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Por Juan Arabia


ESCRIBIR SIN MIEDOS. J. D. SALINGER

“¿No quieres unirte a nosotros? – me preguntó recientemente
un conocido al encontrarse solo después de medianoche
en un café que estaba ya casi desierto. - No, no quiero – dije yo”
Franz Kafka

“El niño es el padre del hombre;
y cuanto deseo es que mis días se enlacen
uno a otro con natural afecto.”
William Wordsworth



Escribir sin miedos, y escribir para dejar algo hermoso: eso es Salinger. Y no desde la sencillez, que, como decía Borges, no es nada; sino desde la modestia y la secreta complejidad.
Narrar algunos hechos de su vida no resultará favorable: su hija ya, hace algún tiempo, cometió el error de recordar ciertos sórdidos detalles. Salinger no quiere eso. No quiere que le recordemos. Se ha encerrado desde 1960 en una bonita casa de campo y no ha publicado nada desde ese entonces. No quiere fotos, y mucho menos hablar con nadie.
Walt Whitman, ciertamente, habría enseñado que nadie más que uno mismo podría escribir algo sobre su vida. Chesterton, advirtiendo lo mismo, pero partiendo quizás desde un lugar diferente, proponía que encontrar el tesoro de la isla de Stevenson, era adueñarse, simplemente, del corazón mismo de Robert Louis.
Ahora, con Salinger, nos debe suceder algo parecido: porque sabemos, en primer lugar, que ninguna novela que valga la pena puede omitir aquél detalle autobiográfico; y también, porque Jerome David Salinger, no puede ser más que Holden, que Buddy, o Franny y Zooey y, aunque nos cueste reconocerlo, aquél personaje tan místico como Cristo: Seymour Glass.
No importarán las fechas ni el orden cronológico de sus trabajos: atendamos a los fantásticos y puros sentimientos que nos despierta su obra, que, como la de cualquier verdadero escritor, es única e inolvidable.
Una verdadera sensación de “todo es una mierda” se evidenciará en cada una de sus páginas. Todos son unos idiotas, y verdaderamente, e incluso lo más es insoportable, es ser también de alguna manera como ellos. Alguien es todo el mundo, y todo el mundo, además de ser insignificante, es simplemente deprimente. Franny anuncia esto y mucho más, descontando lo ya conocido de una personalidad como la de Holden, ó, como la de aquél gracioso personaje[1] que resolverá este axioma de una manera más que elegante: “Miró hacia la calle, mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar. – Míralos – dijo-. Imbéciles de porquería. - ¿Quiénes? – dijo Ginnie. – Que sé yo. Cualquiera”.
Sin embargo, la simpleza de hasta una lectura superficial, podrá traspasar aquél vínculo que, de la forma más abrupta, esconderá los más profundos y hermosos de los sentimientos. Aquél disfraz, verdaderamente sincero de Salinger, es solamente el comienzo de algo que nos conducirá hacia el único lugar que existe en su obra: el amor. El amor es sufrimiento; el amor es crecimiento; el amor es, entre muchas otras cosas, la anticipación de lo perverso.
Hay perversión en las colonias vacacionales, en los colegios, en las universidades: en fin, en todo lo que, de alguna manera, exista un adulto, un control: un precipicio.
Ya en Hapworth 16, 1924 , que no es más que una carta escrita por Seymour a los 7 años, se evidenciará esta trampa a la que todos, demás no está decirlo, fuimos sometidos, por mucho, mucho tiempo[2]. Pero la carta, sobre todas las cosas, no será más que una reivindicación de los valores familiares. La familia, y sobre todo, la hermandad en la obra de este escritor, tiene un carácter verdaderamente casi único e indescriptible. La relación de admiración y respeto, además de bondad e ingenuidad que se presentan en ese libro entre Seymour y Buddy, no hace más que esclarecerse aún más por el amor que presentará Holden en The Catcher in the Rye por su hermana menor, Pheobe, misma que también en algún momento le preguntará:
“- ¿Ves como no hay una sola cosa que te guste?
- Sí. Claro que sí.
- ¿Cuál?
- Me gusta Allie[3], y me gusta hacer lo que estoy haciendo. Hablar aquí contigo, y pensar en cosas”.
Pero mientras Phoebe le advertía que su padres iban a matarlo, ya que a Holden lo habían echado del colegio y todavía aún no lo sabían, él le confesó lo que verdaderamente le gustaría hacer: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir, no hay nadie mayor vigilándolos. Solo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una locura, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer”.[4]
Pero semejante e inolvidable idea, alguna vez también formulada de otra forma por Chesterton en Ortodoxia[5], ya cobraba vida en Seymour, a los 7 años, que tras la burla de un adulto a su hermano menor Buddy, agradecía a Dios no haber tenido un arma encima. Amenazó luego con matarlo, o incluso quitar su propia vida, si nuevamente se dirigía de esa manera a un muchacho o a cualquier otro niño de cinco años en su presencia.
Hay visiones en Seymour que destrozan su corazón: y es que la mayoría de los niños en algún momento madurarán y envejecerán. Aquél mundo de corrupción e insinceridad parece inevitable, y los niños, aún entre los más magníficos, caerán tarde o temprano en este precipicio.
El concepto de tristeza de este muchacho, el mayor de lo que más tarde serán siete hermanos (Buddy, Walt y Walter (los gemelos), Boo Boo, Franny y Zooey) resultará verdaderamente admirable: argumentaba que, la mitad del dolor de cada uno de nosotros, pertenecía más bien a otras personas que lo habrían esquivado ó que no sabían como sujetarlo.
