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Retratistas fotógrafos en Valencia (1840-1900) de José Ramón Cancer Matinero


Por María Jesús Blasco Sales
maje_su@yahoo.es

CANCER MATINERO, José Ramón, Retratistas fotógrafos en Valencia (1840-1900), Col·lecció Formes Plástiques, nº 20, Institució Alfons el Magnànim, Diputació de València, Valencia, 2006. 197 páginas con ilustraciones en color y en blanco y negro.


Cinco años de trabajo y de ardua investigación ha dedicado el autor para la consecución del presente trabajo con el que se cubre una de esas lagunas que todavía hoy presenta la historia del arte valenciano. Gracias a esta labor podemos contar con un completo estudio sobre los fotógrafos retratistas en la Valencia de finales del siglo XIX, en el que, según indica el investigador se narran “los acontecimientos sin hacer distinciones entre las grandes figuras y los pequeños participantes, siguiendo el consejo del filósofo Walter Benjamín, puesto que nada de lo acontecido ha de darse por perdido para la historicidad”.

La exhaustiva investigación se desglosa en veinticuatro capítulos que paulatinamente van introduciendo el tema desde lo general a lo particular, desde el auge del retrato en el siglo XIX, con las silhouettes y la Fisonomía de Lavater, hasta los inicios de la fotografía con los daguerrotipos, cuyo conocimiento llegó a Valencia casi inmediatamente después de su invención en 1839. Esta innovadora técnica que se disponía a competir con los pintores miniaturistas de la ciudad, se ponía a disposición de la sociedad valenciana hacia 1842, dándose a conocer mediante la prensa diaria.

En 1847 se constata el primer retratista residente, José Lemansson que además fue el primero en ser admitido y premiado en una Exposición de Bellas Artes. A él le siguieron otros especialistas como Pascual Pérez y Rodríguez que fue el primero en comercializar el retrato miniatura sobre papel, tal vez aprendido de Rafael de Carvajal y Juan J. Barrera quien fue uno de los primeros en utilizar la iluminación por gas en su estudio y Vicente Bernad que además de ser uno de los pioneros del retrato sobre papel, fue el iniciador de una gran saga de fotógrafos.

La técnica fotográfica se hizo tan popular en estos primeros años, que los retratistas promovían su uso particular mediante breves cursos, de modo que el número de aficionados creció considerablemente.

Por el trabajo y la difusión en prensa de estos primeros profesionales, que conocían las últimas innovaciones técnicas que venían del extranjero, se puede decir que, hacia 1850 el retrato fotográfico estaba ya consolidado en la ciudad de Valencia. Sin embargo, la documentación existente sobre los primeros talleres fotográficos es escasa. Se sabe que en un principio se instalaban los estudios en azoteas y buhardillas bien iluminadas. Estas primeras construcciones desmontables madera y cristal, no dejaron constancia archivística ya que al ser estructuras efímeras no necesitaban de permisos municipales. Solo en pocos casos se sabe de la existencia de gabinetes fotográficos instalados en pisos con miradores acristalados que dejaban pasar suficiente luz a la habitación que serviría de estudio.

Un capítulo especial merece lo que el autor ha denominado como la “Edad de oro del retrato profesional” acotada entre las décadas de 1860 a 1880. Una etapa larga y brillante en la que concurren los artistas más significativos del panorama valenciano. El completo y profundo rastreo que José Ramón Cancer ha realizado de todo tipo de fuentes documentales; prensa diaria, padrón municipal, archivos públicos y privados… queda plasmado de forma evidente en este apartado, en el que no se escapa ningún fotógrafo que pasara por Valencia durante estos años, ni los extranjeros o nacionales que se instalaron por breve tiempo en la capital, ni aquellos valencianos que despeñaron aquí toda su actividad profesional. Cronológicamente va dando cuenta de las noticias en prensa que informan sobre la llegada de nuevos fotógrafos y sobre todo, sobre las nuevas técnicas que van apareciendo, como los retratos de doble fondo patentados por los Sres. Crozat de Sevilla o los retratos sobre pañuelo que realizaba Salvador Siber, más tarde perfeccionados por Cebrián y García. Gran popularidad adquirieron también los retratos tarjeta de visita que realizaba Eugenio Jouliá Potabou o los retratos miniados del Conde de Lipa.

