AGUA, AGUAS
LIMPIAS, AGUAS SUCIAS
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Tronco de madera, a modo de balsa, flotando
sobre aguas limpias; aguas sucias con troncos flotando:
alta marea, con oleaje de aguas limpias, pervierten el embalse
que invade al agua como fin… Agua bendita para exorcizar
El agua es el principio, por lo tanto, sustento en-sí
y por-sí. Porque el agua, conceptualmente, desborda:
es agua símil aguas, limpias o sucias. Sin embargo,
agua se define tanto por su unidad inundada de mismidad
(agua), como por ser sostén de otredades (limpiezas
y suciedades), que se evaporan más allá de
su absoluta y única presencia.
A pesar de la facilidad que se enmascara en el término
'agua', ya sea para simplificarlo y distribuir su oquedad
metafísica; o montar su materialidad como substrato
esencial para cualquier discurso emplazado fuera del mito
(entiéndase filosófico), 'agua' es unidad
inundada. Sólo es identificable por los muchos, e
imprecisos, ejemplares que la remiten en su vacío:
'aguas'. Justamente, el agua se contiene por las aguas,
y así sustenta esas multiplicidades de otredades
-simplificadas, valorizadas, entre limpias o sucias-.
Entonces, agua es principio, sustancia: unidad metafísica
inalcanzable -que no aparece ni siquiera en una gota de
agua-, y se inunda en la evaporación (proceso que
la encuentra y detona su oquedad, huella presente en su
aparición conceptual). Por otra parte, aguas es circunstancia
desfasada de su unidad identitaria: reunión de muchos
imprecisos, rozando la cuantificación, escapando
-al igual que su unidad aparentemente perdida-, por el desorden
imprevisto, de una intemporal clasificación conceptual.
Aguas que arrastran otras aguas, y en la marea absoluta
reinan catastróficamente sobre el todo. Universos
de tsunamis, ausentándose, por motus propio, de cualquier
locus puro que intente actualizarlas. No obstante, conservan
la similitud de la acción que pregona, a modo de
discurso ausente, el mito funcional: para "subsistir
por sí mismas".
Sin embargo, subsistir rechaza al número único,
la unidad perturbada por la evaporación. Subsistir
en-sí, para las aguas, es pasar a agenciarse por-sí
(tanto consigo mismas, en tanto sustancia, como con aquel
vacío de la otredad). Así, subsistir repercute
análogamente, y juega en el idioma de las mareas
altas y bajas: aguas llegan a la costa indistintamente,
vuelven deformadas, encontrándose perdidas y rodeadas
de cualidades, dentro de ellas mismas.
En otras palabras, cuando el agua se hace agua pierde su
unidad, se descentra y desborda ante sí y con los
otros múltiples. Repite la diferencia, que decíamos
análoga por el sostén de los "otros"
y llega, más bien, al encuentro y agenciamiento interceptado
con el vacío (cofuncionando, sepámoslo de
una vez, nuevamente en forma de mito). Aguas pasan a la
multitud, y en acuerdo asistemático, como "sostén"
de la disyunción cualitativa (por no ser también
retórica) del valor gradual que se asienta en la
limpieza o la suciedad.
Por un lado, desde la lluvia puede resultar más
complicada nuestra relación, lo que no quita su magnitud
y efervescencia. Aguas limpias no distintas de aguas sucias,
aunque sí encontremos contingencia en el núcleo
axiomático del agua o la multiplicidad de las aguas.
Aguas limpias es el combate externo de la localización
de toda suciedad, porque la suciedad reside superficialmente
(sin hundirse).
Por otro lado, Bush rechaza los médicos cubanos
benefactores, ante la suciedad del "Kathrina".
El gobierno argentino envía "cascos blancos"
para limpiar los crímenes de lesa humanidad, provocados
por el huracán. Es preciso cortar el suministro de
agua en Nueva Orleáns: evacuación. Aguas limpias
devienen aguas sucias, ¿éste es nuestro discurso?
Porque aguas limpias precipitan la "guerra del agua",
la "triple frontera" no rechaza la invasión
norteamericana (y su defensa del patrimonio internacional).
El gobierno argentino deviene cascos blancos que se envasan
en la patagonia y se exportan por litros a Europa. Aguas
que sostienen cloro, pvc, contaminación. Los ecologistas
defienden el sistema privilegiado para el "ser humano",
aguas limpias no inundan, empero ¡aguas sucias ahogan!
La fluidez singular de nuestro elemento repercute como en
la ilusión de la punta de un iceberg, si se nos presenta
a modo de dos litros diarios. El sistema hídrico
y de riego se controla por la presión de la oquedad:
discurso sofístico que deviene en control ("Nada
en demasía": escasez en espacios inarticulados).
En síntesis, discurso irónico, limpias o
sucias no son las aguas; y por más que así
se lo quiera, éstas se esconden en su oquedad negligente
¿de quién es el valor? Riámonos, porque
subsiste análogamente, aunque ya agenciado, en la
superficie seca y árida de la pulcritud (juego de
verdades dignas), inagotable retórica política:
combate de ausentes, roces del vacío.
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