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  Guías culturales

EL ANTICLERICALISMO COMO TEMA EN LA NOVELA DE LA RESTAURACIÓN


Por José Luis Molina Martínez
jlmolinam@gmail.com

1. El anticlericalismo desde la perspectiva crítico-literaria

1.1. Sobre el concepto de novela anticlerical y su devenir histórico

Pretendemos ofrecer la evolución de la novela anticlerical, conscientes de la restricción efectuada a partir de su olvido por parte de los historiadores oficiales de la Literatura, y el silencio del resto, fundándonos en la definición misma de anticlericalismo y en el vago sentido que recogen los teóricos cuando contemplan el fenómeno desde la historia. Al hablar de olvido , nos referimos a un componente semántico de la cultura mediante el cual la cultura oficial "excluye de su propio ámbito aquellas manifestaciones que no le son cómodas" (Gutiérrez Carbajo, 1994, 240).

La historia de la literatura no puede limitarse, como concibiera el positivismo, a la presentación de una serie determinada de fenómenos literarios, en este caso el anticlericalismo en la literatura, "como si se tratara de hechos de la naturaleza" (Acosta Gómez, 1989, 128). Son conocidas las opiniones de algunos formalistas, "los historiadores de la literatura utilizaban todo por lo que se componía de un conglomerado de pseudo disciplinas en lugar de una ciencia literaria" (Eichembaum, 1987 5 , 24), "la historia literaria conserva el estatuto de un territorio colonial" (Tinianov, 1987 5 , 89). El mismo Jakobson afirmaba que "hasta no hace mucho tiempo la historia de la literatura, era una causerie y seguía todas las leyes de ésta" (Jakobson, 1987 5 , 71), mientras que Barthes (1963) aleja la historia de la literatura de la crítica literaria. Gerard Genette (1972) se muestra contrario al historicismo al tiempo que legitima una historia como disciplina aplicable a todo, incluso a la literatura, pero, en la literatura española del XIX, al menos desde 1840, "el historicismo comenzó a flexibilizar los códigos poéticos con un presupuesto radicalmente antihistórico" (Garrido Palazón, 1992, 76). Jauss propone un nuevo criterio ante la historia de la literatura: "el éxito de una teoría de la literatura (no radica) precisamente en la superación de la historia, sino en la profundización del conocimiento de aquella historicidad que es propia del arte y caracteriza su comprensión" (Jauss, 1987, 59-60). De Man entiende que lo válido de la historia de la literatura es "lo que se conoce como interpretación" (Zavala, 1994, 9), una perspectiva, la de Paul De Man (1991), que nos resulta útil en la línea que pretendemos seguir.

Defiende Wahnón Bensusan que "la interpretación, de la que huyen, con razón o sin ella, los investigadores que desean realizar un trabajo científico, es precisamente la forma de la investigación histórica y, por lo tanto, lo único de lo que nosotros no podemos escapar" (W. Bensusan, 1991, 62). Se refiere a la historia de las teorías literarias y, tras incidir sobre la situación de la crítica después de la crisis de la literariedad, afirma que "la concepción histórica de la literatura que propugna la teoría del texto literario no deriva de un historicismo radical que asignase a cada época histórica un concepto único al que estuviese completamente determinada, sino que contempla la posibilidad de conflictos socio-culturales de los que surgen nuevos sistemas de valores" (W. Bensusan, 1991, 39).

Y es que de la interpretación escapaba la teoría del texto literario porque no le competía la concepción que cada sociedad hacía de la literatura, concepción fundamentalmente ideológica. Prejuicio e ideología son el punto de partida y la posibilidad misma del entender humano (Ortiz-Oses, 1973, 89); quizá por ello, la hermenéutica (vid. Gadamer, 1983 3 ; Habermas, 1968 y Mignolo, 1978) tiende a una praxis que interprete los textos a pesar de su historicidad (Lledó, 1989, 419-444), por lo que, "preguntar por la significación de un acontecimiento, en el sentido histórico del término, es preguntar algo que sólo puede ser respondido en el contexto de un relato (story). El mismo acontecimiento tendrá un significado diferente de acuerdo con el relato en que se sitúe o, dicho de otro modo, de acuerdo con qué diferentes conjuntos de acontecimientos posteriores pueda estar conectado" (Danto, 1989, 45). En este sentido pretendemos avanzar.

Las premisas anteriormente expuestas suponen una base disciplinar y científica a la hora de abordar el estudio de la novela anticlerical pujante a lo largo del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Lo que intentamos efectuar desde este momento es poner las bases para comprobar, sin caer en postura ecléctica, nuestra hipótesis de partida: analizados los comportamientos político-sociales recogidos por la literatura, determinar la existencia de una tendencia anticlerical en la novela del XIX caracterizada por la presencia en ella de lo que denominamos materia anticlerical y por la aparición y continuidad de un tipo de lector, medioburgués y proletario, que gusta de estos escritos pertenecientes, por otro lado, a la tradición literaria resumida en la novela de la Restauración.

En el siglo XIX no existe ningún criterio literario definitivo para hacer historia de la literatura, por más que el historicismo le sea propio. Eso no quiere decir que no se tenga una concepción histórica del hecho literario, que es otra cosa. Aun así, este aserto, aparentemente alógico, es prácticamente real toda vez que la ideología religiosa, la consideramos más sentimiento que forma de pensamiento, está por encima de cualquier otro elemento, criterio fundamental clerical que permitió el desarrollo de la erudición, de teorías y conocimientos filosóficos, y el estudio de temas históricos y literarios del pasado a la luz del pensamiento ortodoxo católico-romano. Casi todas las polémicas literarias del XIX se deben a los aspectos antes señalados y por ello eran eruditas, pues rozan siempre con la filosofía, la moral y la teología. De este modo, la crítica no podía ser independiente ya que siempre quedaba mediatizada por la ideología religiosa para la que lo moral era lo prioritario. Moral, verosimilitud e interés constituyen polémicos ejercicios ensayísticos interminables a lo largo del primer realismo, reflejados más tarde en la novela posterior.

Los manuales de historia de las teorías literarias señalan que, hacia la mitad del XIX, aparece la ciencia literaria, aunque sea "sólo la Historia de la literatura que se autopresenta como ciencia para que una sociedad, aquejada ya de cientifismo, la considere digna de convertirse en disciplina universitaria" (Wahnón Bensusan, 1991, 59).

Cuando Kayser (1970 4 , 15) quiere explicar el concepto ciencia de la literatura, esencia y significado del estudio literario, no despeja claramente la situación, impregnado aún del sentido de la crítica tradicional. Según Mainer (1988, 79), se debió a dos factores: a la renovación universitaria de las disciplinas filológicas y a la conversión de la historia de la literatura "en un ingrediente de la educación nacional de los ciudadanos burgueses" dentro del proceso de integración de las nacionalidades. De aquí surge el método histórico positivo que equivale a la recogida de datos sin interpretación alguna de los mismos, lo que origina el descrédito de la Historia de la Literatura. Esto quedará demostrado al dar a conocer algunos de los manuales de literatura más utilizados en el XIX. Kayser (1970 4 , 28) explicita más este argumento al considerar que el positivismo se limitaba a la edición crítica de los textos, a la investigación de las fuentes y génesis de la obra literaria y al estudio de la vida del escritor con la mayor acumulación posible de datos. Esta situación no concluye hasta la postergación de la filosofía positivista.

Sólo hemos de revisar el análisis de Emilia de Zuleta para darnos cuenta de que hasta el krausismo no se efectúa movimiento alguno en el campo de la crítica (de Zuleta, 1974 2 , 47). A partir de su influencia, la crítica del realismo y del naturalismo se muestra atenta a los nuevos cauces literarios. La mayoría de los críticos eran novelistas (Juan Valera, Leopoldo Alas, Emilia Pardo Bazán) por la que utilizan en sus novelas los nuevos procedimientos. El resto de los críticos eran eruditos o periodistas. La crítica del 98 es ejercida fundamentalmente por Unamuno y Azorín, aunque su crítica, en el caso del primero es reflexiva y ética y en el de Azorín limitada a la sensibilidad (Molina, 1995). La crítica novecentista se orienta al ensayo de tema literario, a lo histórico-biográfico y a lo filológico. Era una crítica del buen gusto, basada en los conocimientos personales, en la formación recibida, y en la erudición. Quizá L. Alas "Clarín" deba su fama de buen crítico a su liberalismo basado en el espíritu krausista de la Institución y a su peculiar estilo de ver las cosas, pero no deja de ser una crítica personal. No había otro criterio que la aplicación de la normativa implantada por la Preceptiva, fundamentalmente la Retórica, en cuanto facilitaba la explicación de la estructura del texto y su comunicación (Albaladejo, 1989, 7). La obra sería más perfecta cuanto mejor se cumpliesen esas reglas estrictas, más se ajustase el escritor a los modelos, la mímesis. Pero todo queda determinado por la moral, matizado por el concepto religioso y conservador. Ateniéndonos a este criterio, Menéndez Pelayo es la figura señera de este siglo, "el más admirable de los investigadores literarios modernos, el fundador de la moderna crítica literaria" (Sainz de Robles, 1966, 38). De Zuleta (1974 2 , 15) acepta esta calificación y Alas "Clarín" piensa que Menéndez Pelayo atendía "más a su creencia religiosa que al interés puramente científico y artístico de la verdad" (Julián Marías, 1994, 3), pero su crítica se muestra muy ligada a la historia literaria.

