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Las Bellas Artes y sus artífices en Yecla. Siglos XIII al XXI de Javier Delicado


Por María Jesús Blasco Sales
maje_su@yahoo.es

DELICADO MARTÍNEZ, Francisco Javier, “Las Bellas Artes y sus artífices en Yecla.Siglos XIII al XXI (Catálogo razonado de artistas)”, Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, año XVII, nº 15, Yecla, 2005.


“Javier Delicado es un ejemplo de vocación investigadora”, con estas palabras que inician el valioso prólogo de Felipe María Garín Ortiz de Taranco, se define al autor de este catálogo o más bien diccionario de artistas yeclanos, que sin duda significará un antes y un después en la historiografía artística de estas tierras murcianas. Un afán investigador que además de definir y caracterizar la carrera académica de este historiador del arte, garantiza la calidad y el rigor histórico de este trabajo ejemplar.

La presente obra, fruto de más de diez años de investigación, se fundamenta en las mejores fuentes bibliográficas existentes como son los repertorios del Barón de Alcahalí, Andrés Baquero Almansa o Joaquín Espí Rael.

Todo tipo de documentación, bibliográfica, archivística e incluso entrevistas directas con los artistas vivos, ha sido utilizada para biografiar a aquellos artistas de las más diversas disciplinas (arquitectos, maestros de obras, escultores, retablistas, entalladores, pintores, orfebres, escenógrafos, doradores, restauradores, grabadores, cartelistas, decoradores…etc.) que dejaron huella manifiesta en Yecla desde los siglos XIV al XX. La trayectoria artística de cada uno de ellos y el estudio pormenorizado de sus obras yeclanas, quedan siempre refrendados por las fuentes documentales pertinentes.

No obstante, y precediendo el “Catálogo razonado de artistas”, el profesor Delicado ha querido introducir al lector en la historia del urbanismo, la arquitectura, la escultura, la pintura y demás técnicas artísticas a través de tres capítulos que condensan un devenir artístico de más de seis siglos.

En el primer capítulo realiza una síntesis de la evolución urbanística y arquitectónica de Yecla, jalonando el trasunto histórico con los nombres de aquellos que trazaron y construyeron las obras de mayor trascendencia. De finales del siglo XI datan las primeras noticias de un asentamiento almorávide en lo alto del cerro que vino a denominarse Yakka. Posteriormente, la villa, tras la conquista cristiana, fue creciendo desde la falda de la montaña hacia el llano de tal modo que el aumento de población hizo necesario un nuevo templo de mayor envergadura. Es entonces, en el siglo XVI, cuando llega la arquitectura monumental con la construcción de la nueva iglesia parroquial, por parte del maestro cantero Julián de Alamíquez, quien tal vez siguió trazas de Jerónimo Quijano. Este periodo de auge remitió en el siglo siguiente con la emigración de la población al campo y no se recuperaría la urbe hasta el siglo XVIII, momento en el que Francisco Gilabert traza el definitivo plan urbanístico en retícula de la ciudad de hoy conocemos. En el ochocientos, el progreso económico de la villa se manifestó en numerosas construcciones de carácter religioso y civil dentro del más puro eclecticismo. En este periodo destacan las obras de Gerónimo Ros Jiménez, autor del edificio de las Escuelas Pías y la conclusión de la Iglesia Nueva; los trazados urbanísticos de Juan José Belmonte Almela; el Matadero Municipal de José María Marín Baldo y la Iglesia del Niño Jesús de estilo neobizantino obra de Justo Millán Espinosa. Es justo reseñar la presencia de José Zacarías Camaña y Burcet y su hijo José Juan Camaña y Laymón, ambos arquitectos de origen valenciano que ejecutaron obras de diversa índole como la Plaza de Toros, la continuación de la Iglesia Nueva, la Capilla de la Comunión, el Convento e Iglesia neogótica de las Monjas Concepcionistas y la Casa Asilo de Ancianos Desamparados. Del siglo XX, se subrayan, además de los restos de arqueología industrial, -de autoría todavía hoy desconocida-, obras de estilo modernista como el edificio de la Caja de Ahorros de Yecla, de Manuel Maruenda Ortuño, reconocido uno de los maestros de obras más importantes de este periodo. El Mercado de Abastos, construido a mediados de siglo por Pablo Cantó Iniesta y la Iglesia Parroquial de San José Artesano y la Feria Regional del Mueble ambas obras de los años sesenta de Demetrio Ortuño Yañez concluyen este capítulo.

