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  Guías culturales

DE MITOS, “MESÍAS” Y MENTIRAS

Luis Juan Solís

“Sólo aceptaré algo como verdad si realmente estoy convencido de ello”. (1) Hace algunas semanas la Revista Time publicó, de forma textual, la anterior frase del presidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad. Que se trata de nefandas y abominables palabras, nadie lo puede negar. Sin embargo, y lejos de hacer una apología del paranoico líder, creo que no deja de haber en ellas un hecho incuestionable: Sólo aceptamos algo como verdad si encuadra en nuestros esquemas de lo admisible y en nuestra categoría de lo cierto, es decir, en nuestros mitos. Que conste mil veces más: Hubo un Holocausto en el que millones de personas fueron cobardemente asesinadas. De cualquier forma, el presidente de Irán no miente al afirmar que sólo cree en las cosas de las que está convencido; lo que equivale a decir algo así como: “creo porque creo”. La otra noche, los principales contendientes en los comicios más reñidos de la historia de México se proclamaron como el único e indiscutible “ganador”, hablaron desde su particular horizonte de verdad. Hablaron desde la base misma que hace posible que se enfrasquen en una contienda y que ofrezcan perspectivas de nación diametralmente opuestas. Cada cual, a su manera, está inscrito en la verdad, la que sea, que los empuja.

Cuando la revista alemana pregunta si el Holocausto fue un “mito”, la palabra se emplea para aludir a una falacia, a un relato que no concuerda con los hechos históricos, a una simple ficción. En este sentido, un héroe de historieta sería sólo un “mito”. Rollo May, psicólogo existencialista estadounidense, nos dice al respecto:

Este empleo del término mito”sólo” como desaprobación del mito empezó con los Padres de la Iglesia, en el siglo III, como forma de combatir la fe de las gentes en los mitos griegos y romanos. Afirmaban que sólo el mensaje cristiano era cierto y que las historias griegas y romanas eran sólo “mitos”. (2)

A pesar de que nunca lo hemos visto ni lo veremos en el mundo “real”, el héroe de historieta constituye una especie de depósito de los ideales, de los valores y de las aspiraciones, reglas y anhelos que guían la existencia de una determinada colectividad. Así, aunque Homero Simpson eleve sus plegarias a Superman que lo salve, éste personaje ficticio de tinta y papel ( Superman ) es al mismo tiempo el prohombre que combate a las fuerzas contrarias a todo lo “bueno” y “sano”, o sea, al mundo con el que sueña una colectividad, su estilo de vida, sus creencias, tradiciones y valores. Como puede verse, la polisemia de la palabra se presta a distintas interpretaciones más o menos congruentes unas con otras.

Básicamente, y dejando a un lado cuestiones de matiz, mito puede referirse tanto a un juego de ficción, a un relato fantasioso, como a un relato fundacional, base para la edificación de culturas y pueblos. Este último sentido es el que emplea la antropología, por ejemplo. Mircea Eliade, uno de los más importantes estudiosos del fenómeno del mito, señala este valor polisémico de la palabra:

En efecto la palabra se utiliza tanto en el sentido de “ficción” como en el sentido, familiar especialmente a los etnólogos, a los sociólogos y a los historiadores de las religiones, de “tradición sagrada, revelación primordial, modelo ejemplar”. (3)

En el caso de Ahmadinejad, estoy seguro de que emplea la palabra “mito” en su acepción de ficción (como la de los Simpson ), para negar los crímenes nazis y justificar su odio hacia los que él considera los enemigos de su nación. Con ello, no hace más que presentar un relato generador de las acciones de su pueblo, de sus sueños y sus enemigos. La propia mitomanía de Ahmadinejad está inserta, como la de todo el mundo, en un discurso.

Por otra parte, la palabra mito también se refiere a las falacias con las que solemos armar nuestras biografías. Se trata de una retahíla de mentiras y ficciones con las que nos construimos la existencia y que, como devotos admiradores de Gorgias, acabamos por creer a pie juntillas. De esta última clase de mitos, y en cierta forma también de los otros, habla Luis Quintana Tejera en Lecciones de mitomanía (4) . Más que un manual, se trata de la imagen especular de todo aquel que en él se asome.

Hablaré un poco de los tres conceptos de mito. E n la página 19 del libro de Quintana, encuentro lo que el autor denomina "Decálogo del mitómano”, cuyo primer mandamiento declara enfático:

Tu mentira debe tener tal validez que el primero en creerla serás tú .