El siglo XIX dejaba pendiente aspectos importantes que tratará de resolver la revolución lingüística posterior, como la cuestión de los géneros, el sentido a dar a la historia de la literatura, el criterio a implantar para ejercer la crítica y otros aspectos que aún ahora siguen siendo polémicos.

Al hilo de cuanto vamos exponiendo, hemos de hacer unas reflexiones que afectan a la teoría de los géneros literarios, no con el propósito de intervenir en esta cuestión tan debatida, sino con el interés de parcelar un ámbito en la novela del XIX que sea ocupado por la anticlerical. Buscamos adscribir un marbete genérico para la novela anticlerical, del mismo modo que se reclama para el género de las típicas "quejas individuales" o "literatura revolucionaria", es decir, la "literatura política de los exaltados" (Gil Novales, 1978, 107), ya que se trata de la expresión del medio cívico urbano en que surge y porque, sin su lectura y consideración, quedaría truncada la comprensión del proceso histórico de la sociedad española del siglo XIX.

La gran división de los géneros es una realidad básica, nosotros mismos hablamos de poesía, narrativa y teatro. El problema de los géneros literarios, y el correlato de los lingüísticos, hay que situarlo no en una determinación histórica sino en una intencionalidad situada entre el hecho natural y el cultural. Y las tendencias básicas son la lingüístico-enunciativa o la histórico-estructuralista (Martínez Arnaldos, 1984, 302). No se debe olvidar que "los géneros existen en cuanto conjunto de rasgos que determinan la descodificación del lector" (Yllera, 1992, 35). La dificultad estriba en la introducción de determinados escritos en la clasificación genérica admitida.

Existe una época en la que prima otro tipo de literatura, que no coincide exactamente con la habitual en los géneros tradicionales: otra clase de escrito es el imprescindible en ese momento para posibilitar la comunicación entre sociedad y público. No nos referimos siquiera a los bandos, pasquines o proclamas de interesantes conclusiones desde el punto de vista de la Pragmática. Apuntamos a un tipo de literatura de combate, satírica o irónica, polémica en suma, que desempeña una función de expresión ideológica, misión asumida por la prensa cuando el proceso de lucha para que las censuras políticas concluyan, aunque no se haga de facto, cuando la libertad de expresión aparece en la Constitución. Y esto sucede básicamente en la Restauración porque la desilusión que provoca en la minoría anticlerical (republicanos, masones, librepensadores y socialistas) exige un campo de expresión en el que el trasvase de ideas pueda difuminar los problemas que un radicalismo retrógrado eleva a primer plano cuando la nación, más que el debate religioso, necesitaba el económico y social.

Bien entiende esto Sánchez Fusté cuando, al comprender que la crisis de los valores ético-sociales origina un proceso de descristianización que permite el auge de la masonería, espiritismo y otras heterodoxias, afirma que, en los medios sociales donde se desarrolla esa marginación, se va formando una subcultura propia y autosuficiente que produce su prensa, su literatura, "cristalizando todos esos elementos en lo que podría llamarse la cultura alternativa de la Restauración" (Sánchez Fusté, 1985, 25-33).

A falta de criterios seguros, fuera de la literariedad, que permitan conocer lo que se entiende por literario vs. lo que no lo es, los manuales de historia literaria han acogido en sus páginas, "junto a obras de ficción, otras muchas de índole bien diversa": crónicas históricas, tratados ascéticos, y ensayos filosóficos con poemas líricos, tragedias o novelas (Senabre, 1987, 11). En el Trienio Liberal (1820-1823) es el primer momento en el que se produce, cuando un tipo de literatura más o menos exaltada ocupa el espacio que debería llenar una novela que aún no es importante.

Se trataría, aunque quizá sea aventurado hablar de literatura marginal, popular, distinta de la que la oficialidad reconoce como tal y así la consagra en los manuales al uso, de una literatura ocasional que posee cierta coherencia al ser aglutinada por un factor común: el anticlericalismo, no tanto en sí, sino como derivación de la efervescencia social que trataba de coartar los privilegios clericales valiéndose del desprestigio real del clero y de la tradición literaria tópica.

Si a partir de la Restauración, masonería, anarquismo, librepensamiento y republicanismo, que representan a sectores sociales más o menos numerosos, creían que para emancipar al pueblo había que destruir la Iglesia, estas ideas necesitan un vehículo de expresión y comunicación. Esta literatura, que podría ser panfletaria o libelista, eso ya es otra cosa, tiene unas características específicas que difieren de la del Trienio.

Mientras en la del Trienio se observa una formación clasicista, ilustrada, prerromántica si se prefiere, en sus cultivadores, en la Restauración, una expresión más directa, cercana al lenguaje periodístico moderno, caracteriza este género de atención social por cuanto ideológico. En novela no rompe patrones, sigue siendo densa, lineal. No tiene nada que ver con la novela realista galdosiana, ni siquiera con la de Pereda, Alarcón o Palacio Valdés. Es una literatura que se desarrolla entre dos bandos antagónicos (absolutistas-liberales, integristas-liberales) y participan en ella figuras intelectuales como Ortí y Lara o Francisco de Paula Canalejas. Es, pues, una literatura provocada por los liberales que toma formas ensayísticas o de novela popular y de polémica ideológica.

Las características que observábamos en los tipos de escritos del primer tercio del XIX, no se pierden, pues, cuando la lectura novelística se populariza, y la temática anticlerical se localiza en la novela histórica y en la costumbrista, se incluyen en la novela puramente anticlerical hasta conformar un tipo de algo que podríamos calificar como ensayo, es decir, escrito crítico que trata una problemática de la actualidad, no como se conoce a comienzos del siglo XX. En la novela escrita por sacerdotes, fundamentalmente en la de José Ferrándiz, se observa una parte ensayística procedente de las reflexiones sobre aspectos dogmáticos sobre los que novela. No se trata sólo de la presencia del autor en el relato, característica de la novela del XIX, sino de opiniones tendentes a modificar la doctrina oficial de la Iglesia basándose en el testimonio de los Santos Padres, de las Escrituras y de los teólogos, tal y como ya habían hecho los polemistas de las Cortes de Cádiz o del Trienio, apoyatura que intenta prestar veracidad a su tesis. Ese es el verdadero daño (para una sociedad esencialmente católica, apostólica y romana) de la novela anticlerical de la Restauración. Y decimos aquello, por si hace falta clasificar este escrito, ya que lo único que intentamos es darle naturaleza propia y que se le reconozca su diferencia. Y esto se debe a que sólo llega a pocas historias de la literatura oficial.

Y, si hablamos de géneros ensayísticos, lo hacemos al margen del sentido que les confiere Aullón de Haro (1987, 11): "un extenso ámbito de producción textual que posee como rasgo característico general, puro y simple, la reflexión, sea cual fuere el adjetivo que según los casos pueda adosarse a ese término o sea cual fuere el objeto a que dicha reflexión se aplique".

Es decir, el mismo marbete géneros literarios condiciona la clasificación de los escritos que bordean los límites establecidos por su misma definición. El mismo Aullón de Haro clarifica nuestro presupuesto: "Es importante advertir cómo la necesariedad de la expresión del pensamiento en términos no artísticos, o no eminentemente artísticos, se ha resuelto de manera secular mediante la configuración de grupos diversos de géneros prosísticos [...] cuya entidad de discurso oscila, en términos generales, entre los vértices del triángulo que representan la prosa comunicativa de prevista finalidad específica por encima del uso estándar, la prosa artística y la prosa bien filosófica bien científica". De este sentido participan abundantes escritos no estrictamente literarios del Trienio.

