FLORES MUERTAS ENTRE NUBES |
Y al volver la mirada,
tú ya te habías ido,
y allí caí sobre el suelo, abatido,
buscando en un delirio desesperado
y enfermo,
los atajos que me llevaran de nuevo
a tus besos,
donde sosegaba mis pesadumbres
y tormentos,
a las caricias tímidas de tus manos
que me zarandeaban como una frágil ramita,
al descanso sin reservas de tus gestos
cómplices de nuestras risas y desganas,
y me quedé con tu recuerdo cicatrizado
en el costado,
con alguna canción que aún me hace llorar,
y con mi tristeza tiritando entre los dientes,
tiritando de frío,
pero me levanté con un grito en la nuca,
escupiendo tierra mojada,
vareando suspiros y sollozos,
y anduve perdido durante noches,
deambulando solo,
maldiciendo a la luna y a los perros,
embriagado de flores muertas
que sembraban de nubes mis insomnios,
nubes teñidas de humo insano,
y volví a caer sobre mi voz quebrada,
que murmuraba tu nombre a escondidas,
y dije basta, gritando, aterido,
y se me reventó el corazón entre los labios;
más tarde,
cuando despertaron mis párpados de cansancio,
tú ya te habías ido,
pero esta vez no volví la mirada,
y había olvidado tu nombre.
Juan Marea
¿Por qué no escuchas mis palabras
que se mueren arruinadas en el silencio?
¿Por qué te escodes para no mirarme
detrás del velo de tus sueños?
Me has dejado tiritando bajo el sol,
y con tu piel pegada a mi piel,
tan desconsolado y triste,
que apenas si consigo olvidarte un instante,
amodorrado sobre las horas febriles y muertas
que socaban los cimientos resquebrajados de la noche,
y, a pesar de todo,
te sigo recordando tal y como eras
cuando el miedo te hacía abrazarme con ferocidad,
y la oscuridad ocultaba nuestra ansia bajo las sábanas,
pero ahora tengo ganas de llorar,
ahora que todo está perdido y muerto,
y bien muerto,
ahora digo, que te necesito,
y cómo,
pero ni siquiera te llegan mis palabras,
y, si te llegan,
se mueren arruinadas en tu silencio,
pero tranquila mi amor,
no quiebres el sueño con tu llanto,
que el viento se acaba llevando las nubes del otoño,
y lo que queda,
es el rastro que se pierde
de un pobre recuerdo leve, vago, difuminado,
de lo que pudimos haber sido,
pero que no pudo ser, y me duele;
sólo espero en este día gris de noviembre,
que tu olvido no sea mi propio olvido,
mi abandono del mundo,
y que tu recuerdo mantenga la llama
de mi esperanza,
quiero decir,
que vuelva a salvar mi ilusión
cuando piense que nos tuvimos,
porque me siento desolado vadeando las horas
entre los resquicios de la tarde sonámbula,
un día y otro día,
y la existencia puede llegar a ser tan desoladora,
que uno se arrastra fácilmente por el desamparo,
hasta que te acabas convirtiendo en estatua de piedra
el día menos esperado,
por eso, amor,
tengo que recordarte aunque me duela,
para no morirme mustio sobre las baldosas,
por eso,
las horas que hoy he pasado contigo
las reviviré algunas tardes y algunas noches
hasta que me derribe el sueño,
pero tengo que recordarte amor,
a pesar de todo,
para no quedarme en las copas de los árboles
mirando la vida entre las ramas,
extenuado y moribundo,
porque ésta puede llegar a ser tan desoladora...
Hoy como otros días
me he levantado de la cama con el ánimo en los pies,
sentado sobre el borde de este precipicio,
he querido mirar el abismo de mis sueños,
y he vuelto a ver mis huesos amontonados en el suelo,
tristemente descarnados,
y al igual que otros días,
he permanecido encerrado entre estas paredes blancas
con la imagen de mi cadáver sonriente frente a mí,
y he llorado con la pena en mi garganta,
escupiendo despojos de caricias
y de besos malheridos,
atragantándome con las palabras que me decías,
con cada una,
en uno de aquellos días cualquiera,
y he suspirado de nostalgia al fin,
y como otros muchos días,
me he perdonado frente al espejo
por echarte de menos todavía,
después el tiempo que ha pasado,
tan lento y delirante,
hora tras hora hasta cerrar la herida;
y hoy he salido de nuevo a la calle,
con un temblor en la lengua,
con los dedos encogidos en los bolsillos,
y todo me ha parecido extraño,
el murmullo de la gente, las cafeterías, los árboles,...
pero ahora ya, despues de todo,
entusiasmado a cada paso que doy,
empiezo a reconocerme en mis gestos,
y sigo andando despacio
para no volver a caer sobre mi sombra,
y derramar tus recuerdos sobre las aceras.
REENCUENTRO QUE NO TUVO LUGAR
|
Ni siquiera un destello en tus ojos;
me miraste tranquila,
como quien mira la lluvia
a través de la ventana
esperando que un rayo de sol
atraviese las nubes y la tristeza,
me miraste y no quisiste ver
los silencios de mis palabras,
la inquietud de mis gestos,
mi abandono entrañable,
yo te miraba y lloraba por dentro,
sin querer comprender que tú
ya eras otra,
que ya no compartíamos los sueños,
ni las risas después de mirarnos,
ni las caricias bajo las sábanas,
que tú preferías estar en otro sitio
con cualquier otro,
y me quedé sin preguntas
con las respuestas atragantadas,
y quise huir,
despertar en otra madrugada,
pero tuvimos que aliarnos con el tiempo
y consolarnos con vino entre recuerdos marchitos
en silencio,
así frente a frente,
hasta que llegó la despedida:
tan sólo,
un adiós sin mirarnos.