Este primer deber del mitómano me llama la atención por varias razones. En primer lugar, destaco el hecho de que la fe en el mito constituya un mandamiento, es decir, que sea algo que se nos impone. Alguna vez, un amigo me “explicó” que eso de “no robarás” debe entenderse en el sentido de que no es posible robarle a nadie las cosas que de suyo le pertenecen, es decir, la propiedad, según él, siempre es de procedencia divina, lo que significa que sólo Dios da o quita. Visto así, todo intento por desvalijar al prójimo nos resultará por siempre fallido. Desde esta perspectiva, la negación que acompaña al anterior mandamiento debe entenderse más como imposibilidad, que como prohibición. No estoy muy seguro de la “validez” de este “razonamiento”. Sin embargo, y con esto voy a mi segundo punto, me parece que en el caso del mito, este primer imperativo me resulta un tanto extraño. Me llama la atención el empleo de la palabra mentira . Según el “primer mandamiento”, el mito es una mentira cuyo primer creyente debe ser el propio mentiroso. No obstante, si he de dar “validez” a mis creencias, lo primero que hay que hacer es retirar de ellas todo vestigio de mentira. O tomo las cosas como engaño y las acepto como tales, con lo que por fuerza dejo de creer en ellas, o las tomo como verdad, y soy el primero en creer en mis mitos. El mito, me parece, debe tomarse necesariamente como verdad, de otra manera no es posible ir al cine, leer una novela o dejar que el mitómano sea lo que es. Un mito debe tomarse como cierto, de otra forma no sería un “verdadero mito”. Admito que esto último puede parecer una grosera contradicción. Me explico:

Nadie acepta nada como mentira. Hay un principio de caridad que nos obliga a tomar los enunciados de los demás como muestras de la verdad. Esto permite, entre otras cosas, que el mundo siga girando y que el IFE nos presente los resultados de los últimos comicios o que creamos que AMLO está en lo cierto al gritar que su derrota en las urnas se trata de una sucia jugarreta del partido oficial. Ahora bien, si acepto que el mitómano tan sólo miente, primero a sí mismo y luego a los demás, con ello, paradójicamente, no hago más que imposibilitar la mentira misma. Cimentamos al mundo en una verdad, en la que sea. Así pues, el primer mandamiento, tal y como está redactado le daría la razón al amigo del que hablo, o sea, que el mandamiento podría leerse así:

“Creerás en tus mitos”

O, mejor aun:

“No puedes más que creer en tus mitos”.

Esta misma convicción en el relato se asienta en el “noveno mandamiento” de Luis Quintana. Aquí, la ficción ha de llevarse a tal grado de perfeccionamiento, que sólo puede convencer al otro:

Considera que todos te respetan por esa inmensa convicción con la cual sabes inventar aquello que ni siquiera existe. (5)

Nadie puede vivir si un asidero existencial, sin un “punto fijo”, un conjunto de verdades que sirven de base para nuestra construcción del mundo. Ese punto lo proporcionan los mitos. Por eso, me parece del todo exacto el “séptimo mandamiento” del decálogo:

Conduce sereno la nave de tu vida y ten fe, fe ciega y no permitas que los extraños huéspedes que representan la culpa y el arrepentimiento aniden en ti . (6)

El decálogo subraya el valor de creer en lo que no hemos visto ni oído. Esto sólo se logra con base en una verdad, no en una falsa piedra de toque. Por ello, el mito es siempre una verdad para quien lo vive, en ocasiones tan sólida y enraizada en la psique, que no es posible acabar con ella así como así. Veamos ahora el “sexto mandamiento”:

Hay maestros en los que debes depositar tu fe—Alighieri, Cervantes, Rabelais—. Ellos conocieron el secreto de la ficción que los condujo por el controvertido universo de los hombre. Aprende y bebe en éstos el tesoro infinito de la golosa recreación mítica . (7)

Este punto señala la innegable relación entre el mito y las artes. Los grandes poetas y artistas prestan plasticidad, color y sonido a los contornos del mito. Los artistas abrevan en las fuentes del mito no sólo para la elección del material temático, sino en la conformación de su propio lenguaje estético. Como gran relato, la literatura y sus voces nos hablan en el lenguaje universal de arquetipos y formas. Dante, Cervantes y Rabelais no son sólo integrantes de un canon; son, en más de un modo, nuestro enlace con la propia existencia. Podríamos decir que no somos más que relato. El mito hace que el mundo nos resulte más explicable y habitable; es nuestra forma de vivir. Como decía Umberto Eco, para sobrevivir hay que contar historias (8) .

