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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por José Iván Velázquez Rodríguez
ivanvel2004@yahoo.es


LA SOTA DE CORAZONES

El rumor de las olas se oía a lo lejos. La noche estaba tranquila, aunque de vez en cuando se levantaba una brisa traída del más allá que me hacía estremecer. Había sido una cena verdaderamente aburrida. Los amigos de mis padres, todos barrigones y simplemente fieles a su dinero, no paraban de vomitar estupideces incoherentes.

Sin embargo tras la ventana del hall me esperaba la playa. Es por lo único que me gusta esta ciudad. Por su playa. Pero siempre es mejor por la noche, cuando la gente ya se ha refugiado en sus guaridas. Ahora es mía, sólo mía. No sé hasta qué punto me siento dueño de la playa en estos momentos. Es apenas la única que conoce todos mis secretos, todas mis alegrías y todas mis penas. Es aquí donde suelo gritar al infinito mar, al infinito cielo.

En muchas ocasiones me desnudo y pierdo mi virginidad con la arena. Es la que oye mis plegarias, es la que me quema el cuerpo con la energía que los rayos solares le otorgan. Y el mar... El mar llega a mis entrañas cuando el líquido fértil de sus olas invade la costa, invade mi cuerpo.

Misterios de la playa, grandes misterios. Escucho su silencio y me pregunto si él me puede oír. Yo creo que sí, por eso continúo haciendo el amor con la playa, haciendo el amor con las palabras.

De repente, a lo lejos se acerca una silueta, un busto de mujer. Sus senos sobresalen del ceñido vestido que juraría que la ahoga. Me gusta - pensé. Su cabello moreno que le caía poco más abajo del cuello era provocador. Me tentaba a retirarlo y morderle el cuello. Además, sus piernas. Aquellas dos Columnas de Hércules que partían de dos Esfinges de cinco dedos y terminaban en el frondoso y húmedo bosque de las Ninfas.

Sin darme cuenta estaba hundido entre sus brazos. Arrojando sudor que se confundía con el agua que nos rodeaba. Era la noche perfecta. Un compromiso sin palabras, jadeos sin escucha...

Los rayos de sol me encandilaban. Mi ropa yacía mojada a unos metros de mi cuerpo desnudo. Un señor mayor pasó corriendo y miró avergonzado hacia mí. Yo ni me inmuté. Estaba todavía en el Séptimo Cielo, rodeado de ángeles que con sus trompetas no sé si me querían decir que me despertaba de un sueño.

Miré hacia todos los lados. Ella no estaba. Simplemente tenía a mi lado una carta de la baraja española, pero no se distinguían ni el número ni el palo. Estaba mojada.

Caminé hacia mi casa. Mi madre me esperaba preocupada, pues nunca dije que iba a salir. No obstante, estaba acostumbrada a mis visitas nocturnas a la playa. Miré hacia sus ojos llorosos y subí a mi cuarto. Todo se me hacía pequeño. Había pasado una noche llena de pasión con una bella mujer y no sabía ni su nombre. La verdad era que si pensaba mucho en lo sucedido me quedaría pensando si había sido un sueño. Pero nunca tuve un sueño tan real, tan tangible.

El lunes, como todos los lunes, salí a correr antes de ir a la facultad. Siempre tenía que relajarme ante de ver la cara de los patéticos profesores que me tocaban cada año. A ellos se sumaban las miradas extrañas que me lanzaban mis compañeros. Y allí estaba. Al fondo del pasillo, junto a la puerta del laboratorio de idiomas estaba ella. Mi novia Caterina tenía bastante paciencia conmigo. Reconozco que no la tengo demasiado en cuenta para ser mi pareja, pero en mi cabeza y en mi corazón aún permanece Rosa, mi antiguo amor. La única persona que me hace recordar los viejos y alegres tiempos que pasé en mi ciudad anterior. No sé si Caterina era un error. Tal vez la tuviese que dejar, pero le estaba dando tiempo, me estaba dando tiempo.

No aguanté más de la tercera clase y me fui a rastrear la ciudad. Veía pasar la gente ajetreada haciendo sus compras, sus diligencias. Me preguntaba cómo sería yo cuando tuviese una vida responsable. Obviamente en esta ciudad no sería. Por quien más sentiría alejarme de ella sería por mi madre. Soy su único hijo, y sé que a veces siente falta de atención por parte de mi padre.