Esta espantosa soledad
que transita los vericuetos de mis noches,
y me aletarga con sus silencios,
me ha ido desfigurando con parsimonia,
hasta desprenderme de mis uñas
y de mis párpados,
y no consigo deshacerme de mis fatigas
como quisiera,
atado a mis temores en penumbra,
dolorido por los golpes del fracaso,
aquí sigo, pensándome para redimirme,
mientras adolezco de ese amor muerto
que me intoxica los sentidos
y me devora este deseo infausto,
porque estoy enfermando de cansancio,
de ver pasar los días bajo mi ventana,
de lejos, sin apenas tocarlos,
hundiendo mis sueños en pesadillas de fango,
que revivo golpe tras golpe,
levantándome inútilmente tras la caída,
y esa voluntad de verme convaleciente,
que no cesa, como aquel rayo
que parte la noche en dos
con sus palabras,
que hurga en mis lamentos
descubriendo el umbral de la tristeza,
atrapándome en la maraña de mis deseos,
cuando quiero huir despavorido,
perderme,
y apenas si puedo mover los dedos
de una mano,
agarrarme a la vida con los dientes,
y seguir viviendo masticando suspiros
que me saquen de mi padecimiento,
aunque no sea más que unos momentos,
un instante de noche estrellada
en el que olvidar mi abandono
dejándome llevar por el viento,
tal vez a ese otro lugar inexistente
en donde te reconozco al fin,
y donde me consuelo con otras penas,
y con otras soledades.
¿Dónde está la salida,
la luz hacia las aguas tranquilas?
¿Dónde podré recostarme
y que mis labios dibujen una sonrisa
en mis sueños?
Deambulo cansado por las calles,
porque no puedo permanecer encerrado
con mi conciencia entre cuatro paredes,
y la vida se me agota
en pensamientos exhaustos,
que perviven como vástagos nefastos
en campos yermos y deshabitados,
alimentándose de soledad y de locura;
me busco ciegamente,
tanteando las puertas cerradas de la miseria,
donde sólo hallo pesadumbre,
donde zozobran mis deseos de huida,
y donde me aferro a la llamada
de los acólitos de las tinieblas,
que pintan mi realidad de colores tibios,
y es así como
se me enredan los ojos a las palabras,
y recorro las aceras para encontrarme,
pero mis pensamientos se precipitan extenuedos,
como queriendo poner pretextos desesperadamente
a una existencia baldía,
donde imperan las sombras ocultas
en un anochecer perpetuo
que me ahoga y me atormenta,
y me lamento mil veces
y me maldigo otras tantas,
porque descubro tras las cortinas
el olor de una muerte prematura
que me acecha,
y corro entonces hasta el espejo
para cerciorarme de que ando a solas,
de que no se posan en mi espalda
mariposas negras,
volviendo a preguntarme,
con la ansiedad de una víctima postergada,
dónde está la salida,
el amanecer cálido de un día de verano.
Me cuesta pensar
que todo mi mundo se ha desmoronado
sin saberlo,
siempre hay señales que van y vienen,
que nos anuncian los desastres,
los cataclismos invernales,
las miserias de los días que vendrán,
pero de repente me quedé solo
a las puertas del desamparo,
perdido en una habitación oscura,
deambulando por lugares
donde alguna vez estuve con ella,
y nos quisimos de veras,
lugares que ya son otros
aunque permanezcan en el mismo sitio;
siempre vuelvo a ellos,
vuelvo para recordarte,
o mejor, recordarnos,
porque a pesar del tiempo transcurrido,
te añoro cada noche en silencio,
y a veces, ya ves,
se me descuelga una lágrima oportuna,
y me pregunto dónde estarás,
si me recuerdas alguna vez,
pero cierro los ojos deprisa
para no darle coba a los sueños
que desaparecen al instante;
ahora soy un paria en mi mundo,
un adorador de las estrellas,
y me sigue costando creer
que ya no estás conmigo.
TENDIDO, SOLO Y TAN TRISTE
|
Estoy solo amor, y tan triste,
que los espejos tiritan espantados
cuando dejo caer mi rostro
de muerto y de fatiga,
quizás no sea más que la obsesión
de no tenerte, de haberte perdido amor,
pero qué más dá,
si estoy solo y triste,
y no estás a mi lado para recoger mi esqueleto
y mis ansias con tus manos,
a pesar de que el suelo está frío,
y que la noche adormece al tiempo
envolviendo sus alas de colibrí,
porque la soledad esparce de recuerdos
los silencios que me acompañan,
y me disloca los huesos,
y me atraviesa la mirada con su cuchilla
leve como el aire,
es por eso que sigo aquí amor,
recordándote sobre el suelo,
tendido, solo y tan triste...
Me arrastro mordiendo las piedras,
el viento, los cristales,
me arrastro moribundo,
enfermo, indiferente,
me arrastro para reconocerme,
diferenciarme y resistir,
me arrastro tranquilo,
serenamente, sin prisas,
me arrastro sobre la tierra,
el asfalto, las paredes,
me arrastro porque quiero,
porque quiero gritar,
porque quiero huir,
me arrastro como una culebra,
como un varano,
como una lombriz,
me arrastro masticando tu abandono,
tu olvido, tu renuncia,
me arrastro por arrastrarme
y sobrevivir.
Me arrastro...