En cuanto a la escultura, comienza su andadura hacia el siglo XVI con la presencia de los hermanos entalladores Francisco y Diego de Ayala, cuyas obras de tradición castellana para el Retablo Mayor de la Asunción de la Iglesia antigua, se encuentran hoy desaparecidas. En la siguiente centuria, además del granadino Juan Sánchez Cordobés, autor del San Pascual Bailón, destacan las pequeñas obras en barro policromado de Luis Roldán, apodado “La Roldana”. Un ilicitano, Ignacio Castell Pérez y un aspeano, José Gonzálves de Coniedo, son los autores más destacados del XVIII por su trabajo realizado para el retablo y contrarretablo de la Capilla de la Virgen de las Angustias, junto con la participación valenciana de José Esteve Bonet. De este imaginero de tradición realista y barroca, se conservan muy interesantes piezas como el San Francisco de Asís con crucifijo y un San Cristóbal, ambas de 1778, además de otras pequeñas efigies lamentablemente perdidas. También del máximo representante del barroco valenciano, Ignacio Vergara y Gimeno, ilustre director de esta Real Academia se atesora en la Iglesia del Convento Franciscano el Grupo escultórico de San Miguel Arcángel. No obstante se considera como la obra cumbre de este periodo el Grupo de la Virgen de las Angustias de 1763, única obra existente del maestro Francisco Salzillo y Alcaraz. En el siglo XIX, desierto en méritos escultóricos en comparación con la centuria anterior, solo se tallaron réplicas convencionales de modelos salzillescos. Tan solo merece algo de atención la producción del yeclano Antonio José Palao y Marco que trabajo en el retablo mayor de la Catedral de Murcia. También yeclano, pero de formación más sólida es Venancio Marco Roig que trabajó sobre todo para pueblos murcianos y valencianos, dejando en su ciudad natal un par de obras dignas de mención, como son el Niño Jesús, Buen Pastor en la Rectoría del Salvador (Iglesia Vieja) y el San Antonio de Padua de la Ermita de San Cayetano. Dejando a un lado la imaginería religiosa, también hay obras de vanguardia merecedoras de atención, como el Monumento al Mueble de José Noja o las obras de los artistas locales Julián Soriano Ortín, Manolo Puche y José Ponte Puche. Tal vez el artista yeclano de mayor proyección internacional dentro de este siglo, haya sido José Ramón Lidó Rico, pintor y escultor de reconocido prestigio con obras en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

“De pintura, pintores y doradores en Yecla”, trata el tercer y último capítulo de esta acertada introducción. De las obras más pretéritas, aunque desaparecidas hoy, -en ocasiones de forma insólita-, se da noticia hasta llegar al siglo XVI del que sí se preserva, en colección particular, un soberbio lienzo del Buen Pastor de Pedro de Orrente. De nuevo en el siglo XVIII consta el buen hacer de la saga Vergara en la serie de veintiocho lienzos, realizada por José Vergara y Gimeno para el convento de franciscanos sobre la Vida de San Pascual Baylón. Entre los doradores de retablos cita a Isidro Carpena Lorenzo responsable del retablo de la Capilla de la Virgen de las Angustias y Roberto Duissot quien doró el retablo mayor de la Iglesia de San Francisco. Del novecientos carente de hitos artísticos pasa al XX, ampliamente representado, y cargado de nombres foráneos y autóctonos, de desigual calidad. De ascendencia yeclana figura Rafael Roses Rivadavia, establecido entre el impresionismo y el expresionismo, quien firma el retablo mayor de la Iglesia Parroquial del Niño Jesús, y otras buenas obras en el Santuario del Castillo. Juan Ortuño, Ricolópez y Emilio Pascual, son algunos de los reputados pintores que se citan dentro del complejo y prolífico siglo XX.

Se debe reseñar que Delicado no sólo reseña en este catálogo aquellas obras conservadas en la actualidad en la ciudad de Yecla, sino también todas aquellas desaparecidas, pero de las que se tienen constancia, aportando en ocasiones imagen de la pieza, con lo que aumenta el valor historiográfico y testimonial de la presente monografía.

Es palmario el hondo cuidado que el investigador ha dedicado a esta obra, que bien merecería ser considerada manual de consulta en todo aquello concerniente al arte yeclano. No en vano, amén del vínculo familiar y profesional que unen al autor con esta tierra murciana, ostenta el cargo de Académico Correspondiente en Yecla de esta Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia.

 

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