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RELATOS


Por José Gómez Martínez


LA CARRERA DEL GUERRERO

Yo Gonzalo Cabezal, juro por Dios que jamás pasé tanto calor en mí vida, como aquel mes de Mayo del año de nuestro Señor de mil doscientos tres, montado en mi jamelgo tras mi señor D. Jaime de Perindola, caballero donde los hubiera.

Cabalgábamos por aquella inmensa planicie uniforme, sembrada aún de verdes trigales.

Mi señor poseía fina figura, no por naturaleza, sino más bien por escasez de viandas que echarse a su maltratado estómago, y por forzada solidaridad, en cuanto a peso, el que les narra, no lo superaba.

D. Jaime de Perindola había tenido a bien tomarme a su servicio, tras la muerte de mí anterior Señor, en la Justa del Paso Honroso. Fue de muerte accidental más que intencionada (cayó de su caballo, partiéndose el cuello). Al verme, Don Jaime, tan afligido, me tomó por escudero. Desde entonces, hace ya seis años, cabalgábamos juntos de justa en justa, con desigual suerte.

Por lo que yo sabía por mi Señor y los rumores, D. Jaime era el tercer hijo de Don Justo de Perindola. En los planes de su padre lo que menos apetecía para su hijo es que se dedicase a la dura tarea de ser y vivir como un caballero. Don Justo había participado en multitud de batallas contra los infieles, y de todas había salido indemne, más él bien sabía que había sido simplemente por destino Divino, muchos de sus compañeros de Orden, habían resultado muertos o gravemente mutilados. Ello no lo quería para ninguno de sus hijos y menos para D. Jaime, por el que sentía una ostensible preferencia. Desde muy pequeño, D. Jaime, había sido separado del mundo de caballerías, más como si este lo llevara en la sangre y contrariando a su progenitor, lo que le costó ser desheredado, fue nombrado caballero de la Orden de los Paralelos, creada para pugnar con la más famosa de los Cruzados.

A mi Señor no le faltaba linaje ni valor, de lo que si carecía era de cierta habilidad: en el ambiente de las luchas era conocido por D. Jaime de Torpeza, aun si bien con el tiempo y las muchas justas en las que había participado desde que yo era su escudero, su destreza había aumentado en gran cuantía.

Como anteriormente dije, el sol abrasaba en aquel camino polvoriento, flanqueado a ambos lados por verdes trigales que daban una engañosa sensación de frescura. Me dirigí a mi Señor para suplicarle un descanso:

- D. Jaime, llevamos varias horas cabalgado, y no sé vos, pero yo estoy a punto de caer desfallecido de mi cabalgadura.

- Gonzalo aguanta que falta poco según mis cálculos para llegar; después podremos descansar bajo los árboles, que como un espejismo aparecerán en este despoblado territorio- dijo D. Jaime para darme ánimos.

- Don Jaime que no me quejo por vicio, que vos sabéis mejor que yo que llevamos tres días sin pegar bocado, y con este calor las fuerzas han terminado por abandonarme.

- Un caballero se alimenta del deseo de lucha y victoria, no necesitando mucho más.

- Don Jaime recordad que yo no soy caballero, sino vuestro humilde escudero que está sujeto a las debilidades humanas.

Don Jaime bien por compasión o por hartura, accedió a realizar una parada bajo el único árbol que nuestra vista alcanzaba. Nada más bajar y atar nuestras cabalgaduras, saqué de mi morral un pedazo de pan, duro como una piedra, y un trozo de tocino pringoso, por el calor.

- Comed algo Don Jaime, que después os tiemblan las piernas en el combate.

- No es por falta de comida Gonzalo, por lo que me tiemblan las piernas, sino por la ansiedad y el nerviosismo por comenzar este.

Después de comer y beber el resto del escaso vino que nos quedaba, me pregunté cuanto quedaría realmente para Villamaldad.

Pareciera que mi Señor hubiera leído mi pensamiento:

- Gonzalo debemos proseguir camino, que aunque queda poco para llegar, menos queda para anochecer.

Mientras cogía mi morral y lo ataba a la cabalgadura, pensaba en el premio de la justa, que aunque para mi carecía de beneficio, para mi señor era lo más ansiado, una maravillosa armadura, según habíamos podido saber por aquellos que la habían visto. Se contaba que solo una vez había sido ganada por caballero ajeno a la casa del Conde. Pocos meses después encontraron el cuerpo sin vida de dicho caballero, la armadura había desaparecido comentándose que el Conde había tenido mucho que ver en aquel extraño suceso. Meses después el Conde hizo correr el rumor que la armadura la había recuperado a unos ladrones de caminos, posiblemente los que asesinaron al Caballero ganador de esta.

- Gonzalo no perdamos más tiempo y partamos presto, que alguna que otra estrella se deja ver ya en el cielo.

Iniciamos nuestro cabalgar con la fortuna de haber luna llena, lo que nos permitía ver el camino. Después de una hora, a lo lejos se perfilaba en el horizonte el pueblo, lo que hizo que nuestro paso se reavivara. Al cabo de poco tiempo, entrábamos por la puerta principal.

El pueblo estaba rodeando, casi en su totalidad, la fortaleza del Conde, magnífico castillo de elevadas torres. Dicha fortaleza se encontraba en lugar estratégico, la zona mas elevada para hacerla mas fácilmente defendible.

La animación era palpable, notándose la proximidad del día señalado para la justa.

- Don Jaime sería menester echar pie a tierra, y buscar sitio para descansar; mañana podemos ver el lugar de la justa y reponer fuerzas, que bien sabéis que no lo hago por mí, sino por vos, para que podáis tener alguna chanza en esta lid.

