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  Guías culturales

RELATOS


Por Juan Carlos Domínguez Siemens
jcdsiemens@yahoo.es


Y LA ABUELA SE FUE A PARÍS

Así fue como ocurrió, un buen día se levantó de la cama y dijo: me voy a París, sus hijos la miraron con cara de no creérselo pensando que era una locura de mamá. Por eso todos continuaron sus vidas sin darle importancia a aquellas palabras. Claro que la abuela tenía noventa y cuatro años cuando le dio aquel arranque, como iba nadie a suponer que tres días después, a la hora del té, cuando fueron de visita a su casa encontrarían a la chica de la limpieza desolada y una nota pegada con alfileres a la chaqueta del abuelo que decía:
Queridos hijos, me fui de vacaciones a París, si queréis hablar conmigo estoy en la habitación 3397 del hotel Ritz, el número está en mi agenda. Cuiden de Padre hasta mi vuelta. Os quiero.
Besos Mamá.
Aquella aciaga tarde se le atragantó la el té a la familia. El tío Fulgencio llamó a retreta y en su casa se reunieron los seis hijos y los nietos mayores. La familia se sentó en la larga mesa de comedor heredada por el tío Fulgencio de la bisabuela Ernestina, que a su vez lo había heredado de su bisabuelo Cándido, general español héroe en varias batallas coloniales y orgullo familiar.

Por riguroso orden de edad y parentesco se dispusieron a la mesa, el tío Fulgencio a la cabecera, puesto, que le correspondía por ser el hermano mayor. Era un hombre grave, alto, con buen porte para su edad, estirado como el palo de una escoba, lucía un mostacho un poco cursi estilo inglés de esos que se atusan hacia arriba desde sus puntas, movimiento que solía hacer con frecuencia para aparentar un aplomo del que carecía.
A su diestra, la tía Águeda pizpireta y sonriente como siempre. Encantada de haberse conocido, era una mujer de edad indefinida, coqueta y atractiva. Siempre le estaba sacando punta a todo y nada escapaba de su agudo sentido del humor.

A la siniestra, y nunca mejor dicho, se sentaba la tía Ernestina, que de la bisabuela no sólo había heredado el nombre sino también el vestuario y la mala uva de viuda solterona a los sesenta y tres años. Ernestina como siempre miraba de reojo y cara de disgusto a la tía Águeda, no soportaba su eterno buen humor y alegría de vivir que consideraba una indecencia y una inmoralidad, sobre todo porque seguía aparentando ser diez años más joven que ella aún siendo su gemela. El carácter agrio y la lengua venenosa de la tía Ernestina eran temibles y en la familia todos nos guardábamos bien de no ponernos nunca a su alcance.

El tío Mario se sentaba junto Ernestina, como siempre estaba en la inopia no solía enterarse de sus dardos venenosos. Su mirada se perdía detrás de unas gafas de culo de botella que junto a su proverbial despiste y su aspecto desaliñado, le daban aires de científico loco y sabio, a pesar de ser un simple linotipista en una imprenta de mala muerte.

El tío Luis se sentó junto a Águeda, su hermana preferida. El tío Luis era el dandi de la familia, alto, rubio, guapo y con mucho éxito entre las mujeres, a pesar de ser homosexual declarado, condición que nunca escondió a la familia desde el día en que se descubrió a sí mismo perdidamente enamorado de un pipiolo de diecinueve años que lo miraba con embeleso desde unos ojazos verdes y largas pestañas negras. Hecho que acaeció públicamente durante el estreno de El Lago de los Cisnes con un bailarín del ballet del Bolshoi. De eso hacía más de treinta años, pero el escándalo social aún estremecía a la tía Ernestina, que achaca a aquel evento los veinte quilos de sobrepeso que padece desde que estuvo dos meses encerrada en casa sin salir por la vergüenza y el oprobio. Aquel bailarín fue su primera aventura, pero sus gustos no habían cambiado mucho con la edad y seguía rodeándose de jóvenes efebos de nacionalidades diversas, según el gusto y la disponibilidad del momento. Aunque reconoce tener una especial debilidad por los muchachos rusos, idioma que domina a la perfección de tanto cameo eslavo. De profesión es millonario, logró dar un gran pelotazo en una operación inmobiliaria bendecida por políticos de cierto partido y desde entonces vive como Dios a pesar de que muchas veces predique como Cristo. Es el tío preferido de todos sus sobrinos, no solo por su simpatía sino por su generosidad con todos nosotros, encantado de recibir sablazos familiares, siempre está dispuesto a financiar cualquiera de nuestras aventuras por disparatadas que fueran, cosa que molestaba sobremanera a sus hermanos que intentaban educar a sus hijos en la prudencia, la frugalidad y el ahorro.