Si mi madre se enterase de que vi a mi padre en una cafetería de la Avenida Principal besándose con una pelandrusca... La verdad es que sería peor si mi padre se enterase de que lo vi.

De todas maneras esa mañana era diferente para mí. Mis pensamientos estaban invadidos por la mujer de la noche anterior. Una silueta, una dulzura que nunca la había visto en aquella pequeñez de ciudad. Era increíble. A veces me parecía verla entrando a las tiendas, o yendo a recoger al niño a la escuela. Es bastante probable que estuviese casada. Tal vez con problemas en su matrimonio. Un matrimonio que no le daba la satisfacción y la paz que fue a buscar a la playa. No lo sé. Estoy hecho un lío.

La noche siguiente, sin dar muchas explicaciones a mi familia salí nuevamente hacia la playa. Esta vez con aquella diosa en la cabeza. Todavía sudaba cuando pensaba en la luna pasada. Pasando una de las vallas de la entrada de la playa, a lo lejos, vi una figura parecida a la de ella. Se reflejaba en el mar haciendo juego con la luna. Me acerqué hacia ella, sin embargo, tras mirar hacia mi dirección, echó a correr. Yo me di la vuelta. Mi padre. No sé qué estaría haciendo aquí a estas horas, pero... - ¡Papá, qué haces aquí!

•  ¿Y tú, hijo? Mañana tienes clase en la universidad y pensé que era hora de venir a buscarte.

•  Creo que ya soy mayorcito. ¿No lo crees tú?

•  Bueno. Vamos a casa y mañana lo hablamos, que no es lugar ni hora para una charla.

La mañana siguiente estaba bastante confundido. Mi padre siempre había pasado de mí. Nunca pensé que saliese a buscarme, y menos a esas horas. El día transcurrió normal, lo que hice de nuevo fue ir al cine con Caterina que, con toda la razón, me reprochaba mis escapadas y mis desplantes. Estuvimos hablando durante varias horas. Más bien era ella la que hablaba. Me preguntó que si no tenía nada importante que decirle, y yo pensé que si supiera lo que me pasaba ni me lo preguntaría. También me comentó que cuándo volveríamos a hacer el amor, que hacía tiempo que no pasábamos la noche juntos. Yo no le prestaba mucha atención.

Al llegar a casa me encontré en el suelo de mi habitación la carta. Ya no me acordaba de ella, ni siquiera que me la había traído. La cogí, la observé y la coloqué cuidadosamente en el cajón de mi mesilla. Cuando pasaban de las doce y media de la noche, salí de casa sigilosamente. No quería que mis padres me pillasen saliendo, pero la curiosidad me llamaba a la playa.

Me quité los zapatos y me dispuse a caminar por la arena húmeda. Paseaba sin que el viento me viese, sin que la luna me oyese. Me pareció oír un ruido en la tranquilidad de la noche, pero la playa lucía tranquila. Continué mi paso justamente hacia la zona de los ruidos escondidos. A algunos metros de mí jadeaba una pareja. Me acerqué curiosamente tras las rocas. ¡Qué espanto! Eran mi padre y la mujer de mis pasiones.

No pude dormir. El calor se adueñaba de mi cuerpo. A la mañana siguiente no pude mirar a mi padre a los ojos. Antes de salir para la facul retrocedí a mi cuarto, abrí el cajón, miré la carta nuevamente y leí: “Soy la Sota de Corazones”.

UTOPÍA I

Rozaban las cuatro de la madrugada cuando hice que una cerilla encendiera un pitillo. El calor era insoportable en la cama, sin embargo, en el balcón se notaba la cercana presencia del mar. Aquella vez era distinta. No me había levantado porque no pudiese dormir, sino porque quería que llegase mi utopía, quería que se produjese una. Pensé que el balcón o, cualquier lugar donde me pudiera dar el aire, sería idóneo para que llegase.

Entré en la casa, después de que el cigarro se hubiera consumido. Era increíble, podía escuchar todo. El tic-tac del reloj de la cocina podía ahuyentar las moscas. Las agujas del reloj me las imaginaba en ese momento como grandes aspas quijotescas que podían vencer cualquier cosa, cualquier fenómeno por muy grandioso que fuese, como puede ser el silencio.

