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RELATOS

Por Mayra Iturralde
mayra0210@hotmail.com

 

LA COMETA

Le gusta pasar vacaciones de pascua en la playa, anteriormente lo hacía acompañada; ahora está sola, observando las incontables cometas que adornan el cielo, son las once de la mañana y el viento es fresco aún. Ella eleva su cometa, su preferida, la de colores intensos, la de cola trenzada, la que Héctor le obsequió en un cumpleaños; piensa en él, en su cara afilada, en sus dedos flacos y la punta de sus pezones se erizan, mientras, allá en lo alto la cometa desliza su ego, dueña y señora, buscando nuevas aventuras, saltando muros, disfrutando de una libertad condicionada a un pequeño punto sobre la arena negra de la playa, ella.

Ella que aún espera a que retornen aquellas mañanas cuando él la despertaba con una sonrisa, cuando mordía con suavidad sus labios, su cuello y enmarañaba el cabello, cuando aquel juego infantil comenzaba y ella sonriente trataba de zafarse de sus fuertes brazos, escapar y correr por la orilla de a playa, mientras él, la presaba por la cintura, para luego continuar correteando felices, juntos, con la inocencia y desnudes de dos niños, desnudes que por cuatro años sostuvo entre sus manos y ahora solo queda entre ellas, una cometa.

Una cometa que ansía escapar del hilo que la frena. Ella tira insistente ¡No puede perderla!, es el único recuerdo sustentable de él, de él en su cuerpo, de él que se marchó un domingo por la mañana sin dar explicaciones, de él que se fue, dejándola en un estado crepuscular, meciéndose de un lado hacia otro, en una vigilia perpetua y reduciendo su vida a una pantomima. El viento la despabila, le arrebata el sombrero de copa ancha y juega con el vestido, pero el suceso no tiende relevante, ella no cede, no suelta el carrete.

El carrete está en buenas condiciones y eso le da cierta seguridad, aprovecha y observa a las personas a su alrededor, todas ríen. Mira a una pareja abrazarse y darse de besos y un puñal se le hunde en el pecho, le entran ganas de hurtar esos mimos y sonrisas y hacer con ellos, su propio cuadro de “felicidad”, ¿Qué la detiene? La cometa.

La cometa que tiene decidido marcharse y aprovecha su distracción. Tira con fuerza, el carrete da vueltas enloquecidamente. Ella, en el intento de retenerla jala el hilo, el cual le produce un corte en los dedos, la cometa se suelta, por fin es libre y escoge su propio rumbo.

Ella corre desesperada por la playa con la vista al cielo, tropezando con los cuerpos que la alejan cada vez más de su objetivo, la cometa se mira desde abajo cínica, altiva y se aparta velozmente. Ella no cede, continúa corriendo ahora con los brazos en alto, como esperando un milagro. Las gotas de sangre que va dejando sobre la arena, marcan un camino, el que ella recorre ahogada en miedo, abandonando en cada paso la edad para jugar a las cometas, le tiemblan las rodillas y los labios. Sus ojos empañados por el llanto, no se dan cuenta que una cometa nueva, de tonos distintos la ha acompañado desde el inicio de la travesía, finalmente ella, cae rendida sobre la negra arena, con las manos ensangrentadas y vacías.

EL FANTASMA


El tapiz de la casa de la abuela es amarillento, está marchito y roto, tiene un olor a naftalina tan penetrante que todo en ella huele igual, hasta el gato negro que duerme sobre el brazo del sofá, el preferido de la abuela. Desde hace más de tres años, llegamos a vivir aquí, mi madre, mi hermano y yo, y aún no nos hemos acostumbrado a los ruidos en el cortijo, ni a las sombras que se vislumbran a través de las cortinas de la sala, ni a los llantos que se escuchan por las noches; al fantasma.

La abuela dice que son alucinaciones propias de nuestra edad, la pubertad. En realidad no la juzgo, desde hace tiempo ha ido perdiendo el oído, de la misma manera que mamá ha dejado de escucharme, parece que sólo le importa papá quien lleva tiempo en el hospital. Mamá evita a toda costa hablarme y curiosamente, también la entiendo, tenemos tan pocas cosas en común.

El jueves le marqué al móvil para decirle que la abuela había muerto. No contestó. La abuela estaba tendida sobre el sofá, con la boca abierta, con los ojos en blanco y los brazos colgando. ¡No despertaba y ese gato del demonio no dejaba de arrojarme arañazos! Nadie me quita la idea de que la abuela viaja de vez en cuando al más allá, tal vez al purgatorio o al infierno de donde sin duda ha sacado a ese mugroso animal, al cual odio con todas mis fuerzas (en realidad últimamente odio a todo el mundo).

Pero, al poco tiempo la abuela se levantó como si nada, como si esa pequeña pausa de muerte-sueño, le hubiera inyectado jovialidad. La abuela es extraña. Prepara brebajes con hierbas, a veces los ingiere, otras veces se los unta y luego esas charlas interminables que sostiene sola, habla de la Revolución y de las Cabalgatas Villistas, me divierte; pero a Máximo le da miedo, le teme a los revolucionarios, luego corre a esconderse bajo las cortinas, a enredarse en ellas hasta salir mareado y con los cabellos electrizados, que curiosamente ese hecho asusta al gato quién huye, mientras nosotros morimos de risa.

