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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


José Ramón Plens Mor
jrplens.flexiplan@eulen.com

EL FIN

Al abrir los ojos me doy cuenta de que no estoy en mi casa .La cabeza me da vueltas, la boca no la puedo abrir, una terrible sequedad la mantiene pegada, soy incapaz de recordar lo que ocurrió la noche anterior; la conciencia me muerde cruelmente. Mi ropa está tirada en el suelo, sólo la corbata estaba colgada en una vieja percha. A mi lado no hay nadie, no escucho ningún ruido. No quiero levantarme, antes tengo que pensar en la noche anterior y sobre todo en María José, ¡Cuántas veces le prometí que iba a cambiar! .

Iba recordando lo sucedido, el Púb., las cervezas, la rubia excitante, ..... Me visto, el pantalón de franela está completamente arrugado, dos manchas en mi elegante camisa azul, reflejaban con exactitud mi libertino comportamiento nocturno.

Son las doce del mediodía; estoy resignado, sé que todo va a terminar entre nosotros. Llego a casa; abro la puerta sin temor, no tengo excusas, soy indomable. María José está sentada en el sofá, me mira con ojos tristes, le sonrío con ternura y me dirijo a nuestra habitación; allí estaba mi maleta, encima de la cama; a su lado el anillo que le regalé por Navidad y unas cuantas fotos; lo recojo todo, ni tan siquiera le digo nada, las llaves las dejo en la mesilla de noche. Ya estoy en la calle, unas gotas de agua gruesas y dispersas caen frías sobre mi cabeza; aquella lluvia reflejaba el final. ¡Y la sigo queriendo tanto!

EL RÍO

Era costumbre en mí ir cada domingo a contemplar la parte abrupta del río.

Aquel paraje siempre me atrajo; para acceder a él, tenía que recorrer unos quinientos metros de angosto camino rodeado de enormes matorrales. Una vez llegado a mi destino, podía observar el viejo y robusto puente de madera que cruzaba el río y las dos tupidas alamedas que lo flanqueaban ; ambos parecían velar por su tranquilidad. Llamaba la atención la enorme cantidad de pájaros que sobrevolaban aquella corriente de susurros uniformes. A poca distancia del puente, había un tramo en el que el río descansaba y parecía formar un estanque; en él, los nenúfares, bellas y femeninas flores de nombre masculino, emergían orgullosos de aquellas tranquilas aguas, cobijando con sus anchas hojas a los pequeños e inquietos gobios que huían del sol.

Allí me sentía bien, mis zozobras se desvanecían y mi alma alcanzaba el umbral del equilibrio interior. Apoyado en el barandal del puente y sin dejar de observar aquel magnífico lienzo, escudriñaba mi azarosa vida cotidiana; ¿valía la pena esta lucha constante por destacar en la vida? ¿ era noble sobrevivir arrastrado voluntaria y cobardemente por la corriente de la docilidad para sortear sin sobresaltos los vericuetos que la sociedad imponía? ¿era inherente en mí el anhelo de aparecer bien ante los demás? ¿tan importante era lo que pensaran otros sobre mí? ¿estas escapadas al río eran otra forma de cobardía para sentirme mejor con el solo fin de soportar mi mezquindad?.

Siempre me hacía las mismas preguntas, siempre me quedaban las mismas dudas.

Al caer la tarde decidí volver a la ciudad; mientras mis pasos se ahogaban en el lodo que barnizaba el camino, sentía que dejaba atrás mi bálsamo semanal; los pájaros ya no sobrevolaban el paisaje; la poca luz deslucía la belleza de los nenúfares e incluso el dulce y tranquilo rumor del agua se estaba agitando; al mismo tiempo la corriente parecía inquietarse y de los susurros pasó a los lamentos.

-¡María, coño, siempre igual, no hay una puta cerveza en la nevera!

La miré furioso, fulminante. Abrí la puerta de casa, la cerré tras de mí con violencia y me dirigí al bar a ver el fútbol.

UN DÍA NORMAL

La anciana del 4º estaba alineando cuidadosamente los geranios de porte colgante y hojas carnosas en su viejo balcón, tanto los acercaba al exterior que parecía que éstos estuvieran observando con curiosidad el divertido ajetreo de la calle en un día normal. Mientras, en el 3º A, una linda adolescente, envuelta en una toalla, se estaba secando su rizada melena negra en medio de alegres melodías que una moderna radio emitía a gran volumen. Debajo de ella, en el 2º A, un hombre de mediana edad vociferaba y gesticulaba airadamente a través de su móvil, a su lado, la que podría ser su mujer, se mordía nerviosamente las uñas mientras le observaba con preocupación. Simultáneamente, el editor del 1º B, devoraba con ansiedad, no se qué textos, en su ordenador portátil entretanto consumía con avidez, un cigarrillo tras otro. A todo esto, la pareja de profesores del 2º B,, salía del portal con su perro, que como todos los días, levantaba la pata en la puerta del quiosco y nos obsequiaba, orgulloso, con un largo y uniforme pis. Los dispares e impacientes bocinazos de los automovilistas eran parte perenne del paisaje, tanto era así que incluso al irascible portero de la finca parecían no molestarle.

Y yo, sentado en el sillón enfrente de mi ventanal, apuraba como siembre a las 8 de la tarde un Wisky escocés.

Suspiré con tranquilidad; era un día normal

 

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