está igual que siempre, quizás un poco más sucio por la dejadez de las personas, que no sienten aquel lugar como suyo. Me estiro y espero que desaparezca ese leve mareo que siempre experimento después de un viaje pleno de curvas y tráfico complejo, donde mi atención ha tenido que durar un tiempo más largo del habitual. La escena se repite una y otra vez, todas las veces que llego a aquel lugar solitario y tranquilo. Mi imaginación vuela a recordar todas las ilusiones y deseos que he enlazado con el lugar: Pesca, descanso, silencio, sexo, lectura, paseos, playas desiertas, días sin viento, vuelos de cometa, para cuando no se cumpla lo último.

Abro el maletero y descargo el bolso y otros objetos que se nos ha ocurrido transportar, como algo necesario, casi imprescindible. Abro la puerta, subo las escaleras, me descargo del peso del equipaje y bajo las escaleras. Cruzo el salón, abro la puerta de la terraza, y como siempre echo un vistazo al exterior. La misma calle, la misma rambla, con casetas de cartón, recuerdo de un verano pasado pero aún cercano; niños de diferentes lugares unidos por el juego y la imaginación; despertadores de siestas, necesarias por el calor. Ecos de risas y juegos que van menguando en mis recuerdos recientes. Apartamentos cerrados, salvo raras excepciones. Las mismas caras, perennes del pueblo, ocupadas en las mismas tareas, vidas apartes de nuestro trajín de bienvenida. Cargo la escalera de cinco peldaños, abro la llave de paso del agua, y como comprobación orino y tiro de la cisterna. Cambio de llaves, las necesarias para aquel lugar.

Vuelta de reconocimiento a los mismos lugares, en el mismo orden, con las mismas impresiones de tranquilidad y belleza. Miro los lugares y me asaltan recuerdos, casi todos enlazados con ese mar limpio y transparente. Analizo la costa, el cielo, y planeo el día siguiente, casi de forma automática.

Imagino el mar lleno de peces para mí, sin paciencia para aguardar lo necesario para comprobarlo. Paseo interrumpido, a veces, para hacer escala en el único puerto de avituallamiento, recorrido por las estanterías para comprar lo necesario y lo innecesario, pero quizás más placentero, no sin antes un corto saludo a la dependienta, amistad creada a base de breves encuentros, solo aumentada por cortas e intranscendentes conversaciones.

El ciclo de reconocimiento se ha completado. De nuevo estamos en nuestro paraíso imaginario.

Fin de los días y el ciclo se repite, pero en sentido contrario como es normal en un viaje de ida, y ahora de vuelta. Deseos cumplidos y frustraciones hechas realidad. Paraíso imperfecto, pero a pesar de ello, paraíso. Comentarios de los días pasados, donde nacen discrepancias y acuerdos. Proyectos logrados y otros no cumplidos, por fuerzas externas. Vuelta al vivir cotidiano, poco a poco asimilado en un margen de tres horas.

Llegada y sentimientos encontrados, al fin en casa, y deseos de volver a aquel paraíso imperfecto, pero al fin y al cabo Paraíso.

EL GUATEQUE

Recuerdos que fluyen de tiempos pasados, de primeros amores mal entendidos, por la ignorancia o la inocencia. Primeros bailes agarrados, rozando cuerpos con cuerpos, protegidos por ropas no desnudables. Inocencia de la edad que ahora hacen reír y sufrir; que rabian en mi interior; de oportunidades perdidas, irremisiblemente, por miedo a castigos divinos y terrenales. Miedo a lo nuevo y, por lo tanto, desconocido.

Manos que se ufanan en abrir cárceles bien cerradas por guardianes ocultos y que a veces miran para otro lado, dejando una luz a la esperanza. Amores profundos, castos, irreprochables; parados en seco por un no, dicho sin mucho convencimiento, pero suficiente.

Bocas pegadas, labios machacados de pasión sin camino que seguir. Primeras caricias después de derribar grandes murallas de vergüenza y desconfianza. Caricias torpes a partes nunca antes palpadas. Descubrimiento de volúmenes soñados y que ahora están ahí: reales, suaves, pequeños; que su único contacto hacen lanzar suspiros de no se sabe qué.

Música lenta, oscuridad medida para dar intimidad y ocultar nuestras vergüenzas. Aliento a bebidas de garrafa, baratas pero eficaces, para abrir senderos nuevos de curiosidad y dudoso placer; manos que siguen ahondando sin llegar a ninguna parte.

Fin de la canción y rezando para que siga otra, rápidamente, sin interrupción. Metro cuad rado pisoteado una y otra vez, en un giro interminable, y vuelta a empezar. Desaliento de no conseguir lo deseado y separación momentánea para beber el elixir de la valentía.

Reclamo del pincha discos para un relevo oportuno y solidario; la hora de los menos afortunados; ritmos rápidos y solitarios. Descanso en espera de otra oportunidad de: frotar, tocar, besar; esos cuerpos deseados durante la semana.

Acuerdos donde la amistad puede mas que el deseo; cambio de pareja y vuelta a empezar, con esperanza de alcanzar, esta vez sí, no se sabe bien si el cielo o el infierno. Bocas con sabor a alcohol, abrazos asfixiantes.

Al fin la mano toca piel desnuda y explora para conocer nuevas formas. Es el momento de conformarse con el roce de las partes más protegidas, más difíciles de alcanzar y por ende mas deseadas.

Pocos son los que triunfan, los más nos conformamos con pensar en lo que podía haber sido y no fue; en narraciones alteradas por el alcohol y la pasión.

La meta esta cercana y en espera de cruzarla, hasta la semana que viene.

EXCURSIONES GUIADAS

Paseaba tranquilamente por las callejuelas de un pequeño pueblo de Extremadura, declarado Monumento Nacional, ¿ó eraPatrimonio de la Humanidad?, que más da. Sentía que el tiempo hubiera dado marcha atrás, calculaba unos cuatrocientos años, al menos eso me gustaba creer.

Como siempre debido a mi curiosidad y el placer de disfrutar de aquellos pueblos en soledad, me había separado del grupo que componíamos la excursión guiada.

Las calles eran estrechas, con casas construidas con piedras, y en algunas fachadas, labradas, el escudo de armas de sus antiguos moradores.

Era para mí un deleite que todo el conjunto se conservara en tan perfecto estado. No había, al menos a la vista, antenas de televisión, cables aéreos, señales de tráfico, papeleras de plástico, contenedores de obras, vehículos estacionados en las aceras,- pues no había aceras ni vehículos-, pasos de peatones etc.