Si la clasificación por géneros literarios "va unida indisolublemente a la historia de las series de modelos estilísticos que han tenido una vigencia y que han desaparecido o pueden desaparecer" (Garrido Gallardo, 1982, 95), creemos que la dificultad de ubicar escritos del tipo que comentamos procede de la novedad de los mismos. "No reconocer la existencia de los géneros equivale a pretender que que la obra literaria no mantiene relaciones con las obras ya existentes. Los géneros son precisamente esos eslabones mediante los cuales la obra se relaciona con el universo de la literatura" (Todorov, 1982, 15). El XIX los produce y su introducción en las poéticas anteriores es, por ello, complicada y casi imposible. Sólo resta permanecer en la indefinición, romper con la tradición o hablar de géneros nuevos. Para Todorov, "lo que sucede es que estas distinciones ya no corresponden a las nociones legadas por las teorías literarias del pasado". Por lo mismo, tampoco sería desdeñable generalizar y señalar "el despliegue genérico de la literatura como proceso comunicativo" (García Berrio-Huerta Fernández, 1992, 46) y entender que los "rasgos de individualización" permiten hablar hinc et nunc de este tipo de escrito en esta época concreta.

Dejamos anteriormente señalada la interpretación antropológica del anticlericalismo. Siguiendo a Spang (1994, 147-155), hubiéramos podido destacar la interrelación entre la antropología y los géneros literarios y analizar la narrativa anticlerical desde esta posición para llegar a conclusiones de fenomenología crítica cuya elaboración se encuentra en los primeros tanteos. Hubiera sido un acercamiento aclaratorio de la confrontación entre la interioridad personal y su expresión con relación a los otros en la manifestación de una ideología realizada en una obra literaria. Pero nos hubiera adentrado en un campo de salida imprecisa.


Hasta ahora habíamos relacionado historia y literatura a partir del krausismo. Era importante por cuanto la sistematización de los géneros aparece más clara desde la revolución de 1868, ya que surge la gran novela burguesa y arrasa con el resto precisamente por su calidad y por su ruptura con lo que sigue apareciendo en la anticlerical con referencia a sus elementos técnicos y a sus argumentos. Bien es verdad que el escrito literario per se de contenido ideológico vario es el que determina la propia marginación de los heterodoxos (en el sentido que les da Menéndez Pelayo), la desaparición de algunos subgéneros o el refugio de otros (la leyenda) en posiciones conservadoras; la leyenda, manteniendo el contexto histórico, desarrolla contenidos de carácter religioso, popular, que permite una ideología conservadora, si no integrista; además, mediante el color local de que están impregnadas, favorecen la expansión del incipiente nacionalismo regionalista (Molina Martínez, 1994). Sin embargo, la heterodoxia o marginación de la literatura de la derecha político-religiosa (carlista, integrista o mestiza, en general) jamás ha sido mal vista, mientras que la otra conlleva una leyenda maldita: masones, librepensadores, anticlericales en general, han sido desprestigiados, descalificados, perseguidos y, en escasas ocasiones, por no decir jamás, han podido hacer uso público de su ideología porque, como los heteroxesuales, eran materia a extinguir: proscritos.

Desde la filosofía, se califica al krausismo como movimiento premodernista indudablemente con un sentido más amplio que el literario. Abellán (1993, 81-106) escribe sobre modernismo religioso y, más aún, de modernismo y anticlericalismo eclesiástico. Si los movimientos artistico-ideológicos fuesen intensamente fuertes, impregnarían todos los sectores de la vida social. Si el hecho religioso católico hubiese sido liberal, no antidemocrático, hubiese evolucionado. Si la doctrina es eterna, no varía, no puede llenarse de liberalismo ni por tanto de modernidad o apertura. Ideológicamente, la Iglesia del XIX era fuertemente conservadora e integrista, por lo que no se puede poner al día a pesar de los esfuerzos de los intelectuales. Los que intentaron una solución ideológica al problema religioso fracasaron. La verdadera cuestión se plantea al comprobar que literatos y pensadores eran en sí religiosos en un siglo religioso; si en el primer realismo existe el problema religioso, se debe a que la cosmovisión teocéntrica es aún posible y permanece conectada con el mundo diario, y el poder de la Iglesia y el catolicismo como única religión, a diferencia del resto de Europa, se prolonga, de ahí, la novela de-con curas (Ciplijauskaité, 1988, 90-97), lo que les impedía la búsqueda de otras soluciones simplemente sociales o políticas.

Desde un punto de vista muy personal, estimamos que no fue positivo establecer enfoques desde una óptica fundamentalmente religiosa. Quizá también su sentido moral les impedía hacerlo de otro modo. Los que orientan el problema desde el plano positivo, arreligioso, tienen escasas garantías de éxito, por eso no creemos en la novela anticlerical atea o que elimine de su temática los problemas de religión; sin embargo, cierta parte de la sociedad se hubiese sentido desahogada sin soportar la opresión de la postura católico-religiosa: precisamente el público que necesitaba y al que se dirigía la literatura anticlerical, es el que leía las novelas burguesas de Galdós (tildado de anticlerical), las reaccionarias de Alarcón, Coloma y Pereda, las blandenguerías de Pérez Escrich o la pseudohistoria de Fernández y González, quizá al mismo tiempo. La necesidad literaria y la problemática del momento se buscaba en la buena novela; la necesidad ideológica o la descarga de la problemática social se saciaba con la anticlerical. ¿Cómo se explica, si no, el que El Motín y sus publicaciones durasen al menos veinticinco años? No debemos olvidar que una fuerte corriente anticlerical laica se estructura a través de este semanario y de Las dominicales del librepensamiento .

Bien se puede, por consiguiente, afirmar, que tanto el Modernismo, condenado por la Iglesia, cultivado no precisamente por escritores religiosos, elemento éste que apenas se explica en los ensayos temáticos, como en general las tendencias avanzadas, influyeron lentamente en las metalidades populares, los lectores de escritos anticlericales, mientras que el sector social más elevado continuaba apegado a la Iglesia dándose fuerzas mutuamente. La Iglesia, tampoco perdió nunca de vista el sector social donde se asienta la fe de los humildes, pero desde una postura paternalista.

Visión clara la de Abellán cuando habla de anticlericalismo eclesiástico. Valida las referencias de parte de nuestro texto: novela anticlerical escrita por sacerdotes.

Una de nuestras pretensiones básicas radica en que se reconozca un específico ámbito o corriente literaria propia la novela anticlerical. Isabel Román (1988, 116-119) pone entre interrogantes el marbete novela anticlerical y admite que el no haber conectado con otras novelas de este tipo le impide conocer si la tendencia anticlerical dispone de modos narrativos propios. Es lo que nosotros tratamos de confirmar. Cuando Guillén (1985, 150) afirma que "sólo el tiempo histórico puede demostrarnos que un modelo ha llegado a erigirse en género", habla de género en sentido restringido, como cuando nos referimos al género novela corta. Buscamos, pues, el reconocimiento de "género" en este sentido para la novela anticlerical. O de otro modo: de la misma manera que se reconoce la existencia del género novela histórica, sensible, moral, social, fantástica, se haga con la novela anticlerical, entendiendo claramente que el género es la novela y que lo de clerical no determina que este tipo de novela lo sea si no es en sentido estrictamente restringido.

Aleksandar Flaker (1973, 183-207) recuerda que la existencia de un movimiento depende del efecto de un sistema crítico o sencillamente de la actividad del crítico. Evidentemente, en el siglo XIX, clerical por excelencia, nadie realizaba crítica de este tipo y, si se hacía, era al hilo de alguna polémica de carácter fundamentalmente religioso. Es de notar que las mayores noticias que tenemos de esta corriente se debe a las refutaciones de los apologistas católicos.

Ésta es la primera de las causas que han impedido, a nuestro juicio, que la corriente literaria de la novela anticlerical tomara el auge suficiente para ser reconocida como tal. A las causas originadas en el siglo XIX, debemos añadir las posteriores. En primer lugar, la represión intelectual que crea, mediante la censura, el fascismo imperante durante la época franquista, que corta la creación de este tipo de literatura gozadora de cierto predicamento hasta los años treinta, la propia apertura de la Iglesia tras el Vaticano II, la secularización del fenómeno religioso y la misma evolución de la sociedad que acepta la libertad de pensamiento y expresión y la pluralidad religiosa o ideológica. Evidentemente, no es necesaria la existencia de esta corriente en la actualidad puesto que se permite la expresión que contenga materia anticlerical o anticlericalismo declarado, con los solos límites que marquen los tribunales o la marginación social con la que se castiga a los más o menos disidentes en una sociedad marcada aún por los restos de una generación señalada por la religiosidad impuesta en la postguerra y su propia involución o su estatismo. Lo podemos considerar, pues, tema caduco como realidad sociológica efectiva. Sin embargo, la exposición diacrónica del fenómeno novela anticlerical permite la adjunción de dicho marbete a la corriente que lo formula.

