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POEMAS


Por Juan Manuel Medina González
jmaxmedina@hotmail.com

MI MIEDO

Tengo miedo a perderte,
es un terror que me recorre los huesos
y me ahoga muy despacio,
y me dices que me quieres
con tus besos que deshielan el frio
de mi cuerpo y mi conciencia,
y mi miedo se apacigua
como un animalito aletargado en su guarida,
y me repites que me amas
con tus ojos fijos en los míos,
que sólo yo bailo en tus sueños
como un hechicero
que invoca tu voluntad en un suspiro,
y se empequeñecen mis deseos de huida,
de desaparecer como si nada,
como si nunca hubiera existido
en tus pensamientos
y bebido de tus entrañas,
y sonrío tímidamente rebosante de entusiasmo
en este ir y venir dislocado,
hasta que vuelve a aparecer el temor
detrás de tus palabras,
y me acabo resignando al apego
de tus caricias.

SENCILLAMENTE AMOR

Verdaderamente amor,
sin palabrería, sin vacilaciones,
sin malentendidos
que puedan hacer llorar hasta
a los cactus del desierto;
sinceramente amor,
el misterio de las palabras encendidas
y de los gestos que preceden a los besos
y a las caricias que no hablan,
pero que lo dicen todo y mucho más;
completamente amor,
a borbotones, a mordiscos
que arden como una lumbre,
a patadas que derriban promesas
de ayer, de anteayer y hasta de hoy;
solamente amor,
dejándose llevar por el deseo,
ese que va muriendo
sin advertirlo siquiera,
y sólo va quedando el cariño,
la ternura de ahora,
y adiós amor y hasta siempre -o nunca-
que viene a ser lo mismo;
simplemente amor...

AQUELLOS LUGARES

Cuando el tiempo pasa
y sólo quedan aquellos lugares
que exceden a toda una vida,
cuando echamos la vista
hacia atrás
y nos duele de nostalgias
y de miserable pérdida,
y a la vez una sonrisa de madera
nos atraviesa el pecho
y la garganta,
cuando volvemos a esos lugares
que fueron nuestros
-o como si lo fueran-,
y que ahora nos pertenecen
un poquito menos ya,
por la distancia,
por las tormentas pasajeras,
por el tiempo aquel que
no estuvimos,
cuando nos resignamos
a lo que somos,
a nuestro propio precipicio,
al cansancio de lo que
hemos acabado siendo irremediablemente
-y no todo es tan malo-,
cuando el tiempo transcurre
y sólo quedan esos momentos
que quedan por hacer,
quizás en aquellos mismos lugares
de siempre,
o quizás en algún otro sitio
inoportuno y febril.

CRUCE DE MIRADAS

La noche parecía hecha para nosotros,
así que nos acabamos encontrando
sin una mera sospecha,
arropados por el ruido y la embriaguez,
la luz de la luna no importaba nada,
como si el azar hubiera dispuesto
aquel cruce de miradas,
aquella primera sonrisa que nos metió 
el uno en el otro,
tan dentro de ti misma y de mí mismo,
que después del fuego y de las cenizas
solo quedó el deseo íntimo de tenernos 
en silencio,
como si el tiempo nos regalara
un pedacito de amor en un instante 
que se pierde,
pero no pudimos olvidar lo ocurrido
a pesar del riesgo y la locura,
porque ya los dados giraban en el aire,
y sobrevinieron las palabras que desataron
las caricias y aquel beso en la oscuridad
que se hizo esperar,
y de qué manera,
y luego -como suele ocurrir-
siguieron otros besos
que despertaron otras inquietudes
en nuestras entrañas,
y una ráfaga de caricias contenidas
nos recordó que los días sin ternura
son días olvidados para siempre,
y así, abrazados en un susurro,
confundidos en una única mirada,
nos prometimos no morirnos nunca.

