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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Marcos J. Iglesias
cbarker_mrsi@hotmail.com


HAMBRE ANIMAL

Introdujo la mano muy lentamente por la estrecha abertura, sumergiéndola en un fluido tibio y viscoso que le produjo una primera sensación revulsiva, pero no se detuvo y hundió la mano aún más hasta que los dedos tocaron fondo y no pudo seguir avanzando. Gimiendo una maldición, rastreó alrededor buscando un recodo, pero éste resultaba inaccesible y se limitó a palpar hasta donde sus dedos le permitían. Estaba a punto de perder la esperanza cuando de repente, con la punta del dedo corazón toco algo que... sí, podría ser, podría... ¡SÍ! Haciendo un esfuerzo titánico, giró un poco más el brazo dentro del hueco del inodoro y, con un último empujón cogió con dos dedos el anillo de boda del fondo del sifón, pensando por un momento que seguramente podría haber existido alguna forma más higiénica y menos incómoda de conseguir su propósito, al tiempo que se la mentaba de su torpeza. Si Elena llega a enterarse de que había perdido el anillo de una manera tan estúpida, con toda seguridad se lo hubiera recriminado hasta hartarse; lo más que le hubiese importadono habría sido el anillo en sí. Para ella lo mágico de todo el asunto habría sido tener la oportunidad de meterse con su marido, de humillarle un poco y restregarle por la cara que era un inútil, que no debería haberse dejado convencer para casarse con él, que en el fondo sólo le producía lástima. ¡Lástima! A la vieja zorra le gustaba pisotearle de lo lindo siempre que tenía ocasión. Hacía más de quince años que Víctor desconocía el motivo que le había llevado a enamorarse de ella, y después de dieciséis de casados, ya eran demasiados años odiando a la misma persona.

En realidad, el motivo de su torpeza se basaba precisamente en ésa cuestión. ¿Por qué? Se la había planteado en el cuarto de baño aquella misma mañana, y no por primera vez, mientras se afeitaba y asistía a la aparición de las primeras canas en su barba. Había dejado la maquinilla desechable sobre el lavabo y, clavando los ojos en su oponente en el espejo, se dijo que no era más que un estúpido, que había desperdiciado su vida junto a alguien que no le soportaba (y a la cual él tampoco soportaba demasiado, en realidad). Los ojos que le observaban, viejos y cansados, no hacían más que confirmar la teoría punto por punto, y no le gustó la mirada acusadora que le lanzaban, así que la desvió a un lado, cogió de nuevo la maquinilla y terminó de afeitarse. Seguidamente se dirigió al váter a orinar, pero antes se sacó el anillo de boda del dedo. Entornando un pocolos ojos leyó la pequeñísima inscripción que lucía: “V.H. – E.H. 12.02.82”. Dio la vuelta al anillo, lo giró y lo volvió a voltear, sin descubrir en él nada especial. Estaba a punto de ponérselo de nuevo cuando, sin saber cómo, se le escurrió de entre los dedos. Con un gesto no lo bastante rápido intentó cazarlo al vuelo, pero el anillo estaba ya dando vueltas en el interior de la taza, como la bola de una ruleta que poco a poco se va acercando a las casillas, pero en éste caso girando hacia abajo y adentro del agujero. Víctor se quedó como embobado viéndolo girar, helado, incapaz de reaccionar hasta que el anillo cayó por fin al fondo.

En fin, ahí estaba él; había recuperado el anillo, después de llenarse el brazo de meados (había pensado que si tiraba de la cisterna lo acabaría perdiendo del todo), y ahora empezaba a sentir que no debería haberlo hecho. Ni porque no valiera la pena, que era el caso, o porque ya estuviese tan cansado como para abandonarlo todo. Todo eso carecía de importancia por el momento, porque su mayor preocupación era que no podía sacar el brazo del inodoro.