Indudablemente, la corriente novela anticlerical tiene sus convenciones, las que más o menos van a ser expuestas a lo largo de este estudio, y su existencia a través del tiempo literario es comúnmente aceptada, pudiendo comprobarse las diferencias temáticas y estilísticas existentes entre las diversas épocas en que se cultiva la tendencia; seguiremos insistiendo en ello por ser materia recurrente.

Desde el estado actual de los estudios de crítica literaria, el acceso al estudio de la novela anticlerical se puede producir desde varias direcciones.

La sociocrítica se representa el universo social como un conjunto de lenguajes colectivos que los textos literarios absorben y transforman, lo que supone relacionar lo literario y lo social lingüísticamente (Cros, 1983). Por ello, indica que el fundamento de la sociocrítica radica en conocer cómo reacciona el texto literario ante los problemas sociales e históricos en el lenguaje (Chicharro Chamorro, 1994, 387-453).

Recordamos la opinión de Memmi sobre la existencia de un rechazo de la sociología debido, entre otras varias causas, al mantenimiento de la postura de Taine a través de un neopositivismo esquemático "tendente a explicar todo texto literario a partir de un único fenómeno social no mediatizado. Esta actitud restrictiva que, como explica A. Memmi, llega a destruir el objeto mismo de la finalidad científica, a saber, la especificación del hecho literario, ha perjudicado considerablemente hasta ahora la postura de la crítica sociológica" (Cros, 1986, 12).

En opinión de Pérez Gállego (1988, 126), la sociología de la literatura se orienta hacia una pragmática. Sin embargo, no olvidamos las propuestas de Ferreras (1988) con relación a la sociología de la literatura y otras ciencias humanas. Bien es verdad que la obra literaria nace en el marco social pero al lograr su realización en la fantasía subjetiva impone la necesidad de un método de análisis peculiar. Una vez conseguido el conocimiento de su estructura particular, "una especie de poética y de la formación de la sociedad y del cambio social en un momento dado, lograremos iniciar una sociología de la literatura válida" (Carmona Fernández, 1980, 21). Por simple comparación se hallaría la significación de la estructura, con lo cual se habría logrado una sociología que respetase el fenómeno literario como tal, siendo, en realidad, lo único importante el descubrimiento de la función de la obra literaria, las relaciones de lo literario en el sistema cultural propio.

Dos líneas diferentes de variedad metodológica de la sociología frente al hecho literario quedan representadas por dos autores: Lucien Goldmann (1975 y 1977) y Robert Escarpit (1968 y 1974; vid. Orecchioni, 1974 y Dubois, 1974).

Pero también se accede desde la filosofía del pensamiento, desde el mundo de las ideas, desde la historia intelectual, sobre la base de compartir materiales con estas disciplinas, la valencia interdisciplinar de la metodología hace que con métodos propios de una disciplina se obtengan resultados asombrosos en otras (Abellán, 1992), toda vez que esta corriente es producto de un contexto cultural de contenido estético (Fletcher, 1974, 152-153). Los contextos iluminan la significación de la obra y su estudio "puede realizarse desde perspectivas de enfoque diferenciadas y complementarias, relacionadas con las diversas disciplinas que tratan de explicar la vida del hombre en el mundo" (Herrero Cecilia, 1990, 181).

Desde un punto de vista extraliterario, este tipo de crítica que busca su sentido dentro del mundo de la literatura, "tiene su apoyo más científico en labores de Frazer o en el pensamiento de Jung" (Capecchi, 1989, 385). Ello viene a decir que se puede efectuar también desde una dimensión psicológica. Sólo que el análisis psicológico de la novela podría darnos de modo coherente el perfil psíquico de su autor. Garrido Domínguez (1993, 277) habla de psiconarración como recurso del narrador omnisciente.

Todas estas direcciones se dirigen a la ejecución de este tipo de investigación desde la literatura comparada que se define como "la rama de los estudios literarios que se ocupa de las estructuras básicas que yacen bajo todas las manifestaciones literarias" (Fletcher, 1974, 152), por lo que consideramos la inexistencia de límite teórico en su campo de investigación. Se convierte así en una dimensión de la crítica pues trata de la relación entre obra y contexto. La conexión entre el texto literario y el contexto intelectual establece el significado de la obra. No hay comparatismo serio que no tienda a una teoría de la literatura (Étiemble, 1989, 298).

Conviene recordar a este respecto que Tinianov se refiere en primer lugar a la evolución autónoma de la serie literaria y posteriormente a su relación con otras series, destacando el carácter previo y asegurado del nexo (Tinianov, 1970, 111-134). Sin embargo, Tinianov no se interesa por las formas del nexo, siendo la base del problema las mediaciones, ya que las formas variables de la presencia de lo social en lo literario se leen a través de las relaciones, también variables, entre autores, público, ideologías literarias y sociales. Es decir, las relaciones no son, en sí mismas, estables y sobre ellas influyen el lugar que la literatura ocupa respecto del resto de los discursos y de las prácticas sociales en su consideración global. Lotman tiene en cuenta las ideas, anteriormente apuntadas, de las series literarias y pone de relieve la importancia "del punto de vista del texto" (Lotman, 1978, 32-35).

Desde esta perspectiva, todo apunta a la tematología, a la ordenación de los contenidos temáticos, a las investigaciones tematológicas no opuestas a las genológicas o morfológicas, sino vinculadas a ellas (Guillén, 1985, 248). "Los tematólogos o tematistas se ocupan de todas las materias que pueden abstraerse del contenido de la literatura" (Anderson Imbert, 1992, 136). Trabajan con la literatura general y con la realidad no literaria: historia, psicología y antropología entre otras. Además, "la crítica temática concibe la obra literaria como la organización de un universo estético en donde la conciencia individual inscribe su sensación y su visión especial del mundo" (Herrero Cecilia, 1990, 175).

La enucleración de los temas obliga "a un enorme presupuesto de conocimientos, no sólo literarios" por lo cual, los que se acercan a este tipo de crítica "lo hacen por un afán de contar la literatura no ya por autores sino por temas", entendiendo por tema no la tesis del narrador sino la interpretación o abstracción del crítico (Capecchi, 1989, 385). De este modo, la temática se puede concebir como una crítica de analogías y, en nuestra opinión, trabajar sobre una isotopía horizontal semántica, en nuestro caso, el anticlericalismo, aunque "la teoría de los campos semémicos no podrá, al parecer, postular universales, sino que deberá describir al mismo tiempo que estos campos los sistemas axiológicos e ideológicos de la sociedad productora de los textos estudiados" (Rastier, 1976, 113). Pero, no olvidamos que, en un autor, un tema no es únicamente un contenido denotado o un campo semántico: "intervienen en su configuración líneas o conjuntos interpretativos ligados a sistemas de connotaciones vigentes en una época, en un período literario o en el mismo autor con relación al conjunto de sus obras" (Pozuelo Yvancos, 1983, 121).

La intervención del lector "será tanto más importante cuanto más amplio o rico sea el panorama histórico [...] o más relevantes los fenómenos de intertextualidad que identifiquen el tema mediante la memoria de las figuraciones anteriores" (Guillén, 1985, 249).

Y es que "los discursos literarios obedecen a constricciones de género" pero a la vez son "el vehículo de un contenido de ideas que han de ser analizadas históricamente", porque "la interpretación debe aunar la trascendencia ideológica e histórica [...] y el empleo de cauces formales y genéricos con su propio significado" (Abad, 1994, 155).

Entre los menesteres de la estética de la recepción se encuentra el de la acogida de la obra de un autor en un público determinado, la consideración de la obra en su dimensión social. "Pero la teoría de la recepción no se queda en el estudio de aquellos aspectos sociológicos de la obra que pueden ser comprobados empíricamente" (Acosta Gómez, 1989, 21), sino de la función social que puede ejercer la literatura en el ámbito en el que se desarrolla la actuación del lector. Si la teoría de la recepción, situada en la línea de la hermeneútica o interpretación, ha tomado principios desarrollados por otras corrientes de la crítica o la teoría literaria, podemos investigar hechos como el que nos ocupa desde la sociología de la literatura, desde la teoría de la interpretación de textos, desde la teoría del texto según se ha desarrollado en los últimos años y fundamentalmente desde la historia de la literatura. Dicho de otro modo: se puede investigar desde el corpus de una obra sola, desde el corpus formado por toda la obra de un autor y desde el conjunto de todas las obras, bien de una comunidad lingüística, bien de un pasado histórico.

Y es que la crítica literaria no se puede vaciar de todo contenido histórico, "separando la noción Literatura de la noción Historia", al haber caido la historia literaria en cierta superficialidad debido a las variantes que su solo hecho puede presuponer (Wellek, 1983). Se estima necesaria "una historia literaria que asimile las contribuciones críticas recientes" (Gullón, 1990, 11).