No me llames por mi nombre,
porque no sé si te responderé
cuando te hayas ido,
ocurre que te has llevado mi corazón
en tus manos,
y también mi carcajada inesperada,
quiero que me entiendas,
si me llamas mañana,
o quizás cualquier otro día,
y de pronto descubres, perpleja,
que no reconoces mi voz,
ni la tonalidad noctámbula de mis sílabas,
o acaso mis respuestas
ya no te parecen las esperadas,
no pienses que no existe el pasado,
o que nuestros besos sólo fueron
con la almohada,
aquí y ahora, pienso que el pasado
también existe,
o que si existió alguna vez,
se quedó para invadirnos,
y es que
mi nombre se ha ido quedando
en cada sorbo para olvidar,
en cada caricia ansiosa,
en cada penamiento vacuo,
pero para que me comprendas,
al modo en que comprenden los niños
que las nubes mojan,
quiero que nos pienses y nos recuerdes,
y después o mientras tanto,
te mires desnuda en el espejo,
palpando cada contorno de tu piel,
y entonces, no sé,
tal vez después me sigas llamando,
o no.
UNA SONRISA ENTRE LA NIEBLA |
De pronto he advertido
(ya sabía yo que ocurriría),
que me cobijo al amparo de mis pensamientos
desnudos y sin vida,
mis pobres diablos que me acompañan en la noche,
cuando las luces tímidas de las farolas
descubren el silencio imprevisto de los rincones
y las aceras,
y he compendido al fin,
al ver mi sombra inmóvil en la penumbra,
lo que soy, lo que siempre he sido,
nada más que una sonrisa entre la niebla,
una caricia en el aire,
alguien que aparece un buen día y huye de pronto
y para siempre,
porque he aprendido a vivir de la soledad,
simpre tan solo,
que quizás ya no sepa vivir de otra manera,
y ahora una copa de vino me basta
para soportar el peso insufrible del mundo
sobre mis costillas,
y cicatrizar así las llagas abiertas de mis labios
que se secan;
y es que todo está en mí,
y me resigno al vaivén de los días,
pero me quedo con la agonía
de no tenerte.
LAS HORAS Y LAS NOCHES SIN LUNA |
Mis pensamientos me hacen temblar de miedo,
retorcerme aterido en la neblina,
quiero escapar afuera a pesar de lo que soy,
y que se cierren las puertas y las ventanas
tras de mí, en silencio,
como un susurro de mariposa,
que no me percate de mi reflejo en los espejos
cuando pasee entre las boutiques y los comercios,
que nadie me pregunte a dónde voy
ni de dónde vengo,
y que los días no duren sólo un segundo,
aunque me recuerde y te recuerde,
y tiemble, y sienta frío,
y necesite huir,
para reconocerme, después, en el espejo,
ya que esta angustia encerrada
me mantiene despierto y en silencio,
meciéndome por los recovecos de las horas
y de las noches sin luna.
A veces quisiera explotar en mil pedazos,
y recomponerme después para seguir llorando,
regodearme en la tristeza
de esta jaula con barrotes de porcelana,
y esconderme del viento y de la desgana
de los muertos;
pero a veces quisiera gritar de ira,
maldecir a los que han perdido sus sueños
sin esperanza,
a los que han dejado de brindar con vino,
y desnudarme por ellos en las calles y las plazas;
sólo a ratos quisiera deshacerme del mundo,
esquivar esta existencia que me agota
y despedirme del mar en la noche,
para volver cantando
cuando el sol golpea las paredes y las ventanas
sin hacer ruido,
y los niños se quitan el sueño a puñetazos,
entre las sábanas pegadas a su sueño;
otras veces, en cambio,
quisiera sentarme con la gente en los trancos,
y contarles cuentos y poemas de amor,
seducirles con vino en la madrugada
y acabar bailando abrazado a una estrella,
embriagados y fugitivos
de la claridad de la mañana.
En un momento dado
podría quebrar los muros de mi realidad,
extrangular con las manos el tedio
que me acompaña,
y perderme en silencio entre la gente,
confundir incluso mi reflejo en los escaparates,
y no mirar hacia atrás
al llegar al final de una calle,
para que no me sobrecojan los recuerdos,
esos recuerdos tuyos, nuestros,
que parecen esperarme detrás de cada esquina,
apareciendo de golpe un día cualquiera,
en un moemnto dado,
y lentamente desaparecer sin dejar rastro,
sin despedirme, sin decir adiós,
con las manos en los bolsillos,
con mis pensamientos enjaulados
y unos cuantos poemas de otros;
en un momento dado,
podría cruzar el río, atrvesar algún desierto,
incluso subir una montaña
que saliera bruscamente a mi paso,
alimentarme a sorbos de mi propia sombra,
y detenerme cuando me sangraran los pies,
después de haber destrozado mis zapatos
y hacer añicos mi pobre conciencia
de una vez por todas,
en un momento dado.
Siento cómo echo raíces desde mi pensamiento
que me arrastran a la vida por los pies,
pesadamente de un lado para otro,
con una inercia devastadora,
llena de despojos,
de rutina y de horarios que cumplir,
de tiempo secuestrado y perdido por el tiempo,
y sigo adelente, ahora también, lo sé,
el porqué se ha quedado en el camino
con casi todas la respuestas
que compartimos todas aquellas noches
y mañanas,
entre sábanas con ruido de besos
y canciones que mermaban el vacío
de la despedida,
y que sólo quizás,
nos engañemos pensando que hemos cambiado,
que ya no somos el suspiro del otro,
sino extraños que han dejado de nombrarse,
y que se recuerdan en silencio,
una vez más, eso sí,
antes de pasar a ser un mero rostro
en el espejo traslúcido del recuerdo.
En fin, estoy pensando
que no podré huir de mis recuerdos
cerrando tan sólo la puerta
y dejándolos atrás,
tendré que llevármelos en mi única maleta,
entre la ropa sucia y algunos libros muertos
de tedio y desencanto,
pero como tampoco podré deshacerme de ellos
abandonándolos en una carrtera perdida,
me los beberé uno a uno,
tragándomelos despacio para no volver a abrir
las llagas de mis tripas,
que resuenan como alaridos
resquebrajando el silencio inoportuno,
y una vez deshechos,
los colocaré en la trastienda de mi memoria,
uno tras otro,
para repasarlos con el paso del tiempo
sin tener que abrazarme al hueco de tus ausencias.
