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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Juan Carballo
sosiego@hotmail.com


HOY COMPARTO UNA MAÑANA...

Hoy comparto una mañana más con la ventanilla de este tren de cercanías. El día asoma una claridad extraordinaria como si inconscientemente esperase algo grande. Todo puede ser. Desde mi ventana, como acostumbro llamarla, y hacerla mía, siempre me sorprende algo nuevo. Pienso que mientras eso suceda, el viaje que se repite día a día, aunque decida cubrirse con la monotonía, merece la pena. Esta mañana tiene que ser diferente, pensé nada mas dar el salto que me levantaba de la cama.

Alguien se acerca y me comenta lo que yo ya estaba viendo:

-Buenos días, hoy parece que el sol nos acompaña desde muy temprano. En ocasiones así es esplendido viajar ¿no cree usted?

Yo cortés y afablemente me dispongo a contestar, cuando me lo impide un estruendo terrorífico cerca de mi interlocutor. Aquel vagón se convirtió en un túnel oscuro y sin fin durante unos instantes largos, muy largos supongo, porque a mi regreso de la oscuridad total, todo aquello mudara de apariencia. Cuando la claridad de nuevo asomó su vigorosidad, esta solo me asoma humo con olor a muerte y restos humanos cubiertos por una gruesa e insensata capa de colorsangre y cuerpos lacerantes que se incrustaban y entrecruzaban sin orden. A mi lado distingo a un joven sin mirada de espaldas a la vida y a mí. Está descuartizado por una masa de hierros asesinos. Acudió aquella mañana, a una determinada estación, sin pensarlo más profundamente que lo que lo hacía cada mañana porque aquello era habitual para él. Solo pretendía cumplir el trayecto para llegar a su trabajo. Hay tanta muerte esparcida a mí alrededor que mi atención tiene que seguir un largo camino. La ropa del joven se me hace conocida, aquellos pantalones, aquella camisa, es como si también existieran en mi armario.

Sigo contemplando con horror, muy poco a poco, el vestido ensangrentado que ahora luce la mañana. Grata amiga en otras ocasiones, se torna en estos momentos en mí más cruel enemiga. Me pregunto con inocencia de niño si esto se trata de un simple accidente. Pero rápidamente la contestación es negativa. Al instante me doy cuenta que es un atentado, y por desgracia, no existe error alguno en mi creencia.

¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

¿Bajo que falta de tanta humanidad alguien puede sembrar semejante dolor?

¿Bajo que producto de tanta sanguinaria crueldad alguien puede recitar tanta desesperación?

Resulta incoherente y paranoico que algunas mentes puedan ofrecer tal exterminio.

Resulta odioso, que la trama, que el circuito encaminado únicamente a llevar luz a lo irracional sea concebido por los propios humanos.

Lloro haciéndome infinidad de preguntas, que nadie jamás, debería ni siquiera intuir.

No puedo dar justificación, por mucho que sea el empeño que pongo en ello, a tal barbarie. Me resulta imposible. Siempre me enseñaron que debía hacer frente al dolor eficazmente, que debía de ser tolerante porque ello me haría más fuerte en otras situaciones futuras. Después de ver el dibujo de hoy ya no se si quiero bautizarme con el agua de esa creencia. Reniego incluso de lo evidente, de lo establecido, de lo correcto.Mi educación descuelga de su seno la idea de la tolerancia. Huye despavorida y gritando que esto jamás debió de suceder.

No existen palabras que puedan calmar el derrame de tanta sangre. No existen miradas capaces de mantenerse contemplando la ruindad del contexto que por desgracia me tocó vivir hoy día 11. Otra vez me reafirmo que aquello es obra de la mano del hombre, otra vez me doy cuenta perfectamente que aquello no se trata de un casual accidente, las señas muestras todo lo contrario. Sigo contemplando al que yace a mi lado. Otra vez mi mirada de manera cíclica vuelve a repasar la negra muerte que residía en él. Sigo pensando que lo conozco, que incluso puedo decir su nombre. No sé, el tener conciencia de todo ese conjunto de datos subliminales sobre el que yace me asusta mucho más de lo que ya estoy.

El escenario cruel y demoníaco que los asesinos me ofrecen nunca desaparecerá de lo entendible, de lo amparado por la razón.

¿Por qué tanto odio?

¿De donde viene?

¿Quién puede dar complicidad a todo esto?

¿Quién puede sembrar y que tierra puede mantener diabólica semilla?

Sigo llorando. Porque creo que estoy llorando. No puedo evitarlo. Todo el país llorará a los que se fueron sin esperarlo y de manera involuntaria. Se equivocaron de transporte esa clara mañana y se equivocaron de estación. El tren que como cada día los llevaría a sus destinos, esta vez estaba cargado de muerte.

Por eso hoy, más que nunca, quiero sufrir en mis entrañas el terremoto de la solidariedad con los que la vida abandono y con el sufrimiento que les toca vivir a sus familias a partir de este momento. Esa idea lacera mi mente con rotunda osadía. Creo que no estoy llorando ya.Lo que acaricia mi cara no es más que sangre que emana de mi cabeza. ¿Por qué estoy sangrando?, nadie merece que le extraigan su propia sangre sino espor propia voluntad. Me considero uno más de ellos porque estoy aquí con ellos. Sufro como ellos y mi sangre dibuja junto la suya el horror de las estaciones malditas.