Mainer también lamenta la separación de las ciencias literarias de la historia por su propia labor interpretativa: "la reconstrucción histórica de un texto literario no tiene como finalidad el establecimiento de una yerta taxonomía, sino la vivificación de lo implícito, el desvelamiento de lo confuso, el enriquecimiento consciente de nuestra lectura". Como conclusión, entiende que "resulta difícil renunciar a nada de cuanto nos ofrece la reciente crítica literaria" (Mainer, 1988, 34-41).

Para Guillén, la historia literaria es necesaria para la tematología, por lo que la conexión interpretativa del hecho literario se efectúa en lo histórico. Al estudiar una época determinada "es preciso reconstruir la jerarquía de valores de la época en que se gestó" (Senabre, 1987, 15). Sin embargo, no olvidamos las opiniones de Jauss (1987, 59-85) sobre la historia de la literatura, quedando claro que, si la rechazaba se debía a que era considerada como la historia de los autores de las obras. Para Mainer, La historia de la literatura como provocación (Jauss) intenta rescatar la historia literaria del "desprestigio que se ganó en sus primera etapas, pero también del fragmentismo cronológico que puede ser la tentación del análisis sociológico-formalista de hoy" (Mainer, 1988, 92).

De ahí la necesidad de materializar la visión diacrónica exigible para la formulación de corriente literaria para el marbete novela anticlerical. Su exposición se puede confundir con la estandarizada para la historia de la literatura pero es desde la continuidad en el tiempo, diacronía, cuando se puede formular la noción de corriente: indudablemente, el cambio histórico no fluye alrededor de su tema (Guillén, 1989, 297). La literatura es, simplemente, un proceso de cambio que avanza simultáneamente o con distinto ritmo de otros procesos sociales.

Consideramos con Iser que "la obra literaria tiene dos polos, que podríamos llamar el artístico y el estético: el artístico se refiere al texto creado por el autor, y el estético a la concretización llevada a cabo por el lector" (Iser, 1987, 215-243)).

Nosotros vamos a intentar no separar estos dos conceptos y atender tanto a la obra en sí como a la recepción por el lector.

Hemos analizado profusamente la metodología que Gabriela Pozzi (1990) desarrolla para el análisis del discurso desde la figura del lector implícito configurado como lector en sí, centrada en cuatro novelas aparecidas en distintos momentos del siglo XIX. Mas son novelas conocidas, lo que permite la referencia puntual, mientras que la novela anticlerical es no sólo desconocida sino ignorada, bibliografía pasiva, por lo que se puede trabajar desde tan concreta y clarificadora propuesta, aunque se haya de tener en cuenta en situaciones oportunas.

Sería interesante contar con un análisis social exhaustivo de las lecturas y los lectores en el siglo XIX, mas los que conocemos para Madrid (Martínez Martín, 1991), Lorca (Moreno Martínez, 1989), o Granada (Delgado-Cordón, 1990), no tienen en cuenta para nada la existencia de la novela anticlerical, quizá porque efectúan su investigación a partir de los archivos de protocolos, de las bibliotecas privadas, o de los fondos de la Biblioteca General de la Universidad para el caso de Granada, en vez de en los catálogos de las editoriales que publican este tipo de literatura y que por la utilización de la Bibliometría se convierten en libros de sociología histórica. Presuponiendo que el lector de esta clase de novela pertenece al proletariado, es prácticamente imposible conocer sus hábitos lectores si no se parte del número de tirada de cada uno de los títulos publicados, ya que los análisis conocidos inciden sobre una burguesía media. No creemos en la existencia de bibliotecas en las casas de la clase trabajadora usuaria de todo tipo de literatura popular, folletín y novela por entregas. Aunque la razón fundamental radica en el silencio que sobre este tipo de escritos ha caído y en la no consideración de corriente para la literatura anticlerical. Mainer apunta, como solución, a la redefinición del concepto historia de la literatura y "saber unívocamente a qué llamamos literatura". Pero también recuerda que ni la indagación de la ideología ni la estadística de los consumos literarios asocia únicamente los términos literatura y sociedad (Mainer, 1988, 86). También somos conscientes de la caducidad de la tendencia, por otra parte jamás reconocida, y su escaso prestigio cultural, pero no se puede negar su vigencia en las etapas comentadas del siglo XIX, su auge en la Restauración y su cultivo por epígonos bien cualificados en el primer tercio del XX.

2. Periodización y temática

La periodización es un problema inevitable porque los criterios tradicionales que se aplican producen errores en ocasiones (Amorós, 1988, 161-165). Aunque en la organización de la periodología desde una perspectiva estructural, los momentos estructurales de que habla Noricov, será preciso, añade Amorós, "atender a una perspectiva comparatista", y, aunque no podemos renunciar a los períodos culturalmente reconocidos, por ello mismo existe novela anticlerical prerromántico-ilustrada, en el romanticismo y en el realismo, algunas características propias persisten, como la ubicación de la acción en tiempo remoto, a través del siglo. De ahí que combinemos períodos históricos normalizados (Trienio Liberal, Restauración) con los temas recurrentes de la novela anticlerical.

Entre otras, la "tarea de la crítica literaria será la de establecer qué época de la historia penetra e informa cada discurso artístico-verbal, así como cuáles son las formas literarias que vehiculan tal contenido sociohistórico" (Abad Nebot, 1993, 118-131).

Pero advertimos de la inseguridad de las clasificaciones históricas al no ponerse de acuerdo los especialistas. Recordamos que, para algunos teóricos, el Antiguo Régimen no concluye en el siglo XVIII (L. A. de Cuenca, 1985, 59) sino que se alarga hasta 1833, con el fallecimiento de Fernando VII. Pero también recordamos las opiniones encontradas de los teóricos que, a pesar de situar el triunfo del romanticismo en la década de los veinte o los treinta, hallan sus antecedentes en las últimas décadas del XVIII (Sebold, 1983), lo que llaman prólogo (Checa, 1994, 391-416) o alba del romanticismo (Martínez Torrón, 1993). Y es que, como opina Tacca, la periodización es un problema propio de la Historia y cada historia particular (ciencia, arte, literatura) lo aborda según sus particulares criterios (Tacca, 1989 2 , 212). Para nosotros, la periodización ha quedado unida a la temática, lo que constituye nuestro criterio esencial metodológico.

Reflexiona Claudio Guillén sobre esta cuestión y entiende que los problemas que presenta la periodología son de índole teórica más que metodológica, y llega a la conclusión de la posibilidad de poder reconocer en la historiografía literaria "un género específico de narración" (Guillén, 1989, 119-138). Pero, continuar por estos derroteros, que sólo indican las posibilidades de estos estudios, nos alejaría de nuestro propósito.

A lo largo, pues, del siglo XIX, podemos distinguir

A . Con el inicio del siglo aparece Cornelia Bororquia , novela paradigma entre las de su género. En principio su subtítulo origina una corriente temática procedente del siglo XVIII: las mujeres víctimas de la Inquisición. Trasciende, sin embargo, esta primera observación y propugna una religión cristiana alejada de la práctica del tormento como medio de someter las conciencias y de la depravación de la jerarquía eclesiástica. No hay que olvidar sus influencias ilustradas. Habría que hacer su exégesis teológica para determinar si existe algún tipo de acercamiento al protestantismo o utiliza como topos el prado de bienandanza berceano o el pastoril (locus amoenus) en el que conversan Vargas y Casinio. La salida de España como solución, el exilio producido por la intolerancia católica, la búsqueda de otro país en el que la práctica intelectual -¿disidente?- pueda ser real, añade nuevos matices temáticos y puede constituir su enigma.

B . El anticlericalismo que se desarrolla entre los preparativos de las Cortes de Cádiz y concluye con el fallecimiento de Fernando VII tiene dos períodos liberales, guerra de la Independencia-vuelta del rey (1814) y Trienio Liberal (1820-1823) y dos períodos absolutistas, 1814-1820, y 1823-1833, la Ominosa Década. Habríamos de hacer referencias al anticlericalismo escrito dentro y fuera de las fronteras, pero, en verdad, son los mismos personajes los que escriben y se manifiestan como anticlericales: ilustrados, afrancesados y constitucionales de los años ocho, catorce o veinte. Aquí adquiere matices políticos desarrollados de manera reformista, el episcopalismo, o teológica, el jansenismo. Por ello, nuevos temas se cultivan en los escritos anticlericales: miserias de la corte de Roma con el Papa a su cabeza, el poder de la Iglesia y su riqueza, la corrupción del monacato, la vida del clero bajo, el sentimiento antijesuita. Pero no se publican novelas anticlericales por escritores españoles; el escrito de los intelectuales comprometidos origina una literatura sarcástica, polémica y polemista, satírico-burlesca en suma. Se concreta en folletos y en la prensa periódica de opinión política. Por el lado absolutista aparecen y adquieren importancia los apologistas ultramontanos. Hacia el final de este período se publican algunas novelas anticlericales, Salvá en París, Castillo Mayone en Barcelona.