Liberaremos a los marginados
porque no podemos soportar sus miradas,
ni su libetad entre miseria,
ni su odio apacible contra el mundo,
ni su enfermedad prematura,
ni sus carcajadas infinitas
y desoladas,
ni su orgullo arrodillado,
ni sus ilusiones ya desencantadas,
ni sus estómagos tiritando de frio en invierno,
ni su sometimiento inconformista,
ni sus huesos arrancándose las entrañas a mordiscos,
ni la mugre pegada a sus párpados,
ni la basura entre sus dedos,
ni sus cuerpos apocados en el desamparo,
ni sus palabras huérfanas de esperanza,
ni sus sentimientos sólo de dolor,
ni sus pesadillas diarias e ineludibles,
ni su pensamiento transtornado, lúgubre,
ni su vida en extinción,
ni su muerte a las puertas,
ni su exclavitud inhumana, atroz,
y, sobretodo, por sus miradas,
esas miradas tiernas
llenas de rencor e incomprensión.
Ahora que me reconozco ante el espejo,
y que no finjo la amargura que anida
entre mis huesos,
ahora que sólo percibo los colores opacos de la noche,
y que apenas distingo difusamente el final de mis dedos,
ahora que parece que mi cuerpo se extingue inamovible,
y que la angustia no deja de golpear una y otra vez
las paredes que me rodean,
me rio del mundo con la perplejidad de los árboles
y el asombro impasible de los pájaros,
ahora ya puedo mirar a los ojos
y sonreirle a la tristeza,
porque ahora me abandono sin tregua
en mi tormento.
Me gusta mirarte cuando estás dormida,
acurrucada e indefensa,
con el sueño tranquilo en tus párpados
y el pelo arañándote con suavidad
la piel de tu cara,
yo te miro sonriendo,
preguntándome de qué color serán tus sueños,
y te acaricio después,
poniendo cuidado para que no despiertes,
pero sin importarme demasiado que lo hagas,
porque entonces te percatarás amor
de lo que siento,
y sabrás en ese momento sin lugar a dudas,
que sin tí me pierdo sin sentido
girando como loco sobre mi sombra desnuda,
y que desvarío enredado en mis miedos,
ahogándome en la ciénaga de mis lágrimas,
hasta parecerme a una estatua de piedra
que deambula con su miseria a cuestas
entre las calles huecas y la gente.
Quiero convencerme de que soy otro,
que al fin y al cabo te sobrevivo,
si, ya sé, con mis cicatrices y secuelas,
pero sucede que arrastro tus recuerdos
por mi pensamiento,
dejando surcos hondos en mi mirada
y en mis manos agarrotadas que olvidaron;
ahora ya no puedo mirar atrás,
tengo que seguir andando sin detenerme,
al menos hasta atravesar la noche,
que precipita mi dolor contra las horas
que no sucumben,
que van muriendo despacio,
y así mi pesar se alarga encadenando
tus recuerdos,
uno a uno me van desfigurando,
y quiero gritar pero me ahogo,
y quiero huir, pero a dónde,
y tu olvido se desvanece entre mis dedos,
y de este modo no te olvido,
aunque ya sea otro,
porque llega la mañana con sus cantos
de pájaro desquiciado,
y se me despabila el encanto y la avidez,
y el transcurrir de la jornada va aliviando
mi ánimo derrotado durante las horas
de insomnio,
y grito entonces, y sonrío sin miedo,
pero sé también que llegará la madrugada,
y con ella,
el inmenso alarido de mis ruinas deshechas
clamando al silencio empudrecido,
pero hasta que me sobrecoja ese momento
de soledumbre,
no me derrumbaré por los rincones,
ni mostraré la angustia sobre mi rostro impasible.
Creo que sólo conocemos
aquello que hemos vivido
en el momento de vivirlo,
el ahora es lo único concreto,
la sola certeza,
aunque el presente siga siendo una secuela,
y una ausencia irreparable que nos confirma,
recuerdo ayer y antes de ayer,
y el vaso vacío que llené hace tres segundos,
y mi soledad de ahora,
es decir,
la de este momento que se va,
que se va con el aire,
pero que sigo sintiéndola fría
arrinconada entre mis huesos,
y es ahora cuando puedo decir tranquilamente,
que conozco cada uno de mis silencios atroces
y mis nostalgias, los recovecos de mi esperanza,
mañana, quién sabe,
quizás reconozca lo que fui
en algún reflejo aparente,
pero hasta que llegue ese nuevo día,
me dejaré llevar por todas mis heridas
y mis secuelas.
¿Qué me queda
cuando ya no padezco la amargura
de mi memoria,
cuando los recuerdos se secan
como flores muertas,
y el tiempo arrastra los pedazos
esparcidos en mi conciencia?
¿Qué me queda sin la angustia
de mis pensamientos mojados,
sin el temblor de mis huesos de cartón,
sin ese vacío aterrador que me enferma
la garganta,
sin el invierno de la nostalgia?
Me quedaría únicamente la indolencia de vivir,
la desidia de los días imperecederos,
la frigidez de la apatía y de la niebla,
y quizás tan sólo
la espera de la muerte.
Vivir,
sólo vivir,
vivir de asco, de miseria,
malvivir,
vivir por vivir, sin vivir,
amordazarme,
extinguirme,
extirparme la existencia,
consumirme,
y seguir viviendo...
(Infame vida)
La tristeza viene a veces con el viento
para quedarse y deambular entre tus sueños,
meciéndote, arropándote,
sosteniéndote con su infinita tranquilidad
de sepulcros vacíos a la espera;
su mirada, que no es tu mirada,
congela el ocaso en tus ojos sin vida,
habituados ya a la oscuridad,
mientras tanto,
la eternidad se parece al deterioro
y a la lluvia de una mañana fría.
