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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Luis Buero
luisbuero@tutopia.com

EL HOMBRE QUE QUISO DESNACER

Al cumplir cuarenta años, un hombre decidió desnacer. ¿Qué significa esto? Pues bien, entendió que su presencia en el planeta carecía de sentido, que ya se le había pasado el tiempo de triunfar en la vida. No podía soportar la sensación de haber quedado fuera del camino. «Como no he podido ser alguien, será nadie«», pensó entonces.

Claro que para ser nadie, o Nada, tenía que suicidarse, idea poco práctica que sólo serviría para hacer sufrir a sus seres queridos, porque, ciertamente, con ese acto no podría eliminar su derrota social de la memoria de sus contemporáneos y descendientes. Al contrario, sería un perdedor inolvidable. Necesitaba buscar otra solución: no haber existido nunca.

Para ello, visitó a un maestro yogui. El hombre le rogó entonces que lo transportase (a él o a su imagen) a través de un viaje astral, es decir, a través de la mente, al lugar, día y hora en que sus padres lo concibieron.

- Yo debo entrar en ese conventillo -afirmó excitado el hombre-. Necesito sorprenderlos, evitar el acto sexual, interferir, impedir su amor?. Y agregó: Así ahorraré ese instante inútil de la historia, y con él, toda mi vida de un plumazo.

- No puedes haber fracasado, porque el fracaso es una ilusión, como lo es también el éxito y todos los actos de tu personalidad -insistió el yogui para detenerlo. Y luego puntualizó: Te costará mucho entenderlo, pero debes saber que todo lo que nos ocurre en la vida es siempre lo mejor que nos puede pasar.

Pero el hombre era un ser inconsolable y estaba decidido a desnacer.

Ante solicitud tan desmesurada, el yogui comprendió que se trataba también de una prueba personal a sortear y aceptó ayudarlo. «La luz de tu vela no está aquí para iluminarse a sí misma», le recriminaban en pleno corazón sus antepasados, y el yogui supo que debía acompañar al hombre hasta el final de su loco camino.

Así fue que lo transportó a un sitio muy pobre, cuarenta y un años antes en el tiempo, y lo instaló frente a la cama de sus padres. Con indescifrable emoción, el hombre los vio jóvenes, abrazados, soñando desnudos y felices a su futuro hijo. Reconoció la habitación de su infancia, el empapelado con flores, los muebles robustos, los cortinados tejidos a mano.

El yogui le transmitió la orden:

- ¡Ahora grita! ¡Grita y sorpréndelos! ¡Grita y no se amarán...!

Pero el hombre sintió miedo, terror de ser nada, y, con lágrimas y jadeos, permaneció en silencio.

A su mente, que vibraba pidiéndoles perdón por haber fracasado, le respondió el murmullo de sus padres, que sólo ansiaban tener un hijo que fuera feliz. Nada más que eso.

- ¡Rápido, grita cuanto antes! Ya casi no puedo retener tu imagen -repitió el Maestro.

- No, no puedo, no me atrevo, quiero volver... ¡Quiero volver!

Sus padres vieron un chispazo, pensaron que pronto llovería y se besaron con más intensidad. El hombre apareció acurrucado frente al Maestro y, llorando, se aferró a las piernas de éste. Se fue calmando poco a poco.

Luego se pararon. Hombre común y yogui quedáronse mirando un rato. El Maestro le regaló una sonrisa infinita y lo despidió para siempre.

Mirando caer en llamas el último sol de la tarde, el hombre recordó las palabras del yogui durante el abrazo de despedida:

- Recuérdalo, hermano, tú eres el único en el mundo, el único, que pidió nacer.

UN HOMBRE DE FE

Era su último día como cartero, después de haber recorrido durante treinta y cinco años las callecitas arboladas de Villa del Parque. Sus compañeros le pidieron que se quedara para brindar, que ese día no saliera a repartir correspondencia y los ayudara simplemente a clasificarla. Fue entonces cuando descubrió el sobre con un extraño destinatario: " Para Dios". Santiago pensó que era una broma de despedida. Pero no, todos estaban sorprendidos, nunca habían tenido que llevar una carta destinada a Dios. Finalmente la abrieron. En su interior, Santiago halló el pedido desesperado de un desocupado que requería el milagro de hallar mil pesos para comprar un remedio a su hijito, muy enfermo. Todos se miraron consternados, se llevaron las manos a los bolsillos, y juntos al guardia y un heladero de visita, juntaron ochocientos pesos.

Santiago se calzó el uniforme, montó su bicicleta y partió en la última misión. Al llegar descubrió una casita humilde, sigilosamente pasó el sobre debajo de la puerta y se marchó.

Al día siguiente, ya jubilado, Santiago no fue a trabajar, sus compañeros al abrir el saco del buzón, hallaron nuevamente una carta "para Dios" escrita por el mismo hombre; en su texto pudieron leer el siguiente mensaje: "Gracias señor por haber escuchado mi ruego. Mi hijo sanará. Eso sí, de los mil pesos que me mandaste sólo recibí ochocientos. Los otros doscientos se los deben haber robado en el correo".