Los relatos son la imagen de nuestros sueños colectivos, es decir, de nuestros mitos. Si alguna vez existió algo a lo que con justicia puede darse el nombre de “motor inmóvil”, aquello que sin ser movido mueve a todo lo demás, es, precisamente, el mito. Este discurso pone en marcha revoluciones, guerras, amores y terrores. Se trata de una fuerza que justifica y legitima sin que a su vez tenga que ser objeto de legitimación alguna. El líder iraní vive el sueño de su colectividad, relatado en el lenguaje de su propia colectividad. Sus acciones son congruentes con el discurso del que surgen, están insertas en su propio esquema de “verdad”. Lo mismo puede decirse de un individuo que define a Irak, Irán y Corea del Norte, como el “Eje del mal” o del que nos ofrece “un rayito de esperanza”. Se trata de mitos que se ubican en posturas distintas y a veces totalmente contrarias. Estos sueños colectivos dan lugar a sus propias acciones y verdades y fabrican sus héroes y villanos. Es difícil imaginar que individuos como George W. Bush y Mahmoud Ahmadinejad hayan llegado al poder sin estar insertos en los mitos de sus respectivos pueblos—el “Gran Satán” es siempre el otro:

Ser miembro de la comunidad significa compartir sus mitos [...] El extraño, el extranjero, el forastero, es aquel que no comparte nuestros mitos, aquel que se guía por estrellas diferentes, aquel que adora a otros dioses. (9)

Mesiánico irredento, Bush encarna, para muchos, las aspiraciones de su pueblo. Si bien su popularidad está en sus niveles más bajos, esto no significa necesariamente que el mito estadounidense haya muerto o que se haya transformado en otra cosa. Por el contrario, este hecho corrobora la vigencia y la vitalidad del propio discurso. En este discurso, presenciamos las acciones de héroes y villanos. Como todo el mundo, buscamos héroes, como lo hicieron los antiguos babilonios y lo seguirán haciendo los nuevos hombres de Irán, de Texas o de Tabasco Los viejos héroes de las llanuras de Mesopotamia, Gilgamesh y Enkidú, fueron al bosque de Humbaba y trajeron la madera. Ahora nuestros héroes derrotan a los banqueros y a toda otra “alimaña de cuello blanco”, y se enfrentan a los que no creen en nuestra forma de gobierno ni creen en nuestro Dios. Digamos, pues, que todos los héroes ponen el mito en movimiento y satisfacen los sueños de su colectividad.

Como héroe de su colectividad, y más allá del probable interés por fabricar armamento que ponga en juego la seguridad de Israel y comprometa, aún más, la estabilidad del Medio Oriente, Ahmadinejad vive el mito de un pueblo que ha querido reencontrarse consigo mismo en sus raíces más profundas. La revolución islámica, como muchas otras, como quizás todas las revoluciones, surge de mitos cosmogónicos y escatológicos. En estos discursos se pone fin al caos imperante, para crear un nuevo orden, un nuevo mundo, con un nuevo tiempo, e incluso con nuevas palabras que posean la fuerza de los orígenes o que respondan al discurso mítico que les da vida (10). Este mundo en el que aún se discute si es permisible que las mujeres asistan aun partido de futbol es también el mundo, muy moderno, que quiere tener reactores nucleares.

Paradójicamente, en el empleo de la palabra moderno encontramos uno de los mitos recurrentes que dan sentido y orientación a nuestras sociedades. Con la valoración desmedida de la ciencia y del conocimiento racional, que corre a la par de la negación de los poderes del conocimiento no racional, se asiste a una pérdida de lo sagrado. En su afán por deshacerse de todo resabio de pensamiento irracional y absurdo, el Iluminismo se convierte en una suerte de Talibán de la razón, que eleva a ésta a la categoría que antes se reservaba a los dioses. Adorno y Horkheimer nos dicen que el Iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema . (11) El punto es que seguimos insertos en esquemas míticos y en el pensamiento mágico, por más avanzados que creamos ser. Estamos inmersos en el mito, ya sea para vivir o incluso para morir—los terroristas islámicos se hacen volar en mil pedazos (y a muchos inocentes con ellos) con la promesa de un Edén poblado por miles de vírgenes complacientes. Como bien decía Borges, mitos espeluznantes, como el nazismo, no pueden ordenar nuestras vidas, sino sólo realizarse y ordenarse en torno a la muerte, tal como sucede con la insufrible Magda Goebbels.

