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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por José Manuel Quiles Molino
laertes36@yahoo.es


NO SOY UN ANIMAL SOCIAL

Me llamo José de David, nombre judío que llevo a pesar de haber nacido en el seno de una familia católica de las de misa de domingo y fiestas de guardar. Tal vez mis antepasados estaban entre aquellos judíos conversos, que se convirtieron de verdad; o bien fueron sus hijos, quienes adoctrinados para ejercer una religión pública y otra privada, acabaron cansándose y renunciando a aquella que les era más incómoda.

Soy oriundo de Llerena, provincia de Badajoz, un pueblo oscuro que malvive en el desierto extremeño de la poca ganadería y una agricultura difícil, solamente comparable a la que da la tierra de Castilla. Mi padre era un hombre inculto y hambriento que llegó a prosperar gracias a su mucha iniciativa; comprando reses aquí para venderlas allí, asociándose con los pequeños agricultores de la zona, formando cooperativas, para que su ganado, harto de pastar, fuera el más gordo y cotizado de la comarca, haciendo de corredor de fincas para sus ricos clientes, y embarcándose en mil negocios más, que siempre llevaba a buen término gracias a su fino olfato de especulador, un como sexto sentido que poseía para los negocios. De toda la familia, siempre fue el que tuvo más características semíticas.

De niño demostré poseer cualidades para la música, la literatura y las matemáticas- podríamos decir que estaba dotado para las artes- con una precocidad tan grande, que mis padres tuvieron el desacierto de llevarme a un psicólogo para que midiera mi inteligencia, que resultó ser mucha. A los seis años ya tocaba el piano con razonable buen tino y gusto exquisito. Escribía cuentos, que después leía a los demás niños del colegio, con gran deleite de todos, incluso de don Nicolás, el maestro.

Lo que más me gustaba de todo, eran las matemáticas. Me divertían en extremo. Me hacía gracia el encontrarles aplicación en cada situación. Don Nicolás, que era un gran sabio, decía, asimilando las matemáticas a la llave de siete pulgadas, que poseyendo las herramientas adecuadas era posible traducirlo todo a un lenguaje matemático; incluso las reacciones y los sentimientos del ser humano, hasta la libertad y la poesía. Yo le escuchaba embobado, y aunque no tenía las herramientas necesarias para entender todo aquello aún, creía a pies juntillas, intuía, que lo que decía don Nicolás tenía que ser forzosamente cierto.

Pronto se acabaron el piano y los cuentos. Mi padre, cuyo sentido de la pragmática estaba más desarrollado que su olfato para los negocios, quería que yo fuera futbolista o empresario, y no le parecía bien que malgastase mi tiempo con aquellos pasatiempos tan infructuosos. Lo que más le molestaba era mi afición a escribir cuentos.- No es un oficio serio- decía- hay que estar loco para dedicarse a algo que consiste en sacarse todas las ideas extrañas y las locuras que la gente normalmente lleva bien escondidas en la cabeza, y exponerlas, sin pudor, para que las vean los demás.

A mis diez años, harto de un hijo que jugaba al fútbol con desgana y al que no podía sacar de la cabeza los cuentos y las canciones, me internó en un colegio de curas en Cáceres, argumentando que los jesuitas eran grandes pedagogos. Yo creo que me envió porque me consideraba un estorbo- como el baúl viejo, herencia familiar de mi madre, con el que tropezaba tan a menudo, hasta que lo mandó poner en el desván-.

No me fue mejor con los jesuitas. A fuerza de atormentarnos a mis compañeros y a mí con la disciplina de la religión y de amenazarnos con el infierno poco a poco nos iban ensuciando el alma y nos embrutecíamos, e incluso olvidábamos lo poco que traíamos aprendido.

Yo, de ánimo sensible y asustadizo como era, estaba obsesionado con la idea de la muerte y el infierno. Toda mala acción era reprendida con dureza, todo conducía indefectiblemente al infierno. Particularmente me obsesionaba la participación en la eucaristía; no alcanzaba a comprender como un alma estaba condenada al infierno, por más inocente y pura que fuera, y, sin embargo, otras que en vida fueran malas y dañinas tenían un lugar entre los ángeles del cielo, sólo por el hecho de haber comulgado religiosamente con todas las obligaciones de la fe cristiana.