A cada paso que daba tenía la sensación, de retroceder en el tiempo. Trataba de imaginar que personajes podrían haber caminado por aquellas calles, e incluso me imaginé a mí mismo; aquello me empezaba a hacer gracia:

Mi nombre es D. José de Gómez y Martínez, Conde de Bragacaída. Como se puede de ver mis apellidos denotan la alcurnia de mi linaje, más por designios del destino me veo aquí, caminando por estas apestosas calles.

La historia es larga de contar, mas confió en la paciencia de vuestras mercedes:

Como correspondía a mi linaje disfrutaba de una vida confortable, y no quiero decir con ello que estuviera exenta de emociones, casi todas teniendo que ver con mozas casaderas, y otras ya casadas. Esa debilidad ante los placeres carnales provenía de herencia del fundador del Marquesado de Bragacaída, mi Bisabuelo.

Entre todos los portadores del titulo nobiliario, existía la obligación de ganar en números de aventuras amorosas a nuestro antecesor. En ello estaba, cuando para mi infortunio fui descubierto por el Duque de Portacuernos.

El Duque hombre testarudo, juró y perjuró que me haría lamentar mi afrenta, aunque fuera a pesar de su fortuna. De aquello hace año y medio, y creánselo vuestras mercedes que desde aquel momento no me he hecho acreedor del Marquesado de Bragacaída, y no piensen que ha sido por falta de ganas de yacer con buena moza, sino más bien de tiempo; me bato y huyo, no me dan lugar a otro menester.

A mis espaldas llevo treinta muertes, bien sabe Dios que en buena lid, pero aún así, pesan, y mucho me temo que el número treinta y uno esta al caer; lo presiento y no me pregunten vuestras mercedes porqué.

Cruzo la calle y doblo a la izquierda, desembocando en una pequeña plaza rodeadas de soportales. Al otro lado de la plaza distingo, a duras penas, tres sombras, y al momento sé que vienen a por mí. Doy dos pasos al frente, y los tres cuatro:

  • ¡Alto!;?quien va?
  • ¿Quien quiere saberlo? -respondo-.
  • El Duque de Portacuernos.
  • Vaya sois Vos, ¡en persona!, ¿se os han acabado acaso los ducados para mandarme asesinos a sueldo?
  • Veo que seguís tan arrogante Marqués, a pesar de llevar tanto tiempo huyendo.
  • Llevo treinta muertes a mis espaldas, que Vos mismo me habéis cargado, pero no me va a importar el peso de tres más.
  • Mucho fanfarroneáis a pesar de veros en inferioridad.–respondió el Duque-.
  • Cierto es que estoy en inferioridad, más juro por Dios, que no se lo que va a pasar con los otros dos, pero vos no salís vivo de aquí. Antes de que desenfundemos nuestras espadas solo os pido que me digáis, ¿como está vuestra Señora Plácida?
  • ¡Bellaco, aún osáis nombrarla!

Las tres espadas salieron de sus fundas al unísono, apuntando al Marqués, quien exclamó:

  • ¡Soy José de Gómez y Martínez, Marques de Bragacaída, y digo que hubiera preferido no verme en esta situación, pero el destino ha sido cruel conmigo, pero más aún con vuestras mercedes!

Con la velocidad del rayo, la espada estaba en mi mano y dispuesta. Los dos esbirros que acompañaban al Duque, se abalanzan sobre mi persona; quiebro al primero, dando un paso lateral a la izquierda, al tiempo que, con mi espada, desvío su estocada, con rapidez recupero el paso, a la vez que adelanto mi arma, alcanzándole en el cuello con un corte profundo y mortal de necesidad, cayendo al suelo desangrándose a una velocidad de vértigo. El segundo trata de alcanzarme con un golpe frontal, de arriba hacia abajo, siendo tal su ímpetu que golpea con la espada el suelo, y antes de darse cuenta de su error, ya he descargado mi golpe en su nuca. Ambos yacen en el suelo muertos.

  • Bien Sr. Duque de Portacuerno, os repito la pregunta, ¿que habéis hecho con vuestra Señora Doña Plácida?
  • Lo que una esposa infiel se merece, el encierro de por vida.
  • Os juro que es más fuerte el odio que siento hacia vos, que el apego que siento al Marquesado, así que disponeos a batiros.

Portacuernos lanza dos estocadas cruzadas, alcanzando la segunda en el brazo izquierdo de Bragacaída.

  • Siento que hayáis sido Vos el primer hombre que me ha herido antes de caer muerto.

Bragacaída hace ademán de lanzar una estocada al flanco izquierdo de su enemigo, y a la vez que Portacuernos intenta desviar la estocada imaginaria, deja su flanco derecho al descubierto, aprovechando el Marqués para cambiarse rápidamente de mano la espada, hincándola en el muslo derecho de su oponente, quien cae al suelo.

  • Bien Conde os vais a llevar otra primicia a la tumba, el ser la única persona a la que pregunto por su dama tres veces.
  • ¡Eso nunca!, respondió.
  • Vos lo habéis querido.

Nada más terminar la frase D. José de Gómez y Martínez, Marqués de Bragacaída, asestó su golpe mortal.

  • ¡Pepe que se va el autobús!; que vamos al teatro de Mérida.

Ya de camino hacia el autobús, José Gómez Martínez iba decidiendo que personaje romano quería representar.

EL REGRESO

El tren arrancó lentamente, quejándose como si no fuera capaz de arrastrar su propio peso. Las ruedas chirriaban ante el empuje de la máquina. Tironeaba haciendo perder el equilibrio a algunos pasajeros que aún estaban acomodando su equipaje en las repisas. Personas en el pasillo dando su último adiós. La estación iba quedando atrás, empequeñeciéndose, finalizando las últimas conversaciones con los que se quedaban en el andén. Era una escena una y otra vez repetida desde que Juan había subido a aquel tren, una estación más y varias historias nuevas.

Poco a poco todo iba volviendo a la normalidad: los pasajeros se sentaban, otros exploraban, vagón por vagón, formando verdaderos atascos en los pasillos. Para los que aquella estación no significaba nada, era un simple retraso para llegar a su destino.

