Un guionista pionero de nuestra televisión, solía decir que el germen del
éxito estaba en dos historias universales: La Cenicienta y El Conde de
Montecristo, y que si un libretista lograba mezclar las dos ideas en un mismo producto tendría el rating asegurado.
No es extraño entonces que una nueva adaptación de la famosa novela de Dumas
vuelva a cautivar, porque se apoya en sentimientos primitivos del ser
humano: celos y envidia, y en los actos que estas emociones básicas
promueven: agresión, traición e injusticia, y su consecuencia, la venganza.
La humanidad se mueve sobre la energía que emanan estas palabras, y de
revanchas se han nutrido la pantalla chica y la grande, con anécdotas que no
hacen más que resucitar al Ave Fénix para que vuelva y no deje títere con
cabeza. Y de las vicisitudes de la Cenicienta se alimentan todas las
telenovelas, donde los pobres son buenos y los ricos no, pero a veces
lloran.
Así es. En sus tramas se manejan personajes equidistantes y estereotipados,
villanos y héroes extremos que apelan a nuestras más elementales estructuras
mentales. Por eso no es raro que estas descendientes directas de la
tragedia, del folletín y del radioteatro, rotuladas como "soap óperas",
sigan alcanzando altísimos niveles de popularidad. En parte, la magia de
estas estructuras narrativas radica justamente en lo alejado que puedan
estar de la realidad, aunque se utilicen elementos del presente. Porque la
Cenicienta no armó un sindicato y fue a protestar contra la explotación de
las mucamas, si no que pactó con un hada (pensamiento mágico) y se lo transó
al príncipe. Y el galán de Montecristo, por su parte, podrá vengarse de la
calumnia, la infamia, la agresión, unas decenas de capítulos después de
haberlas sufrido, y hasta es probable que en el final lo supere la piedad y
el perdón y se quede con la chica que dio el mal paso.
Los medios masivos cumplen finalmente su misión: la de ser el objeto
transicional, como diría Winnicot, de millones, es decir, ese sustituto
lejano (chupete electrónico) de una imagen materna que nos narra el cuento
de las buenas noches donde el caos de la vida finalmente se ordena, el bien
triunfa, el crimen paga, el orden se restaura, y se nos devuelve la
seguridad ontológica esporádicamente perdida.
Pero otro atractivo radica en que en las telenovelas los Romeos y Julietas
no conocen el miedo al amor, ni temen a la "asfixia" del compromiso. Los
amantes de los culebrones no experimentan una pérdida de la identidad por
formar pareja ni los persigue el pánico al descentramiento, el horror de
tener que dejar de mirarse el ombligo para alzar la vista y contemplar al
otro.
Por el contrario, pelean por sus sentimientos contra viento y marea, y
finalmente hay boda con trompetas, castillo y muchas perdices. Y la leyenda
dice que seguirán felices, pero bueno, el día después nunca lo veremos y
esto también es parte de su encanto.
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