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RELATOS


Por Juan Ignacio García
juangarcíajmv@hotmail.com

 

NIÑO VISERA

Ignorando la fatídica resolución de su miseria, aquella mañana despertó entre los trapos que cubrían la sobra lánguida de su cuerpo y la fila recta de maquinas apuntando. Solo, en una ciudad que aun no amanecía, con diez años de vida y de calle, sospechaba el motivo de la visita. Su temor giraba en torno al encierro perpetuo, a la imposibilidad de quedar excluido del consumo del paco, que envenenaba su sangre y aliviaba la podredumbre de sus sentidos. Nunca supo bien que era sentir, le arrebataron la oportunidad de conocer el sentimiento provisto en un abrazo. Los únicos abrazos eran causalidad del forcejeo con las maquinas de acero sólido, verdugos del poder, que maniataban sus muñecas con cadenas apuntándole a la nuca.
Las primeras voces aterradas de la radio anunciaban una catástrofe general; “estamos en una guerra civil” “nos están matando a todos” “hay que hacer algo urgente, tenemos que unirnos” reclamaban los gritos inundados de terror y alarma ante el peligro primordial de la nación. Antes fueron los comunistas, quienes intentaban desordenar y producir caos en la sociedad del justo orden. Hoy, son los niños viseras, quienes buscan corromper la organización institucional y la paz civil con la amenaza latente de existir, de vagar por las calles, “nacidos del repollo del mismísimo demonio”, predicaban en el templo. Criaturas corruptas de la paz que merece la sociedad bien nacida, que los mata legalmente en la indiferencia. “Hay que matar a los que matan” decía la voz diva del suicidio, acompañada de poderosos y asustados monarcas burgueses, que desean el bien común tanto como asegurar la reproducción de sus riquezas.
Pero aquella mañana el niño recordaba a sus padres, lo mucho que había sufrido antes de escapar de su casa, el hambre y llanto de su madre, el dolor violento de su padrastro sin trabajo ni proyectos, los golpes y el deseo inconciente de morir.
Su día había llegado. A pedido del interés general; el mismo sector social que tiempo atrás aplaudía fervorosos cuatro décadas de políticas neoliberales de exclusión masiva, hoy, apoyaba las voces de sus mas funestos representantes mediáticos, en vistas de cumplir con la voluntad mayoritaria del pueblo y garantizar la seguridad nacional. El que mata muere, dicen desde Miami o Nueva York, en el barrio privado de Pilar o en Recoleta y Puerto Madero, las voces del “clamor popular”.
Con las armas apuntándole, el niño recordaba las tortafritas de su madre, su desdichada sonrisa, el anhelo de una vida mejor, mas digna, mirando cada noche la programación; el programa de Susana, a quien tanto amaba por su sencillez de mujer popular. Nunca pudo llamarla como hubiese deseado, para que Susana le diera una solución a su vida. Recordaba a su padre, llegar cansado de la recolección de desperdicios, entregarse al pequeño televisor blanco y negro, riendo desorbitado ante el humor grotesco del programa más éxito. Cuanto tiempo había soñado estar allí, siendo victima de una cámara oculta o haciendo algo por un sueño, estar allí, ser como ellos, pertenecer a ese paraíso. Nada de eso era para ellos. Los personajes de sus alivios nocturnos, pertenecían a la clase social Verduga, minoría dominante, portadora del control ideológico y económico, dueña de su ciudad y sus esperanzas.
El niño visera pecó de inocente, pecó de niñez, por no esconderse, por solo pensar que lo llevarían preso eternamente. Confiaba en su estado estropeado y en la compasión, en la piedad de una sociedad que ya lo había condenado al nacer, machucado suficiente, prohibido demasiado, y arrojado a las orillas de los rascacielos sin amparo. El también culpaba al paco y no al mercado que lo distribuía. Sus sentimientos de fracaso e inferioridad, tenían origen en la justificación burguesa, promocionada sin cansancio para la fabricación de representaciones sociales, que alimentaran el sentido común de sus agentes y sus victimas. El se creyó que merecía ese estado de vida, creyó que merecía la soledad mas prematura y cruel que pudiese soportar, creyó que era su culpa el abandono, el no ser como los demás niños, pensó que él no quiso estudiar y no tuvo voluntad para trabajar. Murió convencido de que merecía morir por el bien de la sociedad. Sociedad de consumo, que necesita del orden para sostener sus privilegios.
Y las maquinas lo acribillaron, como al peor de los criminales. Carlos Menem, entre otros servidores del bienestar general, miraban asombrados desde sus barrios privados, la terrible inseguridad de los tiempos que corren.
Los medios masivos de comunicación anunciaban aquel medio día; “murió niño delincuente”; “llevaba visera”

