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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Lorena Pérez de Urgel

 
VENECIA

Con el pulso acelerado y empapada en sudor me desperté aquella fría madrugada de enero.

Miré a mi izquierda y ví, recortada en la penumbra del amanecer, la silueta de mi marido, que dormía plácidamente. Tenía tanto frío y estaba tan asustada por la pesadilla que me acerqué a la tibieza de su cuerpo, escuché durante unos minutos sus ligeros ronquidos y me tranquilicé.

Después de mirar al reloj y ver, con espanto, que todavía eran las cuatro de la mañana y que mis ojos estaban abiertos como platos, decidí que lo mejor que podía hacer era levantarme y acercarme a mi mesa de trabajo donde me dispuse a escribir.

Encendí mi ordenador y desde el salva pantallas Ramsés, mi gato persa, me observaba con sus enormes ojos verdes. Unos segundos más tarde el elegante felino “en vivo” con un silencioso salto se aposentó junto al ratón de mi ordenador y siguiendo sus instintos cazadores, la emprendió con el artilugio como si se tratara de un roedor verdadero.

-¡Ramsés!, le reñí con cariño y en ese momento, saltó a mis rodillas, frotó su peluda cabeza contra mis brazos y se aposentó cómodamente en mi regazo llenando el silencio de la noche con sonoros ronroneos.

-Está bien, veo que otra vez tendré que escribir contigo encima, le dije resignada mientras rascaba su lomo.

Miré la página en blanco y como siempre me sentí como un pintor a punto de dar su primera pincelada en el lienzo o como el director de orquesta en el silencio previo a la primera nota de comienzo del concierto. Ese instante es mágico, esa fracción de segundo en la que se pasa de la nada absoluta a la formación de una historia de la que tú eres el creador me seguía poniendo la piel de gallina. Respiré hondo con la intención de expulsar de mi cuerpo y de mi mente la desagradable sensación que la pesadilla me había producido y decidí que no iba a revivirla de nuevo plasmándola en el papel sino que, por el contrario iba a contar una bonita vivencia que tuve en el mismo escenario donde mi mal sueño se había desarrollado esa noche: Venecia

É rase una vez un músico veneciano que se llamaba Paolo y que tocaba el piano y el violín como los ángeles.

Hace once años conoció a una recién casada a quien dedicó las más bonitas tarantelas y serenatas que jamás se habían oído a ese lado de los canales.

Un fotógrafo inmortalizó ese momento pero Paolo y la recién casada se separaron, llevando en su alma la alegría vivida y en su bolsillo la imagen de su breve encuentro.

Pasaron los años y la dama regresó a Venecia.  Lo primero que hizo al llegar fue buscar a su amigo músico.

Miró la foto que, guardada amorosamente, aparecía ahora en su mano vestida del tono amarillo del paso del tiempo.  Observó sus risas y miradas cómplices, congeladas por la magia de la cámara fotográfica y suspiró con languidez:  Espero encontrarle…, pensó.

Y la fuerza de su deseo obró el milagro. 

Allí estaba, en el mismo “Musicanti”, tocando las mismas canciones con su viejo piano y  al verle, por un momento,  sintió que el tiempo no había transcurrido.

Aunque parezca increíble Paolo reconoció a la mujer.

-¡Bella!, exclamó al verla.  Emocionado tomó la mano femenina y la condujo a su pomposamente llamado “camerino”; una vieja habitación con vistas a un callejón oscuro y húmedo.

- Este es mi reino y tu eres mi princesa, le susurró al oído mientras señalaba la fotografía enmarcada en azul en la que los dos aparecían cantarines y felices.

Junto a esta foto, idéntica a la instantánea que ella acariciaba  en ese momento en el interior del bolsillo de su abrigo y que Paolo conservada con tanto primor, custodiando el feliz encuentro de hace once años, había cuarenta fotografías de colibríes de todos los colores, tamaños y posturas.

-Es mi afición secreta, los colecciono desde niño, le confesó el viejo caballero de los ojos verdes.

-¡Cuánta belleza, querido Paolo!.  La mujer paseó su mirada por ese cuartito destartalado, de paredes desconchadas, con intenso olor a humedad, bañado por la luz blanquecina del invierno veneciano y se sintió feliz, como una diosa,…protegida por esos bellísimos seres alados”. 

SUEÑO DE VERANO FRENTE AL CANTÁBRICO

Una tarde de agosto, sentada en una silla de mimbre, una dama dormitaba en el jardín del caserío. Bajo la fresca sombra del magnolio, sus párpados luchaban por mantenerse abiertos y su cabeza por sostenerse erguida, pero el sopor de la hora de la siesta ganó la batalla y la dama se durmió.