A Don Jaime por una vez le pareció mi consejo acertado. Pie a tierra descargamos a los animales de todos nuestros enseres.

Mi señor decidió, con mi inestimable colaboración, que nos echáramos, y procurar dormir lo antes posible, mañana habría tiempo de inspeccionar el terreno.

Al menos para mí la noche fue extremadamente larga, repitiéndoseme un sueño en el que veía a mi Señor siendo derribado por un caballero que no poseía cabeza. Entre sudores y con el corazón encogido, desperté al día siguiente.

- Don Jaime despertaros que el día ha comenzado y el sol está alto- intentado espabilarle.

Tras no denodados esfuerzos conseguí que se levantara al fin, y tras vestirse y asearse, nos dispusimos a visitar el terreno de la justa. Durante el camino Mi Señor me hizo notar que en todas las justas que habíamos participado los demás caballeros se hacían distinguir por un estandarte, y le parecía buena idea fabricarse uno que le representara.

Medité un momento el requerimiento, y una vez tuve la idea se la comunique, para que me diera licencia.

- Mi Señor, vos pertenecéis a la Orden de los Paralelos, y sí no me equivoco, dicha orden la formáis vos y vuestro Ordenante, que en paz descanse. He pensado tomar los emblemas de vuestra orden como distintivos de vuestra divisa.

- En tus manos lo dejo Gonzalo- dijo Don Jaime.

De inmediato me puse a la labor, y con más habilidad que medios, al poco lo tenía confeccionado y ondeando en la puerta de nuestra tienda.

Don Jaime al verlo, y comparándolo con los de otros caballeros, alegó:

- Gonzalo un poco pobre te ha quedado a mi parecer. Las demás divisas están adornadas con fieros animales,con anchas torres o con delicadas flores; mas el nuestro no posee nada de ello, sino dos simples líneas.

- Mi Señor las divisas no tienen valor en sí, se lo dan sus caballeros, y si bien es verdad que ha resultado algo simple, más se hará notar entre todas ellas, precisamente por dicha cualidad.

Mis explicaciones parecieran que habían satisfecho a mí Señor. Desde luego si la simpleza era su mayor cualidad, mi diseño había sido extraordinario: un pedazo de tela blanca, en forma triangular, con dos breves líneas paralelas. Llamar la atención, la llamaba. Todos los que la veían preguntaban, entre ellos, a quién pertenecía, pues nunca antes habían visto nada igual.

- ¡Bravo Gonzalo! Debo de confiar más en ti, y en tú buen criterio.

Ya con los animales descargados de su peso, limpios y con abundante forraje, no dispusimos a conocer el terreno en sí de la justa. Lo que ante nuestros ojos apareció, nos dejó asombrados, más a mi Señor que a mí, puesto que ya había asistido con mi anterior caballero antes de morir.

El terreno estaba totalmente llano, inmaculado, sin una sola piedra, por muy pequeña que fuera, que pudiera dañar los cascos de los caballos. Las dimensiones eran mucho más grandes de las habituales, formando un rectángulo casi perfecto. En ambos extremos estaban montadas sendas carpas, donde los dos contendientes se podrían alistar para el combate. Delante de las carpas había un amarradero para tres caballos, y un reposa lanzas con capacidad para seis. Uno de los lados estaba destinado para ubicar el lugar preferente que debían de ocupar la Dama de la Justa y el Conde de Valdeinfiernos; en posición más baja y a ambos lados, serian los lugares de las autoridades invitadas y los jueces.

El conde, noble vanidoso donde los hubiera, quería impresionar, y a bien que lo había conseguido. Además quería competir con la justa de más prestigio entre los caballeros: la del Condado de Biançón, en Francia, y todo aquel que la conocía estaba de acuerdo que sí no la superaba, al menos la igualaba.

Un murmullo se dejo oír entre todos los caballeros que inspeccionaban el terreno, volviéndonos también nosotros hacia donde se dirigían todas las miradas.

- Que ocurre Gonzalo- me preguntó Don Jaime, esperando que al tener experiencia anterior, le pudiera dar contestación.

- No lo sé mi señor- respondí

La multitud se iba apartando hasta dejarnos ver el motivo de aquel sonido, parecido al de un enjambre de abejas. Montados sobre dos soberbios animales, aparecieron el Conde de Valdeinfiernos y su Caballero Sir Richard Pig. El conde montaba un tordo de finas líneas, no apto para el combate, pero bello como el solo, perfectamente engalanado y con un paso que más que caminar pareciera que bailaba. A su lado y con caballo blanco, este sí de combate, vestido totalmente de negro, excepto por una gran pluma roja en el casco.

Ambos recorrieron el campo de justas, cada uno por un lado de la valla que dividía el terreno. Al llegar al final ambos se detuvieron, haciendo acto de aparición el carro que portaba el premio de la Justa. El sol la hacia brillar con tal intensidad, que costaba esfuerzo seguir admirándola. Todos la mirábamos con deseo, pero solo uno la portaría al final del evento, contando y mucho el caballero inglés. El carro se paró, y apenas, entre cuatro hombres, pudieron bajarla y depositarla en el lugar preparado para ello, bajo el palco de la Dama de la Justa.

- Don Jaime no os parece que es algo pesada para vos, pienso que os costará portarla en el caso de que la consigáis.

- Gonzalo aunque tuviera que arrastrarme, e incluso no poder dar un solo paso con ella, lo cual dudo que ocurra, la quiero.

Nunca había visto tan decidido a Don Jaime, lo cual hizo aumentar mi confianza en él.