Finalmente, se ha dicho que nuestros tiempos carecen de mitos. Tal vez este argumento de la falta de mitos, y de ritos, que son su praxis, se traduce en una vida carente de dirección y de sentido, en una dependencia de cosas como el sexo, las drogas, el alcohol, la fama a toda costa (ser simplemente famosos, sólo por serlo). El mito y sus formas vienen a ser una especie de anuncios de la carretera que nos hacen más fácil llegar a donde queremos sin perdernos en el camino. El mundo puede ser un lugar desolado y frío, y sin mitos lo es aun más. Como dice Quintana en su libro:

Los seres humanos estamos solos aun en la vivencia diaria de la compañía . (12)

En una sociedad que fomenta el individualismo a ultranza, el dogma de ráscate-con-tus-propias-uñas nos aleja de los otros, y hace extranjeros de todos, es decir, hombres que no comparten nuestros mitos. Y no los comparten porque tampoco nosotros sabemos cuál es el nuestro. Esto explica, en parte, la proliferación de literatura dedicada al autoconocimiento y a la autoestima. Se trata de hilos de Ariadna en este meandro tormentoso. Pero hay que recordar que nadie puede salir del laberinto por nosotros. El hilo es sólo eso, una guía, no la salida en sí. El mito no determina que vivamos la vida de tal cual manera, sólo nos orienta.

Traigo a colación un bello poema de Auden, Many Happy Returns (13). En el poema, escrito para celebrar los siete años de un niño, se desea al pequeño “un sentido de lo teatral”, es decir, saber cuál es nuestro lugar y papel en la vida en cada uno de sus actos y escenas. La idea de lo teatral de la vida tal vez no sea el epítome de la originalidad metafórica. De cualquier modo, Auden nos presenta, si no un Arte Poética, al menos un arte existencial, lo que no es poca cosa. Se trata de deseos pertinentes y valiosos para orientar nuestra vida, es decir, de una de las funciones del mito. El sentido teatral de la vida, me parece, corresponde a una existencia enriquecida por símbolos, ritos y mitos. Las escena y actos son las diferentes etapas de la vida. Más adelante, el poema nos dice que el autor de esta obra teatral es nada menos que Dios. Los papeles podrán ser de autoría divina, pero no hay argumento preestablecido. Una vez elegido el papel, no nos es lícito alterarlo. Esto no significa, por supuesto, un determinismo fatalista. Somos lo que somos, es decir, lo que elegimos ser. Algo así señala el “séptimo mandamiento” del libro de Luis Quintana:

La dirección de la existencia aparece cada día más clara ante tus ojos. No te desvíes de la ruta segura que tu convencimiento de cada día ofrece . (14)

Se trata tan sólo de encontrar un papel con el que nos sintamos a gusto, entrar en escena y actuar lo mejor posible. Joseph Campbell, célebre estudioso del mito, señala lo siguiente en charla con Bill Moyers:

Cuando eliges tu vocación, has elegido en realidad un modelo, y no tardarás en sentirte cómodo en ese papel. En la madurez, por ejemplo, puedes decir a simple vista cuál es la profesión de alguien. Dondequiera que voy, la gente sabe de inmediato que soy un profesor. No sé qué es lo que hago o qué aspecto tengo, pero yo también puedo distinguir a los profesores de los ingenieros o los comerciantes. Tu vida te da una forma determinada. (15)

El mito permite a las personas saber el papel que deben desempeñar, lo que la comunidad espera de ellas, y lo que deben dejar atrás conforme avanzan en la vida. Es normal que nos perdamos en el camino, que vivamos en mundos de Peter Pan a los cincuenta o que nos dé por luchar con lagartos a los ochenta. Volviendo al libro de Quintana, a lo largo de varias páginas el autor nos presenta el esbozo de una caterva de individuos retorcidos. Estos tipos son incapaces de llevar relaciones y contactos sociales en las que se excluyan la destrucción propia y la de los tristes mortales que sufren la desgracia de rozar las vidas de estos turbios personajes. Tomando en cuenta la pluralidad de significados de la palabra mito, podría decirse que se trata de mitómanos sin mito. Los mitos nos ayudan a saber qué cosas hay que ir dejando en la carretera. Por su parte, los ritos de iniciación sirven, o por desgracia servían, para ayudarnos a morir en una etapa de la vida y a nacer como individuos nuevos en la siguiente. Como decía Jacques Attali, hay que hacer de la vida una obra de arte. No se trata de caer en escapismos o sólo de lograr que la cabeza no ejerza su tiranía sobre el corazón. Es bueno dejar que el alma dé un paseo por todas las calles del vecindario. Es un error limitar la verdad a los logros de la razón, pues dejamos fuera formas de conocimiento que no son ni “claras” ni “distintas”, pero que resultan igualmente valiosas, como el mito. Juan Mascaró, en su introducción a los Upanishads, señala:

Una visión material del universo parece ser, por lo tanto, perfectamente posible; tanto así, que podríamos llamarla la visión general del hombre moderno, dominada por un mecanicismo moderno basado en el materialismo científico. Pero, ¿esos es yodo? ¿Es razonable una interpretación racionalista del universo?¿Es un humanismo científico muy humano o muy científico? (16)

Por último, diré que tenemos más que nuestra cuota de “Mesías”, de charlatanes y de promotores de la evasión, de torturadores, violadores, “hijitos de mamá” y otros ejemplares de la fauna mitómana. Tal vez la vitalidad del mito, entendido como relato que crea, ordena y da cuenta del mundo y de sus cosas, nos lleve a hacer de éste, como soñaba un viejo sueño, el mejor de los mundos posibles.

 

BIBLIOGRAFÍA

1. AUDEN, W. H. Collected Poems , Edward Mendelson (Ed.), Vintage International, USA, 1991.

2. CAMPBELL, Joseph. El poder del mito , Emecé, Barcelona, 1991.

3. ELIADE, Mircea. Mito y realidad , Labor, Bogotá, 1994.

4. HORKHEIMER, Max. ADORNO, Theodor, W. Dialéctica del Iluminismo , Editorial Sudamericana, 1997.

5. MAY, Rollo. La Necesidad del mito. La influencia de los modelos culturales en el mundo contemporáneo, Paidós, Barcelona, 1998.

6. QUINTANA TEJERA, LUIS. L ecciones de mitomanía , Miguel Ángel Porrúa, México, 2006.


1- Time Magazine Asia . Verbatim , June 5, 2006, p.18. De hecho, Time Magazine señala que esta declaración la hizo Ahmadinejad a la revista alemana Der Spiegel . Esta publicación preguntó al iraní si se mantenía firme en su declaración del año pasado, en la que asegura que el Holocausto es sólo un “mito”. La traducción de todos los pasajes en ingles es libre y a título personal.

2- Rollo May. La Necesidad del mito. La influencia de los modelos culturales en el mundo contemporáneo , Paidós, Barcelona, 1998, p. 26.

3- Mircea Eliade. Mito y realidad , Labor, Bogotá, 1994, p. 7.

4- Luis Quintana Tejera. Lecciones de mitomanía , Miguel ángel Porrúa, México, D. F., 2006.

5- Ibid ., p. 20.

6- Ibid., p. 20.

7- Ibid., pp. 19-20.

8- Umberto Eco. L'isola del giorno prima , Bompiani, Milán, 1998, p. 194. Traducción a título personal.

9- Rollo May. Op. Cit ., p. 45 .

10- Se sabe que el gobierno comunista de Mongolia llegó a suprimir el uso de apellidos, herencia de la corrupción burguesa, con el fin de crear una sociedad más igualitaria. Tras unos ochenta años, la “igualitaria” sociedad de este lejano país se llenó, por ejemplo, de miles de mujeres sin apellido que respondían a un mismo nombre, como Altantsetseg , o sea, “ Flor dorada ”. Bien podemos imaginar las consecuencias de este experimento. El nombre es siempre mucho más que el nombre.

11- Dialéctica del Iluminismo , Editorial Sudamericana, 1997, p. 39.

12- Op., cit., p. 127

13- W. H. Auden. Collected Poems, Edward Mendelson (Ed.), Vintage International, USA, 1991, pp. 320-324. Many Happy Returns es la fórmula empleada para desear un feliz cumpleaños a la gente; equivale a nuestro “Muchos días de éstos”.

14- Op., cit ., p. 20.

15- Joseph Campbell. El poder del mito , Emecé, Barcelona, 1991, p. 213.

16- The Upanishads , Juan Mascaró (Trad.), Penguin Books, Great Britain, 1965, p. 16

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