¿Cómo será el otro lado del muro?
¿Existirá vida o sólo silencio precipitado?
No sé, y sin embargo, me gustaría estar ahora
al otro lado de este muro.
Siento, no sé; un frescor de montañas verdes,
un alarido, un niño que llora,
un pájaro que canta como un violín
en la noche de ventanas abiertas;
y también el quejido de una mano herida,
una palabra enferma y desesperada,
dos cuerpos que se abrazan
resignados al desconsuelo del olvido,
de nuestra indiferencia que sonríe como si no pasara nada,
no sé, ahora vuelvo a sentir el llanto de ese niño sin madre,
los pasos de alguien que camina tranquilo
y solo, con una tristeza entre los dientes, áspera y seca,
hasta la otra parte de este muro.
Creo que ha caido...
Tengo un sueño atroz que se me repite
como una visión despierta y premonitoria
de un mundo enjaulado por sus miedos y rencores,
su opulencia de hierro y su miseria de guerra;
es éste un mundo de cristal
ajeno a las canciones de los otros,
de los de afuera,
a su alegría utópica y a sus bailes tristes,
a sus consignas impacientes y a la sonrisa de sus ojos,
a la diferencia y a su esperanza irreductible;
un mundo atroz,
tan atroz como la ira infame
de los todopoderosos y sus lenguas de fuego,
tan atroz como el llanto de un niño en los brazos de su madre muerta,
atroz como un delirio de desesperanza;
tengo un sueño que se me repite
una y ora vez,
el sueño de otro mundo,
el sueño de los marginados
que se levantan.
Con una intuición cegadora
avanzo a través de la maraña de los días
esquivando las miradas atrofiadas de la gente;
fantasmas pálidos que se atropellan en las aceras,
palabras que no palpitan
y se desparraman por los bordes de los labios,
y se deshacen contra el suelo
perdiendo el sentido,
pasos agónicos que tropiezan a cada paso
con la carroña que deshechan los buitres
desde las alturas,
sonrisas que se parten al doblar la esquina,
una y otra vez,
gestos deformados en escorzos circenses
que repudian cualquier atisbo de entusiasmo,
y entre tanto,
la podredumbre se extiende
sin descanso,
atravesando la piel y los huesos
hasta los tuétanos;
en la calle alguien baila y canta
cogido a una botella,
lanzando gritos hacia el cielo.
LAS SOMBRAS DE LOS AHORCADOS
|
Con las palmas de las manos encajas
en mi rostro,
tengo miedo de mirar lo que sucede a mi alrededor,
un estallido de colores pálidos ha recubierto
el cielo y los tejados,
y me siento paralizado y extraño
al encontrarme en mitad de un campo de ahorcados,
sin saber qué ha sido de mi realidad inmediata;
sombras que se descuelgan mire para donde mire,
con sus miradas perdidas en el infinito,
sus ojos de cristal que no parpadean,
pero que penetran por las hendiduras de los sentidos
atiborrándolos de arena y de ceniza,
todo parece desolado y yermo,
en el mundo donde reinan los buitres negros,
revoloteando sobre sus sombras opacas
y sobre el cadáver descarnado del tiempo;
existe la vida,
pero perdiendo la mirada propia
y la sonrisa,
y también las palabras que atraviesan la piel,
sólo los buitres negros celebran aquí,
entre graznidos de vanidad y violencia,
la irremediable ceremonia del fracaso,
arrebatándose las vísceras de los ahorcados,
y revolviéndose en el lodo de su tristeza complaciente;
todo parece irreal, inexistente.
DONDE NO HABITA EL TIEMPO
|
La noche se descuelga pesadamente
sobre mis hombros
y me aletarga con su silencio de muertos,
al tiempo que la soledad me avisa con su estruendo
de tambores,
y me veo a mí mismo sentado frente a mí,
y no me reconozco en este sillón destartalado,
en esta habitación en ruinas,
incapaz de huir y encontrarme entre la gente,
de gritar y desistir de esta agonía,
donde sólo mis párpados resisten después de todo,
del cansancio fúnebre de un pensamiento
trastornado y convaleciente,
porque tras una muerte prematura de lo que fuí,
yo ya soy un otro inevitable,
que busca consuelo en la enfermedad
de tener que encontrarse cada noche,
y soportarse en silencio todavía
hasta que el sueño aparezca dando portazos,
y me lleve de la mano adonde
no habita el tiempo,
una vez más.
Cuando esos ojos cansados
ya no esperan el temblor de tu mirada,
y al buscar tu reflejo diurno
sólo distingues la mueca de una sombra esquiva,
entonces, sólo entonces,
desaparece la trascendencia de lo cotidiano
y todo queda relegado tras el biombo de la desidia,
en el sótano de la existencia;
y de pronto,
los colores se desvanecen sucumbiendo entre la niebla,
se alargan las distancias que recorremos
día tras día incansablemente,
los rostros aparecen difuminados a nuestro paso,
convalecientes aún de su propia realidad,
y el asombro tan sólo queda para los pájaros,
los locos de atar,
y los vagabundos que se ríen a carcajadas.
La lluvia salpica tristemente
los cristales de mi ventana rota,
la oscuridad del cielo no me permite
mirar más allá de las nubes,
el frio estremece las ramas de los árboles,
todo parece enmudecer de espanto,
y aun así, sobrevivo,
esperando que el viento, quizás,
traiga consigo un grito lejano
envuelto entre las hojas secas del otoño,
mientras tanto,
permanezco inmóvil, aletargado
y distante de este mundo atroz
y despiadado,
de este mundo sin escrúpulos
y sin memoria,
que se devora lentamente
y agoniza.
