IV. LA TEORÍA KANTIANA DE LA MORAL
1.
La razón práctica y el conocimiento moral
La
actividad racional o intelectual del ser humano no se limita sólo al
conocimiento de los hechos/objetos -KRV-. La razón se preocupa también de
responder a la pregunta ¿qué debo hacer? ¿cómo he de actuar? Mientras la razón
teórica -pura- se ocupa de lo primero, la razón práctica se ocupa de
responder a tales preguntas. Razón teórica y razón práctica no son dos
razones diferentes en el hombre, sino dos funciones perfectamente diferenciadas
de una misma y única facultad racional. La razón teórica se ocupa de conocer
la naturaleza, de cómo son las cosas; la razón práctica se ocupa de cómo
deberían ser, de cómo orientar la conducta humana.
A
la razón práctica no le interesa conocer cómo es, de hecho, la conducta
humana, ni cuáles son los motivos empíricos y psicológicos -deseos,
sentimientos, intereses, etc.- que impulsan a los hombres a actuar; sólo le
interesa conocer cuáles deben ser los principios que han de guiarle si quiere
actuar racionalmente, moralmente. Según Kant, la ciencia -razón teórica- se
ocupa del ser, mientras que la moral -razón práctica- se ocupa del deber ser.
Mientras
la razón teórica formula juicios -«El calor dilata los cuerpos»-, la razón
práctica formula imperativos o mandamientos morales -«no matarás»-.
2. El formalismo moral
Si
la síntesis kantiana entre empirismo y racionalismo fue una de las tareas más
originales y valiosas en la historia de la filosofía, no lo fue menos su
concepción de la moral. En dos palabras: hasta Kant, las éticas habían sido
materiales; a diferencia de todas ellas, la de Kant es formal.
a)
La éticas
materiales
«Ética material» no tiene nada que ver con «ética
materialista»: «materialista» se opone a «espiritualista», mientras que «material»
se opone a «formal» -la ética de Tomás de Aquino es material, pero no
materialista-. Son materiales aquellas éticas en las cuales la bondad o la
maldad de la conducta humana depende de algo que se considerar bien supremo para
el hombre: en la medida que nuestras acciones nos aproximen a ese bien supremo,
serán buenos; y si nos alejan de él serán malos. Por consiguiente, en toda ética
material encontramos siempre dos elementos:
1º. Se da
por supuesto que existen bienes, cosas buenas para el hombre, y se busca cuál
es el mayor de todos ellos, el bien supremo o fin último -placer, felicidad,
etc.
2º. Una vez
identificado ese bien supremo, se establecen unas normas o preceptos que indican
el camino a seguir para alcanzarlo. Es decir: una ética material tiene
contenido, porque expresamente indica cuál es el fin supremo del hombre -el
placer, por ejemplo, en la ética epicúrea- y qué hemos de hacer para alcanzarlo -no
comer en exceso, no participar en política, no ambicionar lo superfluo...
b)
Crítica de Kant a las éticas materiales
Kant rechazó las éticas materiales por una serie de
deficiencias que precisó claramente:
1ª. Las éticas
materiales son empíricas, a posteriori. Cualquier norma de cualquier ética
material podrá ser explicada y justificada como generalización a partir de la
experiencia. P.ej.: sabemos que el placer es un bien supremo para el hombre
porque la experiencia nos dice que, desde niños, los humanos buscamos el placer
y huimos del dolor. La norma de «comer con moderación» y «permanecer alejado
de la política» para conseguir un placer duradero están sacadas de la
experiencia cotidiana, incluso de los refranes populares, pues sabemos que los
excesos, a la larga, provocan dolor y enfermedades, y la política ocasiona
disgustos, corrupciones y cefaleas.
La única objeción de Kant contra la fundamentación de
las normas en la experiencia es que no sirve para construir una ética
universal, cuyos imperativos y principios sean universalmente reconocidos. Ya en
la crítica de la razón pura había mostrado Kant que sólo los juicios analíticos
y a priori podían ser universales y necesarios -también los sintéticos a
priori-, porque ningún juicio extraído de la experiencia puede ser universal y
necesario.