Su primera reacción fue pensar: “Tranquilo, no pasa nada. Seguramente lo tendrás atascado. Intenta girarlo y ya verás”. Víctor hizo precisamente eso, pero el brazo no se movió un ápice.Aplicando un poco más de fuerza, giró en el otro sentido, pero al parecer la manga de la camisa se había enrollado y ahora le impedía moverse. Dio un brusco tirón a derecha e izquierda mientras se impulsaba hacia atrás, consiguiendo caerse de culo en una posición un tanto extraña dadas las circunstancias, pero nada más. La mano, a fuerza de rebuscar, había quedado colocada en un ángulo difícil, de canto, y ahora no podía desencajarla. Se detuvo un instante y de repente una idea le iluminó. Si seguía tirando no conseguiría más que atascarse del todo. La solución era meter más la mano, girarla y ¡ya está! Víctor hizo precisamente eso, hasta donde se lo permitía la postura, la giró un poco y en sus prisas por zafarse dio un brusco tirón. De nuevo le tocó caer al suelo, pero en ésta ocasión le acompañó un crujido bajo, amortiguado por el agua. Un dolor indescriptible le recorrió el brazo hasta el hombro, incrustándosele en el cerebro en una décima de segundo y parándole la respiración.Por un momento no pudo hacer nada más que mirar al suelo frenéticamente, mientras un sudor frío empezaba a caerle por la espalda. Entonces tragó saliva, abrió la boca y dejó escapar un grito desgarrador, mezcla de dolor y miedo. El brazo no había salido, ni siquiera se había movido, pero en su lugar se había fracturado algún hueso de la muñeca, de antebrazo o todos a la vez; era incapaz de distinguirlo con claridad, porque el dolor lo velaba todo. Siguió gritando durante lo que le pareció una eternidad, hasta que la garganta se le bloqueó de puro seca, terminando en un estertor mudo. La respiración se había vuelto trabajosa y delante de sus ojos flotaban miles de puntitos negros que semejaban moscas de la fruta revoloteando sobre una bandeja repleta de manzanas pasadas. Sin embargo, su abotargada mente se empeñaba en enviar desesperados mensajes de calma a los centros del dolor, mientras éstos le respondían con un corte de mangas.

Pasó lo que parecía una hora, aunque seguramente no habían llegado a ser ni un par de minutos, y el jadeo empezó a hacer mella en él, produciéndole mareo. Cuando se dio cuenta de que estaba a punto de desmayarse, Víctor tragó saliva, acalló al dolor y se obligó a respirar un poco más despacio. El dolor inicial del brazo se había convertido en una quemazón pulsátil que le impedía sentir si sus dedos seguían en su sitio, al final de la mano. Lentamente se irguió, hincó rodilla en tierra y miró en el interior de la taza. Descubrió que la cosa no era tan mala como él pensaba: había esperado ver el interior lleno de sangre, o quizá algún trocito de hueso flotando en el líquido (ésto último era un adorno de su mente morbosa), pero descubrió que el interior seguía igualmente amarillento, y que lo único que flotaba en su interior era una colilla de cigarrillo que se negaba a ser tragada por el sumidero. En su aturdimiento pudo leer la marca del cigarrillo; era un Chesterfield, la marca de su mujer. Tendría que recordarle por enésima vez que dejara esa asquerosa costumbre; siempre y cuando él saliera de aquella grotesca situación, claro está.