¿Cómo escapar de esta letanía inmóvil?
Fuera del mundo y de mí mismo,
enjaulado en una habitación vacía
y sin ventanas,
sólo me abrazo a la soledad atormentada
y al silencio depredador que desgarra
mi conciencia a dentelladas,
quiero que me mires como un superviviente,
deshabitado hasta de mi propio cuerpo,
como un despojo sin nombre y sin rostro,
tal vez ya sin destino,
para que sientas el grito perturbador
de la agonía que resiste
a las puertas del palacio del olvido.
Han desaparecido las canciones de las calles
entre las manos infames del idiota,
que ha visto cómo con ellas se iban también
sus sueños, sus risas, sus rencores,...
quedando solamente una sonrisa desfigurada
como muestra de lo que fue,
de lo que no pudo ser;
se han desvanecido con el aire las palabras, los acordes
y las expectativas de otro amanecer,
el pensamiento arrastrado por un dolor de huesos,
mientras tanto, vuelve un nuevo día,
y el idiota sigue sonriendo con su gesto indefinido,
habituado a la levedad de su propio vacío interior,
y al silencio que le penetra por los ojos
y sale a sacudidas de sus bolsillos.
Mastico la angustia del abandono,
atragantándome a bocanadas con los silencios
de tu ausencia infinita;
quiero agotarme como si estuviera muerto,
y mirar a través de esta ventana
por la que asoma su rostro la tristeza,
el leve movimiento de las ramas de los árboles
queriendo aferrarse a la tierra,
y sentir los golpes del viento
apartando las hojas secas a su paso,
un día y otra noche,
hasta convertirme en un sauce llorón
que pudre sus raices,
y después en un pájaro renacido
que aletea como loco,
y después cerrar la ventana otra vez,
y salir a la calle
con un abrigo largo y un sombrero.
Invocando al espíritu de la tormenta
se dejan caer sin pretextos,
ya estás perdido,
el clan de la niebla te ha elegido
en el momento en que el azar
lanzaba sus dados al viento,
se ha quedado el crepúsculo embozado
en tu mirada,
te has despedido del amor,
y de tu amor,
y aullas a la luna salpicando sollozos,
entre los contenedores abarrotados de basura
y de cuerpos descompuestos,
ya ni siquiera hablas con la muerte
sobre el tiempo
y sus caprichosas evasivas,
caminas sin rumbo esquivando el sol,
escondido bajo tu espina dorsal,
esperando que te atrape el cazador de vientos
en alguna esquina imprevista.
Tal vez no soy yo sino el mundo
que me envuelve,
es decir, tal vez este sentimiento áspero
que me ahoga,
responde sin más a una obligación de huida
hacia otro lugar donde me encuentre,
acaso sin este olor a muerto y a descanso,
acaso sin esta grieta irreparable en mi trapecio,
y donde al fin comparta la noche embriagado de estrellas;
porque nadie existe completamente solo,
salvo a veces cuando se mira al espejo,
y se desnuda sin ganas,
y de pronto descubre, sobrecogido,
que le han brotado ramas en la espalda,
y que un pájaro carpintero horada a picotazos
la corteza seca de su pecho.
Te miro a través del cristal de mi ventana
y te veo tal y como eras,
pero tú no existes al otro lado,
porque la lluvia de ahí fuera me impide verte,
esta lluvia apacible que tampoco existe,
que aparece y se va,
llevándose con ella tu recuerdo deshecho,
para volverlo a traer en otra mañana,
aunque ya no te distingo,
porque tu imagen reaparece en mil formas distintas,
hasta que se desvanece lánguidamente
a través del cristal que nos separa,
y entonces olvido tu nombre,
no puedo recordar quién eras,
y siento que tampoco existo,
que quizás soy el sueño atormentado
de alguien absurdo,
como tu imagen entre mis palabras,
hasta que abro mi cartera donde te tengo,
con un temblor en las manos,
y te descubro, reconociéndote por fin,
y me quedo otra vez tranquilo,
como esa lluvia que aparece y se va,
hasta el momento en que vuelvo a mirar
de nuevo por la ventana,
viéndote tal y como eras,
ahora que no existes.
Un corazón arrugado como una pasa
que arrastra sus latidos desamparados,
un rostro que sólo manifiesta el desgarro
de la existencia,
una bala perdida que nunca se encuentra a tiempo,
un deseo hecho trizas
aniquilado por la realidad infame.
Cuando dejo caer la vista
sobre mis pasos,
y me veo a lo lejos, marchito,
enterrado en pensamientos
que me alejan de la gente
y oscurecen mi mirada,
y no distingo aquellos días nublados
de la lluvia de hoy,
se me seca la boca y las arterias
se me enredan alrededor de los pulmones,
al verme tendido sobre mis ruinas
una vez más,
pero he aprendido a no asustarme
de mi reflejo trágico,
y sobreponerme morbosamente de mis mareas,
ya que sigo estando bajo la tierra,
escarbando hoyos en mis entrañas.
(A mi abuela, 20 de abril de 2007)
Siempre he pensado
que la vida nunca te pareció demasiado bella,
ni demasiado festiva,
no es que la tristeza te anidara,
era más bien una resignación amordazada
por un tiempo enfermo, desvalido,
cuando el hambre tocaba a las puertas
de las casas abiertas,
y los niños cazaban ranas en las charcas,
y jugaban con palos y con piedras,
ahora ya te has ido,
y pienso que, quizás,
la muerte no te haya parecido tan amarga
después de todo,
te conformaste con la vida,
con sus días claros y sus noches frías,
con permanecer siempre ahí,
en tu sitio,
en tu lugar en el mundo,
ya te has ido,
y todos añoramos tu sencillez
y tu cariño inundando los rincones,
después de todo,
te has ido tranquila, como viviste,
sin hacer demasiado ruido,
ya te has ido, sí,
y sigo pensando
que mereciste muchas más sonrisas
de las que te dieron, o te dimos,
pero ahora no importa, ya no,
porque nos quedan tus recuerdos
que son nuestros y no morirán contigo,
que no morirán mientras perviva
nuestra memoria,
que no morirán aunque te hayas ido.
a A.A.Z.N.