Sobre el silencio meditaba algunas veces. Me parecía increíble que todavía creyéramos en él. Por lo menos materializado, no existe el silencio. Cuando estoy acostado en verano puedo escuchar los ronquidos de mi hermano, el ruido que hace el ventilador para darnos aire... ¿Existe realmente el silencio?

Hay varias terapias basadas en el silencio, en algo que, para mí no existe. Sin embargo todavía permitimos que exista esta noción entre nosotros, que nuestro lenguaje albergue en la S del diccionario esta palabra tan potente, tan relajante, tan inexistente.

Los pasos descalzos de mis pies avanzaban por la casa. Mis padres dormían en una habitación. Las visiones del séptimo cielo de mi padre hacían que de él salieran sonidos extraños por la boca. Los movimientos de mi madre entre las sábanas. Mi hermano en la habitación contigua, en una cama al lado de otra que ahora estaba vacía. Yo no estaba.

Era como un sueño, sin embargo, el hecho de estar despierto a esa hora me hacía más potente, superior a los demás. Controlaba el control del resto de los habitantes de la casa. Me senté en el sillón y miré la tele sin verla. No la podía verla, vale, pero sabía que estaba en aquella dirección. Muchas veces hago lo que llamo “práctica de ciegos”. Intento no ver y, en serio les digo, que es más difícil intentar no ver que ver. Ésta es otra cosa que me parece incomprensible, que una negación sea más difícil que su afirmación.

Siempre me ha parecido que el pecado es fácil. Y todas las religiones coinciden en la misma idea, sin embargo, el pecado no es lo mismo para unas religiones que para otras. ¿Por qué todo es tan relativo? Todos somos parte de un mismo mundo y, sin embargo, nos regimos por diferentes normas, diferentes percepciones.

No sabía si encender la tele. Sólo tenía que acercarme a ella y apretar un botón. No tenía ni que encender la luz. Sabía dónde estaba el dichoso botón, el botón mágico. Pero no quería romper ese no silencio por culpa del botón de la realidad. Cuántas cosas veíamos gracias a ese botón. De muchas de esas cosas nos escondemos en cada instante: de la muerte, de la droga, de la violencia, de la enfermedad..., pero siempre está ese botón mágico para decirnos que ahí están esas cosas, por mucho que nos pese y que las queramos evitar.

Siempre me ha parecido terrible caer en una grave enfermedad, incluso el caminar por la calle me ha parecido horrible en ocasiones. El cuerpo se me estremecía como el de un niño con frío. Estaba acongojado por la realidad, tal vez por las cosas que inconscientemente dejaba que se filtrasen en mi cabeza, en mi cerebro, en mi ser gracias o por culpa del botón mágico. Pero, ¿para qué vivir con miedo? ¿O es que acaso deberíamos vivir amenazados para a su vez estar prevenidos? No lo sé.

Tal vez el reconocimiento de mi ignorancia me haya hecho amigo del diccionario. Saco este tema ahora porque no lo veo, o sea, no lo puedo ver físicamente pero lo intuyo, sé dónde está colocado. Casi al lado de la tele, donde siempre ha estado, donde tal vez siempre estará. Las madres no suelen cambiar las cosas de lugar. Por eso, cuando visitamos a nuestros padres y nos salimos de las típicas conversaciones para perdemos en aquel portarretrato que nos recuerda nuestro décimo cumpleaños, o vemos aquel cajón en el que durante años cogíamos a escondidas las chucherías que nuestra madre no encontraba cuando venía una visita a casa, sabemos que esas cosas siguen estando ahí. Y seguro que si abro el cajón, el mismo cajón que abría cuando era niño, seguirá habiendo allí chucherías.

