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Roma y la tradición de lo nuevo: diez artistas en el Gianicolo (1923-1927)


Por María Jesús Blasco Sales
maje_su@yahoo.es

Roma y la tradición de lo nuevo: diez artistas en el Gianicolo (1923-1927), catálogo exposición, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (SEACEX), Madrid, 2003, 173 p., ilustraciones en color y blanco y negro. Adjunta un Cd con 23 piezas para piano de Fernando Remacha.


Diez pensionados en Roma de la década de los '20 protagonizan una exposición que se mostró en España e Italia, primero en la Academia de España en Roma entre diciembre del 2003 y febrero del 2004 y más tarde en la Residencia de Estudiantes en Madrid entre marzo y abril del mismo año.

A través de una decena de capítulos se indaga en la vida y en la obra de los diez artistas que componían la undécima promoción de becados en la Academia de Bellas Artes en Roma:

Pedro Pascual Escribano, grabador.

Joaquín Valverde Lasarde, pintor.

Fernando Remacha Villar, músico.

Emilio Moya Lledós, arquitecto.

Timoteo Pérez Rubio, pintor.

Fernando García Mercandal, arquitecto.

Eugenio Lafuente Castell, pintor.

Adolfo Blanco Pérez de Camino, arquitecto.

Manuel Álvarez-Laviada Alzuela, escultor.

Vicente Beltrán Grimal, escultor.

Todos ellos se nos presentan reunidos en una de esas fotografías que ilustran la historia y nos transportan al pasado, dando paso al primer capítulo, “Cuando la vida empieza en Roma o el verdadero sentido de la amistad” , en el que el comisario de la exposición Adolfo Blanco Osborne, hijo de uno de los becarios Adolfo Blanco Pérez de Camino, realiza un breve currículum de cada uno de ellos a la vez que reflexiona sobre lo que la estancia en la Academia supuso para esta generación de artistas que, como apunta el título de la exposición, se movían entre la tradición clásica y lo nuevo, este será el llamemos “leit motiv” del presente estudio, reconocer de que manera Italia y la vanguardia europea del siglo XX, influyeron en cada uno de los personajes.

En el siguiente capítulo “Memoria, intertextualidad y una escalera hacia el vacío. La pintura nueva en la Academia y los años veinte en Italia”, Carlos Reyero, como asesor científico de la exposición analiza el reglamento al que se tenían que atener los pensionados de pintura y de cómo éste podía condicionar la creatividad de sus trabajos en Roma.

De los arquitectos se ocupa Carlos Sambricio, en su aportación a este catálogo bajo el epígrafe “Arquitectos españoles pensionados en la Roma del primer cuarto del siglo XX” nos revela las diferentes actitudes y comportamientos que tuvieron los arquitectos españoles residentes en Roma frente la arquitectura italiana de vanguardia.

A continuación se estudia uno a uno a la decena de pensionados y curiosamente la mayoría de las disertaciones están firmadas por colegas de profesión, de modo que lo que debiera ser un estudio histórico objetivo e imparcial, se convierte en una crítica personal y a menudo idolatrada de los afortunados pensionados. Sin embargo en el primer capítulo dedicado a Eugenio Lafuente Castell, únicamente aparecen tres ilustraciones de su obra, sin comentario ni análisis alguno. Le sigue otro de los pintores becados, Joaquín Valverde Lasarte, con una semblanza firmada por el también pintor Miguel Rodríguez-Acosta, acompañada de más de diez ilustraciones de su obra.

En “Pérez Rubio, el arte nuevo y las Exposiciones Nacionales (1926-1932), Antonio Franco Domínguez valora de que manera este certamen nacional, anclado, todavía en este primer cuarto del siglo XX, en un arcaico casticismo, condicionaba la producción artística española hasta su apertura al movimiento moderno hacia la década de los treinta.

No se acompaña tampoco ningún estudio sobre el pintor Pedro Pascual Escribano del que aparecen tan sólo tres de sus obras, en cambio en el capítulo siguiente dedicado al escultor Vicente Beltrán Grimal, la también escultora, Amparo Carbonell Tatay, si que analiza la obra de este escultor valenciano que supo conjugar tradición y modernidad en sus obras como también lo logró Manuel Álvarez-Laviada quien según Dolores Villameriel Fernández, “interpreta los temas clásicos con una formalidad estilística ajena al clasicismo canónico”.

En el siguiente apartado Julián Esteban Chapapría realiza un breve estudio sobre la figura de “arquitecto conservador” que se instauró durante la República para el cuidado y restauración del Patrimonio Artístico Nacional. Entre los arquitectos nombrados uno de los más jóvenes era Emilio Moya Lledós quien fuera becario de la Academia entre 1921 y 1926. Su gran labor en el desempeño de este cargo, le valió en 1936 el nombramiento de director de la Academia de Bellas Artes en Roma, en sustitución de Ramón María Valle-Inclán, lamentablemente el estallido de la Guerra Civil le obligó a regresar a España impidiendo el desempeño de este tan ilustre cargo.

De esta undécima promoción el personaje más destacado fue sin duda el arquitecto Fernando García Mercandal, considerado el “pionero de la arquitectura del siglo XX en España”. Su estancia en Roma digamos que le sirvió de trampolín para recorrer además de Italia toda Europa, tomando contacto con los mejores arquitectos contemporáneos, Le Corbusier, Behrens, Breuer… así aprendió lo que se esperaba de la arquitectura moderna sin abandonar su admiración por la arquitectura popular mediterránea, de ahí el subtítulo que Delfín Rodríguez le da a este capítulo “Fernando García Mercandal. La arquitectura y el Mar”.

Los arquitectos Rafael Moneo y Javier Carvajal Ferrer, dedican sendos capítulos al colega de profesión Adolfo Blanco. Moneo por su parte relata, desde el recuerdo, sus impresiones del que fuera su profesor de arquitectura, elogiando su objetividad y precisión, mientras que Carvajal, también pensionado de la Academia, agradece sinceramente a sus profesores López Otero y Adolfo Blanco haber despertado su interés por esta beca en Roma que marcó su concepción de la arquitectura para toda su vida.

El único músico becado Fernando Remacha ocupa el último apartado encomendado a Patxi J. Larrañaga. La carrera de este joven compositor se acabó de encauzar gracias a su estancia en Italia y su formación con Gian Francesco Malipiero. A su regreso a España curiosamente se vinculó de pleno con la industria cinematográfica, componiendo para Filmófono la música de cuatro películas, incluso en 1933 consiguió el Premio Nacional de Música, pero como en otros incontables casos, la Guerra Civil cambio de rumbo su trayectoria artística recluyéndolo en su Tudela natal desde donde siguió componiendo sus mejores obras.

Más interesante el catálogo que la exposición en sí, como suele ser habitual, nos muestra una generación brillante de artistas, marcados por su estancia en Roma que lejos de sumirlos en la contemplación de lo clásico, les abrió horizontes tanto a nivel artístico, como personal y profesional.

Maria Jesús Blasco Sales
Historiadora del Arte
Universidad de Valencia

 

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