Creo que la luna se muere de celos
desolada sobre su cojín de nubes,
porque ya la noche ha dejado de ser
su espejo,
y es que ya desde aquí nadie la mira,
y es que ya no la miramos,
tal vez ahora
prefiera asomarme detrás de tus palabras,
rebuscando luciérnagas entre tus sueños,
inventarme tus gestos escondidos
tras la distancia que nos aleja,
y llenar los silencios que me arropan
con tu sonrisa, en silencio,
despertando a la noche inmensa
con la fría resignación de mi soledad
diaria e ineludible;
tú has llegado hasta mí atravesando miradas,
sorteando metáforas y preguntas indecisas,
y nos hemos encontrado en el recoveco
más oculto del camino,
sólo a los ojos de esa luna desolada
que siente una tristeza áspera
en su oquedad lunática,
y que llora cuando te pienso
en las noches como ésta,
acurrucado en la penumbra de mi habitación
espero que aparezcas sin hacer ruido,
ensimismado, con el miedo en la garganta,
dibujando en el aire tu cara de niña linda
que hace añicos mis huesos destartalados,
y que consuela mis lamentos de ahora,
acariciando mi tristeza con tus pestañas,
así, tan cerca de mí te sueño,
mientras la luna es un olvido
que yace colgada bajo las estrellas
que revolotean a su alrededor como si nada;
y sigo aquí, pensándote niña,
porque aún no eres un recuerdo frío
que deambula por algún rincón
de mi memoria,
eres la llamita que no se apaga,
que me toca y que me quema por dentro,
mientras permanezco abrazado a tus palabras
en otra noche más,
en otra noche sin luna como ésta.
Pobre perro flaco
que se lame las heridas a la sombra
de un almendro seco,
perro apaleado que huye de los días,
perseguido por el hambre
y atrapado entre sus huesos,
perro que muere un poco más
a cada paso, en cada aliento,
perro que seca su sangre alimentando
a otros muertos,
y que resiste llevado por el olor infecto
de la carroña,
perro que desprecian otros perros
por no querer lucir un collar al cuello,
perro que sólo habla y discute
con algunos pájaros negros que se le posan
desde sus ramas,
pobre perro flaco,
que bajo el sol de la mañana
arrastra bajo sus huellas
la sombra indecisa de la muerte.
Aquí estoy
desafiando al tiempo, a la soledad,
a la rutina, al desencanto.
Estoy como sin vida,
aletargado e insomne,
mientras la frustración se diluye
en mis arterias desvaneciendo
todo fulgor de salvación y de esperanza.
Sólo bastaría esa palabra de tu boca
para vencer esta desgana
de vivir.
Atravesando las nubes del desconsuelo,
más allá, donde todo es oscuridad
y ausencia,
allí, donde pervive el olvido
junto al silencio de los muertos
y los desamparados,
yace sepultado mi deseo
ahogado bajo el peso de tu almohada,
ya no hay luz ni penumbra,
ni siquiera sombras,
sólo tus ojos que me miran
y el grito desolador del silencio,
envolviéndolo todo a mi alrededor.
Caen los misiles como pájaros muertos
sobre los cementerios aún llenos de vida,
el cielo escupe horror a borbotones,
esparciendo los cuerpos sobre las calles
como lluvia sangrienta,
una mirada negra, un silencio atroz,
un mísero golpe de ira,
la muerte se indigna tras su biombo de cipreses,
conmovida por el llanto de los niños mutilados;
se han perdido las lágrimas entre la polvareda
y el caos,
y el instante queda atenazado por un grito
de pánico angustiado,
los árboles lloran y rezan a escondidas,
convencidos de que la masacre
es un castigo de dios.
He decidido parar el reloj,
pues el tiempo ha dejado de importarme,
la indiferencia consuela mis insomnios
arruinados, deshechos...
y la realidad no es más que un desastre aciago
donde me pudro transitoriamente,
no quiero que me veas, así no,
yo soy el que sonríe envuelto en la niebla
y desaparece al instante,
como un rayo de luna atravesando la noche;
he destrozado tus sueños de niña a dentelladas,
y me siento desapegado del mundo,
casi inexistente,
y no me soporto si no me añoras como antes,
es decir,
con una ternura infinita de camaleón,
y con esa tristeza acostumbrada
que soportábamos sin vernos, sin tocarnos,
mientras la distancia nos torturaba
a fuego lento en la cárcel de la duda;
de todos modos,
el tormento se hará ceniza,
y del fuego surgirá lo indestructible,
porque sólo somos besos que se rompen en el llanto,
deseos marginados en una esquina cualquiera,
sueños que se olvidan precipitándose al abismo
de la existencia; nada más.
Sobrevivir a la soledad, a la tristeza,
resistir a pesar de todo y de uno mismo,
ya sea esta incapacidad de vivir
que nos vacía hasta la última lágrima
zarandeándonos por la columna vertebral,
hasta despojarnos de nuestra piel
y nuestros párpados,
de nuestra voluntad incierta
y desfigurada,
por eso ahora bebo el dolor de la vida,
para vencer el tedio de la existencia mutilada,
por eso me precipito contra el vacío
de mis pensamientos,
que naufragan esparcidos por mi garganta,
y es que, a estas alturas,
ya no creo en héroes de armadura,
sino en las palabras que se abandonan al silencio,
y acarician,
con un sollozo que estremece,
mis pequeños ojos lastimados.