Me atrevo a acercar la mano, para ello me alongo hacia la mesa, y toco el diccionario. Lo manoseo por lo bordes y pienso que es él, que sigue estando allí. Imposible confundirlo. Lo cojo con cuidado y lo llevo hacia mí. Por supuesto que no pensaba romper el silencio (o no silencio) de las cuatro y media de la mañana con el resplandor de los voltios del cuarto de estar. Pero quería ver el diccionario, quería asegurarme de que mi palabra seguía allí. ¿Podrán huir las palabras? Siempre he pensado que sí, pues ¿no dicen que las palabras se las lleva el viento? Entonces seguro que pueden huir. Por eso quería asegurarme de que permanecía mi palabra en la misma página que, por cierto, no sé a ciencia cierta cuál es. Es una comodidad que no tengamos que quedarnos con el número de las páginas del diccionario donde se encuentran nuestras palabras preferidas. Me levanté con cuidado, temiendo nuevamente romper el clima sereno de la casa. Mi padre seguramente lo rompería con el despertador en poco tiempo. Hice un gesto como para abrir la puerta de la sala, pero estaba media abierta y por poco rompo lo que no existe en su totalidad. Caminé con suavidad por el pasillo. Nunca lo había palpado tanto. Las plantas de mis pies eran acariciadas por la frescura de las baldosas limpias y frescas. Llegando al comedor de la vivienda ya podía ver. La luz de la farola del número 110 entraba silenciosamente por la ventana, traspasando la persiana. Salí al balcón nuevamente con el diccionario. Lo llevaba como una madre a su hijo, pensando, al igual que una madre de su hijo, que nunca me iba a traicionar, a desilusionar. Lo abro con cuidado. Justo en la T. No, tenía que avanzar un poco más, hasta la U. Sí, ésta es. U de Utopía. Ya la vi. U-to-pí-a (también utopia): Plan, idea o concepción que se muestra como irrealizable en el momento de ser concebido o formulado .

Bueno –me dije con la palabra irrealizable golpeando mis sienes-, me queda pensar que... si la palabra está en el diccionario, es porque debe de existir.

LA COPA DE LA SOLEDAD

En el bosque de las Ninfas, vivía un viejo sabio. Éste tenía 130 años y era quien más sabía hasta las Columnas de Hércules.

Las ninfas vivían felices. Eran bellas y regalaban su amor a todo forastero que pasaba por el bosque. Sus rostros, relucientes y sus torsos semidesnudos hacían que los mortales que por allí rondaban estuvieran tentados a probar el cálido almíbar que les ofrecían. Era tanta la pasión que se respiraba entre aquellos árboles de sabrosas frutas que Cupido, el dios del Amor se olvidaba de pasar por ahí.

Pero mientras las ninfas daban su belleza a los mortales, el sabio Senzamore envejecía sin conocer el dulce y tierno amor. Era muy querido por los que vivían por las zonas colindantes y siempre daba consejos certeros a quienes lo necesitaban. Pero había algo de lo cual carecía y necesitaba.

Senzamore se hundió en su falta de amor y poco a poco se iba ahogando en su soledad. Durante un tiempo se aisló en su caverna, y la gente a la que con tan buen corazón había ayudado, se olvidó de él. Sólo un cervatillo que siempre lo había admirado en silencio echaba de menos su presencia. El animalito intentó atraer la atención de la gente del pueblo para que fuesen hasta la caverna del sabio. Sin embargo, la gente no se inmutaba quitando importancia a la falta de Senzamore.

Sin embargo, las plegarias del cervatillo llegaron al candente arco de Cupido, quien se dirigió al bosque de las Bellas Ninfas. Se percató de que las ninfas seguían dando amor y continuaban conservando sus dulces y frágiles rostros. Pero en seguida echó en falta la persona del viejo sabio y se dirigió rápidamente a la ventana de su humilde caverna:

•  Oh!, desdichado y viejo sabio. Tantos consejos que has sabido dar y ahora te estás ahogando en la copa sin fondo de tu soledad.

•  He bebido demasiado de este agrio líquido. ¿Cómo podría hacer que el Amor llamase a mi puerta?

•  Te equivocas Senzamore. El Amor llega, pero si lo buscas.

•  ¿Y dónde?

•  Tú eres el sabio – le dijo el diosecito, y se fue con sus flechas sin que ninguna fuese disparada en el quasi putrefacto corazón del sabio.

Senzamore, incrédulo, se pasó semanas buscando en sus libros el modo de atraer el Amor, pero ya no podía más. Se iba apagando la vela que había iluminado su vida durante casi un siglo y medio. Viendo que ya iba a morir, decidió salir de su caverna para despedirse del mundo. Lo veía todo muy distinto después de los casi cuatro meses que hacía que no salía de su hogar. Admiró las montañas nevadas, las tiernas flores que lo rodeaban, los animalitos del bosque, las ninfas enamoradas, la Naturaleza en sí misma. Su visión de las cosas había cambiado totalmente. En sus brillantes ojos se reflejaba el azul de las aguas del lago Eccolamore. A su vez, él logró verse reflejado en el agua. ¡Se veía diferente! Su arrugada piel se mostraba brillante y sus cabellos canosos los veía como una larga cabellera rubia. ¿Se había transformado Senzamore? ¿Veía visiones?

