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RELATOS


Por María Elisa Ursino
rocio512003@hotmail.com


 
EL VENTANAL

Es una fría y soleada mañana de un domingo de invierno en Pequeña Colina, un pueblito apartado, pequeño, gentil y bien trazado en la provincia de Còrdoba.
Una localidad argentina en las sierras, lejana de centros poblados más o menos importantes, con diez casitas al máximo casi todas de propiedad de quienes vienen a pasar solamente el verano.

Con mi amiga Eve habíamos resuelto alquilar una casa en las sierras para pasar las dos semanas de las vacaciones de invierno en un lugar tranquilo, lejos de la contaminación de las grandes ciudades con el plan de leer tanto y recorrer el puesto todos los días en largas caminatas de exploración.

Hemos llegado muy temprano por la mañana via ómnibus desde Buenos Aires con pocas valijas, muchos libros y una carga de estrés por combatir.

Las dos habíamos programado el viaje en dos días, cuando habíamos sabido, el jueves pasado, que podíamos gozar parte de la licencia del trabajo que compartimos en Buenos Aires. Las dos maduras divorciadas sin hijos, habíamos construido una amistad profunda y equilibrada a lo largo de los años y las desilusiones sentimentales.
El mismo jueves pasado habíamos contactado amigos que tienen casa en Córdoba y habíamos elegido ésta porque nos había gustado cuando la vimos en una foto que nos mostrò nuestro comùn amigo Raùl, cuando la habia comprado, el verano pasado.

La casa es en la realidad más hermosa que en la foto. Tiene dos dormitorios, un baño, una cocinita minúscula y un enorme y espacioso comedor-linving con un pesado ventanal de seis hojas de madera y vidrio que da a un jardín posterior.

Arribadas, dejamos el equipaje en la entrada. Eve, como estaba vestida para el viaje, salió a dar un paseo mientras que yo decidí quedarme para acomodar las valijas. Solamente las trasladé desde la entrada a los respectivos dormitorios, porque no tenía ganas de nada.
Como hace mucho frío, varias décimas de grado bajo cero, mirar por el ventanal sin cortinas de tela de donde entra la luz del sol de la mañana me atrajo como en un encantamiento.
Me sorprendía cómo calentaba el sol matutino para esta época del año.

No sé por cuánto tiempo permanecí con la vista fija en el descuidado jardín pero cuando tomé conciencia que habian pasado varios minutos observé el ventanal para descubrir como podía hacer para destrabar el sistema de cierre de las puertas ventana. Quería sentir el frío aire de la mañana.
Intenté empujar la hoja de ventana que tenía frente a mi y sentí el crujir de los ensambles arruinados por la humedad ambiente y la falta de mantenimiento. Intenté hacer presiòn en otros puntos.
El rumor del metal crecía y también la presión que ejercía sobre el ventanal.
En un segundo, como en una eternidad, primero senti un silencio total, e inmediatamente un ruido de desprendimiento.
Luego no sientí nada más que vacío e inmobilidad.
Pocos segundos despues retomé plena conciencia y me vi debajo del ventanal hecho pedazos.....pedazos de madera, vidrio y mampostería. El todo ejercía un peso sobre mi cuerpo que casi no sentía ninguna herida.

Pocos segundos y arribo a la conclusión que no me puedo mover. La sangre me rodea por todas partes. Los trozos de vidrios incrustados en la carne no me dan dolor porque mi cuerpo es insensible.
Inmediatamente después pienso a que me parecen infinitos los segundos que pasan sin que regrese Eve.
El sol continua a entrar insolente por el hueco dejado en la casa en el espacio ocupado por el ventanal.
Comienzo a pensar que estos accidentes tontos pueden ser muy graves.
Comienzo a pensar que hoy es domingo y todo está cerrado, que es invierno y que no hay nadie en las casas vecinas, que no tenemos teléfono y que las dos dejamos el celular en Buenos Aires.
Comienzo a pensar que Eve me dijo que recorrería todo el pueblito para saber si hay abierto algún negocio para hacer compras.
Comienzo a pensar que Eve me dijo que haría todo sin apuros.
Comienzo a pensar que tal vez Eve no regrese a tiempo.

Estoy segura que no regresarà a tiempo.

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