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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS BREVES

Lorena Martín García
chinchenet@mixmail.com
 
PITILLERA TODO A CIEN

Llevo siete años comprando caramelos para la tos, y aún, en mi crédula infancia, no quiero dejar de fumar. En una tienda todo a cien, compré una pitillera metálica cuadrara, con bordes y esquinas. Una pitillera de verdad. Me resultaba cruel dejar de proporcionarla inquilinos que le pagasen el módico alquiler. De tal modo que decidió o abandonar ese vicio tan rebelde. Fumar. Lo intenté, pero mi pitillera me chillaba desesperada desde el fondo de un cajón . Me daba tanta pena.¡ Cuando la saqué de esa cajita de recuerdos y obsesiones pasadas mi pitillera había envejecido... Sus bordes se habían arrugado y su forma cuadrada, ahora endeble y sin holgura, había adoptado un color amarillo de desaliento. Discutimos sobre el enorme dilema que era para ella poder subsistir sin inquilinos de cabeza amarillenta. Sin ese mundillo amoroso entre los rubios y los negros...sin poder ofrecer ayuda a quien no quería secarse dentro de ella. Era una pitillera todo a cien muy especial. Cargada de sabiduría. Sé que tuvo enfrentamientos con las cajas de puros acicaladas que las señoras de alta alcurnia compraban en la cadena cien. Eso si, pedían envoltorio brillante con lazo rojo, o azul, dependiendo del color polítco de a quien se lo regalasen. El caso es que mi pitillera, obrera de fabricación, había luchado tanto por mantener su negocio a flote, que decidí ofrecerla otra oportunidad y entregarle más inquilinos. Llegamos a un acuerdo mi pitillera y yo. Yo le regalaba inquilinos con la condición de que los dejara envejecer allí, con ella, con mi pitillera. Al cabo de los años recibí una llamada urgente de mi pitillera. Esta vez gritó desde un baúl. Qué ocurre ahora? - le pregunté desconsolada - , y ella me advirtió de que no estaba dispuesta a que su negocio se convirtiera en un asilo de secos rubios y negros. "No puedo hacer nada pitillera, entiende que al fin y al cabo eres una cajita y que tu actividad empresarial va tomando diversas funciones a medida que crece la vida, cambia la humanidad , y con ella , las costumbres". Volví a sentir pena por mi pitillera y decidí dar una muerte más rápida a los inquilinos. Los introduje en el crematorio de mi cuerpo, me los fumé. Tiré la pitillera a un contenendor lejano a mi casa , donde no escuchase sus gritos. Hoy bajé a la calle. Han puesto un nuevo todo a cien frente a mi casa. A mi pitillera le han ido bien las coas. Ahora sus hijos valen quinientas. Esperemos que dentro de unos años no valgan quienientos euros. En fin, ¡cómo sube la vida!.

EL CORTE

Resulta absurda la cantidad de maneras como uno puede lesionarse de forma complicada.

Llegada a casa tras una jornada de apático trabajo me dispongo a abrir una botella de vino. Blanco y seco. Mis prisas, mi afán por deleitar a mis papilas gustativas, mi auténtica sed, mi cierta necesidad de consumir alcohol de manera moderada desde hace 15 años me llevan a no actuar correctamente. En lugar de, con cuidado y esmero, recortar el plástico que rodea al, a veces, gélido cuello de la botella, decido introducir la saga ondulada en el corcho atravesando de manera irrisoria el plástico dorado. Conseguida esta acción libro a la botella de la penetración del corcho y al hacerlo, el plástico rígido desgarrado se enfurece propinándome un profundo corte en la yema del dedo.

Sin más dilación suelto la botella y la miro con descaro y a la vez con ignorancia preguntándome como un objeto inanimado me puede causar tanto terror. Tras esto viene el grito interno. El susto. El vino ha tornado de blanco a un color rosado. Mi mano está ensangrentada y el olor al fluido interno corporal lo tengo impregnado en mi ropa. Vuelvo a mirar el objeto inanimado y no logro dar con la causa de tal actitud hacia mi cuerpo.

Me lavo la mano, estrujo mi dedo me cambio de ropa y acudo de nuevo a la cocina para charlar, sin descaro, con la botella.

Yo hablo. Ella calla. De vez en cuando emite un leve silbido debido a las burbujas pero con ello no encuentro repuesta a mis plegarias.

Tras unos minutos observando el vidrio, ya totalmente inanimado y sin burbujeo, le comprendo. Hay actos que son sagrados y yo debería haber respetado que la copulación entre el corcho y la botella es algo muy íntimo que no puedo desvanecer a mi antojo.

 

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