Soñó con tiempos pasados. Se vio a ella misma años atrás. Sus arrugas no existían, su piel volvía a ser de porcelana y su pelo recobró su color castaño rojizo natural.

Estaba en ese mismo jardín. Cerca , su madre bordaba flores en un mantel para su ajuar de novia.

A los lejos, dos hombres se asomaban, peligrosamente, a un abrupto acantilado donde practicaban la afición que les unía en una estrecha amistad: su padre y su futuro esposo pescaban.

Ella leía y contemplaba, feliz, la escena.

De pronto, una gran ola muy habitual en el bravo mar Cantábrico, les cubrió con un manto de agua y espuma. Al verlo, los corazones de las mujeres se aceleraron y corrieron, en su ayuda, con la velocidad de las gacelas heridas.

Gracias a Dios y a la agilidad de los hombres el mar, ladrón, no se llevó sus cuerpos, sólo les arrebató sus enseres de pesca.

Todo había quedado en un susto.

El sábado siguiente, la joven y el pescador serían marido y mujer y una vida llena de felicidad les esperaba.

-¿Te apetece un txakolí fresquito? La voz dulce de su sobrina le devolvió a la realidad. Se frotó los ojos y vio el rostro de la muchacha iluminado por el sol vespertino.

-“Me he quedado dormida, le dijo con tristeza. Por un momento he vuelto a ser joven y ME HE REENCONTRADO CON EL AMOR QUE LA MAR, CELOSA, ME ROBÓ”.

UNA HISTORIA DE AMOR EN EL PUENTE DE BIZKAIA

“Yo la quería más que a mi vida, como a mi madre la amaba yo, pero una tarde del mes de agosto, entre mis brazos se me murió,….”

Aquella madrugada únicamente se oían los pasos de un hombre joven que canturreaba, entre dientes, el estribillo de una vieja balada.

Muy pronto llegó a su destino, el Gran Puente Colgante deBizkaia.

Miró de derecha a izquierda para comprobar que los vigilantes de esa obra de ingeniería recién estrenada no se encontraban cerca y de un salto esquivó la puerta.

Todavía se podían ver en el suelo los restos de la celebración de la “Gran Fiesta de Inauguración de la obra de ingeniería más importante del siglo que uniendo las dos márgenes de la ría del Nervión traería la modernidad del nuevo siglo XX a Bizkaia”, según rezaba el períodico de más tirada.

Políticos, banqueros, comerciantes, el arquitecto autor del proyecto, Alberto Palacio, el contratista Sr. Arnodíny una representación de los trabajadores que durante tres años habíanpasado penalidades hasta dar forma a este coloso lo celebraron.Él también estuvo allí, ya que había sido contratado como obrero cualificado, especialista en construcciones de altos edificios, por su preparación para poder trabajar a muchos metros de altura en condiciones que a veces parecían más propias de pájaro que de ser humano.

Su habilidad para escalar le venía desde niño Lo mismo se encaramaba a un árbol gigantesco que trepaba por la pared de la montaña de apariencia más lisa, imposible para cualquier otro ser vivo queno fuera ave o insecto.

Las esposas de los trabajadores también estuvieron presentes en los festejos, pero él quiso que Marta pudiera ver con sus propios ojos los lugaresdonde el joven pasó tantas horas de duro trabajo, pensando en ella y disfrutando de las privilegiadas vistas de pájaro que muy pocos pudieron contemplar:

- Hay un lugar desde donde puedo ver la puesta de sol cada tarde, la observo completa: desde su inicio hasta el momento en que el sol y la luna se encuentran, describía a su esposa con tal claridad que ella parecía vertodas las gamas de naranjas, rojos, amarillos, verdes y violetas.

Cuando estés un poco mejor te llevaré para que la contemplemos juntos amor mío, le dijo una tarde del invierno pasado, después de reclinarse sobre la cama donde estaba acostada y besarla tiernamente en los labios.

El invierno fue especialmente duro, con unas temperaturas muy bajas y un nivel de humedad que calaba hasta los huesos.Marta tenía una salud muy frágil.Un año antes, cuando apenas llevaban unos meses de casados le habían diagnosticado una cardiopatía grave y por ese motivo debía de guardar cama durante largas temporadas, sobre todo en época invernal.

Sin embargo, durante los meses siguientes el sol primaveral, su juventud, las ganas de vivir y el amor y los tiernos cuidados de su esposo hicieron que experimentara una mejoría considerable lo que hizo que el doctor le diera permiso para salir a pasear durante las horas del mediodía.

El día de inauguración se encontraba muy animada. Se puso una blusa blanca de fino encaje, una falda de tafetán negro y peinó su melena rubia con un moño que sujetó con dos agujas en forma de mariposa.Se perfumó con esencia de rosas y se colocó sus pendientes de oro y zafiros.