El Conde de Valdeinfierno y Sir Richard Pig, permanecían quietos en sus caballos, observando como dejaban instalada la armadura. El Conde y Sir Richard espolearon a sus caballos y comenzaron a desandar el terreno. Al llegar a nuestra altura el caballero inglés dirigió su caballo hacia nosotros, deteniéndolo a escasos metros, y con notorio acento, preguntó a Mí Señor:

- Es de vos el caballo negro amarrado a la puerta de la tienda en la que ondea una extraña divisa, compuesta por dos líneas paralelas.

- Sí, mío es – respondió Don Jaime en tono de extrañeza ante la pregunta.

- ¿Como se llama Señor?- volvió a preguntar Sir Richard.

- Don Jaime de Perindola- respondió con orgullo.

- Me refiero al caballo- dijo el inglés Pig.

- Se llama Negro, y junto con mi escudero, son mis más fieles servidores.

- Mucho me temo Don Perindola que os vais a quedar sin uno de vuestros servidores. El caballo me gusta, y lo quiero.

Yo miraba hora a mí Señor, hora a el Pig. Como siempre a Don Jaime comenzaron a temblarle las piernas y parte de mí confianza en él se fue desvaneciendo.

Pig, el inglés, giró bruscamente el caballo, y al galope se unió nuevamente al Conde.

El ansia de mi Señor de luchar con Pig, debía de ser muy grande, ya que además de las piernas, noté que su voz también flaqueaba, cosa que nunca antes le había pasado.

- Gonzalo volvamos pronto a la tienda no vaya a ser que no me den ni opción de luchar por Negro.

Los dos caballos estaban donde los habíamos dejado. Ambos sentimos alivio, no es que mi jamelgo valiera mucho, pero a fuerza de tiempo le había tomado cierto cariño.

- Señor si mi estómago no me engaña es hora de que comamos algo. Mis piernas tiemblan y vive Dios que en mi caso no es por ansia de lucha, sino más bien falta de alimento.

- Gonzalo debo de darte una buena noticia, el Conde ha preparado un banquete para todos los caballeros y por ende para sus escuderos.

Partimos hacia el lugar del festín, una gran carpa con dos mesas con cabida para veinte caballeros, cada una y sus escuderos.

Tomamos asiento y rápidamente fuimos servidos con grandes trozos de cordero asado, regado con abundante buen vino.

- ¡Gonzalo pillastre! Como vos por aquí- escuche a mi espalda.

Me di la vuelta y allí estaba Don Darío Cienfuegos, amigo de mi anterior Señor, como si de un fantasma se tratase.

- Don Darío que grata sorpresa, pues hacia años que le daba por muerto, después de vuestra apresurada huida de aquel miserable pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme.

- ¡Pues ya me ves! Durante un tiempo no paré de huir, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad; hubo momentos en no sabía donde esconderme. No había visto cosa igual, que tesón la de aquel marido engañado. Mas un día, para mí sorpresa, dejaron de perseguirme. Mas tarde supe que los esfuerzos de aquel marido ahora se dirigían hacia otro caballero, y ya no como esposo, sino como padre. ¿Pero cuenta Gonzalo que ha sido de tu vida?

- Sigo de escudero, pero ahora de otro Señor, Don Jaime de Perindola.

- He oído de él - esbozando una leve sonrisa.

Don Jaime que había estado atento a nuestra conversación, tomo parte en ella de forma súbita.

- De qué os reís caballero, si se puede saber.

- Supongo que vos sois Don Jaime de Perindola, famoso en el mundo de las justas por vuestro valor, que algunos ignorantes confunden, al ver vuestro temblar de piernas a la hora del combate, pero que yo sé que son vuestras ansias de lucha. Yo mismo lo padecí en alguna que otra ocasión.

Ambos se mantuvieron las miradas, y ambos sabían el verdadero sentido del temblar, era el tan humano miedo, pero para el que se ordenaba caballero tenia prohibido el sentir y mas el mostrar.

- Sentaos a nuestra mesa Don Darío y compartid con nosotros viandas y compañía- dijo D. Jaime en tono conciliador.

Después de terminar con todo alimento que por delante se nos servía y en animada charla, salimos los tres al exterior. Don Darío con voz susurrante dijo:

-Don Jaime me habéis caído bien y por ello os quiero dar unconsejo.

-Vos diréis – respondió mi Señor con tono de curiosidad.

-Tened cuidado con Sir Richard Pig. No es persona que desista de conseguir lo que quiere, y como vos mismo habéis escuchado, se ha prendado de vuestro corcel, y bien en buena lid ó con malas artes, no cesará hasta adueñarse de el.

-Gracias por el consejo, del que tomo buena nota- respondió D. Jaime.

Nos despedimos deseándonos buena suerte en la justa, y sin más preámbulos Mi Señor se dirigió a paso ligero, y yo tras él, al lugar donde habíamos dejado nuestras cabalgaduras. Un suspiro de alivio dejó escapar D. Jaime al ver que Negro y el jamelgo estaban donde los habían dejado.

-Gonzalo debemos tomarnos muy en serio el consejo o la advertencia que nos ha comunicado el caballero D. Darío Cienfuegos. Desde este momento no debemos perder de vista a Negro.

-Bien sabéis vos que podéis contar conmigo para ese menester, en cuanto a Vos debéis descansar para estar presto para el combate que se aproxima, porque si mi intuición no me falla, tendréis que batiros con ese Pig antes de lo que vos mismo pensáis.

El resto de la tarde la pasamos, mi señor descansando y yo vigilando y preparando todo lo necesario para el combate.

Tras varias horas, desperté a D. Jaime, proponiéndole que saliéramos con nuestras cabalgaduras a foguearlas, pues ya se las notaba nerviosas por la falta de ejercicio.

