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RELATOS


Por Juan Arenaza Ferrer


UN DOMINGO DE JUNIO

“Cuando a las cinco de la madrugada sonó mi despertador, no recordaba si aquel pi-pi-pi-pi tan característico era parte de un mundo de sueños en el que llevaba viviendo desde hacía unas pocas horas o si por el contrario, era el inicio de un nuevo día que me exigía darme prisa para levantarme antes que el sol. Apenas necesité unos minutos para que mi mente se despertara y me hiciera partícipe de un viaje que jamás hubiera imaginado.
Calculando que tenía tiempo suficiente para llegar a mi destino, decidí bajar y pasear por las calles adyacentes porque el hecho de pasear solo, de madrugada, siempre había tenido algo que me atrapaba. Era como convertirse en guardián del mundo, velando el sueño de muchos mortales. Caminar por delante de las ventanas cerradas, imaginando qué o quién se escondía detrás de ellas e intentar poner rostro a sus moradores era un juego fascinante al que siempre me he rendido…quizá porque, detrás de una de esas ventanas, alguien estuviera leyendo, escuchando una suave y lenta melodía o simplemente observando la oscuridad a causa de un desvelo, o quizá porque alguien estuviera haciendo el amor a esas horas, o llorando en la más absoluta soledad sin encontrar consuelo posible , o simplemente durmiendo y soñando realidades imposibles.
Miré el reloj. Era hora de cerrar la ventana de los pensamientos y abrir la única que me interesaba en aquel momento. Giré a la derecha por la calle Principal, desierta a aquellas horas, y tras cruzar el Puente Colgante, continué recto a lo largo de la Avenida Magallanes. Podía hacer ese trayecto con los ojos cerrados porque me lo sabía de memoria, pero no sé si por darle algún sentido especial o por alguna extraña razón u obsesión, tenía necesidad de observar lo que tenía delante, como si aquellos fueran los últimos pasos de mi vida.
Sólo el aullido de un gato al que casi y los ronquidos de un vagabundo durmiendo en la parada de autobús de la calle Goyoaga me hicieron volver a la realidad del momento, que no a la de mi mundo. Una realidad que estaba pintada de miedo y que había convertido mi torrente de voz en un débil y casi inaudible hilo gutural. Una realidad vestida de desgracia y tristeza desde hacía algunos meses y que me había hecho imaginar mi propia muerte, algo en lo que nunca había pensado ni caminando de madrugada ni cruzando un puente.
Llegar al espigón fue como llegar a la Tierra Prometida; mi travesía no había durando cuarenta años, sino cuarenta minutos, pero mi alivio corría paralelo al de aquellos judíos errantes al sentirse por fin a salvo. Dando las gracias a quien pudiera oírme, sin saber muy bien por qué darlas, me acerqué al muro que separa la tierra de la siempre calma e iluminada mar en aquel concreto lugar, me senté en él con las piernas en forma de aspa y simplemente esperé.
Dudando entre contemplar el cielo estrellado y luego observar cómo se hacía la luz detrás del horizonte, opté directamente por lo segundo, y esperé pacientemente a que esa bola de fuego que enciende la oscuridad y se hace llamar el astro rey apareciera firme y seguro, cual caballo libre que galopa por la pradera. Mientras tanto, las olas de la mar, yendo y viniendo, golpeaban suavemente las rocas que bordeaban la parte inferior del muro; aunque la oscuridad me impedía verlas, su voz me hacía sentir acompañado y a la vez cómplice de su tranquilidad.