Por último estaba el tío Leopoldo que es el menor de los tíos, más cerca del estatus de nieto que de hijo. El tío Leopoldo estaba declarado inútil para la sociedad desde su más tierna infancia, mis tíos lo achacaban a que sus padres habían sido excesivamente blandos con él, quizás tuvieran razón. El caso es que el tío Polo era un hombre peculiar, polifacético, culto, autodidacta y un gran caradura. Pero también era un tipo genial, había recorrido medio mundo con su mochila a cuestas, eso sí, cada cierto tiempo se ponía en contacto con mi abuela para que le enviara dinero, a escondidas de su padre, a los rincones más remotos del mundo para sacarlo de un apuro o financiar la vuelta a casa, fin último de todo viaje según él. A mi abuela le tenía cortado el ombligo, le decía que él era como Ulises en su viaje a Ítaca y que volvía siempre porque ella era su Penélope. Todos sospechábamos que algo de eso había, porque no era normal que a los cincuenta años no hubiera aguantado una relación más de seis meses y siguiera sin irse de casa del todo. Vivía de hacer traducciones al lituano, idioma que aprendió en una estancia de un año en Vilnius, pueden imaginarse los ingresos que puede producir eso. Por supuesto también estaban los sablazos que le daba a mi abuela sin que nadie se enterara y cuando ésta no se dejaba, siempre quedaba el tío Luis.

De los nietos, nada que señalar, estábamos allí de convidados de piedra, sentados en el resto de las sillas que cabían alrededor de la mesa y mirándonos algunos serios y otros sonriendo según el carácter, la inclinación o el conocimiento del caso de cada uno.
-Bueno, ya todos saben por qué estamos aquí, la abuela se ha vuelto loca y se marchó a Paris-dijo el tío Fulgencio sin preámbulos- tenemos que decidir que hacemos. Aunque yo particularmente creo que debemos ir a buscarla y traerla de vuelta antes de que se nos muera.

La verdad es que bastaron esas palabras para inmediatamente ver que había dos facciones en la familia, los que apoyaban la locura y los que la denigraban. El tío Fulgencio y la tía Ernestina eran los que más vehementemente hablaban y reclamaban a los demás una acción drástica para cortar por lo sano aquel dislate. A la tía Águeda y al tío Luis aquella ocurrencia de su madre les parecía genial y recriminaban a sus hermanos su sentido trágico de la vida. Un tercer grupo lo formaban e los tíos Mario y Leopoldo que permanecían perdidos en sus pensamientos sin opinar ni aparentemente enterarse de nada de lo que allí se decía.