C . Durante el reinado de Isabel II, sobre todo en la regencia de Espartero, se producen situaciones violentas en las relaciones con la Iglesia pero tampoco originan una literatura abundante de tipo anticlerical y las reacciones a la política liberal se concreta más en una obra ensayística (Balmes, Juan Donoso) del mismo modo que entre las Cortes de Cádiz y el Trienio aparecieron los apologistas (Alvarado, Vélez, Simón López). La vida peculiar de la reina, y sus relaciones con Sor Patrocinio, origina una literatura que se concreta en los episodios de Galdós y las novelas del ciclo El Ruedo Ibérico, La corte de los milagros , de Valle Inclán. No olvidamos las traducciones de obras procedentes, en general, de Francia, cuya influencia es clara a los largo de todo el siglo, aunque nosotros hablamos de novela autóctona.

D . Cuando realmente surge en plenitud la tendencia novela anticlerical de modo pujante es a partir de 1868. Aparece el primer realismo que aporta a su temática las realidades observadas, entre ellas el anticlericalismo. Las relaciones entre pluma y altar-trono han sido delimitadas por Soledad Miranda (1982 y 1983), aunque en sus obras sólo se ocupa de los novelistas mayores. Esta pequeña revolución eliminada desde dentro genera una literatura que recoge los fenómenos sociales producidos: disidencia krausista, auge del protestantismo, desarrollo del socialismo y la consideración del federalismo como solución a los problemas monárquicos y nacionalistas.

E . De este modo, llegamos a la Restauración y, desde 1884, se inicia, con la aparición de Ferrándiz, la expresión genuina de la novela anticlerical que se desenvuelve dentro de la temática normalizada y conecta con la generalizada en Europa. Posee las mismas características románticas (lejanía en el tiempo fundamentalmente) que las anteriores, pero sus temas tienen que ver con la realidad del momento: pugna ideológica y por el poder en la clausura monacal, reflejo de la pugna política e ideológica liberales-conservadores.

Hemos de aceptar dos focos del quehacer literario anticlerical. Uno, el más estudiado, radica en Madrid; el otro, menos conocido por la influencia cultural castellana en el resto de la península, en Barcelona. Sus figuras señeras serían José Ferrándiz Ruiz y Segismundo Pey Ordeix, continuador éste del originado por Bartolomé Gabarro y Borrás hacia 1883, alrededor de la Librería laica anticlerical . Este anticlericalismo subsiste modificado y evolucionado desde el naturalismo radical hasta 1936, en el que adopta tintes violentos. Más tarde, la censura dictatorial, la secularización del fenómeno religioso -apertura vaticana- y la liberalización social, han determinado que la tendencia desaparezca y forme parte, en expresiones constitutivas de materia anticlerical, de la temática común en la literatura actual, sin que sea relevante en modo alguno.

No vamos a caer en la ingenuidad de calificar al siglo XIX de anticlerical, sino al revés: por ser un siglo religioso se plantean situaciones anticlericales, casi simplemente por definición del mismo hecho. Tampoco creemos que la novela anticlerical, ni siquiera la escrita por sacerdotes, que en el fondo tienden a moralizar, haya sido determinante del cambio social. Simple y llanamente tiene componentes sociales por cuanto realista o costumbrista, es decir, como recogedora de una situación social que, manifestada, servía para dar a entender los aspectos eclesiales que invadían los terrenos de la libertad individual y constituirse en grupo de presión para la negociación política que limitara los excesos de la jerarquía eclesiástica y la presencia de la Iglesia como ortocentro de la vida pública.

Sin embargo, no es una novela social, aunque la novela "puede considerarse predestinada a combatir siempre a la sociedad" (Baquero, 1951, 19); no impacta en la vida burguesa tanto ni desempeña el mismo papel que tuvo, por ejemplo, en teatro, Juan José , de Joaquín Dicenta, ídolo a partir de entonces de la juventud radical, cuyo máximo acierto fue sacar "a las tablas por vez primera el conflicto social entre gentes de distintas clases" (Fernández Nieto, 1980, 41). Este teatro fue ampliamente celebrado por los republicanos progresistas. La novela anticlerical no intentaba, por principio, influir o narrar la situación de una clase social desamparada, sino mostrar, por las razones varias que ya hemos dado, lo que ha constituido la leyenda negra de la Iglesia.

2.1. Romanticismo, realismo, naturalismo, modernismo y novela anticlerical

Cuando Ricardo Navas Ruiz habla de los conflictos sociales de la generación romántica, nada dice de la literatura de oposición a la Iglesia, bastándose con indicar que el romanticismo nunca fue reaccionario y que se instala más en la tradición deísta que en la dogmática de la Iglesia. A todo lo más que llega es, hablando del sentimiento romántico, a constatar que "mirando al pasado [...] se condena la Inquisición, las intrigas de las órdenes religiosas, el nefando dominio del clero", y a reconocer que "el anticlericalismo se detecta por doquier" (Navas, 1982, 36-62). Vicente Lloréns (1989 2 ), a pesar de su enfoque y su dedicación a los emigrados y a la censura, no trata en absoluto el tema del anticlericalismo. Leonardo Romero Tobar, al analizar el panorama narrativo en el romanticismo y en el costumbrismo, tampoco anota nada referente a la temática anticlerical. Sí recoge el rasgo innovador que representa la novela gótica frente a la tradicional de aventuras, lo que "intensificará, además, la sensibilidad por lo sanguinario, lo prohibido o lo exótico, territorios donde la salvaje España tenía escenario que ofrecer en los siniestros claustros conventuales o en las orgías sanguinolentas habidas en los calabozos anticlericales" (Romero Tobar, 1994, 355-430), lo que habría conducido a García Castañeda, entre otros argumentos, a considerarla antecedente de la anticlerical. Y es que, en ocasiones, de novela histórica se disfraza: como ejemplo, la de Vicente Barrantes y Moreno, 1855 (vol. 1) y 1856 (vol. 2), Juan de Padilla , novela histórica prohibida en 1857 por anticlerical. Rubio Cremades (1985, 9-72) admite la existencia de innumerables ejemplos en la prosa costumbrista que "intenta de alguna forma reflejar un entorno social". Recoge alguno de esos ejemplos que contienen materia anticlerical. Pero tampoco se ocupa en demostrar la existencia de la corriente. López Jiménez (1977) ni siquiera atiende al tema quizá por la orientación dada a su libro que se dedica más a autores que a temas. Al estudiar Darío Villanueva las teorías del realismo literario afirma que es un fenómeno fundamentalmente pragmático que resulta de la proyección de una visión del mundo externo que el lector "aporta sobre un mundo intensional que el texto sugiere, y añade que "la defensa, inexcusable, de la autonomía del universo intensional no exige, empero, la negación de que la literatura habla de la realidad a sus destinatarios o, por decirlo de otra forma, que los lectores hacen hablar de su realidad a la literatura".

Desde ambos vértices, creemos en la existencia del producto lector y de los lectores de la novela anticlerical. Y concluye: "es un hecho que la intencionalidad del receptor y su EFR (campo de referencia externo, extensional, es decir, la realidad) pueden coincidir con la del que ha creado el texto y el IFR (campo intensional, es decir, personajes, sucesos, espacios, ideas, diálogos) que integra", lo que es comprobable en cada uno de los períodos que hemos señalado para la novela anticlerical (Villanueva, 1992, 106 y 119).

Bien es verdad que esto se produce cuando el receptor coetáneo de la misma comunidad cultural del productor "está en condiciones de manejar una realidad análoga a la del productor y disponer de una competencia literaria que le permite conocer la ficción como tal" (Reisz, 1979, 99-170), condiciones que se dan, sobre todo, en la novela anticlerical del realismo o de la Restauración.

El receptor coetáneo de la última novela anticlerical del XIX, a partir de 1884, convenciona la misma realidad del productor, siempre y cuando los hechos sean reflejo de una misma actualidad cotidiana cuya transcripción exacta, como afirma Ian Watt (1957), "no produce necesariamente una obra auténticamente verdadera o de valor literario verdadero" (Booth, 1974, 38). Pero los hechos de ficción son referenciados de otras épocas, acercamiento, pues, de esta novela a la histórico-romántica, y referenciales para trasladar hechos pasados a la realidad presente entonces. Esto ocurre, al menos, en la novela de Ferrándiz. Aquella "paradoja realista", como la califica Darío Villanueva, sólo se produce en las novelas anticlericales escritas por laicos en el naturalismo.