De entre todos ellos cabría destacar a Antonio García y los Ludovisi. El primero del que se decía ser el mejor fotógrafo valenciano, fue galardonado con una medalla de cobre en la Exposición Regional de 1867, y se especializó en retratos de tamaño natural, en reproducciones de lienzos y reportajes. Los segundos, de origen romano, aportaron la novedad de ofrecer varios negativos en distintas posiciones para que el cliente pudiera elegir posteriormente el más favorecedor, además se les supone ser los primeros que practicaron la compleja técnica de la Photosculpture inventada en Francia por M. François Willème hacia 1862. A través de los pagos a Hacienda en concepto de matricula industrial, cuya cantidad variaba dependiendo de la clasificación de la calle donde tenían instalado el gabinete, se puede comprobar como el éxito y la calidad de los fotógrafos coincide con la mayor o menor cantidad del citado impuesto, así pues en el listado de 1874 en el que figuran diez retratistas titulares, en primer lugar figuran los Ludovisi, seguidos de Antonio García, J. Geniscans y Compañía, Tomás Colubi, Salvador Cervera, Valentín Pla, José Ramón Sabater, Timoteo Moscardó Picot, Salvador Siber y Trinidad Suñer, todos ellos bien estudiados y referenciados en el presente capítulo.

A continuación siguiendo el orden cronológico, se estudia con igual precisión la década de los 80 en la que la concluye según Cancer la época dorada del retrato profesional, como consecuencia del aumento incesante de aficionados que tenían a su alcance todo tipo de aparatos y accesorios fotográficos que vino restando protagonismo a los fotógrafos profesionales. El intrusismo y la ausencia de formación, desembocaron por fin en una vulgarización del retrato fotográfico que intentaron sobrellevar los fotógrafos profesionales que como Julio Derrey habían hecho fortuna desempeñando esta actividad. Por ejemplo Antonio García divulgó el retrato opalino y también puso de moda el retrato sobre esmalte. Muchos otros ofrecían teatrales fondos sobre los que se disponía el personaje y siempre al tanto de las últimas novedades, otros como Luis Sánchez incorporaban a su oferta lo retratos foto-platino-cromo inalterables; retratos inalterables al citrato de plata y retratos foto-escultura en relieve, siguiendo las nuevas variantes técnicas. Ángel García Cardona, sin embargo, compaginó su actividad como retratista con la de cineasta, filmando numerosas películas, otros, obligados por la escasez de clientes prestaban sus servicios a domicilio, como es el caso de José Pérez.

Con el objeto de dar una visión de conjunto de los retratistas que trabajaron de forma estable en la ciudad de Valencia a lo largo de todo el siglo XIX, el autor incorpora una relación cronología de aquellos que quedaron inscritos en el padrón municipal y de aquellos que constan debidamente identificados en las diferentes colecciones consultadas. En esta relación se hace constar el nombre del retratista, su apelativo comercial, la dirección de su gabinete y las fechas en que desarrolló su trabajo. Completando este catálogo de profesionales, en el capítulo siguiente aporta la relación de aquellos gabinetes de Valencia que tuvieron un uso continuado por parte de retratistas diferentes a lo largo del ochocientos. Sin duda una síntesis de toda una época que será de gran utilidad a cualquier interesado o investigador que se acerque al estudio de la fotografía valenciana de este periodo.

Concluida la investigación histórica el autor ha querido completar la obra con un capítulo dedicado a la tipología del retrato en la que viene a diferenciar tres grandes modalidades en función de los objetivos y de las funciones que desempeñaron. Correspondientes a la etapa pionera de la fotografíason aquellos que fundamentalmente buscaban el parecido con la persona retratada, posteriormente se valoraba la imagen aparente, en la que se evidenciara el status, la forma de vida y la actividad del retratado y en el último grupo se incluirían aquellos retratos en los que se persigue la evocación de la personalidad, el estudio psicológico a través del artificio técnico y de la imitación pictórica.

En cuanto a la composición se realiza también un análisis de los cambios en las formas y las modas, junto con las escenografías utilizadas, concluyendo que durante todo el siglo el retrato fotográfico osciló entre la pose y el artificio.

Como apéndices aclaratorios, además de un “Glosario de términos fotográficos”, ha querido concretar y precisar, para que no quepan dudas, la multiplicidad de términos que se utilizaron en Valencia para denominar a los primeros fotógrafos en el capítulo “Denominación Profesional”.

Concluye el trabajo con la recopilación de la bibliografía y las fuentes utilizadas para la investigación, y con un índice onomástico.

 

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