Juan se levantó de su asiento, salió al pasillo, apoyando los codos en unas de las múltiples ventanillas, perdió su mirada en el horizonte, realzado por la inmensidad de aquella llanura interminable de color amarillo, un amarillo intensificado por el sol del mediodía. Los postes del tendido eléctrico, paralelos a las vías, pasaban a un ritmo veloz y constante, acompasándose con el ruido de las ruedas al pasar por las juntas de los raíles. Formaban una melodía monótona, como un mantra, que le alejaba de cualquier pensamiento.

Las piernas comenzaban a dolerle, los tobillos los tenía hinchados. Volvió a su asiento, cerrando los ojos intentando dormir un poco, pese a las voces de los nuevos pasajeros con sus conversaciones triviales.

Juan se despertó sobresaltado ante el temor que se le hubiera pasado la estación donde tenía que apearse, su destino final. Miró rápidamente hacia el exterior tranquilizándose al ver el mismo paisaje. En el compartimiento solo quedaba un joven con aspecto desaliñado: gran melena rizada recogida por una cinta, gafas redondas y pequeñas, auriculares en los oídos, suponía que escuchando música, por los movimientos rítmicos que hacia con su cabeza; pantalones cortos de color caqui, con grandes bolsillos laterales, haciendo conjunto con su camiseta, extremadamente grande.

Se sintió sorprendido al preguntarle si estában ya en Andalucía, diciéndole que no.

Con la forma característica que hoy día tiene la juventud de habar me preguntó:

-¿Que abuelo a veranear a Marbella? – con una sonrisa en los labios.

- No, vuelvo al pueblo donde nací.

El joven se le quedó mirando como si necesitara un tiempo para comprender la respuesta.

¿Hace mucho tiempo que falta?

  • Cuarenta y cinco años – dije con tono de tristeza.
  • ¡Vaya pues esos son muchos años!
  • Demasiados
  • ¿y como es que no regresó antes, aunque solo fuera por ver a la familia? – preguntó con extrañeza.

Juan ante la curiosidad del joven y la necesidad que sentía de compartir comenzó a narrar su historia:

Vera, todo comenzó hace cuarenta y cinco años como le he comentado, se me ponen los pelos de punta solo al recordarlo. Como todas las mañanas mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y yo nos levantamos con las primeras luces. Mi madre nos preparaba el desayuno, que consistía en un baso de cebadita donde migábamos el pan que había sobrado del día anterior. Mi madre se quedaba en la casa, una casa humilde de dos habitaciones, una donde dormían mis padres y en la otra mi hermano y yo, mientras nosotros íbamos a los corrales a preparar al ganado. Por aquel entonces teníamos un buen rebaño de cabras, así como unos pocos cerdos a los que estábamos engordando para el tiempo de la matanza. Mi hermano y yo nos encargábamos de sacar a carear las cabras al monte, mi padre se ocupaba de los cerdos. El cortijo, por llamarlo así, se lo teníamos arrendado, junto con unas fanegas de tierra de labor a Don Marcial, uno de los terratenientes de la zona. Recuerdo las conversaciones de mis padres por los problemas que tenían para pagar el arriendo cada fin de año. La vida resultaba dura: no había mucho que echarse al estómago a pesar de trabajar de sol a sol. Mi madre, la pobre mujer, tenia que hacer verdaderos milagros para ponernos un plato de comida todos los días.

Como le digo aquel día parecía como otro cualquiera. Salimos con las cabras teniendo cuidado de que no se metieran donde Don Marcial no quería que entraran, ya que parte de las tierras las dedicaba como coto de caza mayor, para otros señorítos que venían sobre todo de de la Capital, y algunos hasta de Madrid, para que no molestaran a las reses. A nosotros aquellas cacerías nos venían muy bien pues era un desahogo para la economía familiar. Siempre nos llevábamos algo de carne para casa a cambio de servir de morraleros o levantar las piezas, junto con los perros de las rehalas.

Al medio día emprendimos camino de casa y al llegar nos encontramos a mi madre en un puro grito de desesperación. Según pudimos entender, a duras penas, unos hombres habían llegado a casa preguntando por mi padre, fueron al corral y le hicieron subir a un camión. Según le había dicho el que parecía que mandaba el grupo, estaba acusado de pertenecer a un grupo proletario. Mi madre, mujer de escasa cultura, no entendía que era ese delito de pertenencia a “grupo proletario”. El que mandaba no teniéndolo mucho más claro que mi madre, le contestó que eran grupos de trabajadores conspirando contra el orden establecido. No valieron los razonamientos que mi madre les había expuesto y que ahora nos contaba, creo yo con el ánimo de convencernos que mi padre nunca había echo nada malo, excepto trabajar como un burro.

Dejé a mi hermano en casa con mi madre y me dirigí al pueblo para interesarme por mi Padre. Pude averiguar que se encontraba detenido en el interior del cementerio con muchos más vecinos, casi todos arrendatarios de Don Marcial.

El joven se había quitado los auriculares de los oídos, prestando mucha atención a todo lo que le estaba narrando.

-¿Abuelo me estás hablando de la Guerra Civil?

  • Le estoy hablando del diecinueve de Julio del treinta y seis, fecha que nunca se me olvidará.

A Juan le llamó mucho la atención aquello de abuelo, nadie lo había llamado nunca así, para su pesar.

  • Déjeme terminar. En el pueblo había muchos hombres armados que yo no conocía. Buscaba a alguna persona conocida que me aclarara que es lo que estaba ocurriendo. Vi a Rosendo, un joven un año menor que yo, diciéndome que estaban limpiando España. Todo el pueblo estaba muy revuelto y confuso. Muchos éramos los quebuscábamos a padres, hijos, amigos; la respuesta siempre era la misma, estaban encerrados en el cementerio, acusados de pertenecer a grupos proletarios, añadiéndole ahora la palabra “subversivos”.

Ante la imposibilidad de saber algo más y porque no decirlo dándome miedo, me fuí al cortijillo.

Aquella noche la recuerdo como la más larga de mi vida, cada cierto tiempo se escuchaba una ráfaga de disparos, que provenían del pueblo. Yo trataba de tranquilizar a mi Madre y a mi hermano, pero sabía muy bien que es lo que estaba pasando, aunque me resistía a reconocerlo.

