Recorre cada sombra con su dedo índice, contornea siempre las sombras por que cree que nadie mas ha reparado en esas oscuridades que dan luz al día, no se detiene en detalles, mientras el bus de recorrido urbano realiza maromas de ave rapaz, continúa absorta en su tarea de delinear siluetas, sólo formas. Nadie repara en su gesto ávido de formas. Un árbol, varias siluetas de personas, los edificios, todo contorno de existencia bien dibujado, nada detiene su mirada que va unos metros mas adelante del bus que la transporta, siente esa ventaja y se sume en ese placer.
Su mirada siempre adelantada para recoger la próxima sombra en el camino, reconoce la forma de otro bus que viene feroz en sentido contrario. De pronto ya no puede dibujar lo que tampoco ve, es ahora su mano, ahora su brazo, ambos brazos, todo su cuerpo que realiza movimientos espasmódicos intentando tocar algo que no tiene forma, porque es todo una inmensa sombra. No puede ver mas allá. Cuando las luces y las sombras se encuentran entremezcladas, no hay ventajas.
Ya no es ella quien dibuja el pasar. La luz que ahora la enceguece le dá el nuevo placer de sentirse parte de un mundo que no tiene sombras, un mundo que es difícil dibujar.
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