“No, en realidad nada había cambiado. Sólo que Senzamore se había enamorado. Se había apasionado por la vida misma, por las cosas que siempre habían estado ahí pero él nunca las había observado, simplemente las había mirado. Ahora es cuando Senzamore era un sabio de verdad. Un admirador de la vida. Un sabio enamorado de las maravillas que solamente había sabido difundir, pero que, en realidad, él no sabía que existían”.

Si no te quieres a ti mismo, si no estás satisfecho con lo que te ha tocado vivir, si tus ojos no son capaces de observar con brillo las delicias de la Vida... A ti te dedico esta meditación.

EL GRITO DEL DESAMOR

dormía. Mi cuerpo se sentía como si el techo del cuarto me ahogase contra la cama.

Una noche, un olor a fiesta en toda la ciudad. Un bar desconocido. Una música latina de las que me llena el corazón sonaba a lo lejos. Una chica, un baile, una buena platicada. Un corazón que se mueve, un latido conjunto. Una dirección de internet, una morada. Un porqué. Una esperanza. Una ilusión...

Las vueltas de la vida, sin saber cómo y por qué, te brindan una oportunidad. Una maravillosa oportunidad. Sin quererlo, sin saberlo, el amor toca nuevamente a tu puerta. Qué irá a depararme este nuevo suspiro. El amor juega con adversidades incontrolables.

Una película, una cena, una noche de fiesta, una persecución. ¿Qué pasa? ¿A dónde voy a parar? Nuevamente a un pozo, a un precipicio. Esta vez demasiado alto, el más alto. Una oportunidad como esta nunca volverá de la misma manera.

La desconfianza me acecha, me invade un sentimiento de miedo a amar. La superficialidad vuelve a parecer la mejor salida.

Un jardín de bellas flores, el Paraíso terrenal ha llamado a mi puerta sin yo pedirlo. Dos semanas maravillosas, realmente increíbles. No podía existir un sentimiento tan bello, tan dulce, tan sincero. A lo lejos una tormenta, de cerca, un silencio que cubre a los dos, unas dudas, una falta de oportunidad, ¿un final?

Un estallido me estremece, nos estremece. Unas lágrimas, unas palabras, una cierta paz acompañada de unos días de soledad, de sufrimiento en silencio, de espera amarga.

Un sábado, una nueva realidad, un amor reforzado, un brillo en los rostros. Una tregua de amor. Unos días que parecen un principio..., pero como todo principio también tendría un final. Un final dudoso, un final sin terminar. Un ahogo, un silencio.

El malestar del desamor me ahoga. Ando con mil muletas de agua. Ninguna me puede sostener realmente. Sólo he querido. He amado. ¿Puede ser malo sentir esto por alguien? Pero lo siento.

Ahora me hundo en la desesperación, sin salida, sin retorno. Me apetece una huída sin preguntas, sin respuestas, sin destino. La mirada de la gente me quema los ojos; igual que me queman en estos momentos las lágrimas que me parece que las pierdo. Pero no quiero perder la esperanza de seguir amando y de ser correspondido. En cualquier esquina, en cualquier lugar. No pido mucho. Sólo que la gente quiera. Que no tema a amar. Pero es normal que los látigos del desamor no dejen ganas, no dejen fuerzas...

LA VIEJA SOLEDAD

Nunca se había sentido de esa manera. Ahora, más viejo y solo que nunca pensaba que iba a morir solo en su piso de la ciudad. Tenía un hijo, sí. Pero como si no lo tuviera. Desde que se casó y murió la madre apenas pasaba por la casa. Siempre creyó que el padre había sido el culpable de la muerte de su cónyuge, por la falta de sus cuidados. Ni el pequeño de cuatro años iba a visitarlo. Hacía dos años, todos los domingos iban a comer a la casa. Incluso, Andrés Junior se quedaba muchos fines de semana haciendo compañía a sus abuelos.

El parque era inmenso. El lento paso del anciano lo hacía aún más grande, interminable. Pero la verdad es que ya no paseaba mucho. Sabía que era un riesgo que una persona vieja e incomunicada como él saliese demasiado de la casa. Dentro de la casa, apenas salía de la salita de estar. Allí se pasaba todo el día viendo pasar la vida y esperando que le llegase su momento. De vez en cuando le parecía ver pasar la muerte por delante de él. Pero era una muerte sorda. El viejo Julián le gritaba a su paso. Prefería reencontrarse con su mujer que estar allí solo y sin tener nada que hacer.