De repente un asombrado policía grita:

  • Por favor que alguien acuda aquí, este joven se está muriendo.

Está sosteniendo en brazos al joven muerto que se tiende a mi lado.

Nadie hace el menor caso, no es porque no les interese el grito de suplica, no, no es eso, sino que cada uno de los que por allí transitan o de los que aun permanecen con capacidad de ayudar, tienen ya entre sus brazos a una forma cubierta de sangre. Esto semeja un infernal campo de batalla en el que la muerte solo es cursada para un puñado de inocentes viajeros. Yo intento ofrecer mi ayuda pero no puedo moverme. Mi cuerpoestá petrificado. Grito yo también pidiendo ayuda para los más necesitados pero nadie me escucha. Cada vez tengo la sensación de estar observando este insensato cuadro desde más arriba. Es como si mi alma se volatilizase y huyese de aquel escenario fantasmal.

Lo último que escucho es a aquel policía decir:

- Por qué, Dios, por qué.

Ahora puedo ver su cara. Es una cara muy parecida a la mía. Sigo elevándome sin conseguir parar mi proyectado vuelo.

Una profunda oscuridad comienza a cubrir para siempre mis ojos, ya nunca más podré ver a aquel desesperado y confundido policía. Ya nunca más podré divisar aaquel joven al que tanto me parecía.

La muerte me llegó como a tantos otros en aquella mañana inocente y yo no me di cuenta de ello. No pude comprender que era yo el que a mi lado yacía. Que era yo al que mantuvo, por unos minutos, entre sus brazos el valeroso y desconcertado policía. Ahora que estoy muerto comprendo que es difícil de ver la muerte de uno mismo.

Hoy es ya día 12. Estoy más muerto que ayer pero mantengo vivo el recuerdo de la mañana en la que todo iba a ser diferente.

EL ENTIERRO DE MI MADRE

Un día innominado, sito en una fecha olvidada del calendario, ocurrió algo en un pueblo de algún lugar. A José Benito, un niño entre los muchos que viven en las infinitas poblaciones existentes, le fue encomendada por su madre la labor de irpor agua a una fuente cercana a su casa. El día ya estaba llorando las últimas horas de luz y una brisa oscura acariciaba el ambiente seco que reinara durante todo El Día del Señor, valga la expresión, tan común entre la vecindad. El niño sin contradecir a su madre se encaminó hacia el destino marcado para cumplir con la petición encomendada. El trayecto hasta el destino llevaría en cualquier otra situación, como mucho, un minuto del tiempo de alguien que no estuviese presto a la hazaña. A nuestro protagonista José Benito la distancia se le hizo eterna.

Con la cara pálida y los ojos perdidos, sin haber cumplido con la misiva, se presentó en su casa al cabo de un gran rato. Sus únicas palabras fueron:

- Maaamá... maaamá... maaamá...

Su tartamudeo era patente y su pavor demostrado. Temblaba como lo hace los juncos por el azote del viento.

Su madre, con una tierna voz y sin perder de vista, ni por un momento aquella silueta perdida en un intenso terror, dijo al pequeño protagonista que se acostase, que no sucedía nada por no haber cumplido con éxito la tarea de traer el agua, hecha minutos atrás.

La confundida señora, en cuanto despidió al niño, se encamino velozmente hacia el balcón de la casa y miro el trayecto del camino hasta la fuente sin apreciar nada extraño en él. Todo estaba en el orden que se podía admirar diariamente. Nada había cambiado tanto como para aturdir a un niño. Los árboles aun estaban arraigados en su lugar natal. El camino se tornaba en la dirección de siempre y disponía las mismas piedras con las que a menudo se tropezaba. Tampoco nadie había cambiado porque nadie había allí en aquel momento.

Al día siguiente, cuando dio el salto definitivo que lo impulsó fuera de la cama, ya con más tranquilidad José Benito le comentó a su madre que no había podido llegar a la fuente porque el camino estaba obstruido por un ingente número de personas.

Estas le habían impedido pasar a sus anchas. La madre de José Benito a pesar de haberse cerciorado aquella misma noche que el camino estaba vacío, no contradijo las palabras del niño.

El por qué aun ahora se ignora, lo único veraz es que no existió reproche o aclaración alguna al comentario del niño.

Pasaron tres largos y lluviosos días y el camino que llevaba a la fresca agua, ahora sí estaba ocupado en realidad por infinidad de personas. Ahora sí eran hombres y mujeres, que habitaban en lo real, los que permanecían charlando unos con otros ocupando el perímetro del enlodado camino.

Aquella madre había muerto de manera trágica mientras iba a buscar agua a la fuente y su hijo se había antepuesto al entierro. Lo había visto involuntariamente en su mente de niño hacía justamente tres días.

El tránsito por él era imposible, todos comentaban lo inoportuna, como siempre, que fuera aquella muerte. Ahora José Benito, de nuevo sin ser su voluntad, contempló por segunda vez aquella imagen llena de multitudes. Solo que en esta segunda ocasión todo era verdad.

El dolor era mayor y su madre ya no estaría para mandarlo tiernamente a la cama.


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