- Lleva un chal, por si refresca, le advirtió su marido, siempre preocupado por su bienestar.

Ella eligió un mantón de Manila y los dos salieron dispuestos a disfrutar de una jornada histórica para Bizkaia.

La tarde pasó rápida y muy pronto llegó el atardecer.El joven cogió la mano de su esposa y con mucho cuidado le ayudó a trepar por la escalinata.

  • No mires abajo.Si te cansasparamos un momento, le susurraba al oído a cada instante.

Al cabo de unos minutos alcanzaron el tablero, lo cruzaron hasta el lugar estratégico desde donde tantas veces el hombre había contemplado en soledad las puestas de sol.

Ese día estaban juntos, lo iban a ver los dos, observando uno de los más bellos espectáculos que la naturaleza nos ofrece a diario.

Al caer la noche una traca de fuegos artificiales les devolvió a la realidad sacándoles de la dulce ensoñación vivida unos minutos atrás.

- Cariño, hemos de volver, se nos ha echado la noche, le dijo a su esposa con una sonrisa. Además está empezando a refrescar y parece que va a llover

Bajaron con cuidado y cuando estaban a la mitad del trayecto el mantón se enganchó y cayó a la ría.

- No te preocupes, te compraré otro, le consoló al ver como la joven hizo una mueca de tristeza.

La tormenta de verano no tardó en aparecer y la lluvia les sorprendió todavía en las escaleras.

En apenas unos segundos el gentío se dispersó buscando librarse de la lluvia, pero la pareja se caló por completo hasta llegar a su vivienda.

Esa inoportuna mojadura le supuso a la muchacha un grave enfriamiento que degeneró en una mortal pulmonía que acabó con su vida una madrugada del mes de agosto.

………..”¿Dónde estás corazón, no oigo tu palpitar?Es tan grande el dolor, que no puedo llorar.Yo quisiera llorar y no tengo más llanto, la quería yo tanto y se fue, para nunca volver”

El hombre canturreó la canción, se apoyó en la barandilla del tablero donde hacía pocos días había estado abrazando y besando a su esposa y con la agilidad de una gacela herida, saltó al abismo negro de las aguas de la ría del Nervión.

Nunca encontraron su cuerpo.

SIN TÍTULO

-De la serie Relatos Cortos-
“Menos es más” menos 250”



Trepé al castaño y observé sin pestañear la magnífica visión de aquel atardecer otoñal: el valle teñido por la pátina dorada del sol, el bosque, ofreciendo una paleta de colores que hubiera hecho las delicias de cualquier pintor y las montañas que recortaban el cielo con sus sinuosas siluetas.

Respiré hondo e intenté retener en mi retina aquel momento mágico, deseando que tú estuvieras conmigo. Rememoré aquellos lejanos y felices otoños de mi niñez cuando tú y yo paseábamos por este mismo lugar mientras me enseñabas a llamar por su nombre y a respetar a cada árbol, planta, flor y animal que nos encontrábamos.

Una tarde de finales de septiembre, muy parecida a la de hoy, en uno de nuestros largos paseos me anunciaste, con toda la tristeza del mundo escondida en tus ojos, que estabas enfermo. Pocos meses después, cuando llegó el invierno, obedeciendo tus deseos, volví a pasear contigo para dejarte para siempre en el bosque.

Hoy narro a mi hijo, tu nieto, su cuento preferido: “Érase una vez un Mago Bueno, que habita en el tronco de un enorme castaño del bosque y cuida de los seres vivos que viven en él, protegiéndonos, de manera especial, a ti y a mí…”

LA MALVADA HIPOTENUSA CAPTURÓ A PI

La malvada hipotenusa capturó a Pi, los ojos me hacían chiviritas. Mis orejas que habían llegado a su punto de ebullición, rojas como tomates, estaban a punto de despegar de mi pobre cabeza y salir volando. Era la reacción lógica que mi cuerpo experimentaba, desde mis inicios de estudiante, cuando tenía entre mis manos la asignatura de matemáticas, fuera cual fuese la operación, problema, teorema, figura geométrica o fórmula que se presentara ante mí.

Quizás fuese cuestión hormonal, genética, o tal vez que el apartado de mi cerebro encargado de resolver los “asuntos matemáticos” sufriera de una fuerte anemia número-pénica; pero era un hecho evidente que, el malestar general que sentía cuando estudiaba esa asignatura se tornaba en temperatura corporal regulada, placentero relax muscular, ausencia de taquicardias y claridad de mis cinco sentidos corporales cuando me encontraba ante un libro de historia, arte o literatura.


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