Como el purgatorio y el infierno me aterraban, me pasaba el día rezando en la capilla como un auténtico fanático. Y los jesuitas, viendo cómo sus métodos de enseñanza surtían tan maravilloso efecto en mí, confundieron miedo con devoción y decidieron que yo iba para cura, y que debía tomar los hábitos cuanto antes. Mi padre, quien ya solamente esperaba de mí que no le entorpeciera el paso con mi presencia, accedió de buen grado a los deseos de mis maestros y se acordó mi ingreso inminente en el seminario, del mismo modo que habría accedido al traslado del baúl viejo del desván a la casa de empeño.

Mi suerte estaba echada. Ingresaría en el seminario en cuanto terminara la secundaria. Y así habría sido, si en un último instante de lucidez no hubiera decidido tomar las riendas por mí mismo. Me fui derechito a hablar con mi padre y le dije que si no quería tener a su hijo en casa pues bien, pero que yo no tenía intención de hacerme cura sólo para su comodidad. Amenacé con echarme a vivir en la calle y a delinquir si era necesario.

Mi padre, quien en su vida jamás dio su brazo a torcer, viendo a mi pobre madre cómo lloraba y se consumía de la pena, accedió a mi petición y fue cancelado mi ingreso en el seminario, con gran disgusto de mis maestros, a cambio de que yo me comprometiera a marcharme a estudiar a Madrid empresariales o ciencias de la economía.

Me trasladé a Madrid dispuesto a cumplir de la peor manera posible los términos de mi contrato. Gracias a mi talento, que conservaba en menor medida después del paso por los jesuitas, aprobaba por los pelos, aunque a mí en la facultad de empresariales el pelo no me lo veían.

Pasaba el tiempo con mis nuevos amigos: una caterva de haraganes pseudoartistas, que se las daban de bohemios y a quienes únicamente interesaba vivir hedonísticamente. También yo me fui acostumbrando a la molicie, convenciéndome a mí mismo de la legitimidad de mi estilo de vida, regalándome los oídos con mil antropocéntricos argumentos.

Me habitué a las salidas nocturnas y al sexo casual, al humo del tabaco, a los efectos del alcohol y a las drogas. Me entregué a placeres excesivos con compulsión, casi con rabia. Creo que así me vengaba de mi padre, de la Iglesia y de Dios- o tal vez sólo busque ahora justificar aquel comportamiento mío de aquellos años-. No puedo decir con certeza cuales eran mis motivos para actuar de aquel modo, fue una época turbulenta, pero sí que cada noche salía pareciendo buscar la muerte, y con ella el infierno.

El único favor que en mi vida me hizo mi padre, curiosamente fue el único gesto que en su vida hizo con intención de dañarme. Me retiró totalmente los fondos que mensualmente eran destinados a mi educación. Recuerdo aquel día en que, con el correo, llegó una carta con el matasellos de Badajoz. En ella se me comunicaba que me era retirada mi asignación y se me advertía de que no osara presentarme en el hogar de mi familia, a no ser que, como vulgar intruso, quisiera que me fueran echados los perros.

Confieso que en un principio fue duro. Algunas noches pude dormir en un albergue y otras no me quedó más remedio que hacerlo al raso. Llegué a sufrir por causa del hambre y el frío, y pase calamidades de todo tipo- de las que sólo pueden llegar a hacerse una idea aquellos que han tenido que vivir en la calle-.

Por fortuna, junto con el alcohol y las drogas, durante mi etapa más crápula también me había aficionado a los juegos de cartas, descubriendo, para mi sorpresa, que estaba bien dotado para el ejercicio del tahuresco oficio. Así que lo que en un principio no pasó de ser un entretenimiento más con el que distraerme para no caer en la tentación de asistir a las clases de la facultad, terminó convirtiéndose en la única fuente de mis ingresos.

Reconozco que no me ganaba mal la vida, y que no me desagradaba en absoluto este continuo trajinar de timba en timba. Mis partidas favoritas eran las que se jugaban en los casinos de los pueblos. Por lo general, en esas timbas, no se suelen encontrar jugadores profesionales, que prefieren las grandes partidas clandestinas que se montan en Madrid o Barcelona, donde se llegan a apostar auténticas fortunas, y un hombre puede pasar de pobre a rico en una sola noche y viceversa.

Nunca fui un tahúr por vocación. No sentía ningún interés en la emoción del juego. Yo hacía mi juego seguro para, migaja a migaja, ir reuniendo cada noche un beneficio discreto que me permitiera vivir holgadamente y sin esfuerzo.