Estuvieron una hora más o menos en una especie de partida de ping-pong dialéctica, con recriminaciones mutuas y elevación del tono de voz con el consiguiente caldeo del ambiente. Hasta que me di cuenta de que había llegado el momento de seguir las instrucciones que mi abuela me había dado. Justo en el momento en que el tío Fulgencio fuera de sus casillas soltando imprecaciones iba a dar un puñetazo en la mesa, me levanté y alzando mi voz por encima del griterío dije:
-¡UN MOMENTO!, traigo un mensaje que la abuela me dejó para que lo oyéramos todos.
El golpe de efecto fue instantáneo, todos se volvieron para mirarme, incluso el tío Polo y el tío Mario salieron de su ensimismamiento y me miraron con atención. Siguiendo con la tradición familiar fue el tío Fulgencio el que se dirigió a mí para espetarme un malhumorado:
- ¿eso qué significa?
- Que la abuela grabó un mensaje de video antes de irse.
- ¿Y cómo es que lo tienes tú y porqué lo has ocultado hasta ahora?
- Vamos a ver, antes que nada, cálmense todos y dejen que les explique.-respondí yo, no sin cierto canguelo por la rabia con la que me miraban el tío Fulgencio y la tía Ernestina- La abuela me llamó para que la llevara al aeropuerto y me dio esta cinta de video para que lo viéramos todos juntos cuando se produjese esta reunión, que ella sabía que se iba a convocar. Las instrucciones fueron claras, cuando llevásemos una hora discutiendo y la cosa se pasara de tensa tenía que pararlos y obligarles a ver la cinta. Como he visto que la vena del cuello se te iba a explotar, tío, decidí que este es el momento. Y aquí está- dije enseñando la cinta y haciéndole una seña a mi prima Casandra, que encendió la televisión y el Video que, sin que los demás se percataran, había introducido en el comedor con su mesa de ruedas. Introduje la cinta y todos expectantes quedaron hipnotizados mirando la televisión.

La imagen de la abuela sonriente apareció en la pantalla y empezó a hablarnos de esta manera:
-Queridos hijos y nietos, si en algo conozco esta familia, sé que en este momento están todos reunidos en el comedor familiar de Fulgencito -el tío se puso colorado porque odiaba que lo llamara así- también soy capaz de imaginar la discusión que ha habido entre ustedes acerca de mi viaje a Paris. Pero ahora quiero que escuchen atentamente todo lo que les voy a decir, sin interrumpir puesto que yo no estaré allí para escuchar las réplicas. -Y dicho esto empezó:
-No me he venido sola a Paris, me acompaña Pascual mi enfermero y fisioterapeuta desde hace cinco años, he descubierto en él a ese hombre joven y fuerte que toda mujer llegada a cierta edad necesita para rejuvenecer su alma. El cariño con el que me ha tratado y el mimo con el que ha cuidado mi cuerpo, que todos, incluso yo misma, han llegado a mirar con repelús; ha hecho que poco a poco creciera en mí un sentimiento olvidado desde hace años. Me acaricia con una suavidad y ternura como no recordaba desde hace cincuenta años. Sin quererlo el amor ha crecido entre nosotros como una pasión desenfrenada, al punto que hemos decidido marcharnos a Paris a vivir con plenitud esta lujuriosa y desgarrada aventura que pienso disfrutar hasta que estos desgastados huesos vayan a dar su último reposo a la tumba. No se preocupen porque la diferencia de edad sea de más de medio siglo, a él no le importa y a mi...menos. Adiós, cuídense mucho y ni se les ocurra venir a buscarme. -diciendo esto soltó una risotada y la pantalla quedó en blanco-
Después de un minuto de silencio en el que hasta las moscas suspendieron el vuelo, se oyó un grito desgarrador y la tía Ernestina cayó redonda al suelo con un pasmo. El tío Fulgencio, blanco como el papel se levantó echándose mano al pecho, hasta la tía Águeda y el tío Luis quedaron desconcertados sin saber qué hacer o que decir. Polo, se sujetaba la cabeza con las manos y balbuceaba incrédulo. El tío Mario se perdió tanto en su mundo que dudé si alguna vez volvería de él.
….
Al cabo de quince días la abuela regresó de París, nunca ha vuelto a ser la misma, pero la pícara sonrisa que ilumina su cara cada vez que se le pregunta por el viaje, demuestra que tuvo que ser especial para ella. Para la familia desde luego lo fue, después de aquella reunión que terminó como el rosario de la aurora, ha costado casi un año volver a sentarlos a todos a la misma mesa. Ocurrió con motivo del ciento un cumpleaños del abuelo y las aguas volvieron a su cauce natural tras soplar entre todos las ciento una velas que le encendieron, motivo de jolgorio y risas.
Algunos no perdonaron aquella aventura, pero otros sonreímos siempre al recordarlo. Ella nunca ha querido decir nada de aquel viaje, pero sé que tiene una larga carta escrita, para abrirla después de su muerte. El contenido de la misma será motivo de otro relato que ya escribiré en su momento.
Pascual se salvó por los pelos del despido, gracias a que mi abuela amenazó con desherencia general y huelga de hambre particular, al final se salió con la suya y Pascual sigue masajeando su cuerpo con ternura y manos amorosas.

