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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Juan Manuel Fernández Herrero
949100@telefonica.net

 

EL APRENDIZ DE GIGOLÓ

Después de desayunarse un bocadillo de jamón serrano y un café con leche en un pequeño local de la popular Ramblas de los Estudios, Tom encaminó sus pasos hacia el corazón del barrio de Ciutat Vella en busca de alguna pensión barata que le ofreciese cobijo temporal y tranquilidad suficiente como para poder meditar sobre qué hacer con su vida presente y cómo poder dirigirla hacia un mañana mejor. Aquella no parecía ser tarea fácil, pues Tom se pasó esa mañana y buena parte de la tarde buscando infructuosamente un alojamiento que se ajustase a su escaso presupuesto. Y lo de encontrar un empleo mínimamente aceptable aún lo veía el chaval más negro que los nubarrones que en esos mismos momentos se arremolinaban amenazadores sobre la ciudad.

Aquel segundo atardecer de orfandad impuesta, iba Tom caminado por la transitada calle Nou de la Rambla cuando de repente enfocó su retina sobre un desvencijado letrero que estaba fijado a un balcón exterior por medio de alambres oxidados. El ruinoso rótulo, sin embargo, parecía ofrecer algo parecido a lo que el muchacho andaba buscando desde hacía un buen rato.

Aquello no era precisamente el Waldorf Astoria, ni la calle guardaba el menor parecido con Park Avenue, claro que Tom tampoco era el hijo de Donald Trump. Pero el muchacho estaba hambriento y cansado, y aún quedaba mucha calle por recorrer. Por eso, haciendo de tripas corazón, el sufrido caminante finalmente decidió introducirse en el lóbrego portal de aquel viejo edificio y escalar los todavía más lóbregos peldaños que le llevarían hasta el tercer piso de un caserón sucio y maloliente. Allí no había ascensor, pues el edificio debía de haber sido construido mucho antes de que el ingenio del señor Otis privase a buena parte del mundo civilizado del sano ejercicio físico que supone subir y bajar escaleras moderadamente. Una modesta placa, Pensión Flori, y un timbre blanco y redondo, con un botón rojo iluminado en su centro, señalaban la puerta de entrada al alojamiento anunciado en la lúgubre oscuridad del rellano. Cuando esa puerta se abrió, Tom percibió la cara agradablemente sorprendida de una jovencita sudorosa, ataviada con mallas negras, camiseta blanca escotada y zapatillas deportivas a juego. A Tom le pareció que aquella adolescente estaba bastante desarrolladita para la edad que delataba su juvenil semblante. “Deben de ser cosas del aeróbic y los yogures biodesnatados”, pensó Tom.

•  Hola, colega – Tom mostraba su mejor sonrisa –. Busco a la señora de la casa. Quisiera...

•  ¡Mamá! ¡Aquí hay un macizo de tío que pregunta por ti!

La impulsiva muchacha desapareció del recibidor tarareando una canción de Oasis y dando saltos de aeróbic como una posesa. El “macizo” se quedó tan sorprendido por lo directo del lenguaje de aquella espontánea chiquilla que le llevó algún tiempo recomponer el semblante cuando la dueña de la casa salió a recibirle. Todavía más sorprendido, Tom descubrió que la madre de la criatura era una réplica exacta de la inesperada recepcionista, aunque con unos quince o veinte años más en el cuerpo.

•  Disculpe la familiaridad en el trato, pero es que mi Vanesa tiene dieciséis años y está en plena crisis de adolescencia, y ya sabe usted que a esta edad las hormonas están que se salen.

¡Como si Tom necesitase que le dijesen tal cosa!

Aunque aparentaba tener algún año más de los que realmente tenía, el muchacho acababa de estrenar sus dieciocho añitos y había momentos puntuales en los que el “macizo” andaba más salido que una locomotora descarrilada. Aquella tarde, sin embargo, Tom no parecía estar anímicamente dispuesto para la práctica de esas actividades que el cuerpo suele pedirle a uno de vez en cuando. De hecho, el chico ni siquiera tenía ganas de hablar. Sin embargo, nobleza obliga. Por eso, Tom trató de extraer del baúl de los recuerdos la urbanidad que había asimilado en la Escuela Pía de Sarriá y se dirigió a la mamá de aquel manojo de nervios haciendo uso de un registro lingüístico poco habitual en los chicos de su tiempo.

•  No hay nada que disculpar, señora. Soy yo quien debería excusarse por haber interrumpido involuntariamente una sesión doméstica de aeróbic. En realidad, su hija parece una muchacha muy simpática. Bueno, señora, yo venía...

•  En busca de habitación, claro.

Quedaba claro que en aquella casa no había forma humana de concluir una puñetera frase.

•  Lo digo por su aspecto cansado y la bolsa de viaje que lleva en la mano, caballero. No vaya usted a pensar que soy vidente o algo por el estilo.