Tranquilidad. Aquella era probablemente la sensación que más había echado de menos las últimas semanas, como si la hubiera perdido al inicio de mi larga travesía sin percatarme de ello. Quizá por esa razón me había dado finalmente cuenta de que no había posibilidad alguna de echar hacia atrás e intentar encontrarla, en definitiva, encontrarte. Tranquilidad o, mejor dicho, su ausencia. Aquella era probablemente la razón por la cual estaba allí sentado, esperando encontrar algo que pudiera sustituirla aunque sólo fuera por unos instantes. Porque no necesitaba más, sólo unos instantes suficientes para calentar lo que su ausencia enfrió en mi interior.
Pasaron los minutos y la voz de la mar consiguió que me relajara y que disfrutara de aquellos momentos antes de lo previsto. Sentía la brisa en mi cara y en mis brazos. Hasta que llegó el momento. Mi reloj decía que apenas faltaba un minuto, así que decidí concentrarme y fijar la vista en el horizonte, esa delgada línea, invisible aún a mis ojos pero que instantes después marcaría el límite entre lo que nos rodea y lo que hay más allá.
Fiel y puntual a su cita, sin prisa pero seguro de si mismo, allí estaba, emergiendo decidido de la nada más absoluta, haciéndose fuerte a medida que su colosal silueta coloreaba el cielo, cual pintor dando vida a un lienzo triste y abandonado. Pasaban pocos minutos de las seis de la mañana cuando el guardián del día, inmenso como cada amanecer, se sentaba en su trono celestial donde aún permanecían las últimas estrellas, perezosas, que se resistían a irse a descansar tras velar nuestros seños.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba solo en aquel muro. Varias personas, quien sabe si solitarios como yo o tal vez insomnes aves nocturnas, atraídos por la fuerza de semejante espectáculo de luz, me hacían compañía. De repente, a mi lado, una voz de mujer me preguntó con suave acento extranjero:
- Bonito verdad?
Durante unos segundos, me dije que era una pregunta tonta pues todos los que estábamos allí observando amanecer sabíamos lo bonito que era ver salir el sol. Antes de girarme y asentir con la cabeza, la chica me preguntó de nuevo:
- Es la primera vez que vienes aquí?
Decididamente, aquel amanecer no sería uno más! Aún no había abierto la boca ni dicho palabra alguna, pero en cuanto me giré para verla, supe que había algo en ella diferente, sensual, cautivador.
Entonces la chica me explicó que desde hacía unas dos semanas tenía dificultades para dormir y conciliar el sueño y desesperada por no poder hacerlo, salía a pasear de madrugada y simplemente caminaba, dejándose llevar sin rumbo fijo. Que durante uno de sus últimos paseos nocturnos había descubierto el espigón, con su particular muro y que decidió sentarse sobre él esperando a que simplemente amaneciera. Y que se había fijado en mí porque los dos estábamos sentados de la misma forma y porque tanto mi silueta como mi rostro le transmitían un halo de tranquilidad y cercanía que ella añoraba desde hacía varios meses. Que le parecía como si algo o alguien, quien sabe si la Providencia, el destino o simplemente el azar nos había hecho coincidir aquella madrugada.
Dicho esto, me sonrió y me tendió la mano y aunque dudé unos segundos, se la cogí. Allí estábamos, dos perfectos desconocidos, sentados el uno junto al otro, sin saber nada del otro, pero compartiendo un recién comenzado nuevo día y con extraña pero absolutamente irrechazable sensación de no querer separarnos ni movernos de allí en mucho tiempo. Supuse que aquello podía tener algún tipo de significado, una especie de conexión o la forma que quizá tuviera el sol de decirnos que un nuevo día abre una nueva puerta que merece la pena abrir.
Y entonces me contó su historia, la más desgarradora, triste y frustrante que jamás pensé, ni siquiera imaginé, haber escuchado. De sus ojos cayeron algunas lágrimas, que no hicieron sino resaltar aún más su color, tan azules, transparentes, claros y profundos que por un momento creí estar nadando entre brasileños. Fue entonces cuando me sorprendí a mi mismo abrazándola, como si fuéramos una pareja de enamorados que comparte sus penas, como si nuestras vidas dependieran de aquel abrazo, lo que provocó que dejara de llorar y que girándose hacia mi, me volviera a sonreir y me besara dulcemente, como nunca antes me habían besado.