LA MOSCA EN LA NARIZ

Minutos antes la mosca apoyaba sus lánguidas extremidades inferiores; sus patas y hocico, sobre la superficie mierdosa que decoraba el pasillo. Minutos después, la misma mosca, posaba displicente sobre la punta de su nariz. “Esta sentado a la derecha de Dios padre todopoderoso…” Repetía el siempre fiel acolito eclesiástico Roberto Gonzáles, laico por excelencia, obrero, ungido con la gracia divina, la vocación de servicio, los dones del espíritu, la nada y lo absoluto. La nada, Roberto no tenia nada, más que su titulo de cristiano modelo, su pala y su escasez, el hambre y la disconformidad mansa y acallada. Lo absoluto, Roberto Gonzáles tenia fe ciega, esperanza en el paraíso, voluntad de amar, entrega absoluta para ese día, que con una mosca en la nariz, no dejaba de rezar, ni de contemplar calmo la imagen de Cristo, sentado a la derecha de Dios, siempre a la derecha.
Y la mosca olía a mierda. Roberto Gonzáles no quería quitarla de encima, no podía desconcentrarse de su estado de abstracción. Desde pequeño le habían educado para la paz, y era tanta su paz, que no creía justo matar la mosca que caminaba en su cara. La mosca recorría sus mejillas, saltaba hacia su frente y volvía a la nariz, se trasladaba hacia los labios que no dejaban de enunciar “creo en el espíritu santo, en la santa iglesia católica, en el perdón de los pecados…” Roberto Gonzáles perdonaba a la molesta criatura que llenaba de excremento su rostro. Sonreía, la ignoraba, menguaba su pecado, la olvidaba. “Si esta ahí por algo es, debo aceptarla, por algo esta allí, algo habré hecho, tal vez para eso he nacido, la merezco por ser lo que soy” pensaba la inconciencia de Roberto, educada para auto despreciarse, auto reprimirse, oprimida por la educación escolar y mediática. La mosca llenaba de mierda cada centímetro de su piel. Cuando la perdía de vista, el olor hacia eco de su presencia oculta, tal vez detrás de las orejas o sobre el pelo. La mosca, invisible, sutil, estratégica, sabia la paz de su verdugo, la pasividad del cuerpo inerte, que por momentos rezaba para comprenderla, aceptarla y amarla. Cuando el dolor del hambre en la carne era insoportable, le pedía a gritos a un Dios sordo y a sus mudos apéndices terrestres, que se librara de la mosca, la mierda y el olor a indigencia, rezaba para que se vaya, y pedía perdón por no orar lo suficiente.

Esa paz confundida con silencio, obediencia, calma y tolerancia, hacía de Roberto un hombre desgraciado. Pero Dios está a la derecha. Y en su morada, estructura poderosa, un regimiento de moscas hacían fila para la lucha diaria por ganar territorio y legitimidad entre sus victimas. Necesitan más Robertos González a quienes sembrar mierda, sin peligro de muerte ni derrota. Y lo glorioso de Roberto era su inocencia. Un hombre de Dios, un buen hombre, un hombre de bien, un laburador, honesto, pacifico, un sujeto que nunca se quejo de nada, que siempre respeto con perseverante firmeza los horarios fabriles, nunca llego tarde al trabajo. Nunca falto a la fábrica, al igual que Sarmiento. Auque nunca tuvo posibilidad económica de ir a la escuela, ni de matar bárbaros. Pero la barbaridad estaba en su frente, dejando huellas imborrables de mierda sólida. Mierda rojiza, vaya a saber él de quien. De quienes.
Pero Roberto Gonzáles no protestaba, nunca protestó. No quería caer en la tentación, ni merecer el infierno latente de los desobedientes. El infierno que merecía toda intención o tentativa de subversión, de pensar diferente, de cambiar la sociedad, de hacerla mas justa, la justicia y la equidad es cosa del demonio. Los desconformes sublevados compañeros de trabajo habían desaparecido hace tiempo, por luchar contra las moscas, por no querer comer mierda, por no rezar en paz.

Cuenta la Biblia, que en la cruz, el buen ladrón estaba a la derecha y se salvó. El ladrón malo, el subversivo, fue condenado al infierno eterno. Estaba a la izquierda.

 

 

 

 

 

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