Aturdido como estaba no notó como algo en el interior del agua daba vueltas perezosas entre sus dedos, una cosa alargada, escamosa y fría. Lo que podría ser una aleta o algo similar le rozó el meñique, lo que le hizo salir por un instante de su ensimismamiento y olvidarse del dolor. Víctor se mantuvo a la expectativa, y poco después la cosa le propinó un golpecito en el pulgar, se deslizó a lo largo de la palma de la mano y de nuevo desapareció. Víctor se empezó a preguntar, entre divertido y asustado, si algún vecino tendría la solitaria y la habría cagado recientemente, regalándosela sin saberlo. Un leve estremecimiento le acarició la columna, y la transpiración que hasta entonces había parecido una fina lluvia se convirtió en una auténtica tormenta tropical, creando un fino charco en el pliegue que le hacía la camisa con el cinturón. Aunque pareciera increíble, hasta entonces su mayor preocupación no había sido ni el dolor ni el anillo, sino salir antes de que la arpía de Elena volviera de su sesión de bingo y le viera con el brazo insertado en el cagadero, y comenzara a reírse y reírse y reírse... Aquel pensamiento le abandonó, siendo sustituido por aquella sensación de incertidumbre. No sabía si había sentido lo que creía, o si junto a su mano estaba nadando una maldita serpiente venenosa, una bamba, como las llamaban los vietnamitas. Lo creía poco probable, pero en aquel momento estaba abierto a cualquier posibilidad. La cuestión era que la cosa seguía dando vueltas, dándole toquecitos en la mano y en los dedos. En uno de esos golpes sintió que le rozaban una especie de barbas, como los sensibles bigotes de un gato, y que la cosa empezaba a moverse un poco más deprisa. El siguiente golpe ya no fue un simple toque, sino que sintió como si aquel ser hubiese tomado carrerilla en el fondo y le hubiera intentado expulsar de sus dominios. El encontronazo le dobló los nudillos hacia la palma y sintió que sus uñas, demasiado largas, se le clavaban violentamente en la carne. Apretó los labios, pero se contuvo y no gritó, no entonces. Estaba demasiado ocupado intentando encontrar un medio de librarse de lo que en principio le había parecido una situación humillante y que poco a poco se iba convirtiendo en algo peligroso. Cuando la cosa había topado con su mano por última vez, Víctor había creído distinguir al tacto unas protuberancias curvadas y duras que le hicieron pensar en dientes, decenas de pequeños y apretados dientecillos, que serían (aquí entraba otra vez en juego su imaginación) grisáceos y afilados como espinas, y nacerían del mismo cerebro, dotados de su propio razonamiento.

La lesión de su brazo le impedía hacer nada, pero aún así intentó de nuevo sacarlo, consiguiendo otra nueva oleada de dolor. Ahora sí, pudo ver en el agua los primeros retazos de sangre, procedentes de los cortes de la palma de la mano. Aquello le asustó. ¿Y si a la maldita cosa le atraía la sangre, como a los tiburones? ¿Y si...? Mientras hacía sus cávilas, el ser volvió a toparse una segunda vez con la mano, enterrándole las uñas un poco más, y una tercera, y hasta una cuarta. Cuando creyó que no podría resistir más, la cosa se detuvo; lo supo enseguida porque el agua, que hasta entonces había notado revuelta en el fondo, se quedó en calma. Víctor inhaló una profunda bocanada de aire, la retuvo un instante y la exhaló lentamente, parcialmente aliviado. Del otro lado de la casa le llegó el sonido de unas llaves en la cerradura y Víctor, en vez de sentirse avergonzado, empezó a tener esperanza. Al fin y al cabo, era su mujer, y aunque se riera de él hasta reventar, al final tendría que ayudarle a sacar el brazo; bueno, las mujeres siempre tenían remedios para ésas cosas, ¿no? Si te tragabas algo demasiado picante te decían que comieras pan, en vez de beber agua, o si se te manchaba la camisa de grasa, aunque con resignación, apañaban lo que para uno era un desastre.

-¿Víctor? Jodido idiota, ¿dónde coño te metes?

Todo cariño, pensó, pero no le importó y le respondió a voz en cuello.

-¡Aquí! ¡Mierda, en el LAVABO! ¡AYÚDAME!

Víctor oyó los pasos exasperados de su mujer aproximándose, pero de repente, un nuevo golpe de aquella cosa le devolvió a la realidad del problema. En aquella ocasión el golpe había sido especialmente fuerte, pero la cosa no se había retirado. Le palpó una vez más con sus bigotes y cerró con fuerza las mandíbulas en torno a sus cuatro dedos más largos, atravesándole con lo que había creído que eran cientos, y que debían ser miles de dientes en realidad. Los ojos fueron a salírsele de sus órbitas, y las venas del cuello se le hincharon hasta un extremo en que parecía que se le iban a reventar y re diseñar el color de las paredes. Esta vez no gritó a su mujer; literalmente, bramó:

-¡¡ELENA!! ¡¡AYUDAMEEEEEEE!!