Fin

LA NOCHE EN QUE LA LUNA VINO A CENAR

Una noche la luna vino a cenar, la verdad es que nos cogió a todos de sorpresa, hacía calor y nos sentamos a la mesa del comedor con la ventana abierta. De repente se fue la luz y ella se coló por la ventana sin haber sido invitada. Mi abuelo que es un hombre de fuerte carácter pero muy bien educado, miraba su figura redonda y refulgente con bastante mal humor, sin saber cómo echarla de una mesa a la que no había sido convidada. Mi tía Mákeles, divertida se reía de su oronda y llena cara, mientras mi abuela sin inmutarse se levantó a poner otro plato a la mesa.
Yo miraba la escena alucinado sin saber que decir o cómo reaccionar, pero como en aquella casa todo era tan normal, simplemente me acerqué a darle un beso con sabor a queso. Mi tío Bubi no cabía en sí de gozo y rápidamente y con gran enfado por parte de mi abuelo que no soportaba el desorden, se levantó a buscar papel y lápiz para escribirle una canción. Mi abuela trataba de apaciguar a su marido que empezaba a echar chispas por sus ojos azules y cejas electrizadas. Por lo bajo le decía mi abuelo para no ser impertinente:
-Madre ¿Quién es esta señora que se ha sentado a la mesa sin ser invitada?-ya he dicho que mi abuelo a pesar de su carácter es de una educación exquisita-
-Es la luna que ha venido a visitarnos en esta noche sin luz.
-¡Pero bueno! ¿¿Qué desatino es ese??¡Cómo va a ser la luna, es que nos hemos vuelto locos en esta casa! –Todo esto era dicho en susurros, sin inmutarse y mientras la luna sonreía a los presentes-
Yo me volví a mi tía Mákeles y le dije por lo bajini para no enfadar más a mi abuelo
-Sabe a queso- mi tía se volvió hacia mí y me respondió susurrando-
-No me lo creo
-¡Que si!
-¡Que no me lo creo!
-Pues pruébala tú para que veas que es verdad-y diciendo esto me volví a la luna que se sentaba a mi lado y le dije con mucha educación:
-¿Puedo quitarle un poco? Y sin esperar respuesta le arranqué un trozo de la espalda para que no se notase. Ella dio un respingo pero no se quejó, estaba demasiado absorta en la música que mi tío Bubi le estaba empezando a tararear. Rápidamente se lo di a Mákeles que se quedó extasiada con el sabor.
-¡Mamá, es verdad que sabe a queso!- Le dijo a mi abuela que escuchaba divertida como Bubi componía una Bossa-nova a la luna que cenaba en casa.
Mi abuelo estaba a punto de estallar por el insoportable caos que le rodeaba, se levantó para ir al baño, más por ver si se sacudía aquella pesadilla que porque tuviera necesidad de visitarlo.
Aprovechando su ausencia, el barullo se convirtió en fiesta y algarabía, Mákeles con la guitarra, Bubi con un timple y todos cantando el estribillo de aquella canción en honor a la luna que se nos coló por la ventana. La canción decía así:

Ay que luna más linda
Más llena de gracia
Fulgió en la ventana
Brilló en nuestra mesa
¡Ay! Que día más grande
La luna lunera entro en nuestra casa
Quería cenaaaaaaar

Así seguía esta canción con varias estrofas que el tiempo ha borrado de mi memoria. Recuerdo que mi abuelo volvió del baño, se encendieron las luces, se fue la luna sin despedirse, se acabaron los timples y las guitarras, la fiesta, la algarabía y el caos y terminamos de cenar como cada noche, a la hora en punto con el orden restablecido y Bubi en silencio. Pero sé que aquello ocurrió y sé también que si en algún sitio del mundo la luna se podía invitar a cenar era en aquella casa donde convivían en perfecto orden un grupo de locos maravillosos.