MIRANDO LA LLUVIA

Llueve sin descanso sobre las calles,
desde aquí dentro,
cobijado del frío y de la llovizna,
escucho el golpeo de las gotas
precipitadas contra el suelo,
y me vienen a la memoria recuerdos
de otro tiempo, de otros mundos,
aquellos día perdidos que siguen volviendo
de cuando en cuando,
como la lluvia que vuelve con sus estaciones;
ya no soy el que era,
ya no somos los que éramos,
y tampoco lo que deseábamos ser,
la niebla nos ha hecho desviarnos
mil veces
en nuestro camino,
al tiempo que las tormentas ocasionales
han ido dejando surcos desde entonces,
que han desfigurado los deseos y los sueños 
de antaño;
miro hacia atrás
y sólo atino a verme en una pose sugerente
de escasa hondura,
intentando marmullar alguna idea
entre un amasijo de palabras vacías y apesaradas,
que nos hacía la espera de la noche
menos lúgubre y áspera;
aquella espera, aquellas noches,
aquellas palabras embriagadas y mustias,
también me han hecho lo que soy.

ROSTROS PÁLIDOS

Adormecida se encuentra la noche,
ni siquiera los perros ladran
o las estrellas invitan a mostrarnos
algún que otro sueño
-aunque sea a escondidas-,
apenas una luz distante en una calle
como un oasis de hielo o de ceniza
que me anima a salir desconcertado
de mis rincones
para buscar miradas sedientas de ojos
hambrientos de fuego o de saliva,
desde otro rincón distingo caras conocidas
que se mueren de miedo
y de cansancio,
las sonrisas son atisbos del hastío
que balbucea entre el humo y sus sospechas,
alguien se levanta y grita envenenado
de olvidos sin memoria
o de recuerdos fingidos de una tarde
que se perdió entre otras noches como esta,
el ladrido de un perro sin voz,
como un espasmo,
me hace sonreir contra el espejo de enfrente
que me mira como a un enfermo,
la noche afuera parece adormecida, aciaga,
mientras en este lugar incierto
los rostros pálidos y vencidos
se van transformando en cadáveres
que respiran afanosamente.

CALAJOMERO

Tumbados a la sombra de un roble,
con los pensamientos fluyendo garganta abajo
junto al agua,
el tiempo parece haberse olvidado
de un pequeño rincón de piedra
donde la oropéndola corta el aire
de rama en rama,
el Calajomero va dejando paso al sol
mientras ensombrece su granito redondeado
por el paso de los días,
y enfría su agua transparente como el cristal,
los pensamientos vienen y van
garganta abajo, entre las piedras amontonadas
unas contra otras,
y allí seguimos los dos, tumbados y tranquilos,
compartiendo palabras, risas y silencios,
el sol ha desaparecido arrastrado con las nubes
de la tarde,
y allí sólo queda el Calajomero
con su silencio de agua y la paz de sus piedras,
abrigado por los árboles cantarines,
aquellos dos ya se alejan por la vereda
buscando el refugio de la madera y el vino.

BAJO LOS PINOS

Los rayos del sol intentan atravesar
la maraña de ramas y de hojas sin conseguirlo
del todo,
a ras de suelo las hormigas mantienen
su inercia acumuladora,
sorteando ramitas y trozos de papel
que el aire sacude como si fueran
marionetas movidas por hilos
que cuelgan de los árboles,
papeles en blanco o como si lo estuvieran,
porque no cuentan nada,
al menos nada salido de una conciencia
profunda e inagotable,
papeles que alguien ha dejado caer
sin darle ninguna importancia,
palabras vacías como la mano que las escribe,
y que reflejan como espejos convexos
pensamientos que han dejado de sentir,
la sombra va menguando su dibujo
bajo los árboles,
y poco a poco todos comienzan a despertar
con el canto de los pájaros,
un nuevo día se avecina con el espanto
de una carcajada.