•  Claro que no, señora – replicó Tom sonriendo –. Pero tiene usted toda la razón. Estoy bastante cansado y quisiera una habitación individual, a ser posible interior y con poco ruido.

•  ¡Vaya! – exclamó la mujer soltándole a Tom una frase estudiada y totalmente homologable en sinceridad a las promesas de los políticos en campaña electoral.

•  Pues está usted de suerte, amigo. Esa habitación es justamente la única que me queda libre en estos momentos. Pero permítame la franqueza, joven, el dinero siempre por delante. Son treinta y dos mil pesetas por adelantado y, si usted quiere, puede desayunar con nosotras en nuestro salón comedor alrededor de las ocho por el mismo precio. Y ahora, sígame y le mostraré su habitación.

Tom contempló detenidamente la habitación sugerida. Aquella cámara era más austera que el cardenal Cisneros en uno de sus frecuentes días de ayuno. Un catre doble con póster de Michael Jackson por cabezal, un armario sin puertas, una diminuta mesa de noche y una persiana verde que cubría el hueco de un diminuto ventanal constituían todo el mobiliario del cual estaba dotado aquel modesto habitáculo.

Dada su precaria situación personal y económica, Tom decidió quedarse con la habitación, por el momento, y pagar religiosamente las treinta y dos mil pesetas estipuladas sin discutir el más mínimo detalle. Luego, la señora de la casa le dejó a solas con su bolsa de viaje, no sin antes lanzarle una mirada lasciva que parecía desnudar a Tom de la cabeza a los pies. Menos mal que el muchacho no se percató de aquello. De haberlo hecho, quizás hubiese salido de allí huyendo a toda velocidad. Y es que a esas alturas de su peripecia personal Tom todavía no era plenamente consciente del demoledor efecto sensual que su sonrisa aniñada y su cuerpo de hombre podían llegar a ejercer entre la mayor parte del género femenino. El chico guardó sus escasos efectos personales en las estanterías del apolillado armario sin puertas, se quitó la ropa y se metió en una cama, cuyo somier sonaba a música techno. Al primer contacto con las sábanas limpias, sin embargo, Tom se quedó más dormido que el tronco de un abedul.

Sus primeras horas de estancia en aquella habitación desangelada habían transcurrido plácidamente y el bello durmiente ya había matado el primer gusanillo del sueño. Con la mirada perdida en el techo de aquel simulacro de habitación, Tom trató de imaginar cómo podía organizar el día siguiente de una manera productiva. Fue entonces cuando oyó que las bisagras de la puerta chirriaban discretamente y que esa misma puerta se estaba abriendo poco a poco. Horrorizado, el muchacho se percató de que no había echado el pestillo antes de acostarse y, ahora, algún ladrón o alguien por el estilo pretendía violar su intimidad. Iba el chico a lanzar un grito desesperado de auxilio, cuando la tenue luz del patio interior que entraba por las rendijas de la persiana que cubría el marco de su ventana le permitió distinguir en la penumbra la silueta aparentemente desnuda de una mujer joven, de curvas sensuales, cabello suelto y caminar discreto que se le estaba acercando muy sigilosamente. Prudentemente, Tom optó por callar, permanecer inmóvil y dejar que la adolescente alocada que tarareaba canciones de Oasis y se deslizaba con pasos de aeróbic por toda la casa, tomase la iniciativa de aquella insólita situación. La intrépida aparición fue colándose bajo las sábanas con gran delicadeza por su parte, la misma delicadeza con la que fue acercando su cuerpo desnudo y cálido al de un Tom levemente tembloroso. Inmediatamente, la amante furtiva acarició el pecho del sorprendido huesped, puso su muslo izquierdo sobre el bajo vientre del muchacho y empezó a besarle suavemente, primero en los pezones, luego en el cuello, después en la barbilla y, finalmente, en los labios. Por su parte, Tom empezó a recuperarse de su parálisis transitoria para ir poco a poco tomando posiciones en la incruenta batalla amorosa que acababa de estallar en aquella cámara lujuriosa. Dejándose llevar espontáneamente por su joven naturaleza, el excitado muchacho también comenzó a besar repetidamente los duros pezones de aquella intrépida moza que se había ido encaramando lascivamente sobre su cuerpo al tiempo que Tom le acariciaba hombros, espalda y nalgas con una destreza impropia de un principiante. Luego, la impetuosa visitante nocturna tomó en su mano derecha el voluminoso apéndice del joven y fue permitiendo que la parte más íntima de su anatomía fuese siendo invadida poco a poco por el portador de tanta testosterona. Tom comprendió complacido que ahora sí que alguien estaba “violando su intimidad” auténticamente. Y sin embargo, al muchacho le parecía estupendo ser víctima circunstancial de aquel inesperado asalto con premeditación, nocturnidad, pero sin el menor atisbo de alevosía, de que estaba siendo objeto por parte de la muchacha alocada. El chaval lo había hecho sólo un par de veces, y en ambos casos con compañeras de clase inexpertas, pero aquella briosa adolescente parecía tener más tablas que una profesional. Por su parte, el lecho también quiso unirse a la impetuosa unión de aquellos cuerpos desnudos poniendo a todo volumen la música techno que producía el indiscreto somier. Los sintetizadores del deseo y los tambores de la pasión sonaban por toda la estancia. Luego, la tempestad del encuentro venéreo fue dando paso gradual a la inconfundible calma del deseo satisfecho.