En aquel momento ella entraba por la puerta, y lo único que vio fue a su marido, en una situación totalmente absurda y gritando como un energúmeno.

-Maldita sea, Víctor, ¿se puede saber que carajo haces? ¿Qué buscas, tu dignidad perdida, o qué?

-¡Ayu... ayúdame! -la voz se había convertido en un susurro, y el dolor del primer mordisco se multiplicaba mientras la cosa empezaba a masticar sus dedos-. Ayudameeeehh...

-De acuerdo, si piensas hacer el gilipollas toda la tarde, creo que me iré a la cama; estoy algo cansada de tus tonterías, ¿sabes?

Víctor, sin saber cómo, hizo un último y sobrehumano intento por sacar el brazo, y lo que antes había resultado imposible se convirtió en cosa de un segundo. Se escuchó un segundo crujido, seguido de un borboteo asqueroso y por fin sacó el brazo del váter. Lo que seguía al brazo era algo que Víctor y su imaginación jamás habrían soñado. El ser, o lo que fuera, mediría alrededor de metro o metro y medio, lucía una piel segmentada como la de una escolopendra, de un color pardusco y presentaba alrededor un sinfín de pequeñas aletas, lo que no cuadraba con ningún animal que Víctor conociera, aunque él no era biólogo que digamos. Lo más sorprendente era su cabeza; de forma tronco cónica, como la de una serpiente, y con unos ojos pequeños y blancos, escrutadores. No parecía tener ningún orificio nasal ni tampoco branquias pero la boca, que seccionaba la cabeza por la mitad, y provista de una suerte de fuelle en las comisuras, centraba toda la atención de Víctor. Aquella boca, pensó, era capaz de comérselo a uno entero.

Con ése pensamiento, Víctor agitó violentamente la mano, dándole una sacudida de saque de tenis, y la cosa se desprendió con un chasquido de su mano, saliendo disparada hacia el otro extremo del baño y yendo a parar a la nuca de su mujer, que en aquel momento se daba la vuelta para marcharse. Los dientes de la bestia se hundieron en la carne desprovista de pelo, justo debajo del desordenado moño, y Elena profirió un gemido de sorpresa, antes de darse cuenta de que se caía de bruces al suelo, rompiéndose la nariz.

-Víctor, ¿qué coño haces? ¿Víctor? ¿Se puede sa...? -dijo, sin terminar la frase. El ser dio un apretón tremendo, y Elena chilló como si un millón de gatos hubiesen sido atropellados por un camión al unísono. El chillido se le clavaba en el oído a Víctor, pero no provocaba gran sentimiento en él.

-¡¿QUE ES ÉSTOOOO?! ¡DUELEEEEEE!

Víctor se tapó los oídos con las manos y, cuando posó la derecha, la que había tenido atascada, en la oreja del mismo lado, descubrió que aferraba algo entre los dedos. Los abrió ante los ojos y descubrió dos cosas: que tenía la mano hecha un cristo, rota y llena de sangre, y que entre los pliegues hinchados sostenía el anillo de boda. Con el dobladillo de la camisa limpió la sangre que lo manchaba. Una simple inscripción (V.H. -E. H. 12.02.82), le decía que hacía años se había equivocado, y le sugería que ahora podría arreglarlo. Con un simple gesto lanzó el anillo, ahora a propósito, al interior del inodoro. El anillo se sumergió sin ruido alguno, seguido por un reguero de gotitas de sangre.

Entonces, Víctor se sentó en el suelo y se dispuso a contemplar como la criatura devoraba a su mujer. Ya no gritaba; seguramente estaría en shock, o quizá se estaba ahogando en su propia sangre, la muy perra. Y, mientras contemplaba a aquel bicho comerse a Elena, Víctor descubrió que tenía hambre. Luego pensaba prepararse un sándwich, después de haberse curado la mano un poco, cogería unas cervezas y vería si echaban algo en la tele. Pero no aún. Ahora disfrutaría del espectáculo.

 

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