COTIDIANIDAD

Cómo soportar abrir los ojos,
las mañanas, las tardes con sus noches,
el tránsito diario de los horarios,
el amor que deja de inventarse
y se acostumbra,
cómo soportar las mareas,
el paso taciturno de las nubes,
la lluvia desesperada que de pronto aparece,
y los ratos de sol bajo una sombra,
cómo soportar a los amigos de siempre
a los nuevos amigos,
la obsesión por una mirada, por un gesto
que has visto y te enamora,
a ese amor que se afana por quererte,
cómo soportar las liturgias,
los prejuicios redomados que anestesian,
las cenas a la misma hora
y el sueño de los impostores,
cómo soportar el atardecer y sus recuerdos,
las calles alumbradas y vacías,
las ruinas de inermes pensamientos,
los llantos de los niños con hambre,
el adiós a los besos feroces,
cómo soportar tanta quiebra,
tanto deterioro a nuestro alrededor,
los esfuerzos cotidianos por seguir adelante,
la nostalgia que se queda tras la pérdida,
y los sueños hechos trizas sobre el suelo
al amparo de un soplo de esperanza.

NADA MÁS QUE PÉRDIDA

Sólo somos lo que hemos ido dejando atrás,
en el camino,
aquellos zapatos viejos, el primer reloj,
esa entrañable bicicleta,
el llanto por aquella canción que reflejaba
-según pensábamos- nuestro desamor,
porque toda pérdida nos reconstruye,
acaso sólo somos eso,
es decir,
pura pérdida que nos va edificando
nuestras maneras,
y que no es otra cosa que ir fabricando
nuestra mirada,
o quizás -y mejor dicho-
la mirada de los otros, de quienes nos miran,
y en la que nos reconocemos torpemente,
porque nunca somos yo y nada más,
sino que somos yo entre los otros,
los que nos afirman, nos reafirman
y nos confirman,
es cierto,
yo sólo soy yo, me digo,
pero mi mundo no sólo tiene un baobab
o una rosa enjaulada,
en estos momentos quiero salir a la calle
y sentir que estoy viviendo,
pensar que no me marchito,
que me dejo llevar para encontrarme,
acaso en una mirada en escorzo, en una sonrisa esquiva
o en un adiós o un hasta luego,
qué más da,
si en el fondo sólo somos pura pérdida
que ha de encontrarse a cada estación,
en cada aliento que nos mira,
ahora sé que somos todas nuestras pérdidas,
aquel vino en la madrugada,
nuestros bailes desaforados sin miserias,
esos besos que tantas veces nos dimos,
aquel amor para siempre que acabó muriendo
de pena y de costumbre,
porque eso es lo que somos:
mera conciencia deshilachada,
simple reflejo aparente...

YA NO ESPERO NADA

Ya no espero nada,
ni siquiera un saludo entre alaridos
bajo la lluvia,
ni una mirada de reojo
desde la última estación,
ni tampoco un atardecer en tus pensamientos,
vanos, aleatorios, inasibles...
porque a estas alturas
la resignación se parece
a la madera podrida que
salta en astillas deshaciéndose
para siempre,
después de un golpe seco,
y la vida es otra cosa,
de eso sí estoy seguro,
va más allá de nosotros mismos
desbordando los límites de nuestra conciencia,
y nos atrapa
en su giro rabioso y discontinuo,
hasta que nos desvanecemos como el polvo
en partículas invisibles
que revolotean azarosamente en el vacío,
por eso
ya no espero nada,
salvo ir rellenando mis días -pobres horas-
de algún cansancio y de otros olvidos.

ESPACIO SIN TIEMPO

El viento bailaba con la arena,
las olas iban y venían
dándole sentido al tiempo,
que parecía que no existía
en aquel lugar,
al igual que la vida,
que no parecía existir, desvanecida...
y, sin embargo,
algo se movía en todas direcciones,
en cualquier momento;
la muerte también lo hacía.

FINAL

Un perro llora mirando
fijamente el abismo,
la calle está desierta
y la noche aúlla y tiembla,
el desconcierto hace tronar
las trompetas del infierno,
y la locura va descerrajando
tiros en la boca,
las marionetas cuelgan
de los árboles caídos,
y los pájaros picotean
sus ojos reventados en sangre,
las moscas depositan sus larvas
en las cuencas huecas,
los sapos invaden los hogares;
en unos pocos días todo
habrá acabado para siempre...



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