Prometí a mi madre que a la mañana siguiente iría a ver a mi padre o por lo menos interesarme por su estado. La mañana llegó y los disparos seguían atronando en mis oídos. Mi madre mujer inculta pero no tonta, se había dado cuenta que aquellos disparos sonaban a muerte. Me hizo desistir de la promesa que le había hecho. Me preparó una pequeña maleta y con clarividencia, que ahora reconozco, me dijo que me marchara, que huyera, que sino terminaría como mi Padre. Aquellas palabras me impactaron por la serenidad y entereza con que habían sido pronunciadas. En aquel preciso momento me di cuenta que a mi padre lo habían matado aquella noche. Les prometí que tarde o temprano vendría a por ellos, lo que es el principal motivo de este viaje, aunque la promesa solo la voy a poder cumplir en parte. Mi madre y mi hermano pequeño, meses después, murieron en un bombardeo, seguramente de las fuerzas republicanas. Y a eso regreso, al menos a llorar sobre la tumba de mis muertos.

El joven se había quedado callado y muy pensativo, mirándolo fijamente:

  • ¿Como es que no regresó Usted antes y ha esperado cuarenta y cinco años?
  • Esas heridas tardan mucho en cicatrizar. Mi viaje terminó seis años después en Argentina, país al que debo agradecerle una mujer maravillosa, desgraciadamente desaparecida.
  • ¡Abuelo tiene Usted una historia como para escribir un libro! – comento el joven.
  • No creas hijo, es una historia desgraciadamente bastante vulgar.
  • Ha hecho Usted que me pregunte si algo parecido pasó con algún miembro de mi familia. Y ahora que caigo nunca se lo he preguntado ni a mi padre ni a mi madre, incluso ahora no sabría como empezar para que me contaran como vivieron aquellos tiempos mis abuelos, por miedo a hacerles recordar alguna historia tan triste como la suya.

Juan se quedó pensando un momento y le dijo al joven:

  • Pregúntales simplemente si van a ir a veranear a Marbella.

El resto del viaje ambos permanecieron pensativos hasta que el tren se detuvo en la estación, destino final de Juan. Ambos se despidieron con un simple adiós. Juan bajo los escalones del vagón, perdiéndose por la puerta de acceso al edificio de laestación, acompañado con su vieja maleta.

EL AGUJERO

Caminaba entre aquellos árboles grandes y espesos. Sus pupilas ya se habían acostumbrado a la luz del día, atenuada por la frondosidad del bosque. El día era magnífico salvo por una cuestión: podía ser su último día con vida.

Durante todo el tiempo que había estado privado de libertad en aquel agujero, enterrado en vida, a expensas de sus secuestradores, había tenido mucho tiempo para pensar y cuestionarse el motivo de todo aquel sufrimiento. No daba con la respuesta y eso no hacia más que desesperarle.

Escuchaba el crujir de las hojas muertas en el suelo. A cada paso sentía más cercano su posible fin. Una sensación extraña le invadía; estaba tranquilo, resignado ante lo que suponía le esperaba.

Detrás de él iban dos individuos. Le seguían de cerca, vigilantes, sin dirigirle la palabra, excepto para instarle que siguiera caminando. Se preguntaba si serian los mismos que hacia aproximadamente seis meses, cuando se disponía a abrir su automóvil estacionado en el aparcamiento del bloque donde vivía, para dirigirse al trabajo le abordaron:

  • Por favor acompáñenos, no se resista y no sufrirá ningún daño.

Le pusieron una capucha, lo introdujeron en un vehículo y comenzaron el trayecto hacia lo que seria su cárcel: aquel minúsculo lugar de siete metros cuadrados, con una pequeña cama, un retrete (agujero en el suelo), una pequeña mesa y su silla. ¡Eso era todo!

El canto aturrullado de un mirlo, le volvió al presente. Miró hacia arriba, a la copa de los árboles que se mecían por la leve brisa. Respiraba profundamente, queriendo captar y guardar todos los olores que le llegaban del bosque: aquel olor a tierra húmeda, el olor a verde, como si los colores tuvieran fragancia propia; Nunca antes había sentido esas sensaciones o al menos no había reparado en ellas.

La luz de la bombilla pegada al techo de la habitación, se encendía y se apagaba a criterio de sus carceleros. Durante largas horas permanecía sobre la cama en total oscuridad, tratando de dormir para no pensar. El fin de la oscuridad coincidía con el sonido de la trampilla, ubicada en la parte baja de la puerta, al deslizarse para abrir el hueco por donde le introducían una pequeña escudilla con los alimentos. A las pocas horas volvía a apagarse; el silencio y la oscuridad había sido uno de sus mayores martirios durante esos meses.

  • Deténgase por favor y siéntese junto a ese árbol- obedecí.

De inmediato le amarraron al árbol, dejándole totalmente inmovilizado.

Durante su encierro había tenido la esperanza de ser rescatado. No habría podido ser.

Los dos individuos se retiraron de él unos pasos. Hablaron entre ellos. No les entendía. Por el crujir de la hojarasca percibió como uno de ellos se aproximaba hasta escasa distancia donde él se encontraba. Muchas veces había pensado que sentiría al introducirse una bala en su cabeza y destrozarle el cerebro.

Miró hacia el cielo de aquel bello día. Los reflejos del sol en las hojas de las copas de los árboles le deslumbraron. Una lágrima recorrió su mejilla. Estaba sintiendo sentimientos contradictorios: estaba feliz por volverse a sentir vivo y triste por… Una bandada de palomas torcaces levantaron el vuelo asustadas. El bosque volvió a quedar en silencio.

EL MUÑECO DE PAULA

Paula jugaba con su muñeco. Le quería como si fuera su propio hijo. Le dispensaba todo tipo de cuidados: le daba besitos, le cogía entre sus brazos y lo mecía, procurando que se durmiera, o simplemente para que dejara de llorar; le cambiaba la ropita cada cierto tiempo etc.

Paula un día le dijo a su madre:

  • Mamia Miguelito hacia falta bañarlo, llora mucho y creo que es qué esta sucio.

Ambas se dirigieron al cuarto de aseo, llenaron la bañera y quitándole las ropitas lo introdujeron en el agua. Al principio Miguelito se reía de gustito, pero conforme pasaba el tiempo se le iba cambiando su humor. Paula al darse cuenta de ello se lo dijo a su mami:

  • Mami a Miguelito le está entrando frío, es mejor terminar el baño, secarlo y vestirlo.

Entre la madre y la niña secaron rápidamente a Miguelito y lo vistieron con ropa limpia.

Miguelito comenzó a temblar y llorar de frío, ante la preocupación de Paula y la sorpresa de su madre.

Lo envolvieron en una mantita y Miguelito nada, llora que te llora, y tiembla que te tiembla. A la madre solo se le ocurrió solo una idea, quitarle las pilas al muñeco.

