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Llevo siete años comprando caramelos
para la tos, y aún, en mi crédula infancia,
no quiero dejar de fumar. En una tienda todo a cien, compré
una pitillera metálica cuadrara, con bordes y esquinas.
Una pitillera de verdad. Me resultaba cruel dejar de proporcionarla
inquilinos que le pagasen el módico alquiler. De tal
modo que decidió o abandonar ese vicio tan rebelde.
Fumar. Lo intenté, pero mi pitillera me chillaba desesperada
desde el fondo de un cajón . Me daba tanta pena.¡
Cuando la saqué de esa cajita de recuerdos y obsesiones
pasadas mi pitillera había envejecido... Sus bordes
se habían arrugado y su forma cuadrada, ahora endeble
y sin holgura, había adoptado un color amarillo de
desaliento. Discutimos sobre el enorme dilema que era para
ella poder subsistir sin inquilinos de cabeza amarillenta.
Sin ese mundillo amoroso entre los rubios y los negros...sin
poder ofrecer ayuda a quien no quería secarse dentro
de ella. Era una pitillera todo a cien muy especial. Cargada
de sabiduría. Sé que tuvo enfrentamientos con
las cajas de puros acicaladas que las señoras de alta
alcurnia compraban en la cadena cien. Eso si, pedían
envoltorio brillante con lazo rojo, o azul, dependiendo del
color polítco de a quien se lo regalasen. El caso es
que mi pitillera, obrera de fabricación, había
luchado tanto por mantener su negocio a flote, que decidí
ofrecerla otra oportunidad y entregarle más inquilinos.
Llegamos a un acuerdo mi pitillera y yo. Yo le regalaba inquilinos
con la condición de que los dejara envejecer allí,
con ella, con mi pitillera. Al cabo de los años recibí
una llamada urgente de mi pitillera. Esta vez gritó
desde un baúl. Qué ocurre ahora? - le pregunté
desconsolada - , y ella me advirtió de que no estaba
dispuesta a que su negocio se convirtiera en un asilo de secos
rubios y negros. "No puedo hacer nada pitillera, entiende
que al fin y al cabo eres una cajita y que tu actividad empresarial
va tomando diversas funciones a medida que crece la vida,
cambia la humanidad , y con ella , las costumbres". Volví
a sentir pena por mi pitillera y decidí dar una muerte
más rápida a los inquilinos. Los introduje en
el crematorio de mi cuerpo, me los fumé. Tiré
la pitillera a un contenendor lejano a mi casa , donde no
escuchase sus gritos. Hoy bajé a la calle. Han puesto
un nuevo todo a cien frente a mi casa. A mi pitillera le han
ido bien las coas. Ahora sus hijos valen quinientas. Esperemos
que dentro de unos años no valgan quienientos euros.
En fin, ¡cómo sube la vida!.
Resulta absurda la cantidad de maneras como uno puede lesionarse
de forma complicada.
Llegada a casa tras una jornada de apático trabajo
me dispongo a abrir una botella de vino. Blanco y seco. Mis
prisas, mi afán por deleitar a mis papilas gustativas,
mi auténtica sed, mi cierta necesidad de consumir alcohol
de manera moderada desde hace 15 años me llevan a no
actuar correctamente. En lugar de, con cuidado y esmero, recortar
el plástico que rodea al, a veces, gélido cuello
de la botella, decido introducir la saga ondulada en el corcho
atravesando de manera irrisoria el plástico dorado.
Conseguida esta acción libro a la botella de la penetración
del corcho y al hacerlo, el plástico rígido
desgarrado se enfurece propinándome un profundo corte
en la yema del dedo.
Sin más dilación suelto la botella y la miro
con descaro y a la vez con ignorancia preguntándome
como un objeto inanimado me puede causar tanto terror. Tras
esto viene el grito interno. El susto. El vino ha tornado
de blanco a un color rosado. Mi mano está ensangrentada
y el olor al fluido interno corporal lo tengo impregnado en
mi ropa. Vuelvo a mirar el objeto inanimado y no logro dar
con la causa de tal actitud hacia mi cuerpo.
Me lavo la mano, estrujo mi dedo me cambio de ropa y acudo
de nuevo a la cocina para charlar, sin descaro, con la botella.
Yo hablo. Ella calla. De vez en cuando emite un leve silbido
debido a las burbujas pero con ello no encuentro repuesta
a mis plegarias.
Tras unos minutos observando el vidrio, ya totalmente inanimado
y sin burbujeo, le comprendo. Hay actos que son sagrados y
yo debería haber respetado que la copulación
entre el corcho y la botella es algo muy íntimo que
no puedo desvanecer a mi antojo.
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