No sabía qué decir, qué hacer, cómo actuar, cómo mirarla. Sólo sentía paz, tranquilidad, felicidad, como un niño que contempla incrédulo cómo su barquito de papel navega por el un lago sin hundirse ni balancearse.
El beso no duró más de un minuto, pero cuando pierdes la noción del tiempo, un minuto se convierte en toda una vida cuyo final te niegas esperar. Sus ojos, su sonrisa, su abrazo, su beso, sus labios, su boca, su rostro, toda ella me tenía fascinado, y cuanto más la miraba, más fascinante me resultaba. Me dije que aquello no podía ser real y que formaba parte de un sueño, así que lentamente esperé a despertarme y encontrarme en mi habitación, en mi casa, en mi calle. Entonces me preguntó con la misma suavidad que un rato antes:
- Te apetece dar un paseo?.
Si aquello era un sueño, no quería despertar de él bajo ninguna circunstancia y si aquello era real como la vida misma, no quería apartarme ni alejarme de ella pasara lo que pasase a nuestro alrededor.
Y caminamos, al mismo ritmo, con el mismo paso, compenetrados de tal forma que parecía nuestro enésimo paseo juntos. Parecía el día perfecto, el lugar perfecto y la persona perfecta con quien volver. Y entonces le conté mi historia, no porque yo quisiera abrir mi maltrecho corazón y contársela, sino porque sentía que ella era la única persona que podría comprender y a su vez, mitigar, el dolor que me embargaba desde aquel día no tan perfecto de mediados de abril en que sólo Dios sabe por qué se fue.
Y casi sin darnos cuenta, el camino de vuelta se convirtió en testigo mudo de nuestros sueños y alegrías rotas, ilusiones devoradas por las llamas de la rabia, ausencias infinitas, en definitiva, lo único que la realidad que nos rodea había dejado en nuestro interior; pero todo aquel dolor compartido ya no quemaba tanto, ya no pesaba tanto como para hacer de nuestro rutina diaria un auténtico infierno de soledad y melancolía. Ya no. Porque al mirarnos a los ojos encontramos algo que habíamos echado tanto de menos: tranquilidad.
Entonces ella se me acercó tanto que su perfume de rosas casi me hace estornudar. Rodeó mi cuello con sus brazos, me hizo agachar un poco la cabeza y me susurró las dos palabras mágicas que llevaba 13 meses. Algo avergonzado pero radiante por lo inesperado de la declaración, volví a sonreir, le rogué que se quedara conmigo para siempre y la abracé como si aquel acontecimiento fuera el último suspiro de mi existencia.
-Dónde vives?- le pregunté.
-Aquí, como tú – me respondió suavemente.
-Cuál es tu casa? Cuál es tu dirección? – volví a preguntar con inusitado interés.
-La misma que tú. Vamos – me contestó guiñándome un ojo.
Tumbado boca arriba sobre mi cama, abrí los ojos y sólo vi oscuridad, la misma de siempre, pero esta vez había algo diferente allí. Por primera vez en mucho tiempo, despertaba libre de pánico y angustia al no estar solo, sin ese sudor que me hacía temblar de frío. Notaba su calor, su cuerpo perfecto y desnudo rozando el mío; podía escuchar su lento respirar, como una suave melodía que te atrapa sin querer y de la que no quieres escapar porque te conduce al amor eterno y a la felicidad.
Hacía unas horas estaba en el espigón esperando a que amaneciera y ahora me encontraba relajado y rebosante de vitalidad tras haberme sumergido en un extraordinario torbellino de pasión y placer desbordados con una chica cuya existencia ignoraba por completo horas antes. Me la imaginé sonriéndome nada más despertarse y compartiendo con ella el resto de mi vida.