  • Ves Paula ya se le ha quitado el frío - dijo la madre.
  • Si mami, pero parece que se ha quedado triste, no se ríe.

En ese momento Miguelito que escucho a la niña comenzó a reír y hacer gorgoritos.

Paula se puso muy contenta y su madre sufrió un desmayo, del que se recuperó momentos después.

DOS PALABRAS

Dos palabras, a veces no hacen falta más. Con solo dos palabras se pueden unir voluntades.

Todos recordamos o deberíamos recordar dos palabras, que para mí significaron momentos de tristeza y rabia, pero a la vez de esperanza, que precisamente los mandados a mantenerla y reforzarla, con el tiempo se encargaron, quiero pensar que inconscientemente, a menguarla. La unidad se resquebrajó, quizás sea ese el precio que debamos pagar por nuestro Estado de libertad.

Dos palabras, solo dos palabras, hicieron que percibiéramos un rayo de luz ante acto tan tenebroso. Dos palabras: ¡¡BASTA YA!!

Dos palabras, solo dos palabras, unen en un sentimiento de solidaridad ante la desgracia de muchas personas, provocadas por decisiones desacertadas, quizás por la premura, quiero ser generoso. Solo dos palabras, pueden movilizar a muchas personas, que en un acto de generosidad se vuelcan desinteresadamente. Dos palabras: ¡¡NUNCA MAIS!!

Solo dos palabras pueden unir a dos personas con lazos tan fuertes, que solo las separan la muerte. Dos palabras que se emplean para definiruna gran amalgama de matices. Sentimientos entre padres e hijos, entre amistades, entre parejas, entre el dueño y su animal de compañía etc.

Dos palabras, que dan vida, que nunca destruyen, ni matan. Dos palabras: ¡¡TE QUIERO!!

Dos palabras, solo dos palabras son suficientes, no hacen falta más.

EL TORO ANDARÍN

Todo el respetable estaba pendiente de Pepillo el Melillero, no entendían que ocurría. Nadie sabía, ni su propia cuadrilla, porqué el maestro no entraba a matar. Tenía en sus manos la posibilidad de salir por la puerta grande a hombros.

Morenito de Senegal le preguntó al mozo de espada:

- ¿Juan que hace Pepillo que no entra a matar, y termina lafaena? El Presidente le va a dar un aviso.

- No lo sé Morenito- respondió Juan.

Pepillo, en los medios, con la muleta y el estoque de acero, miraba fijamente a Andarín, toro de seiscientos veinte kilos, entrepelado y ojos de perdiz; con dos cuernos que apuntaban al cielo.Uno enfrente del otro se miraban.

Andarín se había comportado como un verdadero toro de lidia. Había entrado tres veces al caballo en el tercio de varas y desde una distancia descomunal, para estos tiempos. El público había aplaudido el celo y la fijeza con que había acudido y empujado al caballo. En la suerte de muleta, había repetido tantas veces como se le presentó el trapo, con prontitud y nobleza, dando la oportunidad a Pepillo a desplegar gran variedad de pases en las tandas.El público estaba enfervorizado ante lo que estaba viendo, y que posiblemente no tendrían oportunidad de repetir.

Pepillo El Melillero miraba fijamente aquellos ojos negro azabache, que le hablaban:

  • No me mates – dijo el toro.
  • No tengo otra opción; ha llegado el final dela faena y está escrito que debes morir.
  • No me mates – repitió Andarín.
  • No insistas, todos esperan ese final: el público, mis compañeros de terna, mi cuadrilla… Todos desean el redondeo de la faena. Te has portado como un verdadero toro, no te rajes ahora. No me supliques que te perdone la vida, no depende de mí.
  • Depende enteramente de tí. Tú eres el que vas a clavarme la espada. Nadie te puede obligar a ello. Como bien dices me he portado como un verdadero toro de lidia. He hecho honor a mi linaje. He hecho todo lo posible para tú lucimiento. Esperaba que me lo pagaras en este momento.

Pepillo se retiró unos pasos de Andarín, y dirigiéndose al Presidente se quitó la montera y con sumo respeto solicitó el indulto del toro. Esperó ver el ansiado pañuelo naranja, signo del indulto, más este no aparecía. El Presidente consultaba a los asesores y mirando al toro se quedó quieto, señal inequívoca de que no concedería lo solicitado.

  • No me mates- decían los ojos de Andarín. Devuélveme a mi dehesa, de donde nunca deseé salir.
  • Toro he hecho todo lo posible. No hay nada que me apene más que tener que ocasionarte la muerte. Tú sabias que había una posibilidad de salvar tu vida, y lo has intentado con todas tus fuerzas, pero no ha sido posible.

El respetable comenzaba a impacientarse. Querían una lidia completa, hasta sus últimas consecuencias. Una minoría solicitaba el indulto insistentemente.

  • No me mates. Quiero volver a mi dehesa, entre aquellas encinas donde he vivido desde que nací. Quiero correr por aquellos campos; confundirme con la manada; luchar con otros toros. Si volviera me convertiría en semental, dando buena descendencia. Seguro que mi mayoral se alegraría de mi vuelta.
  • Ya lo has visto, he solicitado tu indulto y la Presidencia no ha tenido a bien en concedértelo.
  • No me mates. Que importa la opinión de la presidencia. Eres tú quien va a empuñar la espada. Quién me la va a clavar, destrozándome interiormente. No quiero finalizar mi vida hoy.
  • ¿Que mejor momento, aquí y ahora? Te recordarán como un gran toro. Recordarán tus entradas al caballo; tu nobleza en la embestida.

Los otros dos toreros de la terna, Morenito de Senegal y Manolo Pocospelos, comentaban lo que estaba sucediendo, no teniendo explicación a ello.

Pepillo el Melillero observó como Andarín estaba cuadrado. Echó la muleta hacia delante, fijando al animal, mientras apuntaba con la espada en el centro del morrillo. Sabía que de cómo clavara dependía mucho los trofeos que el respetable pidiera, y el Presidente concediera.

-No me mates – volvió a insistir Andarín.

Pepillo movió la muleta para provocar la embestida. El toro se arrancó al encuentro de la muerte. Pepillo se abalanzó, y fue en ese mismo instante cuando recordó toda la faena; como había disfrutado de ella, repitiendo tandas de pases hasta cansarse.Soltó la espada durante el trayecto, pasando la mano sobre el lomo del animal, ante la sorpresa de todos.