Lissorgues, quizá coincidiendo desde otra perspectiva con Botrel (1988, 183) que une, para la década 1880-1890, "marginalidad y anticlericalismo", estudiando el "naturalismo radical o naturalismo de barricada" de López Bago, encuentra a partir de 1884 una serie de personajes que él llama "valiente escuadrón" compuesto, entre otros, por Sawa, Vega Armentero, Sánchez Seña, el mismo López Bago y otros, que, desde las revistas librepensadoras y masónicas, "eligen el campo literario" para la manifestación de su anticlericalismo, coaligados cierto progresismo y un positivismo anticlerical (Lissorgues, 1988, 237-252). A las mismas conclusiones llega Maryline Lacouture con relación a Blasco Ibañez: " La araña negra representa ser un vehículo ideológico que le proporciona al autor los medios indispensables para dar a conocer sus ideas anticlericales" (Lacouture, 1988, 553-554). Celma Valero analiza el desafío a la moral y a la religión como nueva actitud en los autores del modernismo: "la irreverencia religiosa de los modernistas adoptó a veces la forma más específica del anticlericalismo" (Celma, 1989, 43). Es decir, respetar los principios religiosos y arremeter contra la Iglesia (antieclesialismo), su organización o inconsecuencias, lo que le pareció mal a la crítica objetiva. Analizando otras características del modernismo, se detiene en el mal del siglo modernista, elaborado tras el positivismo y que podemos concretar en un sentimiento de insatisfacción, de desánimo. Y cree que "si la filosofía (Schopenhauer, Nietzsche) no ofrecía satisfacción satisfactoria o consoladora al problema de la existencia del hombre, tampoco podía hacerlo la religión, desprestigiada desde distintos flancos". Es decir, las contradicciones de la Iglesia "dan lugar a un feroz anticlericalismo" (Celma, 1989, 89).

Cabe preguntarse si estas obras tan cercanas al folletín y con la voluntad escueta de servir como propaganda ideológica, se encuentran dentro del realismo o naturalismo literarios tal y como se caracterizan en la segunda mitad del XIX.

Aunque esta novela se escriba en el realismo como tal época, mantiene la tradición de la tendencia y presenta caracteres propios de la subliteratura romántica folletinesca, tanto por su tremendismo y sensiblería como por la debilidad psicológica de los personajes.

Estas reflexiones nos llevan a preguntarnos si la decadencia y ocaso de la tendencia obedece a la calidad literaria del producto, al momento histórico o a las necesidades del lector, inclinándonos por aceptar las tres causas como las determinantes de su preterición.

2.2. Melodrama, folletín y novela anticlerical

El drama y el melodrama románticos se confundieron en su origen; jamás se estableció con nitidez la división entre ambos. Eran escritos por los mismos autores. Se basan en el armazón del melodrama clásico al que incorporan una tonalidad y temática nueva: gusto por los efectos y por el color local, sentido del ritmo, oposición manifiesta entre las fuerzas del bien y del mal. Prevalecen las invenciones y la propia lógica del autor más que la verosimilitud y el realismo.

Si una de las estructuras más significativas de la acción melodramática es el reconocimiento que permitió justificar, de pronto, la conducta virtuosa de un personaje cuyo origen noble se ocultó durante el desarrollo de la novela, la novela popular o folletín, al contrario, propone a sus lectores el conformismo burgués. Especialmente a finales del XIX se percibe en el folletín una defensa de las ideas conservadoras: valorización de la moral oficial, nacionalismo, condena de las conductas desviadas, etc...

La novela popular supone una tentativa de subversión contra la cultura letrada y la ideología de la clase dominante. Pero, en realidad, sólo supuso una tentativa y tuvo un alcance limitado, al menos en lo que respecta a los planos social y político. De hecho, no marca una verdadera crítica de la sociedad y no responde a las estructuras que le sirven de fundamento (Mouralis, 1978, 76 y ss.; Romero Tobar, 1976; Ferreras, 1972; García de Enterría, 1983; Serrano Poncela, 1966).

Resumiendo los análisis del folletín efectuados por los teóricos, podemos decir que es una historia truculenta o melodramática de origen periodístico, no en vano se adscribe a un diario o revista, que surge con la decadencia de la novela histórica y se desarrolla por la importancia que adquiere la prensa. Para Blanco-Rodríguez-Zavala (1987 2 , 116), hacia mitad de siglo, novela y costumbres viene a ser lo mismo; la novela de costumbres se irá transformando en social y con la aparición del folletín al abaratarse los costos y facilitarse por entregas (según la periodicidad del periódico), se generaliza su uso en un público heterogéneo y deriva en un realismo costumbrista que retrata la vida diaria. Genera una literatura mediocre; según Pedraza-Rodríguez (1982, 68), con el folletín "se desarrolla un tipo peculiar de novela caracterizada por su melodramatismo", y es por ello un género literario (sin serlo) sui generis (Sáinz de Robles, 1966, 15), de carácter popular toda vez que sacia el gusto de los lectores-espectadores menos exigentes, presentando como rasgos sobresalientes su acción rápida, sucesos trágicos desarrollados en un ambiente de misterio e intriga, en los que intervienen truculencias melodramáticas en los que participan personajes de las clases bajas, tipificándose en función de la ideología. Sáinz de Robles (1966, 17) define el melodramatismo como "especie de romanticismo adulterado con gotas realistas", quizá porque observa cierta asimilación de elementos del drama romántico en la novela de folletín.

Sin embargo, quizá sus características más destacadas sean la presencia de un narrador omnisciente con frecuentes intervenciones del autor y su carácter de medio de expresión ideológica.

No perdemos de vista el que folletín sea hoy día un sintagma "aplicado indistintamente a una novela, al teatro o a una película que reúnen ciertos caracteres fundamentalmente temáticos" (Palacios, 1980, 86-90). Ni tampoco olvidamos que la novela se convierte en un vehículo ideológico que fue obstaculizado por la Iglesia y los conservadores en general promocionando novelas más convencionales o censurando las que contenían "perversas ideas sociales o moral degradada". Quizá, lo más interesante sea la pervivencia del folletín en el realismo porque los novelistas, formados en su lectura, "tendrán durante tiempo adherencias del mismo".

Todo esto se observa en la novela anticlerical, fundamentalmente en la de Ferrándiz, novelista mediocre por las reflexiones ensayísticas que introduce, epígono de una corriente que pervive gracias a buenos escritores que convierten el folletín en novela social o vehículo de propaganda ideológica. En este momento, la novela anticlerical no evoluciona porque, junto a hechos reales ficcionados recoge la tradición de la corriente y los nuevos escritores sectarizan opiniones para la consecución de un naturalismo zolaesco y demostrar la imposibilidad de la continencia sexual o defender el matrimonio del clero, más que considerar el anticlericalismo manifestación de una ideología que desarrolla las convenciones que han formado lo que conocemos como materia anticlerical. (En torno a los procesos de tradición temática y de simbolización, vid. Carmona Fernández, 1988, 203-220 y 259-270).

La novela anticlerical tiene el pasado como punto de contacto con la novela histórica, "el hecho de conceder preponderancia a la imaginación frente a la realidad deriva de la evolución de la novela histórica" (Román, 1988, 177); por más que se apoye en datos reales, "cae de lleno en el dominio de la ficción, por obra y gracia de la libre y creadora manipulación a que el novelista somete ese material arrancado al pretérito" (Baquero, 1961, 13-14), y participa de todas las variantes que señala Salvador Plans (1983): folletín social (ideología), de intriga y aventuras (acción) y sentimental (sentimentalismo o melodrama). Esta corriente se convierte en instrumento de denuncia lo que confiere cierto carácter de intención social. Las aventuras efectuadas todas en un ambiente propio de la novela histórica, referido siempre al pasado, permiten la profusión de lo que hemos llamado materia anticlerical, y sus personajes, sin ser de extracción social humilde, lo son de una burguesía clericalizada, son presentados como víctimas de las manipulaciones de jesuitas y frailes. El componente anticlerical no se determina por la cantidad de materia anticlerical acumulada sino porque los protagonistas triunfan por la derrota del malo, los clérigos o la Iglesia como tal, sobre todo su jerarquía: el lector del folletín sabe que al final los protagonistas buenos se salvan como convención genérica, y en estas novelas la Iglesia nunca sale triunfante. Además, el escritor anticlerical oferta lo que narra como paradigma de la realidad.

De las tres estructuras internas de la novela por entregas, reconocemos la segunda como la más utilizada en la novela anticlerical: "estructura melodramática triangular". Frente a la tradicional figura del héroe y del antihéroe, aparece la figura del salvador. Esta figura, vislumbrada ya en Cornelia Bororquia , cobra plena vigencia en la novela de la Restauración (Sobre el paso del héroe al individuo y la influencia del proceso de transformación socio-cultural, junto al cambio de mentalidad y una nueva forma de pensamiento, véase Carmona Fernández, 1982, 185-216).