VIAJE

“Oscuridad. Eso es lo que me rodea, o eso creo. Todavía no sé si estoy durmiendo, si estoy atrapado en uno de esos sueños que parecen no acabar nunca o si me acabo de despertar. Es tal la sensación de desconcierto que revolotea por mi cabeza que hace que mi mente no consiga situarse en el tiempo, que mi corazón lata con fiereza, como si quisiera advertirme de algo que va a pasar.

Entre latido y latido, gotas de sudor bajan por mi cara hasta morir en mis labios, donde comienzan a arder. Tengo tanto calor dentro que mi corazón ha decidido no esperar más y me golpea salvajemente. Quiere huir de esa prisión en la que está encerrado y alcanzar un frío destino en el que poder encontrarse más cómodo.

¿Existe el infierno? Porque la sensación que tengo es que estoy atrapado en él o me queda muy poco para ver su puerta. Intento abrir los ojos, pero no puedo; lo vuelvo a intentar, pero no me hacen caso; no encuentro razón para esa negativa, no sé qué me está pasando, no puedo hacer; lo intento una vez más, pero se niegan a obedecerme. ¿Acaso no quieren que vea lo que hay a mi alrededor? Pero su labor no es ésa, sino dejarme ver lo que me rodea, nada más.

No puedo permitir que la desesperación se apodere de mí; nunca lo he hecho y ésta no va a ser la excepción. Ya sé! Ya lo tengo!. Mis manos conseguirán vencerles en la batalla del miedo, pero hay algo que falla. Algo ocurre; mis manos tampoco responden, no consigo que se muevan ni un solo centímetro. ¿Están dormidas? ¿O no están preparadas? ¿O son débiles? ¿O, simplemente, no existen? No. Nada de esto puede ser verdad, sólo es reflejo de la angustia que me atenaza.

Estar concentrado intentando mover los ojos y las manos ha hecho que por unos breves momentos haya dejado de sentirme zarandeado por el corazón y que mis labios no quemaran tanto como antes, pero esa pequeña tregua ha no ha sido suficiente ya que tengo el convencimiento más absoluto de que la tranquilidad es una parada que hace tiempo dejé irremediablemente atrás y de que esta terrible sensación, se llame como se llame, que paraliza mi cuerpo no ha hecho sino comenzar.

Indefenso, inmóvil, abandonado en un mundo que nadie quiere conocer, sin la mínima esperanza de encontrar una salida a este laberinto de fuego, resignado a que lo que queda de mi cuerpo se vaya convirtiendo en ceniza y desapareciendo lentamente. Así podría describir lo que mi cabeza espera con pavor: mi destino, mi final, mi extinción...

El resplandor del último relámpago que ha caído a escasos metros me hace regresar de una realidad que no es de este mundo. Sigue lloviendo, ahora con mucha más fuerza que hace aproximadamente una hora, cuando, por falta de sueño y exceso de preocupaciones, decidí levantarme de la cama y acercarme a la ventana para contemplar la tormenta y así poder distraerme de la rutina del día.

Miro el reloj de mi muñeca. Es la 01:30 de la madrugada; queda todavía mucha noche para que mi cabeza pueda soñar, mis ojos descansar, mi corazón recuperarse y mis manos relajarse.

Antes de volver a acostarme, voy a la cocina a por un vaso de agua y así poder refrescarme en medio de esta sofocante noche de agosto. Pero sólo puedo dar un pequeño trago antes de sentir un repentino e inesperado escozor en los labios. Extrañado, dejo el vaso en la mesa de la cocina, avanzo unos metros hasta llegar a la entrada, enciendo la luz que está junto a la puerta y busco mi rostro en el espejo. Lo último que recuerdo, antes de desmayarme y caer al suelo, son mis labios, pasto de las llamas o mejor dicho, lo que queda de ellos.