Tras el inopinado lance sexual, la compañera de juegos eróticos de Tom pulsó la perilla que descansaba sobre la diminuta mesita de noche y encendió la luz mortecina de una sucia bombilla de 60 watios enganchada a medio metro de cable que surgía directamente del techo, como si de un fantasmal ahorcado se tratase. Fue entonces cuando el muchacho se puso más colorado que un tomate marroquí. A su lado no se hallaba precisamente la chica que tarareaba canciones de Oasis y daba saltos de aeróbic como una posesa por toda la casa. Su accidental compañera de cama había resultado ser la mismísima madre de la criatura ¡absolutamente en carne y hueso! Mientras se fumaba el correspondiente cigarrillo rubio, que en un principio Tom había rechazado educadamente, la dueña de la casa contempló el cuerpo desnudo de su joven amante con gran deleite y le susurró al oído:

•  Para ser tan joven, has estado muy bien chaval. Pero que muy bien. Ahora mismo te traigo un vaso de leche con galletas. ¡Ah! Y el mes que viene sólo tendrás que pagar la mitad por la habitación.

Y dicho esto, la fogosa señora abandonó decididamente la estancia dejando a Tom más perplejo que un calamar en la calle, eso sí, con el cuerpo totalmente relajado y el alma secretamente feliz.

Aquello no había llegado a pasar por la imaginación de Tom en ningún momento anterior a ése, pero, en el silencio de esa noche excitante, al joven efebo le pareció oír la voz susurrante y familiar de una diosa que quería hablarle al oído.

¡Qué pasada de revolcón, tío! Tendrás que convenir conmigo en que ha sido de fábula.

Oh, mi diosa Afrodita, sé que todo esto lo debo a tu divina mediación.

Mira, Tom, déjate de protocolos trasnochados, y háblame sin rodeos, ¿vale?

Vale.

Bueno, muchacho. Ya sabrás que yo suelo dejarme caer allí donde el amor y las pasiones florecen, ¿no es cierto?

Muy cierto, señora.

Pues, mira por dónde, éste no es el caso.

¿Ah, no?

Pues no. La verdad es que yo no he tenido nada que ver con este polvo imprevisto, aunque me habría gustado.

¡Vaya!

Yo simplemente pasaba por aquí cuando me detuve al oír vuestra alharaca sexual. Por cierto, chico, ¡qué potencia la tuya! ¡Y qué armatoste! Da gloria verlo.

Me parece que me voy a ruborizar.

¡Al cuerno con la timidez, chaval! Hoy día eso no cotiza.

¿Pues, qué cotiza?

Mira, Tom, he visto como te las apañabas con esa guarra y te puedo asegurar que yo misma me estaba derritiendo sólo de verte, y eso que soy una diosa acostumbrada a ver de todo, no creas.

No sé... diosa, no sé... Yo solamente me he dejado llevar por mis modestos impulsos mortales.

Pues con unas cuantas sesiones de gimnasio, un poquito de técnica y otro poquito de práctica en el “asunto” podrías trasformar esos modestos impulsos mortales en una facultad sexual de la hostia, y ése sí que es un valor en alza, muchacho.

Me parece que no acabo de entenderte, diosa.

¡Chico, pareces bobo! Quiero decir que con un poco de preparación física, un buen asesor de imagen y alguna experiencia sexual añadida podrías llegar a convertirte en el flamante Superfollador de la Nueva Era, sacarle partido a tus encantos y vivir cómodamente de ellos.

O sea, meterme a gigoló.

Ése es un término anticuado. Estoy proponiéndote que ejerzas como ECFI.

¿ECFI? Y eso qué es, ¿un partido político?

¡No, hombre, no! Es algo mucho más serio. Esas siglas significan Experto en Complacer Féminas Insatisfechas. ¿Me sigues, chaval?

Ahora creo que sí.

Pues eso.

¡Un ECFI! Vaya, suena de coña. Pero... no sé yo, diosa... Sigo pensando que un gigoló siempre será un gigoló.

Tú verás, chaval.

La verdad, mi adorada Afrodita, no sé como agradecerte tus sabios consejos.

Bueno, tío, cuando tengas las musculatura de Mister España y domines del todo el asunto del mete y saca nos volvemos a ver y me lo agradeces personalmente, ¿vale, chatín? Y ahora perdona, pero debo volver al Olimpo cagando leches.

¿Por qu
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