Dedicado a mi abuela que está convaleciente de la vida, pero que siempre ha sabido soñar.

 

 

 

 


EL TESTAMENTO DE ROMEO MONTESCO-CAPULETO

Mi nombre es Romeo, Romeo Montesco-Capuleto, y los famosos Romeo y Julieta fueron mis abuelos. Hoy en mi lecho de muerte, con ochenta y cinco años cumplidos, quiero legar a mi familia y a sus descendientes una historia que ocurrió aquí en Nápoles cuando yo era un jovenzuelo.
Por si lo quieren saber, no, mis abuelos en verdad no murieron, aunque Shakespeare, para darle un tinte más trágico a la historia así lo quiso contar. El resto si fue verdad, pero al ver la tragedia que se podía haber producido, los Capuleto, padres de la abuela Julieta y los Montesco, padres del abuelo Romeo se reunieron en privado y aun sin arreglar sus diferencias aceptaron la unión de ambos a cambio del destierro.
Salieron de Verona con destino a Nápoles, donde vivieron su amor durante muchos años, en paz y felicidad. Tuvieron once hijos, siete chicos y cuatro chicas. Las familias se repartieron las visitas, así los Capuleto venían a verlos durante la navidad y los Montesco, durante el verano.
La casa de los los Montesco – Capuleto era una hogar pacífico donde pocas veces se hablaba de las rencillas entre ambas familias. Cuando se tocaba el tema, -normalmente después de las visitas de los abuelos que no perdían la oportunidad y en cuanto estaban a solas con los chicos los aleccionaban acerca de las maldades de su otro apellido- los padres inmediatamente zanjaban la cuestión diciendo que eran tiempos de bárbaros y que aquellas cosas jamás debían volver a ocurrir. Demasiados muertos había habido ya en estas familias y la deuda de sangre ya había sido pagada con creces.
Así crecieron los Montesco - Capuleto, en un ambiente de concordia y enterramiento del pasado. Ese mismo espíritu les transmitieron a sus hijos y tanto la abuela Julieta cómo el abuelo Romeo, se encargaban de adoctrinar en ese sentido a sus nietos.
Se encontraron con la muerte en un puente que se hundió mientras paseaban su amor de la mano a los setenta y siete años. Después vino el funeral y como el puente presagió, el mundo se vino abajo.
Entre hijos y nietos, había más de cien de familia aquel aciago día. De Verona llegaron además cien Capuleto y cien Montesco, entre hermanos, primos y sobrinos de los fallecidos. La concordia no había llegado a las familias, aunque hacía años que no había habido muertes entre ellas.
Cómo era costumbre, después de los funerales se dio un gran banquete en el palacio de los Montesco – Capuleto, asistieron más de trescientos familiares a aquel evento y tras las primeras copas de vino el ambiente se fue caldeando.
Las miradas de odio recorrieron la mesa como puñales entre los Capuleto y Los Montesco, hacía muchísimos años que no se sentaban juntos, la desconfianza y el resentimiento era palpable entre ellos. Los hijos y nietos de los fallecidos trataban de quitar hierro al asunto y bromeaban con unos y con otros. Pero la tensión fue creciendo a pesar de sus esfuerzos.
El azar quiso que uno de los Capuleto, inintencionadamente, derramase una copa de vino sobre un Montesco tras un tropezón. Aquello fue considerado una provocación e inició el fuego de las palabras y no tardó mucho en aparecer la primera daga en una mano.
Romeo -mi padre-, el mayor de los hijos de los abuelos, se puso en pie sobre la mesa y dando unos fuertes golpes con su cuchara sobre el plato de metal, acalló el principio de reyerta, reclamando la atención de los presentes y pidiendo calma.
En esos momentos con los dos bandos enfrentados a cada uno de los lados del salón y las mujeres apelotonadas tras la mesa, todos los Montesco – Capuleto, que estaban esperando que algo así ocurriera, se interpusieron entre ellos. Tanto unos como otros les conminaban a decidirse por un bando, unos apelando al honor de la sangre del padre y otros al de la madre.