Ambos quedaron nuevamente enfrentados. Pepillo recogió elestoque del albero, saludando a continuacióna la Presidencia. El público se quedó callado; la plaza era puro silencio.

Poco a poco fueron reaccionando, para sorpresa de Pepillo el Melillero, comenzaron a aplaudir, viéndose los primeros pañuelos de petición. Toda la plaza se contagió, llenándose con una capa blanca.

El Presidente consultaba, miraba al respetable, que era un clamor unánime en la petición de indulto.

Tras varios minutos desde la Presidencia apareció el pañuelo naranja.

Pepillo se dirigió al anillo central, donde permanecía Andarín; se le acercó, y mientras acariciaba la testuz del animal le dijo:

  • Lo has conseguido.
  • Gracias por no haberme matado- respondió Andarín.

Andarín volvió a la dehesa, donde cubrió gran cantidad de vacas, dando una descendencia para el disfrute de Pepillo El Melillero

MI PSICÓLOGO

Como de costumbre en mí había medido los minutos e incluso los segundos, para estar a la hora concertada quince días antes.

Toco el timbre del portero automático y sin ninguna voz que me pregunte, se abre la puerta. Subo las escaleras y me encuentro la puerta de la consulta abierta, una invitación a pasar. Me siento en la salita de espera y hago precisamente eso, mientras leo alguna revista para matar el tiempo.

Pasan los minutos y recorro con la mirada las paredes repletas de títulos: curso de no sé qué; diploma de no sé cuanto etc.Escucho voces que salen de una habitación; no distingo de qué, por la radio que suena como sonido ambiente. Se abre unapuerta y veo a Juan y su Consultante anterior, un muchacho joven:

-Que sí Juan que el Madrid como siga así, este año tampoco gana la liga. Ya son tres años y aún con la terapia no sé si lo voy a poder soportar.

Aquel comentario del joven me hizo comprender que mis problemas apenas tenían importancia, si los comparaba con el suyo, y además de difícil solución.

-Luis te repito, y quiero que reflexiones sobre ello, aunque el Madrid no gane la liga este año, ello carece de importancia, algún año la ganará, solo hay que tener paciencia- le dijo el psicólogo.

-Claro Juan, para tí es muy fácil decir eso, ¿crees que no me he dado cuenta que eres del Barcelona?

Ante el cariz que estaba tomando la conversación, Juanle dijo que el próximo día tratarían esa nueva visión del problema.

Con un gesto, apenas perceptible, Juan me invitó a entrar en la consulta. Durante el trayecto me preguntaba si seria cierto que era del Barcelona.

Ambos nos sentamos, sacando Juan mi historial clínico. Cogió una pequeña hoja para hacer anotaciones durante la sesión y me preguntó:

¿Cómo han ido estos quince días?

Reflexiono un momento y le respondo: bien pero….

Si dime -me anima.

Me lanzo a contarle las cosas que me han ocurrido durante estos quince días, y que a mí me parecen las más importantes.

Verás hace una semana, después de almorzar, me disponía a fregar los platos y me entró un sentimiento de incapacidad muy fuerte ante el volumen de platos, cubiertos, sartenes etc. que fregar. ¡Juan fue muy duro!; enseguida me vinieron las dudas de siempre: seré o no capaz de afrontar aquella situación. Por un momento estuve tentado de huir ante tal problema, no me encontraba preparado para aquello. Recapacité, hice una relajación, interpreté el hecho en sí, y me dije que solo era un montón de platos sucios. Que con tesón y paciencia lo conseguiría.

Juan me escuchaba atentamente, dándose cuente del enorme esfuerzo que me había supuesto

  • No me di por vencido, así que avancé hacia el fregadero, cogí con decisión el estropajo, eché Mistol plus, con esencia de aloe vera, y tratando de que no me asaltaran pensamientos negativos comencé por los platos (es una estrategia que siempre me había dado resultado). Así, poco a poco, frotándolos suavemente, enjabonándolos, colocando uno encima de otro, perfectamente acoplados. No se por que comencé a pensar en la vecina del quinto, y mi excitación iba en aumento. Frotaba despacio, un plato y otro, y otro más; ya no quería que se acabaran. La terapia estaba dando sus frutos.

Juan me seguía mirando con sumo interés, con cara de complacencia ante mi actitud.

  • Juan, te lo juro, todo iba perfectamente; ¡lo estaba consiguiendo y además disfrutaba!
  • ¿Entonces cual fue el problema?

Yo me mantuve callado por un momento y tratando de poner mis ideas en orden, le respondí:

  • Que se estaban acabando los platos, y solo ante este pensamiento la ansiedad me fue aumentando. Me estaba viniendo abajo.
  • Pero hombre-respondió Juan- todos los días se come y por lo tanto todos los días hay platos que fregar.
  • A veces quisiera ver las cosas tan claras como tú, pero me cuesta mucho llegar a esas conclusiones.

Juan tocándose la barbilla y midiendo sus palabras me argumento:

- Mira Pepe, el proceso es largo y para que lo comprendas te voy a contar un pequeño cuento: había una vez dos amigos, uno era soldado y pegaba tiros, el otro era albañil y pegaba ladrillos. Los dos pegaban, pero uno destruía y el otro construía. Quiero en estos quince días pienses en ello.

Durante toda la sesión noté que Juan estaba un poco raro, diferente a lo que en él era normal.

-Juan te veo un poco triste, ¿te ocurre algo?

Después de pensarlo un momento me dijo en un tono serio y muy preocupado:

  • Pepe creo que mí mujer no me quiere.
  • Juan llevamos hablando bastante tiempo de cómo evitar los malos pensamientos; de las interpretaciones que hay que dar a los sucesos de la vida, y te digo que aunque fuera cierto, tú no podrías evitarlo, por lo tanto ¿para qué te vas a preocupar ante la posibilidad que sé separe de ti?

Juan respondió:

-Ya, pero es que no puedo evitarlo. Yo la quiero tanto, me horroriza la idea que se separe de mí.

Pepe se quedó pensativo, viendo en la cara de Juan reflejada su angustia.

  • Pero Juan aunque eso sucediera, que no lo creo porque pienso que son imaginaciones tuyas, hay muchas mujeres en el mundo. Sé que las separaciones son dolorosas.
  • Le temo a ese dolor y además tengo la certeza que no hay otra mujer como la mía.
  • Ya lo sé Juan.

Me afligía verle en aquel estado, así que no podía desistir en tranquilizarlo y aclararle sus ideas.