2ª. Las
normas o imperativos de las éticas materiales son hipotéticos o condicionales:
no tienen un valor absoluto, sino condicional, como medios para conseguir otro
fin. P.ej.: el precepto epicúreo «no bebas en exceso» quiere decir, en
realidad: «no bebas en exceso, si quieres tener una vida larga y placentera».
Y esa norma deja de tener valor para quien no se haya propuesto vivir larga y
placenteramente. He aquí un escollo para construir una ética universalmente válida.
3ª. Las éticas
materiales son heterónomas. Si la «autonomía» consiste en la capacidad de un
individuo para darse normas y leyes a sí mismo, la heteronomía» consiste en
aceptar leyes o normas impuestas desde el exterior e irreflexivamente a nuestra
razón. Las éticas materiales son heterónomas porque en ellas la voluntad del
hombre es impulsada a actuar por deseos o inclinaciones: la búsqueda del placer
en la ética epicúrea, p.ej., que puede ser capaz de dominarle por completo.
a)
La ética
formal de Kant
i) Sentido de una ética forma
• Puesto que todas las éticas materiales son empíricas
-incapaces de ofrecer principios estrictamente universales, pues- son hipotéticas
en sus imperativos y heterónomas.
• Una ética verdaderamente universal y racional no
puede ser empírica -sino a priori-, ni hipotética en sus imperativos -estos
han de ser absolutos, categóricos-, ni heterónoma -sino autónoma: el sujeto
es quien debe darse a sí mismo sus normas, sin imposición externa alguna.
• Una ética estrictamente universal y racional no
puede ser material: sólo puede ser formal. Significa esto que ha de estar vacía
de contenido, es decir: no puede establecer ningún fin o bien supremo ni nos
dirá exactamente qué hemos de hacer. Sólo nos dirá cómo hemos de actuar.
ii) El deber
• La ética formal no establece lo que hemos de hacer:
se limita a señalar cómo debemos actuar siempre, independientemente de cuál
sea la acción concreta que nos ocupe. [ej.: las leyes que rigen la conducta del
funcionariado no dicen, p.ej.: «Adelaida Pinzón, administrativa de la
Universidad de Cuenca, no puede comprar impresoras láser porque valen más de
50.000 Pts.», sino: «El personal administrativo deberá contar con la
autorización expresa de su inmediato superior jerárquico para comprar material
de oficina por un valor superior a 50.000 Pts.». El segundo precepto indica un
modo de obrar, válido para cualquier situación, mientras que el primero sólo
es una norma concreta para un caso concreto.]
• Según Kant, los humanos sólo actuamos moralmente
cuando lo hacemos por deber. Define el deber como «la necesidad de una acción
por respeto a la ley» (FMC). Esto significa que actuar moralmente supone
someternos a una ley, no por la utilidad o satisfacción que su cumplimiento
pueda proporcionarnos, sino por el respeto que toda ley merece, porque ese es
nuestro deber.
• Kant diferencia entre acciones contrarias al deber,
acciones conformes al deber y acciones por deber. Solamente estas últimas
poseen valor moral. El político que dice la verdad, actúa conforme al deber.
Pero no por eso actúa moralmente: puede hacerlo únicamente para ganar votos,
que es lo que le interesa. Según Kant, el político actúa moralmente cuando
dice la verdad porque ése es su deber, independientemente de que gane o pierda
votos al hacerlo. La acción hecha por deber no es un medio para alcanzar un
fin, sino algo que debe ser hecho por sí mismo.