Me derrumbo sin mí
ante tu recuerdo,
postergado
en el rincón más lúgubre
de esta habitación
perdida, inexistente...
Sentado frente a un cristal en movimiento,
que reduce mi mundo a la inmensidad del mar,
imagino tu rostro sereno y triste
sobre el horizonte infinito,
que también es tu mirada;
esa que observa en silencio el gesto inmóvil
de mi profunda melancolía;
inalterable...
al Pueblo Palestino
En ocasiones las banderas cobran sentido,
al envolver las heridas de los oprimidos
y los marginados sin su futuro,
a veces,
al opresor y al que margina
se le retuercen las entrañas de dolor,
al ver maravillado e incrédulo,
cómo los muertos resisten junto a los vivos
para alzar al viento sus consignas insurgentes
y sus banderas empapadas de sangre y miseria,
de odio perpetuo y podredumbre.
Todo se desvanece sin sentido
en este lugar olvidado para siempre;
en mitad de la oscuridad
el delirio asoma su sonrisa por la ventana
acompañándome en las eternas noches de invierno,
ya no, ni risas...
mi resistencia también se devanece,
como todo lo demás aquí,
salvo aquella imagen tuya
que se repite una y otra vez en mi conciencia,
y el deseo de tu boca partida;
pero no me mires, ya no,
si no es para aliviar mi desconsuelo
con tus besos infelices de niña.
Más allá de la calle que existe,
entre la multitud desconocida,
aparecen el desconcierto y la exaltación
amparados por la distancia;
pero a mí no me llega nada,
ni siquiera las risas o el llanto,
porque aquí, en cambio,
todo queda atenazado y enmudece
enjaulado por el tiempo que no existe
en este espacio hueco
y sin memoria.
¿Qué me queda
cuando ya no padezco la amargura
de mi memoria,
cuando los recuerdos se secan
como flores muertas,
y el tiempo arrastra los pedazos
esparcidos en mi conciencia?
¿Qué me queda sin la angustia
de mis pensamientos mojados,
sin el temblor de mis huesos de cartón,
sin ese vacío aterrador que me enferma
la garganta hasta el delirio,
sin el invierno de la nostalgia?
Me quedaría únicamente la indolencia de vivir,
la desidia de los días imperecederos,
la frigidez del viento y de la niebla,
y quizás tan sólo
la espera de la muerte.
Agazapado en las tinieblas
de mi conciencia,
contemplo el deterioro ineludible
de la materia que me rodea.
Frente al espejo,
se me amontonan los recuerdos
aún no olvidados
de aquel día de lluvia;
ahora, reniego de mí mismo
en un simulacro complaciente
de pérdida en el tiempo,
pero ya es demasiado tarde
para el olvido:
tan sólo queda el desastre.
Tengo mil sueños rotos sobre la mesa,
y tan sólo un pretexto
para impedir mi propio deterioro;
es cierto,
la soledad puede llegar a ser tan terrible;
cómo no adormecerse entre sus brazos
cuando la tristeza entra por la ventana
haciendo añicos tu mundo de quimeras
y fábula,
y la angustia te mantiene despierto
en un insomnio permanente;
pero en este caso no todo está perdido,
porque tú ya no eres un sueño,
sino que existes y me llamas apaciblemente
allí, donde sobrevive la melancolía.
Se me derrama la vida por los ojos
como la sangre que mana de la herida abierta,
a través de los poros de la piel,
entre los dedos agarrotados de mis manos,
acaso sin poder impedirlo,
y sin embargo,
esta angustia me mantiene despierto
e inmune
a la desesperación que retuerce mis arterias,
sacudiéndome implacable día tras día;
tú has dejado de existir,
de aparecer sin llamar a la puerta de mis sueños,
y mi corazón se ha convertido en piedra,
endurecido ya
no sé si para siempre.
HE DEJADO DE LLORAR PARA MIRARTE |
a A. A. Z. N. Ya casi nada se parece
a aquellos días de frio y niebla,
días de lluvia sin tregua, días negros
en los que mis pasos se detenían
atropelladamente,
apenas quedan algunos instantes recordados
que se aferran a mi memoria,
desfigurados por el paso del tiempo
y enjaulados para siempre;
en estos días de ahora
he dejado de llorar
cuando va llegando la noche,
esas noches que ya no sostienen
mi llanto, atravesado de parte a parte
por los rayos tenues de la luna,
he dejado de llorar por las esquinas,
tiritando, huyendo del silencio
que descoyunta mis huesos a golpes,
he dejado de llorar como las nubes
al mirarme en un espejo de cerca,
y no ver ni siquera mi sombra junto a mi,
he dejado de llorar sin miedo, alegremente,
porque sé que tú estás ahí, a la espera,
alumbrando mis noches de desvelo,
gritando tus besos feroces,
acompañando con tu imagen
mi mirada que te busca,
ahora he dejado de llorar
porque te quiero a cada instante,
porque me quieres a pesar de todo,
y de tí misma.
He dejado de llorar para mirarte amor,
para quererte ahora,
ya que no existe el futuro, ni los presagios.
Como un soplo pasas junto a mí,
rozando los contornos del deseo y del delirio,
las ligaduras que nos separan,
presiento tus pasos y me adelanto
en un encuentro fortuito,
a la espera de una palabra inocente
que nunca lo es,
pero que tú provocas incansablemente
para que no sucumban las metáforas
en el lodo de nuestros quehaceres diarios
y diurnos,
y eso me basta al menos por ahora,
porque tú no puedes entender
ni quieres,
tan sólo juegas como si se tratara
de la rayuela bajo el sol de la tarde,
sin atender a las horas,
mientras yo espero ese pasito de más
que te sacara fuera de tu pequeño mundo;
y al mismo tiempo me digo para mí:
no salgas, no me mires,
sigue jugando como si nada.
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