  • Vamos a ver Juan, ¿Qué te ha hecho pensar que tu mujer no te quiere?
  • El otro día, al regresar a mi casa después de una dura jornada de trabajo, EN vez de darme cuatro besos, ¡me dió solo dos!

Yo pensaba que su angustia era totalmente injustificada.

  • Pero Juan lo que importa es la calidad, no la cantidad.

La hora de la visita había concluido. Nos levantamos de nuestros respectivos asientos y nos dirigimos hacia la puerta.

-Bueno Pepe piensa en todo lo que hemos hablado ydentro de quince días comentamos como te ha ido.

Salí al pasillo, pulse el interruptor de la luz y antes de marcharme le dije:

  • De acuerdo, pero no te preocupes por el tema de tumujer. Dentro de quince días comentamos como te ha ido, hasta dentro de dos semanas.

Mientras bajaba las escaleras pensaba que aquello de ayudar a los psicólogos me sentaba muy bien.

EL LECTOR

Lo que les voy a narrar me ocurrió en realidad. Voy a tratar de contarlo lo mas fielmente posible, a pesar de los años transcurridos.

Vivía en una ciudad- pueblo del sur de España, en la provincia de Málaga. El día en que me ocurrió aquello, el cielo estaba encapotado, el riesgo de lluvia era evidente, sin embargo había salido desprovisto de toda protección contra la lluvia.

El cielo se iluminó, sonando casi al instante el trueno. Las primeras gotas empezaron a caer, no dándole importancia al principio, es más, me gustaba que la lluvia mojara mis escasos pelos, se quedaban muy suaves. La intensidad y el tamaño de las gotas iban en aumento. Aligeré el paso, buscando donde refugiarme; crucé la acera y me dirigí hacia la puerta de la Biblioteca. La humedad no había forma de quitármela, pero al menos las gotas ya no me caían encima.

Llevaba escasos momentos, cuando me di cuenta de una figura metálica, que representaba a una persona sentada, con un libro entre las manos. Miré a un lado y al otro, no viendo a nadie.

  • ¿Que Maestro, leyendo un poco?
  • Pues si -me contestó una voz.

La sonrisa se me borró, de inmediato. ¿Me había contestado la escultura? No podía ser, las esculturas no hablan.

Miré, nuevamente, a mí alrededor para ver si localizaba alguna cámara de circuito cerrado, que me estuviera grabando (los famosos videos de primera)

Resguárdese de la lluvia que se va a mojar – le aconsejé, sintiéndome bobo.

  • No me importa, soy de bronce – me respondió.

Ante aquella respuesta imaginé que la había fabricado un escultor japonés, con la última tecnología robótica incorporada.

El Alcalde había hecho una gran inversión, costara lo hubiese costado: cualquier persona que se sintiera solo, y con ganas de conversación, con venir a la puerta de la Biblioteca podría conversar, a cualquier hora y dia, aunque la verdad es que su conversación tampoco daba mucho juego, mas no importaría: la persona con faltade comunicarse le basta, casi, con un monólogo.

¿Qué está leyendo? –le pregunté, mientras pensaba en el ridículo que estaría haciendo, si realmente me estuvieran grabando en video.

  • El Quijote, de Miguel de Cervantes. ¿lo habrá leído Usted?
  • No –perplejo y avergonzado por la respuesta.
  • ¡Que no ha leído la obra maestra de la Literatura Universal! Pero Hombre, si hace poco fue el centenario y se vendieron libros como rosquillas.
  • Me parece que para ser una estatua, aunque sea de bronce, es usted bastante impertinente.

Aquella escultura empezaba a mosquearme. Es verdad que yo no era un gran lector, pero tampoco todo aquel que hubiera leído El Quijote, presuponía que lo fuera.

Antes de que me siguiera dando caña con el dichoso libro, intenté cambiar la dirección de laconversación.

¿Lleva usted mucho tiempo sentado aquí?

  • Llevo dos meses instalado en este hermoso lugar, más trabajando solo llevo treinta y dos días, el tiempo que hace que me inauguraron, quitándome aquel repugnante paño que no dejaba pasar luz alguna, para leer.

Aquella respuesta me dio pie a mi siguiente pregunta, aun sabiendo ya la respuesta.

Noto que su trabajo le gusta, le apasiona.

  • ¿Cual cree Usted que es mi trabajo?
  • Pues está claro: embellecer la ciudad y estar noche y día leyendo su libro.
  • Amigo se ha quedado Usted en la superficie. Primero, embellecer la ciudad no es trabajo mío, sino del que me colocó en este lugar, creyendo conseguir ese motivo; segundo, el leer, como Usted dice, día y noche el libro, es mi mayor y único placer

¿Que quería decir con que me había quedado en la superficie? Aquello tenia guasa, devanándome el cerebro, pensando cual sería el trabajo de una estatua, o mejor dicho de aquella estatua.

Perdone mi indiscreción ¿Cómo se llama Usted?

  • El Lector- me contestó, con tono orgulloso.
  • Debí habérmelo imaginado.

La lluvia no cesaba, mojando las calles, y sobre todo y más importante, al menos para mí, limpiándolas de cacas de perro, que in cívicamente sus dueñosno recogían. ¡Las odiaba!

La estatua adivinándome el pensamiento me dijo:

No me hable Usted de perros, que me tienen la pierna izquierda hecha una porquería. No hay perro que pase, que no me la orine, y lo peor es que algunos dueños, hasta los incitan.

Tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada, imaginándome la escena: él tan serio, con su libro en las manos y el perro, mea que te mea.

Perdone que le pregunte en que trabaja Usted.

  • Yo ya no trabajo, estoy jubilado desde hace treinta y siete días.
  • Es Usted muy joven para no trabajar. Las personas mayores, que no trabajen lo veo bien, ¡tienen tantas cosas que recordar de su vida!
  • No me jubile por mi gusto; fue obligado, mas ese es otro tema del que no quiero hablar. Lo cierto, es que me está costando mucho habituarme, a tener tanto tiempo libre.

La estatua tardó en hablarme, como si estuviera pensando lo que decirme.

Ya le he dicho que el leer, no es ningún trabajo, sin embargo siempre que pase Usted por este lugar, me verá leyendo. La lectura ocupa todo mí tiempo libre, y así será hasta que me retiren.

Aquello me dio que pensar. Seguía lloviendo, no tenía nada que hacer y estaba en la puerta de una biblioteca. Me decidí a entrar, ver que era aquello, y lo primero que me sorprendió fue la cantidad de libros en aquel lugar, a la espera de alguien que los reclamase.

