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POEMAS

Por Marieta Díaz de Toledo

GRACIAS, A MI SOLEDAD

Una noche derramé lágrimas en mi honor.
Estaba despedazando el nudo de una soledad que con afán de supervivencia,
he ido convirtiendo en campo de minas y labranza.
Y de ella hablaré, sin disfraces... ni perdón.

Mi soledad alberga frustraciones como las silenciadas caricias,
cuando en toda su inmensidad pretenden ser un todo
y por el miedo y la timidez se disfrazan y mueren.
Recoge ecos de nostalgia que, con sublime entonación de agonía,
señalan el umbral de una nueva historia que daba por perdida.

Se apodera del fuera y dentro, del "debo pero no puedo”,
del "no debo pero puedo y por lo tanto quiero";
del grito de mujer que arremete con furia, orgullosa e independiente,
contra el hombre de quien reclama protección al mismo tiempo.

En mi soledad conviven emociones descontroladas,
Amores y desamores, rivalidades, inoportunidades,
el idioma de la mirada y todas mis contradicciones.
Es el todo, desvaneciéndose a veces hasta la nada.

Ella atesora el cansancio y la desesperación de un caos organizado
pero sonríe con ternura cuando,
en los brazos del que a ciegas abrió su puerta,
le ofrezco aquello por lo que he luchado,
con toda mi verdad... y aún mi rebeldía.

A mi soledad acudo con pereza justificada,
porque todo, salvo lo que prohíbe el inconsciente,
es filtrado y a duras penas superado.
A ella recurro cuando una mano me habla de fidelidad;
cuando mi hijo me necesita sin haberme reclamado;
cuando una canción o su abrazo es capaz de convulsionar toda mi energía;
cuando después de hacer el amor,
degusto el placer de haberlo hecho sin estupideces y generosamente
y, aún satisfecha, pido más y confieso un “te quiero”,
dejando mi piel a su lado.

Por mi soledad fui salvando inseguridades y otras desventuras
y comencé a amarme en visceral oposición con el pasado,
para iniciar el declive, hasta el equilibrio deseado.
Entre cumbre y cumbre, bailo en charcos de fracaso y éxito,
Salpicándome de un barro que sólo pretende disimularme
pero que en realidad me acoraza y “abraza”.

Entiendo un solo objetivo conseguido, como la gran batalla ganada,
segura de que será la insignia
que salve mi propia Estima,
esa estrella que tanto me observa con paciente melancolía,
esa amiga a la que tantas veces vuelvo la espalda.

Esa Estima que, en la infancia y adolescencia subestimé,
y que en el ingenuo ecuador de mis experiencias
defiendo y reclamo como águila inmortal,
como fábula que reconstruye una fe perdida.

Ella, mi soledad, es así :
Despiadada y sutil, cruel y almohadillada,
longeva e inexperta, destructora y maternal.
Hambrienta de una paz que me permita seguir creyendo y soñar.

Ella, mi soledad,
¡ES TODO YO Y NI LA SOMBRA DE LO QUE SOY!
Pero también es mi obra y mi vasallo
y, después de todo, se convierte en un etéreo refugio
donde saborear la vida, tal vez la muerte... y puede que a mi dios.




 




        
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