• El valor moral de una acción no depende del fin o
propósito a conseguir, sino de la máxima, móvil o intención que la inspira,
siempre que esa intención coincida con el deber: «una acción hecha por deber
tiene su valor moral, no en el propósito que por medio de ella se quiera
alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta; no depende, pues, de
la realidad del objeto de la acción, sino meramente del principio de la
voluntad».
iii) El imperativo categórico
• A diferencia de los imperativos hipotéticos de las
éticas materiales, las exigencias de obrar moralmente derivadas de una ética
formal son categóricas. Una formulación de este imperativo categórico: «obra
sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se convierta
en ley universal». Este imperativo no establece ninguna norma concreta, sino el
esquema o forma que ha de tener cualquiera de las normas con las que nos
orientamos en nuestra conducta concreta -ej.: «No apropiarse del dinero público
para beneficio privado»-. Otra formulación: «Obra de tal modo que uses la
humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre
como un fin al mismo tiempo y nunca meramente como un medio» (FMC). En las dos
formulaciones destaca la exigencia de universalidad.
3.
Libertad, inmortalidad y existencia de Dios
•
En la KRV Kant había mostrado la imposibilidad de la MF como ciencia, y por
tanto nuestra incapacidad para obtener conocimiento objetivo acerca del
mundo, del alma y de Dios. Pero la inmortalidad del alma y la existencia de Dios
constituyen interrogantes que siempre han interesado al ser humano y que no
puede dejar de plantearse. Nunca negó Kant la inmortalidad del alma o la
existencia de Dios: sólo se limitó a señalar que alma y Dios no son
asequibles al conocimiento científico, pues no son objetos de la experiencia a
los que podamos aplicar nuestras categorías. Pero lo original de su aproximación
estriba
en
plantearse el tema de Dios y del alma no en la razón teórica, sino en la razón
práctica.
•
Libertad, inmortalidad del alma y existencia de Dios son, para Kant, postulados
de la razón práctica. «Postulado» significa aquí algo que no es
demostrable, pero que necesariamente hemos de suponerlo como condición que hace
posible la moral misma. Obrar moralmente, conforme al deber, sólo es posible si
existe libertad para vencer las inclinaciones, deseos y condicionamientos.
•
La inmortalidad del alma se comprende mejor si tenemos en cuenta que la razón
nos ordena alcanzar la virtud, la mayor honradez posible, la perfecta adecuación
de nuestra voluntad a la ley moral. Pero la cima de la honradez jamás puede
alcanzarse en una existencia tan limitada como la nuestra. Su alcance exige una
duración ilimitada, en un proceso indefinido de ajuste: la inmortalidad.
•
Respecto a la existencia de Dios, Kant la justifica destacando la enorme
diferencia que existe entre ser y deber-ser, tanta que exige la existencia de
Dios como realidad en la cual ser y deber-ser se identifican, y en quien se da
una perfecta unión entre virtud y felicidad.
V. CONCEPCIÓN KANTIANA DEL HOMBRE, LA HISTORIA Y LA
RELIGIÓN
Nos
queda por conocer la respuesta de Kant a su tercera pregunta: «¿qué me
cabe esperar?». Este «qué» guarda relación con el destino último del
hombre, con la finalidad a la que apuntan todas las acciones morales. La religión
es la respuesta, aunque no se agote en la mera dimensión religiosa. El fin al
que apunta la religión implica y exige la acción social y política para
hacerse realidad en la historia, a través del tiempo.
1.
Concepto
kantiano del ser humano
a) Kant aplica la
distinción fenómeno-noúmeno para explicar en qué consiste el hombre. En
tanto
que fenómeno, el hombre está sometido a las mismas leyes matemático-físico-biológicas
de la naturaleza, y su comportamiento se explica como el de los demás objetos
del mundo físico; en tanto que noúmeno, el hombre es un ser libre y pertenece
al ámbito de lo inteligible, de la moral. En este ámbito rigen las ideas de la
moralidad y de la libertad, cognoscibles por la razón práctica, como hemos
visto.
b) El hombre tiene
tres disposiciones fundamentales: i) disposición a la animalidad, que explica
la
capacidad técnica del hombre; ii) disposición a la humanidad, que explica
su pragmatismo; iii) disposición a ser persona, que explica su capacidad moral.
c) Estas tres
facultades o dimensiones son un reflejo de la estructura radical y constitutiva del hombre: su faceta empírico-sensible y su dimensión ético-social.