Horas después, salí a la puerta. Había dejado de llover. Sostenía en mis manos dos libros, con el mismo cuidado que se sujeta a un bebé, que amablemente me había recomendado el Bibliotecario.

Miré a la estatua, que continuaba en el mismo lugar y posición, como no podía ser de otra forma.

Llevo dos libros – dije mirando a la estatua.

  • Hoy se ha abierto para Usted un nuevo mundo, el de la lectura. En él podrá viajar cómoda y rápidamente a países lejanos; realizar aventuras portentosas, sin peligro alguno; vivirá infinidad de vidas y sentimientos, de lo más variados etc.
  • Gracias por haberme abierto el mundo de la lectura.
  • No hay porqué darlas, es mi trabajo.

Volví muchas veces más a la biblioteca, y aunque intenté repetir alguna conversación con la estatua, esta se comportó como lo que era. Nunca más escuché palabras que de ella provinieran, y ahora al cabo de los años, no sé si aquella conversación existió, o era simplemente mi Conciencia. Sea como fuere, no he dejado de leer, y además ahora he comenzado a hacer mis pinitos como “escritor”. Cada día que pasa, deseo que aquella escultura triunfara en su TRABAJO

LA ABUELITA

Desde el interior de estas cuatro paredes les voy a narrar una historia, que a muchos, por no decir a todos les parecerá una burda mentira, sin embargo les prometo que ocurrió tal y como se la voy a contar.

Hace diez años empecé a tontear con la droga. Como casi todos me inicié con el chocolate. Mi madre me daba dinero para que me comprara el desayuno en el instituto, más pronto empecé a invertir ese dinero en droga, que un joven de curso superior nos facilitaba. Nos veíamos en el recreo y por arte de magia y sin mediar palabra, yo le alargaba el dinero, y el me correspondía con un trozo de chocolate; ese chaval se tenia que estar haciendo de oro. Cada día su clientela aumentaba, hasta el punto que había que guardar cola, a veces cuando llegaba mi turno ya no quedaba mercancía.

El trapicheo era diario, ante las narices de los profesores que vigilaban el patio. Pillábamos unas colgaderas de muy señor mío. Las risas continuaban en el interior de las clases.

Recuerdo que un día la profesora de matemáticas nos estaba explicando el Teorema de Pitágoras, y yo me había fumado dos canutos, no paraba de reír. Cada vez que me llamaba la atención, mi risa iba en aumento, no podía parar, hasta que me expulso de la clase: aquel fue mi primer castigo debido a las drogas.

Fue en una fiesta de cumpleaños, cuando probé por primera vez la coca. Varios “amigos” sin mucho miramiento, se estaban preparando varias rayas, yo me acerqué con curiosidad para ver como era aquello: se estaban poniendo tibios. Uno de ellos al verme mirarlos me preguntó que si quería probar. Bien por curiosidad o por no quedar mal delante de ellos, me metí la primera raya.

Después de aquel día seguí tomándola cada vez que tenía oportunidad. Cuando me di cuenta, estaba enganchado hasta las orejas, me había convertido en un drogadicto con todas las de la ley.

El dinero que mis padres me daban, pronto dejó de ser suficiente para mi ración diaria. Comencé a pasarlo mal, necesitaba droga y no podía comprarla. Fue tal la necesidad de dinero, que decidí conseguirlo aunque fuera robando.

Un día me dirigí a una calle lejana de mi barrio, donde nadie me conociera. Estaba decidido a darle un tirón a la primera abuela que se pusiese a tiro. Llevaba escasos treinta minutos esperando, en la puerta de un bloque, cuando apareció Ella: una abuelita de unos setenta años, calculé; muy bien vestida, y con un bolso colgado de su brazo. Se iba acercando a donde yo estaba. Al pasar a mi lado me dió las buenas noches, respondiéndole yo. La dejé que se alejara unos metros, y comencé a seguirla. Miraba a un lado y otro de la calle, esperando el momento en que no hubiera nadie en la calle. La había perseguido escasos cien metros, cuando aligere el paso, para ponerme a su altura. La miré, ella me miró sonriente, y sin darle tiempo a más, agarré el asa del bolso, dándole un tirón con todas mis fuerzas. El bolso no se descolgó de su hombro, ante mi sorpresa. Nos liamos en un forcejeo, no soltando prenda la abuela. Me disponía a amenazarla con mi navajilla, cuando sentí un fuerte dolor en mis testículos, que me hizo arrodillarme en el suelo.

La abuela, aquella frágil mujer, me tenía a su merced. Yo había soltado el asa del bolso, momento que aprovechó para golpear mi cara con el. Sentí un leve chasquido, y la humedad de la sangre corriendo por mi cara. Al verme las manos llenas de sangre, me acobarde y solo pensaba en huir de aquella débil abuela. Me incorporé todo lo rápido que pude y trastabillándome, comencé a correr.

La abuela, gracias a Dios, debía de sufrir artrosis en sus piernas. Comenzó a gritar: ¡Al ladrón, al ladrón! Las pocas personas que había en aquella oscura calle, se fueron acercando a ver que es lo que pasaba; pronto me vi perseguido por varias de ellas. Me alcanzaron, sintiendo la rabia, en mi cuerpo, de mis perseguidores por haber intentado robar a aquella débil e indefensa anciana.

Perdí la noción del tiempo, los golpes me llovían por todas partes. Sentí como en sueños, una sirena de policía. Los golpes cesaron y vi a mi lado un Policía Local, nunca pensé que me alegraría de verlo. Me levantó del suelo, cacheándome y poniéndome las esposas.

La abuela estaba hablando con el otro policía:

- Señor Agente, ha querido robarme el bolso, y gracias a estas buenas personas no lo ha conseguido. No se puede ir por la calle tranquila. Que mal rato, y encima padezco del corazón.

No podía creérmelo: me había quebrado, posiblemente, un huevo; me había roto la nariz; había instigado a varias personas a que me lincharan y aun tenía la desfachatez de hacerse la victima. No había derecho, encima me habían esposado, y posiblemente me caería una condena, y todo por intentar cogerle algo de dinero a aquella fiera.

Me metieron en el coche patrulla y de camino a Comisaría, les prometí a los Agentes que nunca más atacaría a una pobre viejecita, lo que hasta el día de hoy, he cumplido.

Por último recomendar a todo aquel chorizo que lea esta historia, que no se fíen de las frágiles ancianitas.

 

 

 

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