Cuando mi padre logró hacerse oír, dijo:
Querida familia, es una falta de respeto que no guardéis las formas ni siquiera en el funeral de nuestros padres. Nos pedís que nos definamos, que elijamos entre los dos bandos, siempre uno contra otro y no podemos, somos tanto Capuleto como Montesco, nos educaron así. Entendemos las posiciones de cada uno, entendemos incluso la rabia y el resquemor que producen unos a los otros, pero no lo compartimos. Nosotros hemos puesto en paz nuestra sangre, creemos, como creían nuestros padres que se ha derramado demasiada entre estas dos familias y que nunca jamás debe volver a ocurrir.
Os ruego que no nos pidáis que apoyemos vuestro bando, no lo vamos a hacer, sería una traición a nuestra propia sangre si lo hiciéramos. Si queréis paz siempre seréis bienvenidos, si queréis seguir con vuestra absurda y ancestral guerra de bárbaros, podéis volveros por donde habéis venido, pues nos hiere vuestro odio.
Los contendientes quedaron pensativos, mirándose unos a otros, hasta que Francesco Montesco gritó ¡Al ataqueeeeeeeeeeee! Y se consumó la tan ansiada tragedia.
La batalla se saldó con siete muertos y sesenta y tres heridos de diversa consideración. Cuando llegaron las fuerzas del orden el tumulto había cesado, el salón destrozado y teñido de sangre, y las espadas Capuleto y Montesco momentáneamente envainadas y a la espera de una nueva oportunidad para iniciar una carnicería.
Cuando sacaban a los últimos heridos, mi padre y sus hermanos con sensación de derrota se sentaron junto a la chimenea. Yo aproveché para sentarme detrás de esta y así poder escuchar su conversación.
Isabella, la menor de mis tías, llorando le decía a sus hermanos:
- ¿Cómo es posible que seamos familia de estos salvajes? ¿Es que va a ser siempre igual entre ellos?
- ¡Ay mi pobre Isabella! Que poco conoces a los humanos, mientras desentierren a sus muertos de los caminos y alimenten con ellos su odio, jamás cambiarán. Es el problema de la memoria, siempre se utiliza para avivar el odio dormido.-dijo mi padre cariacontecido-
- Si, estoy de acuerdo, pero lo que no debió haber nunca fue muertos en los caminos -dijo el tío Filiberto acercándose al fuego-
- Claro, pero alguien tiene que parar, porque muertos hay de ambos bandos y si no se para en algún momento la espiral de venganzas será eterna. Nosotros hemos vivido al margen de ese odio durante sesenta años, a pesar de que los abuelos nos contaban atrocidades. Y si recordáis cuando éramos pequeños, prácticamente nos contaban las mismas cosas de los unos y de los otros. Al final os habéis dado cuenta de que los Capuleto y los Montesco se parecen mucho, de hecho si les quitáramos los apellidos, seguro que se llevarían bien entre ellos. Tienen las mismas aficiones, siguen la misma religión, les gustan las mismas cosas, son humanos y sangran y sufren por lo mismo. Pero al final le dan más importancia al apellido, al clan, que a sus propias personas.
- Lo único que espero es que a nuestros hijos los hayamos educado en las creencias correctas y jamás se dejen embaucar por ninguno de los dos bandos-dijo Gianni, con tristeza
- Bueno, al menos lo hemos intentado, el que lo hayamos logrado o no sólo lo dirá el tiempo.
- En fin, brindemos por nuestros padres, que al menos ellos nos enseñaron a ver la historia sin resentimientos, a pesar de sus propios muertos. Agradezco el día en que tuvieron la buena idea de unir los apellidos, así nuestros descendientes serán siempre hijos de la unión.
Escondido tras un sillón del salón, escuché toda esta conversación que ahora os lego en mi lecho de muerte para que la paséis a vuestros hijos y estos a sus hijos, recordad siempre que el legado de odio sólo trae más odio. Procurad dar un mensaje de paz sobre la memoria, así jamás se repetirán estas tristes historias.

Firmado en su lecho de muerte:
Romeo Montesco Capuleto

 

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