Mamá llega a casa arrastrando los pies, agotada, rendida, muda, parece no importarla nada, ni nadie. A veces observa la pantalla del celular por mucho tiempo, tele-transportándose al limbo (creo que intenta alejarse de los platos sucios) pero al poco tiempo, se enfurece y cierra con llave la puerta de su habitación.  ¡Demonios! tan cerca que estábamos de echarles un ojo a las cajas que guarda bajo la cama!

Mamá es reservada, no cree en fantasmas ni hechicerías, pero sé que ella también escucha ruidos y siente que alguien la sigue con la mirada, pero se hace la fuerte, total no tenemos otro sitio donde vivir.

Mamá se despierta por las noches con frecuencia, sé que le preocupa algo más que papá; se dirige a la cocina destapa una botella de vino y enciende el televisión, ni siquiera lo mira. Bebe pequeños traguitos y se levanta dando trotes, olvidándose de no pisar al gato que descansa bajo sus pies.  Después de un maullido intenso que a mi madre parece no importar, se dirige a su habitación (estoy segura que hay algo secreto dentro de esas cajas que guarda celosamente) después de un tiempo para mi eterno, sale con los ojos hinchados, la botella vacía y una fotografía y, aquí viene la parte interesante de mamá: se para frente al pasillo, mientras su vista se pierde en la oscuridad del ventanal. Al poco tiempo le viene un grito aterrador y desvaría sobre un accidente de auto, se tira al suelo, se jala el cabello y se hace nudo con la fotografía en el vientre. Máximo corre bajo las cortinas, mientras la abuela pasivamente introduce bolitas de naftalina en el papel tapiz y a mí, a mí, me toca la parte difícil, sentarme detrás de mamá, tomarla suavemente por los hombros, en un intento por calmarla, mientras entrecortadamente cita nuestros nombres y el de la abuela…

CON OLOR A ENGAÑO, CERVEZA Y COCO


Una botella de mezcal vacía, una barra desteñida por la humedad del Pacífico y un machete, enmarcan la escena de aquel hombre de mirada perdida, de brazos bronceados y quien arrastra más de cincuenta años bajo el ombligo. Los pocos clientes quienes arriban al lugar lo observan con desconfianza, incrédulos de su fastidio, nadie pretende acercarse pues en cuanto percibe alguna cercanía por mínima, el hombre desenfunda rápidamente el machete. Exige hablar con el Ministerio Público.

Años atrás, la tienda Elektra se había instalado en Coyuca de Benítez, las motocicletas semiautomáticas de marca Italika, no le fueron tan novedosas como aquella muchachita de caderas pronunciadas, de tez blanca y de cabello rubio teñido. – “Mijo”, acompáñeme a ver esas motos- le dijo al mayor de los nietos.

Así fue, como cada tarde a abuelo y nieto se les hizo la rutina de ir a enamorarse de la misma mujer. Tiempo después, el hombre más importante de la región de la cosecha de coco, terminó por comprarse la motocicleta y a la chica, al mismo tiempo y al cabo de tres meses, salían de la iglesia convertidos en marido y mujer.

Dos días, tres horas, veinticuatro minutos y trece segundos, lleva el hombre pudriéndose en sus propios pensamientos; la gente del pueblo comienza a preocuparse pues no hay rastro de la joven esposa ni mucho menos del nieto. El hombre esfoza una ligera sonrisa tras el arribo del M.P., los curiosos se amotina, pero el hombre ya con el demonio dentro, se va en contra de un pobre vendedor de hamacas, le ha hecho un corte en el antebrazo y ha cortado de tajo el husmeo de los presentes. Ahora se encuentra solo frente al M.P. y su vergüenza.

-Quiero divorciarme- expresa titubeante.

El M.P. ha viajado más de tres horas para semejante aberración, piensa marcharse, pero la tentación lo detiene ¿Qué será eso tan grave que desea confesar el hombre más “pudiente” del lugar? y tras dar un largo sorbo a la cerveza, pregunta:
-¿Por qué se quiere divorciar?-
El hombre lo observa detenidamente de arriba hacia abajo, hace un gesto de desconfianza y deja caer la mirada sobre la botella vacía que descansa sobre la barra. El oficial insiste. Pasan los minutos y al hombre se le encharca un sabor amargo en la punta de la lengua, de pronto se le ve más viejo, su cuerpo es débil como un morral de coco seco y con voz delgada y casi inaudible responde:
-Porque encontré a mi mujer y a mi nieto-
-¿Y eso que tiene de extraño? Cada tarde después del trabajo, yo encuentro a mi mujer y a mis hijos, porque aún no tengo nietos- sarcásticamente responde el M.P.
-¡Porque encontré a mi mujer y a mi nieto!- repite el hombre con voz fuerte y con un coraje atroz, que hace que las venas del rostro se sobresalten.

Al M.P. le resulta interesante la historia e intentará escarbar dentro de ese circo fúnebre, por el momento pide otra cerveza y toma asiento.

– ¡Encontré a mi mujer con mi nieto, sobre la hamaca, desnudos, bien apergollados…!- expresa el hombre devastado.

El M.P. lo observa con cierta pena, también él lleva la piel curtida por el sol, ha vivido toda su vida en la costa, conoce el mar, el ocaso, los principales puertos por donde sin duda la mujer y el nieto huyeron, conoce a palmo la temporada de cosecha de coco e incluso comulga con el mismo vocablo; se frota el mentón y sus labios secos hacen una mueca malévola mientras suelta:

-Pues sí debería divorciarse, porque en la hamaca ¡Entra toditita!-

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