A estas alturas del año, cuando se asomaba por la ventana respiraba el aire navideño. Se entristecía aún más. Oía los villancicos a lo lejos: en los centros comerciales, en las casas, en los colegios. Le venían los recuerdos de las últimas Navidades en familia. Su difunta mujer, María, preparaba exquisiteces para acoger por la noche al resto de la familia. Eran pocos, pero lo pasaban muy bien. Además veían los primeros pasos de Andrés, sus primeros dientes... Su madre era un verdadero encanto. Julián aún se preguntaba cómo su hijo había encontrado un tesoro así. Después de morir la señora María, Pepa, la nuera, iba a atender cada dos o tres días a Julián. Le llevaba comida y le limpiaba algo la casa. No obstante, Julián se temía que lo estuviese haciendo a escondidas de su hijo y, como se esperaba, dejó de ir por allí. ¡Pobrecita, la bronca que se habría llevado!

Se habían conocido en la facultad de Ingeniería. Julián sospechaba que su hijo saldría de allí casi casado, lo pensaba por los años que pasó allí dentro. Era una carrera por la que Juan daba gran parte de su intelecto, pero hubo momentos en que le costaba más. Después de licenciarse no le costó demasiado encontrar trabajo y, con dos años de noviazgo cumplidos, se casó al año de estar trabajando.

El tic-tac del reloj era el sonido más familiar para Julián. Cada dos días llegaba hasta su puerta un muchacho que repartía el periódico. Gracias a Dios la vista sí la había conservado el viejo Julián. También agradecía las pocas pero divertidas visitas que le hacían los vecinos de la puerta contigua. Era un matrimonio más o menos de la misma edad que Julián. Antes de morir la señora María, a veces salían los cuatro a pasear o a tomar algo en alguna cafetería del barrio. Pero ahora no era lo mismo. El señor Joaquín tenía cáncer, era de prever después de ver todo lo que había fumado a lo largo de su vida. De todas maneras todavía no le había atacado de forma grave.

El barrio estaba constituido sobre todo por niños, muchos niños. Julián los veía corretear por el parque que podía ver desde su ventana. También alcanzaba a ver el patio del colegio de las Teresianas. Se preguntaba si alguno de esos niños a los que no les llegaba a ver bien el rostro, era su nieto, pues en realidad no vivía muy lejos de la manzana.

La zona era bastante residencial y en los últimos años había crecido de forma vertiginosa. Ya tenían dos centros comerciales y un par de avenidas repletas de comercios. El número de colegios también aumentaba.

La soledad, la desesperación no dejaban en paz a Julián. La vida entre aquellas cuatro paredes no era atractivo ni justo para ningún mortal. La eternidad de las veinticuatro horas le pesaban sobre sus terminados hombros. El grito de soledad y de amor todavía patente en su corazón acababan con él poco a poco. Quería que algo o alguien lo acogiese en su regazo y se apiadase de él, y a quien veía más próximo en llegar era a la muerte. Le daría pena irse de este mundo sin saber nada de su hijo, de su nieto y de su nuera. Pero veía lejano el día en que los volviese a ver.

La noche estaba bastante bochornosa. La mañana siguiente era Navidad, pero Julián sabía a ciencia cierta que no iba a encontrar regalo alguno, simplemente un día largo y triste como todos los pasados. Definitivamente, no podía dormir.

Sin embargo, la mañana siguiente se oyó cómo se abría la entrada principal. Una risa de niño y un villancico de Navidad. Algunos paquetes de regalos y bastante comida para un buen almuerzo de Navidad. ¡Papá, papá! ¡Te hemos traído unas sorpresas! ¿No quieres saber qué es? ¡Andrés, no cojas eso que se puede romper! –le llama la atención la madre.

•  ¡Pepa, ven aquí, no dejes que el niño entre!

•  ¿¡Pero qué pasa, qué pasa!?

•  Papá..., papá ha muerto.

Es mejor ser felices y hacer felices a los que nos necesitan y se lo merecen. Pero el tiempo, nuestra sombra, nos pone un límite. No dejemos que la gente se muera de forma infeliz, y menos si su felicidad puede estar en nuestras manos.

 

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