EL CONTADOR DE ESTRELLAS

Todo me daba vueltas a mí alrededor. El licor que con tanta avidez había ingerido, me estaba haciendo pagar su tributo.

Hubo un tiempo donde miraba, leía las etiquetas de las botellas de vino: “cosecha del ochenta y tres”, “no sabía que fuera tan buena”; comentaba a mi anfitrión.

Las noches se sucedían una tras otra, de la misma forma: rutina que ahora adivino mortal. Es cuestión de tiempo y lo sé. Ya no me resisto.

Dulce néctar, que un día fue, se ha convertido en motivo de infortunio y amargura.

Dicen que es una enfermedad, y así me siento: enfermo, moribundo. Una muerte que poco a poco va ganando su guerra.

Hace años, ya ni me acuerdo, era una persona como se supone que debía ser: trabajador honesto, amigo de mis amigos, esposo amante, padre solicito, hijo fiel. Hoy solo me queda el recuerdo de lo que fui. Un espejo en el que me gustaría volverme a reflejar.

La brisa gélida rasga mi rostro. Todo mi cuerpo se encoge, tirita.

Bebo un nuevo trago de aquel vino apestoso que me calma del frío, y de mis recuerdos. Mi vida se ha convertido en recuerdos, casi en su totalidad. Me alimentan, me mantienen, me dan fuerza para seguir respirando, y sobre todo soñar.

Que dulce es el sueño después de la tempestad, una tempestad que amaina mientras cuento estrellas, de este inmenso cielo salpicado de brillos, algunos inexistentes
.
De niño repetía una y otra vez el recuento de estrellas, ayudado por mi abuelo, artífice de aquel placer imposible: siempre ganaba el sueño a la vigilia. Ahora repito aquel recuerdo, ayudándome a digerir los demonios del pasado.

Vago por las calles de mí ciudad, de esta extraña ciudad. Veo a las mismas personas, pero sus miradas son diferentes. Son miradas de repulsión, lástima, incomprensión, ira.

La noche está serena. Vuelvo a comenzar el recuento. Ya no me acuerdo cuantas enumeré, y desde donde debo de seguir.

Bebo un nuevo buche, comenzando los parpados a cerrárseme, pudiendo con mi esfuerzo por continuar.

Nunca imaginé que mis días terminarían contando estrellas, más realmente sé que es una cuenta atrás. La vida se me escapa a cada nueva estrella. No me importa, si al final se me recordara como el contador de estrellas.

EL PRINCIPITO AZUL

Rebuscaba en los archivos documentación para mi tesis doctoral. Llevaba varios días esperando encontrar algo nuevo que me sirviera.
Aquella tarde, la mesa donde solía trabajar la tenía repleta: ya no cabían más legajos. El color amarillento de sus páginas manifestaba la antigüedad.
Fermín, el Archivero Mayor de la Ciudad, había realizado su labor, con tanta minuciosidad y dedicación como de costumbre: le había solicitado que me buscara todo lo que pudiera encontrar sobre un tiempo muy determinado de la ciudad donde yo vivía. Nunca me pude imaginar que existiera tanta documentación de la época.
Para mi desgracia todos aquellos papeles no aportaban nada nuevo a mi tesis. Estaba a punto de devolverle todos aquellos mamotretos a Fermín, y marcharme, cuando de entre uno de ellos cayó al suelo un libreto de varias hojas. Lo recogí y me sorprendió la riqueza y finura del grabado de la portada, así como la laboriosidad de las letras. Aparté todos los papeles a un lado de la mesa, comenzando a analizar con más detenimiento el libreto. El dibujo de la portada representaba a un caballero con su cabalgadura, en actitud gallarda, sorprendiéndome que no portara armadura.
Las letras bellamente ornamentadas y en perfecto estado de conservación, daban titulo al libreto:”El Principito Azul”.
Lo abrí siendo igualmente hermosa la presentación de su interior, cosa rara para la época a la que supuestamente pertenecía. Todo ello hacia que mi curiosidad fuera en aumento. Me fui entusiasmando con el descubrimiento.
El timbre sonó, era hora de cerrar el Archivo. Devolví a Fermín todos los tomos, pidiéndole que me reservara el manuscrito del Principito. Fermín quedó sorprendido al verlo por primera vez, a pesar de los años que llevaba como Archivero.
Aquella noche no pude apartar de mi pensamiento la visión del manuscrito. Tarde mucho en coger el sueño, pero a las nueve de la mañana estaba en la puerta esperando que Fermín abriera las puertas.
Sentado en mi mesa y con el manuscrito delante de mí, me acomode dispuesto a pasarme toda la mañana leyéndolo. Pasé la primera página comenzando a leer:

En el año 1302 de nuestro Señor, gobernaba el Conde Ronvi en el condado de Vemala. Era dueño y señor del destino de todos los que en el habitaban.
La vida era dura: lo poco que producían sus vasallos, trabajando de sol a sol, era decomisado por los soldados del Conde. Estos bienes aumentaban su riqueza, y la pobreza de sus súbditos.
En la aldea de Polipo vivía Malofi, hombre de mediana edad, bajito y regordete, lo que le daba un aspecto algo vulgar. Solo había algo que lo diferenciaba de los demás: por sus venas corría sangre de color azul, caprichos de la naturaleza.
El Conde Ronvi había alcanzado el poder en el condado, tras sangrientas batallas contra el Rey Cofrán, al que no pudo vencer. A la muerte de este, le sucedió su hijo Llani, al que le faltaba gran parte del despotismo y la maldad de su padre.
La lucha fue dura, pero al final las tropas del Conde Ronvi vencieron, desterrando de por vida a Llani.
Los años pasaron y todo siguió igual para los habitantes de Velema.
Llani desde su destierro conspiraba contra el Conde, pero necesitaba más guerreros para poderlo vencer.
La noticia de que en Polipo había un siervo, llamado Malofi, que tenía la sangre azul, le dio una idea. Se puso en contacto con Malofi, al que prometió cargos y riquezas a cambio de que alentara una revuelta contra el Conde Ronvi.
Llani difundió la existencia de unos supuestos escritos santos, en los que se decía que había un tiempo en que llegaría El Elegido, al que conocerían por tener la sangre azul: “El os redimirá de vuestra pobreza y estado de opresión”.
Malofi comprobó que los habitantes de Polipo comenzaron a prestar atención a sus arengas. Era tal el estado de rabia y desesperación que sentían por tantos años de opresión del Conde, que pronto casi todos estaban dispuestos a seguirle hasta la muerte.
La sublevación se produjo y todos marcharon hacia el castillo. Dejaron sentir sus gritos y el retumbar de sus improvisadas armas al ser golpeadas contra las paredes del castillo.
El Conde Ronvi no daba crédito a lo que estaba viendo, uno cientos de desarrapados golpeando las gruesas y altas murallas de su castillo; sin embargo sus asesores le aconsejaron que recibiera al cabecilla, un tal Malofi, y calmara la situación con falsas promesas.
Malofi fue recibido, prometiéndole el Conde que en adelante se reduciría los impuestos a los siervos de Polipo por el uso de sus tierras, aprovechando la ocasión para tratar de sobornarle con riquezas.
Malofi retiró a sus seguidores, más no fiándose de lo prometido, informó a Llani.
El tiempo pasó y nada de lo prometido se cumplió. El odio y la furia fueron creciendo entre los pobladores de Polipo, hasta que Llani creyó que había llegado el momento de asaltar el castillo de Ronvi. De acuerdo con Malofi emprendieron la marcha.
La batalla comenzó inmediatamente y a pesar de que la fortaleza parecía inexpugnable, bastó poco tiempo para derrotarlos. La fuerza de los asaltantes era la esperanza de una vida mejor, y esa fuerza les hacia parecer insensibles a las heridas.Parte de los guerreros del Conde se unieron a los asaltantes, cuando vieron que todo estaba perdido.
Apresado el Conde Ronvi fue condenado al destierro, en unión de sus vasallos mas fieles.La victoria fue celebrada por varios días, durante los cuales se nombró solemnemente nuevo conde a Llani. En cuanto a Malofi, en cumplimiento del falso escrito sagrado, fue nombrado “Principito azul”.
Los meses pasaron y para los pobladores de Polipo nada cambió, y si algún cambio ordenó el Conde Llani, con la anuencia del Principito, fue a peor.
El Principito se fue a vivir al castillo, donde disfrutaba de todos los privilegios prometidos.

Aquí terminaba el escrito, notando que la historia estaba inconclusa, como dejaba entrever, que al final y en letras mas grande se pudiera leer: Fin del Tomo I. Había que buscar el tomo segundo de aquella historia que, no sabía porque, me resultaba conocida.
Me acerqué a Fermín entregándole el libreto, preguntándole sobre la existencia del segundo tomo, respondiéndome que desconocía la existencia, incluso, del que le hacia entrega. Fermín con voz solemne me dijo que a lo mejor aún no se había escrito el final.
De camino hacia mi casa pensaba en las palabras de Fermín, cargándome con la responsabilidad de ser yo mismo el que diera final a la historia.
Tumbado en el sofá, no podía dejar de pensar en las posibilidades de continuación de la historia.
Eran las cuatro de la madrugada y cansado de darle vueltas al tema, cogí unas hojas de papel, la pluma estilográfica, la que no utilizaba hacia bastante tiempo, y comencé a escribir:

Los ciudadanos de Polipo habían depositado tanta confianza en Malofi que se resistían a creer que le hubiera abandonado; de vez en cuando aparecía por la aldea, repitiendo las arengas que meses pasados les enardecían y que ahora surtían, cada vez, menos efecto. Hasta los mas ingenuos de Polipo ingenuos fueron comprendiendo que las palabras no eran suficiente para atenuarles el hambre. Había llegado el momento para Malofi si volvía al poblado y comenzaba una revuelta contra el conde, o permanecía en el castillo disfrutando de las viandas y comodidades, que este, le ofrecía. Tomo la decisión sin pensarlo mucho, y nunca más volvió a hablarles a los habitantes de Polipo.
El tiempo transcurrió ante la indolencia de los polianos.
Cierto día apareció en el pueblo un forastero, nadie sabia de donde venía, se paro en la plaza y comenzó a tocar un cuerno de cabrito. Todos lo polianos, ante tal sonido, comenzaron a acudir. Con voz fuerte dijo que se llamaba Sori, y acto seguido desenvaino un largo cuchillo cortándose en la palma de su mano. Todos los polianos quedaron mudos ante lo que vieron: de su mano brotaba abundante sangre, ¡de color azul!
- Soy el que esperabais, y es hora de acabar con vuestra pobreza y desesperanza.
Todos se miraban ante las palabras que había pronunciado, recordándoles palabras de tiempos atrás. Sori comprendió lo que estaba pasando, jurando ante lo más sagrado que nunca aceptaría ser nombrado “Principito Azul”.Todos los Polianos comenzaron a gritar contra el conde Llani, pero sobre todo contra Malofi, por el que se sintieron más engañados.
Malofi recibió pronto la noticia de lo que estaba ocurriendo en Polipo, a través de los espías infiltrados en el poblado. Se reunió con el conde, quien rápidamente pensó que debía entregar a Malofi a los Polianos, esperando que ello los calmara.
Malofi fue expulsado y atado a un poste a las puertas del castillo, mas el conde no fiándose que ello no bastara para calmar los ánimos, se preparó para luchar contra los Polipinos, nombre que adoptaron los habitantes de Polipo, para romper con su pasado.
Sori sabiendo que necesitaba ayuda para vencer al Conde Llani, mandó emisarios a Ronvi, quien acudió en su ayuda a cambio de ser nuevamente nombrado Señor del Condado de Velema
Los Polipinos y las tropas del Ronvi se dirigieron al castillo rodeándolo por todos sus flancos. Malofi comenzó de forma desesperada para que le desataran y luchar. Sori le hizo desatar, pero no le permitió que tomara parte en la batalla.
Todos al unísono atacaron, con la misma furia que años atrás. Pronto los defensores se acosados e impotentes para repeler el ataque.
Llani y Malofi fueron llevados a presencia del Conde Ronsi, quien quiso decretar el ajusticiamiento de ambos. Fue en este momento cuando Sori empuño su cuchillo y apretando la hoja contra la garganta de Ronvi, le dijo que nadie más resultaría muerto. Hizo sentenciar a Llani al destierro y a Malofi a volver a Polipo sin los privilegios alcanzados y quitarle el nombramiento de Principito Azul. La sentencia se cumplió en el acto.
El conde Ronvi se quedó solo con Sori y echándole un brazo sobre sus hombros le pregunto que honores quería. Tras un momento de silencio respondió que ninguno y que solo aceptaría ser Jefe de Polipo, si los Polipinos así lo querían. Le hizo saber al conde Ronvi que esperaría cien días para que cumpliera todo lo prometido, y que si no fuera así atacaría el castillo, aunque tuviera que aliarse con Llani.
Sori salió del castillo y se dirigió a Polipo, donde fue recibido con grandes vítores, y nombrado Jefe de Polipo. Informó a todos de lo acaecido con el Conde y su intento de soborno.
Sori visitaba todos los días al Conde, solo para comunicarle los días que le restaban: 99, 98, 97…
El Conde Ronvi, viendo la determinación de Sori, no le quedó más opción que rebajar los impuestos, dar parte de las tierras al pueblo de Polipo, dejar que se creara El Consejo de Ancianos etc.
Malofi volvió a ser uno mas, teniendo los mismos privilegios y obligaciones que los demás.

Así es como termina la historia del Principito Azul, quedando en la historia de Polipo, para desgracia de Malofi.

Cuando cerré la pluma, sentí un gran alivio, quizás porque era el final más hermoso que pude imaginar.

 

LA FLOR DEL CEREZO

El sol naciente cegaba sus ojos mientras pilotaba su avión de caza. Según los informes, una flotilla compuesta por un portaviones y cuatro destructores de escolta navegaban a su encuentro.
El motor del avión ronroneaba armoniosamente, era un sonido que siempre le había gustado, desde pequeño, cuando los veía pasar por encima de su casa a baja altura, en dirección a la base militar. Recordaba la mirada de orgullo de su padre al verlos pasar en perfecta formación: Volvían de misiones de patrulla o bien del frente de China, donde llovían las victorias, según las noticias que publicaban.
A los catorce años, el ahora teniente Fukoda, ingresó en la Academia Militar del Aire. El sueño de su padre y el suyo propio se habían visto cumplidos. Se graduó el segundo de su promoción.
El joven teniente Fukoda estaba listo para combatir por el Emperador, la grandeza de su País y el honor de su familia. Pronto se presentó la oportunidad de ver culminados sus deseos.
Aquella mañana del siete de diciembre, como hoy, volaba en dirección hacia el enemigo. Se sentía feliz de realizar su primer ataque: la base americana de Pearl Harbol.
Formaba parte de una gran fuerza capaz de retar y derrotar al monstruo americano. Fue un gran día, toda su escuadrilla volvió sin baja alguna. Eran tan jóvenes que no pensaron en las consecuencias de aquel acto. Aún recordaba el recibimiento del que fueron acreedores. Todo Japón se sentía orgulloso de su ejército victorioso.
El teniente Fukoda había pasado varios días con su familia antes de esta su última misión. Recordaba los paseos con su padre por el parque Taijiyang, y cuando se sentaban con la única intención de ver los cerezos en flor. Su padre sabía que les quedaba poco tiempo, y de la misión que tendría que cumplir. Ambos permanecían en silencio, observando la caída de los pétalos, blancos como las nieves perpetuas del monte Fuji. Recordaba sus últimas palabras antes de que se despidieran:
- Hijo ninguna bella flor de cerezo muere por nada, todas dejan atrás su fruto bello y sabroso. No importa el tiempo de permanencia, sino el legado que se deja.

El teniente Fukoda diviso cinco puntos negros en la inmensidad del mar:
- ¡Enemigo a las ocho!

Encomendó los objetivos al resto de la escuadrilla, y una vez finalizado su cometido como teniente, miró fijamente al sol, agarró con fuerza la palanca de mando, y dirigió el morro de su avión, armado con una sola bomba de doscientos cincuenta kilos, hacia el punto de mayor tamaño.
El avión tomó rápidamente velocidad, distinguiendo el teniente Fukoda el contorno del portaviones en el azul intenso del mar.
Le quedaba muy poco tiempo, pero fue suficiente para recordar como las flores de los cerezos caían lentamente, flotando sin vida hasta llegar al suelo, y al fondo las nieves del monte Fuji tintadas de rojo por el sol poniente.
Al teniente fukoda lo último que se le escuchó por la radio fue:

- Por mi familia y la flor del cerezo.

