Para Luisa
Caen los números, no por su orden natural, más bien por su peso místico; primero el siete, por último el nueve. Y los demás.
Las cuerdas que sujetaban se fueron rompiendo, y al romperse, su sonido metálico quedaba flotando como el eco sobre un río.
La piel cambiaba de densidad. El corazón era un animal sagrado levantando lenguas de fuego.
Luego, los ojos se perdían, cansados de tanta ciudad ciega.
Y el aullido de lo otros quedaba atrás, entre las hojas que soltaban los árboles que se negaban a ir.
La luna es un cofre de tesoros, cuando Tú-me-amas.
Y en la espiral de su vuelo, el cuervo descansa.
El cielo no estaba.
Los rostros son el horizonte. Las manos levantaban miradas; ahora bajaban, y una rosa abría.
Luego, silencio.
Era el inicio del primer vuelo del Dedalus.
Luego, silencio.