La primera muestra al hombre en tanto individuo egoísta, cerrado sobre sí,
como un objeto más entre otros. Son los aspectos que hacen del hombre, a veces,
un ser poco social o antisocial. La segunda faceta, la dimensión ético-social,
incluye todos los aspectos que inducen al ser humano a formar parte de una
comunidad, a relacionarse con otros individuos que son fines en sí mismos también
-el reino de los fines-. Según esto, el ser humano para Kant viene
caracterizado por una «insociable sociabilidad» o una «sociable
insociabilidad».
Un concepto tan rico de ser humano como el de Kant lleva
a considerar la historia y la religión como las dos dimensiones últimas en las
que puede darse la realización humana.
2.
Concepción
de la historia
Kant
concibe la historia como un desarrollo constante y progresivo, aunque lento, de
las mejores disposiciones del género humano. Se plantea hasta qué punto, bajo
qué condiciones y cómo en la historia se puede hacer realidad una evolución
de la comunidad humana hacia el bien supremo. Habla de una «sociedad de
ciudadanos del mundo» e invita a la acción práctico-política de la razón en
la organización de la sociedad, para conducir a la mayor libertad posible.
•
La historia es una consecuencia directa del conjunto de disposiciones del ser
humano, que tienden por sí solas a realizarse completamente. Un hombre solo,
como individuo, jamás podría desarrollar completamente todas las disposiciones
originarias de la naturaleza humana. La tarea corresponde a la especie. El
hombre no está dirigido por el instinto o por conocimientos innatos, sino que
es obra de sí mismo. La racionalidad del hombre exige/implica la libertad de
acción.
•
El motor de la historia son las diversas disposiciones humanas, cuyo antagonismo
muestra las tensiones dialécticas entre individuo-sociedad, fenómeno-noúmeno,
lo empírico-lo ético.
•
La esencia humana no puede realizarse si no es en sociedad. La sociedad, por
tanto, debe ser un medio donde el hombre encuentre mayor libertad y donde estén
muy claros los límites de esa libertad. Poder y derecho, pues, deben aliarse
para alcanzar este objetivo. Esta será una tarea siempre abierta, inalcanzable
sin la colaboración de todos los estados. La idea de una liga de naciones, de
una sociedad internacional, es el horizonte último al que apuntan las ideas de
Kant.
3. Concepción de la religión
La
libertad apunta a conseguir el mayor bien posible en el mundo, pero no nos dice
en qué consiste. Esa tarea corresponde a la religión.
•
La religión nos habla de una voluntad moralmente perfecta, sana y todopoderosa.
Los deberes impuestos por la voluntad libre deben ser entendidos como mandatos
de esa supuesta voluntad divina, de la que podemos esperar el bien supremo y la
felicidad.
•
La moral guarda relación con la felicidad porque la felicidad se consigue
mediante la realización del bien moral. Por eso la moral no es la doctrina de cómo
llegar a ser felices, sino de cómo llegar a ser dignos de la felicidad. Será
después, en un segundo momento, cuando se presente la esperanza de participar
un día más plenamente de la felicidad, en la medida que hemos procurado no ser
indignos de ella.
•
Esto lleva a rechazar toda religión positiva -conjunto de ritos y dogmas
aceptados y mantenidos sólo por la autoridad de una tradición o de una iglesia
institucionalizada, sin mediar el necesario esfuerzo de reflexión autónoma-: sólo
acepta la esperanza última que hallamos en toda religión.
•
La religión queda así racionalizada: la religión no va más allá de la razón.
Kant se queda en un concepto de religión natural o moral, en coherencia con los
ideales seculares de la ilustración. Se trata de una «religión dentro de los
límites de la mera razón».
•
No niega la validez de una religión revelada; pero esta permanece como algo que
rebasa los límites de la razón, que prácticamente dan noticia atemática de
lo que hay tras ellos. De este modo, el sistema kantiano muestra su deuda con
las ideas de su época -la Ilustración- al mismo tiempo que es capaz de
superarla en profundidad y riqueza de matices sobre el sentido del hombre, de la
historia y de la religión.
©
Miguel Moreno Muñoz, 1998 Última actualización: 20/09/98