 

RUBIO

¡A veces los sueños se hacen realidad!

Hace ya un mes que le tengo y parece que hace muchísimo mas tiempo.
Recuerdo el día que le vi por primera vez. Estaba nervioso y no era para menos: me había llevado mucho tiempo decidirme y dar el primer paso. Superé muchas dudas; pensé en los pros y contras: le bajé de mis sueños para poder convertirle en realidad.

Nos acercamos a la jaula que compartía con otros cachorros, todos de su misma edad, y a través de la reja me lamió las manos, quizás fuera aquello lo que decidió a que le eligiera. Todos mis planteamientos anteriores se vinieron abajo: un solo gesto te desarma, y hacen fluir de lo más profundo de tu interior sentimientos que no son explicables con palabras.

La elección se había realizado, ya era mío, con todo lo que ello implicaba.
Aun recuerdo que mientras mi mujer conducía yo le llevaba en brazos, ocultando su minúscula cabeza en mi axila, como no queriendo ver nada, me recordó el dicho del avestruz, y quizás esa fuera su intención: era la primera vez que se montaba en un turismo; las primeras manos que le acariciaban; las primeras palabras que trataban de tranquilizarle, y demostrarle cariño, como no podía ser de otra forma, ante su apariencia tan débil y sus lamentos lastimeros.

Ha pasado ya un mes y el sentimiento de cariño hacia un ser vivo y tan desvalido, en vez de decrecer ha aumentado, a pesar de sus travesuras; sus intentos de soborno, a base de hacer monerías, o mejor dicho, perrerías. Ha sido difícil no ceder ante sus encantos y solicitudes, pero debía de ser así.
Como esperaba, mi mujer se ha implicado, quizás por ese sentimiento maternal que casi todas las mujeres poseen, lo que me ha hecho luchar contra el cachorro, mi mujer y mis propios sentimientos.

Vienen unas fechas muy significativas, y como paréntesis, quiero aconsejar que se piense detenidamente el adquirir un cachorro. No es un objeto al que se pueda apartar sin mas cuando uno se cansa de el. Es un acto de responsabilidad para vosotros y vuestros hijos.

Como he dicho, a veces los sueños se hacen realidad, y aunque no sea exactamente este el caso, ni casi ninguno, solo he de decir que no cambio la realidad por mis sueños, pues esta me da muchas mas alegrias.
Mi perro se llama Rubio, y es mi perro, para bien ó para mal.

¡Felices fiestas!

TODOS INOCENTES

Entró en la habitación, encendió la lamparita de sobremesa, y se sentó en el sofá. Frente a ella tenia el aparador, y encima del televisor el retrato de Miguel. Su mirada se clavó en la imagen, analizando hasta el último rasgo de aquel rostro juvenil y sonriente.

La luz del atardecer había desaparecido totalmente, dejando la habitación, a pesar de la lamparita, en penumbra. Ella cerraba los ojos tratando de imaginar el sonido de aquella sonrisa, lo que no conseguía. No podía recordar muchas de las cosas que Miguel hacia, y que ahora que mas las necesitaba, no las encontraba.

Eloisa sabía como terminaba aquel esfuerzo: lágrimas en los ojos, mientras estos lo seguía manteniendo fijos en aquella cara, petrificada en una centésima de segundo, sin vida como el mismo Miguel.

Eloisa seguía sin comprender, a pesar del tiempo transcurrido, por qué habían matado a su hijo; que habían conseguido; en nombre de qué o de quién, habían realizado aquel acto tan terrible.

Ya tenían rostro los autores (Habían sido juzgados y condenados). Alguno de ellos debía de tener casi la misma edad, y sin embargo como podían ser tan diferentes.

Nada le servía de consuelo a ese dolor. Llevaba demasiado tiempo en penumbra, y sin esperanza de luz alguna desde aquel fatídico día, que para los medios de comunicación, en su afán de sintetizar, obligados por el tiempo cronometrado de los informativos, lo había bautizado 11-M: unas siglas tan escuetas como podían encerrar tanta tragedia. Maridos hijos, abuelos, nietos; españoles, extranjeros; viejos, jóvenes, viejos; todos inocentes de no se sabe que crimen. Todos Inocentes.

Eloisa, sin dejar de fluirle lágrimas, se fue quedando dormida no sin antes despedirse: hasta mañana Miguel.

LA MOSCA

¡Dios mío que calor!- me decía entre sueños interrumpidos. Eran las cuatro de la tarde del mes de agosto. Había viajado a un pueblo de la costa, huyendo de este calor, que ahora me mortificada. Gracias a los baños de mar y sol, como mi madre me trajo al mundo, estaba quemado en mi parte más carnosa y menos preparada para sufrir aquel sol ardiente, el culo.

Mis acompañantes se burlaban de mí llamándome Guzi Luz, que según supe después, era un personaje de dibujos animados que yo desconocía, por el color que había tomado mi trasero.

En aquel dormitorio, y con aquel calor, daba vueltas en la cama, librando una batalla despiadada entre el sueño y el calor reinante. Hasta aquel momento ambos contendientes estaban empatados, lo que hacia mas dura mi situación. Algo impensable iba a declinar la balanza hacia un lado: La mosca.
Aquella mosca cojonera, y ahora entiendo perfectamente este adjetivo adjudicado a tan pesado insecto, me sacó de mi estado de letargo, con el zumbido de sus alas junto a mi oreja izquierda. Se posó en ella con sus débiles y minúsculas patas, cosquilleando aquella parte externa del oído.

