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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por María Gómez


EL ECO DE LOS PASOS

Caminaban en silencio, por las calles mojadas y silenciosas a media noche. Eran amigos, o eso pretendían. Pero ella hacía tiempo que había olvidado eso y ahora luchaba contra sus demonios internos. Sin mediar palabra, sólo el eco de sus pasos le acompañaban: un incesante golpeteo que parecía burlarse de ella.
La noche, la oscuridad espesa y el blanco sucio de luna contribuían a aumentar su malestar, a que la desazón de su interior creciera cada vez más a cada paso. Se sentía embriagada de esa melancolía que parecía flotar en el aire, emanar desde el suelo y ahogarla. Él, con las manos metidas en los bolsillos, continuaba a su lado, como una sombra
Ella vio las pequeñas nubecitas de condensación que formaba al respirar, y un escalofrío la obligo a cerrar los ojos. No era sólo por el frío.
Quiso volverse, enterrarse en su pecho y convertirse en una estatua de hielo, en un único bloque que los mantuviera unidos para siempre en aquella maldita noche que parecía no acabar nunca. Quiso sentir el calor de su cuerpo a través de la chaqueta de lana, notar sus manos en su espalda, y sin decir nada, mezclarse en un abrazo que durase para siempre y aún más tiempo, eterno e indestructible. Mirarle a los ojos, y mantener la mirada hasta que el infierno se congelara o la tierra se partiera en dos o viniera el mismo diablo a separarlos. Que las pulsaciones de sus corazones se fundieran en una, marcando el ritmo de su caminar, resonando por las vacías calles con la misma fuerza que la de sus pasos. Convirtiéndose en el pulso del mundo.

- Tengo frío... - consiguió decir cuando por fin pudo deshacerse del nudo que ahogaba sus palabras.

Y ambos apretaron el paso.

NO ME SUELTES LA MANO

Lleva lloviendo una semana...
A mi alrededor no veo más que caras somnolientas y gente al borde de un ataque de nervios, intentando estudiar lo que no han ni mirado a lo largo del curso. La gente bufa hastiada, y en sus miradas se puede ver un brillo de desesperación, como si estuvieran a punto de sufrir un colapso.
El chico de enfrente, el de la camiseta roja, lleva media hora con la mirada perdida en la punta del bolígrafo, sin apenas moverse. Está claro que no sabe qué hacer, que se debate interiormente entre tirar la toalla y mandarlo todo a paseo o seguir con lo que se supone que debe hacer e intentar aprobar.
Aquellos dos chicos de allí atrás no dejan de levantarse y salir cada poco de la sala, con fajos de folios bajo el brazo, mordisqueando nerviosos el palo de un chupachups. Y aquella chica, la de la falda vaquera, la que tiene los ojos rojos... ¿habrá llorado? ¿O es que lleva demasiadas horas leyendo?
¿Para qué sirve todo esto? Yo estoy igual que ellos, completamente perdida, atrapada en una carrera que odio y arrepintiéndome de no haberlo llevado todo al día.
Si ahora cierro los ojos me imagino a mi príncipe azul a lomos de un caballo blanco viniendo al rescate, sacándome de todo esto y llevándome lejos, muy lejos de estos volúmenes de pedagogía y didáctica...
Sin embargo, en cuanto los vuelvo a abrir la escasa claridad que entra por las cristaleras refleja tu perfil encima de mis folios, como una sombra china, y de repente la pedagogía no me parece tan horrible, ni la biblioteca tan agobiante ni el día tan gris, ni la carrera tan horrible ni el mundo tan inhóspito. Sé que ya no quedan príncipes azules, que se han extinguido, pero no me importa. No me importa porque desde que hemos llegado, y desde mucho antes, no has soltado mi mano. A pesar de que no me mires y estés tan concentrado en ese libro, sé que estás a mi lado.
Entonces cierro los ojos, el mundo se detiene y lo único que permanece, aparentemente eterno e interminable, es tu mano rodeando la mía.

SÓLO UNA NIÑA

Tantas veces he tropezado en la misma piedra que ya debía conocerme el camino. Tanto tiempo recibiendo las mismas señales, los mismos indicios... Debería ser capaz de evitarlo, de ponerle remedio antes de que embargara esta sensación de tristeza, melancolía y paz que ahora siento cada vez que distingo tu silueta entre el resto de la gente.
Los días pasan tranquilos, despacio, mientras mis ojos recorren las calles buscándote. Me he aprendido (aunque me de vergüenza admitirlo) el camino que haces de casa al trabajo, para intentar coincidir contigo, pero cada vez que lo hacemos, a pesar de que mi cabeza ha preparado el guión con antelación, no puedo casi ni mirarte. No puedo enfrentarme a esa mirada cordial e inocente, que ni se imagina lo que en realidad ocurre, lo que me hace suspirar a solas, mientras las horas pasan sin que pueda quitarte de la cabeza.
Sé que piensas que soy una niña, y tal vez lleves razón. Yo misma lo he llegado a pensar al descubrirme, cada vez con más frecuencia, imaginado fantasías que se deshacen como jirones de niebla, soñando despierta con una realidad que nunca llega...
Caigo mil veces al día en el abismo, cuando realmente acepto que por más que lo piense, nada se hará realidad, que las fantasías sólo se cumplen en las películas, que la vida real no es tan sencilla. Me caigo y, en ocasiones, permanezco postrada, sin fuerzas para levantarme, pensando que nunca jamás volveré a hacerlo, que permaneceré sumida en este mundo de sombras y melancolía para siempre.
Y sin embargo, siempre me levanto. A pesar de que no me quieras, de momento es suficiente para mí la sensación que tengo en el estómago cada vez que te veo, el vértigo que me ataca al escuchar tu voz... Es suficiente saber que existes.
Algún día, poco a poco, tu recuerdo se irá difuminando, tal vez sustituido por otro. El caso es que llegará el día en el que ya no signifiques nada para mí: miraré atrás y me odiaré por ser tan estúpida, tan ilusa y tan ridícula. Y te tendré que dar la razón: sólo soy una niña.

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