Me despierto, sobresaltado. Abro los ojos y sólo veo la oscuridad que descansa en mi habitación. Tengo la cara empapada de sudor, un sudor frío que hace que, poco a poco, empiece a temblar. Busco desesperadamente el reloj de la mesilla para poder recuperar la noción del tiempo. A pesar del color verde fluorescente de las manecillas del reloj que las hace siempre visibles, ésta vez no sé dónde están, se han escondido.

Sentado ya sobre la cama, estiro el brazo hasta alcanzar el interruptor de la lamparita colocada sobre la mesilla, a la altura de la cabecera de la cama. La enciendo y transcurren unos segundos hasta que mis ojos se acostumbran al nuevo paisaje. Y ahí lo tengo, delante de mi, en la misma posición de todos los días desde que lo compré hace unos meses para que me diera los buenos días con su particular pi-pi-pi-pi.

Es la 1:30 de la madrugada. Otra vez. ¿Se habrá parado el reloj por culpa del aparato eléctrico, es el reloj el que ha detenido el tiempo o soy yo el que se niega a aceptar el paso del tiempo?. Me levanto de la cama y ya sin signos de temblor tras haberme secado el sudor de la cara, me acerco a la ventana para comprobar si la tormenta se ha calmado, si sigue enfadada con no se sabe quién y lo seguirá el resto de la noche o si ya se ha marchado.

No hace mucho que golpeaba con tanta fuerza la persiana de mi habitación que parecía querer arrancarla de cuajo, como queriendo decir que allí estaba ella, dejándose notar, por muchos enemigos que tuviera. Sin embargo y ya junto a la ventana, me doy cuenta no sólo de que ha dejado de gritar, sino que ya ni siquiera le oigo quejarse, lo cual me produce una sensación de duda al no saber qué está pasando, duda que encuentra respuesta casi de inmediato.

No hay tormenta alguna quejándose por nada, ni tan siquiera un suave sirimiri, ni reloj que marque la 1:30 a.m. ni despertador de mesilla; tampoco estoy de pie junto a la ventana ni despierto en plena noche buscando respuestas. Estoy en la habitación 301, en la planta tercera, bloque B del Hospital Psiquiátrico San Isaac; llevo aquí desde el 30 de agosto de 2005, fecha en la que se cumplía un mes desde que la vi desaparecer, con mis propios ojos, entre las sombras de una tormenta llamada depresión.

Desde aquel fatídico día, me acompaña en este interminable viaje algo poco conocido para muchos y de nula conversación llamado síndrome de Windohk, compañera incondicional de quienes no logramos salir de un estrecho pero profundísimo pozo al que caemos cuando perdemos, sin previo aviso, nuestra razón de ser y hace que el tiempo se detenga siempre en un momento determinado de la noche.

Los primeros rayos de sol que entran por la ventana de mi habitación, poco después de amanecer, hacen que me vaya despertando lentamente. Ya de pie y con los ojos aún entre lágrimas, me acerco a la ventana para contemplar el idílico paraje que se extiende frente a mi: el lago Victoria, situado a los pies de la descomunal y casi infinita cordillera de Alejandría, a unos 80 km. al sur de Manyara. Es el único momento del día en el que encuentro paz en mi interior.

Miro de reojo el viejo reloj de madera clavado en lo alto de la pared, a mi derecha, y que nunca duerme; pasan diez minutos de las ocho de la mañana, así que todavía tengo veinte minutos para olvidarme de los fantasmas que me seguían persiguiendo horas antes, limpiar en agua bien fría la tristeza que mancha mis ojos y dibujar en mis labios una sonrisa con la que poder dar los buenos días a la siempre amable y encantadora doctora Llanos, quien, como cada día, me trae, en una pequeña bandeja de plástico el desayuno y las dos píldoras amarillas.

Poco después de marcharse con la misma bandeja pero vacía ya, vuelvo a cerrar los ojos y me imagino nadando, sin descanso, en las ahora heladas aguas del lago, lo que me hace que abandonar durante un rato el silencioso mundo de los sueños que no debería visitar nunca más.”

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