"La narración se presenta en tres momentos: planteamiento, que J. B. Ribera llama memorial de reivindicación, en el que se presenta la situación (la víctima es perseguida o encerrada); después aparece el malvado, hasta ahora oculto, y es requerida la presencia del héroe; y finalmente la acción del salvador reivindica los derechos de la víctima. Esto último es lo que justifica la mayor parte de la trama novelística y conlleva lo más sustancial de la acción" (Palacios, 1980, 96).

Rubio Cremades (1982, 269-281) encuentra ciertas concomitancias entre la novela histórica, el folletín y la novela por entregas, haciendo especial hincapié en el suspense, propio también de la novela anticlerical de la Restauración, que lo utiliza como uso narrativo, es decir, como modo de provocar al lector y conseguir la continuidad de la lectura. Sin embargo, la constante presencia del autor y los largos parlamentos en los que justifica su pensamiento o tesis, hace que a menudo se caiga en el aburrimiento. Esto es lo que Romero Tobar llama "excurso narrativo".

Palacios (1980, 98-99) resume los códigos narrativos que utilizan los escritores de entregas, según los estudios de Romero Tobar (1976): los personajes se definen a través de estereotipos; universo técnico y cultural no excesivamente intelectual; universo ocupacional en relación con los criterios de la época; universo psíquico elemental; universo social de clases sociales con organización inflexible. En el folletín aparece también un extenso repertorio de motivos literarios que configuran los temas.

Y, finalmente, otra consideración: los teóricos adjuntan al marbete misterios, originado por la traducción (1843) de Les mystères de Paris , de E. Sue, al mundo de marginación o de "ciertas instituciones que funcionaban bajo el velo del secreto y sobre las que corrían abundantes fantasías (sociedades secretas, jesuitas...)", cuando en realidad son aspectos subtemáticos del conjunto materia anticlerical que se localizan en novelas anticlericales que reunen las convenciones del género, los tópicos estereotipados.

Los códigos narrativos y los motivos literarios diseñados por Romero Tobar para la novela popular (1976), se pueden igualmente extraer de la novela anticlerical escrita por sacerdotes durante la Restauración decimonónica.

Aunque participa de los caracteres de la novela coetánea, existen unos motivos literarios que origina la misma idiosincrasia de esta novela. Se constata perfectamente una dicotomía maniquea: por un lado se presenta al clero como víctima y por otro a la Iglesia como coartadora de las libertades individuales. Finalmente, la caracteriza también la constante introducción de anécdotas (afán de dinero, aventuras sexuales, actitud de los fieles en las procesiones y romerías, es decir, lo que conocemos con el marbete material anticlerical) que vienen a comprobar los asertos del novelista omnisciente acerca de la maldad de frailes, jesuitas y jerarquía eclesiástica.

Entre los motivos literarios podemos anotar: origen pobre y humilde del clero, amor y veneración de estos por la Iglesia hasta su desengaño, crueldad educativa de los frailes, pecado nefando contra natura en los frailes, el cura bueno es en la Iglesia víctima de los jesuitas, frailes y jerarquía. Así pues, frailes, jerarquía eclesiástica, jesuitas y Papa son los personajes contra los que arremete el novelista anticlerical.

Los códigos narrativos afectan a los personajes: se definen también por estereotipos; la descripción del cura coincide con la que nos proporcionan los artículos costumbristas. No aparecen personajes intelectualmente consistentes: en las novelas de José Ferrándiz Ruiz anotamos un conocimiento más que mediano de la música y su amor hacia la misma como síntoma de delicadeza y sensibilidad. Los personajes con prestancia social son negativos: el alcalde es un instrumento en manos del cacique; el médico, boticario, maestro y albéitar, son instruidos, liberales (desean compendiar religión y libertad); los ateos republicanos son enemigos de los curas que, sin embargo, los admiran por sus conocimientos modernos y alejamiento de la práctica neotomista; el resto de la sociedad lo compone gente ignorante, zafia, ladina, criticones, maledicientes y difamadores. Al cura le exige el pueblo un "ama", concubina o barragana, para tranquilidad de esposas e hijas, es decir, para guardar las apariencias. La concepción del mundo es muy simple: se trata de supervivir y situarse en la esfera de los ricos a cualquier precio una vez comprobado que la bondad no sirve para medrar o alcanzar el puesto para el que se siente capacitado el cura protagonista.

La estructura novelística podríamos considerarla dividida en dos partes: una doctrinal e ideológica, cargada de citas evangélicas o de los Santos Padres con carácter irónico probadoras de lo contrario que efectúa, asevera o practica el común del clero, unos, los frailes, por su propia maldad y degeneración y otros por buscar sólo el sobrevivivir. La otra correspondería al desarrollo de la acción ficcional.

Otras características comunes son: la presencia de una excusa o hecho casual para la escritura de la novela; el aprendizaje inicial de la maldad del cura bueno a través de un fraile desengañado: siempre hay alguno que abre los ojos y que, además, se presenta de modo inesperado, lo que añade nuevos elementos y derroteros a la novela y su continuación; presencia de un narrador omnisciente con determinadas fórmulas introductorias de carácter variado, comentarios autoriales, a través de los cuales podemos conocer las características del lector de este tipo de novela, bien expresados como apelaciones al lector, "¿creerá el lector que...?", "como verá el lector", "figúrese el lector", "tendré que esforzarme muy poco para el que tenga la paciencia de leerme", "el clero de Madrid no me dejará mentir", o como comentarios dirigidos implícitamente al lector, "pero merece ya capítulo aparte", "aquí sería ocasión de escribir"; aparición del personaje femenino como protagonista y su valoración positiva, frente al carácter doméstico de la mujer burguesa: la mujer en el claustro no es reflejo de la actitud general de la mujer en la época; son participativas: unas representan el papel que los carlistas hacen en la vida real y otras, las vencidas en principio, son las que generan diversidad de acciones para que al final la maldad sea derrotada y se restaure un principio democrático en cierto modo; final feliz convencional como corresponde al género folletinesco.

Tras este estudio de la novela anticlerical de final del siglo XIX, se advierte la posibilidad de afectuar un análisis estructural aplicando la metodología de Propp (1981 5 ) para el cuento popular. Las funciones que efectúan los personajes vendrían a dar casi el mismo esquema si se analizaran en un conjunto de este tipo de novelas.

2.3. Vertiente moral de la novela anticlerical

Al clérigo novelista anticlerical no se le olvida jamás que es un cura. Las distintas razones que le llevan desde la rebeldía a la excomunión tienen detrás, aunque sea como un componente más, una situación injusta. Si el clero alto, la jerarquía clerical, domina la sociedad y por ende al mismo clero, el sacerdote novelista anticlerical exige a la Iglesia una ejemplaridad para que la sociedad pueda ser más moral. Por ello critica la situación actual, (en aquel momento, claro), del clero, sobre todo del alto, y los errores que, según él, ha cometido la Iglesia como tal (matrimonio, dispensas, bulas, medios de conseguir dinero, baja instrucción del clero) que es, lo que en definitiva, ha llevado a la Iglesia al estado en que se encuentra (encontraba entonces). Entendemos que el sacerdote novelista anticlerical es un reformador desde el extremo opuesto al clericalismo, por eso le repugna la adhesión de los frailes y sacerdotes al carlismo y la alianza altar-trono. Su novela es realista porque su realidad espiritual choca duramente con la realidad que encuentra en la calle, con la consideración social que el cura rural o el de parroquia pobre padece. Su autoestima, y también su propia soberbia humana, le lleva a traspasar los límites de una crítica aversiva y adentrarse en los terrenos dogmáticos. Esto lo hace con cierta vileza toda vez que sólo descubre lo más bajo del clero (materia anticlerical) para, de este modo, quedarse fuera de un estatus al que no ha llegado porque no ha podido o no ha sabido. No tiene otras motivaciones intelectuales. Siempre permanece dentro de la Iglesia y ni siquiera se confiesa librepensador, masón o republicano socialista. El sacerdote novelista anticlerical es un hombre que ha perdido la esperanza de que la doctrina tradicional de la Iglesia (matrimonio del clero, por ejemplo) cambie. Además de encenagado, es un hombre "humano". Por eso, no existe en ellos la novela anticlerical atea, sino la novela anticlerical antieclesiástica. Podríamos, pues, hablar de la vertiente moral de la novela anticlerical por cuanto supone un modo diferente de comportamiento. En este caso, la novela anticlerical sería ejemplificadora al presentar modelos negativos de conducta a evitar.

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