Incluso en ocasiones me dejaba ganar alguna mano de poco beneficio, y hasta llegué a retirarme de la mesa cuando estaba en plena racha y los pichones picados y listos para el desplume -no era cuestión de recoger todo el grano en una sola noche-. Habría sido una gran avaricia, correr el riesgo de que se me cerraran las puertas de los casinos de pueblo, con lo que no me habría quedado más remedio que pasar a los circuitos profesionales.

No era extraño, a pesar de toda mi cautela, que de vez en cuando coincidiera en una mesa con un jugador profesional. Entonces el enfrentamiento se hacía forzoso. En la mayoría de esas ocasiones no queda más remedio que dar la noche por perdida. El jugador profesional siempre fuerza apuestas altas al final de la noche, con lo que o se acepta el riesgo, o se retira uno con una perdida razonablemente alta, aunque menor en comparación a aquello a lo que el tahúr está acostumbrado. Esa fue la característica principal que siempre me diferenció de los apostadores profesionales. Para ellos el juego es una necesidad vital; viven para el riesgo de la apuesta fuerte; tanto da si se gana o se pierde. Para mí no era más que una buena forma de ganarme la vida.

Otra característica importante que me hacía fundamentalmente distinto de los auténticos jugadores era mi naturaleza escéptica. Gracias a esta cualidad sobreviví con éxito a muchas partidas ante auténticos tahúres; y ello se debe a que el auténtico jugador es indefectiblemente supersticioso.

Tanto es así, que en las timbas de cartas siempre se hacen acompañar por quienes ellos llaman sus “quemadores”- gafes que no tienen otra función que la de quemar la racha de un contrincante-.

Si el jugador está de mala suerte, llama a su quemador para que se acerque a la mesa y ejerza su influjo negativo contra el rival que esté en racha- quien supuestamente está bloqueando su juego-. Es tanta la creencia de los jugadores en esta superstición, que en ocasiones es suficiente la presencia de un quemador poderoso para que se rompa la racha de un jugador y pierda toda la ganancia de la noche. Obviamente no hay tal, sino que el jugador cree tanto en la autenticidad del mito que se pone nervioso en presencia del quemador, con lo que su juego se va a la mierda.

Vean ustedes si es importante la figura del quemador, que los hay tan cotizados que no aceptan un trabajo por una comisión inferior al cincuenta por cien. Estos, por lo general, suelen ser las personas más feas, deformadas y desagradables en el trato que se pueda uno echar a la cara. De entre estos, los más reputados son siempre los bizcos.

Como yo no creía en nada y no me hacía ni frío ni calor que hubiera un bizco mirándome fijamente durante toda la noche, mi juego nunca se resentía. Cuando un jugador quería quemarme, yo le dejaba hacer. Al rato, cuando jugador y quemador empezaban a mosquearse, yo hacía venir a mi propio quemador, un amigo que decidió echarse al oficio sin ser bizco, ni tuerto, ni chepado, ni siquiera feo- únicamente tenía una enorme cicatriz en la cara que conservaba de un botellazo en una pelea, que le dotaba de tan pocos poderes que ningún jugador hubiera contando con él en una partida de cartas-. No era inusual que el jugador, nervioso, viéndome tan tranquilo ante el efecto continuo de su quemador, acabara él mismo quemado ante la pobre cicatriz de mi socio.

Lo peor de aquella vida eran las redadas ocasionales. Era inevitable, puesto que la mayoría de las partidas se celebraban en la clandestinidad, que de vez en cuando se lo llevaran a uno a dormir en el cuartelillo del pueblo después de haberle dado, en el peor de los casos, cuatro palos que uno debía encajar estoicamente, con profesionalidad y paciencia.

Todavía no me creo la mala suerte que tuvimos René- pues así se llamaba mi socio, aunque era más conocido por el “Zanahorio”, debido al color de su pelo- y yo mismo. Pero sobre todo el pobre René.

Sucedió en cierto pueblo de la costa levantina, cuyo nombre callaré por precaución, de esos que hibernan tristemente durante el invierno y bullen de actividad los meses de verano, donde se reúnen las especies nocturnas en el ejercicio de actividades ilegítimas, y donde puede pasar, y pasa, prácticamente de todo.

El Zanahorio acabó como acaban casi todos los truhanes pendencieros, por efecto de la fatalidad que siempre les acompaña. Entraron, como cada noche en el casino (esto lo supe después), los agentes del retén de guardia de la benemérita, que mataban con pasatiempos etílicos las horas, entre el casino y el puticlub del pueblo.