VIAJE HACIA EL VIAJE

La primera impresión la tuve hace dos meses. Fue en el viaje de Catedral a estación Agüero. No podría decir con certeza en qué parte. Sólo sé que lo vi. Ocurrió tan de repente que no atiné a hacer nada. El resto del pasaje seguía igual: delante de mi el mecánico recostado sobre la ventanilla, a su lado una gorda con su bolsa de frutas, de frente un pibe leyendo historietas, y de pie unos marineros japoneses que no paraban de reírse. Los demás eran oficinistas, mujeres que salieron de compras, qué se yo. Nadie podía moverse demasiado. Estos viajes en subterráneo son insoportables, parece que nos vamos a pegar unos a otros y a asfixiarnos, tenemos que cuidarnos.

Pero ese día todo empezó a ser distinto: él estaba allí, tendido sobre unas vías abandonadas, al costado, quizás muerto, pensé. El vagón en el que iba pasó demasiado rápido, creo que él tenía un traje amarillo.

Debí alertar al guarda, pero no dije nada, soy una porquería, soy igual a todos, me callé, me hice el burro.

No pude dormir la noche siguiente: la imagen desolada del tipo tendido sobre los durmientes abandonados me perseguía. Y en verdad esto de no dormir no me convenía un pito: desde que Mirta me había dejado tenía que cuidar a los chicos, llevarlos al colegio, prepararles la comida, tener la casa arreglada lo mejor posible. Por suerte la encargada del edificio me lavaba la ropa y hacía los mandados. Buena señora, Fidelina, se quedaba con mis hijos todas las tardes y me cobraba muy poco.

En la oficina me miraban con lástima. “Ahí va el cuernudo” dirían por lo bajo. Nada cuesta imaginar el sufrimiento ajeno, el dolor del otro es el que menos duele.

Dos días después de la primera aparición vino la segunda. Es el poder de perpetuación que tiene la tristeza, hace que los que vamos con la mente en blanco descubramos lo que otros ni perciben. Tomé la Línea “D” expresamente y esperé con ansiedad. “Quizás ya lo han sacado, tal vez fue solo una alucinación” me decía asustado, sabiendo que si lo descubría otra vez no atinaría a hacer nada. Me sentía un asesino. Y fue en ese momento cuando nuevamente lo vi. Era el hombre recostado boca arriba sobre unas vigas brillantes, sangrando como un miserable pájaro. Apenas lo encontraba por segunda vez y ya me parecía familiar. Pero volví a callar y un tremendo sentimiento de culpa se apoderó de mí, pues con la decisión de no avisar lo estaba dejando morir.

¿Qué hacía ese hombre allí? ¿Qué monstruo ciego lo había derribado?

Cuando llegué a la empresa los odios contenidos volvieron a multiplicarse. Un olor rancio brotaba de las estanterías como una baba arácnida que todo lo impregnaba. Pero tenía que trabajar para mantener a mis hijos, para responder a sus miradas, para sostener mis párpados abiertos. Mis compañeros se pasaban el día hablando de mi, haciendo una película con mi vida.

El martes pasado lo encontré varias veces. Es decir, me tomé el día para pasear entre Diagonal Norte y Scalabrini Ortiz, aunque en realidad solo lo veía en las idas al centro, justamente a pocos metros de la estación Pueyrredón. Ya había adivinado el lugar así que el pobre no podía sorprenderme. A veces me atacaba un miedo loco y me tapaba los ojos justo en esa parte de la curva, entonces la gente me miraba mal el resto del viaje.

El jueves me enojé con Marcelo en plena contaduría. Me dijo que yo era un estúpido, que no tenía que hacerme tanto problema. Entonces recordé que esa misma mañana Mirta había vuelto a buscar algunas ropas y que le rogué llorando que se quedara. Por primera vez vi melancolía, no solo desprecio en sus ojos negros.

Cuando regresé aquella noche la portera me entregó la cédula judicial y me contó que Mirta se había llevado a los chicos esa tarde. Y ahí está, me quedé como si nada. Corté un poco de pan, abrí una botella de cerveza y comí algo tranquilo en un rincón de la cocina. Todo estaba desolado. Después me fui al subterráneo, había llegado el momento de ayudar a ese hombre. Ya lo había perdido todo, qué importaba entonces meterse en esos líos burocráticos a los que nos somete la policía en estos casos. Era necesario avisar a las autoridades, hacer recoger ese cuerpo.

Al doblar la segunda curva la formación aceleró con violencia. Yo mantenía las puertas abiertas con mis manos ante la tensa expectativa de los curiosos de siempre. Apenas pasaron unos segundos cuando volvía verlo, con una claridad a prueba de toda lágrima. Aferrado por un instante a las puertas que forcejeaban por cerrarse grité como nunca el terror de estar solo y finalmente me arrojé sobre ese hombre.

Es probable que la gente del vagón haya producido un gran bochinche porque a los diez o quince minutos dos tipos de overol azul vinieron a buscarme y me cargaron sobre una carretilla.

Había una irreparable oscuridad en ese túnel, impenetrable negrura cubriendo el paso de tres hombres absolutamente solos transitando unas oxidadas vías, y la sombra de uno iba meneando la cabeza a la del otro, como diciéndole que no había esperanzas, que yo moriría antes de llegar a la próxima estación.

Quise aguardar sonriendo.

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