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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por José Ignacio Naranjo Gómez


DESTINO FINAL

- ¡Que Poseidón decida su fin! – dictaminó el juez con un tono contundente.

En la sala se podían diferenciar gestos victoriosos y multitud de caras perplejas tras conocer el veredicto. Pero todos sabían lo que esa frase significaba. Para el inculpado el final estaba cerca, irremediablemente cerca.

Hippasos de Metaponto era el nombre de aquel desdichado, juzgado y condenado por herejía contra los principios de la comunidad. Su gesto, imperturbable, no había reaccionado tras conocer el desenlace de toda una trama que había conspirado contra su reputación y, finalmente, contra su vida.

De las altas paredes de la sala, decoradas con ostentosos tapices y cuadros, colgaban un pequeño numero de candiles que iluminaban el habitáculo y modelaban sombras a lo largo del piso. Al frente, un altar donde siete hombres presidían al acto. Y a su izquierda Hippasos esperaba para ser conducido hacia la cámara donde pasaría la noche, seguramente en vela. En la parte baja de la sala permanecían sentados en silenciovarias decenas de hombres. Provenían de dispares regiones, desde Iberia hasta las exóticas tierras de Oriente y África, guiados hasta allí con un mismo fin: la búsqueda de la sabiduría plena.

El ambiente cada vez estaba más cargado de vapores y humos de incienso y otros perfumes, y el silencio incómodo estaba aumentando la inquietud en los asistentes. Súbitamente los grandes portones se abrieron e irrumpieron en la estancia dos hombres de complexión fornida y rostros plomizos. Avanzaron hasta el condenado y violentamente le elevaron de su butaca y le arrastraron al exterior. Hippasos sintió miedo, un pánico desgarrador que nunca antes había sentido.

Recorrieron un gran trecho a través delargos pasillos saturados de libros, donde se podían observar multitud volúmenes de matemáticas y filosofía. Tras unos minutos de caminata Hippasos fue introducido en su celda. El chirrido de la llave en la cerradura acrecentó su desconsuelo.

Era una habitación sin ventanas, donde la luz tenue de una lámpara de aceite le permitía examinar con pesar el lugar donde tendría que pasar su última noche. Un montón de paja haría la función de colchón y las gruesas paredes de piedra no posibilitarían, por fortuna, la entrada del calor exterior, agobiante en esa época del año.

Las horas trascurrían lentas y el sol se había ocultado ya tras el horizonte. Hippasos permanecía quieto, tumbado sobre la pila de forraje, en el rincón más oscuro de la celda. Pausadamente la lámpara fue perdiendo luminosidad hasta que todo quedo a oscuras. Solo las finas corrientes de aire rompían el silencio que reinaba, donde los pensamientos del condenado parecían retumbar fuertemente contra las paredes pétreas.

Lo recuerdos de los días previos reaparecían como nítidas imágenes en la mente de Hippasos: Todo comenzó aquella tarde, que como otra cualquiera, permanecía en su humilde buhardilla realizando las tareas de estudio habituales. Una pluma, un papiro y múltiples ejemplares de aritmética serían su compañía durante varias horas. Se encontraba un poco fatigado, pero su propósito era muy claro: ascender un rango dentro de la hermética y secreta Sociedad Pitagórica donde coexistían dos jerarquías diferenciadas en derechos y privilegios desde su fundación hacia el año 3692 del calendario egipcio.

La medida para pertenecer a uno o a otro era el conocimiento de la ciencia que estudiaba la estructura del universo: las matemáticas. Hippasos pertenecía a los “acusmáticos”, los no iniciados. Solo a los más sabios en esa materia les correspondía pertenecer al rango de “matemáticos”, el rango supremo. Para ascender se debían superar arduas pruebas y mostrar a Los Siete Hombres que se era merecedor de ese mérito.

Esa tarde -siguió recordando- el estudio se dirigía directamente al Teorema del triangulo rectángulo. Su intención, la que muchos suponían inalcanzable, era encontrar la razón del valor de la hipotenusa en un triangulo rectángulo de catetos unidad. La idea se manifestaba demasiado compleja, pero estaba decidido a dar con la solución, aunque se fuera media vida en ello.

La puerta de la celda se abrió con gran violencia, lo que le hizo volver de sus reflexiones y comprender que el reloj de arena de su vida se estaba vaciando vertiginosamente. La luz de unas antorchas cegó sus ojos, los que se aclimataron con dificultad a la claridad que desprendía el fuego. Fue arrastrado hasta el exterior del edificio. Serían alrededor de las tres o las cuatro de la madrugada y le guiaban hacia el puerto en silencio y con una serenidad que contrastaba con el estado de ánimo de Hippasos, consciente de la situación. Tras recorrer unos cientos de metros a través de amplias calles donde reinaba el mutismo y la oscuridad llegaron hasta el muelle. Allí una lúgubre comitiva esperaba impaciente su llegada. Le escoltaron hasta la cubierta del barco y volvió a ser enclaustrado en el almacén situado en el interior del costado de babor. El final estaba cerca.

Se acomodó entre unos sacos que expulsaban hedores de putrefacción y, entendiendo que pasarían algunas horas hasta el primer y ultimo alto en el trayecto, siguió reflexionando, como narrándose su propia historia, sobre todo lo sucedido.

El trabajo que había empezado esa tarde se prolongó durante días, incluso semanas, en las que la respuesta al problema parecía esquivarle, sortear todos sus repetidos intentosde llegar al final. Había llenado multitud de papiros con miles de notas, de pruebas e indagaciones, y todas apuntaban hacia un mismo punto, un punto que podría derribar los pilares de la comunidad y las mismas bases en las que asentaban las matemáticas. Se afirmaba que todo número provenía de la razón, cociente, de otros dos; pero quizás no todos los números siguieran el mismo baremo, quizás la irracionalidad fuera posible. Salio de su buhardilla y comenzó a correr. Marchó en busca de los representantes de la comunidad, su gran descubrimiento debía ser dado a conocer lo más rápido posible. En unos pocos minutos había llegado a la sede y no le fue muy difícil hallarlos. Estaban reunidos, como habitualmente hacían, alrededor de una gran mesa redonda en el centro de la sala capitular. Comunicó su descubrimiento con una excitación a la altura de los acontecimientos, que le deberían elevar hasta los altos cargos de la sociedad. Su explicación fue clara y concisa, y rápidamente se pudieron observar rostros perplejos, pero llenos de ira. Fue acusado de herejía y conducido por la fuerza hasta el gran salón donde sería juzgado poco después.

El miedo se había transformado en rencor, pero la angustia seguía comprimiendo los últimos latidos de su corazón. Nada, ni nadie,podría cambiar ya su destino, que ya tenía marcado a fuego en la carne y en el alma.

Habían pasado alrededor de dos horas y un murmullo se acercaba lentamente hasta el lugar donde descansaba Hippasos. Entraron todos, expectantes, y le guiaron hasta la proa del barco. Solo un paso le distanciaba del final. Para él lo más triste de esa realidad es que se perdería su descubrimiento, que tantos siglos había necesitado para florecer. Marchitaría para siempre, con él, en el fondo del mar.

- Que Poseidón decida tu fin

 

 

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