Quiso la mala fortuna que uno de los agentes reconociera al Zanahorio de cierta ocasión, en un destino anterior, en la que hallándose mi socio detenido y sin medios con que pagar la fianza decretada cautelarmente por el juez, no tuviera otra ocurrencia el pobre Zanahorio que la de escaparse en un descuido del agente de guardia cuando lo sacaron para ir al retrete.

A raíz de aquello el agente fue expedientado y suspendido de empleo y sueldo durante dos meses; cosa que no le sentó nada bien. Ni que decir tiene que le reconoció en el acto. Esa fue la noche en la que quemaron al Zanahorio.

Se abalanzaron sobre él y le engrilletaron las manos. Acto seguido, recibió una brutal paliza, que le propinaron cuatro agentes ebrios de alcohol y testosterona. La somanta fue tan dura que difícilmente podría haber salido de aquella el Zanahorio. No obstante, para que no fuera a parecer que cuatro honrados agentes de la guardia civil habían matado a un pobre delincuente, delante de media docena de testigos, en un arrebato, cogieron al Zanahorio y se lo llevaron de allí en volandas. También fue mala suerte que se les cayera escaleras abajo y se partiera el cuello.

Otro de los agentes me detuvo cuando intentaba escabullirme. Me avergüenza admitir que hubiera huido, pero poco podía hacer por honrar la memoria de mi compinche.

Aquella fue la noche más larga de mi vida. Ni recuerdo exactamente qué es lo que pasó. Esa noche la tengo como borrada de la memoria. Una especie de bruma se interpone entre mi consciente y el recuerdo de aquellos sucesos. Sólo que debí recibir una paliza tan grande que al despuntar el nuevo día estuve dispuesto a firmar una declaración testificando sobre la muerte accidental del detenido René Avernau Marín, alias el Zanahorio; contando como quiso huir y se precipitó escaleras abajo con gran consternación de los agentes de las fuerzas de seguridad del estado.

Lo que no habían conseguido los curas, ni mi padre, ni los profesores de la facultad en toda una vida, lo consiguieron los agentes de la guardia civil en una sola noche. Esa noche se me quebró la voluntad.

Se acabaron las partidas de cartas, el alcohol y las drogas. Quise alejarme de ese vivir clandestino y autodestructivo. Fui a ver a mi padre y me arrastré ante él suplicando una última oportunidad. Una vez más fue el llanto de mi madre el que obró el milagro. Mi padre se ablandó y aceptó nuevamente a su único hijo. Volví a Madrid y acabé con mis estudios de empresariales, aunque seguía detestándolos. Pocos años más tarde murió mi padre y heredé sus negocios al frente de la que se había convertido en una próspera compañía.

Y supongo que eso es todo. Esa es la historia de cómo aquel niño, que tanto prometía, quedó al final en nada. En el hombre oscuro y gris que soy hoy; hecho un infiel por venganza, ignorante por necesidad e infeliz por obligación.

No faltará quien diga que eso es al cabo la vida. Que mi historia no tiene nada de especial. Que trata sobre llegar a la madurez- los que los psicólogos llaman socialización-. Que no consiste sino en que la conducta del niño se vaya adaptando a las normas existentes y a la propia realidad, para que ocupe el lugar que la sociedad le tiene destinado como hombre.

Si eso es así, sería preferible que cada cual creciera como un salvaje. Que el instinto le guiara en cada paso hacia la madurez emocional de forma natural, en completa libertad de acción y pensamiento.

Ahora tengo un hijo y así es como quiero que crezca, sin imposiciones sobre lo que hacer o cómo pensar. Le dejaré tomar sus propias decisiones y le apoyaré en ellas. No le voy a imponer aquello que debe ser en la vida. Tanto si quiere dedicarse al arte como si rechaza tener una educación porque su vocación le empuja a ser un completo ignorante.

Si resulta ser judío como el abuelo, pronto heredará la compañía y yo podré retirarme. Y si lo que es según su arte y naturaleza, es un jaque bullanguero, un truhán pendenciero como el Zanahorio, en fin… prometo que no dejaré de pagar ni una sola vez las fianzas que dicte el juez para que no acabe rodando escaleras abajo con las manos engrilletadas. Aunque eso, ya se sabe, es cosa de la fatalidad, y quizás sea inevitable.


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