Terminé de despertarme al sentir el dolor, que a mi mismo me provoqué, con aquel fuerte guantazo, que como única intención era que pasase a mejor vida tan pesado insecto.
- Psiiiiii- emitió la mosca, mientras se alejaba del peligro que suponía mi mano, y más aún mis intenciones.
Se posó en el dedo gordo de mi pie derecho, y de inmediato comenzó su andadura de dedo en dedo hasta el meñique, el más pequeño en tamaño, pero el más sensible. Con su chupona trompa, succionaba el sudor que se acumulaba entre mis dedos, provocándome un suplicio cosquilleante. Moví con tal brusquedad mi pierna, que sentí un fuerte dolor en el muslo. Me levanté rápidamente, hice unos ejercicios de estiramiento que mitigaran aquel dolor: el nudo se deslió, mas el dolor continuaba. Cojeando fui hasta el frigorífico a beber un poco de agua fresca. Me asomé por la ventana y la luz me deslumbró. Cuando me acostumbré a ella, vi que en la calle no había ni un alma. Miré el reloj, eran las cinco de la tarde y un regusto a pimientos asados me inundó la garganta. Volví a la cama y sobre las sabanas húmedas, me tumbé.
Psiiiii – la mosca aterrizo sobre el parpado del ojo derecho, como si tratara de despegarlo tirando de la pestaña. El ojo se pondría morado, más me sentía feliz por que aquella malvada criatura, estaba convencido, había pasado a mejor vida.
Poco duró la satisfacción por la batalla ganada: la sentía en mi brazo izquierdo, en la parte anterior del codo. Aquella maldita criatura sabía elegir el lugar donde más se dejaba notar. Con sumo sigilo fui incorporando mi tronco, para poderla ver mejor. Allí estaba parecía una mosca como otra cualquiera, pero a mi no me engañaba. Mi mano derecha voló con la mejor intención del mundo, y pese a su velocidad, cuando alcanzo su destino la presa, y nunca mejor dicho, había volado.

El calor y el sudor, efecto sinecuanun, iba en aumento. Con aquel ser había que emplear todos los medios a mi alcance. Algo que nunca me había fallado, al menos no recordaba, desde que la utilicé por primera vez cuando era niño. Me volví a levantar, buscando por toda la casa, y cuando ya me daba por vencido de no encontrar el arma definitiva, la vi. La goma estaba en el fondo del frutero, semioculta por una manzana: no era la mejor pero sería suficiente. Recordaba que las mejores gomas elásticas, son las que ponen rodeando la caja de zapatos: tienen la largura y elasticidad adecuada.
Armado, me volví a acostar esperando que la mosca apareciera. Para hacer más amena, recordaba cuando era niño, y era admirado por mis amigos de la pandilla como matador de moscas y otros insectos alados: los fulminaba al vuelo. Siempre procuraba utilizar las gomas de las mencionadas cajas de zapatos, sobre todo de los famosos zapatos Gorila, que además te regalaban una fantástica pelota de color verde.

Mis recuerdos fueron cortados de repente al sentir algo en la punta del prepucio, ¡era ella! No podía moverme, ni disparar por no verla en condiciones dado el estado de flacidez en que se encontraba mi órgano viril. Como única solución para tener un disparo aceptable era conseguir una erección aceptable, y rápido. Me puse a pensar en una famosa presentadora de televisión, y aquello funcionó. Mi miembro se fue irguiendo hasta conseguir ver a la mosca, que en esos momentos se estaba limpiando sus translucidas alas, señal de que no sospechaba mis intenciones. Ubicada en la cúspide de aquel monte, no quiero ser vanidoso, vamos a dejarlo en colina, la mosca pasaba de frotarse las alas a hacer lo mismo con sus patitas. Estiré la goma, sin tan siquiera pestañear, apunté y me dije: no puedo fallar. Fallé, ella salió volando y yo lancé un grito de dolor al impactar el extremo de la goma en zona tan sensible.

- Pepe despierta- me decía mi mujer, mientras me zarandeaba. Delante de mí estaba ella, con rostro asustado, acompañada por nuestra amiga.
- Has debido de tener una pesadilla, gritabas algo de una mosca.

Bañado en sudor, miré fijamente a las dos mujeres, las veía borrosas por el sudor que empañaba mi visión. Me froté los ojos, estaba aturdido pero recordaba perfectamente a la mosca en la punta de mi prepucio, el choque de la goma, estirada al máximo de su elongación, el dolor como si me hubiera clavado un alfiler. Todo había acabado, cerré los ojos y respiré profundamente tratando de relajarme. Abrí de nuevo los ojos, ¡horror! El rostro de mi mujer y el de nuestra amiga, se habían transformado: sus ojos se habían dividido en miles de porciones iguales; donde debían de estar sus bocas, sobresalían unas grotescas trompas, capaces de succionar mi cabeza entera; de sus espaldas nacían alas, que vibraban nerviosamente. Lancé un grito, y apartándolas. Salí corriendo hacia la calle. Miré hacia atrás, sin dejar de correr, viéndolas volar en mi dirección; baje las escaleras que daban acceso a la playa. Cada vez que volvía la mirada, aumentaba mi angustia al verlas mas cerca. Les gritaba:
- Soy yo, Pepe vuestro guzi luz- ellas no contestaban.

Metí un pie en el agujero que aquel maldito niño había hecho en la arena, simulando la contracción de un túnel, quedando atrapado e indefenso. Mire hacia atrás nuevamente, teniendo a mi mujer y nuestra amiga, o lo que fueran, prácticamente encima.

Psiiii, sonó la mosca. Me desperté, y allí estaba ella chupando de mi sudor.
- Chupa, chupa, no te ahogaras- y seguí durmiendo aliviado.


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