Buddy, que, de alguna manera se nos presentará como el mismo Salinger en Seymour: an introduction, intentará dilucidar si Holden es Seymour. Y aunque proclame que son personajes distintos, Holden será para él una invención de Buddy. Mientras tanto, y en la misma ficción, ciertos haikú de Seymour serán confundidos con escritos de él (Buddy) por sus familiares. En definitiva, y, la redundancia es innecesaria, Salinger es cada uno de ellos, y nos contará que Seymour en sus peores noches y tardes profería no sólo gritos de dolor sino de socorro, y que cuando llegaba cierta ayuda, se negaba a decir en lenguaje inteligible dónde le dolía.
Un final triste nos esperará en su obra: en “Un día perfecto para el pez banana”, Seymour terminará con su vida.
Aquél joven -que se detenía a mirar venturosamente los árboles mientras conducía, y que también tenía la perturbadora costumbre de investigar los ceniceros llenos con el dedo índice, apartando las colillas hacia los lados como si esperara ver a Cristo o algo parecido- evidentemente no pudo desprenderse de aquellos ingenuos y a la vez tristes pensamientos. Aún en Hapworth 16, 1924, ya proclamaba ante su familia este final, desesperanzado: “Él (refiriéndose a Buddy) será quien guíe hábil y sutilmente a cada hijo de esta familia mucho tiempo después de que yo me vuelva inútil o haya desaparecido”.
Aquella tarde, en la que murió, jugaría con una niña y buscaría peces bananas en la playa. Aquella tarde, en la que desapareció, escribiría, en forma de Haikú clásico: “La niñita del avión / que volvió la cabeza de su muñeca / para que me mirase”[6].
En Salinger el enemigo existe: pero también existe la Señora Gorda. Aunque conforme una visión inexacta de lo que deseemos, tendremos que ser capaces de ver las cosas como ella las contempla. Amar las cosas por lo que son, y no por lo que hubiésemos querido que hayan sido. Enfrentarnos a los hechos. Porque, y como advierte de Caussade “Dios instruye al corazón no mediante ideas, sino mediante penas y contradicciones”.
Franny -la hermana menor de Seymour- enloquece, y busca la salvación en una oración, sin reconocer, quizá, que no es a San Francisco a quien busca. Aquél, a quien necesita, ha dicho algo, que la perturbó y la perturbará, insistentemente. Ha dicho que un hombre vale más que un pájaro; y tal sentencia parece inaceptable.
Mientras tanto Holden, encerrado en un psiquiátrico, no entiende como alguien le pregunta que hará, más adelante, cuando retome sus estudios. Es una pregunta estúpida; no sabe que decir...
Escribir algo recordando a alguien, también, es algo muy estúpido. Salinger, como hemos dicho, no nos quiere recordar. Rompería estos papeles, ésta revista, y se encerraría en un tranquilo rincón, y escribiría historias que no desearía publicar. Tengo algo para él: no pude ni podré ser el que escriba esto, ya que soy solo en todo caso el que lo leerá primero y nada más. Algo más digno de Buddy, allí sentado; mientras termina con su tercer copa de vino y se pregunta: ¿Cómo haremos para acercarnos a Seymour, si se ha quitado su propia vida? Olvidemos ésta anomalía. Olvidaremos el enojo de Franny. Olvidaremos todo lo que odiamos. Te olvidaré a ti, quien seas...
Hay algo mucho más importante: aquello que existe, felizmente, pero que por falta de imaginación nunca lo encontramos. Muchos hombres lo advirtieron, pero prefiero recordar sólo a William Blake. Ver las cosas como son, o mejor dicho, ver las cosas de perfil.
“Tenle a Él presente mientras rezas, sólo a Él, y a Él tal y como era y no como a ti te gustaría que hubiera sido” [7].
Ahora Holden recuerda, y nos recomienda no contar nada: conjetura que al contar cualquier cosa, empezamos a echar de menos a todo el mundo.
Y es que hay que hacer simplemente las cosas por la Señora Gorda; aún aquellas, las que nos parezcan del todo inútiles. Porque ésta mujer, y en su más acertada descripción, nos es más que Chesterton los días jueves; aquél que acaricia a un animal dormido; quien escribe un cuento para Esmé (aunque sea con amor y sordidez), y quien escribe una elegía, con mucha alegría. Porque, en verdad, no hay nadie, en ninguna parte, que no sea la Señora Gorda de Seymour.
Y ¿a qué no sabes, escúchame bien, a que no sabes quién es en realidad la Señora Gorda?

 

 

[1] Salinger, Jerome David, “Hacia una guerra con los esquimales”, en Nueve Cuentos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1972, p. 67
[2] “Me gustaría que pudieran verlo atravesar la espesura del bosque, cuando los encargados de cuidarnos no están metiéndose en nuestros asuntos, moviéndose con conmovedor sigilo como un magnífico, enérgico mensajero indio.”
[3] Allie, su hermano menor, que era cincuenta veces más inteligente que él – como Holden nos decía – había muerto de leucemia a los trece años.
[4] Salinger, Jerome David; El Guardián entre el Centeno, Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2004, p. 225
[5] “Imaginémonos que un corro de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror: ya no se les oye cantar”.
[6] Salinger, Jerome David; Franny and Zooey, Editorial Alianza, Madrid, 2001, p.54
[7] op. cit. p. 132

 



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